V, 9
Y aún continuando un tanto confuso, y sin cuidarse de ver lo que era pertinente al asunto, expresó su opinión de que los judíos fueron inducidos por los encantamientos empleados en la prestidigitación y la hechicería (en virtud de los cuales aparecen ciertos fantasmas, obedeciendo a los sortilegios de los magos) a inclinarse ante los ángeles que hay en el cielo, sin advertir que esto era contrario a su ley, la cual decía a los que practicaban tales observancias: No os dirijáis a los que tienen espíritu de pitón, ni busquéis a los adivinos, para no contaminaros con ellos: Yo soy el Señor vuestro Dios. Por tanto, debía o no atribuir en absoluto esta práctica a los judíos, puesto que ha observado que guardan su ley, y los ha llamado los que viven conforme a su ley; o, si la atribuía, debía mostrar que los judíos lo hacían en violación de su código. Pero, de nuevo, así como transgreden su ley los que ofrecen culto a aquellos que se dice que se aparecen a los que están envueltos en tinieblas y cegados por la hechicería, y que sueñan sueños a causa de fantasmas oscuros que se les presentan, así también transgreden la ley los que ofrecen sacrificio al sol, la luna y las estrellas. Y hay así gran incongruencia en que un mismo individuo diga que los judíos se cuidan de guardar su ley al no inclinarse ante el sol, la luna y las estrellas, mientras no se cuidan tanto de guardarla en lo tocante al cielo y los ángeles.
V, 10
Y si es necesario que ofrezcamos una defensa de nuestro rechazo a reconocer como dioses, al igual que a los ángeles, el sol, la luna y las estrellas, a aquellos que los griegos llaman divinidades manifiestas y visibles, responderemos que la ley de Moisés sabe que estos últimos fueron repartidos por Dios entre todas las naciones bajo el cielo, pero no entre aquellas que Dios eligió como su pueblo escogido sobre todas las naciones de la tierra. Porque está escrito en el libro del Deuteronomio: Y para que no alces tus ojos al cielo, y veas el sol, y la luna, y las estrellas, todo el ejército del cielo, y seas impulsado a inclinarte ante ellos y a servirlos, cosas que el Señor tu Dios ha repartido a todas las naciones bajo todo el cielo. Mas el Señor nos tomó y nos sacó del horno de hierro, de Egipto, para que fuésemos para él un pueblo de heredad, como en este día. Siendo, pues, el pueblo hebreo llamado por Dios generación elegida, y real sacerdocio, y nación santa, y pueblo adquirido, respecto del cual se había predicho a Abraham por la voz del Señor dirigida a él: Mira ahora hacia el cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas; y le dijo: Así será tu descendencia; y teniendo así la esperanza de llegar a ser como las estrellas del cielo, no era probable que se inclinaran ante aquellos objetos a los que habían de asemejarse como resultado de entender y observar la ley de Dios. Porque se les dijo: El Señor nuestro Dios nos ha multiplicado; y he aquí, sois hoy como las estrellas del cielo por la multitud. En el libro de Daniel se encuentran también las siguientes profecías relativas a los que han de participar en la resurrección: Y en aquel tiempo tu pueblo será librado, todo el que se halle escrito en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua. Y los entendidos brillarán como el resplandor del firmamento, y (los) de los muchos justos como las estrellas por los siglos de los siglos, etc. Y de aquí que Pablo también, al hablar de la resurrección, diga: Hay también cuerpos celestes, y cuerpos terrestres; mas una es la gloria de los celestes, y otra la gloria de los terrestres. Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas; porque una estrella difiere de otra estrella en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. No era, pues, conforme a la razón que aquellos que habían sido enseñados sublimemente a elevarse sobre todas las cosas creadas, y a esperar el goce de las más gloriosas recompensas con Dios a causa de sus vidas virtuosas, y que habían oído las palabras: Vosotros sois la luz del mundo, y: Alumbre vuestra luz de tal manera ante los hombres, que ellos, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos, y que poseían por la práctica esta sabiduría brillante e inmarcesible, o que habían alcanzado incluso el mismo reflejo de la luz eterna, quedaran tan impresionados por la (mera) visible luz del sol, de la luna y de las estrellas, que, a causa de aquella luz sensible de ellas, se juzgaran a sí mismos (aunque poseían tan grande luz racional de conocimiento, y la luz verdadera, y la luz del mundo, y la luz de los hombres) de algún modo inferiores a ellas, y se inclinaran ante ellas; viendo que ellas debían ser adoradas, si es que habían de recibir adoración, no por causa de la luz sensible que es admirada por la multitud, sino por causa de la luz racional y verdadera, si en verdad las estrellas del cielo son seres racionales y virtuosos, y han sido iluminadas con la luz del conocimiento por aquella sabiduría que es el reflejo de la luz eterna. Porque aquella luz sensible de ellas es obra del Creador de todas las cosas, mientras que aquella luz racional procede quizá del principio de libre albedrío que hay en ellas.
