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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 2. Su angustia
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Llegada de Bernabé a Roma
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10. Trato con Bernabé
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. Primera instrucción de Pedro: causas de la ignorancia
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 19. Satisfacción de Pedro
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 23. Continúa la repetición
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 25. Continúa la repetición
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
  23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
  24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
  29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
  30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
  31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
  32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
  36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
  37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
  38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
  39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
  40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
  43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
  44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
  45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
  46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
  47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
  48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
  51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
  52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
  53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
  54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
  55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
  56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
  57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
  58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
  59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
  60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
  61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
  62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
  63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
  64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
  65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
  69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
  76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
  77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
  83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
  84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
  85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
  91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
  92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
  93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
  94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
  95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
  96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
  97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
  98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
  99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
  100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
  101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
  102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
  103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
  104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
  105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
  106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
  107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
  108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
  109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
  110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
  111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
  112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
  113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
  114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
  115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
  116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
  117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
  118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
  119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
  120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
  121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
  122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
  123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
  124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
  125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
  126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
  127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
  128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
  129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
  130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
  131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
  132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
  133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
  134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
  135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
  136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
  137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
  138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
  139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
  140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
  141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
  142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
  143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
  144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
  145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
  146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
  147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
  148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
  149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
  150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
  151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
  152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
  153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
  154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
  155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
  156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
  157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
  158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
  159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
  160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
  161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
  162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
  163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
  164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
  165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
  166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
  167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
  168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
  169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
  170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
  171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
  172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
  173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
  174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
  175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
  176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
  177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
  178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
  179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
  180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
  181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
  182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
  183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
  184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
  185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
  186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
  187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
  188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
  189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
  190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
  191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
  192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
  193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
  194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
  195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
  196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
  197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
  198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
  199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
  200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
  201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
  202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
  203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
  204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
  205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
  206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
  207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
  208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
  209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
  210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
  211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
  212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
  213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
  214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
  215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

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    TEXTOS — PSEUDO-CLEMENTE

    Índice de la obra

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    Reconocimientos y Homilías clementinas

    Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers41 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 27 · Capítulo 25. Continúa la repeticiónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-CLEM-02

