II, 46
Pero ¿cómo puede este judío de Celso escapar de la acusación de falsedad, cuando dice que Jesús, mientras estuvo en la tierra, no atrajo hacia sí sino a diez marineros y publicanos de la más vil índole, y ni siquiera a todos éstos? Ahora bien, es cierto que los mismos judíos admitirían que Él atrajo no solamente a diez personas, ni a cien, ni a mil, sino que en una ocasión cinco mil a la vez, y en otra cuatro mil; y que los atrajo de tal grado que lo siguieron incluso a los desiertos, los cuales por sí solos podían contener la multitud reunida de los que creyeron en Dios por medio de Jesús, y donde Él no sólo les dirigió discursos, sino que también les manifestó sus obras. Y ahora, mediante su tautología, nos obliga también a nosotros a ser tautológicos, pues tenemos cuidado de no dar la impresión de pasar por alto ninguna de las acusaciones que él ha presentado; y por tanto, en lo que respecta al asunto que nos ocupa, siguiendo el orden de su tratado tal como lo tenemos, dice: ¿No es la cúspide del absurdo sostener que, si mientras él mismo vivía no ganó para sus opiniones a una sola persona, después de su muerte cualquiera que lo desee pueda ganar a tal multitud de individuos? Mientras que debería haber dicho, en conformidad con la verdad, que si, después de su muerte, no simplemente los que quieran, sino los que tengan la voluntad y el poder, pueden ganar tantos prosélitos, cuánto más conforme a la razón es que, mientras Él vivía, mediante el mayor poder de sus palabras y obras, hubiera atraído hacia sí adherentes en número mucho mayor?
II, 47
Representa, además, una afirmación suya propia como si fuera una respuesta a una de sus preguntas, en la cual pregunta: ¿Por qué cadena de argumentos fuisteis llevados a considerarlo el Hijo de Dios? Pues nos hace responder que fuimos ganados para él porque sabemos que su castigo fue sufrido para llevar a cabo la destrucción del padre del mal. Ahora bien, fuimos ganados a su doctrina por innumerables otras consideraciones, de las cuales hemos expuesto sólo la menor parte en las páginas precedentes; pero, si Dios lo permite, continuaremos enumerándolas, no sólo al tratar del llamado Discurso Verdadero de Celso, sino también en muchas otras ocasiones. Y, como si dijéramos que consideramos que Él es el Hijo de Dios porque sufrió castigo, pregunta: ¿Qué pues? ¿No han sido castigados también muchos otros, y no menos vergonzosamente? Y aquí Celso actúa como los enemigos más despreciables del Evangelio, y como aquellos que imaginan que se sigue como consecuencia de nuestra historia del Jesús crucificado que debamos adorar a los que han sufrido crucifixión!
II, 48
Celso, además, incapaz de resistir los milagros que se cuenta que Jesús realizó, ya ha hablado en varias ocasiones de ellos calumniosamente como obras de hechicería; y nosotros también, en varias ocasiones, hemos respondido a sus afirmaciones lo mejor que hemos podido. Y ahora nos representa diciendo que consideramos a Jesús el Hijo de Dios porque sanó a los cojos y a los ciegos. Y añade: Además, como vosotros afirmáis, resucitó a los muertos. Que sanó a los cojos y a los ciegos, y que por eso lo tenemos por el Cristo y el Hijo de Dios, nos es manifiesto por lo contenido en las profecías: Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos oirán; entonces el cojo saltará como un ciervo. Y que también resucitó a los muertos, y que no es ficción de los que compusieron los Evangelios, lo muestra esto: que si hubiera sido ficción, muchos individuos se habrían representado como resucitados de entre los muertos, y éstos, además, tales como habían estado muchos años en sus sepulcros. Pero como no es ficción, se cuentan muy fácilmente los de quienes se relata que esto les aconteció; a saber, la hija del principal de la sinagoga (de quien no sé por qué dijo: No ha muerto, sino que duerme, afirmando acerca de ella algo que no se aplica a todos los que mueren); y el hijo único de la viuda, sobre quien tuvo compasión y lo resucitó, haciendo detenerse a los que llevaban el cadáver; y el tercer caso, el de Lázaro, que había estado cuatro días en el sepulcro. Ahora bien, respecto a estos casos diríamos a todas las personas de ánimo sincero, y especialmente al judío, que así como hubo muchos leprosos en los días de Eliseo el profeta, y ninguno de ellos fue sanado sino Naamán el sirio, y muchas viudas en los días de Elías el profeta, a ninguna de las cuales fue enviado Elías sino a Sarepta de Sidonia (porque la viuda de allí había sido juzgada digna por un decreto divino del milagro que el profeta obró en lo referente al pan); así también hubo muchos muertos en los días de Jesús, pero sólo se levantaron del sepulcro aquellos que el Logos sabía que estaban aptos para una resurrección, a fin de que las obras realizadas por el Señor no fuesen meros símbolos de ciertas cosas, sino que por los mismos actos Él ganara a muchos para la admirable doctrina del Evangelio. Diría, además, que, conforme a la promesa de Jesús, sus discípulos realizaron obras aun mayores que estos milagros de Jesús, que eran perceptibles sólo a los sentidos. Porque los ojos de los que están ciegos en el alma son siempre abiertos; y los oídos de los que eran sordos a las palabras virtuosas escuchan de buena gana la doctrina de Dios y de la bienaventurada vida con Él; y muchos también, que estaban cojos en los pies del hombre interior, como lo llama la Escritura, habiendo sido ahora sanados por la palabra, no simplemente saltan, sino que saltan como el ciervo, que es un animal hostil a las serpientes y más fuerte que todo el veneno de las víboras. Y estos cojos que han sido sanados reciben de Jesús el poder de pisotear, con esos pies en los que antes estaban cojos, las serpientes y los escorpiones de la maldad, y en general todo el poder del enemigo; y aunque pisan sobre él, no sufren daño, pues también se han hecho más fuertes que el veneno de todo mal y de los demonios.
