V, 30
All the people sobre la tierra han de ser considerados como habiendo usado una sola lengua divina, y mientras vivieron en armonía unos con otros fueron conservados en el uso de esta lengua divina, y permanecieron sin apartarse del oriente mientras estuvieron imbuidos de los sentimientos de la luz, y del reflejo de la luz eterna. Pero cuando se apartaron del oriente, y comenzaron a albergar sentimientos ajenos a los del oriente, hallaron un lugar en la tierra de Sinar (la cual, interpretada, significa rechinar de dientes, indicando simbólicamente que habían perdido los medios de su sustento), y en ella fijaron su morada. Entonces, deseando reunir las cosas materiales, y unir al cielo lo que no tenía con él afinidad natural, a fin de que por medio de las cosas materiales conspiraran contra los que eran inmateriales, dijeron: Ea, hagamos ladrillos, y cozámoslos con fuego. Y así, cuando hubieron endurecido y compactado estos materiales de arcilla y de materia, y manifestado su deseo de convertir el ladrillo en piedra, y la arcilla en betún, y de edificar por estos medios una ciudad y una torre, cuya cúspide había de llegar, al menos según su concepción, hasta los cielos, a la manera de las alturas que se engrandecen contra la ciencia de Dios, cada uno fue entregado (en proporción al mayor o menor apartamiento del oriente que se produjo entre ellos, y en proporción a la medida en que los ladrillos fueron convertidos en piedras, y la arcilla en betún, y la edificación llevada a cabo con estos materiales) a ángeles de carácter más o menos severo, y de naturaleza más o menos rigurosa, hasta que hubieran pagado la pena de sus atrevimientos; y fueron conducidos por aquellos ángeles, que imprimieron a cada uno su lengua nativa, a las diversas partes de la tierra según sus merecimientos: unos, por ejemplo, a una región de ardiente calor; otros a un país que castiga a sus habitantes con su frío; otros, de nuevo, a una tierra sumamente difícil de cultivar; otros a una que lo era en menor grado; mientras que una quinta parte fue llevada a una tierra llena de fieras, y una sexta a un país comparativamente libre de ellas.
V, 31
Ahora, en el lugar siguiente, si alguno tiene capacidad, entienda que en lo que reviste la forma de historia, y que contiene algunas cosas literalmente verdaderas, aunque encierra un sentido más profundo, los que conservaron su lengua original continuaron, por no haber emigrado del oriente, en posesión del oriente y de su lengua oriental. Y observe que estos solos vinieron a ser la porción del Señor, y su pueblo llamado Jacob, e Israel, la cuerda de su heredad; y que estos solos fueron gobernados por un príncipe que no recibió a los que le fueron sometidos con el propósito de castigo, como aconteció con los demás. Observe también el que tenga capacidad de percibir hasta donde pueden hacerlo los mortales, que en el cuerpo político de los que fueron asignados al Señor como su porción preeminente se cometieron pecados, primero tales como podían ser perdonados, y de naturaleza tal que no hacían al pecador digno de un total abandono, y que después se multiplicaron, aunque todavía de naturaleza perdonable. Y al advertir que este estado de cosas duró por largo tiempo, y que siempre se aplicó un remedio, y que tras ciertos intervalos estas personas volvieron a su deber, observe que fueron entregados, en proporción a sus transgresiones, a aquellos a quienes habían sido asignados los otros cuartos de la tierra; y que, castigados al principio levemente, y habiendo hecho expiación, volvieron, como si hubieran pasado por una disciplina, a sus moradas propias. Observe también que después fueron entregados a príncipes de carácter más severo — a asirios y babilonios, como los llamarían las Escrituras. En el lugar siguiente, no obstante que se aplicaban medios de curación, observe que seguían multiplicando sus transgresiones, y que por ello fueron dispersados en otras regiones por los príncipes de las naciones que los oprimían. Y su propio príncipe pasó por alto intencionadamente su opresión a manos de los príncipes de las otras naciones, a fin de que también él, con buena razón, como vengándose, habiendo obtenido poder para arrancar de las otras naciones a cuantos pueda, lo haga, y les promulgue leyes, y les señale un modo de vida conforme al cual deban vivir, para conducirlos así al fin al que fueron conducidos los del pueblo primero que no cometieron pecado.
V, 32
Y por este medio aprendan los que tienen capacidad de comprender verdades tan profundas que aquel a quien fueron asignados los que antes no habían pecado es mucho más poderoso que los demás, puesto que ha podido hacer una selección de individuos de la porción del todo, y separarlos de aquellos que los recibieron con el propósito de castigo, y someterlos a la influencia de leyes y de un modo de vida que contribuye a producir el olvido de sus transgresiones anteriores. Pero, como antes hemos observado, estas observaciones deben entenderse hechas por nosotros con un sentido oculto, a fin de señalar los errores de los que afirmaron que los diversos cuartos de la tierra fueron desde el principio repartidos entre diferentes espíritus superintendentes, y, habiendo sido asignados a ciertos poderes rectores, eran administrados de esta manera; de lo cual tomó ocasión Celso para hacer las observaciones mencionadas. Pero puesto que los que se desviaron del oriente fueron entregados, a causa de sus pecados, a una mente reprobada, y a pasiones viles, y a inmundicia por las concupiscencias de sus propios corazones, a fin de que, saciados de pecado, lo aborrecieran, rehusaremos dar nuestro asentimiento a la afirmación de Celso, de que a causa de los espíritus superintendentes distribuidos por las diferentes partes de la tierra, lo que se hace entre cada nación está rectamente hecho; porque nuestro deseo es hacer lo que no es agradable a estos espíritus. Pues vemos que es un acto religioso abolir las costumbres establecidas originalmente en los diversos lugares por medio de leyes de carácter mejor y más divino, promulgadas por Jesús, como quien posee el mayor poder, el cual nos ha rescatado del presente siglo malo, y de los príncipes del mundo que se desvanecen; y que es señal de irreligión no arrojarnos a los pies de Aquel que se ha manifestado más santo y más poderoso que todos los demás gobernantes, y a quien Dios dijo, como muchos siglos antes habían predicho los profetas: Pídeme, y yo te daré las naciones por heredad tuya, y los últimos confines de la tierra por tu posesión. Porque Él también ha llegado a ser la esperanza de nosotros los que de entre los gentiles hemos creído en Él, y en su Padre, que es el Dios de todas las cosas.
