I, 14
Celso, al estimar que entre muchas naciones se encuentra una relación general de doctrina, enumera todas las naciones que dieron origen a tales o cuales opiniones; pero, por alguna razón que a mí se me escapa, arroja un desdén sobre los judíos, no incluyéndolos entre las demás, como si hubieran trabajado juntamente con ellas y llegado a las mismas conclusiones, o como si hubieran abrigado opiniones semejantes en muchos asuntos. Es propio, pues, preguntarle por qué da fe a las historias de los bárbaros y de los griegos respecto a la antigüedad de aquellas naciones de quienes habla, pero estampa como falsas las historias de esta sola nación. Porque si los respectivos autores relataron los acontecimientos que se hallan en estas obras en espíritu de verdad, ¿por qué hemos de desconfiar sólo de los profetas de los judíos? Y si Moisés y los profetas han registrado muchas cosas en su historia por deseo de favorecer su propio sistema, ¿por qué no hemos de decir lo mismo de los historiadores de otros países? O bien, cuando los egipcios o sus historias hablan mal de los judíos, ¿han de ser creídos en ese punto; pero los judíos, cuando dicen las mismas cosas de los egipcios, y declaran que habían sufrido gran injusticia de sus manos, y que por esta causa habían sido castigados por Dios, ¿han de ser acusados de falsedad? Y esto no se aplica sólo a los egipcios, sino también a otros; pues hallaremos que hubo conexión entre los asirios y los judíos, y que esto está registrado en las antiguas historias de los asirios. Y así también los historiadores judíos (evito usar la palabra profetas, para no parecer que prejuzgo el caso) han relatado que los asirios eran enemigos de los judíos. Observad de una vez, pues, el proceder arbitrario de este individuo, que cree las historias de estas naciones por el hecho de ser doctas, y condena a otras como del todo ignorantes. Escuchad, en efecto, la declaración de Celso: Hay, dice, un relato autoritativo desde el mismo principio, respecto del cual existe un acuerdo constante entre todas las naciones, ciudades y hombres más doctos. Y sin embargo no llamará nación docta a los judíos del mismo modo en que lo hace con los egipcios, y los asirios, y los indios, y los persas, y los odrisios, y los samotracios, y los eleusinios.
I, 15
Cuán mucho más imparcial que Celso es Numenio el pitagórico, quien ha dado muchas pruebas de ser un hombre muy elocuente, y que ha examinado cuidadosamente muchas opiniones, y recogido de muchas fuentes lo que tenía apariencia de verdad; pues, en el primer libro de su tratado Sobre el Bien, al hablar de aquellas naciones que han adoptado la opinión de que Dios es incorpóreo, enumera también a los judíos entre los que sostienen este punto de vista; sin mostrar repugnancia alguna por usar incluso el lenguaje de sus profetas en su tratado, y darle una significación metafórica. Se dice, además, que Hermipo ha registrado en su primer libro, Sobre los Legisladores, que fue del pueblo judío de donde Pitágoras derivó la filosofía que introdujo entre los griegos. Y existe una obra del historiador Hecateo, que trata de los judíos, en la cual se concede a aquella nación un elogio tan alto por su erudición, que Herenio Filo, en su tratado sobre los judíos, duda en primer lugar de si es realmente composición del historiador; y dice, en segundo lugar, que si realmente es suya, es probable que fuera arrastrado por el carácter verosímil de la historia judía, y así prestara su asentimiento a su sistema.
Comentario editorial · Numenio y la sabiduría de Moisés
Frente a Celso, que deja a los judíos fuera de los pueblos antiguos y sabios, Orígenes cita a Numenio de Apamea, filósofo pitagórico y platónico de la segunda mitad del siglo II, que en su libro Sobre el bien contaba a los judíos entre los pueblos que creían en un Dios incorpóreo. De sus muchas obras solo quedan fragmentos, conservados sobre todo por Eusebio y también por Orígenes y Teodoreto (Wikipedia). Otros autores antiguos le atribuyen una frase célebre, que no está en Orígenes: Platón sería «Moisés hablando en ático» (Wikipedia). Orígenes añade a Hermipo, que habría escrito que Pitágoras tomó su filosofía de los judíos, y a Hecateo, cuyo elogio de los judíos era tan alto que Herenio Filón dudaba de que fuese suyo.
Para ampliar: Numenius of Apamea (Wikipedia (en))
I, 16
Debo expresar mi sorpresa de que Celso incluya a los odrisios, los samotracios, los eleusinios y los hiperbóreos entre las naciones más antiguas y eruditas, y no juzgue a los judíos dignos de un lugar entre tales, ya sea por su erudición o por su antigüedad, aunque circulan muchos tratados entre los egipcios, los fenicios y los griegos que dan testimonio de su existencia como pueblo antiguo, pero que he considerado innecesario citar. Pues cualquiera que lo desee puede leer lo que Flavio Josefo ha registrado en sus dos libros, Sobre la Antigüedad de los judíos, donde reúne una gran colección de escritores que dan testimonio de la antigüedad del pueblo judío; y existe el Discurso a los griegos de Tación el joven, en el cual, con muy gran erudición, enumera a aquellos historiadores que han tratado de la antigüedad de la nación judía y de Moisés. Parece, pues, que no es por amor a la verdad, sino por espíritu de odio, por lo que Celso hace estas afirmaciones, siendo su objeto denigrar el origen del cristianismo, que está conectado con el judaísmo. Más aún, él llama a los Galactófagos de Homero, a los druidas de los galos y a los getas tribus muy eruditas y antiguas, a causa de la semejanza entre sus tradiciones y las de los judíos, aunque no sé si sobrevive alguna de sus historias; pero a los hebreos solos, en cuanto de él depende, les priva del honor tanto de la antigüedad como de la erudición. Y de nuevo, al hacer una lista de hombres antiguos y eruditos que han conferido beneficios a sus contemporáneos (por sus hechos) y a la posteridad por sus escritos, excluyó a Moisés del número; mientras que de Lino, a quien Celso asigna el primer lugar en su lista, no existen ni leyes ni discursos que hayan producido un cambio para mejor entre pueblo alguno; mientras que una nación entera, dispersa por todo el mundo, obedece las leyes de Moisés. Considérese, pues, si no es de una abierta malicia que ha expulsado a Moisés de su catálogo de hombres eruditos, mientras afirma que Lino, y Museo, y Orfeo, y Ferécides, y el persa Zoroastro, y Pitágoras, discutieron estos temas, y que sus opiniones fueron depositadas en libros, y han sido así conservadas hasta el presente. Y es también intencionadamente que ha omitido tomar nota del mito, embellecido principalmente por Orfeo, en el cual los dioses son descritos como afectados por debilidades y pasiones humanas.
