IV, 27
Aún no he hablado todavía de los otros males que prevalecen entre los hombres, de los cuales ni siquiera los que tienen apariencia de filósofos quedan pronto libres, pues en la filosofía hay muchos pretendientes. Ni digo nada acerca de que muchos tales males se encuentran entre los que no son ni judíos ni cristianos. En verdad, tales malas prácticas no prevalecen en absoluto entre los cristianos, si examinas debidamente qué constituye a un cristiano. O, si se descubriera alguna persona de esa clase, al menos no se la encuentra entre los que frecuentan las asambleas y acuden a las oraciones públicas, sin ser excluidos de ellas, a no ser que suceda, y eso raramente, que algún individuo de tal carácter pase inadvertido en la multitud. Nosotros, pues, no somos gusanos que se reúnen; que tomamos posición contra los judíos sobre aquellas Escrituras que ellos creen divinas, y que mostramos que Aquel de quien se hablaba en la profecía ha venido, y que ellos han sido abandonados a causa de la grandeza de sus pecados, y que nosotros, que hemos aceptado el Verbo, tenemos las más altas esperanzas en Dios, tanto por nuestra fe en Él como por su capacidad de recibirnos en su comunión puros de todo mal y de toda maldad de vida. Si un hombre, pues, se llamara a sí mismo judío o cristiano, no diría sin más que Dios había hecho el mundo entero, y la bóveda del cielo, para nosotros en particular. Pero si un hombre es, como enseñó Jesús, limpio de corazón, y manso, y pacífico, y se somete con alegría a los peligros por causa de su religión, tal cual puede razonablemente tener confianza en Dios, y con plena comprensión de la palabra contenida en las profecías, puede decir también esto: Todas estas cosas las ha mostrado Dios de antemano, y nos las ha anunciado a nosotros que creemos.
IV, 28
Pero como ha representado a aquellos a quienes considera gusanos, es decir, los cristianos, como si dijeran que Dios, habiendo abandonado las regiones celestes, y despreciando esta gran tierra, toma su morada entre nosotros solos, y a nosotros solos hace sus anuncios, y no cesa sus mensajes e indagaciones sobre cómo podemos convertirnos en sus asociados para siempre, tenemos que responder que él nos atribuye palabras que nunca pronunciamos, ya que tanto leemos como sabemos que Dios ama todas las cosas existentes, y no aborrece nada de lo que ha hecho, pues no habría creado nada en odio. Hemos leído, además, la declaración: Y a todas las cosas las perdonas, porque son tuyas, oh amador de las almas. Porque tu Espíritu incorruptible está en todas. Y por eso también a los que han caído por un poco de tiempo los repreendes y amonestas, recordándoles sus pecados. ¿Cómo podemos afirmar que Dios, dejando las regiones del cielo y el mundo entero, y despreciando esta gran tierra, toma su morada entre nosotros solamente, cuando hemos hallado que todos los que piensan deben decir en sus oraciones que la tierra está llena de la misericordia del Señor, y que la misericordia del Señor está sobre toda carne; Sirach 18:13 y que Dios, siendo bueno, hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía su lluvia sobre justos e injustos; y que nos anima a un curso de acción semejante, a fin de que lleguemos a ser sus hijos, y nos enseña a extender los beneficios que disfrutamos, hasta donde esté en nuestro poder, a todos los hombres? Porque se dice de Él mismo que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen; y de su Cristo que es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y esta es, pues, nuestra respuesta a las acusaciones de Celso. Ciertas otras afirmaciones, acordes con el carácter de los judíos, podrían hacerlas algunos de esa nación, pero ciertamente no los cristianos, a quienes se ha enseñado que Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo nosotros aún pecadores, Cristo murió por nosotros; y aunque apenas morirá alguno por un justo, con todo, quizás alguno se atreva a morir por un hombre bueno. Pero ahora se declara que Jesús ha venido por causa de los pecadores de todas partes del mundo (para que abandonen su pecado y se encomienden a Dios), siendo llamado también, conforme a una antigua costumbre de estas Escrituras, el Cristo de Dios.
IV, 29
Pero Celso quizás ha entendido mal a ciertos de aquellos a quienes ha llamado gusanos, cuando afirman que Dios existe, y que nosotros estamos junto a Él. Y actúa como aquellos que hallan falta con toda una secta de filósofos a causa de ciertas palabras pronunciadas por algún joven precipitado que, después de tres días de asistir a las lecciones de un filósofo, se enalteciera sobre los demás hombres como inferiores a sí mismo y carentes de filosofía. Porque sabemos que hay muchas criaturas más honorables que el hombre; y hemos leído que Dios está en la congregación de los dioses, pero de dioses que no son adorados por las naciones, porque todos los dioses de las naciones son ídolos. Hemos leído también que Dios, estando en la congregación de los dioses, juzga entre los dioses. Sabemos, además, que aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores), para nosotros hay un solo Dios, el Padre, del cual son todas las cosas, y nosotros en Él; y un solo Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por Él. Y sabemos que de este modo los ángeles son superiores a los hombres; de suerte que los hombres, cuando llegan a ser perfectos, se hacen semejantes a los ángeles. Porque en la resurrección ni se casan ni se dan en casamiento, sino que los justos son como los ángeles en el cielo, y llegan a ser iguales a los ángeles. Sabemos también que en la ordenación del universo hay ciertos seres llamados tronos, y otros dominaciones, y otros potestades, y otros principados; y vemos que nosotros los hombres, que estamos muy por debajo de éstos, podemos abrigar la esperanza de que, mediante una vida virtuosa y obrando en todas las cosas conforme a la razón, podamos llegar a la semejanza con todos ellos. Y, por último, porque aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando Él aparezca, seremos semejantes a Dios, y le veremos tal como Él es. Y si alguno sostuviera lo que afirman algunos (ya sean poseedores de inteligencia o carentes de ella, pero que han concebido erróneamente la sana razón), que Dios existe, y nosotros estamos junto a Él, yo interpretaría la palabra nosotros, sustituyéndola por: Nosotros los que obramos conforme a la razón, o más bien, Nosotros virtuosos, que obramos conforme a la razón. Porque, en nuestra opinión, la misma virtud pertenece a todos los bienaventurados, de suerte que la virtud del hombre y la de Dios son idénticas. Y por eso se nos enseña a ser perfectos, como nuestro Padre que está en el cielo es perfecto. Ningún hombre bueno y virtuoso es, pues, un gusano que se revuelca en el fango, ni un hombre piadoso es una hormiga, ni un hombre justo una rana; ni podría ser razonablemente comparado con un ave nocturna aquel cuya alma está iluminada con la brillante luz de la verdad.
