VII, 56
Celso añade luego, no sé por qué razón, que en lugar de llamar a Jesús Hijo de Dios, hubiéramos debido conceder ese honor a la sibila, en cuyos libros sostiene que nosotros hemos interpolado muchas afirmaciones impías, aunque no menciona cuáles sean esas interpolaciones. Podría haber probado su aserto presentando algunos ejemplares más antiguos exentos de las interpolaciones que nos atribuye; pero no lo hace ni siquiera para justificar su afirmación de que tales pasajes son de carácter impío. Además, vuelve a hablar de la vida de Jesús como de una vida sumamente infame, como lo hizo antes, no una o dos veces, sino muchas, aunque no se detiene a especificar ninguna de las acciones de su vida que él considere más infames. Parece pensar que así puede hacer afirmaciones sin probarlas, e injuriar a uno de quien nada sabe. Si se hubiera propuesto mostrar qué clase de infamia hallaba en las acciones de Jesús, habríamos refutado una por una las acusaciones que se le imputaban. Jesús encontró, en verdad, una muerte harto triste; pero lo mismo podría decirse de Sócrates, y de Anaxarco, a quien acaba de mencionar, y de una multitud de otros. Si la muerte de Jesús fue miserable, ¿no lo fue también la de los demás? Y si la muerte de éstos no fue miserable, ¿puede decirse que lo fue la de Jesús? Ves, pues, por esto, que el propósito de Celso es vilipendiar el carácter de Jesús; y no puedo sino suponer que a ello lo impulsa algún espíritu semejante a aquellos cuyo poder ha sido quebrantado y vencido por Jesús, y que ahora se ve privado del humo y de la sangre de que vivía, mientras engañaba a quienes buscaban a Dios aquí sobre la tierra en imágenes, en lugar de alzar los ojos hacia el Dios verdadero, Gobernador de todas las cosas.
VII, 57
Después de esto, como si su propósito fuera engrosar el tamaño de su libro, nos aconseja elegir a Jonás antes que a Jesús como nuestro Dios; poniendo así a Jonás, que predicó el arrepentimiento a la sola ciudad de Nínive, por delante de Jesús, que ha predicado el arrepentimiento al mundo entero, y con resultados mucho mayores. Querría que consideráramos como Dios a un hombre que, por un extraño milagro, pasó tres días y tres noches en el vientre de la ballena; y no quiere que Aquel que se sometió a la muerte por causa de los hombres, Aquel a quien Dios dio testimonio por medio de los profetas, y que ha hecho grandes cosas en el cielo y en la tierra, reciba por ello un honor segundo tan sólo del que se rinde al Dios Altísimo. Además, Jonás fue tragado por la ballena por negarse a predicar como Dios se lo había mandado; mientras que Jesús sufrió la muerte por los hombres después de haber dado las instrucciones que Dios quería que diera. Y aún más, añade que Daniel, librado de los leones, es más digno de nuestra adoración que Jesús, que sojuzgó la fiereza de toda potestad que se le opone, y nos dio autoridad para hollar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo. Finalmente, al no tener otros nombres que ofrecernos, añade: y otros de una índole aún más monstruosa, ultrajando así tanto a Jonás como a Daniel, porque el espíritu que hay en Celso no puede hablar bien de los justos.
VII, 58
Veamos ahora lo que sigue. Tienen también, dice, un precepto en este sentido: que no debemos vengarnos de quien nos injuria, o, como él lo expresa: ‘A quien te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.’ Este es un dicho antiguo, admirablemente expresado mucho antes, y que ellos sólo han transmitido de una manera más grosera. Porque Platón introduce a Sócrates conversando con Critón como sigue: ‘¿Nunca debemos cometer injusticia con nadie?’ ‘Ciertamente no.’ ‘Y puesto que nunca debemos cometer injusticia, ¿no debemos devolver injusticia por una injusticia recibida, como piensa la mayoría?’ ‘Me parece que no.’ ‘Pero dime, Critón, ¿podemos hacer mal a alguno o no?’ ‘Ciertamente no, ¡oh Sócrates!’ ‘¿Es justo, pues, como comúnmente se dice, que quien ha sufrido un agravio devuelva el agravio, o es injusto?’ ‘Es injusto. Sí; porque hacer daño a un hombre es lo mismo que cometer injusticia contra él.’ ‘Hablas verdad. No debemos, pues, cometer injusticia en pago de la injusticia, ni hacer mal a nadie, cualquiera que sea el mal que de él hayamos sufrido.’ Así habla Platón; y añade: ‘Considera, entonces, si estás de acuerdo conmigo, y si, partiendo de este principio, no podemos llegar a la conclusión de que nunca es justo cometer injusticia, ni siquiera en pago de una injusticia recibida; o si, por el contrario, difieres de mí y no admites el principio del que partimos. Esa ha sido siempre mi opinión, y lo es todavía.’ Tales son los sentimientos de Platón, y en verdad fueron sostenidos por hombres divinos antes de su tiempo. Pero baste esto como un ejemplo del modo en que esta y otras verdades han sido tomadas prestadas y corrompidas. Quien lo desee puede fácilmente, buscando, hallar más de ellas.
