III, 36
Pero como él introduce a continuación el caso del favorito de Adriano (me refiero a los relatos acerca del joven Antínoo y a los honores que le tributaron los habitantes de la ciudad de Antínoo, en Egipto), y supone que el honor tributado a éste difiere poco del que nosotros rendimos a Jesús, mostremos con qué espíritu de hostilidad se hace esta afirmación. Pues ¿qué tienen en común una vida vivida entre los favoritos de Adriano, por uno que no se abstuvo ni siquiera de los amores contra natura, y la del venerable Jesús, contra quien ni aun aquellos que le imputaron otros innumerables cargos, y que contaron tantas falsedades, pudieron alegar que manifestase, aun en el más mínimo grado, inclinación alguna a lo licencioso? Antes bien, si alguien investigase con espíritu de verdad y de imparcialidad las historias relativas a Antínoo, hallaría que fue debido a las artes mágicas y a los ritos de los egipcios que hubo incluso la apariencia de que obraba algo (maravilloso) en la ciudad que lleva su nombre, y ello tan sólo después de su muerte —efecto que, se dice, fue producido en otros templos por los egipcios y por los versados en las artes que practican. Pues erigen en ciertos lugares demonios que pretenden poseer poder profético o curativo, y que con frecuencia atormentan a quienes parecen haber cometido alguna falta respecto de los alimentos ordinarios, o respecto de tocar el cadáver de un hombre, a fin de dar la impresión de aterrar a la muchedumbre inculta. De esta naturaleza es el ser que es considerado dios en Antinoópolis, en Egipto, cuyas (supuestas) virtudes son invenciones mentirosas de algunos que viven de la ganancia que de ello obtienen; mientras que otros, engañados por el demonio allí colocado, y otros de nuevo convencidos por una conciencia débil, creen efectivamente que pagan un castigo divino infligido por Antínoo. De tal naturaleza son también los misterios que celebran y las predicciones aparentes que pronuncian. Muy diferentes de éstos son los de Jesús. Pues no fue una compañía de hechiceros, que halagaban a un rey o gobernante a su mandato, la que pareció haberle hecho dios; sino que el mismo Arquitecto del universo, de acuerdo con el maravilloso poder persuasivo de sus palabras, lo recomendó como digno de honor, no sólo a aquellos hombres bien dispuestos, sino también a los demonios y a otras potestades invisibles, las cuales aun en el presente muestran que o bien temen el nombre de Jesús como el de un ser de poder superior, o lo aceptan reverentemente como su gobernante legítimo. Pues si la recomendación no le hubiera sido dada por Dios, los demonios no se habrían retirado de aquellos a quienes asaltaban, en obediencia a la sola mención de su nombre.
Comentario editorial · Antínoo, el favorito de Adriano
Antínoo (hacia 111 – hacia 130) fue un joven de Bitinia, favorito del emperador Adriano. Murió en octubre de 130, durante un viaje por el Nilo, en circunstancias que se discuten; Adriano lo divinizó y fundó junto al lugar de su muerte la ciudad de Antinoópolis, centro de un culto que se extendió por el Imperio (Wikipedia). Celso sostiene que el honor tributado a Antínoo difiere poco del que los cristianos rinden a Jesús. Orígenes responde que los prodigios de Antinoópolis son artes mágicas y ritos egipcios, y que a Jesús lo recomendó el «Arquitecto del universo» y no «una compañía de hechiceros» al servicio de un gobernante. Según Wikipedia, también escritores paganos —Pausanias, Luciano, el emperador Juliano— y cristianos —Tertuliano, Jerónimo— criticaron aquel culto.
Para ampliar: Antinous (Wikipedia (en))
III, 37
Los egipcios, pues, habiendo sido enseñados a adorar a Antínoo, si lo comparáis con Apolo o con Zeus, tolerarán tal comparación, siendo Antínoo engrandecido en su estimación por ser clasificado con estas deidades; pues Celso es claramente convicto de falsedad cuando dice que no tolerarán que se le compare con Apolo o con Zeus. En cambio, los cristianos (que han aprendido que su vida eterna consiste en conocer al único Dios verdadero, el Dios que está sobre todas las cosas, y a Jesucristo, a quien Él ha enviado; y que han aprendido también que todos los dioses de los gentiles son demonios codiciosos, que revolotean en torno a los sacrificios y la sangre y otros acompañamientos sacrificiales, con el fin de engañar a quienes no se han refugiado en el Dios que está sobre todas las cosas; pero que los divinos y santos ángeles de Dios son de naturaleza y voluntad distintas de todos los demonios que hay en la tierra, y que son conocidos de aquellas poquísimas personas que han investigado estas materias con cuidado e inteligencia) no tolerarán que se establezca comparación entre ellos y Apolo o Zeus, o cualquier ser adorado con olores y sangre y sacrificios; algunos de ellos obrando así por su extrema sencillez, sin poder dar razón de su conducta, sino observando sinceramente los preceptos que han recibido; otros, en cambio, por razones que no han de ser tenidas en poco, antes bien, incluso de descripción profunda, y (como diría un griego) extraídas de la naturaleza íntima de las cosas; y entre estos últimos Dios es frecuente tema de conversación, y aquellos que son honrados por Dios, mediante su Unigénito Verbo, con participación en su divinidad, y por tanto también en su nombre. Hablan también mucho, tanto acerca de los ángeles de Dios como de aquellos que se oponen a la verdad, pero han sido engañados; y que, a consecuencia de haber sido engañados, los llaman dioses o ángeles de Dios, o demonios buenos, o héroes que se han hecho tales por la transferencia a ellos de un alma humana buena. Y tales cristianos mostrarán también que, así como en la filosofía hay muchos que parecen estar en posesión de la verdad, y que sin embargo se han engañado a sí mismos por argumentos verosímiles, o por asentir temerariamente a lo que fue propuesto y descubierto por otros; así también, entre aquellas almas que existen separadas de los cuerpos, tanto ángeles como demonios, hay algunas que han sido inducidas por razones verosímiles a declararse dioses. Y porque era imposible que las razones de tales cosas pudieran ser descubiertas por los hombres con perfecta exactitud, se consideró seguro que ningún mortal se confiase a ser alguno como a Dios, con excepción de Jesucristo, que es, por así decirlo, el Soberano de todas las cosas, y que tanto contempló estos secretos de tanto peso como los dio a conocer a unos pocos.
