VI, 70
Si Celso, en efecto, hubiera comprendido nuestra doctrina acerca del Espíritu de Dios, y hubiera sabido que todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios, no se habría atribuido a sí mismo la respuesta que nos representa como proveniente de nosotros, a saber, que Dios puso su propio Espíritu en un cuerpo y lo envió hacia nosotros; porque Dios concede perpetuamente de su propio Espíritu a los que son capaces de recibirlo, si bien no es por vía de división y separación como mora en (el corazón de) los dignos. Ni es el Espíritu, a nuestro juicio, un cuerpo, como tampoco lo es el fuego, del cual se dice que Dios es fuego en el pasaje: Nuestro Dios es fuego consumidor. Porque todas estas son expresiones figuradas, empleadas para denotar la naturaleza de los seres inteligentes por medio de términos familiares y corpóreos. Del mismo modo, si los pecados son llamados madera, y heno, y hojarasca, no sostendremos que los pecados son corpóreos; y si las bendiciones son llamadas oro, y plata, y piedras preciosas, no sostendremos que las bendiciones son corpóreas; así también, si se dice que Dios es un fuego que consume la madera, y el heno, y la hojarasca, y toda sustancia de pecado, no entenderemos que sea un cuerpo, ni tampoco lo entendemos como cuerpo si es llamado fuego. De la misma manera, si Dios es llamado espíritu, no queremos decir que sea un cuerpo. Porque es costumbre de la Escritura dar a los seres inteligentes los nombres de espíritus y de cosas espirituales, a distinción de las que son objeto de los sentidos; como cuando Pablo dice: Y nuestra capacidad viene de Dios; el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto; no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica, donde por la letra entiende aquella exposición de la Escritura que es aparente a los sentidos, y por el espíritu aquella que es objeto del entendimiento. Lo mismo ocurre con la expresión: Dios es Espíritu. Y como las prescripciones de la ley eran observadas tanto por los samaritanos como por los judíos de manera corpórea y literal, nuestro Salvador dijo a la mujer samaritana: Viene la hora cuando ni en Jerusalén ni en este monte adoraréis al Padre. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. Y con estas palabras enseñó a los hombres que Dios debe ser adorado no en la carne, ni con sacrificios carnales, sino en el espíritu. Y será entendido como Espíritu en la medida en que la adoración que se le rinde se rinde en espíritu y con entendimiento. No es, sin embargo, con imágenes que debemos adorar al Padre, sino en verdad, que vino por Jesucristo, después del otorgamiento de la ley por Moisés. Porque cuando nos volvemos al Señor (y el Señor es el Espíritu), Él quita el velo que está sobre el corazón cuando Moisés es leído.
VI, 71
Celso por tanto, como no entiende la doctrina relativa al Espíritu de Dios (porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no puede conocerlas, porque han de discernirse espiritualmente), teje (tal trama) como le agrada, imaginando que nosotros, al llamar a Dios espíritu, no diferimos en nada en este particular de los estoicos entre los griegos, los cuales sostienen que Dios es un espíritu difundido por todas las cosas y que contiene todas las cosas en sí mismo. Ahora bien, la superintendencia y la providencia de Dios se extiende ciertamente por todas las cosas, pero no del modo en que lo hace el espíritu, según los estoicos. La providencia, en efecto, contiene todas las cosas que son sus objetos, y las comprende todas, pero no como un cuerpo que contiene incluye sus contenidos, porque éstos también son cuerpo, sino que como una divina potencia comprende lo que contiene. Según los filósofos de la Pórtica, en efecto, que afirman que los principios son corpóreos, y que por ello hacen perecederas todas las cosas, y se atreven incluso a hacer perecedero al Dios de todas las cosas, la misma Palabra de Dios, que desciende hasta los más bajos de los hombres, sería — si no les pareciera demasiado grosera una incongruencia — nada más que un espíritu corpóreo; mientras que, a nuestro juicio — nosotros, que nos esforzamos por demostrar que el alma racional es superior a toda naturaleza corpórea, y que es una sustancia invisible e incorpórea —, Dios el Verbo, por quien fueron hechas todas las cosas, que vino, a fin de que todas las cosas fuesen hechas por el Verbo, no sólo a los hombres, sino a lo que es tenido por lo más bajo de las cosas, bajo el dominio de la sola naturaleza, no sería cuerpo. Pueden, pues, los estoicos condenar todas las cosas a la destrucción por el fuego; nosotros, sin embargo, no conocemos sustancia alguna incorpórea que sea destructible por el fuego, ni (creemos) que el alma del hombre, o la sustancia de los ángeles, o de los tronos, o las dominaciones, o los principados, o las potestades, puedan ser disueltas por el fuego.
VI, 72
Es pues, en vano que Celso afirma, como quien no conoce la naturaleza del Espíritu de Dios, que, puesto que el Hijo de Dios, que existió en un cuerpo humano, es un espíritu, este mismo Hijo de Dios no sería inmortal. A continuación se enreda en sus afirmaciones, como si hubiera alguno de nosotros que no admitiera que Dios es un espíritu, sino que sostuviera esto sólo respecto de su Hijo, y cree que puede respondernos diciendo que no hay especie de espíritu que dure para siempre. Es esto casi lo mismo que si, cuando llamamos a Dios fuego consumidor, dijera que no hay especie de fuego que dure eternamente; sin advertir en qué sentido decimos que nuestro Dios es un fuego, y cuáles son las cosas que consume, a saber, los pecados y la maldad. Porque conviene a un Dios de bondad consumir el vicio con el fuego de sus castigos, después de que cada uno haya mostrado, con sus esfuerzos, qué clase de combatiente ha sido. Pasa luego a suponer lo que nosotros no mantenemos, que Dios necesariamente habría de haber expirado; de lo cual se sigue también que Jesús no pudo resucitar con su cuerpo. Porque Dios no habría recibido de nuevo el espíritu que había entregado, después de que hubiese sido manchado por el contacto con el cuerpo. Es, sin embargo, necio de nuestra parte responder a afirmaciones como nuestras que jamás fueron hechas por nosotros.