IV, 30
Parece que Celso también ha malentendido esta afirmación: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; y por eso ha representado a los gusanos diciendo que, habiendo sido creados por Dios, nos asemejamos del todo a Él. Si, sin embargo, hubiera conocido la diferencia entre que el hombre fue creado a la imagen de Dios y según su semejanza, y que está escrito que Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, pero que hizo al hombre a la imagen de Dios, mas no entonces también según su semejanza, no nos habría representado diciendo que nos asemejamos del todo a Él. Además, no afirmamos que los astros nos estén sujetos; pues la resurrección que es llamada resurrección de los justos, y que entienden los sabios, es comparada al sol, y a la luna, y a las estrellas por aquel que dijo: Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas; porque una estrella difiere de otra estrella en gloria. Así también es la resurrección de los muertos. También Daniel profetizó hace mucho tiempo acerca de estas cosas. Dice además Celso que afirmamos que todas las cosas han sido dispuestas de modo que nos estén sujetas, quizá por haber oído a algunos de los inteligentes entre nosotros hablar en ese sentido, y quizá también por no entender el dicho de que el mayor entre nosotros es siervo de todos. Y si los griegos dicen: Luego el sol y la luna son esclavos de los hombres mortales, expresan su aprobación de la afirmación y dan explicación de su sentido; pero como tal afirmación o no la hacemos nosotros en absoluto, o la expresamos de otro modo, Celso también aquí nos acusa falsamente. Además, nosotros, que según Celso somos gusanos, somos representados por él diciendo que, puesto que algunos entre nosotros son culpables de pecado, Dios vendrá a nosotros, o enviará a su propio Hijo, para que consuma a los malvados, y que nosotros, las otras ranas, gocemos de la vida eterna con Él. ¡Observad cómo este venerable filósofo, cual vil bufón, convierte en burla y mofa, y en objeto de risa, el anuncio del juicio divino, y del castigo de los malvados, y de la recompensa de los justos; y añade a todo esto la observación de que tales afirmaciones serían más tolerables si las hicieran gusanos y ranas que cristianos y judíos que disputan entre sí! No imitaremos, sin embargo, su ejemplo, ni diremos cosas semejantes acerca de aquellos filósofos que profesan conocer la naturaleza de todas las cosas, y que discuten entre sí la manera en que todas las cosas fueron creadas, y cómo se originaron el cielo y la tierra, y todas las cosas que en ellos hay; y cómo las almas (de los hombres), o siendo ingénitas, y no creadas por Dios, son sin embargo gobernadas por Él, y pasan de un cuerpo a otro; o siendo formadas al mismo tiempo que el cuerpo, existen para siempre o perecen. Porque, en lugar de tratar con respeto y aceptar la intención de quienes se han consagrado a la investigación de la verdad, podría uno decir burlona e injuriosamente que tales hombres eran gusanos, que no se medían por el rincón de su muladar en la vida humana, y que por eso emitían sus opiniones sobre asuntos de tanta importancia como si los entendieran, y que afirman con empeño haber obtenido la visión de aquellas cosas que no pueden verse sin una inspiración más elevada y un poder más divino. Porque nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él; así tampoco nadie conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. No estamos, sin embargo, locos, ni comparamos tal sabiduría humana (uso la palabra sabiduría en su acepción común), que no se ocupa de los asuntos de la muchedumbre, sino de la investigación de la verdad, con los retorcimientos de los gusanos o de cualesquiera otras criaturas semejantes; sino que, en el espíritu de la verdad, damos testimonio de que ciertos filósofos griegos conocieron a Dios, puesto que Él se les manifestó, aunque no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se desvanecieron en sus razonamientos; y profesándose sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles.
