Rec. X, 41
Entonces Niceta: [«El asunto de la cena de los dioses se plantea de este modo. Dicen que el banquete es el mundo, que el orden de los dioses sentados a la mesa es la posición de los cuerpos celestes. A aquellos a quienes Hesíodo llama los primeros hijos del cielo y de la tierra, de los cuales seis fueron varones y seis hembras, los refieren al número de los doce signos, que recorren todo el mundo. Dicen que los platos del banquete son las razones y causas de las cosas, dulces y deseables, las cuales, en forma de inferencias de las posiciones de los signos y de los cursos de los astros, explican cómo el mundo es regido y gobernado. Aunque dicen que estas cosas existen al modo libre de un banquete, por cuanto la mente de cada uno tiene la opción de si gustará algo de esta clase de conocimiento, o si se abstendrá; y como en un banquete nadie es compelido, sino que cada uno es libre de comer, así también la manera de filosofar depende de la elección de la voluntad. Dicen que la discordia es la concupiscencia de la carne, que se levanta contra el propósito de la mente y estorba el deseo de filosofar; y por tanto dicen que aquel fue el tiempo en que se celebraron las bodas. Así hacen de Peleo y de la ninfa Tetis el elemento seco y el húmedo, por cuya mezcla se compone la sustancia de los cuerpos. Sostienen que Mercurio es la palabra, por la cual se transmite la instrucción a la mente; que Juno es la castidad, Minerva el valor, Venus la lujuria, Paris el entendimiento. Si, por tanto, dicen, sucede que hay en un hombre un entendimiento bárbaro e inculto, e ignorante del recto juicio, despreciará la castidad y el valor, y dará el premio, que es la manzana, a la lujuria; y de ahí vendrá ruina y destrucción no solo sobre él mismo, sino también sobre sus conciudadanos y toda la raza. Estas cosas, por tanto, está en su poder componerlas de cualquier materia que les plazca; sin embargo, pueden adaptarse a todo hombre; porque si alguno tiene un entendimiento pastoril, rústico e inculto, y no quiere ser instruido, cuando el calor de su cuerpo le haga sugestiones acerca del placer de la lujuria, al punto desprecia las virtudes de los estudios y los bienes del conocimiento, y vuelve su mente a los placeres corporales. Y de aquí proviene que surjan guerras implacables, se destruyan ciudades, caigan países, así como Paris, con el rapto de Helena, armó a los griegos y a los bárbaros para su mutua destrucción.»]