IV, 87
Concédase, sin embargo, que hay otros profylácticos contra los venenos conocidos de los animales: ¿qué aprovecha eso para demostrar que no es la naturaleza, sino la razón, la que conduce al descubrimiento de tales cosas entre ellos? Porque si la razón fuera la descubridora, esta sola cosa (o, si queréis, una o dos más) no sería (con exclusión de todas las demás) el único descubrimiento hecho por las serpientes, y otra cosa el único descubrimiento del águila, y así con los demás animales; sino que tantos descubrimientos se habrían hecho entre ellos como entre los hombres. Pero ahora es manifiesto, por la inclinación determinada de la naturaleza de cada animal hacia ciertos tipos de auxilio, que éstos no poseen ni sabiduría ni razón, sino una tendencia natural constitucional implantada por el Verbo hacia tales cosas, a fin de asegurar la conservación del animal. Y, en efecto, si quisiera disputar con Celso en estas materias, podría citar las palabras de Salomón del libro de los Proverbios, que dicen así: Son cuatro cosas pequeñas en la tierra, pero son más sabias que los sabios: Las hormigas, pueblo sin fuerza, y sin embargo preparan en el verano su comida; los conejos, pueblo débil, y sin embargo ponen su casa en la roca; las langostas no tienen rey, y sin embargo salen todas en orden; y la lagartija, aunque se apoya en sus manos y es fácilmente capturada, habita en las fortalezas de los reyes. No cito, sin embargo, estas palabras tomándolas en su significación literal, sino que, conforme al título del libro (pues está inscrito Proverbios), las investigo como contenedoras de un sentido secreto. Porque es costumbre de estos escritores (de la Escritura) distribuir en muchas clases aquellos escritos que expresan un solo sentido cuando se toman literalmente, pero que transmiten una significación distinta como sentido oculto; y uno de estos géneros de escritura son los Proverbios. Y por esta razón, también en nuestros Evangelios se describe a nuestro Salvador diciendo: Estas cosas os he hablado en proverbios; pero viene la hora cuando ya no os hablaré por proverbios. No son, pues, las hormigas visibles las que son más sabias aun que los sabios, sino aquellos que son señalados como tales bajo el estilo proverbial de expresión. Y tal ha de ser nuestra conclusión respecto del resto de la creación animal, aunque Celso considera los libros de los judíos y los cristianos como sumamente simples y vulgares, e imagina que quienes les dan una interpretación alegórica hacen violencia al sentido de los escritores. Por lo que hemos dicho, pues, quede demostrado que Celso nos calumnia en vano, y que sus afirmaciones de que las serpientes y las águilas son más sabias que los hombres reciban también su refutación.
IV, 88
Y deseando mostrar con mayor extensión que ni aun los pensamientos acerca de Dios que ha concebido el género humano son superiores a los de todas las demás criaturas mortales, sino que ciertos animales irracionales son capaces de pensar en Aquel acerca del cual han existido opiniones tan discordantes entre los más agudos de los hombres —griegos y bárbaros—, continúa así: Si, porque el hombre ha podido aprehender la idea de Dios, es considerado superior a los demás animales, sepan los que sostienen esta opinión que muchos de los demás animales reclamarán también esta capacidad; y con razón: pues ¿qué sostendría nadie que sea más divino que el poder de preconocer y predecir los acontecimientos futuros? Los hombres, por consiguiente, adquieren este arte de los demás animales, y especialmente de las aves. Y quienes atienden a las indicaciones que éstas suministran, se ven poseídos del don de profecía. Si, pues, las aves, y los demás animales proféticos, que por el don de Dios pueden preconocer los acontecimientos, nos instruyen por medio de señales, tanto más cerca parecen estar de la sociedad de Dios, y dotados de mayor sabiduría, y más amados por Él. Los hombres más inteligentes, además, dicen que los animales celebran reuniones más sagradas que nuestras asambleas, y que saben lo que en ellas se dice, y demuestran que en realidad poseen este conocimiento, cuando, habiendo declarado previamente que las aves manifestaron su intención de partir hacia cierto lugar determinado, y de hacer esto o aquello, la verdad de sus afirmaciones queda establecida por la partida de las aves hacia el lugar en cuestión, y por el hecho de hacer lo que se había predicho. Y ninguna raza de animales parece guardar más fielmente los juramentos que los elefantes, ni mostrar mayor devoción hacia las cosas divinas; y esto, supongo, únicamente porque tienen algún conocimiento de Dios. Ved aquí ahora cómo se apodera de una vez, y aduce como hechos reconocidos, cuestiones que son objeto de disputa entre aquellos filósofos, no sólo entre los griegos, sino también entre los bárbaros, que o bien han descubierto, o bien han aprendido de ciertos demonios algunas cosas acerca de las aves augurales y de otros animales, mediante las cuales, según se dice, se transmiten a los hombres ciertas intimaciones proféticas. Porque, en primer lugar, se ha disputado si existe un arte de la auguración y, en general, un método de adivinación por medio de los animales, o si no existe. Y, en segundo lugar, quienes admiten que hay un arte de adivinación por las aves no están de acuerdo acerca del modo de la adivinación; pues algunos sostienen que es de ciertos demonios o dioses de la adivinación de donde los animales reciben sus impulsos a la acción —las aves hacia vuelos y sonidos de diversas clases, y los demás animales hacia movimientos de uno u otro tipo—. Otros, en cambio, creen que sus almas son más divinas por su naturaleza, y aptas para operaciones de esa clase, lo cual es una suposición harto increíble.
