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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 27 · Reconocimientos, libro VPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Reconocimientos, libro V

    Capítulo 1. El saludo de Pedro

    Rec. V, 1

    Pero al día siguiente, Pedro, levantándose un poco más temprano que de costumbre, nos encontró dormidos; y al verlo, dio orden de que se guardara silencio por él, como si él mismo quisiera dormir más, para que no fuéramos perturbados en nuestro descanso. Pero cuando nos levantamos refrescados por el sueño, lo encontramos, habiendo terminado su oración, esperándonos en su dormitorio. Y como ya amanecía, nos dirigió brevemente la palabra, saludándonos según su costumbre, e inmediatamente se dirigió al lugar acostumbrado para enseñar; y cuando vio que muchos se habían reunido allí, habiendo invocado la paz sobre ellos según la primera forma religiosa, comenzó a hablar como sigue:—

    Capítulo 2. Sufriendo el efecto del pecado

    Rec. V, 2

    Dios, el Creador de todo, al principio hizo al hombre a su propia imagen, y le dio dominio sobre la tierra y el mar, y sobre el aire; como nos lo ha dicho el verdadero Profeta, y como la misma razón de las cosas nos instruye: pues el hombre solo es racional, y es conveniente que la razón gobierne sobre lo irracional. Al principio, por tanto, mientras todavía era justo, era superior a todos los desórdenes y a toda fragilidad; pero cuando pecó, como os enseñamos ayer, y se hizo siervo del pecado, se hizo al mismo tiempo sujeto a fragilidad. Esto, pues, está escrito, para que los hombres sepan que, así como por la impiedad han sido hechos sujetos a sufrir, así por la piedad pueden ser hechos libres del sufrimiento; y no solo libres del sufrimiento, sino que con incluso un poco de fe en Dios puedan curar los sufrimientos de otros. Pues así nos lo prometió el verdadero Profeta, diciendo: 'En verdad os digo, que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Quítate de aquí, y se quitará.' [] De esta salvación vosotros mismos también habéis tenido pruebas; pues visteis ayer cómo ante nuestra presencia los demonios se retiraron y fueron puestos en fuga, con aquellos sufrimientos que habían traído sobre los hombres.

    Capítulo 3. Fe e incredulidad

    Rec. V, 3

    Por tanto, puesto que unos hombres sufren y otros curan a los que sufren, es necesario conocer a la vez la causa del sufrimiento y de la cura; y se prueba que esto no es otra cosa que la incredulidad por parte de los que sufren, y la fe por parte de los que los curan. Pues la incredulidad, al no creer que ha de haber un juicio de Dios, da licencia al pecado, y el pecado hace a los hombres propensos a los sufrimientos; pero la fe, creyendo que ha de haber un juicio de Dios, aparta a los hombres del pecado; y quienes no pecan no sólo están libres de demonios y sufrimientos, sino que también pueden ahuyentar los demonios y los sufrimientos de otros.

    Capítulo 4. La ignorancia, madre de los males

    Rec. V, 4

    De todas estas cosas, por tanto, se concluye que todo mal brota de la ignorancia; y la ignorancia misma, madre de todos los males, brota del descuido y la pereza, y es alimentada, aumentada y arraigada en los sentidos de los hombres por la negligencia; y si alguien enseña que ha de ser ahuyentada, es arrancada con dificultad e indignación, como de una morada antigua y hereditaria. Y por tanto debemos trabajar un poco, para buscar los supuestos de la ignorancia y cortarlos por medio del conocimiento, especialmente en aquellos que están preocupados por algunas opiniones erróneas, mediante las cuales la ignorancia se arraiga más firmemente en ellos, como bajo la apariencia de cierta clase de conocimiento; pues nada es peor que creer uno que sabe lo que ignora, y sostener que es verdadero lo que es falso. Esto es como si un hombre borracho se tuviera a sí mismo por sobrio, y obrara en todos los respectos como un hombre borracho, y sin embargo se tuviera a sí mismo por sobrio, y quisiera ser llamado así por otros. Así, pues, son también aquellos que no saben lo que es verdadero, pero tienen alguna apariencia de conocimiento, y hacen muchas cosas malas como si fueran buenas, y se apresuran a la destrucción como si fuera hacia la salvación.

    Capítulo 5. Ventajas del conocimiento

    Rec. V, 5

    Por lo cual debemos, sobre todas las cosas, apresurarnos al conocimiento de la verdad, para que, como con una luz encendida en ella, podamos disipar las tinieblas de los errores: pues la ignorancia, como hemos dicho, es un gran mal; pero, porque no tiene sustancia, es fácilmente disipada por quienes se afanan. Pues la ignorancia no es otra cosa que no saber lo que es bueno para nosotros; una vez conocido esto, la ignorancia perece. Por tanto, el conocimiento de la verdad debe ser buscado con afán; y nadie puede conferirlo sino el verdadero Profeta. Porque esta es la puerta de la vida para los que han de entrar, y el camino de las buenas obras para los que van a la ciudad de la salvación.

    Capítulo 6. El libre albedrío

    Rec. V, 6

    Si alguien, oyendo de verdad la palabra del verdadero Profeta, está dispuesto o no a recibirla y a abrazar su carga, es decir, los preceptos de la vida, tiene esto en su poder, porque somos libres en la voluntad. Pues si fuera de tal modo que quienes oyen no tuvieran en su poder hacer otra cosa que lo que han oído, habría alguna fuerza de la naturaleza en virtud de la cual no le sería libre pasar a otra opinión. O si, por otra parte, ninguno de los oyentes pudiera en absoluto recibirla, también esto sería una fuerza de la naturaleza que obligara a hacer una sola cosa y no dejara lugar para el otro camino. Pero ahora, puesto que es libre para la mente volver su juicio hacia el lado que le plazca y elegir el camino que aprueba, queda claramente manifiesto que hay en los hombres una libertad de elección.

