II, 19
Superficial también es su objeción, la de que siempre sucede que cuando un hombre contra quien se trama una conjuración llega a conocerla, y hace saber a los conjurados que está al tanto de su designio, éstos se apartan de su propósito y andan sobre aviso. Porque muchos han continuado maquinando incluso contra quienes conocían sus planes. Y luego, como si diera su argumento por concluido, dice: No porque estas cosas fueron predichas sucedieron, pues eso es imposible; sino que, puesto que han sucedido, se demuestra falsedad en el que fueron predichas; porque es del todo imposible que quienes oyeron de antemano que sus designios habían sido descubiertos llevaran a cabo sus planes de traición y de negación! Pero si sus premisas quedan derribadas, entonces cae también por tierra su conclusión, a saber, que no debemos creer que estas cosas hayan sucedido porque fueron predichas. Ahora bien, nosotros sostenemos que no sólo sucedieron por ser posibles, sino también que, porque sucedieron, se demuestra verdadero el que fueron predichas; pues la verdad respecto de los acontecimientos futuros se juzga por los resultados. Es, pues, falso, como él afirma, que la predicción de estos acontecimientos resulte infundada; y en vano dice: Es del todo imposible que quienes oyeron de antemano que sus designios habían sido descubiertos lleven a cabo sus planes de traición y de negación.
II, 20
Veamos cómo sigue después de esto: Estas cosas, dice, las predijo como Dios, y la predicción tiene que cumplirse por fuerza. Dios, pues, que más que ningún otro debía hacer el bien a los hombres, y en especial a los de su propia casa, indujo a sus propios discípulos y profetas, con quienes solía comer y beber, a tal grado de maldad, que vinieron a ser hombres impíos y sacrílegos. Ahora bien, en verdad, quien compartió la mesa de un hombre no sería culpable de conspirar contra él; pero después de banquetear con Dios, vino a ser conspirador. Y, lo que es aún más absurdo, ¡el mismo Dios maquinó contra los comensales de su propia mesa, convirtiéndolos en traidores y malvados! Ahora, puesto que deseáis que yo responda incluso a aquellas acusaciones de Celso que a mí me parecen frívolas, he aquí nuestra respuesta a tales afirmaciones. Celso imagina que un acontecimiento predicho mediante presciencia sucede porque fue predicho; pero nosotros no concedemos esto, sosteniendo que quien lo predijo no fue la causa de que sucediera por el hecho de predecir que sucedería; sino que el acontecimiento futuro mismo, que habría tenido lugar aunque no fuera predicho, ofreció la ocasión a quien estaba dotado de presciencia para anunciar su ocurrencia. Ahora bien, ciertamente este resultado está presente en la presciencia de quien predice un acontecimiento, cuando es posible que suceda o no suceda, a saber, que una u otra de estas cosas tendrá lugar. Porque no afirmamos que quien conoce de antemano un acontecimiento, al sustraer secretamente la posibilidad de que suceda o no, haga declaración semejante a esta: Esto sucederá infaliblemente, y es imposible que sea de otro modo. Y esta observación se aplica a toda la presciencia de los acontecimientos que dependen de nosotros mismos, ya esté contenida en las sagradas Escrituras o en las historias de los griegos. Ahora bien, lo que los lógicos llaman el argumento ocioso, que es un sofisma, no será sofisma en cuanto de Celso dependa, pero según la sana razón es un sofisma. Y para que esto se vea, tomaré de las Escrituras las predicciones acerca de Judas, o la presciencia de nuestro Salvador respecto de él como el traidor; y de las historias griegas el oráculo que fue dado a Layo, concediendo por ahora su verdad, ya que no afecta al argumento. Ahora bien, en el salmo cviii, Judas es anunciado por boca del Salvador, en palabras que comienzan así: No calles, oh Dios de mi alabanza; porque la boca del impío y la boca del engañador se han abierto contra mí. Ahora, si observáis cuidadosamente el contenido del salmo, hallaréis que, así como fue conocido de antemano que traicionaría al Salvador, así también fue considerado él mismo como causa de la traición, y digno, por causa de su maldad, de las imprecaciones contenidas en la profecía. Porque padezca él estas cosas, pues, dice el salmista, no se acordó de hacer misericordia, sino que persiguió al hombre pobre y menesteroso. Por lo cual era posible para él hacer misericordia, y no perseguir a quien persiguió. Pero aunque pudo hacer estas cosas, no las hizo, sino que llevó a cabo el acto de traición, de modo que mereció las maldiciones pronunciadas contra él en la profecía.
