VIII, 36
Pero los ángeles, quienes son los verdaderos gobernantes, generales y ministros de Dios, no dañan, como supone Celso, a los que los ofenden; y si ciertos demonios, en quienes pensaba Celso, infligen males, muestran con ello que son malvados, y que no han recibido de Dios oficio alguno de esa clase. Y aun hacen daño a los que están bajo ellos y los han reconocido como sus señores; y por consiguiente, como parecería que quienes quebrantan las normas vigentes en cualquier país en materia de alimentos sufren por ello si están bajo los demonios de aquel lugar, mientras que los que no lo están, y no se han sometido a su poder, están libres de todo daño y desafían a tales espíritus; aunque si, por ignorancia de ciertas cosas, han caído bajo el poder de otros demonios, pueden sufrir castigo de ellos. Pero el cristiano —el verdadero cristiano, quiero decir—, que se ha sometido solo a Dios y a su Verbo, no sufrirá nada de los demonios, porque Él es más poderoso que los demonios. Y el cristiano no sufrirá nada, porque el ángel del Señor acampará en torno a los que le temen, y los librará; y su ángel, que contempla siempre el rostro de su Padre en los cielos, presenta sus oraciones por medio del único Sumo Sacerdote al Dios de todas las cosas, y une también sus propias oraciones a las del hombre que le ha sido encomendado. No intente, pues, Celso atemorizarnos con amenazas de daño de los demonios, porque los despreciamos. Y los demonios, despreciados, no pueden hacer daño alguno a los que están bajo la protección de Aquel que solo puede ayudar a todos los que merecen su auxilio; y no hace menos que poner a sus propios ángeles sobre sus siervos devotos, de modo que ninguno de los ángeles hostiles, ni aun aquel que es llamado príncipe de este mundo, puede hacer nada contra los que se han entregado a Dios.
VIII, 37
En el lugar siguiente, Celso olvida que se dirige a cristianos, que oran a Dios solo por medio de Jesús; y mezclando otras nociones con las de ellos, las atribuye absurdamente todas a los cristianos. Si, dice, aquellos a quienes se invoca son llamados por nombres bárbaros, tendrán poder, pero ya no lo tendrán si se les invoca en griego o en latín. Diga, pues, claramente a quiénes llamamos en nuestro auxilio por nombres bárbaros. Cualquiera se convencerá de que es falsa la acusación que Celso formula contra nosotros, cuando considere que los cristianos, al orar, no usan siquiera los nombres precisos que la divina Escritura aplica a Dios; sino que los griegos usan nombres griegos, los romanos nombres latinos, y cada cual ora y canta alabanzas a Dios como mejor puede, en su lengua materna. Porque el Señor de todas las lenguas de la tierra oye a los que le oran en cada lengua distinta, oyendo, si así puedo decirlo, una sola voz que se expresa en diferentes dialectos. Porque el Dios Altísimo no es como aquellos que escogen una sola lengua, bárbara o griega, sin conocer ninguna otra y sin cuidarse de los que hablan en otras lenguas.
VIII, 38
En seguida presenta a los cristianos diciendo lo que jamás oyó de ningún cristiano; o si lo oyó, habrá sido de alguno de los más ignorantes y sin ley del pueblo. He aquí, se les hace decir: Subo a una estatua de Júpiter o de Apolo, o de algún otro dios: la injurio y la golpeo, y sin embargo no toma venganza de mí. No advierte que entre las prohibiciones de la ley divina está esta: No maldecirás a los dioses, y que su fin es impedir que se forme el hábito de maldecir a cualquiera; porque hemos sido enseñados: Bendecid, y no maldigáis, y se dice que los maldicientes no heredarán el reino de Dios. ¿Y quién de nosotros es tan necio como para hablar del modo que Celso describe, y no ver que semejante lenguaje despectivo de nada sirve para apartar las nociones prevalecientes acerca de los dioses? Porque es cosa observable que hay hombres que niegan por completo la existencia de un Dios o de una providencia que gobierna todas las cosas, y que con su impía y destructora enseñanza han fundado sectas entre los llamados filósofos, y sin embargo ni ellos mismos ni los que han abrazado sus opiniones han padecido ninguna de aquellas cosas que los hombres generalmente tienen por males: son fuertes de cuerpo y ricos en posesiones. Y sin embargo, si preguntamos qué pérdida han sufrido, hallaremos que han sufrido el más cierto daño. Porque ¿qué daño mayor puede sobrevenir a un hombre que no poder ver, en medio del orden del mundo, a Aquel que lo hizo? ¿Y qué aflicción más amarga puede venir a alguien que esa ceguera de la mente que le impide ver al Creador y Padre de toda alma?
VIII, 39
Tras poner tales palabras en nuestra boca, y acusar maliciosamente a los cristianos de sentimientos que jamás sostuvieron, procede luego a dar a esta supuesta expresión del sentir cristiano una respuesta, que es en verdad más burla que respuesta, cuando dice: ¿No veis, buen señor, que vuestro propio demonio no solo es injuriado, sino desterrado de toda tierra y de todo mar, y que vosotros mismos, que sois como una imagen dedicada a él, sois atados y llevados al suplicio, y clavados al madero, mientras vuestro demonio —o, como lo llamáis, 'el Hijo de Dios'— no toma venganza del malhechor? Esta respuesta sería admisible si empleásemos el lenguaje que nos atribuye; aunque aun entonces no tendría derecho a llamar al Hijo de Dios un demonio. Porque como sostenemos que todos los demonios son malos, Aquel que vuelve a tantos hombres a Dios no es, a nuestro juicio, un demonio, sino Dios el Verbo, y el Hijo de Dios. Y no sé cómo Celso se ha olvidado tanto de sí mismo como para llamar a Jesucristo un demonio, cuando en ninguna parte alude a la existencia de demonios malos. Y finalmente, en cuanto a los castigos amenazados contra los impíos, vendrán sobre ellos después de haber rehusado todos los remedios, y de haber sido, por así decirlo, visitados por una enfermedad incurable de maldad.
