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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 10 de 27 · Reconocimientos, libro VIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
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    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
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    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Reconocimientos, libro VII

    Capítulo 1. Viaje desde Trípolis

    Rec. VII, 1

    Al fin, dejando Trípolis, ciudad de Fenicia, hicimos la primera parada en Ortosias, no lejos de Trípolis; y allí permanecimos también el día siguiente, porque casi todos los que habían creído en el Señor, no pudiendo separarse de Pedro, lo siguieron hasta allí. De allí pasamos a Antarado. Pero como éramos muchos en nuestra compañía, Pedro dijo a Niceta y Aquila: Como hay inmensas multitudes de hermanos con nosotros, y atraemos sobre nosotros no poca envidia al entrar en cada ciudad, me parece que debemos tomar medidas, sin hacer cosa tan desagradable como impedirles que nos sigan, para lograr que el maligno no excite envidia contra nosotros por causa de ostentación alguna. Deseo, pues, que vosotros, Niceta y Aquila, vayáis delante de nosotros con ellos, de modo que conduzcáis la multitud dividida en dos secciones, para que entremos en cada ciudad de los gentiles viajando por separado, más bien que en una sola asamblea.

    Capítulo 2. Los discípulos se dividen en dos grupos

    Rec. VII, 2

    [«Pero sé que os entristece estar separados de mí por espacio de al menos dos días. Creedme: en la medida en que me amáis, mi afecto hacia vosotros es diez veces mayor. Pero si, a causa de nuestro mutuo afecto, no queremos hacer lo que es recto y honesto, tal amor parecerá irracional. Por tanto, sin disminuir un poco nuestro amor, atendamos a lo que parece útil y necesario; especialmente porque no puede pasar un día en el que no podáis estar presentes en mis discusiones. Pues me propongo pasar una por una por las ciudades más notables de las provincias, como también sabéis, y residir tres meses en cada una para enseñar. Ahora, pues, id delante de mí a Laodicea, que es la ciudad más cercana, y yo os seguiré después de dos o tres días, en la medida en que me lo propongo. Pero esperadme en la posada más próxima a la puerta de la ciudad; y de allí, cuando hayamos pasado allí unos pocos días, iréis delante de mí a ciudades más lejanas. Y esto quiero que lo hagáis en cada ciudad, para evitar la envidia en cuanto esté en nosotros, y también para que los hermanos que están con nosotros, hallando alojamientos preparados en las distintas ciudades por vuestra previsión, no parezcan vagabundos.»]

    Capítulo 3. Orden de la marcha

    Rec. VII, 3

    Cuando Pedro habló así, ellos, por supuesto, asintieron, diciendo: [«No nos entristece mucho hacer esto, porque lo ordenáis vos, que habéis sido elegido por la previsión de Cristo para hacer y aconsejar bien en todas las cosas; sino también porque, si bien es una gran pérdida no ver a nuestro señor Pedro por uno, o acaso dos días, no es, sin embargo, intolerable. Y pensamos en nuestros doce hermanos que van delante de nosotros, y que se ven privados de la ventaja de oíros y veros durante un mes entero de los tres que permanecéis en cada ciudad. Por tanto, no tardaremos en hacer lo que ordenáis, porque ordenáis rectamente todas las cosas.»] Y diciendo así, partieron, habiendo recibido instrucciones de que hablasen a los hermanos que viajaban con ellos fuera de la ciudad y les pidiesen que no entraran en las ciudades en tropel y con tumulto, sino aparte y divididos.

    Capítulo 4. Alegría de Clemente por permanecer con Pedro

    Rec. VII, 4

    Pero cuando ellos se fueron, yo, Clemente, me alegré grandemente de que me hubiera retenido consigo, y le dije: [«Doy gracias a Dios de que no me hayáis enviado delante con los demás, pues habría muerto de tristeza.»] Entonces dijo Pedro: [«¿Y qué sucederá si la necesidad exige que seáis enviado a alguna parte con el fin de enseñar? ¿Moriríais si os separarais de mí por un buen propósito? ¿No os impondríais una sujeción para soportar con paciencia lo que la necesidad os ha impuesto? ¿O no sabéis que los amigos están siempre juntos y unidos en la memoria, aunque estén separados corporalmente, así como, por el contrario, algunas personas están cerca unas de otras en el cuerpo, pero separadas en la mente?»]

    Capítulo 5. El afecto de Clemente por Pedro

    Rec. VII, 5

    Entonces respondí: [«No penséis, señor mío, que sufro estas cosas sin razón; hay una causa y una razón ciertas de este afecto mío hacia vos. Pues os tengo a vos solo como objeto de todos mis afectos, en lugar de padre, madre y hermanos; y sobre todo esto está el hecho de que vos solo sois la causa de mi salvación y del conocimiento de la verdad. Y tampoco tengo por de poca importancia que mi edad juvenil esté sujeta a las redes de las pasiones; y temo estar sin vos, pues vuestra sola presencia avergüenza toda molicie, por irracional que sea; aunque confío, por la misericordia de Dios, en que mi mente, por lo que ha concebido mediante vuestra instrucción, no podrá ya recibir en sus pensamientos cosa alguna distinta. Además, recuerdo que dijisteis en Cesarea: "Si alguno desea acompañarme sin violar la piedad, acompáñeme." Y con esto quisisteis decir que no debe entristecer a nadie a quien, según el designio de Dios, debe permanecer unido; por ejemplo, que no debe dejar a una esposa fiel, o a sus padres, o cosa semejante. Ahora bien, de todo eso estoy enteramente libre, y por tanto soy idóneo para seguiros; y desearía que me concedierais poder desempeñar para vos el servicio de un siervo.»]

