Siglos III–IV · Traducción castellana directa de la versión inglesa de las Ante-Nicene Fathers·41 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 5 de 27 · Capítulo 57. La inconsistencia de Simón·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CLEM-02
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Entonces Simón: [«¿Yerras tanto, Pedro, que no sabes que nuestras almas fueron hechas por aquel Dios bueno, el más excelente de todos, pero han sido traídas cautivas a este mundo?»] A esto respondió Pedro: [«Entonces no es desconocido de todos, como dijiste hace poco; y sin embargo, ¿cómo permitió el Dios bueno que sus almas fueran tomadas cautivas, si es un poder sobre todas las cosas?»] Entonces dijo Simón: [«Envió a Dios el creador para hacer el mundo; y este, cuando lo hubo hecho, dio a entender que él mismo era Dios.»] Entonces dijo Pedro: [«Entonces no es, como dijiste, desconocido para Aquel que hizo el mundo; ni las almas le son ignorantes, si en verdad fueron arrebatadas de él. ¿Para quién, pues, puede ser desconocido, si tanto el Creador del mundo lo conoce, por haber sido enviado por él, como todas las almas lo conocen, por haber sido violentamente apartadas de él? Además, quisiera que nos dijeras si aquel que envió al creador del mundo no sabía que este no guardaría la fe. Pues si no lo sabía, entonces no era presciente; pero si lo sabía de antemano y lo consintió, él mismo es culpable de este hecho, puesto que no lo impidió; mas si no pudo, entonces no es omnipotente. Pero si, sabiéndolo como bueno, no lo prohibió, resulta ser mejor aquel que se atrevió a hacer lo que quien lo envió no sabía que era bueno.»]
Capítulo 58. El Dios injusto de Simón
Rec. II, 58
Entonces dijo Simón: [«Él recibe a los que quieren venir a él, y les hace bien.»] Respondió Pedro: [«Pero nada hay de nuevo en esto; porque Aquel a quien tú reconoces como Creador del mundo también lo hace.»] Entonces Simón: [«Mas el Dios bueno otorga la salvación con solo ser reconocido; pero el creador del mundo exige además que la ley se cumpla.»] Entonces dijo Pedro: [«¡Él salva a los adúlteros y a los homicidas, si lo conocen; pero a los buenos, sobrios y misericordiosos, si no lo conocen, por no tener noticia alguna de él, no los salva! Grande y bueno es en verdad ese que proclamas, que no es tanto salvador de los malos cuanto uno que no tiene misericordia de los buenos.»] Entonces Simón: [«Es verdaderamente muy difícil para el hombre conocerlo, mientras está en la carne; pues más negro que toda tiniebla, y más pesado que todo barro, es este cuerpo con el que el alma está rodeada.»] Entonces dice Pedro: [«Ese buen Dios tuyo exige cosas difíciles; mas Aquel que es verdaderamente Dios busca cosas más fáciles. Que nos deje, pues, ya que es tan bueno, con nuestro Padre y Creador; y cuando partamos del cuerpo y dejemos esa tiniebla de la que hablas, más fácilmente lo conoceremos; y entonces el alma comprenderá mejor que Dios es su Creador, y permanecerá con Él, y no será ya hostigada con diversas imaginaciones; ni deseará pasarse a otro poder, que no es conocido de nadie sino solo de Simón, y que es de tal bondad que nadie puede llegar a él, ¡a menos que sea primero culpable de impiedad contra su propio padre! No sé cómo este poder puede llamarse bueno o justo, ¡a quien nadie puede agradar sino obrando impíamente contra aquel por quien fue hecho!»]
Capítulo 59. El Creador, nuestro Padre
Rec. II, 59
Entonces Simón: [«No es impío, por causa de mayor provecho y ventaja, huir a aquel que es de gloria más rica.»] Entonces Pedro: [«Si, como dices, no es impío huir a un extraño, es en todo caso mucho más piadoso permanecer con nuestro propio padre, aunque sea pobre. Pero si no piensas que es impío dejar a nuestro padre y huir a otro, por ser mejor que él, y no crees que nuestro Creador lo tome a mal, mucho menos se airará el Dios bueno, porque, cuando éramos extraños para él, no hemos huido a él, sino que hemos permanecido con nuestro propio Creador. Sí, creo que más bien nos alabará tanto más por esto, porque hemos guardado fe con Dios nuestro Creador; pues considerará que, si hubiéramos sido criaturas suyas, nunca habríamos sido seducidos por los halagos de otro para abandonarlo. Pues si alguien, atraído por promesas más ricas, deja a su propio padre y se pasa a un extraño, puede ser que a su vez lo deje, y vaya a otro que le prometa cosas mayores, y esto tanto más cuanto que no es su hijo, puesto que pudo dejar aun a aquel que por naturaleza era su padre.»] Entonces dijo Simón: [«Mas ¿y si las almas proceden de él y no lo conocen, y él es verdaderamente su padre?»]
Capítulo 60. El Creador, Dios supremo
Rec. II, 60
Entonces dijo Pedro: [«Lo presentas como bastante débil. Pues si, como dices, es más poderoso que todos, nunca puede creerse que el más débil arrebató los despojos al más fuerte. Lucas 11:22] O si Dios el Creador pudo por violencia hacer bajar las almas a este mundo, ¿cómo puede ser que, cuando estén separadas del cuerpo y libres de las ataduras de la cautividad, el Dios bueno las llame al sufrimiento del castigo, so pretexto de que ellas, o por su negligencia o por su debilidad, fueron arrastradas a este lugar y envueltas en el cuerpo, como en tinieblas de ignorancia? Me parece que no sabes lo que es un padre y un Dios; pero yo podría decirte de dónde son las almas, y cuándo y cómo fueron hechas; mas no me es permitido ahora revelarte estas cosas a ti, que estás en tal error respecto del conocimiento de Dios.» ] Entonces dijo Simón: [«Tiempo vendrá en que te arrepientas de no haberme entendido al hablar del poder inefable.»] Entonces dijo Pedro: [«Danos entonces, como he dicho a menudo, ya que tú mismo eres un nuevo Dios, o como si tú mismo hubieras descendido de él, algún sentido nuevo, por medio del cual podamos conocer a ese nuevo Dios del que hablas; porque esos cinco sentidos, que Dios nuestro Creador nos ha dado, guardan fidelidad a su propio Creador, y no perciben que haya otro Dios, pues su naturaleza les obliga a ello.»]
