III, 59
Inmediatamente después de esto, Celso, al percibir que nos ha calumniado con una amargura demasiado grande, como a modo de defensa se expresa así: Que no presento cargo más grave que el que la verdad me obliga, cualquiera puede verlo por las siguientes observaciones. Los que invitan a participar en otros misterios hacen pregón en estos términos: 'Todo aquel que tenga las manos limpias y una lengua prudente'; otros de nuevo así: 'El que esté puro de toda contaminación, y cuya alma no tenga conciencia de mal alguno, y que haya vivido bien y justamente.' Tal es el pregón que hacen los que prometen purificación de los pecados. Pero oigamos qué clase de personas invitan estos cristianos. Todo aquel, dicen, que es pecador, que está privado de entendimiento, que es niño, y, hablando en general, cualquiera que es desdichado, ése recibirá el reino de Dios. ¿No llamáis entonces pecador al que es injusto, y ladrón, y ladrón de casas, y envenenador, y sacrílego, y robador de los muertos? ¿A qué otros invitaría un hombre si hiciera pregón para una asamblea de salteadores? Ahora bien, en respuesta a tales afirmaciones, decimos que no es lo mismo invitar a los que están enfermos en el alma a ser curados, y a los que están sanos al conocimiento y estudio de las cosas divinas. Nosotros, sin embargo, teniendo ambas cosas a la vista, al principio invitamos a todos los hombres a ser sanados, y exhortamos a los que son pecadores a venir a la consideración de las doctrinas que enseñan a los hombres a no pecar, y a los que están privados de entendimiento a las que engendran sabiduría, y a los que son niños a elevarse en su pensamiento hasta la madurez, y a los que son simplemente desdichados a la buena fortuna, o — que es el término más apropiado — a la bienaventuranza. Y cuando los que se han vuelto hacia la virtud han progresado, y han mostrado que han sido purificados por la palabra, y han llevado, cuanto pueden, una vida mejor, entonces, y no antes, los invitamos a participar en nuestros misterios. Porque hablamos sabiduría entre los perfectos.
III, 60
Y así enseñamos además, que la sabiduría no entrará en el alma de un hombre vil, ni morará en un cuerpo envuelto en pecado, Sabiduría 1:4 decimos: El que tenga las manos limpias, y por eso alce a Dios manos santas, y que, por estar ocupado en cosas elevadas y celestiales, pueda decir: La elevación de mis manos es como el sacrificio de la tarde, venga a nosotros; y el que tenga una lengua sabia por meditar en la ley del Señor día y noche, y que, por el hábito, tenga los sentidos ejercitados para discernir entre el bien y el mal, no tenga reparo en venir a la comida sólida y racional, apta para los que son atletas de la piedad y de toda virtud. Y puesto que la gracia de Dios está con todos los que aman con afecto puro al maestro de las doctrinas de la inmortalidad, todo el que esté puro no sólo de toda contaminación, sino también de lo que se consideran transgresiones menores, sea iniciado con valentía en los misterios de Jesús, que propiamente sólo se dan a conocer a los santos y a los puros. Dice, pues, el iniciador de Celso: Venga el que su alma no tiene conciencia de mal alguno. Pero el que actúa como iniciador, según los preceptos de Jesús, dirá a los que se han purificado en el corazón: Aquel cuya alma desde hace mucho tiempo no tiene conciencia de mal alguno, y especialmente desde que se entregó a la curación de la palabra, ése oiga las doctrinas que Jesús habló en privado a sus verdaderos discípulos. Por eso, en la comparación que establece entre el procedimiento de los iniciadores en los misterios griegos y los maestros de la doctrina de Jesús, ¡no conoce la diferencia entre invitar a los malvados a ser sanados, e iniciar en los misterios sagrados a los que ya están purificados!
III, 61
No a participación en los misterios, pues, ni a la comunión de la sabiduría escondida en misterio, que Dios ordenó antes del mundo para la gloria de sus santos, invitamos al hombre malvado, y al ladrón, y al asaltante de casas, y al envenenador, y al sacrílego, y al profanador de los muertos, y a todos aquellos otros que Celso pueda enumerar en su estilo exagerado, sino que a tales los invitamos a ser sanados. Porque hay en la divinidad de la palabra algunos remedios para la curación de los enfermos, respecto de los cuales la palabra dice: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos; y otros, a su vez, que exhiben a los puros de alma y cuerpo la revelación del misterio guardado en silencio desde el principio del mundo, pero ahora manifestado por las Escrituras de los profetas, y por la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual aparición se manifiesta a cada uno de los que son perfectos, y que ilumina la razón en el verdadero conocimiento de las cosas. Pero como él exagera las acusaciones contra nosotros, añadiendo, tras su lista de aquellos viles individuos que ha mencionado, esta observación: ¿A qué otras personas llamaría un ladrón consigo por pregón?, respondemos a tal pregunta diciendo que un ladrón reúne a su alrededor individuos de tal carácter, a fin de servirse de su villanía contra los hombres a quienes desean matar y despojar. Un cristiano, en cambio, aunque invite a los mismos que invita el ladrón, los invita a una vocación muy distinta, a saber, a vendar estas heridas por Su palabra, y a aplicar al alma, que supura entre los males, los medicamentos obtenidos de la palabra, análogos al vino y al aceite, y a los emplastos y demás recursos curativos que pertenecen al arte de la medicina.
