VII, 12
Piensa además, que los que defienden la causa de Cristo apelando a los escritos de los profetas no pueden dar respuesta apropiada alguna respecto de las afirmaciones en ellos contenidas, que atribuyen a Dios lo que es malvado, vergonzoso o impuro; y suponiendo que no puede darse respuesta alguna, procede a extraer toda una serie de inferencias, ninguna de las cuales puede admitirse. Pero debiera saber que los que desean vivir conforme a la enseñanza de la sagrada Escritura entienden la sentencia: La ciencia del necio es como palabras sin sentido, Eclesiástico 21:18, y han aprendido a estar siempre preparados para dar respuesta a todo el que nos pida razón de la esperanza que hay en nosotros. Y no se contentan con afirmar que tales o cuales cosas han sido predichas; sino que se esfuerzan por eliminar cualquier aparente incongruencia, y por mostrar que, lejos de haber en estas predicciones algo malvado, vergonzoso o impuro, todo es digno de ser recibido por los que entienden las sagradas Escrituras. Pero Celso debiera haber aducido de los profetas ejemplos de lo que él consideraba malvado, vergonzoso o impuro, si veía pasajes semejantes; pues entonces su argumento habría tenido mucha más fuerza, y habría servido mucho mejor a su propósito. Sin embargo, no da ejemplos, sino que se contenta con afirmar ruidosamente la falsa acusación de que estas cosas se hallan en la Escritura. No hay, pues, razón para que nos defendamos de acusaciones infundadas, que no son más que sonidos vacíos, ni para que nos demos el trabajo de mostrar que en los escritos de los profetas no hay nada malvado, vergonzoso, impuro o abominable.
VII, 13
Y no hay verdad alguna en la afirmación de Celso, de que Dios realiza las acciones más deshonestas, o padece los sufrimientos más deshonestos, o que favorece la comisión del mal; pues, diga lo que dijere, jamás se ha predicho cosa semejante. Debiera haber citado de los profetas los pasajes en que Dios aparece favoreciendo el mal, o realizando y padeciendo las acciones más deshonestas, y no haber procurado, sin fundamento alguno, predisponer contra nosotros las mentes de sus lectores. Los profetas, en efecto, predijeron lo que Cristo debía padecer, y expusieron la razón por la cual había de padecerlo. Dios, pues, también sabía lo que Cristo había de padecer; pero ¿de dónde ha aprendido que aquellas cosas que el Cristo de Dios había de padecer fueran viles y deshonrosas en extremo? Prosigue explicando cuáles fueron aquellas cosas tan vergonzosas y degradantes que Cristo padeció, en estos términos: Pues ¿qué mejor fue para Dios comer la carne de ovejas, o beber vinagre y hiel, que alimentarse de inmundicias? Pero Dios, según nosotros, no comió carne de ovejas; y aunque pareció que Jesús comía, lo hacía sólo en cuanto poseía un cuerpo. En cuanto al vinagre y la hiel mencionados en la profecía: Pusieron también hiel en mi comida; y en mi sed me dieron vinagre a beber, ya nos hemos referido a este punto; y como Celso nos obliga a volver a él de nuevo, sólo diremos además, que los que se resisten a la palabra de verdad ofrecen siempre a Cristo, el Hijo de Dios, la hiel de su propia maldad, y el vinagre de sus inclinaciones perversas; mas aunque Él la prueba, no la beberá.
VII, 14
En el lugar siguiente, deseando sacudir la fe de los que creen en Jesús a causa de las profecías que fueron pronunciadas acerca de Él, dice Celso: Pero decid, si los profetas predijeron que el gran Dios —por no decirlo con mayor dureza— habría de hacerse esclavo, o enfermar o morir; ¿habría, por ello, alguna necesidad de que Dios muriera, o padeciera enfermedad, o se hiciera esclavo, sólo porque tales cosas hubieran sido predichas? ¿Debe morir para demostrar su divinidad? Pero los profetas jamás pronunciarían predicciones tan perversas e impías. No necesitamos, pues, indagar si una cosa ha sido predicha o no, sino si la cosa es honorable en sí misma y digna de Dios. En aquello que es malo y vil, aunque pareciera que todos los hombres del mundo lo hubieran predicho en un acceso de locura, no debemos creer. ¿Cómo puede, entonces, la mente piadosa admitir que aquellas cosas que se dice que le acontecieron pudieron acontecer a uno que es Dios? De aquí es manifiesto que Celso siente que el argumento tomado de las profecías es sumamente eficaz para convencer a aquellos a quienes se predica a Cristo; pero parece esforzarse por derribarlo mediante una probabilidad contraria, a saber, que la cuestión no es si los profetas pronunciaron o no estas predicciones. Pero si hubiera querido razonar con justicia y sin evasivas, debiera más bien haber dicho: Debemos demostrar que estas cosas nunca fueron predichas, o que aquellas cosas que fueron predichas de Cristo nunca se cumplieron en él; y de ese modo habría establecido la posición que sostiene. De ese modo habría quedado claro cuáles son aquellas profecías que nosotros aplicamos a Jesús, y cómo podría Celso justificarse al afirmar que tal aplicación era falsa. Y habríamos visto así si refutó equitativamente todo lo que aducimos de los profetas en favor de Jesús, o si él mismo queda convicto de un esfuerzo desvergonzado por resistir las verdades más evidentes mediante afirmaciones violentas.