V, 11
Pero aun esta luz racional misma no debe ser adorada por quien contempla y comprende la luz verdadera, participando de la cual también éstas son iluminadas; ni por quien contempla a Dios, Padre de la luz verdadera —de quien se ha dicho: Dios es luz, y en Él no hay ninguna tiniebla. En verdad, los que adoran al sol, a la luna y a las estrellas porque su luz es visible y celestial, no se inclinarían ante una chispa de fuego o una lámpara sobre la tierra, porque ven la incomparable superioridad de aquellos objetos que son tenidos por dignos de homenaje respecto de la luz de chispas y lámparas. Así también los que comprenden que Dios es luz, y que han captado que el Hijo de Dios es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo, y que comprenden asimismo cómo Él dice: Yo soy la luz del mundo, no ofrecerían racionalmente adoración a lo que es, por así decirlo, una chispa en el sol, la luna y las estrellas, en comparación con Dios, que es luz de la luz verdadera. Ni es con ánimo de degradar estas grandes obras del poder creador de Dios, ni de llamarlas, a la manera de Anaxágoras, masas ígneas, que así hablamos del sol, de la luna y de las estrellas; sino porque percibimos la inefable superioridad de la divinidad de Dios, y la de su Unigénito Hijo, que sobrepasa todas las demás cosas. Y persuadidos de que el sol mismo, y la luna, y las estrellas oran al Dios sumo por medio de su Unigénito Hijo, juzgamos impropio orar a aquellos seres que ellos mismos elevan oraciones (a Dios), pues incluso ellos preferirían que eleváramos nuestras súplicas al Dios a quien ellos oran, antes que enviarlas hacia abajo a ellos mismos, o repartir nuestro poder de oración entre Dios y ellos. Y aquí puedo emplear esta comparación, pertinente a este punto: Nuestro Señor y Salvador, oyéndose dirigir en una ocasión como Buen Maestro, remitió a quien así lo llamaba a su propio Padre, diciendo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno, es decir, Dios el Padre. Mateo 19:17 Y puesto que era conforme a la sana razón que esto fuera dicho por el Hijo del amor de su Padre, como siendo imagen de la bondad de Dios, ¿por qué no habría de decir el sol con mayor razón a los que se inclinan ante él: ¿Por qué me adoráis? porque al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás; pues Él es a quien yo y todos los que están conmigo servimos y adoramos. Y aunque uno no sea tan exaltado (como el sol), con todo, que tal uno ore al Verbo de Dios (que puede sanarle), y aún más a su Padre, quien también a los justos de los tiempos antiguos envió su palabra, y los sanó, y los libró de sus destrucciones.
V, 12
Dios por consiguiente, en su bondad, se condesciende con el género humano, no en un sentido local, sino por medio de su providencia; mientras que el Hijo de Dios, no sólo (cuando estaba en la tierra), sino en todos los tiempos, está con sus propios discípulos, cumpliendo la promesa: He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y si el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, es evidente que también los discípulos del Verbo, que son los sarmientos racionales de la verdadera vid del Verbo, no pueden producir los frutos de la virtud si no permanecen en la verdadera vid, el Cristo de Dios, el cual está con nosotros localmente aquí abajo sobre la tierra, y está con los que se le adhieren en todas las partes del mundo, y está también en todos los lugares con los que no le conocen. Otro es manifestado por aquel Juan que escribió el Evangelio, cuando, hablando en la persona de Juan el Bautista, dijo: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis; Él es el que viene después de mí. Y es absurdo que, estando con nosotros y cerca de nosotros Aquel que llena el cielo y la tierra, y que dijo: ¿No lleno yo el cielo y la tierra? dice el Señor (porque le creo cuando dice: Yo soy un Dios cerca, y no lejos, dice el Señor ), se busque orar al sol o a la luna, o a alguna de las estrellas, cuya influencia no alcanza la totalidad del mundo. Pero, para usar las mismas palabras de Celso, concedamos que el sol, la luna y las estrellas sí anuncian de antemano la lluvia, el calor, las nubes y los truenos; ¿por qué, entonces, si realmente predicen cosas tan grandes, no habríamos más bien de rendir homenaje a Dios, cuyo siervo son al pronunciar estas predicciones, y mostrar reverencia a Él antes que a sus profetas? Predigan, pues, la llegada de los relámpagos, y los frutos, y toda clase de producciones, y pónganse todas estas cosas bajo su administración; con todo, no por eso adoraremos a los que ellos mismos ofrecen adoración, como tampoco adoramos ni aun a Moisés, ni a aquellos profetas que vinieron de Dios después de él, y que predijeron cosas mejores que la lluvia, el calor, las nubes, los truenos, los relámpagos, los frutos y toda suerte de producciones visibles a los sentidos. Antes bien, aun si el sol, la luna y las estrellas pudieran profetizar cosas mejores que la lluvia, ni aun entonces adoraremos a ellas, sino al Padre de las profecías que hay en ellas, y al Verbo de Dios, su ministro. Pero concedamos que son sus heraldos, y verdaderos mensajeros del cielo; ¿por qué, aun entonces, no habríamos de adorar al Dios que ellos sólo proclaman y anuncian, antes que a los que son los heraldos y los mensajeros?
V, 13
Celso, además, supone que nosotros no apreciamos en nada al sol, la luna y las estrellas. Ahora bien, en cuanto a éstos, confesamos que también ellos aguardan la manifestación de los hijos de Dios, estando por ahora sujetos a la vanidad de sus cuerpos materiales, por causa de Aquel que los sujetó en esperanza. Pero si Celso hubiera leído los otros innumerables pasajes en que hablamos del sol, de la luna y de las estrellas, y especialmente éstos — Alabadle, todas las estrellas, y tú, oh luz, y, Alabadle, cielos de los cielos, — no habría dicho de nosotros que no apreciamos en nada a seres tan poderosos, que alaban grandemente al Señor Dios. Tampoco conocía Celso el pasaje: Porque el anhelo ardiente de la criatura espera la manifestación de los hijos de Dios. Porque la criatura fue sujetada a vanidad, no voluntariamente, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la criatura misma será librada de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Y con estas palabras pongamos fin a nuestra defensa contra la acusación de no adorar al sol, a la luna y a las estrellas. Y presentemos ahora las afirmaciones que siguen, para que, si Dios quiere, podamos oponerle en respuesta los argumentos que nos sugiera la luz de la verdad.