IV, 31
Después de esto, deseando demostrar que no hay diferencia entre los judíos y los cristianos, y aquellos animales que antes enumeró, afirma que los judíos eran fugitivos de Egipto, que nunca realizaron nada digno de nota, y que nunca gozaron de reputación ni consideración alguna. Ahora bien, acerca de que no eran fugitivos, ni egipcios, sino hebreos que se establecieron en Egipto, ya hemos hablado en las páginas precedentes. Pero si considera demostrada su afirmación de que nunca gozaron de reputación ni consideración alguna, porque no se encuentra consignado por los griegos ningún acontecimiento notable de su historia, responderíamos que, si uno examina su constitución desde su primer origen, y la ordenación de sus leyes, encontrará que eran hombres que representaban sobre la tierra la sombra de una vida celestial, y que entre ellos no se reconocía como Dios a otro sino al que está sobre todas las cosas, y que entre ellos no se permitía gozar de los derechos de ciudadanía a ningún fabricante de imágenes. Pues ni pintor ni hacedor de imágenes existía en su estado, expulsándolos la ley a todos de él; para que no hubiera pretexto para la confección de imágenes —arte que atrae la atención de los hombres necios, y que arrastra los ojos del alma desde Dios hasta la tierra. Había, pues, entre ellos una ley del tenor siguiente: No traspaséis la ley haciendo para vosotros imagen tallada, semejanza alguna de varón o de hembra; ya sea semejanza de alguno de los animales que están sobre la tierra, o semejanza de ave alada alguna que vuele bajo el cielo, o semejanza de algún reptil que se arrastre sobre la tierra, o semejanza de alguno de los peces que están en las aguas debajo de la tierra. La ley, en efecto, quería que tuvieran presente la verdad de cada cosa individual, y que no formaran representaciones de las cosas contrarias a la realidad, fingiendo meramente la apariencia de lo que era realmente varón o realmente hembra, o la naturaleza de los animales, o de las aves, o de los reptiles, o de los peces. Venerable también y grandiosa era aquella prohibición suya: No alces tus ojos al cielo, no sea que, al ver el sol, y la luna, y las estrellas, y todo el ejército del cielo, te dejes arrastrar a adorarles y a servirles. Y qué régimen aquel bajo el cual fue colocada toda la nación, y que hacía imposible que apareciera en público persona alguna afeminada; y digno de admiración también era el ordenamiento por el cual las rameras eran apartadas del estado, ¡aquellos incentivos de las pasiones de la juventud! Sus tribunales de justicia, asimismo, estaban compuestos por hombres de la más estricta integridad, quienes, después de haber dado ejemplo durante un largo período de una vida sin mancha, eran encargados de presidir los tribunales, y quienes, a causa de la pureza sobrehumana de su carácter, eran llamados dioses, conforme a un antiguo uso de habla judío. He ahí el espectáculo de toda una nación consagrada a la filosofía; y para que hubiera descanso para escuchar sus leyes sagradas, fueron instituidos los días llamados sábado, y las demás fiestas que existían entre ellos. ¿Y por qué he de hablar de las órdenes de sus sacerdotes y de sus sacrificios, que contienen innumerables indicaciones (de verdades más profundas) para quienes desean averiguar la significación de las cosas?
IV, 32
Pero como nada de lo que pertenece a la naturaleza humana es permanente, también esta constitución debía corromperse y mudarse gradualmente. Y la providencia, tras remodelar su venerable sistema allí donde necesitaba ser cambiado, a fin de adaptarlo a los hombres de todos los países, dio a los creyentes de todas las naciones, en lugar de los judíos, la venerable religión de Jesús, el cual, adornado no solo de inteligencia, sino también de una participación de la divinidad, y habiendo derribado la doctrina acerca de los demonios terrenos, que se deleitan en el incienso, y en la sangre, y en las exhalaciones de los olores sacrificiales, y que, como los fabulados titanes o gigantes, arrastran a los hombres desde los pensamientos de Dios; y habiendo Él mismo desdeñado sus maquinaciones, dirigidas principalmente contra los hombres de la mejor clase, promulgó leyes que aseguran la felicidad a quienes viven conforme a ellas, y que no adulan a los demonios por medio de sacrificios, sino que los desprecian del todo, mediante el auxilio de la palabra de Dios, que socorre a los que miran hacia Él. Y como fue voluntad de Dios que la doctrina de Jesús prevaleciera entre los hombres, los demonios no pudieron lograr nada, por más que tensaban todos sus nervios para consumar la destrucción de los cristianos; pues incitaron tanto a príncipes, y senados, y gobernantes en todos los lugares —más aún, a las mismas naciones, que no percibían el irracional y malvado proceder de los demonios— contra la palabra, y contra los que en ella creían; sin embargo, no obstante, la palabra de Dios, que es más poderosa que todas las demás cosas, aun al encontrar oposición, derivando de la oposición, por así decirlo, un medio de aumento, avanzó y ganó muchas almas, siendo tal la voluntad de Dios. Y hemos ofrecido estas observaciones a manera de una digresión necesaria. Pues deseábamos responder a la afirmación de Celso acerca de los judíos, a saber, que eran fugitivos de Egipto, y que estos hombres, amados de Dios, nunca realizaron nada digno de nota. Y además, en respuesta a la afirmación de que nunca fueron tenidos en reputación ni estima alguna, decimos que, viviendo aparte como nación elegida y real sacerdocio, y rehuyendo el trato con las muchas naciones en torno a ellos, para que sus costumbres escaparan de la corrupción, gozaron de la protección del poder divino, sin codiciar, como la mayoría de los hombres, la adquisición de otros reinos, ni siendo abandonados de tal modo que llegaran a ser, a causa de su pequeñez, blanco fácil del ataque de otros, y así fueran del todo destruidos; y esto duró mientras fueron dignos de la protección divina. Pero cuando fue necesario que ellos, como nación toda entregada al pecado, fueran reconducidos por sus padecimientos hacia su Dios, fueron abandonados (por Él), unas veces por más tiempo, otras por menos, hasta que, en tiempo de los romanos, habiendo cometido el mayor de los pecados al dar muerte a Jesús, fueron completamente desamparados.
