III, 10
Pero observa qué alega como prueba de su afirmación: los cristianos al principio eran pocos en número y sostenían las mismas opiniones; pero cuando llegaron a ser una gran multitud, se dividieron y separaron, deseando cada uno tener su propio partido: pues este era su objeto desde el principio. Que los cristianos al principio eran pocos en número, en comparación con las multitudes que posteriormente se hicieron cristianas, es indudable; y sin embargo, considerándolo todo, no eran tan pocos. Porque lo que suscitó la envidia de los judíos contra Jesús, y los incitó a conspirar contra Él, fue el gran número de los que le siguieron al desierto —cinco mil hombres en una ocasión, y cuatro mil en otra, habiéndole acompañado allí, sin contar a las mujeres y los niños. Porque tal era el encanto de las palabras de Jesús, que no sólo los hombres estaban dispuestos a seguirle al desierto, sino también las mujeres, olvidando la debilidad de su sexo y el respeto a la decencia exterior al seguir así a su Maestro a lugares desiertos. También los niños, que están por completo exentos de tales emociones, o siguiendo a sus padres, o quizá atraídos también por su divinidad, a fin de que fuese implantada en ellos, se hicieron sus seguidores junto con sus padres. Pero concedamos que los cristianos eran pocos en número al principio, ¿cómo ayuda eso a probar que los cristianos no estarían dispuestos a hacer que todos los hombres creyeran en la doctrina del Evangelio?
III, 11
Dice, en adición, que todos los cristianos estaban de una misma opinión, sin advertir, ni siquiera en este punto, que desde el principio hubo diferencias de opinión entre los creyentes respecto del sentido de los libros tenidos por divinos. En todo caso, mientras los apóstoles predicaban aún, y mientras los testigos oculares (de las obras de) Jesús enseñaban todavía su doctrina, no fue pequeña la discusión entre los convertidos del judaísmo respecto de los creyentes gentiles, sobre si debían observar las costumbres judaicas, o si debían rechazar la carga de las carnes limpias e inmundas, por no ser obligatorias para quienes habían abandonado sus costumbres ancestrales gentiles y se habían hecho creyentes en Jesús. Y aun en las Epístolas de Pablo, que fue contemporáneo de los que habían visto a Jesús, se mencionan ciertos puntos como objeto de disputa — a saber, respecto de la resurrección, y si ya había ocurrido, y el día del Señor, si estaba próximo o no. Y aun la misma exhortación a evitar las profanas y vanas palabrerías, y las oposiciones de la ciencia falsamente llamada tal: de la cual profesando algunos, se desviaron en cuanto a la fe, basta para mostrar que desde el mismo principio, cuando, según imagina Celso, los creyentes eran pocos en número, había ciertas doctrinas interpretadas de maneras diferentes.
III, 12
En el lugar siguiente, ya que nos reprocha la existencia de herejías en el cristianismo como motivo de acusación contra él, diciendo que, cuando los cristianos hubieron aumentado grandemente en número, se dividieron y se escindieron en facciones, deseando cada cual tener su propio partido; y, además, que, separados así por su número, se refutan unos a otros, teniendo, por así decirlo, aún un nombre en común, si es que todavía lo conservan. Y esta es la única cosa que todavía se avergüenzan de abandonar, mientras que los demás asuntos son determinados de maneras diferentes por las diversas sectas. A lo cual respondemos que herejías de distintos géneros nunca se han originado de materia alguna en que el principio involucrado no fuese importante y beneficioso para la vida humana. Pues, siendo la ciencia de la medicina útil y necesaria al género humano, y siendo muchos los puntos de disputa en ella respecto del modo de curar los cuerpos, se hallan, por esta razón, numerosas herejías confesadamente prevalecientes en la ciencia de la medicina entre los griegos, y también, supongo, entre aquellas naciones bárbaras que profesan emplear la medicina. Y, de nuevo, puesto que la filosofía hace profesión de la verdad, y promete un conocimiento de las cosas existentes con miras a la regulación de la vida, y se esfuerza en enseñar lo que es ventajoso para nuestro linaje, y puesto que la investigación de estas materias va acompañada de grandes diferencias de opinión, han brotado consiguientemente innumerables heresías en la filosofía, algunas de las cuales son más célebres que otras. Aun el judaísmo mismo ofreció pretexto para el origen de herejías, en la diversa acepción concedida a los escritos de Moisés y a los de los profetas. Así, pues, viendo que el cristianismo apareció como objeto de veneración ante los hombres, no ante la clase más servil solamente, como supone Celso, sino ante muchos entre los griegos dedicados a los estudios literarios, necesariamente se originaron herejías — no en modo alguno, sin embargo, como resultado de facción y contienda, sino por el ardiente deseo de muchos hombres letrados de llegar a conocer las doctrinas del cristianismo. La consecuencia de lo cual fue que, tomando en acepciones diferentes aquellos discursos que todos creían divinos, surgieron herejías, las cuales recibieron sus nombres de aquellos individuos que admiraban, en verdad, el origen del cristianismo, pero que fueron llevados, de un modo u otro, por ciertas razones plausibles, a opiniones discordantes. Y, sin embargo, nadie obraría racionalmente al evitar la medicina a causa de sus herejías; ni quien aspirase a lo conveniente abrigaría odio contra la filosofía, ni aduciría sus muchas herejías como pretexto de su antipatía. Y así tampoco han de condenarse los libros sagrados de Moisés y de los profetas a causa de las herejías en el judaísmo.