III, 38
La creencia, pues, en Antínoo, o en cualquier otra persona semejante, ya entre los egipcios o ya entre los griegos, es, por así decirlo, desdichada; mientras que la creencia en Jesús parecería ser o bien afortunada, o bien fruto de una investigación minuciosa, presentando el aspecto de lo primero ante la multitud, y el de lo segundo ante poquísimos. Y cuando digo que cierta creencia es, como la llamaría la multitud, desdichada, en tal caso atribuyo la causa a Dios, que conoce las razones de las diversas suertes asignadas a cada uno de los que entran en la vida humana. Los griegos, además, admitirán que aun entre aquellos que son tenidos por más ampliamente dotados de sabiduría, la buena fortuna ha tenido mucho que ver, como en la elección de maestros de un género antes que de otro, y en encontrar una mejor clase de instructores (habiéndolos que enseñaban las doctrinas más opuestas), y en ser educados en mejores circunstancias; pues la educación de muchos se ha desarrollado en medio de condiciones tales, que se les impedía recibir jamás idea alguna de cosas mejores, sino que pasaban constantemente su vida, desde su más temprana juventud, ya como favoritos de hombres licenciosos o de tiranos, ya en alguna otra condición miserable que prohibía al alma mirar hacia lo alto. Y las causas de estas suertes tan variadas, según toda probabilidad, han de buscarse en las razones de la providencia, aunque no es fácil para los hombres averiguarlas; pero he dicho lo que he dicho a modo de digresión del cuerpo principal de mi tema, a causa del proverbio, según el cual tal es el poder de la fe, porque se apodera de lo que primero se presenta. Porque era necesario, a causa de los diferentes métodos de educación, hablar de las diferencias de creencia entre los hombres, de los cuales unos son más afortunados y otros menos en su creencia; y de ahí pasar a mostrar que lo que se denomina buena o mala fortuna parecería contribuir aun en el caso de los más talentosos a que aparezcan más plenamente dotados de razón y a que den su asentimiento por razones a la mayoría de las opiniones humanas. Pero basta sobre estos puntos.
III, 39
Debemos fijar la atención en las observaciones que Celso hace a continuación, cuando nos dice que la fe, habiéndose apoderado de nuestras mentes, nos hace prestar el asentimiento que damos a la doctrina de Jesús; pues en verdad es la fe la que produce tal asentimiento. Observad, sin embargo, si esa fe no exhibe por sí misma aquello que es digno de alabanza, puesto que nos confiamos al Dios que está sobre todas las cosas, reconociendo nuestra gratitud a Aquel que nos ha conducido a tal fe, y declarando que Él no habría podido intentar ni realizar tal resultado sin la asistencia divina. Y tenemos también confianza en las intenciones de los autores de los Evangelios, observando su piedad y su escrupulosidad, manifestadas en sus escritos, los cuales no contienen nada espurio, ni engañoso, ni falso, ni astuto; pues es evidente para nosotros que almas no versadas en aquellos artificios que enseña la sofistería astuta de los griegos (la cual se caracteriza por gran verosimilitud y agudeza), y por el género de retórica en boga en los tribunales de justicia, no habrían podido inventar así sucesos que por sí mismos conducen a la fe y a una vida conforme a la fe. Y soy de opinión que fue por esta razón que Jesús quiso emplear a tales personas como maestros de sus doctrinas, a saber, para que no hubiera motivo de sospecha alguna de sofistería plausible, sino para que apareciera claramente ante todos los capaces de comprender que el propósito íntegro de los escritores, por así decirlo, marcado con gran sencillez, fue juzgado digno de ir acompañado de un poder más divino, el cual realizó mucho más de lo que parecía posible realizar con una perífrasis de palabras y un tejido de frases, acompañados de todas las distinciones del arte griego.
III, 40
Pero fijaos si los principios de nuestra fe, armonizando con las ideas generales implantadas en nuestras mentes al nacer, no producen un cambio en quienes escuchan con candor sus afirmaciones; pues aunque una visión pervertida de las cosas, con la ayuda de mucha instrucción en el mismo sentido, ha podido implantar en las mentes de la multitud la creencia de que las imágenes son dioses, y de que las cosas hechas de oro, plata, marfil y piedra son dignas de culto, sin embargo, el sentido común prohíbe la suposición de que Dios sea en modo alguno una porción de materia corruptible, o de que sea honrado cuando los hombres le hacen asumir una forma encarnada en materia muerta, modelada según alguna imagen o símbolo de su apariencia. Y por eso decimos de inmediato de las imágenes que no son dioses, y de tales creaciones (del arte) que no deben compararse con el Creador, sino que son pequeñas en contraste con el Dios que está sobre todas las cosas, y que creó, y sostiene, y gobierna el universo. Y el alma racional, reconociendo por así decirlo su parentesco (con lo divino), rechaza de inmediato aquello que por un tiempo supuso que eran dioses, y recobra su amor natural por su Creador; y a causa de su afecto hacia Él, recibe también a Aquel que presentó primero estas verdades a todas las naciones por medio de los discípulos a quienes había designado, y a quienes envió, provistos de poder y autoridad divinos, para proclamar la doctrina acerca de Dios y de su reino.