VI, 73
Procede a repetir se, y después de decir mucho de lo que ya había dicho antes, y de burlarse del nacimiento de Dios de una virgen — a lo cual ya hemos respondido lo mejor que hemos podido — añade lo siguiente: Si Dios hubiera querido enviar su Espíritu desde sí mismo, ¿qué necesidad había de soplarlo en el seno de una mujer? Porque, como quien ya sabía cómo formar a los hombres, pudo también haber formado un cuerpo para esta persona, sin arrojar su propio Espíritu a tanta contaminación; y de este modo no habría sido recibido con incredulidad, si hubiera derivado su existencia inmediatamente de lo alto. Había hecho estas observaciones porque no conoce el nacimiento puro y virginal, sin corrupción alguna, de aquel cuerpo que había de ministrar a la salvación de los hombres. Porque, citando los dichos de los estoicos, y afectando no conocer la doctrina sobre las cosas indiferentes, piensa que la naturaleza divina fue arrojada en medio de la contaminación, y fue manchada ya sea por estar en el cuerpo de una mujer, hasta que se formó un cuerpo alrededor de ella, ya sea por asumir un cuerpo. Y en esto actúa como aquellos que imaginan que los rayos del sol son contaminados por el estiércol y por los cuerpos de mal olor, y no permanecen puros en medio de tales cosas. Si, sin embargo, según la opinión de Celso, el cuerpo de Jesús hubiera sido formado sin generación, quienes contemplaron el cuerpo habrían creído de inmediato que no había sido formado por generación; y sin embargo, un objeto, al ser visto, no indica al mismo tiempo la naturaleza de aquello de lo cual ha derivado su origen. Por ejemplo, supongamos que hubiera cierta miel (puesta delante de alguien) que no hubiera sido fabricada por las abejas: nadie podría decir por el gusto o la vista que no era obra de ellas, porque la miel que proviene de las abejas no da a conocer su origen por los sentidos, sino que solo la experiencia puede decir que no procede de ellas. Del mismo modo, también la experiencia enseña que el vino proviene de la vid, pues el gusto no nos permite distinguir el vino que viene de la vid. De la misma manera, pues, el cuerpo visible no da a conocer el modo de su existencia. Y se te inducirá a aceptar esta opinión por (la consideración de) los cuerpos celestes, cuya existencia y esplendor percibimos al contemplarlos; y sin embargo, presumo, su apariencia no nos sugiere si son creados o increados; y en consecuencia han existido opiniones diversas sobre estos puntos. Y aun aquellos que dicen que son creados no están de acuerdo en cuanto al modo de su creación, pues su apariencia no lo sugiere, aunque la fuerza de la razón haya descubierto que son creados, y cómo se efectuó su creación.
VI, 74
Después de esto vuelve al tema de las opiniones de Marción (de las cuales ya ha hablado con frecuencia), y expone algunas de ellas correctamente, mientras que otras las ha malentendido; sin embargo, no es necesario que nosotros las respondamos o refutemos. De nuevo, después de esto, aduce los diversos argumentos que pueden alegarse en favor de Marción, y también contra él, enumerando cuáles son las opiniones que lo exoneran de las acusaciones, y cuáles lo exponen a ellas; y cuando desea sostener la afirmación que declara que Jesús ha sido objeto de la profecía —a fin de fundar una acusación contra Marción y sus seguidores—, pregunta expresamente: ¿cómo podría él, que fue castigado de tal manera, ser mostrado como Hijo de Dios, si estas cosas no hubieran sido predichas de él? Procede luego a burlarse y, como es su costumbre, a derramar ridículo sobre el tema, introduciendo dos hijos de Dios, uno hijo del Creador, y el otro hijo del Dios de Marción; y pinta sus combates singulares, diciendo que las teomaquias de los Padres son semejantes a las peleas entre codornices; o que los Padres, inutilizados por la vejez, y caídos en su senectud, no se entrometen en absoluto unos con otros, sino que dejan que sus hijos se las arreglen peleando. La observación que hizo antiguamente la volveremos contra él mismo: ¿qué vieja no se avergonzaría de arrullar a un niño con semejantes cuentos como los que ha insertado en la obra que titula Discurso Verdadero? Porque cuando debería aplicarse seriamente al argumento, deja de lado el argumento serio, y se entrega a la burla y la bufonada, imaginándose que está escribiendo mimos o versos mofadores; sin advertir que semejante modo de proceder frustra su propósito, que es hacernos abandonar el cristianismo y dar nuestra adhesión a sus opiniones, las cuales, quizás, si hubieran sido expuestas con cierto grado de gravedad, habrían parecido más capaces de convencer; mas como continúa ridiculizando, y mofándose, y haciendo el bufón, respondemos que es porque no tiene argumento alguno de peso (pues tales no tuvo, ni pudo comprender) que se ha entregado a semejante parlotearía.
VI, 75
A las observaciones anteriores añade lo siguiente: Ya que habitó en el cuerpo (de Jesús) un Espíritu Divino, es evidente que debía ser diferente del de los demás seres, en cuanto a grandeza, o hermosura, o fuerza, o voz, o autoridad, o persuasión. Porque es imposible que Aquel a quien fue comunicada alguna cualidad divina sobre los demás seres no difiriera de los otros; mientras que este hombre no difería en nada de otro, sino que era, según refieren, pequeño, y de mal aspecto, y de baja condición. Ahora bien, es evidente por estas palabras que, cuando Celso desea formular una acusación contra Jesús, aduce los escritos sagrados, como quien cree que son escritos aparentemente aptos para ofrecer ocasión de acusación contra Él; pero dondequiera que en los mismos escritos parecen hacerse declaraciones opuestas a las acusaciones que aduce, ¡finge que ni siquiera las conoce! En efecto, se admite que hay registradas algunas declaraciones respecto de que el cuerpo de Jesús fue de mal aspecto; no, sin embargo, de baja condición, como se ha dicho, ni hay evidencia alguna cierta de que fuera pequeño. El lenguaje de Isaías es el siguiente, el cual profetizó respecto de Él que vendría y visitaría a la multitud, no en hermosura de forma, ni en belleza alguna sobresaliente: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio, y a quién se ha revelado el brazo del Señor? Hizo anuncio delante de Él, como un niño, como raíz en tierra sedienta. No tiene forma ni gloria; y le vimos, y no tenía forma ni hermosura; mas su forma estaba sin honra, e inferior a la de los hijos de los hombres. Estos pasajes, pues, los escuchó Celso, porque pensó que le eran útiles para formular una acusación contra Jesús; pero no prestó atención a las palabras del salmo cuadragésimo quinto, ni a por qué se dice entonces: Ciñe tu espada sobre tu muslo, oh Poderoso, con tu hermosura y tu belleza; y prosigue, y prospera, y reina.