V, 14
Las siguientes, pues, son sus palabras: Es una necedad de su parte suponer que, cuando Dios, como si fuera un cocinero, introduce el fuego (que ha de consumir el mundo), todo el resto del género humano será quemado, mientras que ellos solos permanecerán, no solo los que entonces vivan, sino también los que hace mucho tiempo murieron, los cuales se levantarán de la tierra revestidos de la misma carne (que en vida); porque tal esperanza es simplemente una que podrían abrigar los gusanos. Porque ¿qué clase de alma humana es aquella que todavía anhelaría un cuerpo que estuvo sujeto a la corrupción? De donde también esta opinión vuestra no es compartida por algunos de los cristianos, y la declaran sumamente vil, abominable e imposible; porque ¿qué clase de cuerpo es aquel que, después de estar completamente corrompido, puede volver a su naturaleza original, y a aquella misma primera condición de la cual cayó en la disolución? No pudiendo dar respuesta alguna, se acogen a un refugio sumamente absurdo, a saber, que todas las cosas son posibles a Dios. Y sin embargo Dios no puede hacer cosas deshonrosas, ni desea hacer cosas contrarias a su naturaleza; ni, si (conforme a la maldad de tu propio corazón) deseabas algo malo, lo realizaría Dios; ni debes creer de inmediato que se hará. Porque Dios no gobierna el mundo para satisfacer deseos desordenados, ni para permitir desorden y confusión, sino para regir una naturaleza recta y justa. Porque a la alma, en verdad, podría concederle una vida eterna; mientras que los cuerpos muertos, por el contrario, son, como observa Heráclito, más viles que el estiércol. Dios, sin embargo, ni puede ni quiere declarar, contra toda razón, que la carne, que está llena de cosas que ni siquiera es honroso mencionar, haya de existir para siempre. Porque Él es la razón de todas las cosas que existen, y por tanto no puede hacer nada ni contra la razón ni contra sí mismo.
V, 15
Observa, pues, aquí desde el mismo comienzo, cómo, al burlarse de la doctrina de la conflagración del mundo, sostenida por ciertos griegos que han tratado el tema en un espíritu filosófico que no ha de desdeñarse, nos haría, representando a Dios, por así decirlo, como un cocinero, sostener la creencia en una conflagración general; sin advertir que, según opinaron ciertos griegos (quizá habiendo recibido su información de la antigua nación de los hebreos), es un fuego purificatorio el que se trae sobre el mundo, y probablemente también sobre cada uno de los que necesitan del castigo del fuego y, al mismo tiempo, de la curación, porque quema en verdad, pero no consume, a los que están sin cuerpo material, el cual necesita ser consumido por ese fuego, y quema y consume a los que por sus obras, palabras y pensamientos han edificado madera, o heno, o paja, en aquello que figuradamente se denomina edificio. Y las santas Escrituras dicen que el Señor, como fuego de fundidor y jabón de bataneros, visitará a cada uno de los que requieren purificación, a causa de la mezcla en ellos de una inundación de materia de maldad procedente de su mala naturaleza; los cuales necesitan, digo, del fuego para refinar, por así decirlo, (la escoria de) los que están mezclados con cobre, y estaño, y plomo. Y quien quiera puede aprender esto del profeta Ezequiel. Pero que decimos que Dios trae fuego sobre el mundo, no como un cocinero, sino como un Dios, que es el bienhechor de los que necesitan la disciplina del fuego, lo testificará el profeta Isaías, en cuyos escritos se relata que así se dijo a una nación pecadora: Porque tienes brasas de fuego, siéntate sobre ellas: te serán de ayuda. Ahora bien, la Escritura está convenientemente adaptada a las multitudes de los que han de leerla, porque habla con oscuridad de cosas tristes y sombrías, para atemorizar a los que de ningún otro modo pueden ser salvados de la inundación de sus pecados, aunque aun entonces el lector atento descubrirá claramente el fin que ha de lograrse por estos castigos tristes y dolorosos en los que los sufren. Basta, sin embargo, por ahora citar las palabras de Isaías: Por causa de mi nombre mostraré mi ira, y mi gloria traeré sobre ti, para no destruirte. Nos hemos visto así en la necesidad de referir en términos oscuros cuestiones no acomodadas a la capacidad de los simples creyentes, los cuales requieren una instrucción más sencilla en palabras, para no parecer dejar sin refutación la acusación de Celso, de que Dios introduce el fuego (que ha de destruir el mundo), como si fuera un cocinero.
V, 16
De lo que se ha dicho, será manifiesto a los oyentes inteligentes cómo hemos de responder a lo siguiente: Todo el resto del género humano será completamente quemado, y sólo ellos permanecerán. No es de extrañar, en efecto, que tales pensamientos hayan sido abrigados por aquellos de los nuestros que son llamados en la Escritura las cosas necias del mundo, y las cosas viles, y las despreciadas, y las que no son, porque agradó a Dios por la locura de la predicación salvar a los que creen en Él, después de que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría; — porque tales individuos no pueden ver claramente el sentido de cada pasaje particular, o no quieren dedicar el descanso necesario a la investigación de la Escritura, no obstante el mandato de Jesús: Escudriñad las Escrituras. Las siguientes son, además, sus ideas respecto al fuego que ha de ser traído sobre el mundo por Dios, y los castigos que han de sobrevenir a los pecadores. Y quizá, así como es propio de los niños que algunas cosas les sean dichas de manera conveniente a su condición infantil, para convertirlos, siendo de muy tierna edad, a una mejor manera de vivir; así, a aquellos a quienes la palabra llama las cosas necias del mundo, y las viles, y las despreciadas, les conviene el sentido justo y obvio de los pasajes relativos a los castigos, en cuanto que no pueden recibir ningún otro modo de conversión que el que es por el temor y la presentación del castigo, y así ser salvados de los muchos males (que les sobrevenirían). La Escritura declara, por consiguiente, que sólo han de permanecer los que quedan ilesos del fuego y de los castigos — a saber, aquellos cuyas opiniones, costumbres y mente han sido purificadas en el más alto grado; mientras que, por otra parte, los de naturaleza diferente — a saber, los que, según sus merecimientos, requieren la administración del castigo por el fuego — serán envueltos en estos sufrimientos con miras a un fin que es propio que Dios traiga sobre los que han sido creados a su imagen, pero que han vivido en oposición a la voluntad de aquella naturaleza que es conforme a su imagen. Y esta es nuestra respuesta a la afirmación: Todo el resto del género humano será completamente quemado, pero sólo ellos han de permanecer.