I, 17
En lo que sigue, Celso, atacando la historia mosaica, censura a los que le dan un sentido tropical y alegórico. Y aquí cabría decir a este gran hombre, que inscribió en su propia obra el título de Discurso Verdadero: ¿Por qué, buen señor, te glorias de que conste que los dioses se entregan a las aventuras que describen tus eruditos poetas y filósofos, y se hacen culpables de intrigas abominables, y de guerrear contra sus propios padres, y de cortarse las partes secretas, y se atreven a cometer y a padecer semejantes enormidades; mientras que Moisés, que no refiere tales cosas acerca de Dios, ni siquiera respecto de los santos ángeles, y que relata hechos de mucha menor atrocidad acerca de los hombres (pues en sus escritos nadie se atrevió jamás a cometer tales crímenes como Crono contra Urano, o Zeus contra su padre, o el del padre de los hombres y de los dioses, que se unió a su propia hija), debe ser considerado como habiendo engañado a los que fueron puestos bajo sus leyes, y como habiéndolos conducido al error? Y aquí Celso me parece obrar de cierto modo como Trásimaco el filósofo platónico, cuando no permitía que Sócrates respondiera acerca de la justicia como él deseaba, sino que decía: Cuídate de no decir que lo útil es la justicia, o el deber, o algo semejante. Pues de igual manera Celso ataca (como él cree) las historias mosaicas, y censura a los que las entienden alegóricamente, concediendo al mismo tiempo cierto elogio a los que así lo hacen, en el sentido de que son más imparciales (que los que no lo hacen); y así, por así decirlo, impide con sus cavilaciones que los capaces de mostrar el verdadero estado de la cuestión ofrezcan la defensa que desearían ofrecer.
I, 18
Y desafiando una comparación de libro con libro, yo diría: Ven ahora, buen señor, toma los poemas de Lino, de Museo y de Orfeo, y los escritos de Ferécides, y compara cuidadosamente éstos con las leyes de Moisés —historias con historias, y discursos éticos con leyes y mandamientos—, y mira cuál de los dos está mejor dispuesto para cambiar en el mismo punto el carácter del oyente, y cuál para endurecerlo en su maldad; y observa que tu serie de escritores muestra poco cuidado por aquellos lectores que han de leerlos de una vez sin ayuda, sino que han compuesto su filosofía (como tú la llamas) para los que son capaces de comprender su significado metafórico y alegórico; mientras que Moisés, como un orador distinguido que medita alguna figura de Retórica, y que introduce cuidadosamente en cada parte un lenguaje de doble sentido, ha hecho esto en sus cinco libros: no dando, en la porción que se refiere a la moral, ningún asidero a sus súbditos judíos para cometer el mal; ni dando tampoco a los pocos individuos dotados de mayor sabiduría, y capaces de investigar su sentido, un tratado carente de material para la especulación. Pero de vuestros doctos poetas los mismos escritos ya no parecen conservarse, aunque habrían sido cuidadosamente guardados si los lectores hubieran percibido algún beneficio (del que pudieran derivarse); mientras que las obras de Moisés han movido a muchos, que eran incluso extraños a las costumbres de los judíos, a creer que, como estos escritos dan testimonio, el que primero promulgó estas leyes y las entregó a Moisés fue el Dios que fue el Creador del mundo. Porque convenía al Creador del universo, después de promulgar leyes para su gobierno, conferir a sus palabras un poder que pudiera someter a todos los hombres en toda parte de la tierra. Y esto lo sostengo, sin haber entrado aún en investigación alguna acerca de Jesús, sino demostrando todavía que Moisés, que es muy inferior al Señor, es, como mostrará el Discurso, muy superior a vuestros sabios poetas y filósofos.
I, 19
Después de estas afirmaciones, Celso, movido de un deseo secreto de arrojar descrédito sobre el relato mosaico de la creación, que enseña que el mundo no tiene aún diez mil años de antigüedad, sino mucho menos, y ocultando su propósito, da a entender su conformidad con los que sostienen que el mundo no fue creado. Porque, manteniendo que ha habido desde toda eternidad muchas conflagraciones y muchos diluvios, y que el diluvio que ocurrió últimamente en tiempo de Deucalión es comparativamente moderno, demuestra claramente a los que son capaces de comprenderle que, en su opinión, el mundo no fue creado. Pero diganos este agresor de la fe cristiana con qué argumentos se vio obligado a aceptar la afirmación de que ha habido muchas conflagraciones y muchos cataclismos, y que el diluvio ocurrido en tiempo de Deucalión, y la conflagración en tiempo de Faetón, fueron más recientes que otros. Y si aduce los diálogos de Platón (como prueba) sobre estos temas, le diremos que también a nosotros nos es lícito creer que moraba en el alma pura y piadosa de Moisés, que subió sobre todas las cosas creadas y se unió al Creador del universo, y que dio a conocer las cosas divinas con mucha mayor claridad que Platón o aquellos otros sabios (que vivían) entre los griegos y los romanos, un espíritu que era divino. Y si nos exige las razones de tal creencia, dé primero él fundamentos para sus propias afirmaciones sin prueba, y entonces mostraremos que esta opinión nuestra es la correcta.