VI, 76
Supóngase sin embargo que no había leído la profecía, o que la había leído, pero había sido desviado por quienes la interpretaban mal en el sentido de que no era dicha de Jesucristo. ¿Qué tiene que decir del Evangelio, en cuyas narraciones Jesús subió a un alto monte, y se transfiguró delante de los discípulos, y fue visto en gloria, cuando tanto Moisés como Elías, vistos en gloria, hablaban de su salida, la cual había de cumplir en Jerusalén? ¿O cuando el profeta dice: Le vimos, y no tenía forma ni hermosura, etc.? Y Celso acepta esta profecía como referida a Jesús, cegándose al aceptarla, y no viendo que es una gran prueba de que el Jesús que parecía sin forma era el Hijo de Dios, el que su misma apariencia hubiera sido objeto de profecía muchos años antes de su nacimiento. Pero si otro profeta habla de su hermosura y su belleza, ¡ya no aceptará la profecía como referida al Cristo! Y si se estableciera claramente por los Evangelios que no tenía forma ni hermosura, sino que su apariencia era sin honra, e inferior a la de los hijos de los hombres, podría decirse que no fue con referencia a los escritos proféticos, sino a los Evangelios, que Celso hizo sus observaciones. Pero ahora, como ni los Evangelios ni los escritos apostólicos indican que no tenía forma ni hermosura, es evidente que debemos aceptar la declaración de los profetas como verdadera respecto del Cristo, y esto impedirá que la acusación contra Jesús prospere.
VI, 77
Pero de nuevo, ¿cómo no advirtió el que dijo: Ya que un Espíritu Divino habitaba el cuerpo (de Jesús), debía sin duda diferenciarse del de los demás seres en cuanto a grandeza, o voz, o fuerza, o imponencia, o poder de persuasión, la relación cambiante de su cuerpo según la capacidad de los espectadores (y por tanto su correspondiente utilidad), por cuanto se mostraba a cada uno de tal naturaleza como era necesario que la contemplase? Y no es objeto de admiración que la materia, que por naturaleza es susceptible de ser alterada y cambiada, y de transformarse en cualquier cosa que elija el Creador, y es capaz de recibir todas las cualidades que desea el Artífice, posea ahora una cualidad conforme a la cual se dice: No tenía forma ni hermosura, y otra vez una tan gloriosa, majestuosa y maravillosa, que los espectadores de semejante hermosura excelentísima — tres discípulos que habían subido (al monte) con Jesús — cayesen sobre sus rostros. Dirá, sin embargo, que éstas son invenciones, y en nada diferentes de los mitos, como también los otros prodigios que se refieren de Jesús; objeción que hemos respondido más extensamente en lo que va dicho. Pero hay también algo de místico en esta doctrina, la cual anuncia que las diversas apariencias de Jesús deben referirse a la naturaleza del Verbo divino, que no se muestra de la misma manera a la multitud que a los que son capaces de seguirle hasta el alto monte que hemos mencionado; porque a los que aún permanecen abajo, y no están todavía preparados para subir, el Verbo no tiene forma ni hermosura, porque a tales personas su forma es sin honra, e inferior a las palabras emitidas por los hombres, que figuradamente son llamados hijos de los hombres. Porque podríamos decir que las palabras de los filósofos — que son hijos de los hombres — parecen mucho más hermosas que la Palabra de Dios, que es predicada a la multitud, y que exhibe también (lo que se llama) la locura de la predicación, y a causa de esta aparente locura de la predicación los que miran solamente esto dicen: Le vimos; pero no tenía forma ni hermosura. A los que en verdad han recibido poder para seguirle, a fin de acompañarle aun cuando sube al monte excelso, les muestra una apariencia más divina, la cual contemplan, si sucede que haya (entre ellos) un Pedro, que ha recibido dentro de sí el edificio de la Iglesia fundado sobre el Verbo, y que ha adquirido tal hábito (de bondad) que ninguna de las puertas del Hades prevalecerá contra él, habiendo sido exaltado por el Verbo desde las puertas de la muerte, para que publique las alabanzas de Dios en las puertas de la hija de Sion, y otros cualesquiera que han nacido de una predicación imponente, y que en nada son inferiores a los hijos del trueno. Pero ¿cómo pueden Celso y los enemigos del Verbo divino, y los que no han examinado las doctrinas del cristianismo en espíritu de verdad, conocer el significado de las diversas apariencias de Jesús? Y me refiero también a las diversas etapas de su vida, y a las acciones que realizó antes de sus padecimientos, y después de su resurrección de entre los muertos.