V, 17
Entonces, en el lugar siguiente, habiendo malentendido él mismo las Sagradas Escrituras, o a aquellos (intérpretes) por quienes no fueron entendidas, procede a afirmar que decimos nosotros que permanecerán, en el tiempo de la visitación que ha de venir sobre el mundo por el fuego purificatorio, no sólo los que entonces estén vivos, sino también los que hace mucho tiempo murieron; sin advertir que fue con una especie de sabiduría secreta que lo dijo el apóstol de Jesús: No todos dormiremos, mas todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Ahora bien, debió advertir cuál era el sentido de quien pronunció estas palabras, como siendo uno que de ningún modo estaba muerto, que hizo distinción entre sí mismo y los semejantes a él y los muertos, y que dijo después: Los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Y como prueba de que tal era el sentido del apóstol al escribir aquellas palabras que he citado de la primera Epístola a los Corintios, citaré también de la primera a los Tesalonicenses, en la cual Pablo, como uno que está vivo y despierto, y diferente de los que duermen, habla como sigue: Porque esto os decimos por palabra del Señor: que nosotros los que vivimos, los que quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron; porque el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios. Luego, de nuevo, después de esto, sabiendo que había otros muertos en Cristo además de sí mismo y de los tales como él, añade las palabras: Los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros los que vivimos, los que quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para recibir al Señor en el aire.
V, 18
Pero ya que él se ha burlado largamente de la doctrina de la resurrección de la carne, que ha sido predicada en las Iglesias, y que es entendida con mayor claridad por el creyente más inteligente; y como es innecesario citar de nuevo sus palabras, que ya han sido aducidas, expongamos y establezcamos, con respecto a la cuestión (como en una obra apologética dirigida contra un extraño a la fe, y por causa de los que aún son niños, inconstantes, llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por el artificio de los hombres, que para engañar emplean las astucias de los errores ), hasta lo mejor de nuestra capacidad, algunos puntos expresamente destinados a nuestros lectores. Ni nosotros, pues, ni las santas Escrituras afirmamos que con los mismos cuerpos, sin un cambio a una condición superior, resucitarán de la tierra y volverán a vivir los que hace mucho tiempo murieron; pues al hablar así, Celso formula contra nosotros una acusación falsa. Porque podemos escuchar muchos pasajes de la Escritura que tratan de la resurrección de una manera digna de Dios, aunque baste por ahora citar el lenguaje de Pablo en la primera Epístola a los Corintios, donde dice: Mas dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Y con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que siembras no se vivifica, si no muere. Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, acaso de trigo, o de otro grano; mas Dios da el cuerpo como quiso, y a cada semilla su propio cuerpo. Ahora bien, obsérvese cómo en estas palabras dice que se siembra, no el cuerpo que ha de salir; sino que del cuerpo que es sembrado y arrojado desnudo a la tierra (dando Dios a cada semilla su propio cuerpo) se produce, por así decirlo, una resurrección: de la semilla que fue arrojada a la tierra surge un tallo, por ejemplo, entre plantas tales como las siguientes, a saber, la mostaza, o de un árbol mayor, como en el olivo, o en uno de los árboles frutales.
V, 19
Dios, pues, da a cada cosa su propio cuerpo como a Él le place: como en el caso de las plantas que se siembran, así también en el de aquellos seres que, por así decirlo, son sembrados al morir, y que a su debido tiempo reciben, de lo que ha sido sembrado, el cuerpo asignado por Dios a cada uno según sus merecimientos. Y podemos oír, además, a la Escritura enseñándonos con gran extensión la diferencia entre lo que, por así decirlo, es sembrado y lo que, por así decirlo, resucita de ello, en estas palabras: Se siembra en corrupción, se levantará en incorrupción; se siembra en deshonra, se levantará en gloria; se siembra en debilidad, se levantará en poder; se siembra cuerpo natural, se levantará cuerpo espiritual. Y entienda el que tiene capacidad el sentido de las palabras: Como es el terrenal, así también los terrestres; y como es el celestial, así también los celestiales. Y como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Y aunque el apóstol quiso ocultar el sentido secreto del pasaje, que no convenía a la clase más simple de los creyentes, ni al entendimiento del pueblo común, que son llevados por su fe a entrar en una mejor manera de vivir, se vio no obstante obligado a decir después (a fin de que no malinterpretásemos su sentido), tras Revestirnos de la imagen del celestial, estas otras palabras: Esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. Luego, sabiendo que había en el pasaje un sentido secreto y místico, como convenía a quien dejaba, en sus Epístolas, a los que habían de venir después de él palabras llenas de significado, añade lo que sigue: He aquí, os muestro un misterio; que es su estilo habitual al introducir asuntos de naturaleza más profunda y mística, y tales que conviene ocultarlos a la multitud, como está escrito en el libro de Tobías: Es bueno guardar el secreto del rey, pero es honroso revelar las obras de Dios, — de un modo conforme a la verdad y a la gloria de Dios, y de manera que redunde en provecho de la multitud. No es, pues, nuestra esperanza la esperanza de los gusanos, ni anhela nuestra alma un cuerpo que ha visto la corrupción; porque aunque puede necesitar un cuerpo para trasladarse de un lugar a otro, entiende —habiendo meditado en la sabiduría (la que es de lo alto), conforme a la declaración: La boca del justo hablará sabiduría— la diferencia entre la casa terrestre, en la cual está el tabernáculo del edificio que ha de ser deshecho, y aquella en la cual los justos gimen, cargados —no queriendo despojarse del tabernáculo, sino revestirse de él, para que, revestidos, lo mortal sea absorbido por la vida. Porque, en virtud de que toda la naturaleza del cuerpo es corruptible, es necesario que el tabernáculo corruptible se revista de incorrupción; y su otra parte, siendo mortal, y haciéndose sujeta a la muerte que sigue al pecado, debe revestirse de inmortalidad, a fin de que, cuando lo corruptible se haya revestido de incorrupción, y lo mortal de inmortalidad, entonces se cumpla lo que de antiguo predijeron los profetas —la aniquilación de la victoria de la muerte (porque había vencido y nos había sometido a su dominio), y de su aguijón, con el cual hiere al alma insuficientemente defendida, y le infiere las heridas que resultan del pecado.