VII, 59
Cuando Celso aquí o en cualquier otra parte se ve incapaz de disputar la verdad de lo que decimos, pero afirma que las mismas cosas fueron dichas por los griegos, nuestra respuesta es que, si la doctrina es sana y su efecto bueno, ya sea que haya sido dada a conocer a los griegos por Platón o por alguno de los sabios de Grecia, ya sea que haya sido transmitida a los judíos por Moisés o por alguno de los profetas, ya sea que haya sido entregada a los cristianos en la enseñanza registrada de Jesucristo o en las instrucciones de sus apóstoles, ello no afecta en nada el valor de la verdad comunicada. No es objeción contra los principios de los judíos o de los cristianos que las mismas cosas hayan sido también dichas por los griegos, especialmente si se demuestra que los escritos de los judíos son más antiguos que los de los griegos. Y además, no debemos imaginar que una verdad adornada con las gracias del discurso griego sea necesariamente mejor que la misma cuando se expresa en el lenguaje más humilde y sin pretensiones que usan los judíos y los cristianos, aunque, en verdad, la lengua de los judíos, en la que los profetas escribieron los libros que han llegado hasta nosotros, tiene una gracia de expresión propia del genio del idioma hebreo. Y aun si se nos exigiera demostrar que las mismas doctrinas han sido mejor expresadas entre los profetas judíos o en los escritos cristianos, por paradójico que pueda parecer, estamos preparados para probarlo mediante una ilustración tomada de los diferentes géneros de alimentos y de los diferentes modos de prepararlos. Supongamos que un alimento sano y nutritivo ha sido preparado y condimentado de tal manera que sea apto, no para los gustos sencillos de los campesinos y pobres labradores, sino sólo para los que son ricos y de paladar delicado. Supongamos, de nuevo, que ese mismo alimento es preparado no para agradar a los más refinados, sino para los campesinos, los pobres labradores y el pueblo común en general; en una palabra, de modo que miríadas de personas pudieran comer de él. Ahora bien, si, según la suposición, el alimento preparado de la primera manera aprovecha la salud sólo de los que son llamados de clase superior, mientras que ninguno de los otros podría probarlo, mientras que, preparado de la otra manera, aprovecha la salud de grandes multitudes de hombres, ¿a cuáles estimaremos como los que más contribuyen al bien público —a los que preparan alimento para personas de distinción, o a los que lo preparan para las multitudes?—, dando por sentado que en ambos casos el alimento es igualmente sano y nutritivo; siendo evidente que el bienestar de la humanidad y el bien común son mejor promovidos por aquel médico que atiende a la salud de los muchos, que por el que limita su atención a unos pocos.
VII, 60
Ahora bien, comprendida esta ilustración, hemos de aplicarla a las cualidades del alimento espiritual con que se nutre la parte racional del hombre. Veamos, pues, si Platón y los sabios entre los griegos, en las cosas hermosas que dicen, no se parecen a aquellos médicos que limitan su atención a las llamadas clases superiores de la sociedad y desprecian a la multitud; mientras que los profetas entre los judíos, y los discípulos de Jesús, que desprecian las meras elegancias del estilo y aquello que en la Escritura se llama sabiduría de los hombres, la sabiduría según la carne, que se complace en lo oscuro, se asemejan a los que se esfuerzan por proporcionar el alimento más sano al mayor número de personas. Con este fin adaptan su lenguaje y su estilo a la capacidad del pueblo común, y evitan todo lo que pudiera parecerles extraño, no sea que, con la introducción de formas de expresión extrañas, produzcan en ellos desagrado hacia su enseñanza. En efecto, si el verdadero uso del alimento espiritual, para seguir con la figura, es producir en quien de él participa las virtudes de la paciencia y la mansedumbre, ¿no estará mejor preparado aquel discurso que produce paciencia y mansedumbre en las multitudes, o las hace crecer en estas virtudes, que aquel que limita sus efectos a unos pocos escogidos, suponiendo que realmente los hace mansos y pacientes? Si un griego deseara beneficiar mediante una instrucción sana a personas que sólo entendieran egipcio o siríaco, lo primero que haría sería aprender su lengua; y preferiría pasar por bárbaro entre los griegos, hablando como los egipcios o los sirios, a fin de serles útil, antes que permanecer siempre griego y carecer de los medios de ayudarlos. Del mismo modo la naturaleza divina, teniendo el propósito de instruir no sólo a los que son tenidos por doctos en la literatura de Grecia, sino también al resto de los hombres, se acomodó a la capacidad de las multitudes sencillas a quienes se dirigía. Busca captar la atención de los más ignorantes mediante un lenguaje que les es familiar, a fin de que puedan ser inducidos con facilidad, tras su primera introducción, a esforzarse por conocer las verdades más profundas que yacen ocultas en la Escritura. Porque aun el lector ordinario de la Escritura puede ver que ella contiene muchas cosas demasiado profundas para ser comprendidas al principio; pero éstas son entendidas por quienes se dedican al estudio diligente de la palabra divina, y se les hacen claras en proporción al empeño y al celo que invierten en su investigación.
VII, 61
De estas observaciones es evidente que, cuando Jesús dijo de manera grosera, como la llama Celso: Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y si alguno quisiere pleitear contigo y quitarte la túnica, déjale también la capa, se expresó de tal modo que el precepto tuviera mayor efecto práctico que las palabras de Platón en el Critón; pues éste está tan lejos de ser inteligible para las personas corrientes, que aun los que han sido educados en las escuelas de aprendizaje e iniciados en la famosa filosofía de Grecia tienen dificultad en comprenderlo. Puede también observarse que el precepto que manda soportar las injurias con paciencia no es de ningún modo corrompido o degradado por el lenguaje llano y sencillo que emplea nuestro Señor, sino que en esto, como en otros casos, es una mera calumnia contra nuestra religión la que pronuncia cuando dice: Pero baste esto como un ejemplo del modo en que esta y otras verdades han sido tomadas prestadas y corrompidas. Cualquiera que desee puede hallar fácilmente más de ellas buscando.