II, 49
Jesús, por consiguiente, al apartar las mentes de sus discípulos, no sólo de prestar oído a los hechiceros en general, y a los que profesan hacer milagros de cualquier otro modo —pues sus discípulos no necesitaban ser advertidos de tal manera—, sino de los que se daban a sí mismos por el Cristo de Dios, y que procuraban ganar para sí, mediante ciertos milagros aparentes, a los discípulos de Jesús, dijo en cierto pasaje: Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios; de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los elegidos. He aquí, os lo he dicho antes. Y si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no salgáis; mirad, está en los aposentos, no lo creáis. Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del hombre. Y en otro pasaje: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no comimos y bebimos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y hicimos muchas obras maravillosas? Y entonces les diré: Apartaos de mí, porque sois hacedores de maldad. Pero Celso, deseando asimilar los milagros de Jesús a las obras de la hechicería humana, dice en términos expresos como sigue: ¡Oh luz y verdad! Declara distintamente, con su propia voz, como vosotros mismos habéis registrado, que vendrán a vosotros incluso otros, que emplearán milagros semejantes, y que son hombres malvados y hechiceros; y llama a quien hace uso de tales artificios un Satanás. De modo que el mismo Jesús no niega que estas obras, al menos, no son en absoluto divinas, sino actos de hombres malvados; y compelido por la fuerza de la verdad, al mismo tiempo no sólo puso al descubierto las obras de otros, sino que se convenció a sí mismo de los mismos actos. ¿No es, pues, una inferencia miserable, concluir de las mismas obras que uno es Dios y los otros hechiceros? ¿Por qué los otros, a causa de estos actos, han de ser tenidos por malvados antes que este hombre, teniendo como testigo contra sí mismo? Porque él mismo ha reconocido que éstas no son obras de naturaleza divina, sino invenciones de ciertos engañadores y de hombres completamente malvados. Observad, ahora, si Celso no es claramente convicto de calumniar el Evangelio con tales afirmaciones, puesto que lo que Jesús dice acerca de los que han de hacer señales y prodigios es distinto de lo que este judío de Celso alega que es. Porque si Jesús simplemente hubiera dicho a sus discípulos que se guardaran de los que profesaban hacer milagros, sin declarar lo que se darían a sí mismos por ser, entonces quizá habría habido algún fundamento para su sospecha. Pero puesto que aquellos contra quienes Jesús quiere que estemos en guardia se dan a sí mismos por el Cristo —lo cual no es pretensión de hechiceros—, y puesto que dice que incluso algunos que viven mal harán milagros en el nombre de Jesús, y expulsarán demonios de los hombres, la hechicería en el caso de estos individuos, o cualquier sospecha de tal, es más bien, si así podemos decirlo, desterrada por completo, y la divinidad de Cristo establecida, así como la misión divina de sus discípulos; viendo que es posible que uno que hace uso de su nombre, y que es obrado por algún poder, de algún modo desconocido, para hacer la pretensión de que es el Cristo, parezca realizar milagros como los de Jesús, mientras otros por su nombre hagan obras semejantes a las de sus verdaderos discípulos.
Pablo, además, en la segunda Epístola a los Tesalonicenses, muestra de qué manera un día será revelado el hombre de pecado, el hijo de perdición, que se opone y se eleva sobre todo lo que se llama Dios o es adorado; de modo que se siente en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios. Y otra vez dice a los tesalonicenses: Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, para que él sea revelado a su tiempo. Porque el misterio de iniquidad ya opera; sólo que el que ahora lo detiene será quitado de en medio; y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; cuyo advenimiento es según la operación de Satanás, con todo poder, señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad en los que perecen. Y al asignar la razón por la cual se permite que el hombre de pecado continúe en existencia, dice: Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. Y por esto Dios les enviará un poder de engaño, para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que complacieron en la iniquidad. Diga ahora cualquiera si alguna de las afirmaciones del Evangelio, o de los escritos del apóstol, podría dar ocasión a la sospecha de que en ellas se contiene alguna predicción de hechicería. Cualquiera, además, que quiera, puede hallar la profecía en Daniel respecto del anticristo. Pero Celso falsifica las palabras de Jesús, pues Él no dijo que vendrían otros haciendo milagros semejantes a los suyos, sino que son hombres malvados y hechiceros, aunque Celso afirma que pronunció tales palabras. Porque así como el poder de los magos egipcios no era semejante a la gracia divinamente concedida a Moisés, sino que el resultado demostró claramente que los actos de aquéllos eran efecto de la magia, mientras que los de Moisés eran obrados por poder divino; así los procedimientos de los anticristos, y de los que fingen poder hacer milagros como discípulos de Cristo, se dice que son señales y prodigios mentirosos, que prevalecen con todo engaño de iniquidad entre los que perecen; mientras que las obras de Cristo y de sus discípulos tenían por fruto, no el engaño, sino la salvación de las almas humanas. ¿Y quién sostendría racionalmente que una vida moral mejorada, que disminuye diariamente el número de las ofensas de un hombre, podía proceder de un sistema de engaño?
