II, 2
Ahora, ya que estamos en el tema de Pedro, y de los maestros del cristianismo entre la circuncisión, no estimo fuera de lugar citar cierta declaración de Jesús tomada del Evangelio según Juan, y dar la explicación de la misma. Pues allí se relata que Jesús dijo: Aún tengo muchas cosas que deciros, pero no las podéis llevar ahora. Pero cuando viniere Él, el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad; porque no hablará por sí mismo, sino que hablará cuanto oyere. Y cuando indagamos cuáles eran las muchas cosas a que se refiere el pasaje, que Jesús tenía que decir a sus discípulos, pero que ellos no podían entonces llevar, he de observar que, probablemente porque los apóstoles eran judíos, y habían sido educados conforme a la letra de la ley mosaica, no podía decirles cuál era la ley verdadera, y cómo el culto judaico consistía en el modelo y sombra de ciertas cosas celestiales, y cómo los bienes futuros eran prefigurados por los preceptos acerca de las viandas y las bebidas, y las fiestas, y las lunas nuevas, y los sábados. Estos eran muchos de los temas que tenía que explicarles; pero como vio que era obra de dificultad suma arrancar de la mente las opiniones que casi nacen con el hombre, y entre las cuales ha sido criado hasta llegar a la edad madura, y que han producido en quienes las han adoptado la creencia de que son divinas, y de que es acto de impiedad derribarlas; y demostrar por la superioridad de la doctrina cristiana, es decir, por la verdad, de manera que conviniera a los oyentes, que tales opiniones no eran sino pérdida y estiércol, aplazó tal tarea a un tiempo futuro —a saber, aquel que siguió a su pasión y resurrección. Porque el llevar auxilio fuera de sazón a quienes aún no eran capaces de recibirlo, habría podido derribar la idea que ya se habían formado de Jesús como el Cristo, e Hijo del Dios viviente. Y ved si no hay alguna razón bien fundada para una declaración como esta: Muchas cosas tengo que deciros, pero no las podéis llevar ahora; puesto que hay muchos puntos en la ley que requieren ser explicados y esclarecidos en sentido espiritual, y estos, de una manera, no podían llevarlos los discípulos, habiendo nacido y sido criados entre judíos. Soy de opinión, además, de que, puesto que estos ritos eran figurativos, y la verdad era aquello que había de serles enseñado por el Espíritu Santo, fueron añadidas estas palabras: Cuando viniere Él, que es el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad; como si hubiera dicho: a toda la verdad acerca de aquellas cosas que, siendo para vosotros tan solo figuras, creíais que constituían un culto verdadero que rendíais a Dios. Y así, conforme a la promesa de Jesús, el Espíritu de verdad vino a Pedro, diciéndole, con respecto a las bestias cuadrúpedas, y los reptiles de la tierra, y las aves del cielo: Levántate, Pedro; mata y come. Y el Espíritu vino a él mientras se hallaba todavía en estado de ignorancia supersticiosa; pues dijo, en respuesta al mandato divino: De ningún modo, Señor; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás. Le instruyó, sin embargo, en el sentido verdadero y espiritual de las viandas, diciendo: Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú común. Y así, después de aquella visión, el Espíritu de verdad, que condujo a Pedro a toda la verdad, le dijo las muchas cosas que no podía llevar cuando Jesús estaba aún con él en la carne. Pero tendré otra oportunidad de explicar aquellos asuntos, que están conectados con la acepción literal de la ley mosaica.
II, 3
Nuestro presente objeto, sin embargo, es exponer la ignorancia de Celso, quien hace que este judío suyo dirija a sus conciudadanos y a los conversos israelitas la siguiente exhortación: ¿Qué os indujo a abandonar la ley de vuestros padres? etc. Ahora bien, ¿cómo habrían de abandonar la ley de sus padres aquellos que tienen por costumbre reprender a los que no escuchan sus mandamientos, diciendo: Decidme, vosotros que leéis la ley, ¿no oís la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; y así sucesivamente, hasta el lugar que dice: lo cual es una alegoría, etc.? ¿Y cómo han abandonado la ley de sus padres aquellos que hablan sin cesar de las costumbres de sus padres en palabras como estas: ¿O no dice también la ley estas cosas? Porque está escrito en la ley de Moisés: No pondrás bozal a la boca del buey que trilla. ¿Se cuida Dios de los bueyes? ¿O lo dice enteramente por causa nuestra? Porque por causa nuestra fue escrito, y así sucesivamente? Ahora bien, cuán confuso es el razonamiento del judío respecto de estas materias (aunque estaba en su poder hablar con mayor eficacia) cuando dice: Algunos de vosotros habéis abandonado las costumbres de nuestros padres bajo pretexto de explicaciones y alegorías; y algunos de vosotros, aunque, según pretendéis, las interpretáis en sentido espiritual, con todo observáis las costumbres de nuestros padres; y algunos de vosotros, sin interpretación semejante, estáis dispuestos a aceptar a Jesús como objeto de la profecía, y a guardar la ley de Moisés conforme a las costumbres de los padres, como si en las palabras estuviera toda la mente del Espíritu. ¿Y cómo ha podido ver Celso estas cosas con tanta claridad en este lugar, cuando en las partes subsiguientes de su obra hace mención de ciertas herejías impías del todo ajenas a la doctrina de Jesús, e incluso de otras que prescinden por completo del Creador, y no parece saber que hay israelitas convertidos al cristianismo que no han abandonado la ley de sus padres? No era su propósito investigar aquí todas las cosas en espíritu de verdad, y aceptar cuanto pudiera hallar de útil; sino que compuso estas afirmaciones en espíritu de enemigo, y con el deseo de derribar todo en cuanto lo oía.