    Capítulo 7. La responsabilidad del conocimiento

    Rec. V, 7

    Por tanto, antes de que alguien oiga lo que es bueno para él, es cierto que es ignorante; y siendo ignorante, quiere y desea hacer lo que no es bueno para él; por lo cual no es juzgado por ello. Pero una vez que ha oído las causas de su error y ha recibido el método de la verdad, entonces, si permanece en aquellos errores con los que había estado preocupado desde mucho antes, será llamado con razón a juicio para sufrir castigo, porque ha gastado en el juego de los errores aquella porción de vida que le fue dada para gastarla en vivir bien. Pero el que, oyendo estas cosas, las recibe de buen grado y da gracias porque se le ha traído la enseñanza de las cosas buenas, inquiere con más afán y no cesa de aprender hasta averiguar si hay verdaderamente otro mundo, en el cual están preparadas recompensas para los buenos. Y cuando está seguro de esto, da gracias a Dios porque le ha mostrado la luz de la verdad; y en adelante dirige sus acciones en todas las buenas obras, por las cuales está seguro de que hay preparada una recompensa en el mundo venidero; mientras se maravilla constantemente y se asombra de los errores de los demás hombres, y de que nadie vea la verdad que está puesta ante sus ojos. Sin embargo, él mismo, regocijándose en las riquezas de la sabiduría que ha hallado, desea insaciablemente gozar de ellas y se deleita en la práctica de las buenas obras; apresurándose a alcanzar, con corazón limpio y conciencia pura, el mundo venidero, cuando podrá incluso ver a Dios, el rey de todo.

    Capítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos

    Rec. V, 8

    Pero la única causa de que carezcamos y seamos privados de todas estas cosas es la ignorancia. Pues mientras los hombres no saben cuánto bien hay en el conocimiento, no permiten que el mal de la ignorancia les sea quitado; porque no saben cuán grande es la diferencia que entraña el cambio de una de estas cosas por la otra. Por lo cual aconsejo a todo discípulo que preste de buen grado su oído a la palabra de Dios y oiga con amor de la verdad lo que decimos, para que su mente, recibiendo la mejor semilla, produzca frutos gozosos mediante buenas obras. Pues si, mientras enseño las cosas que atañen a la salvación, alguno se niega a recibirlas y se esfuerza en resistirlas con una mente ocupada por malas opiniones, tendrá la causa de su perdición, no de nosotros, sino de sí mismo. Porque es su deber examinar con justo juicio las cosas que decimos, y entender que hablamos palabras de verdad, para que, sabiendo cómo son las cosas y dirigiendo su vida en buenas acciones, sea hallado partícipe del reino de los cielos, sometiendo a sí los deseos de la carne y haciéndose señor de ellos, de modo que al fin él mismo también llegue a ser la posesión agradable del Soberano de todo.

    Capítulo 9. Los dos reinos

    Rec. V, 9

    Pues quien persiste en el mal y es siervo del mal, no puede ser hecho parte del bien mientras persista en el mal, porque desde el principio, como hemos dicho, Dios instituyó dos reinos, y ha dado a cada hombre el poder de llegar a ser parte de aquel reino al cual se entregue para obedecer. Y puesto que está decretado por Dios que ningún hombre puede ser siervo de ambos reinos, esforzaos con todo empeño en acogeros al pacto y a las leyes del buen Rey. Por lo cual también el verdadero Profeta, cuando estuvo presente entre nosotros y vio a algunos ricos negligentes respecto al culto de Dios, desplegó así la verdad de este asunto: "Nadie", dijo, "puede servir a dos señores; no podéis servir a Dios y a mamón"; [] llamando a las riquezas, en la lengua de su país, mamón.

    Capítulo 10. Jesús, el verdadero Profeta

    Rec. V, 10

    Él, por tanto, es el verdadero Profeta, que se nos apareció, como habéis oído, en Judea; quien, de pie en lugares públicos, con una simple orden hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, expulsó demonios, devolvió la salud a los enfermos y la vida a los muertos; y como nada le era imposible, incluso percibía los pensamientos de los hombres, cosa que no es posible sino sólo a Dios. Proclamó el reino de Dios; y le creímos como a un verdadero Profeta en todo lo que habló, derivando la confirmación de nuestra fe no sólo de sus palabras, sino también de sus obras; y también porque las sentencias de la ley, que muchas generaciones antes habían anunciado su venida, se cumplieron en Él; y las figuras de los hechos de Moisés, y del patriarca Jacob antes que él, llevaban en todos los respectos un tipo de Él. Es evidente también que el tiempo de su advenimiento, es decir, el tiempo mismo en que vino, fue predicho por ellos; y, sobre todo, estaba contenido en las sagradas escrituras que Él había de ser esperado por los gentiles. Y todas estas cosas se cumplieron igualmente en Él.

    Capítulo 11. La expectación de los gentiles

    Rec. V, 11

    Pero lo que un profeta de los judíos predijo, que Él había de ser esperado por los gentiles, confirma sobremanera la fe de la verdad en Él. Pues si hubiera dicho que había de ser esperado por los judíos, no habría parecido profetizar nada extraordinario: que Aquel cuya venida había sido prometida para la salvación del mundo fuera objeto de esperanza para el pueblo de la misma tribu que Él y para su propia nación; porque que esto sucediera parecería más bien cosa de inferencia natural que una que requiriera la grandeza de un anuncio profético. Pero ahora, ya que los profetas dicen que toda aquella esperanza que se expone acerca de la salvación del mundo, y la novedad del reino que ha de ser establecido por Cristo, y todas las cosas que se declaran acerca de Él han de ser transferidas a los gentiles, la grandeza del oficio profético se confirma, no según la secuencia de las cosas, sino por un cumplimiento increíble de la profecía. Pues los judíos desde el principio habían entendido por una tradición certísima que este hombre había de venir en algún tiempo, por quien todas las cosas serían restauradas; y meditando diariamente y aguardando su venida, cuando lo vieron entre ellos, y realizando las señales y milagros, como estaba escrito de Él, cegados por la envidia, no pudieron reconocerlo cuando estaba presente, en cuya esperanza se regocijaban mientras estaba ausente; sin embargo, los pocos de nosotros que fuimos elegidos por Él lo entendimos.

