VIII, 59
Probablemente los que abrazan las opiniones de Celso se reirán de nosotros cuando digamos: En el nombre de Jesús toda rodilla se doblará, de lo que está en los cielos, y de lo que está en la tierra, y de lo que está debajo de la tierra; y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios el Padre. Pero aunque se burlen de semejante afirmación, recibirán en su apoyo argumentos mucho más convincentes que los que Celso aporta en favor de Chnoumen, Chnacoumen, Cnat, Sicat y el resto del catálogo egipcio, a quienes menciona como invocados y como sanadores de las enfermedades de las distintas partes del cuerpo humano. Y obsérvese cómo, mientras procura apartarnos de nuestra fe en el Dios de todas las cosas por medio de Jesucristo, nos exhorta, por el bienestar de nuestros cuerpos, a la fe en treinta y seis demonios bárbaros, a quienes invocan únicamente los magos egipcios de alguna manera desconocida, y que nos prometen a cambio grandes beneficios. Según Celso, pues, sería mejor para nosotros entregarnos ahora a la magia y a la hechicería que abrazar el cristianismo, y poner nuestra fe en una multitud innumerable de demonios que en el Dios omnipotente, viviente, que se manifiesta a sí mismo, el cual se ha dado a conocer por Aquel que por su gran poder ha difundido entre todos los hombres, por todo el mundo, los verdaderos principios de santidad; sí, puedo añadir sin exageración, ha dado este conocimiento a todos los seres en todas partes dotados de razón y necesitados de ser librados de la plaga y la corrupción del pecado.
VIII, 60
Celso, sin embargo, sospechando que la tendencia de una enseñanza como la que aquí da es conducir a la magia, y temiendo que de tales afirmaciones pueda surgir algún daño, añade: No obstante, debe ponerse cuidado en que nadie, familiarizando su mente con estas materias, llegue a ocuparse demasiado en ellas, y en que, por un excesivo cuidado del cuerpo, aparte su mente de las cosas superiores y las deje caer en el olvido. Porque quizá no debamos despreciar la opinión de aquellos sabios que dicen que la mayor parte de los demonios de la tierra se ocupan del placer carnal, de la sangre, de los olores, de los sonidos dulces y de otras cosas semejantes de los sentidos; y que por eso no pueden hacer más que sanar el cuerpo, o predecir las fortunas de los hombres y de las ciudades, y hacer otras cosas que se relacionan con esta vida mortal. Si hay, pues, tal peligro en esta dirección, como el mismo enemigo de la verdad de Dios confiesa, ¡cuánto mejor es evitar todo riesgo de entregarnos demasiado al poder de tales demonios, y de desviarnos de las cosas superiores, y de dejar que pasen al olvido por una excesiva atención al cuerpo; encomendándonos al Dios sumo por medio de Jesucristo, el cual nos ha dado tal instrucción, y pidiéndole todo auxilio, y la custodia de los ángeles santos y buenos, para que nos defiendan de los espíritus de la tierra inclinados a la lujuria, y a la sangre, y a los olores de los sacrificios, y a los sonidos extraños, y a las demás cosas sensuales! Porque aun, según la confesión de Celso, no pueden hacer más que curar el cuerpo. Pero, en verdad, yo diría que no está claro que estos demonios, por mucho que sean reverenciados, puedan siquiera curar el cuerpo. Mas al buscar la curación de la enfermedad, el hombre debe seguir o el método más ordinario y sencillo, y recurrir al arte de la medicina; o, si quiere ir más allá de los métodos comunes usados por los hombres, debe elevarse al camino más alto y mejor de buscar la bendición de Aquel que es el Dios de todas las cosas, mediante la piedad y las oraciones.
VIII, 61
Consideren consigo mismos cuál disposición de ánimo será más grata al Dios Altísimo, cuyo poder es supremo y universal, y que gobierna todas las cosas para el bienestar del hombre en el cuerpo, en el alma y en los bienes exteriores: si la del hombre que se entrega a Dios en todas las cosas, o la del hombre que se ocupa con curiosa inquisición de los nombres de los demonios, de sus potestades y de su acción, de los encantamientos, de las hierbas que les son propias, y de las piedras con las inscripciones grabadas en ellas, correspondientes simbólicamente o de otro modo a sus formas tradicionales? Es evidente aun para los menos inteligentes que la disposición del hombre sencillo y no dado a indagaciones curiosas, sino consagrado en todas las cosas a la voluntad divina, será la más grata a Dios y a todos los que se le asemejan; mas la del hombre que, por la salud del cuerpo, por el placer corporal y por la prosperidad exterior, se ocupa de los nombres de los demonios e indaga con qué encantamientos ha de aplacarlos, será condenada por Dios como mala e impía, más conforme a la naturaleza de los demonios que a la de los hombres, y será entregada para ser despedazada y de otro modo atormentada por los demonios. Porque es probable que ellos, como criaturas malvadas y, como confiesa Celso, aficionadas a la sangre, a los olores de los sacrificios, a los sonidos dulces y a cosas semejantes, no guardarán sus promesas más solemnes a quienes les suministran estas cosas. Pues si otros invocan su auxilio contra las personas que ya los han invocado, y compran su favor con una mayor provisión de sangre, de olores y de tales ofrendas como ellos exigen, tomarán partido contra los que ayer sacrificaron y les presentaron ofrendas gratas.