VI, 78
Celso a continuación formula ciertas observaciones del siguiente tenor: De nuevo, si Dios, como Júpiter en la comedia, al despertar de un prolongado sueño, deseara librar al género humano del mal, ¿por qué envió este Espíritu del que hablas a un solo rincón (de la tierra)? Debía haberlo infundido por igual en muchos cuerpos, y haberlos enviado a todo el mundo. Ahora bien, el poeta cómico, para provocar risa en el teatro, escribió que Júpiter, después de despertar, despachó a Mercurio a los atenienses y a los lacedemonios; ¿pero no pensáis que habéis hecho más ridículo al Hijo de Dios al enviarlo a los judíos? Nótese en un lenguaje como éste el carácter irreverente de Celso, que, a diferencia de un filósofo, toma al autor de una comedia, cuyo oficio es provocar risa, y compara a nuestro Dios, el Creador de todas las cosas, con el ser que, según se le representa en la obra, al despertar despacha a Mercurio (en una comisión)! En efecto, hemos declarado en lo que precede que no fue como si despertara de un prolongado sueño que Dios envió a Jesús al género humano, pues si bien ahora, por justas razones, ha cumplido la economía de su encarnación, siempre ha conferido beneficios al género humano. Porque nunca se ha realizado entre los hombres obra noble alguna donde el Verbo divino no visitase las almas de los que eran capaces, aunque fuera por breve tiempo, de admitir tales operaciones del Verbo divino. Además, el advenimiento de Jesús, aparentemente a un solo rincón (de la tierra), se fundaba en buenas razones, pues era necesario que Aquel que era el sujeto de la profecía apareciese entre los que habían llegado a conocer la doctrina de un solo Dios, y que leían los escritos de sus profetas, y que habían llegado a conocer el anuncio del Cristo, y que viniese a ellos en un tiempo en que el Verbo estaba a punto de difundirse desde un rincón por todo el mundo.
VI, 79
Y por tanto no fue necesario que existieran en todas partes muchos cuerpos y muchos espíritus semejantes a Jesús, para que el todo del mundo de los hombres fuera iluminado por la Palabra de Dios. Pues el Verbo único bastó, habiendo surgido como el Sol de justicia, para enviar desde Judea sus rayos nacientes al alma de todos los que quisieron recibirlo. Pero si alguno desea ver muchos cuerpos llenos de un Espíritu divino, semejantes al único Cristo, que ministran en todas partes a la salvación de los hombres, observe a los que enseñan en todas las tierras el Evangelio de Jesús con sanidad de doctrina y rectitud de vida, y a quienes las santas Escrituras llaman ellos mismos cristos, en el pasaje: No tocéis a mis ungidos, y no hagáis mal a mis profetas. Porque así como hemos oído que el Anticristo viene, y sin embargo hemos aprendido que hay muchos anticristos en el mundo, del mismo modo, sabiendo que el Cristo ha venido, vemos que, por causa de Él, hay muchos cristos en el mundo, los cuales, como Él, amaron la justicia y aborrecieron la maldad, y por eso Dios, el Dios de Cristo, los ungió también a ellos con el óleo de gozo. Pero como amó la justicia y aborreció la maldad por encima de los que eran sus consocios, obtuvo también las primicias de su unción y, si así debemos llamarlo, la unción entera del óleo de gozo; mientras que los que eran sus consocios participaron también de su unción, en proporción a su capacidad individual. Por tanto, puesto que Cristo es la Cabeza de la Iglesia, de modo que Cristo y la Iglesia forman un solo cuerpo, el óleo descendió de la cabeza a la barba de Aarón —símbolos del hombre perfecto— y este óleo, en su descenso, llegó hasta la orilla misma de su vestido. Esta es mi respuesta al lenguaje irreverente de Celso cuando dice: Debía haberlo infundido (su Espíritu) por igual en muchos cuerpos, y haberlo enviado a todo el mundo. El poeta cómico, en efecto, para provocar risa, ha representado a Júpiter dormido y despertando del sueño, y despachando a Mercurio a los griegos; pero el Verbo, sabiendo que la naturaleza de Dios no es afectada por el sueño, puede enseñarnos que Dios administra a su debido tiempo, y como la recta razón lo exige, los asuntos del mundo. No es, sin embargo, motivo de asombro que, por la grandeza e incomprensibilidad de los juicios divinos, las personas ignorantes se equivoquen, y Celso entre ellas. No hay, pues, nada ridículo en que el Hijo de Dios haya sido enviado a los judíos, entre quienes habían aparecido los profetas, a fin de que, comenzando entre ellos en forma corporal, se levantara con poder y fuerza sobre un mundo de almas que ya no deseaba permanecer abandonado por Dios.
VI, 80
Después de esto, pareció propio a Celso llamar a los caldeos una nación en grado sumo divinamente inspirada desde los tiempos más antiguos, de quienes el sistema engañoso de la astrología se ha difundido entre los hombres. Sí, coloca también a los magos en la misma categoría, de quienes el arte mágica tomó su nombre y ha sido transmitido a otras naciones, para corrupción y perdición de los que lo emplean. En la parte anterior de esta obra (mencionamos) que, aun en opinión del propio Celso, los egipcios también incurrieron en error, porque en verdad tenían recintos solemnes alrededor de lo que consideraban sus templos, mientras que dentro de ellos no había nada salvo monos, o cocodrilos, o cabras, o áspides, o algún otro animal; pero en la presente ocasión le place hablar también del pueblo egipcio como en grado sumo divinamente inspirado, y eso, además, desde los tiempos más antiguos —quizá porque desde temprano hicieron la guerra a los judíos. Los persas, además, que se casan con sus propias madres y tienen relaciones con sus propias hijas, son, en opinión de Celso, una raza inspirada; sí, aun los indios lo son, algunos de los cuales, en la parte anterior, mencionó como comedores de carne humana. A los judíos, sin embargo, especialmente a los de tiempos antiguos, que no practican ninguna de estas cosas, no solo les negó el nombre de inspirados, sino que declaró que perecerían inmediatamente. Y esta predicción la pronunció respecto de ellos, como dotado sin duda de poder profético, sin advertir que toda la historia de los judíos, y su antigua y venerable constitución, fueron administradas por Dios; y que es por su caída que la salvación ha venido a los gentiles, y que su caída es riqueza del mundo, y la disminución de ellos riqueza de los gentiles, hasta que entre la plenitud de los gentiles, y que después de esto todo Israel, a quien Celso no conoce, sea salvo.