III, 62
En el lugar siguiente, arrojando una calumnia sobre las exhortaciones dichas y escritas a quienes han llevado vidas malvadas, y que los invitan al arrepentimiento y a la reforma del corazón, afirma que decimos que fue a los pecadores a quienes Dios ha sido enviado. Ahora bien, esta afirmación suya es casi lo mismo que si censurara a ciertas personas por decir que, a causa de los enfermos que vivían en una ciudad, un médico les había sido enviado por un monarca muy benévolo. Dios el Verbo fue enviado, en efecto, como médico a los pecadores, pero como maestro de los misterios divinos a aquellos que ya son puros y que ya no pecan. Pero Celso, incapaz de ver esta distinción —pues no tenía deseo de ser animado por un amor a la verdad—, observa: ¿Por qué no fue enviado a aquellos que estaban sin pecado? ¿Qué mal hay en no haber pecado? A lo cual respondemos que, si por aquellos que estaban sin pecado entiende a los que ya no pecan, entonces nuestro Salvador Jesús fue enviado también a tales, pero no como médico. Y si por aquellos que estaban sin pecado entiende a quienes jamás en tiempo alguno han pecado —pues no hizo distinción alguna en su afirmación—, respondemos que es imposible que un hombre esté así sin pecado. Y esto decimos, exceptuando, por cierto, al hombre entendido que está en Cristo Jesús, el cual no hizo pecado. Es, en efecto, con intención maliciosa que Celso dice de nosotros que afirmamos que Dios recibirá al hombre injusto si se humilla a causa de su maldad, pero que no recibirá al justo, aunque le mire a Él adornado con la virtud desde el principio. Ahora bien, nosotros afirmamos que es imposible que un hombre mire a Dios adornado con la virtud desde el principio. Porque la maldad debe necesariamente existir primero en los hombres. Como dice también Pablo: Cuando vino el mandamiento, el pecado revivió, y yo morí. Además, no enseñamos respecto del hombre injusto que le baste humillarse a causa de su maldad para ser aceptado por Dios, sino que Dios lo aceptará si, después de pronunciar condena sobre sí mismo por su conducta pasada, anda humildemente a causa de ella, y de manera digna en lo venidero.
III, 63
Después de esto, no comprendiendo cómo se ha dicho que todo aquel que se ensalza será humillado; ni (aunque instruido incluso por Platón) en que el hombre bueno y virtuoso anda humilde y ordenadamente; e ignorante, además, de que damos la exhortación: Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que él os exalte a su tiempo; afirma que quienes presiden debidamente un juicio hacen cesar a los individuos que ante ellos se lamentan de sus malas acciones de sus lastimeros lamentos, no sea que sus sentencias se determinen más por la compasión que por el respeto a la verdad; mientras que Dios no juzga conforme a la verdad, sino conforme a la adulación. Ahora bien, ¿qué palabras de adulación y de lastimero llanto contienen las Santas Escrituras cuando el pecador dice en sus oraciones a Dios: He reconocido mi pecado, y mi iniquidad no he ocultado. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, etc., etc.? Pues ¿es capaz de mostrar que un procedimiento de esta clase no es apto para la conversión de los pecadores, que se humillan en sus oraciones bajo la mano de Dios? Y, confundido por sus esfuerzos por acusarnos, se contradice a sí mismo; apareciendo unas veces como si conociera a un hombre sin pecado, y a un hombre justo, que puede mirar a Dios adornado con la virtud desde el principio; y otras veces aceptando nuestra afirmación de que no hay hombre del todo justo, ni sin pecado; pues, como si admitiera su verdad, observa: Esto es en efecto aparentemente verdadero, que de algún modo la raza humana está naturalmente inclinada al pecado. En el lugar siguiente, como si no fueran todos los hombres invitados por la palabra, dice: Todos los hombres, pues, sin distinción, deben ser invitados, puesto que todos en verdad son pecadores. Y sin embargo, en las páginas precedentes, hemos señalado las palabras de Jesús: Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Todos los hombres, pues, que trabajan y están cargados a causa de la naturaleza del pecado, son invitados al descanso del que se habla en la palabra de Dios, porque Dios envió su palabra, y los sanó, y los libró de sus destrucciones.
III, 64
Pero ya que dice, además de esto: ¿Qué es esta preferencia de los pecadores sobre los demás? y hace otras observaciones de naturaleza semejante, hemos de responder que absolutamente no se prefiere a un pecador antes que a uno que no es pecador; sino que a veces un pecador, que ha tomado conciencia de su propio pecado, y que por eso llega al arrepentimiento, humillado a causa de sus pecados, es preferido antes que uno que es tenido por menor pecador, pero que no se considera tal, sino que se ensalza fundándose en ciertas buenas cualidades que cree poseer, y se ensoberbece grandemente por ellas. Y esto es manifiesto a quienes quieran leer los Evangelios con espíritu de equidad, por la parábola del publicano, que dijo: Sé propicio a mí, pecador, y del fariseo que se jactaba con cierta malvada presunción de sí mismo en las palabras: Te doy gracias de que no soy como los otros hombres, extorsionadores, injustos, adúlteros, o ni siquiera como este publicano. Porque Jesús añade a su relato de ambos las palabras: Este descendió justificado a su casa más que el otro; porque todo aquel que se ensalza será humillado; y el que se humilla será ensalzado. No proferimos, pues, blasfemia alguna contra Dios, ni somos culpables de falsedad, cuando enseñamos que todo hombre, quienquiera que sea, es consciente de la flaqueza humana en comparación con la grandeza de Dios, y que debemos pedir siempre a Aquel que solo es poderoso para suplir nuestras deficiencias lo que falta a nuestra (mortal) naturaleza.