Capítulo 61. La imaginación
Rec. II, 61
A esto respondió Simón: [«Aplica tu mente a las cosas que voy a decir, y haz que, caminando por sendas pacíficas, alcance las cosas que demostraré. Escucha, pues, ahora. ¿Nunca lanzaste en pensamiento tu mente hacia regiones o islas situadas lejos, y quedaste tan fijo en ellas, que no podías ver siquiera a las personas que estaban delante de ti, ni saber dónde estabas sentado, a causa del deleite de aquellas cosas que contemplabas?»] Y Pedro dijo: [«Es verdad, Simón, esto me ha ocurrido a menudo.»] Entonces dijo Simón: [«De este modo lanza ahora tu sentido al cielo, sí, por encima del cielo, y mira que ha de haber algún lugar más allá del mundo, o fuera del mundo, en el cual no hay cielo ni tierra, y donde ninguna sombra de estas cosas produce oscuridad; y por consiguiente, puesto que en él no hay cuerpos, ni oscuridad causada por cuerpos, tiene que haber por necesidad una luz inmensa; y considera de qué clase ha de ser esa luz, a la que nunca sucede la oscuridad. Pues si la luz de este sol llena todo este mundo, ¿cuán grande supones que ha de ser aquella luz incorpórea e infinita? Tan grande, sin duda, que esta luz del sol parecería oscuridad y no luz, en comparación.»]
Capítulo 62. La experiencia de Pedro con la imaginación
Rec. II, 62
Cuando Simón habló así, respondió Pedro: [«Escucha ahora con paciencia acerca de ambas cosas, esto es, acerca del ejemplo de extender los sentidos y acerca de la inmensidad de la luz. Sé que yo mismo, oh Simón, algunas veces he extendido en pensamiento mi sentido, como dices, a regiones e islas situadas lejos, y las he visto con mi mente no menos que si hubiera sido con mis ojos. Cuando estaba en Cafarnaúm, ocupado en la pesca, y sentado sobre una roca, teniendo en mi mano un anzuelo atado a un sedal y dispuesto para engañar a los peces, estaba tan absorto que no sentí que un pez se adhiriera a él, mientras mi mente corría con ansia por mi amada Jerusalén, a la que con frecuencia había subido, en vigilia, por causa de las ofrendas y oraciones. Pero estaba también acostumbrado a admirar esta Cesarea, oyendo hablar de ella por otros, y a ansiar verla; y me parecía a mí mismo verla, aunque nunca había estado en ella; y pensaba de ella lo que era propio pensarse de una gran ciudad: sus puertas, murallas, baños, calles, callejuelas, mercados y cosas semejantes, conforme a lo que había visto en otras ciudades; y hasta tal punto me deleitaba la intensidad de tal contemplación, que, como dijiste, ni veía a quien estaba presente y de pie junto a mí, ni sabía dónde estaba yo sentado.»] Entonces dijo Simón: [«Ahora dices bien.»]
Capítulo 63. El ensueño de Pedro
Rec. II, 63
Entonces Pedro: [«En resumen, cuando no percibí, por la ocupación de mi mente, que había atrapado un pez muy grande que estaba prendido del anzuelo, y que, aunque él arrastraba el sedal de mi mano, mi hermano Andrés, que estaba sentado junto a mí, viéndome en un ensueño y casi a punto de caer, hincándome el codo en el costado como si quisiera despertarme del sueño, dijo: '¿No ves, Pedro, qué pez tan grande has atrapado? ¿Estás fuera de ti, que estás así en un estupor de asombro? Dime, ¿qué te pasa?' Pero yo me enojé un poco con él, porque me había apartado del deleite de aquellas cosas que contemplaba; entonces respondí que no padecía mal alguno, sino que estaba contemplando mentalmente la amada Jerusalén, y al mismo tiempo Cesarea; y que, mientras yo estaba ciertamente con él en el cuerpo, en mi mente era llevado enteramente allí. Pero él, no sé de dónde inspirado, pronunció una palabra oculta y secreta de verdad.»]
Capítulo 64. La reprensión de Andrés
Rec. II, 64
'Cesad', dice, 'oh Pedro. ¿Qué es lo que hacéis? Pues los que comienzan a estar poseídos por un demonio, o a ser perturbados en sus mentes, empiezan de esta manera. Primero son arrebatados por fantasías hacia algunas cosas agradables y deleitables; luego se derraman en vanos y afectuosos movimientos hacia cosas que no existen. Ahora bien, esto sucede por una cierta enfermedad de la mente, a causa de la cual no ven las cosas que son, sino que anhelan traer a su vista las que no son. Pero así sucede también a los que sufren frenesí, y les parece a sí mismos ver muchas imágenes, porque su alma, desgarrada y apartada de su lugar por el exceso de frío o de calor, sufre una falla de su servicio natural. Pero también los que están angustiados por la sed, cuando se duermen, les parece a sí mismos ver ríos y fuentes, y beber; pero esto les sucede por estar angustiados por la sequedad del cuerpo no humedecido. Por lo cual es cierto que esto ocurre por alguna dolencia, ya del alma, ya del cuerpo.'
