Rec. V, 1
Pero al día siguiente, Pedro, levantándose un poco más temprano que de costumbre, nos encontró dormidos; y al verlo, dio orden de que se guardara silencio por él, como si él mismo quisiera dormir más, para que no fuéramos perturbados en nuestro descanso. Pero cuando nos levantamos refrescados por el sueño, lo encontramos, habiendo terminado su oración, esperándonos en su dormitorio. Y como ya amanecía, nos dirigió brevemente la palabra, saludándonos según su costumbre, e inmediatamente se dirigió al lugar acostumbrado para enseñar; y cuando vio que muchos se habían reunido allí, habiendo invocado la paz sobre ellos según la primera forma religiosa, comenzó a hablar como sigue:—
Rec. V, 2
Dios, el Creador de todo, al principio hizo al hombre a su propia imagen, y le dio dominio sobre la tierra y el mar, y sobre el aire; como nos lo ha dicho el verdadero Profeta, y como la misma razón de las cosas nos instruye: pues el hombre solo es racional, y es conveniente que la razón gobierne sobre lo irracional. Al principio, por tanto, mientras todavía era justo, era superior a todos los desórdenes y a toda fragilidad; pero cuando pecó, como os enseñamos ayer, y se hizo siervo del pecado, se hizo al mismo tiempo sujeto a fragilidad. Esto, pues, está escrito, para que los hombres sepan que, así como por la impiedad han sido hechos sujetos a sufrir, así por la piedad pueden ser hechos libres del sufrimiento; y no solo libres del sufrimiento, sino que con incluso un poco de fe en Dios puedan curar los sufrimientos de otros. Pues así nos lo prometió el verdadero Profeta, diciendo: 'En verdad os digo, que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Quítate de aquí, y se quitará.' [] De esta salvación vosotros mismos también habéis tenido pruebas; pues visteis ayer cómo ante nuestra presencia los demonios se retiraron y fueron puestos en fuga, con aquellos sufrimientos que habían traído sobre los hombres.
Rec. V, 3
Por tanto, puesto que unos hombres sufren y otros curan a los que sufren, es necesario conocer a la vez la causa del sufrimiento y de la cura; y se prueba que esto no es otra cosa que la incredulidad por parte de los que sufren, y la fe por parte de los que los curan. Pues la incredulidad, al no creer que ha de haber un juicio de Dios, da licencia al pecado, y el pecado hace a los hombres propensos a los sufrimientos; pero la fe, creyendo que ha de haber un juicio de Dios, aparta a los hombres del pecado; y quienes no pecan no sólo están libres de demonios y sufrimientos, sino que también pueden ahuyentar los demonios y los sufrimientos de otros.
Rec. V, 4
De todas estas cosas, por tanto, se concluye que todo mal brota de la ignorancia; y la ignorancia misma, madre de todos los males, brota del descuido y la pereza, y es alimentada, aumentada y arraigada en los sentidos de los hombres por la negligencia; y si alguien enseña que ha de ser ahuyentada, es arrancada con dificultad e indignación, como de una morada antigua y hereditaria. Y por tanto debemos trabajar un poco, para buscar los supuestos de la ignorancia y cortarlos por medio del conocimiento, especialmente en aquellos que están preocupados por algunas opiniones erróneas, mediante las cuales la ignorancia se arraiga más firmemente en ellos, como bajo la apariencia de cierta clase de conocimiento; pues nada es peor que creer uno que sabe lo que ignora, y sostener que es verdadero lo que es falso. Esto es como si un hombre borracho se tuviera a sí mismo por sobrio, y obrara en todos los respectos como un hombre borracho, y sin embargo se tuviera a sí mismo por sobrio, y quisiera ser llamado así por otros. Así, pues, son también aquellos que no saben lo que es verdadero, pero tienen alguna apariencia de conocimiento, y hacen muchas cosas malas como si fueran buenas, y se apresuran a la destrucción como si fuera hacia la salvación.
Rec. V, 5
Por lo cual debemos, sobre todas las cosas, apresurarnos al conocimiento de la verdad, para que, como con una luz encendida en ella, podamos disipar las tinieblas de los errores: pues la ignorancia, como hemos dicho, es un gran mal; pero, porque no tiene sustancia, es fácilmente disipada por quienes se afanan. Pues la ignorancia no es otra cosa que no saber lo que es bueno para nosotros; una vez conocido esto, la ignorancia perece. Por tanto, el conocimiento de la verdad debe ser buscado con afán; y nadie puede conferirlo sino el verdadero Profeta. Porque esta es la puerta de la vida para los que han de entrar, y el camino de las buenas obras para los que van a la ciudad de la salvación.
Rec. V, 6
Si alguien, oyendo de verdad la palabra del verdadero Profeta, está dispuesto o no a recibirla y a abrazar su carga, es decir, los preceptos de la vida, tiene esto en su poder, porque somos libres en la voluntad. Pues si fuera de tal modo que quienes oyen no tuvieran en su poder hacer otra cosa que lo que han oído, habría alguna fuerza de la naturaleza en virtud de la cual no le sería libre pasar a otra opinión. O si, por otra parte, ninguno de los oyentes pudiera en absoluto recibirla, también esto sería una fuerza de la naturaleza que obligara a hacer una sola cosa y no dejara lugar para el otro camino. Pero ahora, puesto que es libre para la mente volver su juicio hacia el lado que le plazca y elegir el camino que aprueba, queda claramente manifiesto que hay en los hombres una libertad de elección.