VII, 62
Veamos ahora lo que sigue. Pasemos, dice él, a otro punto. No pueden tolerar templos, altares ni imágenes. En esto se parecen a los escitas, a las tribus nómadas de Libia, a los Seres, que no adoran dios alguno, y a algunos otros de los pueblos más bárbaros e impíos del mundo. Que los persas sostienen las mismas opiniones lo muestra Heródoto en estas palabras: 'Sé que entre los persas se considera ilícito erigir imágenes, altares ni templos; pero reprochan su necedad a quienes lo hacen, porque, según conjeturo, no suponen, como los griegos, que los dioses sean de la naturaleza de los hombres.' Heráclito también dice en un pasaje: 'Los que dirigen plegarias a estas imágenes obran como los que hablan a los muros, sin saber quiénes son los dioses o los héroes.' ¿Y qué lección más sabia tienen que enseñarnos que Heráclito? Ciertamente insinúa con suficiente claridad que es cosa necia que un hombre ofrezca plegarias a las imágenes, mientras no sabe quiénes son los dioses y los héroes. Ésta es la opinión de Heráclito; pero ellos van más allá, y desprecian sin excepción todas las imágenes. Si sólo quieren decir que la piedra, la madera, el bronce o el oro labrados por tal o cual artífice no pueden ser un dios, son ridículos con su sabiduría. Porque ¿quién, a no ser que sea puerilmente simple en su sencillez, puede tomar éstas por dioses, y no por ofrendas consagradas al servicio de los dioses, o por imágenes que los representan? Pero si no hemos de considerar éstas como representaciones del Ser Divino, puesto que Dios tiene una forma diferente, como convienen con ellos los persas al decirlo, entonces cuídense de no contradecirse a sí mismos; pues dicen que Dios hizo al hombre a su propia imagen, y que le dio una forma semejante a la suya. Sin embargo, admitirán que estas imágenes, sean semejantes o no, están hechas y dedicadas al honor de ciertos seres. Pero sostendrán que los seres a quienes están dedicadas no son dioses, sino demonios, y que quien adora a Dios no debe adorar a los demonios.
VII, 63
Nuestra respuesta a esto es la siguiente: si los escitas, las tribus nómadas de Libia, los Seres, que según Celso no tienen dios alguno, si aquellos otros pueblos los más bárbaros e impíos del mundo, y si aun los persas no pueden tolerar la vista de templos, altares ni imágenes, no se sigue, porque nosotros tampoco podemos sufrirlos más que ellos, que las razones por las cuales los rechazamos sean las mismas que las suyas. Debemos indagar los principios en que se funda la objeción contra los templos y las imágenes, a fin de aprobar a los que objetan sobre principios sólidos y condenar a aquellos cuyos principios son falsos. Porque una misma cosa puede hacerse por razones diferentes. Por ejemplo, los filósofos que siguen a Zenón de Citio se abstienen de cometer adulterio, también lo hacen los seguidores de Epicuro, así como otros que lo hacen sin principios filosóficos alguno; pero obsérvese cuán diferentes razones determinan la conducta de estas diversas clases. Los primeros atienden al interés de la sociedad, y sostienen que la naturaleza prohíbe que un hombre, siendo ser racional, corrompa a una mujer que las leyes ya han dado a otro, y quebrante así el hogar de otro hombre. Los epicúreos no razonan de este modo; pero si se abstienen del adulterio, es porque, considerando el placer como el sumo bien del hombre, perciben que quien se entrega al adulterio encuentra, por causa de este único placer, una multitud de obstáculos al placer, tales como la prisión, el destierro y la muerte misma. Con frecuencia, en efecto, corren al principio no pequeño riesgo, mientras aguardan la salida de la casa del amo y de los que están de su parte. De modo que, suponiendo que un hombre pudiera cometer adulterio y sustraerse al conocimiento del marido, de sus siervos y de otros cuya estima perdería, el epicúreo cedería a la comisión del crimen por causa del placer. El hombre sin sistema filosófico alguno, en cambio, que se abstiene del adulterio cuando se le presenta la ocasión, lo hace generalmente por temor a la ley y a sus penas, y no por gozar de un mayor número de otros placeres. Veis, pues, que un acto que pasa por ser uno y el mismo — a saber, la abstinencia del adulterio — no es el mismo, sino que difiere en los distintos hombres según los motivos que lo mueven: uno se abstiene por razones sólidas, otro por razones tan malas e impías como las del epicúreo, y el hombre común de quien hemos hablado.
VII, 64
Así, pues, este acto de abstinencia, que a primera vista parece uno y el mismo, se halla en realidad que es diferente en las diversas personas, según los principios y motivos que lo determinan; así también sucede con aquellos que no pueden admitir en el culto del Ser Divino altares, ni templos, ni imágenes. Los escitas, los nómadas de Libia, los impíos Seres y los persas concuerdan en esto con los cristianos y los judíos; pero son movidos por principios muy diferentes. Porque ninguno de aquellos aborrece los altares y las imágenes por temor a degradar el culto de Dios y reducirlo al culto de cosas materiales hechas por manos de hombres. Tampoco los rechazan por creer que los demonios eligen ciertas formas y lugares, ya sea porque son detenidos en ellos por virtud de ciertos encantamientos, ya porque por alguna otra razón posible han escogido esas moradas donde pueden perseguir sus placeres criminales, participando del humo de las víctimas sacrificadas. Pero los cristianos y los judíos atienden a este mandato: Temerás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás; y a este otro: No tendrás dioses ajenos delante de mí: no te harás imagen tallada, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás a ellas, ni las servirás; y otra vez: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás. En consideración a estos y a muchos otros mandatos semejantes, no sólo evitan los templos, los altares y las imágenes, sino que están dispuestos a sufrir la muerte cuando es necesario, antes que envilecer con semejante impiedad la concepción que tienen del Dios Altísimo.