I, 20
Y sin embargo, contra su voluntad, Celso se ve enredado hasta dar testimonio de que el mundo es comparativamente moderno, y no tiene aún diez mil años de antigüedad, cuando dice que los griegos consideran antiguas aquellas cosas porque, a causa de los diluvios y las conflagraciones, no han visto ni recibido ningún memorial de acontecimientos más antiguos. Pero concedamos a Celso, como autoridades para el mito relativo a las conflagraciones y las inundaciones, a aquellas personas que, en su opinión, son los más doctos de los egipcios, cuyas huellas de sabiduría se encuentran en el culto de los animales irracionales y en argumentos que prueban que semejante culto de Dios es conforme a la razón y de carácter secreto y misterioso. Así, pues, los egipcios, cuando jactanciosamente dan su propio relato de la divinidad de los animales, han de ser tenidos por sabios; pero si algún judío, que ha manifestado su adhesión a la ley y al legislador, refiere todas las cosas al Creador del universo y único Dios, es, en opinión de Celso y de los semejantes a él, tenido por inferior a aquel que degrada la Divinidad no sólo al nivel de animales racionales y mortales, sino aun al de los irracionales! — ¡opinión que va mucho más allá de la doctrina mítica de la metempsicosis, según la cual el alma cae desde la cumbre del cielo y entra en el cuerpo de las bestias brutas, tanto domésticas como salvajes! Y si los egipcios refieren fábulas de este género, se cree que encierran un sentido filosófico por medio de sus enigmas y misterios; pero si Moisés compone y deja tras de sí historias y leyes para toda una nación, han de ser tenidas por fábulas vanas, cuyo lenguaje no admite sentido alegórico alguno!
I, 21
La siguiente es la opinión de Celso y de los epicúreos: Moisés, dice él, habiendo aprendido la doctrina que se encuentra vigente entre las naciones sabias y los hombres elocuentes, obtuvo la reputación de divinidad. Ahora bien, en respuesta a esto hemos de decir: concedámosle que Moisés oyó efectivamente una doctrina algo antigua, y que la transmitió a los hebreos; que si la doctrina que oyó era falsa, ni piadosa ni venerable, y si no obstante la recibió y la entregó a los que estaban bajo su autoridad, es digno de censura; pero si, como tú afirmas, se adhirió a opiniones sabias y verdaderas, y educó a su pueblo por medio de ellas, ¿qué ha hecho, te lo pregunto, que merezca condenación? ¡Ojalá, en verdad, no sólo Epicuro, sino también Aristóteles, cuyas opiniones acerca de la providencia no son tan impías (como las del primero), y los estoicos, que afirman que Dios es un cuerpo, hubieran oído semejante doctrina! Entonces el mundo no se habría llenado de opiniones que o bien niegan o bien debilitan la acción de la providencia, o introducen un principio corpóreo corruptible, según el cual el dios de los estoicos es un cuerpo, respecto del cual no temen decir que es capaz de mudanza, y que puede ser alterado y transformado en todas sus partes, y, en general, que es capaz de corrupción, si hubiera alguno que lo corrompiera, pero que tiene la buena fortuna de escapar de la corrupción, porque no hay quien corrompa. Mientras que la doctrina de los judíos y de los cristianos, que preserva la inmutabilidad e inalterabilidad de la naturaleza divina, es estigmatizada como impía, no porque participe de la profanidad de aquellos cuyas nociones de Dios están marcadas por la impiedad, sino porque dice en la súplica dirigida a la Divinidad: Tú eres el mismo; siendo además artículo de fe que Dios ha dicho: Yo no mudo.
I, 22
Después de esto, Celso, sin condenar la circuncisión practicada por los judíos, afirma que este uso provenía de los egipcios; creyendo así más a los egipcios que a Moisés, quien dice que Abraham fue el primero entre los hombres que practicó el rito. Y no es Moisés solo quien menciona el nombre de Abraham, atribuyéndole gran intimidad con Dios; sino que también muchos de los que se dedican a la práctica de la conjuración de espíritus malignos emplean en sus conjuros la expresión Dios de Abraham, señalando por el mismo nombre la amistad que existía entre aquel justo y Dios. Y sin embargo, haciendo uso de la frase Dios de Abraham, ¡no saben quién es Abraham! Y la misma observación se aplica a Isaac, y a Jacob, y a Israel; nombres que, aunque confesadamente hebreos, son frecuentemente introducidos por aquellos egipcios que profesan producir algún resultado maravilloso por medio de su conocimiento. El rito de la circuncisión, sin embargo, que comenzó con Abraham, y fue abolido por Jesús, quien quiso que sus discípulos no lo practicaran, no está ante nosotros para explicación; pues la ocasión presente no nos lleva a hablar de tales cosas, sino a esforzarnos por refutar las acusaciones que Celso dirige contra la doctrina de los judíos, quien piensa que podrá establecer más fácilmente la falsedad del cristianismo si, atacando su origen en el judaísmo, puede mostrar que también este último es falso.
