Hom. 20, 1
[En] la noche, Pedro se levantó y nos despertó, y luego se sentó como acostumbraba y dijo: «Preguntadme lo que queráis.» Y Sofonías fue el primero en hablarle: «¿Nos explicarás a los que estamos deseosos de aprender cuál es la verdad real acerca del mal?» Y Pedro dijo: «Ya lo he explicado en el curso de mi discusión con Simón; pero, como expuse la verdad acerca de ello en combinación con otros temas, no quedó del todo clara; pues muchos temas que parecen tener el mismo peso que la verdad ofrecen a las masas cierto conocimiento de la verdad. De modo que, si ahora expongo lo que antes expuse a Simón junto con muchos temas, no imaginéis que no se os honra con honor igual al suyo.» Y Sofonías dijo: «Tienes razón; pues si ahora lo separas para nosotros de muchos de los temas que entonces se discutieron, harás la verdad más evidente.»
Hom. 20, 2
Y Pedro dijo: «Escuchad, pues, la verdad de la armonía en cuanto al maligno. Dios estableció dos reinos y dispuso dos siglos, determinando que el mundo presente fuera entregado al maligno, porque es pequeño y pasa pronto; pero prometió reservar para el bueno el siglo venidero, pues será grande y eterno. Al hombre, por tanto, lo creó con libre albedrío y con la capacidad de inclinarse a las acciones que quiera. Y su cuerpo consta de tres partes, que derivan su origen de la hembra; pues tiene concupiscencia, ira y tristeza, y lo que de estas se sigue. Pero el espíritu, no siendo uniforme, sino constando de tres partes, deriva su origen del varón; y es capaz de razonamiento, conocimiento y temor, y lo que de estos se sigue. Y cada una de estas tríadas tiene una sola raíz, de modo que el hombre es un compuesto de dos mezclas: la hembra y el varón. Por lo cual también se le han puesto delante dos caminos: los de la obediencia y la desobediencia a la ley; y se han establecido dos reinos: el uno, llamado el reino de los cielos, y el otro, el reino de los que ahora son reyes sobre la tierra. También han sido designados dos reyes, de los cuales el uno fue escogido para gobernar por ley sobre el mundo presente y transitorio, y su composición es tal que se regocija en la destrucción de los impíos. Pero el otro, el bueno, que es el Rey del siglo venidero, ama toda la naturaleza del hombre; mas, no pudiendo tener confianza en el mundo presente, aconseja lo que es ventajoso, como quien procura ocultar quién es realmente.»
Hom. 20, 3
«Pero de estos dos, el uno actúa con violencia contra el otro por mandato de Dios. Además, cada hombre tiene poder para obedecer a aquel de los dos que le plazca, para hacer el bien o el mal. Pero si alguien elige hacer el bien, se convierte en posesión del rey bueno y futuro; pero si alguno hace el mal, se convierte en siervo del maligno presente, el cual, habiendo recibido poder sobre él por justo juicio a causa de sus pecados, y deseando usarlo antes del siglo venidero, se regocija castigándolo en la vida presente, y así, gratificando, por así decir, su propia pasión privada, cumple la voluntad de Dios. Pero el otro, hecho para regocijarse en el poder sobre los justos, cuando encuentra a un hombre justo, se alegra sobremanera y lo salva con vida eterna; y él también, como gratificándose a sí mismo, atribuye a Dios el gozo que siente por estas cosas. Ahora bien, está en poder de todo hombre injusto arrepentirse y salvarse; y todo hombre justo puede tener que sufrir castigo por pecados cometidos al final de su carrera. Además, estos dos caudillos son las manos veloces de Dios, deseosas de anticiparse a Él para cumplir su voluntad. Y que esto es así lo ha dicho incluso la ley en la persona de Dios: "Yo mato y hago vivir; yo hiero y yo sano." Pues, en verdad, Él mata y hace vivir. Mata por medio de la mano izquierda, es decir, por medio del maligno, que ha sido compuesto de tal modo que se regocija en afligir a los impíos. Y salva y beneficia por medio de la mano derecha, es decir, por medio del bueno, que ha sido hecho para regocijarse en las buenas obras y en la salvación de los justos. Ahora bien, estos no tienen sus sustancias fuera de Dios: pues no hay otra fuente primordial. Ni, ciertamente, han sido enviados de Dios como animales, pues eran de la misma mente que Él; ni son accidentales, que surjan espontáneamente contra su voluntad, ya que así se habría destruido el mayor ejercicio de su poder. Mas de Dios han sido enviados los cuatro primeros elementos: el calor y el frío, lo húmedo y lo seco. En consecuencia de esto, Él es el padre de toda sustancia, pero no de la disposición que puede surgir de la combinación de los elementos; pues cuando estos fueron combinados desde fuera, la disposición fue engendrada en ellos como un hijo. El maligno, entonces, habiendo servido a Dios irreprochablemente hasta el fin del mundo presente, puede hacerse bueno por un cambio en su composición, ya que ciertamente no es de una sustancia uniforme cuya única inclinación sea hacia el pecado. Pues ni siquiera hace más mal, aunque es malo, puesto que ha recibido poder para afligir lícitamente.»