Y en respuesta a los griegos citaremos la siguiente respuesta oracular dada a Layo, tal como la registra el poeta trágico, ya en las palabras exactas del oráculo ya en términos equivalentes. Los acontecimientos futuros le son así anunciados por el oráculo: No procures engendrar hijos contra la voluntad de los dioses. Porque si engendras un hijo, tu hijo te dará muerte; y toda tu casa se bañará en sangre. Ahora bien, de esto es claro que estaba en el poder de Layo no procurar engendrar hijos, pues el oráculo no habría mandado una imposibilidad; y también estaba en su poder hacer lo contrario, de modo que ninguno de estos caminos era forzoso. Y la consecuencia de que no guardara de engendrar hijos fue que padeció, por haberlo hecho, las calamidades descritas en las tragedias relativas a Edipo y Yocasta y a sus hijos. Ahora bien, lo que se llama el argumento ocioso, siendo una sutileza, es del tipo que podría aplicarse, digamos, en el caso de un enfermo, con el fin de impedir sofísticamente que empleara un médico para promover su curación; y es algo semejante a esto: Si está decretado que has de sanar de tu enfermedad, sanarás lo mismo si llamas a un médico que si no; pero si está decretado que no has de sanar, no sanarás lo mismo si llamas a un médico que si no. Pero ciertamente está decretado o que has de sanar o que no has de sanar; y por tanto en vano llamas a un médico. Ahora, con este argumento puede ingeniosamente compararse el siguiente: Si está decretado que has de engendrar hijos, los engendrarás lo mismo si te unes a una mujer que si no. Pero si está decretado que no has de engendrar hijos, no lo harás lo mismo si te unes a una mujer que si no. Ahora bien, ciertamente está decretado o que has de engendrar hijos o que no; por tanto en vano te unes a una mujer. Porque, así como en el último caso la unión con la mujer no es empleada en vano, puesto que es del todo imposible que quien no la usa engendre hijos, así en el primero, si la curación de la enfermedad ha de lograrse por medio del arte de curar, necesariamente se llama al médico, y es por tanto falso decir que en vano llamas a un médico. Hemos aducido todas estas ilustraciones a causa de la afirmación de este docto Celso, de que siendo Dios predijo estas cosas, y de que las predicciones tienen que cumplirse por fuerza. Ahora bien, si por por fuerza entiende necesariamente, no podemos admitirlo. Porque era del todo posible también que no se cumplieran. Pero si usa por fuerza en el sentido de simple futuridad, a la cual nada impide ser verdadera (aunque era posible que no sucedieran), no toca en absoluto mi argumento; ni se seguía de que Jesús hubiera predicho los actos del traidor o del perjuro que fuera lo mismo su ser causa de tan impíos y sacrílegos procederes. Porque Aquel que estaba entre nosotros, y sabía lo que había en el hombre, viendo su mala disposición, y previendo lo que intentaría por su espíritu de avaricia y por su falta de ideas firmes del deber para con su Maestro, junto con muchas otras declaraciones, pronunció también esta: El que mete conmigo la mano en el plato, ése me entregará.
II, 21
Observad también la superficialidad y manifiesta falsedad de tal afirmación de Celso, cuando sostiene que quien participó de la mesa de un hombre no conspiraría contra él; y que, si no conspiraría contra un hombre, mucho menos maquinaría contra un Dios después de banquetear con él. Porque ¿quién no sabe que muchas personas, después de participar de la sal de la mesa, han entrado en conspiración contra quienes las hospedaban? Toda la historia griega y bárbara está llena de tales ejemplos. Y el poeta yámbico de Paros, al reprochar a Lycambes haber quebrantado pactos confirmados por la sal de la mesa, le dice: —
Mas tú has quebrantado un gran juramento, a saber, el de la sal de la mesa.
Y los que se interesan por el saber histórico, y que se entregan por entero a él, descuidando otras ramas del conocimiento más necesarias para la conducción de la vida, pueden citar numerosos ejemplos que muestran que quienes participaron de la hospitalidad de otros entraron en conspiración contra ellos.
II, 22
Añade a esto, como si hubiera reunido un argumento con demostraciones y consecuencias concluyentes, lo siguiente: Y, lo cual es aún más absurdo, el propio Dios conspiró contra los que se sentaron a su mesa, convirtiéndolos en traidores e impíos. Pero cómo Jesús pudo conspirar, o convertir a sus discípulos en traidores o impíos, sería imposible que él lo probara, sino por medio de una deducción que cualquiera pudiera refutar con la mayor facilidad.
II, 23
He prosigue en este tono: Si había determinado estas cosas, y sufrió el castigo en obediencia a su Padre, es manifiesto que, siendo Dios, y sometiéndose voluntariamente, aquellas cosas que se hicieron conforme a su propia decisión no fueron ni dolorosas ni penosas. Pero no advirtió que aquí se contradecía a sí mismo de inmediato. Pues si concedió que fue castigado porque había determinado estas cosas y se había sometido a su Padre, es claro que en realidad sufrió el castigo, y era imposible que lo que le infligieron sus castigadores no fuera doloroso, porque el dolor es algo involuntario. Pero si, porque estaba dispuesto a sufrir, sus castigos no fueron ni dolorosos ni penosos, ¿cómo concedió que fue castigado? No advirtió que cuando Jesús, por su nacimiento, hubo asumido una vez un cuerpo, asumió uno capaz tanto de sufrir dolores como aquellas penas inherentes a la humanidad, si hemos de entender por penas aquello que nadie elige voluntariamente. Como, pues, asumió voluntariamente un cuerpo, no del todo de naturaleza distinta de la de la carne humana, junto con su cuerpo asumió también sus sufrimientos y penas, los cuales no estaba en su poder el no padecer, estando en poder de quienes los infligían enviar sobre él cosas penosas y dolorosas. Y en las páginas anteriores ya hemos mostrado que no habría caído en manos de los hombres si no lo hubiera querido. Pero vino, porque quiso venir, y porque era manifiesto de antemano que su muerte en favor de los hombres sería de provecho para todo el género humano.