I, 23
Después de esto, Celso afirma a continuación que Aquellos pastores y vaqueros que siguieron a Moisés como su guía, tuvieron sus mentes engañadas por vulgares engaños, y así supusieron que había un solo Dios. Muestre, pues, cómo, después de esta partida irracional, según él la considera, de los pastores y vaqueros de la adoración de muchos dioses, él mismo es capaz de establecer la multiplicidad de deidades que se encuentran entre los griegos, o entre aquellas otras naciones llamadas bárbaras. Establezca, por tanto, la existencia de Mnemósine, madre de las Musas por Zeus; o de Temis, madre de las Horas; o demuestre que las siempre desnudas Gracias pueden tener una existencia real y sustancial. Pero no podrá mostrar, por ninguna acción de ellas, que esas representaciones ficticias de los griegos, que tienen la apariencia de estar investidas de cuerpos, son (realmente) dioses. ¿Y por qué las fábulas de los griegos acerca de los dioses han de ser verdaderas, más que las de los egipcios, por ejemplo, quienes en su lengua no saben nada de una Mnemósine, madre de las nueve Musas; ni de una Temis, madre de las Horas; ni de una Eufrosine, una de las Gracias; ni de ninguno de estos otros nombres? ¡Cuánto más manifiesto (y cuánto mejor que todas estas invenciones!) es que, convencidos por lo que vemos, en el admirable orden del mundo, adoremos a su Hacedor como el único Autor de un solo efecto, el cual, por estar totalmente en armonía consigo mismo, no puede por ello haber sido obra de muchos hacedores; y que creamos que todo el cielo no está sostenido por los movimientos de muchas almas, pues basta una sola, que lleva toda la esfera no errante de oriente a occidente, y abraza dentro de sí todas las cosas que el mundo requiere, y que no existen por sí mismas! Porque todas son partes del mundo, mientras que Dios no es parte del todo. Pero Dios no puede ser imperfecto, como lo es una parte. Y quizá una consideración más profunda mostrará que, así como Dios no es una parte, tampoco es propiamente el todo, puesto que el todo está compuesto de partes; y la razón no nos permite creer que el Dios que está sobre todas las cosas esté compuesto de partes, cada una de las cuales no puede hacer lo que todas las demás partes pueden.
I, 24
Después de esto él continúa: Estos pastores y vaqueros concluyeron que había un solo Dios, llamado o bien el Altísimo, o Adonai, o el Celeste, o Sabaoth, o designado por alguno de aquellos otros nombres que se complacen en dar a este mundo; y nada sabían más allá de eso. Y en una parte posterior de su obra dice que No hace diferencia alguna que el Dios que está sobre todas las cosas sea llamado con el nombre de Zeus, corriente entre los griegos, o con aquel, por ejemplo, que está en uso entre los indios o los egipcios. Ahora bien, en respuesta a esto, hemos de observar que aquí se toca un tema profundo y misterioso — a saber, el concerniente a la naturaleza de los nombres: siendo cuestión si, como piensa Aristóteles, los nombres fueron impuestos por convención, o, como sostienen los estoicos, por naturaleza; siendo las primeras palabras imitaciones de las cosas, conforme a lo cual se formaron los nombres, y en conformidad con lo cual introducen ciertos principios de etimología; o si, como enseña Epicuro (difieriendo en esto de los estoicos), los nombres fueron dados por naturaleza, — habiendo pronunciado los primeros hombres ciertas palabras que variaban según las circunstancias en que se encontraban. Si, pues, fuéremos capaces de establecer, con respecto a la afirmación precedente, la naturaleza de los nombres poderosos, algunos de los cuales emplean los doctos entre los egipcios, o los magos entre los persas, y los filósofos indios llamados brahmanes, o los samaneos, y otros en distintos países; y fuéremos capaces de demostrar que la llamada magia no es, como suponen los seguidores de Epicuro y Aristóteles, una cosa enteramente incierta, sino que es, como prueban quienes en ella son peritos, un sistema coherente, que posee palabras conocidas de poquísimos; entonces diremos que el nombre Sabaoth, y Adonai, y los demás nombres tratados con tanta reverencia entre los hebreos, no son aplicables a cosas creadas ordinarias, sino que pertenecen a una teología secreta que se refiere al Formador de todas las cosas. Estos nombres, por consiguiente, cuando se pronuncian con aquel cortejo de circunstancias que es apropiado a su naturaleza, están dotados de gran poder; y otros nombres, a su vez, corrientes en la lengua egipcia, son eficaces contra ciertos demonios que solo pueden hacer ciertas cosas; y otros nombres en lengua persa tienen poder correspondiente sobre otros espíritus; y así en cada nación en particular, para diferentes propósitos. Y así se hallará que, de los diversos demonios sobre la tierra, a quienes han sido asignadas diferentes localidades, cada uno lleva un nombre apropiado a los distintos dialectos del lugar y del país. Por tanto, quien tenga una idea más noble, por pequeña que sea, de estas materias, cuidará de no aplicar nombres diferentes a cosas diferentes; no sea que se parezca a aquellos que erróneamente aplican el nombre de Dios a la materia inanimada, o que arrastran hacia abajo el título de lo Bueno desde la Causa Primera, o desde la virtud y la excelencia, para aplicarlo al ciego Pluto, o a una mezcla sana y bien proporcionada de carne y sangre y huesos, o a lo que se considera noble linaje.