    Capítulo 12. Llamamiento de los gentiles

    Rec. V, 12

    Pero esto sucedió por la providencia de Dios, para que el conocimiento de este Bueno fuera entregado a los gentiles, y aquellos que nunca habían oído hablar de Él, ni habían aprendido de los profetas, lo reconocieran, mientras que aquellos que lo habían reconocido en sus meditaciones diarias no lo conocieran. Pues, he aquí, por vosotros que ahora estáis presentes y deseáis oír la doctrina de su fe, y saber qué, cómo y de qué clase es su venida, se cumple la verdad profética. Porque esto es lo que los profetas predijeron: que Él ha de ser buscado por vosotros, que nunca oísteis hablar de Él. [] Y, por tanto, viendo que los dichos proféticos se cumplen incluso en vosotros mismos, con razón creéis en Él solo, con razón lo esperáis, con razón preguntáis acerca de Él, para que no sólo lo esperéis, sino que, creyendo, obtengáis la herencia de su reino; conforme a lo que Él mismo dijo: que todo hombre se hace siervo de aquel a quien se somete. []

    Capítulo 13. Invitación a los gentiles

    Rec. V, 13

    Por tanto, despertad y tomad para vosotros a nuestro Señor y Dios, a aquel Señor que es Señor del cielo y de la tierra, y conformaos a su imagen y semejanza, como enseña el verdadero Profeta mismo, diciendo: "Sed misericordiosos, como también vuestro Padre celestial es misericordioso, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos". Imitadle, pues, y temedle, como está dado el mandamiento a los hombres: "Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás". Porque os es provechoso servir a este solo Señor, para que, conociendo por Él al único Dios, seáis librados de los muchos a quienes vanamente temíais. Pues quien no teme a Dios, el Creador de todo, sino que teme a aquellos que él mismo con sus propias manos ha hecho, ¿qué hace sino someterse a un temor vano e insensato, y hacerse más vil y abyecto que aquellas mismas cosas cuyo temor ha concebido en su mente? Antes bien, por la bondad de Aquel que os invita, volved a vuestra nobleza anterior, y con buenas obras mostrad que lleváis la imagen de vuestro Creador, para que por la contemplación de su semejanza seáis creídos incluso hijos suyos.

    Capítulo 14. Los ídolos inútiles

    Rec. V, 14

    Comenzad, pues, a expulsar de vuestras mentes las vanas ideas de los ídolos, y vuestros temores inútiles y vacíos, para que al mismo tiempo podáis escapar de la condición de servidumbre injusta. Porque se han convertido en vuestros señores quienes ni siquiera habrían podido ser siervos provechosos para vosotros. Pues ¿cómo han de parecer aptas para serviros incluso las imágenes sin vida, cuando no pueden oír, ni ver, ni sentir nada? Sí, incluso la materia de que están hechas, ya sea oro o plata, o incluso bronce o madera, aunque os habría aprovechado para usos necesarios, la habéis vuelto del todo ineficaz e inútil al fabricar dioses de ella. Por tanto, os declaramos el verdadero culto de Dios, y al mismo tiempo amonestamos y exhortamos a los adoradores, para que con buenas obras imiten a Aquel a quien adoran, y se apresuren a volver a su imagen y semejanza, como dijimos antes.

    Capítulo 15. La necedad de la idolatría

    Rec. V, 15

    Pero quisiera que quienes adoran ídolos me dijeran si desean llegar a ser como aquellos a quienes adoran. ¿Acaso alguno de vosotros desea ver de la manera en que ellos ven? ¿O oír a la manera de su oír? ¿O tener tal entendimiento como tienen ellos? ¡Lejos esté esto de cualquiera de mis oyentes! Porque esto habría de tenerse más bien por maldición y oprobio para un hombre, que lleva en sí la imagen de Dios, aunque haya perdido la semejanza. ¿Qué clase de dioses, entonces, han de ser considerados, cuya imitación sería execrable para sus adoradores, y tener su semejanza sería un oprobio? ¿Qué, pues? Fundid vuestras imágenes inútiles y haced vasijas útiles. Fundid el metal inservible e inactivo, y haced instrumentos aptos para el uso de los hombres. Pero, dice uno, las leyes humanas no nos lo permiten. Dice bien; pues son las leyes humanas, y no su propio poder, las que lo impiden. ¿Qué clase de dioses, entonces, son aquellos que son defendidos por leyes humanas y no por sus propias energías? Y así también son preservados de los ladrones por perros guardianes y por la protección de cerrojos, al menos si son de plata, u oro, o incluso de bronce; porque los que son de piedra y barro están protegidos por su propia inutilidad, pues nadie robará un dios de piedra o de loza. De ahí que parezcan tanto más miserables aquellos cuyo metal más precioso los expone a mayor peligro. Puesto que, entonces, pueden ser robados, puesto que deben ser guardados por hombres, puesto que pueden ser fundidos, pesados y forjados con martillos, ¿deben los hombres dotados de entendimiento tenerlos por dioses?