III, 13
Ahora, si estos argumentos tienen valor, ¿por qué no habríamos de defender, del mismo modo, la existencia de herejías en el cristianismo? Y respecto de éstas, me parece que Pablo habla de un modo muy notable cuando dice: Porque es necesario que haya herejías entre vosotros, para que los que son aprobados sean manifestados entre vosotros. Pues así como es aprobado en medicina aquel que, a causa de su experiencia en varias herejías (médicas), y de su examen honrado de la mayoría de ellas, ha escogido el sistema preferible — y como el gran consumado en filosofía es aquel que, después de familiarizarse experimentalmente con las diversas opiniones, ha dado su adhesión a la mejor —, así yo diría que el más sabio cristiano era aquel que había estudiado cuidadosamente las herejías tanto del judaísmo como del cristianismo. En cambio, quien hallase culpa al cristianismo a causa de sus herejías hallaría culpa también a la enseñanza de Sócrates, de cuya escuela han salido muchos otros de opiniones discordantes. Y aun podrían achacarse a las opiniones de Platón el error, a causa de haberse Aristóteles separado de su escuela y fundado otra nueva — sobre lo cual hemos hecho observaciones en el libro precedente. Pero me parece que Celso ha llegado a conocer ciertas herejías que no poseen siquiera en común con nosotros el nombre de Jesús. Quizá había oído hablar de las sectas llamadas ofitas y cainitas, o de otras de naturaleza semejante, que se habían apartado en todos puntos de la enseñanza de Jesús. Y con todo, esto seguramente no proporciona fundamento alguno para una acusación contra la doctrina cristiana.
III, 14
Después de esto continúa: Su unión es tanto más admirable cuanto más puede demostrarse que no se funda en razón sustancial alguna. Y sin embargo, la rebelión es una razón sustancial, como también las ventajas que de ella se derivan, y el temor a los enemigos exteriores. Tales son las causas que dan estabilidad a su fe. A esto respondemos que nuestra unión se apoya, en efecto, en una razón, o más bien no en una razón, sino en la obra divina, de modo que su comienzo fue que Dios enseñó a los hombres, en los escritos proféticos, a esperar el advenimiento del Cristo, que había de ser el Salvador del género humano. Pues en la medida en que este punto no queda realmente refutado (aunque parezca refutado a los incrédulos), en la misma proporción la doctrina es recomendada como doctrina de Dios, y Jesús es mostrado como Hijo de Dios tanto antes como después de su encarnación. Sostengo, además, que aun después de su encarnación, Él es siempre hallado por quienes poseen la más aguda visión espiritual como semejantísimo a Dios, y como habiendo descendido verdaderamente a nosotros desde Dios, y como habiendo derivado su origen o su desarrollo posterior no de la sabiduría humana, sino de la manifestación de Dios en Él, quien por su múltiple sabiduría y sus milagros estableció primero el judaísmo, y después el cristianismo; y la afirmación de que la rebelión, y las ventajas que la acompañan, fueron las causas originantes de una doctrina que ha convertido y mejorado a tantos hombres quedó eficazmente refutada.
III, 15
Pero de nuevo, que no es el temor a los enemigos exteriores lo que fortalece nuestra unión, es evidente por el hecho de que esta causa, por voluntad de Dios, ha dejado ya de existir desde hace bastante tiempo. Y es probable que la existencia segura, en cuanto al mundo, de que gozan ahora los creyentes, llegue a su fin, pues los que calumnian el cristianismo por todos los medios atribuyen de nuevo la frecuencia actual de la rebelión a la multitud de los creyentes, y a que ya no son perseguidos por las autoridades como en los tiempos antiguos. Porque hemos aprendido del Evangelio ni a aflojar nuestros esfuerzos en los días de paz y entregarnos al reposo, ni, cuando el mundo nos hace la guerra, volvernos cobardes y apostatar del amor del Dios de todas las cosas que está en Jesucristo. Y manifestamos claramente la ilustre naturaleza de nuestro origen, y no lo ocultamos (como imagina Celso), cuando imprimimos en las mentes de nuestros primeros conversos un desprecio por los ídolos y por las imágenes de toda clase, y, además de esto, elevamos sus pensamientos desde la adoración de las cosas creadas en lugar de Dios, y los alzamos hacia el Creador universal; mostrando claramente que Él es el objeto de la profecía, tanto por las predicciones acerca de Él —de las cuales hay muchas— como por aquellas tradiciones que han sido cuidadosamente investigadas por los que son capaces de entender inteligentemente los Evangelios y las declaraciones de los apóstoles.
III, 16
Pero qué las leyendas que recogemos sean de toda clase, o los terrores que inventamos, como Celso afirma sin prueba, que lo demuestre quien quiera. No sé, en verdad, qué quiere decir con eso de inventar terrores, si no es nuestra doctrina de Dios como Juez, y de la condenación de los hombres por sus obras, con las diversas pruebas derivadas en parte de la Escritura, en parte de la razón probable. Y sin embargo —porque la verdad es preciosa— Celso dice al final: ¡No permita Dios que yo, o éstos, o cualquier otro rechace jamás la doctrina acerca del castigo futuro de los malvados y la recompensa de los buenos! ¿Qué terrores, pues, exceptuada la doctrina del castigo, inventamos e imponemos a los hombres? Y si respondiera que entretejemos opiniones erróneas tomadas de fuentes antiguas, y las pregonamos a grandes voces, y las hacemos resonar ante los hombres, como los sacerdotes de Cibeles hacen chocar sus címbalos en los oídos de los que son iniciados en sus misterios, le preguntaremos en respuesta: ¿Opiniones erróneas de qué fuentes antiguas? Porque, ya se refiera a relatos griegos, que enseñaron la existencia de tribunales de justicia bajo la tierra, o a judíos, que, entre otras cosas, predijeron la vida que sigue a la presente, no podrá mostrar que nosotros, que nos esforzamos por creer sobre fundamentos racionales y ordenamos nuestra vida conforme a tales doctrinas, hayamos dejado de averiguar correctamente la verdad.