II, 4
El judío, pues, continúa su exhortación a los conversos de su propia nación en estos términos: Ayer y anteayer, cuando castigamos al hombre que os engañó, os hicisteis apóstatas de la ley de vuestros padres; mostrando con tales afirmaciones (como acabamos de demostrar) cualquier cosa menos un conocimiento exacto de la verdad. Pero lo que a continuación aduce parece tener cierta fuerza, cuando dice: ¿Cómo es que tomáis el comienzo de vuestra doctrina de nuestro culto, y cuando habéis hecho algún progreso lo tratáis con desprecio, aunque no tenéis otro fundamento que mostrar para vuestras doctrinas que nuestra ley? Ahora bien, ciertamente la introducción al cristianismo se realiza por medio del culto mosaico y de los escritos proféticos; y tras la introducción, el progreso tiene lugar en la interpretación y explicación de estos, mientras los introducidos prosiguen sus investigaciones en el misterio según la revelación, que fue guardada en secreto desde el principio del mundo, pero ahora es manifestada en las Escrituras de los profetas, y por la aparición de nuestro Señor Jesucristo. Pero los que avanzan en el conocimiento del cristianismo no tratan, como tú alegas, con desprecio las cosas escritas en la ley. Antes bien, les conceden mayor honor, mostrando qué profundidad de razones sabias y misteriosas está contenida en estos escritos, que no son plenamente comprendidos por los judíos, que los tratan superficialmente, y como si fueran en cierto grado fabulosos. Y qué absurdidad habría en que nuestro sistema — es decir, el Evangelio — tenga la ley por fundamento, cuando el mismo Señor Jesús dijo a los que no creían en Él: Si creyerais a Moisés, creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras? Y aun uno de los evangelistas — Marcos — dice: El principio del Evangelio de Jesucristo, como está escrito en el profeta Isaías: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu rostro, el cual preparará tu camino delante de ti, lo cual muestra que el principio del Evangelio está conectado con los escritos judíos. Qué fuerza tiene, pues, la objeción del judío de Celso, de que si alguno nos predijo que el Hijo de Dios había de venir a los hombres, fue uno de nuestros profetas, y el profeta de nuestro Dios? ¿O cómo es un cargo contra el cristianismo que Juan, que bautizó a Jesús, fuera judío? Porque aunque Él era judío, no se sigue que todo creyente, ya sea converso del paganismo o del judaísmo, deba obedecer literalmente la ley de Moisés.
II, 5
Después de estas cosas, aunque Celso se vuelve tautológico en sus afirmaciones acerca de Jesús, repitiendo por segunda vez que fue castigado por los judíos por sus crímenes, no volveremos a emprender la defensa, satisfechos con lo que ya hemos dicho. Pero, en segundo lugar, como este judío suyo menosprecia la doctrina acerca de la resurrección de los muertos, y del juicio divino, y de las recompensas que han de ser otorgadas a los justos, y del fuego que ha de devorar a los malvados, por ser opiniones gastadas, y piensa que derribará el cristianismo afirmando que no hay nada nuevo en su enseñanza sobre estos puntos, hemos de decirle que nuestro Señor, viendo que la conducta de los judíos no guardaba en absoluto conformidad con la enseñanza de los profetas, inculcó por una parábola que el reino de Dios les sería quitado, y dado a los conversos del paganismo. Por lo cual, ahora, podemos también ver en verdad que todas las doctrinas de los judíos del presente son meras frivolidades y fábulas, puesto que no tienen la luz que procede del conocimiento de las Escrituras; mientras que las de los cristianos son la verdad, teniendo poder para elevar y enaltecer el alma y el entendimiento del hombre, y para persuadirle a buscar una ciudadanía, no como la de los judíos terrenales de aquí abajo, sino en el cielo. Y este resultado se manifiesta entre aquellos que son capaces de ver la grandeza de las ideas contenidas en la ley y en los profetas, y que son capaces de recomendarlas a otros.
II, 6
Pero concedamos que Jesús observó todas las costumbres judías, incluyendo incluso sus observancias sacrificales, ¿qué aprovecha eso para impedir que le reconozcamos como el Hijo de Dios? Jesús, pues, es el Hijo de Dios, que dio la ley y los profetas; y nosotros, que pertenecemos a la Iglesia, no transgredimos la ley, sino que hemos escapado de las mitologías de los judíos, y tenemos nuestra mente castigada y educada por la contemplación mística de la ley y de los profetas. Porque los mismos profetas, como no fundan el sentido de estas palabras en la historia llana que relatan, ni en las ordenanzas legales tomadas según la palabra y la letra, se expresan en alguna parte, cuando están por relatar historias, en palabras como estas: Abriré mi boca en parábolas; diré enigmas de la antigüedad; y en otro lugar, cuando elevan una oración respecto de la ley por ser oscura, y necesitar ayuda divina para su comprensión, elevan esta oración: Descubre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.