III, 41
Pero ya que nos ha acusado, no sé cuántas veces ya, de que consideramos como Dios a este Jesús, que no fue sino un cuerpo mortal, y de que suponemos que obramos piadosamente al hacerlo, es superfluo decir algo más en respuesta, pues mucho se ha dicho ya en las páginas precedentes. Y sin embargo, que quienes formulan esta acusación entiendan que Aquel a quien consideramos y creemos que fue desde el principio Dios, y el Hijo de Dios, es el mismo Verbo, y la misma Sabiduría, y la misma Verdad; y con respecto a su cuerpo mortal, y al alma humana que contenía, afirmamos que no por su mera comunión con Él, sino por su unidad e intermezcla, recibieron las potestades más altas, y después de participar de su divinidad, fueron transformadas en Dios. Y si alguno sintiera dificultad en que digamos esto respecto a su cuerpo, atienda a lo que dicen los griegos acerca de la materia, la cual, hablando propiamente, siendo sin cualidades, recibe aquellas que el Creador desea investirla, y con frecuencia se despoja de las que antes poseía, y asume otras de diferente y superior género. Y si estas opiniones son correctas, ¿qué hay de maravilloso en que la cualidad mortal del cuerpo de Jesús, si la providencia de Dios así lo ha querido, haya sido transformada en una etérea y divina?
III, 42
Celso, pues, no habla como un buen razonador, cuando compara la carne mortal de Jesús con el oro, la plata y la piedra, afirmando que aquélla es más propensa a la corrupción que éstos. Porque, hablando con propiedad, lo incorruptible no está más exento de corrupción que otra cosa incorruptible, ni lo corruptible es más propenso a la corrupción que otra cosa corruptible. Pero, aun admitiendo que haya grados de corruptibilidad, podemos responder que, si es posible que la materia que subyace a todas las cualidades cambie algunas de ellas, ¿cómo habría de ser imposible que también la carne de Jesús cambiara de cualidades, y llegara a ser tal como convenía que fuese un cuerpo que tenía su morada en el éter y en las regiones superiores a él, y que ya no poseía las flaquezas propias de la carne, ni aquellas propiedades que Celso llama impurezas, y al llamarlas así habla como quien no es filósofo? Porque lo que es propiamente inmundo lo es a causa de su maldad. Ahora bien, la naturaleza del cuerpo no es inmunda; pues en cuanto que es naturaleza corporal, no posee el vicio, que es el principio generador de la impureza. Pero, como sospechaba la respuesta que nosotros devolveríamos, dice respecto al cambio del cuerpo de Jesús: Bien; cuando se haya despojado de estas cualidades, será un dios; (y si es así), ¿por qué no más bien Esculapio, y Dioniso, y Hércules? A lo cual respondemos: ¿Qué gran obra ha realizado Esculapio, o Dioniso, o Hércules? ¿Y qué individuos podrán señalar que hayan sido mejorados en su carácter, y hechos mejores por sus palabras y sus vidas, de modo que puedan hacer valer su pretensión de ser dioses? Porque recorramos las muchas narraciones que hay acerca de ellos, y veamos si estuvieron libres de licencia, o de injusticia, o de necedad, o de cobardía. Y si nada de ese género se hallara en ellos, el argumento de Celso podría tener fuerza, el cual pone a los individuos antes nombrados en igualdad con Jesús. Pero si es cierto que, aunque se refieren de ellos algunas cosas honorables, se registra, sin embargo, que hicieron innumerables cosas contrarias a la recta razón, ¿cómo podrías ya decir, con alguna apariencia de razón, que estos hombres, al despojarse de su cuerpo mortal, se convirtieron en dioses antes que Jesús?
III, 43
Dice luego de nosotros, que nos burlamos de los que adoran a Júpiter, porque su tumba es señalada en la isla de Creta; y sin embargo adoramos a aquel que resucitó del sepulcro, aunque ignoramos los fundamentos por los cuales los cretenses observan tal costumbre. Obsérvese ahora que emprende así la defensa de los cretenses, y de Júpiter, y de su tumba, aludiendo oscuramente a las nociones alegóricas conforme a las cuales se dice que fue inventado el mito acerca de Júpiter; mientras ataca a nosotros, que confesamos que nuestro Jesús fue sepultado, en verdad, pero que sostenemos que también ha sido resucitado del sepulcro — afirmación que los cretenses aún no han hecho respecto de Júpiter. Pero puesto que parece admitir que la tumba de Júpiter está en Creta, cuando dice que ignoramos los fundamentos por los cuales los cretenses observan tal costumbre, respondemos que Calímaco el cireneico, que había leído innumerables composiciones poéticas y casi toda la historia griega, no conocía ningún sentido alegórico contenido en las historias acerca de Júpiter y su tumba; y por consiguiente acusa a los cretenses en su himno dirigido a Júpiter, en estas palabras: —
Los cretenses son siempre mentirosos: pues tu tumba, oh rey, La han erigido los cretenses; y sin embargo tú no moriste, Porque vives siempre.
Ahora bien, el que dijo: No moriste, porque vives siempre, al negar que la tumba de Júpiter estaba en Creta, registra sin embargo que en Júpiter hubo el principio de la muerte. Pero el nacimiento sobre la tierra es el principio de la muerte. Y sus palabras son estas: —
Y Rea te dio a luz entre los Parrasios; —
cuando debió advertir, después de negar que el nacimiento de Júpiter tuvo lugar en Creta a causa de su tumba, que era muy congruente con su nacimiento en Arcadia que el que nació muriese también. Y así habla Calímaco de estas cosas: Oh Júpiter, algunos dicen que naciste en los montes de Ida, otros en Arcadia. ¿Cuáles de ellos han mentido, oh padre? Los cretenses son siempre mentirosos, etc. Ahora bien, es Celso quien nos ha obligado a tratar estos temas, por la manera injusta en que procede respecto de Jesús, dando su asentimiento a lo que se refiere acerca de su muerte y sepultura, pero considerando como invención su resurrección de entre los muertos, aunque esto no sólo fue anunciado por innumerables profetas, sino que también se dieron muchas pruebas de que apareció después de la muerte.