III, 65
Se imagina, sin embargo, cree que pronunciamos estas exhortaciones para la conversión de los pecadores, porque no somos capaces de atraer a nadie que sea verdaderamente bueno y justo, y que por eso abrimos nuestras puertas a los hombres más impíos y depravados. Pero si alguno quiere observar con equidad nuestras asambleas, podemos presentar un mayor número de los que se han convertido de una vida no muy perversa que de los que han cometido los pecados más abominables. Porque naturalmente los que tienen conciencia de cosas mejores desean que sean verdaderas aquellas promesas que Dios declara acerca de la recompensa de los justos, y así asienten más fácilmente a las afirmaciones (de la Escritura) que aquellos que han llevado vidas muy perversas, y a quienes su misma conciencia (del mal) impide admitir que serán castigados por el Juez de todas las cosas con tal castigo como conviene a los que han pecado tan gravemente, y cual no infligiría el Juez de todas las cosas contra la recta razón. A veces también, cuando hombres muy depravados están dispuestos a aceptar la doctrina del castigo (futuro), a causa de la esperanza que se funda en el arrepentimiento, se lo impide su hábito de pecar, estando constantemente sumergidos y, por así decirlo, teñidos en la maldad, y no poseyendo ya el poder de volver de ella fácilmente a una vida debida y regulada según la recta razón. Y aunque Celso advierte esto, no sé por qué se expresa, sin embargo, en los términos siguientes: Y, sin embargo, en verdad, es manifiesto a todos que nadie, ni por el castigo, y mucho menos por un tratamiento misericordioso, podría efectuar un cambio completo en aquellos que son pecadores tanto por naturaleza como por costumbre, pues cambiar la naturaleza es cosa sumamente difícil. Pero los que están sin pecado son partícipes de una vida mejor.
III, 66
Ahora bien, Celso me parece que ha cometido un gran error al negar a los que son pecadores por naturaleza, y también por costumbre, la posibilidad de una transformación completa, alegando que no pueden ser curados ni siquiera por el castigo. Porque es manifiesto que todos los hombres se inclinan al pecado por naturaleza, y algunos no solo por naturaleza sino por práctica, mientras que no todos los hombres son incapaces de una transformación total. Pues se encuentran en cada secta filosófica, y en la palabra de Dios, personas de quienes se cuenta que han experimentado un cambio tan grande que pueden ser propuestos como modelo de excelencia de vida. Entre los nombres de la edad heroica algunos mencionan a Hércules y a Ulises; entre los de tiempos posteriores, a Sócrates; y entre los que han vivido muy recientemente, a Musonio. No solo, pues, contra nosotros lanzó Celso la calumnia cuando dijo que era manifiesto a todos que los que estaban entregados al pecado por naturaleza y por costumbre no podían de ningún modo —ni siquiera por castigos— ser cambiados completamente para mejor, sino también contra los nombres más nobles de la filosofía, los cuales no han negado que la recuperación de la virtud fuese cosa posible para los hombres. Y aunque no expresó su pensamiento con exactitud, no dejaremos, sin embargo, aun dando a sus palabras una interpretación más favorable, de convencerlo de un razonamiento insostenible. Porque sus palabras fueron: A los que se inclinan al pecado por naturaleza y por costumbre, nadie podría reformarlos completamente ni siquiera con castigos; y sus palabras, tal como las entendimos, las refutamos lo mejor que pudimos.
III, 67
Es probable, sin embargo, que quisiera dar a entender algún sentido como este: que aquellos que por naturaleza y por costumbre se entregaban a la comisión de aquellos pecados que cometen los más abandonados de los hombres, no podían ser transformados completamente ni siquiera por el castigo. Y sin embargo esto se muestra falso por la historia de ciertos filósofos. Porque ¿quién hay que no cuente entre los más abandonados de los hombres a aquel que de algún modo se sometió a entregarse a su maestro, cuando este lo colocó en un burdel, para dejarse contaminar por cualquiera que quisiera? Y sin embargo tal cosa se cuenta de Fedón. ¿Y quién no convendrá en que aquel que irrumpió, acompañado de un flautista y de una banda de juerguistas, con sus disolutos compañeros, en la escuela del venerable Jenócrates, para insultar a un hombre que era la admiración de sus amigos, no fue uno de los mayores malvados entre los hombres? Y, no obstante esto, la razón fue lo bastante poderosa para efectuar su conversión, y para permitirles hacer tal progreso en la filosofía, que el uno fue juzgado digno por Platón de relatar el discurso de Sócrates sobre la inmortalidad, y de dejar constancia de su firmeza en la prisión, cuando manifestó su desprecio de la cicuta, y trató con todo el desenfado y tranquilidad de espíritu temas tan numerosos e importantes que es difícil incluso para aquellos que les prestan la máxima atención, y que no son perturbados por distracción alguna, seguirlos; mientras que Polemón, por su parte, que de disoluto se convirtió en hombre de vida templadísima, fue sucesor en la escuela de Jenócrates, tan célebre por su venerable carácter. Celso, pues, no dice la verdad cuando afirma que los pecadores por naturaleza y por costumbre no pueden ser reformados completamente ni siquiera con castigos.
III, 68
Que los discursos filosóficos, sin embargo, distinguidos por su ordenada composición y su elegante expresión, produzcan tales resultados en el caso de los individuos acabo de enumerar, y en otros que han llevado vidas malvadas, no hay por qué extrañarse en absoluto. Pero cuando consideramos que aquellos discursos, que Celso llama vulgares, están llenos de poder, como si fueran encantamientos, y vemos que convierten de inmediato a multitudes de una vida de libertinaje a una de suma regularidad, y de una vida de maldad a una mejor, y de un estado de cobardía o afeminamiento a uno de tan elevada fortaleza que lleva a los hombres a despreciar incluso la muerte por la piedad que se manifiesta en ellos, ¿por qué no habríamos de admirar justamente el poder que contienen? Porque las palabras de quienes asumieron en un principio el oficio de (cristianos) embajadores, y que consagraron sus trabajos a edificar las Iglesias de Dios —y también su predicación—, iban acompañadas de un poder persuasivo, aunque no como el que se encuentra entre los que profesan la filosofía de Platón, o de cualquier otro filósofo meramente humano, el cual no posee otras cualidades que las de la naturaleza humana. Pero la demostración que siguió a las palabras de los apóstoles de Jesús fue dada por Dios, y fue confirmada por el Espíritu y por el poder. Y por eso su palabra corría veloz y rápidamente, o más bien la palabra de Dios, por medio de ellos, transformó a multitud de personas que eran pecadoras tanto por naturaleza como por costumbre, a quienes nadie habría podido reformar con castigos, pero que fueron cambiadas por la palabra, que las moldeó y las transformó según su placer.