Hom. 20, 4
Cuando Pedro dijo esto, Miqueas, que era uno de sus seguidores, preguntó: «¿Cuál es, entonces, la razón por la que los hombres pecan?» Y Pedro dijo: «Es porque ignoran que sin duda serán castigados por sus malas obras cuando tenga lugar el juicio. Por esta razón, teniendo concupiscencia, como dije en otra parte, por la continuación de la vida, la satisfacen de cualquier manera accidental, ya sea por la corrupción de muchachos o por algún otro pecado lisonjero. Pues, a consecuencia de su ignorancia, como dije antes, son impulsados por la temeridad a satisfacer su concupiscencia de manera ilícita. Por lo cual Dios no es malo, pues ha puesto rectamente la concupiscencia dentro del hombre para que haya continuación de la vida; sino que son impíos en sumo grado quienes han usado mal el bien de la concupiscencia. Las mismas consideraciones se aplican también a la ira: si uno la usa justamente, como está en su poder, es piadoso; pero yendo más allá de la medida y tomando para sí el juicio, es impío.»
Hom. 20, 5
Y Sofonías dijo de nuevo: «Tu gran paciencia, señor mío Pedro, nos da audacia para hacerte muchas preguntas por amor a la exactitud. Por eso investigamos con confianza en todas direcciones. Recuerdo, pues, que Simón dijo ayer, en su discusión contigo, que el maligno, si nació de Dios, posee en consecuencia la misma sustancia que Aquel que lo envió, y debería haber sido bueno y no malvado. Pero tú respondiste que esto no siempre es así, pues de padres buenos nacen muchos hijos malvados, como de Adán fueron engendrados dos hijos desemejantes, de los cuales uno fue malo y el otro bueno. Y cuando Simón te reprochó haber usado ejemplos humanos, respondiste que de esa manera no debíamos admitir que Dios engendre en absoluto; pues también esto es un ejemplo humano. Y yo, Sofonías, admito que Dios engendra; pero no admito que engendre lo que es malo, aunque los buenos entre los hombres engendren hijos malos. Y no imagines que sin razón atribuyo a Dios algunas de las cualidades que distinguen a los hombres y me niego a atribuirle otras, cuando concedo que engendra, pero no admito que engendre lo que es desemejante de sí mismo. Pues los hombres, como cabría esperar, engendran hijos que son desemejantes de ellos en sus disposiciones por la siguiente razón. Compuestos de cuatro partes, cambian sus cuerpos de diversos modos según los diversos cambios del año; y así, al producirse en el cuerpo humano el cambio apropiado, ya de aumento ya de disminución, cada estación destruye la combinación armoniosa. Ahora bien, como las combinaciones no permanecen siempre exactamente en la misma posición, las simientes, teniendo a veces una combinación, a veces otra, son enviadas; y a estas las siguen, según la combinación propia de la estación, disposiciones ya buenas ya malas. Pero en el caso de Dios no podemos suponer nada semejante; pues, siendo inmutable y existiendo siempre, cuando quiere enviar algo, hay absoluta necesidad de que lo enviado esté en todos los respectos en la misma posición que aquello que lo ha engendrado, me refiero en cuanto a la sustancia y a la disposición. Pero si alguien quisiera sostener que Él es mudable, no sé cómo le es posible sostener que es inmortal.»