Capítulo 65. Falacia de la imaginación
Rec. II, 65
[«En resumen, para que recibáis la fe del asunto: acerca de Jerusalén, que yo había visto a menudo, dije a mi hermano qué lugares y qué reuniones de gentes me había parecido ver a mí mismo. Pero también acerca de Cesarea, que nunca había visto, sostuve sin embargo que era tal como la había concebido en mi mente y pensado. Pero cuando llegué aquí, y no vi nada en absoluto semejante a aquellas cosas que había visto en fantasía, me culpé a mí mismo, y observé distintamente que le había asignado puertas, y muros, y edificios de otros que había visto, tomando la semejanza en realidad de otros. Ni ciertamente puede nadie imaginar cosa alguna nueva, y de la cual ninguna forma haya existido jamás. Pues aun si alguien modelara con su imaginación toros de cinco cabezas, solo los forma con cinco cabezas a partir de los que ha visto con una sola cabeza. Y vosotros, por tanto, ahora, si verdaderamente os parece percibir algo con vuestro pensamiento, y mirar por encima de los cielos, no hay duda de que los imagináis a partir de aquellas cosas que veis, estando como estáis sobre la tierra. Pero si pensáis que hay fácil acceso para vuestra mente por encima de los cielos, y que sois capaces de concebir las cosas que allí hay, y de aprehender el conocimiento de aquella inmensa luz, pienso que para aquel que puede comprender estas cosas, sería más fácil arrojar su sentido, que sabe ascender allí, al corazón y al pecho de alguno de nosotros que están presentes, y decir qué pensamientos está abrigando en su pecho. Si por tanto podéis declarar los pensamientos del corazón de cualquiera de nosotros, que no está predispuesto a vuestro favor, quizá podamos creeros, que sois capaces de conocer aquellas cosas que están por encima de los cielos, aunque estas sean mucho más elevadas.»]
Capítulo 66. Existencia y concepción
Rec. II, 66
A esto respondió Simón: [«Oh tú que has tejido una red de muchas frivolidades, escucha ahora. Es imposible que cualquier cosa que entre en los pensamientos de un hombre no subsista también en verdad y realidad. Pues las cosas que no subsisten no tienen apariencias; pero las cosas que no tienen apariencias no pueden presentarse a nuestros pensamientos.»] Entonces dijo Pedro: [«Si todo lo que puede entrar en nuestros pensamientos tiene subsistencia, entonces, con respecto a aquel lugar de inmensidad que dices que está fuera del mundo, si uno piensa en su corazón que es luz, y otro que es tinieblas, ¿cómo puede uno y el mismo lugar ser a la vez luz y tinieblas, según sus diferentes pensamientos acerca de él?»] Entonces dijo Simón: [«Dejad pasar por ahora lo que he dicho; y decidnos qué suponéis que está por encima de los cielos.»]
Capítulo 67. La ley enseña acerca de la inmensidad
Rec. II, 67
Entonces dijo Pedro: [«Si creyerais acerca de la verdadera fuente de luz, podría instruiros qué es y de qué suerte es aquello que es inmenso, y daría, no una vana fantasía, sino una cuenta coherente y necesaria de la verdad, y me serviría, no de aserciones sofísticas, sino de testimonios de la ley y de la naturaleza, para que supierais que la ley contiene especialmente lo que debemos creer en cuanto a la inmensidad. Pero si la doctrina de la inmensidad no es desconocida para la ley, entonces ciertamente nada más puede serle desconocido; y por tanto es una suposición falsa vuestra, que hay algo de lo cual la ley no tenga conocimiento. Mucho más nada será desconocido para Aquel que dio la ley. Sin embargo, no puedo deciros nada acerca de la inmensidad y de aquellas cosas que son ilimitadas, a menos que primero o bien aceptéis nuestra cuenta de aquellos cielos que están limitados por un cierto límite, o bien propongáis vuestra propia cuenta de ellos. Pero si no podéis comprender acerca de aquellos que están comprendidos dentro de límites fijos, mucho menos podéis conocer ni aprender nada acerca de aquellos que son ilimitados.»]
Capítulo 68. El cielo visible y el invisible
Rec. II, 68
A esto respondió Simón: [«Me parece que es mejor creer simplemente que Dios es, y que aquel cielo que vemos es el único cielo en todo el universo.»] Pero Pedro dijo: [«No es así; sino que es propio confesar a un solo Dios que verdaderamente es; pero que hay cielos, que fueron hechos por Él, como también dice la ley, de los cuales uno es el superior, en el cual también está contenido el firmamento visible; y que aquel cielo superior es perpetuo y eterno, con aquellos que moran en él; pero que este cielo visible ha de ser disuelto y pasar al fin del mundo, a fin de que aquel cielo que es más antiguo y superior aparezca después del juicio a los santos y a los dignos.»] A esto respondió Simón: [«Que estas cosas sean así, como dices, puede parecer a los que las creen; pero a aquel que busca razones de estas cosas, es imposible que puedan ser producidas de la ley, y especialmente acerca de la inmensidad de la luz.»]
Capítulo 69. Fe y razón
Rec. II, 69
Entonces Pedro: [«No penséis que decimos que estas cosas han de ser recibidas solo por la fe, sino también que han de ser afirmadas por la razón. Pues ciertamente no es seguro confiar estas cosas a la fe desnuda sin razón, puesto que en verdad la verdad no puede ser sin razón. Y por tanto, quien ha recibido estas cosas fortificadas por la razón, jamás puede perderlas; mientras que quien las recibe sin pruebas, por un asentimiento a una simple declaración de ellas, no puede ni guardarlas con seguridad, ni estar cierto de si son verdaderas; porque quien cree fácilmente, también cede fácilmente. Pero quien ha buscado la razón de aquellas cosas que ha creído y recibido, como atado por las cadenas de la razón misma, jamás puede ser arrancado ni separado de aquellas cosas que ha creído. Y por tanto, según cada uno es más ansioso en demandar una razón, tanto más firme será en preservar su fe.»]
Capítulo 70. Aplazamiento
Rec. II, 70
A esto respondió Simón: [«Es una gran cosa lo que prometes, que la eternidad de la luz ilimitada pueda mostrarse a partir de la ley.»] Y cuando Pedro dijo: [«Lo mostraré cuando quieras,»] respondió Simón: [«Puesto que ahora es tarde, estaré a tu lado y te me opondré mañana; y si puedes probar que este mundo fue creado, y que las almas son inmortales, me tendrás para ayudarte en tu predicación.»] Cuando hubo dicho esto, se fue, y le siguió una tercera parte de todo el pueblo que había venido con él, que eran unos mil hombres. Pero los demás, dobladas las rodillas, se postraron ante Pedro; y él, invocando sobre ellos el nombre de Dios, curó a algunos que tenían demonios, sanó a otros que estaban enfermos, y así despidió al pueblo gozoso, mandándoles venir temprano al día siguiente. Pero Pedro, cuando las multitudes se habían retirado, mandó extender la mesa en el suelo, al aire libre, en el patio donde se había celebrado la discusión, y se sentó junto con aquellos once; pero yo cené recostado con algunos otros que también habían comenzado a oír la palabra de Dios, y eran muy amados.