II, 51
Celso, en efecto, manifestó un ligero conocimiento de la Escritura cuando hizo decir a Jesús que es un cierto Satanás quien maquina tales artificios; aunque incurre en petición de principio cuando afirma que Jesús no negó que estas obras no tienen en sí nada de divinidad, sino que proceden de hombres malvados, pues hace que cosas que difieren en especie sean la misma cosa. Ahora bien, así como el lobo no es de la misma especie que el perro, aunque parezca tener cierta semejanza en la figura de su cuerpo y en su voz, ni la paloma torcaz la misma que la tórtola, así tampoco hay semejanza alguna entre lo que se obra por el poder de Dios y lo que es efecto de la hechicería. Y podríamos decir además, en respuesta a las calumnias de Celso: ¿Han de considerarse milagros los que se obran mediante hechicería por demonios malvados, y no los que realiza una naturaleza santa y divina? ¿Y acaso la vida humana soporta lo peor, pero jamás recibe lo mejor? Ahora bien, me parece que debemos sentar como principio general que, así como dondequiera que algo malo quisiera hacerse de la misma naturaleza que el bien, debe necesariamente haber algo bueno opuesto al mal, así también, frente a aquellas cosas que se producen por hechicería, debe necesariamente haber en la vida humana algunas que sean resultado del poder divino. Y se sigue de lo mismo que debemos o aniquilar ambas y afirmar que ninguna existe, o, admitiendo la una, y en particular el mal, admitir también la realidad del bien. Ahora, si alguien sentara que por medio de la hechicería se obran obras, pero no concediera que hay también obras que son producto del poder divino, me parecería semejante a quien admitiera la existencia de sofismas y argumentos verosímiles, que aparentan establecer la verdad aunque en realidad la socavan, mientras negara que la verdad tenga morada alguna entre los hombres, o una dialéctica que difiera de la sofística. Pero si una vez admitimos que es consecuente con la existencia de la magia y la hechicería (las cuales derivan su poder de demonios malvados, que son atados por medio de elaborados encantamientos y se someten a los hechiceros) que entre los hombres deban hallarse algunas obras que proceden de un poder divino, ¿por qué no hemos de probar a los que profesan realizarlas por su vida y sus costumbres, y por las consecuencias de sus milagros, a saber, si tienden al daño de los hombres o a la reforma de la conducta? ¿Qué ministro de demonios malvados, por ejemplo, puede hacer tales cosas? ¿Y mediante qué encantamientos y artes mágicas? ¿Y quién, por otra parte, es el que, teniendo su alma y su espíritu, y también imagino su cuerpo, en estado puro y santo, recibe un espíritu divino y realiza tales obras para beneficio de los hombres y para llevarlos a creer en el Dios verdadero? Pero si hemos de investigar de una vez (sin dejarnos llevar por los milagros mismos) quién los realiza por ayuda de un poder bueno y quién por ayuda de uno malo, a fin de no calumniar a todos sin discriminación ni admirar y aceptar a todos como divinos, ¿no será manifiesto, por lo que ocurrió en los tiempos de Moisés y de Jesús, cuando naciones enteras fueron establecidas a consecuencia de sus milagros, que estos hombres obraron por medio del poder divino lo que se registra que realizaron? Porque ni la maldad ni la hechicería habrían llevado a una nación entera a elevarse no sólo sobre los ídolos y las imágenes erigidas por los hombres, sino también sobre todas las cosas creadas, y a ascender hacia el origen increado del Dios del universo.
II, 52
Pero como es un judío el que hace estas afirmaciones en el tratado de Celso, le diríamos: Te ruego, amigo, ¿por qué crees que las obras que se registran en tus escritos como realizadas por Dios por medio de Moisés son verdaderamente divinas, y te esfuerzas por refutar a los que calumniosamente afirman que fueron obradas por hechicería, como las de los magos egipcios; mientras que, imitando a tus adversarios egipcios, acusas a las que fueron hechas por Jesús, y que, según confiesas, fueron realmente realizadas, de no ser divinas? Porque si el resultado final, y el establecimiento de una nación entera por los milagros de Moisés, demuestran manifiestamente que fue Dios quien obró estas cosas en el tiempo de Moisés el legislador hebreo, ¿por qué no habría de mostrarse esto más bien en el caso de Jesús, quien realizó obras mucho mayores que las de Moisés? Porque aquél tomó a los de su propia nación, los descendientes de Abraham, que habían observado el rito de la circuncisión transmitido por tradición, y que eran cuidadosos observadores de las costumbres abrahámicas, y los sacó de Egipto, promulgando para ellos aquellas leyes que tú crees divinas; mientras que éste se aventuró en una empresa mayor, y superpuso a la constitución preexistente, y a las costumbres ancestrales y modos de vida conformes a las leyes existentes, una constitución conforme al Evangelio. Y así como era necesario, para que Moisés hallara crédito no sólo entre los ancianos, sino entre el pueblo común, que se realizaran aquellos milagros que se registra que realizó, ¿por qué no había de necesitar Jesús también, a fin de que fuera creído por los del pueblo que habían aprendido a pedir señales y prodigios, obrar tales milagros como, por su mayor grandeza y divinidad (en comparación con los de Moisés), fueron capaces de convertir a los hombres de las fábulas judaicas, y de las tradiciones humanas que prevalecían entre ellos, y hacerles admitir que Aquel que enseñó e hizo tales cosas era mayor que los profetas? Porque ¿cómo no habría de ser mayor que los profetas Aquel que fue proclamado por ellos el Cristo, y el Salvador del género humano?