Rec. V, 7
Por tanto, antes de que alguien oiga lo que es bueno para él, es cierto que es ignorante; y siendo ignorante, quiere y desea hacer lo que no es bueno para él; por lo cual no es juzgado por ello. Pero una vez que ha oído las causas de su error y ha recibido el método de la verdad, entonces, si permanece en aquellos errores con los que había estado preocupado desde mucho antes, será llamado con razón a juicio para sufrir castigo, porque ha gastado en el juego de los errores aquella porción de vida que le fue dada para gastarla en vivir bien. Pero el que, oyendo estas cosas, las recibe de buen grado y da gracias porque se le ha traído la enseñanza de las cosas buenas, inquiere con más afán y no cesa de aprender hasta averiguar si hay verdaderamente otro mundo, en el cual están preparadas recompensas para los buenos. Y cuando está seguro de esto, da gracias a Dios porque le ha mostrado la luz de la verdad; y en adelante dirige sus acciones en todas las buenas obras, por las cuales está seguro de que hay preparada una recompensa en el mundo venidero; mientras se maravilla constantemente y se asombra de los errores de los demás hombres, y de que nadie vea la verdad que está puesta ante sus ojos. Sin embargo, él mismo, regocijándose en las riquezas de la sabiduría que ha hallado, desea insaciablemente gozar de ellas y se deleita en la práctica de las buenas obras; apresurándose a alcanzar, con corazón limpio y conciencia pura, el mundo venidero, cuando podrá incluso ver a Dios, el rey de todo.
Rec. V, 8
Pero la única causa de que carezcamos y seamos privados de todas estas cosas es la ignorancia. Pues mientras los hombres no saben cuánto bien hay en el conocimiento, no permiten que el mal de la ignorancia les sea quitado; porque no saben cuán grande es la diferencia que entraña el cambio de una de estas cosas por la otra. Por lo cual aconsejo a todo discípulo que preste de buen grado su oído a la palabra de Dios y oiga con amor de la verdad lo que decimos, para que su mente, recibiendo la mejor semilla, produzca frutos gozosos mediante buenas obras. Pues si, mientras enseño las cosas que atañen a la salvación, alguno se niega a recibirlas y se esfuerza en resistirlas con una mente ocupada por malas opiniones, tendrá la causa de su perdición, no de nosotros, sino de sí mismo. Porque es su deber examinar con justo juicio las cosas que decimos, y entender que hablamos palabras de verdad, para que, sabiendo cómo son las cosas y dirigiendo su vida en buenas acciones, sea hallado partícipe del reino de los cielos, sometiendo a sí los deseos de la carne y haciéndose señor de ellos, de modo que al fin él mismo también llegue a ser la posesión agradable del Soberano de todo.
Rec. V, 9
Pues quien persiste en el mal y es siervo del mal, no puede ser hecho parte del bien mientras persista en el mal, porque desde el principio, como hemos dicho, Dios instituyó dos reinos, y ha dado a cada hombre el poder de llegar a ser parte de aquel reino al cual se entregue para obedecer. Y puesto que está decretado por Dios que ningún hombre puede ser siervo de ambos reinos, esforzaos con todo empeño en acogeros al pacto y a las leyes del buen Rey. Por lo cual también el verdadero Profeta, cuando estuvo presente entre nosotros y vio a algunos ricos negligentes respecto al culto de Dios, desplegó así la verdad de este asunto: "Nadie", dijo, "puede servir a dos señores; no podéis servir a Dios y a mamón"; [] llamando a las riquezas, en la lengua de su país, mamón.
Rec. V, 10
Él, por tanto, es el verdadero Profeta, que se nos apareció, como habéis oído, en Judea; quien, de pie en lugares públicos, con una simple orden hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, expulsó demonios, devolvió la salud a los enfermos y la vida a los muertos; y como nada le era imposible, incluso percibía los pensamientos de los hombres, cosa que no es posible sino sólo a Dios. Proclamó el reino de Dios; y le creímos como a un verdadero Profeta en todo lo que habló, derivando la confirmación de nuestra fe no sólo de sus palabras, sino también de sus obras; y también porque las sentencias de la ley, que muchas generaciones antes habían anunciado su venida, se cumplieron en Él; y las figuras de los hechos de Moisés, y del patriarca Jacob antes que él, llevaban en todos los respectos un tipo de Él. Es evidente también que el tiempo de su advenimiento, es decir, el tiempo mismo en que vino, fue predicho por ellos; y, sobre todo, estaba contenido en las sagradas escrituras que Él había de ser esperado por los gentiles. Y todas estas cosas se cumplieron igualmente en Él.
Rec. V, 11
Pero lo que un profeta de los judíos predijo, que Él había de ser esperado por los gentiles, confirma sobremanera la fe de la verdad en Él. Pues si hubiera dicho que había de ser esperado por los judíos, no habría parecido profetizar nada extraordinario: que Aquel cuya venida había sido prometida para la salvación del mundo fuera objeto de esperanza para el pueblo de la misma tribu que Él y para su propia nación; porque que esto sucediera parecería más bien cosa de inferencia natural que una que requiriera la grandeza de un anuncio profético. Pero ahora, ya que los profetas dicen que toda aquella esperanza que se expone acerca de la salvación del mundo, y la novedad del reino que ha de ser establecido por Cristo, y todas las cosas que se declaran acerca de Él han de ser transferidas a los gentiles, la grandeza del oficio profético se confirma, no según la secuencia de las cosas, sino por un cumplimiento increíble de la profecía. Pues los judíos desde el principio habían entendido por una tradición certísima que este hombre había de venir en algún tiempo, por quien todas las cosas serían restauradas; y meditando diariamente y aguardando su venida, cuando lo vieron entre ellos, y realizando las señales y milagros, como estaba escrito de Él, cegados por la envidia, no pudieron reconocerlo cuando estaba presente, en cuya esperanza se regocijaban mientras estaba ausente; sin embargo, los pocos de nosotros que fuimos elegidos por Él lo entendimos.