II, 24
Después de esto, deseando demostrar que las cosas que le sobrevinieron fueron dolorosas y penosas, y que le era imposible, si hubiera querido, cambiarlas, prosigue así: ¿Por qué se lamenta, y gime, y ora para escapar del temor de la muerte, expresándose en términos como estos: 'Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa'? Ahora bien, en estas palabras obsérvese la malignidad de Celso, cómo, no aceptando el amor a la verdad que anima a los escritores de los Evangelios (quienes pudieron pasar en silencio aquellos puntos que, según opina Celso, son censurables, pero que no omitieron por muchas razones, las cuales cualquiera puede exponer en su lugar propio al interpretar el Evangelio), formula una acusación contra la declaración evangélica, exagerando groseramente los hechos, y citando lo que no está escrito en los Evangelios, pues en ninguna parte se encuentra que Jesús gimiera. Y cambia las palabras de la expresión, Padre, si es posible, pase de mí esta copa, y no da lo que sigue inmediatamente después, lo cual manifiesta a la vez la pronta obediencia de Jesús a su Padre y su grandeza de alma, y que dice así: Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres. Y ni siquiera la gozosa obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre en aquellas cosas que estaba condenado a padecer, exhibida en la declaración, Si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad, finge no haberla observado, obrando aquí como aquellos individuos perversos que escuchan las Santas Escrituras con espíritu maligno, y que hablan maldad con cabeza altiva. Porque ellos parecen haber oído la declaración, Yo mato, y con frecuencia nos la presentan como motivo de reproche; pero las palabras, Yo haré vivir, no las recuerdan —pues la sentencia entera muestra que aquellos que viven en medio de la maldad pública, y que obran malvadamente, son muertos por Dios, y que en lugar de ello se infunde en ellos una vida mejor, aun aquella que Dios dará a los que han muerto al pecado. Y así también estos hombres han oído las palabras, Yo heriré; pero no ven estas otras, y yo sanaré, que son semejantes a las palabras de un médico, el cual corta los cuerpos y les inflige heridas graves, para extraer de ellos sustancias dañinas y perjudiciales para la salud, y que no termina su obra con dolores y desgarros, sino que con su tratamiento restituye el cuerpo a aquel estado de sanidad que tiene en mira. Además, no han oído el anuncio entero, Porque él hiere, y otra vez venda; sino solamente esta parte, él hiere. De la misma manera obra este judío de Celso, que cita las palabras, Oh Padre, ojalá esta copa pase de mí; pero no añade lo que sigue, y que exhibe la firmeza de Jesús y su disposición para padecer. Pero estas materias, que ofrecen amplio margen para la explicación desde la sabiduría de Dios, y que pueden razonablemente ser meditadas por aquellos a quienes Pablo llama perfectos cuando dijo: Hablamos sabiduría entre los perfectos, las dejamos por ahora, y hablaremos un poco de aquellas materias que son útiles para nuestro presente propósito.
II, 25
Hemos mencionado en las páginas precedentes que hay algunas declaraciones de Jesús que se refieren a aquel Ser en Él que fue el Primogénito de toda la creación, tales como, Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, y otras semejantes; y otras, a su vez, que pertenecen a aquello en Él que se entiende como hombre, tales como, Pero ahora procuráis matarme, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído del Padre. Y aquí, en consecuencia, describe el elemento de flaqueza perteneciente a la carne humana, y el de la prontitud del espíritu que existía en su humanidad: el elemento de flaqueza en la expresión, Padre, si es posible, pase de mí esta copa; la prontitud del espíritu en esta otra, Sin embargo, no como yo quiero, sino como tú quieres. Y puesto que es propio observar el orden de nuestras citas, adviértase que, en primer lugar, se menciona solamente un solo ejemplo, por así decirlo, que indica la flaqueza de la carne; y después aquellos otros ejemplos, mayores en número, que manifiestan la disposición del espíritu. Porque la expresión, Padre, si es posible, pase de mí esta copa, es una sola; mientras que más numerosas son aquellas otras, a saber, No como yo quiero, sino como tú quieres; y, Oh Padre mío, si no puede esta copa pasar de mí sin que yo la beba, hágase tu voluntad. Debe notarse también que las palabras no son, que esta copa se aparte de mí; sino que la expresión entera está marcada por un tono de piedad y reverencia, Padre, si es posible, pase de mí esta copa. Sé, en efecto, que hay otra explicación de este pasaje con el siguiente tenor: — El Salvador, previendo los sufrimientos que el pueblo judío y la ciudad de Jerusalén habían de padecer en requital de las malvadas obras que los judíos se atrevieron a perpetrar contra Él, movido por ningún otro motivo que la más pura filantropía hacia ellos, y por el deseo de que escaparan de las calamidades inminentes, pronunció la plegaria, Padre, si es posible, pase de mí esta copa. Es como si hubiera dicho: A causa de que yo beba esta copa del castigo, toda la nación será abandonada por ti; ruego, si es posible, que esta copa pase de mí, a fin de que tu porción, que fue culpable de tales crímenes contra mí, no sea del todo desamparada por ti. Pero si, como Celso querría alegar, nada se hizo entonces contra Jesús que fuera doloroso o angustioso, ¿cómo podrían los hombres citar después el ejemplo de Jesús como quien padeció sufrimientos por causa de la religión, si no padeció los sufrimientos humanos, sino que solamente tuvo la apariencia de padecerlos?
II, 26
Este judío de Celso sigue acusando a los discípulos de Jesús de haber inventado estas declaraciones, diciéndoles: Aunque culpables de falsedad, no habéis podido dar un colorido de verosimilitud a vuestras invenciones. A lo cual hemos de responder que había un medio fácil de ocultar estos sucesos, a saber, no registrarlos en absoluto. Porque si los Evangelios no hubieran contenido los relatos de estas cosas, ¿quién podría reprocharnos que Jesús hubiese pronunciado tales palabras durante su estancia sobre la tierra? Celso, en efecto, no advirtió que era una inconsecuencia que las mismas personas fuesen a la vez engañadas respecto de Jesús, creyéndole Dios y objeto de la profecía, e inventasen ficciones acerca de Él, sabiendo manifiestamente que estas declaraciones eran falsas. En verdad, pues, o no fueron culpables de inventar falsedades, sino que tales eran sus impresiones reales, y las registraron fielmente; o fueron culpables de falsificar las historias, no abrigaron estas opiniones y no fueron engañados cuando le reconocieron como Dios.
II, 27
Después de esto dice, que ciertos de los creyentes cristianos, como personas que en un acceso de embriaguez se ponen violentamente las manos a sí mismas, han corrompido el Evangelio respecto de su primitiva integridad, hasta un triple, y cuádruple, y múltiple grado, y lo han reformado, a fin de poder responder a las objeciones. Ahora bien, yo no conozco a otros que hayan alterado el Evangelio, salvo los seguidores de Marción, y los de Valentín, y, creo, también los de Luciano. Pero tal acusación no es un cargo contra el sistema cristiano, sino contra los que se atrevieron a burlarse así de los Evangelios. Y así como no es motivo de acusación contra la filosofía que existan sofistas, o epicúreos, o peripatéticos, u otros cualesquiera que sean, que sostengan opiniones falsas; así tampoco lo es contra el cristianismo genuino que haya algunos que corrompan las historias del Evangelio, y que introduzcan herejías opuestas al sentido de la doctrina de Jesús.
