Hom. 19, 1
[Al] día siguiente, Pedro salió más temprano que de costumbre; y viendo a Simón con muchos otros esperándolo, saludó a la multitud y comenzó a disertar. Pero apenas comenzó, Simón lo interrumpió y dijo: «Deja a un lado esas largas introducciones tuyas y responde directamente a las preguntas que te hago. Puesto que percibo que tú (como sé por lo que oí al principio, que no tienes otro propósito que, con toda clase de artificios, mostrar que el Creador mismo es el único Dios irreprensible),—puesto que, como dije, percibo que tienes un deseo tan decidido de mantener esto, que te atreves a declarar falsas algunas porciones de las Escrituras que claramente hablan contra él, por esta razón he decidido hoy probar que es imposible que él, siendo el Creador de todo, sea irreprensible. Pero esta prueba puedo comenzarla ahora, si respondes a las preguntas que te hago.»
Hom. 19, 2
«¿Sostienes que hay algún príncipe del mal o no? Pues si dices que no lo hay, puedo probarte con muchas afirmaciones, y esas también de tu maestro, que lo hay; pero si admites con sinceridad que el maligno existe, entonces hablaré conforme a esa creencia.» Y Pedro dijo: «Me es imposible negar la afirmación de mi Maestro. Por lo cual admito que el maligno existe, porque mi Maestro, que dijo la verdad en todas las cosas, ha afirmado con frecuencia que existe. Por ejemplo, reconoce que conversó con él y lo tentó durante cuarenta días. Y sé que en otro lugar ha dicho: 'Si Satanás expulsa a Satanás, contra sí mismo está dividido: ¿cómo, pues, se mantendrá en pie su reino?' Y señaló que vio al maligno caer del cielo como un rayo. Y en otra parte dijo: 'El que sembró la mala semilla es el diablo.' Y de nuevo: 'No deis ocasión al maligno.' Además, al dar un consejo, dijo: 'Sea vuestro sí, sí, y vuestro no, no; porque lo que excede de esto, del maligno procede.' Asimismo, en la oración que nos entregó, tenemos dicho: 'Líbranos del maligno.' Y en otro lugar prometió que diría a los impíos: 'Id a las tinieblas exteriores, que el Padre preparó para el diablo y sus ángeles.' Y para no alargar más esta afirmación, sé que mi Maestro dijo a menudo que existe un maligno. Por lo cual yo también convengo en pensar que existe. Si, pues, en adelante tienes algo que decir conforme a esta creencia, dilo, como prometiste.»
Hom. 19, 3
Y Simón dijo: «Puesto que, pues, has confesado con sinceridad, por el testimonio de las Escrituras, que el maligno existe, dinos cómo ha llegado a existir, si es que ha llegado a existir, por quién y por qué.» Y Pedro dijo: «Perdóname, Simón, si no me atrevo a afirmar lo que no está escrito. Pero si dices que está escrito, pruébalo. Pero si, al no estar escrito, no puedes probarlo, ¿por qué hemos de correr el riesgo de manifestar nuestras opiniones acerca de lo que no está escrito? Pues si hablamos con demasiada osadía acerca de Dios, es o porque no creemos que seremos juzgados, o porque creemos que seremos juzgados solo respecto de lo que hacemos, pero no también respecto de lo que creemos y decimos.» Pero Simón, entendiendo que Pedro se refería a su propia locura, dijo: «Permíteme correr el riesgo; pero no hagas de lo que afirmas ser blasfemia un pretexto para retirarte. Pues advierto que quieres retirarte para escapar de la refutación ante la multitud, unas veces como si temieras escuchar blasfemias, y otras sosteniendo que, como nada se ha escrito acerca de cómo, por quién y por qué el maligno llegó a existir, no debemos atrevernos a afirmar más que la Escritura. Por lo cual, como hombre piadoso, afirmas solamente esto: que él existe. Mas con estos artificios te engañas a ti mismo, sin saber que, si es blasfemia inquirir con exactitud acerca del maligno, la culpa recae sobre mí, el acusador, y no sobre ti, el defensor de Dios. Y si el asunto que se investiga no está en la Escritura, y por esto no quieres indagar, hay ciertos métodos satisfactorios que pueden probarte lo que se busca no menos eficazmente que las Escrituras. Por ejemplo, ¿no debe ser el caso que el maligno, de quien afirmas que existe, sea o bien originado o bien no originado?»
Hom. 19, 4
Y Pedro dijo: «Así debe ser.» Y Simón: «Por tanto, si es originado, ha sido hecho por aquel mismo Dios que hizo todas las cosas, siendo o bien nacido como animal, o emitido sustancialmente, y resultando de una mezcla externa de los elementos. Pues o bien la materia, viva o inanimada, de la que fue hecho estaba fuera de Él, o llegó a ser por Dios mismo, o por sí mismo, o resultó de cosas inexistentes, o es una mera cosa relativa, o existió siempre. Habiendo así, según creo, señalado con claridad todos los modos posibles por los que podemos hallarlo, al recorrer alguno de ellos hemos de hallarlo. Debemos, pues, recorrer cada uno de estos en busca de su origen; y cuando hallemos quién es su autor, habremos de advertir que ese autor es culpable. ¿O cómo te parece a ti el asunto?»