VII, 65
En cuanto a los persas, ya hemos dicho que, aunque no construyen templos, sin embargo adoran al sol y a las demás obras de Dios. Esto se nos prohíbe, pues hemos sido enseñados a no adorar a la criatura en lugar del Creador, sino a saber que la misma creación será librada de la servidumbre de la corrupción en la libertad de la gloria de los hijos de Dios; y que la ardiente esperanza de la creación aguarda la revelación de los hijos de Dios; y que la creación fue sujetada a la vanidad, no voluntariamente, sino por causa de quien la sujetó, en esperanza. Creemos, por tanto, que las cosas que están bajo la servidumbre de la corrupción y sujetas a la vanidad, las cuales permanecen en esta condición en esperanza de un estado mejor, no deben ocupar en nuestro culto el lugar de Dios, el suficiente para todas las cosas, ni el de su Hijo, el Primogénito de toda la creación. Baste esto, además de lo que ya hemos dicho de los persas, que aborrecen los altares y las imágenes, pero que sirven a la criatura en lugar del Creador. En cuanto al pasaje que Celso cita de Heráclito, cuyo sentido él presenta como que es una necedad infantil ofrecer oraciones a las imágenes mientras no se sabe quiénes son los dioses y los héroes, podemos responder que es fácil saber que Dios y el Hijo Unigénito de Dios, y aquellos a quienes Dios ha honrado con el título de dios, y que participan de su naturaleza divina, son muy diferentes de todos los dioses de las naciones, que son demonios; pero no es posible al mismo tiempo conocer a Dios y dirigir oraciones a las imágenes.
VII, 66
Y la acusación de necedad se aplica no solo a los que ofrecen oraciones a las imágenes, sino también a los que fingen hacerlo en conformidad con el ejemplo de la multitud: y a esta clase pertenecen los filósofos peripatéticos y los seguidores de Epicuro y Demócrito. Porque no hay falsedad ni fingimiento en el alma que está poseída de verdadera piedad hacia Dios. Otra razón por la cual también nos abstenemos de honrar las imágenes es para no dar apoyo a la noción de que las imágenes son dioses. Es por esto que condenamos a Celso y a todos los demás que, admitiendo que no son dioses, sin embargo, con la reputación de ser hombres sabios, les rinden lo que pasa por homenaje. De este modo inducen al pecado a la multitud que sigue su ejemplo, y que adora estas imágenes no simplemente por deferencia a la costumbre, sino por una creencia en la que han caído de que son dioses verdaderos, y de que no deben escucharse a los que sostienen que los objetos de su culto no son dioses verdaderos. Celso, en efecto, dice que no los toman por dioses, sino solo como ofrendas dedicadas a los dioses. Pero no demuestra que no estén más bien dedicadas a hombres que, como dice él, al honor de los mismos dioses; pues es claro que son las ofrendas de hombres que estaban en error en sus opiniones acerca del Ser Divino. Además, no imaginamos que estas imágenes sean representaciones de Dios, pues no pueden representar a un ser invisible e incorpóreo. Pero como Celso supone que caemos en contradicción, mientras por una parte decimos que Dios no tiene forma humana, y por otra profesamos creer que Dios hizo al hombre imagen de sí mismo, y creó al hombre imagen de Dios; nuestra respuesta es la misma que ya se ha dado: que sostenemos que la semejanza con Dios se conserva en el alma racional, que está formada para la virtud, aunque Celso, que no ve la diferencia entre ser imagen de Dios y ser creado a imagen de Dios, finge que dijimos que Dios hizo al hombre su propia imagen y le dio una forma semejante a la suya. Pero esto también ha sido examinado antes.
VII, 67
Su siguiente observación acerca de los cristianos es: Admitirán que estas imágenes, sean semejantes o no, están hechas y dedicadas en honor de ciertos seres; pero sostendrán que los seres a quienes están dedicadas no son dioses, sino demonios, y que quien adora a Dios no debe adorar a los demonios. Si hubiera conocido la naturaleza de los demonios y sus diversas operaciones, ya sea inducido a ellas por las conjuraciones de los versados en el arte, o impulsado por su propia inclinación a actuar según su poder y su voluntad; si, digo, hubiera comprendido a fondo este asunto, que es a la vez amplio en su extensión y difícil para la comprensión humana, no nos habría condenado por decir que quienes adoran al Ser Supremo no deben servir a los demonios. En cuanto a nosotros, tan lejos estamos de desear servir a los demonios, que mediante el uso de oraciones y otros medios que aprendemos de la Escritura, los expulsamos de las almas de los hombres, de los lugares donde se han establecido, y aun a veces de los cuerpos de los animales; pues también estas criaturas sufren con frecuencia daños infligidos por los demonios.