VIII, 40
Tal es nuestra doctrina del castigo; y la inculcación de esta doctrina aparta a muchos de sus pecados. Pero veamos, por otra parte, cuál es la respuesta dada sobre este asunto por el sacerdote de Júpiter o de Apolo del cual habla Celso. Es esta: Los molinos de los dioses muelen lentamente. Otro describe el castigo como alcanzando a los hijos de los hijos, y a los que vinieren después de ellos. Cuánto mejores son aquellas palabras de la Escritura: Los padres no serán muertos por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno será muerto por su propio pecado. Y otra vez: Todo el que comiere la uva agraz, sus dientes serán embotados. Y: El hijo no llevará la maldad del padre, ni el padre llevará la maldad del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la maldad del impío será sobre él. Si alguno dijere que la respuesta: A los hijos de los hijos, y a los que vengan después de ellos, corresponde a aquel pasaje: Que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, aprenda de Ezequiel que este lenguaje no ha de tomarse en sentido literal; pues reprende a los que dicen: Nuestros padres comieron la uva agraz, y los dientes de los hijos fueron embotados, y luego añade: Vivo yo, dice el Señor, que cada uno morirá por su propio pecado. En cuanto al significado propio del lenguaje figurado acerca de que las maldades son visitadas hasta la tercera y cuarta generación, no podemos detenernos ahora a explicarlo.
VIII, 41
Prosigue luego insultándonos a la manera de las viejas. Vosotros, dice, os burláis y ultrajáis las estatuas de nuestros dioses; pero si hubierais ultrajado en persona a Baco o a Hércules, quizá no lo habríais hecho impunemente. Pero los que crucificaron a vuestro Dios cuando estaba presente entre los hombres no sufrieron nada por ello, ni en aquel momento ni durante el resto de sus vidas. ¿Y qué novedad ha ocurrido desde entonces que nos haga creer que no era un impostor, sino el Hijo de Dios? Y, en efecto, el que envió a su Hijo con ciertas instrucciones para el género humano permitió que fuera así cruelmente tratado, y que sus instrucciones perecieran con él, sin mostrar jamás, en todo este largo tiempo, la menor preocupación. ¿Qué padre fue jamás tan inhumano? Quizá, en efecto, digáis que sufrió tanto porque fue su voluntad soportar lo que le venía. Pero a los que vosotros ultrajáis maliciosamente les es lícito usar el mismo lenguaje y decir que desean ser ultrajados, y que por eso lo soportan con paciencia; pues es mejor tratar por igual a ambas partes — aunque estos (dioses) castigan severamente al burlador, de modo que ha de huir y esconderse, o ser apresado y perecer. Ahora bien, a estas afirmaciones responderíamos que nosotros no ultrajamos a nadie, porque creemos que los ultrajadores no heredarán el reino de Dios. Y leemos: Bendecid a los que os maldicen; bendecid, y no maldigáis; también: Siendo ultrajados, bendecimos. Y aunque el improperio que vertimos sobre otro parezca tener alguna excusa en el agravio que de él hemos recibido, tal improperio no es permitido por la palabra de Dios. ¡Y cuánto más debemos abstenernos de ultrajar a otros, cuando consideramos cuán gran locura es! E igual de necio es aplicar lenguaje injurioso a la piedra, o al oro, o a la plata, convertidos en lo que se supone ser la forma de Dios por los que no tienen conocimiento de Dios. Por tanto, no arrojamos burla sobre las imágenes sin vida, sino solamente sobre los que las adoran. Además, si ciertos demonios habitan en ciertas imágenes, y uno de ellos pasa por Baco y otro por Hércules, no los vilipendiamos: porque, por una parte, sería inútil; y, por otra, no conviene a quien es manso, y pacífico, y apacible de espíritu, y que ha aprendido que nadie entre los hombres o los demonios ha de ser ultrajado, por perverso que sea.
VIII, 42
Hay una incongruencia en la que, extrañamente, Celso ha incurrido sin advertirlo. Aquellos demonios o dioses a quienes ensalzaba un poco antes, muestra ahora que son en realidad las más viles de las criaturas, que castigan más por su propia venganza que por la corrección de quienes los ultrajan. Sus palabras son: Si hubierais ultrajado en persona a Baco o a Hércules, no lo habríais hecho impunemente. Cómo puede alguien oír sin estar presente en persona, lo dejo a quien quiera que lo explique; así como aquellas otras preguntas: ¿Por qué está a veces presente y a veces ausente? y, ¿Cuál es el negocio que lleva a los demonios de un lugar a otro? De nuevo, cuando dice: Los que crucificaron a vuestro Dios mismo no sufrieron daño alguno por hacerlo, supone que es el cuerpo de Jesús extendido en la cruz y muerto, y no su naturaleza divina, lo que nosotros llamamos Dios; y que fue como Dios que Jesús fue crucificado y muerto. Como ya nos hemos detenido largamente en los sufrimientos que Jesús padeció como hombre, no diremos aquí más a propósito, para no repetir lo que ya hemos dicho. Pero cuando prosigue diciendo que los que dieron muerte a Jesús no sufrieron nada después durante tanto largo tiempo, debemos informarle, así como a todos los dispuestos a aprender la verdad, que la ciudad en la que el pueblo judío pidió a gritos la crucifixión de Jesús, diciendo: Crucifícale, crucifícale, prefiriendo que fuera puesto en libertad el ladrón, que había sido arrojado a la cárcel por sedición y asesinato, y que Jesús, entregado por envidia, fuera crucificado — que esta ciudad, no mucho después, fue atacada y, tras un largo asedio, enteramente derribada y asolada; porque Dios juzgó a los habitantes de aquel lugar indignos de vivir juntos la vida de ciudadanos. Y, sin embargo, aunque pueda parecer cosa increíble de decir, Dios perdonó a este pueblo al entregarlo a sus enemigos; porque vio que eran incurablemente reacios a toda enmienda, y que se hundían cada día más y más en el mal. Y todo esto les aconteció porque la sangre de Jesús fue derramada por su instigación y en su tierra; y la tierra ya no pudo soportar a los culpables de tan temible crimen contra Jesús.