IV, 33
Inmediatamente después de esto, Celso, atacando el contenido del primer libro de Moisés, que lleva el título de Génesis, afirma que los judíos, por consiguiente, se esforzaron por derivar su origen de la primera raza de prestidigitadores y embaucadores, apelando al testimonio de palabras oscuras y ambiguas, cuyo sentido estaba velado en la oscuridad, y que ellos interpretaban mal ante los indoctos e ignorantes; y eso, además, cuando tal punto nunca había sido puesto en duda durante el largo período precedente. Ahora bien, Celso me parece que en estas palabras ha expresado de manera muy oscura el sentido que pretendía transmitir. Es probable, en efecto, que su oscuridad en este asunto sea intencional, por cuanto vio la fuerza del argumento que establece el descenso de los judíos de sus antepasados; mientras que, por otra parte, no quiso parecer ignorante de que la cuestión acerca de los judíos y su descendencia era una que no podía despacharse a la ligera. Es cierto, sin embargo, que los judíos remontan su genealogía a los tres padres, Abraham, Isaac y Jacob. Y los nombres de estos individuos poseen tal eficacia, cuando se unen al nombre de Dios, que no solo los pertenecientes a la nación emplean en sus oraciones a Dios, y en la exorcización de los demonios, las palabras: Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob, sino que también lo hacen casi todos los que se ocupan de encantamientos y artes mágicas. Pues se encuentra en tratados de magia de muchos países tal invocación de Dios, y asunción del nombre divino, como implica un uso familiar del mismo por estos hombres en sus tratos con los demonios. Estos hechos, entonces —aducidos por judíos y cristianos para probar el carácter sagrado de Abraham, e Isaac, y Jacob, los padres de la raza judía—, me parece que no fueron del todo desconocidos a Celso, sino que no fueron claramente expuestos por él, porque fue incapaz de responder al argumento que podría fundarse en ellos.
IV, 34
Porque preguntamos a todos aquellos que emplean tales invocaciones de Dios, diciendo: Decidnos, amigos, quién era Abraham, y qué clase de persona era Isaac, y qué poder poseía Jacob, para que la apelación Dios, unida a su nombre, pudiera obrar tales maravillas? ¿Y de quién habéis aprendido, o podéis aprender, los hechos relativos a estos individuos? ¿Y quién se ha ocupado de escribir una historia sobre ellos, ya sea magnificando directamente a estos hombres atribuyéndoles poderes misteriosos, ya sea insinuando oscuramente que poseían ciertas cualidades grandes y maravillosas, patentes para quienes están capacitados para verlas? Y cuando, en respuesta a nuestra indagación, nadie pueda mostrar de qué historia —ya sea griega o bárbara— o, si no una historia, al menos de qué narración mística, se derivan los relatos acerca de estos hombres, presentaremos el libro titulado Génesis, que contiene los actos de estos hombres y los oráculos divinos dirigidos a ellos, y diremos: ¿No evidencia el uso que vosotros hacéis de los nombres de estos tres antepasados de la raza, estableciendo del modo más claro que se producen efectos que no deben despreciarse a la ligera mediante la invocación de ellos, la divinidad de estos hombres? ¡Y sin embargo no los conocemos de otra fuente que de los libros sagrados de los judíos! Además, las frases el Dios de Israel, y el Dios de los hebreos, y el Dios que ahogó en el mar Rojo al rey de Egipto y a los egipcios, son fórmulas empleadas con frecuencia contra los demonios y ciertas potestades malvadas. Y aprendemos la historia de estos nombres y su interpretación de aquellos hebreos, que en su literatura nacional y en su lengua nacional se detienen con orgullo en estas cosas y explican su significado. ¿Cómo, entonces, habrían de intentar los judíos derivar su origen de la primera raza de aquellos que Celso suponía prestidigitadores y embaucadores, y esforzarse sin pudor por remontar a ellos su propio comienzo? —cuyos nombres, siendo hebreos, son una evidencia para los hebreos, que tienen sus libros sagrados escritos en lengua y letras hebreas, de que su nación es pariente de estos hombres. Porque hasta el presente, los nombres judíos pertenecientes a la lengua hebrea fueron tomados ya de sus escritos, ya generalmente de palabras cuyo significado fue dado a conocer por la lengua hebrea.
IV, 35
Y cualquiera que lea el tratado de Celso observe si no encierra alguna insinuación semejante a la anterior, cuando dice: Y ellos intentaron derivar su origen de la primera raza de prestidigitadores y embaucadores, apelando al testimonio de palabras oscuras y ambiguas, cuyo significado estaba velado en la oscuridad. Porque estos nombres son, en efecto, oscuros, y no están al alcance de la comprensión y del conocimiento de muchos, aunque, a nuestro juicio, no son de significado dudoso, aun cuando sean asumidos por quienes son ajenos a nuestra religión; pero como, según Celso, no encierran ambigüedad alguna, no sé por qué los ha rechazado. Y sin embargo, si hubiera deseado honestamente derribar la genealogía que él consideraba que los judíos habían arrogado tan vergonzosamente, al jactarse de Abraham y de sus descendientes (como sus progenitores), debía haber citado todos los pasajes relativos al asunto; y, en primer lugar, haber defendido su causa con los argumentos que juzgara probablemente convincentes, y en seguida haber refutado valerosamente, por medio de lo que le pareciera el verdadero sentido, y con argumentos en su favor, los errores existentes sobre el tema. Pero ni Celso ni ningún otro podrán, mediante sus discusiones acerca de la naturaleza de los nombres empleados para fines milagrosos, establecer la doctrina correcta sobre ellos, ni demostrar que aquellos hombres debían ser tenidos en poco cuyos nombres, no solo entre sus compatriotas sino también entre los extranjeros, podían obrar (tales resultados). Debía, además, haber mostrado cómo nosotros, al interpretar mal los pasajes en que se hallan estos nombres, engañamos a nuestros oyentes, según él imagina, mientras él mismo, que se jacta de no ser ignorante ni falto de inteligencia, da la verdadera interpretación de ellos. Y se aventuró a afirmar, al hablar de aquellos nombres de los que los judíos deducen sus genealogías, que nunca, durante el largo período anterior, ha habido disputa alguna acerca de estos nombres, sino que en el presente los judíos disputan sobre ellos con ciertos otros, a quienes no menciona. Ahora bien, que muestre quien quiera quiénes son estos que disputan con los judíos, y que aducen incluso argumentos verosímiles para demostrar que ni los judíos ni los cristianos deciden correctamente en los puntos relativos a estos nombres, sino que hay otros que han tratado estas cuestiones con el mayor saber y exactitud. Pero estamos bien seguros de que nadie podrá establecer nada semejante, siendo manifiesto que estos nombres derivan de la lengua hebrea, que solo se encuentra entre los judíos.