VIII, 62
En un pasaje anterior, Celso había hablado largamente sobre el tema de los oráculos, y nos había remitido a sus respuestas como a la voz de los dioses; pero ahora se enmienda, y confiesa que quienes predicen las fortunas de los hombres y de las ciudades, y se ocupan de los asuntos mortales, son espíritus terrenos, entregados a los apetitos carnales, a la sangre, a los olores, a los sonidos dulces y a otras cosas semejantes, y que no pueden elevarse por encima de estos objetos sensibles. Quizá, cuando nos opusimos a la enseñanza teológica de Celso respecto de los oráculos, y al honor tributado a los llamados dioses, alguno pudo sospechar de nosotros impiedad al afirmar que aquello eran estratagemas de potestades demoníacas para arrastrar a los hombres al goce carnal. Pero quienquiera que albergara contra nosotros esta sospecha, puede ahora creer que las afirmaciones sostenidas por los cristianos estaban bien fundadas, cuando ve el pasaje arriba citado de los escritos de uno que se declara adversario del cristianismo, pero que ahora, por fin, escribe como quien ha sido vencido por el espíritu de la verdad. Aunque, pues, Celso dice que debemos ofrecerles sacrificios en cuanto nos son provechosos, pues ofrecerlos indiscriminadamente no lo permite la razón, sin embargo, no hemos de ofrecer sacrificios a demonios aficionados a la sangre y a los olores; ni ha de ser profanado el Ser Divino en nuestras mentes, siendo rebajado al nivel de demonios malvados. Si Celso hubiera sopesado cuidadosamente el significado de la palabra provechoso, y hubiera considerado que el más verdadero provecho reside en la virtud y en la acción virtuosa, no habría aplicado la fórmula en cuanto nos son provechosos al servicio de tales demonios, como él mismo ha reconocido que son. Si, pues, la salud del cuerpo y el éxito en la vida habían de llegarnos a condición de servir a tales demonios, preferiríamos la enfermedad y la desdicha acompañadas de la conciencia de estar verdaderamente consagrados a la voluntad de Dios. Porque esto es preferible a estar mortalmente enfermo en el alma, y miserable por estar separado y desterrado de Dios, aunque sano en el cuerpo y abundante en prosperidad terrena. Y antes acudiríamos en busca de auxilio a Aquel que no busca nada alguno sino el bienestar de los hombres y de todas las criaturas racionales, que a quienes se deleitan en la sangre y en los olores de los sacrificios.
VIII, 63
Después de haber dicho tanto de los demonios, y de su afición a la sangre y al olor de los sacrificios, Celso añade, como quien desea retractarse de la acusación que había formulado: La opinión más justa es que los demonios nada desean y nada necesitan, sino que se complacen en quienes les rinden oficios de piedad. Si Celso creía que esto era verdad, debió decirlo, en lugar de hacer sus afirmaciones anteriores. Pero, en verdad, la naturaleza humana jamás es del todo abandonada por Dios y por su Unigénito Hijo, la Verdad. Por eso aun Celso dijo la verdad cuando hizo que los demonios se complacieran en la sangre y en el humo de las víctimas; aunque, por la fuerza de su propia naturaleza malvada, recae en sus errores, y compara a los demonios con hombres que cumplen rigurosamente todo deber, incluso para con quienes no muestran gratitud; mientras que a los agradecidos los colman de actos de bondad. Aquí me parece que Celso cae en confusión. Unas veces su juicio es oscurecido por la influencia de los demonios, y otras se recobra de su poder engañoso y alcanza algunos destellos de la verdad. Porque de nuevo añade: Nunca debemos perder de modo alguno nuestro aferramiento a Dios, ni de día ni de noche, ni en público ni en secreto, ni de palabra ni de obra, sino en todo cuanto hagamos o dejemos de hacer. Es decir, según yo lo entiendo, en todo cuanto hagamos en público, en todas nuestras acciones, en todas nuestras palabras, tenga el alma su mirada constantemente fija en Dios. Y, sin embargo, de nuevo, como quien, tras luchar en argumento contra las inspiraciones insensatas de los demonios, fuera del todo vencido por ellas, añade: Si esto es así, ¿qué daño hay en ganarse el favor de los soberanos de la tierra, ya sea de una naturaleza distinta de la nuestra, ya de príncipes y reyes humanos? Pues estos han alcanzado su dignidad por mediación de los demonios. En una parte anterior, Celso hizo cuanto pudo por degradar nuestras almas al culto de los demonios; y ahora desea que busquemos el favor de reyes y príncipes, de los cuales, como el mundo y toda la historia están llenos, no considero necesario citar ejemplos.