II, 28
Y como este judío de Celso hace de ello motivo de reproche que los cristianos se sirvan de los profetas, que predijeron los acontecimientos de la vida de Cristo, hemos de decir, además de lo que ya hemos adelantado sobre este punto, que convenía que él se abstuviera de atacar a personas concretas, como dice, y que expusiera las profecías mismas, y, tras admitir la probabilidad de la interpretación cristiana de ellas, mostrara cómo puede derribarse el uso que de ellas hacen. Porque de este modo no parecería que asumiera con ligereza una posición tan importante sobre fundamentos tan pequeños, y particularmente cuando afirma que las profecías concuerdan con diez mil otras cosas más verosímilmente que con Jesús. Y debía haber respondido cuidadosamente a este poderoso argumento de los cristianos, por ser el más fuerte que aducen, y haber demostrado respecto de cada profecía en particular que puede aplicarse a otros acontecimientos con mayor probabilidad que a Jesús. No advirtió, sin embargo, que este era un argumento plausible que sólo podía oponerse a los cristianos por quien fuese adversario de los escritos proféticos; pero Celso ha puesto aquí en boca de un judío una objeción que un judío no habría hecho. Porque un judío no admitirá que las profecías puedan aplicarse a incontables otras cosas con mayor probabilidad que a Jesús; sino que se esforzará, tras dar lo que a él le parece el sentido de cada una, en oponerse a la interpretación cristiana, no ciertamente aduciendo razones convincentes, sino sólo intentando hacerlo.
II, 29
En las anteriores páginas ya hemos hablado de este punto, a saber, la predicción de que habría dos advenimientos de Cristo al género humano, de modo que no es necesario que respondamos a la objeción, que se supone planteada por un judío, de que los profetas declaran que el que ha de venir será un poderoso potentado, señor de todas las naciones y ejércitos. Pero creo que es con espíritu de judío, y en consonancia con su amarga animosidad y sus calumnias infundadas e incluso improbables contra Jesús, que añade: Ni los profetas predijeron semejante pestilencia. Porque ni los judíos, ni Celso, ni ningún otro, pueden aducir argumento alguno que demuestre que una pestilencia convierte a los hombres de la práctica del mal a una vida conforme a la naturaleza, distinguida por la templanza y las demás virtudes.
II, 30
Esta objeción también nos es echada en cara por Celso: De tales señales y malas interpretaciones, y de pruebas tan mezquinas, nadie podría demostrar que es Dios, y el Hijo de Dios. Ahora bien, su deber era enumerar las supuestas malas interpretaciones, y demostrar que tales eran, y mostrar con razonamientos la mezquindad de las pruebas, a fin de que el cristiano, si alguna de sus objeciones pareciera verosímil, pudiera responder y refutar sus argumentos. Lo que dijo, sin embargo, respecto de Jesús, se cumplió en efecto, porque Él fue un poderoso potentado, aunque Celso se niega a ver que así sucedió, no obstante que la evidencia más clara demuestra que esto es verdad respecto de Jesús. Porque así como el sol, dice, que ilumina todos los demás objetos, se hace visible primero, así debía haber hecho el Hijo de Dios. Responderemos que así lo hizo; porque la justicia se levantó en sus días, y hay abundancia de paz, que tuvo su comienzo en su nacimiento, preparando Dios a las naciones para su enseñanza, a fin de que estuvieran bajo un solo príncipe, el rey de los romanos, y de que no resultara más difícil, a causa de la falta de unión entre las naciones, provocada por la existencia de muchos reinos, que los apóstoles de Jesús cumplieran la tarea encomendada por su Maestro, cuando dijo: Id y enseñad a todas las naciones. Además, es cierto que Jesús nació en el reinado de Augusto, quien, por así decirlo, fundió en una sola monarquía las muchas poblaciones de la tierra. Ahora bien, la existencia de muchos reinos habría sido un obstáculo para la difusión de la doctrina de Jesús por todo el mundo; no solo por las razones mencionadas, sino también a causa de la necesidad en que se hallaban los hombres de entregarse en todas partes a la guerra, y de combatir en defensa de su patria, como sucedía antes de los tiempos de Augusto, y en períodos aún más remotos, cuando la necesidad se presentaba, como cuando los peloponnesios y los atenienses guerreaban entre sí, y otras naciones de manera semejante. ¿Cómo, pues, habría podido prevalecer en todo el mundo la doctrina evangélica de la paz, que no permite a los hombres vengarse ni siquiera de sus enemigos, si no se hubiera introducido por todas partes, con el advenimiento de Jesús, un espíritu más suave en el curso de las cosas?
II, 31
El a continuación acusa a los cristianos de razonar sofísticamente, al decir que el Hijo de Dios es el Logos mismo. Y cree reforzar la acusación, porque cuando nosotros declaramos que el Logos es el Hijo de Dios, no presentamos a la vista un Logos puro y santo, sino un hombre sumamente degradado, que fue castigado con azotes y crucifixión. Ahora bien, sobre este punto hemos respondido brevemente a las acusaciones de Celso en las páginas precedentes, donde se mostró que Cristo es el Primogénito de toda la creación, que asumió un cuerpo y un alma humana; y que Dios dio mandamiento respecto de la creación de cosas tan poderosas en el mundo, y fueron creadas; y que Aquel que recibió el mandamiento era Dios el Logos. Y puesto que es un judío quien hace estas afirmaciones en la obra de Celso, no será fuera de lugar citar la declaración: Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su destrucción, — pasaje del cual hablamos hace poco. Ahora bien, aunque he tratado con muchos judíos que profesaban ser hombres doctos, nunca oí a alguno dar su aprobación a la afirmación de que el Logos es el Hijo de Dios, como Celso declara que lo hacen, al poner en boca del judío una declaración como esta: Si vuestro Logos es el Hijo de Dios, nosotros también damos nuestro asentimiento a lo mismo.