IV, 89
Celso, sin embargo, viendo que deseaba demostrar por las afirmaciones precedentes que los animales irracionales son más divinos e inteligentes que los seres humanos, debía haber establecido con mayor extensión la existencia real de tal arte de adivinación, y en segundo lugar haber emprendido enérgicamente su defensa, y refutado eficazmente los argumentos de quienes aniquilan tales artes de adivinación, y haber derribado de manera convincente también los argumentos de quienes dicen que es de los demonios o de los dioses de donde los animales reciben los impulsos que los conducen a la adivinación, y haber probado, en lugar siguiente, que el alma de los animales irracionales es más divina que la del hombre. Porque, si lo hubiera hecho así, y hubiera manifestado un espíritu filosófico al tratar tales cosas, nosotros habríamos atendido, en la medida de nuestras fuerzas, sus afirmaciones confiadas, refutando en primer lugar la afirmación de que los animales irracionales son más sabios que los hombres, y mostrando la falsedad del aserto de que tienen ideas de Dios más sagradas que las nuestras, y de que celebran entre sí ciertas asambleas sagradas. Pero ahora, por el contrario, él, que nos acusa porque creemos en el Dios Altísimo, nos exige que creamos que las almas de las aves albergan ideas de Dios más divinas y distintas que las de los hombres. Y si esto es verdad, las aves tienen ideas de Dios más claras que el propio Celso; y no es de extrañar que así sea en él, quien deprecia tanto a los seres humanos. Antes bien, en cuanto Celso puede hacer aparecer, las aves poseen ideas más grandiosas y más divinas que, no digo nosotros los cristianos, ni los judíos, que usan las mismas Escrituras que nosotros, sino aun las que poseen los teólogos entre los griegos, pues ellos eran sólo seres humanos. Según Celso, en efecto, la tribu de las aves que practican la adivinación, por supuesto, ¡entienden la naturaleza del Ser Divino mejor que Ferécides, y Pitágoras, y Sócrates y Platón! Deberíamos, pues, ir a las aves como a nuestros maestros, a fin de que, así como, según la opinión de Celso, nos instruyen por su poder de adivinación en el conocimiento de los acontecimientos futuros, así también libren a los hombres de las dudas acerca del Ser Divino, comunicándoles las ideas claras que ellas han obtenido respecto de Él. Se sigue, por consiguiente, que Celso, que considera a las aves superiores a los hombres, debería emplearlas como sus instructoras, y no a alguno de los filósofos griegos.