III, 69
Celso continúa en su manera habitual, afirmando que cambiar enteramente una naturaleza es sumamente difícil. Nosotros, sin embargo, que sólo conocemos una naturaleza en cada alma racional, y que sostenemos que ninguna ha sido creada mala por el Autor de todas las cosas, sino que muchas se han vuelto malvadas por la educación, el mal ejemplo y las influencias circundantes, de modo que la maldad se ha naturalizado en algunos individuos, estamos persuadidos de que para la palabra de Dios cambiar una naturaleza en la que el mal se ha naturalizado no sólo no es imposible, sino que es incluso una obra de no muy gran dificultad, si el hombre tan sólo cree que debe encomendarse al Dios de todas las cosas, y hacer todo con miras a agradar a Aquel con quien no puede ser que
Tanto el bueno como el malo tienen igual honor, O que el ocioso y el que mucho laboró Perecen por igual.
Pero aun cuando sea sumamente difícil efectuar un cambio en algunas personas, debe sostenerse que la causa reside en su propia voluntad, que se muestra reacia a aceptar la creencia de que el Dios que está sobre todas las cosas es un justo Juez de todas las obras hechas durante la vida. Porque la deliberada elección y la práctica aprovechan mucho para la realización de cosas que parecen muy difíciles y, hablando hipérbolicamente, casi imposibles. ¿La naturaleza del hombre, cuando desea caminar sobre una cuerda tendida en el aire por en medio del teatro, y llevar al mismo tiempo numerosos y pesados pesos, ha podido, mediante la práctica y la atención, realizar tal hazaña; y sin embargo, cuando desea vivir conforme a la práctica de la virtud, encuentra imposible hacerlo, aunque antes haya sido sumamente malvada? Véase si quien sostiene semejantes opiniones no lanza una acusación contra la naturaleza del Creador del animal racional antes que contra la criatura, si Él ha formado la naturaleza del hombre con poderes para alcanzar cosas de tal dificultad y de ninguna utilidad, pero la ha hecho incapaz de asegurar su propia bienaventuranza. Pero estas observaciones pueden bastar como respuesta a la afirmación de que cambiar enteramente una naturaleza es sumamente difícil. Alega, a continuación, que quienes están sin pecado son partícipes de una vida mejor; sin dejar claro qué entiende por quienes están sin pecado, si aquellos que lo son desde el principio (de su vida), o aquellos que llegan a serlo mediante una transformación. De los que lo fueron desde el principio de su vida no puede haber ninguno; mientras que los que lo son tras una transformación (del corazón) se hallan en escaso número, siendo aquellos que llegaron a serlo después de entregarse a la palabra salvadora. Y no eran tales cuando se entregaron. Porque, aparte del auxilio de la palabra, y de la palabra de perfección además, es imposible que un hombre llegue a estar libre de pecado.
III, 70
En el lugar siguiente, objeta la afirmación, como si fuera sostenida por nosotros, de que Dios podrá hacer todas las cosas, sin ver ni aquí cómo han de entenderse estas palabras, y cuáles son las todas las cosas que en ella se comprenden, y cómo se dice que Dios podrá. Pero de estos asuntos no es necesario hablar ahora; pues aunque con apariencia de razón habría podido oponerse a esta proposición, no lo ha hecho. Quizá no comprendió los argumentos que podrían usarse plausiblemente contra ella, o si lo comprendió, vio las respuestas que podrían dársele. Ahora bien, a nuestro juicio, Dios puede hacer todo aquello que le es posible hacer sin dejar de ser Dios, y bueno, y sabio. Pero Celso afirma —no comprendiendo el significado de la expresión Dios puede hacer todas las cosas— que no querrá hacer nada malo, admitiendo que tiene el poder, pero no la voluntad, de cometer el mal. Nosotros, por el contrario, sostenemos que, así como aquello que por naturaleza posee la propiedad de endulzar otras cosas mediante su propia dulzura inherente no puede producir amargura contraria a su naturaleza peculiar, ni aquello cuya naturaleza es producir luz por ser luz puede causar tinieblas; así tampoco Dios es capaz de cometer maldad, pues el poder de hacer el mal es contrario a su deidad y a su omnipotencia. En cambio, si alguno entre las cosas existentes es capaz de cometer maldad por estar inclinado a la maldad por naturaleza, lo hace por no tener en su naturaleza la capacidad de no hacer el mal.
III, 71
Supone a continuación lo que no conceden los creyentes más racionales, pero que quizá consideran verdadero algunos carentes de inteligencia, a saber: que Dios, como aquellos que se dejan vencer por la compasión, vencido Él mismo, alivia los sufrimientos de los malvados por compasión de sus lamentos, y desecha a los buenos, que nada de eso hacen, lo cual es la cima de la injusticia. Ahora bien, a nuestro juicio, Dios no alivia el sufrimiento de ningún malvado que no se haya convertido a una vida virtuosa, ni desecha a nadie que ya sea bueno, ni tampoco alivia el sufrimiento de quien se lamenta por el mero hecho de pronunciar lamentos, ni se compadece de él, si tomamos la palabra compasión en su acepción más común. Pero aquellos que se han impuesto a sí mismos severa condena a causa de sus pecados, y que por ello se lamentan y se plañen como perdidos en cuanto a su conducta anterior, y que han manifestado un cambio satisfactorio, son recibidos por Dios a causa de su arrepentimiento, como quienes han experimentado una transformación desde una vida de gran maldad. Porque la virtud, estableciendo su morada en las almas de tales personas, y expulsando la maldad que antes las poseía, produce un olvido del pasado. Y aunque la virtud no llegue a entrar, si en el alma se realiza un progreso considerable, aun eso basta, en la medida en que es progresivo, para expulsar y destruir el diluvio de maldad, de modo que casi deja de permanecer en el alma.