Hom. 20, 6
Cuando Pedro oyó esto, pensó un poco y dijo: «No creo que nadie pueda hablar del mal sin hacer la voluntad del maligno. Por tanto, sabiendo esto, no sé qué haré: si callar o hablar. Pues si callo, incurriré en la risa de la multitud, porque, confesando proclamar la verdad, ignoro la explicación del vicio. Pero si expongo mi opinión, temo que no sea en absoluto agradable a Dios que indaguemos acerca del mal, pues solo el indagar acerca del bien le es agradable. Sin embargo, en mi respuesta a las afirmaciones de Sofonías haré mis ideas más claras. Convengo, pues, con él en pensar que no debemos atribuir a Dios todas las cualidades de los hombres. Por ejemplo, los hombres, no teniendo cuerpos que sean convertibles, no son convertidos; pero tienen una naturaleza que admite alteración por el paso del tiempo a través de las estaciones del año. Pero no es este el caso de Dios; pues por su Espíritu innato se convierte, por un poder indescriptible, en el cuerpo que le place. Y se puede creer esto tanto más fácilmente cuanto que el aire, que ha recibido de Él tal naturaleza, se convierte en rocío por la mente incorpórea que lo penetra, y, espesándose, se hace agua; el agua, compactada, se hace piedra y tierra; y las piedras, por colisión, encienden fuego. Según tal cambio y conversión, el aire se hace primero agua y termina siendo fuego mediante conversiones, y lo húmedo se convierte en su opuesto natural. ¿Por qué? ¿No convirtió Dios la vara de Moisés en un animal, haciéndola serpiente, y luego la reconvirtió en vara? Y por medio de esta misma vara convertida convirtió el agua del Nilo en sangre, la cual de nuevo reconvirtió en agua. Es más, al hombre, que es polvo, lo cambió por el soplo de su aliento en carne, y lo volvió a cambiar en polvo. ¿Y no fue Moisés, que era carne, convertido en la más grandiosa luz, de modo que los hijos de Israel no podían mirarlo a la cara? Mucho más, pues, es Dios completamente capaz de convertirse a sí mismo en lo que quiera.»
Hom. 20, 7
«Pero acaso alguno de vosotros piensa que uno puede llegar a ser algo bajo la influencia de uno, y otro bajo la influencia de otro, pero que nadie puede cambiarse a sí mismo en lo que quiera, y que es propio de quien envejece y ha de morir según su naturaleza el cambiar; mas no debemos albergar tales pensamientos acerca de los seres inmortales. Pues ¿no fueron ángeles, libres de vejez y de sustancia ígnea, cambiados en carne —aquellos, por ejemplo, que recibieron la hospitalidad de Abraham, cuyos pies lavaron los hombres, como si fueran pies de hombres de semejante sustancia? Sí, y además, con Jacob, que era hombre, luchó un ángel convertido en carne para poder llegar a estrecharse con él. Y, del mismo modo, después de haber luchado por su propia voluntad, fue convertido a su propia forma natural; y entonces, cuando fue cambiado en fuego, no quemó el ancho tendón de Jacob, sino que lo inflamó y lo dejó cojo. Ahora bien, lo que no puede llegar a ser otra cosa, cualquiera que desee, es mortal, en cuanto está sujeto a su propia naturaleza; pero el que puede llegar a ser lo que quiera, cuando quiera, es inmortal, volviendo a una nueva condición, en cuanto tiene dominio sobre su propia naturaleza. Por lo cual mucho más el poder de Dios cambia la sustancia del cuerpo en lo que Él quiere y cuando Él quiere; y por el cambio que se realiza envía lo que, por una parte, es de sustancia semejante, pero, por otra, no es de igual poder. Así pues, aquello que el que lo envía convierte en sustancia distinta, eso puede volverlo a convertir en lo suyo propio; pero el que es enviado, surgiendo a consecuencia del cambio que procede de él, y siendo hijo suyo, no puede llegar a ser otra cosa sin la voluntad del que lo envió, a no ser que él lo quiera.»