VIII, 64
Existe pues, aquel cuyo favor debemos buscar, y a quien debemos rogar que se muestre propicio para con nosotros: el Dios Altísimo, cuyo favor se alcanza por la piedad y la práctica de toda virtud. Y si quiere que busquemos el favor de otros después del Dios Altísimo, que considere que, así como el movimiento de la sombra sigue al del cuerpo que la proyecta, del mismo modo se sigue que, cuando tenemos el favor de Dios, tenemos también la benevolencia de todos los ángeles y espíritus amigos de Dios. Porque ellos saben quiénes son dignos de la aprobación divina, y no solo se muestran bien dispuestos hacia ellos, sino que cooperan con ellos en sus esfuerzos por agradar a Dios: buscan su favor en su nombre; a sus oraciones unen las propias oraciones e intercesiones por ellos. Podemos, en verdad, afirmar con valentía que los hombres que aspiran a cosas mejores tienen, cuando oran a Dios, a decenas de millares de potestades sagradas de su parte. Estas, aun sin ser invocadas, oran con ellos, socorren a nuestro linaje mortal y, si así puedo decirlo, toman las armas a su lado: porque ven a los demonios combatir y pelear con máximo empeño contra la salvación de los que se consagran a Dios y desprecian la hostilidad de los demonios; ven su ferocidad en el odio contra el hombre que rehúsa servirles con la sangre y el humo de los sacrificios, antes bien se esfuerza por todos los medios, de palabra y de obra, por estar en paz y unión con el Altísimo mediante Jesús, el cual puso en fuga a multitudes de demonios cuando iba por todas partes sanando y librando a cuantos estaban oprimidos por el diablo.
VIII, 65
Además, nosotros debemos despreciar el ganarnos el favor de los reyes o de cualquier otro hombre, no solo cuando ese favor ha de ganarse mediante homicidios, libertinajes u obras de crueldad, sino incluso cuando implica impiedad hacia Dios, o cualquier expresión servil de adulación y obsequiosidad, cosas indignas de hombres valerosos y de principios elevados, que se proponen añadir a sus demás virtudes aquella virtud suprema, la paciencia y la fortaleza. Pero, aunque nada hacemos contrario a la ley y a la palabra de Dios, no estamos tan locos como para provocar contra nosotros la ira de los reyes y de los príncipes, la cual acarrearía sobre nosotros sufrimientos y tormentos, o incluso la muerte. Porque leemos: Toda alma se someta a las potestades superiores; porque no hay potestad sino de Dios, y las que existen, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la potestad, a la ordenación de Dios se opone. Estas palabras las hemos explicado largamente, según nuestras fuerzas, y con diversas aplicaciones, en nuestra exposición de la Epístola a los Romanos; pero por ahora las hemos tomado en su acepción más obvia y comúnmente recibida, para responder al dicho de Celso, de que no es sin el poder de los demonios como los reyes han sido elevados a su dignidad real. Aquí podría decirse mucho sobre la constitución de los reyes y de los gobernantes, pues el tema es amplio, y abarca tanto a los gobernantes que reinan con crueldad y tiranía como a los que hacen del oficio real el medio de entregarse al lujo y a los placeres pecaminosos. Dejaremos, pues, por ahora, de lado el examen completo de este tema. No juraremos, sin embargo, jamás por la Fortuna del rey, ni por otra cosa alguna que se considere equivalente a Dios. Porque si la palabra fortuna no es más que una expresión del curso incierto de los acontecimientos, como dicen algunos, aunque no parecen estar de acuerdo, no juramos por eso como por Dios, siendo algo que no tiene existencia, como si existiera realmente y pudiera hacer algo, no sea que nos obliguemos con juramento a cosas que no tienen existencia. Si, por otra parte (como piensan otros, que dicen que jurar por la Fortuna del rey de los romanos es jurar por su demonio), lo que se llama la Fortuna del rey está en poder de los demonios, entonces, en ese caso, debemos morir antes que jurar por un demonio malvado y traicionero, que muchas veces peca junto con el hombre de quien se apodera, y peca incluso más que él.
Comentario editorial · Jurar por la «Fortuna del rey»
Orígenes declara que los cristianos no juran por la «Fortuna del rey» ni por nada que se tenga por equivalente a Dios, y que si la Fortuna del rey de los romanos es su demonio, antes morirían que jurar por él. El mundo romano conocía el culto al genius del emperador, que según Wikipedia empezó con Augusto, cuando el Senado decretó que todos los banquetes incluyeran una libación a su genio. Que lo que Orígenes llama «Fortuna» corresponda a ese genius es una lectura del editor. Un precedente conocido es el de los mártires escilitanos, ejecutados en Cartago en 180: cuando se les pidió jurar por el emperador Marco Aurelio, su portavoz, Esperato, contestó que no reconocía el imperio de este mundo (Wikipedia).