Capítulo 71. Separación de los impuros
Rec. II, 71
Pero Pedro, mirándome con la mayor benignidad, no fuera que acaso aquella separación me causara tristeza, me dice: [«No es por orgullo, oh Clemente, por lo que no como con los que aún no han sido purificados; sino que temo que acaso me dañe a mí mismo, y no haga ningún bien a ellos. Pues esto quiero que sepáis con certeza: que todo aquel que en algún momento ha adorado ídolos, y ha adorado a los que los paganos llaman dioses, o ha comido de las cosas sacrificadas a ellos, no está sin un espíritu inmundo; porque se ha convertido en huésped de demonios, y ha sido partícipe con aquel demonio del cual ha formado la imagen en su mente, ya por temor, ya por amor. 1 Corintios 10:20] Y por estos medios no está libre de un espíritu inmundo, y por tanto necesita la purificación del bautismo, para que el espíritu inmundo salga de él, el cual ha hecho su morada en los más íntimos afectos de su alma, y lo que es peor, no da indicación alguna de que acecha dentro, por temor a ser expuesto y expulsado.»
Capítulo 72. El remedio
Rec. II, 72
[«Porque estos espíritus inmundos aman habitar en los cuerpos de los hombres, para cumplir sus propios deseos mediante su servicio, e, inclinando los movimientos de sus almas hacia aquellas cosas que ellos mismos desean, pueden obligarlos a obedecer sus propias concupiscencias, para que se conviertan enteramente en vasos de demonios. Uno de los cuales es este Simón, que está presa de tal enfermedad, y ya no puede ser sanado, porque está enfermo en su voluntad y propósito. Ni el demonio habita en él contra su voluntad; y por tanto, si alguien quisiera expulsarlo de él, puesto que es inseparable de sí mismo, y, por así decirlo, ya se ha convertido en su misma alma, parecería más bien matarlo, e incurrir en la culpa de homicidio. Que ninguno de vosotros, por tanto, se entristezca por ser separado de comer con nosotros, pues cada uno debe observar que es por justo tanto tiempo cuanto le plazca. Pues quien desea ser bautizado pronto es separado solo por poco tiempo, pero por más tiempo quien desea ser bautizado más tarde. Cada uno, por tanto, tiene en su propio poder pedir un tiempo más corto o más largo para su arrepentimiento; y por tanto está en vosotros, cuando lo deseéis, venir a nuestra mesa; y no en nosotros, que no tenemos permitido tomar alimento con nadie que no haya sido bautizado. Sois más bien vosotros, por tanto, quienes nos impedís comer con vosotros, si interponéis demoras en el camino de vuestra purificación, y diferís vuestro bautismo.»] Habiendo dicho así, y habiendo bendecido, tomó alimento. Y después, cuando hubo dado gracias a Dios, entró en la casa y se acostó; y todos nosotros hicimos lo mismo, porque ya era de noche.
Reconocimientos, libro III
Capítulo 1. Perlas a los cerdos
Rec. III, 1
Entretanto Pedro, levantándose al canto del gallo, y queriendo despertarnos, nos halló despiertos, ardiendo aún la luz de la tarde; y cuando, según costumbre, nos hubo saludado, y todos nos hubimos sentado, comenzó así. [«Nada es más difícil, hermanos míos, que razonar acerca de la verdad en presencia de una multitud mezclada de gentes. Pues lo que es no puede ser hablado a todos tal como es, a causa de aquellos que oyen malvada y traidoramente; sin embargo, no es propio engañar, a causa de aquellos que desean oír la verdad sinceramente. ¿Qué, pues, hará el que ha de dirigirse a una multitud mezclada? ¿Ocultará lo que es verdadero? ¿Cómo, entonces, instruirá a aquellos que son dignos? Pero si expone la pura verdad a aquellos que no desean obtener la salvación, hace injuria a Aquel por quien ha sido enviado, y de quien ha recibido el mandamiento de no arrojar las perlas de Sus palabras delante de los cerdos y de los perros, Mateo 7:6] quienes, esforzándose contra ellas con argumentos y sofismas, las revuelcan en el fango del entendimiento carnal, y con sus ladridos y respuestas bajas quebrantan y fatigan a los predicadores de la palabra de Dios. Por lo cual yo también, en su mayor parte, usando una cierta circunlocución, procuro evitar publicar el conocimiento principal acerca de la Divinidad Suprema a oídos indignos.» ] Entonces, comenzando por el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, nos expuso breve y llanamente, de modo que todos al oírlo nos maravillamos de que los hombres hayan abandonado la verdad, y se hayan vuelto a la vanidad.
Capítulo 12. — Discusión del segundo día
Rec. III, 12
Pero cuando hubo amanecido, entró alguien y dijo: [«Hay una grandísima multitud esperando en el patio, y en medio de ellos está Simón, esforzándose por preocupar los oídos del pueblo con persuasiones muy malvadas.»] Entonces Pedro, saliendo inmediatamente, se puso en el lugar donde había disputado el día anterior, y todo el pueblo, volviéndose hacia él con alegría, le prestó atención. Pero cuando Simón percibió que el pueblo se regocijaba a la vista de Pedro, y se movía a amarlo, dijo confundido: [«Me maravillo de la necedad de los hombres, que me llaman mago, y aman a Pedro; cuando, teniendo conocimiento de mí desde antiguo, deberían amarme más bien a mí. Y por tanto, por esta señal, los que tienen sentido pueden comprender que Pedro más bien puede parecer ser el mago, puesto que no se me tiene afecto a mí, a quien casi se debe por el conocimiento, sino que se gasta abundantemente en él, a quien no se debe por familiaridad alguna.»]