Hom. 20, 8
Cuando Pedro dijo esto, Miqueas, que también era uno de los compañeros que le asistían, dijo: «También yo quisiera aprender de ti si el bueno ha sido producido del mismo modo en que el maligno vino a la existencia. Pero si vinieron a la existencia de manera semejante, entonces, en mi opinión, son hermanos.» Y Pedro dijo: «No han venido a la existencia de manera semejante: pues sin duda recordáis lo que dije al principio, que la sustancia del cuerpo del maligno, siendo cuádruple en su origen, fue cuidadosamente seleccionada y enviada por Dios; pero cuando fue combinada exteriormente, según la voluntad de Aquel que la envió, surgió, a consecuencia de la combinación, la disposición que se goza en los males: de modo que podáis ver que la sustancia, cuádruple en su origen, que fue enviada por Él, y que además existe siempre, es hija de Dios; pero que la disposición que surge accidentalmente y se goza en los males ha sobrevenido cuando la sustancia fue combinada exteriormente por Él. Y así, esta disposición no ha sido engendrada por Dios, ni por ningún otro, ni ciertamente ha sido enviada por Él, ni ha salido espontáneamente, ni existió siempre, como la sustancia antes de la combinación; sino que ha venido como un accidente por combinación exterior, según la voluntad de Dios. Y a menudo hemos dicho que así debe ser. Pero el bueno, habiendo sido engendrado del más hermoso cambio de Dios, y no habiendo surgido accidentalmente por una combinación exterior, es realmente su Hijo. Sin embargo, puesto que estas doctrinas no están escritas, y se nos confirman solo por conjetura, de ningún modo las tengamos por absolutamente ciertas como si este fuera el verdadero estado de la cuestión. Pues si obramos de otro modo, nuestra mente cesará de investigar la verdad, en la creencia de que ya la ha comprendido plenamente. Recordad, pues, estas cosas; porque no debo declarar tales cosas a todos, sino solo a los que, tras la prueba, se hallen más dignos de confianza. Ni debemos afirmar temerariamente tales aserciones unos a otros, ni debéis atreveros a hablar como si conocierais con exactitud el descubrimiento de verdades secretas, sino que debéis simplemente reflexionar sobre ellas en silencio; pues al afirmar, acaso, que una cosa es así, el que lo dice errará, y sufrirá castigo por haberse atrevido a hablar, aun para sí mismo, de lo que ha sido honrado con el silencio.»
Hom. 20, 9
Cuando Pedro dijo esto, Lázaro, que también era uno de sus seguidores, dijo: «Explícanos la armonía, cómo puede ser razonable que el maligno sea designado por el Dios justo para ser castigador de los impíos, y que sin embargo él mismo haya de ser enviado después a las tinieblas exteriores junto con sus ángeles y con los pecadores: pues recuerdo que el Maestro mismo dijo esto.» Y Pedro dijo: «Yo ciertamente concedo que el maligno no hace mal alguno, en cuanto está cumpliendo la ley que le ha sido dada. Y aunque tiene una disposición mala, sin embargo por temor de Dios no hace nada injustamente; sino que, acusando a los maestros de la verdad para atrapar a los incautos, él mismo es llamado el acusador (el diablo). Pero la afirmación de nuestro Maestro infalible, de que él y sus ángeles, junto con los pecadores engañados, irán a las tinieblas exteriores, admite la siguiente explicación. El maligno, habiendo obtenido la suerte de gozarse en las tinieblas según su composición, se deleita en bajar a las tinieblas del Tártaro junto con los ángeles que son sus consiervos; pues las tinieblas son queridas para el fuego. Pero las almas de los hombres, siendo gotas de luz pura, son absorbidas por la sustancia del fuego, que es de una clase distinta; y no poseyendo una naturaleza capaz de morir, son castigadas según sus merecimientos. Pero si el que es guía de los hombres hacia el vicio no es enviado a las tinieblas, como no gozándose en ellas, entonces su composición, que se goza en los males, no puede ser cambiada por otra combinación a la disposición para el bien. Y así será adjudicado a estar con los buenos, tanto más cuanto que, habiendo obtenido una composición que se goza en los males, por temor de Dios no ha hecho nada contrario a los decretos de la ley de Dios. ¿Y no señaló la Escritura, por una insinuación misteriosa, mediante la afirmación de que la vara del sumo sacerdote Aarón se convirtió en serpiente, y de nuevo se convirtió en vara, que un cambio en la composición del maligno habría de tener lugar después?»
Hom. 20, 10
Y después de Lázaro, José, que también era uno de sus seguidores, dijo: «Has hablado todas las cosas rectamente. Enséñame también esto, pues ardo en deseos de saberlo: ¿por qué, cuando das los mismos discursos a todos, unos creen y otros no creen?» Y Pedro dijo: «Es porque mis discursos no son encantamientos, de modo que todo el que los oiga haya de creerlos sin vacilación. El hecho de que unos crean y otros no, señala a los inteligentes la libertad de la voluntad.» Y cuando dijo esto, todos lo bendijimos.