    Capítulo 16. Sólo Dios es objeto digno de adoración

    Rec. V, 16

    ¡Oh! ¡En qué lamentable condición ha caído el entendimiento de los hombres! Porque si se tiene por la mayor necedad temer a los muertos, ¿qué juzgaremos de quienes temen algo que es peor que los muertos? Porque aquellas imágenes ni siquiera han de contarse entre el número de los muertos, porque nunca estuvieron vivas. Incluso los sepulcros de los muertos son preferibles a ellas, ya que, aunque ahora están muertos, sin embargo una vez tuvieron vida; pero aquellos a quienes adoráis nunca poseyeron siquiera una vida tan vil como la que hay en todos, la vida de ranas y búhos. Pero ¿para qué decir más acerca de ellos, si basta decir al que los adora: ¿No ves que aquel a quien adoras no ve? Oye que aquel a quien adoras no oye, y comprende que aquel a quien adoras no comprende?— pues es obra de la mano del hombre, y necesariamente carece de entendimiento. Por tanto, adoráis a un dios sin sentido, mientras que todo el que tiene sentido cree que ni siquiera han de ser adoradas aquellas cosas que han sido hechas por Dios y tienen sentido, como el sol, la luna y las estrellas, y todas las cosas que están en el cielo y sobre la tierra. Porque piensan que es razonable que no sean adoradas aquellas cosas que han sido hechas para el servicio del mundo, sino el Creador de esas mismas cosas y del mundo entero. Pues incluso estas cosas se regocijan cuando Él es adorado y venerado, y no toman a bien que el honor del Creador sea otorgado a la criatura. Porque el culto de Dios solo es aceptable para ellas; el cual solo es increado, y todas las cosas son también criaturas suyas. Pues así como corresponde a aquel que solo es increado ser Dios, así todo lo que ha sido creado no es verdaderamente Dios.

    Capítulo 17. Sugestiones de la antigua serpiente

    Rec. V, 17

    Ante todo, pues, debéis comprender el engaño de la antigua serpiente y sus astutas sugestiones, la cual os engaña como por prudencia, y como por una especie de razón se desliza a través de vuestros sentidos; y comenzando por la cabeza, penetra hasta vuestra médula interior, teniendo el engañaros por gran ganancia. Por eso insinúa en vuestras mentes opiniones de dioses de cualquier clase, solo para apartaros de la fe de un solo Dios, sabiendo que vuestro pecado es su consuelo. Porque él, por su maldad, fue condenado desde el principio a comer polvo, por cuanto hizo que se redujera de nuevo a polvo al que había sido tomado del polvo, hasta el tiempo en que vuestras almas sean restauradas, pasando por el fuego; como os instruiremos más plenamente en otro momento. De él, pues, proceden todos los errores y dudas, por los cuales sois apartados de la fe y de la creencia en un solo Dios.

    Capítulo 18. Su primera sugestión

    Rec. V, 18

    Y, ante todo, sugiere a los pensamientos de los hombres que no oigan las palabras de verdad, con las que podrían ahuyentar la ignorancia de las cosas que son males. Y esto lo hace, como presentando otra ciencia, haciendo alarde de aquella opinión que muchísimos sostienen: pensar que no serán tenidos por culpables si han estado en la ignorancia, y que no se les pedirá cuenta de lo que no han oído; y con ello los persuade a apartarse de oír la palabra. Pero yo os digo, en contra de esto, que la ignorancia es en sí misma un veneno mortífero, suficiente para arruinar el alma sin ayuda alguna de fuera. Y por tanto, no hay nadie que sea ignorante que escape por su ignorancia, sino que es cierto que perecerá. Pues el poder del pecado destruye naturalmente al pecador. Pero, como el juicio ha de ser según razón, se indagará la causa y el origen de la ignorancia, así como de todo pecado. Pues el que no quiere saber cómo puede alcanzar la vida, y prefiere estar en la ignorancia para no hacerse culpable por ello, por este mismo hecho es juzgado como si supiera y tuviera conocimiento. Pues sabía qué era lo que no quería oír; y la astucia obtenida por el artificio de la serpiente de nada le servirá como excusa, pues habrá de habérselas con Aquel a quien el corazón está abierto. Pero para que sepáis que la ignorancia por sí misma acarrea destrucción, os aseguro que cuando el alma sale del cuerpo, si lo deja en la ignorancia de Aquel por quien fue creada, y de quien en este mundo obtuvo todas las cosas necesarias para sus usos, es arrojada de la luz de su reino como ingrata e infiel.

    Capítulo 19. Su segunda sugestión

    Rec. V, 19

    De nuevo, la serpiente malvada sugiere a los hombres otra opinión, que muchos de vosotros soléis aducir: que hay, como decimos, un solo Dios, que es Señor de todo; pero que estos también, dicen, son dioses. Pues así como hay un solo César, y tiene bajo sí muchos jueces —por ejemplo, prefectos, cónsules, tribunos y otros oficiales—, de la misma manera pensamos que, aunque hay un solo Dios mayor que todos, sin embargo estos dioses están constituidos en este mundo a semejanza de aquellos oficiales de quienes hemos hablado, sujetos ciertamente a aquel Dios mayor, pero gobernándonos a nosotros y a las cosas que hay en este mundo. En respuesta a esto, os mostraré cómo, en las mismas cosas que proponéis para engañar, sois refutados por las razones de la verdad. Decís que Dios ocupa el lugar de César, y que los que son llamados dioses representan a sus jueces y oficiales. Ateneos, pues, como lo habéis aducido, al ejemplo de César; y sabed que, así como uno de los jueces o administradores de César —prefectos, procónsules, generales o tribunos— no puede lícitamente tomar el nombre de César —o de lo contrario, tanto el que lo tomara como los que se lo confirieran serían destruidos juntamente—, así también en este caso debéis observar que, si alguien da el nombre de Dios a otro que no sea Él mismo, y el otro lo acepta, participarán de una misma destrucción, con un destino mucho más terrible que el de los siervos de César. Pues el que ofende a César sufrirá destrucción temporal; pero el que ofende a Aquel que es el solo y verdadero Dios, sufrirá castigo eterno, y con razón, por haber injuriado con una condición ilícita el nombre que es único.

    Capítulo 20. Idolatría egipcia

    Rec. V, 20

    [«Aunque esta palabra Dios no es el nombre de Dios, pero entretanto esa palabra es empleada por los hombres como su nombre; y por tanto, como he dicho, cuando se usa con reproche, el reproche se refiere a la injuria del verdadero nombre. En fin, los antiguos egipcios, que creían haber descubierto la teoría de las revoluciones celestes y la naturaleza de los astros, sin embargo, por estar sus sentidos obturados por el demonio, sometieron el nombre incomunicable a toda clase de indignidades. Pues unos enseñaban que su buey, llamado Apis, debía ser adorado; otros enseñaban que el macho cabrío, otros que los gatos, el ibis, también un pez, una serpiente, cebollas, cloacas, crepitus ventris, debían ser tenidos por deidades, e innumerables cosas más, que me avergüenza incluso mencionar.»]