IV, 36
Celso en el lugar siguiente, aduciendo de una historia distinta de la del registro divino aquellos pasajes que se refieren a las pretensiones de gran antigüedad que hacen valer muchas naciones, como los atenienses, los egipcios, los arcadios y los frigios, quienes afirman que entre ellos han existido ciertos individuos nacidos de la tierra, y que cada uno aduce pruebas de estas afirmaciones, dice: Los judíos, pues, llevando una vida rastrera en algún rincón de Palestina, y siendo un pueblo del todo inculto, que no había oído que estas materias habían sido puestas en verso hace mucho tiempo por Hesíodo y por otros innumerables hombres inspirados, tejieron algunas historias increíbles e insípidas, a saber, que cierto hombre fue formado por las manos de Dios, y que se le infundió el aliento de vida, y que una mujer fue tomada de su costado, y que Dios dio ciertos mandamientos, y que una serpiente se opuso a estos, y obtuvo la victoria sobre los mandamientos de Dios; relatando así ciertas fábulas de viejas, y representando de manera sumamente impía a Dios como débil desde el mismo principio (de las cosas), e incapaz de convencer ni siquiera a un solo ser humano que Él mismo había formado. Con estos ejemplos, en efecto, este Celso tan docto y erudito, que acusa a los judíos y a los cristianos de ignorancia y falta de instrucción, manifiesta claramente la exactitud de su conocimiento de la cronología de los respectivos historiadores, ya griegos ya bárbaros, puesto que imagina que Hesíodo y los innumerables otros, a quienes llama hombres inspirados, son más antiguos que Moisés y sus escritos —¡ese mismo Moisés a quien se demuestra muy anterior al tiempo de la guerra de Troya! No son, pues, los judíos quienes han compuesto historias increíbles e insípidas acerca del nacimiento del hombre de la tierra, sino estos hombres inspirados de Celso, Hesíodo y sus otros innumerables compañeros, quienes, no habiendo aprendido ni oído las cuentas mucho más antiguas y venerables que existen en Palestina, han escrito historias tales como sus Teogonías, atribuyendo, en cuanto de ellos dependía, generación a sus deidades, y otros innumerables absurdos. Y estos son los escritores a quienes Platón expulsa de su Estado por ser corruptores de la juventud, —a saber, Homero y quienes han compuesto poemas de descripción semejante! Ahora bien, es evidente que Platón no tuvo por inspirados a aquellos hombres que dejaron tras de sí tales obras. Pero quizá fue por el deseo de lanzar reproches contra nosotros que este Celso epicúreo, más capaz de juzgar que Platón (si es el mismo Celso quien compuso otros dos libros contra los cristianos), llamó inspirados a aquellos individuos a quienes en realidad no tenía por tales.
IV, 37
Nos acusa, además, de introducir un hombre formado por las manos de Dios, aunque el libro del Génesis no ha hecho mención alguna de las manos de Dios, ni al relatar la creación ni al describir la formación del hombre; mientras que son Job y David quienes han empleado la expresión: Tus manos me hicieron y me formaron; respecto de la cual haría falta un largo discurso para señalar el sentido en que estas palabras fueron entendidas por quienes las usaron, tanto en lo referente a la diferencia entre hacer y formar, como también en lo tocante a las manos de Dios. Porque aquellos que no entienden estas y semejantes expresiones de las Sagradas Escrituras, imaginan que atribuimos al Dios que está sobre todas las cosas una forma tal como la del hombre; y según su manera de pensar, se sigue que consideramos que el cuerpo de Dios está provisto de alas, ya que las Escrituras, entendidas al pie de la letra, atribuyen tales apéndices a Dios. El tema que nos ocupa, sin embargo, no nos obliga a interpretar estas expresiones; pues, en nuestras observaciones explicativas sobre el libro del Génesis, estas materias han sido, en lo que alcanzaron nuestras fuerzas, objeto de una especial investigación. Observe ahora la malignidad de Celso en lo que sigue. Pues la Escritura, al hablar de la formación del hombre, dice: Y sopló en su rostro el aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente. Donde Celso, deseando burlarse maliciosamente de la insuflación en su rostro del aliento de vida, y no entendiendo el sentido en que la expresión fue empleada, afirma que aquellos compusieron una historia según la cual un hombre fue formado por las manos de Dios, y fue inflado por un soplo de aliento insuflado en él, a fin de que, tomando la palabra inflado en un sentido semejante al del inflado de los odres, pudiera burlarse de la afirmación: Sopló en su rostro el aliento de vida, —términos que son usados en sentido figurado, y que requieren ser explicados para mostrar que Dios comunicó al hombre de su Espíritu incorruptible; como está dicho: Porque tu Espíritu incorruptible está en todas las cosas. Sabiduría 12:1
IV, 38