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minReconocimientos: prefacio de Rufino
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    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 29. Los gigantes: el diluvio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 34. Los israelitas en Egipto
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 38. Pecados de los israelitas
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 44. Desafío de Caifás
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 49. Las dos venidas de Cristo
    15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 54. Sectas judías
    16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 62. La necedad de la predicación
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 68. La regla de fe
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 72. Pedro enviado a Cesarea
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 3. Necesidad de cautela
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Simón Mago: su historia
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 13. Simón Mago: el secreto de su magia
    23. Sesión 23 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 17. Los hombres, enemigos de Dios
    24. Sesión 24 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 21. La justicia, camino hacia el reino
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 22. La justicia; qué es
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 26. Interrupción de Simón
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 31. Paz y guerra
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 36. Altercado
    29. Sesión 29 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 40. Respuesta de Pedro
    30. Sesión 30 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. El politeísmo inexcusable
    31. Sesión 31 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 51. El sexto sentido
    32. Sesión 32 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 55. Las objeciones de Simón vueltas contra sí mismo
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 57. La inconsistencia de Simón
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 61. La imaginación
    35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 66. Existencia y concepción
    36. Sesión 36 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 72. El remedio
    37. Sesión 37 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. La arrogancia de Simón
    38. Sesión 38 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 20. Principios comunes
    39. Sesión 39 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 25. \[«¿Quién ha resistido a su voluntad?» \]
    40. Sesión 40 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
    41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 31. Diligencia en el estudio
    42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 36. Auto-evidencia de la verdad
    43. Sesión 43 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 40. Probado por la prosperidad de los malvados en esta vida
    44. Sesión 44 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 44. ¿La vista o el oído?
    45. Sesión 45 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 50. Bendición de Pedro
    46. Sesión 46 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 55. Los diez mandamientos corresponden a las plagas de Egipto
    47. Sesión 47 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 60. Inutilidad de los milagros fingidos
    48. Sesión 48 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 64. Declaración de la maldad de Simón
    49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 66. Zaqueo es hecho obispo de Cesarea; se ordenan presbíteros y diáconos
    50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 71. Pedro prepara a los de Cesarea para su partida
    51. Sesión 51 · Parte 7 · ≈ 7 minReconocimientos, libro IV
    52. Sesión 52 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 6. Una congregación
    53. Sesión 53 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 13. Origen de la idolatría
    54. Sesión 54 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19. Los demonios incitan a la idolatría
    55. Sesión 55 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 25. Los seres malos se convierten en bien
    56. Sesión 56 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 31. La idolatría condujo a toda inmoralidad
    57. Sesión 57 · Parte 7 · ≈ 2 minCapítulo 36. Las vestiduras sin mancha
    58. Sesión 58 · Parte 8 · ≈ 7 minReconocimientos, libro V
    59. Sesión 59 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los deseos de la carne han de ser sometidos
    60. Sesión 60 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 13. Invitación a los gentiles
    61. Sesión 61 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 18. Su primera sugestión
    62. Sesión 62 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 23. Tercera sugestión
    63. Sesión 63 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 27. Las criaturas toman venganza de los pecadores
    64. Sesión 64 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 31. El paganismo y sus enormidades
    65. Sesión 65 · Parte 8 · ≈ 2 minCapítulo 36. Conclusión del discurso
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 7 minReconocimientos, libro VI
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 6. A Dios hay que amarlo más que a los padres
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 10. Necesidad de las buenas obras
    69. Sesión 69 · Parte 9 · ≈ 2 minCapítulo 15. Ordenación de obispos, presbíteros, diáconos y viudas en Trípolis
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 6 minReconocimientos, libro VII
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 7. Humildad de Pedro
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 13. La mendiga
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 19. Reflexiones de Pedro sobre la historia
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 25. Viajes
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«¿Quién puede prohibir el agua?» \]
    76. Sesión 76 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 36. La súplica de los hijos
    77. Sesión 77 · Parte 10 · ≈ 3 minCapítulo 2. Génesis
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 4. Planteamiento de la cuestión
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 8. Los instintos
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 13. Es necesario un Creador
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 18. El concurso de los átomos no pudo hacer el mundo
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 23. La providencia en las cosas terrenales
    83. Sesión 83 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 27. El poder del agua
    84. Sesión 84 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 32. Generación
    85. Sesión 85 · Parte 11 · ≈ 3 minCapítulo 36. Disposiciones para mañana
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 39. Recapitulación del argumento de ayer
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 43. Cosas aparentemente inútiles y viles hechas por Dios
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 47. Castigos sobre justos e impíos
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 52. \[«No hay rosa sin espina.» \]
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 56. Origen del mal
    91. Sesión 91 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 60. Sus revelaciones no deben ser cuestionadas
    92. Sesión 92 · Parte 13 · ≈ 6 minReconocimientos, libro IX
    93. Sesión 93 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 6. Disposiciones del mundo para el ejercicio de la virtud
    94. Sesión 94 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 10. Estopa embadurnada de betún
    95. Sesión 95 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 14. El conocimiento amortigua las concupiscencias
    96. Sesión 96 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 19. Refutación de la astrología
    97. Sesión 97 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 25. No la génesis, sino el libre albedrío
    98. Sesión 98 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 30. \[«La génesis»\] es incompatible con la justicia de Dios
    99. Sesión 99 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 35. Revelaciones
    100. Sesión 100 · Parte 14 · ≈ 6 minReconocimientos, libro X
    101. Sesión 101 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 5. El bien y el mal
    102. Sesión 102 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 10. Cómo progresar
    103. Sesión 103 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 14. Ningún hombre tiene conocimiento universal
    104. Sesión 104 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 19. Sus destinos
    105. Sesión 105 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 23. ¿Por qué un dios?
    106. Sesión 106 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 29. Alegorías
    107. Sesión 107 · Parte 14 · ≈ 3 minCapítulo 34. Otras alegorías
    108. Sesión 108 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 36. Las alegorías, una ocurrencia tardía
    109. Sesión 109 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 42. Interpretación de la Escritura
    110. Sesión 110 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 48. Errores de los filósofos
    111. Sesión 111 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 53. Una transformación
    112. Sesión 112 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 59. Una escena de duelo
    113. Sesión 113 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 64. Una competencia en mentir
    114. Sesión 114 · Parte 15 · ≈ 4 minCapítulo 69. Acción de gracias de Pedro
    115. Sesión 115 · Parte 16 · ≈ 9 minEpístolas introductorias
    116. Sesión 116 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. La adjuración aceptada
    117. Sesión 117 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una encomienda
    118. Sesión 118 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XI. Dudas que deben ser satisfechas
    119. Sesión 119 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. «Como un pagano y un publicano.»
    120. Sesión 120 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo V. Una resolución
    121. Sesión 121 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo IX. Predicación de Bernabé
    122. Sesión 122 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Clemente instruido por Bernabé
    123. Sesión 123 · Parte 16 · ≈ 5 minCapítulo XIX. El verdadero Profeta
    124. Sesión 124 · Parte 17 · ≈ 6 minHomilía 2
    125. Sesión 125 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo VIII. La prueba de la verdad
    126. Sesión 126 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Los caminos del hombre son opuestos a los de Dios
    127. Sesión 127 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Simón, discípulo del Bautista
    128. Sesión 128 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXIX. Inmortalidad del alma
    129. Sesión 129 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XXXV. La discusión se aplaza
    130. Sesión 130 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo XLII. Las rectas nociones de Dios son esenciales para la santidad
    131. Sesión 131 · Parte 17 · ≈ 3 minCapítulo L. Una respuesta satisfactoria
    132. Sesión 132 · Parte 18 · ≈ 6 minHomilía 3
    133. Sesión 133 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Artimañas del diablo
    134. Sesión 134 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XVI. Doctrina de la conjunción
    135. Sesión 135 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. Dos clases de profecía
    136. Sesión 136 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Salutación apostólica
    137. Sesión 137 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XXXVII. «A quien conocer es vida eterna.»
    138. Sesión 138 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo XLIII. La presciencia de Dios
    139. Sesión 139 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LI. Su enseñanza acerca de la ley
    140. Sesión 140 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo LX. Ha de nombrarse un sucesor
    141. Sesión 141 · Parte 18 · ≈ 5 minCapítulo LXVIII. «El matrimonio siempre honorable.»
    142. Sesión 142 · Parte 19 · ≈ 6 minHomilía 4
    143. Sesión 143 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Un desafío
    144. Sesión 144 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVI. La maldad de Júpiter
    145. Sesión 145 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XXIII. «¿A dónde iré de tu presencia?»
    146. Sesión 146 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo IV. La empresa de Apión
    147. Sesión 147 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XI. «Toda inmundicia con avidez.»
    148. Sesión 148 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Los filósofos, defensores del adulterio
    149. Sesión 149 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo XXV. Mejor casarse que abrasarse
    150. Sesión 150 · Parte 20 · ≈ 6 minHomilía 6
    151. Sesión 151 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo V. Explicación de Crono y Rea
    152. Sesión 152 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Epítome de la explicación de Apión
    153. Sesión 153 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Ninguna de estas alegorías es coherente
    154. Sesión 154 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XXVI. Pedro llega desde Cesarea
    155. Sesión 155 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro en Sidón
    156. Sesión 156 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XII. Pedro va a Biblos y Trípolis
    157. Sesión 157 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo VII. Moisés y Cristo
    158. Sesión 158 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo XIII. La caída de los ángeles
    159. Sesión 159 · Parte 20 · ≈ 5 minCapítulo XX. Cautivos voluntarios
    160. Sesión 160 · Parte 21 · ≈ 6 minHomilía 9
    161. Sesión 161 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IX. Cómo los demonios adquieren poder sobre los hombres
    162. Sesión 162 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XV. Prueba de los ídolos
    163. Sesión 163 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XXI. Los demonios sometidos al creyente
    164. Sesión 164 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo IV. Fe y deber
    165. Sesión 165 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo X. La idolatría, engaño de la serpiente
    166. Sesión 166 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Respuesta a los egipcios
    167. Sesión 167 · Parte 21 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Los siervos se convierten en amos
    168. Sesión 168 · Parte 22 · ≈ 6 minHomilía 11
    169. Sesión 169 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Libertad y necesidad
    170. Sesión 170 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Se responden los argumentos en favor de la idolatría
    171. Sesión 171 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. Encantamiento de la serpiente
    172. Sesión 172 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Las buenas obras deben hacerse bien
    173. Sesión 173 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo XXXII. «A quien mucho se le da.»
    174. Sesión 174 · Parte 23 · ≈ 6 minHomilía 12
    175. Sesión 175 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. «No ser servido, sino servir.»
    176. Sesión 176 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIII. Una mujer de espíritu apenado
    177. Sesión 177 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Evasiones
    178. Sesión 178 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXV. Filantropía y amistad
    179. Sesión 179 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XXX. Es necesario que vengan los escándalos
    180. Sesión 180 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo II. Pedro cuenta a Nicetas y a Áquila la historia de Clemente y de su familia
    181. Sesión 181 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo VII. Nicetas cuenta lo que le sucedió
    182. Sesión 182 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo XII. La dificultad resuelta
    183. Sesión 183 · Parte 23 · ≈ 3 minCapítulo XIX. Fin del discurso de Pedro
    184. Sesión 184 · Parte 24 · ≈ 7 minHomilía 14
    185. Sesión 185 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VI. El anciano opone su experiencia personal al argumento de Pedro
    186. Sesión 186 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XI. Discusión sobre la génesis
    187. Sesión 187 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo V. Diferencia entre la religión verdadera y la filosofía
    188. Sesión 188 · Parte 24 · ≈ 7 minCapítulo IX. Las posesiones son transgresiones
    189. Sesión 189 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo IV. Las prevenciones de Fausto están más bien del lado de Simón que del de Pedro
    190. Sesión 190 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo VIII. Simón y Pedro continúan la discusión
    191. Sesión 191 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo XIV. Otros seres llamados dioses
    192. Sesión 192 · Parte 24 · ≈ 3 minCapítulo XX. El carácter de Dios
    193. Sesión 193 · Parte 25 · ≈ 6 minHomilía 17
    194. Sesión 194 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. Pedro sale a responder a Simón
    195. Sesión 195 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo IX. Dios, centro o corazón del universo
    196. Sesión 196 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XIV. La evidencia de los sentidos más digna de confianza que la de la visión sobrenatural
    197. Sesión 197 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XVIII. La naturaleza de la revelación
    198. Sesión 198 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo II. Definición de la bondad y de la justicia
    199. Sesión 199 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo VI. La naturaleza de la revelación
    200. Sesión 200 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo XI. Simón declara expresar sus verdaderos sentimientos
    201. Sesión 201 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo XVI. Estas cosas ocultadas justamente a los sabios
    202. Sesión 202 · Parte 25 · ≈ 2 minCapítulo XXIII. Simón se retira
    203. Sesión 203 · Parte 26 · ≈ 6 minHomilía 19
    204. Sesión 204 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo VI. Pedro acusa a Simón de ser peor que el diablo
    205. Sesión 205 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XI. La aplicación de los atributos del hombre a Dios
    206. Sesión 206 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XV. El pecado, causa del mal
    207. Sesión 207 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XIX. Algunas acciones realmente malvadas
    208. Sesión 208 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo XXII. Pecados de ignorancia
    209. Sesión 209 · Parte 26 · ≈ 2 minCapítulo XXV. Simón se retira; Sofonías pide a Pedro que exponga sus verdaderas opiniones acerca del mal
    210. Sesión 210 · Parte 27 · ≈ 6 minHomilía 20
    211. Sesión 211 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo V. Sofonías sostiene que Dios no puede producir lo que es desemejante de sí mismo
    212. Sesión 212 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo VIII. El origen del Bueno es distinto del origen del Maligno
    213. Sesión 213 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XII. Fausto se aparece a sus amigos con el rostro de Simón
    214. Sesión 214 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo XVII. Los servicios de Anubión a Fausto
    215. Sesión 215 · Parte 27 · ≈ 4 minCapítulo XXII. Apión y Atenodoro vuelven a Simón