V, 33
Las observaciones que hemos hecho no sólo responden a las afirmaciones de Celso acerca de los espíritus superintendentes, sino que anticipan en cierto modo lo que después aduce, cuando dice: Que se presente la segunda parte; y les preguntaré de dónde vienen, y a quién tienen por autor de sus costumbres ancestrales. Responderán: A nadie, porque proceden de la misma fuente que los mismos judíos, y no reciben de otra parte su instrucción ni su superintendencia, y sin embargo se han apartado de los judíos. Cada uno de nosotros, pues, ha venido en los últimos días, cuando un Jesús nos ha visitado, al monte visible del Señor, al Verbo que está sobre toda palabra, y a la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. Y notamos cómo está edificada sobre las cimas de los montes, es decir, sobre las predicciones de todos los profetas, que son sus fundamentos. Y esta casa es ensalzada sobre los collados, es decir, sobre aquellos hombres que hacen profesión de superiores adelantos en sabiduría y verdad; y todas las naciones vienen a ella, y las muchas naciones salen, y se dicen unas a otras, volviéndose a la religión que en los últimos días ha resplandecido por medio de Jesucristo: Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará en sus caminos, y andaremos por ellos. Porque la ley salió de los moradores de Sion, y se estableció entre nosotros como ley espiritual. Además, la palabra del Señor salió de aquella misma Jerusalén, para ser difundida por todos los lugares, y para juzgar en medio de los gentiles, escogiendo a los que ve sumisos, y rechazando a los desobedientes, que son muchos en número. Y a los que nos preguntan de dónde venimos, o quién es nuestro fundador, respondemos que hemos venido, conforme a los consejos de Jesús, a convertir en arados nuestras hostiles e insolentes espadas ‘palabreras’, y en podaderas las lanzas antes empleadas en la guerra. Porque ya no alzamos espada contra nación, ni aprendemos más la guerra, habiéndonos hecho hijos de paz, por causa de Jesús, que es nuestro caudillo, en lugar de aquellos a quienes seguían nuestros padres, entre los cuales éramos extraños al pacto, y habiendo recibido una ley, por la cual damos gracias a Aquel que nos rescató del error (de nuestros caminos), diciendo: Nuestros padres honraron ídolos de mentira, y no hay entre ellos uno que haga llover. Nuestro Superintendente, pues, y Maestro, habiendo salido de los judíos, gobierna el mundo entero por la palabra de su doctrina. Y habiendo hecho estas observaciones por vía de anticipación, hemos refutado cuanto hemos podido las afirmaciones falsas de Celso, añadiendo la respuesta apropiada.
V, 34
Pero, para que no pasemos sin advertir lo que Celso ha dicho entre estos pasajes y los anteriores, citemos sus palabras: Podríamos aducir como testigo, en este punto, a Heródoto, pues se expresa así: 'Porque los habitantes de las ciudades de Marea y Apis, que moran en aquellas partes de Egipto contiguas a Libia, y que se tienen por libios y no por egipcios, hallando gravoso su culto sacrificial, y deseando no verse excluidos del uso de la carne de vaca, enviaron al oráculo de Júpiter Amón, diciendo que no había parentesco entre ellos y los egipcios, que habitaban fuera del Delta, que no había comunidad de sentimiento entre ellos y los egipcios, y que deseaban que se les permitiera participar de toda clase de alimentos. Pero el dios no les permitió hacer lo que deseaban, diciendo que aquella tierra era parte de Egipto, regada por la inundación del Nilo, y que eran egipcios los que habitaban al sur de la ciudad de Elefantina y bebían del río Nilo.' Tal es el relato de Heródoto. Pero —continúa Celso—, Amón, en las cosas divinas, no sería un embajador peor que los ángeles de los judíos, de modo que no hay nada malo en que cada nación observe su método establecido de culto. En verdad, hallaremos diferencias muy grandes entre las naciones, y sin embargo cada una parece considerar la suya con mucho la mejor. Los habitantes de Etiopía que moran en Meroe adoran solamente a Júpiter y a Baco; los árabes, solamente a Urania y a Baco; todos los egipcios, a Osiris e Isis; los saítas, a Minerva; mientras que los naucratitas han clasificado recientemente a Serapis entre sus deidades, y los demás según sus respectivas leyes. Y algunos se abstienen de la carne de oveja, y otros de la de cocodrilo; otros, a su vez, de la de vaca, mientras que miran la carne de cerdo con asco. Los escitas, en efecto, consideran un acto noble banquetear con seres humanos. Entre los indios también hay quienes se consideran cumpliendo un santo deber al comerse a sus padres, y esto se menciona en cierto pasaje de Heródoto. Por razón de credibilidad, citaré de nuevo sus mismas palabras, pues escribe así: 'Porque si alguno propusiera esto a todos los hombres, a saber, mandarle escoger de entre todas las leyes existentes la mejor, cada uno escogería, tras examen, las de su propia patria. Los hombres consideran cada uno las suyas mucho las mejores, y por eso no es probable que otro que un loco se propusiera ridiculizar estas cosas. Pero que tales son las conclusiones de todos los hombres respecto a las leyes, puede determinarse por muchos otros indicios, y especialmente por la siguiente ilustración. Darío, durante su reinado, habiendo convocado ante sí a los griegos que por casualidad se hallaban presentes en aquel momento, les preguntó por cuánto estarían dispuestos a comerse a sus padres difuntos? Su respuesta fue que por ninguna consideración harían tal cosa. Después de esto, Darío convocó a aquellos indios llamados calatios, que tienen por costumbre comerse a sus padres, y les preguntó en presencia de estos griegos, que aprendieron lo que pasaba por medio de un intérprete, por qué cantidad de dinero se comprometerían a quemar con fuego a sus padres difuntos? A lo cual levantaron un gran grito y rogaron al rey que no dijera más.' Tal es, pues, la manera en que estas materias son consideradas. Y Píndaro me parece que tiene razón al decir que 'la ley' es el rey de todas las cosas.