VI, 81
No entiendo, sin embargo, cómo puede decir de Dios que, aunque sabía todas las cosas, no era consciente de esto, de que enviaba a su Hijo entre hombres malvados, que habían de ser culpables de pecado y de infligir castigo sobre Él. Ciertamente parece, en la presente ocasión, haber olvidado que todos los sufrimientos que Jesús había de padecer fueron previstos por el Espíritu de Dios y anunciados por sus profetas; de lo cual no se sigue que Dios no supiera que enviaba a su Hijo entre hombres malvados y pecadores, que también habían de infligir castigo sobre Él. Añade inmediatamente, sin embargo, que nuestra defensa en este punto es que todas estas cosas fueron predichas. Pero como nuestro sexto libro ha alcanzado ya dimensiones suficientes, nos detendremos aquí, y comenzaremos, queriendo Dios, la argumentación del séptimo, en el cual consideraremos las razones que él cree que proporcionan una respuesta a nuestra afirmación de que todo lo referente a Jesús fue anunciado por los profetas; y como estas son numerosas, y requieren ser respondidas con extensión, no quisimos ni cortar el tema a causa del tamaño del presente libro, ni, para evitarlo, engrosar este sexto libro más allá de sus debidas proporciones.
VII, 1
En los seis libros anteriores hemos procurado, venerable hermano Ambrosio, según nuestra capacidad, responder a las acusaciones que Celso dirige contra los cristianos, y hasta donde ha sido posible no hemos pasado por alto nada sin someterlo antes a un examen pleno y riguroso. Y ahora, al comenzar el séptimo libro, invocamos a Dios por medio de Jesucristo, a quien acusa Celso, para que Aquel que es la verdad de Dios derrame luz en nuestros corazones y disipe las tinieblas del error, conforme a aquella palabra del profeta que ahora ofrecemos como nuestra oración: Destrúyelos con Tu verdad. Porque es manifiesto que son las palabras y los razonamientos opuestos a la verdad los que Dios destruye con Su verdad; de modo que, cuando éstos sean destruidos, todos los que hayan sido librados del engaño puedan continuar con el profeta diciendo: Te sacrificaré voluntariamente, y ofrecer al Altísimo un sacrificio racional y sin humo.
VII, 2
Celso se dispone ahora a combatir las opiniones de quienes dicen que los profetas judíos predijeron acontecimientos que ocurrieron en la vida de Cristo Jesús. Al principio, refirámonos a una idea que él tiene: que quienes suponen la existencia de otro Dios además del Dios de los judíos no tienen fundamento alguno con que responder a sus objeciones; mientras que nosotros, que reconocemos al mismo Dios, apoyamos nuestra defensa en las profecías que fueron pronunciadas acerca de Jesucristo. Sus palabras son: Veamos cómo pueden presentar una defensa. Para quienes admiten otro Dios, ninguna defensa es posible; y quienes reconocen al mismo Dios recurrirán siempre a la misma razón: 'Esto y aquello tuvo que suceder.' ¿Y por qué? 'Porque fue predicho mucho tiempo antes.' A esto respondemos que los argumentos recientemente aducidos por Celso contra Jesús y los cristianos eran tan enteramente débiles, que podrían ser derribados con facilidad incluso por quienes son lo bastante impíos como para introducir otro Dios. En efecto, si no fuera peligroso dar a los débiles cualquier excusa para abrazar nociones falsas, podríamos nosotros mismos presentar la respuesta, y mostrar a Celso cuán infundada es su opinión de que quienes admiten otro Dios no están en condiciones de hacer frente a sus argumentos. Sin embargo, limitémonos por ahora a una defensa de los profetas, en continuación de lo que ya hemos dicho sobre este tema.
VII, 3
Celso prosigue diciendo de nosotros: No dan valor alguno a los oráculos de la pitonisa de Delfos, ni de los sacerdotes de Dodona, de Claros, de Branchidas, de Júpiter Amón, ni de una multitud de otros; aunque bajo su dirección, podemos decir, se enviaron colonias y se pobló el mundo entero. Pero aquellos oráculos que fueron pronunciados o no en Judea, a la manera de aquel país, como en efecto todavía se pronuncian entre el pueblo de Fenicia y Palestina, ésos los consideran dichos maravillosos e inmutablemente verdaderos. En cuanto a los oráculos aquí enumerados, respondemos que nos sería posible reunir de los escritos de Aristóteles y de la escuela peripatética no pocas cosas para derribar la autoridad del oráculo pítico y de los demás. También de Epicuro y de sus seguidores podríamos citar pasajes que muestran que aun entre los mismos griegos hubo quienes desacreditaron por completo los oráculos reconocidos y admirados en toda la Grecia. Pero concedamos que las respuestas dadas por el oráculo pítico y los demás no fueron pronunciamientos de hombres falsos que fingían una inspiración divina; y veamos si, después de todo, no podemos convencer a algún inquiridor sincero de que no hay necesidad de atribuir estas respuestas oraculares a divinidad alguna, sino que, por el contrario, pueden rastrearse hasta demonios malvados —espíritus que están en enemistad con el género humano— y que de este modo desean impedir que el alma se eleve hacia lo alto, que siga el camino de la virtud y que vuelva a Dios en piedad sincera. Se dice de la pitonisa, cuyo oráculo parece haber sido el más célebre, que cuando se sentaba a la boca de la cueva de Castalia, el espíritu profético de Apolo entraba en sus partes privadas; y cuando se llenaba de él, pronunciaba respuestas que son contempladas con asombro como verdades divinas. Juzgad por esto si ese espíritu no muestra su naturaleza profana e impura al elegir entrar en el alma de la profetisa no por el medio más decoroso de los poros del cuerpo, a la vez abiertos e invisibles, sino por medio de aquello que ningún hombre modesto vería ni mencionaría jamás. Y esto no ocurre una o dos veces, lo cual sería más tolerable, sino cuantas veces se creía que ella recibía la inspiración de Apolo. Además, no es propio de un espíritu divino arrojar a la profetisa a tal estado de éxtasis y locura que pierde el dominio de sí misma. Porque quien está bajo la influencia del Espíritu Divino debe ser el primero en recibir los efectos beneficiosos; y estos no deben ser gozados primero por las personas que consultan el oráculo acerca de los asuntos de la vida natural o civil, o con fines de ganancia o interés temporal; y, además, ese debe ser el tiempo de la percepción más clara, cuando una persona está en íntimo trato con la Deidad.