III, 72
En el lugar siguiente, hablando como en la persona de un maestro de nuestra doctrina, se expresa así: Los sabios rechazan lo que decimos, extraviados y atrapados por su sabiduría. En respuesta a lo cual decimos que, puesto que la sabiduría es el conocimiento de las cosas divinas y humanas y de sus causas, o, como la define la palabra de Dios, el aliento del poder de Dios, y una influencia pura que fluye de la gloria del Omnipotente; y el resplandor de la luz eterna, y el espejo inmaculado del poder de Dios, y la imagen de su bondad, Sabiduría 7:25-26, nadie que fuera verdaderamente sabio rechazaría lo que dice un cristiano versado en los principios del cristianismo, ni se extraviaría, ni sería atrapado por ello. Porque la sabiduría verdadera no extravía, sino que lo hace la ignorancia; y de las cosas existentes solo el conocimiento es permanente, y la verdad que procede de la sabiduría. Pero si, contra la definición de la sabiduría, llamáis sabio a cualquiera que dogmatiza con opiniones sofísticas, respondemos que, conforme a lo que vosotros llamáis sabiduría, tal persona rechaza las palabras de Dios, extraviada y atrapada por sofismas verosímiles. Y puesto que, según nuestra doctrina, la sabiduría no es el conocimiento del mal, sino que el conocimiento del mal, por así decirlo, está en quienes sostienen opiniones falsas y son engañados por ellas, yo llamaría por tanto en tales personas ignorancia antes que sabiduría.
III, 73
Después de esto él vuelve a calumniar al embajador del cristianismo, y divulga acerca de él que relata cosas ridículas, aunque no muestra ni señala claramente cuáles son las cosas que él llama ridículas. Y en sus calumnias dice que ningún hombre sabio cree el Evangelio, alejado por las multitudes que se adhieren a él. Y en esto actúa como quien dijera que, a causa de la multitud de esas personas ignorantes que son sometidas a las leyes, ningún hombre sabio prestaría obediencia, por ejemplo, a Solón, o a Licurgo, o a Zaleuco, o a cualquier otro legislador; y especialmente si por hombre sabio entiende uno que es sabio (viviendo) conforme a la virtud. Porque, así como respecto de esas personas ignorantes, los legisladores, según sus ideas de utilidad, dispusieron que fueran rodeadas de guía y leyes apropiadas, así Dios, legislando por medio de Jesucristo para los hombres de todas las partes del mundo, se atrae incluso a los que no son sabios, del modo en que es posible que tales personas sean llevadas a una vida mejor. Y Dios, sabiendo bien esto, como ya hemos mostrado en las páginas precedentes, dice en los libros de Moisés: Me han movido a celos con lo que no es Dios; me han provocado a ira con sus ídolos: y yo los moveré a celos con los que no son pueblo; los provocaré a ira con una nación insensata. Y también Pablo, sabiendo esto, dijo: Mas Dios ha escogido las cosas necias del mundo para confundir a los sabios, llamando, en sentido general, sabios a todos los que aparentemente han hecho progresos en el conocimiento, pero han caído en un politeísmo ateísta, puesto que profesándose ser sabios se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en una imagen semejante al hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles.
III, 74
Acusa al maestro cristiano, además, de buscar a los faltos de inteligencia. En respuesta preguntamos: ¿A quién te refieres con los faltos de inteligencia? Porque, hablando con precisión, todo hombre malvado es falto de inteligencia. Si entonces por faltos de inteligencia entiendes a los malvados, ¿al atraer tú a los hombres hacia la filosofía procuras ganar a los malvados o a los virtuosos? Pero es imposible ganar a los virtuosos, porque ya se han entregado a la filosofía. A los malvados, pues, procuras ganar; pero si son malvados, ¿son acaso faltos de inteligencia? Y a muchos de éstos procuras atraer a la filosofía, y por tanto buscas a los faltos de inteligencia. Pero si yo busco a los que así son llamados faltos de inteligencia, obro como un médico benevolente, que busca a los enfermos para socorrerlos y curarlos. Si, sin embargo, por faltos de inteligencia entiendes a personas que no son ingeniosas, sino de la clase inferior en cuanto al entendimiento, responderé que me esfuerzo también en mejorar a tales, según lo mejor de mi capacidad, aunque no desearía edificar la comunidad cristiana con tales materiales. Porque busco con preferencia a los más ingeniosos y agudos, porque son capaces de comprender el sentido de los dichos difíciles, y de aquellos pasajes de la ley, y de las profecías, y de los Evangelios, que están expresados con oscuridad, y que tú has despreciado como si no contuvieran nada digno de atención, porque no has averiguado el sentido que encierran, ni has procurado entrar en el propósito de los escritores.