Rec. V, 12
Pero esto sucedió por la providencia de Dios, para que el conocimiento de este Bueno fuera entregado a los gentiles, y aquellos que nunca habían oído hablar de Él, ni habían aprendido de los profetas, lo reconocieran, mientras que aquellos que lo habían reconocido en sus meditaciones diarias no lo conocieran. Pues, he aquí, por vosotros que ahora estáis presentes y deseáis oír la doctrina de su fe, y saber qué, cómo y de qué clase es su venida, se cumple la verdad profética. Porque esto es lo que los profetas predijeron: que Él ha de ser buscado por vosotros, que nunca oísteis hablar de Él. [] Y, por tanto, viendo que los dichos proféticos se cumplen incluso en vosotros mismos, con razón creéis en Él solo, con razón lo esperáis, con razón preguntáis acerca de Él, para que no sólo lo esperéis, sino que, creyendo, obtengáis la herencia de su reino; conforme a lo que Él mismo dijo: que todo hombre se hace siervo de aquel a quien se somete. []
Rec. V, 13
Por tanto, despertad y tomad para vosotros a nuestro Señor y Dios, a aquel Señor que es Señor del cielo y de la tierra, y conformaos a su imagen y semejanza, como enseña el verdadero Profeta mismo, diciendo: "Sed misericordiosos, como también vuestro Padre celestial es misericordioso, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos". Imitadle, pues, y temedle, como está dado el mandamiento a los hombres: "Adorarás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás". Porque os es provechoso servir a este solo Señor, para que, conociendo por Él al único Dios, seáis librados de los muchos a quienes vanamente temíais. Pues quien no teme a Dios, el Creador de todo, sino que teme a aquellos que él mismo con sus propias manos ha hecho, ¿qué hace sino someterse a un temor vano e insensato, y hacerse más vil y abyecto que aquellas mismas cosas cuyo temor ha concebido en su mente? Antes bien, por la bondad de Aquel que os invita, volved a vuestra nobleza anterior, y con buenas obras mostrad que lleváis la imagen de vuestro Creador, para que por la contemplación de su semejanza seáis creídos incluso hijos suyos.
Rec. V, 14
Comenzad, pues, a expulsar de vuestras mentes las vanas ideas de los ídolos, y vuestros temores inútiles y vacíos, para que al mismo tiempo podáis escapar de la condición de servidumbre injusta. Porque se han convertido en vuestros señores quienes ni siquiera habrían podido ser siervos provechosos para vosotros. Pues ¿cómo han de parecer aptas para serviros incluso las imágenes sin vida, cuando no pueden oír, ni ver, ni sentir nada? Sí, incluso la materia de que están hechas, ya sea oro o plata, o incluso bronce o madera, aunque os habría aprovechado para usos necesarios, la habéis vuelto del todo ineficaz e inútil al fabricar dioses de ella. Por tanto, os declaramos el verdadero culto de Dios, y al mismo tiempo amonestamos y exhortamos a los adoradores, para que con buenas obras imiten a Aquel a quien adoran, y se apresuren a volver a su imagen y semejanza, como dijimos antes.
Rec. V, 15
Pero quisiera que quienes adoran ídolos me dijeran si desean llegar a ser como aquellos a quienes adoran. ¿Acaso alguno de vosotros desea ver de la manera en que ellos ven? ¿O oír a la manera de su oír? ¿O tener tal entendimiento como tienen ellos? ¡Lejos esté esto de cualquiera de mis oyentes! Porque esto habría de tenerse más bien por maldición y oprobio para un hombre, que lleva en sí la imagen de Dios, aunque haya perdido la semejanza. ¿Qué clase de dioses, entonces, han de ser considerados, cuya imitación sería execrable para sus adoradores, y tener su semejanza sería un oprobio? ¿Qué, pues? Fundid vuestras imágenes inútiles y haced vasijas útiles. Fundid el metal inservible e inactivo, y haced instrumentos aptos para el uso de los hombres. Pero, dice uno, las leyes humanas no nos lo permiten. Dice bien; pues son las leyes humanas, y no su propio poder, las que lo impiden. ¿Qué clase de dioses, entonces, son aquellos que son defendidos por leyes humanas y no por sus propias energías? Y así también son preservados de los ladrones por perros guardianes y por la protección de cerrojos, al menos si son de plata, u oro, o incluso de bronce; porque los que son de piedra y barro están protegidos por su propia inutilidad, pues nadie robará un dios de piedra o de loza. De ahí que parezcan tanto más miserables aquellos cuyo metal más precioso los expone a mayor peligro. Puesto que, entonces, pueden ser robados, puesto que deben ser guardados por hombres, puesto que pueden ser fundidos, pesados y forjados con martillos, ¿deben los hombres dotados de entendimiento tenerlos por dioses?
Rec. V, 16
¡Oh! ¡En qué lamentable condición ha caído el entendimiento de los hombres! Porque si se tiene por la mayor necedad temer a los muertos, ¿qué juzgaremos de quienes temen algo que es peor que los muertos? Porque aquellas imágenes ni siquiera han de contarse entre el número de los muertos, porque nunca estuvieron vivas. Incluso los sepulcros de los muertos son preferibles a ellas, ya que, aunque ahora están muertos, sin embargo una vez tuvieron vida; pero aquellos a quienes adoráis nunca poseyeron siquiera una vida tan vil como la que hay en todos, la vida de ranas y búhos. Pero ¿para qué decir más acerca de ellos, si basta decir al que los adora: ¿No ves que aquel a quien adoras no ve? Oye que aquel a quien adoras no oye, y comprende que aquel a quien adoras no comprende?— pues es obra de la mano del hombre, y necesariamente carece de entendimiento. Por tanto, adoráis a un dios sin sentido, mientras que todo el que tiene sentido cree que ni siquiera han de ser adoradas aquellas cosas que han sido hechas por Dios y tienen sentido, como el sol, la luna y las estrellas, y todas las cosas que están en el cielo y sobre la tierra. Porque piensan que es razonable que no sean adoradas aquellas cosas que han sido hechas para el servicio del mundo, sino el Creador de esas mismas cosas y del mundo entero. Pues incluso estas cosas se regocijan cuando Él es adorado y venerado, y no toman a bien que el honor del Creador sea otorgado a la criatura. Porque el culto de Dios solo es aceptable para ellas; el cual solo es increado, y todas las cosas son también criaturas suyas. Pues así como corresponde a aquel que solo es increado ser Dios, así todo lo que ha sido creado no es verdaderamente Dios.