VIII, 43
Alguna cosa nueva, pues, ha acontecido desde el tiempo en que Jesús padeció — me refiero, quiero decir, a lo que ha sucedido a la ciudad, a toda la nación, y al súbito y general surgimiento de una comunidad cristiana. Y también es cosa nueva que aquellos que eran extraños a los pactos de Dios, sin parte en sus promesas y alejados de la verdad, hayan sido capacitados por un poder divino para abrazar la verdad. Estas cosas no fueron obra de un impostor, sino obra de Dios, que envió a su Verbo, Jesucristo, para dar a conocer sus designios. Los sufrimientos y la muerte que Jesús padeció con tanta fortaleza y mansedumbre muestran la crueldad e injusticia de quienes los infligieron, pero no destruyeron el anuncio de los designios de Dios; antes bien, si así podemos decirlo, sirvieron para darlos a conocer. Porque el propio Jesús nos enseñó esto cuando dijo: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda él solo; mas si muere, lleva mucho fruto. Jesús, pues, que es este grano de trigo, murió, y llevó mucho fruto. Y el Padre espera siempre los frutos de la muerte del grano de trigo, tanto los que ahora brotan como los que brotarán en adelante. El Padre de Jesús es, por tanto, un Padre tierno y amoroso, aunque no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó como su cordero por todos nosotros, a fin de que el Cordero de Dios, muriendo por todos los hombres, quitara el pecado del mundo. No fue, pues, por compulsión, sino voluntariamente, como soportó las injurias de quienes lo ultrajaban. Entonces Celso, volviendo a aquellos que dirigen palabras injuriosas contra las imágenes, dice: De aquellos a quienes vosotros cargáis de insultos, podéis decir de igual modo que se someten voluntariamente a tal tratamiento, y que por eso soportan las injurias con paciencia; pues es mejor tratar por igual a ambas partes. Y sin embargo, estos castigan severamente al burlador, de modo que ha de huir y esconderse, o ser apresado y perecer. No es, pues, porque los cristianos lancen insultos contra los demonios por lo que incurren en su venganza, sino porque los expulsan de las imágenes, y de los cuerpos y almas de los hombres. Y aquí, aunque Celso no lo advierte, ha dicho sobre este punto algo semejante a la verdad; porque es verdad que las almas de aquellos que condenan a los cristianos, los entregan y se regocijan en perseguirlos, están llenas de demonios de maldad.
VIII, 44
Pero cuando las almas de aquellos que mueren por la fe cristiana se apartan del cuerpo con gran gloria, destruyen el poder de los demonios y frustran sus designios contra los hombres. Por eso imagino que, como los demonios han aprendido por experiencia que son vencidos y sojuzgados por los mártires de la verdad, temen recurrir de nuevo a la violencia. Y así, hasta que olviden las derrotas que han sufrido, es probable que el mundo esté en paz con los cristianos. Pero cuando recobren su poder, y, con los ojos cegados por el pecado, quieran de nuevo vengarse de los cristianos y perseguirlos, entonces serán de nuevo vencidos, y entonces de nuevo las almas de los piadosos, que entregan su vida por la causa de la piedad, destruirán por completo el ejército del impío. Y como los demonios perciben que aquellos que vencen a la muerte por causa de la religión destruyen su autoridad, mientras que aquellos que ceden bajo sus sufrimientos y niegan la fe caen bajo su poder, imagino que a veces sienten un profundo interés por los cristianos cuando están siendo juzgados, y se esfuerzan vivamente por atraerlos a su bando, sintiendo, como sienten, que su confesión es un tormento para ellos, y que su negación es un alivio y un estímulo. Y rastros del mismo sentimiento pueden verse en el comportamiento de los jueces; pues se afligen sobremanera al ver a quienes soportan con paciencia el ultraje y la tortura, pero se regocijan en gran manera cuando un cristiano cede bajo ella. Y sin embargo, esto no surge de ningún sentimiento de humanidad. Ven bien que, aunque las lenguas de quienes son vencidos por los tormentos puedan prestar el juramento, la mente no ha jurado. Y esto puede servir de respuesta a la observación de Celso: Sin embargo, estos castigan severamente al burlador, de modo que ha de huir y esconderse, o ser apresado y perecer. Si un cristiano huye alguna vez, no es por miedo, sino en obediencia al mandato de su Maestro, a fin de preservarse y emplear su fortaleza en beneficio de otros.
VIII, 45
Veamos lo que Celso dice a continuación. Es como sigue: ¿Qué necesidad hay de reunir todas las respuestas oraculares, que han sido pronunciadas con voz divina por sacerdotes y sacerdotisas, así como por otros, ya sean hombres o mujeres, que estaban bajo una influencia divina? — todas las cosas maravillosas que se han oído salir del santuario interior? — todas las revelaciones que se han hecho a quienes consultaban a las víctimas sacrificales? — y todo el conocimiento que se ha transmitido a los hombres por medio de otras señales y prodigios? A algunos los dioses se les han aparecido en formas visibles. El mundo está lleno de tales ejemplos. ¡Cuántas ciudades han sido fundadas en obediencia a órdenes recibidas de oráculos; cuántas veces, del mismo modo, han sido libradas de la enfermedad y del hambre! O, por el contrario, ¡cuántas ciudades, por desprecio u olvido de estos oráculos, han perecido miserablemente! ¡Cuántas colonias han sido establecidas y florecido siguiendo sus órdenes! ¡Cuántos príncipes y particulares han tenido, por esta causa, prosperidad o adversidad! ¡Cuántos, que se lamentaban por su esterilidad, han obtenido la bendición que pedían! ¡Cuántos han apartado de sí mismos la ira de los demonios! ¡Cuántos, que estaban mutilados en sus miembros, los han visto restaurados! Y, de nuevo, ¡cuántos han recibido un castigo sumario por mostrar falta de reverencia hacia los templos — unos siendo presa al instante de la locura, otros confesando abiertamente sus crímenes, otros poniendo fin a sus vidas, y otros convirtiéndose en víctimas de males incurables! Y, en verdad, algunos han sido muertos por una voz terrible que salía del santuario interior. No sé cómo ocurre que Celso presenta estos hechos como indudables, mientras al mismo tiempo trata como meras fábulas las maravillas que se nos han transmitido y registrado como acontecidas entre los judíos, o como realizadas por Jesús y sus discípulos. Pues ¿por qué no podrían ser verdaderos nuestros relatos, y fábulas e invenciones los de Celso? Al menos, estos últimos no fueron creídos por los seguidores de Demócrito, Epicuro y Aristóteles, aunque quizás estas sectas griegas se habrían convencido por las pruebas en apoyo de nuestros milagros, si Moisés, o alguno de los profetas que obraron esas maravillas, o el propio Jesucristo, se hubieran cruzado en su camino.