II, 7
Además, que muestren dónde se encuentra siquiera la apariencia de un lenguaje dictado por la arrogancia y procedente de Jesús. Porque ¿cómo podría un hombre arrogante expresarse así: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas? ¿O cómo puede llamársele arrogante a Aquel que, después de la cena, se despojó de sus vestidos en presencia de sus discípulos, y, tras ceñirse con una toalla y verter agua en un lebrillo, se puso a lavar los pies de cada discípulo, y reprendió con estas palabras al que no quería consentir que se los lavase: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo? ¿O cómo podría ser llamado tal Aquel que dijo: Estuve entre vosotros no como el que se sienta a la mesa, sino como el que sirve? Y que cualquiera muestre cuáles fueron las falsedades que Él pronunció, y que señale cuáles son falsedades grandes y cuáles pequeñas, para probar que Jesús fue culpable de las primeras. Y hay todavía otro modo de refutarle. Porque así como una falsedad no es menos ni más falsa que otra, así una verdad no es menos ni más verdadera que otra. Y qué acusaciones de impiedad tiene que presentar contra Jesús, que las presente especialmente el judío de Celso. ¿Era acaso impío abstenerse de la circuncisión corpórea, del sábado según la letra, de las fiestas según la letra, de las lunas nuevas según la letra, y de las viandas limpias e inmundas, y volver la mente a la ley buena y verdadera y espiritual de Dios, mientras al mismo tiempo el que era embajador por Cristo sabía hacerse para los judíos como judío, para ganar a los judíos, y para los que están bajo la ley, como bajo la ley, para ganar a los que están bajo la ley?
II, 8
Dice, además, que muchos otros se presentarían semejantes a lo que fue Jesús, para aquellos que quisieran dejarse engañar. Muestrenos, pues, este judío de Celso, no muchos hombres, ni siquiera unos pocos, sino a un solo individuo semejante a lo que fue Jesús, que introdujera entre el género humano, con el poder que se manifestó en Él, un sistema de doctrina y de opiniones provechoso para la vida humana, y que convirtiera a los hombres de la práctica de la maldad. Dice, además, que los cristianos convertidos reprochan a los judíos no haber creído en Jesús como en Dios. Sobre este punto hemos ofrecido ya, en las páginas precedentes, una defensa preliminar, mostrando al mismo tiempo en qué sentido le entendemos Dios y en qué le tenemos por hombre. ¿Cómo nosotros, prosigue, que hemos dado a conocer a todos los hombres que ha de venir de Dios uno que ha de castigar a los malvados, desatenderíamos a éste cuando vino? Y a esto, como argumento sumamente necio, no me parece razonable ofrecer respuesta alguna. Es como si alguien dijera: ¿cómo nosotros, que enseñamos la templanza, cometeríamos acto alguno de libertinaje? ¿O nosotros, que somos embajadores de la justicia, seríamos culpables de maldad alguna? Porque así como entre los hombres se hallan tales inconsecuencias, así también decir que creyeron a los profetas cuando hablaban del futuro advenimiento de Cristo, y sin embargo rehusaron darle su fe cuando vino, conforme a la declaración profética, estuvo muy conforme con la naturaleza humana. Y como hemos de añadir otra razón, diremos que este mismo resultado fue predicho por los profetas. Isaías declara distintamente: Oyendo oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis; porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, etc. Y que expliquen por qué se predijo a los judíos que, aunque oyeran y vieran, no entenderían lo que se decía, ni percibirían lo que se veía como debieran. Porque es en verdad manifiesto que, al contemplar a Jesús, no vieron quién era; y al oírle, no entendieron de sus palabras la divinidad que había en Él, y que trasladaba la providencia de Dios, hasta entonces ejercida sobre los judíos, a sus convertidos de entre los gentiles. Por ello podemos ver que, después del advenimiento de Jesús, los judíos fueron del todo abandonados, y que ahora no poseen nada de aquellas glorias que se tenían por antiguas, de modo que no hay indicio alguno de divinidad que more entre ellos. Porque ya no tienen profetas ni milagros, cuyas huellas todavía se hallan en considerable medida entre los cristianos, y algunos de ellos más notables que cuantos hubo entre los judíos; y estos mismos nosotros hemos presenciado, si es que puede recibirse nuestro testimonio. Pero el judío de Celso exclama: ¿Por qué tratamos con deshonor a aquel a quien anunciamos de antemano? ¿Fue acaso para ser castigados más que los demás? A lo cual hemos de responder que, a causa de su incredulidad y de las otras injurias que acumularon sobre Jesús, los judíos no sólo sufrirán más que los demás en aquel juicio que se cree inminente sobre el mundo, sino que ya han padecido tales sufrimientos. Pues ¿qué nación es desterrada de su propia metrópoli, y del lugar sagrado al culto de sus padres, sino los judíos solamente? Y estas calamidades han padecido porque fueron una nación sumamente malvada, que, aunque culpable de muchos otros pecados, no ha sido castigada con tanta severidad por ninguno como por los cometidos contra nuestro Jesús.