Hom. 20, 11
Y cuando íbamos a sentarnos a comer, alguien entró corriendo y dijo: «Apión Pleistónices acaba de llegar con Anubión desde Antioquía, y se hospeda con Simón.» Y mi padre, al oírlo, regocijándose, dijo a Pedro: «Si me lo permites, iré a saludar a Apión y a Anubión, que han sido amigos míos desde la infancia. Pues acaso persuada a Anubión para que discuta el génesis con Clemente.» Y Pedro dijo: «Te lo permito, y te alabo por cumplir los deberes de amigo. Pero ahora considera cómo en la providencia de Dios concurren de todas partes consideraciones que contribuyen a vuestra plena certeza, haciendo completa la armonía. Y digo esto porque la llegada de Anubión acontece ventajosamente para ti.» Y mi padre: «En verdad, veo que así es.» Y diciendo esto, fue a Simón.
Hom. 20, 12
Todos los que estábamos con Pedro nos hacíamos preguntas unos a otros durante toda la noche, y permanecíamos despiertos, a causa del placer y el gozo que nos producía lo que se decía. Pero cuando al fin empezó a despuntar el alba, Pedro, mirándome a mí y a mis hermanos, dijo: «Estoy perplejo pensando en qué habrá estado vuestro padre.» Y justo cuando decía esto, nuestro padre entró y sorprendió a Pedro hablándonos de él; y viéndolo disgustado, se acercó a él y le ofreció disculpas por haber dormido fuera. Pero nosotros quedamos asombrados al mirarlo: pues veíamos la forma de Simón, pero oíamos la voz de nuestro padre Fausto. Y cuando huíamos de él y lo aborrecíamos, nuestro padre se asombró de recibir de nosotros un trato tan duro y hostil. Pero Pedro solo veía su figura natural, y nos dijo: «¿Por qué os apartáis horrorizados de vuestro propio padre?» Pero nosotros y nuestra madre dijimos: «Es a Simón a quien vemos delante de nosotros, con la voz de nuestro padre.» Y Pedro dijo: «Reconocéis solo su voz, que no es afectada por la magia; pero como mis ojos tampoco son afectados por la magia, puedo ver su forma tal como realmente es, que no es Simón, sino vuestro padre Fausto.» Entonces, mirando a mi padre, dijo: «No es vuestra propia forma verdadera la que ellos ven, sino la de Simón, nuestro enemigo más mortal y el más impío de los hombres.»
Hom. 20, 13
Mientras Pedro hablaba así, entró uno de los que habían ido antes a Antioquía, y que, volviendo de Antioquía, dijo a Pedro: «Deseo que sepas, señor mío, que Simón, haciendo muchos milagros públicamente en Antioquía, y llamándote mago y prestidigitador y asesino, los ha incitado a tal odio contra ti, que todo hombre está ansioso de probar tu misma carne si te hospedas allí. Por lo cual nosotros, que fuimos delante, junto con nuestros hermanos que por disimulo fueron adscritos por ti a Simón, viendo la ciudad rugir salvajemente contra ti, nos reunimos en secreto y consideramos qué debíamos hacer. Y ciertamente, mientras estábamos en gran perplejidad, llegó el centurión Cornelio, que había sido enviado por el emperador al gobernador de la provincia. Él era aquel a quien nuestro Señor curó cuando estaba poseído por un demonio en Cesarea. A este hombre enviamos a buscar en secreto; y, informándole de la causa de nuestro abatimiento, le rogamos su ayuda. Prometió de buen grado que alarmaría a Simón, y le haría huir, si lo ayudábamos en su empeño. Y cuando todos prometimos que haríamos todo de buena gana, dijo: 'Divulgaré por medio de muchos amigos la noticia de que he venido secretamente a prenderlo; y fingiré que lo busco, porque el emperador, habiendo dado muerte a muchos magos, y habiendo recibido informes acerca de él, me ha enviado a buscarlo, para castigarlo como castigó a los magos antes que él; mientras que los de vuestro partido que están con él deben informarle, como si lo hubiesen oído de fuente secreta, que he sido enviado a prenderlo. Y acaso cuando lo oiga de ellos, se alarmará y huirá.' Así pues, cuando habíamos pensado hacer otra cosa, sin embargo el asunto resultó de la manera siguiente. Pues cuando oyó la noticia de muchos extraños que le complacieron grandemente informándole en secreto, y también de nuestros hermanos que fingían estar unidos a él, y la tomó como opinión de sus propios seguidores, resolvió retirarse. Y apresurándose a alejarse de Antioquía, ha venido aquí con Atenodoro, según hemos oído. Por lo cual os aconsejamos que no entréis aún en aquella ciudad, hasta que averigüemos si en su ausencia pueden olvidar las acusaciones que presentó contra ti.»