    Capítulo 21. La idolatría egipcia más razonable que las otras

    Rec. V, 21

    Cuando Pedro hablaba así, todos los que lo oíamos reímos. Entonces dijo Pedro: Os reís de las absurdidades ajenas, porque por la larga costumbre no veis las vuestras. Pues ciertamente no sin razón os reís de la necedad de los egipcios, que adoran a animales mudos, siendo ellos mismos racionales. Pero yo os diré cómo ellos también se ríen de vosotros; pues dicen: Nosotros adoramos animales vivos, aunque mortales; pero vosotros adoráis y veneráis cosas que nunca estuvieron vivas. Añaden también esto: que son figuras y alegorías de ciertos poderes con cuya ayuda se gobierna el género humano. Refugiándose en esto por vergüenza, fabrican estas y semejantes excusas, y así intentan encubrir su error. Pero no es tiempo de responder a los egipcios, y dejando el cuidado de los que están presentes para curar la enfermedad de los ausentes. Pues es indicio cierto de que se os tiene por libres de semejante enfermedad, puesto que no os doléis de ella como propia, sino que os reís de ella como ajena.

    Capítulo 22. Continuación de la segunda sugestión

    Rec. V, 22

    Pero volvamos a vosotros, cuya opinión es que Dios debe ser tenido como César, y los dioses como ministros y lugartenientes de César. Seguidme con atención, y en seguida os mostraré los escondrijos de la serpiente, que están en los tortuosos recovecos de este argumento. Debe ser tenido por todos como cierto y fuera de duda que ninguna criatura puede estar al nivel de Dios, porque Él no fue hecho por nadie, sino que Él mismo hizo todas las cosas; ni en verdad puede hallarse nadie tan irracional que suponga que lo hecho puede compararse con el hacedor. Si, pues, la mente humana, no solo por razón, sino aun por una especie de instinto natural, sostiene con razón esta opinión: que aquello se llama Dios a lo que nada puede compararse ni igualarse, sino que excede a todo y sobresale por encima de todo, ¿cómo puede suponerse que ese nombre, que se cree sobre todas las cosas, sea dado con razón a los que vosotros pensáis que están empleados para el servicio y el consuelo de la vida humana? Pero añadiremos también esto. Este mundo fue hecho sin duda, y es corruptible, como mostraremos más plenamente dentro de poco; entretanto se admite a la vez que ha sido hecho y que es corruptible. Si, por tanto, el mundo no puede llamarse Dios, y con razón, porque es corruptible, ¿cómo tomarán las partes del mundo el nombre de Dios? Pues en la medida en que el mundo entero no puede ser Dios, mucho menos pueden serlo sus partes. Por tanto, si volvemos al ejemplo de César, veréis cuán grande es vuestro error. No es lícito a nadie, aunque sea un hombre de la misma naturaleza que él, ser comparado con César: ¿pensáis, pues, que alguien deba ser comparado con Dios, que sobresale por encima de todos en esto: en que no fue hecho por nadie, sino que Él mismo hizo todas las cosas? Pero, en verdad, no os atrevéis a dar el nombre de César a ningún otro, porque él castiga inmediatamente al que le ofende; os atrevéis a dar el de Dios a otros, porque Él difiere el castigo de los que le ofenden, para su arrepentimiento.

    Capítulo 23. Tercera sugestión

    Rec. V, 23

    También por boca de otros esa serpiente suele hablar de esta manera: Adoramos imágenes visibles en honor del Dios invisible. Ahora bien, esto es ciertamente falso. Pues si de verdad quisierais adorar la imagen de Dios, haríais bien al hombre, y así adoraríais la verdadera imagen de Dios en él. Porque la imagen de Dios está en todo hombre, aunque su semejanza no está en todos, sino donde el alma es benigna y la mente pura. Si, por tanto, queréis honrar de verdad la imagen de Dios, os declaramos lo que es verdad: que debéis hacer bien y rendir honor y reverencia al hombre, que ha sido hecho a imagen de Dios; que deis comida al hambriento, bebida al sediento, vestido al desnudo, hospitalidad al extranjero y las cosas necesarias al preso; y eso es lo que se tendrá por verdaderamente dado a Dios. Y tanto contribuyen estas cosas al honor de la imagen de Dios, que el que no las hace es tenido por quien arroja oprobio sobre la imagen divina. ¿Qué honor de Dios es, pues, ese que consiste en correr de una figura de piedra o de madera a otra, en venerar figuras vacías y sin vida como deidades, y en despreciar a los hombres en quienes está de verdad la imagen de Dios? Antes bien, estad seguros de que quien comete homicidio o adulterio, o cualquier cosa que cause sufrimiento o injuria a los hombres, en todo esto se viola la imagen de Dios. Pues injuriar a los hombres es una gran impiedad para con Dios. Por tanto, siempre que hagáis a otro lo que no querríais que otro os hiciera a vosotros, mancilláis la imagen de Dios con aflicciones inmerecidas. Entended, pues, que esa es la sugestión de la serpiente que acecha en vosotros, la cual os persuade de que podéis parecer piadosos cuando adoráis cosas insensibles, y no parecer impíos cuando injuriáis a seres sensibles y racionales.