II, 32
Ya hemos mostrado que Jesús no puede ser considerado ni como un hombre arrogante ni como un hechicero; y por tanto es innecesario repetir nuestros argumentos anteriores, no sea que, al responder a las tautologías de Celso, seamos nosotros mismos culpables de repetición superflua. Y ahora, al censurar la genealogía de nuestro Señor, hay ciertos puntos que plantean alguna dificultad incluso a los cristianos, y que, debido a la discrepancia entre las genealogías, son aducidos por algunos como argumentos contra su exactitud, pero que Celso ni siquiera ha mencionado. Porque Celso, que es en verdad un jactancioso, y que profesa estar versado en todas las materias relativas al cristianismo, no sabe plantear dudas de manera hábil contra la credibilidad de la Escritura. Pero afirma que los autores de las genealogías, por un sentimiento de orgullo, hicieron descender a Jesús del primer hombre y de los reyes de los judíos. Y cree que formula una acusación notable cuando añade que la esposa del carpintero no habría podido ignorar el hecho, de haber descendido de un linaje tan ilustre. Pero ¿qué tiene esto que ver con la cuestión? Concedamos que no ignoraba su descendencia, ¿cómo afecta eso al resultado? Supongamos que lo ignoraba, ¿cómo podría su ignorancia probar que no descendía del primer hombre, o que no podía derivar su origen de los reyes de los judíos? ¿Imagina Celso que los pobres deben descender siempre de antepasados pobres, o que de los reyes nacen siempre reyes? Pero parece locura perder el tiempo en un argumento como éste, puesto que es bien sabido que, aun en nuestros días, algunos más pobres que María descienden de antepasados de riqueza y distinción, y que gobernantes de naciones y reyes han brotado de personas sin ninguna reputación.
II, 33
Pero, continúa Celso, ¿qué grandes obras realizó Jesús como Dios? ¿Puso en vergüenza a sus enemigos, o llevó a un ridículo final lo que se tramaba contra él? Ahora bien, a esta pregunta, aunque podemos mostrar el carácter asombroso y milagroso de los acontecimientos que le sobrevinieron, ¿de qué otra fuente podemos dar una respuesta sino de los relatos evangélicos, que declaran que hubo un terremoto, que las rocas se hendieron, que los sepulcros se abrieron, y que el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo, y que las tinieblas prevalecieron durante el día, al no dar luz el sol? Pero si Celso cree en los relatos evangélicos cuando piensa que puede hallar en ellos materia de acusación contra los cristianos, y se niega a creerlos cuando establecen la divinidad de Jesús, nuestra respuesta es: Señor, o descreed de todos los relatos evangélicos, y entonces no os imaginéis ya que podéis fundar acusaciones sobre ellos; o, prestando fe a sus declaraciones, contemplad con admiración al Verbo de Dios, que se hizo carne y quiso conferir beneficios a todo el género humano. Y este rasgo evidencia la nobleza de la obra de Jesús: que hasta el día de hoy son sanados por su nombre aquellos a quienes Dios quiere. Y en cuanto al eclipse en tiempo de Tiberio César, en cuyo reinado parece que Jesús fue crucificado, y los grandes terremotos que entonces tuvieron lugar, también Flegón, creo, ha escrito en el libro decimotercero o decimocuarto de sus Crónicas.
Comentario editorial · Flegón de Tralles, testigo pagano
Flegón fue un liberto imperial —de Adriano, según Wikipedia; de Augusto, aunque algunos dicen que de Adriano, según la Suda— que escribió unas Olimpíadas en dieciséis libros, hasta el año 137. Se perdieron: lo que queda lo conservan Eusebio, Focio y Jorge Sincelo (Wikipedia). Orígenes lo cita aquí y en II, 14 y II, 59 como testigo de un eclipse y de terremotos bajo Tiberio, y de que Jesús predijo el futuro, aunque advierte que Flegón confunde cosas de Pedro con cosas de Jesús; no está seguro del libro («el decimotercero o decimocuarto, creo»). También Julio Africano y Eusebio remiten a Flegón por el eclipse y el terremoto de Bitinia.
Para ampliar: Phlegon of Tralles (Wikipedia (en))
II, 34
Este judío de Celso, ridiculizando a Jesús, como él se imagina, es descrito como conocedor de las Bacantes de Eurípides, en las que Dioniso dice: —
La divinidad misma me liberará cuando yo quiera.
Ahora bien, los judíos no están muy versados en la literatura griega; pero supongamos que hubo un judío tan versado en ella (que tal cita le fuera apropiada), ¿cómo (se sigue) que Jesús no pudiera liberarse, porque no lo hizo? Porque crea él, por nuestras propias Escrituras, que Pedro obtuvo su libertad después de haber sido encadenado en la prisión, tras soltarle un ángel sus cadenas; y que Pablo, habiendo sido encadenado en el cepo junto con Silas en Filipos de Macedonia, fue liberado por poder divino, cuando se abrieron las puertas de la cárcel. Pero es probable que Celso trate estos relatos con burla, o que nunca los leyó; pues probablemente replicaría que hay ciertos hechiceros que son capaces, mediante encantamientos, de desatar cadenas y abrir puertas, de modo que asimilaría los acontecimientos relatados en nuestras historias a las prácticas de los hechiceros. Pero, continúa, no aconteció calamidad alguna ni siquiera a quien lo condenó, como aconteció a Penteo, a saber, locura o despedazamiento. Y sin embargo no sabe que no fue tanto Pilato quien lo condenó (quien sabía que por envidia los judíos lo habían entregado), como la nación judía, que ha sido condenada por Dios, y despedazada, y dispersa por toda la tierra, en grado muy superior a lo que aconteció a Penteo. Además, ¿por qué omitió intencionadamente lo que se relata de la mujer de Pilato, que vio una visión, y que fue tan conmovida por ella que envió un recado a su marido, diciendo: No tengas nada que ver con aquel justo; porque hoy he padecido mucho en un sueño a causa de él? Y de nuevo, pasando en silencio las pruebas de la divinidad de Jesús, Celso se esfuerza por lanzar reproches contra Él a partir de los relatos del Evangelio, refiriéndose a quienes se burlaron de Jesús, y le pusieron el manto de púrpura, y la corona de espinas, y colocaron la caña en su mano. ¿De qué fuente, pues, Celso, derivaste estas afirmaciones, sino de los relatos evangélicos? ¿Y viste, por consiguiente, que eran materias aptas para el reproche, mientras que quienes las registraron no pensaron que vosotros, y los semejantes a vosotros, os burlaríais de ellas; sino que otros recibirían de ellas un ejemplo de cómo despreciar a quienes se rieron y se burlaron de Él a causa de su religión, el cual entregó apropiadamente su vida por ella? Admira más bien su amor a la verdad, y el de Aquel que soportó voluntariamente estas cosas por causa de los hombres, y las soportó con toda constancia y longanimidad. Porque no se relata que pronunciara lamentación alguna, ni que después de su condenación hiciera o dijera cosa alguna indecorosa.