VII, 68
Después de todo lo que ya hemos dicho acerca de Jesús, sería una inútil repetición de nuestra parte responder a estas palabras de Celso: Es fácil convictos de que no adoran a un dios, ni siquiera a demonios, sino a un hombre muerto. Dejando, pues, esta objeción por la razón indicada, pasemos a lo que sigue: En primer lugar, preguntaría yo por qué no hemos de servir a los demonios. ¿No es verdad que todas las cosas están ordenadas según la voluntad de Dios, y que su providencia gobierna todas las cosas? ¿No está todo cuanto sucede en el universo, sea obra de Dios, de los ángeles, de otros demonios o de los héroes, regulado por la ley del Dios Altísimo? ¿No se les han asignado a éstos diversos departamentos de los que cada uno fue juzgado digno? ¿No es justo, por tanto, que quien adora a Dios sirva también a aquellos a quienes Dios ha asignado tal poder? Y sin embargo, dice, es imposible que el hombre sirva a muchos señores. Observad aquí de nuevo cómo resuelve de una vez toda una serie de cuestiones que requieren una considerable investigación y un profundo conocimiento de lo más misterioso en el gobierno del universo. Pues debemos indagar el sentido de la afirmación de que todas las cosas están ordenadas según la voluntad de Dios, y averiguar si los pecados están o no incluidos entre las cosas que Dios ordena. Porque si el gobierno de Dios se extiende a los pecados no sólo en los hombres, sino también en los demonios y en cualesquiera otros seres espirituales capaces de pecar, corresponde a los que hablan de esta manera ver cuán inconveniente es la expresión de que todas las cosas están ordenadas por la voluntad de Dios. Pues de ella se sigue que todos los pecados y todas sus consecuencias están ordenados por la voluntad de Dios, cosa distinta de decir que se realizan con el permiso de Dios. Porque si tomamos la palabra ordenadas en su significación propia, y decimos que todos los resultados del pecado fueron ordenados, entonces es evidente que todas las cosas están ordenadas según la voluntad de Dios, y que, por tanto, todos los que hacen el mal no ofenden contra su gobierno. Y la misma distinción vale respecto de la providencia. Cuando decimos que la providencia de Dios regula todas las cosas, pronunciamos una gran verdad si atribuimos a esa providencia nada más que lo justo y recto. Pero si atribuimos a la providencia de Dios todas las cosas sin excepción, por injustas que sean, entonces ya no es verdad que la providencia de Dios regula todas las cosas, a menos que refiramos directamente a la providencia de Dios las cosas que fluyen como resultados de sus disposiciones. Sostiene también Celso que todo cuanto sucede en el universo, sea obra de Dios, de los ángeles, de otros demonios o de los héroes, está regulado por la ley del Dios Altísimo. Pero esto también es incorrecto; pues no podemos decir que los transgresores siguen la ley de Dios cuando transgreden; y la Escritura declara que no sólo los hombres malvados son transgresores, sino también los demonios malvados y los ángeles malvados.
VII, 69
Y es no somos nosotros solos quienes hablamos de demonios malvados, sino casi todos los que admiten la existencia de los demonios. No es, pues, verdad que todos observen la ley del Dios Altísimo; porque todos los que se apartan de la ley divina, ya por negligencia, ya por depravación y vicio, ya por ignorancia de lo que es recto, todos tales no guardan la ley de Dios, sino que, usando una nueva frase que encontramos en la Escritura, la ley del pecado. Digo, pues, que, según la opinión de la mayoría de los que creen en la existencia de los demonios, algunos de ellos son malvados; y éstos, en lugar de guardar la ley de Dios, ofenden contra ella. Pero, según nuestra fe, es verdad de todos los demonios que no lo fueron desde el principio, sino que llegaron a serlo al apartarse del camino verdadero; de modo que el nombre de demonios se da a aquellos seres que se han apartado de Dios. Por consiguiente, los que adoran a Dios no deben servir a los demonios. Podemos también conocer la verdadera naturaleza de los demonios si consideramos la práctica de quienes los invocan con encantamientos para impedir ciertas cosas o para muchos otros fines. Pues éste es el método que adoptan para invocar a los demonios por medio de conjuros y artes mágicas, e inducirlos a favorecer sus deseos. Por tanto, el culto de todos los demonios sería incongruente en nosotros, que adoramos al Dios Supremo; y el servicio de los demonios es el servicio de los llamados dioses, porque todos los dioses de los gentiles son demonios. Lo mismo se ve también en que la dedicación de los más famosos de los llamados lugares sagrados, ya templos ya estatuas, iba acompañada de curiosos encantamientos mágicos, realizados por los que servían con celo a los demonios con artes mágicas. De ahí que estemos resueltos a evitar el culto de los demonios del mismo modo que evitaríamos la muerte; y sostenemos que el culto que, según se supone entre los griegos, se rinde a los dioses en los altares, en las imágenes y en los templos, se ofrece en realidad a los demonios.
VII, 70
Su observación siguiente fue: ¿No han recibido estas potestades inferiores de Dios distintos departamentos, según que cada una fue tenida por digna? Pero ésta es una cuestión que exige un conocimiento muy profundo. Porque debemos determinar si la Palabra de Dios, que gobierna todas las cosas, ha asignado a los demonios malvados ciertos empleos, del mismo modo que en los estados se nombran verdugos y otros oficiales con deberes crueles pero necesarios que desempeñar; o si, como entre los salteadores que infestan los lugares desiertos, es costumbre elegir de entre ellos a uno que sea su jefe — así los demonios, que se hallan esparcidos como en tropas por las distintas partes de la tierra, se han elegido un caudillo bajo cuyo mando saqueen y despojen las almas de los hombres. Para explicar esto plenamente, y para justificar la conducta de los cristianos en rehusar tributar homenaje a objeto alguno excepto al Dios Altísimo, y al Primogénito de toda la creación, que es su Verbo y Dios, debemos citar esto de la Escritura: Todos los que antes de mí vinieron son ladrones y salteadores; pero no los oyeron las ovejas; y de nuevo: El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; y otros pasajes semejantes, como: He aquí os doy potestad de hollar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo; y nada os dañará; y de nuevo: Sobre el león y el áspid pisarás; hollarás al leoncillo y al dragón. Pero de estas cosas Celso no sabía nada, pues de otro modo no habría usado un lenguaje como éste: ¿No está todo cuanto sucede en el universo, sea obra de Dios, de los ángeles, de otros demonios o de los héroes, regulado por la ley del Dios Altísimo? ¿No han recibido éstos diversos departamentos de los que fueron respectivamente tenidos por dignos? ¿No es justo, por tanto, que quien sirve a Dios sirva también a aquellos a quienes Dios ha asignado tal poder? A lo cual añade: Es imposible, dicen, que un hombre sirva a muchos señores. Este último punto debemos posponerlo al libro siguiente; pues éste, que es el séptimo libro que hemos escrito en respuesta al tratado de Celso, es ya de longitud suficiente.