IV, 90
Pero tenemos que hacer algunas observaciones sobre estas afirmaciones de Celso — algunas entre otras muchas —, a fin de mostrar la ingratitud hacia su Creador que entraña el que él sostenga estas opiniones falsas. Porque Celso, aunque es un hombre y está en honor, no posee entendimiento, y por eso no se comparó con las aves y los demás animales irracionales, a los que considera capaces de adivinar; sino que, cediéndoles el primer lugar, se envileció a sí mismo, y hasta donde pudo a todo el género humano junto con él (como si tuviera ideas de Dios más bajas e inferiores que las de los animales irracionales), por debajo de los egipcios, que adoran a los animales irracionales como divinidades. Sea, sin embargo, el punto principal de la investigación este: si existe o no en realidad un arte de la adivinación por medio de las aves y de otros seres vivientes a los que se atribuye tal poder. Porque los argumentos que tienden a establecer una u otra opinión no han de ser despreciados. Por una parte, se nos apremia a no admitir tal arte, no sea que el ser racional abandone los oráculos divinos y acuda a las aves; y, por otra, está el enérgico testimonio de muchos, según el cual numerosas personas se han salvado de los mayores peligros confiando en la adivinación por las aves. Por ahora, sin embargo, concedamos que existe un arte de la adivinación, para que yo pueda mostrar así a los que están prevenidos en esta materia que, si esto se admite, la superioridad del hombre sobre los animales irracionales, incluso sobre aquellos que están dotados de poder de adivinación, es grande, y está más allá de toda comparación con estos. Tenemos, pues, que decir que si en ellos hubiera alguna naturaleza divina capaz de predecir los acontecimientos futuros, y tan rica (en ese conocimiento) que, de su superabundancia, los diera a conocer a cualquier hombre que deseara conocerlos, es manifiesto que conocerían mucho antes lo que les concernía a ellos mismos (que lo que concernía a otros); y, si hubieran poseído este conocimiento, se habrían guardado de volar hacia cualquier lugar donde los hombres hubieran plantado lazos y redes para cazarlos, o donde los arqueros apuntaran y dispararan contra ellos en pleno vuelo. Y, sobre todo, si las águilas supieran de antemano las tramas urdidas contra sus crías, ya por las serpientes que trepan hasta sus nidos y las destruyen, ya por los hombres que las toman para su diversión, o para cualquier otro fin o servicio útil, no habrían puesto a sus crías en un lugar donde habían de ser atacadas; y, en general, ninguno de estos animales habría sido capturado por los hombres, porque eran más divinos e inteligentes que ellos.
IV, 91
Pero además, si las aves augurales conversan entre sí, como Celso sostiene que lo hacen, teniendo las aves proféticas una naturaleza divina, y teniendo también los demás animales irracionales ideas de la divinidad y presciencia de los acontecimientos futuros; y si hubieran comunicado este conocimiento a otros, el gorrión mencionado en Homero no habría construido su nido en el lugar donde una serpiente había de devorarla a ella y a sus crías, ni habría dejado la serpiente, en los escritos del mismo poeta, de tomar precauciones contra ser capturada por el águila. Porque este admirable poeta dice, en su poema, respecto de la primera: —
Un dragón terrible lanzóse, de siniestro agüero;Del mismo Júpiter la señal espantosa fue enviada.Recto hacia el árbol enrolló sus sanguinosos anillos,y en muchos pliegues tortuosos se enroscó a su alrededor.La rama más alta poseíala una madre alada;ocho tiernos polluelos llenaban el musgoso nido;ella era la novena: la serpiente, al alzarse,extendió sus negras fauces y quebrantó a las crías moribundas;mientras, revolando cerca, con miserable gemido,la afligida madre lloraba a sus hijos perdidos.A la madre al fin, cuando en torno al nido volaba,asida por el ala batiente, el monstruo dio muerte:y él tampoco sobrevivió largo tiempo: vuelto en mármol, se yergueprodigio perdurable en las arenas de Aulis.Tal fue la voluntad de Júpiter; y por eso osamosfiarnos de su augurio y sostener la guerra.
Y respecto del segundo —el ave— dice el poeta: —
El ave de Júpiter, con resonantes alas, batió los cielos;una serpiente sangrienta de enorme tamañoenredó en sus garras; viva, y enroscándose en torno,hirió al ave, cuya garganta recibió la herida.Loco por el dolor, suelta la presa fatal,y en aéreos círculos prosigue penoso su vuelo,en los vientos y desgarra el cielo con gritos;en medio del ejército, la serpiente caída yace.Ellos, pálidos de terror, contemplan sus anillos desplegados,y con palpitantes corazones miran el portento de Júpiter.