Comentario editorial · Dioniso en «Las Bacantes»
El judío de Celso cita un verso de Las Bacantes de Eurípides, en que Dioniso, preso por el rey Penteo, dice: «La divinidad misma me liberará cuando yo quiera». En la tragedia el dios rompe sus ataduras y arrasa el palacio, y Penteo acaba despedazado por las mujeres de Tebas (Wikipedia). El judío pregunta por qué Jesús no se libró, y añade que a quien lo condenó no le sucedió nada como lo de Penteo. Orígenes responde con tres cosas: los judíos no suelen conocer bien la literatura griega; Pedro y Pablo, encadenados, fueron liberados por poder divino (; ); y más que Pilato fue la nación judía quien lo condenó, y ha sido castigada con la dispersión. Para Wikipedia, esa cita de Eurípides en boca de un judío es una de las razones por las que Orígenes sospecha del origen de esa fuente.
Para ampliar: The Bacchae (Wikipedia (en))
II, 35
Pero en respuesta a esta objeción: Si no antes, ¿por qué al menos ahora no da alguna manifestación de su divinidad, y se libra de este reproche, y se venga de quienes insultan tanto a él como a su Padre? Hemos de responder que sería lo mismo que si dijéramos a aquellos entre los griegos que aceptan la doctrina de la providencia, y que creen en los portentos: ¿Por qué Dios no castiga a quienes insultan a la Divinidad y subvierten la doctrina de la providencia? Porque como responderían los griegos a tales objeciones, así responderíamos nosotros, del mismo modo, o de uno más eficaz. No hubo solo un portento del cielo — el eclipse del sol —, sino también los otros milagros, que muestran que el Crucificado poseía algo divino, y mayor que lo que poseía la mayoría de los hombres.
II, 36
Celso a continuación dice: ¿Cuál es la naturaleza del ícor en el cuerpo del crucificado Jesús? ¿Es 'tal como corre por los cuerpos de los dioses inmortales?' Plantea esta pregunta con espíritu de burla; pero demostraremos a partir de los relatos serios de los Evangelios, aunque a Celso no le guste, que no fue un ícor mítico y homérico el que brotó del cuerpo de Jesús, sino que, después de su muerte, uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y salió de él sangre y agua. Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad. Ahora bien, en otros cuerpos muertos la sangre se cuaja, y no fluye de ellos agua pura; pero lo milagroso en el caso del cuerpo muerto de Jesús fue que, alrededor del cuerpo muerto, brotaron del costado sangre y agua. Y si este Celso, que para encontrar materia de acusación contra Jesús y los cristianos extrae del Evangelio incluso pasajes interpretados incorrectamente, pero calla las evidencias de la divinidad de Jesús, quisiera escuchar portentos divinos, que lea el Evangelio y vea que incluso el centurión, y los que con él montaban guardia sobre Jesús, al ver el terremoto y los sucesos que ocurrieron, se llenaron de gran temor, diciendo: Verdaderamente este era el Hijo de Dios.
II, 37
Después de esto, quien extrae del relato evangélico aquellas afirmaciones sobre las cuales cree poder fundar una acusación, convierte el vinagre y la hiel en motivo de vituperio contra Jesús, diciendo que se precipitó con la boca abierta a beber de ellos, y que no pudo soportar su sed como la soporta frecuentemente cualquier hombre común. Ahora bien, este asunto admite una explicación de índole peculiar y figurada; pero en la ocasión presente, puede aceptarse como respuesta más común a la objeción la afirmación de que los profetas predijeron este mismo incidente. Porque en el salmo sexagésimo noveno está escrito, con referencia al Cristo: Y me dieron hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre. Ahora, que los judíos digan quién es aquel a quien la escritura profética representa pronunciando estas palabras; y que aduzcan de la historia a alguno que recibiera hiel por alimento, y a quien se diera vinagre por bebida. ¿Se atreverían a afirmar que el Cristo a quien aún esperan que venga podría ser puesto en tales circunstancias? Entonces diríamos nosotros: ¿Qué impide que la predicción ya se haya cumplido? Porque esta misma predicción fue pronunciada muchas edades antes, y es suficiente, junto con las demás declaraciones proféticas, para llevar a quien examina imparcialmente el todo del asunto a la conclusión de que Jesús es Aquel de quien se profetizó como Cristo y como el Hijo de Dios.