Hom. 19, 5
Y Pedro dijo: «Es mi opinión que, aunque sea evidente que fue hecho por Dios, no debe culparse al Creador que lo hizo; pues quizá se hallara que el servicio que presta era de absoluta necesidad. Mas, por otra parte, si se probara que no fue creado, en cuanto que existió siempre, tampoco ha de culparse al Creador en este respecto, pues Él es mejor que todos los demás, aun si no ha podido poner fin a un ser que no tuvo principio, porque su naturaleza no lo admitía; o si, pudiendo, no lo aniquila, juzgando injusto poner fin a aquello que no recibió principio, y perdonando a lo que era malo por naturaleza, porque no habría podido llegar a ser otra cosa, aun si lo quisiera. Mas si, queriendo hacer el bien, no puede, aun en este caso es bueno, en cuanto tiene la voluntad, aunque no tenga el poder; y aunque no tenga el poder, es, sin embargo, el más poderoso de todos, en cuanto el poder no queda en manos de otro. Mas si hay algún otro que puede, y sin embargo no lo hace, ha de concederse que, en cuanto pudiendo no lo hace, es malvado en no ponerle fin, como si se complaciera en las obras hechas por él. Pero si ni aun ese otro puede, entonces es mejor aquel que, aunque no puede, no deja de querer beneficiarnos según su capacidad.»
Hom. 19, 6
Y Simón dijo: «Cuando hayas discutido todos los asuntos que te he expuesto, te mostraré la causa del mal. Entonces también responderé a lo que ahora has dicho y probaré que ese Dios que afirmas irreprensible es digno de culpa.» Y Pedro dijo: «Puesto que por lo que dices al comienzo advierto que no pretendes otra cosa sino someter a Dios, como autor del mal, a la culpa, he resuelto acompañarte por todos los caminos que quieras y probar que Dios está enteramente libre de culpa.» Y Simón dijo: «Dices esto como amante de Dios, a quien supones conocer; pero no tienes razón.» Y Pedro dijo: «Pero tú, como malvado y odiando a Dios, a quien no has conocido, profieres palabras blasfemas.» Y Simón dijo: «Recuerda que me has comparado con el autor del mal.» Y Pedro dijo: «Lo confieso: me equivoqué al compararte con el maligno; pues me vi obligado a ello, porque no he hallado a nadie que sea igual a ti, ni peor que tú. Por eso te comparé con el maligno; pues resulta que eres mucho más malvado que el autor del mal. Porque nadie puede probar que el maligno haya hablado contra Dios; pero todos los que estamos presentes te vemos hablar osadamente contra Él.» Y Simón dijo: «Quien busca la verdad no debe complacer a nadie en nada contrario a lo que es realmente verdadero. Pues ¿para qué hace, en absoluto, la indagación? ¿Para qué, pregunto? Porque yo tampoco puedo, dejando de lado la investigación precisa de las cosas, gastar todo mi tiempo en alabar a ese Dios a quien no conozco.»
Hom. 19, 7
Y Pedro dijo: «No eres tan dichoso como para alabarlo, ni en verdad puedes hacer una buena obra como esta; porque entonces estarías lleno de Él. Pues así dijo nuestro Maestro, que siempre habló la verdad: 'De la abundancia del corazón habla la boca.' Por lo cual tú, abundando en malos propósitos, por ignorancia hablas contra el único Dios bueno. Y no sufriendo todavía lo que mereces sufrir por las palabras que te has atrevido a proferir, o imaginas que no habrá juicio, o acaso piensas que ni siquiera hay un Dios. Por lo cual, no comprendiendo una longanimidad como la suya, avanzas hacia una locura aún mayor.» Y Simón dijo: «No imagines que vas a asustarme para que no investigue la verdad de tus ejemplos. Pues estoy tan ávido de la verdad que por ella no rehuiré pasar peligro. Si, pues, tienes algo que decir acerca de las proposiciones que hice al comienzo, dilo ahora.»
Hom. 19, 8
Y Pedro dijo: «Puesto que nos obligas, después de haber hecho investigaciones precisas de los designios de Dios, a aventurarnos a exponerlos, y eso, además, a hombres que no son capaces de comprender a fondo los designios de sus semejantes, por causa al menos de los presentes, yo, en lugar de callar —lo cual sería lo más piadoso—, discutiré los asuntos de que quieres que hable. Convengo contigo en creer que existe un príncipe del mal, de cuyo origen la Escritura no se ha aventurado a decir nada ni verdadero ni falso. Pero sigamos la indagación por muchos caminos, en cuanto a cómo ha llegado a existir, si es un hecho que ha llegado a existir; y de las opiniones que se presentan, elijamos la más reverente, pues, tratándose de opiniones probables, se asume con confianza la que se funda en el principio de que debemos atribuir a Dios lo más reverente; y con mayor razón si, apartadas todas las demás suposiciones, queda todavía una que es adecuada y encierra menos peligro. Pero te prometo, antes de proceder a la indagación, que todo método en la indagación puede mostrar que solo Dios es irreprensible.»