I, 25
Y acaso hay un peligro tan grande como el que degrada el nombre de Dios, o el del Bien, aplicándolo a objetos impropios, en cambiar el nombre de Dios conforme a un sistema secreto, y aplicar los que pertenecen a seres inferiores a seres mayores, y vice versa. Y no me detengo en esto, en que cuando se pronuncia el nombre de Zeus, se oye al mismo tiempo el del hijo de Cronos y de Rea, y el del esposo de Hera, y hermano de Poseidón, y padre de Atenea y de Artemisa, que fue culpable de incesto con su propia hija Perséfone; o en que Apolo sugiere inmediatamente al hijo de Leto y de Zeus, y el hermano de Artemisa, y medio hermano de Hermes; y así con todos los demás nombres inventados por esos sabios de Celso, que son los padres de estas opiniones, y los antiguos teólogos de los griegos. Pues ¿cuáles son los fundamentos para decidir que él debe, por una parte, ser llamado propiamente Zeus, y que, por otra, no debe tener a Cronos por padre y a Rea por madre? Y el mismo argumento se aplica a todos los demás que son llamados dioses. Pero esta acusación no se aplica en absoluto a los que, por algún motivo misterioso, refieren la palabra Sabaoth, o Adonai, o cualquiera de los otros nombres al (verdadero) Dios. Y cuando uno es capaz de filosofar acerca del misterio de los nombres, encontrará mucho que decir respecto a los títulos de los ángeles de Dios, de los cuales uno es llamado Miguel, y otro Gabriel, y otro Rafael, apropiadamente a los oficios que desempeñan en el mundo, conforme a la voluntad del Dios de todas las cosas. Y una filosofía semejante de los nombres se aplica también a nuestro Jesús, cuyo nombre ya se ha visto, de manera inequívoca, expulsar miríadas de espíritus malignos de las almas y los cuerpos (de los hombres), tan grande era el poder que ejercía sobre aquellos de quienes los espíritus eran expulsados. Y todavía sobre el tema de los nombres, hemos de mencionar que los que son peritos en el uso de los encantamientos refieren que la pronunciación de un mismo encantamiento en su lengua propia puede realizar lo que el conjuro profesa hacer; pero cuando es traducido a cualquier otra lengua, se observa que se vuelve ineficaz y débil. Y así no son las cosas significadas, sino las cualidades y peculiaridades de las palabras, las que poseen cierto poder para este o aquel propósito. Y así, sobre fundamentos como estos defendemos la conducta de los cristianos, cuando luchan hasta la muerte por no llamar a Dios con el nombre de Zeus, o por no darle un nombre tomado de cualquier otra lengua. Pues o usan el nombre común —Dios— de manera indefinida, o con algún añadido como el del Hacedor de todas las cosas, el Creador del cielo y de la tierra —Aquel que envió al género humano aquellos hombres buenos, a cuyos nombres, añadiéndose el de Dios, ciertas obras poderosas son obradas entre los hombres. Y mucho más podría decirse todavía sobre el tema de los nombres, contra aquellos que piensan que debemos ser indiferentes en cuanto a su uso. Y si la observación de Platón en el Filebo debe sorprendernos, cuando dice: Mi temor, oh Protágoras, acerca de los nombres de los dioses no es pequeño, viendo que Filebo, en su discusión con Sócrates, había llamado dios al placer, ¿cómo no aprobaremos más bien la piedad de los cristianos, que no aplican al Creador del mundo ninguno de los nombres usados en las mitologías? Y ahora basta sobre este tema por el presente.
I, 26
Pero veamos cómo este Celso, que profesa saberlo todo, formula una acusación falsa contra los judíos, cuando afirma que adoran a los ángeles y se entregan a la hechicería, de la cual Moisés fue su instructor. Díganos ahora, en qué parte de los escritos de Moisés encontró al legislador prescribiendo el culto de los ángeles, quien profesa saberlo todo acerca del cristianismo y del judaísmo; y muéstreos también cómo puede existir la hechicería entre los que han aceptado la ley mosaica y han leído el precepto: No os volváis a los adivinos, para no contaminaros con ellos. Además, promete mostrar después cómo fue por ignorancia que los judíos fueron engañados y conducidos al error. Ahora bien, si hubiera descubierto que la ignorancia de los judíos respecto al Cristo era efecto de no haber oído las profecías acerca de Él, mostraría con verdad cómo los judíos cayeron en el error. Pero sin deseo alguno de que esto aparezca, considera como errores judíos lo que en modo alguno son errores. Y Celso, después de prometer darnos a conocer, en una parte posterior de su obra, las doctrinas del judaísmo, pasa en primer lugar a hablar de nuestro Salvador como del guía de nuestra generación, en cuanto que somos cristianos, y dice que hace pocos años comenzó a enseñar esta doctrina, siendo considerado por los cristianos como el Hijo de Dios. Ahora bien, respecto a este punto —su existencia hace pocos años— hemos de observar lo siguiente. ¿Pudo suceder sin asistencia divina que Jesús, deseando durante esos años difundir sus palabras y su enseñanza, tuviera tanto éxito, que por todas partes del mundo no pocas personas, griegos lo mismo que bárbaros, doctos lo mismo que ignorantes, abrazaran su doctrina, de modo que lucharan hasta la muerte en su defensa antes que negarla, cosa que nadie, según se refiere, haya hecho jamás por ningún otro sistema? Yo en verdad, no con ánimo de halagar al cristianismo, sino con deseo de examinar a fondo los hechos, diría que aun aquellos que se dedican a sanar a multitud de enfermos no alcanzan su objeto —la curación del cuerpo— sin ayuda divina; y si alguno lograra librar a las almas de un torrente de maldad, de excesos y de actos de injusticia, y de un desprecio de Dios, y mostrara, como evidencia de tal resultado, a cien personas mejoradas en su naturaleza (supongamos que el número sea tan grande), nadie diría razonablemente que sin asistencia divina hubiera implantado en aquellos cien individuos una doctrina capaz de remover tantos males. Y si alguno, al considerar con franqueza estas cosas, admitiera que jamás se produce mejora alguna entre los hombres sin ayuda divina, ¡con cuánta mayor confianza hará la misma afirmación respecto a Jesús, cuando compare la vida anterior de muchos convertidos a su doctrina con su conducta posterior, y reflexione en qué actos de libertinaje, de injusticia y de avaricia se entregaban antes, hasta que, como alegan Celso y los que piensan con él, fueron engañados y aceptaron una doctrina que, según estos individuos afirman, es destructora de la vida de los hombres; pero que, desde el momento en que la adoptaron, se han vuelto de alguna manera más mansos, más religiosos y más consecuentes, de suerte que algunos de ellos, por deseo de una castidad excelsa y por voluntad de adorar a Dios con mayor pureza, se abstienen aun de los goces permitidos del amor (lícito)!