    Capítulo 24. Cuarta sugestión

    Rec. V, 24

    Pero a estas cosas la serpiente nos responde con otra boca y dice: Si Dios no quisiera que estas cosas existieran, no deberían existir. No os estoy diciendo cómo es que se permite que haya muchas cosas contrarias en este mundo para la prueba de la mente de cada uno. Pero esto es lo que conviene decir por ahora: Si, según vosotros, todo lo que había de adorarse no debiera haber existido, casi nada habría en este mundo. Pues ¿qué hay que hayáis dejado sin adorar? El sol, la luna, las estrellas, el agua, la tierra, los montes, los árboles, las piedras, los hombres: no hay ninguno de estos que no hayáis adorado. Según vuestra afirmación, por tanto, ¡ninguna de estas cosas debió ser hecha por Dios, para que no tuvierais nada que adorar! ¡Sí, ni siquiera debió haber hecho a los hombres mismos para que fueran los adoradores! Pero esto es precisamente lo que desea aquella serpiente que acecha en vosotros: pues a ninguno de vosotros perdona; no querría que ninguno de vosotros escapara de la destrucción. Pero no será así. Pues os digo que no tiene culpa lo que es adorado, sino el que adora. Porque en Dios hay juicio justo; y Él juzga de una manera al que padece el mal, y de otra al que lo hace.

    Capítulo 25. Quinta sugestión

    Rec. V, 25

    Pero decís: Entonces, los que adoran lo que no debe ser adorado, deberían ser destruidos inmediatamente por Dios, para impedir que otros hicieran lo mismo. ¿Pero sois acaso más sabios que Dios, para ofrecerle consejo? [] Él sabe lo que ha de hacer. Pues con todos los que están en la ignorancia ejerce paciencia, porque es misericordioso y clemente; y prevé que muchos de los impíos se vuelven piadosos, y que aun algunos de los que adoran estatuas impuras e imágenes contaminadas se han convertido a Dios y, dejando sus pecados y haciendo buenas obras, alcanzan la salvación. Pero se dice: Jamás deberíamos haber llegado siquiera al pensamiento de hacer estas cosas. No sabéis qué es la libertad de la voluntad, y olvidáis que es bueno el que lo es por su propia intención; pero el que es retenido en la bondad por necesidad no puede llamarse bueno, porque no lo es por sí mismo. Por tanto, como en cada uno hay libertad para elegir el bien o el mal, o adquiere recompensas, o acarrea destrucción sobre sí. Se dice además: Dios trae a nuestras mentes todo cuanto pensamos. ¿Qué queréis decir, oh hombres? Blasfemáis. Pues si Él trae a nuestras mentes todos nuestros pensamientos, entonces es Él quien nos sugiere pensamientos de adulterio, de codicia, de blasfemia y de toda clase de afeminamiento. Cesad, os lo ruego, en estas blasfemias, y entended cuál es el honor digno de Dios. Y no digáis, como algunos de vosotros soléis decir, que Dios no necesita honor de los hombres. En verdad, Él ciertamente no necesita de nadie; pero debéis saber que el honor que tributáis a Dios os aprovecha a vosotros mismos. Pues ¿qué hay tan execrable como que un hombre no dé gracias a su Creador?

    Capítulo 26. Sexta sugestión

    Rec. V, 26

    Pero se dice: Mejor hacemos nosotros, que damos gracias tanto a Él mismo como a todos los que están con Él. En esto no entendéis que está la ruina de vuestra salvación. Pues es como si un enfermo llamara a la vez, para su curación, a un médico y a envenenadores; ya que estos podrían ciertamente dañarle, pero no curarle; y el verdadero médico se negaría a mezclar sus remedios con sus venenos, no sea que la destrucción del hombre se atribuya a los buenos, o su restablecimiento, a los dañinos. Pero decís: ¿Acaso Dios se indigna o tiene envidia si, cuando Él nos beneficia, se dan gracias a otros? Aunque no se indigne, en todo caso no quiere ser autor del error, a fin de que por medio de su obra se dé crédito a un ídolo vano. Y ¿qué hay tan impío, tan ingrato, como obtener un beneficio de Dios y dar gracias a leños y piedras? Por lo cual, levantaos y entended vuestra salvación. Pues Dios no necesita de nadie, ni requiere nada, ni es dañado por nada; pero nosotros somos o ayudados o dañados, según seamos agradecidos o ingratos. Pues ¿qué gana Dios con nuestras alabanzas, o qué pierde con nuestras blasfemias? Solo esto debemos recordar: que Dios trae a la cercanía y amistad consigo al alma que le da gracias. Pero el demonio malvado posee al alma ingrata.

    Capítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores

    Rec. V, 27

    Pero quiero que sepáis también esto: que sobre tales almas Dios no toma venganza directamente, sino que toda su creación se levanta e inflige castigos a los impíos; y aunque en el mundo presente la bondad de Dios concede la luz del mundo y los servicios de la tierra por igual a piadosos e impíos, sin embargo no sin dolor da el sol su luz, ni los demás elementos prestan su servicio, a los impíos. Y, en fin, a veces incluso en contra de la bondad del Creador, los elementos se agotan por los crímenes de los malvados; y de ahí proviene que o el fruto de la tierra se agosta, o la composición del aire se vicia, o el calor del sol aumenta desmedidamente, o hay una cantidad excesiva de lluvia o de frío. De ahí avanzan la pestilencia, el hambre y la muerte en diversas formas, pues la criatura se apresura a tomar venganza de los malvados; pero la bondad de Dios la refrena, y contiene su indignación contra los malvados, y la obliga a ser obediente a su misericordia, antes que a inflamarse por los pecados y crímenes de los hombres. Pues la paciencia de Dios espera la conversión de los hombres, mientras están en este cuerpo.

    Capítulo 28. Eternidad de los castigos

    Rec. V, 28

    Mas si alguno persiste en la impiedad hasta el fin de la vida, entonces, apenas parte el alma, que es inmortal, pagará la pena de su persistencia en la impiedad. Pues aun las almas de los impíos son inmortales, aunque quizá ellos mismos quisieran que acabasen con sus cuerpos. Pero no es así; porque soportan sin fin los tormentos del fuego eterno, y para su destrucción no tienen la condición de mortales. Mas acaso me diréis: Nos aterráis, oh Pedro. ¿Y cómo os hablaremos de las cosas que son en realidad? ¿Podemos declararos la verdad callando? No podemos presentar las cosas que son de otro modo que como son. Pero si calláramos, nos haríamos causa de la ignorancia que os arruina, y daríamos satisfacción a la serpiente que acecha en ti, que embota vuestros sentidos, la cual os sugiere astutamente estas cosas, para haceros siempre enemigos de Dios. Mas nosotros hemos sido enviados con este fin: para desenmascarar ante vosotros sus disfraces; y, disolviendo vuestras enemistades, reconciliaros con Dios, a fin de que os convirtáis a Él y le agradéis con buenas obras. Pues el hombre está enemistado con Dios, y tiene hacia Él un estado de ánimo irracional e impío y una disposición malvada, especialmente cuando cree saber algo y está en la ignorancia. Mas cuando dejéis a un lado estas cosas, y comencéis a complaceros y a disgustaros con las mismas cosas que agradan y desagradan a Dios, y a querer lo que Dios quiere, entonces seréis llamados verdaderamente amigos suyos.