V, 35
El argumento de Celso parece apuntar, mediante estas ilustraciones, a esta conclusión: que es una obligación que incumbe a todos los hombres vivir según las costumbres de su patria, en cuyo caso escaparán del reproche; mientras que los cristianos, que han abandonado las costumbres de su tierra natal, y que no constituyen una sola nación como los judíos, deben ser censurados por adherirse a la enseñanza de Jesús. Díganos, pues, si es cosa decorosa para los filósofos, y para aquellos que han sido enseñados a no ceder a la superstición, abandonar las costumbres de su patria, de modo que coman de aquellos alimentos que están prohibidos en sus respectivas ciudades? ¿O si esta conducta suya se opone a lo decoroso? Porque si, a causa de su filosofía y de las instrucciones que han recibido contra la superstición, comieran, sin hacer caso de las leyes de su patria, lo que fue prohibido por sus padres, ¿por qué los cristianos (puesto que el Evangelio exige que ellos no se ocupen de estatuas ni de imágenes, ni siquiera de ninguna de las obras creadas de Dios, sino que asciendan a lo alto y presenten el alma al Creador), al obrar de manera semejante a los filósofos, han de ser censurados por hacerlo? Pero si, con el fin de defender la tesis que se ha propuesto, Celso, o los que piensan como él, dijera que incluso quien ha estudiado filosofía guardaría las leyes de su patria, entonces los filósofos en Egipto, por ejemplo, obrarían con suma ridiculez al evitar comer cebollas, para observar las leyes de su patria, o ciertas partes del cuerpo, como la cabeza y los hombros, para no transgredir las tradiciones de sus padres. Y no hablo de aquellos egipcios que se estremecen de miedo ante la expulsión de vientos del cuerpo, porque si alguno de estos llegara a ser filósofo, y aun así observara las leyes de su patria, sería un filósofo ridículo, obrando muy antifilosóficamente. Del mismo modo, pues, quien ha sido conducido por el Evangelio a adorar al Dios de todas las cosas, y, por respeto a las leyes de su patria, se demora aquí abajo entre imágenes y estatuas de hombres, y no desea ascender al Creador, se parecerá a aquellos que en verdad han aprendido filosofía, pero que temen cosas que no deberían inspirar terror alguno, y que consideran un acto de impiedad comer de aquellas cosas que han sido enumeradas.
V, 36
Pero qué clase de ser es este Amón de Heródoto, cuyas palabras ha citado Celso, como si quisiera demostrar cómo debe cada uno guardar las leyes de su patria? Porque este Amón no permitía que los habitantes de las ciudades de Marea y Apis, que moran en los distritos contiguos a Libia, tuvieran por cosa indiferente el uso de la carne de vaca, cosa que no sólo es indiferente por su propia naturaleza, sino que no impide a un hombre ser noble y virtuoso. Si, pues, Amón prohibió el uso de la carne de vaca a causa de la utilidad que resulta del empleo de este animal en el cultivo de la tierra, y además, porque es por la hembra por quien se multiplica la raza, el relato tendría mayor verosimilitud. Pero ahora exige simplemente que quienes beben del Nilo observen las leyes de los egipcios respecto del ganado. Y aquí toma Celso ocasión de lanzar una burla sobre el empleo de los ángeles entre los judíos como embajadores de Dios, y dice que Amón no fue un peor embajador de las cosas divinas que los ángeles de los judíos, en cuyo palabras y manifestaciones no instituyó investigación alguna; de lo contrario habría visto que no es por los bueyes por quien se preocupa Dios, aun donde parece legislar para ellos, ni por los animales irracionales, sino que lo que está escrito por causa de los hombres, bajo la apariencia de referirse a los animales irracionales, contiene ciertas verdades de la naturaleza. Dice además Celso que no comete injusticia alguno quien desea observar el culto religioso sancionado por las leyes de su patria; y se sigue, según su parecer, que los escitas no cometen injusticia alguna cuando, conforme a las leyes de su patria, comen seres humanos. Y aquellos indios que se comen a sus propios padres son considerados, según Celso, como que hacen un acto religioso, o al menos no un acto malvado. Aduce, en efecto, una afirmación de Heródoto que favorece el principio de que cada uno debe, por un sentido de lo decoroso, obedecer las leyes de su patria; y parece aprobar la costumbre de aquellos indios llamados calatianos, quienes en tiempo de Darío devoraron a sus padres, puesto que, al preguntarles Darío por cuán grande suma de dinero estarían dispuestos a abandonar este uso, lanzaron un gran grito y mandaron al rey que no dijera más.