Capítulo 13. Simón, seductor
Rec. III, 13
Mientras Simón hablaba en este estilo, Pedro, habiendo saludado al pueblo de su manera acostumbrada, respondió así: [«Oh Simón, a cada uno le basta su propia conciencia para refutarlo; pero si te maravillas de esto, que los que te conocen no solo no te aman, sino que incluso te odian, aprende de mí la razón. Puesto que eres un seductor, profesas proclamar la verdad; y por esta razón tenías muchos amigos que deseaban aprender la verdad. Pero cuando vieron en ti cosas contrarias a lo que profesabas, siendo ellos, como dije, amantes de la verdad, comenzaron no solo a no amarte, sino incluso a odiarte. Pero aun no te abandonaron inmediatamente, porque todavía prometías que podías mostrarles lo que es verdadero. Mientras, pues, nadie estuvo presente que pudiera mostrárselo, te soportaron; pero desde que la esperanza de una instrucción mejor ha amanecido para ellos, te desprecian, y buscan conocer lo que entienden que es mejor. Y tú ciertamente, obrando con artes nefarias, pensaste al principio que escaparías a la detección. Pero eres detectado. Porque eres arrinconado, y, contra tu expectativa, eres hecho notorio, no solo como ignorante de la verdad, sino como no dispuesto a oírla de los que la conocen. Pues si hubieras estado dispuesto a oír, se habría ejemplificado en ti aquel dicho de Aquel que dijo que 'no hay nada oculto que no haya de ser conocido, ni cubierto que no haya de ser revelado.'»] []
Capítulo 14. Simón reclama el cumplimiento de la promesa de Pedro
Rec. III, 14
Mientras Pedro decía estas palabras, y otras del mismo tenor, respondió Simón: [«No quiero que me detengas con largos discursos, Pedro; reclamo de ti lo que prometiste ayer. Dijiste entonces que podías mostrar que la ley enseña acerca de la inmensidad de la luz eterna, y que solo hay dos cielos, y estos creados, y que el superior es la morada de aquella luz, en la cual el Padre inefable habita solo para siempre; pero que según el modelo de aquel cielo está hecho este cielo visible, el cual afirmaste que ha de pasar. Dijiste, por tanto, que el Padre de todos es uno, porque no puede haber dos infinitos; de lo contrario, ninguno de ellos sería infinito, porque en aquello en lo que uno subsiste, pone un límite a la subsistencia del otro. Puesto que, entonces, no solo prometiste esto, sino que eres capaz de mostrarlo a partir de la ley, deja los demás asuntos y emprende este.»] Entonces Pedro dijo: [«Si se me pidiera hablar de estas cosas solo por tu causa, que vienes únicamente con el propósito de contradecir, jamás oirías un solo discurso de mí; pero viendo que es necesario que el labrador, queriendo sembrar buena tierra, siembre algunas semillas, ya en lugares pedregosos, ya en lugares que han de ser hollados por los hombres, ya en lugares llenos de zarzas y espinas (como también nuestro Maestro expuso, indicando con esto las diversidades de los propósitos de las varias almas), no tardaré.»]
Capítulo 15. La arrogancia de Simón
Rec. III, 15
Entonces dijo Simón: [«Me parece que estás enojado; pero si es así, no es necesario entrar en el conflicto.»] Entonces Pedro: [«Veo que percibes que has de ser convencido y deseas escapar cortésmente del combate; pues ¿qué has visto para haberte enojado contra mí, hombre que deseas engañar a tan gran multitud y que, no teniendo nada que decir, finges moderación, y que además mandas, en verdad, por tu autoridad que la controversia se conduzca como a ti te plazca, y no como el orden exige?»] Entonces Simón: [«Me esforzaré en soportar con paciencia tu impericia, para mostrar que tú en verdad deseas seducir al pueblo, pero que yo enseño la verdad. Mas ahora me abstengo de una discusión acerca de aquella luz sin límites. Respóndeme, pues, a lo que te pregunto. Puesto que Dios, como dices, hizo todas las cosas, ¿de dónde viene el mal?»] Entonces dijo Pedro: [«Plantear preguntas de este modo no es propio de un adversario, sino de un discípulo. Si, por tanto, deseas aprender, confiésalo; y primero te enseñaré cómo debes aprender, y cuando hayas aprendido a escuchar, entonces, al punto, comenzaré a enseñarte. Pero si no deseas aprender, como si supieras todas las cosas, primero expondré la fe que predico, y tú también expón lo que piensas que es verdad; y cuando la profesión de cada uno de nosotros haya sido manifestada, que nuestros oyentes juzguen qué discurso está sostenido por la verdad.»] A esto respondió Simón: [«¡Buen chiste es este: he aquí un hombre que se ofrece a enseñarme! No obstante, te soportaré y sufriré tu ignorancia y tu arrogancia. Confieso, pues, que sí deseo aprender; veamos cómo puedes enseñarme.»]
Capítulo 16. La existencia del mal
Rec. III, 16
Entonces dijo Pedro: [«Si verdaderamente deseas aprender, aprende primero esto: con cuánta impericia has formulado tu pregunta; pues dices: Puesto que Dios ha creado todas las cosas, ¿de dónde es el mal? Pero antes de preguntar esto, tres clases de cuestiones deberían haber tenido precedencia: Primera, si existe el mal? Segunda, ¿qué es el mal? Tercera, ¿para quién es, y de dónde?»] A esto respondió Simón: [«¡Oh tú, el más imperito e ignorante! ¿Hay algún hombre que no confiese que hay mal en esta vida? Por lo cual yo también, pensando que tenías al menos el sentido común de todos los hombres, pregunté de dónde es el mal; no como quien desea aprender, pues sé todas las cosas, y menos que de nadie de ti, que no sabes nada, sino para mostrarte ignorante de todas las cosas. Y para que no supongas que es porque estoy enojado que hablo con cierta aspereza, sabe que me mueve la compasión por los presentes, a quienes intentas engañar.»] Entonces dijo Pedro: [«Tanto más malvado eres, si puedes hacer tal mal sin estar enojado; pero donde hay fuego, ha de subir humo. No obstante, te lo diré, no sea que parezca que te replico con palabras, sin responder a las cosas que has dicho desordenadamente. Dices que todos confiesan la existencia del mal, lo cual es verdaderamente falso; pues, en primer lugar, toda la nación hebrea niega su existencia.»]