Rec. V, 17
Ante todo, pues, debéis comprender el engaño de la antigua serpiente y sus astutas sugestiones, la cual os engaña como por prudencia, y como por una especie de razón se desliza a través de vuestros sentidos; y comenzando por la cabeza, penetra hasta vuestra médula interior, teniendo el engañaros por gran ganancia. Por eso insinúa en vuestras mentes opiniones de dioses de cualquier clase, solo para apartaros de la fe de un solo Dios, sabiendo que vuestro pecado es su consuelo. Porque él, por su maldad, fue condenado desde el principio a comer polvo, por cuanto hizo que se redujera de nuevo a polvo al que había sido tomado del polvo, hasta el tiempo en que vuestras almas sean restauradas, pasando por el fuego; como os instruiremos más plenamente en otro momento. De él, pues, proceden todos los errores y dudas, por los cuales sois apartados de la fe y de la creencia en un solo Dios.
Rec. V, 18
Y, ante todo, sugiere a los pensamientos de los hombres que no oigan las palabras de verdad, con las que podrían ahuyentar la ignorancia de las cosas que son males. Y esto lo hace, como presentando otra ciencia, haciendo alarde de aquella opinión que muchísimos sostienen: pensar que no serán tenidos por culpables si han estado en la ignorancia, y que no se les pedirá cuenta de lo que no han oído; y con ello los persuade a apartarse de oír la palabra. Pero yo os digo, en contra de esto, que la ignorancia es en sí misma un veneno mortífero, suficiente para arruinar el alma sin ayuda alguna de fuera. Y por tanto, no hay nadie que sea ignorante que escape por su ignorancia, sino que es cierto que perecerá. Pues el poder del pecado destruye naturalmente al pecador. Pero, como el juicio ha de ser según razón, se indagará la causa y el origen de la ignorancia, así como de todo pecado. Pues el que no quiere saber cómo puede alcanzar la vida, y prefiere estar en la ignorancia para no hacerse culpable por ello, por este mismo hecho es juzgado como si supiera y tuviera conocimiento. Pues sabía qué era lo que no quería oír; y la astucia obtenida por el artificio de la serpiente de nada le servirá como excusa, pues habrá de habérselas con Aquel a quien el corazón está abierto. Pero para que sepáis que la ignorancia por sí misma acarrea destrucción, os aseguro que cuando el alma sale del cuerpo, si lo deja en la ignorancia de Aquel por quien fue creada, y de quien en este mundo obtuvo todas las cosas necesarias para sus usos, es arrojada de la luz de su reino como ingrata e infiel.
Rec. V, 19
De nuevo, la serpiente malvada sugiere a los hombres otra opinión, que muchos de vosotros soléis aducir: que hay, como decimos, un solo Dios, que es Señor de todo; pero que estos también, dicen, son dioses. Pues así como hay un solo César, y tiene bajo sí muchos jueces —por ejemplo, prefectos, cónsules, tribunos y otros oficiales—, de la misma manera pensamos que, aunque hay un solo Dios mayor que todos, sin embargo estos dioses están constituidos en este mundo a semejanza de aquellos oficiales de quienes hemos hablado, sujetos ciertamente a aquel Dios mayor, pero gobernándonos a nosotros y a las cosas que hay en este mundo. En respuesta a esto, os mostraré cómo, en las mismas cosas que proponéis para engañar, sois refutados por las razones de la verdad. Decís que Dios ocupa el lugar de César, y que los que son llamados dioses representan a sus jueces y oficiales. Ateneos, pues, como lo habéis aducido, al ejemplo de César; y sabed que, así como uno de los jueces o administradores de César —prefectos, procónsules, generales o tribunos— no puede lícitamente tomar el nombre de César —o de lo contrario, tanto el que lo tomara como los que se lo confirieran serían destruidos juntamente—, así también en este caso debéis observar que, si alguien da el nombre de Dios a otro que no sea Él mismo, y el otro lo acepta, participarán de una misma destrucción, con un destino mucho más terrible que el de los siervos de César. Pues el que ofende a César sufrirá destrucción temporal; pero el que ofende a Aquel que es el solo y verdadero Dios, sufrirá castigo eterno, y con razón, por haber injuriado con una condición ilícita el nombre que es único.
Rec. V, 20
[«Aunque esta palabra Dios no es el nombre de Dios, pero entretanto esa palabra es empleada por los hombres como su nombre; y por tanto, como he dicho, cuando se usa con reproche, el reproche se refiere a la injuria del verdadero nombre. En fin, los antiguos egipcios, que creían haber descubierto la teoría de las revoluciones celestes y la naturaleza de los astros, sin embargo, por estar sus sentidos obturados por el demonio, sometieron el nombre incomunicable a toda clase de indignidades. Pues unos enseñaban que su buey, llamado Apis, debía ser adorado; otros enseñaban que el macho cabrío, otros que los gatos, el ibis, también un pez, una serpiente, cebollas, cloacas, crepitus ventris, debían ser tenidos por deidades, e innumerables cosas más, que me avergüenza incluso mencionar.»]