    Capítulo 25. Continúa la repetición

    Rec. I, 25

    Mientras yo seguía así, Pedro, arrebatado de gozo y solícito por mí como si yo fuera hijo suyo, no sea que acaso flaqueara en el recuerdo de lo restante y quedara en vergüenza a causa de los presentes, dijo: [«Basta, oh Clemente; pues has expuesto estas cosas más claramente de lo que yo mismo las expliqué.»] Entonces dije yo: [«Los estudios liberales me han otorgado el poder de narrar ordenadamente y de exponer con claridad aquellas cosas para las que hay ocasión. Y si usamos el saber para afirmar los errores de la antigüedad, nos arruinamos por la gracia y la fluidez de la palabra; pero si aplicamos el saber y la gracia de la palabra a la afirmación de la verdad, creo que con ello se gana no poca ventaja. Sea como fuere, señor mío Pedro, bien puedes imaginar con cuánta gratitud estoy arrebatado por toda tu instrucción, ciertamente, pero en especial por la exposición de aquella doctrina que diste: Hay un solo Dios, cuya obra es el mundo, y que, porque es justo en todo respecto, dará a cada uno según sus obras. Y después añadiste: Para la afirmación de este dogma se aducirán incontables millares de palabras; pero en aquellos a quienes se concede el conocimiento del verdadero Profeta, todo este bosque de palabras queda talado. Y por esto, puesto que me has entregado un discurso acerca del verdadero Profeta, me has fortalecido con toda la confianza de tus afirmaciones.»] Y entonces, habiendo percibido que la suma de toda religión y piedad consiste en esto, respondí al punto: [«Has procedido de manera excelentísima, oh Pedro; por lo cual, en adelante, expón sin vacilar, como a quien ya conoce cuáles son los fundamentos de la fe y de la piedad, las tradiciones del verdadero Profeta, el único en quien, como ha quedado claramente probado, ha de creerse. Pero aquella exposición que requiere afirmaciones y argumentos, resérvala para los incrédulos, a quienes aún no has juzgado conveniente confiar la fe indubitable de la gracia profética.»] Cuando hube dicho esto, añadí: [«Prometiste que darías a su debido tiempo dos cosas: primero esta exposición, a la vez sencilla y enteramente libre de error; y luego una exposición de cada punto particular según pueda irse desarrollando en el curso de las diversas cuestiones que se susciten. Y después de esto expusiste la secuencia de las cosas en orden desde el principio del mundo hasta el tiempo presente; y si te place, puedo repetir el todo de memoria.»]

    Capítulo 26. Cómo se asegura la amistad de Dios

    Rec. I, 26

    A esto respondió Pedro: Me deleito en gran manera, oh Clemente, de confiar mis palabras a un corazón tan seguro; pues tener presentes las cosas que se dicen es indicio de tener dispuesta la fe de las obras. Pero aquel a quien el demonio maligno roba las palabras de salvación y se las arrebata de la memoria no puede salvarse, aunque lo desee; pues pierde el camino por el cual se alcanza la vida. Por lo cual, repitamos más bien lo ya hablado y confirmémoslo en tu corazón, es decir, de qué manera y por quién fue hecho el mundo, para que podamos avanzar hacia la amistad del Creador. Pero su amistad se asegura viviendo bien y obedeciendo su voluntad; la cual voluntad es la ley de todo lo que vive. Por tanto, te desplegaremos brevemente estas cosas, para que sean recordadas con mayor seguridad.

    Capítulo 27. Relato de la creación

    Rec. I, 27

    [«En el principio, cuando Dios hubo hecho el cielo y la tierra, Génesis 1:1] como una sola casa, la sombra que proyectaban los cuerpos mundanos envolvió en tinieblas las cosas que estaban encerradas en ella. Pero cuando la voluntad de Dios hubo introducido la luz, aquella tiniebla que había sido causada por las sombras de los cuerpos se disipó al instante: entonces, por fin, la luz es asignada para el día, las tinieblas para la noche. Y ahora el agua que estaba dentro del mundo, en el espacio medio de aquel primer cielo y tierra, helada como con escarcha y sólida como cristal, se extiende, y los espacios medios del cielo y de la tierra quedan separados como por un firmamento de esta clase; y a ese firmamento el Creador llamó cielo, llamado así por el nombre del anteriormente hecho: y así dividió en dos porciones aquella fábrica del universo, aunque no era sino una sola casa. La razón de la división fue esta: que la porción superior ofreciera morada a los ángeles, y la inferior a los hombres. Después de esto, el lugar del mar y el caos que había sido hecho recibieron la porción del agua que quedaba abajo, por orden de la Voluntad eterna; y estas, fluyendo hacia los lugares hundidos y cóncavos, apareció la tierra seca; y las reuniones de las aguas se hicieron mares. Y después de esto, la tierra, que había aparecido, produjo diversas especies de hierbas y arbustos. Dio también fuentes y ríos, no solo en las llanuras, sino en los montes. Y así todas las cosas fueron preparadas, para que los hombres que habían de habitar en ella tuvieran en su poder usar de todas estas cosas según su voluntad, esto es, para bien o para mal.» ]

    Capítulo 28. Continúa el relato de la creación

    Rec. I, 28

    [«Después de esto, adorna aquel cielo visible con estrellas. Pone en él también el sol y la luna, para que el día goce de la luz de uno y la noche de la del otro; y para que al mismo tiempo sean indicación de las cosas pasadas, presentes y futuras. Pues fueron hechos como señales de las estaciones y de los días, las cuales, aunque ciertamente son vistas por todos, solo son entendidas por los sabios e inteligentes. Y cuando, después de esto, hubo ordenado que los seres vivos fueran producidos de la tierra y de las aguas, hizo el Paraíso, al cual llamó también lugar de delicias. Pero después de todas estas cosas hizo al hombre, por cuya causa había preparado todas las cosas, cuya especie interna es más antigua, y por cuyo bien fueron hechas todas las cosas que existen, entregadas a su servicio y asignadas a los usos de su habitación.»]

    Capítulo 29. Los gigantes: el diluvio

    Rec. I, 29

    [«Completadas, pues, todas las cosas que hay en el cielo, en la tierra y en las aguas, y habiéndose multiplicado también el género humano, en la octava generación, hombres justos que habían vivido vida de ángeles, seducidos por la hermosura de las mujeres, cayeron en uniones promiscuas e ilícitas con ellas; y desde entonces, obrando en todo sin discernimiento y desordenadamente, cambiaron el estado de las cosas humanas y el orden de vida prescrito por Dios, de modo que, ya por persuasión, ya por fuerza, obligaron a todos los hombres a pecar contra Dios su Creador. En la novena generación nacen los gigantes, así llamados desde antiguo, no de pies de dragón, como cuentan las fábulas de los griegos, sino hombres de cuerpos inmensos, cuyos huesos, de enorme tamaño, se muestran todavía en algunos lugares como confirmación. Pero contra estos, la justa providencia de Dios trajo un diluvio sobre el mundo, para que la tierra fuera purificada de su contaminación y todo lugar se convirtiera en mar por la destrucción de los malvados. Sin embargo, se halló entonces un hombre justo, de nombre Noé, quien, librado en un arca con sus tres hijos y sus mujeres, vino a ser el colonizador del mundo tras la retirada de las aguas, con los animales y semillas que había encerrado consigo.»]