Hom. 20, 14
Cuando la persona que había ido delante dio este informe, Pedro miró a mi padre y dijo: «Oyes, Fausto; el cambio en tu forma ha sido causado por Simón el mago, como ahora es evidente. Pues, pensando que un siervo del emperador lo buscaba para castigarlo, tuvo miedo y huyó, poniéndote en su propia figura, para que, si te daban muerte, tus hijos tuvieran dolor.» Cuando mi padre oyó esto, lloró y se lamentó, y dijo: «Has conjeturado rectamente, Pedro. Pues Anubión, que es mi querido amigo, me insinuó su designio; pero no lo creí, desdichado de mí, pues merecía sufrir.»
Hom. 20, 15
Cuando mi padre dijo esto, al poco tiempo Anubión vino a nosotros para anunciarnos la huida de Simón, y cómo aquella misma noche se había apresurado hacia Judea. Y halló a nuestro padre llorando, y diciendo entre lamentos: «¡Ay, ay! ¡Hombre desdichado! No creí cuando me dijeron que era un mago. ¡Miserable de mí! He sido reconocido por un día por mi mujer y mis hijos, y he vuelto presto a mi previa condición triste cuando aún ignoraba.» Y mi madre, lamentándose, se mesaba los cabellos; y nosotros gemíamos angustiados a causa de la transformación de nuestro padre, y no podíamos comprender qué podía ser aquello en el mundo. Pero Anubión permanecía mudo, viendo y oyendo estas cosas; mientras Pedro nos decía a nosotros, sus hijos, en presencia de todos: «Creedme, este es Fausto, vuestro padre. Por lo cual os exhorto a atenderlo como a vuestro padre. Pues Dios concederá alguna ocasión para que se quite la figura de Simón, y exhiba de nuevo distintamente la de vuestro padre.» Y diciendo esto, y mirando a mi padre, dijo: «Te permití saludar a Apión y a Anubión, puesto que afirmaste que eran tus amigos desde la infancia, pero no te permití asociarte con el mago Simón.»
Hom. 20, 16
Y mi padre dijo: «He pecado; lo confieso.» Y Anubión dijo: «Yo también, junto con él, te ruego que perdones al noble y buen anciano que ha sido engañado: pues el desdichado ha sido juguete de aquel hombre notorio. Pero te contaré cómo sucedió. El buen anciano vino a saludarnos. Mas en aquella misma hora nosotros, que estábamos allí, escuchábamos a Simón, que quería huir aquella noche, pues había oído que algunas personas habían venido a Laodicea en su busca por mandato del emperador. Pero al entrar Fausto, él volvió su propia rabia contra él, y así nos habló: 'Haced que, cuando venga, comparta vuestras comidas; y yo prepararé un ungüento, para que, cuando haya cenado, tome un poco de él y se unja el rostro con él, y entonces parecerá a todos tener mi figura. Pero yo os ungiré con el jugo de cierta planta, y entonces no seréis engañados por su nueva figura; mas para todos los demás Fausto parecerá Simón.'»
Hom. 20, 17
«Y mientras él declaraba esto de antemano, dije: '¿Qué ventaja esperas, pues, sacar ahora de tal artificio?' Y Simón dijo: 'Primero, aquellos que me buscan, cuando lo prendan a él, cesarán de buscarme. Pero si él es ejecutado por la mano del emperador, muy grande dolor caerá sobre sus hijos, que me dejaron, y huyendo a Pedro, ahora lo ayudan en su obra.' Y ahora, Pedro, te confieso la verdad: fui impedido por el temor de Simón de informar a Fausto de esto. Pero Simón no nos dio oportunidad para una conversación privada, no sea que alguno de nosotros pudiera revelarle el malvado designio de Simón. Simón, entonces, se levantó en medio de la noche y huyó a Judea, escoltado por Apión y Atenodoro. Entonces fingí estar enfermo, para que, permaneciendo después de que ellos se hubiesen ido, pudiera hacer que Fausto volviera inmediatamente a los suyos, si por casualidad, estando oculto entre vosotros, podía escapar a la observación, no sea que, siendo apresado como Simón por los que buscaban a Simón, fuese muerto por la ira del emperador. Así pues, en plena noche lo envié a vosotros; y en mi ansiedad por él vine de noche a verlo, con la intención de regresar antes de que aquellos que escoltaban a Simón volvieran.» Y mirándonos, dijo: «Yo, Anubión, veo la verdadera figura de vuestro padre; pues fui ungido, como os relaté antes, por el mismo Simón, para que la verdadera figura de Fausto pudiera ser vista por mis ojos. Asombrado, por tanto, me maravillo en gran manera del poder mágico de Simón, en que, estando de pie, no reconocéis a vuestro propio padre.» Y mientras nuestro padre y nuestra madre y nosotros mismos llorábamos a causa de la calamidad común a todos nosotros, Anubión también, por simpatía, lloró con nosotros.