II, 9
El judío continúa su discurso así: ¿Cómo hemos de juzgar que era Dios aquel que no sólo, en otros respectos, según corría la voz, no cumplió ninguna de sus promesas, sino que también, después de que le hubimos convicto y condenado como digno de castigo, fue hallado intentando ocultarse y procurando escapar de la manera más vergonzosa, y fue traicionado por aquellos a quienes llamaba discípulos? Y sin embargo, continúa, el que era Dios no podía ni huir ni ser llevado prisionero; y mucho menos podía ser abandonado y entregado por aquellos que habían sido sus compañeros, y tenían todas las cosas en común, y le habían tenido por maestro, a quien se tenía por Salvador, e hijo del Dios supremo, y ángel. A lo cual respondemos que ni aun nosotros suponemos que el cuerpo de Jesús, que entonces era objeto de vista y de percepción, fuese Dios. ¿Y por qué digo su cuerpo? Pues ni aun su alma, de la cual está escrito: Mi alma está muy entristecida, hasta la muerte. Pero como, según el modo judío de hablar, Yo soy Jehová, el Dios de toda carne, y, Antes de mí no fue formado dios, ni lo habrá después de mí, se cree que Dios es Aquel que emplea como instrumento el alma y el cuerpo del profeta; y como, según los griegos, aquel que dice,
Conozco el número de la arena y las medidas del mar, y entiendo al mudo, y oigo al que no habla,
es considerado un dios cuando habla y se hace oír por medio de la pitonisa; así, según nuestro parecer, fue el Dios Logos, e Hijo del Dios de todas las cosas, quien habló en Jesús estas palabras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; y estas: Yo soy la puerta; y estas: Yo soy el pan de vida que descendió del cielo; y otras expresiones semejantes a éstas. Por tanto, acusamos a los judíos de no reconocer como Dios a Aquel de quien en muchos pasajes daban testimonio los profetas, en el sentido de que era una potestad poderosa, y un Dios junto al Dios y Padre de todas las cosas. Porque afirmamos que a Él fue a quien el Padre dio el mandato cuando, en el relato mosaico de la creación, pronunció las palabras: Sea la luz, y Haya un firmamento, y dio las órdenes respecto de aquellos otros actos creadores que se realizaron; y que a Él fueron dirigidas las palabras: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que el Logos, cuando fue mandado, obedeció toda la voluntad del Padre. Y hacemos estas declaraciones no por conjeturas nuestras, sino porque creemos las profecías difundidas entre los judíos, en las cuales se dice de Dios, y de las obras de la creación, en palabras expresas, como sigue: Él habló, y fueron hechos; Él mandó, y fueron creados. Ahora bien, si Dios dio el mandato, y las criaturas fueron formadas, ¿quién, según el parecer del espíritu de profecía, podía ser el que fue capaz de ejecutar tales mandatos del Padre, sino Aquel que es, por así decirlo, el Logos viviente y la Verdad? Y que los Evangelios no consideran que Aquel que en Jesús dijo estas palabras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, fuese de naturaleza tan circunscrita que no tuviera existencia alguna fuera del alma y el cuerpo de Jesús, es evidente tanto por muchas consideraciones como por algunos ejemplos del género siguiente que citaremos. Juan el Bautista, al predecir que el Hijo de Dios había de aparecer en seguida, no en aquel cuerpo y alma, sino manifestándose por todas partes, dice de Él: En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, que viene después de mí. Porque si hubiera pensado que el Hijo de Dios estaba sólo allí donde estaba el cuerpo visible de Jesús, ¿cómo habría dicho: En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis? Y Jesús mismo, elevando las mentes de sus discípulos a pensamientos más altos acerca del Hijo de Dios, dice: Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Y de la misma naturaleza es su promesa a sus discípulos: He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Y citamos estos pasajes sin hacer distinción entre el Hijo de Dios y Jesús. Porque el alma y el cuerpo de Jesús formaron, tras la οἰκονομία, un solo ser con el Logos de Dios. Ahora bien, si, según la enseñanza de Pablo, el que se une al Señor, un espíritu es, todo aquel que entiende lo que es unirse al Señor, y que efectivamente se ha unido a Él, es un espíritu con el Señor, ¿cómo no habría de ser uno, en grado mucho mayor y más divino, aquel ser que estuvo una vez unido con el Logos de Dios? Él, en efecto, se manifestó entre los judíos como potestad de Dios por los milagros que obró, los cuales Celso sospechaba que habían sido realizados por hechicería, pero que los judíos de aquel tiempo atribuían, no sé por qué, a Belcebú, en las palabras: Por Belcebú, príncipe de los demonios, echa fuera los demonios. Pero a éstos los convicto nuestro Salvador de pronunciar los mayores absurdos, por el hecho de que el reino del mal no había aún llegado a su fin. Y esto será evidente para todos los lectores inteligentes de la narración evangélica, que no es ahora el tiempo de explicar.
II, 10
Pero qué promesa hizo Jesús que no cumpliera? Que Celso produzca algún ejemplo de tales, y pruebe su acusación. Pero no podrá hacerlo, especialmente puesto que es de errores, provenientes ya de una comprensión equivocada de las narraciones evangélicas, ya de relatos judíos, de donde piensa sacar las acusaciones que dirige contra Jesús o contra nosotros. Además, de nuevo, cuando el judío dice: Nosotros le hallamos culpable, y le condenamos como digno de muerte, que muestren cómo los que procuraron fraguar falso testimonio contra Él probaron que era culpable. ¿No fue la gran acusación contra Jesús, la que sus acusadores presentaron, ésta: que dijo: Puedo destruir el templo de Dios, y después de tres días levantarlo de nuevo? Pero al decir esto, hablaba del templo de su cuerpo; mientras que ellos pensaron, no pudiendo comprender el sentido del que hablaba, que se refería al templo de piedra, que era tratado por los judíos con mayor respeto que Aquel que debía ser honrado como el verdadero Templo de Dios — el Verbo, y la Sabiduría, y la Verdad. ¿Y quién puede decir que Jesús procuró escapar ocultándose vergonzosamente? Que alguien señale un acto que merezca llamarse vergonzoso. Y cuando añade: fue hecho prisionero, yo diría que, si el ser hecho prisionero implica un acto hecho contra la voluntad de uno, entonces Jesús no fue hecho prisionero; pues en el momento oportuno no impidió que cayera en manos de los hombres, como Cordero de Dios, para quitar el pecado del mundo. Porque, sabiendo todas las cosas que habían de venir sobre Él, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Y respondieron: A Jesús de Nazaret; y les dijo: Yo soy. Y Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. Cuando, pues, les hubo dicho: Yo soy, retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó de nuevo: ¿A quién buscáis? Y dijeron otra vez: A Jesús de Nazaret. Jesús les dijo: Os he dicho que yo soy; si pues me buscáis a mí, dejad ir a éstos. Y aun a aquel que quiso ayudarle, y que hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja, le dijo: Vuelve tu espada a su vaina; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán. ¿Acaso pensáis que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría al instante más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así sea? Y si alguno imagina que estas declaraciones son invenciones de los escritores de los Evangelios, ¿por qué no habían de considerarse más bien como invenciones aquellas que procedieron de un espíritu de odio y hostilidad contra Jesús y los cristianos? ¿Y éstas, la verdad, que proceden de los que manifiestan la sinceridad de sus sentimientos hacia Jesús, soportándolo todo, sea lo que fuere, por causa de sus palabras? Porque el que los discípulos recibieran tal poder de resistencia y resolución, que continuó incluso hasta la muerte, con una disposición de ánimo que no inventara acerca de su Maestro lo que no era verdadero, es una prueba muy evidente, para todos los jueces imparciales, de que estaban plenamente persuadidos de la verdad de lo que escribieron, viendo que se sometieron a pruebas tan numerosas y tan severas, por causa de Aquel a quien creían el Hijo de Dios.