    Capítulo 30. Los hijos de Noé

    Rec. I, 30

    [«En la duodécima generación, cuando Dios había bendecido a los hombres, y habían comenzado a multiplicarse, Génesis 9:1] recibieron el mandamiento de que no gustaran sangre, pues por causa de esto también había sido enviado el diluvio. En la decimotercera generación, cuando el segundo de los tres hijos de Noé hizo una injuria a su padre y fue maldecido por él, trajo la condición de esclavitud sobre su posteridad. Su hermano mayor obtuvo entretanto la suerte de una morada en la región media del mundo, en la cual está el país de Judea; el menor obtuvo la parte oriental, y aquel la occidental. En la decimocuarta generación, uno de la progenie maldita erigió por primera vez un altar a los demonios, con fines de artes mágicas, y ofreció allí sacrificios sangrientos. En la decimoquinta generación, por primera vez, los hombres levantaron un ídolo y lo adoraron. Hasta aquel tiempo la lengua hebrea, que había sido dada por Dios a los hombres, tenía el dominio exclusivo. En la decimosexta generación, los hijos de los hombres emigraron del oriente y, llegando a las tierras que habían sido asignadas a sus padres, cada uno marcó con su propio nombre el lugar de su heredad. En la decimoséptima generación, Nemrod I reinó en Babilonia, edificó una ciudad y de allí emigró a los persas, y les enseñó a adorar el fuego.»

    Capítulo 31. El mundo después del diluvio

    Rec. I, 31

    [«En la decimoctava generación se construyeron ciudades amuralladas, se organizaron y armaron ejércitos, se sancionaron jueces y leyes, se edificaron templos, y los príncipes de las naciones fueron adorados como dioses. En la decimonovena generación, los descendientes de aquel que había sido maldecido después del diluvio, traspasando los límites propios que habían obtenido por suerte en las regiones occidentales, expulsaron hacia las tierras orientales a los que habían obtenido la porción media del mundo, y los persiguieron hasta Persia, mientras ellos tomaban violentamente posesión del país del cual los expulsaban. En la vigésima generación, por primera vez un hijo murió antes que su padre, Génesis 11:28] a causa de un crimen incestuoso.»

    Capítulo 32. Abraham

    Rec. I, 32

    En la vigésima primera generación hubo cierto varón sabio, de la raza de los expulsados, de la familia del hijo mayor de Noé, por nombre Abraham, del cual desciende nuestra nación hebrea. Cuando todo el mundo estaba de nuevo cubierto de errores, y cuando por la enormidad de sus crímenes la destrucción estaba dispuesta para él, esta vez no por agua, sino por fuego, y cuando ya el azote pendía sobre toda la tierra, comenzando por Sodoma, este hombre, por razón de su amistad con Dios, que se complacía en él, obtuvo de Dios que el mundo entero no pereciera igualmente. Desde el principio, este mismo hombre, siendo astrólogo, pudo, por la cuenta y el orden de las estrellas, reconocer al Creador, mientras todos los demás estaban en error, y entendió que todas las cosas son regidas por su providencia. Por lo cual también un ángel, presentándose ante él en visión, lo instruyó más plenamente acerca de aquellas cosas que comenzaba a percibir. Le mostró también lo que pertenecía a su raza y posteridad, y le prometió que aquellas regiones serían más bien restauradas que dadas a ellos.

    Capítulo 33. Abraham: su posteridad

    Rec. I, 33

    [«Por tanto, Abraham, cuando deseaba aprender las causas de las cosas y meditaba intensamente sobre lo que se le había dicho, se le apareció el verdadero Profeta, que es el único que conoce los corazones y los propósitos de los hombres, y le reveló todas las cosas que deseaba. Le enseñó el conocimiento de la Divinidad; le dio a entender el origen del mundo y asimismo su fin; le mostró la inmortalidad del alma y el modo de vida que agrada a Dios; le declaró también la resurrección de los muertos, el juicio futuro, el premio de los buenos y el castigo de los malos, todo lo cual ha de ser regulado por un juicio justo; y habiéndole dado toda esta información clara y suficientemente, se retiró de nuevo a las moradas invisibles. Pero mientras Abraham estaba aún en la ignorancia, como os dijimos antes, le nacieron dos hijos, de los cuales uno fue llamado Ismael y el otro Heliesdro. Del uno descienden las naciones bárbaras; del otro, el pueblo de los persas, algunos de los cuales han adoptado la manera de vivir y las instituciones de sus vecinos, los brahmanes. Otros se establecieron en Arabia, de cuya posteridad algunos también se extendieron por Egipto. De ellos aprendieron algunos de los indios y de los egipcios a circuncidarse y a guardar una observancia más pura que los demás, aunque con el transcurso del tiempo la mayor parte de ellos convirtió en impiedad lo que era prueba y señal de pureza.»]

    Capítulo 34. Los israelitas en Egipto

    Rec. I, 34

    No obstante, como había tenido estos dos hijos durante el tiempo en que aún vivía en la ignorancia de las cosas, habiendo recibido el conocimiento de Dios, pidió al Justo que mereciera tener descendencia por Sara, que era su legítima esposa, aunque era estéril. Ella obtuvo un hijo, al que llamó Isaac, del cual vino Jacob, y de este los doce patriarcas, y de estos doce, setenta y dos. Estos, cuando sobrevino el hambre, entraron en Egipto con toda su familia; y en el transcurso de cuatrocientos años, multiplicados por la bendición y la promesa de Dios, fueron afligidos por los egipcios. Y cuando fueron afligidos, el verdadero Profeta se apareció a Moisés [Éxodo iii] y golpeó a los egipcios con diez plagas, cuando estos se negaron a dejar salir al pueblo hebreo de entre ellos y volver a su tierra natal; y sacó de Egipto al pueblo de Dios. Pero los egipcios que sobrevivieron a las plagas, contagiados de la animosidad de su rey, persiguieron a los hebreos. Y cuando los alcanzaron a la orilla del mar, y pensaron destruirlos y exterminarlos a todos, Moisés, derramando oración a Dios, dividió el mar en dos partes, de modo que el agua quedó detenida a la derecha y a la izquierda como si estuviera congelada, y el pueblo de Dios pasó como por un camino seco; pero los egipcios que los perseguían, entrando temerariamente, se ahogaron. Pues cuando salió el último de los hebreos, el último de los egipcios bajó al mar; y al instante las aguas del mar, que por su mandato estaban retenidas como con hielo, fueron sueltas por el mandato del que las había atado, y recobrando su libertad natural, infligieron castigo a la nación inicua.

    Capítulo 35. El éxodo

    Rec. I, 35

    [«Después de esto, Moisés, por mandato de Dios, cuya providencia está sobre todas las cosas, sacó al pueblo de los hebreos al desierto; y, dejando el camino más corto que conduce de Egipto a Judea, condujo al pueblo por largos rodeos del desierto, para que, con la disciplina de cuarenta años, la novedad de un modo de vida cambiado pudiera arrancar los males que se les habían pegado por una larga familiaridad con las costumbres de los egipcios. Entretanto llegaron al monte Sinaí, y desde allí se les dio la ley con voces y visiones del cielo, escrita en diez preceptos, de los cuales el primero y más grande era que adoraran solo a Dios mismo y no se hicieran apariencia o forma alguna para adorar. Pero cuando Moisés subió al monte y estuvo allí cuarenta días, el pueblo, aunque había visto a Egipto golpeado con las diez plagas, y el mar partido y atravesado por ellos a pie, y el maná que les había sido dado del cielo como pan, y la bebida que les fue suministrada de la roca que los seguía, 1 Corintios 10:4] alimento este que se convertía en cualquier sabor que uno deseaba; y aunque, colocados bajo la región tórrida del cielo, eran sombreados de día por una nube, para no ser abrasados por el calor, y de noche eran iluminados por una columna de fuego, para que el horror de las tinieblas no se añadiera a la desolación del desierto; —aquel mismo pueblo, digo, cuando Moisés permaneció en el monte, hizo y adoró una cabeza de becerro de oro, a la manera de Apis, a quien habían visto adorar en Egipto; y después de tantos y tan grandes prodigios que habían visto, no pudieron limpiar y lavar de sí mismos las impurezas de la antigua costumbre. Por esta causa, dejando el camino corto que conduce de Egipto a Judea, Moisés los condujo por un inmenso circuito del desierto, por si acaso pudiera, como mencionamos antes, sacudir los males de la antigua costumbre con el cambio de una nueva educación.»