Hom. 20, 18
Entonces Pedro nos prometió devolver la figura de nuestro padre, y le dijo: «Fausto, has oído cómo están las cosas entre nosotros. Cuando, pues, la figura engañosa que te reviste nos haya sido útil, y nos hayas asistido en hacer lo que te diré, entonces te devolveré tu verdadera forma, cuando primero hayas cumplido mis mandatos.» Y cuando mi padre dijo: «Haré todo lo que esté en mi poder con la mayor buena voluntad; sólo devuelve a los míos mi propia forma;» Pedro respondió: «Tú mismo oíste con tus propios oídos cómo los que me precedieron volvieron de Antioquía, y dijeron que Simón había estado allí, y había excitado fuertemente a las multitudes contra mí llamándome mago y asesino, engañador y prestidigitador, hasta tal punto que todo el pueblo de allí estaba ansioso por probar mi carne. Harás, pues, lo que te digo. Dejarás a Clemente conmigo, e irás delante de nosotros a Antioquía con tu mujer y tus hijos Faustino y Faustiniano. Y te acompañarán algunos otros a quienes juzgo capaces de ayudar a mi designio.»
Hom. 20, 19
«Cuando estés con estos en Antioquía, mientras pareces Simón, proclama públicamente tu arrepentimiento, diciendo: 'Yo, Simón, os proclamo esto: confieso que todas mis declaraciones respecto a Pedro son enteramente falsas; pues no es un engañador, ni un asesino, ni un prestidigitador; ni es verdadera ninguna de las cosas malas que yo, impulsado por la ira, dije antes respecto a él. Yo mismo, pues, os ruego, yo que he sido la causa de vuestro odio hacia él, que ceséis de odiarlo; pues él es el verdadero apóstol del verdadero Profeta que fue enviado por Dios para la salvación del mundo. Por lo cual también os aconsejo que creáis lo que él predica; pues si no lo hacéis, toda vuestra ciudad será enteramente destruida. Ahora deseo que sepáis por qué razón os he hecho esta confesión. Esta noche los ángeles de Dios me azotaron a mí, el impío, terriblemente, por ser enemigo del heraldo de la verdad. Os suplico, pues, que no me escuchéis, ni siquiera si yo mismo viniera en otro tiempo e intentara decir algo contra Pedro. Pues os confieso que soy mago, soy engañador, soy prestidigitador. Sin embargo, tal vez me sea posible por el arrepentimiento borrar los pecados que antes cometí.'»
Hom. 20, 20
Cuando Pedro sugirió esto, mi padre dijo: «Sé lo que quieres; por tanto, no te tomes molestia. Pues ciertamente tendré buen cuidado, cuando llegue a ese lugar, de hacer respecto a ti las declaraciones que debo hacer.» Y Pedro sugirió de nuevo: «Cuando, pues, percibas que la ciudad cambia su odio hacia mí, y anhela verme, envíame información de ello, y vendré a ti inmediatamente. Y cuando llegue allí, ese mismo día quitaré la extraña figura que ahora te reviste, y haré la tuya propia visible sin equivocación a los tuyos y a todos los demás.» Diciendo esto, hizo que sus hijos, mis hermanos, y nuestra madre Matidia fueran con él; y también ordenó a algunos de sus conocidos más íntimos que lo acompañaran. Pero mi madre no quería ir con él, y dijo: «Parezco una adúltera si me asocio con la figura de Simón; pero si se me obliga a ir con él, ¡me es imposible reclinarme en el mismo lecho con él! Pero no sé si me persuadirán a ir con él.» Y mientras ella se resistía mucho a ir, Anubión la instó, diciendo: «Créeme a mí y a Pedro, y a la voz misma: este es Fausto, tu marido, a quien yo amo no menos que tú. Y yo mismo iré con él.» Cuando Anubión dijo esto, nuestra madre prometió ir con él.