V, 37
Así como hay, entonces, en general, dos leyes que se nos presentan, una siendo la ley natural, de la cual Dios sería el legislador, y la otra la ley escrita de las ciudades, es cosa propia que, cuando la ley escrita no se opone a la de Dios, los ciudadanos no la abandonen bajo pretexto de costumbres extranjeras; pero cuando la ley natural, es decir, la ley de Dios, manda lo contrario de la ley escrita, veamos si la razón no nos dirá que digamos un largo adiós al código escrito, y al deseo de sus legisladores, y que nos entreguemos al legislador Dios, y escojamos una vida conforme a su palabra, aunque al hacerlo sea necesario afrontar peligros, y trabajos innumerables, y aun la muerte y la deshonra. Porque cuando hay algunas leyes conformes a la voluntad de Dios, que se oponen a otras vigentes en las ciudades, y cuando es imposible agradar a Dios (y a los que administran leyes del tipo mencionado), sería absurdo despreciar aquellos actos por medio de los cuales podemos agradar al Creador de todas las cosas, y escoger aquellos por los cuales llegaremos a ser desagradables a Dios, aunque satisfagamos leyes impías, y a quienes las aman. Pero puesto que es razonable, en otras materias, preferir la ley natural, que es la ley de Dios, ante la ley escrita, promulgada por hombres en espíritu de oposición a la ley de Dios, ¿por qué no habríamos de hacerlo aún más en el caso de aquellas leyes que se refieren a Dios? Tampoco nosotros, como los etíopes que habitan las regiones de Meroe, adoraremos, según les place, solamente a Júpiter y a Baco; ni de manera alguna reverenciaremos a dioses etíopes a la manera etíope; ni, como los árabes, consideraremos solamente como divinidades a Urania y a Baco; ni en grado alguno divinidades en las que la diferencia de sexo haya sido motivo de distinción (como entre los árabes, que adoran a Urania como divinidad hembra, y a Baco como divinidad varón); ni, como todos los egipcios, consideraremos como dioses a Osiris e Isis; ni contaremos a Atenea entre éstos, como agradan a los de Sais. Y si a los antiguos habitantes de Naucratis pareció bien adorar otras divinidades, mientras que sus descendientes modernos han comenzado hace muy poco a rendir culto a Serapis, que nunca fue dios en absoluto, no afirmaremos por eso que un nuevo ser que antes no era dios, ni conocido en absoluto de los hombres, sea una divinidad. Porque el Hijo de Dios, el Primogénito de toda la creación, aunque pareció hacerse carne recientemente, no es en modo alguno por eso reciente. Pues las santas Escrituras le conocen como el más antiguo de todas las obras de la creación; pues a él le dijo Dios respecto de la creación del hombre: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.
V, 38
Deseo, sin embargo, mostrar cómo Celso afirma sin ninguna buena razón que cada uno venera sus instituciones domésticas y patrias. Porque declara que aquellos etíopes que habitan Meroe no conocen más que dos dioses, Júpiter y Baco, y adoran solamente a éstos; y que también los árabes no conocen más que dos, a saber, Baco, que es asimismo una divinidad etíope, y Urania, cuyo culto se limita a ellos. Según su relato, ni los etíopes adoran a Urania, ni los árabes a Júpiter. Si, pues, un etíope cayera por cualquier accidente en manos de los árabes, y fuera juzgado culpable de impiedad porque no adoraba a Urania, y por esta razón incurriera en peligro de muerte, ¿sería conveniente que el etíope muriera, o que obrara contra las leyes de su patria y rindiera homenaje a Urania? Ahora bien, si fuera conveniente que obrara contra las leyes de su patria, hará lo que no es recto, si es que el lenguaje de Celso puede servir de norma; mientras que si fuera llevado a la muerte, que muestre cuán razonable es escoger semejante suerte. No sé si, si la doctrina etíope enseñara a los hombres a filosofar sobre la inmortalidad del alma y el honor que se rinde a la religión, reverenciarían como dioses a aquellos que son tenidos por tales según las leyes de la patria. Ilustración semejante puede emplearse en el caso de los árabes, si por cualquier accidente sucediera que visitaran a los etíopes de Meroe. Porque, habiendo sido enseñados a adorar solamente a Urania y a Baco, no adorarán a Júpiter junto con los etíopes; y si, juzgados culpables de impiedad, fueran llevados a la muerte, que Celso nos diga qué sería razonable que hicieran. Y respecto a las fábulas que se refieren a Osiris e Isis, es superfluo y fuera de lugar enumerarlas ahora. Porque aunque pueda darse un sentido alegórico a las fábulas, sin embargo nos enseñarán a ofrecer culto divino al agua fría, y a la tierra, que está sujeta a los hombres, y a todo el género animal. Porque de esta manera, presumo, refieren a Osiris al agua, y a Isis a la tierra; mientras que respecto a Serapis las relaciones son numerosas y contradictorias, en el sentido de que muy recientemente apareció en público, conforme a ciertas trampas de prestidigitador realizadas por deseo de Ptolomeo, que quería mostrar al pueblo de Alejandría, por así decirlo, un dios visible. Y hemos leído en los escritos de Numenio el pitagórico respecto a su formación, que participa de la esencia de todos los animales y plantas que están bajo el dominio de la naturaleza, para que parezca haber sido formado en dios, no sólo por los fabricantes de imágenes, con ayuda de misterios profanos, y trampas de prestidigitador empleadas para invocar demonios, sino también por magos y hechiceros, y por aquellos demonios que son hechizados por sus encantamientos.