II, 38
Las pocas siguientes observaciones: Vosotros, oh sinceros creyentes, nos reprocháis porque no reconocemos a este individuo como Dios, ni convenimos con vosotros en que él soportó estos (sufrimientos) en beneficio de los hombres, a fin de que también nosotros despreciemos el castigo. Ahora bien, en respuesta a esto, decimos que reprochamos a los judíos, que han sido educados bajo la disciplina de la ley y de los profetas (que anuncian el advenimiento del Cristo), porque ni refutan los argumentos que les presentamos para demostrar que él es el Mesías, aduciendo tal refutación como defensa de su incredulidad; ni, por otra parte, sin ofrecer refutación alguna, creen en Aquel que fue objeto de la profecía, y que manifestó claramente por medio de sus discípulos, aun después del período de su aparición en la carne, que él soportó estas cosas en beneficio de los hombres; teniendo, como objeto de su primer advenimiento, no condenar a los hombres y sus acciones antes de haberlos instruido y señalado su deber, ni castigar a los malvados y salvar a los buenos, sino difundir su doctrina de manera extraordinaria, y con la evidencia del poder divino, entre todo el género humano, como también los profetas han representado estas cosas. Y los reprochamos, además, porque no creyeron en Aquel que dio evidencia del poder que había en él, sino que afirmaron que echaba fuera los demonios de las almas de los hombres por medio de Belcebú, príncipe de los demonios; y los reprochamos porque calumnian el carácter filantrópico de Aquel que no pasó por alto no solo ciudad alguna, sino ni siquiera una sola aldea de Judea, para anunciar en todas partes el reino de Dios, acusándolo de llevar la vida errante de un vagabundo y de pasar una existencia angustiada en un cuerpo vergonzoso. Pero no hay deshonra en soportar tales trabajos en beneficio de todos aquellos que puedan comprenderlo.
II, 39
Y cómo puede ser la siguiente afirmación de este judío de Celso otra cosa que una manifiesta falsedad, a saber, que Jesús, no habiendo ganado a nadie durante su vida, ni siquiera a sus propios discípulos, soportó estos castigos y sufrimientos? Porque ¿de qué otra fuente brotó la envidia que contra Él suscitaron los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas de los judíos, sino del hecho de que multitudes le obedecían y le seguían, y eran conducidas a los desiertos no solo por la palabra persuasiva de Aquel cuyas palabras eran siempre apropiadas a sus oyentes, sino que también con sus milagros impresionaba a quienes no se movían a creer por sus palabras? ¿Y no es una manifiesta falsedad decir que no ganó ni siquiera a sus propios discípulos, quienes, en efecto, mostraron entonces algunos síntomas de debilidad humana nacidos del temor cobarde — pues aún no habían sido disciplinados para el despliegue de una plena valentía — pero que de ningún modo abandonaron los juicios que habían formado acerca de Él como el Cristo? Porque Pedro, después de su negación, al percibir a qué profundidad de maldad había caído, salió y lloró amargamente; mientras que los demás, aunque consternados por lo que había acontecido a Jesús (pues todavía continuaban admirándolo), tuvieron, por su gloriosa aparición, su fe más firmemente establecida que antes en que Él era el Hijo de Dios.
II, 40
Es además, con un espíritu muy poco filosófico que Celso imagina que la preeminencia de nuestro Señor entre los hombres consiste, no en la predicación de la salvación y en una moralidad pura, sino en obrar contra el carácter de aquella personalidad que había asumido, y en no morir, aunque había tomado sobre sí la mortalidad; o, si moría, al menos no en una muerte tal que sirviera de modelo a quienes habían de aprender por el mismo acto cómo morir por causa de la religión, y a comportarse con valentía mediante su auxilio, ante aquellos que sostienen opiniones erróneas acerca de la religión y de la irreligión, y que consideran a los hombres religiosos como del todo irreligiosos, pero imaginan que son los más religiosos aquellos que yerran respecto de Dios, y que aplican a todo antes que a Dios la idea inextirpable de Él (que está implantada en la mente humana), y especialmente cuando se apresuran con avidez a destruir a quienes se han entregado con toda su alma (hasta la muerte) a la clara evidencia de un solo Dios que está sobre todas las cosas.
II, 41
En la persona del judío, Celso continúa censurando a Jesús, alegando que no se mostró puro de todo mal. Que Celso declare de qué mal no se mostró puro nuestro Señor. Si entiende que no estuvo puro de aquello que propiamente se denomina mal, que demuestre claramente la existencia en Él de obra maldad alguna. Pero si considera males la pobreza y la cruz, y la conspiración de hombres malvados, es evidente que diría que también a Sócrates le aconteció un mal, pues no pudo mostrarse puro de los males. Y cuán numerosa es, además, la otra banda de pobres entre los griegos, que se entregaron a la búsqueda filosófica y aceptaron voluntariamente una vida de pobreza, lo saben muchos entre los griegos por lo que se cuenta de Demócrito, que dejó que su hacienda se convirtiera en pasto para las ovejas; y de Crates, que obtuvo su libertad entregando a los tebanos el precio recibido por la venta de sus posesiones. Y aun el mismo Diógenes, por excesiva pobreza, llegó a vivir en un tonel; y, sin embargo, a juicio de nadie dotado de moderado entendimiento fue Diógenes considerado por ello en una condición mala (pecaminosa).
II, 42
Pero además, como Celso quiere que Jesús no fue irreprensible, que inste con alguno de cuantos se adhieren a su doctrina y haya consignado algo que pudiera verdaderamente servir de motivo de reproche contra Jesús; o, si no es de éstos de donde toma la materia de su acusación contra Él, que diga de qué parte ha aprendido aquello que le ha inducido a decir que no está libre de reproche. Jesús, sin embargo, realizó todo cuanto prometió hacer, y por lo cual confirió beneficios a los suyos. Y nosotros, viendo continuamente cumplido todo lo que Él predijo antes de que aconteciera, a saber, que este Evangelio suyo sería predicado por todo el mundo entero, y que sus discípulos irían por todas las naciones a anunciar su doctrina; y, además, que serían llevados ante gobernadores y reyes por ninguna otra causa que por causa de su enseñanza, quedamos maravillados ante Él, y nuestra fe en Él se confirma cada día. Y no sé con qué pruebas mayores o más convincentes querría Celso que Él confirmara sus predicciones; a no ser que, como al parecer sucede, por no comprender que el Verbo se había hecho el hombre Jesús, quiera que Él estuviera sujeto a ninguna debilidad humana, ni que se convirtiera en un ilustre modelo para los hombres de la manera en que deben sobrellevar las calamidades de la vida, aunque éstas le parecen a Celso sucesos tristísimos y vergonzosos, pues considera el trabajo el mayor de los males y el placer el sumo bien —opinión que no comparte ninguno de aquellos filósofos que admiten la doctrina de la providencia, y que reconocen que la valentía, la fortaleza y la magnanimidad son virtudes. Jesús, pues, con sus padecimientos no infamó la fe de la que era objeto; antes bien, la confirmó entre quienes aprobaran la varonil valentía, y entre quienes fueron enseñados por Él a que la vida bienaventurada, verdadera y propiamente tal, no estaba aquí abajo, sino que se hallaba en aquella que, según sus propias palabras, se llamaba el mundo venidero; mientras que en lo que se llama el mundo presente la vida es una calamidad, o al menos la primera y mayor lucha del alma.