V, 20
Pero como nuestras opiniones acerca de la resurrección se han expuesto en parte, en cuanto el tiempo lo ha permitido, en la presente ocasión (pues hemos examinado sistemáticamente el asunto con mayor detalle en otras partes de nuestros escritos); y como ahora debemos refutar por medio de un razonamiento sólido los sofismas de Celso, que ni entiende el sentido de nuestra Escritura, ni tiene capacidad de juzgar que el sentido de nuestros sabios no ha de determinarse por aquellos individuos que no profesan nada más que una fe (simple) en el sistema cristiano, mostremos que hombres que no han de tenerse en poco por sus facultades razonadoras y sus sutilezas dialécticas han expresado opiniones muy absurdas. Y si hemos de burlarnos de ellas como de despreciables cuentos de viejas, hemos de burlarnos de ellas antes que de nuestro relato. Los discípulos de la Pórtica afirman que, tras un período de años, habrá una conflagración del mundo, y después de ella una disposición de las cosas en la que todo quedará inalterado en comparación con la disposición anterior del mundo. Los que de ellos, sin embargo, dieron muestras de respeto por esta doctrina han dicho que habrá un cambio, aunque sumamente leve, al fin del ciclo, respecto de lo que prevaleció durante el precedente. Y estos hombres sostienen que en el ciclo sucedáneo ocurrirán las mismas cosas, y que Sócrates será de nuevo hijo de Sofronisco y natural de Atenas; y que Fenarete, casada con Sofronisco, será de nuevo su madre. Y aunque no mencionan la palabra resurrección, muestran en realidad que Sócrates, que derivó su origen de la simiente, brotará de la de Sofronisco, y será formado en el seno de Fenarete; y, criado en Atenas, se dedicará al estudio de la filosofía, como si su filosofía anterior hubiera resurgido de nuevo y hubiera de ser en nada diferente de lo que era antes. Y también Anyto y Melito se levantarán de nuevo como acusadores de Sócrates, ¡y el Consejo del Areópago lo condenará a muerte! Pero lo que es más ridículo todavía es que Sócrates se vestirá con vestiduras en nada diferentes de las que llevó durante el ciclo anterior, y vivirá en el mismo estado inalterado de pobreza, y en la misma e inalterada ciudad de Atenas! Y Falaris hará de nuevo el tirano, y su toro de bronce lanzará sus bramidos desde las voces de las víctimas dentro de él, inalteradas respecto de las de los condenados en el ciclo anterior! Y también Alejandro de Feras hará de nuevo el tirano con una crueldad inalterada respecto del tiempo anterior, y condenará a muerte a los mismos e inalterados individuos que antes. Pero ¿qué necesidad hay de entrar en detalle sobre la doctrina que sostienen los filósofos estoicos acerca de tales cosas, y que escapa al escarnio de Celso, y acaso es incluso venerada por él, puesto que considera a Zenón un hombre más sabio que Jesús?
V, 21
Los discípulos de Pitágoras, asimismo, y de Platón, aunque parecen sostener la incorruptibilidad del mundo, incurren sin embargo en errores semejantes. Pues como los planetas, tras ciertos ciclos determinados, asumen las mismas posiciones y guardan entre sí las mismas relaciones, todas las cosas de la tierra serán, afirman, semejantes a lo que eran cuando existía en el mundo el mismo estado de relaciones planetarias. De esta opinión se sigue necesariamente que, cuando, tras el transcurso de un ciclo prolongado, los planetas lleguen a ocupar entre sí las mismas relaciones que ocupaban en tiempos de Sócrates, Sócrates nacerá de nuevo de los mismos padres y sufrirá el mismo trato, ¡siendo acusado por Anyto y Melito y condenado por el Consejo del Areópago! Los doctos entre los egipcios, además, sostienen opiniones semejantes, y sin embargo son tratados con respeto y no incurren en el escarnio de Celso y de los como él; mientras que nosotros, que sostenemos que todas las cosas son administradas por Dios en proporción a la relación del libre albedrío de cada individuo, y son llevadas siempre a una condición mejor, en cuanto admiten de serlo, y que sabemos que la naturaleza de nuestro libre albedrío admite la ocurrencia de acontecimientos contingentes (pues es incapaz de recibir el carácter enteramente inmutable de Dios), no parecemos, sin embargo, decir nada digno de un examen probatorio.