Rec. V, 21
Cuando Pedro hablaba así, todos los que lo oíamos reímos. Entonces dijo Pedro: Os reís de las absurdidades ajenas, porque por la larga costumbre no veis las vuestras. Pues ciertamente no sin razón os reís de la necedad de los egipcios, que adoran a animales mudos, siendo ellos mismos racionales. Pero yo os diré cómo ellos también se ríen de vosotros; pues dicen: Nosotros adoramos animales vivos, aunque mortales; pero vosotros adoráis y veneráis cosas que nunca estuvieron vivas. Añaden también esto: que son figuras y alegorías de ciertos poderes con cuya ayuda se gobierna el género humano. Refugiándose en esto por vergüenza, fabrican estas y semejantes excusas, y así intentan encubrir su error. Pero no es tiempo de responder a los egipcios, y dejando el cuidado de los que están presentes para curar la enfermedad de los ausentes. Pues es indicio cierto de que se os tiene por libres de semejante enfermedad, puesto que no os doléis de ella como propia, sino que os reís de ella como ajena.
Rec. V, 22
Pero volvamos a vosotros, cuya opinión es que Dios debe ser tenido como César, y los dioses como ministros y lugartenientes de César. Seguidme con atención, y en seguida os mostraré los escondrijos de la serpiente, que están en los tortuosos recovecos de este argumento. Debe ser tenido por todos como cierto y fuera de duda que ninguna criatura puede estar al nivel de Dios, porque Él no fue hecho por nadie, sino que Él mismo hizo todas las cosas; ni en verdad puede hallarse nadie tan irracional que suponga que lo hecho puede compararse con el hacedor. Si, pues, la mente humana, no solo por razón, sino aun por una especie de instinto natural, sostiene con razón esta opinión: que aquello se llama Dios a lo que nada puede compararse ni igualarse, sino que excede a todo y sobresale por encima de todo, ¿cómo puede suponerse que ese nombre, que se cree sobre todas las cosas, sea dado con razón a los que vosotros pensáis que están empleados para el servicio y el consuelo de la vida humana? Pero añadiremos también esto. Este mundo fue hecho sin duda, y es corruptible, como mostraremos más plenamente dentro de poco; entretanto se admite a la vez que ha sido hecho y que es corruptible. Si, por tanto, el mundo no puede llamarse Dios, y con razón, porque es corruptible, ¿cómo tomarán las partes del mundo el nombre de Dios? Pues en la medida en que el mundo entero no puede ser Dios, mucho menos pueden serlo sus partes. Por tanto, si volvemos al ejemplo de César, veréis cuán grande es vuestro error. No es lícito a nadie, aunque sea un hombre de la misma naturaleza que él, ser comparado con César: ¿pensáis, pues, que alguien deba ser comparado con Dios, que sobresale por encima de todos en esto: en que no fue hecho por nadie, sino que Él mismo hizo todas las cosas? Pero, en verdad, no os atrevéis a dar el nombre de César a ningún otro, porque él castiga inmediatamente al que le ofende; os atrevéis a dar el de Dios a otros, porque Él difiere el castigo de los que le ofenden, para su arrepentimiento.
Rec. V, 23
También por boca de otros esa serpiente suele hablar de esta manera: Adoramos imágenes visibles en honor del Dios invisible. Ahora bien, esto es ciertamente falso. Pues si de verdad quisierais adorar la imagen de Dios, haríais bien al hombre, y así adoraríais la verdadera imagen de Dios en él. Porque la imagen de Dios está en todo hombre, aunque su semejanza no está en todos, sino donde el alma es benigna y la mente pura. Si, por tanto, queréis honrar de verdad la imagen de Dios, os declaramos lo que es verdad: que debéis hacer bien y rendir honor y reverencia al hombre, que ha sido hecho a imagen de Dios; que deis comida al hambriento, bebida al sediento, vestido al desnudo, hospitalidad al extranjero y las cosas necesarias al preso; y eso es lo que se tendrá por verdaderamente dado a Dios. Y tanto contribuyen estas cosas al honor de la imagen de Dios, que el que no las hace es tenido por quien arroja oprobio sobre la imagen divina. ¿Qué honor de Dios es, pues, ese que consiste en correr de una figura de piedra o de madera a otra, en venerar figuras vacías y sin vida como deidades, y en despreciar a los hombres en quienes está de verdad la imagen de Dios? Antes bien, estad seguros de que quien comete homicidio o adulterio, o cualquier cosa que cause sufrimiento o injuria a los hombres, en todo esto se viola la imagen de Dios. Pues injuriar a los hombres es una gran impiedad para con Dios. Por tanto, siempre que hagáis a otro lo que no querríais que otro os hiciera a vosotros, mancilláis la imagen de Dios con aflicciones inmerecidas. Entended, pues, que esa es la sugestión de la serpiente que acecha en vosotros, la cual os persuade de que podéis parecer piadosos cuando adoráis cosas insensibles, y no parecer impíos cuando injuriáis a seres sensibles y racionales.
Rec. V, 24
Pero a estas cosas la serpiente nos responde con otra boca y dice: Si Dios no quisiera que estas cosas existieran, no deberían existir. No os estoy diciendo cómo es que se permite que haya muchas cosas contrarias en este mundo para la prueba de la mente de cada uno. Pero esto es lo que conviene decir por ahora: Si, según vosotros, todo lo que había de adorarse no debiera haber existido, casi nada habría en este mundo. Pues ¿qué hay que hayáis dejado sin adorar? El sol, la luna, las estrellas, el agua, la tierra, los montes, los árboles, las piedras, los hombres: no hay ninguno de estos que no hayáis adorado. Según vuestra afirmación, por tanto, ¡ninguna de estas cosas debió ser hecha por Dios, para que no tuvierais nada que adorar! ¡Sí, ni siquiera debió haber hecho a los hombres mismos para que fueran los adoradores! Pero esto es precisamente lo que desea aquella serpiente que acecha en vosotros: pues a ninguno de vosotros perdona; no querría que ninguno de vosotros escapara de la destrucción. Pero no será así. Pues os digo que no tiene culpa lo que es adorado, sino el que adora. Porque en Dios hay juicio justo; y Él juzga de una manera al que padece el mal, y de otra al que lo hace.