VIII, 46
Se ha contado que la sacerdotisa de Apolo permitía a veces que sus respuestas fueran influidas por sobornos; pero nuestros profetas eran admirados por su sencilla veracidad, no solo por sus contemporáneos, sino también por los que vivieron en tiempos posteriores. Pues por medio de las órdenes pronunciadas por los profetas se fundaron ciudades, se curaron hombres y se detuvieron plagas. En efecto, toda la raza judía salió como colonia de Egipto a Palestina, conforme a los oráculos divinos. También ellos, cuando seguían los mandamientos de Dios, prosperaban; cuando se apartaban de ellos, sufrían reveses. ¿Qué necesidad hay de citar todos los príncipes y particulares de la historia sagrada que les fue bien o mal según obedecían o despreciaban las palabras de los profetas? Si nos referimos a los que eran infelices por carecer de hijos, pero que, tras ofrecer oraciones al Creador de todas las cosas, llegaron a ser padres y madres, lea cualquiera los relatos de Abraham y Sara, a quienes en avanzada edad les nació Isaac, el padre de toda la nación judía; y hay otros ejemplos de lo mismo. Lea también el relato de Ezequías, quien no solo se recuperó de su enfermedad, según la predicción de Isaías, sino que tuvo además la audacia de decir: Después yo engendraré hijos, los cuales anunciarán tu justicia. Y en el cuarto libro de los Reyes leemos que el profeta Eliseo anunció a una mujer que lo había hospedado que, por la gracia de Dios, tendría un hijo; y por las oraciones de Eliseo llegó a ser madre. Los lisiados eran curados por Jesús en gran número. Y los libros de los Macabeos relatan qué castigos se infligieron a los que se atrevieron a profanar el servicio judío en el templo de Jerusalén.
VIII, 47
Pero los griegos dirán que estos relatos son fabulosos, aunque dos naciones enteras son testigos de su verdad. Pero ¿por qué no hemos de considerar fabulosos los relatos de los griegos antes que aquellos? Quizá alguno, sin embargo, deseando no parecer que acepta a ciegas sus propias afirmaciones y rechaza las de los demás, concluiría, tras un examen detenido del asunto, que los prodigios referidos por los griegos fueron obrados por ciertos demonios; los que se cuentan de los judíos, por profetas o por ángeles, o por Dios por medio de los ángeles; y los que refieren los cristianos, por el mismo Jesús, o por su poder que obraba en sus apóstoles. Comparemos, pues, todos estos relatos entre sí; examinemos el fin y el propósito de los que los obraron; e investiguemos qué efecto se produjo en las personas por cuya causa se realizaron estos actos de benevolencia, si provechoso o dañino, o ni lo uno ni lo otro. El antiguo pueblo judío, antes de pecar contra Dios y de ser por su gran maldad desechado por Él, debió de ser evidentemente un pueblo de gran sabiduría. Pero los cristianos, que de manera tan admirable se constituyeron en comunidad, parecen al principio haberse dejado llevar más por los milagros que por las exhortaciones a abandonar las instituciones de sus padres y adoptar otras del todo extrañas para ellos. Y en verdad, si razonáramos según lo verosímil acerca de la primera formación de la sociedad cristiana, diríamos que es increíble que los apóstoles de Jesucristo, hombres iletrados de vida humilde, se hubieran atrevido a predicar la verdad cristiana a los hombres por otra cosa que por el poder que les fue conferido, y por la gracia que acompañaba sus palabras y las hacía eficaces; y los que los oían no habrían renunciado a las costumbres antiguas de sus padres, ni se habrían dejado inducir a adoptar nociones tan diferentes de aquellas en que fueron educados, si no hubieran sido movidos por algún poder extraordinario y por la fuerza de los hechos milagrosos.
VIII, 48
En el lugar siguiente, Celso, después de referirse al entusiasmo con que los hombres están dispuestos a contender hasta la muerte antes que abjurar del cristianismo, añade, cosa bastante extraña, algunas observaciones con las que pretende mostrar que nuestras doctrinas se asemejan a las que pronuncian los sacerdotes en la celebración de los misterios paganos. Dice: Así como vosotros, buenos señores, creéis en los castigos eternos, así también los sacerdotes que interpretan e inician en los sagrados misterios. Los mismos castigos con que vosotros amenazáis a otros, ellos os los amenazan a vosotros. Ahora bien, merece examen cuál de las dos partes está más firmemente establecida como verdadera; pues ambas sostienen con igual seguridad que la verdad está de su lado. Pero si exigimos pruebas, los sacerdotes de los dioses paganos producen muchas claras y convincentes, en parte de prodigios obrados por demonios, y en parte de las respuestas dadas por los oráculos y de otros diversos modos de adivinación. Querría, pues, que creyéramos que nosotros y los intérpretes de los misterios enseñamos por igual la doctrina de los castigos eternos, y que es objeto de investigación en cuál de las dos partes está la verdad. Yo diría que la verdad está con aquellos que son capaces de inducir a sus oyentes a vivir como hombres convencidos de la verdad de lo que han oído. Pero así han sido afectados judíos y cristianos por las doctrinas que sostienen acerca de lo que llamamos el mundo venidero, y las recompensas de los justos, y los castigos de los impíos. Muestre, pues, Celso, o cualquiera que quiera, quiénes han sido movidos de este modo respecto de los castigos eternos por la enseñanza de los sacerdotes y mistagogos paganos. Porque ciertamente el propósito de quien dio a luz esta doctrina no fue solo razonar sobre el tema de los castigos y llenar de terror a los hombres con ellos, sino inducir a los que oyeron la verdad a esforzarse con todas sus fuerzas contra aquellos pecados que son causa de los castigos. Y los que estudian las profecías con cuidado, y no se contentan con una lectura superficial de las predicciones contenidas en ellas, hallarán que son tales que convencen al lector inteligente y sincero de que el Espíritu de Dios estaba en aquellos hombres, y de que con sus escritos nada hay en todas las obras de los demonios, respuestas de oráculos o dichos de adivinos que por un momento pueda compararse.