III, 75
Pero como él luego dice que el maestro del cristianismo obra como quien promete restaurar la salud corporal de los enfermos, pero les impide consultar a médicos hábiles, por quienes su ignorancia sería expuesta, preguntaremos en respuesta: ¿Quiénes son los médicos a quienes te refieres, de quienes apartamos a los ignorantes? Porque no supones que exhortamos a abrazar el Evangelio a los consagrados a la filosofía, de modo que consideres a éstos como los médicos de quienes apartamos a aquellos que invitamos a venir a la palabra de Dios. Él, en efecto, no responderá nada, porque no puede nombrar a los médicos; o bien se verá obligado a recurrir a aquellos de ellos que son ignorantes, y que por su propia voluntad se someten servilmente al culto de muchos dioses, y a cualesquiera otras opiniones que sostengan los ignorantes. En cualquiera de los dos casos, pues, se mostrará que ha empleado en vano en su argumento la ilustración de quien aparta a otros de médicos hábiles. Pero si, para preservar de la filosofía de Epicuro, y de los que son tenidos por médicos según su sistema, a quienes por ellos son engañados, ¿por qué no obraríamos con suma razón apartando a éstos de una enfermedad peligrosa causada por los médicos de Celso, a saber, la que conduce a la anulación de la providencia y a la introducción del placer como bien? Pero concedamos que apartamos a aquellos a quienes exhortamos a hacerse nuestros discípulos de otros médicos filósofos — de los peripatéticos, por ejemplo, que niegan la existencia de la providencia y la relación de la Deidad con el hombre — ¿por qué no entrenaríamos piadosamente y sanaríamos a quienes así han sido exhortados, persuadiéndolos a consagrarse al Dios de todas las cosas, y libraríamos a quienes nos obedecen de las grandes heridas inflijidas por las palabras de los tenidos por filósofos? Pues bien, admitamos también que apartamos de los médicos de la secta de los estoicos, que introducen un dios corruptible, y sostienen que su esencia consiste en un cuerpo capaz de ser cambiado y alterado en todas sus partes, y que mantienen asimismo que todas las cosas perecerán un día, y que sólo Dios quedará; ¿por qué no emanciparíamos aun así a nuestros súbditos de los males, y los llevaríamos con argumentos piadosos a consagrarse al Creador, y a admirar al Padre del sistema cristiano, que ha dispuesto de tal modo que aquella instrucción de carácter benevolísimo, y apta para la conversión de las almas, sea distribuida por todo el género humano? Pues bien, si curáramos a quienes han caído en la locura de creer en la transmigración de las almas por la enseñanza de médicos, que sostienen que la naturaleza racional desciende a veces en toda clase de animales irracionales, y a veces en aquel estado de ser incapaz de usar la imaginación, ¿por qué no mejoraríamos las almas de nuestros súbditos por medio de una doctrina que no enseña que en los malvados se produce un estado de insensibilidad o irracionalidad en lugar de castigo, sino que muestra que los trabajos y castigos que Dios inflije a los malvados son una especie de medicinas que conducen a la conversión? Porque los cristianos inteligentes, teniendo esto a la vista, tratan a los sencillos como los padres tratan a los niños muy pequeños. No recurrimos, pues, a jóvenes y a rústicos necios, diciéndoles: Huid de los médicos. Ni decimos: Mirad que ninguno de vosotros se apodere del conocimiento; ni afirmamos que el conocimiento es un mal; ni somos tan locos como para decir que el conocimiento hace que los hombres pierdan la cordura de su mente. Ni siquiera diríamos que alguno haya perecido por la sabiduría; y aunque damos instrucción, nunca decimos: Escuchadme a mí, sino: Escuchad al Dios de todas las cosas, y a Jesús, el dador de la instrucción concerniente a Él. Y ninguno de nosotros es tan fanfarrón como para decir lo que Celso puso en boca de uno de nuestros maestros a sus conocidos: Yo sólo os salvaré. ¡Observa aquí las mentiras que pronuncia contra nosotros! Además, no afirmamos que los médicos verdaderos destruyen a quienes prometen curar.
III, 76
Y él produce una segunda ilustración en nuestra contra, diciendo que nuestro maestro actúa como un hombre ebrio, que, entrando en una compañía de ebrios, acusara de ebrios a los que están sobrios. Pero que demuestre, digamos, por los escritos de Pablo, que el apóstol de Jesús cayó en la embriaguez, y que sus palabras no fueron las de la sobriedad; o por los escritos de Juan, que sus pensamientos no respiran un espíritu de templanza y de libertad de la embriaguez del mal. Nadie, pues, que está cuerdo de mente y enseña las doctrinas del cristianismo se embriaga con vino; pero Celso profiere estas calumnias contra nosotros con un espíritu muy ajeno al de un filósofo. Además, que diga Celso quiénes son esas personas sobrias a quienes acusan los embajadores del cristianismo. Porque, a nuestro juicio, están embriagados todos los que se dirigen a objetos inanimados como a Dios. ¿Y por qué digo embriagados? Insensatos sería la palabra más apropiada para quienes se apresuran a los templos y adoran imágenes o animales como divinidades. Y no son menos insensatos también quienes piensan que las imágenes, fabricadas por hombres de carácter vil y a veces malvadísimo, confieren algún honor a las divinidades genuinas.
III, 77
En seguida compara a nuestro maestro con uno que padece oftalmía, y a sus discípulos con los que padecen la misma enfermedad, y dice que tal cual, en medio de una compañía de afligidos de oftalmía, acusa de ciegos a los que ven con agudeza. ¿Quiénes son, pues —preguntamos, oh griegos—, según nuestro juicio, los que no ven, sino aquellos que son incapaces de elevar la mirada desde la inmensa grandeza del mundo y de cuanto contiene, y desde la hermosura de las cosas creadas, y de ver que deben adorar, admirar y venerar solamente a Aquel que hizo estas cosas, y que no conviene tratar con veneración nada de lo que han ideado los hombres y aplicado al honor de Dios, ya sea sin referencia al Creador, ya sea con ella? Porque comparar con aquella excelencia ilimitada, que sobrepasa todo ser creado, cosas que no deben ser puestas en comparación con ella, es obra de aquellos cuyo entendimiento está oscurecido. No decimos, pues, que los que ven con agudeza padecen oftalmía o ceguera; sino que afirmamos que aquellos que, en ignorancia de Dios, se entregan a los templos y a las imágenes, y a las llamadas estaciones sagradas, tienen cegada la mente, y especialmente cuando, además de su impiedad, viven también en libertinaje, sin buscar siquiera obra honrosa alguna, sino haciendo todo cuanto es de carácter vergonzoso.