Rec. V, 25
Pero decís: Entonces, los que adoran lo que no debe ser adorado, deberían ser destruidos inmediatamente por Dios, para impedir que otros hicieran lo mismo. ¿Pero sois acaso más sabios que Dios, para ofrecerle consejo? [] Él sabe lo que ha de hacer. Pues con todos los que están en la ignorancia ejerce paciencia, porque es misericordioso y clemente; y prevé que muchos de los impíos se vuelven piadosos, y que aun algunos de los que adoran estatuas impuras e imágenes contaminadas se han convertido a Dios y, dejando sus pecados y haciendo buenas obras, alcanzan la salvación. Pero se dice: Jamás deberíamos haber llegado siquiera al pensamiento de hacer estas cosas. No sabéis qué es la libertad de la voluntad, y olvidáis que es bueno el que lo es por su propia intención; pero el que es retenido en la bondad por necesidad no puede llamarse bueno, porque no lo es por sí mismo. Por tanto, como en cada uno hay libertad para elegir el bien o el mal, o adquiere recompensas, o acarrea destrucción sobre sí. Se dice además: Dios trae a nuestras mentes todo cuanto pensamos. ¿Qué queréis decir, oh hombres? Blasfemáis. Pues si Él trae a nuestras mentes todos nuestros pensamientos, entonces es Él quien nos sugiere pensamientos de adulterio, de codicia, de blasfemia y de toda clase de afeminamiento. Cesad, os lo ruego, en estas blasfemias, y entended cuál es el honor digno de Dios. Y no digáis, como algunos de vosotros soléis decir, que Dios no necesita honor de los hombres. En verdad, Él ciertamente no necesita de nadie; pero debéis saber que el honor que tributáis a Dios os aprovecha a vosotros mismos. Pues ¿qué hay tan execrable como que un hombre no dé gracias a su Creador?
Rec. V, 26
Pero se dice: Mejor hacemos nosotros, que damos gracias tanto a Él mismo como a todos los que están con Él. En esto no entendéis que está la ruina de vuestra salvación. Pues es como si un enfermo llamara a la vez, para su curación, a un médico y a envenenadores; ya que estos podrían ciertamente dañarle, pero no curarle; y el verdadero médico se negaría a mezclar sus remedios con sus venenos, no sea que la destrucción del hombre se atribuya a los buenos, o su restablecimiento, a los dañinos. Pero decís: ¿Acaso Dios se indigna o tiene envidia si, cuando Él nos beneficia, se dan gracias a otros? Aunque no se indigne, en todo caso no quiere ser autor del error, a fin de que por medio de su obra se dé crédito a un ídolo vano. Y ¿qué hay tan impío, tan ingrato, como obtener un beneficio de Dios y dar gracias a leños y piedras? Por lo cual, levantaos y entended vuestra salvación. Pues Dios no necesita de nadie, ni requiere nada, ni es dañado por nada; pero nosotros somos o ayudados o dañados, según seamos agradecidos o ingratos. Pues ¿qué gana Dios con nuestras alabanzas, o qué pierde con nuestras blasfemias? Solo esto debemos recordar: que Dios trae a la cercanía y amistad consigo al alma que le da gracias. Pero el demonio malvado posee al alma ingrata.
Rec. V, 27
Pero quiero que sepáis también esto: que sobre tales almas Dios no toma venganza directamente, sino que toda su creación se levanta e inflige castigos a los impíos; y aunque en el mundo presente la bondad de Dios concede la luz del mundo y los servicios de la tierra por igual a piadosos e impíos, sin embargo no sin dolor da el sol su luz, ni los demás elementos prestan su servicio, a los impíos. Y, en fin, a veces incluso en contra de la bondad del Creador, los elementos se agotan por los crímenes de los malvados; y de ahí proviene que o el fruto de la tierra se agosta, o la composición del aire se vicia, o el calor del sol aumenta desmedidamente, o hay una cantidad excesiva de lluvia o de frío. De ahí avanzan la pestilencia, el hambre y la muerte en diversas formas, pues la criatura se apresura a tomar venganza de los malvados; pero la bondad de Dios la refrena, y contiene su indignación contra los malvados, y la obliga a ser obediente a su misericordia, antes que a inflamarse por los pecados y crímenes de los hombres. Pues la paciencia de Dios espera la conversión de los hombres, mientras están en este cuerpo.
Rec. V, 28
Mas si alguno persiste en la impiedad hasta el fin de la vida, entonces, apenas parte el alma, que es inmortal, pagará la pena de su persistencia en la impiedad. Pues aun las almas de los impíos son inmortales, aunque quizá ellos mismos quisieran que acabasen con sus cuerpos. Pero no es así; porque soportan sin fin los tormentos del fuego eterno, y para su destrucción no tienen la condición de mortales. Mas acaso me diréis: Nos aterráis, oh Pedro. ¿Y cómo os hablaremos de las cosas que son en realidad? ¿Podemos declararos la verdad callando? No podemos presentar las cosas que son de otro modo que como son. Pero si calláramos, nos haríamos causa de la ignorancia que os arruina, y daríamos satisfacción a la serpiente que acecha en ti, que embota vuestros sentidos, la cual os sugiere astutamente estas cosas, para haceros siempre enemigos de Dios. Mas nosotros hemos sido enviados con este fin: para desenmascarar ante vosotros sus disfraces; y, disolviendo vuestras enemistades, reconciliaros con Dios, a fin de que os convirtáis a Él y le agradéis con buenas obras. Pues el hombre está enemistado con Dios, y tiene hacia Él un estado de ánimo irracional e impío y una disposición malvada, especialmente cuando cree saber algo y está en la ignorancia. Mas cuando dejéis a un lado estas cosas, y comencéis a complaceros y a disgustaros con las mismas cosas que agradan y desagradan a Dios, y a querer lo que Dios quiere, entonces seréis llamados verdaderamente amigos suyos.