II, 43
Celsus dirige a continuación a nosotros la siguiente observación: No diréis, supongo, de él, que, después de no haber logrado ganar a los que estaban en este mundo, descendió al Hades para ganar a los que allí estaban. Pero, le pese o no, nosotros afirmamos que no solamente mientras Jesús estuvo en el cuerpo ganó no a unos pocos, sino a tan gran número, que se formó una conjuración contra Él a causa de la multitud de sus seguidores; sino también que, cuando se hizo alma, sin la cobertura del cuerpo, habitó entre aquellas almas que estaban sin cobertura corporal, convirtiendo a sí a las que estaban dispuestas, o a aquellas que Él vio, por razones conocidas sólo de Él, más aptas para tal curso.
II, 44
Celso en el lugar siguiente dice, con indescriptible necedad: Si, después de inventar defensas absurdas con las que os habéis engañado ridículamente, imagináis que realmente hacéis una buena defensa, ¿qué os impide considerar a aquellos otros individuos que han sido condenados y han muerto con muerte miserable como mensajeros del cielo mayores y más divinos (que Jesús)? Ahora bien, que manifiesta y claramente no hay semejanza alguna entre Jesús, que padeció lo que se describe, y los que han muerto con muerte miserable a causa de su hechicería, o de cualquier otro cargo que se les impute, es patente a todos. Porque nadie puede señalar actos de hechicero alguno que hayan apartado las almas de la práctica de los muchos pecados que prevalecen entre los hombres, y del diluvio de maldad (en el mundo). Pero puesto que este judío de Celso le compara con los ladrones, y dice que cualquier individuo igualmente desvergonzado podría decir incluso de un ladrón y homicida al que hubiese alcanzado el castigo, que tal hombre no era ladrón, sino un dios, porque predijo a sus compañeros de bandidaje que padecería tal castigo como en efecto padeció, podría, en primer lugar, responderse que no es porque predijo que iba a padecer tales cosas por lo que sostenemos aquellas opiniones acerca de Jesús que nos llevan a tener confianza en Él como en uno que ha bajado a nosotros de parte de Dios. Y, en segundo lugar, afirmamos que esta misma comparación fue de algún modo anunciada en los Evangelios; pues Dios fue contado con los transgresores por hombres malvados, que prefirieron que les fuese soltado un homicida (uno que por sedición y homicidio había sido echado en la cárcel) y que Jesús fuese crucificado, y que lo crucificaron entre dos ladrones. Jesús, en efecto, es siempre crucificado con ladrones entre sus verdaderos discípulos y testigos de la verdad, y padece la misma condenación que ellos entre los hombres. Y decimos que si aquellos que a causa de su piedad hacia Dios padecen toda clase de injurias y de muerte, para conservarla pura e inmaculada, según la enseñanza de Jesús, tienen alguna semejanza con los ladrones, entonces también es claro que Jesús, autor de tal enseñanza, es con buena razón comparado por Celso con el capitán de una banda de ladrones. Pero ni Aquel que murió por el bien común de los hombres, ni los que padecieron a causa de su religión, y que solos entre todos los hombres fueron perseguidos por lo que a ellos les parecía el modo recto de honrar a Dios, fueron muertos conforme a la justicia; ni Jesús fue perseguido sin que sus perseguidores incurriesen en el cargo de impiedad.
II, 45
Pero observa la superficialidad de su argumento respecto a los primeros discípulos de Jesús, en el cual dice: En segundo lugar, los que fueron sus compañeros mientras vivía, y que escucharon su voz, y disfrutaron de sus instrucciones como su maestro, al verlo sometido a castigo y muerte, ni murieron con él, ni por él, ni fueron siquiera inducidos a despreciar el castigo, sino que negaron incluso ser sus discípulos, mientras que ahora morís junto con él. Y aquí cree que el pecado cometido por los discípulos mientras aún eran principiantes e imperfectos, y que está registrado en los Evangelios, fue realmente cometido, a fin de tener materia de acusación contra el Evangelio; pero de su conducta recta después de su transgresión, cuando se comportaron con valentía ante los judíos, y sufrieron de sus manos crueldades incontables, y al fin padecieron muerte por la doctrina de Jesús, calla por completo. Porque no querría oír las palabras de Jesús, cuando predijo a Pedro: Cuando seas viejo, extenderás tus manos, etc., a lo cual la Escritura añade: Esto dijo, significando con qué muerte había de glorificar a Dios; ni cómo Santiago, hermano de Juan —un apóstol, hermano de un apóstol— fue muerto a espada por Herodes a causa de la doctrina de Cristo; ni siquiera los muchos ejemplos de valentía mostrados por Pedro y los demás apóstoles a causa del Evangelio, y cómo salieron de la presencia del sanedrín después de ser azotados, gozosos de que fueran tenidos por dignos de padecer afrenta por su nombre, superando así a muchos de los ejemplos relatados por los griegos de la fortaleza y el valor de sus filósofos. Desde el principio, pues, esto fue inculcado como precepto de Jesús entre sus oyentes, el cual enseñaba a los hombres a despreciar la vida que la muchedumbre busca con avidez, pero a esforzarse por vivir la vida que se asemeja a la de Dios.