II, 53
Todos los argumentos, en efecto, que este judío de Celso aduce contra los que creen en Jesús, pueden, por igual razonamiento, aducirse como fundamento de acusación contra Moisés: de modo que no hay diferencia en afirmar que la hechicería practicada por Jesús y la practicada por Moisés eran semejantes entre sí, — ambas, por lo que respecta al lenguaje de este judío de Celso, expuestas a la misma acusación; como, por ejemplo, cuando este judío dice del Cristo: Pero, ¡oh luz y verdad! Jesús con su propia voz declara expresamente, como vosotros mismos habéis registrado, que aparecerán también entre vosotros otros, que realizarán milagros como los míos, pero que son hombres malvados y hechiceros, alguno, ya griego, ya egipcio, o cualquier otro partido que no creyera al judío, podría decir respecto de Moisés: Pero, ¡oh luz y verdad! Moisés con su propia voz declara expresamente, como vosotros también habéis registrado, que aparecerán también entre vosotros otros, que realizarán milagros como los míos, pero que son hombres malvados y hechiceros. Porque está escrito en vuestra ley: "Si se levantare en medio de ti un profeta, o soñador de sueños, y te diere una señal o un prodigio, y se cumpliere la señal o el prodigio de que te habló, diciendo: Vamos en pos de otros dioses que no has conocido, y sirvámosles; no oirás las palabras de aquel profeta, o soñador de sueños", etc. De nuevo, tergiversando las palabras de Jesús, dice: Y llama a quien maquina tales cosas, un Satanás; mientras que alguno, aplicando esto a Moisés, podría decir: Y llama a quien maquina tales cosas, un profeta que sueña. Y así como este judío afirma respecto de Jesús, que ni él mismo niega que estas obras no tienen nada de divinidad, sino que son actos de hombres malvados; así cualquiera que no creyera en los escritos de Moisés podría decir, citando lo ya dicho, lo mismo, a saber: que ni el mismo Moisés niega que estas obras no tienen nada de divinidad, sino que son actos de hombres malvados. Y hará lo mismo también con respecto a esto: Obligado por la fuerza de la verdad, Moisés al mismo tiempo expuso las obras de otros, y se convenció a sí mismo de lo mismo. Y cuando el judío dice: ¿No es una inferencia miserable de los mismos actos, concluir que el uno es un Dios, y los otros hechiceros?, alguno podría objetarle, sobre la base de aquellas palabras de Moisés ya citadas: ¿No es entonces una inferencia miserable de los mismos actos, concluir que el uno es un profeta y siervo de Dios, y los otros hechiceros? Pero cuando, además de aquellas comparaciones que ya he mencionado, Celso, deteniéndose en el asunto, aduce también esta: ¿Por qué de estas obras deberían los otros ser tenidos por malvados, antes que este hombre, puesto que lo tienen por testigo contra sí mismo? — nosotros, también, aduciremos lo siguiente, además de lo ya dicho: ¿Por qué de aquellos pasajes en que Moisés nos prohíbe creer a los que muestran señales y prodigios, deberíamos considerar a tales personas como malvadas, antes que a Moisés, porque calumnia a algunos de ellos respecto de sus señales y prodigios? Y urgiendo más en el mismo sentido, para que parezca fortalecer su intento, dice: Él mismo reconoció que estas no eran obras de naturaleza divina, sino invenciones de ciertos engañadores, y de hombres muy malvados. ¿Quién es, pues, él mismo? Tú, oh judío, dices que es Jesús; pero el que te acusa de ser reo de las mismas cargas, transferirá este él mismo a la persona de Moisés.
II, 54
Después de esto, ciertamente, el judío de Celso, para mantener el carácter asignado al judío desde el principio, en su exhortación a los de sus compatriotas que se habían hecho creyentes, dice: ¿Con qué, pues, fuisteis inducidos (a haceros sus seguidores)? ¿Fue porque predijo que después de su muerte resucitaría? Ahora bien, esta pregunta, como las otras, puede ser devuelta contra Moisés. Porque podríamos decir al judío: ¿Con qué, pues, fuiste tú inducido (a hacerte seguidor de Moisés)? ¿Fue porque dejó consignada la siguiente declaración acerca de su propia muerte: 'Y murió allí Moisés, siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme al dicho del Señor; y lo sepultaron en Moab, cerca de la casa de Fogor: y nadie conoce su sepulcro hasta el día de hoy'? Porque así como el judío desacredita la declaración de que Jesús predijo que después de Su muerte resucitaría, otra persona podría hacer una afirmación semejante acerca de Moisés, y responder diciendo que Moisés también dejó consignada (porque el libro del Deuteronomio es su composición) la declaración de que nadie conoce su sepulcro hasta el día de hoy, a fin de magnificar y realzar la importancia de su lugar de sepultura, por ser desconocido a los hombres.
II, 55
El judío continúa su exhortación a los de sus compatriotas que se habían hecho creyentes, en estos términos: Vamos, concedámosos que la predicción fue realmente pronunciada. Pero ¿cuántos otros hay que practican tales trampas de prestidigitador, para engañar a sus simples oyentes, y que sacan provecho de su engaño? — como fue el caso, dicen, de Zamolxis en Escitia, esclavo de Pitágoras; y del mismo Pitágoras en Italia; y de Rhampsinito en Egipto (del cual dicen que jugó a los dados con Deméter en el Hades, y volvió al mundo superior con un pañuelo de oro que había recibido de ella como don); y también de Orfeo entre los odrisios, y de Protesilao en Tesalia, y de Hércules en el cabo Tenaro, y de Teseo. Pero la cuestión es si alguno que estuvo verdaderamente muerto resucitó alguna vez con un cuerpo verdadero. ¿O imagináis que las declaraciones de otros no sólo son mitos, sino que tienen la apariencia de tales, mientras que vosotros habéis encontrado un término decoroso y creíble para vuestro drama en la voz desde la cruz, cuando expiró, y en el terremoto y las tinieblas? Que, estando vivo, no sirvió de ayuda a sí mismo, pero que, muerto, resucitó, y mostró las marcas de su castigo, y cómo sus manos fueron perforadas con clavos: ¿quién vio esto? Una mujer medio furiosa, según afirmáis, y algún otro, quizás, de los que estaban comprometidos en el mismo sistema de engaño, que o había soñado así, a causa de un estado particular de ánimo, o bajo la influencia de una imaginación errante se había formado una apariencia conforme a sus propios deseos, como ha sucedido a innumerables individuos; o, lo que es más probable, uno que deseaba impresionar a otros con este portento, y mediante semejante falsedad dar ocasión a impostores como él.