III, 44
Después de estos puntos Celso cita algunas objeciones contra la doctrina de Jesús, formuladas por muy pocos individuos que son tenidos por cristianos, no de los más inteligentes, como él supone, sino de la clase más ignorante, y afirma que las siguientes son las reglas por ellos establecidas: Que nadie venga a nosotros el que haya sido instruido, o que sea sabio o prudente (pues tales cualidades son tenidas por malas entre nosotros); pero si hay algunos ignorantes, o faltos de inteligencia, o sin instrucción, o necios, que vengan con confianza. Con cuyas palabras, al reconocer que tales individuos son dignos de su Dios, manifiestamente muestran que desean y son capaces de atraer solamente a los simples, a los viles y a los estúpidos, junto con las mujeres y los niños. En respuesta a lo cual, decimos que, así como, si mientras Jesús enseña la continencia, y dice: Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya cometió adulterio con ella en su corazón, alguien viera a unos pocos de los que son tenidos por cristianos viviendo licenciosamente, culparía con toda justicia su manera de vivir contraria a la enseñanza de Jesús, pero obraría con suma irracionalidad si cargara al Evangelio con su conducta censurable; así también, si encontrara no obstante que la doctrina de los cristianos invita a los hombres a la sabiduría, la culpa entonces debe recaer sobre los que descansan en su propia ignorancia, y que pronuncian, no lo que Celso refiere (porque aunque algunos de ellos son simples e ignorantes, no hablan con tanta desvergüenza como él alega), sino otras cosas de mucho menos grave entidad, que, sin embargo, sirven para desviar a los hombres de la práctica de la sabiduría.
III, 45
Pero que el objeto del cristianismo es que lleguemos a ser sabios, puede probarse no solo de los antiguos escritos de los judíos, que también nosotros usamos, sino especialmente de los que fueron compuestos después del tiempo de Jesús, y que son tenidos entre las Iglesias por divinos. Ahora bien, en el salmo quincuagésimo, David es descrito diciendo en su oración a Dios estas palabras: Lo escondido y secreto de tu sabiduría me lo has manifestado. También Salomón, porque pidió sabiduría, la recibió; y si alguno leyera los Salmos, hallaría el libro lleno de muchas máximas de sabiduría; y las pruebas de su sabiduría pueden verse en sus tratados, que contienen gran cantidad de sabiduría expresada en pocas palabras, y en los cuales hallarás muchas alabanzas de la sabiduría y exhortaciones para obtenerla. Y tan sabio era Salomón, que la reina de Sabá, habiendo oído su nombre, y el nombre del Señor, vino a probarle con preguntas difíciles, y le dijo todo cuanto tenía en su corazón; y Salomón le respondió todas sus preguntas. No hubo pregunta que el rey omitiera que no le respondiera. Y la reina de Sabá vio toda la sabiduría de Salomón, y las posesiones que tenía, y no hubo más espíritu en ella. Y dijo al rey: Verdad es el informe que oí en mi propia tierra acerca de ti y de tu sabiduría; mas no creí a los que me lo decían, hasta que he venido, y mis ojos lo han visto. Y he aquí, ni la mitad me habían contado. Has añadido sabiduría y posesiones sobre todo el informe que oí. Se registra también de él, que Dios dio a Salomón sabiduría y prudencia muy grandes, y anchura de corazón, como la arena que está a la orilla del mar. Y la sabiduría que había en Salomón aventajó en gran manera a la sabiduría de todos los antiguos, y de todos los sabios de Egipto; y fue más sabio que todos los hombres, aun que Getán el ezraíta, y Emad, y Calcadi, y Aradab, hijos de Madi. Y fue renombrado entre todas las naciones de alrededor. Y dijo Salomón tres mil proverbios, y sus cantares fueron cinco mil. Y habló de los árboles, desde el cedro que está en el Líbano hasta el hisopo que nace en la pared; y también de los peces y de las bestias. Y todas las naciones venían para oír la sabiduría de Salomón, y por todos los reyes de la tierra que habían oído de la fama de su sabiduría.
Y tanto desea el Evangelio que haya hombres sabios entre los creyentes, que, con el fin de ejercitar el entendimiento de sus oyentes, ha hablado algunas verdades en enigmas, otras en lo que se llaman sentencias oscuras, otras en parábolas, y otras en problemas. Y uno de los profetas — Oseas — dice al final de sus profecías: ¿Quién es sabio, y entenderá estas cosas? ¿O prudente, y las conocerá? Daniel, además, y sus compañeros de cautiverio, hicieron tal progreso en el saber que cultivaban los sabios que estaban junto al rey en Babilonia, que se mostró que los superaban a todos en diez veces. Y en el libro de Ezequiel se dice al príncipe de Tiro, que se ensoberbecía mucho de su sabiduría: ¿Eres tú más sabio que Daniel? Ningún secreto te fue revelado.