Hom. 19, 9
«Pero, como dijiste, si el maligno es creado, o bien ha sido engendrado como un animal, o ha sido emitido sustancialmente por Él, o ha sido compuesto externamente, o su voluntad ha surgido por composición; o sucedió que llegó a existir de cosas inexistentes, sin composición y sin la voluntad de Dios; o ha sido hecho por Dios de aquello que de ningún modo y en ninguna parte existe; o la materia, inanimada o viva, de la que ha surgido estaba fuera de Dios; o él se formó a sí mismo, o fue hecho por Dios, o es una cosa relativa, o existió siempre: pues no podemos decir que no existe, ya que hemos convenido en pensar que existe.» Y Simón dijo: «Bien has distinguido, de modo sumario, todos los modos de dar cuenta de su existencia. Ahora me toca a mí examinar estas diversas ideas y mostrar que el Creador es digno de culpa. Pero es asunto tuyo probar, como prometiste, que él está libre de toda culpa. Aunque dudo que seas capaz. Pues, en primer lugar, si el diablo ha sido engendrado por Dios como un animal, el vicio que hay en él es, en consecuencia, el mismo que el de quien lo emite.» Y Pedro dijo: «De ningún modo. Pues vemos a muchos hombres buenos que son padres de hijos malvados, y a otros malvados que son padres de hijos buenos, y a otros, a su vez, malvados que producen hijos a la vez buenos y malos, y a otros buenos que tienen hijos a la vez malos y buenos. Por ejemplo, el primer hombre que fue creado engendró al inicuo Caín y al justo Abel.» A lo cual Simón dijo: «Obras neciamente al usar ejemplos humanos cuando discurres acerca de Dios.» Y Pedro dijo: «Habla, pues, tú a nosotros acerca de Dios sin usar ejemplos humanos, y sin embargo de modo que lo que digas pueda entenderse; pero no eres capaz de hacerlo.»
Hom. 19, 10
«Por ejemplo, entonces, ¿qué dijiste al principio? Si el maligno ha sido engendrado por Dios, siendo de la misma sustancia que Él, entonces Dios es malvado. Pero cuando te mostré, con el ejemplo que tú mismo adujiste, que los seres malvados proceden de los buenos, y los buenos de los malvados, no admitiste el argumento, pues dijiste que el ejemplo era humano. Por lo cual ahora no admito que el término 'ser engendrado' pueda usarse con referencia a Dios; pues es propio del hombre, y no de Dios, engendrar. No solo esto; sino que Dios no puede ser bueno ni malo, justo ni injusto. Ni tampoco puede tener inteligencia, ni vida, ni ninguno de los otros atributos que pueden existir en el hombre; pues todos estos son propios del hombre. Y si, en nuestras investigaciones acerca de Dios, no hemos de darle los atributos buenos que pertenecen al hombre, no nos es posible tener pensamiento alguno ni hacer afirmación alguna acerca de Dios; sino que todo lo que podemos hacer es investigar un solo punto, a saber, cuál es su voluntad, la cual Él mismo nos ha permitido aprehender, para que, al ser juzgados, no tengamos excusa respecto de aquellas leyes que no hemos observado, aunque las conocíamos.»
Hom. 19, 11
Y Simón, al oír esto, dijo: «No me obligarás, por vergüenza, a callar en cuanto a su sustancia y a indagar solo su voluntad. Pues es posible tanto pensar como hablar de su sustancia. Me refiero a partir de los atributos buenos que pertenecen al hombre. Por ejemplo, la vida y la muerte son atributos del hombre; pero la muerte no es atributo de Dios, sino la vida, y la vida eterna. Además, los hombres pueden ser a la vez malos y buenos; pero Dios solo puede ser incomparablemente bueno. Y, para no alargar demasiado el asunto, los atributos mejores del hombre son atributos eternos de Dios.» Y Pedro dijo: «Dime, Simón, ¿es atributo del hombre engendrar el mal y el bien, y hacer el mal y el bien?» Y Simón dijo: «Lo es.» Y Pedro dijo: «Puesto que has hecho esta afirmación, debemos asignar a Dios los atributos mejores del hombre; y así, mientras los hombres engendran mal y bien, Dios solo puede engendrar el bien; y mientras los hombres hacen mal y bien, Dios solo se complace en hacer el bien. Así, en lo que respecta a Dios, debemos o bien no predicar ninguno de los atributos del hombre y callar, o es razonable que le asignemos los mejores de los atributos buenos. Y así Él solo es la causa de todos los bienes.»