Ahora bien, puesto que es un judío quien hace estas afirmaciones, haremos la defensa de nuestro Jesús como si respondiéramos a un judío, continuando todavía la comparación derivada de los relatos acerca de Moisés, y diciéndole: ¿Cuántos otros hay que practican trampas de prestidigitador semejantes a las de Moisés, para engañar a sus necios oyentes, y que sacan provecho de su engaño? Ahora bien, esta objeción sería más apropiada en boca de uno que no creyera en Moisés (pues podríamos citar los casos de Zamolxis y de Pitágoras, que se ocupaban en tales trampas de prestidigitador) que en la de un judío, que no está muy versado en las historias de los griegos. Además, un egipcio que no creyera los milagros de Moisés podría verosímilmente aducir el caso de Rhampsinito, diciendo que era mucho más creíble que él hubiera descendido al Hades, y hubiera jugado a los dados con Deméter, y que, después de robarle un pañuelo de oro, lo exhibiera como señal de haber estado en el Hades y de haber vuelto de allí, que que Moisés hubiera consignado que entró en las tinieblas, donde estaba Dios, y que él solo, sobre todos los demás, se acercó a Dios. Porque la siguiente es su declaración: Moisés solo se llegará al Señor; mas los demás no se llegarán. Nosotros, pues, que somos discípulos de Jesús, decimos al judío que presenta estas objeciones: Al atacar nuestra fe en Jesús, defiéndete tú, y responde al egipcio y al griego objetantes: ¿qué dirás a aquellas acusaciones que formulaste contra nuestro Jesús, pero que también podrían formularse contra Moisés en primer lugar? Y si te esforzaras vigorosamente en defender a Moisés, como en verdad su historia admite una defensa clara y poderosa, inconscientemente, al sostener a Moisés, serás un auxiliar involuntario en establecer la mayor divinidad de Jesús.
II, 56
Pero como el judío dice que estas historias sobre la pretendida bajada de héroes al Hades, y sobre su regreso de allí, son trampas de prestidigitador, sosteniendo que aquellos héroes desaparecieron por cierto tiempo, y se retiraron secretamente de la vista de todos los hombres, y después se dieron por haber vuelto del Hades —pues tal es el sentido que sus palabras parecen encerrar respecto del Orfeo odrisio, del tesalio Protesilao, del Heracles tenario, y también de Teseo—, esforcémonos en mostrar que el relato de que Jesús resucitó de entre los muertos no puede en manera alguna compararse con estos. Porque cada uno de los héroes respectivamente mencionados pudo, si hubiera querido, retirarse secretamente de la vista de los hombres, y volver de nuevo, si así lo determinaba, a aquellos a quienes había dejado; pero habiendo sido Jesús crucificado ante todos los judíos, y su cuerpo muerto en presencia de su nación, ¿cómo pueden atreverse a decir que practicó un engaño semejante al de aquellos héroes de quienes se cuenta que descendieron al Hades y de allí volvieron? Pero nosotros decimos que la siguiente consideración podría aducirse, quizás, como defensa de la crucifixión pública de Jesús, especialmente en conexión con la existencia de aquellas historias de héroes que se supone fueron obligados a descender al Hades: que si supusiéramos que Jesús murió una muerte oscura, de modo que el hecho de su fallecimiento no fuera patente a toda la nación de los judíos, y que después resucitó verdaderamente de entre los muertos, habría, en tal caso, motivo para que la misma sospecha que se concibe respecto de los héroes se concibiera también respecto de Él. Probablemente, pues, además de otras causas de la crucifixión de Jesús, esta también pudo contribuir a que muriera una muerte conspicua en la cruz: que nadie tuviera en su poder el decir que se retiró voluntariamente de la vista de los hombres, y que solo pareció morir sin hacerlo realmente; sino que, apareciendo de nuevo, hizo de la resurrección de entre los muertos una trampa de prestidigitador. Pero una prueba clara e inequívoca del hecho la hallo en la empresa de sus discípulos, que se consagraron a la enseñanza de una doctrina que llevaba aparejado peligro de la vida humana —doctrina que no habrían enseñado con tal valentía si hubieran inventado la resurrección de Jesús de entre los muertos—, y que al mismo tiempo no solo prepararon a otros a despreciar la muerte, sino que fueron ellos mismos los primeros en manifestar su desprecio de sus terrores.
II, 57
Pero observa si este judío de Celso no habla con gran ceguedad, al decir que es imposible que alguien resucite de entre los muertos con un cuerpo verdadero, siendo su lenguaje: Pero esta es la cuestión, si alguno que estuvo verdaderamente muerto resucitó alguna vez con un cuerpo verdadero? Ahora bien, un judío no habría pronunciado estas palabras, quien creyera lo que está registrado en los libros tercero y cuarto de los Reyes respecto de unos niños pequeños, de los cuales uno fue resucitado por Elías, y el otro por Eliseo. Y por esta razón también, creo, fue que Jesús se apareció a ninguna otra nación sino a los judíos, que se habían acostumbrado a los acontecimientos milagrosos; a fin de que, comparando lo que ellos mismos creían con las obras que fueron hechas por Él, y con lo que se relataba de Él, confesaran que Aquel respecto del cual se hicieron mayores cosas, y por quien fueron realizados más poderosos prodigios, era mayor que todos los que le precedieron.