    Capítulo 6. Sencillez de vida de Pedro

    Rec. VII, 6

    Entonces Pedro, riendo, dijo: [«¿Y no pensáis, Clemente, que la misma necesidad os hará mi siervo? Pues ¿quién otro puede extender mis sábanas y arreglar mis hermosas colchas? ¿Quién estará a mano para guardar mis anillos y preparar mis vestiduras, que he de estar mudando constantemente? ¿Quién dirigirá a mis cocineros y proveerá carnes diversas y escogidas preparadas con arte rarísimo y variado; y todas aquellas cosas que se procuran a enorme costa y se reúnen para hombres de delicada crianza, o mejor dicho para su apetito como para alguna bestia enorme? Pero acaso, aunque vivís conmigo, no conocéis mi manera de vida. Yo vivo solo de pan, con aceitunas, y rara vez aun con legumbres; y mi vestido es el que veis, una túnica con un palio; y teniendo esto, nada más requiero. Esto me es suficiente, porque mi mente no mira las cosas presentes, sino las eternas, y por tanto ninguna cosa presente y visible me deleita. Por lo cual abrazo y admiro ciertamente vuestro buen ánimo hacia mí; y os encomio tanto más, porque, aunque habéis estado acostumbrado a tan gran abundancia, habéis podido abandonarla tan pronto y acomodaros a esta vida nuestra, que usa solo de las cosas necesarias. Porque nosotros —quiero decir, yo y mi hermano Andrés— hemos crecido desde nuestra niñez no solo huérfanos, sino también pobres en extremo, y por necesidad nos hemos acostumbrado al trabajo; por lo cual ahora también soportamos con facilidad las fatigas de nuestras jornadas. Pero, más bien, si consintierais y lo permitierais, yo, que soy un hombre trabajador, podría más fácilmente cumplir para vos el oficio de siervo.»]

    Capítulo 7. Humildad de Pedro

    Rec. VII, 7

    Pero yo temblé al oír esto, y las lágrimas brotaron de inmediato de mis ojos, porque un varón tan grande, que vale más que el mundo entero, me había hecho semejante propuesta. Entonces él, al verme llorar, preguntó la razón; y yo le respondí: [«¿Cómo he pecado tanto contra vos, que me afligís con semejante propuesta?»] Entonces Pedro: [«Si es malo que yo haya dicho que os serviré, vos fuisteis el primero en culpa al decirme lo mismo a mí.»] Entonces dije yo: [«Los casos no son iguales: conviene que yo os haga esto a vos; pero es penoso que vos, que sois enviado como heraldo del Altísimo Dios para salvar las almas de los hombres, me lo digáis a mí.»] Entonces dijo Pedro: [«Convendría con vos, si no fuera porque nuestro Señor, que vino para la salvación del mundo entero y fue más noble que toda criatura, se sometió a ser siervo, para persuadirnos de no avergonzarnos de cumplir para nuestros hermanos el ministerio de siervos.»] Entonces dije yo: [«Sería necedad en mí suponer que puedo prevalecer con vos; no obstante, doy gracias a la providencia de Dios, porque he merecido teneros a vos en lugar de padres.»]

    Capítulo 8. Historia de la familia de Clemente

    Rec. VII, 8

    Entonces dijo Pedro: [«¿No queda, pues, nadie de vuestra familia?»] Yo respondí: Hay ciertamente muchos varones poderosos, descendientes del linaje de César; pues el mismo César dio esposa a mi padre, por ser pariente suyo y educado junto con él, y de familia convenientemente noble. De ella mi padre tuvo dos hijos gemelos, nacidos antes que yo, no muy semejantes entre sí, según me contó mi padre; pues yo nunca los conocí. Pero en verdad no tengo un recuerdo distinto ni aun de mi madre; conservo, sin embargo, la memoria de su rostro, como si lo hubiera visto en un sueño. El nombre de mi madre era Matidia, el de mi padre Faustiniano; los de mis hermanos, Faustino y Fausto. Ahora bien, cuando yo tenía apenas cinco años, mi madre vio una visión —así lo supe por mi padre— por la cual se le advertía que, a menos que abandonara rápidamente la ciudad con sus hijos gemelos y estuviera ausente por diez años, ella y sus hijos perecerían por un hado miserable.
    Comentario editorial · Dos recensiones, dos padres
    Cuando Clemente cuenta su familia a Pedro, los Reconocimientos dan a su madre el nombre de Matidia, a su padre el de Faustiniano y a los gemelos los de Faustino y Fausto. En las Homilías (XII, 8) los nombres del padre y de uno de los gemelos se invierten: el padre es Fausto, y los hermanos, Faustino y Faustiniano. Las dos novelas cuentan la misma historia con detalles que no coinciden, y por eso se leen juntas. Riddle añade que algunos relacionan estos nombres con la leyenda alemana de Fausto, y remite a Schaff; es una conexión que otros proponen, no un dato de la obra.

    Capítulo 9. Desaparición de su madre y de sus hermanos

    Rec. VII, 9

    Entonces mi padre, que amaba tiernamente a sus hijos, los embarcó con su madre y los envió a Atenas para que fueran educados, con esclavos y criadas y una provisión suficiente de dinero; reteniéndome solo a mí para consuelo suyo, y agradecido de que la visión no le hubiera mandado que yo también fuera con mi madre. Y al cabo de un año mi padre envió hombres a Atenas con dinero para ellos, deseando también saber cómo estaban; pero los enviados no regresaron jamás. De nuevo, al tercer año, mi apenado padre envió otros hombres con dinero, que volvieron al cuarto año y refirieron que no habían visto ni a mi madre ni a mis hermanos, que no habían llegado nunca a Atenas y que no se había hallado rastro alguno de ninguno de los que iban con ellos.

    Capítulo 10. Desaparición de su padre

    Rec. VII, 10

    [«Mi padre, al oír esto, y confundido por el excesivo dolor, sin saber adónde ir ni dónde buscar, bajó conmigo al puerto y comenzó a preguntar a los marineros si alguno de ellos había visto u oído que los cuerpos de una madre y dos niños pequeños hubieran sido arrojados a la costa en algún lugar, hacía cuatro años; uno contaba una historia y otro otra, pero nada cierto se nos descubrió en nuestra búsqueda por este mar sin límites. Sin embargo, mi padre, por el gran afecto que tenía a su mujer y a sus hijos, se alimentaba de vanas esperanzas, hasta que pensó en dejarme bajo tutores y abandonarme en Roma, pues yo tenía ya doce años, y partir él en busca de ellos. Por tanto, bajó llorando al puerto y, subiendo a bordo de una nave, se hizo a la mar; y desde entonces hasta ahora no he recibido carta alguna de él, ni sé si vive o ha muerto. Pero más bien sospecho que también él ha perecido, sea por el corazón destrozado o por un naufragio; pues ya han pasado veinte años desde entonces, y ninguna noticia suya ha llegado jamás hasta mí.»]