VII, 4
Por consiguiente, podemos mostrar, mediante el examen de las Sagradas Escrituras, que los profetas judíos, iluminados por el Espíritu de Dios en la medida necesaria para su obra profética, fueron los primeros en gozar del beneficio de la inspiración; y que, por el contacto —si así puedo decirlo— con el Espíritu Santo se volvieron más claros de mente, y sus almas fueron llenadas de una luz más brillante. Y el cuerpo ya no servía de estorbo para una vida virtuosa; pues estaba muerto para aquello que llamamos la lujuria de la carne. Porque estamos persuadidos de que el Espíritu Divino mortifica las obras del cuerpo y destruye aquella enemistad contra Dios que las pasiones carnales sirven para excitar. Si, pues, la pitonisa está fuera de sí cuando profetiza, ¿qué espíritu será aquel que llena su mente y nubla su juicio de oscuridad, sino del mismo orden que aquellos demonios que muchos cristianos expulsan de las personas poseídas por ellos? Y esto, podemos observar, lo hacen sin el uso de artes mágicas curiosas ni de encantamientos, sino meramente con oraciones y simples conjuros que la persona más sencilla puede emplear. Porque en su mayor parte son personas sin letras quienes realizan esta obra; mostrando así manifiestamente la gracia que hay en la palabra de Cristo, y la despreciable debilidad de los demonios, los cuales, para ser vencidos y expulsados de los cuerpos y de las almas de los hombres, no requieren el poder ni la sabiduría de los que son poderosos en argumentación y muy doctos en las materias de la fe.
VII, 5
Además, si se cree no solo entre los cristianos y los judíos, sino también entre muchos otros entre los griegos y los bárbaros, que el alma humana vive y subsiste después de su separación del cuerpo; y si la razón apoya la idea de que las almas puras, no gravadas por el pecado como por un peso de plomo, ascienden a lo alto hacia la región de cuerpos más puros y más etéreos, dejando aquí abajo sus cuerpos más groseros junto con sus impurezas; mientras que las almas contaminadas y arrastradas a la tierra por sus pecados, de modo que ni siquiera pueden respirar hacia arriba, vagan de una parte a otra, unas veces en torno a los sepulcros, donde aparecen como apariciones de espíritus sombríos, y otras entre otros objetos sobre el suelo — si esto es así, ¿qué hemos de pensar de aquellos espíritus que se adhieren, durante eras enteras, podría decirse, a moradas y lugares determinados, ya sea por una especie de fuerza mágica o por su propia maldad natural? ¿No nos ve la razón obligada a reputar como malos a aquellos espíritus que emplean el poder de profetizar —poder en sí mismo ni bueno ni malo— con el fin de engañar a los hombres, y apartarlos así de Dios y de la pureza de su servicio? Es además evidente que este es su carácter, cuando añadimos que se deleitan en la sangre de las víctimas, y en el olor del humo de los sacrificios, y que con ello alimentan sus cuerpos, y que toman complacencia en moradas como estas, como si buscaran en ellas el sustento de su vida; asemejándose en esto a aquellos hombres depravados que desprecian la pureza de una vida apartada de los sentidos, y que no sienten inclinación sino por los placeres del cuerpo, y por aquella vida terrena y corporal en la que estos placeres se hallan. Si el Apolo délfico fuera un dios, como suponen los griegos, ¿no habría escogido más bien como su profeta a algún hombre sabio? ¿O, si no se hallara tal, entonces a uno que se esforzara por hacerse sabio? ¿Cómo es que no prefirió a un hombre antes que a una mujer para el anuncio de sus profecías? Y si prefirió el sexo femenino, como si solo pudiera hallar placer en el seno de una mujer, ¿por qué no escogió entre las mujeres a una virgen para interpretar su voluntad?
VII, 6
Pero no; la Pitia, tan admirada entre los griegos, no juzgó a ningún hombre sabio, ni siquiera a hombre alguno, digno de la posesión divina, como ellos la llaman. Y entre las mujeres no escogió a una virgen, ni a una recomendable por su sabiduría o por sus logros en la filosofía, sino que elige a una mujer común. Quizá los hombres de mejor clase eran demasiado buenos para ser sujetos de la inspiración. Además, si era un dios, debió emplear su poder profético como un cebo, por así decirlo, con el que atraer a los hombres a un cambio de vida y a la práctica de la virtud. Pero la historia no menciona en ninguna parte cosa semejante. Porque si el oráculo llamó a Sócrates el más sabio de todos los hombres, resta valor a aquel elogio por lo que se dice respecto a Eurípides y Sófocles. Las palabras son: —
Sabio es Sófocles, y Eurípides más sabio, pero más sabio que todos los hombres es Sócrates.