II, 58
Además, después de estas historias griegas que el judío adujo respecto de aquellos que se dedicaban a prácticas de prestidigitador, y que fingían haber resucitado de entre los muertos, dice a aquellos judíos que se convierten al cristianismo: ¿Os imagináis que las afirmaciones de otros no solo son mitos, sino que tienen la apariencia de tales, mientras que vosotros habéis descubierto un término digno y creíble para vuestro drama en la voz que procedió de la cruz, cuando expiró? Respondemos al judío: Lo que tú aduces como mitos, también nosotros lo tenemos por tales; pero las afirmaciones de las Escrituras que son comunes a ambos, en las cuales no solo vosotros, sino también nosotros nos gloriamos, no las tenemos en absoluto por mitos. Y por eso otorgamos nuestra fe a quienes en ellas relataron que algunos resucitaron de entre los muertos, como no culpables de impostura; y a Él en especial, allí mencionado como resucitado, quien Él mismo predijo el acontecimiento, y fue objeto de predicción por otros. Y su resurrección es más milagrosa que la de los demás en este respecto: que ellos fueron resucitados por los profetas Elías y Eliseo, mientras que Él no fue resucitado por ninguno de los profetas, sino por su Padre que está en los cielos. Y por eso su resurrección produjo también mayores frutos que la de ellos. Pues ¿qué gran bien ha sobrevenido al mundo de la resurrección de aquellos niños por medio de Elías y de Eliseo, semejante al que ha resultado de la predicación de la resurrección de Jesús, aceptada como artículo de fe, y obrada por el poder divino?
II, 59
Imagina también que tanto el terremoto como las tinieblas fueron una invención; pero respecto de esto hemos hecho nuestra defensa, según nuestra capacidad, en las páginas precedentes, aduciendo el testimonio de Flegonte, quien refiere que estos acontecimientos tuvieron lugar en el tiempo en que padeció nuestro Salvador. Y prosigue diciendo que Jesús, mientras vivió, no fue de provecho para sí mismo en nada, sino que resucitó después de la muerte, y exhibió las señales de su castigo, y mostró cómo sus manos habían sido atravesadas por los clavos. Le preguntamos qué quiere decir con la expresión: no fue de provecho para sí mismo. Porque si entiende que se refiere a la falta de virtud, respondemos que Él fue de grandísimo provecho para sí mismo. Pues no pronunció ni cometió nada impropio, sino que fue verdaderamente llevado como oveja al matadero, y mudo como cordero delante del trasquilador; y el Evangelio da testimonio de que no abrió su boca. Pero si Celso aplica la expresión a las cosas indiferentes y corporales (dando a entender que en tales Jesús no podía prestar ayuda a sí mismo), decimos que hemos demostrado por los Evangelios que fue voluntariamente al encuentro de sus padecimientos. Pasando después a las afirmaciones de los Evangelios, de que después de su resurrección mostró las señales de su castigo, y cómo sus manos habían sido atravesadas, pregunta: ¿Quién vio esto? Y desacreditando el relato de María Magdalena, de quien se refiere que lo vio, responde: Una mujer medio frenética, según vosotros decís. Y porque ella no es la única de quien se registra que vio al Salvador después de su resurrección, sino que se mencionan también otros, este judío de Celso calumnia también estas afirmaciones al añadir: ¡Y algún otro de los que participaban en el mismo sistema de engaño!
II, 60
En el lugar siguiente, como si fuera posible esto, a saber, que la imagen de un hombre muerto pudiera aparecerse a otro como si aún estuviera vivo, adopta esta opinión como epicúreo, y dice: Que alguno, habiendo soñado así a causa de un estado peculiar de su ánimo, o habiendo formado, bajo la influencia de una imaginación pervertida, tal apariencia como él mismo deseaba, contó que tal había sido visto; y esto, prosigue, ha acontecido a individuos sin número. Pero aun cuando esta afirmación suya parece tener considerable fuerza, no deja de ser apta sólo para confirmar una doctrina necesaria: que el alma de los muertos existe en un estado separado (del cuerpo); y quien adopta tal opinión no cree sin buena razón en la inmortalidad, o al menos en la continua existencia del alma, como incluso dice Platón en su tratado sobre el Alma, que fantasmas sombríos de personas ya muertas se han aparecido a algunos junto a sus sepulcros. Ahora bien, los fantasmas que existen en torno al alma de los muertos son producidos por alguna sustancia, y esta sustancia está en el alma, la cual existe aparte en un cuerpo que se dice de apariencia espléndida. Pero Celso, no queriendo admitir semejante opinión, quiere que algunos tuvieron una visión estando despiertos, y, bajo la influencia de una imaginación pervertida, formaron en sí mismos tal imagen como deseaban. Ahora, no es irracional creer que un sueño pueda tener lugar mientras uno duerme; pero suponer una visión en vigilia en el caso de quienes no están del todo fuera de sus sentidos, y bajo la influencia del delirio o de la hipocondría, es increíble. Y Celso, viendo esto, llamó medio frenética a la mujer —afirmación que no hace la historia que registra el hecho, sino de la cual tomó ocasión para acusar los acontecimientos de ser falsos.