VII, 15
Habiendo supuesto que algunas cosas fueron predichas que son imposibles en sí mismas, e inconsistentes con el carácter de Dios, dice: Si estas cosas fueron predichas del Dios Altísimo, ¿estamos obligados a creerlas de Dios sólo porque fueron predichas? Y así cree demostrar que, aunque los profetas hayan predicho verdaderamente tales cosas del Hijo de Dios, nos es imposible creer en aquellas profecías que declaran que Él habría de hacer o padecer tales cosas. A esto respondemos que la suposición es absurda, pues combina dos líneas de razonamiento que se oponen entre sí y, por tanto, se destruyen mutuamente. Puede mostrarse esto como sigue. El uno de los argumentos es: Si algunos profetas verdaderos del Dios Altísimo dicen que Dios se hará esclavo, o padecerá enfermedad, o morirá, estas cosas le sobrevendrán a Dios; pues es imposible que los profetas del gran Dios pronuncien mentiras. El otro es: Si aun profetas verdaderos del Dios Altísimo dicen que estas mismas cosas han de suceder, dado que las cosas predichas son imposibles por la naturaleza de las cosas, las profecías no son verdaderas, y por tanto aquellas cosas que fueron predichas no le sucederán a Dios. Cuando, pues, encontramos dos procesos de razonamiento en ambos de los cuales la premisa mayor es la misma, y que conducen a dos conclusiones contradictorias, empleamos la forma de argumento llamada teorema de las dos proposiciones, para demostrar que la premisa mayor es falsa, la cual, en el caso presente, es ésta: que los profetas han predicho que el gran Dios habría de hacerse esclavo, padecer enfermedad o morir. Concluimos, entonces, que los profetas nunca predijeron tales cosas; y el argumento se formula formalmente como sigue: primero, de dos cosas, si la primera es verdadera, la segunda es verdadera; segundo, si la primera es verdadera, la segunda no es verdadera; por tanto, la primera no es verdadera. El ejemplo concreto que los estoicos dan para ilustrar esta forma de argumento es el siguiente: primero, si sabes que estás muerto, estás muerto; segundo, si sabes que estás muerto, no estás muerto. Y la conclusión es: no sabes que estás muerto. Estas proposiciones se desarrollan como sigue: si sabes que estás muerto, aquello que sabes es cierto; por tanto, estás muerto. A su vez, si sabes que estás muerto, tu muerte es objeto de conocimiento; pero como los muertos nada saben, el que tú sepas esto demuestra que no estás muerto. En consecuencia, uniendo los dos argumentos, llegas a la conclusión: no sabes que estás muerto. Ahora bien, la hipótesis de Celso que hemos citado más arriba es en gran parte de la misma índole.
VII, 16
Pero además, las profecías que introduce en su argumento difieren mucho de lo que los profetas efectivamente predijeron de Jesucristo. Pues las profecías no anuncian que Dios será crucificado, cuando dicen de Aquel que había de padecer: Le hemos visto, y no tenía forma ni hermosura; pero su forma estaba deshonrada y más marchita que la de los hijos de los hombres; era varón de dolores y hecho experimentado en el dolor. Observad, pues, con cuánta claridad dicen que era un hombre el que había de padecer estos sufrimientos humanos. Y el propio Jesús, que sabía perfectamente que el que había de morir debía ser un hombre, dijo a sus acusadores: Pero ahora procuráis matarme, a mí, hombre que os he hablado la verdad que he oído de Dios. Y si en aquel hombre, tal como apareció entre los hombres, había algo divino, a saber, el unigénito Hijo de Dios, el Primogénito de toda la creación, Aquel que dijo de sí mismo: Yo soy la verdad, yo soy la vida, yo soy la puerta, yo soy el camino, yo soy el pan de vida que descendió del cielo, de este Ser y de su naturaleza debemos juzgar y razonar de un modo muy distinto de aquel en que juzgamos del hombre que fue visto en Jesucristo. Así, pues, no hallaréis cristiano alguno, por sencillo que sea y por poco versado que esté en los estudios críticos, que diga que Aquel que murió era la verdad, la vida, el camino, el pan de vida que descendió del cielo, la resurrección; pues fue Él quien se nos apareció en la forma del hombre Jesús, el cual nos enseñó, diciendo: Yo soy la resurrección. No hay entre nosotros, digo, nadie tan extravagante como para afirmar que murió la Vida, que murió la Resurrección. La suposición de Celso tendría algún fundamento si dijéramos que los profetas habían predicho que la muerte sobrevendría a Dios el Verbo, a la Verdad, a la Vida, a la Resurrección, o a cualquier otro nombre que asume el Hijo de Dios.
VII, 17
En un punto solo acierta Celso en sus afirmaciones sobre este asunto. Es aquel en que dice: Los profetas no anunciarían esto, porque encierra algo malvado e impío, a saber, que el gran Dios se hiciera esclavo o padeciera la muerte. Pero aquello que los profetas predicen es digno de Dios: que Aquel que es el resplandor y la imagen expresa de la naturaleza divina viniera al mundo con el alma humana santa que había de animar el cuerpo de Jesús, para sembrar la semilla de su palabra, la cual podría unir al Dios Altísimo a todos los que la recibieran y la custodiaran en su corazón, y que conduciría a la bienaventuranza perfecta a todos aquellos que sintieran dentro de sí el poder de Dios el Verbo, el cual había de estar en el cuerpo y en el alma de un hombre. Estaba en él, en verdad, pero no de tal modo que encerrara en él todos los rayos de su gloria; y no debemos suponer que la luz de Aquel que es Dios el Verbo se difunde de ningún otro modo que en este. Si, pues, consideramos a Jesús en relación con la divinidad que había en él, las cosas que hizo en esta condición nada ofrecen que ofenda nuestras ideas de Dios, nada sino lo que es santo; y si lo consideramos como hombre, distinguido sobre todos los demás hombres por una íntima comunión con el Verbo eterno, con la Sabiduría absoluta, padeció como quien es sabio y perfecto, cualquiera que fuese la cosa que convenía padecer a quien lo hizo todo por el bien del género humano, sí, aun por el bien de todos los seres inteligentes. Y nada hay de absurdo en que un hombre haya muerto, y en que su muerte no sea solamente un ejemplo de muerte sufrida por causa de la piedad, sino también el primer golpe en la lucha que ha de derribar el poder de aquel espíritu maligno, el diablo, que había obtenido dominio sobre el mundo entero. Porque tenemos señales y prendas de la destrucción de su imperio en aquellos que, por medio del advenimiento de Cristo, se libran por doquier del poder de los demonios, y que, después de su liberación de esta servidumbre en que estaban retenidos, se consagran a Dios y se dedican con fervor, día tras día, a avanzar en una vida de piedad.