V, 22
Que nadie, sospeche, sin embargo, que al hablar como hablamos pertenecemos a aquellos que, en efecto, son llamados cristianos, pero que apartan la doctrina de la resurrección tal como se enseña en la Escritura. Pues estos, según sus principios, no pueden en modo alguno demostrar que el tallo o el árbol que brota procede del grano de trigo, o de cualquier otra cosa que fue arrojada a la tierra; mientras que nosotros, que creemos que lo que se siembra no es vivificado si no muere, y que no se siembra el cuerpo que ha de ser (porque Dios le da un cuerpo como quiere, resucitándolo en incorrupción después de sembrado en corrupción; y después de sembrado en deshonra, resucitándolo en gloria; y después de sembrado en debilidad, resucitándolo en poder; y después de sembrado cuerpo natural, resucitándolo cuerpo espiritual) — nosotros conservamos tanto la doctrina de la Iglesia de Cristo como la grandeza de la promesa divina, probando también la posibilidad de su cumplimiento no por mera afirmación, sino por argumentos; sabiendo que aunque el cielo y la tierra, y las cosas que en ellos hay, pueden pasar, sus palabras acerca de cada cosa en particular, siendo, como partes de un todo, o especies de un género, las expresiones de Aquel que era Dios el Verbo, el cual estaba en el principio con Dios, no pasarán jamás. Porque deseamos escuchar a Aquel que dijo: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
V, 23
Nosotros, pues, no sostenemos que el cuerpo que ha sufrido corrupción recobra su naturaleza original, del mismo modo que el grano de trigo que se ha podrido no vuelve a su condición anterior. Pero sostenemos que, así como sobre el grano de trigo se levanta un tallo, así también cierta potencia está implantada en el cuerpo, la cual no es destruida, y de la cual el cuerpo es resucitado en incorrupción. Los filósofos de la Pórtica, sin embargo, a causa de las opiniones que sostienen acerca de la inmutabilidad de las cosas tras un cierto ciclo, afirman que el cuerpo, después de sufrir completa corrupción, volverá a su condición original, y asumirá de nuevo aquella primera naturaleza de la que pasó a un estado de disolución, estableciendo estos puntos, según creen, con argumentos irresistibles. Nosotros, sin embargo, no nos acogemos a un refugio sumamente absurdo, diciendo que con Dios todas las cosas son posibles; pues sabemos cómo entender esta palabra todas, como no referida ni a las cosas que no existen ni a las que son inconcebibles. Pero sostenemos, al mismo tiempo, que Dios no puede hacer lo que es deshonroso, puesto que entonces sería capaz de dejar de ser Dios; porque si hace algo que es deshonroso, no es Dios. Dado, sin embargo, que él lo establece como principio, que Dios no desea lo que es contrario a la naturaleza, hemos de hacer una distinción, y decir que si alguien afirma que la maldad es contraria a la naturaleza, mientras nosotros sostenemos que Dios no desea lo que es contrario a la naturaleza —ya sea lo que procede de la maldad o de un principio irracional—, sin embargo, si tales cosas suceden según la palabra y la voluntad de Dios, debemos necesariamente sostener de inmediato que no son contrarias a la naturaleza. Por tanto, las cosas que son hechas por Dios, aunque puedan ser, o puedan parecer a algunos increíbles, no son contrarias a la naturaleza. Y si hemos de apremiar la fuerza de las palabras, diríamos que, en comparación con lo que generalmente se entiende por naturaleza, hay ciertas cosas que están más allá de su poder, las cuales Dios podría en cualquier momento hacer; como, por ejemplo, elevar al hombre por encima del nivel de la naturaleza humana, y hacerle pasar a una condición mejor y más divina, y conservarle en la misma, mientras aquel que es objeto de su cuidado muestre por sus acciones que desea (la continuación de su ayuda).
V, 24
Además, así como ya hemos dicho que el que Dios desease algo indigno de sí mismo destruiría su existencia como Deidad, añadiremos que si el hombre, conforme a la maldad de su naturaleza, desease algo abominable, Dios no puede concedérselo. Y ahora no es con ánimo de contención que respondemos a las afirmaciones de Celso, sino que las investigamos en espíritu de verdad, asintiendo a su parecer de que Él es el Dios, no de deseos desordenados, ni de error y desorden, sino de una naturaleza justa y recta, porque Él es la fuente de todo lo bueno. Y que Él es capaz de procurar una vida eterna para el alma lo confesamos; y que posee no solo el poder, sino también la voluntad. A la vista, pues, de estas consideraciones, no nos aflige en absoluto la afirmación de Heráclito, adoptada por Celso, de que los cuerpos muertos han de ser arrojados fuera como más viles que el estiércol; y sin embargo, aun con respecto a esto, podría decirse que el estiércol, en efecto, debe ser arrojado fuera, mientras que los cuerpos muertos de los hombres, a causa del alma que los habitaba, especialmente si había sido virtuosa, no deberían ser arrojados fuera. Porque, en armonía con aquellas leyes que se fundan en los principios de la equidad, los cuerpos son tenidos dignos de sepultura, con los honores que en tales ocasiones se tributan, a fin de que, en lo posible, no se ofrezca ningún ultraje al alma que moraba dentro, arrojando el cuerpo (después de que el alma se ha marchado) como el de los animales. No se sostenga, pues, contra toda razón, que es voluntad de Dios declarar que el grano de trigo no es inmortal, sino el tallo que de él brota, mientras que el cuerpo que se siembra en corrupción no lo es, sino aquel que es resucitado por Él en incorrupción. Pero según Celso, Dios mismo es la razón de todas las cosas, mientras que según nuestro parecer es su Hijo, de quien decimos en lenguaje filosófico: En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; y según nuestro juicio también, Dios no puede hacer nada que sea contrario a la razón, ni contrario a sí mismo.