V, 39
Debemos por tanto indagar qué puede comerse convenientemente o no por el animal racional y manso, que obra siempre conforme a la razón; y no adorar al azar ovejas, cabras o vacunos; pues abstenerse de ello es un acto de moderación, ya que los hombres obtienen gran provecho de estos animales. En cambio, ¿no es lo más necio de todas las cosas perdonar a los cocodrilos, y tratar a éstos como sagrados de alguna divinidad fabulosa u otra? Porque es señal de suma estupidez perdonar a aquellos animales que no nos perdonan, y prodigar cuidados a los que hacen presa de los seres humanos. Pero Celso aprueba a los que, conforme a las leyes de su patria, adoran y cuidan cocodrilos, y no dice palabra alguna contra ellos, mientras que los cristianos, que han sido enseñados a aborrecer el mal y a apartarse de las obras malvadas, y a reverenciar y honrar la virtud como engendrada por Dios y como siendo su Hijo, parecen dignos de censura. Porque no debemos, a causa de su nombre y naturaleza femeninos, considerar la sabiduría y la justicia como hembras; porque estas cosas son a nuestro juicio el Hijo de Dios, como ha mostrado su genuino discípulo, cuando dijo de Él: El cual ha sido hecho para nosotros de Dios sabiduría, y justicia, y santificación, y redención. Y aunque podemos llamarle Dios segundo, sepa los hombres que con el término Dios segundo no significamos otra cosa que una virtud capaz de comprender todas las demás virtudes, y una razón capaz de contener toda razón que exista en todas las cosas que han surgido natural, directamente y para el provecho general; la cual razón, decimos, habitó en el alma de Jesús y se unió a Él en grado muy superior al de todas las demás almas, puesto que sólo Él pudo recibir plenamente la más alta participación en la razón absoluta, y en la sabiduría absoluta, y en la justicia absoluta.
V, 40
Pero ya que, después de que Celso hubo hablado en los términos anteriores acerca de las diferentes clases de leyes, añade la observación siguiente: A mí me parece que Píndaro dice con razón que la ley es rey de todas las cosas, procedamos a examinar esta afirmación. ¿Qué ley quieres decir, buen señor, que es rey de todas las cosas? Si te refieres a las que existen en las diversas ciudades, semejante afirmación no es verdadera. Porque no todos los hombres se rigen por la misma ley. Debías haber dicho que las leyes son reyes de todos los hombres, pues en cada nación alguna ley es rey de todos. Pero si te refieres a aquello que es ley en sentido propio, entonces es esto lo que por naturaleza es rey de todas las cosas; aunque hay algunos individuos que, como ladrones, han abandonado la ley, niegan su validez y viven vidas de violencia e injusticia. Nosotros, pues, los cristianos, que hemos llegado al conocimiento de la ley que por naturaleza es rey de todas las cosas, y que es la misma que la ley de Dios, nos esforzamos por regular nuestra vida conforme a sus preceptos, habiendo despedido para siempre las de clase impía.
V, 41
Notemos las acusaciones que Celso aduce a continuación, en las cuales hay poquísimo que se refiera a los cristianos, pues la mayor parte se refiere a los judíos. Sus palabras son: Si, pues, en estos respectos los judíos conservaran cuidadosamente su propia ley, no deben ser censurados por ello, sino más bien aquellas personas que han abandonado sus propias costumbres y adoptado las de los judíos. Y si de ello se envanecen, como si poseyeren una sabiduría superior, y se apartan del trato con los demás, como si éstos no fueran igualmente puros que ellos, ya han oído que su doctrina acerca del cielo no les es propia, sino que, por pasar por alto a todos los demás, es una que hace mucho tiempo fue recibida por los persas, como en alguna parte menciona Heródoto. 'Pues tienen la costumbre', dice, 'de subir a las cumbres de los montes, y de ofrecer sacrificios a Júpiter, dando el nombre de Júpiter a todo el círculo del cielo.' Y creo, continúa Celso, que no hace ninguna diferencia llamar al ser supremo Zeus, o Zen, o Adonai, o Sabaoth, o Amón como los egipcios, o Papéo como los escitas. Y no serían tenidos por más santos que los demás en este respecto, a saber, que observan el rito de la circuncisión, pues esto lo practicaron antes de ellos los egipcios y los colcos; ni porque se abstienen de la carne de cerdo, pues los egipcios practicaban la abstinencia no sólo de ella, sino también de la carne de cabras, de ovejas, de bueyes y de peces; mientras que Pitágoras y sus discípulos no comen habas, ni nada que contenga vida. No es probable, sin embargo, que gocen del favor de Dios, o que sean amados por Él de manera distinta a los demás, o que los ángeles fueran enviados del cielo sólo a ellos, como si les hubiera sido asignada 'alguna región de los bienaventurados', pues vemos tanto a ellos mismos como al país del que fueron tenidos por dignos. Que esta secta, pues, se marche, después de pagar la pena de su jactancia, sin tener conocimiento del gran Dios, sino extraviada y engañada por las artimañas de Moisés, habiéndose hecho su discípula para ningún buen fin.