VII, 18
Celso añade: ¿no añadirán además esta reflexión? Si los profetas del Dios de los judíos predijeron que el que había de venir al mundo sería el Hijo de este mismo Dios, ¿cómo pudo mandarles por medio de Moisés que acumularan riquezas, que extendieran su dominio, que llenaran la tierra, que pasaran a cuchillo a sus enemigos de toda edad y que los destruyeran por completo, lo cual, en efecto, él mismo hizo —como dice Moisés—, amenazándoles además con que, si no obedecían sus mandatos, los trataría como a sus enemigos declarados; mientras que, por otra parte, su Hijo, el hombre de Nazaret, promulgó leyes enteramente opuestas a éstas, declarando que nadie puede venir al Padre quien ame el poder, las riquezas o la gloria; que los hombres no deben procurar el alimento con más solicitud que los cuervos; que han de preocuparse menos de su vestido que los lirios; y que a quien les diere una bofetada, deben ofrecer la otra para recibir otra? ¿Quién enseña falsamente, ¿Moisés o Jesús? ¿Olvidó el Padre, al enviar a Jesús, los mandamientos que había dado a Moisés? ¿O cambió de parecer, condenó sus propias leyes y envió un mensajero con instrucciones contrarias? Celso, con todas sus jactancias de saberlo todo, ha caído aquí en el más vulgar de los errores, al suponer que en la ley y en los profetas no hay un sentido más profundo que el que ofrece la interpretación literal de las palabras. No ve cuán manifiestamente increíble es que se prometan riquezas mundanas a los que llevan vidas rectas, cuando es observación común que los mejores de los hombres han vivido en la extrema pobreza. En verdad, los mismos profetas, que por la pureza de sus vidas recibieron el Espíritu Divino, anduvieron de aquí para allá vestidos de pieles de ovejas y de pieles de cabras; siendo destituidos, afligidos, atormentados: erraron por desiertos, y por montes, y por cuevas y cavernas de la tierra. Porque, como dice el Salmista, muchas son las aflicciones del justo. Si Celso hubiera leído los escritos de Moisés, habría supuesto, me atrevo a decir, que cuando se dice a quien guardaba la ley, Prestarás a muchas naciones, y tú no tomarás prestado, la promesa se hace al hombre justo, a saber, que sus riquezas temporales serían tan abundantes que podría prestar no sólo a los judíos, no sólo a dos o tres naciones, sino a muchas naciones. ¿Cuál, pues, habría de ser la riqueza que el justo recibió conforme a la ley por su justicia, si podía prestar a muchas naciones? ¿Y no habremos de suponer también, de acuerdo con esta interpretación, que el justo jamás tomaría prestado nada? Porque está escrito: y tú no tomarás nada prestado. ¿Permaneció entonces aquella nación durante tanto tiempo apegada a la religión que Moisés les enseñó, mientras que, según la suposición de Celso, se veían tan gravemente engañados por aquel legislador? Porque en ninguna parte se dice de nadie que fuera tan rico como para prestar a muchas naciones. No es de creer que hubieran combatido con tanto celo en defensa de una ley cuyas promesas se habían mostrado manifiestamente falsas, si las entendían en el sentido que Celso les da. Y si alguno dijera que los pecados que se registran como cometidos por el pueblo son prueba de que despreciaban la ley, sin duda por el sentimiento de haber sido engañados por ella, podemos responder que basta leer la historia de aquellos tiempos para ver en ella que todo el pueblo, después de haber hecho lo malo ante los ojos del Señor, volvía después a su deber y a la religión prescrita por la ley.
VII, 19
Ahora, si estas palabras de la ley, Dominarás sobre muchas naciones, y nadie se enseñoreará de ti, fuesen simplemente una promesa de dominio para ellos, y si no contuvieran un sentido más profundo que este, entonces es cierto que el pueblo habría tenido aún más fuertes razones para despreciar las promesas de la ley. Celso aduce otro pasaje, aunque cambia sus términos, donde se dice que toda la tierra será llena de la raza hebrea; lo cual, en efecto, según el testimonio de la historia, ocurrió realmente después de la venida de Cristo, aunque más bien como resultado de la ira de Dios, si así puedo decirlo, que de su bendición. En cuanto a la promesa hecha a los judíos de que matarían a sus enemigos, puede responderse que quien examine cuidadosamente el sentido de este pasaje se verá incapaz de interpretarlo en sentido literal. Basta por ahora referirse a la manera en que, en los Salmos, el justo es representado diciendo, entre otras cosas, Cada mañana destruiré a todos los impíos de la tierra, para extirpar de la ciudad de Jehová a todos los que obran iniquidad. Júzguese, pues, por las palabras y el espíritu del que habla, si es concebible que, después de haber pronunciado en la parte anterior del Salmo, como cualquiera puede leer por sí mismo, los pensamientos y propósitos más nobles, diga luego, según la interpretación literal de sus palabras, que por la mañana, y en ningún otro momento del día, destruiría a todos los pecadores de la tierra, sin dejar vivo a ninguno de ellos, y que mataría a todo el que hiciera iniquidad en Jerusalén. Y hay muchas expresiones semejantes en la ley, como ésta, por ejemplo: No dejamos con vida cosa alguna.