Hom. 19, 12
Y Simón dijo: «Si, pues, Dios es causa solo de lo que es bueno, ¿qué otra cosa podemos pensar sino que otro principio engendró al maligno; o acaso el mal es ingénito?» Y Pedro dijo: «Ningún otro poder engendró al maligno, ni el mal es ingénito, como mostraré en la conclusión; pues ahora mi objeto es probar, como prometí al comienzo, que Dios es irreprensible en todo respecto. Hemos concedido, pues, que Dios posee de manera incomparable los atributos mejores que pertenecen a los hombres. Por lo cual también le es posible haber sido el productor de las cuatro sustancias, a saber, el calor, el frío, lo húmedo y lo seco. Estas, siendo al principio simples y sin mezcla, eran naturalmente indiferentes en su deseo; pero, producidas por Dios y mezcladas externamente, naturalmente llegarían a ser un ser viviente, dotado de libre albedrío para destruir a los que son malos. Y así, puesto que todas las cosas han sido engendradas por Él, el maligno no procede de otra fuente. Ni ha derivado su mal del Dios que ha creado todas las cosas (con quien es imposible que exista el mal), porque las sustancias fueron producidas por Él en estado de indiferencia y cuidadosamente separadas unas de otras; y cuando fueron mezcladas externamente por su arte, surgió por la volición el deseo de la destrucción de los malos. Pero el bien no puede ser destruido por el mal que surgió, aunque este quisiera hacerlo: pues ejerce su poder solo contra los que pecan. Ignorante, pues, del carácter de cada uno, hace su intento contra él, y, convenciéndolo, lo castiga.» Y Simón dijo: «Siendo Dios capaz de mezclar los elementos, y de hacer sus mezclas de modo que produzcan cualesquiera disposiciones que quiera, ¿por qué no hizo la composición de cada uno tal que prefiriera lo bueno?»
Hom. 19, 13
Y Pedro dijo: «Ahora bien, nuestro objeto es mostrar cómo y por quién vino a existir el maligno, puesto que sí vino a existir; pero mostraremos si vino a existir sin culpa cuando hayamos terminado el asunto que ahora nos ocupa. Luego mostraré cómo y por causa de qué vino a existir, y os convenceré plenamente de que su Creador es sin culpa. Dijimos, pues, que las cuatro sustancias fueron producidas por Dios. Y así, por la voluntad de Aquel que las mezcló, surgió, como Él quiso, la elección de los males. Porque si hubiera surgido contra su determinación, o de alguna otra sustancia o causa, entonces Dios no habría tenido firmeza de voluntad: pues acaso, aunque Él no lo quisiera, podrían surgir continuamente caudillos del mal que guerrearan contra sus deseos. Pero es imposible que esto sea así. Porque ningún ser viviente, y especialmente uno capaz de dar guía, puede surgir por accidente: pues todo lo que es producido debe ser producido por alguien.»
Hom. 19, 14
Y Simón dijo: «Pero ¿y si la materia, siendo coetánea con Él y poseyendo igual poder, produce como enemiga suya a caudillos que estorban sus deseos?» Y Pedro dijo: «Si la materia es eterna, entonces no es enemiga de nadie: pues lo que existe para siempre es impasible, y lo que es impasible es bienaventurado; pero lo bienaventurado no puede ser receptivo del odio, ya que, a causa de su creación eterna, no teme ser privado de nada. Pero ¿cómo no ama más bien la materia al Creador, cuando evidentemente envía sus frutos para nutrir a todos los que por Él han sido hechos? ¿Y cómo no le teme como a superior, como lo confiesa temblando en los terremotos, y como, aunque sus olas se levantaban, sin embargo, cuando el Maestro navegaba sobre ella y mandó la calma, obedeció al instante y quedó quieta? ¡Cómo! ¿No salieron los demonios por temor y respeto hacia Él, y otros de ellos desearon entrar en los cerdos; pero primero le rogaron antes de ir, claramente porque no tenían poder para entrar ni siquiera en los cerdos sin su permiso?»
Comentario editorial · Dónde se corta el manuscrito de París
En este punto, a mitad del capítulo 14 de la homilía XIX, se interrumpe el manuscrito de París que Cotelerio imprimió y que fue durante siglos el único conocido de las Homilías. El resto, hasta la homilía XX, solo está en el manuscrito de la Biblioteca Ottoboniana de Roma, que Dressel editó en 1853 (Smith, en su noticia, y la nota de la propia edición coinciden). Por eso el final de la novela, que incluye la transformación del padre de Clemente en la figura de Simón, se conoció tan tarde. El volumen del ANF traduce ya la obra completa.