II, 61
Jesús pues, como Celso imagina, exhibió después de su muerte sólo la apariencia de las heridas recibidas en la cruz, y no fue en realidad herido como se describe que lo fue; mientras que, según la enseñanza del Evangelio —algunas partes del cual acepta Celso arbitrariamente, para hallar motivo de acusación, y otras partes rechaza—, Jesús llamó a sí a uno de sus discípulos que era escéptico, y que consideraba el milagro una imposibilidad. Ese individuo, en efecto, había expresado su fe en la afirmación de la mujer que dijo haberle visto, porque no consideraba imposible que el alma de un muerto pudiera ser vista; pero aún no consideraba verdadero el informe de que había resucitado en un cuerpo, que era el antitipo del anterior. Y por eso no dijo meramente: Si no viere, no creeré; sino que añadió: Si no pusiere mi dedo en la marca de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Estas palabras las dijo Tomás, quien consideraba posible que el cuerpo del alma pudiera ser visto por el ojo de los sentidos, semejante en todo a su apariencia anterior,
Tanto en estatura como en hermosura de ojos, y en voz;
y con frecuencia, también,
Teniendo, además, tales vestiduras en torno al cuerpo (como cuando vivía).
Jesús, pues, habiendo llamado a Tomás, dijo: Llega aquí tu dedo, y mira mis manos; y llega aquí tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
II, 62
Por tanto se siguía de todas las predicciones que fueron pronunciadas acerca de Él —entre las cuales estaba esta predicción de la resurrección—, y de todo lo que Él hizo, y de todos los acontecimientos que le sobrevinieron, que este suceso debía ser maravilloso sobre todos los demás. Porque había sido dicho de antemano por el profeta en la persona de Jesús: Mi carne reposará en esperanza, y no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Y en verdad, después de su resurrección, existió en un cuerpo intermedio, por así decirlo, entre lo grosero del que tenía antes de sus padecimientos, y la apariencia de un alma no cubierta por tal cuerpo. Y de ahí que, estando sus discípulos reunidos, y Tomás con ellos, viniera Jesús, estando las puertas cerradas, y se pusiese en medio, y dijese: Paz sea a vosotros. Luego dice a Tomás: Llega aquí tu dedo, etc. Y también en el Evangelio de Lucas, mientras Simón y Cleofas conversaban entre sí acerca de todo lo que les había acontecido, Jesús se acercó, y caminó con ellos. Y los ojos de ellos eran retenidos para que no le conociesen. Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis? Y cuando sus ojos fueron abiertos, y le conocieron, entonces la Escritura dice, en palabras expresas: Y desapareció de entre ellos. Y aunque Celso quiera poner lo que se cuenta de Jesús, y de los que le vieron después de su resurrección, al mismo nivel que apariciones imaginarias de otra clase, y de los que han inventado tales, sin embargo, para los que hacen un examen candoroso e inteligente, los acontecimientos aparecerán tanto más milagrosos.
II, 63
Después de estos puntos, Celso se apresura a lanzar contra la narración evangélica una acusación que no debe pasarse por alto a la ligera, diciendo que si Jesús deseaba mostrar que su poder era verdaderamente divino, debió aparecerse a los que le habían maltratado, y al que le había condenado, y a todos los hombres en general. Porque a nosotros también nos parece verdadero, según el relato evangélico, que no fue visto después de su resurrección del mismo modo que antes solía mostrarse —públicamente, y a todos los hombres. Pero se relata en los Hechos que, siendo visto durante cuarenta días, les exponía a sus discípulos las cosas pertenecientes al reino de Dios. Y en los Evangelios no se afirma que estuviera siempre con ellos; sino que en una ocasión apareció en medio de ellos, después de ocho días, estando las puertas cerradas, y en otra de manera semejante. Y también Pablo, en las porciones finales de la primera Epístola a los Corintios, con referencia a no haberse aparecido públicamente como en el período anterior a sus padecimientos, escribe así: Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; y que apareció a Cefas, y luego a los doce: después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales la mayor parte vive hasta ahora, pero algunos ya durmieron. Después apareció a Santiago, luego a todos los apóstoles. Y en último lugar de todos se me apareció también a mí, como a un abortivo. Ahora bien, es mi opinión que las afirmaciones de este pasaje contienen grandes y maravillosos misterios, que están más allá del alcance no solo de la gran multitud de los creyentes comunes, sino incluso de los que han avanzado mucho (en el conocimiento cristiano), y que en ellos se explicaría la razón por la cual no se mostró, después de su resurrección de entre los muertos, del mismo modo que antes de aquel acontecimiento. Y en un tratado de esta naturaleza, compuesto en respuesta a una obra dirigida contra los cristianos y su fe, observa si somos capaces de aducir algunos argumentos racionales de entre un número mayor, y de imprimir así una impresión en los oyentes de esta apología.