III, 46
Y si venís a los libros escritos después del tiempo de Jesús, hallaréis que aquellas multitudes de creyentes que oyen las parábolas están, por así decirlo, fuera, y son dignos solamente de doctrinas exotéricas, mientras que los discípulos aprenden en privado la explicación de las parábolas. Porque en privado, a sus propios discípulos, les abrió Jesús todas las cosas, estimando por encima de las multitudes a los que deseaban conocer su sabiduría. Y promete a los que creen en Él enviarles hombres sabios y escribas, diciendo: He aquí, yo os envío sabios y escribas, y de ellos a unos mataréis y crucificaréis. Y también Pablo, en el catálogo de los carismas concedidos por Dios, puso en primer lugar la palabra de sabiduría, y en segundo, como inferior a ella, la palabra de ciencia, mas en tercero, y más abajo, la fe. Y porque consideraba la palabra superior a los poderes milagrosos, por eso coloca las operaciones de milagros y los dones de sanidades en un lugar más bajo que los dones de la palabra. Y en los Hechos de los Apóstoles da Esteban testimonio del gran saber de Moisés, que había adquirido enteramente de escritos antiguos no accesibles a la multitud. Porque dice: Y Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios. Y por eso, con respecto a sus milagros, se sospechó que los obraba quizá no en virtud de su profesión de venir de Dios, sino por medio de su conocimiento egipcio, en el cual estaba bien versado. Pues el rey, albergando tal sospecha, llamó a los magos egipcios, y a los sabios, y a los hechiceros, que se hallaron de ninguna utilidad frente a la sabiduría de Moisés, la cual se demostró superior a toda la sabiduría de los egipcios.
III, 47
Pero es probable que lo que Pablo escribió en la primera Epístola a los corintios, por ir dirigida a griegos que se enorgullecían sobremanera de su sabiduría griega, haya movido a algunos a creer que no era objeto del Evangelio ganar a los sabios. Ahora bien, entienda el que es de esta opinión que el Evangelio, al censurar a los hombres malvados, dice de ellos que son sabios no en las cosas que se refieren al entendimiento, y que son invisibles y eternas; sino que, al ocuparse solamente de las cosas sensibles, y al considerarlas como de suprema importancia, son sabios según el mundo: pues como existen multitud de opiniones, algunas de las cuales toman la causa de la materia y de los cuerpos, y afirman que todo lo que tiene existencia sustancial es corpóreo, y que fuera de estas cosas nada existe, ni siquiera aquello que se llama invisible o incorpóreo, dice también que estas constituyen la sabiduría de este mundo, la cual perece y se desvanece, y pertenece solamente a este siglo; mientras que aquellas opiniones que elevan el alma desde las cosas de aquí hasta la bienaventuranza que está con Dios, y hasta su reino, y que enseñan a los hombres a despreciar todas las cosas sensibles y visibles como existentes solo por un tiempo, y a apresurarse hacia las cosas invisibles, y a tener en cuenta aquellas cosas que no se ven —estas, dice, constituyen la sabiduría de Dios. Pero Pablo, como amante de la verdad, dice de ciertos sabios entre los griegos, cuando sus afirmaciones son verdaderas, que aunque conocieron a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. Y da testimonio de que conocieron a Dios, y dice también que esto no les aconteció sin divina concesión, en estas palabras: Porque Dios se lo mostró a ellos; aludiendo oscuramente, creo yo, a los que ascienden de las cosas sensibles a las del entendimiento, cuando añade: Porque las cosas invisibles de Dios, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por las cosas que son hechas, aun su eterna potencia y divinidad; de modo que son inexcusables: por cuanto, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias.
III, 48
Y quizá también desde las palabras: Porque mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; sino que Dios escogió las cosas necias del mundo para confundir a los sabios; y las cosas viles, y las que son despreciadas, escogió Dios, y las que no son, para deshacer las que son, a fin de que ninguna carne se gloríe en su presencia; algunos se han visto llevados a suponer que nadie que sea instruido, o sabio, o prudente, abraza el Evangelio. Ahora bien, en respuesta a tal persona, diríamos que no se ha afirmado que ningún sabio según la carne, sino que no muchos sabios según la carne, son llamados. Es manifiesto, además, que entre las cualidades características de los que son llamados obispos, Pablo, al describir cómo debe ser el obispo, establece como requisito que sea también maestro, diciendo que debe ser capaz de convencer a los que contradicen, a fin de que, con la sabiduría que hay en él, tape la boca a los habladores necios y a los engañadores. Y así como escoge para el episcopado al hombre que ha sido casado una sola vez antes que al que dos veces ha contraído matrimonio, y al de vida irreprensible antes que al susceptible de censura, y al sobrio antes que al que no lo es, y al prudente antes que al que no es prudente, y al de conducta decorosa antes que al que está abierto a la acusación aun de la más leve indecorosidad, así desea que el que haya de ser preferido para el oficio de obispo sea apto para enseñar y capaz de convencer a los que contradicen. ¿Cómo puede, pues, Celso acusarnos con justicia de decir: Que no venga a nosotros nadie que sea 'instruido', o 'sabio', o 'prudente'? Antes bien, venga a nosotros el que quiera, instruido, y sabio, y prudente; y no por eso menos, si alguno es ignorante e incapaz de entender, y sin instrucción y necio, venga también él: porque a estos es a quienes el Evangelio promete curar, cuando vengan, haciéndolos a todos dignos de Dios.
III, 49
Esta declaración también es falsa: la de que únicamente individuos necios y viles, y personas carentes de discernimiento, y esclavos, y mujeres, y niños, son de quienes los maestros de la palabra divina desean hacer conversos. A tales personas, en verdad, invita el Evangelio, para hacerlas mejores; pero invita también a otras muy diferentes de éstas, puesto que Cristo es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los que creen, sean inteligentes o sencillos; y Él es la propiciación por nuestros pecados ante el Padre; y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Después de esto, es superfluo que deseemos ofrecer respuesta a tales declaraciones de Celso como las siguientes: Pues ¿por qué ha de ser un mal haber sido educado, y haber estudiado las mejores opiniones, y tener a la vez la realidad y la apariencia de la sabiduría? ¿Qué obstáculo ofrece esto al conocimiento de Dios? ¿Por qué no habría de ser más bien una ayuda, y un medio por el cual uno pudiera estar mejor capacitado para llegar a la verdad? En verdad no es mal alguno haber sido educado, pues la educación es el camino hacia la virtud; pero contar entre el número de los educados a los que sostienen opiniones erróneas es lo que ni aun los sabios entre los griegos harían. Por otra parte, ¿quién no admitiría que haber estudiado las mejores opiniones es una bendición? Pero ¿a qué llamaremos las mejores, sino a las que son verdaderas y que incitan a los hombres a la virtud? Además, es cosa excelente para el hombre ser sabio, pero no parecer sabio, como dice Celso. Y no es obstáculo para el conocimiento de Dios, sino una ayuda, haber sido educado, y haber estudiado las mejores opiniones, y ser sabio. Y a nosotros más bien que a Celso corresponde decir esto, especialmente si se demuestra que es epicúreo.