Hom. 19, 15
Y Simón dijo: «Pero ¿y si, siendo sin vida, posee una naturaleza capaz de producir lo que es malo y lo que es bueno?» Y Pedro dijo: «Según esta afirmación, no es ni buena ni mala, porque no actúa por libre elección, pues es sin vida e insensible. Por lo cual es posible percibir distintamente en este asunto cómo, siendo sin vida, produce como si estuviera viva; y siendo insensible, sin embargo, claramente modela formas artísticas tanto en los animales como en las plantas.» Y Simón dijo: «¡Cómo! Si Dios mismo le dio vida, ¿no es entonces Él la causa de los males que produce?» Y Pedro dijo: «Si Dios le dio vida según su propia voluntad, entonces es su Espíritu el que la produce, y ya no es algo hostil a Dios o de igual poder que Él; de lo contrario, es imposible que todo lo hecho por Él sea hecho como Él quiere. Pero dirás: Él mismo es la causa del mal, puesto que Él mismo produce los males por medio de ella. ¿De qué clase son, entonces, los males de que hablas? ¿Serpientes venenosas y plantas mortíferas, o demonios, o cualquiera otra de esas cosas que pueden perturbar a los hombres?—cosas que no habrían sido dañinas si el hombre no hubiera pecado, y por esta razón entró la muerte. Porque si el hombre estuviera sin pecado, el veneno de las serpientes no tendría efecto, ni las actividades de las plantas dañinas, ni habría perturbaciones de demonios, ni el hombre tendría naturalmente ningún otro sufrimiento; sino que, perdiendo su inmortalidad a causa de su pecado, se ha vuelto, como he dicho, capaz de todo sufrimiento. Pero si dices: ¿Por qué, entonces, fue hecha la naturaleza del hombre al principio capaz de muerte? Te digo: a causa del libre albedrío; pues si no fuéramos capaces de muerte, no podríamos, siendo inmortales, ser castigados a causa de nuestro pecado voluntario. Y así, a causa de nuestra exención de sufrimiento, la justicia se debilitaría aún más si fuéramos malvados por elección; pues los que tuvieran malos propósitos no podrían ser castigados, por ser incapaces de sufrir.»
Hom. 19, 16
Y Simón dijo a esto: «Me queda una cosa más que decir acerca del maligno. Ciertamente, puesto que Dios lo hizo de la nada, en este respecto es malvado, especialmente porque pudo hacerlo bueno, dándole en su creación una naturaleza en modo alguno capaz de elegir la maldad.» Y Pedro dijo: «La afirmación de que lo creó de la nada, con poder de elección, es semejante a la afirmación que hemos hecho antes: que, habiendo hecho una constitución tal que puede gozarse en los males, Él mismo parece ser la causa de lo que sucedió. Pero, puesto que hay una sola explicación de ambas afirmaciones, mostraremos después por qué hizo que él se gozara en la destrucción de los malvados.» Y Simón dijo: «Si hizo también a los ángeles agentes voluntarios, y el maligno se apartó del estado de justicia, ¿por qué ha sido honrado con un cargo de mando? ¿No es evidente que el que así lo honró se complace en el malvado, precisamente porque lo ha honrado así?» Y Pedro dijo: «Si Dios lo puso por ley, cuando se rebeló, para gobernar sobre los que eran semejantes a él, ordenándole infligir castigo a los que pecan, no es injusto. Pero si es el caso que lo ha honrado incluso después de su rebelión, el que lo honró vio de antemano su utilidad; pues el honor es temporal, y es justo que los malvados sean gobernados por el maligno, y que los pecadores sean castigados por él.»
Hom. 19, 17
Y Simón dijo: «Si, pues, él existe para siempre, ¿no queda así destruido el hecho del gobierno único de Dios, puesto que hay otro poder, a saber, el que se refiere a la materia, que gobierna junto con Él?» Y Pedro dijo: «Si son diferentes en sus sustancias, son también diferentes en sus poderes, y el superior gobierna al inferior. Pero si son de la misma sustancia, entonces son iguales en poder, y son de igual manera buenos o malos. Pero es evidente que no son iguales en poder; pues el Creador puso la materia en aquella forma de mundo en la que quiso ponerla. ¿Es acaso posible, entonces, sostener que existió siempre, siendo una sustancia; y no es la materia, por así decirlo, el almacén de Dios? Pues no es posible sostener que hubo un tiempo en que Dios no poseía nada, sino que Él fue siempre el único soberano de ella. Por lo cual es también soberano único y eterno; y por esto se diría justamente que pertenece a Aquel que existe, gobierna y es eterno.» Y Simón dijo: «¿Qué, entonces? ¿Se hizo a sí mismo el maligno? ¿Y fue Dios bueno de tal manera que, sabiendo que sería causa del mal, no lo destruyó en su origen, cuando pudo haber sido destruido, por no estar todavía perfectamente hecho? Pues si vino a existir súbitamente y completo, entonces por eso está en guerra con el Creador, por haber venido súbitamente a existir poseyendo igual poder que Él.»