V, 42
Es evidente que, por las observaciones precedentes, Celso acusa a los judíos de darse falsamente por la porción elegida del Dios Supremo por encima de todas las demás naciones. Y los acusa de jactarse, porque daban a entender que conocían al gran Dios, aunque en realidad no lo conocían, sino que fueron seducidos por las artimañas de Moisés, y engañados por él, y hechos sus discípulos para ningún buen fin. Ya hemos dicho en las páginas precedentes, en parte, algo de la venerable y distinguida constitución política de los judíos, mientras existió entre ellos como símbolo de la ciudad de Dios, y de su templo, y del culto sacrificial ofrecido en él y en el altar de los sacrificios. Pero si alguien dirigiera su atención al sentido del legislador, y a la constitución que éste estableció, y examinara los diversos puntos que a él se refieren, comparándolos con el actual método de culto entre las demás naciones, no hay ninguno que admire en mayor grado; porque, en cuanto puede lograrse entre los mortales, todo lo que no aprovechaba al género humano les fue retenido, y sólo les fueron concedidas las cosas útiles. Y por esta razón no tenían ni contiendas gimnásticas, ni representaciones escénicas, ni carreras de caballos; ni había entre ellas mujeres que vendieran su belleza a cualquiera que deseara unirse carnalmente sin descendencia, y arrojar desprecio sobre la naturaleza de la generación humana. ¡Y qué ventaja era la de ser enseñados desde su tierna edad a elevarse por encima de toda la naturaleza visible, y a sostener la creencia de que Dios no estaba fijado en ningún lugar dentro de sus límites, sino buscarle en lo alto, y más allá de la esfera de toda sustancia corporal! ¡Y cuán grande era la ventaja de que gozaban al ser instruidos casi desde su nacimiento, y tan pronto como podían hablar, en la inmortalidad del alma, y en la existencia de tribunales de justicia bajo la tierra, y en las recompensas preparadas para los que han vivido vidas justas! Estas verdades, en efecto, eran proclamadas bajo el velo de la fábula a los niños, y a los que tenían de las cosas una visión pueril; mientras que a los que ya se ocupaban en investigar la verdad, y deseaban progresar en ella, esas fábulas, por así decirlo, eran transfiguradas en las verdades que en ellas estaban ocultas. Y considero que fue de manera digna de su nombre como porción de Dios que despreciaron todas las formas de adivinación, como aquello que hechiza a los hombres en vano, y que procede más bien de demonios malvados que de cualquier cosa de mejor naturaleza; y buscaban el conocimiento de los acontecimientos futuros en las almas de aquellos que, por su alto grado de pureza, recibían el espíritu del Dios Supremo.
V, 43
Pero qué necesidad hay de señalar cuán conforme a la sana razón, y carente de daño alguno tanto para el amo como para el esclavo, era la ley de que uno de la misma fe no debía permanecer en servidumbre más de seis años? No puede decirse, pues, que los judíos conserven su propia ley en los mismos puntos que las demás naciones. Porque sería censurable en ellos, y les acarrearía la acusación de insensibilidad ante la superioridad de su ley, el creer que habían sido legislados del mismo modo que las demás naciones entre los gentiles. Y aunque Celso no lo admita, los judíos, sin embargo, poseen una sabiduría superior no sólo a la de la multitud, sino también a la de los que tienen apariencia de filósofos; porque los que se dedican a los estudios filosóficos, tras pronunciar los sentimientos filosóficos más venerables, caen en la adoración de ídolos y demonios, mientras que el más ínfimo de los judíos dirige su mirada al Dios Supremo solamente; y hacen bien, en verdad, en cuanto a este punto se refiere, en enorgullecerse de ello y en mantenerse apartados de la sociedad de los demás como de malditos e impíos. ¡Y ojalá no hubieran pecado, ni transgredido la ley, ni dado muerte a los profetas en los tiempos antiguos, ni en estos últimos días conspirado contra Jesús! Así poseeríamos un modelo de ciudad celestial que hasta el mismo Platón habría procurado describir; aunque dudo que hubiera logrado tanto como lo hecho por Moisés y los que le siguieron, quienes alimentaron a una generación elegida y a una nación santa, consagrada a Dios, con palabras libres de toda superstición.
V, 44
Pero así como Celso compararía las venerables costumbres de los judíos con las leyes de ciertas naciones, pasemos a examinarlas. Sostiene, en consecuencia, que no hay diferencia entre la doctrina acerca del cielo y la que concierne a Dios; y dice que los persas, como los judíos, ofrecen sacrificios a Júpiter sobre las cimas de los montes, — sin advertir que, así como los judíos conocían a un solo Dios, así también tenían una sola casa santa de oración, un solo altar de holocaustos, un solo incensario para el perfume, y un solo sumo sacerdote de Dios. Los judíos, pues, no tenían nada en común con los persas, que suben a las cumbres de sus montes, que son muchos en número, y ofrecen sacrificios que nada tienen en común con los regulados por el código mosaico — conforme al cual los sacerdotes judíos servían de ejemplo y sombra de las cosas celestiales, explicando enigmáticamente el objeto de la ley respecto a los sacrificios, y las cosas de las cuales estos sacrificios eran símbolos. Los persas pueden, pues, llamar Júpiter a todo el círculo del cielo; pero nosotros sostenemos que el cielo no es ni Júpiter ni Dios, pues en verdad sabemos que ciertos seres de una clase inferior a Dios han ascendido sobre los cielos y sobre toda la naturaleza visible: y en este sentido entendemos las palabras: Alabad a Dios, cielos de los cielos, y aguas que estáis sobre los cielos; alaben el nombre del Señor.