    Capítulo 11. Distintos efectos del sufrimiento en paganos y cristianos

    Rec. VII, 11

    Pedro, al oír esto, derramó lágrimas de compasión y dijo a sus amigos presentes: [«Si un hombre adorador de Dios hubiera sufrido lo que ha sufrido el padre de este, al punto atribuirían los hombres su religión como causa de sus calamidades; pero cuando estas cosas suceden a miserables gentiles, achacan sus infortunios al destino. Los llamo miserables, porque aquí están atormentados por errores y están privados de la esperanza futura; mientras que, cuando los adoradores de Dios sufren estas cosas, el soportarlas con paciencia contribuye a su purificación del pecado.»]

    Capítulo 12. Excursión a Arado

    Rec. VII, 12

    Después de esto, uno de los presentes comenzó a pedir a Pedro que al día siguiente temprano fuéramos a una isla vecina llamada Arado, que no distaba más de seis estadios, para ver cierta obra maravillosa que había en ella, a saber, columnas de madera de vid de tamaño inmenso. Pedro asintió a esto, porque era muy complaciente; pero nos encargó que, al dejar la nave, no nos precipitáramos todos juntos a verla: [«pues,»] dijo, [«no quiero que la multitud os advierta.»] Cuando, pues, al día siguiente llegamos a la isla en la nave en el espacio de una hora, al punto nos apresuramos al lugar donde estaban las maravillosas columnas. Estaban colocadas en cierto templo, en el cual había obras muy magníficas de Fidias, que todos contemplamos con atención.

    Capítulo 13. La mendiga

    Rec. VII, 13

    Pero cuando Pedro hubo admirado solo las columnas, sin quedar arrebatado en modo alguno por la gracia de la pintura, salió, y vio ante las puertas a una pobre mujer que pedía limosna a los que entraban; y mirándola atentamente, le dijo: [«Dime, mujer, ¿qué miembro de tu cuerpo te falta, para que te sometas a la indignidad de pedir limosna y no ganes más bien el pan trabajando con las manos que Dios te ha dado?»] Pero ella, suspirando, dijo: [«Ojalá tuviera manos que pudieran moverse; pero ahora solo se ha conservado la apariencia de manos, pues están sin vida y han quedado débiles y sin sensibilidad por haberlas estado mordiendo.»] Entonces Pedro dijo: [«¿Cuál ha sido la causa de haberte infligido tan grande daño a ti misma?»] [«Falta de valor,»] dijo ella, [«y nada más; pues si hubiera tenido algún ánimo en mí, habría podido arrojarme desde un precipicio o echarme a las profundidades del mar, y así poner fin a mis penas.»]

    Capítulo 14. El dolor de la mujer

    Rec. VII, 14

    Entonces Pedro dijo: [«¿Pensáis, mujer, que los que se destruyen a sí mismos quedan libres de tormentos, y no más bien que las almas de los que ponen violentamente las manos sobre sí mismos son sometidas a mayores castigos?»] Entonces dijo ella: [«Ojalá estuviera segura de que las almas viven en las regiones infernales, pues gustosa abrazaría el sufrimiento de la pena del suicidio, solo por ver a mis queridos hijos, aunque no fuera más que por una hora.»] Entonces Pedro: [«¿Qué cosa es tan grande que os aflige con tan pesada tristeza? Querría saberlo. Porque si me informarais de la causa, podría a la vez mostraros claramente, mujer, que las almas viven en las regiones infernales; y en lugar del precipicio o del mar profundo, podría daros algún remedio, para que podáis terminar vuestra vida sin tormento.»]

    Capítulo 15. La historia de la mujer

    Rec. VII, 15

    Entonces la mujer, al oír esta grata promesa, comenzó a decir: No es fácil de creer, ni creo necesario contar, cuál es mi linaje, ni cuál es mi patria. Basta con explicar la causa de mi dolor, por la que he dejado mis manos inertes a fuerza de morderlas. Habiendo nacido de padres nobles, y siendo esposa de un varón convenientemente poderoso, tuve dos hijos gemelos, y después de ellos otro más. Pero el hermano de mi marido se inflamó con vehemente amor ilícito hacia mí; y como yo estimaba la castidad sobre todas las cosas, y ni consentía tan gran maldad, ni quería descubrir a mi marido la bajeza de su hermano, consideré si de algún modo podría escapar sin mancha, y a la vez no poner hermano contra hermano, y no cubrir de deshonra a toda la raza de una familia noble. Decidí, por tanto, dejar mi patria con mis dos gemelos, hasta que se calmara el amor incestuoso que mi vista fomentaba e inflamaba; y pensé que nuestro otro hijo debía quedarse para consolar en algo a su padre.

    Capítulo 16. Continuación de la historia de la mujer

    Rec. VII, 16

    Ahora bien, para llevar a cabo este plan, fingí que había tenido un sueño, en el cual cierta deidad se me apareció en visión y me dijo que partiese inmediatamente de la ciudad con mis gemelos, y que estuviera ausente hasta que él me mandara regresar; y que, si no lo hacía, perecería con todos mis hijos. Y así se hizo. Pues tan pronto como conté el sueño a mi marido, él quedó aterrado; y enviando conmigo a mis hijos gemelos, y también a esclavos y esclavas, y dándome abundante dinero, me ordenó navegar a Atenas, donde pudiera educar a mis hijos, y que permaneciera allí hasta que aquel que me mandaba partir me diera licencia para volver. Mientras navegaba con mis hijos, naufragué de noche por la violencia de los vientos, y, ¡desdichada de mí!, fui arrojada a este lugar; y cuando todos hubieron perecido, una ola poderosa me arrebató y me lanzó contra una roca. Y mientras me sentaba allí con esta única esperanza, la de que acaso pudiera hallar a mis hijos, no me arrojé a lo profundo, aunque entonces mi alma, turbada y ebria de dolor, tenía ánimo y poder para hacerlo.