En el lugar siguiente, como su objeto es calumniar nuestras Escrituras, se burla de la siguiente afirmación: Y Dios hizo caer un profundo sueño sobre Adán, y éste durmió: y tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que había tomado del hombre formó a la mujer, y así lo demás; sin citar las palabras, las cuales darían al oyente la impresión de que son dichas con un sentido figurado. No querría tampoco que apareciera que las palabras fueron empleadas alegóricamente, aunque dice después que los más modestos entre los judíos y los cristianos se avergüenzan de estas cosas y se esfuerzan por darles de algún modo una significación alegórica. Ahora bien, podríamos decirle: ¿Acaso las afirmaciones de tu inspirado Hesíodo, las que hace respecto de la mujer en forma de mito, han de explicarse alegóricamente, en el sentido de que fue dada por Jove a los hombres como cosa mala, y como retribución por el robo del fuego; mientras que aquella respecto de la mujer que fue tomada del costado del hombre (después de que éste fuera sumido en profundo sueño), y formada por Dios, te parece que es relatada sin sentido racional ni significación secreta alguna? Pero ¿no es falta de sinceridad no burlarse de las primeras como mitos, sino admirarlas como ideas filosóficas con vestido mítico, y tratar con desprecio las segundas, como ofensivas al entendimiento, y declarar que no tienen valor alguno? Porque si, a causa de la mera fraseología, hemos de censurar lo que está destinado a tener un sentido secreto, mira si los siguientes versos de Hesíodo, un hombre, como tú dices, inspirado, no están mejor dotados para excitar la risa: —
'¡Hijo de Jápeto!' con corazón airado Dijo el que amontona las nubes: 'Oh, sin igual en el arte! Exulta en esta llama recobrada, ¿Y triunfas del dios engañado? Mas tú, con la posteridad de los hombres, Te lamentarás del fraude de que nacieron males mayores; Enviaré un mal por tu fuego furtivo, Mientras todos lo acogen y desean su perdición.' El padre que gobierna la tierra y domina el polo Había dicho, y la risa llenó su alma secreta. Mandó al dios artífice obedecer su precepto, Y modelar con aguas templadas arcilla dúctil: Infundir, mientras la vida y la forma comenzaban, La flexible vigor y la voz del hombre: Su aspecto bello como las diosas de arriba, Semejanza de virgen, con las cejas del amor. Mandó a Minerva enseñar el arte que tiñe La tela de colores, mientras vuela la lanzadera; Invocó la magia de la Reina del Amor para derramar Una gracia sin nombre en torno de su cortés cabeza; Infundir el deseo que anhela con inquieto afán, Y los cuidados del atavío que consumen el cuerpo: Mandó por último a Hermes implantar el refinado artificio De las maneras artificiosas y una mente desvergonzada. Dijo; y las potestades inferiores obedecieron a su rey: La fictil semejanza de una doncella pudorosa Se alzó de la tierra templada, por mandato de Jove, Bajo el dios que la formaba; el cinto y el vestido Fueron ceñidos y plegados por la mano de Minerva: Las gracias nacidas del cielo, y la blanda persuasión Adornaron sus redondos miembros con cadenas de oro: las horas De sueltos cabellos trenzaron sus sienes con flores de primavera. Todo el atavío el curioso cuidado de Minerva Formó a su figura, y ajustó a su aire. Mas en su pecho el heraldo de lo alto, Lleno de los consejos del profundo Jove tronante, Obra maneras artificiosas, obra mentiras pérfidas, Y habla que estremece la sangre y adormece a los sabios. Ella el intérprete de los dioses proclamó, Y nombró a la mujer con el nombre de Pandora; Pues todos los dioses confirieron sus dones, para encantar, A la inventiva raza de los hombres, este hermoso daño.
Además, lo que se dice también acerca del cofre está dotado por sí mismo para excitar la risa; por ejemplo: —
Antaño sobre la tierra moraban los hijos de los hombres Aparte de los males, y de la molesta carga del trabajo, Y de las duras enfermedades que traen la vejez al hombre; Ahora la triste vida de los mortales es un suspiro. Las manos de la mujer llevan un gran cofre; Levanta la tapa; esparce penas en el aire: Sola, retenida bajo los bordes del vaso, La Esperanza permaneció aún dentro de la celda intacta, Ni huyó fuera; así lo quiso Jove el que amontona las nubes: La mano de la mujer había dejado caer la tapa encima.
Ahora, a quien quisiera dar a estos versos un grave sentido alegórico (ya sea que tal sentido se contenga en ellos o no), le diríamos: ¿Acaso los griegos son los únicos a quienes es lícito encerrar un sentido filosófico en un velo secreto? ¿O quizá también los egipcios, y aquellos de los bárbaros que se enorgullecen de sus misterios y de la verdad (que en ellos está oculta); mientras que los judíos solos, con su legislador y sus historiadores, os parecen los hombres menos inteligentes? ¿Y es ésta la única nación que no ha recibido parte del poder divino, y que sin embargo fue tan grandiosamente instruida en cómo elevarse hacia la naturaleza increada de Dios, y contemplarle a Él solo, y esperar de Él solo (el cumplimiento de) sus esperanzas?