    Capítulo 36. Permiso del sacrificio por un tiempo

    Rec. I, 36

    Entretanto, cuando Moisés, aquel fiel y sabio administrador, percibió que el vicio de sacrificar a los ídolos se había arraigado profundamente en el pueblo por su trato con los egipcios, y que la raíz de este mal no podía ser arrancada de ellos, les permitió ciertamente sacrificar, pero solo a Dios, para que de alguna manera pudiera cortar una mitad del mal profundamente arraigado, dejando la otra mitad para ser corregida por otro y en un tiempo futuro; por Aquel, a saber, de quien él mismo dijo: "Un profeta os levantará el Señor vuestro Dios, a quien oiréis como a mí mismo, conforme a todas las cosas que Él os dirá. Quien no oyere a ese profeta, su alma será cortada de su pueblo".

    Capítulo 37. El lugar santo

    Rec. I, 37

    [«Además de estas cosas, designó también un lugar en el cual únicamente les fuera lícito ofrecer sacrificios a Dios. Y todo esto fue dispuesto con esta mira: que cuando llegara el tiempo oportuno, y aprendieran por medio del Profeta que Dios quiere misericordia y no sacrificio, vieran a Aquel que debía enseñarles que el lugar escogido por Dios, en el cual era conveniente que se ofrecieran víctimas a Dios, es su Sabiduría; y que por otra parte oyeran que este lugar, que parecía escogido por un tiempo, a menudo hostigado como había sido por invasiones hostiles y saqueos, había de ser al fin totalmente destruido. Y para imprimir esto en ellos, aun antes de la venida del verdadero Profeta, que había de rechazar a la vez los sacrificios y el lugar, fue a menudo saqueado por enemigos y quemado con fuego, y el pueblo llevado cautivo entre naciones extranjeras, y luego traído de vuelta cuando se acogían a la misericordia de Dios; para que por estas cosas aprendieran que un pueblo que ofrece sacrificios es expulsado y entregado en manos del enemigo, pero los que hacen misericordia y justicia, sin sacrificios, son librados del cautiverio y restaurados a su tierra natal. Pero sucedió que muy pocos entendieron esto; pues el mayor número, aunque podía percibir y observar estas cosas, era retenido por la opinión irracional del vulgo: porque la recta opinión con libertad es privilegio de pocos.»]

    Capítulo 38. Pecados de los israelitas

    Rec. I, 38

    [«Moisés, pues, habiendo dispuesto estas cosas, y habiendo puesto sobre el pueblo a un tal Auses para llevarlos a la tierra de sus padres, él mismo, por mandato del Dios vivo, subió a cierto monte y allí murió. Empero tal fue la manera de su muerte, que hasta el día de hoy nadie ha hallado su sepultura. Cuando, pues, el pueblo llegó a la tierra de sus padres, por la providencia de Dios, en su primer embate las gentes de razas inicuas son derrotadas, y entran en la herencia paterna, que les fue distribuida por suerte. Por algún tiempo después no fueron gobernados por reyes, sino por jueces, y permanecieron en una condición bastante pacífica. Pero cuando buscaron para sí tiranos antes que reyes, entonces también, con ambición regia, erigieron un templo en el lugar que se les había señalado para la oración; y así, por una sucesión de reyes inicuos, el pueblo cayó en una impiedad cada vez mayor.»]

    Capítulo 39. El bautismo instituido en lugar de los sacrificios

    Rec. I, 39

    [«Pero cuando el tiempo comenzó a acercarse para que se supliera lo que faltaba en las instituciones mosaicas, como hemos dicho, y para que apareciera el Profeta, del cual había predicho que les advertiría por la misericordia de Dios que cesaran de sacrificar; no sea que acaso supusieran que, al cesar el sacrificio, no había remisión de pecados para ellos, instituyó entre ellos el bautismo por agua, en el cual pudieran ser absueltos de todos sus pecados por la invocación de su nombre, y para el futuro, siguiendo una vida perfecta, permanecieran en la inmortalidad, purificados no por la sangre de bestias, sino por la purificación de la Sabiduría de Dios. Posteriormente también se suministra una prueba evidente de este gran misterio en el hecho de que todo aquel que, creyendo en este Profeta que había sido predicho por Moisés, es bautizado en su nombre, será guardado ileso de la destrucción de la guerra que pende sobre la nación incrédula y sobre el lugar mismo; pero que los que no creen serán hechos exiliados de su lugar y reino, para que aun contra su voluntad entiendan y obedezcan la voluntad de Dios.»]

    Capítulo 40. Venida del verdadero Profeta

    Rec. I, 40

    [«Estas cosas, pues, habiendo sido preordenadas, viene Aquel que era esperado, trayendo señales y milagros como sus credenciales por las cuales debía ser manifestado. Pero ni aun así creyó el pueblo, aunque habían sido entrenados durante tantas edades para creer estas cosas. Y no solo no creyeron, sino que añadieron blasfemia a la incredulidad, diciendo que era hombre glotón y esclavo de su vientre, y que estaba movido por un demonio, Aquel mismo que había venido para su salvación. Hasta tal punto prevalece la maldad por la agencia de los malignos; de suerte que, si la Sabiduría de Dios no asistiera a los que aman la verdad, casi todos habrían sido envueltos en un engaño impío. Por tanto, escogió a nosotros doce, Mateo x] los primeros que creyeron en Él, a quienes nombró apóstoles; y después otros setenta y dos discípulos muy aprobados, Lucas x] para que, al menos de esta manera, reconociendo el modelo de Moisés, [] la multitud creyera que este es Aquel de quien Moisés predijo, el Profeta que había de venir.» []

    Capítulo 41. Rechazo del verdadero Profeta

    Rec. I, 41

    [«Pero quizá alguien diga que es posible para cualquiera imitar un número; mas ¿qué diremos de las señales y milagros que Él obró? Pues Moisés había obrado milagros y curaciones en Egipto. Aquel también de quien predijo que se levantaría un profeta semejante a él, aunque curó toda enfermedad y dolencia entre el pueblo, obró innumerables milagros y predicó la vida eterna, fue arrastrado por hombres inicuos a la cruz; obra que, sin embargo, fue por su poder convertida en bien. En suma, mientras padecía, todo el mundo padeció con Él; pues el sol se oscureció, los montes se rasgaron, los sepulcros se abrieron, el velo del templo se rompió, como en lamentación por la destrucción que pendía sobre el lugar. Y sin embargo, aunque todo el mundo se conmovió, ellos mismos ni siquiera ahora se mueven a la consideración de estas cosas tan grandes.»]

    Capítulo 42. Llamada de los gentiles

    Rec. I, 42

    [«Mas por cuanto era necesario que los gentiles fueran llamados en lugar de los que permanecían incrédulos, para que se llenara el número que había sido mostrado a Abraham, la predicación del bendito reino de Dios es enviada a todo el mundo. Por esta causa se turban los espíritus del mundo, que siempre se oponen a los que buscan la libertad, y que se valen de las máquinas del error para destruir el edificio de Dios; mientras que los que se apresuran hacia la gloria de la salvación y la libertad, hechos más valientes por su resistencia a estos espíritus y por el trabajo de grandes luchas contra ellos, alcanzan la corona de la salvación no sin la palma de la victoria. Entretanto, cuando Él hubo padecido, y las tinieblas habían cubierto el mundo desde la hora sexta hasta la hora nona, Mateo 27:45] tan pronto como el sol volvió a brillar y las cosas tornaron a su curso acostumbrado, aun los hombres inicuos volvieron a sí y a sus prácticas anteriores, habiendo disminuido su temor. Pues algunos de ellos, vigilando el lugar con todo cuidado, cuando no pudieron impedir que resucitara, dijeron que era un mago; otros fingieron que había sido robado.» []

    Capítulo 43. Éxito del Evangelio

    Rec. I, 43

    [«No obstante, la verdad prevaleció en todas partes; pues, como prueba de que estas cosas se hacían por poder divino, nosotros, que éramos muy pocos, llegamos a ser en el espacio de pocos días, con la ayuda de Dios, mucho más numerosos que ellos. De modo que los sacerdotes por un tiempo tuvieron miedo, no fuera que, por la providencia de Dios, para confusión suya, todo el pueblo pasara a nuestra fe. Por eso nos enviaban a menudo y nos pedían que les habláramos acerca de Jesús, si era el Profeta que Moisés predijo, el cual es el Cristo eterno. Juan 12:34] Pues solo en este punto parece haber alguna diferencia entre nosotros, que creemos en Jesús, y los judíos incrédulos. Pero mientras ellos nos hacían a menudo tales peticiones, y nosotros buscábamos una ocasión oportuna, se cumplió una semana de años desde la pasión del Señor, y la Iglesia del Señor que se había constituido en Jerusalén se multiplicó abundantísimamente y creció, gobernada con ordenanzas rectísimas por Santiago, a quien el Señor ordenó obispo en ella.»