II, 11
En el lugar siguiente, que fuera entregado por aquellos a quienes llamaba sus discípulos, es una circunstancia que el judío de Celso aprendió de los Evangelios; llamando, sin embargo, a Judas muchos discípulos, para parecer que daba más fuerza a la acusación. Y no se tomó el trabajo de advertir todo lo que se relata acerca de Judas; cómo este Judas, habiendo llegado a albergar opiniones opuestas y contradictorias acerca de su Maestro, ni se le opuso con toda su alma, ni tampoco conservó con toda su alma el respeto que un discípulo debe a su maestro. Porque el que le entregó dio a la turba que vino para prender a Jesús una señal, diciendo: A quien yo besare, ése es; prendedle, — conservando todavía algún elemento de respeto hacia su Maestro: pues de no haberlo hecho así, le habría entregado, aun públicamente, sin fingimiento alguno de afecto. Esta circunstancia, pues, satisfará a todos respecto del propósito de Judas: que junto con su disposición avarienta y su malvado designio de entregar a su Maestro, tenía todavía en su mente un sentimiento de carácter mixto, producido en él por las palabras de Jesús, que tenían la apariencia (por así decirlo) de algún resto de bien. Porque se relata que, cuando Judas, el que le entregó, vio que era condenado, se arrepintió, y trajo las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Allá vosotros; — y que, arrojando las monedas en el templo, se retiró, y fue y se ahorcó. Pero si este avariento Judas, que también robaba el dinero puesto en la bolsa para el socorro de los pobres, se arrepintió, y trajo las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y a los ancianos, es claro que las instrucciones de Jesús habían podido producir en su mente algún sentimiento de arrepentimiento, y que no eran del todo despreciadas y aborrecidas por este traidor. Antes bien, la declaración: He pecado, entregando sangre inocente, fue un reconocimiento público de su crimen. Observad, además, cuán vehementemente apasionado fue el dolor por sus pecados que procedió de aquel arrepentimiento, y que no le permitió ya vivir más; y cómo, después de arrojar las monedas en el templo, se retiró, y fue y se ahorcó: pues pronunció sentencia contra sí mismo, mostrando cuán grande era el poder de la enseñanza de Jesús sobre este pecador Judas, este ladrón y traidor, que no podía tratar siempre con desprecio lo que había aprendido de Jesús. Dirán ahora Celso y sus amigos que aquellas pruebas que muestran que la apostasía de Judas no fue una apostasía completa, aun después de sus atentados contra su Maestro, son invenciones, y que sólo esto es verdadero, a saber, que uno de sus discípulos le entregó; y añadirán al relato de la Escritura que le entregó también de todo corazón? Actuar en este espíritu de hostilidad con los mismos escritos, tanto en lo que hemos de creer como en lo que no hemos de creer, es absurdo. Y si debemos hacer alguna declaración acerca de Judas que cubra de vergüenza a nuestros adversarios, diremos que, en el libro de los Salmos, todo el salmo 108 contiene una profecía acerca de Judas, cuyo principio es éste: Oh Dios, no calles delante de mi alabanza; porque la boca del pecador y la boca del hombre astuto se han abierto contra mí. Y se predice en este salmo tanto que Judas se separó del número de los apóstoles a causa de sus pecados, como que otro fue escogido en su lugar; y esto lo muestran las palabras: Y tome otro su obispado. Pero supongamos ahora que hubiera sido entregado por alguno de sus discípulos, poseído de un espíritu peor que el de Judas, y que hubiera derramado por completo, por así decirlo, todas las palabras que había oído de Jesús, ¿qué contribuiría esto a una acusación contra Jesús o contra la religión cristiana? ¿Y cómo demostrará esto que su doctrina es falsa? Hemos respondido en el capítulo precedente a las declaraciones que siguen a ésta, mostrando que Jesús no fue hecho prisionero cuando intentaba huir, sino que se entregó voluntariamente por causa de todos nosotros. De donde se sigue que, aun si fue atado, fue atado conforme a su propia voluntad; enseñándonos así la lección de que debemos emprender cosas semejantes por causa de la religión sin espíritu alguno de reluctancia.