V, 45
Pero Celso, sin embargo, opina que nada importa que el ser supremo sea llamado Júpiter, o Zen, o Adonai, o Sabaoth, o Ammoun (como lo llaman los egipcios), o Pappeo (como lo titulan los escitas); discutamos, pues, brevemente el punto, recordando al mismo tiempo al lector lo que se ha dicho arriba sobre esta cuestión, cuando el lenguaje de Celso nos llevó a considerar el tema. Y ahora sostenemos que la naturaleza de los nombres no es, como supone Aristóteles, una institución de quienes los imponen. Porque las lenguas que prevalecen entre los hombres no derivan su origen de los hombres, como es evidente a quienes pueden discernir la naturaleza de los encantamientos que los inventores de las lenguas se apropiaron de manera diversa, según las distintas lenguas y las variadas pronunciaciones de los nombres, sobre lo cual hemos hablado brevemente en las páginas precedentes, observando que cuando aquellos nombres que en cierta lengua poseían un poder natural eran traducidos a otra, ya no podían lograr lo que antes hacían cuando eran pronunciados en sus lenguas nativas. Y la misma peculiaridad se observa en los hombres; pues si tradujéramos a la lengua egipcia o romana, o a cualquier otra, el nombre de uno que desde su nacimiento fue llamado con cierta denominación en lengua griega, no podríamos hacer que haga o padezca las mismas cosas que habría hecho o padecido bajo la denominación que primero se le dio. Y aun si tradujéramos a la lengua griega el nombre de un individuo que había sido originalmente invocado en lengua romana, no podríamos producir el resultado que el encantamiento se atribuía la capacidad de lograr si hubiera conservado el nombre que primero se le confirió. Y si estas afirmaciones son verdaderas cuando se hablan de los nombres de los hombres, ¿qué hemos de pensar de aquellos que son transferidos, por cualquier causa que sea, a la Deidad? Por ejemplo, algo se transfiere del nombre de Abraham cuando es traducido al griego, y algo es significado por el de Isaac, y también por el de Jacob; y en consecuencia, si alguno, ya sea en una invocación o al prestar juramento, usara la expresión: el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, produciría ciertos efectos, ya sea por la naturaleza de estos nombres o por sus poderes, puesto que incluso los demonios son vencidos y se someten a quien pronuncia estos nombres; mientras que si decimos: el dios del padre elegido del eco, y el dios de la risa, y el dios del que hiere con el talón, la mención del nombre no va acompañada de resultado alguno, como sucede con otros nombres desprovistos de poder. Y de la misma manera, si traducimos la palabra Israel al griego o a cualquier otra lengua, no produciremos resultado alguno; pero si la conservamos tal como es, y la unimos a aquellas expresiones a las que los versados en estas materias piensan que debe unirse, seguiría entonces algún resultado de la pronunciación de la palabra, conforme a las pretensiones de quienes emplean tales invocaciones. Y lo mismo podemos decir de la pronunciación de Sabaoth, palabra frecuentemente empleada en los encantamientos; pues si traducimos el término por Señor de las huestes, o Señor de los ejércitos, o Todopoderoso (distintas acepciones de él han sido propuestas por los intérpretes), no lograremos nada; mientras que si conservamos la pronunciación original, produciremos, según sostienen los versados en tales materias, algún efecto. Y la misma observación vale para Adonai. Si, pues, ni Sabaoth ni Adonai, cuando se vierten en lo que parece ser su significado en lengua griega, pueden lograr nada, ¿cuánto menor será el resultado entre quienes consideran indiferente que el ser supremo sea llamado Júpiter, o Zen, o Adonai, o Sabaoth!
V, 46
Fue por estas y semejantes razones misteriosas, que conocían Moisés y los profetas, por las que prohibieron que el nombre de otros dioses fuera pronunciado por quien se proponía orar solamente al único Dios supremo, o ser recordado por un corazón que había sido enseñado a ser puro de todo pensamiento y palabra necios. Y por estas razones preferiríamos sufrir toda clase de padecimientos antes que reconocer a Júpiter como Dios. Porque no consideramos que Júpiter y Sabaoth sean el mismo, ni que Júpiter sea en absoluto divino, sino que algún demonio, enemigo de los hombres y del Dios verdadero, se regocija bajo este título. Y aunque los egipcios nos pusieran delante a Amón bajo amenaza de muerte, preferiríamos morir antes que invocarlo como Dios, siendo un nombre usado, con toda probabilidad, en ciertos encantamientos egipcios en los que se invoca a este demonio. Y aunque los escitas llamen Papeo al Dios supremo, no daremos nuestro asentimiento a esto; concediendo, en efecto, que hay una Deidad Suprema, aunque no damos a Él el nombre de Papeo como título propio, sino que lo consideramos como uno que es grato al demonio al que fue asignado el desierto de Escitia, con su pueblo y su lengua. Pero quien da a Dios su título en lengua escita, o en la egipcia o en cualquier lengua en la que ha sido criado, no incurrirá en pecado.
V, 47
Ahora la razón por la que se practica la circuncisión entre los judíos no es la misma que la que explica su existencia entre los egipcios y los colcos, y por tanto no debe considerarse que sea la misma circuncisión. Y así como quien sacrifica no sacrifica al mismo dios, aunque parezca realizar el rito del sacrificio de manera semejante, y quien eleva una plegaria no reza a la misma divinidad, aunque pida las mismas cosas en su súplica; así también, de la misma manera, si uno practica el rito de la circuncisión, no se sigue en modo alguno que no sea un acto distinto de la circuncisión practicada sobre otro. Porque el propósito, y la ley, y la voluntad de quien practica el rito colocan el acto en una categoría diferente. Pero para que el asunto entero se entienda todavía mejor, hemos de observar que el término para la justicia es el mismo entre todos los griegos; pero se muestra que la justicia es una cosa según la opinión de Epicuro, y otra según la de los estoicos, que niegan la triple división del alma, y otra distinta todavía según la de los seguidores de Platón, que sostienen que la justicia es el oficio propio de las partes del alma. Y así también el valor de Epicuro es una cosa, pues él estaría dispuesto a sufrir algunos trabajos para escapar de un número mayor; y otra cosa distinta es el del filósofo de la Pórtica, que elegiría toda virtud por sí misma; y otra cosa aún es el de Platón, que sostiene que la virtud misma es el acto de la parte irascible del alma, y que le asigna un lugar en torno al pecho. Y así la circuncisión será una cosa distinta según las opiniones diversas de quienes la reciben. Pero sobre un tema semejante no es necesario hablar en esta ocasión en un tratado como el presente; pues quien desee ver lo que nos llevó al asunto puede leer lo que hemos dicho sobre él en la Epístola de Pablo a los Romanos.