Capítulo 17. No admitido por todos
Rec. III, 17
Entonces Simón, interrumpiendo su discurso, dijo: [«Hacen bien quienes dicen que no hay mal.»] Entonces Pedro respondió: [«No nos proponemos hablar de esto ahora, sino solo afirmar el hecho de que la existencia del mal no es admitida universalmente. Mas la segunda cuestión que deberías haber preguntado es: ¿qué es el mal? ¿una sustancia, un accidente o un acto? Y otras muchas cosas de la misma índole. Y después de esto, ¿hacia qué, o cómo es, o para quién es malo? ¿Para Dios, para los ángeles o para los hombres; para los justos o para los inicuos; para todos o para algunos; para uno mismo o para nadie? Y luego deberías investigar: ¿de dónde es? ¿De Dios o de la nada? ¿Ha existido siempre, o ha tenido principio en el tiempo? ¿Es útil o inútil? Y otras muchas cosas que exige una proposición de esta clase.»] A esto respondió Simón: [«Perdóname; estaba en un error en cuanto a la primera cuestión; pero supón que ahora pregunto primero si el mal existe o no.»]
Capítulo 18. El modo de conducir la discusión
Rec. III, 18
Entonces Pedro dijo: [«¿De qué modo planteas la cuestión: como quien desea aprender, como quien enseña o por el solo gusto de suscitar la cuestión? Si en verdad como quien desea aprender, tengo algo que enseñarte primero, para que, llegando por las consecuencias y por el recto orden de la doctrina, comprendas por ti mismo qué es el mal. Pero si planteas la cuestión como maestro, no tengo necesidad de ser enseñado por ti, pues tengo un Maestro de quien he aprendido todas las cosas. Mas si preguntas meramente por gusto de suscitar una cuestión y disputar, que cada uno de nosotros exponga primero su opinión, y así debátase el asunto. Pues no es razonable que preguntes como quien desea aprender y contradigas como quien enseña, de modo que, después de mi respuesta, quede a tu discreción decir si he hablado bien o mal. Por lo cual no puedes ocupar el lugar de un contradictor y ser juez de lo que decimos. Y por tanto, como he dicho, si ha de celebrarse discusión, que cada uno exponga sus pareceres; y mientras estemos puestos en conflicto, estos religiosos oyentes serán justos jueces.»]
Capítulo 19. El deseo de instrucción
Rec. III, 19
Entonces Simón dijo: [«¿No te parece absurdo que un pueblo inexperto se siente a juzgar nuestras palabras?»] Entonces Pedro: [«No es así; pues lo que quizá es menos claro para uno puede ser investigado por muchos, porque a menudo incluso un rumor popular tiene aspecto de profecía. Pero además de todo esto, todas estas personas están aquí constreñidas por el amor de Dios y por el deseo de conocer la verdad, y por tanto todos estos han de ser considerados como uno solo, por ser uno y el mismo su afecto hacia la verdad; como, por el contrario, dos son muchos y diversos, si disienten entre sí. Pero si deseas recibir una indicación de cómo todas estas personas que están delante de nosotros son como un solo hombre, considera por su mismo silencio y quietud con cuánta paciencia, como ves, honran la verdad de Dios, aun antes de aprenderla, pues todavía no han aprendido la mayor observancia que le deben. Por lo cual espero, por la misericordia de Dios, que Él acepte el religioso propósito de su mente hacia Él, y dé la palma de la victoria al que predica la verdad, para manifestarles al heraldo de la verdad.»]
Capítulo 20. Principios comunes
Rec. III, 20
Entonces Simón: [«¿Sobre qué asunto deseas que se celebre la discusión? Dímelo, para que yo también defina lo que pienso, y así pueda comenzar la investigación.»] Y Pedro respondió: [«Si en verdad quieres hacer lo que me parece justo, yo querría que se hiciera según el precepto de mi Maestro, quien en primer lugar mandó a la nación hebrea, a la que sabía que tenía conocimiento de Dios y que es Él quien hizo el mundo, no que inquirieran acerca de Aquel a quien conocían, sino que, conociéndole, investigaran su voluntad y su justicia; porque está en poder de los hombres que, escudriñando estas cosas, hallen, hagan y observen aquellas por las que han de ser juzgados. Por tanto, Él nos mandó inquirir no de dónde viene el mal, como tú preguntaste hace poco, sino buscar la justicia del Dios bueno y su reino; y todas estas cosas, dice Él, se os añadirán.»] [] Entonces Simón dijo: [«Puesto que estas cosas son mandadas a los hebreos, como a quienes tienen un recto conocimiento de Dios y opinan que cada uno tiene en su poder hacer aquellas cosas por las que ha de ser juzgado —pero mi opinión difiere de la suya—, ¿por dónde deseas que comience?»]
Capítulo 21. La libertad de la voluntad
Rec. III, 21
Entonces dijo Pedro: [«Aconsejo que la primera investigación sea si está en nuestro poder saber por qué hemos de ser juzgados.»] Pero Simón dijo: [«No; sino acerca de Dios, de quien todos los presentes desean oír.»] Entonces Pedro: [«Admites, pues, que algo está en poder de la voluntad: solamente confiesa esto, si es así, e investiguemos, como dices, acerca de Dios.»] A esto respondió Simón: [«De ningún modo.»] Entonces Pedro dijo: [«Si, pues, nada está en nuestro poder, inútil es para nosotros inquirir algo acerca de Dios, puesto que no está en poder de quienes buscan el hallarlo; por lo cual dije bien que esta debía ser la primera investigación, si algo está en poder de la voluntad.»] Entonces dijo Simón: [«Ni siquiera podemos entender eso que dices, si hay algo en poder de la voluntad.»] Pero Pedro, viendo que se volvía a la disputa y, por miedo a ser vencido, lo confundía todo como si fuera en general incierto, respondió: [«¿Cómo, pues, sabes que no está en poder del hombre conocer algo, puesto que al menos eso mismo lo sabes?»]