IV, 39
Pero así Celso se burla también de la serpiente, como si contradijera los mandatos que Dios dio al hombre, tomando la narración por una fábula de vieja, y ha omitido a propósito tanto el paraíso de Dios como el hecho de que se dice que Dios lo plantó en Edén hacia el oriente, y que de la tierra brotaron después todos los árboles hermosos a la vista y buenos para comer, y el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal, y las demás afirmaciones que siguen, las cuales podrían por sí mismas llevar a un lector imparcial a ver que todas estas cosas tenían, no indebidamente, un sentido alegórico, opongamos a esto las palabras de Sócrates acerca de Eros en el Banquete de Platón, las cuales son puestas en boca de Sócrates por ser más apropiadas que lo que acerca de él dijeron todos los demás en el Banquete. Las palabras de Platón son las siguientes: Cuando Afrodita nació, los dioses celebraron un banquete, y estaba presente, junto con los demás, Poros, hijo de Metis. Y después de que hubieron comido, llegó Penía a pedir algo (viendo que había un festín), y se quedó a la puerta. Poros, entretanto, habiéndose embriagado con el néctar (pues entonces no había vino), entró en el jardín de Zeus, y, cargado de bebida, se tendió a dormir. Penía, entonces, tramó en secreto, con el fin de librarse de su condición de pobreza, concebir un hijo de Poros, y así se acostó junto a él y concibió a Eros. Y por esta causa Eros se ha hecho seguidor y cortesano de Afrodita, habiendo sido engendrado en el festín de su cumpleaños, y siendo al mismo tiempo por naturaleza amante de lo bello, porque también Afrodita es bella. Viendo, pues, que Eros es hijo de Poros y de Penía, tal es su condición. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como la mayoría imagina; está marchito, y tostado por el sol, y descalzo, y sin hogar, durmiendo siempre sobre el suelo, sin cubierta alguna; yaciendo al aire libre junto a las puertas y en los caminos públicos; poseyendo la naturaleza de su madre, y morando continuamente con la indigencia. Pero, por otra parte, conforme al carácter de su padre, es dado a maquinar contra lo bello y lo bueno, siendo valiente, y impetuoso, y vehemente; cazador agudo, perpetuamente ideando ardides; muy dado a la previsión y a la vez fértil en recursos; obrando como filósofo durante toda su vida; terrible hechicero, y traficante en fármacos, y también sofista; ni inmortal por naturaleza ni tampoco mortal, sino que en un mismo día, a veces florece y vive cuando tiene abundancia, y otra vez muere, y de nuevo vuelve a la vida por poseer la naturaleza de su padre. Pero los recursos que se le suministran desaparecen siempre gradualmente, de modo que nunca está necesitado, ni tampoco rico; y, por otra parte, ocupa una posición intermedia entre la sabiduría y la ignorancia. Ahora bien, si quienes leen estas palabras imitaran la malignidad de Celso —¡que lejos esté esto de los cristianos!—, se burlarían del mito, y convertirían en objeto de chanza a este gran Platón; pero si, investigando en espíritu filosófico lo que se transmite bajo el vestido de un mito, lograran descubrir el sentido de Platón, (admirarán) la manera en que pudo ocultar, por causa de la multitud, bajo la forma de este mito, las grandes ideas que se le presentaban, y hablar de modo conveniente a quienes saben discernir de los mitos el verdadero sentido de quien los urdió. Ahora bien, he aducido este mito que se encuentra en los escritos de Platón, por la mención en él del jardín de Zeus, que parece guardar cierta semejanza con el paraíso de Dios, y por la comparación entre Penía y la serpiente, y la maquinación de Penía contra Poros, que puede compararse con la maquinación de la serpiente contra el hombre. No está muy claro, en verdad, si Platón dio con estas historias por azar, o si, como algunos piensan, habiendo conocido durante su visita a Egipto a ciertos individuos que filosofaban sobre los misterios de los judíos, y habiendo aprendido algunas cosas de ellos, conservó algunas de sus ideas y desechó otras, cuidándose de no ofender a los griegos con la adopción completa de todos los puntos de la filosofía de los judíos, que gozaban de mala fama entre la multitud, a causa del carácter extranjero de sus leyes y de su peculiar constitución. No es, sin embargo, éste el momento propio de explicar el mito de Platón, ni la historia de la serpiente y del paraíso de Dios, ni todo lo que se relata que ocurrió en él, pues en nuestra exposición del libro del Génesis nos hemos ocupado especialmente, lo mejor que hemos podido, de estas materias.
IV, 40
Pero así como afirma que el relato mosaico representa con suma impiedad a Dios en estado de debilidad desde el mismo principio (de las cosas), e incapaz de ganar para sí (a la obediencia) ni siquiera a un solo hombre formado por Él mismo, respondemos que la objeción es casi la misma que si uno censurara la existencia del mal, que Dios no ha podido impedir ni siquiera en un solo individuo, de modo que pudiera hallarse desde el principio de las cosas un hombre nacido en el mundo sin mancha de pecado. Porque así como aquellos cuyo oficio es defender la doctrina de la providencia lo hacen por medio de argumentos que no han de despreciarse, así también los temas de Adán y de su hijo serán tratados filosóficamente por quienes saben que en la lengua hebrea Adán significa hombre; y que en aquellas partes del relato que parecen referirse a Adán como individuo, Moisés diserta sobre la naturaleza del hombre en general. Porque en Adán (como dice la Escritura) todos mueren, y fueron condenados a la semejanza de la transgresión de Adán, afirmando la palabra de Dios esto no tanto de un individuo particular como del todo del género humano. Porque en la serie conexa de afirmaciones que parece aplicarse como a un individuo particular, la maldición pronunciada sobre Adán se considera común a todos (los miembros del género), y lo que se dijo con referencia a la mujer se dice de toda mujer sin excepción. Y la expulsión del hombre y de la mujer del paraíso, y su vestidura con túnicas de pieles (que Dios, a causa de la transgresión de los hombres, hizo para los que habían pecado), contienen cierta doctrina secreta y mística (que sobrepasa con mucho la de Platón) sobre el alma que pierde sus alas y es llevada hacia abajo a la tierra, hasta que pueda asirse de algún estable lugar de reposo.