V, 48
Aunque los judíos, entonces, se glorían de la circuncisión, la distinguirán no solo de la de los colcos y los egipcios, sino también de la de los ismaelitas árabes; y sin embargo esta última provenía de su antepasado Abraham, padre de Ismael, quien recibió el rito de la circuncisión junto con su padre. Los judíos dicen que la circuncisión practicada el octavo día es la circuncisión principal, y que la que se practica según las circunstancias es distinta; y probablemente se practicaba a causa de la hostilidad de cierto ángel hacia la nación judía, que tenía poder para dañar a los que no estaban circuncidados, pero era impotente contra los que habían recibido el rito. Esto puede decirse que aparece por lo que está escrito en el libro del Éxodo, donde el ángel, antes de la circuncisión de Eliezer, pudo obrar contra Moisés, pero nada pudo después que su hijo fue circuncidado. Y cuando Séfora hubo aprendido esto, tomó un pedernal y circuncidó a su hijo, y se registra que, según la lectura de los ejemplares comunes, dijo: La sangre de la circuncisión de mi hijo se ha detenido, pero según el texto hebreo: Esposo de sangre eres tú a mí. Porque ella había conocido la historia de cierto ángel que tenía poder antes del derramamiento de la sangre, pero que quedó sin poder por la sangre de la circuncisión. Por esta razón las palabras fueron dirigidas a Moisés: Esposo de sangre eres tú a mí. Pero estas cosas, que aparecen más bien de naturaleza curiosa, y no al alcance de la comprensión de la multitud, me he atrevido a tratar con tanta extensión; y ahora solo añadiré, como conviene a un cristiano, una cosa más, y luego pasaré a lo que sigue. Porque este ángel podía tener poder, creo, sobre los del pueblo que no estaban circuncidados, y en general sobre todos los que adoraban solo al Creador; y este poder duró mientras Jesús no hubo asumido un cuerpo humano. Pero cuando hubo hecho esto, y hubo recibido el rito de la circuncisión en su propia persona, todo el poder del ángel sobre los que practican el mismo culto, pero no están circuncidados, fue abolido; pues Jesús lo redujo a nada por (el poder de) su divinidad indecible. Y por eso se prohíbe a sus discípulos circuncidarse, y se les recuerda (por el apóstol): Si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.
V, 49
Pero tampoco se glorían los judíos de abstenerse de la carne de cerdo, como si fuera algo grandioso; sino de haber averiguado la naturaleza de los animales puros e inmundos, y la causa de la distinción, y de que el cerdo sea clasificado entre los inmundos. Y estas distinciones eran signos de ciertas cosas hasta el advenimiento de Jesús; después de cuya venida se dijo a su discípulo, que aún no comprendía la doctrina concerniente a estas materias, pero que había dicho: Ninguna cosa común o inmunda ha entrado en mi boca: Lo que Dios ha purificado, no lo llames común. Por tanto, en modo alguno afecta ni a los judíos ni a nosotros que los sacerdotes egipcios se abstengan no solo de la carne de cerdo, sino también de la de cabras, y ovejas, y bueyes, y peces. Pero puesto que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, y puesto que la comida no nos recomienda ante Dios, no ponemos gran empeño en abstenernos de comer, ni tampoco nos induce a comer un apetito glotón. Y así, en cuanto a nosotros respecta, los seguidores de Pitágoras, que se abstienen de todas las cosas que contienen vida, pueden hacer lo que les plazca; solo obsérvese la diferente razón para abstenerse de las cosas que tienen vida por parte de los pitagóricos y de nuestros ascetas. Pues los primeros se abstienen a causa de la fábula sobre la transmigración de las almas, como dice el poeta: —
Y alguno, alzando a su hijo amado,Lo inmolará tras la plegaria; ¡oh cuán necio es!
Nosotros, sin embargo, cuando nos abstenemos, lo hacemos porque sojuzgamos nuestro cuerpo y lo reducimos a servidumbre, y deseamos mortificar nuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, afecto desordenado, concupiscencia mala; y ponemos todo empeño en mortificar las obras de la carne.
V, 50
Celso, aún expresando su opinión acerca de los judíos, dice: No es probable que gocen de gran favor ante Dios, ni que Él los mire con más afecto que a otros, ni que los ángeles sean enviados por Él solo a ellos, como si a ellos les hubiera sido asignada alguna región de los bienaventurados. Pues podemos ver tanto al pueblo mismo como al país del que fueron juzgados dignos. Refutaremos esto observando que es evidente que esta nación gozó de gran favor ante Dios, por el hecho de que el Dios que preside sobre todas las cosas era llamado Dios de los hebreos, aun por aquellos que eran extraños a nuestra fe. Y porque gozaban del favor de Dios, no fueron abandonados por Él; sino que, aunque pocos en número, continuaron disfrutando de la protección del poder divino, de modo que en el reinado de Alejandro de Macedonia no sufrieron daño alguno de él, aunque se negaron, a causa de ciertos pactos y juramentos, a tomar las armas contra Darío. Dicen que en aquella ocasión el sumo sacerdote de los judíos, vestido con su túnica sagrada, recibió de Alejandro la reverencia, quien declaró que había contemplado a un individuo ataviado de esta manera, que le anunció en sueños que había de ser el sometedor de toda el Asia. Por consiguiente, nosotros los cristianos sostenemos que fue la fortuna de aquel pueblo, en grado notable, gozar del favor de Dios, y ser amado por Él de manera diferente a los demás; pero que esta economía de las cosas y este favor divino fueron transferidos a nosotros, después que Jesús hubo trasladado el poder que se había manifestado entre los judíos a los que se habían convertido a Él de entre los gentiles. Y por esta razón, aunque los romanos deseaban perpetrar muchas atrocidades contra los cristianos, para asegurar su exterminio, no lo consiguieron; pues hubo una mano divina que luchó de su parte, y cuyo deseo era que la palabra de Dios se difundiera desde un rincón de la tierra de Judea por todo el género humano.