    Capítulo 29. El cuidado de Dios por las cosas humanas

    Rec. V, 29

    Mas acaso algunos de vosotros dirán: Dios no tiene cuidado de las cosas humanas; y si ni siquiera podemos alcanzar el conocimiento de Él, ¿cómo alcanzaremos su amistad? Que Dios se ocupa ciertamente de los asuntos de los hombres, lo atestigua su gobierno del mundo: pues el sol diariamente lo sirve, las lluvias lo asisten; las fuentes, los ríos, los vientos y todos los elementos lo atienden; y cuanto más se dan a conocer estas cosas a los hombres, tanto más indican el cuidado de Dios sobre los hombres. Pues, a no ser por el poder del Altísimo, lo más poderoso jamás serviría a lo inferior; y con esto se muestra que Dios no solo tiene cuidado de los hombres, sino un gran afecto, puesto que ha destinado tan nobles elementos a su servicio. Y que los hombres pueden alcanzar también la amistad de Dios, nos lo prueba el ejemplo de aquellos a cuyas oraciones ha sido tan favorable, que ha retenido el cielo sin lluvia cuando ellos lo quisieron, y lo ha abierto de nuevo cuando oraron. Y muchas otras cosas ha concedido a los que hacen su voluntad, que no podrían concederse sino a sus amigos. Mas diréis: ¿Qué daño se hace a Dios si también estas cosas son adoradas por nosotros? Si alguno de vosotros pagara a otro el honor debido a su padre, de quien ha recibido innumerables beneficios, y reverenciara como padre a un extraño y extranjero, ¿no pensaríais que ha sido desobediente para con su padre, y muy digno de ser desheredado?

    Capítulo 30. La religión de los padres debe abandonarse

    Rec. V, 30

    Otros dicen: Es impío si no adoramos esos ídolos que nos han llegado de nuestros padres, y si resultamos infieles a la religión que nos legaron nuestros antepasados. Según este principio, si el padre de alguno fue un ladrón o un hombre vil, no debería cambiar el modo de vida que le transmitieron sus padres, ni apartarse de los errores de su padre hacia un camino mejor; y se reputa impío que uno no peque con sus padres, o que no persista con ellos en la impiedad. Otros dicen: No debemos ser molestos para Dios, ni agobiarlo siempre con quejas de nuestras miserias o con las exigencias de nuestras peticiones. ¡Qué respuesta tan necia y sin juicio! ¿Pensáis que es molesto para Dios que le agradezcáis sus beneficios, mientras no pensáis que le sea molesto que, por sus dones, deis gracias a leños y piedras? ¿Y cómo sucede que, cuando se retiene la lluvia en una larga sequía, todos volvemos los ojos al cielo y pedimos a Dios Todopoderoso el don de la lluvia, y todos nosotros, con nuestros pequeñuelos, derramamos súplicas ante Dios e imploramos su compasión? Pero almas verdaderamente ingratas, cuando obtienen el beneficio, olvidan pronto: pues apenas han recogido su cosecha o su vendimia, enseguida ofrecen las primicias a imágenes sordas y mudas, y pagan votos en templos o bosques por aquello que Dios les ha concedido, y luego ofrecen sacrificios a los demonios; y, habiendo recibido un favor, niegan al dador del favor.

    Capítulo 31. El paganismo y sus enormidades

    Rec. V, 31

    Pero algunos dicen: Estas cosas han sido instituidas por causa de la alegría y para recrear nuestras mentes; y han sido ideadas con este fin: que la mente humana se distienda un poco de cuidados y tristezas. Mirad ahora qué acusación traéis vosotros mismos contra las cosas que practicáis. Si estas cosas han sido inventadas para aliviar la tristeza y proporcionar gozo, ¿cómo es que las invocaciones de los demonios se realizan en bosques y selvas? ¿Qué significan las insensatas vueltas en círculo, los cortes de los miembros y la amputación de los órganos? ¿Cómo se produce en ellos la furia enloquecida? ¿Cómo se produce la insania? ¿Cómo es que las mujeres son arrastradas violentamente, enfurecidas con los cabellos sueltos? ¿De dónde los chillidos y el crujir de dientes? ¿De dónde el bramido del corazón y de las entrañas, y todas aquellas cosas que, sean fingidas o sean producidas por el ministerio de los demonios, se exhiben para terror de los necios e ignorantes? ¿Se hacen estas cosas para aliviar la mente, o más bien para oprimirla? ¿Aún no percibís ni entendéis que estos son los consejos de la serpiente que acecha en ti, la cual os aparta de la aprehensión de la verdad mediante sugestión irracional de errores, para teneros como esclavos y siervos de la lujuria, de la concupiscencia y de toda cosa vergonzosa?

    Capítulo 32. La religión verdadera llama a la sobriedad y a la modestia

    Rec. V, 32

    Mas yo os protesto con la voz clara de la predicación que, por el contrario, la religión de Dios os llama a la sobriedad y a la modestia; os ordena absteneros del afeminamiento y de la locura, y por medio de la paciencia y la mansedumbre impedir las irrupciones de la ira; contentaros con vuestras propias posesiones y con la virtud de la frugalidad; no, ni siquiera impulsados por la pobreza, saquear los bienes ajenos, sino observar en todo justicia; apartaros por completo de los sacrificios a los ídolos: pues con estas cosas invitáis a los demonios a vosotros, y por vuestra propia voluntad les dais poder de entrar en vosotros; y así admitís lo que es causa ya de locura, ya de amor ilícito.