VIII, 66
Entonces Celso, siguiendo el ejemplo de los que están bajo la influencia de los demonios — ora reponiéndose, ora recayendo, como si volviera a recobrar el sentido — dice: Si, sin embargo, a algún adorador de Dios se le ordenara hacer algo impío, o decir algo vil, semejante mandato no debe ser obedecido de ninguna manera; antes bien, debemos afrontar toda clase de tormentos, o someternos a cualquier género de muerte, antes que decir o aun pensar nada indigno de Dios. De nuevo, sin embargo, por ignorancia de nuestros principios, y en total confusión de pensamiento, dice: Pero si alguno te manda celebrar al sol, o cantar un alegre canto triunfal en alabanza de Minerva, al celebrar sus alabanzas parecerá que rindes mayor alabanza a Dios; porque la piedad, al extenderse a todas las cosas, se hace más perfecta. A esto respondemos que no esperamos mandato alguno para celebrar las alabanzas del sol; porque hemos sido enseñados a hablar bien no solo de las criaturas obedientes a la voluntad de Dios, sino aun de nuestros enemigos. Por tanto alabamos al sol como la gloriosa obra de Dios, que obedece sus leyes y escucha la llamada: Alabad al Señor, sol y luna, y con todas vuestras potencias proclamad las alabanzas del Padre y Creador de todas las cosas. Minerva, sin embargo, a quien Celso equipara con el sol, es objeto de varios mitos griegos, ya contengan éstos algún sentido oculto o no. Dicen que Minerva brotó armada del cerebro de Júpiter; que cuando fue perseguida por Vulcano, huyó de él para conservar su honor; y que de la semilla que cayó a tierra en el ardor de la pasión de Vulcano, nació un niño a quien Minerva crió y llamó Erictónio,
Que debía su crianza a la doncella de ojos azules, Mas del surco fecundo tomó su nacimiento,
Poderoso vástago de la fértil tierra.
Es, pues, evidente que, si admitimos a Minerva como hija de Júpiter, debemos admitir también muchas fábulas y ficciones que no puede admitir nadie que rechace las fábulas y busca la verdad.
VIII, 67
Y a considerar estos mitos en un sentido figurado, y entender Minerva como representación de la prudencia, que alguien muestre cuáles fueron los hechos reales de su historia sobre los que se funda esta alegoría. Porque, aun suponiendo que quienes instituyeron misterios y ceremonias para sus seguidores, y quisieron que su nombre fuera celebrado como el de una diosa, rindieran honores a Minerva por haber sido una mujer de la antigüedad, con mucha mayor razón se nos prohíbe rendir honores divinos a Minerva, si no nos es permitido adorar objeto tan glorioso como el sol, aunque podamos celebrar su gloria. Celso, en efecto, dice que parecemos honrar más al gran Dios cuando cantamos himnos en honor del sol y de Minerva; pero sabemos que es precisamente lo contrario. Porque cantamos himnos solo al Dios Altísimo, y a su Unigénito, que es el Verbo y Dios; y alabamos a Dios y a su Unigénito, como lo hacen también el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército del cielo. Porque todos ellos forman un coro divino, y se unen a los justos entre los hombres para celebrar las alabanzas del Dios Altísimo y de su Unigénito. Ya hemos dicho que no debemos jurar por un rey humano, ni por lo que se llama la Fortuna del rey. No nos es, pues, necesario refutar de nuevo estas afirmaciones: Si se te manda jurar por un rey humano, no hay nada malo en ello. Porque a él se le ha dado cuanto hay sobre la tierra; y cuanto recibes en esta vida, lo recibes de él. Negamos, sin embargo, que todas las cosas que hay sobre la tierra hayan sido dadas al rey, o que cuanto recibimos en esta vida lo recibamos de él. Porque cuanto recibimos recta y dignamente lo recibimos de Dios, y por su providencia, como los frutos maduros, y el grano que fortalece el corazón del hombre, y la vid que agrada, y el vino que alegra el corazón del hombre. Y además, el fruto del olivo, para hacer resplandecer el rostro, lo tenemos de la providencia de Dios.