I, 27
Todo aquel que examina el asunto verá que Jesús intentó y llevó a feliz término obras superiores al alcance del poder humano. Porque aunque, desde el mismo principio, todas las cosas se opusieron a la difusión de su doctrina en el mundo —tanto los príncipes de la época, y sus jefes y generales, y todos, hablando en general, los que poseían la menor influencia, y además de éstos los gobernantes de las distintas ciudades, y los soldados, y el pueblo—, sin embargo resultó victoriosa, como Palabra de Dios, cuya naturaleza es tal que no puede ser impedida; y haciéndose más poderosa que todos tales adversarios, se enseñoreó de toda la Grecia, y de una parte considerable de las tierras de los bárbaros, y convocó a su religión a un número incalculable de almas. Y aunque, entre la multitud de los convertidos al cristianismo, los sencillos y los ignorantes superaban necesariamente en número a los más inteligentes, como la primera clase siempre supera a la segunda, con todo Celso, no queriendo tomar nota de esto, considera que esta doctrina filantrópica, que alcanza a toda alma bajo el sol, es vulgar, y que a causa de su vulgaridad y de su falta de capacidad de razonamiento obtuvo ascendiente sólo sobre los ignorantes. Y sin embargo él mismo admite que no fueron únicamente los sencillos quienes, conducidos por la doctrina de Jesús, abrazaron su religión; pues reconoce que había entre ellos algunas personas de inteligencia moderada, y de disposición mansa, y dotadas de entendimiento, y capaces de comprender las alegorías.
Comentario editorial · El judío de Celso
En el capítulo siguiente cambia la voz: desde I, 28 hasta el final del libro II, Celso no habla en su nombre sino por boca de un judío. Orígenes lo compara con un retórico que hace hablar a un personaje para ejercitar a un discípulo (I, 28), y le parece poco verosímil como judío: los judíos, observa, no suelen conocer bien la literatura griega (II, 34). Wikipedia piensa, en cambio, que Celso se apoyó en una polémica judía anterior, de autor desconocido, a quien Orígenes llamaría «el judío de Celso», y que de ahí salen buena parte de los argumentos de los libros I y II.
Para ampliar: Contra Celsum (Wikipedia (en))
I, 28
Ya que, a imitación de un rétor que adiestra a un discípulo, introduce a un judío, el cual entra en una discusión personal con Jesús, y habla de un modo muy pueril, del todo indigno de las canas de un filósofo, procuraré, en lo que esté de mi alcance, examinar sus asertos, y mostrar que no mantiene, a lo largo de la discusión, la coherencia debida al carácter de un judío. Porque le representa disputando con Jesús, y refutándole, según él cree, en muchos puntos; y en primer lugar le acusa de haber inventado su nacimiento de una virgen, y le reprocha el haber nacido en cierta aldea de Judea, de una mujer pobre del campo, que ganaba su sustento hilando, y que fue expulsada de casa por su marido, carpintero de oficio, por haber sido convicta de adulterio; que, después de ser despedida por su marido y andar errante por algún tiempo, dio a luz vergonzosamente a Jesús, hijo ilegítimo, el cual, habiéndose alquilado como sirviente en Egipto a causa de su pobreza, y habiendo adquirido allí algunos poderes milagrosos en que los egipcios se enorgullecen sobremanera, volvió a su patria sumamente envanecido por ellos, y por medio de ellos se proclamó Dios. Ahora bien, como no puedo permitir que quede sin examen nada de lo que dicen los infieles, sino que debo investigarlo todo desde el principio, doy mi parecer en que todas estas cosas armonizan dignamente con las predicciones de que Jesús es el Hijo de Dios.
I, 29
Porque el nacimiento es una ayuda para que un individuo llegue a ser famoso, distinguido y objeto de conversación; a saber, cuando los padres de un hombre se hallan, por casualidad, en posición de rango e influencia, y poseen riquezas, y pueden gastarlas en la educación de su hijo, y cuando la patria en que uno nace es grande e ilustre; pero cuando un hombre, teniendo todas estas cosas en contra, es capaz, no obstante estos obstáculos, de darse a conocer, y de producir una impresión en quienes oyen hablar de él, y de hacerse distinguido y visible ante el mundo entero, que habla de él como antes no hacía, ¿cómo podemos dejar de admirar semejante naturaleza, como noble en sí misma, y consagrada a grandes empresas, y poseedora de un valor que de ningún modo ha de ser despreciado? Y si uno examinara más plenamente la historia de tal individuo, ¿por qué no habría de procurar saber de qué manera, después de haber sido criado en la frugalidad y la pobreza, y sin recibir educación completa alguna, y sin haber estudiado sistemas y opiniones mediante los cuales hubiera podido adquirir confianza para tratar con las multitudes, y hacer el demagogo, y atraer hacia sí muchos oyentes, se dedicó sin embargo a la enseñanza de opiniones nuevas, introduciendo entre los hombres una doctrina que no solo subvertía las costumbres de los judíos, guardando al mismo tiempo el debido respeto a sus profetas, sino que especialmente derribaba las observancias establecidas de los griegos respecto de la Divinidad? ¿Y cómo podría semejante persona —una que había sido así criada, y que, como admiten sus calumniadores, nada grande había aprendido de los hombres— haber podido enseñar, de manera en absoluto despreciable, tales doctrinas como enseñó acerca del juicio divino, y de los castigos que han de sobrevenir a la maldad, y de las recompensas que han de conferirse a la virtud; de modo que no solo individuos rústicos e ignorantes fueron ganados por sus palabras, sino también no pocos de los que se distinguían por su sabiduría, y que eran capaces de discernir el sentido oculto en aquellas doctrinas más comunes, según eran tenidas, que circulaban, y que cierto sentido secreto envolvía, por así decirlo, alguna significación más recóndita todavía? El serifio, en Platón, que reprocha a Temístocles, después que este se hizo célebre por su destreza militar, diciendo que su reputación se debía no a sus propios méritos, sino a su buena fortuna de haber nacido en el país más ilustre de Grecia, recibió del afable ateniense, que veía que su patria contribuía en verdad a su renombre, la siguiente respuesta: Tampoco yo, si hubiera sido un serifio, habría sido tan distinguido como soy; ni tú habrías sido un Temístocles, aun cuando hubieras tenido la buena fortuna de ser ateniense! Y ahora, nuestro Jesús, a quien se reprocha haber nacido en una aldea, y ni siquiera griega, ni perteneciente a nación alguna ampliamente estimada, y ser despreciado como hijo de una pobre mujer labriega, y como haber dejado, a causa de su pobreza, su patria y alquilarse en Egipto, y ser, para usar el ejemplo ya citado, no solo un serifio, por así decirlo, nativo de una isla muy pequeña y sin distinción, sino aun, si cabe decirlo así, el más vil de los serifios, ha podido sin embargo conmover todo el mundo habitado, no solo en grado muy superior a lo que jamás hizo Temístocles el ateniense, sino más allá de lo que aun Pitágoras, o Platón, o cualquier otro sabio en cualquier parte del mundo que sea, o cualquier príncipe o general, lograron jamás hacer.