Hom. 20, 21
Pero Pedro dijo: «Dios dispone nuestros asuntos de la manera más satisfactoria; pues tenemos con nosotros a Anubión el astró logo. Pues cuando lleguemos a Antioquía, él disertará en adelante sobre la génesis, dándonos sus genuinas opiniones como amigo.» Ahora bien, cuando después de medianoche nuestro padre se apresuró con los que Pedro había ordenado que fueran con él y con Anubión hacia Antioquía, que estaba cerca, temprano al día siguiente, antes de que Pedro saliera a disertar, Apión y Atenodoro, que habían escoltado a Simón, volvieron a Laodicea en busca de nuestro padre. Pero Pedro, al saberlo, los instó a entrar. Y cuando entraron y se sentaron, y dijeron: «¿Dónde está Fausto?» Pedro respondió: «No lo sabemos; pues desde la tarde, cuando fue a vosotros, sus parientes no lo han visto. Pero ayer por la mañana Simón vino en su busca; y cuando no le respondimos, algo pareció sobrevenirle, pues se llamó a sí mismo Fausto; pero no siendo creído, lloró y se lamentó, y amenazó con matarse, y luego salió precipitadamente en dirección al mar.»
Hom. 20, 22
Cuando Apión y los que estaban con él oyeron esto, aullaron y se lamentaron, diciendo: «¿Por qué no lo recibisteis?» Y cuando al mismo tiempo Atenodoro quería decirme: «Era Fausto, tu padre;» Apión se le anticipó, y dijo: «Supimos por alguien que Simón, hallándolo, le instó a ir con él, rogándoselo el propio Fausto, pues no quería ver a sus hijos después de que se habían hecho judíos. Y al oír esto, vinimos, por su causa, en su busca. Pero puesto que no está aquí, es evidente que dijo la verdad quien nos dio la información que nosotros, oyéndola de él, os hemos dado.» Y yo, Clemente, percibiendo el designio de Pedro, que quería engendrar en ellos la sospecha de que pretendía buscar entre ellos al anciano, para que tuvieran miedo y huyeran, asistí a su designio, y dije a Apión: «Escúchame, mi queridísimo Apión. Estábamos deseosos de darle, por ser nuestro padre, lo que nosotros mismos juzgábamos bueno. Pero si él mismo no quiso recibirlo, sino que, por el contrario, huyó de nosotros horrorizado, haré una observación algo dura: 'Ni nos importa él.'» Y cuando dije esto, se fueron, como irritados por mi aspereza; y, como supimos al día siguiente, fueron a Judea tras la pista de Simón.
Hom. 20, 23
Ahora bien, cuando habían pasado diez días, vino uno de los nuestros de parte de nuestro padre para anunciarnos cómo nuestro padre se había presentado públicamente en la figura de Simón, acusándolo; y cómo, alabando a Pedro, había hecho que toda la ciudad de Antioquía lo anhelara: y a consecuencia de esto, todos decían que estaban ansiosos por verlo, y que había algunos que estaban enojados con él por ser Simón, a causa de su extraordinario afecto por Pedro, y querían echar mano a Fausto, creyendo que era Simón. Por lo cual él, temiendo ser condenado a muerte, había enviado a rogar a Pedro que viniera inmediatamente si quería encontrarlo vivo, y que se presentara en el momento oportuno a la ciudad, cuando esta estuviera en la cumbre de su anhelo por él. Pedro, oyendo esto, convocó a la multitud para deliberar, y nombró obispo a uno de sus acompañantes; y habiendo permanecido tres días en Laodicea bautizando y curando, se apresuró hacia la vecina ciudad de Antioquía. Amén.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Eusebio, en el siglo IV, ya había descartado estos escritos como falsamente atribuidos a Clemente (Historia eclesiástica III, 38), y la crítica moderna sigue sin poder decir quién los escribió, cuándo ni dónde: Smith recoge que se les han asignado fechas de los siglos I a IV y sedes que van de Roma al Asia Menor y a la Siria oriental. Epifanio da noticia de que los ebionitas los usaban hacia el 360 (Wikipedia). En el siglo XIX la escuela de Tubinga los puso en el centro de su reconstrucción del cristianismo primitivo: Riddle cuenta cómo Baur halló en ellos apoyo para su teoría sobre el origen del cristianismo histórico y cómo la discusión pasó de Neander (1818) a Hilgenfeld, Uhlhorn, Lehmann y Lipsius, sin cerrarse. De la recensión siria hay traducción inglesa de F. Stanley Jones (2014, según Wikipedia).
Lo que aquí se lee es la forma que llegó a Occidente: las Homilías, en el griego que el manuscrito de Roma completó en 1853, y los Reconocimientos, en el latín con que Rufino los puso en manos de Gaudencio.