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Celso prosigue diciendo que no debemos desobedecer al antiguo escritor, que dijo hace mucho tiempo: 'Sea uno solo el rey, al que el hijo del astuto Saturno designó;' y añade: Si desecháis esta máxima, con justicia sufriréis a manos del rey. Porque si todos hicieran lo mismo que vosotros, nada impediría que quedara en completa soledad y desamparo, y los asuntos de la tierra caerían en manos de los más salvajes y sin ley de los bárbaros; y entonces ya no quedaría entre los hombres ninguna de la gloria de vuestra religión ni de la verdadera sabiduría. Si, pues, ha de haber un solo señor, un solo rey, no debe ser el hombre a quien el hijo del astuto Saturno designó, sino aquel a quien dio el poder el que quita reyes y pone reyes, y que en tiempo de necesidad levanta sobre la tierra al hombre útil. Eclesiástico 10:4 Porque los reyes no son designados por aquel hijo de Saturno que, según la fábula griega, arrojó a su padre del trono y lo envió al Tártaro (cualquiera que sea la interpretación que se dé a esta alegoría), sino por Dios, que gobierna todas las cosas y dispone sabiamente cuanto pertenece al establecimiento de los reyes. Por eso nosotros sí desechamos la máxima contenida en el verso,
Al que el hijo del astuto Saturno designó;
porque sabemos que ningún dios ni padre de un dios idea jamás nada torcido ni astuto. Pero estamos lejos de desechar la noción de la providencia, y de que las cosas sucedan directa o indirectamente por obra de la providencia. Y el rey no nos infligirá el castigo merecido si decimos que no el hijo del astuto Saturno le dio su reino, sino Aquel que quita y pone reyes. ¡Y ojalá todos siguieran mi ejemplo rechazando la máxima de Homero, manteniendo el origen divino del reino y observando el precepto de honrar al rey! En tales circunstancias el rey no quedará en completa soledad y desamparo, ni los asuntos del mundo caerán en manos de los más impíos y salvajes bárbaros. Porque si, según las palabras de Celso, hacen ellos como yo hago, es evidente que aun los bárbaros, cuando obedezcan a la palabra de Dios, se volverán sumamente obedientes a la ley y sumamente humanos; y toda forma de culto será destruida, excepto la religión de Cristo, que prevalecerá sola. Y en verdad un día triunfará, conforme sus principios van tomando posesión de las mentes de los hombres más y más cada día.
VIII, 69
Celso, pues, como si no advirtiera que estaba diciendo algo inconsistente con las palabras que acababa de emplear, si todos hicieran lo mismo que vosotros, añade: Seguramente no diréis que si los romanos, en cumplimiento de vuestro deseo, descuidaran sus deberes acostumbrados para con los dioses y los hombres, y adoraran al Dios Altísimo, o como os plazca llamarle, él bajará y peleará por ellos, de modo que no necesiten otra ayuda que la suya. Porque este mismo Dios, como vosotros mismos decís, prometió antiguamente esto y mucho más a los que le servían, ¡y ved de qué manera los ha ayudado a ellos y a vosotros! Ellos, en lugar de ser señores de todo el mundo, no conservan ni siquiera un pedazo de tierra o un hogar; y en cuanto a vosotros, si alguno de vosotros transgrede aun en secreto, es descubierto y castigado con muerte. Como la cuestión planteada es: ¿Qué sucedería si los romanos fueran persuadidos de adoptar los principios de los cristianos, de despreciar los deberes rendidos a los dioses reconocidos y a los hombres, y de adorar al Dios Altísimo?, esta es mi respuesta a la cuestión. Decimos que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por el Padre de los justos que está en los cielos; porque Dios se regocija en el acuerdo de los seres racionales y se aparta de la discordia. ¿Y qué hemos de esperar, si no solo unos pocos, como sucede ahora, se ponen de acuerdo, sino todo el imperio de Roma? Porque orarán al Verbo, que dijo antiguamente a los hebreos, cuando eran perseguidos por los egipcios: El Señor peleará por vosotros, y vosotros estaréis quietos; y si todos se unen en oración a una voz, podrán poner en fuga a enemigos muchos más numerosos que aquellos que fueron desbaratados por la oración de Moisés cuando clamó al Señor, y de los que oraban con él. Ahora bien, si lo que Dios prometió a los que guardan su ley no se ha cumplido, la razón de su incumplimiento no ha de atribuirse a la infidelidad de Dios. Pero él hizo depender el cumplimiento de sus promesas de ciertas condiciones — a saber, que observaran y vivieran conforme a su ley; y si los judíos no conservan ni un pedazo de tierra ni una habitación, aunque recibieron estas promesas condicionales, toda la culpa ha de imputarse a sus crímenes, y especialmente a su culpa en el trato dado a Jesús.
VIII, 70
Pero si todos los romanos, según la suposición de Celso, abrazan la fe cristiana, cuando oren vencerán a sus enemigos; o mejor dicho, no harán guerra en absoluto, guardados por aquel poder divino que prometió salvar cinco ciudades enteras por causa de cincuenta justos. Porque los hombres de Dios son, sin duda, la sal de la tierra: ellos conservan el orden del mundo; y la sociedad se mantiene unida mientras la sal no se corrompa: pues si la sal se desvaneciere, ni para la tierra ni para el muladar es útil; mas es echada fuera y pisoteada por los hombres. El que tiene oídos, oiga el sentido de estas palabras. Cuando Dios da al tentador permiso para perseguirnos, entonces sufrimos persecución; y cuando Dios quiere que estemos libres de sufrimiento, aun en medio de un mundo que nos aborrece, gozamos de una paz admirable, confiando en la protección de Aquel que dijo: Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo. Y en verdad ha vencido al mundo. Por tanto, el mundo prevalece solamente mientras place a Aquel que recibió del Padre el poder de vencer al mundo; y de su victoria tomamos aliento. Si quisiera aun que de nuevo contendiéramos y lucháramos por nuestra religión, venga el enemigo contra nosotros, y les diremos: Todo lo puedo en Cristo Jesús, Señor nuestro, que me fortalece. Porque de dos gorriones que se venden por un cuarto, como dice la Escritura, no uno de ellos cae en tierra sin nuestro Padre que está en los cielos. Y tan completamente abraza la Divina Providencia todas las cosas, que ni aun los cabellos de nuestra cabeza dejan de ser contados por él.