    Capítulo 17. Continuación de la historia de la mujer

    Rec. VII, 17

    Pero cuando amaneció, y yo, gritando y lamentándome, miraba en derredor por si acaso podía ver en alguna parte los cadáveres de mis desdichados hijos arrojados a la costa, algunos de los que me veían se movieron a compasión y buscaron, primero por el mar y luego también a lo largo de las orillas, si podían hallar a alguno de mis hijos. Pero como no se halló a ninguno en parte alguna, las mujeres del lugar, compadeciéndose de mí, comenzaron a consolarme, contando cada una sus propias penas, para que yo pudiera tomar consuelo de la semejanza de sus calamidades con las mías. Pero esto me entristecía aún más; pues mi disposición no era tal que pudiera considerar las desgracias ajenas como consuelo para mí. Y como muchos deseaban recibirme hospitalariamente, una mujer pobre que habita aquí me obligó a entrar en su choza, diciendo que había tenido un marido marinero, y que este había muerto en el mar siendo joven, y que, aunque muchos después la pidieron en matrimonio, ella prefería la viudez por amor a su marido. "Por tanto —dijo—, compartiremos todo lo que podamos ganar con el trabajo de nuestras manos."

    Capítulo 18. Continuación de la historia de la mujer

    Rec. VII, 18

    [«Y, para no detenerte con una historia larga e inútil, gustosamente moré con ella por causa del fiel afecto que conservaba a su marido. Pero no mucho después, mis manos —¡desdichada de mí!—, largo tiempo destrozadas a mordiscos, quedaron inertes, y la que me había acogido cayó en parálisis, y ahora yace en casa en su lecho; también el afecto de aquellas mujeres que antes me habían compadecido se enfrió. Ambas estamos desamparadas. Yo, como ves, estoy sentada mendigando; y cuando consigo algo, una comida sirve para dos desdichadas. He aquí que ya has oído bastante de mis asuntos; ¿por qué tardas en cumplir tu promesa, dándome un remedio con el cual ambas podamos poner fin a nuestra miserable vida sin tormento?»]

    Capítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia

    Rec. VII, 19

    Mientras ella hablaba, Pedro, absorto en muchos pensamientos, estaba como fulminado; y yo, Clemente, acercándome, dije: [«Te he estado buscando por todas partes, y ahora ¿qué hemos de hacer?»] Pero él me mandó que me adelantara al barco y allí lo esperara; y como no había que contradecirlo, hice lo que me mandó. Pero él, como después me contó todo, impresionado por cierta sospecha, preguntó a la mujer por su familia, su patria y los nombres de sus hijos; [«y al instante,»] dijo, [«si me dices estas cosas, te daré el remedio.»] Pero ella, como quien sufre violencia, porque no quería confesar estas cosas y, sin embargo, deseaba el remedio, fingía una cosa tras otra, diciendo que era efesia y su marido siciliano, y dando nombres falsos a sus hijos. Entonces Pedro, suponiendo que había respondido la verdad, dijo: [«¡Ay, mujer! Pensé que hoy nos sobrevendría un gran gozo; pues sospechaba que eras una mujer determinada, de quien últimamente supe cosas semejantes.»] Pero ella le conjuró, diciendo: [«Te ruego que me digas cuáles son, para saber si entre las mujeres hay una más desdichada que yo.»]

    Capítulo 20. Declaración de Pedro a la mujer

    Rec. VII, 20

    Entonces Pedro, incapaz de engaño y movido a compasión, comenzó a decir: [«Hay cierto joven entre los que me siguen por causa de la religión y de la secta, ciudadano romano, que me dijo que tenía un padre y dos hermanos gemelos, de los cuales no le queda ninguno. "Mi madre —dijo—, según supe por mi padre, vio una visión: que debía partir de la ciudad de Roma por un tiempo con sus hijos gemelos, de lo contrario perecerían con una muerte espantosa; y cuando partió, nunca más fue vista." Y después su padre salió a buscar a su mujer y a sus hijos, y también se perdió.»]

    Capítulo 21. Un descubrimiento

    Rec. VII, 21

    Cuando Pedro hubo hablado así, la mujer, herida de asombro, se desmayó. Entonces Pedro comenzó a sostenerla, a consolarla y a preguntarle qué le ocurría o qué padecía. Pero ella, al fin, recobrando con dificultad el aliento, y esforzándose ante la grandeza del gozo que esperaba, y al mismo tiempo enjugándose el rostro, dijo: [«¿Está aquí el joven del que hablas?»] Pero Pedro, cuando comprendió el asunto, dijo: [«Dime primero, o de lo contrario no lo verás.»] Entonces ella dijo: [«Soy la madre del joven.»] Entonces dice Pedro: [«¿Cuál es su nombre?»] Y ella respondió: [«Clemente.»] Entonces dijo Pedro: [«Es él mismo; y él fue quien habló conmigo hace poco, y a quien ordené que se adelantara al barco.»] Entonces ella cayó a los pies de Pedro y comenzó a rogarle que se apresurara a ir al barco. Entonces Pedro dijo: [«Sí, si me prometes que harás lo que yo diga.»] Entonces ella dijo: [«Haré cualquier cosa; solo muéstrame a mi único hijo, pues creo que en él veré también a mis gemelos.»] Entonces Pedro dijo: [«Cuando lo hayas visto, disimula por un poco de tiempo, hasta que dejemos la isla.»] [«Así lo haré,»] dijo ella.

    Capítulo 22. Un feliz encuentro

    Rec. VII, 22

    Entonces Pedro, tomándola de la mano, la condujo al barco. Y cuando vi que daba la mano a la mujer, comencé a reír; sin embargo, acercándome para honrarlo, intenté sustituir mi mano por la suya y sostener a la mujer. Pero tan pronto como toqué su mano, ella lanzó un fuerte grito, corrió a abrazarme y comenzó a devorarme con besos de madre. Pero yo, ignorando todo el asunto, la aparté como a una loca; y al mismo tiempo, aunque con reverencia, estaba algo enojado con Pedro.

    Capítulo 23. Un milagro

    Rec. VII, 23

    Pero él dijo: [«Detente: ¿qué quieres decir, Clemente, hijo mío? No apartes a tu madre.»] Pero yo, tan pronto como oí estas palabras, bañado en lágrimas al instante, caí sobre mi madre, que se había desplomado, y comencé a besarla. Pues tan pronto como las oí, poco a poco fui trayendo su rostro a mi memoria; y cuanto más la contemplaba, más familiar se me hacía. Entretanto, se reunió una gran multitud, al oír que la mujer que solía estar sentada mendigando había sido reconocida por su hijo, que era un hombre bueno. Y cuando quisimos zarpar apresuradamente de la isla, mi madre me dijo: [«Hijo amadísimo, es justo que me despida de la mujer que me acogió; pues es pobre, paralítica y está postrada en cama.»] Cuando Pedro y todos los presentes oyeron esto, admiraron la bondad y prudencia de la mujer; e inmediatamente Pedro ordenó a algunos que fueran y trajeran a la mujer en su lecho, tal como yacía. Y cuando la hubieron traído y colocado en medio de la multitud, Pedro dijo, en presencia de todos: [«Si soy predicador de la verdad, para confirmar la fe de todos los que están presentes, a fin de que sepan y crean que hay un solo Dios, que hizo el cielo y la tierra, en el nombre de Jesucristo, su Hijo, que esta mujer se levante.»] Y tan pronto como hubo dicho esto, ella se levantó sana y cayó a los pies de Pedro; y saludando con besos a su amiga y conocida, le preguntó cuál era el significado de todo aquello. Pero ella le refirió brevemente todo el desarrollo del Reconocimiento, de modo que las multitudes que estaban alrededor se maravillaron.