III, 50
Pero vea mos cuáles son aquellas declaraciones suyas que siguen a continuación en estas palabras: Pues no, en verdad vemos que aun aquellos individuos que en las plazas de mercado ejecutan los trucos más vergonzosos, y que reúnen multitudes a su alrededor, jamás se acercarían a una asamblea de hombres sabios, ni se atreverían a exhibir sus artes entre ellos; sino que dondequiera que ven jóvenes, y una turba de esclavos, y una reunión de personas sin inteligencia, allí se introducen y se exhiben. Observad, ahora, cómo nos calumnia en estas palabras, comparándonos con aquellos que en las plazas de mercado ejecutan los trucos más deshonrosos, y reúnen multitudes a su alrededor! ¿Qué trucos deshonrosos, decid, ejecutamos nosotros? ¿O qué hay en nuestra conducta que se parezca a la de ellos, puesto que por medio de lecturas, y de explicaciones de lo leído, conducimos a los hombres a la adoración del Dios de todas las cosas, y a las virtudes conexas, y los apartamos de menospreciar a la Deidad, y de todas las cosas contrarias a la recta razón? Los filósofos, en verdad, desearían reunir tales oyentes de sus discursos como exhortan a los hombres a la virtud —práctica que especialmente han seguido ciertos cínicos, que conversan públicamente con aquellos con quienes casualmente se encuentran. ¿Sostendrán, pues, que éstos, que no reúnen a personas tenidas por educadas, sino que invitan y congregan oyentes de la calle pública, se parecen a aquellos que en las plazas de mercado ejecutan los trucos más deshonrosos, y reúnen multitudes a su alrededor? Pero ni Celso ni ninguno que sostenga las mismas opiniones culpará a aquellos que, conforme a lo que consideran un sentimiento de filantropía, dirigen sus argumentos a la multitud ignorante.
III, 51
Y si ellos no han de ser censurados por ello, veamos si los cristianos no exhortan a las multitudes a la práctica de la virtud en mayor y mejor medida que aquéllos. Porque los filósofos que conversan en público no escogen a sus oyentes, sino que quien quiere se detiene y escucha. Los cristianos, sin embargo, habiendo probado previamente, en cuanto es posible, las almas de los que desean hacerse sus oyentes, y habiéndoles instruido antes en privado, cuando parecen (antes de entrar en la comunidad) haber demostrado suficientemente su inclinación hacia una vida virtuosa, los introducen entonces, y no antes, formando en privado una clase de los que son principiantes y reciben admisión, pero que aún no han obtenido la marca de la purificación completa; y otra de los que han manifestado, en lo mejor de su capacidad, su intención de no desear otras cosas que las aprobadas por los cristianos; y entre éstos hay ciertas personas designadas para hacer indagaciones acerca de la vida y conducta de los que se les unen, a fin de impedir que los que cometen actos de infamia entren en su asamblea pública, mientras que a los de carácter diferente los reciben de todo corazón, para hacerlos cada día mejores. Y éste es su modo de proceder, tanto con los pecadores como especialmente con los que llevan vidas disolutas, a quienes excluyen de su comunidad, aunque, según Celso, se parezcan a aquellos que en las plazas de mercado ejecutan los trucos más vergonzosos. Ahora bien, la venerable escuela de los pitagóricos solía erigir un cenotafio a los que se habían apartado de su sistema de filosofía, tratándolos como muertos; pero los cristianos se lamentan como muertos de los que han sido vencidos por la licencia o por cualquier otro pecado, porque están perdidos y muertos para Dios, y como resucitados de entre los muertos (si manifiestan un cambio digno) los reciben después, en algún tiempo futuro, tras un intervalo mayor que en el caso de los que fueron admitidos al principio, pero no colocan en ningún oficio o puesto de rango en la Iglesia de Dios a los que, después de profesar el Evangelio, recayeron y cayeron.
III, 52
Observen ahora con respecto a la siguiente afirmación de Celso: Vemos también a aquellas personas que en las plazas de mercado ejecutan los trucos más vergonzosos, y reúnen a su alrededor a las multitudes, si no se ha pronunciado una falsedad manifiesta, y si no se han comparado cosas que no guardan semejanza alguna. Dice que estos individuos, con quienes nos compara, que ejecutan los trucos más vergonzosos en las plazas de mercado y reúnen a las multitudes, jamás se acercarían a una asamblea de hombres sabios, ni se atreverían a exhibir sus trucos ante ellos; pero dondequiera que ven a jóvenes, y a una chusma de esclavos, y a una reunión de gente necia, allí se introducen y hacen su exhibición. Ahora bien, al hablar así no hace otra cosa que simplemente colmarnos de injurias, como las mujeres de las calles públicas, cuyo objeto es difamarse unas a otras; pues nosotros hacemos todo lo que está en nuestro poder para lograr que nuestras reuniones estén compuestas de hombres sabios, y aquellas cosas entre nosotros que son especialmente excelentes y divinas, entonces nos atrevemos a presentarlas públicamente en nuestras discusiones cuando contamos con abundancia de oyentes inteligentes, mientras que ocultamos y pasamos en silencio las verdades de mayor profundidad cuando vemos que nuestra audiencia está compuesta de mentes más simples, las cuales necesitan tal instrucción como la que se denomina figuradamente leche.