VIII, 71
Celso otra vez, como es su costumbre, se confunde, y nos atribuye cosas que ninguno de nosotros ha escrito jamás. Sus palabras son: Ciertamente es insoportable que digáis que, si nuestros actuales gobernantes, al abrazar vuestras opiniones, son tomados por el enemigo, podréis todavía persuadir a los que gobernaren después de ellos; y después que éstos hayan sido tomados, persuadiréis a sus sucesores, y así sucesivamente, hasta que al fin, cuando todos los que hayan cedido a vuestra persuasión hayan sido tomados, surja algún prudente gobernante, que con previsión de lo que se avecina os destruirá a todos por completo antes de perecer él mismo. No hay necesidad de responder a estas acusaciones: porque ninguno de nosotros dice de nuestros actuales gobernantes que, si abrazan nuestras opiniones y son tomados por el enemigo, podamos persuadir a sus sucesores; y cuando éstos sean tomados, a los que vengan después de ellos, y así sucesivamente. Pero ¿en qué funda la afirmación de que, cuando una sucesión de los que han cedido a nuestra persuasión haya sido tomada por no rechazar al enemigo, surgirá algún prudente gobernante, que con previsión de lo que se avecina nos destruirá por completo? Pero aquí me parece que se complace en inventar y proferir los más disparatados absurdos.
VIII, 72
Después dice Si fuera posible —insinuando al mismo tiempo que lo consideraba sumamente deseable— que todos los habitantes de Asia, de Europa y de Libia, griegos y bárbaros, todos hasta los últimos confines de la tierra, vinieran a estar bajo una sola ley; pero juzgando esto del todo imposible, añade: Cualquiera que crea esto posible, no sabe nada. Harían falta un atento examen y una dilatada argumentación para demostrar que no sólo es posible, sino que seguramente ha de cumplirse, que todos los dotados de razón vengan a estar bajo una sola ley. Pero, si hemos de tratar este asunto, será con gran brevedad. Los estoicos, en efecto, sostienen que, cuando prevalece el más fuerte de los elementos, todas las cosas serán convertidas en fuego. Pero nuestra creencia es que el Verbo prevalecerá sobre toda la creación racional, y transformará cada alma en su propia perfección; estado en el cual cada uno, por el mero ejercicio de su poder, elegirá lo que desee y obtendrá lo que elija. Porque aunque en las enfermedades y heridas del cuerpo hay algunas que ningún arte médico puede curar, sostenemos que en la mente no hay maldad tan fuerte que no pueda ser vencida por el Verbo supremo y Dios. Pues más fuerte que todos los males del alma es el Verbo, y el poder sanador que mora en Él; y esta sanidad Él aplica, según la voluntad de Dios, a todo hombre. La consumación de todas las cosas es la destrucción del mal, aunque, en cuanto a si será destruido de modo que jamás pueda surgir de nuevo en ninguna parte, no corresponde a nuestro propósito presente decirlo. Muchas cosas se dicen oscuramente en las profecías sobre la total destrucción del mal y la restauración a la justicia de toda alma; pero bastará para nuestro propósito presente citar el siguiente pasaje de Sofonías: Preparaos y madrugad; todas las rebuscas de sus viñas son destruidas. Espera, pues, en Mí, dice el Señor, en el día en que me levantaré para testimonio; porque mi determinación es reunir las naciones, juntar los reinos, para derramar sobre ellos mi indignación, toda la ira de mi furor; pues toda la tierra será consumida con el fuego de mi celo. Entonces daré al pueblo lengua pura, para que todos invoquen el nombre del Señor, para servirle con un mismo consentimiento. Desde más allá de los ríos de Etiopía mis adoradores, la hija de mis dispersos, traerán mi ofrenda. En aquel día no seréis avergonzados por todas vuestras obras con que prevaricasteis contra Mí; porque entonces quitaré de en medio de ti a los que se alegran en tu soberbia, y nunca más serás altiva a causa de mi santo monte. Dejaré también en medio de ti un pueblo afligido y pobre, y ellos confiarán en el nombre del Señor. El remanente de Israel no cometerá iniquidad, ni hablará mentira; ni será hallada en su boca lengua engañosa; porque serán apacentados y se acostarán, y no habrá quien los atemorice. Dejo a los que puedan, tras un estudio cuidadoso de todo el asunto, el desplegar el sentido de esta profecía, y especialmente inquirir la significación de las palabras: Cuando toda la tierra sea destruida, será vuelta sobre los pueblos una lengua según su raza, como antes de la confusión de lenguas. Consideren también con cuidado la promesa de que todos invocarán el nombre del Señor y le servirán con un mismo consentimiento; también que todo oprobio despectivo será quitado, y no habrá ya injusticia, ni palabra vana, ni lengua engañosa. Y esto es cuanto me ha parecido necesario decir brevemente, y sin entrar en detalles elaborados, en respuesta a la observación de Celso, de que consideraba imposible todo acuerdo entre los habitantes de Asia, de Europa y de Libia, tanto griegos como bárbaros. Y quizá tal resultado sería en verdad imposible para los que están todavía en el cuerpo, pero no para los que han sido liberados de él.