    Capítulo 24. Partida de Arado

    Rec. VII, 24

    Entonces Pedro, en cuanto pudo y el tiempo lo permitió, se dirigió a las multitudes sobre la fe de Dios y las ordenanzas de la religión; y luego añadió que, si alguien deseaba conocer más exactamente estas cosas, debía ir a Antioquía, [«donde,»] dijo él, [«hemos resuelto permanecer tres meses y enseñar plenamente las cosas que pertenecen a la salvación. Pues si,»] dijo él, [«los hombres dejan su patria y a sus padres por asuntos comerciales o militares, y no temen emprender largas travesías, ¿por qué ha de considerarse gravoso o difícil dejar el hogar durante tres meses por causa de la vida eterna?»] Cuando hubo dicho estas cosas, y otras más con el mismo propósito, presenté mil dracmas a la mujer que había hospedado a mi madre, y que había recobrado la salud por medio de Pedro, y en presencia de todos la encomendé al cuidado de cierto hombre bueno, la persona principal de aquella ciudad, quien prometió que haría gustosamente lo que le pedíamos. También distribuí un poco de dinero entre algunas otras, y entre aquellas mujeres de quienes se decía que antes habían consolado a mi madre en sus miserias, a quienes también expresé mi agradecimiento. Y después de esto zarpamos, junto con mi madre, hacia Antarado.

    Capítulo 25. Viajes

    Rec. VII, 25

    Y cuando llegamos a nuestro alojamiento, mi madre comenzó a preguntarme qué había sido de mi padre; y le dije que había ido a buscarla y nunca había regresado. Pero ella, al oírlo, solo suspiró; pues su gran gozo por mi causa aliviaba sus otras penas. Al día siguiente viajó con nosotros, sentada junto a la mujer de Pedro; y llegamos a Balaneas, donde permanecimos tres días, y luego continuamos a Pato, y después a Gabala; y así llegamos a Laodicea, donde Niceta y Aquila nos salieron al encuentro ante las puertas y, besándonos, nos condujeron a un alojamiento. Pero Pedro, viendo que era una ciudad grande y espléndida, dijo que era digno que permaneciéramos en ella diez días, o incluso más. Entonces Niceta y Aquila me preguntaron quién era aquella mujer desconocida; y respondí: [«Es mi madre, a quien Dios me ha devuelto por medio de mi señor Pedro.»]

    Capítulo 26. Recapitulación

    Rec. VII, 26

    Y cuando hube dicho esto, Pedro comenzó a relatarles todo el asunto en orden, y dijo: Cuando llegamos a Arado, y yo os había mandado que os adelantarais antes que nosotros, el mismo día después de que os fuisteis, Clemente fue llevado en el curso de la conversación a contarme su linaje y su familia, y cómo había sido privado de sus padres, y que tenía hermanos gemelos mayores que él, y que, según le contó su padre, su madre vio una vez una visión, por la cual se le ordenaba partir de la ciudad de Roma con sus hijos gemelos, de lo contrario ella y ellos perecerían de repente. Y cuando ella hubo contado el sueño a su padre, él, amando a sus hijos con tierno afecto y temiendo que les sobreviniera algún mal, puso a su mujer y a sus hijos a bordo de una nave con todo lo necesario, y los envió a Atenas para que fueran educados. Después envió una y otra vez personas a preguntar por ellos, pero en ninguna parte hallaron siquiera un rastro de ellos. Al fin el propio padre salió a buscarlos, y hasta ahora no se le halla por ninguna parte. Cuando Clemente me hubo dado este relato, vino uno a nosotros, pidiéndonos que fuéramos a la isla vecina de Arado, a ver columnas de madera de vid de tamaño maravilloso. Consentí; y cuando llegamos al lugar, todos los demás entraron en el interior del templo; pero yo —no sé por qué razón— no tuve ánimo de ir más adelante.

    Capítulo 27. Continuación de la recapitulación

    Rec. VII, 27

    [«Pero mientras yo esperaba fuera por ellos, comencé a fijarme en esta mujer y a preguntarme en qué parte del cuerpo estaba impedida, que no buscaba el sustento con el trabajo de sus manos, sino que se sometía a la vergüenza de la mendicidad. Le pregunté, por tanto, la razón de ello. Ella confesó que era de raza noble y estaba casada con un marido no menos noble, "cuyo hermano —dijo ella—, inflamado de amor ilícito hacia mí, deseaba mancillar el lecho de su hermano. Yo, aborreciendo esto, y, sin embargo, no atreviéndome a contar a mi marido tan gran maldad, por no provocar guerra entre los hermanos y no cubrir de deshonra a la familia, juzgué mejor partir de mi patria con mis dos hijos gemelos, dejando al hijo menor para consuelo de su padre. Y para que esto pudiera hacerse con apariencia honrosa, me pareció bien fingir un sueño y decir a mi marido que en visión se me presentaba cierta deidad, la cual me decía que saliera inmediatamente de la ciudad con mis dos gemelos y permaneciera lejos hasta que él me indicara que regresara." Me dijo que su marido, al oír esto, la creyó y la envió a Atenas, con los hijos gemelos, para que allí fueran educados; pero que fueron arrojados por una terrible tempestad a aquella isla, donde, cuando la nave se hubo deshecho, ella fue levantada por una ola sobre una roca, y aplazó el darse muerte solo por esto: "hasta —dijo ella— poder abrazar al menos los miembros muertos de mis desdichados hijos y darles sepultura. Pero cuando amaneció, y se habían reunido multitudes, se compadecieron de mí y me echaron encima un vestido. Mas yo, miserable, les rogué con muchas lágrimas que buscaran si podían hallar en algún lugar los cuerpos de mis desdichados hijos. Y yo, desgarrándome todo el cuerpo con los dientes, entre lamentos y alaridos gritaba sin cesar: ¡Desdichada de mí! ¿Dónde está mi Fausto? ¿Dónde mi Faustino?"]