Capítulo 22. La responsabilidad
Rec. III, 22
Entonces Simón dijo: [«No sé si siquiera sé esto; pues cada uno, según le está decretado por el destino, o hace, o entiende, o padece.»] Entonces Pedro dijo: [«Mirad, hermanos míos, en qué absurdos ha caído Simón, quien antes de mi venida enseñaba que los hombres tienen en su poder ser sabios y hacer lo que quieren, pero ahora, arrinconado por la fuerza de mis argumentos, niega que el hombre tenga poder alguno de percibir o de obrar; ¡y aun presume de profesarse maestro! Pero dime, ¿cómo, pues, juzga Dios con verdad a cada uno por sus obras, si los hombres no tienen en su propio poder hacer nada? Si esta opinión se sostiene, todas las cosas son arrancadas de raíz; vano será el deseo de seguir el bien; sí, aun en vano administran leyes los jueces del mundo y castigan a los que obran mal, porque no tuvieron en su poder no pecar; vanas también serán las leyes de las naciones que asignan penas a las malas obras. Miserables serán también los que trabajosamente guardan la justicia; pero bienaventurados los que, viviendo en placeres, ejercen tiranía, viviendo en lujo y maldad. Según esto, por tanto, no puede haber ni justicia, ni bondad, ni virtud alguna, ni, como tú querrías, Dios alguno. Mas, oh Simón, sé por qué has hablado así: en verdad porque deseabas evitar la investigación, no fuera que fueses abiertamente refutado; y por eso dices que no está en poder del hombre percibir o discernir nada. Pero si esta hubiera sido realmente tu opinión, ciertamente no te habrías, antes de mi venida, profesado ante el pueblo como maestro. Digo, pues, que el hombre está bajo su propio dominio.»] Entonces dijo Simón: [«¿Qué significa estar bajo su propio dominio? Dinos.»] A esto Pedro: [«Si nada se puede aprender, ¿por qué deseas oír?»] Y Simón dijo: [«No tienes nada que responder a esto.»]
Capítulo 23. El origen del mal
Rec. III, 23
Entonces dijo Pedro: [«Hablaré, no como forzado por ti, sino a petición de los oyentes. El poder de elección es el sentido del alma, que posee una cualidad por la cual puede inclinarse hacia los actos que quiere.»] Entonces Simón, aplaudiendo a Pedro por lo que había dicho, dijo: [«Verdaderamente lo has expuesto magnífica e incomparablemente, pues es mi deber dar testimonio de que hablas bien. Ahora, si me explicas esto que ahora te pregunto, en todo lo demás me someteré a ti. Lo que deseo aprender, pues, es esto: si lo que Dios quiere que sea, es; y lo que no quiere que sea, no es. Respóndeme a esto.»] Entonces Pedro: [«Si no sabes que estás haciendo una pregunta absurda e incompetente, te perdonaré y te lo explicaré; pero si eres consciente de que preguntas sin consecuencia, no haces bien.»] Entonces Simón dijo: [«Juro por la Divinidad Suprema, sea lo que fuere, que juzga y castiga a los que pecan, que no sé qué he dicho sin consecuencia, o qué absurdo hay en mis palabras, es decir, en las que acabo de pronunciar.»]
Capítulo 24. Dios, autor del bien, no del mal
Rec. III, 24
Respondió a esto Pedro: Puesto que, pues, confiesas que eres ignorante, ahora aprende. Tu pregunta exigía de nosotros una respuesta sobre dos cosas contrarias entre sí. Porque todo movimiento se divide en dos partes, de modo que una parte es movida por necesidad y otra por voluntad; y las cosas que son movidas por necesidad están siempre en movimiento; las que son movidas por voluntad, no siempre. Por ejemplo, el movimiento del sol se realiza por necesidad para completar su circuito señalado, y todo estado y servicio del cielo depende de movimientos necesarios. Pero el hombre dirige los movimientos voluntarios de sus propias acciones. Y así hay algunas cosas que han sido creadas para este fin: que en sus servicios estén sujetas a la necesidad y no puedan hacer otra cosa sino la que les ha sido asignada; y cuando han cumplido este servicio, el Creador de todas las cosas, que así las dispuso según su voluntad, las conserva. Pero hay otras cosas en las que hay un poder de voluntad y que tienen libre elección de hacer lo que quieran. Estas, como he dicho, no permanecen siempre en aquel orden en que fueron creadas, sino que, según las lleva su voluntad y las inclina el juicio de su mente, producen o bien o mal; y por tanto Él ha propuesto recompensas a los que obran bien y penas a los que obran mal.
Capítulo 25. [«¿Quién ha resistido a su voluntad?» ]
Rec. III, 25
Dices, por tanto, que si Dios quiere que algo sea, es; y si no lo quiere, no es. Pero si yo respondiera que lo que Él quiere es, y lo que no quiere no es, dirías que entonces Él quiere que sean las cosas malas que se hacen en el mundo, puesto que todo lo que Él quiere es, y todo lo que no quiere no es. Mas si yo hubiera respondido que no es así que lo que Dios quiere sea, y lo que no quiere no sea, entonces me replicarías que Dios habría de ser impotente, si no puede hacer lo que quiere; y estarías tanto más petulante, creyendo que habías alcanzado victoria, aunque no habías dicho nada al caso. Por tanto, eres ignorante, oh Simón, sí, muy ignorante, de cómo actúa la voluntad de Dios en cada caso individual. Pues algunas cosas, como hemos dicho, Él las ha querido de tal modo que no pueden ser de otra manera que como están ordenadas por Él; y a estas no les ha asignado ni recompensas ni castigos; pero a aquellas que ha querido que sean de modo que tengan en su poder hacer lo que quieran, les ha asignado, según sus acciones y sus voluntades, ganar o recompensas o castigos. Puesto que, por tanto, como te he informado, todas las cosas que se mueven se dividen en dos partes, según la distinción que antes expuse, todo lo que Dios quiere es, y todo lo que Él no quiere no es.
Capítulo 26. No hay bondad sin libertad
Rec. III, 26
Respondió a esto Simón: [«¿Acaso no pudo Él hacernos a todos tales que fuéramos buenos y que no tuviéramos en nuestro poder ser de otra manera?»] Pedro respondió: [«También esta es una cuestión absurda. Porque si nos hubiera hecho de naturaleza inmutable e incapaces de ser movidos del bien, no seríamos verdaderamente buenos, porque no podríamos ser otra cosa; y no sería de nuestro propósito que fuéramos buenos; y lo que hiciéramos no sería nuestro, sino de la necesidad de nuestra naturaleza. Pero ¿cómo puede llamarse bueno lo que no se hace de propósito? Y por esta causa el mundo requirió largos períodos, hasta que se completara el número de almas que estaban predestinadas a llenarlo, y entonces aquel cielo visible fuera plegado como un rollo, y lo que es más alto apareciera, y las almas de los bienaventurados, restituidas a sus cuerpos, fuesen introducidas en la luz; mas las almas de los inicuos, por sus acciones impuras, rodeadas de espíritu ígneo, fuesen hundidas en el abismo del fuego inextinguible, para sufrir castigos por toda la eternidad. Que estas cosas son así, nos lo ha testificado el verdadero Profeta; acerca del cual, si deseas saber que es profeta, te instruiré con innumerables declaraciones. Pues de las cosas que fueron dichas por Él, aun ahora se está cumpliendo todo lo que dijo; y las cosas que habló con respecto al futuro se cree que están por cumplirse, porque se da fe al futuro a partir de las cosas que ya han acontecido.»]