II, 64
Aunque Jesús era solo un único individuo, era, sin embargo, más de una cosa, según el diferente punto de vista desde el cual pudiera ser considerado; ni fue visto del mismo modo por todos los que le contemplaron. Ahora bien, que era más de una cosa, según el variado punto de vista, es claro por esta afirmación: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; y por esta: Yo soy el pan; y por esta: Yo soy la puerta, y por otras innumerables. Y que, al ser visto, no apareció de igual manera a todos los que le vieron, sino según la capacidad de cada uno para recibirle, será claro para los que adviertan por qué, cuando estaba a punto de ser transfigurado en el alto monte, no admitió a todos sus apóstoles (a esta visión), sino solo a Pedro, y a Santiago, y a Juan, porque ellos solos eran capaces de contemplar su gloria en aquella ocasión, y de observar el aspecto glorificado de Moisés y de Elías, y de escuchar su conversación, y la voz de la nube celestial. Opino también que, antes de subir al monte adonde vinieron a él solos sus discípulos, y donde les enseñó las bienaventuranzas, cuando estaba en la parte inferior del monte, y cuando, al hacerse tarde, sanaba a los que le eran traídos, librándolos de toda enfermedad y dolencia, no se mostraba la misma persona a los enfermos y a los que necesitaban su auxilio sanador, que a los que podían, por su fortaleza, subir el monte junto con él. Y aun cuando interpretaba en privado a sus propios discípulos las parábolas que se decían a las multitudes de fuera, a quienes se retenía la explicación, ya que los que las oían explicadas estaban dotados de órganos de oído más elevados que los que las oían sin explicación, así también era enteramente lo mismo respecto de los ojos de su alma, y, creo, también de los de su cuerpo. Y la siguiente afirmación muestra que no tenía siempre el mismo aspecto, a saber, que Judas, estando a punto de entregarle, dijo a las multitudes que salían con él, por no conocerle: A quien yo besare, ése es. Y creo que el Salvador mismo indica lo mismo con las palabras: Cada día estaba con vosotros enseñando en el templo, y no me tomasteis. Teniendo, pues, tan sublimes concepciones respecto de Jesús, no solo en cuanto a la Deidad interior, oculta a la vista de la multitud, sino en cuanto a la transfiguración de su cuerpo, que tuvo lugar cuando él quería y ante quienes él quería, decimos que, antes de que Jesús despojara los gobiernos y las potestades, y mientras aún no estaba muerto al pecado, todos los hombres eran capaces de verle; pero que, cuando hubo despojado los gobiernos y las potestades, y ya no tuvo nada que pudiera ser visto por la multitud, todos los que antes le habían visto no pudieron ya contemplarle. Y por eso, ahorrándoles tal visión, no se mostró a todos después de su resurrección de entre los muertos.
II, 65
Y por qué digo a todos? Porque ni siquiera con sus propios apóstoles y discípulos estaba perpetuamente presente, ni se mostraba constantemente a ellos, porque no eran capaces de recibir su divinidad sin intermisión. Porque su deidad era más resplandeciente después de haber terminado la economía (de la salvación): y esto Pedro, llamado Cefas, como las primicias de los apóstoles, fue capaz de contemplar, y junto con él los doce (habiendo sido sustituido Matías en lugar de Judas); y después de ellos se apareció a los quinientos hermanos a la vez, y luego a Santiago, y posteriormente a todos los demás además de los doce apóstoles, quizás también a los setenta, y por último a Pablo, como a uno nacido fuera de tiempo, y que sabía bien decir: A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me es dada esta gracia; y probablemente la expresión el más pequeño de todos tiene el mismo significado que uno nacido fuera de tiempo. Porque así como nadie podría culpar razonablemente a Jesús por no haber admitido a todos sus apóstoles al alto monte, sino solo a los tres ya mencionados, con ocasión de su transfiguración, cuando estaba a punto de manifestar el esplendor que aparecía en sus vestiduras, y la gloria de Moisés y de Elías que hablaban con él, así tampoco nadie podría objetar razonablemente a las afirmaciones de los apóstoles, quienes presentan la aparición de Jesús después de su resurrección como hecha no a todos, sino solo a aquellos que él sabía que habían recibido ojos capaces de ver su resurrección. Pienso, además, que la siguiente afirmación respecto de él tiene un valor apologético en relación con nuestro tema, a saber: Porque para esto murió Cristo, y resucitó, para que sea Señor así de los ‘muertos como de los vivos.’ Porque obsérvese, se da a entender en estas palabras que Jesús murió para que fuese Señor de los muertos; y que resucitó para ser Señor no solo de los muertos, sino también de los vivos. Y el apóstol entiende, sin duda, por los muertos sobre quienes Cristo ha de ser Señor, a los que son llamados así en la primera Epístola a los Corintios: Porque la trompeta sonará, y los muertos serán resucitados incorruptibles; y por los vivos, a los que han de ser transformados, y que son diferentes de los muertos que han de resucitar. Y respecto de los vivos las palabras son estas: Y nosotros seremos transformados; expresión que sigue inmediatamente después de la afirmación: Los muertos serán resucitados primero. Además, en la primera Epístola a los Tesalonicenses, describiendo la misma transformación en palabras diferentes, dice que los que duermen no son los mismos que los que están vivos; su lenguaje es: No quiero que ignoréis, hermanos, acerca de los que duermen, que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que durmieron en Jesús. Por tanto, os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. La explicación que nos pareció apropiada a este pasaje la dimos en las observaciones exegéticas que hemos hecho sobre la primera Epístola a los Tesalonicenses.
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Y no os sorprendáis de que todas las multitudes que han creído en Jesús no contemplen su resurrección, cuando Pablo, escribiendo a los corintios, puede decirles, como incapaces de recibir asuntos mayores: Porque nada me propuse saber entre vosotros, sino a Jesucristo, y este crucificado; que equivale a decir: Aún no podéis, ni aun ahora podéis, porque aún sois carnales. Haciendo, pues, la Escritura todo por disposición de Dios, ha registrado de Jesús que antes de sus padecimientos se apareció a todos indistintamente, pero no siempre; mientras que después de sus padecimientos ya no se apareció a todos de la misma manera, sino con cierta discriminación que repartía a cada uno lo que le era debido. Y así como se relata que Dios se apareció a Abraham, o a alguno de los santos, y esta aparición no era algo constante, sino que ocurría a intervalos, y no a todos, así entended que el Hijo de Dios se apareció en un caso según el mismo principio por el que Dios se apareció a este último.