    Capítulo 28. Más reconocimientos

    Rec. VII, 28

    Y cuando Pedro dijo esto, Niceta y Aquila se levantaron de pronto, y, asombrados, comenzaron a agitarse grandemente, diciendo: [«¡Oh Señor, Gobernante y Dios de todo! ¿Son verdaderas estas cosas, o estamos en un sueño?»] Entonces Pedro dijo: [«A menos que estemos locos, estas cosas son verdaderas.»] Pero ellos, tras una breve pausa, y enjugándose los rostros, dijeron: [«Somos Faustino y Fausto: y ya desde el principio, cuando comenzaste este relato, caímos inmediatamente en la sospecha de que las cosas de que hablabas quizá se referían a nosotros; sin embargo, considerando de nuevo que muchas cosas semejantes acontecen en la vida de los hombres, guardamos silencio, aunque nuestros corazones estaban heridos de alguna esperanza. Por eso esperamos el fin de tu historia, para que, si era del todo manifiesto que se refería a nosotros, pudiéramos entonces confesarlo.»] Y cuando hubieron hablado así, entraron llorando a ver a nuestra madre. Y cuando la hallaron dormida, y quisieron abrazarla, Pedro se lo impidió, diciendo: [«Permíteme primero preparar el ánimo de vuestra madre, no sea que por el grande y súbito gozo pierda la razón y su entendimiento se turbe, especialmente ahora que está aturdida por el sueño.»]

    Capítulo 29. [«Nada común ni impuro.» ]

    Rec. VII, 29

    Por tanto, cuando nuestra madre se hubo levantado de su sueño, Pedro comenzó a dirigirle la palabra, diciendo: [«Quiero que sepas, oh mujer, una observancia de nuestra religión. Adoramos a un solo Dios, que hizo el mundo, y guardamos su ley, en la cual nos manda ante todo adorarlo, reverenciar su nombre, honrar a nuestros padres y conservar la castidad y la rectitud. Pero observamos también esto: no tener mesa común con los gentiles, a menos que crean y, al recibir la verdad, sean bautizados y consagrados por una cierta triple invocación del bendito nombre; y entonces comemos con ellos. De lo contrario, aunque fuera padre o madre, o esposa, o hijos, o hermanos, no podemos tener mesa común con ellos. Así, pues, puesto que hacemos esto por la causa especial de la religión, no te parezca duro que tu hijo no pueda comer contigo hasta que tengas el mismo juicio de la fe que él tiene.»]

    Capítulo 30. [«¿Quién puede prohibir el agua?» ]

    Rec. VII, 30

    Entonces ella, al oír esto, dijo: [«¿Y qué me impide ser bautizada hoy? Pues aun antes de verte estaba yo del todo alejada de aquellos a quienes llaman dioses, porque nada podían hacer por mí, aunque con frecuencia, y casi a diario, les ofrecía sacrificios. Y en cuanto a la castidad, ¿qué diré, cuando ni en tiempos anteriores me engañaron los placeres, ni después me obligó la pobreza a pecar? Mas creo que bien sabes cuán grande era mi amor a la castidad, cuando fingí aquel sueño para escapar de las asechanzas de un amor impío y para irme lejos con mis dos gemelos, y cuando dejé aquí a mi hijo Clemente solo, para que fuera consuelo de su padre. Pues si apenas me bastaban dos, ¿cuánto más se habría entristecido su padre, si no le hubiera quedado ninguno? Porque era desdichado por el gran cariño hacia nuestros hijos, de suerte que ni aun la autoridad del sueño pudo apenas persuadirlo a entregarme a Faustino y Fausto, los hermanos de este Clemente, y a contentarse él con solo Clemente.»]

    Capítulo 31. Demasiada alegría

    Rec. VII, 31

    Todavía estaba ella hablando cuando mis hermanos no pudieron contenerse más, sino que se precipitaron al abrazo de su madre con muchas lágrimas y la besaron. Pero ella dijo: [«¿Qué significa esto?»] Dijo entonces Pedro: [«No te turbes, oh mujer; mantente firme. Estos son tus hijos Faustino y Fausto, a quienes creías haber perecido en el mar; pero cómo están vivos, y cómo escaparon en aquella noche horrible, y cómo el uno de ellos se llama Niceta y el otro Aquila, ellos mismos podrán explicártelo, y nosotros también lo oiremos contigo.»] Cuando Pedro hubo dicho esto, nuestra madre se desmayó, vencida por el exceso de alegría; y al cabo de un tiempo, restablecida y vuelta en sí, dijo: [«Os suplico, hijos queridos, que me contéis lo que os ha sucedido desde aquella noche lúgubre y cruel.»]

    Capítulo 32. [«Los lleva al puerto deseado.» ]

    Rec. VII, 32

    Entonces Niceta comenzó a decir: Aquella noche, oh madre, cuando la nave se deshizo y nosotros éramos sacudidos en el mar, sostenidos sobre un fragmento del naufragio, ciertos hombres, cuyo oficio era robar en el mar, nos hallaron y nos pusieron en su barca, y venciendo el ímpetu de las olas a fuerza de remos, por diversos trayectos nos llevaron a Cesarea de Estratón. Allí nos hicieron padecer hambre, nos golpearon y nos aterrorizaron, para que no reveláramos la verdad; y habiéndonos cambiado los nombres, nos vendieron a cierta viuda, mujer muy honorable, llamada Justa. Ella, habiéndonos comprado, nos trató como a hijos, de modo que nos educó con esmero en la literatura griega y en las artes liberales. Y cuando crecimos, nos dedicamos también a los estudios filosóficos, para poder refutar a los gentiles, sosteniendo las doctrinas de la religión divina mediante disputas filosóficas.