II, 12
Y las siguientes parecen ser afirmaciones pueriles, a saber: que nunca fue traicionado ningún buen general ni caudillo de grandes multitudes; ni siquiera un malvado capitán de ladrones y jefe de hombres muy malvados, que pareciera ser de alguna utilidad a sus asociados; pero Jesús, habiendo sido entregado por sus subordinados, ni gobernó como un buen general, ni, después de engañar a sus discípulos, produjo en las mentes de las víctimas de su engaño aquel sentimiento de buena voluntad que, por así decirlo, se manifestaría hacia un jefe de bandidos. Ahora bien, se podrían encontrar muchos relatos de generales que fueron traicionados por sus propios soldados, y de jefes de bandidos capturados por medio de aquellos que no guardaron los pactos concertados con ellos. Pero concedamos que nunca fue traicionado ningún general ni jefe de bandidos, ¿qué contribuye eso a establecer como cargo contra Jesús el que uno de sus discípulos vino a ser su traidor? Y puesto que Celso hace ostentación de filosofía, le preguntaría: ¿Era, pues, un cargo contra Platón que Aristóteles, después de ser su discípulo durante veinte años, se marchara y atacara su doctrina de la inmortalidad del alma, y llamara las ideas de Platón las más vanas frivolidades? Y si yo todavía dudara, continuaría así: ¿Acaso dejó Platón de ser poderoso en la dialéctica, ni de poder defender sus opiniones, después de que Aristóteles partió; y, por eso, son falsas las opiniones de Platón? ¿O no será más bien que, siendo Platón verdadero, como sostendrían los discípulos de su filosofía, Aristóteles fue culpable de maldad y de ingratitud hacia su maestro? Y también Crísipo, en muchos pasajes de sus escritos, parece atacar a Cleantes, introduciendo opiniones nuevas opuestas a sus puntos de vista, aunque éste había sido su maestro cuando era joven y comenzó el estudio de la filosofía. Se dice, en efecto, que Aristóteles fue discípulo de Platón durante veinte años, y no poco tiempo pasó Crísipo en la escuela de Cleantes; mientras que Judas no permaneció ni siquiera tres años con Jesús. Pero de los relatos de las vidas de los filósofos podríamos tomar muchos ejemplos semejantes a aquellos sobre los cuales Celso funda un cargo contra Jesús a causa de Judas. Aun los pitagóricos erigieron cenotafios a aquellos que, después de dedicarse a la filosofía, reincidieron en su ignorante modo de vida; y sin embargo ni Pitágoras ni sus seguidores fueron, por eso, débiles en argumento y demostración.
II, 13
Este judío de Celso continúa después de lo anterior en esta forma: Aunque podría afirmar muchas cosas acerca de los hechos de la vida de Jesús que son verdaderas, y no semejantes a las que relatan los discípulos, las omite voluntariamente. ¿Cuáles son, pues, aquellas afirmaciones verdaderas, distintas de los relatos de los Evangelios, que el judío de Celso pasa por alto sin mencionar? ¿O acaso emplea solamente lo que parece una figura retórica, fingiendo tener algo que decir, cuando en realidad no tenía nada que presentar más allá del relato evangélico que pudiera impresionar al oyente con un sentimiento de su verdad y proporcionar un claro fundamento de acusación contra Jesús y su doctrina? Y acusa a los discípulos de haber inventado la afirmación de que Jesús conoció de antemano y predijo todo lo que le sucedió; pero la verdad de esta afirmación la estableceremos, aunque no le agrade a Celso, por medio de muchas otras predicciones pronunciadas por el Salvador, en las que anunció lo que sobrevendría a los cristianos en las generaciones futuras. ¿Y quién no quedará asombrado ante esta predicción: Seréis llevados ante gobernadores y reyes por causa mía, para testimonio a ellos y a los gentiles; y ante cualquiera otra que haya pronunciado respecto de la futura persecución de sus discípulos? Porque ¿qué sistema de opiniones existió jamás entre los hombres por causa del cual otros sean castigados, de modo que alguno de los acusadores de Jesús pudiera decir que, previendo que la impiedad o falsedad de sus opiniones sería el fundamento de una acusación contra ellas, pensó que redundaría en su crédito el haberlo predicho así mucho tiempo antes? Ahora bien, si alguno merece ser llevado, a causa de sus opiniones, ante gobernadores y reyes, ¿quiénes son sino los epicúreos, que niegan por completo la existencia de la providencia? ¿Y también los peripatéticos, que dicen que las plegarias no sirven de nada, ni los sacrificios ofrecidos a la Divinidad? Pero alguno dirá que los samaritanos sufren persecución a causa de su religión. En respuesta a lo cual diremos que los sicarios, a causa de la práctica de la circuncisión, por mutilarse contra las leyes establecidas y las costumbres permitidas solamente a los judíos, son condenados a muerte. Y nunca se oye a un juez preguntar si un sicario que se esfuerza por vivir conforme a esta religión establecida suya quedará libre del castigo si apostata, pero será llevado a la muerte si permanece firme; pues la evidencia de la circuncisión es suficiente para asegurar la muerte de quien se ha sometido a ella. Pero solamente los cristianos, según la predicción de su Salvador: Seréis llevados ante gobernadores y reyes por causa mía, son instados hasta su último aliento por sus jueces a negar el cristianismo y a sacrificar según las costumbres públicas; y, tras el juramento de abjuración, a volver a sus hogares y a vivir en seguridad. Y observad si no es con gran autoridad que se pronuncia esta declaración: Cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y cualquiera que me niegue delante de los hombres, etc. Y volved conmigo en pensamiento a Jesús cuando pronunció estas palabras, y ved sus predicciones todavía no cumplidas. Quizá diréis, con espíritu de incredulidad, que habla necedades y que habla en vano, pues sus palabras no tendrán cumplimiento; o, dudando de dar asenso a sus palabras, diréis que, si estas predicciones se cumplen y la doctrina de Jesús se establece, de modo que gobernadores y reyes piensen en destruir a los que confiesan a Jesús, entonces creeremos que pronuncia estas profecías como quien ha recibido gran poder de Dios para implantar esta doctrina entre el género humano, y como creyendo que prevalecerá. ¿Y quién no se llenará de asombro cuando vuelva en pensamiento a Aquel que entonces enseñó y dijo: Este Evangelio será predicado en todo el mundo, para testimonio a ellos y a los gentiles, y contempla, conforme a sus palabras, el Evangelio de Jesucristo predicado en todo el mundo bajo el cielo a griegos y bárbaros, a sabios y necios por igual? Porque la palabra, pronunciada con poder, ha ganado el señorío sobre hombres de toda suerte de naturaleza, y es imposible ver raza alguna de hombres que haya escapado de aceptar la enseñanza de Jesús. Pero considere este judío de Celso, que no cree que Él conoció de antemano todo lo que le sucedió, cómo, mientras Jerusalén aún estaba en pie y en ella se celebraba todo el culto judío, Jesús predijo lo que le sobrevendría de mano de los romanos. Porque no sostendrán que los conocidos y discípulos del mismo Jesús transmitieron su doctrina contenida en los Evangelios sin ponerla por escrito, y dejaron a sus discípulos sin las memorias de Jesús contenidas en sus obras. Ahora bien, en éstas está escrito: Cuando viereis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su desolación está cerca. Pero en aquel tiempo no había ejércitos alrededor de Jerusalén, rodeándola, cercándola y sitiándola; pues el sitio comenzó en el reinado de Nerón y duró hasta el gobierno de Vespasiano, cuyo hijo Tito destruyó Jerusalén, a causa, como dice Josefo, de Santiago el Justo, hermano de Jesús llamado Cristo, pero en realidad, como la verdad claramente muestra, a causa de Jesucristo, el Hijo de Dios.