Capítulo 27. El cielo visible: por qué fue hecho
Rec. III, 27
Pero Simón, percibiendo que Pedro estaba claramente asignando una razón desde la cabeza de la profecía, por la cual toda la cuestión queda resuelta, declinó que el discurso tomara este giro; y así respondió: [«Respóndeme a las preguntas que te hago, y dime: si ese cielo visible ha de ser disuelto, como dices, ¿por qué fue hecho al principio?»] Pedro respondió: [«Fue hecho por causa de esta vida presente de los hombres, para que hubiera alguna suerte de interposición y separación, no sea que algún indigno vea la morada de los celestiales y la sede misma de Dios, las cuales están preparadas para ser vistas solo por aquellos que son de corazón puro. Mateo 5:8] Pero ahora, es decir, en el tiempo del combate, le ha placido que sean invisibles aquellas cosas que están destinadas como recompensa a los vencedores.» Entonces Simón dijo: [«Si el Creador es bueno, y el mundo es bueno, ¿cómo aquel que es bueno destruirá jamás lo que es bueno? Pero si destruye lo que es bueno, ¿cómo se ha de pensar que Él mismo es bueno? Pero si lo disuelve y destruye como malo, ¿cómo no aparecerá como malo, quien ha hecho lo que es malo?»]
Capítulo 28. Por qué ha de ser disuelto
Rec. III, 28
A esto respondió Pedro: [«Puesto que hemos prometido no huir de tus blasfemias, las soportamos con paciencia, pues tú mismo darás cuenta de las cosas que dices. Escucha, pues, ahora. Si en verdad aquel cielo visible y transitorio hubiera sido hecho por causa de sí mismo, habría alguna razón en lo que dices: que no debe ser disuelto. Pero si no fue hecho por causa de sí mismo, sino por causa de otra cosa, es necesario que sea disuelto, para que aparezca aquello por lo cual parece haber sido hecho. Como podría decir, a modo de ilustración: por más que la cáscara del huevo parezca formada con justicia y cuidado, es sin embargo necesario que se rompa y se abra, para que el polluelo salga de ella, y aparezca aquello para lo cual la forma de todo el huevo parece haber sido moldeada. Así también, por tanto, es necesario que la condición de este mundo pase, para que aquella condición más sublime del reino celestial resplandezca.»]
Capítulo 29. Las cosas corruptibles y temporales hechas por el Incorruptible y Eterno
Rec. III, 29
Entonces Simón: [«No me parece que el cielo, que ha sido hecho por Dios, pueda ser disuelto. Pues las cosas hechas por el Eterno son eternas, mientras que las cosas hechas por uno corruptible son temporales y decadentes.»] Entonces Pedro: [«No es así. En verdad, cosas corruptibles y temporales de todo tipo son hechas por criaturas mortales; pero el Eterno no hace siempre cosas corruptibles, ni siempre incorruptibles; sino que según la voluntad de Dios el Creador, así serán las cosas que Él crea. Pues el poder de Dios no está sujeto a ley, sino que su voluntad es ley para sus criaturas.»] Entonces Simón respondió: [«Te devuelvo a la primera cuestión. Dijiste hace poco que Dios no es visible a nadie; pero cuando aquel cielo sea disuelto, y aquella condición superior del reino celestial resplandezca, entonces aquellos que son puros de corazón Mateo 5:8] verán a Dios; afirmación que es contraria a la ley, pues allí está escrito que Dios dijo: 'Nadie verá mi rostro y vivirá.'» []
Capítulo 30. Cómo los puros de corazón ven a Dios
Rec. III, 30
Entonces Pedro respondió: [«A los que no leen la ley según la tradición de Moisés, mi discurso les parece contrario a ella; pero yo te mostraré cómo no es contradictorio. Dios es visto por la mente, no por el cuerpo; por el espíritu, no por la carne. Por lo cual también los ángeles, que son espíritus, ven a Dios; y por tanto los hombres, mientras son hombres, no pueden verlo. Pero después de la resurrección de los muertos, cuando hayan sido hechos semejantes a los ángeles, Mateo 22:30] podrán ver a Dios. Y así mi afirmación no es contraria a la ley; ni tampoco lo es aquello que dijo nuestro Maestro: 'Bienaventurados los de corazón puro, porque ellos verán a Dios.' [] Pues Él mostró que vendrá un tiempo en que de los hombres se harán ángeles, quienes en el espíritu de su mente verán a Dios.» Después de estas y muchas dichos semejantes, Simón comenzó a afirmar con muchos juramentos, diciendo: [«Sobre una sola cosa dame razón: si el alma es inmortal, y me someteré a tu voluntad en todas las cosas. Pero sea mañana, porque hoy es tarde.»] Cuando, pues, Pedro comenzaba a hablar, Simón salió, y con él muy pocos de sus asociados; y esto por vergüenza. Pero todos los demás, volviéndose a Pedro, se postraron ante él de rodillas; y algunos de los que estaban afligidos por diversas enfermedades, o poseídos por demonios, fueron sanados por la oración de Pedro, y partieron gozosos, como habiendo obtenido a la vez la doctrina del verdadero Dios, y también su misericordia. Cuando, pues, las multitudes se retiraron, y solo nosotros, sus servidores, permanecimos con él, nos sentamos en lechos colocados en el suelo, reconociendo cada uno su lugar acostumbrado, y habiendo tomado alimento, y dado gracias a Dios, nos fuimos a dormir.
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