Hom. 19, 18
Y Pedro dijo: «Lo que dices es imposible; pues si él hubiera venido a la existencia gradualmente, Él habría podido apartarlo como a enemigo por su propia libre elección. Y, conociendo de antemano que iba a venir a la existencia, no lo habría permitido como bueno, si no hubiera sabido que por causa de él se estaba produciendo lo útil. Y él no pudo haber venido a la existencia súbitamente, completo, por su propio poder. Pues el que no existía no pudo formarse a sí mismo; y ni pudo llegar a ser completo de la nada, ni nadie podría decir con justicia que tenía sustancia, de modo que fuera siempre igual en poder si era engendrado.» Y Simón dijo: «¿Es, pues, una mera relación, y en este sentido malvado?—siendo dañino, como el agua es dañina para el fuego, pero buena para la tierra oportunamente sedienta; como el hierro es bueno para el cultivo de la tierra, pero malo para los homicidios; y la concupiscencia no es mala respecto del matrimonio, sino mala respecto del adulterio; como el homicidio es un mal, pero bueno para el homicida en lo que toca a su propósito; y el engañar es un mal, pero agradable al hombre que engaña; y otras cosas de carácter semejante son buenas y malas de igual manera. De este modo, ni lo uno es malo ni lo otro bueno; pues lo uno produce lo otro. Pues ¿no es cierto que lo que parece hacerse injuriosamente alegra al que lo hace, pero castiga al que lo padece? Y aunque parezca injusto que un hombre, por amor propio, se gratifique por todos los medios a su alcance, ¿a quién, por otra parte, no le parece injusto que un hombre sufra severos castigos a manos de un juez justo por haberse amado a sí mismo?»
Hom. 19, 19
Y Pedro dijo: «Un hombre debe castigarse a sí mismo por la continencia, cuando su concupiscencia quiere apresurarse a la injuria de otro, sabiendo que el maligno puede destruir a los malvados, pues ha recibido poder sobre ellos desde el principio. Y todavía no es esto un mal para los que han obrado mal; pero que sus almas permanezcan castigadas después de la destrucción, tienes razón al pensar que es realmente duro, aunque el hombre preordenado para el mal dijera que es justo. Por lo cual, como he dicho, debemos evitar hacer injuria a otro por causa de un placer de corta duración, para no envolvernos en castigo eterno por causa de un pequeño placer.» Y Simón dijo: «¿Sucede, entonces, que nada hay malo ni bueno por naturaleza, sino que la diferencia surge por la ley y la costumbre? Pues ¿no es costumbre de los persas casarse con sus propias madres, hermanas e hijas, mientras que el matrimonio con otras mujeres está prohibido como sumamente bárbaro? Por lo cual, si no está establecido qué cosas son malas, no es posible que todos esperen el juicio de Dios.» Y Pedro dijo: «Esto no puede sostenerse; pues es evidente para todos que la cohabitación con las madres es abominable, aunque los persas, que son una mera fracción del todo, bajo los efectos de una mala costumbre dejen de ver la iniquidad de su conducta abominable. Así también los britanos cohabitan públicamente a la vista de todos, y no se avergüenzan; y algunos hombres comen la carne de otros, y no sienten repugnancia; y otros comen carne de perros; y otros practican otros hechos innombrables. Así, pues, no debemos formar nuestros juicios con una percepción que por la costumbre se ha pervertido de su acción natural. Pues ser asesinado es un mal, aunque todos lo negaran; pues nadie desea sufrirlo él mismo, y en el caso del robo nadie se alegra de su propio castigo. Si, pues, nadie hubiera de confesar jamás que estos son pecados, es justo aun entonces esperar por necesidad un juicio respecto de los pecados.» Cuando Pedro dijo esto, Simón respondió: «¿Te parece, entonces, que esta es la verdad acerca del maligno? Dime.»
Hom. 19, 20
Y Pedro dijo: «Recordamos que nuestro Señor y Maestro, mandándonos, dijo: ‘Guardad los misterios para mí y para los hijos de mi casa.’ Por lo cual también explicó a sus discípulos en privado los misterios del reino de los cielos. Pero a vosotros, que combatís contra nosotros y no examináis otra cosa que nuestras afirmaciones, si son verdaderas o falsas, sería impío exponer las verdades ocultas. Pero para que ninguno de los presentes imagine que estoy inventando excusas porque soy incapaz de responder a las aserciones hechas por ti, te responderé poniendo primero la cuestión: Si hubiera habido un estado de ausencia de dolor, ¿cuál es el significado de la afirmación: ‘El maligno era?’» Y Simón dijo: «Las palabras no tienen significado.» Y Pedro: «¿Es, entonces, el mal lo mismo que el dolor y la muerte?» Y Simón: «Así parece.» Y Pedro dijo: «El mal, pues, no existe siempre; más aún, ni siquiera puede existir de modo substancial; pues el dolor y la muerte pertenecen a la clase de los accidentes, ninguno de los cuales puede coexistir con la fuerza permanente. Pues ¿qué es el dolor sino la interrupción de la armonía? ¿Y qué es la muerte sino la separación del alma del cuerpo? Por tanto, no hay dolor cuando hay armonía. Pues la muerte ni siquiera pertenece en absoluto a las cosas que existen substancialmente: porque la muerte no es nada, como he dicho, sino la separación del alma del cuerpo; y cuando esto sucede, el cuerpo, que por naturaleza es incapaz de sensación, se disuelve; pero el alma, siendo capaz de sensación, permanece en vida y existe substancialmente. Por consiguiente, cuando hay armonía no hay dolor, ni muerte, no, ni siquiera plantas mortíferas ni reptiles venenosos, ni nada de tal naturaleza que su fin sea la muerte. Y por tanto, donde reina la inmortalidad, todas las cosas parecerán haber sido hechas con razón. Y esto sucederá cuando, a causa de la justicia, el hombre se haga inmortal por la prevalencia del reino pacífico de Cristo, cuando su composición esté tan bien ordenada que no dé lugar a impulsos agudos; y su conocimiento, además, será infalible, de modo que no confundirá el mal con el bien; y no sufrirá dolor, de modo que no será mortal.»