VIII, 49
Veamos en qué términos nos habla a continuación Celso: Además, ¿no es acaso sumamente absurdo e inconsistente en vosotros, por una parte, hacer tanto del cuerpo como lo hacéis — esperar que el mismo cuerpo resucitará, como si fuese la mejor y más preciosa parte de nosotros; y, por otra, exponerlo a tales tormentos como si no valiera nada? Pero los hombres que sustentan tales opiniones, y que se muestran tan apegados al cuerpo, no son dignos de que se razone con ellos; pues en esto y en otros respectos se muestran groseros, impuros, y resueltos a apartarse sin razón alguna de la creencia común. Pero dirigiré mi discurso a los que esperan gozar de la vida eterna con Dios por medio del alma o de la mente, ya sea que prefieran llamarla sustancia espiritual, espíritu inteligente, santo y bienaventurado, o alma viviente, o progenie celestial e indestructible de naturaleza divina e incorpórea, o comoquiera que designen la naturaleza espiritual del hombre. Y están justamente persuadidos de que los que viven bien serán bienaventurados, y que los injustos sufrirán todos castigos everlasting. Y de esta doctrina ni ellos ni ningún otro deberían apartarse jamás. Ahora bien, como ya nos ha reprochado con frecuencia nuestras opiniones sobre la resurrección, y como en esas ocasiones hemos defendido nuestras opiniones del modo que nos pareció razonable, no tenemos la intención de, ante cada repetición de la misma objeción, entrar en una repetición de nuestra defensa. Celso nos lanza una acusación infundada cuando nos atribuye la opinión de que no hay nada en nuestra naturaleza compuesta mejor ni más precioso que el cuerpo; pues sostenemos que muy por encima de todos los cuerpos está el alma, y en especial el alma racional; porque es el alma, y no el cuerpo, la que lleva la semejanza del Creador. Pues, según nosotros, Dios no es corpóreo, a menos que caigamos en los absurdos errores de los seguidores de Zenón y de Crísipo.
VIII, 50
Pero ya que él nos reprocha el excesivo afán por el cuerpo, sepa que cuando ese sentimiento es erróneo no participamos de él, y cuando es indiferente solo anhelamos aquello que Dios ha prometido a los justos. Pero Celso considera que nos contradecimos a nosotros mismos cuando contamos el cuerpo digno de honor de parte de Dios, y por eso esperamos su resurrección, y sin embargo al mismo tiempo lo exponemos a tormentos como si no fuese digno de honor. Pero ciertamente no es sin honor para el cuerpo sufrir por causa de la piedad, y elegir aflicciones a causa de la virtud: lo deshonroso sería que desperdiciara sus fuerzas en la indulgencia viciosa. Porque la palabra divina dice: ¿Cuál es una simiente honorable? La simiente del hombre. ¿Cuál es una simiente deshonrosa? La simiente del hombre. Además, Celso piensa que no debe razonar con los que esperan el bien del cuerpo, pues están sin razón alguna empeñados en un objeto que nunca puede satisfacer sus expectativas. También los llama hombres groseros e impuros, empeñados en crear disensiones innecesarias. Pero ciertamente debería, como uno de humanidad superior, asistir incluso a los rudos y depravados. Porque la sociedad no excluye de su seno a los toscos e incultos, como hace con los animales irracionales, sino que nuestro Creador nos hizo en el mismo nivel común con toda la humanidad. No es, pues, cosa indigna razonar incluso con los toscos y carentes de refinamiento, y tratar de llevarlos hasta donde sea posible a un estado superior de refinamiento — llevar a los impuros al más alto grado practicable de pureza — llevar a la multitud irrazonable a la razón, y a los enfermos de mente a la salud espiritual.