    Capítulo 44. Desafío de Caifás

    Rec. I, 44

    [«Pero cuando nosotros, los doce apóstoles, en el día de la pascua, nos habíamos reunido con una inmensa multitud y entrado en la iglesia de los hermanos, cada uno de nosotros, a petición de Santiago, expuso brevemente, a oídos del pueblo, lo que habíamos hecho en cada lugar. Mientras esto sucedía, Caifás, el sumo sacerdote, nos envió sacerdotes y nos pidió que fuéramos a él, para que o bien le probásemos que Jesús es el Cristo eterno, o bien él nos probase que no lo es, y así todo el pueblo conviniera en una fe o en la otra; y esto nos rogó con frecuencia. Pero nosotros lo diferimos a menudo, buscando siempre un tiempo más conveniente.»] Entonces yo, Clemente, respondí a esto: [«Pienso que esta misma cuestión, si Él es el Cristo, es de gran importancia para el establecimiento de la fe; de otro modo el sumo sacerdote no preguntaría con tanta frecuencia para aprender o enseñar acerca del Cristo.»] Entonces Pedro: [«Has respondido rectamente, oh Clemente; pues así como nadie puede ver sin ojos, ni oír sin orejas, ni oler sin narices, ni gustar sin lengua, ni palpar cosa alguna sin manos, así es imposible, sin el verdadero Profeta, saber lo que es agradable a Dios.»] Y yo respondí: [«Ya he aprendido de tu instrucción que este verdadero Profeta es el Cristo; pero desearía aprender qué significa el Cristo, o por qué se le llama así, para que un asunto de tanta importancia no me sea vago e incierto.»]

    Capítulo 45. El verdadero Profeta: por qué es llamado el Cristo

    Rec. I, 45

    Entonces Pedro comenzó a instruirme de esta manera: [«Cuando Dios hubo hecho el mundo, como Señor del universo, puso jefes sobre las diversas criaturas, aun sobre los árboles, y sobre los montes, y las fuentes, y los ríos, y todas las cosas que había hecho, como ya os hemos dicho; pues sería demasiado largo mencionarlas una por una. Puso, por tanto, un ángel como jefe sobre los ángeles, un espíritu sobre los espíritus, una estrella sobre las estrellas, un demonio sobre los demonios, un ave sobre las aves, una bestia sobre las bestias, una serpiente sobre las serpientes, un pez sobre los peces, un hombre sobre los hombres, el cual es Cristo Jesús. Pero se le llama Cristo por un cierto rito excelente de religión; pues así como hay ciertos nombres comunes a los reyes, como Arsaces entre los persas, César entre los romanos, Faraón entre los egipcios, así entre los judíos un rey es llamado Cristo. Y la razón de esta apelación es esta: Aunque en verdad era el Hijo de Dios y el principio de todas las cosas, se hizo hombre; a Él primero ungió Dios con óleo tomado del madero del árbol de la vida: por esa unción, pues, se le llama Cristo. De ahí, además, Él mismo, según la disposición de su Padre, unge con óleo semejante a cada uno de los piadosos cuando vienen a su reino, para su refrigerio después de sus trabajos, como quienes han superado las dificultades del camino; para que su luz resplandezca y, llenos del Espíritu Santo, sean dotados de inmortalidad. Pero se me ocurre que os he explicado suficientemente toda la naturaleza de aquella rama de la cual se toma ese ungüento.»]

    Capítulo 46. Unción

    Rec. I, 46

    [«Pero ahora también, con una brevísima representación, os haré recordar todas estas cosas. En la vida presente, Aarón, el primer sumo sacerdote, fue ungido con una composición de crisma, hecha según el modelo de aquel ungüento espiritual del que hemos hablado antes. Fue príncipe del pueblo y, como rey, recibía las primicias y el tributo del pueblo, hombre por hombre; y habiendo asumido el oficio de juzgar al pueblo, juzgaba de las cosas limpias y de las impuras. Pero si algún otro era ungido con el mismo ungüento, como derivando virtud de él, llegaba a ser rey, o profeta, o sacerdote. Si, pues, esta gracia temporal, compuesta por los hombres, tenía tal eficacia, considerad ahora cuán potente era aquel ungüento extraído por Dios de una rama del árbol de la vida, cuando lo hecho por los hombres podía conferir tan excelsas dignidades entre los hombres. Pues ¿qué hay en la edad presente más glorioso que un profeta, más ilustre que un sacerdote, más excelso que un rey?»]

    Capítulo 47. Adán, ungido profeta

    Rec. I, 47

    A esto respondí: [«Recuerdo, Pedro, que me dijiste del primer hombre que fue profeta; pero no dijiste que fue ungido. Si, pues, no hay profeta sin unción, ¿cómo pudo el primer hombre ser profeta, ya que no fue ungido?»] Entonces Pedro, sonriendo, dijo: [«Si el primer hombre profetizó, es cierto que también fue ungido. Pues aunque el que consignó la ley en sus páginas guarda silencio acerca de su unción, sin embargo nos ha dejado claramente entender estas cosas. Porque así como, si hubiera dicho que era ungido, no se dudaría que era también profeta, aunque no estuviera escrito en la ley; así, puesto que es cierto que era profeta, de igual modo es cierto que también era ungido, porque sin unción no podía ser profeta. Pero más bien deberías haber dicho: Si el crisma fue compuesto por Aarón, con el arte del perfumero, ¿cómo pudo el primer hombre ser ungido antes del tiempo de Aarón, cuando aún no se habían descubierto las artes de la composición?»] Entonces respondí: [«No me malinterpretes, Pedro; pues no hablo de aquel ungüento compuesto y óleo temporal, sino de aquel ungüento simple y eterno, que me dijiste que había sido hecho por Dios, a semejanza del cual dices que el otro fue compuesto por los hombres.»]

    Capítulo 48. El verdadero Profeta, sacerdote

    Rec. I, 48

    Entonces Pedro respondió, con apariencia de indignación: ¡Cómo! ¿Supones, Clemente, que todos nosotros podemos saber todas las cosas antes de tiempo? Pero, para no apartarnos ahora de nuestro discurso propuesto, en otra ocasión, cuando tu progreso sea más manifiesto, explicaremos estas cosas más distintamente.
    [«Entonces, sin embargo, un sacerdote o un profeta, ungido con el ungüento compuesto, poniendo fuego en el altar de Dios, era tenido por ilustre en todo el mundo. Pero después de Aarón, que fue sacerdote, otro es sacado de las aguas. No hablo de Moisés, sino de Aquel que, en las aguas del bautismo, fue llamado por Dios su Hijo. Mateo 3:17] Pues es Jesús quien ha apagado, por la gracia del bautismo, aquel fuego que el sacerdote encendía para los pecados; porque, desde el tiempo en que Él apareció, ha cesado el crisma, por el cual se confería el sacerdocio, o el oficio profético, o el real.»