    Capítulo 33. Origen de la impiedad

    Rec. V, 33

    De aquí proviene toda impiedad; de aquí los homicidios, los adulterios, los robos; y se forma un vivero de todos los males y maldades, mientras os entregáis a libaciones y perfumes profanos, y dais a los espíritus malignos ocasión de dominaros y de obtener sobre vosotros cierta autoridad. Pues cuando invaden vuestros sentidos, ¿qué otra cosa hacen sino obrar lo que pertenece a la lujuria, a la injusticia y a la crueldad, y obligaros a obedecer en todo lo que les agrada? Dios, en verdad, permite que sufráis esto a sus manos por un justo juicio, para que por la misma vergüenza de vuestras obras y de vuestros sentimientos comprendáis cuán indigno es estar sujeto a los demonios y no a Dios. De aquí también, por la amistad de los demonios, son arrastrados los hombres a obras vergonzosas y viles; de aquí proceden incluso a la destrucción de la vida, ya por el fuego de la lujuria, ya por la locura de la ira por el exceso de dolor, de modo que, como bien se sabe, algunos han levantado incluso sobre sí mismos manos violentas. Y esto, como hemos dicho, no se les impide hacerlo por justa sentencia de Dios, para que entiendan a quién se han sometido en sujeción, y conozcan a quién han abandonado.

    Capítulo 34. ¿Quiénes son adoradores de Dios?

    Rec. V, 34

    Pero dirá alguno: Estas pasiones a veces sobrevienen aun a los que adoran a Dios. No es verdad. Pues decimos que es adorador de Dios el que hace la voluntad de Dios y guarda los preceptos de su ley. Porque, en la estimación de Dios, no es judío el que entre los hombres es llamado judío (ni es gentil el que es llamado gentil), sino aquel que, creyendo en Dios, cumple su ley y hace su voluntad, aunque no esté circuncidado. Él es el verdadero adorador de Dios, que no solo está él mismo libre de pasiones, sino que también libra a otros de ellas; y aunque sean tan pesadas que parezcan montañas, las remueve por medio de la fe con que cree en Dios. Sí, por la fe remueve verdaderamente montañas con sus árboles, si es necesario. Mas el que parece adorar a Dios, pero no está fortalecido por una fe plena ni por la obediencia a los mandamientos, sino que es pecador, ha dado lugar en sí mismo, a causa de sus pecados, a pasiones que han sido dispuestas por Dios para castigo de los que pecan, para que exijan de ellos la paga de sus pecados por medio de las penas infligidas, y los lleven purificados al juicio general de todos, con tal de que no les falte la fe en medio del castigo. Porque el castigo de los incrédulos en la vida presente es un juicio, por el cual comienzan a ser separados de los bienes futuros; pero el castigo de los que adoran a Dios, cuando se les inflige por los pecados en que han caído, les exige lo debido por lo que han hecho, para que, previniendo el juicio, paguen la deuda de su pecado en la vida presente y sean librados, al menos en la mitad, de los castigos eternos que están preparados allí.

    Capítulo 35. El juicio venidero

    Rec. V, 35

    Mas no recibe estas cosas como verdaderas quien no cree que ha de haber un juicio de Dios, y por eso, atado a los placeres de la vida presente, queda excluido de los bienes eternos. Por lo cual no descuidamos anunciaros lo que sabemos que es necesario para vuestra salvación, y mostraros cuál es el verdadero culto de Dios, para que, creyendo en Dios, podáis, por medio de buenas obras, ser herederos con nosotros del mundo venidero. Pero si todavía no estáis convencidos de que es verdad lo que decimos, entretanto, en primer lugar, no debéis tomarlo a mal ni ser hostiles a nosotros porque os anunciamos las cosas que consideramos buenas, y porque no escatimamos concederos también aquello que creemos que nos trae salvación a nosotros, trabajando, como he dicho, con todo empeño, para teneros como coherederos de los bienes que creemos han de sobrevenirnos a nosotros. Mas si esas cosas que os declaramos son ciertamente verdaderas, no podréis saberlo de otro modo sino prestando obediencia a las cosas mandadas, para que seáis enseñados por el resultado de las cosas y por el fin certísimo de la bienaventuranza.

    Capítulo 36. Conclusión del discurso

    Rec. V, 36

    [«Y, por tanto, aunque la serpiente que acecha en ti ocupa vuestros sentidos con mil artes de corrupción y os pone en el camino mil obstáculos, con los cuales puede apartaros de oír la instrucción salvadora, tanto más debéis resistirla y, despreciando sus sugestiones, reuniros con tanta mayor frecuencia para oír la palabra y recibir de nosotros instrucción, porque nadie puede aprender cosa alguna si no es enseñado.»]
    Y cuando hubo acabado de hablar, mandó traer ante él a los que estaban oprimidos por enfermedad o por demonios, y les impuso las manos con oración; y así despidió a las multitudes, encargándoles que acudieran a oír la palabra durante los días que él había de permanecer allí. Por tanto, cuando las multitudes se hubieron marchado, Pedro lavó su cuerpo en las aguas que corrían por el huerto, junto con cuantos de los demás quisieron hacerlo; y luego mandó extender los lechos en el suelo bajo un árbol muy frondoso, y nos ordenó reclinarnos según el orden establecido en Cesarea. Y así, habiendo tomado alimento y dado gracias a Dios a la manera de los hebreos, como aún quedaba una parte del día, nos mandó que le preguntáramos sobre cualquier asunto que quisiéramos. Y aunque éramos con él veinte en total, explicó a cada uno cuanto quiso preguntarle; cuyos pormenores puse yo por escrito en libros y os envié hace algún tiempo. Y al llegar la tarde, entramos con él en el alojamiento y nos fuimos a dormir, cada uno en su lugar.
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