¿Poseía, pues, el águila el poder de la adivinación, y no la serpiente (puesto que este animal también es utilizado por los augures)? Pero como esta distinción puede ser fácilmente refutada, ¿no podrá refutarse también la afirmación de que ambos eran capaces de adivinar? Porque si la serpiente hubiera poseído este conocimiento, ¿no se habría guardado de sufrir lo que sufrió a manos del águila? Y pueden hallarse innumerables otros ejemplos de carácter semejante, que muestran que los animales no poseen alma profética, sino que, según el poeta y la mayoría de los hombres, es el mismo Olímpico quien lo envió a la luz. Y es con un sentido simbólico que Apolo emplea al halcón como su mensajero, pues el halcón es llamado el veloz mensajero de Apolo.
IV, 92
En mi opinión, sin embargo, es cierto que son demonios perversos, y, por así decirlo, de la raza de los titanes o de los gigantes, quienes han sido culpables de impiedad hacia el Dios verdadero, y hacia los ángeles del cielo, y quienes han caído de él, y que frecuentan las partes más densas de los cuerpos, y frecuentan lugares inmundos sobre la tierra, y que, poseyendo cierto poder de discernir los acontecimientos futuros, porque carecen de cuerpos de material terrestre, se dedican a una ocupación de este género, y deseando apartar al género humano del Dios verdadero, entran secretamente en los cuerpos de los animales más rapaces y salvajes y perversos, y los incitan a hacer lo que ellos quieren, y cuando ellos quieren: ya sea volviendo las fantasías de estos animales hacia vuelos y movimientos de diversas clases, a fin de que los hombres sean atrapados por el poder adivinatorio que hay en los animales irracionales, y descuiden buscar al Dios que contiene todas las cosas; ya sea para que, buscando la pura adoración de Dios, dejen que sus facultades racionales se arrastren por la tierra, y entre aves y serpientes, e incluso zorros y lobos. Porque han observado los que son peritos en tales asuntos, que los pronósticos más claros se obtienen de animales de esta clase; pues los demonios no pueden obrar con tanta eficacia en los animales más mansos como en estos, a causa de la semejanza que entre ellos existe en cuanto a la maldad; y sin embargo no es maldad, sino algo semejante a la maldad, lo que existe en estos animales.
IV, 93
Por lo cual, todo lo demás que haya en los escritos de Moisés que excite mi admiración, diría que lo siguiente es digno de admiración, a saber: que Moisés, habiendo observado las naturalezas variables de los animales, y habiendo aprendido de Dios lo que era peculiar a ellos, y a los demonios que son consanguíneos de cada uno de los animales, o habiendo averiguado él mismo estas cosas por su propia sabiduría, al ordenar las diferentes clases de animales, ha declarado inmundos todos aquellos que, según suponen los egipcios y el resto de la humanidad, poseen el poder de la adivinación, y, como regla general, limpios todos los que no son de esa clase. Y entre los animales inmundos mencionados por Moisés están el lobo, y el zorro, y la serpiente, y el águila, y el halcón, y otros semejantes. Y, hablando en general, hallaréis que no solo en la ley, sino también en los profetas, estos animales son empleados como ejemplos de todo lo más perverso; y que nunca se menciona un lobo o un zorro para un buen propósito. Cada especie de demonio, por consiguiente, parecería poseer cierta afinidad con cierta especie de animal. Y como entre los hombres hay algunos que son más fuertes que otros, y esto en nada se debe a su carácter moral, así, de la misma manera, algunos demonios serán más poderosos en las cosas indiferentes que otros; y una clase de ellos emplea una clase de animal con el fin de engañar a los hombres, conforme a la voluntad de aquel que es llamado en nuestras Escrituras el príncipe de este mundo, mientras otros predicen los acontecimientos futuros por medio de otra clase de animal. Observad, además, a qué grado de maldad proceden los demonios, de modo que ¡asumen incluso los cuerpos de las comadrejas para revelar el futuro! Y ahora, considerad con vosotros mismos si es mejor aceptar la creencia de que es el Dios Supremo y su Hijo quien incita a las aves y a las demás criaturas vivientes a la adivinación, o que aquellos que incitan a estas criaturas, y no a los seres humanos (aunque están presentes ante ellos), son perversos, y, como son llamados por nuestras Escrituras, demonios inmundos.