II, 14
Celso, sin embargo, admitiendo o concediendo que Jesús conoció de antemano lo que le sobrevendría, podría pensar en burlarse de esta concesión, como hizo en el caso de los milagros, cuando alegó que habían sido obrados por medio de hechicería; pues podría decir que muchas personas, por medio de la adivinación, ya sea por los auspicios, o los augurios, o los sacrificios, o los horóscopos de los nacimientos, han llegado al conocimiento de lo que había de suceder. Pero esta concesión no la haría, por ser demasiado grande; y aunque de algún modo concedió que Jesús obraba milagros, pensó debilitar su fuerza con la acusación de hechicería. Ahora bien, Flegón, en el libro decimotercero o decimocuarto, creo, de sus Crónicas, no sólo atribuyó a Jesús el conocimiento de los acontecimientos futuros (aunque cayendo en confusión respecto de algunas cosas que se refieren a Pedro, como si se refirieran a Jesús), sino que también testificó que el resultado correspondió a sus predicciones. De modo que también él, por estas mismas admisiones acerca del conocimiento previo, como si contra su voluntad, expresó su opinión de que las doctrinas enseñadas por los padres de nuestro sistema no estaban desprovistas de poder divino.
II, 15
Celso continúa: los discípulos de Jesús, al no tener ningún hecho indudable en que apoyarse, idearon la ficción de que él conocía de antemano todo antes de que sucediera; sin advertir, o sin querer advertir, el amor a la verdad que movía a los escritores, quienes reconocieron que Jesús había dicho de antemano a sus discípulos: Todos vosotros os escandalizaréis de Mí esta noche, — afirmación que se cumplió al escandalizarse todos ellos; y que predijo a Pedro: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces, lo cual fue seguido de la triple negación de Pedro. Ahora bien, si ellos no hubieran sido amantes de la verdad, sino, como supone Celso, inventores de ficciones, no habrían representado a Pedro negando, ni a sus discípulos escandalizándose. Porque aunque estos hechos sucedieron realmente, ¿quién habría podido probar que resultaron de ese modo? Y sin embargo, según toda probabilidad, éstos eran asuntos que debían haber sido silenciados por hombres que deseaban enseñar a los lectores de los Evangelios a despreciar la muerte por causa de confesar el cristianismo. Pero ahora, viendo que la palabra, por su poder, ha de alcanzar la victoria sobre los hombres, relataron aquellos hechos que han narrado, y que, no sé cómo, ni habían de causar daño alguno a sus lectores, ni habían de dar ocasión alguna para la negación.
II, 16
Extraordinariamente débil es su afirmación, según la cual los discípulos de Jesús escribieron tales relatos acerca de él, con el fin de atenuar las acusaciones que pesaban contra él: como si, dice, alguien afirmara que cierto hombre era justo, y sin embargo demostrara que era culpable de injusticia; o que era piadoso, y sin embargo había cometido un homicidio; o que era inmortal, y sin embargo estaba muerto; añadiendo a todas estas afirmaciones la observación de que había predicho todas estas cosas. Ahora bien, se ve de inmediato que sus ejemplos son inadecuados; porque no hay nada absurdo en que Aquel que había resuelto convertirse en un modelo vivo para los hombres, en cuanto al modo en que habían de ordenar sus vidas, mostrase también cómo debían morir por causa de su religión; aparte por completo del hecho de que su muerte en favor de los hombres fue un beneficio para el mundo entero, como demostramos en el libro anterior. Imagina, además, que la totalidad de la confesión de los padecimientos del Salvador confirma su objeción en lugar de debilitarla. Porque no conoce ni las reflexiones filosóficas de Pablo ni las declaraciones de los profetas sobre este tema. Y se le escapó que ciertos herejes han declarado que Jesús padeció sus sufrimientos en apariencia, no en realidad. Porque si lo hubiera sabido, no habría dicho: Porque ni siquiera alegáis esto, que pareció a los malvados padecer este suplicio, aunque no padeciéndolo en realidad; sino que, por el contrario, reconocéis que padeció abiertamente. Pero nosotros no consideramos que sus padecimientos hayan sido meramente en apariencia, a fin de que tampoco su resurrección sea un acontecimiento falso, sino real. Porque el que verdaderamente murió, resucitó realmente, si es que resucitó; mientras que el que solo pareció haber muerto, no resucitó en realidad. Pero puesto que la resurrección de Jesucristo es objeto de burla para los incrédulos, citaremos las palabras de Platón, según las cuales Erus, hijo de Armenio, se levantó de la pira funeraria doce días después de haber sido puesto en ella, y dio cuenta de lo que había visto en el Hades; y como estamos respondiendo a los incrédulos, no será del todo inútil referir en este lugar lo que relata Heráclides respecto de la mujer que fue privada de la vida. Y se relata que muchas personas han resucitado de sus tumbas, no solo el día de su sepultura, sino también el día siguiente. ¿Qué maravilla es, pues, que Aquel que realizó muchas cosas maravillosas, tanto