Rec. V, 29
Mas acaso algunos de vosotros dirán: Dios no tiene cuidado de las cosas humanas; y si ni siquiera podemos alcanzar el conocimiento de Él, ¿cómo alcanzaremos su amistad? Que Dios se ocupa ciertamente de los asuntos de los hombres, lo atestigua su gobierno del mundo: pues el sol diariamente lo sirve, las lluvias lo asisten; las fuentes, los ríos, los vientos y todos los elementos lo atienden; y cuanto más se dan a conocer estas cosas a los hombres, tanto más indican el cuidado de Dios sobre los hombres. Pues, a no ser por el poder del Altísimo, lo más poderoso jamás serviría a lo inferior; y con esto se muestra que Dios no solo tiene cuidado de los hombres, sino un gran afecto, puesto que ha destinado tan nobles elementos a su servicio. Y que los hombres pueden alcanzar también la amistad de Dios, nos lo prueba el ejemplo de aquellos a cuyas oraciones ha sido tan favorable, que ha retenido el cielo sin lluvia cuando ellos lo quisieron, y lo ha abierto de nuevo cuando oraron. Y muchas otras cosas ha concedido a los que hacen su voluntad, que no podrían concederse sino a sus amigos. Mas diréis: ¿Qué daño se hace a Dios si también estas cosas son adoradas por nosotros? Si alguno de vosotros pagara a otro el honor debido a su padre, de quien ha recibido innumerables beneficios, y reverenciara como padre a un extraño y extranjero, ¿no pensaríais que ha sido desobediente para con su padre, y muy digno de ser desheredado?
Rec. V, 30
Otros dicen: Es impío si no adoramos esos ídolos que nos han llegado de nuestros padres, y si resultamos infieles a la religión que nos legaron nuestros antepasados. Según este principio, si el padre de alguno fue un ladrón o un hombre vil, no debería cambiar el modo de vida que le transmitieron sus padres, ni apartarse de los errores de su padre hacia un camino mejor; y se reputa impío que uno no peque con sus padres, o que no persista con ellos en la impiedad. Otros dicen: No debemos ser molestos para Dios, ni agobiarlo siempre con quejas de nuestras miserias o con las exigencias de nuestras peticiones. ¡Qué respuesta tan necia y sin juicio! ¿Pensáis que es molesto para Dios que le agradezcáis sus beneficios, mientras no pensáis que le sea molesto que, por sus dones, deis gracias a leños y piedras? ¿Y cómo sucede que, cuando se retiene la lluvia en una larga sequía, todos volvemos los ojos al cielo y pedimos a Dios Todopoderoso el don de la lluvia, y todos nosotros, con nuestros pequeñuelos, derramamos súplicas ante Dios e imploramos su compasión? Pero almas verdaderamente ingratas, cuando obtienen el beneficio, olvidan pronto: pues apenas han recogido su cosecha o su vendimia, enseguida ofrecen las primicias a imágenes sordas y mudas, y pagan votos en templos o bosques por aquello que Dios les ha concedido, y luego ofrecen sacrificios a los demonios; y, habiendo recibido un favor, niegan al dador del favor.
Rec. V, 31
Pero algunos dicen: Estas cosas han sido instituidas por causa de la alegría y para recrear nuestras mentes; y han sido ideadas con este fin: que la mente humana se distienda un poco de cuidados y tristezas. Mirad ahora qué acusación traéis vosotros mismos contra las cosas que practicáis. Si estas cosas han sido inventadas para aliviar la tristeza y proporcionar gozo, ¿cómo es que las invocaciones de los demonios se realizan en bosques y selvas? ¿Qué significan las insensatas vueltas en círculo, los cortes de los miembros y la amputación de los órganos? ¿Cómo se produce en ellos la furia enloquecida? ¿Cómo se produce la insania? ¿Cómo es que las mujeres son arrastradas violentamente, enfurecidas con los cabellos sueltos? ¿De dónde los chillidos y el crujir de dientes? ¿De dónde el bramido del corazón y de las entrañas, y todas aquellas cosas que, sean fingidas o sean producidas por el ministerio de los demonios, se exhiben para terror de los necios e ignorantes? ¿Se hacen estas cosas para aliviar la mente, o más bien para oprimirla? ¿Aún no percibís ni entendéis que estos son los consejos de la serpiente que acecha en ti, la cual os aparta de la aprehensión de la verdad mediante sugestión irracional de errores, para teneros como esclavos y siervos de la lujuria, de la concupiscencia y de toda cosa vergonzosa?
Rec. V, 32
Mas yo os protesto con la voz clara de la predicación que, por el contrario, la religión de Dios os llama a la sobriedad y a la modestia; os ordena absteneros del afeminamiento y de la locura, y por medio de la paciencia y la mansedumbre impedir las irrupciones de la ira; contentaros con vuestras propias posesiones y con la virtud de la frugalidad; no, ni siquiera impulsados por la pobreza, saquear los bienes ajenos, sino observar en todo justicia; apartaros por completo de los sacrificios a los ídolos: pues con estas cosas invitáis a los demonios a vosotros, y por vuestra propia voluntad les dais poder de entrar en vosotros; y así admitís lo que es causa ya de locura, ya de amor ilícito.