VII, 20
Celso añade que se había predicho a los judíos que, si no obedecían la ley, serían tratados del mismo modo que ellos trataron a sus enemigos; y luego cita de la enseñanza de Cristo algunos preceptos que considera contrarios a los de la ley, y usa esto como argumento contra nosotros. Pero antes de pasar a este punto, debemos hablar de lo que precede. Sostenemos, pues, que la ley tiene un doble sentido, — uno literal, otro espiritual, — como ya lo han mostrado algunos antes que nosotros. Del primer sentido, o sentido literal, se dice, no por nosotros, sino por Dios, que habla por uno de los profetas, que los estatutos no son buenos, y los juicios no son buenos; mientras que, tomado en sentido espiritual, el mismo profeta hace decir a Dios que sus estatutos son buenos, y sus juicios buenos. Y es evidente que el profeta no dice cosas que se contradigan entre sí. Pablo, de igual manera, dice que la letra mata, y el espíritu vivifica, entendiéndose por la letra el sentido literal, y por el espíritu el sentido espiritual de la Escritura. Podemos hallar, pues, en Pablo, lo mismo que en el profeta, aparentes contradicciones. En efecto, si Ezequiel dice en un lugar: Yo les di estatutos que no eran buenos, y juicios por los cuales no vivirían, y en otro: Yo les di estatutos buenos y juicios, los cuales, si los hiciere el hombre, vivirá por ellos, Pablo, de igual manera, cuando quiere despreciar la ley tomada en sentido literal, dice: Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perder su vigencia; ¿cómo no será más glorioso el ministerio del espíritu? Pero cuando en otro lugar quiere alabar y recomendar la ley, la llama espiritual, y dice: Sabemos que la ley es espiritual; y: De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno.
VII, 21
Cuando, pues, la letra de la ley promete riquezas al justo, puede Celso seguir la letra que mata, y entenderla de las riquezas mundanas, que ciegan a los hombres; pero nosotros decimos que se refiere a aquellas riquezas que iluminan los ojos, y que enriquecen al hombre en toda palabra y en toda ciencia. Y en este sentido mandamos a los ricos de este mundo que no sean altivos, ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos; que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con liberalidad comuniquen. Porque, como dice Salomón, las riquezas son el verdadero bien, que constituyen el rescate de la vida del hombre; pero la pobreza, que es lo contrario de estas riquezas, es destructora, porque por ella el pobre no puede soportar la reprensión. Y lo que se ha dicho de las riquezas se aplica al dominio, respecto del cual está escrito: El justo perseguirá a mil, y dos pondrán en fuga a diez mil. Ahora bien, si las riquezas han de entenderse en el sentido que acabamos de explicar, considerad si no es conforme a la promesa de Dios que el que es rico en toda palabra, en toda ciencia, en toda sabiduría, en toda buena obra, pueda de estos tesoros de palabra, de sabiduría y de ciencia prestar a muchas naciones. Así prestó Pablo a todas las naciones que visitó, llevando el Evangelio de Cristo desde Jerusalén y por los alrededores hasta Iliria. Y como el conocimiento divino le fue dado por revelación, y su mente fue iluminada por el Verbo Divino, él mismo no necesitaba tomar prestado de nadie, ni requería el ministerio de hombre alguno que le enseñara la palabra de verdad. Así, como estaba escrito: Tendrás dominio sobre muchas naciones, y ellas no tendrán dominio sobre ti, él señoreó sobre los gentiles a quienes sometió a la enseñanza de Jesucristo; y nunca cedió por sujeción a los hombres, no, ni siquiera por una hora, por ser él mismo más poderoso que ellos. Y así llenó también la tierra.
VII, 22
Si debo explicar ahora cómo el justo mata a sus enemigos, y prevalece en todas partes, debe observarse que, cuando dice: Cada mañana destruiré todos los impíos de la tierra, para cortar de la ciudad de Jehová a todos los que obran maldad, por la tierra entiende la carne, cuyas concupiscencias son enemistad contra Dios; y por la ciudad de Jehová designa su propia alma, en la cual estaba el templo de Dios, que contenía la verdadera idea y concepción de Dios, que hace que sea admirada por todos los que la contemplan. Tan pronto, pues, como los rayos del Sol de justicia brillan en su alma, sintiéndose fortalecido e invigorado por su influencia, se propone destruir todas las concupiscencias de la carne, que son llamadas los impíos de la tierra, y expulsa de esa ciudad del Señor que está en su alma todo pensamiento que obra maldad, y toda sugestión que se opone a la verdad. Y de esta manera también los justos entregan a destrucción a todos sus enemigos, que son sus vicios, de modo que no perdonan ni siquiera a los hijos, es decir, a los primeros comienzos e impulsos del mal. En este sentido también entendemos el lenguaje del salmo 137: Hija de Babilonia, que has de ser destruida; bienaventurado el que te dé el pago de lo que nos has hecho: bienaventurado el que tome y estrelle a tus pequeñuelos contra la peña. Porque los pequeñuelos de Babilonia (que significa confusión) son aquellos pensamientos pecaminosos y perturbadores que surgen en el alma; y quien los somete golpeando, por así decirlo, sus cabezas contra la firme y sólida fortaleza de la razón y de la verdad, es el que estrella a los pequeñuelos contra las piedras; y por eso es verdaderamente bienaventurado. Puede, pues, Dios haber mandado a los hombres destruir enteramente todos sus vicios, aun en su nacimiento, sin haber ordenado nada contrario a la enseñanza de Cristo; y Él mismo puede haber destruido ante los ojos de los que eran judíos por dentro toda la descendencia del mal, como a sus enemigos. Y, de igual manera, los que desobedecen la ley y la palabra de Dios pueden bien ser comparados a sus enemigos, extraviados por el pecado; y puede bien decirse que sufren la misma suerte que merecen los que se han mostrado traidores a la verdad de Dios.