I, 30
Ahora, ¿no sería herido de asombro cualquiera que investigase con ordinario cuidado la naturaleza de estos hechos, ante la victoria de este hombre? — ante su pleno éxito en superar, mediante su reputación, todas las causas que tendían a envilecerlo, y ante su superioridad sobre todos los demás individuos ilustres del mundo? Y, sin embargo, es cosa rara que los hombres distinguidos logren adquirir reputación por varias cosas a la vez. Porque uno es admirado a causa de su sabiduría, otro por su destreza militar, y algunos de los bárbaros por sus maravillosos poderes de encantamiento, y algunos por una cualidad, y otros por otra; pero no muchos han sido admirados y han adquirido reputación por muchas cosas al mismo tiempo; mientras que este hombre, además de sus otros méritos, es objeto de admiración tanto por su sabiduría, como por sus milagros, y por sus dotes de gobierno. Porque persuadió a algunos a apartarse de sus leyes, y a separarse hacia él, no como lo haría un tirano, ni como un ladrón, que arma a sus secuaces contra los hombres; ni como un rico, que concede ayuda a los que acuden a él; ni como uno de aquellos que confesadamente merecen censura; sino como maestro de la doctrina acerca del Dios de todas las cosas, y del culto que a Él pertenece, y de todos los preceptos morales que pueden asegurar el favor del Dios Supremo a quien ordena su vida en conformidad con ellos. Ahora bien, a Temístocles, o a cualquier otro hombre de distinción, nada ocurrió que probase ser un obstáculo para su reputación; mientras que a este hombre, además de lo que ya hemos enumerado, y que basta para cubrir de deshonra el alma de un hombre aun de la más noble naturaleza, hubo aquella muerte aparentemente infame de la crucifixión, que bastaba para borrar su gloria previamente adquirida, y para llevar a aquellos que, según afirman los que reniegan de su doctrina, habían sido antes engañados por él, a abandonar su engaño, y a pronunciar condena sobre su engañador.
I, 31
Y además de esto, cabe preguntarse con razón cómo sucedió que los discípulos —si, como dicen los calumniadores de Jesús, no lo vieron después de su resurrección de entre los muertos, y no fueron persuadidos de su divinidad— no temieron padecer los mismos sufrimientos que su Maestro, ni exponerse al peligro, ni abandonar su patria para enseñar, conforme al deseo de Jesús, la doctrina que Él les había transmitido. Porque pienso que nadie que examine los hechos con franqueza diría que estos hombres se consagraron a una vida de peligros por causa de la doctrina de Jesús, sin una profunda convicción que Él había obrado en sus mentes acerca de su verdad, no solo enseñándolos a conformarse con sus preceptos, sino también a otros, y a conformarse, además, cuando una destrucción manifiesta de la vida se cernía sobre quien se atreviera a introducir estas nuevas opiniones en todos los lugares y ante todos los auditorios, y quien no podía retener como amigo a ningún ser humano que se adhiriera a las opiniones y usos anteriores. Pues ¿no vieron los discípulos de Jesús, cuando se atrevieron a demostrar no solo a los judíos, a partir de sus Escrituras proféticas, que este es Aquel de quien hablaron los profetas, sino también a las demás naciones gentiles, que Aquel que fue crucificado ayer o anteayer padeció esta muerte voluntariamente en favor del género humano — que esto era análogo al caso de aquellos que han muerto por su patria a fin de apartar la pestilencia, o la esterilidad, o las tempestades? Porque es probable que exista en la naturaleza de las cosas, por ciertas razones misteriosas difíciles de comprender para la muchedumbre, tal virtud, que un solo hombre justo, muriendo una muerte voluntaria por el bien común, pueda ser el medio de apartar a los espíritus malignos, que son la causa de las plagas, o de la esterilidad, o de las tempestades, o de calamidades semejantes. Digan, pues, aquellos que querrían no creer la afirmación de que Jesús murió en la cruz en favor de los hombres, si rehúsan también aceptar los muchos relatos que corren tanto entre griegos como entre bárbaros, de personas que han entregado su vida por la utilidad pública, a fin de apartar aquellos males que habían caído sobre ciudades y países? ¿O dirán que tales sucesos ocurrieron realmente, pero que no debe darse crédito alguno a aquel relato según el cual este llamado hombre murió para asegurar la destrucción de un poderoso espíritu maligno, el príncipe de los espíritus malignos, que había tenido sometidas las almas de todos los hombres sobre la tierra? Y los discípulos de Jesús, viendo esto y mucho más (lo cual, es probable, aprendieron de Jesús en privado), y estando llenos, además, de un poder divino (pues no fue una virgen poética la que les infundió fortaleza y valor, sino la verdadera sabiduría y entendimiento de Dios), desplegaron todos sus esfuerzos para distinguirse entre todos los hombres, no solo entre los argivos, sino entre todos los griegos y bárbaros por igual, y así llevarse para sí una gloriosa renombre.