más allá del poder del hombre como con tal plenitud de evidencia —de modo que quien no pudo negar su realización se esforzó en calumniarlas comparándolas con actos de hechicería—, haya manifestado también en su muerte alguna mayor exhibición de poder divino, de manera que su alma, si le placía, pudiera abandonar su cuerpo, y habiendo realizado ciertos oficios fuera de él, pudiera volver de nuevo a su antojo? Y se dice que Jesús hizo tal declaración en el Evangelio de Juan, cuando dijo: Nadie me quita mi vida, sino que yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Y quizá fue por esta razón que se apresuró a partir del cuerpo, para conservarlo, y para que sus piernas no fueran quebradas, como lo fueron las de los ladrones que fueron crucificados con él. Porque los soldados quebraron las piernas del primero, y del otro que fue crucificado con él; pero cuando vinieron a Jesús, y vieron que ya estaba muerto, no quebraron sus piernas. Hemos respondido, pues, a la pregunta: ¿Cómo es creíble que Jesús pudiera predecir estas cosas? Y con respecto a esta otra: ¿Cómo podía ser inmortal el hombre muerto?, sepa quien desee comprender que no es el hombre muerto quien es inmortal, sino Aquel que resucitó de entre los muertos. Tan lejos estaba, en efecto, el hombre muerto de ser inmortal, que incluso el Jesús anterior a su fallecimiento —el ser compuesto, que había de padecer la muerte— no era inmortal. Porque nadie es inmortal estando destinado a morir; sino que es inmortal cuando ya no estará sujeto a la muerte. Pero Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere: la muerte ya no tiene señorío sobre él; aunque puede que no quieran admitirlo quienes no pueden comprender cómo deben decirse tales cosas.
II, 17
Extremadamente insensato es también su observación, ¿Qué dios, o demonio, o hombre prudente no evitaría, al prever que tales cosas habían de sobrevenirle, si pudiera; mientras que él se arrojó de cabeza en aquellas cosas que sabía de antemano que habían de suceder? Y sin embargo, Sócrates sabía que moriría después de beber la cicuta, y estaba en su poder, si se hubiera dejado persuadir por Critón, evitar aquellas calamidades escapando de la prisión; sin embargo, decidió, como le pareció conforme a la recta razón, que era mejor para él morir como corresponde a un filósofo, que conservar su vida de manera indigna de un filósofo. También Leónidas, el general lacedemonio, sabiendo que estaba a punto de morir con sus seguidores en las Termópilas, no hizo esfuerzo alguno por preservar su vida por medios vergonzosos, sino que dijo a sus compañeros: Vamos a desayunar, pues cenaremos en el Hades. Y quienes se dediquen a recoger historias de esta clase encontrarán gran número de ellas. Ahora bien, ¿dónde está la maravilla si Jesús, sabiendo todas las cosas que habían de suceder, no las evitó, sino que se enfrentó a lo que había preconocido; cuando Pablo, su propio discípulo, habiendo oído lo que le sobrevendría al subir a Jerusalén, se dispuso a afrontar el peligro, reprendiendo a los que lloraban en torno a él y procurando impedirle que subiera a Jerusalén? Muchos también de nuestros contemporáneos, sabiendo bien que si hacían confesión del cristianismo serían muertos, pero que si lo negaban serían liberados, y restituidos sus bienes, despreciaron la vida, y eligieron voluntariamente la muerte por causa de su religión.
II, 18
Después de esto el judío hace otra observación necia, diciendo: ¿Cómo es que, si Jesús señaló de antemano tanto al traidor como al perjuro, no le temieron como a un Dios, y cesó el uno de su traición premeditada, y el otro de su perjurio? Aquí el docto Celso no advirtió la contradicción que encerraba su afirmación: porque si Jesús preconocía los acontecimientos como un Dios, era imposible que su presciencia resultara falsa; y por tanto era imposible que quien era conocido por Él como quien le iba a entregar no ejecutara su propósito, ni que quien fue reprendido como quien le iba a negar no fuera culpable de aquel crimen. Porque si hubiera sido posible que el uno se abstuviera del acto de traición, y el otro del de la negación, por haber sido advertidos de antemano de las consecuencias de estas acciones, entonces ya no eran verdaderas las palabras de Aquel que predijo que el uno le entregaría y el otro le negaría. Porque si tuvo presciencia del traidor, conoció la maldad de la cual se originó la traición, y esta maldad no fue eliminada en modo alguno por la presciencia. Y, de nuevo, si se enteró de que uno le negaría, hizo aquella predicción al ver la debilidad de la cual surgiría aquel acto de negación; y sin embargo, esta debilidad no iba a ser eliminada así, de inmediato, por la presciencia. Pero de dónde sacó la afirmación de que estas personas le traicionaron y le negaron sin manifestar preocupación alguna por él, no lo sé; porque se demostró, con respecto al traidor, que es falso decir que traicionó a su maestro sin mostrar ansiedad alguna por Él. Y esto se demostró igualmente verdadero del que le negó; porque salió, después de la negación, y lloró amargamente.