III, 17
Desea, en verdad, comparar los artículos de nuestra fe con los de los egipcios; entre los cuales, al acercarse uno a sus edificios sagrados, se ven espléndidos recintos, y bosques sagrados, y grandes y hermosos portales, y templos maravillosos, y magníficas tiendas alrededor de ellos, y ceremonias de culto llenas de superstición y misterio; pero cuando se ha entrado y pasado al interior, se ve que el objeto de culto es un gato, o un mono, o un cocodrilo, o una cabra, o un perro! Pues bien, ¿qué semejanza hay entre nosotros y los esplendores del culto egipcio que ven los que se acercan a sus templos? ¿Y dónde está la semejanza con aquellos animales irracionales que son adorados dentro, después de atravesar los espléndidos portales? ¿Son nuestras profecías, y el Dios de todas las cosas, y las prohibiciones de las imágenes, objetos de reverencia también a los ojos de Celso, y Jesucristo crucificado el análogo del culto al animal irracional? Pero si así lo afirmara —y no creo que sostenga otra cosa—, responderemos que en las páginas precedentes hemos hablado más extensamente en defensa de aquellas acusaciones referidas a Jesús, mostrando que lo que pareció acontecerle en cuanto a su naturaleza humana estuvo lleno de beneficio para todos los hombres y de salvación para el mundo entero.
III, 18
En el lugar siguiente, refiriéndose a las afirmaciones de los egipcios, que hablan con altivez de los animales irracionales, y que sostienen que estos son una especie de símbolos de Dios, o cualquier otra cosa que sus profetas, así denominados, acostumbran llamarles, Celso dice que se produce en las mentes de quienes han aprendido estas cosas la impresión de que no han sido iniciados en vano; mientras que respecto de las verdades que se enseñan en nuestros escritos a quienes han progresado en el estudio del cristianismo (mediante aquello que Pablo llama el don que consiste en la palabra de sabiduría por el Espíritu, y en la palabra de ciencia según el Espíritu), Celso no parece siquiera haberse formado una idea, a juzgar no solo por lo que ya ha dicho, sino por lo que añade después en su ataque contra el sistema cristiano, cuando afirma que los cristianos rechazan de la doctrina de su fe a todo hombre sabio, e invitan solamente a los ignorantes y al vulgo; sobre tales afirmaciones haremos nuestras observaciones a su debido tiempo, cuando lleguemos al lugar apropiado.
III, 19
Dice, en efecto, que nosotros ridiculizamos a los egipcios, aunque estos presentan a nuestra consideración muchos misterios en modo alguno despreciables, cuando nos enseñan que tales ritos son actos de culto ofrecidos a las ideas eternas, y no, como piensa la multitud, a animales efímeros; y que somos necios, porque no introducimos en nuestras narraciones acerca de Jesús nada más noble que las cabras y los perros del culto egipcio. Ahora bien, a esto respondemos: Buen señor, (supongamos que) tienes razón al elogiar el hecho de que los egipcios presentan a la vista muchos misterios en modo alguno despreciables, y explicaciones oscuras acerca de los animales (adorados) entre ellos, no obstante no obrarías con consistencia al acusarnos, como si creyeras que no tenemos nada que afirmar que sea digno de consideración, sino que todas nuestras doctrinas son despreciables y de ningún valor, siendo así que exponemos las narraciones concernientes a Jesús según la "palabra de sabiduría" a quienes son "perfectos" en el cristianismo. Acerca de los cuales, como competentes para entender la sabiduría que hay en el cristianismo, dice Pablo: "Habla mos sabiduría entre los perfectos; mas no la sabiduría de este mundo, ni de los príncipes de este mundo, que perecen; sino hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios ordenó antes de los siglos para nuestra gloria; la cual ninguno de los príncipes de este mundo conoció."
III, 20
Y decimos a quienes sostienen opiniones semejantes a las de Celso: ¿Habremos de suponer, entonces, que Pablo no tenía ante su mente idea alguna de una sabiduría preeminente cuando profesó hablar sabiduría entre los perfectos? Ahora bien, como habló con su acostumbrada osadía cuando, al hacer semejante profesión, dijo que él no poseía sabiduría alguna, responderemos: examinad, en primer lugar, las Epístolas del que pronuncia estas palabras, y mirad con cuidado el significado de cada una de las expresiones que en ellas hay —decid, por ejemplo, en las dirigidas a los efesios, a los colosenses, a los tesalonicenses, a los filipenses y a los romanos—, y mostrad dos cosas: que comprendéis las palabras de Pablo, y que podéis demostrar que alguna de ellas es necia o insensata. Porque si alguno se entrega a su atenta lectura, estoy bien seguro de que, o bien quedará maravillado ante la inteligencia del hombre que supo vestir grandes ideas con lenguaje común; o bien, si no queda maravillado, no hará sino exhibirse bajo un aspecto ridículo, ya sea que simplemente exponga el sentido del autor como si lo hubiera comprendido, ya sea que intente contradecir y refutar lo que solamente imaginó que entendía.
III, 21
Y no he hablado todavía de la observancia de todo lo que está escrito en los Evangelios, cada uno de los cuales contiene mucha doctrina difícil de comprender, no sólo para la muchedumbre, sino aun para algunos de los más inteligentes, e incluye una explicación muy profunda de las parábolas que Jesús pronunció para los de fuera, reservando la manifestación de su pleno sentido para quienes habían pasado ya del estado de enseñanza exotérica y venían a Él en privado a la casa. Y cuando llegue a comprenderlo, admirará la razón por la cual se dice que unos están fuera, y otros en la casa. Y de nuevo, ¿quién no quedaría lleno de asombro si es capaz de comprender los movimientos de Jesús; que sube a veces a un monte para pronunciar ciertos discursos, o para obrar ciertos milagros, o para su propia transfiguración, y desciende de nuevo para sanar a los enfermos y a los que no podían seguirle adonde iban sus discípulos? Pero no es éste el momento oportuno de describir ahora los verdaderamente venerables y divinos contenidos de los Evangelios, o la mente de Cristo —es decir, la sabiduría y el Verbo— contenidos en los escritos de Pablo. Mas lo que hemos dicho basta por way de respuesta a las burlas poco filosóficas de Celso, al comparar los misterios internos de la Iglesia de Dios con los gatos, los monos, los cocodrilos, las cabras y los perros de Egipto.