VII, 23
De lo dicho, resulta claro entonces que Jesús, el hombre de Nazaret, no promulgó leyes opuestas a las que acabamos de considerar respecto a las riquezas, cuando dijo: Difícilmente entrará el rico en el reino de Dios; ya sea que tomemos la palabra rico en su sentido más simple, refiriéndonos al hombre cuya mente está distraída por sus riquezas y, por así decirlo, enredada entre espinas, de modo que no produce fruto espiritual; ya sea que se trate del hombre que es rico en el sentido de abundar en nociones falsas, del cual está escrito en los Proverbios: Mejor es el pobre que es justo, que el rico que es engañoso. Quizá son los siguientes pasajes los que han llevado a Celso a suponer que Jesús prohíbe la ambición a sus discípulos: Cualquiera de vosotros que quiera hacerse grande, será siervo de todos; Los príncipes de los gentiles se enseñorean de ellos, y los que ejercen autoridad sobre ellos son llamados bienhechores. Pero nada hay aquí incompatible con la promesa: Señorearás sobre muchas naciones, y ellas no señorearán sobre ti, especialmente después de la explicación que hemos dado de estas palabras. Celso introduce a continuación una expresión relativa a la sabiduría, como si pensara que, según la enseñanza de Cristo, ningún hombre sabio puede llegar al Padre. Pero preguntaríamos en qué sentido habla de un hombre sabio. Porque si se refiere a uno que es sabio en la sabiduría de este mundo, como se la llama, que es necedad ante Dios, entonces estaríamos de acuerdo con él en decir que se niega el acceso al Padre a quien es sabio en ese sentido. Pero si por sabiduría entiende alguien a Cristo, que es el poder y la sabiduría de Dios, lejos de negarse a tal hombre sabio el acceso al Padre, sostenemos que quien está adornado por el Espíritu Santo con aquel don que se llama palabra de sabiduría, sobrepasa con mucho a todos los que no han recibido la misma gracia.
VII, 24
La búsqueda de la gloria humana, sostenemos, está prohibida no solo por la enseñanza de Jesús, sino también por el Antiguo Testamento. En consecuencia, encontramos que uno de los profetas, al imprecarse sobre sí mismo ciertos castigos por la comisión de ciertos pecados, incluye entre los castigos este de la gloria terrena. Dice: Oh Señor Dios mío, si yo hice esto; si hay maldad en mis manos; si pagué con mal al que estaba en paz conmigo (antes, yo libre al que sin causa me era enemigo); persiga el enemigo mi alma, y tómela; holla mi vida por tierra, y ponga mi gloria en alto. Y estos preceptos de nuestro Señor: No os afanéis por lo que habéis de comer, o por lo que habéis de beber. Mirad las aves del cielo, o mirad los cuervos: que no siembran, ni siegan; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Cuánto más valéis vosotros que ellas? Y ¿por qué os afanáis por el vestido? Considerad los lirios del campo; — estos preceptos, y los que siguen, no son incompatibles con las bendiciones prometidas de la ley, la cual enseña que el justo comerá su pan hasta saciarse; ni con aquel dicho de Salomón: El justo come hasta saciarse, mas el vientre de los impíos padecerá necesidad. Porque debemos considerar el alimento prometido en la ley como el alimento del alma, el cual ha de satisfacer no ambas partes de la naturaleza del hombre, sino solo el alma. Y las palabras del Evangelio, aunque probablemente contienen un sentido más profundo, pueden sin embargo tomarse en su sentido más simple y evidente, como enseñándonos a no inquietarnos con ansiedades por nuestro alimento y vestido, sino, viviendo con sencillez, y deseando solo lo necesario, poner nuestra confianza en la providencia de Dios.
VII, 25
Celso extrae también del Evangelio el precepto: Al que te hiera en una mejilla, preséntate también a que te hiera en la otra, aunque sin citar ningún pasaje del Antiguo Testamento que considere opuesto a él. Por un lado, sabemos que se dijo a los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente; y por otro, hemos leído: Yo os digo: A cualquiera que te hiera en la mejilla, vuélvele también la otra. Pero como hay razón para creer que Celso aduce las objeciones que ha oído a quienes desean hacer una diferencia entre el Dios del Evangelio y el Dios de la ley, debemos decir en respuesta que este precepto, Al que te hiera en una mejilla, vuélvele también la otra, no es desconocido en las Escrituras más antiguas. Porque así, en las Lamentaciones de Jeremías, se dice: Bueno es para el hombre que lleve el yugo desde su juventud; siéntese solo y guarde silencio, porque ha cargado con él. Pone su mejilla al que le hiere; se harta de injurias. No hay, pues, discrepancia entre el Dios del Evangelio y el Dios de la ley, aun cuando tomamos en sentido literal el precepto acerca del golpe en el rostro. Inferimos, entonces, que ni Jesús ni Moisés han enseñado falsamente. El Padre, al enviar a Jesús, no olvidó los mandamientos que había dado a Moisés: no cambió de parecer, ni condenó sus propias leyes, ni envió por su mensajero instrucciones contrarias.