    Capítulo 49. Las dos venidas de Cristo

    Rec. I, 49

    [«Su venida, por tanto, fue predicha por Moisés, que entregó la ley de Dios a los hombres; pero también por otro antes que él, como ya os he informado. Por tanto, dio a entender que había de venir humilde, en verdad, en su primera venida, pero glorioso en la segunda. Y la primera, ciertamente, ya se ha cumplido; pues ha venido y enseñado, y Él, el Juez de todos, ha sido juzgado y muerto. Pero en su segunda venida vendrá a juzgar, y ciertamente condenará a los malvados, pero llevará a los piadosos a una parte y asociación consigo mismo en su reino. Ahora bien, la fe de su segunda venida depende de la primera. Porque los profetas —especialmente Jacob y Moisés— hablaron de la primera, pero algunos también de la segunda. Mas la excelencia de la profecía se muestra principalmente en esto: que los profetas no hablaron de las cosas venideras según la secuencia de las cosas; de otro modo podrían parecer simplemente, como sabios, haber conjeturado lo que la secuencia de las cosas señalaba.»]

    Capítulo 50. Su rechazo por los judíos

    Rec. I, 50

    [«Pero lo que digo es esto: era de esperar que Cristo fuera recibido por los judíos, a quienes vino, y que creyeran en Aquel que era esperado para la salvación del pueblo, según las tradiciones de los padres; pero que los gentiles le fueran adversos, ya que ni promesa ni anuncio acerca de Él se les había hecho, y en verdad nunca se les había dado a conocer ni siquiera por el nombre. Sin embargo, los profetas, contra el orden y la secuencia de las cosas, dijeron que Él sería la esperanza de los gentiles, y no de los judíos. Génesis 49:10] Y así sucedió. Pues cuando vino, no fue en absoluto reconocido por aquellos que parecían esperarlo, a consecuencia de la tradición de sus antepasados; mientras que aquellos que nada en absoluto habían oído de Él, creen que ha venido y esperan que ha de venir. Y así, en todas las cosas la profecía aparece fiel, la cual dijo que Él era la esperanza de los gentiles. Los judíos, por tanto, han errado acerca de la primera venida del Señor; y solo en este punto hay desacuerdo entre nosotros y ellos. Pues ellos mismos saben y esperan que Cristo ha de venir; pero que ya ha venido en humildad —aquel que es llamado Jesús— no lo saben. Y esto es una gran confirmación de su venida, que no todos creen en Él.»

    Capítulo 51. El único Salvador

    Rec. I, 51

    [«A Él, por tanto, lo ha puesto Dios en el fin del mundo; porque era imposible que los males de los hombres pudieran ser removidos por ningún otro, con tal que la naturaleza del género humano permaneciera entera, es decir, conservándose la libertad de la voluntad. Conservada, pues, inviolable esta condición, vino a invitar a su reino a todos los justos y a aquellos que han deseado agradarle. Para estos ha preparado bienes inefables y la ciudad celestial, Jerusalén, que resplandecerá por encima del resplandor del sol, para morada de los santos. Mas a los injustos, y a los malvados, y a los que han despreciado a Dios, y han dedicado la vida que se les dio a diversas maldades, y han entregado a la práctica del mal el tiempo que se les dio para la obra de la justicia, los entregará a una venganza adecuada y condigna. Pero el resto de las cosas que entonces se harán, no está en poder de los ángeles ni de los hombres decirlas ni describirlas. Solo esto nos basta saber: que Dios conferirá a los buenos una posesión eterna de bienes.»]

    Capítulo 52. Los santos antes de la venida de Cristo

    Rec. I, 52

    Cuando así hubo hablado, respondí: [«Si han de gozar del reino de Cristo aquellos a quienes su venida halle justos, ¿serán entonces completamente privados del reino los que murieron antes de su venida?»] Entonces Pedro dice: [«Me compeléis, oh Clemente, a tocar cosas inefables. Pero en cuanto es lícito declararlas, no rehuiré hacerlo. Sabed, pues, que Cristo, que era desde el principio y siempre, estuvo siempre presente con los piadosos, aunque secretamente, a través de todas sus generaciones; especialmente con aquellos que le esperaban, a quienes se aparecía con frecuencia. Pero aún no era el tiempo de que hubiera resurrección de los cuerpos que se habían disuelto; sino que esto parecía más bien ser su recompensa de parte de Dios: que todo el que fuera hallado justo, permaneciera más tiempo en el cuerpo; o, al menos, como se relata claramente en los escritos de la ley acerca de cierto hombre justo, que Dios lo trasladó. Génesis 5:24] De igual manera se trató a otros que agradaron su voluntad, de modo que, trasladados al Paraíso, fueran guardados para el reino. Mas en cuanto a aquellos que no han podido cumplir del todo la regla de justicia, sino que han tenido algunos restos de mal en su carne, sus cuerpos ciertamente se disuelven, pero sus almas se guardan en moradas buenas y bienaventuradas, para que en la resurrección de los muertos, cuando recobren sus propios cuerpos, purificados aun por la disolución, obtengan una herencia eterna en proporción a sus buenas obras. Y por tanto, bienaventurados todos los que alcancen el reino de Cristo; pues no solo escaparán de las penas del infierno, sino que también permanecerán incorruptibles, y serán los primeros en ver a Dios Padre, y obtendrán el rango de honor entre los primeros en la presencia de Dios.»]

    Capítulo 53. Animadversión de los judíos

    Rec. I, 53

    [«Por lo cual no hay la menor duda acerca de Cristo; y todos los judíos incrédulos están movidos con furor sin límites contra nosotros, temiendo no sea que Aquel contra quien han pecado sea Él. Y su temor crece tanto más, porque saben que, tan pronto como lo fijaron en la cruz, todo el mundo mostró simpatía por Él; y que su cuerpo, aunque lo guardaron con sumo cuidado, no pudo ser hallado en ninguna parte; y que innumerables multitudes se están uniendo a su fe. De donde ellos, juntamente con el sumo sacerdote Caifás, se vieron obligados a enviarnos una y otra vez, para que se instituyera una investigación acerca de la verdad de su nombre. Y cuando constantemente rogaban que pudieran aprender o enseñar acerca de Jesús, si era el Cristo, nos pareció bien subir al templo y, en presencia de todo el pueblo, dar testimonio acerca de Él, y al mismo tiempo acusar a los judíos de muchas cosas necias que estaban haciendo. Pues el pueblo estaba ya dividido en muchos partidos, desde los días de Juan el Bautista.»]

    Capítulo 54. Sectas judías

    Rec. I, 54

    [«Pues cuando la resurrección de Cristo estaba cerca para la abolición de los sacrificios y para la concesión de la gracia del bautismo, el enemigo, comprendiendo por las predicciones que el tiempo estaba cerca, obró varios cismas entre el pueblo, para que, si acaso fuera posible abolir el primer pecado, la falta posterior fuera incorregible. El primer cisma, por tanto, fue el de los que se llamaban saduceos, que tuvo su origen casi en el tiempo de Juan. Estos, como más justos que otros, comenzaron a separarse de la asamblea del pueblo y a negar la resurrección de los muertos, Mateo 22:23] y a afirmar por un argumento de infidelidad, diciendo que era indigno que Dios fuera adorado, por así decirlo, bajo la promesa de una recompensa. El primer autor de esta opinión fue Dositeo; el segundo fue Simón. Otro cisma es el de los samaritanos; pues niegan la resurrección de los muertos y afirman que Dios no ha de ser adorado en Jerusalén, sino en el monte Gerizim. Ellos, ciertamente, con razón, por las predicciones de Moisés, esperan al único verdadero Profeta; pero por la maldad de Dositeo fueron impedidos de creer que Jesús es Aquel a quien esperaban. También los escribas y los fariseos son arrastrados a otro cisma; mas estos, habiendo sido bautizados por Juan, y teniendo la palabra de verdad recibida de la tradición de Moisés como llave del reino de los cielos, la han ocultado del oído del pueblo. [] Sí, algunos incluso de los discípulos de Juan, que parecían ser grandes, se han separado del pueblo y han proclamado a su propio maestro como el Cristo. Pero todos estos cismas han sido preparados para que por medio de ellos se impidiera la fe de Cristo y el bautismo.»