VIII, 51
En el lugar siguiente, expresa su aprobación de aquellos que esperan que la vida eterna será gozada con Dios por el alma o la mente, o, como se la llama de diversas maneras, la naturaleza espiritual, el alma racional, inteligente, santa y bienaventurada; y admite la solidez de la doctrina de que los que llevaron una vida buena serán felices, y los injustos sufrirán castigos eternos. Y sin embargo me asombra lo que sigue, más que cualquier cosa que Celso haya dicho jamás; pues añade: Y de esta doctrina no se aparten jamás ellos ni nadie. Porque ciertamente, al escribir contra los cristianos, cuya fe tiene por esencia misma a Dios, y las promesas hechas por Cristo a los justos, y sus advertencias del castigo que aguarda a los malvados, debe ver que, si un cristiano fuera llevado a renunciar al cristianismo por sus argumentos contra él, está fuera de duda que, junto con su fe cristiana, desecharía la misma doctrina de la que dice que ningún cristiano y ningún hombre debe apartarse jamás. Pero creo que Celso ha sido sobrepasado con mucho en consideración hacia sus semejantes por Crísipo en su tratado, Sobre la subyugación de las pasiones. Porque cuando buscó aplicar remedios a las afecciones y pasiones que oprimen y perturban el espíritu humano, después de emplear los argumentos que a él mismo le parecieron sólidos, no rehusó usar en segundo y tercer lugar otros que él mismo no aprobaba. Porque, dice, si alguien sostuviera que hay tres clases de bienes, debemos procurar regular las pasiones conforme a esa suposición; y no debemos inquirir con demasiada minuciosidad las opiniones que sostiene una persona mientras está bajo el influjo de la pasión, no sea que, si demoramos demasiado con el propósito de derribar las opiniones por las que la mente está poseída, la oportunidad de curar la pasión pueda pasar. Y añade: Así, suponiendo que el placer fuera el bien supremo, o que lo fuera en la opinión de aquel cuya mente está bajo el dominio de la pasión, no por eso dejaríamos de darle ayuda, y de mostrar que, aun sobre el principio de que el placer es el bien supremo y último del hombre, toda pasión está desautorizada. Y Celso, de manera semejante, después de haber abrazado la doctrina de que los justos serán bienaventurados, y los malvados sufrirán castigos eternos, debería haber desarrollado su tema; y, después de haber aducido el argumento que a él le pareció principal, debería haber procedido a probar y confirmar con ulteriores razones la verdad de que los injustos ciertamente sufrirán castigo eterno, y los que llevan una vida buena serán bienaventurados.
VIII, 52
Porque nosotros que hemos sido persuadidos por muchos argumentos, sí, por innumerables, a llevar una vida cristiana, estamos especialmente ansiosos de llevar a todos los hombres, hasta donde sea posible, a recibir todo el sistema de la verdad cristiana; pero cuando nos encontramos con personas predispuestas por las calumnias difundidas contra los cristianos, y que, por la idea de que los cristianos son un pueblo impío, no quieren escuchar a nadie que se ofrezca a instruirlos en los principios de la palabra divina, entonces, según los principios comunes de humanidad, nos esforzamos, en la medida de nuestras fuerzas, en convencerlos de la doctrina del castigo de los malvados, y en inducir incluso a los que no están dispuestos a hacerse cristianos a aceptar esa verdad. Y así nos esforzamos en persuadirlos de las recompensas de la vida recta, cuando vemos que muchas de las cosas que enseñamos acerca de una vida moral sana son enseñadas también por los enemigos de nuestra fe. Porque hallaréis que no han perdido del todo las nociones comunes de lo justo y de lo injusto, de lo bueno y de lo malo. Miren, pues, todos los hombres, al contemplar el universo, la revolución constante de las estrellas inerrantes, el movimiento contrario de los planetas, la constitución de la atmósfera y su adaptación a las necesidades de los animales, y especialmente del hombre, con todos los innumerables artificios para el bienestar del género humano; y luego, después de considerar así el orden del universo, guárzense de hacer cosa alguna que desagrade al Creador de este universo, del alma y de su principio inteligente; y tengan por cierto que el castigo será infligido a los malvados, y que las recompensas serán otorgadas a los justos, por Aquel que trata a cada uno según merece, y que proporcionará sus recompensas al bien que cada uno haya hecho, y a la cuenta que de sí mismo pueda dar. Y sepan todos los hombres que los buenos serán elevados a un estado superior, y que los malvados serán entregados a sufrimientos y tormentos, en castigo de su libertinaje y de su depravación, de su cobardía, su timidez y todas sus necedades.
VIII, 53
Habiendo dicho tanto sobre este tema, pasemos a otra afirmación de Celso: Puesto que los hombres nacen unidos a un cuerpo, ya sea para convenir al orden del universo, o para que de ese modo sufran el castigo del pecado; o porque el alma está oprimida por ciertas pasiones hasta que es purgada de ellas en el período de tiempo establecido — pues, según Empédocles, todo el género humano debe ser desterrado de las moradas de los bienaventurados durante 30.000 períodos de tiempo — debemos, por tanto, creer que son confiados a ciertos seres como guardianes de esta casa-prisión. Observaréis que Celso, en estas observaciones, habla de asuntos de tanto peso con el lenguaje de una conjetura humana dudosa. Añade también diversas opiniones acerca del origen del hombre, y muestra considerable reluctancia a declarar falsa alguna de estas opiniones. Cuando hubo llegado una vez a la conclusión de no aceptar indiscriminadamente ni rechazar temerariamente las opiniones sostenidas por los antiguos, ¿no habría estado conforme con esa misma regla de juicio que, al encontrarse no dispuesto a creer las doctrinas enseñadas por los profetas judíos y por Jesús, al menos las hubiera tenido como materias abiertas a indagación? ¿Y no debería haber considerado si es muy probable que un pueblo que sirvió fielmente al Dios Altísimo, y que muchas veces afrontó peligros innumerables, y aun la misma muerte, antes que sacrificar el honor de Dios, y lo que creía ser las revelaciones de su voluntad, hubiera sido totalmente pasado por alto por Dios? ¿No debería más bien pensarse que es probable que un pueblo que despreció los esfuerzos del arte humano para representar al Ser Divino, sino que se esforzó más bien por elevarse en el pensamiento al conocimiento del Altísimo, hubiera sido favorecido con alguna revelación de Él mismo? Además, debería haber considerado que el común Padre y Creador de todas las cosas, que ve y oye todas las cosas, y que estima debidamente la intención de todo hombre que lo busca y desea servirlo, concederá también a estos algunos de los beneficios de su gobierno, y les dará una ampliación de aquel conocimiento de sí mismo que una vez les ha otorgado. Si esto hubiera sido recordado por Celso y por los demás que aborrecen a Moisés y a los profetas judíos, y a Jesús, y a sus fieles discípulos, que tanto padecieron por causa de su palabra, no habrían así ultrajado a Moisés, y a los profetas, y a Jesús, y a sus apóstoles; y no habrían señalado para su desprecio a los judíos por encima de todas las naciones de la tierra, diciendo que eran peores aun que los egipcios, — un pueblo que, ya por superstición o por alguna otra forma de engaño, llegó hasta donde pudo en degradar al Ser Divino al nivel de las bestias brutales. Y nosotros invitamos a la indagación, no como si quisiéramos llevar a alguno a dudar respecto de las verdades del cristianismo, sino a fin de mostrar que sería mejor para aquellos que de todas maneras ultrajan las doctrinas del cristianismo suspender al menos su juicio, y no enunciar tan temerariamente acerca de Jesús y de sus apóstoles tales cosas como las que no conocen, y como no pueden probar, ni por lo que los estoicos llaman percepción aprehensiva, ni por ningún otro de los métodos empleados por las diferentes sectas de filósofos como criterios de verdad.