III, 22
Pero este vil bufón de Celso, que no omite ninguna especie de burla y de ridículo que pueda emplearse contra nosotros, menciona en su tratado a los Dioscuros, y a Hércules, y a Asclepio, y a Dioniso, a quienes los griegos creen hechos dioses después de haber sido hombres, y dice que no podemos tolerar llamar dioses a tales seres, porque fueron al principio hombres, y sin embargo manifestaron muchas cualidades nobles, que se mostraron en beneficio del género humano, mientras que nosotros afirmamos que Jesús fue visto después de su muerte por sus propios seguidores; y nos lanza además una acusación adicional, como si dijéramos que fue visto, en efecto, pero que no era más que una sombra! Ahora bien, a esto respondemos que fue muy astuto de parte de Celso no indicar aquí claramente que no consideraba dioses a estos seres, pues temía la opinión de quienes pudieran leer su tratado y suponerlo ateo; mientras que, si hubiera respetado lo que le parecía ser la verdad, no habría fingido considerarlos dioses. Ahora bien, a cualquiera de las dos acusaciones estamos prontos con una respuesta. Digamos, pues, a los que no los consideran dioses, lo siguiente: Estos seres, entonces, no son dioses en absoluto; pero, conforme a la opinión de quienes piensan que el alma del hombre perece inmediatamente (después de la muerte), las almas de estos hombres también perecieron; o, según la opinión de quienes dicen que el alma continúa subsistiendo o es inmortal, estos hombres continúan existiendo o son inmortales, y no son dioses sino héroes, — o ni aun héroes, sino simplemente almas. Si, pues, por una parte, supones que no existen, tendremos que demostrar la doctrina de la inmortalidad del alma, que para nosotros es una doctrina de preeminente importancia; si, por otra parte, sí existen, tenemos todavía que demostrar la doctrina de la inmortalidad, no sólo por lo que los griegos han dicho tan bien acerca de ella, sino también de un modo conforme a la enseñanza de la Sagrada Escritura. Y demostraremos que es imposible que quienes fueron politeístas durante su vida obtengan una mejor patria y posición después de su partida de este mundo, citando las historias que se cuentan de ellos, en las que se registra la gran disolución de Hércules, y su afeminada servidumbre con Omfale, junto con las afirmaciones acerca de Asclepio, de que su Zeus lo mató con un rayo. Y de los Dioscuros se dirá que mueren a menudo —
Unas veces viven en días alternos, y otrasmueren, y alcanzan honores iguales a los de los dioses.
¿Cómo, pues, pueden razonablemente imaginar que alguno de éstos deba ser tenido por dios o héroe?
III, 23
Pero nosotros, al demostrar los hechos que se refieren de nuestro Jesús a partir de las Escrituras proféticas, y comparar después su historia con ellas, demostramos que no se registra en Él disolución alguna. Porque aun los que conspiraron contra Él, y que buscaron falsos testigos que los auxiliaran, no hallaron siquiera pretexto plausible para formular contra Él una acusación falsa, de modo que pudieran acusarlo de libertinaje; sino que su muerte fue, en efecto, resultado de una conspiración, y no guardaba semejanza alguna con la muerte de Asclepio por el rayo. ¿Y qué hay de venerable en el demente Dioniso, y en sus vestiduras femeninas, para que él sea adorado como un dios? Y si los que quisieran defender a tales seres recurren a interpretaciones alegóricas, debemos examinar cada caso individual y averiguar si está bien fundado, y también, en cada caso particular, si esos seres pueden tener existencia real, y si son dignos de respeto y adoración los que fueron despedazados por los titanes, y derribados de su trono celestial. Mientras que nuestro Jesús, que se apareció a los miembros de su propia tropa —pues tomaré la palabra que emplea Celso—, realmente se apareció, y Celso formula una acusación falsa contra el Evangelio al decir que lo que se apareció fue una sombra. Y compárense cuidadosamente las afirmaciones de sus historias y la de Jesús. ¿Querrá Celso que las primeras sean verdaderas, pero que la segunda, aunque registrada por testigos oculares que mostraron con sus actos que comprendían claramente la naturaleza de lo que habían visto, y que manifestaron su estado de ánimo por lo que soportaron con alegría por causa de su Evangelio, sea invención? Ahora bien, ¿quién es el que, deseando obrar siempre conforme a la recta razón, otorgaría al azar su asentimiento a lo que se refiere de aquéllas, pero se precipitaría hacia la historia de Jesús, y sin examen rehusaría creer lo que de Él se registra?
III, 24
Y de nuevo, cuando se dice de Asclepio que una gran multitud, tanto de griegos como de bárbaros, reconoce haber visto con frecuencia, y ver todavía, no un mero fantasma, sino al propio Asclepio, sanando y haciendo el bien, y prediciendo el futuro; Celso nos exige que creamos esto, y no reprocha nada a los que creemos en Jesús cuando expresamos nuestra fe en tales relatos; pero cuando damos nuestro asentimiento a los discípulos y testigos oculares de los milagros de Jesús, que manifiestan claramente la honestidad de sus convicciones (porque vemos su sencillez, en cuanto es posible ver la conciencia revelada por escrito), somos llamados por él un conjunto de simples, aunque él no puede demostrar que un número incalculable, como afirma, de griegos y bárbaros reconozca la existencia de Asclepio; mientras que nosotros, si juzgamos esto asunto de importancia, podemos mostrar claramente una multitud incontable de griegos y bárbaros que reconocen la existencia de Jesús. Y algunos dan testimonio de haber recibido por medio de esta fe un poder maravilloso mediante las curaciones que realizan, invocando sobre los que necesitan su auxilio ningún otro nombre que el del Dios de todas las cosas y el de Jesús, junto con una mención de su historia. Porque por estos medios también nosotros hemos visto a muchas personas liberadas de graves calamidades, y de perturbaciones de la mente, y de la locura, y de incontables otros males, que no podían ser curados ni por hombres ni por demonios.