III, 53
Por el verbo es empleado por nuestro Pablo al escribir a los corintios, que eran griegos, y aún no purificados en sus costumbres: Os he dado a beber leche, y no comida sólida; porque aún no podíais, ni aun ahora podéis, porque sois aún carnales; pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? Ahora bien, el mismo escritor, sabiendo que había cierto género de alimento más apropiado para el alma, y que el alimento de aquellos jóvenes que eran admitidos era comparado a la leche, continúa: Y os habéis hecho tales que tenéis necesidad de leche, y no de comida sólida; porque todo aquel que usa la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero la comida sólida es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. ¿Supondrán, pues, aquellos que creen que estas palabras están bien dichas, que las nobles doctrinas de nuestra fe jamás serán mencionadas en una asamblea de hombres sabios, sino que dondequiera que (nuestros instructores) ven a jóvenes, y a una chusma de esclavos, y a una reunión de individuos necios, presentan públicamente las verdades divinas y venerables, y ante tales personas hacen exhibición de sí mismos al tratar de ellas? Pero es claro para quien examina el espíritu entero de nuestros escritos que Celso está animado de un odio contra el género humano semejante al de la multitud ignorante, y pronuncia estas falsedades sin examen.
III, 54
Reconocemos, sin embargo, aunque Celso no quiera verlo así, que nosotros sí deseamos instruir a todos los hombres en la palabra de Dios, dando a los jóvenes las exhortaciones apropiadas para ellos, y mostrando a los esclavos cómo pueden recobrar la libertad de pensamiento y ser enaltecidos por la palabra. Y quienes entre nosotros son los embajadores del cristianismo declaran suficientemente que son deudores a griegos y bárbaros, a sabios y a necios (pues no niegan su obligación de curar las almas incluso de las personas necias), a fin de que, en lo posible, aparten su ignorancia y se esfuercen por alcanzar mayor prudencia, escuchando también las palabras de Salomón: Oh necios, sed de corazón entendido; y quien sea el más simple entre vosotros, vuélvase a mí; y la sabiduría exhorta a los carentes de entendimiento con las palabras: Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que he mezclado para vosotros. Dejad la necedad para que viváis, y corregid el entendimiento en la ciencia. Esto también diría yo (porque toca al punto), en respuesta a la afirmación de Celso: ¿No invitan los filósofos a los jóvenes a sus lecciones? ¿Y no exhortan a los jóvenes a cambiar una vida mala por otra mejor? ¿Y no desean que los esclavos aprendan filosofía? ¿Habremos, pues, de reprochar a los filósofos que exhortaron a esclavos a la práctica de la virtud? ¿A Pitágoras por haberlo hecho con Zamolxis, a Zenón con Perseo, y a quienes recientemente animaron a Epicteto al estudio de la filosofía? ¿Os es lícito, oh griegos, llamar a los jóvenes, a los esclavos y a las personas necias al estudio de la filosofía, pero si nosotros lo hacemos, no obramos por motivos filantrópicos al desear sanar toda naturaleza racional con la medicina de la razón y llevarlas a la comunión con Dios, el Creador de todas las cosas? Estas observaciones, pues, pueden bastar en respuesta a lo que son calumnias más bien que acusaciones por parte de Celso.
III, 55
Pero como Celso se complace en acumular calumnias contra nosotros, y, además de las que ya ha pronunciado, ha añadido otras, examinemos también éstas, y veamos si son los cristianos o Celso quienes tienen motivo de avergonzarse de lo que se dice. Afirma él: Vemos, en efecto, en casas privadas a obreros de la lana y del cuero, y a lavanderos, y a personas del carácter más rudo e inculto, que no se atreven a pronunciar palabra en presencia de sus mayores y más sabios maestros; pero cuando se apoderan a escondidas de los niños, y de ciertas mujeres tan ignorantes como ellos, vierten maravillosas afirmaciones, en el sentido de que no deben dar oído a su padre ni a sus maestros, sino obedecer a ellos; que aquéllos son necios y estúpidos, y ni saben ni pueden realizar nada que sea verdaderamente bueno, por estar preocupados con vanas frivolidades; que ellos solos saben cómo deben vivir los hombres, y que, si los niños les obedecen, serán ellos mismos felices, y harán feliz también su hogar. Y mientras así hablan, si ven acercarse a alguno de los instructores de la juventud, o a alguno de la clase más inteligente, o incluso al padre mismo, los más tímidos entre ellos se llenan de temor, mientras que los más osados incitan a los niños a sacudirse el yugo, susurrándoles que en presencia del padre y de los maestros ni quieren ni pueden explicarles cosa buena alguna, puesto que éstos se apartan con aversión de la necedad y estupidez de tales personas, como si fueran del todo corruptas, y muy adelantadas en la maldad, y tales que les infligirían castigo; pero que si desean (valerse de su auxilio) deben abandonar a su padre y a sus instructores, e ir con las mujeres y sus compañeros de juego a los aposentos de las mujeres, o a la zapatería, o al taller del lavandero, para que alcancen la perfección; — y con palabras semejantes a éstas los ganan.
Comentario editorial · Obreros de la lana, del cuero y lavanderos
Es una de las descripciones hostiles más conocidas del ambiente cristiano: Celso dice que los maestros cristianos son obreros de la lana y del cuero y lavanderos, gente rústica que se apodera de niños y mujeres en las casas y los aparta de su padre y de sus maestros. Wikipedia resume la acusación de Celso: los cristianos convierten a los vulgares e ignorantes y rehúyen el debate con los sabios. Es polémica, no un censo, y Orígenes lo señala en III, 56–58: que Celso diga de qué padres sabios y de qué maestros apartan ellos a los jóvenes, y que compare lo que éstos oían antes con lo que aprenden ahora. Para el contexto, véase el cristianismo del siglo II.