VIII, 1
Habiendo completado siete libros, propongo ahora comenzar el octavo. Y que Dios y su Unigénito, el Verbo, estén con nosotros, para capacitarnos a refutar eficazmente las falsedades que Celso ha publicado bajo el título engañoso de Discurso verdadero, y al mismo tiempo a exponer las verdades del cristianismo con la plenitud que nuestro propósito requiere. Y como dijo Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros, así nosotros, con el mismo espíritu y el mismo lenguaje, desearíamos ardientemente ser embajadores de Cristo ante los hombres, así como la Palabra de Dios los exhorta al amor de sí misma, procurando ganar para la justicia, la verdad y las demás virtudes a aquellos que, hasta que reciban las doctrinas de Jesucristo, viven en tinieblas acerca de Dios y en ignorancia de su Creador. De nuevo, pues, diría: que Dios nos conceda su Verbo puro y verdadero, el Señor fuerte y poderoso en la batalla contra el pecado. Debemos ahora proceder a exponer la siguiente objeción de Celso, y después a responderla.
VIII, 2
En u pasaje citado anteriormente nos pregunta Celso por qué no adoramos a los demonios, y a sus observaciones sobre los demonios le dimos tal respuesta como nos pareció conforme a la palabra divina. Después de plantear esta pregunta con el propósito de inducirnos al culto de los demonios, nos representa respondiendo que es imposible servir a muchos señores. Esto, prosigue él, es lenguaje de sedición, y solo lo usan aquellos que se separan y se mantienen apartados de toda sociedad humana. Los que hablan de este modo atribuyen, según él supone, sus propios sentimientos y pasiones a Dios. Entre los hombres, en efecto, es verdad que quien está al servicio de un señor no puede bien servir a otro, porque el servicio que presta al uno estorba el que debe al otro; y por tanto nadie que ya se ha obligado al servicio de uno debe aceptar el de otro. Y de igual manera, es imposible servir al mismo tiempo a héroes o demonios de naturalezas distintas. Pero en lo que toca a Dios, que no está sujeto a sufrimiento ni a pérdida, es, a su juicio, absurdo que nos guardemos de servir a más dioses, como si tuviéramos que ver con semidioses u otros espíritus de esa clase. Dice también: Quien sirve a muchos dioses hace lo que agrada al Dios Altísimo, porque honra lo que le pertenece. Y añade: Es ciertamente wrong dar honor a alguno a quien Dios no ha dado honor. Por donde, dice, al honrar y adorar todo lo que pertenece a Dios, no desagradaremos a Aquel a quien todos pertenecen.
VIII, 3
Ante de pasar al punto siguiente, convendrá quizá que veamos si no aceptamos con aprobación el dicho: Nadie puede servir a dos señores, con la adición: porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se adherirá al uno y menospreciará al otro; y además: No podéis servir a Dios y a Mamón. La defensa de este pasaje nos llevará a una indagación más profunda y más escudriñadora del sentido y de la aplicación de las palabras dioses y señores. La divina Escritura nos enseña que hay un gran Señor sobre todos los dioses. Y por este nombre de dioses no hemos de entender los objetos del culto pagano (porque sabemos que todos los dioses de los gentiles son demonios), sino los dioses de que hablan los profetas como formando una asamblea, a los cuales Dios juzga, y a cada uno de los cuales asigna su propia obra. Porque Dios está en la asamblea de los dioses: juzga en medio de los dioses. Porque Dios es Señor de los dioses, el cual por su Hijo ha llamado a la tierra desde el nacimiento del sol hasta su ocaso. Se nos manda también dar gracias al Dios de los dioses. Además, se nos enseña que Dios no es Dios de muertos, sino de vivientes. Ni son estos los únicos pasajes en este sentido; hay también muchos otros.
VIII, 4
Las sagradas Escrituras nos enseñan a pensar, de la misma manera, en el Señor de los señores. Porque en un lugar dicen: Dad gracias al Dios de los dioses, porque para siempre es su misericordia. Dad gracias al Señor de los señores, porque para siempre es su misericordia; y en otro: Dios es Rey de reyes y Señor de señores. Porque la Escritura distingue entre aquellos dioses que solo lo son de nombre y aquellos que son verdaderamente dioses, ya se les llame con ese nombre o no; y lo mismo cabe decir respecto al uso de la palabra señores. A este propósito dice Pablo: Porque si hay algunos que se llaman dioses, sea en el cielo, o en la tierra, como hay muchos dioses y muchos señores. Pero como el Dios de los dioses llama por medio de Jesús, a los que quiere, a su heredad, desde el oriente y desde el occidente, y el Cristo de Dios muestra así su superioridad sobre todos los príncipes, entrando en sus respectivas provincias y llamando de entre ellas a los hombres para que se le sometan, por eso Pablo, teniendo esto a la vista, prosigue diciendo: Pero nosotros no tenemos más que un solo Dios, el Padre, del cual son todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por él; añadiendo, como llevado de un profundo sentido de lo admirable y misterioso de esta doctrina: Mas no en todos hay este conocimiento. Cuando dice: Nosotros no tenemos más que un solo Dios, el Padre, del cual son todas las cosas; y un solo Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, entiende por nosotros a sí mismo y a todos los que se han elevado hasta el Dios sumo de los dioses y el Señor sumo de los señores. Ahora bien, se ha elevado hasta el Dios sumo quien le rinde a través de su Hijo un culto entero e indiviso: el Verbo y la sabiduría de Dios manifestados en Jesús. Porque solo el Hijo conduce a Dios a quienes se esfuerzan, por la pureza de sus pensamientos, palabras y obras, en acercarse a Dios, Creador del universo. Pienso, por tanto, que el príncipe de este mundo, que se transfigura en ángel de luz, se refería a estas y semejantes declaraciones en las palabras: A éste sigue un ejército de dioses y de demonios, distribuidos en once órdenes. Hablando de sí mismo y de los filósofos, dice: Nosotros somos del partido de Júpiter; los demás pertenecen a otros demonios.