Rec. V, 33
De aquí proviene toda impiedad; de aquí los homicidios, los adulterios, los robos; y se forma un vivero de todos los males y maldades, mientras os entregáis a libaciones y perfumes profanos, y dais a los espíritus malignos ocasión de dominaros y de obtener sobre vosotros cierta autoridad. Pues cuando invaden vuestros sentidos, ¿qué otra cosa hacen sino obrar lo que pertenece a la lujuria, a la injusticia y a la crueldad, y obligaros a obedecer en todo lo que les agrada? Dios, en verdad, permite que sufráis esto a sus manos por un justo juicio, para que por la misma vergüenza de vuestras obras y de vuestros sentimientos comprendáis cuán indigno es estar sujeto a los demonios y no a Dios. De aquí también, por la amistad de los demonios, son arrastrados los hombres a obras vergonzosas y viles; de aquí proceden incluso a la destrucción de la vida, ya por el fuego de la lujuria, ya por la locura de la ira por el exceso de dolor, de modo que, como bien se sabe, algunos han levantado incluso sobre sí mismos manos violentas. Y esto, como hemos dicho, no se les impide hacerlo por justa sentencia de Dios, para que entiendan a quién se han sometido en sujeción, y conozcan a quién han abandonado.
Rec. V, 34
Pero dirá alguno: Estas pasiones a veces sobrevienen aun a los que adoran a Dios. No es verdad. Pues decimos que es adorador de Dios el que hace la voluntad de Dios y guarda los preceptos de su ley. Porque, en la estimación de Dios, no es judío el que entre los hombres es llamado judío (ni es gentil el que es llamado gentil), sino aquel que, creyendo en Dios, cumple su ley y hace su voluntad, aunque no esté circuncidado. Él es el verdadero adorador de Dios, que no solo está él mismo libre de pasiones, sino que también libra a otros de ellas; y aunque sean tan pesadas que parezcan montañas, las remueve por medio de la fe con que cree en Dios. Sí, por la fe remueve verdaderamente montañas con sus árboles, si es necesario. Mas el que parece adorar a Dios, pero no está fortalecido por una fe plena ni por la obediencia a los mandamientos, sino que es pecador, ha dado lugar en sí mismo, a causa de sus pecados, a pasiones que han sido dispuestas por Dios para castigo de los que pecan, para que exijan de ellos la paga de sus pecados por medio de las penas infligidas, y los lleven purificados al juicio general de todos, con tal de que no les falte la fe en medio del castigo. Porque el castigo de los incrédulos en la vida presente es un juicio, por el cual comienzan a ser separados de los bienes futuros; pero el castigo de los que adoran a Dios, cuando se les inflige por los pecados en que han caído, les exige lo debido por lo que han hecho, para que, previniendo el juicio, paguen la deuda de su pecado en la vida presente y sean librados, al menos en la mitad, de los castigos eternos que están preparados allí.
Rec. V, 35
Mas no recibe estas cosas como verdaderas quien no cree que ha de haber un juicio de Dios, y por eso, atado a los placeres de la vida presente, queda excluido de los bienes eternos. Por lo cual no descuidamos anunciaros lo que sabemos que es necesario para vuestra salvación, y mostraros cuál es el verdadero culto de Dios, para que, creyendo en Dios, podáis, por medio de buenas obras, ser herederos con nosotros del mundo venidero. Pero si todavía no estáis convencidos de que es verdad lo que decimos, entretanto, en primer lugar, no debéis tomarlo a mal ni ser hostiles a nosotros porque os anunciamos las cosas que consideramos buenas, y porque no escatimamos concederos también aquello que creemos que nos trae salvación a nosotros, trabajando, como he dicho, con todo empeño, para teneros como coherederos de los bienes que creemos han de sobrevenirnos a nosotros. Mas si esas cosas que os declaramos son ciertamente verdaderas, no podréis saberlo de otro modo sino prestando obediencia a las cosas mandadas, para que seáis enseñados por el resultado de las cosas y por el fin certísimo de la bienaventuranza.
Rec. V, 36
[«Y, por tanto, aunque la serpiente que acecha en ti ocupa vuestros sentidos con mil artes de corrupción y os pone en el camino mil obstáculos, con los cuales puede apartaros de oír la instrucción salvadora, tanto más debéis resistirla y, despreciando sus sugestiones, reuniros con tanta mayor frecuencia para oír la palabra y recibir de nosotros instrucción, porque nadie puede aprender cosa alguna si no es enseñado.»]
Y cuando hubo acabado de hablar, mandó traer ante él a los que estaban oprimidos por enfermedad o por demonios, y les impuso las manos con oración; y así despidió a las multitudes, encargándoles que acudieran a oír la palabra durante los días que él había de permanecer allí. Por tanto, cuando las multitudes se hubieron marchado, Pedro lavó su cuerpo en las aguas que corrían por el huerto, junto con cuantos de los demás quisieron hacerlo; y luego mandó extender los lechos en el suelo bajo un árbol muy frondoso, y nos ordenó reclinarnos según el orden establecido en Cesarea. Y así, habiendo tomado alimento y dado gracias a Dios a la manera de los hebreos, como aún quedaba una parte del día, nos mandó que le preguntáramos sobre cualquier asunto que quisiéramos. Y aunque éramos con él veinte en total, explicó a cada uno cuanto quiso preguntarle; cuyos pormenores puse yo por escrito en libros y os envié hace algún tiempo. Y al llegar la tarde, entramos con él en el alojamiento y nos fuimos a dormir, cada uno en su lugar.