Así, pues, como da a los poetas trágicos el título de sabios, no es por su filosofía por lo que exalta a Sócrates a la veneración, ni por su amor a la verdad y a la virtud. Es pobre alabanza de Sócrates decir que lo prefiere a hombres que por una mísera recompensa compiten en el escenario, y que con sus representaciones excitan a los espectadores unas veces a lágrimas y dolor, y otras a risa indecorosa (pues tal es la intención del drama satírico). Y quizá no fue tanto en razón de su filosofía por lo que llamó a Sócrates el más sabio de todos los hombres, como por las víctimas que le sacrificaba a él y a los otros demonios. Porque parece que los demonios tienen más en cuenta, al repartir sus favores, los sacrificios que se les ofrecen que los actos de virtud. En consecuencia, Homero, el mejor de los poetas, que describe lo que solía ocurrir, cuando, queriendo mostrarnos qué era lo que más inclinaba a los demonios a conceder una respuesta a los deseos de sus votantes, introduce a Crises, quien, por unas cuantas guirnaldas y los muslos de toros y cabras, obtuvo respuesta a sus súplicas por su hija Criseida, de modo que los griegos fueron impulsados por una pestilencia a devolvérsela. Y recuerdo haber leído en el libro de cierto pitagórico, cuando escribía sobre los sentidos ocultos de aquel poeta, que la plegaria de Crises a Apolo, y la peste que Apolo envió después sobre los griegos, son pruebas de que Homero conocía ciertos demonios malos que se deleitan en el humo de los sacrificios y que, para recompensar a quienes se los ofrecen, conceden en respuesta a sus plegarias la destrucción de otros. Él, es decir, Júpiter, que gobierna la invernal Dodona, donde sus profetas tienen siempre los pies sin lavar y duermen sobre el suelo, ha rechazado el sexo masculino y, como observa Celso, emplea a las mujeres de Dodona para el oficio profético. Concediendo que hay oráculos semejantes a estos, como el de Claro, otro en Branquidas, otro en el templo de Júpiter Amón, o en cualquier otro lugar, ¿cómo se probará que estos son dioses, y no demonios?
VII, 7
En cuanto a los profetas de los judíos, algunos de ellos fueron hombres sabios antes de convertirse en profetas divinamente inspirados, mientras que otros llegaron a ser sabios por la iluminación que recibieron sus mentes al ser divinamente inspirados. Fueron escogidos por la Divina Providencia para recibir el Espíritu Divino y ser los depositarios de sus santos oráculos, sobre la base de llevar una vida de excelencia casi inaccesible, intrépida, noble, inmóvil ante el peligro o la muerte. Porque la razón enseña que tal debe ser el carácter de los profetas del Dios Altísimo, en comparación con el cual la firmeza de Antístenes, de Crates y de Diógenes parecerá mero juego de niños. Fue, pues, por su firme adhesión a la verdad, y por su fidelidad en la reprensión de los malvados, que fueron apedreados; fueron aserrados, fueron tentados, murieron a filo de espada; anduvieron de aquí para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras; estando destituidos, afligidos, atormentados; errando por desiertos y montañas, y por cuevas y cavernas de la tierra, de los cuales el mundo no era digno; porque miraban siempre a Dios y a sus bendiciones, las cuales, siendo invisibles y no perceptibles por los sentidos, son eternas. Tenemos la historia de la vida de cada uno de los profetas; pero bastará por ahora dirigir la atención a la vida de Moisés, cuyas profecías están contenidas en la ley; a la de Jeremías, tal como se da en el libro que lleva su nombre; a la de Isaías, quien con una austeridad sin ejemplo anduvo desnudo y descalzo durante el espacio de tres años. Leed y considerad la vida austera de aquellos jóvenes, Daniel y sus compañeros, cómo se abstuvieron de la carne y vivieron de agua y de legumbres. O si queréis remontaros a tiempos más remotos, pensad en la vida de Noé, que profetizó; y en la de Isaac, que dio a su hijo una bendición profética; o en la de Jacob, que se dirigió a cada uno de sus doce hijos, comenzando con: Venid, y os declararé lo que os ha de suceder en los últimos días. Estos, y una multitud de otros, profetizando en nombre de Dios, predijeron acontecimientos relativos a Jesucristo. Por esta razón, pues, nosotros despreciamos los oráculos de la pitonisa, o los pronunciados en Dodona, en Claro, en Branquidas, en el templo de Júpiter Amón, o por una multitud de otros llamados profetas; mientras que contemplamos con reverente temor a los profetas judíos; porque vemos que las vidas nobles, earnest y devotas de estos hombres fueron dignas de la inspiración del Espíritu Divino, cuyos efectos maravillosos fueron ampliamente diferentes de la adivinación de los demonios.
VII, 8
Yo no sé qué llevó a Celso, cuando dice: Pero las cosas que fueron dichas o no dichas en la tierra de Judea, según la costumbre del país, a emplear las palabras no dichas, como si diera a entender que era incrédulo, y que sospechaba que aquellas cosas que fueron escritas nunca fueron dichas. En efecto, no está versado en estos tiempos; y no sabe que aquellos profetas que anunciaron de antemano la venida del Cristo predijeron una multitud de otros acontecimientos muchos años antes. Añade, con el propósito de arrojar un descrédito sobre los antiguos profetas, que profetizaban del mismo modo que aún hoy los encontramos entre los habitantes de Fenicia y Palestina. Pero no nos dice si se refiere a personas de principios distintos de los de los judíos y los cristianos, o a personas cuyas profecías son del mismo carácter que las de los profetas judíos. Sea como fuere, su afirmación es falsa, tomada de cualquiera de las dos maneras. Porque jamás ninguno de los que no han abrazado nuestra fe ha hecho nada semejante a lo que hicieron los antiguos profetas; y en tiempos más recientes, desde la venida de Cristo, no se han levantado profetas entre los judíos, quienes, como es confeso, fueron abandonados por el Espíritu Santo a causa de su impiedad hacia Dios, y hacia Aquel de quien hablaban sus profetas. Además, el Espíritu Santo dio señales de su presencia al comienzo del ministerio de Cristo, y después de su ascensión dio aún más; pero desde entonces estas señales han disminuido, aunque todavía quedan vestigios de su presencia en unos pocos que han tenido sus almas purificadas por el Evangelio, y sus acciones reguladas por su influencia. Porque el espíritu santo de la disciplina huirá del engaño, y se apartará de los pensamientos que carecen de entendimiento. Sabiduría 1:5
VII, 9
Pero as Celso promete dar cuenta de la manera en que se pronuncian las profecías en Fenicia y Palestina, hablando como si se tratara de un asunto del que tenía pleno y personal conocimiento, veamos qué tiene que decir al respecto. Primero sienta que hay varias clases de profecías, pero no especifica cuáles son; en efecto, no podría hacerlo, y la afirmación es pura ostentación. Sin embargo, veamos cuál considera él la más perfecta clase de profecía entre esas naciones. Hay muchos, dice, que, aunque de ningún nombre, con la mayor facilidad y con la más leve ocasión, ya sea dentro o fuera de los templos, adoptan los movimientos y gestos de personas inspiradas; mientras que otros lo hacen en las ciudades o entre los ejércitos, con el propósito de llamar la atención y suscitar asombro. Estos suelen decir, cada uno por sí mismo: ‘Yo soy Dios; yo soy el Hijo de Dios; o bien, yo soy el Espíritu Divino; he venido porque el mundo perece, y vosotros, oh hombres, perecéis por vuestras iniquidades. Pero yo deseo salvaros, y me veréis volver de nuevo con poder celestial. Bienaventurado el que ahora me rinde homenaje. Sobre todos los demás enviaré fuego eterno, tanto sobre las ciudades como sobre los países. Y los que no conocen los castigos que les aguardan se arrepentirán y se entristecerán en vano; mientras que a los que me son fieles los preservaré eternamente.’ Luego continúa diciendo: A estas promesas se añaden palabras extrañas, fanáticas y del todo ininteligibles, de las cuales ninguna persona racional puede hallar el significado: pues son tan oscuras que no tienen significado alguno; pero dan ocasión a todo necio o impostor de aplicarlas conforme a sus propios fines.