VIII, 5
Mientras hay así muchos dioses y muchos señores, de los cuales unos lo son en realidad y otros solo de nombre, nos esforzamos por elevarnos no solo por encima de aquellos a quienes las naciones de la tierra veneran como dioses, sino también más allá de aquellos de quienes se dice en la Escritura que son dioses, y a quienes ignoran por completo los que son extraños a los pactos de Dios dados por medio de Moisés y de nuestro Salvador Jesús, y que no tienen parte en las promesas que Él nos ha hecho por medio de ellos. Se eleva sobre todo culto a los demonios quien no hace nada que agrade a los demonios; y se eleva a una bienaventuranza superior a la de aquellos a quienes Pablo llama dioses, si se le concede, como a ellos, o del modo que pueda, no mirar las cosas que se ven, sino las que no se ven. Y quien considera que la ardiente expectación de la criatura aguarda la manifestación de los hijos de Dios, no voluntariamente, sino por razón de quien la sujetó en esperanza, mientras alaba a la criatura y ve cómo será librada del todo de la servidumbre de corrupción y restaurada a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, tal uno no puede ser inducido a unir al servicio de Dios el servicio de otro alguno, ni a servir a dos señores. No hay, pues, nada sedicioso ni faccioso en el lenguaje de quienes sostienen estas opiniones y se niegan a servir a más de un señor. Para ellos Jesucristo es un Señor que basta por sí solo, el cual los instruye Él mismo, a fin de que, cuando estén plenamente instruidos, los constituya en un reino digno de Dios y los presente a Dios Padre. Pero, en cierto sentido, sí se apartan y se mantienen alejados de aquellos que son extraños a la ciudadanía de Dios y a sus pactos, a fin de vivir como ciudadanos del cielo, acercándose al Dios viviente, y a la ciudad de Dios, la Jerusalén celestial, y a una compañía innumerable de ángeles, a la asamblea general y Iglesia de los primogénitos, que están inscritos en los cielos.
VIII, 6
Pero cuando nosotros rehusamos servir a otro que no sea Dios por medio de su Verbo y de su sabiduría, no lo hacemos como si con ello causáramos daño o perjuicio alguno a Dios, del mismo modo que se causaría perjuicio a un hombre si su siervo entrara al servicio de otro, sino que tememos que nosotros mismos suframos daño al privarnos de nuestra porción en Dios, mediante la cual vivimos en la participación de la bienaventuranza divina, y somos imbuidos de aquel excelso espíritu de adopción que en los hijos del Padre celestial clama, no con palabras, sino con profunda eficacia en lo íntimo del corazón: Abba, Padre. Los embajadores lacedemonios, llevados ante el rey de los persas, rehusaron postrarse ante él, cuando los servidores procuraban obligarlos a hacerlo, por respeto a aquello que solo tenía autoridad y señorío sobre ellos, a saber, la ley de Licurgo. Pero quienes tienen una embajada mucho mayor y más divina al ser embajadores de Cristo no deben adorar a gobernante alguno entre los persas, o los griegos, o los egipcios, o de cualquier nación que sea, aun cuando sus oficiales y ministros, demonios y ángeles del diablo, procuraran obligarlos a hacerlo, y les instaran a tener por nada una ley que es más poderosa que todas las leyes sobre la tierra. Porque el Señor de los que son embajadores de Cristo es el propio Cristo, de quien son embajadores, y que es el Verbo, el cual estaba en el principio, estaba con Dios y era Dios.
VIII, 7
Pero cuando Celso habla de héroes y demonios, plantea una cuestión más profunda de lo que él mismo se da cuenta. Porque después de la afirmación que hizo respecto al servicio entre los hombres, a saber, que el primer amo sufre perjuicio cuando alguno de sus siervos desea al mismo tiempo servir a otro, añade que lo mismo vale para los héroes y otros demonios de esa clase. Ahora bien, debemos preguntarle qué naturaleza cree que poseen aquellos héroes y demonios de quienes afirma que quien sirve a un héroe no puede servir a otro, y quien sirve a un demonio no puede servir a otro, como si el primer héroe o demonio sufriera perjuicio del mismo modo que lo sufren los hombres cuando los que primero los sirven se entregan después al servicio de otros. Que declare también qué pérdida supone que sufrirán aquellos héroes o demonios. Porque se verá obligado o a sumergirse en absurdos interminables, repitiendo primero y retractándose después de sus anteriores afirmaciones; o a abandonar sus frívolas conjeturas y confesar que nada entiende de la naturaleza de los héroes y los demonios. Y respecto a su afirmación de que los hombres sufren perjuicio cuando el siervo de un hombre entra al servicio de un segundo amo, surge la pregunta: ¿Cuál es la naturaleza del perjuicio que se causa al primer amo por un siervo que, mientras le sirve, desea al mismo tiempo servir a otro?