VIII, 54
Cuando Celso añade, Debemos, pues, creer que los hombres están encomendados a ciertos seres que son los guardianes de esta casa-prisión, nuestra respuesta es, que las almas de aquellos que son llamados por Jeremías presos de la tierra, cuando se afanan en la persecución de la virtud, son libradas aun en esta vida de la servidumbre del mal; porque Jesús lo declaró, como había sido predicho mucho antes de su advenimiento por el profeta Isaías, cuando dijo que los presos saldrían, y los que estaban en tinieblas se mostrarían. Y el propio Jesús, como también Isaías predijo de él, se levantó como luz para los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte, de modo que podemos decir: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas. Si Celso, y los que como él se oponen a nosotros, hubieran podido sondear las profundidades de las narraciones evangélicas, no nos habrían aconsejado poner nuestra confianza en esos seres que llaman los guardianes de la casa-prisión. Está escrito en el Evangelio que una mujer estaba encorvada, y que de ninguna manera podía enderezarse. Y cuando Jesús la miró, y percibió de qué causa estaba encorvada, dijo: ¿No debía ser libertada de esta ligadura en día de sábado esta hija de Abraham, a quien Satanás ha atado, he aquí, estos dieciocho años? ¿Y cuántos otros están todavía encorvados y atados por Satanás, que les impide mirar en alto del todo, y que quisiera que también nosotros miremos hacia abajo! Y nadie puede levantarlos, excepto el Verbo, que vino por Jesucristo, y que antiguamente inspiró a los profetas. Y Jesús vino a poner en libertad a los que estaban bajo el dominio del diablo; y, hablando de él, dijo con aquella profundidad de sentido que caracterizaba sus palabras: Ahora es el príncipe de este mundo juzgado. No estamos, pues, lanzando contra los demonios calumnias infundadas, sino que condenamos su actuación en la tierra como destructora del género humano, y mostramos que, bajo el encubrimiento de oráculos y curaciones corporales, y otros medios semejantes, buscan apartar de Dios el alma que ha descendido a este cuerpo de humillación; y los que sienten esta humillación exclaman: ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? No es, pues, en vano que exponemos nuestros cuerpos a ser azotados y atormentados; porque ciertamente no es en vano que un hombre se someta a tales sufrimientos, si por ese medio puede evitar dar el nombre de dioses a aquellos espíritus terrenos que se unen con sus adoradores para llevarlo a la perdición. En verdad, pensamos que es razonable en sí mismo y grato a Dios sufrir dolor por causa de la virtud, padecer tormento por causa de la piedad, y aun sufrir la muerte por causa de la santidad; porque preciosa es a los ojos de Dios la muerte de sus santos; y sostenemos que vencer el amor a la vida es disfrutar de un gran bien. Pero cuando Celso nos compara con criminales notorios, que justamente sufren castigo por sus crímenes, y no rehúsa colocar un propósito tan laudable como el que nos proponemos al mismo nivel de la obstinación de los criminales, se hace él mismo hermano y compañero de aquellos que contaron a Jesús entre los criminales, cumpliéndose la Escritura, que dice: Fue contado con los transgresores.
VIII, 55
Celso sigue diciendo así: Deben escoger entre dos alternativas. Si se niegan a rendir a los dioses el servicio debido, y a respetar a los que están constituidos sobre este servicio, que no lleguen a la edad viril, ni tomen mujeres, ni engendren hijos, ni tomen parte alguna en los asuntos de la vida; sino que se marchen de aquí con toda rapidez, y no dejen descendencia tras de sí, para que tal raza se extinga de la faz de la tierra. O, por otra parte, si quieren tomar mujeres, y criar hijos, y gustar de los frutos de la tierra, y participar de todas las bendiciones de la vida, y llevar las penas que le están asignadas (porque la naturaleza misma ha asignado penas a todos los hombres; pues las penas deben existir, y la tierra es el único lugar para ellas), entonces deben cumplir los deberes de la vida hasta ser librados de sus lazos, y rendir el honor debido a aquellos seres que gobiernan los asuntos de esta vida, si no quieren mostrarse ingratos para con ellos. Porque sería injusto en ellos, después de recibir los bienes que éstos dispensan, no pagarles tributo alguno a cambio. A esto respondemos que no nos parece haber buena razón para abandonar este mundo, sino cuando la piedad y la virtud lo exigen; como cuando, por ejemplo, los que están constituidos como jueces, y creen tener poder sobre nuestras vidas, nos ponen ante la alternativa de vivir violando los mandamientos de Jesús, o de morir si continuamos obedientes a ellos. Pero Dios nos ha permitido casarnos, porque no todos son aptos para la vida superior, es decir, la perfectamente pura; y Dios quiere que criemos a todos nuestros hijos, y que no destruyamos ninguno de la descendencia que su providencia nos da. Y esto no está en conflicto con nuestro propósito de no obedecer a los demonios que están sobre la tierra; porque, armados con toda la armadura de Dios, estamos como atletas de la piedad contra la raza de los demonios que maquinan contra nosotros.