III, 78
Después de haber formulado contra nosotros acusaciones de tan grave naturaleza, desea dar a entender que, aunque tiene otras que aducir, las pasa en silencio. Sus palabras son las siguientes: Estas acusaciones tengo que presentar contra ellos, y otras de naturaleza semejante, sin enumerarlas una por una, y afirmo que están en el error, y que se comportan insolentemente para con Dios, a fin de arrastrar a los malvados con esperanzas vanas, y persuadirlos a despreciar las cosas mejores, diciendo que, si se abstienen de ellas, les irá mejor. En respuesta a lo cual, podría decirse que, por el poder que se manifiesta en los que se convierten al cristianismo, no son en modo alguno los malvados los que son ganados para el Evangelio, sino las personas de clase más sencilla y, como muchos las llamarían, toscas. Porque tales personas, por miedo a los castigos que se amenazan, miedo que las despierta y las exhorta a abstenerse de aquellas acciones que son seguidas de castigos, se esfuerzan en entregarse a la religión cristiana, siendo influidas por el poder de la palabra en tal grado, que por temor a los que en la palabra se llaman castigos eternos desprecian todos los tormentos que entre los hombres se maquinan contra ellas — incluso la muerte misma, con otros males incontables —, lo cual ningún hombre sabio diría que es obra de personas de mente malvada. ¿Cómo podría practicar la templanza y la sobriedad, o la benevolencia y la liberalidad, un hombre de mente malvada? Antes bien, ni siquiera el temor de Dios puede sentir semejante persona; respecto del cual, porque es útil a los muchos, el Evangelio exhorta a los que aún no pueden elegir lo que debe ser elegido por sí mismo a que lo escojan como el mayor de los bienes, y uno sobre toda promesa; pues este principio no puede ser implantado en quien prefiere vivir en la maldad.
III, 79
Pero si en estas materias alguno imaginara que es la superstición, más bien que la maldad, lo que se manifiesta en la multitud de los que creen la palabra, y acusara a nuestra doctrina de volver supersticiosos a los hombres, le responderemos diciendo que, como cierto legislador respondió a quien le preguntaba si había promulgado para sus ciudadanos las mejores leyes, que no les había dado absolutamente las mejores, sino las mejores que ellos eran capaces de recibir; así podría decir el Padre de la doctrina cristiana: He dado las mejores leyes e instrucciones para la mejora de las costumbres de que los muchos eran capaces, no amenazando a los pecadores con trabajos y castigos imaginarios, sino con los que son reales y necesarios de aplicar para la corrección de los que ofrecen resistencia, aunque en modo alguno entienden el fin de quien inflige el castigo, ni el efecto de los trabajos. Porque la doctrina del castigo va acompañada tanto de utilidad como de conformidad con la verdad, y se enuncia con ventaja en términos oscuros. Además, puesto que por lo general no son los malvados a quienes los embajadores del cristianismo ganan, tampoco nosotros insultamos a Dios. Porque acerca de Él decimos tanto lo que es verdadero como lo que parece claro a la multitud, aunque no tan claro a ella como lo es a aquellos pocos que investigan de manera filosófica las verdades del Evangelio.
III, 80
Viendo, sin embargo, que Celso alega que los cristianos son ganados por nosotros mediante vanas esperanzas, le respondemos así cuando censura nuestra doctrina de la vida bienaventurada y de la comunión con Dios: En cuanto a ti, buen señor, también son ganados por vanas esperanzas quienes han aceptado la doctrina de Pitágoras y Platón acerca del alma, a saber, que es su naturaleza ascender a la bóveda del cielo y contemplar en el espacio supraceleste las visiones que ven los bienaventurados espectadores de lo alto. Según tú, oh Celso, también quienes han aceptado la doctrina de la duración del alma (después de la muerte), y llevan una vida por la cual se convierten en héroes y fijan su morada con los dioses, son ganados por vanas esperanzas. Probablemente también quienes son persuadidos de que el alma viene (al cuerpo) de fuera, y de que será sustraída al poder de la muerte, serían dichos por Celso ganados por esperanzas vanas. Salga, pues, al debate, sin ocultar ya la secta a la que pertenece, sino confesándose epicúreo, y haga frente a los argumentos, que no se proponen a la ligera entre griegos y bárbaros, acerca de la inmortalidad del alma, o de su duración (después de la muerte), o de la inmortalidad del principio pensante; y demuestre que estas son palabras que engañan con vanas esperanzas a los que les prestan asentimiento; pero que los secuaces de su sistema filosófico están puros de vanas esperanzas, y que éstas, en verdad, conducen a esperanzas de bienes, o — lo que más conforme está con sus opiniones — no engendran esperanza alguna, a causa de la destrucción inmediata y completa del alma (después de la muerte). A no ser que, quizá, Celso y los epicúreos nieguen que es vana la esperanza que albergan respecto de su fin — el placer —, que, según ellos, es el sumo bien, y que consiste en la salud permanente del cuerpo, y la esperanza respecto de él que alberga Epicuro.