VIII, 8
Porque si él responde, como quien es ignorante y carece de filosofía, que el perjuicio sufrido es uno que atañe a cosas externas a nosotros, quedará claramente manifiesto que no sabe nada de aquella célebre sentencia de Sócrates: Anyto y Melito pueden matarme, pero no pueden dañarme; pues es imposible que lo mejor sea dañado por lo peor. Pero si por perjuicio entiende un impulso malvado o un hábito malo, es claro que ningún perjuicio de este género sobrevendrá a los sabios porque un hombre sirva a dos sabios en lugares distintos. Si este sentido no le conviene, es evidente que sus esfuerzos por debilitar la autoridad del pasaje: Nadie puede servir a dos señores, son vanos; pues estas palabras solo pueden ser perfectamente verdaderas cuando se refieren al servicio que rendimos al Dios Altísimo por medio de su Hijo, el cual nos conduce a Dios. Y no serviremos a Dios como si Él necesitase nuestro servicio, o como si fuese hecho infeliz si dejásemos de servirle; sino porque nosotros mismos nos beneficiamos del servicio de Dios, y porque somos liberados de penas y aflicciones al servir al Dios Altísimo por medio de su Unigénito, el Verbo y la Sabiduría.
VIII, 9
Y observe la temeridad de aquella expresión: Porque si adoráis cualquiera de las cosas del universo, como si quisiera hacernos creer que el servicio de Dios nos conduce a la adoración de otras cosas que pertenecen a Dios, sin daño alguno para nosotros. Pero, como si sintiera su error, corrige las palabras, Si adoráis cualquiera de las cosas del universo, añadiendo: No debemos honrar, sin embargo, sino a aquellos a quienes ese derecho ha sido dado por Dios. Y plantearíamos a Celso esta pregunta respecto a los que son honrados como dioses, como demonios o como héroes: Ahora bien, señor, ¿podéis probar que el derecho a ser honrados les fue dado por Dios, y que no surgió de la ignorancia y la locura de los hombres que, en sus extravíos, se apartaron de Aquel a quien solo se debe propiamente la adoración y el servicio? Hace un momento dijiste, oh Celso, que Antínoo, el favorito de Adriano, es honrado; pero ciertamente no dirás que el derecho a ser adorado como dios le fue dado por el Dios del universo? Y así respecto a los demás, pedimos prueba de que el derecho a ser adorados les fue dado por el Dios Altísimo. Pero si la misma pregunta se nos plantea a nosotros respecto a la adoración de Jesús, mostraremos que el derecho a ser honrado le fue dado por Dios, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. Porque todas las profecías que precedieron a su nacimiento fueron preparativos para su adoración. Y los prodigios que obró —no mediante arte mágico, como supone Celso, sino por un poder divino, anunciado por los profetas— han servido de testimonio de Dios en favor de la adoración de Cristo. Quien honra al Hijo, que es el Verbo y la Razón, no obra en modo alguno contra la razón, y se granjea para sí un gran bien; quien honra a Aquel que es la Verdad, se hace mejor honrando la verdad; y esto podemos decirlo de honrar la sabiduría, la justicia y todos los demás nombres con que las sagradas Escrituras suelen designar al Hijo de Dios.
VIII, 10
Pero que el honor que tributamos al Hijo de Dios, así como el que rendimos a Dios Padre, consiste en una conducta de vida recta, nos lo enseña claramente el pasaje: Tú que te jactas de la ley, por la transgresión de la ley ¿deshonras a Dios? y también: ¿Cuánto mayor castigo pensáis que será digno el que hollare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? Porque si quien transgrede la ley deshonra a Dios con su transgresión, y quien holla la palabra holla al Hijo de Dios, es evidente que quien guarda la ley honra a Dios, y que el adorador de Dios es aquel cuya vida se rige por los principios y preceptos de la palabra divina. Si Celso hubiera sabido quiénes son los que constituyen el pueblo de Dios, y que solo ellos son sabios —y quiénes son los que son extraños a Dios, y que estos son todos los malvados que no sienten deseo alguno de entregarse a la virtud—, habría reflexionado antes de pronunciar las palabras: ¿Cómo puede desagradar a Dios quien honra a alguno de aquellos a quienes Dios reconoce como suyos, siendo todos ellos suyos?
VIII, 11
Añade, y en efecto, quien, al hablar de Dios, afirma que solo hay uno que pueda ser llamado Señor, habla impíamente, pues divide el reino de Dios y siembra en él sedición, dando a entender que hay facciones separadas en el reino divino, y que existe alguno que es su enemigo. Podría hablar de este modo, si pudiera demostrar con argumentos concluyentes que aquellos a quienes los gentiles veneran como dioses son verdaderamente dioses, y no simplemente espíritus malignos, que se supone frecuentan las estatuas, los templos y los altares. Pero nosotros no solo deseamos comprender la naturaleza de aquel reino divino del que continuamente hablamos y escribimos, sino ser también nosotros de los que están bajo el dominio de Dios solo, a fin de que el reino de Dios sea nuestro. Celso, sin embargo, que nos enseña a venerar a muchos dioses, debería, por coherencia, no hablar del reino de Dios, sino del reino de los dioses. No hay, pues, facciones en el reino de Dios, ni dios alguno que sea su adversario, aunque hay algunos que, como los gigantes y los titanes, en su maldad desean contender con Dios en compañía de Celso, y los que declaran la guerra a Aquel que con innumerables pruebas ha establecido las pretensiones de Jesús, y a Aquel que, como el Verbo, se mostró, para salvación de nuestro linaje, ante todo el mundo bajo aquella forma en que cada uno era capaz de recibirle.