V, 25
Veamos a continuación las afirmaciones de Celso que siguen a las precedentes, y que son como sigue: Como los judíos, pues, se convirtieron en un pueblo peculiar, y promulgaron leyes conforme a las costumbres de su país, y las mantienen hasta el presente, y observan un modo de culto que, cualquiera que sea su naturaleza, deriva sin embargo de sus padres, obran en estos respectos como los demás hombres, porque cada nación conserva sus costumbres ancestrales, cualesquiera que sean, si acaso están establecidas entre ellos. Y tal ordenamiento parece ventajoso, no solo porque ha ocurrido a la mente de otras naciones decidir algunas cosas de manera distinta, sino también porque es deber proteger lo que ha sido establecido para el bien público; y también porque, con toda probabilidad, las diversas regiones de la tierra fueron desde el principio asignadas a diferentes espíritus superintendentes, y así distribuidas entre ciertos poderes rectores, y de esta manera se lleva a cabo la administración del mundo. Y todo lo que entre cada nación se hace de esta manera sería rectamente hecho, dondequiera que fuese conforme a los deseos (de los poderes superintendentes), mientras que sería un acto de impiedad deshacer las instituciones establecidas desde el principio en los diversos lugares. Con estas palabras muestra Celso que los judíos, que antes fueron egipcios, se convirtieron después en un pueblo peculiar, y promulgaron leyes que conservan cuidadosamente. Y, sin repetir sus afirmaciones, que ya se han puesto ante nosotros, dice que es ventajoso para los judíos observar su culto ancestral, como otras naciones atienden cuidadosamente al suyo. Y expone además una razón más profunda de por qué es ventajoso para los judíos cultivar sus costumbres ancestrales, insinuando oscuramente que aquellos a quienes fue asignado el oficio de superintender el país para el cual se legislaba, promulgaron las leyes de cada tierra en cooperación con sus legisladores. Parece, pues, indicar que tanto el país de los judíos como la nación que lo habita están superintendidos por uno o más seres, los cuales, fueran uno o varios, cooperaron con Moisés y promulgaron las leyes de los judíos.
V, 26
Debemos dice, observar las leyes, no solo porque ha ocurrido a la mente de otros decidir algunas cosas de manera distinta, sino porque es deber proteger lo que ha sido establecido para el bien público, y también porque, con toda probabilidad, las diversas regiones de la tierra fueron desde el principio asignadas a diferentes espíritus superintendentes, y distribuidas entre ciertos poderes rectores, y de esta manera se lleva a cabo la administración del mundo. Así Celso, como si hubiera olvidado lo que había dicho contra los judíos, los incluye ahora en el elogio general que pronuncia sobre todos los que observan sus costumbres ancestrales, remarking: Y todo lo que entre cada nación se hace de esta manera sería rectamente hecho, dondequiera que fuese conforme a los deseos (de los superintendentes). Y observad aquí si no expresa abiertamente, cuanto puede, el deseo de que el judío viva en la observancia de sus propias leyes y no se aparte de ellas, porque cometería un acto de impiedad si apostatara; pues sus palabras son: Sería un acto de impiedad deshacer las instituciones establecidas desde el principio en los diversos lugares. Ahora bien, quisiera preguntarle a él, y a los que comparten sus opiniones, quién fue el que distribuyó desde el principio las diversas regiones de la tierra entre los diferentes espíritus superintendentes; y especialmente, quién entregó el país de los judíos, y al propio pueblo judío, al uno o más superintendentes a quienes fue asignado? Fue, como diría Celso, Júpiter quien asignó al pueblo judío y a su país a cierto espíritu o espíritus? Y fue su voluntad, la de aquel a quien así fueron asignados, el promulgar entre ellos las leyes que prevalecen, o se hizo contra su voluntad? Observaréis que, sea cual sea su respuesta, se encuentra en un aprieto. Pero si las diversas regiones de la tierra no fueron asignadas por algún ser a los diversos espíritus superintendentes, entonces cada uno, al azar y sin la superintendencia de un poder superior, repartió la tierra según el azar; y sin embargo semejante opinión es absurda, y destruye en no pequeña medida la providencia del Dios que preside todas las cosas.
V, 27
Cualquiera uno, en efecto, que quiera, puede relatar cómo los diversos puntos de la tierra, distribuidos entre ciertos poderes rectores, son administrados por quienes los superintenden; pero que nos diga también cómo lo que se hace entre cada nación se hace rectamente cuando es conforme a los deseos de los superintendentes. Que nos diga, por ejemplo, si las leyes de los escitas, que permiten el asesinato de los padres, son leyes rectas; o las de los persas, que no prohíben los matrimonios de los hijos con sus madres, o de las hijas con sus propios padres. Pero, ¿qué necesidad hay de que yo haga selecciones entre los que se han dedicado a la tarea de promulgar leyes entre las diferentes naciones, e indague cómo las leyes se promulgan rectamente entre cada una, según agradan a los poderes superintendentes? Que nos diga, sin embargo, Celso, cómo sería un acto de impiedad deshacer aquellas leyes ancestrales que permiten los matrimonios de madres e hijas; o las que declaran feliz al hombre que pone fin a su vida ahorcándose, o declaran que se purifican enteramente quienes se entregan al fuego y terminan su existencia por el fuego; y cómo es un acto de impiedad abolir aquellas leyes que, por ejemplo, prevalecen en el Quersoneso Táurico, respecto al sacrificio de extranjeros a Diana, o entre ciertas tribus de Libia, respecto al sacrificio de niños a Saturno. Además, se sigue de la afirmación de Celso esta inferencia: que es un acto de impiedad por parte de los judíos deshacer aquellas leyes ancestrales que prohíben adorar a cualquier otra deidad que no sea el Creador de todas las cosas. Y se seguirá, según su punto de vista, que la piedad no es divina por su propia naturaleza, sino por cierto arreglo y disposición (externos). Pues es un acto de piedad entre ciertas tribus adorar a un cocodrilo, y comer lo que es objeto de adoración entre otras tribus; mientras que, a su vez, entre otras es un acto piadoso adorar a un ternero, y entre otras, de nuevo, considerar al cabro como un dios. Y, de este modo, el mismo individuo será considerado como actuando piadosamente según un conjunto de leyes, e impíamente según otro; ¡y este es el resultado más absurdo que puede concebirse!