    Capítulo 33. Otro naufragio evitado

    Rec. VII, 33

    [«Pero nosotros nos adherimos, por amistad y compañerismo de muchachos, a un tal Simón, mago, que se educó con nosotros, de modo que casi fuimos engañados por él. Porque en nuestra religión se hace mención de cierto Profeta, cuya venida esperaban todos los que observan esa religión, y por medio del cual se promete que se dará vida inmortal y feliz a quienes crean en Él. Pues bien, nosotros pensamos que ese Simón era él. Pero estas cosas te serán explicadas, oh madre, en una ocasión más oportuna. Entretanto, cuando casi éramos engañados por Simón, cierto colega de mi señor Pedro, llamado Zaqueo, nos advirtió que no nos dejáramos embaucar por el mago, y nos presentó a Pedro a su llegada, para que por él fuéramos instruidos en las cosas sanas y perfectas. Y esto esperamos que te suceda también a ti, así como Dios nos lo ha concedido a nosotros, para que podamos comer y tener mesa común contigo. Así pues, oh madre, creíste que nos habíamos ahogado en el mar, mientras éramos robados por piratas.»]

    Capítulo 34. El bautismo debe ir precedido de ayuno

    Rec. VII, 34

    Cuando Niceta hubo hablado así, nuestra madre cayó a los pies de Pedro, rogándole y suplicándole que tanto ella como su anfitriona pudieran ser bautizadas sin demora; [«para que,»] dijo ella, [«ni siquiera por un solo día sufra yo la pérdida de la compañía y sociedad de mis hijos.»] De igual modo, nosotros, sus hijos, suplicamos también a Pedro. Pero él dijo: [«¡Cómo! ¿Pensáis que yo solo soy despiadado y que no quiero que disfrutéis de la compañía de vuestra madre en las comidas? Pero ella debe ayunar al menos un día primero, y así ser bautizada; y esto porque he oído de ella cierta declaración, por la cual su fe se me ha hecho manifiesta y que ha dado testimonio de su creencia; de lo contrario, habría tenido que ser instruida y enseñada muchos días antes de poder ser bautizada.»]

    Capítulo 35. Desear la salvación de los demás

    Rec. VII, 35

    Entonces dije yo: [«Te ruego, señor mío Pedro, que nos digas cuál es esa declaración que, según dices, te dio testimonio de su fe.»] Entonces Pedro: [«Es su petición de que su anfitriona, cuyas bondades desea corresponder, sea bautizada junto con ella. Ahora bien, no pediría que se concediera esta gracia a quien ama, si no creyera que hay un gran bien en el bautismo. Por lo cual también censuro a muchísimos que, cuando ellos mismos son bautizados y creen, no hacen sin embargo nada digno de la fe con aquellos a quienes aman, como esposas, hijos o amigos, a quienes no exhortan a aquello que ellos mismos han alcanzado, como harían si de verdad creyeran que por él se otorga la vida eterna. En suma, si los ven enfermos o sujetos a algún peligro corporal, se afligen y se lamentan, porque están seguros de que en ello los amenaza la destrucción. Así, pues, si estuvieran seguros de esto, de que la pena del fuego eterno aguarda a los que no adoran a Dios, ¿cuándo cesarían de advertirles y exhortarles? O, si ellos se negaran, ¿cómo no se entristecerían y llorarían por ellos, estando seguros de que les aguardan tormentos eternos? Ahora, pues, enviaremos a buscar a esa mujer en seguida y veremos si ama la fe de nuestra religión; y según lo que hallemos, así obraremos. Mas, puesto que vuestra madre ha juzgado tan fielmente acerca del bautismo, que ayune solo un día antes del bautismo.»]

    Capítulo 36. La súplica de los hijos

    Rec. VII, 36

    Mas ella declaró con juramento, en presencia de la mujer de mi señor Pedro, que desde el momento en que reconoció a su hijo no había podido tomar alimento alguno por el exceso de alegría, salvo que ayer bebió un vaso de agua. La mujer de Pedro dio también testimonio, diciendo que así era en verdad. Entonces Aquila dijo: [«¿Qué impide, pues, que sea bautizada?»] Entonces Pedro, sonriendo, dijo: [«Pero este no es el ayuno del bautismo, porque no se hizo con miras al bautismo.»] Entonces Niceta dijo: [«Pero acaso Dios, queriendo que nuestra madre, al reconocernos, no estuviera separada ni siquiera un día de la participación de nuestra mesa, ordenó de antemano este ayuno. Pues así como en su ignorancia conservó la castidad, para que le aprovechara en orden a la gracia del bautismo, así ayunó antes de conocer la razón del ayuno, para que le aprovechara en orden al bautismo, y para que, inmediatamente, desde el comienzo de nuestro trato, pudiera gozar de la comunión de la mesa con nosotros.»]

    Capítulo 37. Pedro inexorable

    Rec. VII, 37

    Entonces dijo Pedro: [«Que no prevalezca contra nosotros el maligno, tomando ocasión del amor de una madre; sino ayunad vosotros, y yo con vosotros, hoy junto con ella, y mañana será bautizada; porque no es justo que los preceptos de la verdad se relajen y debiliten en favor de persona o amistad alguna. No rehuyamos, pues, sufrir junto con ella, porque es pecado transgredir mandamiento alguno. Mas enseñemos a nuestros sentidos corporales, que están fuera de nosotros, a estar sujetos a nuestros sentidos interiores; y no obliguemos a nuestros sentidos interiores, que saborean las cosas de Dios, a seguir a los sentidos exteriores, que saborean las cosas de la carne. Pues para esto también mandó el Señor, diciendo: "Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón". Y a esto añadió: "Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y échalo de ti; porque te es provechoso que uno de tus miembros perezca, antes que todo tu cuerpo sea arrojado al fuego del infierno". Mateo 5:28-29] No dice: te ha ofendido, para que entonces deseches la causa del pecado después de haber pecado; sino si te es ocasión de pecado, es decir, que antes de pecar cortes la causa del pecado que te provoca e irrita. Pero que ninguno de vosotros piense, hermanos, que el Señor recomendó cortarse los miembros. Lo que quiere decir es que se debe cortar el propósito, no los miembros, y las causas que atraen al pecado, para que nuestro pensamiento, llevado en el carro de la vista, tienda hacia el amor de Dios, sostenido por los sentidos corporales; y no dar rienda suelta a los ojos de la carne como a caballos lascivos, deseosos de apartar su carrera del camino de los mandamientos, sino someter la vista corporal al juicio de la mente, y no permitir que esos ojos nuestros, que Dios quiso que fueran espectadores y testigos de su obra, se conviertan en alcahuetes del mal deseo. Y por lo tanto, que los sentidos corporales, así como el pensamiento interior, estén sujetos a la ley de Dios, y sirvan a su voluntad, cuya obra reconocen ser.»