Para ampliar: Celsus (Wikipedia (en))
III, 56
Observa ahora cómo con tales afirmaciones desprecia él a los que entre nosotros son maestros de la palabra, y se esfuerzan por todos los medios en elevar el alma hacia el Creador de todas las cosas, y muestran que debemos despreciar las cosas sensibles, y temporales, y visibles, y poner todo nuestro empeño en alcanzar la comunión con Dios, y la contemplación de las cosas inteligibles e invisibles, y una vida bienaventurada con Dios y con los amigos de Dios; comparándolos con los obreros de la lana en casas privadas, y con los cortadores de cuero, y con los lavanderos, y con los hombres más rústicos del género humano, que incitan cuidadosamente a los jóvenes a la maldad, y a las mujeres a abandonar a sus padres y maestros, y a seguirlos. Que Celso señale ahora de qué padre sabio, o de qué maestros, apartamos nosotros a los niños y a las mujeres, y que compruebe por comparación, entre aquellos niños y mujeres que son adherentes de nuestra doctrina, si alguna de las opiniones que antes oían es mejor que la nuestra, y de qué manera apartamos nosotros a los niños y a las mujeres de estudios nobles y venerables, para incitarlos a cosas peores. Pero no podrá probar contra nosotros acusación semejante alguna, puesto que, al contrario, apartamos a las mujeres de una vida disoluta, y de estar en desavenencia con aquellos con quienes viven, de todos los deseos insensatos por los teatros y las danzas, y de la superstición; mientras que formamos en hábitos de templanza a los jóvenes que llegan a la edad de la pubertad, y sienten deseo de los placeres carnales, señalándoles no sólo la deshonra que acompaña a tales pecados, sino también el estado al que queda reducida el alma del malvado por prácticas de esa clase, y los juicios que sufrirá, y los castigos que le serán infligidos.
III, 57
Pero quiénes son los maestros a quienes llamamos charlatanes y necios, y cuya defensa emprende Celso, como de los que enseñan cosas mejores? (No lo sé,) a no ser que considere buenos instructores de las mujeres, y no charlatanes, a los que las invitan a la superstición y a los espectáculos deshonestos, y, además, maestros no carentes de juicio a los que conducen y arrastran a los jóvenes a todos aquellos actos desordenados que sabemos son cometidos a menudo por ellos. Nosotros, en efecto, llamamos también a éstos, en cuanto podemos, de los dogmas de la filosofía a nuestro culto de Dios, mostrando su excelencia y su pureza. Pero como Celso, por sus afirmaciones, ha declarado que no lo hacemos así, sino que llamamos solamente a los necios, le diría: Si nos hubieras acusado de apartar del estudio de la filosofía a los que ya se dedicaban a ella, no habrías dicho la verdad, y sin embargo tu acusación habría tenido una apariencia de verosimilitud; pero cuando ahora dices que apartamos a nuestros adherentes de buenos maestros, muestra quiénes son esos otros maestros, salvo los maestros de filosofía, o los que han sido designados para dar instrucción en alguna rama útil del saber.
No podrá, sin embargo, mostrar nada semejante; mientras que nosotros prometemos, abiertamente y no en secreto, que ellos serán bienaventurados los que vivan conforme a la palabra de Dios, y que miren a Él en todas las cosas, y hagan todo, sea lo que fuere, como en presencia de Dios. ¿Son éstas las instrucciones de los obreros de la lana, de los cortadores de cuero, y de los lavanderos, y de los rústicos sin instrucción? Pero tal afirmación no podrá demostrarla.
III, 58
Pero aquellos que, según la opinión de Celso, se parecen a los obreros de la lana en casas particulares, y a los cortadores de cuero, y a los lavanderos, y a los rústicos sin instrucción, serán, según él alega, en presencia del padre o de los maestros, reacios a hablar, o incapaces de explicar a los muchachos nada que sea bueno. En respuesta a lo cual diríamos: ¿Qué clase de padre, mi buen señor, y qué clase de maestro quieres decir? Si te refieres a uno que aprueba la virtud, y se aparta del vicio, y acoge lo que es mejor, sabe entonces que con la mayor valentía declararemos nuestras opiniones a los niños, porque estaremos en buena reputación ante tal juez. Pero si, en presencia de un padre que aborrece la virtud y la bondad, guardamos silencio, y también ante los que enseñan lo contrario de la sana doctrina, no nos culpes por hacerlo, pues nos culparías sin buena razón. Tú, en todo caso, cuando los padres consideraran los misterios de la filosofía una ocupación ociosa e inútil para sus hijos, y para los jóvenes en general, no darías a conocer, al enseñar filosofía, sus secretos ante padres indignos; sino que, deseando apartar a aquellos hijos de padres malvados que se hubieran vuelto hacia el estudio de la filosofía, observarías las estaciones oportunas, a fin de que las doctrinas de la filosofía llegaran a las mentes de los jóvenes. Y decimos lo mismo respecto de nuestros maestros. Porque si apartamos (a nuestros oyentes) de aquellos instructores que enseñan comedias obscenas y yámbicos licenciosos, y muchas otras cosas que ni mejoran al que habla ni aprovechan al que escucha (porque estos últimos no saben escuchar la poesía con un ánimo filosófico, ni aquellos cómo decir a cada uno de los jóvenes lo que conduce a su provecho), no nos avergonzamos, al seguir tal camino, de confesar lo que hacemos. Pero si me muestras maestros que formen a los jóvenes para la filosofía, y que los ejerciten en ella, no apartaré de tales a los jóvenes, sino que trataré de elevarlos, como a los que han sido previamente ejercitados en todo el círculo del saber y en los temas filosóficos, a la venerable y elevada altura de la elocuencia que está oculta a la multitud de los cristianos, donde se tratan temas de la mayor importancia, y donde se demuestra y muestra que han sido tratados filosóficamente tanto por los profetas de Dios como por los apóstoles de Jesús.