V, 28
Es probable, sin embargo, que a observaciones como las anteriores se respondiera que era piadoso quien guardaba las leyes de su propia patria, y que en modo alguno era culpable de impiedad por no observar las de otras tierras; y que, a su vez, quien era tenido por culpable de impiedad entre ciertas naciones no lo era realmente, cuando adoraba a sus propios dioses conforme a las leyes de su país, aunque hiciera la guerra a quienes eran tenidos por divinidades entre aquellas naciones que poseían leyes de clase opuesta, e incluso los devorara en festines. Observad ahora si estas afirmaciones no manifiestan la mayor confusión de mente respecto a la naturaleza de lo justo, de lo santo y de lo religioso; pues no se ha establecido definición alguna precisa de estas cosas, ni se las describe como poseedoras de un carácter propio y peculiar, que califique de religiosos a quienes actúan conforme a sus preceptos. Si, pues, la religión, la piedad y la justicia pertenecen a aquellas cosas que solo lo son por comparación, de modo que un mismo acto puede ser a la vez piadoso e impío según diferentes relaciones y diferentes leyes, ved si no se seguirá que también la templanza es cosa de comparación, y asimismo la fortaleza, y la prudencia, y las demás virtudes, ¡cosa más absurda que la cual nada podría concebirse! Sin embargo, lo que hemos dicho basta para la clase más general y simple de respuestas a las acusaciones de Celso. Pero como pensamos que es probable que algunos de los acostumbrados a investigaciones más profundas se encuentren con este tratado, atrevámonos a exponer algunas consideraciones de índole más profunda, que transmitan una visión mística y secreta respecto a la distribución original de los diversos puntos de la tierra entre diferentes espíritus superintendentes; y probemos, en lo que esté a nuestro alcance, que nuestra doctrina está libre de las consecuencias absurdas enumeradas más arriba.
V, 29
Me parece, en efecto, que Celso ha malentendido algunas de las razones más profundas relativas a la ordenación de los asuntos terrenales, de las cuales se tocan algunas incluso en la historia griega, cuando se introduce a ciertos de los que son tenidos por dioses como contendiendo entre sí por la posesión del Ática; mientras que también en los escritos de los poetas griegos se representa a algunos de los llamados dioses confesando que ciertos lugares de aquí les son preferidos antes que otros. La historia de las naciones bárbaras, además, y especialmente la de Egipto, contiene algunas alusiones de este género a la división de las llamadas moradas egipcias, cuando afirma que Atenea, la cual obtuvo Saís por sorteo, es la misma que también posee el Ática. Y los doctos entre los egipcios pueden enumerar innumerables ejemplos de esta clase, aunque no sé si incluyen a los judíos y a su país en esta división. Y ahora, en cuanto a los testimonios fuera de la palabra de Dios que tocan este punto, bastantes han sido aducidos por el presente. Decimos, además, que nuestro profeta de Dios y su genuino siervo Moisés, en su cántico del libro del Deuteronomio, hace una declaración respecto al reparto de la tierra en los términos siguientes: Cuando el Altísimo repartió a las naciones, cuando hizo dividir los hijos de Adán, estableció los límites de los pueblos según el número de los ángeles de Dios; y la porción fue su pueblo Jacob, e Israel la cuerda de su heredad. Y respecto a la distribución de las naciones, el mismo Moisés, en su obra titulada Génesis, se expresa así en estilo de narración histórica: Y toda la tierra era de una lengua y de un mismo hablar; y aconteció que, cuando salieron de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y habitaron allí. Un poco más adelante continúa: Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos tienen una lengua; y esto es lo que han comenzado a hacer; y ahora nada les impedirá lo que han pensado hacer. Ea, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que no entiendan el uno la lengua del otro. Y Jehová los esparció desde allí sobre la faz de toda la tierra; y dejaron de edificar la ciudad y la torre. Por lo cual fue llamado su nombre Confusión, porque allí confundió Jehová la lengua de toda la tierra; y desde allí los esparció Jehová sobre la faz de toda la tierra. En el tratado de Salomón, además, sobre la Sabiduría, y sobre los acontecimientos del tiempo de la confusión de las lenguas, cuando tuvo lugar la división de la tierra, encontramos lo siguiente respecto a la Sabiduría: Además, cuando las naciones en su impía conspiración fueron confundidas, ella halló al justo, y lo conservó irreprensible delante de Dios, y lo mantuvo fuerte en su tierna compasión hacia su hijo. Sabiduría 10:5 Pero sobre estos temas podría decirse mucho, y de índole mística; en consonancia con lo cual es lo siguiente: Es bueno guardar el secreto del rey, — a fin de que la doctrina de la entrada de las almas en los cuerpos (no, sin embargo, la de la transmigración de un cuerpo en otro) no sea arrojada ante el entendimiento común, ni lo santo sea dado a los perros, ni las perlas sean echadas ante los puercos. Porque tal proceder sería impío, equivaliendo a una traición de las declaraciones misteriosas de la sabiduría de Dios, de las cuales se ha dicho bien: En un alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo sujeto al pecado. Sabiduría 1:4 Basta, sin embargo, representar en estilo de narración histórica lo que se propone transmitir un sentido secreto bajo el vestido de la historia, para que quienes tienen la capacidad puedan elaborar por sí mismos todo lo que se refiere al asunto. (La narración, pues, puede entenderse como sigue.)
Comentario editorial · Deuteronomio 32:8: ángeles, hijos de Dios o hijos de Israel
Orígenes cita aquí el cántico de Moisés: el Altísimo «estableció los límites de los pueblos según el número de los ángeles de Dios» (). Es la lectura de la Septuaginta. El texto hebreo masorético, del que parten las biblias actuales, dice «según el número de los hijos de Israel», y dos manuscritos de Qumrán (4QDtj y 4QDtq) dicen «hijos de Dios» (Wikipedia). La diferencia importa en este pasaje, porque Orígenes se apoya en los «ángeles» para sostener que a cada nación se le asignó un ángel o príncipe, y que Israel quedó como porción del Señor (V, 29–31).
Para ampliar: Sons of God (Wikipedia (en))