VIII, 73
En el lugar siguiente, Celso nos exhorta a ayudar al rey con todas nuestras fuerzas, y a trabajar con él en el mantenimiento de la justicia, a combatir por él; y si lo requiere, a combatir bajo sus órdenes o a conducir un ejército juntamente con él. A esto respondemos que, cuando la ocasión lo requiere, sí prestamos ayuda a los reyes, y una ayuda, por así decirlo, divina, revestidos de toda la armadura de Dios. Y lo hacemos en obediencia al precepto del apóstol: Ruego, pues, ante todas las cosas, que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia; y cuanto más sobresale alguno en piedad, tanto más eficaz ayuda presta a los reyes, mayor incluso que la de los soldados, que salen a combatir y a matar a cuantos enemigos pueden. Y a aquellos enemigos de nuestra fe que nos exigen tomar las armas por la república y matar hombres, podemos responder: ¿Acaso no mantienen las manos limpias de sangre quienes son sacerdotes en ciertos santuarios, y quienes asisten a ciertos dioses, según vosotros los contáis, a fin de ofrecer con manos inmaculadas y exentas de sangre humana los sacrificios prescritos a vuestros dioses; y aun cuando la guerra está sobre vosotros, jamás alistan a los sacerdotes en el ejército? Si, pues, esa es una costumbre digna de alabanza, cuánto más lo será que, mientras otros se ocupan en la batalla, éstos también se ocupen como sacerdotes y ministros de Dios, manteniendo sus manos puras y luchando en oraciones a Dios por los que combaten en causa justa, y por el rey que reina con justicia, para que todo lo que se opone a los que obran rectamente sea destruido. Y como por nuestras oraciones vencemos a todos los demonios que incitan a la guerra, conducen a la violación de los juramentos y perturban la paz, somos de este modo mucho más útiles a los reyes que los que salen al campo a combatir por ellos. Y sí tomamos parte en los asuntos públicos, cuando junto a las oraciones piadosas unimos ejercicios de abnegación y meditaciones, que nos enseñan a despreciar los placeres y a no dejarnos arrastrar por ellos. Y ninguno combate mejor por el rey que nosotros. Cierto es que no combatimos bajo sus órdenes, aunque él lo requiera; pero combatimos en su favor, formando un ejército especial —un ejército de piedad—, ofreciendo nuestras oraciones a Dios.
Comentario editorial · «Un ejército de piedad»
Celso pide a los cristianos que ayuden al emperador con todas sus fuerzas, y si hace falta, que combatan bajo sus órdenes. Orígenes responde que ayudan con la oración, y que lo hacen mejor que los soldados. Su argumento: a los sacerdotes de los templos paganos no se les alista, para que ofrezcan los sacrificios con las manos limpias de sangre; los cristianos son «sacerdotes y ministros de Dios», y por eso forman «un ejército especial —un ejército de piedad—». Antes de Constantino, según Wikipedia, las posturas cristianas ante la guerra no fueron uniformes: Justino y Taciano hablan de renunciar a ella, y a la vez muchos cristianos sirvieron en el ejército.
Para ampliar: Christian pacifism (Wikipedia (en))
VIII, 74
Y si Celso quiere que conduzcamos ejércitos en defensa de nuestra patria, sepa que también nosotros hacemos esto, y no con el propósito de ser vistos por los hombres ni por vanagloria. Porque en secreto, y en nuestros propios corazones, hay oraciones que ascienden como de sacerdotes en favor de nuestros conciudadanos. Y los cristianos son benefactores de su patria más que los demás. Porque forman ciudadanos, e inculcan piedad hacia el Ser Supremo; y promueven a aquellos cuya vida en las más pequeñas ciudades ha sido buena y digna a una ciudad divina y celestial, a quienes puede decirse: Habéis sido fieles en la pequeña ciudad, venid a una grande, donde Dios está en la congregación de los dioses, y juzga en medio de los dioses; y os cuenta entre ellos, si ya no morís como hombre, ni caéis como uno de los príncipes.