VII, 26
Pero si debemos referirnos brevemente a la diferencia entre la constitución que fue dada antiguamente a los judíos por Moisés, y aquella que los cristianos, bajo la dirección de la enseñanza de Cristo, desean ahora establecer, observaremos que debe ser imposible que la legislación de Moisés, tomada en sentido literal, armonice con la vocación de los gentiles y con su sometimiento al gobierno romano; y, por otra parte, sería imposible que los judíos conservaran inalterada su economía civil, suponiendo que abrazaran el Evangelio. Pues los cristianos no podrían dar muerte a sus enemigos, ni condenar a ser quemados o apedreados, como manda Moisés, a los que hubieran quebrantado la ley y fueran por ello condenados como merecedores de tales castigos; ya que los mismos judíos, por más deseosos que estén de cumplir su ley, no están en condiciones de infligir estos castigos. Pero en el caso de los antiguos judíos, que tenían una tierra y una forma de gobierno propias, quitarles el derecho de hacer la guerra a sus enemigos, de combatir por su patria, de dar muerte o castigar de otro modo a los adúlteros, a los homicidas o a otros culpables de crímenes semejantes, habría sido someterlos a una repentina y total destrucción cada vez que el enemigo cayera sobre ellos; pues sus mismas leyes los habrían contenido entonces, impidiéndoles resistir al enemigo. Y aquella misma providencia que antiguamente dio la ley, y que ahora ha dado el Evangelio de Jesucristo, no queriendo que el estado judío continuara por más tiempo, ha destruido su ciudad y su templo: ha abolido el culto que se ofrecía a Dios en aquel templo mediante el sacrificio de víctimas, y las demás ceremonias que Él había prescrito. Y así como ha destruido estas cosas, no queriendo que continuaran por más tiempo, del mismo modo ha extendido día tras día la religión cristiana, de suerte que hoy se predica en todas partes con valentía, y ello a pesar de los numerosos obstáculos que se oponen a la difusión de la enseñanza de Cristo en el mundo. Pero como fue el propósito de Dios que las naciones recibieran los beneficios de la enseñanza de Cristo, todos los artificios de los hombres contra los cristianos han sido reducidos a nada; pues cuanto más los han perseguido en todas partes reyes, gobernantes y pueblos, más han aumentado en número y han crecido en fortaleza.
VII, 27
Después de esto Celso relata con extensión opiniones que nos atribuye, pero que no sostenemos, acerca del Ser Divino, a saber, que es corpóreo en su naturaleza y que posee un cuerpo semejante al de un hombre. Como se propone refutar opiniones que en nada nos son propias, sería superfluo exponer tanto las opiniones mismas como su refutación. En efecto, si sostuviéramos aquellas ideas sobre Dios que él nos atribuye y a las que se opone, estaríamos obligados a citar sus palabras, a aducir nuestros propios argumentos y a refutar los suyos. Pero si aduce opiniones que no ha oído de nadie, o si se supone que las ha oído, habrá sido de personas muy sencillas e ignorantes del sentido de la Escritura, entonces no necesitamos acometer tarea tan superflua como la de refutarlas. Porque las Escrituras hablan claramente de Dios como de un ser sin cuerpo. De ahí que se diga: A Dios nadie le vio jamás; y el Primogénito de toda la creación es llamado la imagen del Dios invisible, lo cual equivale a decir que es incorpóreo. Sin embargo, ya hemos dicho algo sobre la naturaleza de Dios al examinar el sentido de las palabras: Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
VII, 28
Después de haber tergiversado así nuestras opiniones sobre la naturaleza de Dios, Celso pasa a preguntarnos a dónde esperamos ir después de la muerte; y hace que nuestra respuesta sea: a otra tierra mejor que esta. Sobre esto comenta lo siguiente: Los hombres divinos de una edad pasada han hablado de una vida feliz reservada para las almas de los bienaventurados. Unos la designaron 'las islas de los bienaventurados', y otros 'la llanura Elisia', así llamada porque allí habían de ser librados de sus males presentes. Así dice Homero: 'Mas los dioses os enviarán a la llanura Elisia, en los confines de la tierra, donde los hombres llevan una vida apacible.' También Platón, que creía en la inmortalidad del alma, da expresamente el nombre de 'tierra' al lugar adonde ésta es enviada. 'Su extensión', dice, 'es inmensa, y nosotros solo ocupamos una pequeña porción de ella, desde el Fasis hasta las Columnas de Hércules, donde habitamos junto a las riberas del mar, como saltamontes y ranas junto a un pantano. Pero hay muchos otros lugares habitados de igual manera por otros hombres. Porque en diversas partes de la tierra hay cavidades, de formas y magnitudes variadas, en las cuales corren aguas, y nubes, y aire. Mas aquella tierra que es pura yace en la región pura del cielo.' Supone, pues, Celso que lo que decimos de una tierra mucho mejor y más excelente que esta, ha sido tomado de ciertos escritores antiguos a quienes llama divinos, y principalmente de Platón, quien en su Fedón diserta sobre la tierra pura que yace en un cielo puro. Pero no ve que Moisés, mucho más antiguo que la literatura griega, presenta a Dios prometiendo a los que vivían según su ley la tierra santa, que es una tierra buena y extensa, una tierra que fluye leche y miel; promesa que no debe entenderse, como algunos suponen, referida a aquella parte de la tierra que llamamos Judea; porque esta, por buena que sea, forma todavía parte de la tierra, que fue originalmente maldita por la transgresión de Adán. Porque estas palabras: Maldita será la tierra por lo que has hecho; con dolor, es decir, con trabajo, comerás de su fruto todos los días de tu vida, fueron dichas de toda la tierra, cuyo fruto todo hombre que muere en Adán come con dolor o con trabajo todos los días de su vida. Y como toda la tierra ha sido maldita, produce espinas y zarzas todos los días de la vida de los que en Adán fueron expulsados del paraíso; y con el sudor de su rostro come todo hombre el pan hasta que vuelva a la tierra de la cual fue tomado. Mucho podría decirse para la plena exposición de todo lo contenido en este pasaje; pero por ahora nos hemos limitado a estas pocas palabras, destinadas a disipar la idea de que lo que se dice de la buena tierra prometida por Dios a los justos se refiere a la tierra de Judea.