III, 25
Ahora, a fin de conceder que existió un espíritu sanador llamado Asclepio, que solía curar los cuerpos de los hombres, yo diría a los que se asombran de tal acontecimiento, o del conocimiento profético de Apolo, que puesto que la curación de los cuerpos es una cosa indiferente, y un asunto al alcance no sólo de los buenos, sino también de los malos; y como la presciencia del futuro es también una cosa indiferente —pues el poseedor de la presciencia no manifiesta necesariamente la posesión de la virtud—, debéis mostrar que los que practican la curación o que previeron el futuro no son en modo alguno malvados, sino que exhiben un modelo perfecto de virtud, y no están lejos de ser tenidos por dioses. Pero no podrán mostrar que son virtuosos los que practican el arte de la curación, o que están dotados de presciencia, viéndose que muchos que no eran dignos de vivir se relaciona que fueron curados; y éstos, además, personas que, por llevar vidas impropias, ningún médico sabio desearía curar. Y también en las respuestas del oráculo pítico podéis hallar algunas prescripciones que no están conformes a la razón, dos de las cuales aduciremos en la presente ocasión; a saber, cuando mandó que Cleómedes —el boxeador, supongo— fuera honrado con honores divinos, viendo cierta gran importancia, o alguna otra, adherida a su destreza pugilística, pero no confirió ni a Pitágoras ni a Sócrates los honores que otorgó al pugilato; y también cuando llamó a Arquíloco siervo de las Musas —hombre que empleó sus poderes poéticos en temas de la más malvada y licenciosa naturaleza, y cuyo carácter público era disoluto e impuro—, y le tituló piadoso, por ser siervo de las Musas, que son tenidas por diosas! Ahora bien, inclinóme a pensar que nadie afirmaría que era un hombre piadoso quien no estaba adornado con toda moderación y virtud, o que un hombre decoroso pronunciaría tales expresiones como las contenidas en los indecorosos yambos de Arquíloco. Y si nada que sea divino en sí se muestra pertenecer ni al arte curativo de Asclepio ni al poder profético de Apolo, ¿cómo podría alguien, aun cuando yo concediera que los hechos son como se alega, adorarlos razonablemente como divinidades puras? —y especialmente cuando el espíritu profético de Apolo, puro de todo cuerpo terrestre, entra secretamente por las partes íntimas en la persona de aquella que es llamada la sacerdotisa, mientras está sentada a la boca de la cueva pítica! En cambio, respecto de Jesús y de su poder no tenemos tal noción; porque el cuerpo que nació de la Virgen estaba compuesto de materia humana, y era capaz de recibir heridas humanas y muerte.
III, 26
Veamos qué dice después Celso, cuando aduce de la historia sucesos maravillosos que en sí mismos parecen increíbles, pero que él no desacredita, al menos por lo que se colige de sus palabras. Y, en primer lugar, respecto de Aristeas de Proconeso, de quien habla como sigue: En cuanto a Aristeas de Proconeso, que desapareció de entre los hombres de manera tan indicativa de intervención divina, y que se mostró de nuevo de modo tan inequívoco, y que en muchas ocasiones posteriores visitó muchas partes del mundo y anunció sucesos maravillosos, y a quien Apolo mandó a los habitantes de Metaponto que tuvieran por un dios, nadie le considera dios. Este relato parece haberlo tomado de Píndaro y de Heródoto. Baste, sin embargo, por ahora citar la afirmación de este último autor del cuarto libro de sus historias, que es del tenor siguiente: De qué país era Aristeas, el que compuso estos versos, ya se ha dicho, y ahora relataré el relato que oí de él en Proconeso y Cízico. Dicen que Aristeas, que por nacimiento no era inferior a ninguno de los ciudadanos, entrando en el taller de un batanero en Proconeso, murió de repente, y que el batanero, habiendo cerrado su taller, fue a avisar a los parientes del difunto. Cuando la noticia se hubo difundido por la ciudad de que Aristeas había muerto, cierto cíziceno, que llegaba de Artace, trabó disputa con los que difundían la noticia, afirmando que le había encontrado y conversado con él en su camino a Cízico, y discutía con vehemencia la verdad del informe; pero los parientes del difunto fueron al taller del batanero, llevando consigo lo necesario para llevarse el cuerpo; pero cuando se abrió la casa, Aristeas no se veía por ninguna parte, ni muerto ni vivo. Dicen que después, en el séptimo año, apareció en Proconeso, compuso aquellos versos que los griegos llaman ahora Arimaspeos, y habiéndolos compuesto, desapareció por segunda vez. Tal es la historia corriente en estas ciudades. Pero estas cosas sé que acontecieron a los metapontinos en Italia trescientos cuarenta años después de la segunda desaparición de Aristeas, como descubrí por cálculo en Proconeso y Metaponto. Los metapontinos dicen que el propio Aristeas, habiendo aparecido en su país, les exhortó a erigir un altar a Apolo y a colocar junto a él una estatua con el nombre de Aristeas el proconnesio; pues dijo que Apolo había visitado su país, de entre todos los italianos, solamente a ellos, y que él mismo, que era ahora Aristeas, le acompañó; y que cuando acompañaba al dios era un cuervo; y después de decir esto desapareció. Y los metapontinos dicen que enviaron a Delfos a preguntar al dios qué significaba la aparición del hombre; pero la Pitia les mandó obedecer a la aparición, y que si obedecían redundaría en su beneficio. Ellos, pues, habiendo recibido esta respuesta, cumplieron las prescripciones. Y ahora, una estatua con el nombre de Aristeas está colocada junto a la imagen de Apolo, y alrededor de ella se plantan laureles: la imagen está colocada en la plaza pública. Esto es cuanto respecta a Aristeas.