VIII, 75
Celso también nos exhorta a que asumamos cargos en el gobierno del país, si ello se requiere para el mantenimiento de las leyes y el sostenimiento de la religión. Pero reconocemos en cada estado la existencia de otra organización nacional, fundada por el Verbo de Dios, y exhortamos a los que son poderosos en palabra y de vida irreprensible a que gobiernen las Iglesias. A los que ambicionan gobernar los rechazamos; pero constreñimos a los que, por exceso de modestia, no se dejan inducir fácilmente a tomar un cargo público en la Iglesia de Dios. Y los que gobiernan bien entre nosotros están bajo la influencia constriñente del gran Rey, a quien creemos ser el Hijo de Dios, Dios el Verbo. Y si los que gobiernan en la Iglesia, y son llamados rectores de la nación divina —es decir, la Iglesia—, gobiernan bien, gobiernan conforme a los mandatos divinos, y nunca se dejan extraviar por la política mundana. Y no es con el propósito de sustraerse a los deberes públicos que los cristianos rehúyen los cargos públicos, sino para reservarse a un servicio más divino y más necesario en la Iglesia de Dios: la salvación de los hombres. Y este servicio es a la vez necesario y justo. Se encargan de todos: de los que están dentro, para que día tras día lleven mejores vidas, y de los que están fuera, para que lleguen a abundar en palabras santas y en obras de piedad; y para que, adorando así verdaderamente a Dios, y formando a cuantos pueden de la misma manera, sean llenos del Verbo de Dios y de la ley de Dios, y así queden unidos al Dios Supremo por medio de su Hijo, el Verbo, la Sabiduría, la Verdad y la Justicia, que une a Dios a todos los que se resuelven a conformar su vida en todas cosas a la ley de Dios.
VIII, 76
Aquí tienes, venerable Ambrosio, la conclusión de lo que hemos podido realizar por el poder que se nos ha concedido en obediencia a tu mandato. En ocho libros hemos abarcado todo lo que consideramos propio decir en respuesta a aquel libro de Celso que él titula Discurso Verdadero. Y ahora corresponde a los lectores de su discurso y de mi réplica juzgar cuál de los dos respira más del Espíritu del Dios verdadero, de piedad hacia Él, y de aquella verdad que conduce a los hombres, por medio de doctrinas sanas, a la vida más noble. Debes saber, sin embargo, que Celso había prometido otro tratado como continuación de este, en el que se comprometía a suministrar reglas prácticas de vida a los que se sintieran dispuestos a abrazar sus opiniones. Si, pues, no ha cumplido su promesa de escribir un segundo libro, podemos estar bien satisfechos con estos ocho libros que hemos escrito en respuesta a su discurso. Pero si ha comenzado y terminado aquel segundo libro, te ruego que lo obtengas y nos lo envíes, para que lo respondamos como el Padre de la verdad nos dé capacidad, y o bien derroquemos la falsa enseñanza que pueda haber en él, o bien, apartando toda envidia, demos testimonio de nuestra aprobación de cualquier verdad que contenga.
Gloria a Ti, Dios nuestro; gloria a Ti.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
El libro de Celso no existe más que aquí. Lo que sabemos de él —la fecha, las fuentes, hasta su filosofía— se reconstruye con lo que Orígenes decidió citar, y los especialistas, según Wikipedia, suelen considerar que lo cita con exactitud. Orígenes cierra la obra con una petición que muestra el método: Celso había prometido un segundo tratado, con reglas de vida para quienes quisieran seguir sus opiniones, y si lo escribió, pide a Ambrosio que se lo envíe, para refutarlo o, «apartando toda envidia», aprobar lo que tenga de verdad (VIII, 76).
Los juicios sobre la obra han cambiado. Wikipedia recoge que las primeras valoraciones modernas fueron muy negativas —Overbeck, Andresen y Dörrie, tres estudiosos alemanes; Andresen sostenía que Orígenes citaba a Celso de forma selectiva y fuera de contexto, tesis que la mayoría rechaza hoy— y que desde mediados del siglo XX la valoración es, en general, positiva: Chadwick y Borret subrayaron su lógica y su competencia filosófica, y para Henri Crouzel es, junto con La ciudad de Dios de Agustín, el escrito apologético más importante de la antigüedad. Stephen Thomas, en cambio, la juzga mal organizada, y el propio Orígenes avisa en el prefacio de que cambió de plan a mitad de camino. En la antigüedad, según el mismo artículo, Eusebio la tenía por respuesta suficiente a cualquier crítica que la Iglesia pudiera recibir, y la Filocalia del siglo IV incorporó largos pasajes suyos: entre una séptima y una quinta parte de esa antología, según cuál de los dos artículos de Wikipedia se consulte.
Orígenes escribió el libro pocos años antes de la persecución de Decio. En ella fue encarcelado y torturado, y murió poco después, hacia 253 según Wikipedia o en 254 según el ANF, en Tiro.
Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Orígenes, su tratado Sobre los principios, su Comentario al Evangelio de Juan, el panorama de los apologetas del siglo II, el cristianismo del siglo III y otras respuestas cristianas al paganismo, como el Protréptico de Clemente y el Contra los gentiles de Atanasio.