    Capítulo 55. Discusión pública

    Rec. I, 55

    [«Pero, como íbamos diciendo, cuando el sumo sacerdote hubo enviado muchas veces sacerdotes a pedirnos que discutiéramos unos con otros acerca de Jesús, cuando pareció ocasión oportuna y le plugo a toda la Iglesia, subimos al templo y, de pie en las gradas junto con nuestros fieles hermanos, el pueblo guardó perfecto silencio; y primero el sumo sacerdote comenzó a exhortar al pueblo a que oyera con paciencia y en silencio, y al mismo tiempo fuera testigo y juez de las cosas que se habían de decir. Luego, en segundo lugar, ensalzando con muchas alabanzas el rito o sacrificio que Dios había concedido al género humano para la remisión de los pecados, censuró el bautismo de nuestro Jesús, como introducido recientemente en oposición a los sacrificios. Mas Mateo, saliendo al paso de sus proposiciones, mostró claramente que quien no obtenga el bautismo de Jesús no solo será privado del reino de los cielos, sino que no estará exento de peligro en la resurrección de los muertos, aun cuando esté fortalecido por la prerrogativa de una buena vida y de una recta disposición. Habiendo hecho estas y otras semejantes declaraciones, Mateo calló.»]

    Capítulo 56. Refutación de los saduceos

    Rec. I, 56

    [«Pero el partido de los saduceos, que niegan la resurrección de los muertos, se enfureció, de modo que uno de ellos gritó de entre el pueblo, diciendo que yerran grandemente los que piensan que los muertos resucitan alguna vez. En oposición a él, Andrés, mi hermano, respondiendo declaró que no es un error, sino la más segura materia de fe, que los muertos resucitan, conforme a la enseñanza de Aquel de quien Moisés predijo que había de venir como el verdadero Profeta. "O si —dijo— no pensáis que este es Aquel a quien Moisés predijo, investiguemos primero esto, para que, cuando se pruebe claramente que es Él, no quede duda alguna acerca de las cosas que enseñó". Estas y otras muchas semejantes proclamó Andrés, y luego calló.»]

    Capítulo 57. Refutación del samaritano

    Rec. I, 57

    [«Pero un cierto samaritano, hablando contra el pueblo y contra Dios, y afirmando que ni los muertos han de resucitar, ni ha de mantenerse aquel culto de Dios que hay en Jerusalén, sino que el monte Garizim ha de ser venerado, añadió también esto en oposición a nosotros: que nuestro Jesús no era Aquel a quien Moisés predijo como Profeta que había de venir al mundo. Contra él, y contra otro que le apoyaba en lo que decía, lucharon vigorosamente Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo; y aunque tenían mandato de no entrar en sus ciudades, Mateo 10:5] ni de llevarles la palabra de la predicación, sin embargo, para que su discurso, si no se refrenara, no dañara la fe de otros, respondieron con tanta prudencia y tanto poder, que los redujeron a perpetuo silencio. Pues Santiago pronunció una oración acerca de la resurrección de los muertos, con la aprobación de todo el pueblo; mientras Juan mostró que, si abandonaban el error del monte Garizim, debían en consecuencia reconocer que Jesús era en verdad Aquel que, según la profecía de Moisés, era esperado que viniera; puesto que, ciertamente, como Moisés obró señales y milagros, así también los obró Jesús. Y no hay duda de que la semejanza de las señales prueba que Él es aquel profeta del cual dijo Moisés que había de venir, "semejante a él". Habiendo declarado estas cosas, y otras más del mismo tenor, callaron.»

    Capítulo 58. Refutación de los escribas

    Rec. I, 58

    [«Y he aquí, uno de los escribas, gritando de en medio del pueblo, dice: "Las señales y milagros que vuestro Jesús obró, no los obró como profeta, sino como mago". Felipe le sale al encuentro con presteza, mostrando que con este argumento acusaba también a Moisés. Pues cuando Moisés obró señales y milagros en Egipto, de manera semejante a como también Jesús los obró en Judea, no puede dudarse de que lo que se decía de Jesús bien podría decirse de Moisés. Habiendo hecho estas y otras semejantes protestas, Felipe calló.»]

    Capítulo 59. Refutación de los fariseos

    Rec. I, 59

    [«Entonces un cierto fariseo, oyendo esto, reprendió a Felipe porque ponía a Jesús al mismo nivel que Moisés. A lo cual Bartolomé, respondiendo, declaró con valentía que no solo decimos que Jesús fue igual a Moisés, sino que fue mayor que él, porque Moisés fue ciertamente profeta, como también lo fue Jesús, pero Moisés no fue el Cristo, como lo fue Jesús, y por tanto es sin duda mayor el que es a la vez profeta y el Cristo, que el que solo es profeta. Después de seguir esta serie de argumentos, calló. Tras él Santiago, hijo de Alfeo, dirigió la palabra al pueblo, con el fin de mostrar que no hemos de creer en Jesús por el hecho de que los profetas predijeran acerca de Él, sino más bien hemos de creer a los profetas, que eran verdaderamente profetas, porque el Cristo da testimonio de ellos; pues es la presencia y la venida de Cristo lo que muestra que ellos son verdaderamente profetas: porque el testimonio ha de ser dado por el superior a sus inferiores, no por los inferiores a su superior. Después de estas y de muchas semejantes declaraciones, Santiago también calló. Tras él, Lebeo comenzó a acusar con vehemencia al pueblo de que no creían en Jesús, que les había hecho tanto bien enseñándoles las cosas que son de Dios, consolando a los afligidos, sanando a los enfermos, socorriendo a los pobres; y sin embargo, por todos estos beneficios, su paga había sido odio y muerte. Cuando hubo declarado estas y muchas más cosas semejantes al pueblo, cesó.»]

    Capítulo 60. Refutación de los discípulos de Juan

    Rec. I, 60

    [«Y he aquí, uno de los discípulos de Juan afirmó que Juan era el Cristo, y no Jesús, por cuanto Jesús mismo declaró que Juan era mayor que todos los hombres y que todos los profetas. Mateo 11:9, 11] "Si, pues —dijo—, él es mayor que todos, ha de tenerse por mayor que Moisés y que el mismo Jesús. Pero si es el mayor de todos, entonces él ha de ser el Cristo." A esto Simón el cananeo, respondiendo, afirmó que Juan era ciertamente mayor que todos los profetas y que todos los nacidos de mujer, pero que no es mayor que el Hijo del hombre. Por consiguiente, Jesús es también el Cristo, mientras que Juan solo es profeta; y hay tanta diferencia entre él y Jesús como entre el precursor y Aquel de quien es precursor; o como entre Aquel que da la ley y el que guarda la ley. Habiendo hecho estas y semejantes declaraciones, el cananeo también calló. Después de él Bernabé, que también es llamado Matías, que fue elegido apóstol en lugar de Judas, comenzó a exhortar al pueblo a que no miraran a Jesús con odio ni hablaran mal de Él. Pues sería mucho más propio, aun para uno que estuviera en ignorancia o en duda acerca de Jesús, amarlo que odiarlo. Porque Dios ha asignado una recompensa al amor y una pena al odio. "Pues el hecho mismo —dijo— de que Él asumiera un cuerpo judío y naciera entre los judíos, ¿cómo no nos ha de incitar a todos a amarlo?" Cuando hubo dicho esto, y más del mismo tenor, calló.»

    Capítulo 61. Respuesta a Caifás

    Rec. I, 61

    [«Entonces Caifás intentó impugnar la doctrina de Jesús, diciendo que hablaba cosas vanas, pues decía que los pobres son bienaventurados; y prometía recompensas terrenales; y ponía el don principal en una herencia terrenal; y prometía que los que mantienen la justicia serán saciados de comida y bebida; y se le acusa de enseñar muchas cosas de este género. Tomás, en respuesta, prueba que su acusación es frívola; mostrando que los profetas, en quienes Caifás cree, enseñaron estas cosas mucho más, y no mostraron de qué manera han de ser, ni cómo han de entenderse; mientras que Jesús señaló cómo han de tomarse. Y cuando hubo dicho estas cosas, y otras del mismo género, Tomás también guardó silencio.»]
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