III, 27
Ahora, en respuesta a este relato de Aristeas, hemos de decir que, si Celso lo hubiera aducido como historia, sin significar su propio asentimiento a su verdad, de otra manera habríamos respondido a su argumento. Pero como afirma que desapareció por intervención de la divinidad, y se mostró de nuevo de manera inequívoca, y visitó muchas partes del mundo, y hizo anuncios maravillosos; y, además, que hubo un oráculo de Apolo que mandaba a los metapontinos tratar a Aristeas como a un dios, presenta los relatos referentes a él como apoyados en su propia autoridad y con su pleno asentimiento. Y (siendo esto así), preguntamos: ¿cómo es posible que, suponiendo que las maravillas referidas por los discípulos de Jesús acerca de su Maestro son enteramente ficticias, y censurando a los que en ellas creen, tú, oh Celso, no consideres estos relatos tuyos como productos de prestidigitación o invenciones? ¿Y cómo, mientras acusas a otros de una creencia irracional en las maravillas que se cuentan de Jesús, puedes mostrarte justificado en dar crédito a semejante afirmación como la anterior, sin producir prueba o evidencia alguna de que los sucesos alegados hayan tenido lugar? ¿O es que Heródoto y Píndaro te parecen decir la verdad, mientras que aquellos que hicieron de ello su preocupación morir por la doctrina de Jesús, y que dejaron a sus sucesores escritos tan notables sobre las verdades en que creían, se embarcaron, por causa de ficciones (como tú las consideras), de mitos y de prestidigitaciones, en una lucha que acarrea una vida de peligro y una muerte violenta? Colócate, pues, como parte neutral, entre lo que se refiere de Aristeas y lo que se cuenta de Jesús, y mira si, por el resultado, y por los beneficios que han derivado de la reforma de las costumbres y del culto del Dios que está sobre todas las cosas, no es lícito concluir que debemos creer que los sucesos referidos de Jesús no acontecieron sin la intervención divina, pero que esto no fue así en el caso del relato de Aristeas el proconnesio.
III, 28
Forque ¿con qué fin obró la providencia las maravillas referidas de Aristeas? ¿Y para conferir qué beneficio al género humano tuvieron lugar sucesos tan notables, según tú los consideras? No puedes responderlo. Pero nosotros, cuando referimos los sucesos de la historia de Jesús, tenemos no una defensa ordinaria que ofrecer de su acaecimiento, a saber: que Dios quiso recomendar la doctrina de Jesús como una doctrina destinada a salvar a los hombres, y que se fundó, en verdad, sobre los apóstoles como fundamentos del edificio naciente del cristianismo, pero que creció también en magnitud en las edades siguientes, en las cuales no son pocas las curas obradas en el nombre de Jesús, y han tenido lugar ciertas otras manifestaciones de no escasa importancia. Ahora bien, ¿qué clase de ser es Apolo, que mandó a los metapontinos tratar a Aristeas como a un dios? ¿Y con qué objeto hace esto? ¿Y qué ventaja procuraba a los metapontinos de este culto divino, si habían de considerar como a un dios a quien hace poco era mortal? Y sin embargo, las recomendaciones de Apolo (a quien nosotros consideramos un demonio que ha obtenido el honor de las libaciones y de los olores sacrificiales) acerca de este Aristeas te parecen dignas de consideración; mientras que las del Dios de todas las cosas, y de sus santos ángeles, anunciadas de antemano por los profetas — no después del nacimiento de Jesús, sino antes de que apareciera entre los hombres — no te mueven a admiración, no sólo de los profetas que recibieron el Espíritu Divino, sino también de Aquel que fue el objeto de sus predicciones, cuya entrada en la vida fue predicha con tanta claridad muchos años antes por numerosos profetas, que todo el pueblo judío, que estaba pendiente en expectación de la venida de Aquel que era esperado, después del advenimiento de Jesús cayó en viva disputa entre sí; y que una gran multitud de ellos reconoció a Cristo, y creyó que Él era el objeto de la profecía, mientras otros no creyeron en Él, sino que, despreciando la mansedumbre de los que, a causa de la enseñanza de Jesús, no querían causar ni la más mínima sedición, se atrevieron a infligir a Jesús aquellas crueldades que sus discípulos han registrado con tanta veracidad y franqueza, sin omitir solapadamente de su admirable historia de Él lo que parece a la multitud acarrear deshonra a la doctrina del cristianismo. Pero tanto Jesús mismo como sus discípulos deseaban que sus seguidores creyesen no meramente en su divinidad y milagros, como si no hubiera sido también partícipe de la naturaleza humana, y hubiera asumido la carne humana que concupisce contra el espíritu; sino que veían también que el poder que había descendido en la naturaleza humana, y en medio de las miserias humanas, y que había asumido un alma y un cuerpo humanos, contribuía, mediante la fe, juntamente con sus elementos divinos, a la salvación de los creyentes, cuando éstos ven que de Él comenzó la unión de la naturaleza divina con la humana, a fin de que lo humano, por comunión con lo divino, llegara a ser divino, no sólo en Jesús, sino en todos aquellos que no sólo creen, sino que entran en la vida que Jesús enseñó, y que eleva a la amistad con Dios y a la comunión con Él a todo aquel que vive según los preceptos de Jesús.
III, 29
Según Celso, pues, Apolo quiso que los metapontinos trataran a Aristeas como a un dios. Pero como los metapontinos consideraron que las pruebas de que Aristeas era un hombre —y probablemente no un hombre virtuoso— eran más fuertes que la declaración del oráculo en el sentido de que era un dios o digno de honores divinos, no quisieron por eso obedecer a Apolo, y en consecuencia nadie consideró a Aristeas como un dios. Pero con respecto a Jesús diríamos que, como era de provecho para el género humano aceptarle como el Hijo de Dios —Dios venido en un alma y un cuerpo humanos—, y como esto no parecía provechoso para las glotonas apetencias de los demonios que aman los cuerpos, ni para aquellos que por ello los tienen por dioses, los demonios que están en la tierra (que son tenidos por dioses por aquellos que no están instruidos en la naturaleza de los demonios), y también sus adoradores, deseaban impedir la difusión de la doctrina de Jesús; pues veían que las libaciones y los olores en los que con avidez se deleitaban estaban siendo arrasados por el predominio de las instrucciones de Jesús. Pero el Dios que envió a Jesús disipó todas las conjuraciones de los demonios, e hizo que el Evangelio de Jesús prevaleciera por todo el mundo para la conversión y reforma de los hombres, y hizo que en todas partes se establecieran Iglesias en oposición a las de los hombres supersticiosos, licenciosos y malvados; pues tal es el carácter de las multitudes que constituyen los ciudadanos en las asambleas de las diversas ciudades. En cambio, las Iglesias de Dios, que son instruidas por Cristo, cuando se las contrasta cuidadosamente con las asambleas de los distritos en que se hallan situadas, son como lumbreras en el mundo; pues ¿quién no admitiría que aun los miembros inferiores de la Iglesia, y aquellos que en comparación con los mejores son menos dignos, son, sin embargo, más excelentes que muchos de los que pertenecen a las asambleas de los distintos distritos?