I, 32
Pero volvamos ahora al lugar donde se introduce al judío, hablando de la madre de Jesús, y diciendo que, cuando estaba encinta, fue echada de casa por el carpintero con quien se había desposado, por haber cometido adulterio, y que dio a luz un hijo de cierto soldado llamado Panthera; y veamos si aquellos que han urdido a ciegas estas fábulas sobre el adulterio de la Virgen con Panthera, y su rechazo por parte del carpintero, no inventaron estas historias para derribar su concepción milagrosa por el Espíritu Santo; pues habrían podido falsificar la historia de otra manera, a causa de su carácter sumamente milagroso, y no admitir, como si fuera contra su voluntad, que Jesús nació de un matrimonio humano nada ordinario. Era de esperar, en efecto, que aquellos que no creyeran el nacimiento milagroso de Jesús inventaran alguna falsedad. Y el no hacerlo de un modo verosímil, sino conservar el hecho de que no fue de José de quien concibió la Virgen a Jesús, hizo la falsedad muy palpable para quienes pueden comprender y detectar semejantes invenciones. ¿Es acuerdo en modo alguno con la razón, que aquel que se atrevió a hacer tanto por el género humano, a fin de que, hasta donde estaba en su mano, todos los griegos y bárbaros, que aguardaban la condenación divina, se apartaran del mal y ordenaran toda su conducta de manera grata al Creador del mundo, no tuviera un nacimiento milagroso, sino el más vil y el más vergonzoso de todos? Y preguntaré a aquellos, en cuanto griegos, y particularmente a Celso, que ya profese o no las opiniones de Platón, pero que en todo caso las cita, si Aquel que envía las almas a los cuerpos de los hombres degradó a Aquel que había de atreverse a tales obras poderosas, y a enseñar a tantos hombres, y a reformar a tantos de la masa de maldad del mundo, reduciéndolo a un nacimiento más vergonzoso que ningún otro, y no lo introdujo más bien en el mundo mediante un matrimonio legítimo. ¿O no es más conforme a la razón que toda alma, por ciertas razones misteriosas (hablo ahora según la opinión de Pitágoras, y de Platón, y de Empédocles, a quienes Celso menciona con frecuencia), sea introducida en un cuerpo, e introducida según sus merecimientos y sus acciones anteriores? Es probable, por lo tanto, que esta alma también, que confirió más beneficios por su morada en la carne que la de muchos hombres (para no suscitar prevención, no digo todos), necesitó un cuerpo no solo superior a los demás, sino investido de todas las cualidades excelentes.
Comentario editorial · El soldado Pantera
Según el judío de Celso, María fue expulsada por el carpintero con quien estaba desposada, convicta de adulterio, y tuvo a Jesús de un soldado llamado Pantera. Orígenes responde (I, 32–33) que la historia se inventó para negar la concepción milagrosa: los calumniadores podían haber falseado el relato de otro modo y, contra su voluntad, admiten que Jesús no nació de manera común. La leyenda no es solo de Celso: el Talmud (b. Shabbat 104b) identifica a «Ben Stada» con «Ben Pantera», que muchos entienden como Jesús (Wikipedia). Los historiadores no coinciden en su origen. «Pantera» era un nombre corriente, sobre todo entre soldados romanos; en 1859 se halló en Alemania la lápida de un Tiberio Julio Abdes Pantera, soldado de una cohorte de arqueros natural de Sidón, sin que haya pruebas que lo vinculen con Jesús. Borg y Crossan sugieren un eco de la represión romana en Séforis, y otros, un juego entre pántēr y parthénos, «virgen» (Wikipedia).
I, 33
Ahora si un alma particular, por ciertas razones misteriosas, no es digna de ser colocada en el cuerpo de un ser del todo irracional, ni tampoco en el de uno puramente racional, sino que es revestida de un cuerpo monstruoso, de modo que la razón no puede ejercer sus funciones en uno así conformado, con la cabeza desproporcionada respecto de las demás partes y en conjunto demasiado corta; y otra recibe un cuerpo tal que el alma es un poco más racional que la del anterior; y otra lo es aún más, contrarrestándose en mayor o menor grado, por la naturaleza del cuerpo, la recepción del principio racional; ¿por qué no habría de haber también alguna alma que reciba un cuerpo del todo milagroso, poseyendo algunas cualidades comunes a las de los demás hombres, a fin de que pueda transitar la vida junto a ellos, pero poseyendo también alguna cualidad de superioridad, de modo que el alma pueda permanecer intacta del pecado? Y si hay alguna verdad en la doctrina de los fisonomistas, ya sea Zopiro, o Loxo, o Polemón, o cualquier otro que haya escrito sobre semejante tema, y que profesan conocer de manera admirable que todos los cuerpos están adaptados a los hábitos de las almas, ¿acaso no debió haber para aquella alma que había de morar con poder milagroso entre los hombres, y obrar grandes prodigios, un cuerpo producido, como piensa Celso, por un acto de adulterio entre Panthera y la Virgen? ¡Pues bien, de semejante unión profana más bien habría de nacer algún necio para dañar al género humano —un maestro de licencia y maldad, y de otros males—, y no de templanza, y justicia, y las demás virtudes!