Hom. 19, 21
Y Simón dijo: «Tuviste razón al decir esto; pero en el mundo presente, ¿no te parece el hombre capaz de toda clase de afección —como, por ejemplo, de concupiscencia, ira, dolor y cosas semejantes?» Y Pedro dijo: «Sí; estas pertenecen a las cosas accidentales, no a las que existen siempre, y se hallará que ahora ocurren con ventaja para el alma. Pues la concupiscencia, por la voluntad de Aquel que creó bien todas las cosas, ha sido hecha para surgir dentro del ser viviente, a fin de que, llevado por ella al trato conyugal, aumente la humanidad, de cuya selección surge una multitud de seres superiores aptos para la vida eterna. Pero si no existiera la concupiscencia, nadie se ocuparía del trato con su esposa; mas ahora, por causa del placer y, por así decirlo, gratificándose a sí mismo, el hombre cumple la voluntad de Él. Ahora bien, si un hombre usa la concupiscencia para el matrimonio lícito, no obra impíamente; pero si se precipita al adulterio, obra impíamente, y es castigado porque hace mal uso de una buena ordenanza. Y de la misma manera, Dios ha hecho que la ira se encienda naturalmente dentro de nosotros, para que por ella seamos inducidos a rechazar las injurias. Sin embargo, si alguno le da rienda sin freno, obra injustamente; pero si la usa dentro de los debidos límites, hace lo recto. Además, somos capaces de dolor, para que seamos movidos a compasión ante la muerte de parientes, de una esposa, o de hijos, o de hermanos, o de padres, o de amigos, o de algunos otros, pues, si no fuéramos capaces de compasión, seríamos inhumanos. De igual manera, todas las demás afecciones se hallará que están adaptadas para nosotros, si al menos se considera la razón de su existencia.»
Hom. 19, 22
Y Simón: «¿Por qué, entonces, algunos mueren prematuramente, y surgen enfermedades periódicas; y hay, además, ataques de demonios y de locura, y todas las demás clases de aflicciones que pueden castigar gravemente?» Y Pedro dijo: «Porque los hombres, siguiendo su propio placer en todas las cosas, cohabitan sin observar los tiempos propios; y así, el depósito de la semilla, teniendo lugar fuera de tiempo, produce naturalmente una multitud de males. Pues deberían reflexionar que, así como se ha fijado una estación adecuada para plantar y sembrar, así también se han señalado días apropiados para la cohabitación, que deben observarse cuidadosamente. Por eso, alguien bien instruido en las doctrinas enseñadas por Moisés, reprendiendo al pueblo por sus pecados, los llamó hijos de las lunas nuevas y de los sábados. Sin embargo, en el principio del mundo los hombres vivían largo tiempo y no tenían enfermedades. Pero cuando por negligencia descuidaron la observancia de los tiempos propios, entonces los hijos, cohabitando sucesivamente por ignorancia en tiempos en que no debían, colocaron a sus hijos bajo innumerables aflicciones. Por lo cual nuestro Maestro, cuando le preguntamos acerca del hombre ciego de nacimiento que recobró la vista, si había pecado este hombre o sus padres para que naciera ciego, respondió: ‘Ni pecó él en absoluto, ni sus padres, sino para que el poder de Dios se manifestara por medio de él, sanando los pecados de ignorancia.’ Y, en verdad, tales aflicciones surgen a causa de la ignorancia; como, por ejemplo, por no saber cuándo uno debe cohabitar con su esposa, como si ella estuviera pura de su flujo. Ahora bien, las aflicciones que mencionaste antes son resultado de la ignorancia, y no, ciertamente, de maldad alguna que se haya perpetrado. Además, dame al hombre que no peca, y te mostraré al hombre que no sufre; y hallarás que no solo no sufre él mismo, sino que es capaz de sanar a otros. Por ejemplo, Moisés, a causa de su piedad, permaneció libre de sufrimiento toda su vida, y con sus oraciones sanó a los egipcios cuando sufrían a causa de sus pecados.»
Comentario editorial · Una cita de Juan que solo conserva el manuscrito de Roma
Al explicar por qué algunos nacen ciegos o enfermos, Pedro cita la respuesta de Jesús a sus discípulos ante el ciego de nacimiento (). Riddle señala que esta cita clara del evangelio de Juan está en la parte del texto que Dressel recuperó del manuscrito de Roma, y que importa porque los autores de la escuela de Tubinga negaban antes que este autor usara el cuarto evangelio.