III, 30
La iglesia de Dios, por ejemplo, la que está en Atenas, es un cuerpo manso y estable, por ser uno que desea agradar a Dios, que está sobre todas las cosas; mientras que la asamblea de los atenienses es dada a la sedición, y no puede en modo alguno compararse con la Iglesia de Dios en aquella ciudad. Y lo mismo puede decirse de la Iglesia de Dios en Corinto y de la asamblea del pueblo corintio; y también de la Iglesia de Dios en Alejandría y de la asamblea del pueblo de Alejandría. Y si quien oye esto es un hombre íntegro, y que investiga las cosas con deseo de averiguar la verdad, se llenará de admiración ante Aquel que no sólo concibió el designio, sino que también pudo lograr que en todos los lugares se establecieran Iglesias de Dios junto a las asambleas del pueblo en cada ciudad. De manera semejante, también, al comparar el consejo de la Iglesia de Dios con el consejo de cualquier ciudad, hallarías que ciertos consejeros de la Iglesia son dignos de gobernar en la ciudad de Dios, si es que existe alguna tal ciudad en el mundo entero; mientras que los consejeros en todos los demás lugares no muestran en su carácter cualidad alguna digna de la superioridad convencional que parecen disfrutar sobre sus conciudadanos. Y así también debes comparar al gobernante de la Iglesia en cada ciudad con el gobernante del pueblo de la ciudad, para observar que aun entre aquellos consejeros y gobernantes de la Iglesia de Dios que se quedan muy cortos de su deber, y que llevan vidas más indolentes que otros más enérgicos, es posible, sin embargo, descubrir una superioridad general en lo que concierne al progreso de la virtud sobre el carácter de los consejeros y gobernantes de las diversas ciudades.
Comentario editorial · Ekklesía: la Iglesia y la asamblea
En griego, «Iglesia» y «asamblea» son la misma palabra, ekklēsía: así se llamaba la asamblea de los ciudadanos de Atenas, que decidía la guerra y las leyes (Wikipedia), y así se llama la comunidad cristiana. Orígenes juega con ella. Compara la Iglesia de Dios de cada ciudad —Atenas, Corinto, Alejandría— con la asamblea del pueblo de esa ciudad, el consejo de la Iglesia con el consejo de la ciudad y a quien la gobierna con el gobernante, y concluye que los cristianos ganan en mansedumbre y estabilidad. La comparación presenta a la Iglesia como una ciudad dentro de la ciudad, con su asamblea, su consejo y sus magistrados (lectura del editor).
Para ampliar: Ecclesia (ancient Greece) (Wikipedia (en))
III, 31
Ahora si estas cosas son así, ¿por qué no sería conforme a la razón sostener, con respecto a Jesús, que fue capaz de efectuar resultados tan grandes, que habitaba en Él una divinidad nada ordinaria? Mientras que este no era el caso ni con Aristeas el proconnesio (aunque Apolo querría que se le tuviera por dios), ni con los demás individuos enumerados por Celso cuando dice: Nadie considera dios a Abaris el Hiperbóreo, que poseía tal poder como para ser transportado como una flecha disparada de un arco. Pues ¿con qué objeto la divinidad que otorgó a este Hiperbóreo Abaris el poder de ser llevado como una flecha, le confirió semejante don? ¿Fue para que el género humano se beneficiara de ello, u obtuvo él mismo alguna ventaja de la posesión de tal poder? — suponiendo siempre que se conceda que estas afirmaciones no son del todo invenciones, sino que la cosa aconteció realmente mediante la cooperación de algún demonio. Pero si se registra que mi Jesús fue recibido en la gloria, percibo el designio divino en tal acto, a saber: que Dios, quien lo llevó a cabo, recomienda de este modo al Maestro ante los que lo presenciaron, a fin de que, como hombres que no disputan por doctrina humana, sino por enseñanza divina, se consagren cuanto puedan al Dios que está sobre todas las cosas, y hagan todas las cosas para agradarle, como quienes han de recibir en el juicio divino la recompensa del bien o del mal que obraron en esta vida.
III, 32
Pero o Celso menciona a continuación el caso del claomenio, añadiendo a la historia acerca de él esta observación: ¿No cuentan que su alma salía con frecuencia de su cuerpo y vagaba en forma incorpórea? Y, sin embargo, los hombres no lo tuvieron por dios, hemos de responder que probablemente ciertos demonios malvados maquinaron que tales afirmaciones se pusieran por escrito (pues no creo que maquinaran que tal cosa ocurriera realmente), a fin de que las predicciones acerca de Jesús y los discursos pronunciados por Él fueran o bien malhablados, como invenciones semejantes a éstas, o bien no excitaran sorpresa alguna, por no ser más notables que otros acontecimientos. Pero mi Jesús dijo respecto de su propia alma (que se separó del cuerpo, no en virtud de necesidad humana alguna, sino por el poder milagroso que se le dio también para esto): Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Porque, como tuvo poder para ponerla, la puso cuando dijo: Padre, ¿por qué me has desamparado? Y cuando hubo clamado a gran voz, expiró, anticipándose a los verdugos públicos de los crucificados, que quiebran las piernas de las víctimas, y lo hacen para que su suplicio no se prolongue más. Y tomó de nuevo su vida cuando se manifestó a sus discípulos, habiendo predicho delante de ellos a los judíos incrédulos: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré de nuevo; y esto lo decía del templo de su cuerpo; los profetas, además, predijeron tal resultado en muchos otros pasajes de sus escritos, y en éste: Reposará asimismo mi carne en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.