III, 81
Y no supongáis que no conviene a la religión cristiana que yo haya aceptado, contra Celso, las opiniones de aquellos filósofos que han tratado de la inmortalidad del alma o de su duración después de la muerte; pues, sosteniendo con ellos ciertas opiniones comunes, estableceremos más convenientemente nuestra posición: que la vida futura de bienaventuranza será sólo para quienes hayan aceptado la religión que es según Jesús, y aquella devoción hacia el Creador de todas las cosas que es pura y sincera, y no mezclada con cosa creada alguna. Y el que quiera, muestre qué cosas mejores persuadimos a los hombres que desprecien, y compare el fin bienaventurado con Dios en Cristo — es decir, el Verbo, y la sabiduría, y toda virtud — que, según nuestro parecer, será otorgado, por don de Dios, a quienes hayan vivido una vida pura e intachable, y hayan sentido un amor único e indiviso por el Dios de todas las cosas, con aquel fin que ha de seguir según la enseñanza de cada secta filosófica, sea griega o bárbara, o según las profesiones de los misterios religiosos; y demuestre que el fin que predice cualquiera de las otras es superior al que nosotros prometemos, y por consiguiente que aquél es verdadero, y que el nuestro no conviene al don de Dios, ni a quienes han vivido una vida buena; o demuestre que estas palabras no fueron pronunciadas por el Espíritu Divino, que llenó las almas de los santos profetas. Y el que quiera, muestre que aquellas palabras que entre todos los hombres son reconocidas como humanas, son superiores a las que se demuestran divinas y pronunciadas por inspiración. ¿Y cuáles son las cosas mejores de las cuales enseñamos a quienes las reciben que sería mejor abstenerse? Porque, si no es soberbia hablar así, es evidente por sí mismo que nada puede negarse que sea mejor que encomendarse al Dios de todas las cosas, y entregarse a la doctrina que nos eleva sobre toda cosa creada, y nos conduce, por medio del Verbo animado y viviente — que es también sabiduría viviente y el Hijo de Dios —, al Dios que está sobre todas las cosas. Pero, como el tercer libro de nuestras respuestas al tratado de Celso se ha extendido hasta una extensión suficiente, pondremos aquí fin a nuestras presentes observaciones, y en lo que ha de seguir atenderemos a lo que Celso escribió después.
IV, 1
Habiendo, en los tres libros precedentes, expuesto plenamente lo que se nos ofreció por manera de respuesta al tratado de Celso, ofrecemos ahora, venerable Ambrosio, con plegaria a Dios por medio de Cristo, este cuarto libro como respuesta a lo que sigue. Y rogamos que se nos concedan palabras, como está escrito en el libro de Jeremías que el Señor dijo al profeta: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca como fuego. He aquí, te he puesto en este día sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y para derribar, y para destruir y para arrasar, y para edificar y para plantar. Porque ahora necesitamos palabras que arranquen de toda alma herida las injurias proferidas contra la verdad por este tratado de Celso, o que proceden de opiniones semejantes a las suyas. Y necesitamos también pensamientos que derriben todos los edificios fundados sobre opiniones falsas, y en especial el edificio que Celso ha levantado en su obra, semejante a la construcción de aquellos que dijeron: Venid, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Sí, requerimos incluso una sabiduría que arrase todas las alturas que se levantan contra el conocimiento de Dios, y en especial aquella altura de soberbia que Celso despliega contra nosotros. Y en lugar siguiente, como no debemos detenernos en arrancar y derribar los obstáculos que acaban de mencionarse, sino que debemos, en lugar de lo arrancado, plantar las plantas del campo de Dios; y en lugar de lo derribado, alzar el edificio de Dios y el templo de su gloria, debemos por eso rogar también al Señor, que otorgó los dones nombrados en el libro de Jeremías, que nos conceda a nosotros también palabras aptas tanto para edificar el (templo) de Cristo como para plantar la ley espiritual y las palabras proféticas referentes a lo mismo. Y sobre todo es necesario demostrar, contra las afirmaciones de Celso que siguen a las que ya ha hecho, que las profecías acerca de Cristo son predicciones verdaderas. Porque, enfrentándose al mismo tiempo a ambas partes —a los judíos por una parte, que niegan que el advenimiento de Cristo haya tenido lugar, pero que lo esperan como futuro, y a los cristianos por otra, que reconocen que Jesús es el Cristo de quien habla la profecía—, hace la siguiente afirmación: —
IV, 2
Pero que ciertos cristianos y (todos) los judíos sostengan, los primeros que ya ha descendido, los segundos que descenderá, sobre la tierra un cierto Dios, o Hijo de un Dios, que hará justos a los habitantes de la tierra, es una afirmación de la más desvergonzada audacia, y cuya refutación no necesita muchas palabras. Ahora bien, aquí parece pronunciarse correctamente no acerca de ciertos judíos, sino acerca de todos ellos, que imaginan que hay un cierto (Dios) que descenderá sobre la tierra; y respecto de los cristianos, que ciertos de ellos dicen que ya ha descendido. Pues se refiere a los que demuestran por las Escrituras judías que el advenimiento de Cristo ya ha tenido lugar, y parece saber que hay ciertas sectas heréticas que niegan que Cristo Jesús fuese predicho por los profetas. En las páginas precedentes, sin embargo, ya hemos tratado, lo mejor que hemos podido, la cuestión de si Cristo fue objeto de profecía, y por tanto, para evitar tautología, no repetimos mucho de lo que podría aducirse sobre este punto. Observad, ahora, que si hubiera querido, con una especie de fuerza aparente, subvertir la fe en los escritos proféticos, ya sea respecto del advenimiento futuro o pasado de Cristo, debería haber expuesto las profecías mismas que nosotros, cristianos y judíos, citamos en nuestras discusiones mutuas. Porque de este modo habría parecido apartar a aquellos que son arrastrados por el carácter plausible de las afirmaciones proféticas, tal como él lo considera, de asentir a su verdad, y de creer, a causa de estas profecías, que Jesús es el Cristo; mientras que ahora, incapaz de responder a las profecías relativas a Cristo, o bien ignorando por completo cuáles son las profecías relativas a Él, no aduce ninguna declaración profética, aunque son incontables las que se refieren a Cristo; pero cree que prefiere una acusación contra las Escrituras proféticas, ¡sin siquiera exponer lo que él mismo llamaría su carácter plausible! No se advierte, sin embargo, de que en modo alguno son los judíos quienes dicen que Cristo descenderá como un Dios, o como Hijo de un Dios, como hemos mostrado en las páginas precedentes. Y cuando afirma que por nosotros se dice que ya ha venido, pero por los judíos que su advenimiento como Mesías es aún futuro, parece que con la misma acusación censura nuestra afirmación como una de las más desvergonzadas, y que no necesita refutación extensa.