    Capítulo 38. La recompensa de la castidad

    Rec. VII, 38

    Así, pues, conforme lo exigían el orden y la razón del misterio, al día siguiente fue bautizada en el mar, y volviendo a la posada, fue iniciada en todos los misterios de la religión en su orden. Y nosotros, sus hijos Niceta y Aquila, y yo Clemente, estuvimos presentes. Y después de esto cenamos con ella y glorificamos a Dios con ella, reconociendo con gratitud el celo y la enseñanza de Pedro, quien nos mostró, con el ejemplo de nuestra madre, que el bien de la castidad no se pierde ante Dios; [«así como, por otra parte,»] dijo él, [«la impureza no escapa al castigo, aunque no sea castigada inmediatamente, sino lentamente. Pero tan agradable»] dijo él, [«es la castidad a Dios, que confiere alguna gracia en la vida presente aun a los que están en el error; porque la bienaventuranza futura está reservada solo para aquellos que conservan la castidad y la justicia por la gracia del bautismo. En suma, lo que le ha sucedido a vuestra madre es ejemplo de esto, pues todo este bienestar le ha sido restituido en recompensa de su castidad, para cuya guarda y conservación no basta la sola continencia; sino que, cuando alguien percibe que se le preparan asechanzas y engaños, debe huir al punto como de la violencia del fuego o del ataque de un perro rabioso, y no confiar en que podrá frustrar fácilmente asechanzas de esta clase filosofando o condescendiendo con ellas; sino que, como he dicho, debe huir y retirarse a distancia, como hizo también vuestra madre por su verdadero y entero amor a la castidad. Y por esto ella os ha sido conservada a vosotros, y vosotros a ella; y además, ha sido dotada con el conocimiento de la vida eterna.»] Cuando hubo dicho esto, y mucho más en el mismo sentido, al llegar la tarde, nos fuimos a dormir.

    Reconocimientos, libro VIII

    Capítulo 1. El viejo artesano

    Rec. VIII, 1

    Ahora, a la mañana siguiente, Pedro nos llevó consigo a mis hermanos y a mí, y bajamos al puerto para bañarnos en el mar, y después nos retiramos a cierto lugar secreto para orar. Pero un cierto anciano pobre, artesano, según mostraba su vestido, comenzó a observarnos con avidez, sin que lo viéramos, para ver qué hacíamos en secreto. Y cuando nos vio orar, esperó a que saliéramos, y entonces nos saludó, y dijo: [«Si no lo tomáis a mal, y no me consideráis persona curiosa e importuna, quisiera conversar con vosotros; pues me compadezco de vosotros, y no querría que errarais bajo apariencia de verdad, y que temierais cosas que no existen; o, si pensáis que en ellas hay alguna verdad, declarádmela. Por tanto, si lo lleváis con paciencia, puedo en pocas palabras instruiros en lo que es recto; pero si os resulta desagradable, seguiré mi camino y haré mi oficio.»] A él respondió Pedro: [«Di lo que te parezca bueno, y de buena gana lo oiremos, sea verdadero o falso; pues has de ser bien recibido, porque, como un padre solícito por sus hijos, quieres ponernos en posesión de lo que juzgas bueno.»]

    Capítulo 2. Génesis

    Rec. VIII, 2

    Entonces el anciano prosiguió diciendo: [«Os vi bañaros en el mar y después retiraros a un lugar secreto; por lo cual, observando sin que lo notarais lo que hacíais, os vi orar. Por tanto, compadeciéndome de vuestro error, esperé a que salierais, para hablaros y amonestaros a no errar en una observancia de esta clase; porque no hay Dios alguno, ni culto alguno, ni providencia alguna en el mundo, sino que todas las cosas se hacen por azar fortuito y por génesis, como he descubierto clarísimamente por mí mismo, pues soy aventajado entre los demás en la disciplina del saber. No erréis, por tanto; porque, ya oréis, ya no oréis, lo que vuestra génesis contiene, eso os sucederá.»] Entonces yo, Clemente, fui afectado, no sé cómo, en mi corazón, recordando en él muchas cosas que me parecían familiares; porque bien dice alguien que aquello que ha nacido de alguno, aunque haya estado ausente mucho tiempo, nunca se extingue una chispa de parentesco. Por tanto, comencé a preguntarle quién era y de dónde era, y de qué linaje descendía. Pero él, no queriendo responder a estas preguntas, dijo: [«¿Qué tiene que ver eso con lo que os he dicho? Mas primero, si os place, conversemos de aquellos asuntos que hemos propuesto; y después, si las circunstancias lo exigen, podremos revelarnos unos a otros, como amigos a amigos, nuestros nombres, familias, patria y otras cosas conexas.»] Con todo, todos admiramos la elocuencia del hombre, la gravedad de sus maneras y la calma de su palabra.

    Capítulo 3. Una conferencia amistosa

    Rec. VIII, 3

    Pero Pedro, caminando despacio mientras conversaba, buscaba un lugar adecuado para una conferencia. Y cuando vio un apartado recodo cerca del puerto, nos hizo sentar; y así, él mismo comenzó primero. Y no tuvo al anciano en desprecio alguno, ni lo menospreció por ser pobre y humilde su vestido. Dijo, pues: [«Puesto que me pareces un hombre docto y compasivo, ya que has venido a nosotros y quieres que se nos dé a conocer lo que consideras bueno, también nosotros queremos exponerte las cosas que creemos buenas y rectas; y si no las consideras verdaderas, tomarás a bien nuestras buenas intenciones para contigo, como nosotros tomamos las tuyas para con nosotros.»] Mientras Pedro hablaba así, se reunió una gran multitud. Dijo entonces el anciano: [«Tal vez la presencia de la multitud te turba.»] Pedro respondió: [«En absoluto, salvo solo por esto: que temo que acaso, cuando la verdad se manifieste en el curso de nuestra discusión, te avergüences, en presencia de la multitud, de ceder y asentir a las cosas que hayas entendido que se dicen con verdad.»] A esto respondió el anciano: [«No soy tan necio en mi vejez como para que, entendiendo lo que es verdadero, lo niegue por el favor de la plebe.»]
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