VIII, 56
Aunque, pues, Celso quiere, según sus propias palabras, arrojarnos con toda rapidez fuera de la vida, para que tal raza se extinga de la faz de la tierra; sin embargo, nosotros, juntamente con los que adoran al Creador, viviremos conforme a las leyes de Dios, sin consentir jamás en obedecer las leyes del pecado. Nos casaremos si lo deseamos, y criaremos los hijos que el matrimonio nos diere; y si fuere necesario, no sólo participaremos de las bendiciones de la vida, sino que llevaremos también las penas que le están asignadas como prueba de nuestras almas. Porque de esta manera acostumbra hablar la divina Escritura de las aflicciones humanas, por las cuales, como el oro es probado en el fuego, así el espíritu del hombre es probado, y se halla digno ya de condenación ya de alabanza. Por tanto, estamos preparados para aquellas cosas que Celso llama males, y prontos a decir: Examíname, oh Señor, y pruébame; purifica mis riñones y mi corazón. Porque nadie será coronado, si no es que aquí sobre la tierra, con este cuerpo de humillación, lidiare lícitamente. Además, no rendimos los honores que se suponen debidos a aquellos de quienes dice Celso que están constituidos sobre los asuntos del mundo. Porque adoramos al Señor nuestro Dios, y a sólo Él servimos, y deseamos ser seguidores de Cristo, el cual, cuando el diablo le dijo: Todas estas cosas te daré si postrado me adorares, le respondió con las palabras: Al Señor tu Dios adorarás, y a sólo Él servirás. Por lo cual no rendimos el honor que se supone debido a aquellos que, según Celso, están constituidos sobre los asuntos de este mundo; porque nadie puede servir a dos señores, y no podemos servir a Dios y a Mamón, ya se aplique este nombre a uno o a varios. Además, si alguno, transgrediendo la ley, deshonra al legislador, nos parece claro que, si las dos leyes, la ley de Dios y la ley de Mamón, se oponen enteramente la una a la otra, es mejor para nosotros, transgrediendo la ley de Mamón, deshonrar a Mamón, a fin de honrar a Dios guardando su ley, que transgrediendo la ley de Dios deshonrar a Dios, a fin de que, obedeciendo la ley de Mamón, honremos a Mamón.
VIII, 57
Celso supone que los hombres cumplen los deberes de la vida hasta que son desatados de sus vínculos, momento en el cual, conforme a las costumbres comúnmente recibidas, ofrecen sacrificios a cada uno de los dioses reconocidos en el Estado; y no advierte el verdadero deber que cumple una piedad fervorosa. Porque nosotros decimos que cumple verdaderamente los deberes de la vida quien tiene siempre presente quién es su Creador, y qué cosas le son gratas, y quien obra en todas las cosas de manera que agrade a Dios. Además, Celso quiere que demos gracias a estos demonios, imaginando que les debemos ofrendas de gratitud. Pero nosotros, si bien reconocemos el deber de la gratitud, sostenemos que no mostramos ingratitud al negarnos a dar gracias a seres que no nos hacen ningún bien, sino que más bien se levantan contra nosotros cuando ni les sacrificamos ni les adoramos. Estamos mucho más solícitos por no ser ingratas con Dios, que nos ha colmado de sus beneficios, cuya obra somos, que cuida de nosotros en cualquier condición en que nos hallemos, y que nos ha dado esperanzas de cosas más allá de esta vida presente. Y tenemos un símbolo de gratitud a Dios en el pan que llamamos Eucaristía. Además, como antes hemos mostrado, los demonios no tienen el dominio de aquellas cosas que han sido creadas para nuestro uso; no cometemos, pues, ninguna injusticia cuando participamos de las cosas creadas, y con todo nos negamos a ofrecer sacrificios a seres que nada tienen que ver con ellas. Es más, como sabemos que no son demonios, sino ángeles, quienes han sido constituidos sobre los frutos de la tierra y sobre el nacimiento de los animales, a estos últimos es a quienes alabamos y bendecimos, por haber sido establecidos por Dios sobre las cosas necesarias para nuestro linaje; mas ni aun a ellos daremos el honor que es debido a Dios. Porque esto no sería grato a Dios, ni sería placer alguno para los mismos ángeles a quienes estas cosas han sido encomendadas. En verdad, ellos se complacen mucho más si nos abstenemos de ofrecerles sacrificios que si se los ofrecemos; pues no tienen deseo alguno de los olores sacrificales que se elevan desde la tierra.
VIII, 58
Celso prosigue diciendo: Que cualquiera pregunte a los egipcios, y encontrará que todo, hasta lo más insignificante, está encomendado al cuidado de algún demonio. El cuerpo del hombre se divide en treinta y seis partes, y otros tantos demonios del aire son constituidos para su cuidado, teniendo cada uno a su cargo una parte distinta, aunque otros hacen el número mucho mayor. Todos estos demonios tienen, en la lengua de aquel país, nombres propios: como Chnoumen, Chnacoumen, Cnat, Sicat, Biou, Erou, Erebiou, Ramanor, Reianoor, y otros nombres egipcios semejantes. Además, los invocan, y quedan curados de las enfermedades de las partes determinadas del cuerpo. ¿Qué hay, pues, que impida a un hombre dar honor a éstos o a otros, si prefiere estar sano que enfermo, tener prosperidad antes que adversidad, y verse libre, cuanto sea posible, de todas las plagas y tribulaciones? De este modo procura Celso degradar nuestras almas al culto de los demonios, suponiendo que éstos tienen posesión de nuestros cuerpos, y que cada uno tiene poder sobre un miembro determinado. Y quiere que, por esta razón, pongamos nuestra confianza en esos demonios de que habla, y que les sirvamos, a fin de que estemos sanos antes que enfermos, tengamos prosperidad antes que adversidad, y escapemos, cuanto sea posible, de todas las plagas y tribulaciones. El honor del Dios Altísimo, que no puede ser dividido ni compartido con otro, es tan ligeramente estimado por él, que no puede creer que Dios, si es invocado y altamente honrado, tenga poder para dar a los que le sirven una fuerza por la cual sean defendidos de los ataques que los demonios dirigen contra los justos. Porque jamás ha contemplado la eficacia de aquellas palabras, en el nombre de Jesús, pronunciadas por los verdaderamente fieles, para librar a no pocos de los demonios y de las posesiones demoníacas y de otras plagas.