VII, 29
Si, pues, la tierra entera ha sido maldita en las obras de Adán y de los que murieron en él, es evidente que todas las partes de la tierra participan de la maldición, y entre otras la tierra de Judea; de modo que las palabras: una tierra buena y extensa, una tierra que fluye leche y miel, no pueden aplicársele, aunque podemos decir de ella que tanto Judea como Jerusalén fueron la sombra y figura de aquella tierra pura, buena y espaciosa, en la región pura del cielo, en la cual está la Jerusalén celestial. Y con referencia a esta Jerusalén habló el apóstol, como quien, resucitado con Cristo, y buscando las cosas de arriba, había hallado una verdad que no formaba parte de la mitología judía. Os habéis acercado, dice, al monte de Sion, y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a una multitud innumerable de ángeles. Y para estar seguros de que nuestra explicación de la tierra buena y extensa de Moisés no es contraria a la intención del Espíritu Divino, basta leer en todos los profetas lo que dicen de aquellos que, después de haber abandonado Jerusalén y extraviado de ella, debían luego volver y ser establecidos en el lugar que es llamado la habitación y ciudad de Dios, como en las palabras: Su habitación está en el lugar santo; y: Grande es el Señor, y digno de ser alabado en gran manera en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad, hermoso en elevación, alegría de toda la tierra. Baste por ahora citar las palabras del salmo treinta y siete, que habla así de la tierra de los justos: Los que esperan en el Señor heredarán la tierra; y poco después: Mas los mansos heredarán la tierra, y se recrearán en la abundancia de paz; y de nuevo: Los que le bendicen heredarán la tierra; y: Los justos heredarán la tierra, y la habitarán para siempre. Y considerad si no es evidente a los lectores inteligentes que las siguientes palabras de este mismo salmo se refieren a la tierra pura en el cielo puro: Espera en el Señor, y guarda su camino; y él te exaltará para heredar la tierra.
VII, 30
A mí también me parece que la idea de Platón, de que esas piedras que llamamos piedras preciosas derivan su brillo de una especie de reflejo de las piedras de aquella tierra mejor, está tomada de las palabras de Isaías al describir la ciudad de Dios: Haré tus almenas de jaspe, tus piedras serán de cristal, y tus términos de piedras preciosas; y: Pondré tus cimientos con zafiros. Los que veneran en grado sumo la enseñanza de Platón explican este mito suyo como una alegoría. Y las profecías de las que, según conjeturamos, Platón tomó prestado, serán explicadas por aquellos que, llevando una vida piadosa como la de los profetas, dedican todo su tiempo al estudio de las Sagradas Escrituras, a los que están capacitados para aprender por la pureza de su vida y su deseo de avanzar en el conocimiento divino. Por nuestra parte, nuestro propósito ha sido simplemente decir que lo que afirmamos de aquella tierra sagrada no ha sido tomado de Platón ni de ninguno de los griegos, sino que ellos más bien — viviendo no solo después de Moisés, que fue el más antiguo, sino incluso después de la mayoría de los profetas — tomaron de ellos prestado, y al hacerlo o malentendieron sus oscuras insinuaciones sobre tales temas, o bien se esforzaron, en sus alusiones a la tierra mejor, por imitar aquellas porciones de la Escritura que habían caído en sus manos. Hageo distingue expresamente entre la tierra y la tierra seca, entendiendo por esta última la tierra en que vivimos. Dice: Aún una vez, y yo haré temblar los cielos, y la tierra, y la tierra seca, y el mar.
VII, 31
Al hablar del pasaje del Fedón de Platón, Celso dice: No es fácil para todos comprender el sentido de las palabras de Platón, cuando dice que, a causa de nuestra debilidad y lentitud, no podemos alcanzar la región suprema del aire; pero que si nuestra naturaleza fuera capaz de una contemplación tan sublime, podríamos entonces entender que ese es el cielo verdadero, y aquella la luz verdadera. Como Celso ha diferido a otra ocasión la explicación de la idea de Platón, nosotros también pensamos que no entra dentro de nuestro propósito actual hacer una descripción completa de aquella tierra santa y buena, y de la ciudad de Dios que está en ella; sino que reservamos su consideración para nuestro Comentario sobre los Profetas, habiendo tratado ya en parte, según nuestro poder, de la ciudad de Dios en nuestras observaciones sobre el Salmo 46 y el Salmo 48. Los escritos de Moisés y de los profetas — los más antiguos de todos los libros — nos enseñan que todas las cosas aquí en la tierra que son de uso común entre los hombres tienen otras cosas correspondientes en nombre, las cuales son las únicas reales. Así, por ejemplo, está la luz verdadera, y otro cielo más allá del firmamento, y un Sol de justicia distinto del sol que vemos. En una palabra, para distinguir aquellas cosas de los objetos sensibles, que no tienen verdadera realidad, dicen de Dios que sus obras son verdad; haciendo así una distinción entre las obras de Dios y las obras de las manos de Dios, que son de una especie inferior. Por eso Dios se queja en Isaías de los hombres, de que no miran las obras del Señor, ni consideran la operación de sus manos. Pero basta sobre este punto.