VII, 10
Pero si él tratara con honestidad al formular sus acusaciones, debió haber dado los términos exactos de las profecías, ya fueran aquellas en las que el que habla se presenta reclamando ser Dios Todopoderoso, o aquellas en las que habla el Hijo de Dios, o finalmente aquellas bajo el nombre del Espíritu Santo. Porque así habría podido esforzarse en derribar estas afirmaciones, y haber mostrado que no había inspiración divina alguna en aquellas palabras que exhortaban a los hombres a abandonar sus pecados, que condenaban el pasado y predecían el futuro. Pues las profecías fueron registradas y conservadas por hombres que vivían en aquel tiempo, para que los que vinieran después las leyeran y las admiraran como oráculos de Dios, y para que se beneficiaran no solo de las amonestaciones y advertencias, sino también de las predicciones, las cuales, mostradas por los acontecimientos como procedentes del Espíritu de Dios, atan a los hombres a la práctica de la piedad según está expuesta en la ley y los profetas. Los profetas, pues, como Dios se lo mandó, declararon con toda claridad aquellas cosas que era deseable que los oyentes entendieran de inmediato para la regulación de su conducta; mientras que en cuanto a temas más profundos y misteriosos, que estaban más allá del alcance del entendimiento común, los expusieron en forma de enigmas y alegorías, o de lo que se llaman dichos oscuros, parábolas o semejanzas. Y este plan han seguido, para que aquellos que están dispuestos a no rehuir trabajo alguno y a no escatimar esfuerzo alguno en sus afanes por la verdad y la virtud indaguen su significado, y, habiéndolo hallado, lo apliquen como la razón exige. Pero Celso, siempre vigoroso en sus denuestos, como si estuviera airado por su incapacidad de entender el lenguaje de los profetas, se burla de ellos así: A estas grandes promesas se añaden palabras extrañas, fanáticas y del todo ininteligibles, de las cuales ninguna persona racional puede hallar el significado; pues son tan oscuras que no tienen significado alguno; pero dan ocasión a todo necio o impostor de aplicarlas conforme a sus propios fines. Esta afirmación de Celso parece hábilmente concebida para disuadir a los lectores de intentar indagación alguna o búsqueda cuidadosa de su significado. Y en esto no se diferencia de ciertas personas que dijeron a un hombre a quien un profeta había visitado para anunciarle acontecimientos futuros: ¿Para qué ha venido a ti este insensato?
VII, 11
Yo estoy convencido, en efecto, de que se podrían aducir argumentos mucho mejores que los que he sido capaz de presentar, para mostrar la falsedad de estas acusaciones de Celso, y para exponer la inspiración divina de las profecías; pero, según nuestras fuerzas, hemos explicado literalmente y en detalle, en nuestros comentarios sobre Isaías, Ezequiel y algunos de los doce profetas menores, aquellos pasajes que él llama fanáticos y del todo ininteligibles. Y si Dios nos concede la gracia, en el tiempo que Él nos señala, de avanzar en el conocimiento de su palabra, continuaremos nuestra investigación en las partes que quedan, o al menos en aquellas que seamos capaces de aclarar. Y otras personas de inteligencia que deseen estudiar la Escritura pueden también descubrir por sí mismas su significado; pues aunque hay muchos lugares en los que el sentido no es evidente, no hay ninguno donde, como afirma Celso, no haya sentido alguno. Tampoco es verdad que cualquier necio o impostor pueda explicar los pasajes de modo que los acomode a sus propios fines. Pues corresponde solamente a los que son sabios en la verdad de Cristo (y a todos ellos les corresponde) desplegar la conexión y el sentido incluso de las partes oscuras de la profecía, comparando las cosas espirituales con las espirituales, e interpretando cada pasaje según el uso de los escritores de la Escritura. Y no se debe creer a Celso cuando dice que ha oído a tales hombres profetizar; pues no han aparecido en el tiempo de Celso profetas que guarden semejanza alguna con los antiguos profetas. Si los hubiera habido, quienes los hubieran oído y admirado habrían seguido el ejemplo de los antiguos, y habrían registrado las profecías por escrito. Y parece del todo claro que Celso miente, cuando dice que aquellos profetas que había oído, apremiados por él, confesaron sus verdaderos motivos, y reconocieron que las palabras ambiguas que empleaban no significaban en realidad nada. Debiera haber dado los nombres de aquellos a quienes dice haber oído, si es que tenía alguno que dar, a fin de que los que eran competentes para juzgar decidieran si sus acusaciones eran verdaderas o falsas.