IV, 41
Después de esto continúa así: Hablan, en el lugar siguiente, de un diluvio, y de un arca monstruosa que contenía dentro de sí todas las cosas, y de una paloma y un cuervo como mensajeros, falsificando y alterando temerariamente la historia de Deucalión; sin esperar, supongo, que estas cosas llegaran a la luz, sino imaginando que inventaban fábulas solamente para niños pequeños. Ahora bien, en estas observaciones nótese la hostilidad —tan impropia de un filósofo— que este hombre muestra hacia este antiquísimo relato judío. Porque, no pudiendo decir nada contra la historia del diluvio, y no advirtiendo lo que habría podido alegar contra el arca y sus dimensiones — a saber, que, según la opinión general, que aceptaba las afirmaciones de que era de trescientos codos de longitud, y de cincuenta de anchura, y de treinta de altura, era imposible sostener que contenía (todos) los animales que había sobre la tierra, catorce especímenes de todo animal limpio y cuatro de todo animal inmundo —, solamente la llamó monstruosa, conteniendo todas las cosas dentro de sí. Ahora bien, ¿en qué consistía su carácter monstruoso, viéndose que se relata que estuvo cien años en construcción, y que los trescientos codos de su longitud y los cincuenta de su anchura se contraían, hasta que los treinta codos de su altura terminaban en una cima de un codo de largo y un codo de ancho? ¿Por qué no hemos de admirar más bien una estructura que semejaba una ciudad extensa, si sus medidas se toman en lo que son capaces de significar, de modo que era de noventa mil codos de longitud en la base, y de dos mil quinientos de anchura? Y ¿por qué no hemos de admirar el designio que se evidenció en construirla tan compactamente, y en hacerla capaz de resistir una tempestad que causó un diluvio? Porque no fue embetunada con brea, ni con material alguno de esa clase, sino recubierta sólidamente con betún. Y ¿no es objeto de admiración que, por la disposición providencial de Dios, los elementos de todas las razas fueran introducidos en ella, para que la tierra recibiera de nuevo las semillas de todos los seres vivientes, mientras Dios se servía de un hombre sumamente justo para que fuera el progenitor de los que habían de nacer después del diluvio?
Comentario editorial · Las medidas del arca
Celso llama «monstruosa» el arca de Noé. Orígenes responde con las cifras de —trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto— y entiende que el arca se iba estrechando hasta rematar en una cima de un codo por un codo, es decir, que era una pirámide truncada; y, tomando las medidas «en lo que son capaces de significar», le sale una base de noventa mil codos por dos mil quinientos (300 × 300 y 50 × 50, cuenta del editor). Wikipedia recoge que Orígenes, ante un crítico que dudaba de que cupieran todos los animales, fijó para el arca esa forma de pirámide truncada de base cuadrada.
Para ampliar: Noah's Ark (Wikipedia (en))
IV, 42
A fin de demostrar que había leído el libro del Génesis, Celso rechaza la historia de la paloma, aunque no puede aducir razón alguna que pruebe que es una ficción. En el lugar siguiente, como es su costumbre, para poner el relato en una luz más ridícula, convierte el cuervo en una corneja, e imagina que Moisés así lo escribió, habiendo alterado temerariamente los relatos referidos acerca del griego Deucalión; a menos que acaso considere que el relato no procede de Moisés, sino de varios individuos, como parece por el empleo del número plural en las expresiones, falsificando y alterando temerariamente la historia de Deucalión, así como por las palabras, Pues ellos no esperaban, supongo, que estas cosas llegaran a la luz. Pero ¿cómo no habían de esperar ellos, que entregaron sus Escrituras a la toda la nación, que habían de venir a la luz, y que predijeron, además, que esta religión sería proclamada a todas las naciones? Jesús declaró: El reino de Dios será quitado de vosotros, y dado a una nación que produzca los frutos de él; y al pronunciar estas palabras a los judíos, ¿qué otro sentido quiso expresar sino este, a saber, que Él mismo, mediante su poder divino, sacaría a la luz la totalidad de las Escrituras judías, que contienen los misterios del reino de Dios? Si, pues, leen las Teogonías de los griegos, y las historias acerca de los doce dioses, les imparten un aire de dignidad, invistiéndolas de un sentido alegórico; pero cuando desean arrojar desprecio sobre nuestras narraciones bíblicas, afirman que son fábulas, torpemente inventadas para niños pequeños!
IV, 43
Del todo absurdo, e inoportuno, continúa él, es la (historia de la) generación de hijos, donde, aunque no ha mencionado ningún nombre, es evidente que se refiere a la historia de Abraham y de Sara. Censura también las conspiraciones de los hermanos, aludiendo ya sea al relato de Caín que maquinaba contra Abel, o, además, al de Esaú contra Jacob; y (hablando) del dolor de un padre, probablemente se refiere al de Isaac a causa de la ausencia de Jacob, y quizás también al de Jacob por haber sido José vendido en Egipto. Y al relatar el astuto proceder de las madres, supongo que se refiere a la conducta de Rebeca, que ingenió que la bendición de Isaac descendiera, no sobre Esaú, sino sobre Jacob. Ahora bien, si afirmamos que en todos estos casos Dios intervino de manera muy manifiesta, ¿qué absurdidad cometemos, puesto que estamos persuadidos de que Él nunca retira su providencia de quienes se consagran a Él en una vida honrosa y vigorosa? Se burla, además, de la adquisición de bienes hecha por Jacob mientras vivía con Labán, sin comprender a qué se refieren estas palabras: Y las que no tenían manchas eran de Labán, y las manchadas eran de Jacob; y dice que Dios dotó a sus hijos de asnos, y ovejas, y camellos, y no vio que todas estas cosas les acontecieron para ejemplo, y fueron escritas por causa nuestra, sobre quienes los fines de los siglos han llegado. Las costumbres diversas (que prevalecen entre las distintas naciones), al hacerse célebres, son reguladas por la palabra de Dios, siendo dadas como posesión a aquel que es llamado figuradamente Jacob. Porque aquellos que se convierten a Cristo de entre los gentiles son indicados por la historia de Labán y de Jacob.