VII, 32
Celso ataca a continuación la doctrina de la resurrección, que es una doctrina elevada y difícil, y una de las que más que otras requiere un grado elevado y avanzado de sabiduría para exponer cuán digna es de Dios; y cuán sublime verdad es aquella que nos enseña que hay un principio seminal alojado en aquello que la Escritura llama el tabernáculo del alma, en el cual los justos gimen, agobiados, no porque quieran ser desnudados, sino revestidos. Celso se burla de esta doctrina porque no la comprende, y porque la ha aprendido de personas ignorantes, que no fueron capaces de sostenerla sobre fundamento razonable alguno. Será, pues, provechoso que, además de lo que hemos dicho arriba, hagamos esta sola observación. Nuestra enseñanza sobre el tema de la resurrección no deriva, como Celso imagina, de nada que hayamos oído sobre la doctrina de la metempsicosis; sino que sabemos que el alma, que es inmaterial e invisible por su naturaleza, no existe en lugar alguno material sin tener un cuerpo adecuado a la naturaleza de aquel lugar. Por consiguiente, en un tiempo se despoja de un cuerpo que antes le fue necesario, pero que ya no es adecuado en su estado transformado, y lo cambia por un segundo; y en otro asume otro además del primero, que le es necesario como mejor vestidura, adecuada a las regiones etéreas más puras del cielo. Cuando viene al mundo en el nacimiento, se despoja de las envolturas que necesitó en el seno materno; y antes de hacer esto, se reviste de otro cuerpo adecuado para su vida sobre la tierra. Luego, de nuevo, como hay un tabernáculo y una casa terrestre que en cierto modo es necesaria para este tabernáculo, la Escritura nos enseña que la casa terrestre de este tabernáculo será deshecha, pero que el tabernáculo será revestido de una casa no hecha de manos, eterna en los cielos. Los varones de Dios dicen también que lo corruptible se revestirá de incorrupción, que es cosa distinta de lo incorruptible; y lo mortal se revestirá de inmortalidad, que es distinta de lo inmortal. En efecto, así como la sabiduría lo es para el sabio, y la justicia para el justo, y la paz para el pacífico, así mismo se relaciona la incorrupción con lo incorruptible, y la inmortalidad con lo inmortal. He aquí, pues, ante qué perspectiva nos anima a mirar la Escritura, cuando nos habla de ser revestidos de incorrupción e inmortalidad, las cuales son, por así decirlo, vestiduras que no permitirán a quienes estén cubiertos con ellas llegar a la corrupción o a la muerte. Hasta aquí me he permitido referirme a este tema, en respuesta a quien ataca la doctrina de la resurrección sin comprenderla, y que, simplemente porque nada sabía de ella, la hizo objeto de desprecio y burla.
VII, 33
As Celso supone que sostenemos la doctrina de la resurrección a fin de ver y conocer a Dios, prosigue así sus nociones sobre el tema: Después de haber sido completamente refutados y vencidos, vuelven todavía, como si no hicieran caso de objeción alguna, a la misma cuestión: '¿Cómo, pues, veremos y conoceremos a Dios? ¿Cómo iremos a Él?' Observe, sin embargo, cualquiera que esté dispuesto a escucharnos, que si tenemos necesidad de un cuerpo para otros fines, como para ocupar un lugar material al cual este cuerpo debe estar adaptado, y si por esa razón el tabernáculo se reviste del modo que hemos mostrado, no tenemos necesidad de un cuerpo para conocer a Dios. Porque lo que ve a Dios no es el ojo del cuerpo; es la mente, hecha a imagen del Creador, y a la cual Dios, en su providencia, ha hecho capaz de ese conocimiento. Ver a Dios pertenece al corazón puro, del cual ya no proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, el falso testimonio, las blasfemias, el ojo maligno, ni ninguna otra cosa mala. Por eso se dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero como la fuerza de nuestra voluntad no basta para procurarnos el corazón perfectamente puro, y como necesitamos que Dios lo cree, por eso quien ora como debe ofrece esta petición a Dios: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio.
VII, 34
Y no planteamos la cuestión: ¿Cómo iremos a Dios? como si creyéramos que Dios existe en algún lugar. Dios es de naturaleza demasiado excelente para caber en lugar alguno: todo lo tiene en su poder, y Él mismo no está encerrado en cosa alguna. Por tanto, el precepto: Andarás en pos del Señor tu Dios, no manda una aproximación corporal a Dios; ni se refiere el profeta a la cercanía física con Dios cuando dice en su oración: Mi alma está apegada a Ti. Celso, pues, nos tergiversa cuando dice que esperamos ver a Dios con los ojos del cuerpo, oírle con nuestros oídos y tocarle sensiblemente con nuestras manos. Sabemos que las Sagradas Escrituras hacen mención de ojos, de oídos y de manos, que nada tienen en común con los órganos corporales sino el nombre; y, lo que es más admirable, hablan de un sentido divino, muy diferente de los sentidos de que comúnmente se habla. Porque cuando el profeta dice: Descubre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley; o: El mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos; o: Alumbra mis ojos, para que no duerma el sueño de la muerte, nadie es tan necio como para suponer que los ojos del cuerpo contemplan las maravillas de la ley divina, o que la ley del Señor alumbra los ojos del cuerpo, o que el sueño de la muerte cae sobre los ojos del cuerpo. Cuando nuestro Salvador dice: El que tiene oídos para oír, oiga, cualquiera entenderá que los oídos de que se habla son de orden divino. Cuando se dice que la palabra del Señor estaba en la mano de Jeremías o de algún otro profeta; o cuando se usa la expresión: la ley por mano de Moisés, o: Busqué al Señor con mis manos, y no fui engañado, nadie es tan necio que no vea que la palabra manos se toma en sentido figurado, como cuando Juan dice: Nuestras manos han tocado al Verbo de vida. Y si deseáis aprender además de las Sagradas Escrituras que hay un sentido divino superior a los sentidos del cuerpo, no tenéis más que oír lo que dice Salomón: Hallarás un sentido divino.