Hom. 19, 23
Y Simón dijo: «Doy por concedido que esto es así: ¿no te parece injustísima la desigualdad de la suerte entre los hombres? Pues uno está en la pobreza, otro es rico; uno está enfermo, otro goza de salud; y hay innumerables diferencias de esta índole en la vida humana.» Y Pedro dijo: «¿No percibes, Simón, que estás otra vez lanzando tus observaciones más allá del blanco? Pues mientras discutíamos sobre el mal, has hecho una digresión y has introducido la cuestión de las anomalías que aparecen en este mundo. Pero hablaré incluso de este punto. El mundo es un instrumento artísticamente dispuesto, para que, para el varón que ha de existir eternamente, la hembra dé a luz hijos justos y eternos. Ahora bien, no habrían podido ser hechos aquí perfectamente piadosos si no hubiera habido necesitados a quienes ayudar. De la misma manera existen los enfermos, para que tengan objetos de su cuidado. Y las demás aflicciones admiten una explicación semejante.» Y Simón dijo: «¿No son desdichados los que viven en condición humilde? Pues están sometidos a la aflicción para que otros se hagan justos.» Y Pedro dijo: «Si su humillación fuera eterna, su desgracia sería muy grande. Pero las humillaciones y las exaltaciones de los hombres ocurren conforme a la suerte; y quien no está contento con su suerte puede apelar, y, juzgando su causa conforme a la ley, puede cambiar su modo de vida por otro.» Y Simón dijo: «¿Qué quieres decir con esa suerte y esa apelación?» Y Pedro dijo: «Ahora estás pidiendo la exposición de otro tema; pero si me lo permites, podemos mostrarte cómo, naciendo de nuevo, cambiando tu origen y viviendo conforme a la ley, obtendrás la salvación eterna.»
Hom. 19, 24
Y Simón, al oír esto, dijo: «No imagines que, cuando yo, al preguntarte, asentía contigo en cada tema, pasaba al siguiente como plenamente seguro de la verdad del anterior; sino que parecía ceder ante tu ignorancia, para que tú pasaras al tema siguiente, a fin de que, conociendo toda la extensión de tu ignorancia, pudiera condenarte, no por mera conjetura, sino por pleno conocimiento. Permíteme ahora retirarme por tres días, y volveré y mostraré que no sabes nada.» Cuando Simón dijo esto, y estaba a punto de salir, mi padre dijo: «Escúchame, Simón, un momento, y luego vete adonde quieras. Recuerdo que al principio, antes de la discusión, me acusaste de ser parcial, aunque aún no tenías experiencia de mí. Pero ahora, habiéndote oído discutir por turnos, y juzgando que Pedro lleva ventaja, y atribuyéndole ahora el mérito de decir la verdad, ¿te parece que juzgo correctamente y con conocimiento, o no es así? Pues si dijeras que he juzgado correctamente, pero no estás de acuerdo, entonces eres claramente parcial, puesto que no quieres asentir después de confesar tu derrota. Pero si no he acertado al sostener que Pedro lleva ventaja en la discusión, convéncenos de que no hemos juzgado correctamente, o dejarás de discutir con él ante todos, ya que siempre serás vencido y asentirás, y en consecuencia tu propia alma sufrirá dolor, condenado como estarás, y deshonrado, por tu propia conciencia, aunque no sientas vergüenza ante todos los oyentes como el mayor tormento; pues de hecho te hemos visto vencido, y hemos oído a tus propios labios confesarlo. Finalmente, por tanto, soy de opinión de que no volverás a la discusión, como prometiste; sino que, para que no parezca que has sido vencido, has prometido, al marcharte, que volverás.»
Capítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
Hom. 19, 25
Y Simón, al oír esto, crujió los dientes de rabia y se fue en silencio. Pero Pedro (pues quedaba aún una parte considerable del día) impuso las manos sobre la gran multitud para sanarla; y, habiéndola despedido, entró en la casa con sus amigos más íntimos y se sentó. Y uno de sus allegados, de nombre Sofonías, dijo: «Bendito sea Dios, oh Pedro, que te eligió y te instruyó para consuelo de los buenos. Pues, en verdad, discutiste con Simón con dignidad y gran paciencia. Pero te rogamos que nos hables del mal; pues esperamos que nos expongas tu propia y genuina creencia acerca de él, no ahora, sin embargo, sino mañana, si te parece bien; pues te disculpamos por la fatiga que sientes a causa de tu discusión.» Y Pedro dijo: «Quiero que sepáis que quien hace algo con placer halla descanso en los trabajos mismos; pero quien no hace lo que desea queda sumamente fatigado por el descanso mismo que toma. Por lo cual me concedéis un gran descanso cuando me hacéis discurrir sobre temas que me agradan.» Contentos, pues, con su disposición, y disculpándolo por su fatiga, le pedimos que aplazara la discusión hasta la noche, cuando solía discurrir para sus amigos genuinos. Y, tras compartir la sal, nos volvimos al sueño.