III, 33
Celso, sin embargo, muestra que ha leído no pocas historias griegas, cuando cita además lo que se cuenta de Cleómedes de Astipalea, quien, según refiere, entró en un arca, y aunque fue encerrado dentro de ella, no fue hallado en ella, sino que, mediante cierto designio de la divinidad, salió volando, cuando ciertas personas hubieron abierto el arca para aprehenderlo. Ahora bien, esta historia, si es una invención, como parece serlo, no puede compararse con lo que se refiere de Jesús, pues en la vida de tales hombres no se encuentra indicio alguno de que poseyeran la divinidad que se les atribuye; mientras que la divinidad de Jesús está establecida tanto por la existencia de las Iglesias de los salvados, como por las profecías pronunciadas acerca de Él, y por las curaciones obradas en su nombre, y por la sabiduría y la ciencia que hay en Él, y las verdades más profundas que descubren quienes saben ascender desde una fe sencilla e investigar el sentido que yace en las divinas Escrituras, conforme a los preceptos de Jesús, que dijo: Escudriñad las Escrituras, y al deseo de Pablo, que enseñó que debemos saber responder a cada uno; y también de aquel que dijo: Estad siempre preparados para presentar defensa a todo el que os demande razón de la fe que hay en vosotros. Si, sin embargo, desea que se le conceda que no es una ficción, que demuestre con qué objeto este poder sobrenatural lo hizo, mediante cierto designio de la divinidad, huir del arca. Porque si aduce alguna razón digna de consideración, y señala algún propósito digno de Dios en conferir tal poder a Cleómedes, decidiremos la respuesta que debemos dar; pero si no acierta a decir nada convincente sobre el punto, claramente porque ninguna razón puede descubrirse, entonces o bien hablaremos con desdén de la historia ante quienes no la han aceptado, y la acusaremos de falsa, o bien diremos que algún poder demoníaco, arrojando un encantamiento sobre los ojos, produjo, en el caso del astipalense, un resultado semejante al que producen los que ejecutan trampas de prestidigitador, mientras Celso cree que, respecto de él, ha hablado como un oráculo, cuando dijo que por algún designio divino salió volando del arca.
III, 34
Yo soy, sin embargo, de opinión de que estos individuos son los únicos casos que Celso conocía. Y sin embargo, para parecer que pasa por alto voluntariamente otros casos semejantes, dice: Y podría nombrar a muchos otros del mismo género. Concédaseme, pues, que hayan existido muchos tales personajes que no conferieron beneficio alguno al género humano: ¿qué se hallará que importen cada uno de sus actos en comparación con la obra de Jesús y los milagros que de Él se refieren, de los cuales ya hemos hablado con bastante extensión? Imagina a continuación que, al adorar a quien, según él dice, fue apresado y puesto a muerte, obramos como los getas que adoran a Zamolxis, y los cilicios que adoran a Mopso, y los acarnanios que rinden honores divinos a Anfíloco, y como los tebanos que hacen lo mismo con Anfiarao, y los lebadeos con Trofonio. Ahora bien, en estos casos demostraremos que nos ha comparado con los mencionados sin fundamento alguno. Porque aquellas diversas tribus erigieron templos y estatuas a los individuos arriba enumerados, mientras que nosotros nos hemos abstenido de ofrecer a la Divinidad honor por tales medios (viniendo éstos a ser más bien propios de los demonios, los cuales de algún modo están fijos en cierto lugar que prefieren a cualquier otro, o que toman su morada, por así decirlo, tras ser trasladados de un lugar a otro mediante ciertos ritos y encantamientos), y estamos perdidos en reverente admiración ante Jesús, quien ha retraído nuestras mentes de todas las cosas sensibles, por ser no sólo corruptibles, sino destinadas a la corrupción, y las ha elevado a honrar al Dios que está sobre todas las cosas con oraciones y una vida justa, lo cual le ofrecemos como a quien es intermediario entre la naturaleza de lo increado y la de todas las cosas creadas, y quien nos concede los beneficios que proceden del Padre, y quien como Sumo Sacerdote eleva nuestras oraciones al Dios supremo.
III, 35
Pero yo quisiera responder, en conversación, con observaciones como las siguientes a quien, por razón que ignoramos, aduce afirmaciones como las anteriores, observaciones que no parecen inadecuadas para él. ¿Son, pues, seres inexistentes las personas que has mencionado, y no hay poder alguno en Lebadea relacionado con Trofonio, ni en Tebas con el templo de Anfiarao, ni en Acarnania con Anfíloco, ni en Cilicia con Mopso? ¿O hay en tales personas algún ser, ya un demonio, ya un héroe, o incluso un dios, que obra obras que están fuera del alcance del hombre? Porque si responde que nada hay en estos individuos, ni demoníaco ni divino, más que en otros, que declare en seguida su propia opinión, como siendo la de un epicúreo, y de uno que no sostiene las mismas opiniones que los griegos, y que ni reconoce demonios ni adora dioses como los griegos; y quede demostrado que en vano adujo los ejemplos enumerados anteriormente (como si creyera que eran verdaderos), junto con los que añade en las páginas siguientes. Pero si ha de afirmar que las personas de que se habla son demonios, o héroes, o incluso dioses, advierta que establecerá, por lo que ha admitido, un resultado que no desea, a saber, que Jesús también fue algún ser semejante; por lo cual, también, pudo demostrar a no pocos que había bajado de Dios a visitar al género humano. Y si una vez admite esto, vea si no se verá forzado a confesar que Él es más poderoso que aquellos individuos con quienes lo clasificó, puesto que ninguno de éstos prohíbe que se ofrezca honor a los otros; mientras que Él, confiando en sí mismo, por ser más poderoso que todos aquellos otros, prohíbe que sean recibidos como divinos por ser demonios malvados, que se han apoderado de lugares de la tierra, por no poder elevarse a la región más pura y más divina, adonde no pueden llegar las groserías de la tierra y sus incontables males.