IV, 94
Pero si el alma de las aves ha de ser tenida por divina porque por ellas se predicen los acontecimientos futuros, ¿por qué no sostener más bien que, cuando los hombres aceptan los augurios, divinas son las almas de aquellos por quienes se oyen los augurios? En consecuencia, entre tales serían contadas la esclava mencionada por Homero, que molía el grano, cuando dijo respecto a los pretendientes: —
Por última vez, ahora, cenarán aquí.
Esta esclava, pues, era divina, mientras que el gran Ulises, el amigo de la Palas Atenea de Homero, no era divino, sino que, comprendiendo las palabras pronunciadas por esta divina moledora de grano como un augurio, se regocijó, como dice el poeta: —
El divino Ulises se regocijó ante el augurio.
Observad, ahora, que si las aves poseen un alma divina y son capaces de percibir a Dios, o, como dice Celso, a los dioses, es claro que también nosotros los hombres, cuando estornudamos, lo hacemos en virtud de cierta divinidad que hay en nosotros y que comunica a nuestra alma un poder profético. Porque esta creencia es atestiguada por muchos testigos, y por eso dice también el poeta: —
Y mientras oraba, estornudó.
Y también Penélope dijo: —
¿No percibís que a cada palabra estornudaba mi hijo?
IV, 95
El verdadero Dios, sin embargo, no emplea ni animales irracionales ni individuos cualesquiera que el azar ofrezca para comunicar el conocimiento del porvenir; sino, por el contrario, a las almas humanas más puras y santas, a las cuales inspira y dota de poder profético. Y por eso, todo lo demás que en los escritos de Moisés pueda excitar nuestra admiración, lo siguiente debe ser considerado como digno de hacerlo: No practicaréis agüeros, ni observaréis el vuelo de las aves; y en otro lugar: Porque las naciones que el Señor vuestro Dios destruirá de delante de vosotros escucharán a los agoreros y a los adivinos; mas a vosotros no os ha concedido el Señor vuestro Dios hacerlo así. Y añade: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de en medio de vuestros hermanos. Y en una ocasión, además, Dios, queriendo apartar (a su pueblo) por medio de un augur de la práctica de la adivinación, hizo que el espíritu que estaba en el augur hablase así: Porque no hay encantamiento en Jacob, ni adivinación en Israel. A su tiempo será declarado a Jacob y a Israel lo que el Señor hará. Y ahora, nosotros que conocemos estos dichos y otros semejantes deseamos observar este precepto según el sentido místico, a saber: Guarda tu corazón con toda diligencia, para que nada de naturaleza demoníaca entre en nuestras mentes, ni ningún espíritu de nuestros adversarios torne nuestra imaginación adonde le place. Mas oramos para que la luz del conocimiento de la gloria de Dios resplandezca en nuestros corazones, y para que el Espíritu de Dios more en nuestras imaginaciones y las conduzca a contemplar las cosas de Dios; porque cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
IV, 96
Debemos advertir sin embargo, que el poder de prever el porvenir no es de ningún modo prueba de divinidad; porque en sí misma es una cosa indiferente, y se encuentra tanto en los buenos como en los malos. Los médicos, por lo menos, por medio de su destreza profesional prevén ciertas cosas, aunque su carácter pueda resultar malo. Y de la misma manera también los pilotos, aunque quizá hombres malvados, pueden predecir las señales (de buen o mal tiempo), y la aproximación de violentas tempestades de viento, y los cambios atmosféricos, porque reúnen este conocimiento de la experiencia y de la observación; aunque no supongo que por eso alguien los llame dioses si sus caracteres resultaren ser malos. Es, pues, falsa la afirmación de Celso cuando dice: ¿Qué podría llamarse más divino que el poder de prever y predecir el porvenir? Y falsa es también ésta: que muchos de los animales pretenden tener ideas de Dios; porque ninguno de los animales irracionales posee idea alguna de Dios. Y enteramente falsa es también su afirmación de que los animales irracionales están más cerca de la sociedad de Dios (que los hombres), siendo así que aun los hombres que aún están en estado de maldad, por grande que sea su progreso en el conocimiento, están muy lejos de esa sociedad. Son, pues, solamente los verdaderamente sabios y sinceramente religiosos quienes están más cerca de la sociedad de Dios; tales como fueron nuestros profetas, y Moisés, a quien, a causa de su suma pureza, dijo la Escritura: Moisés solo se acercará al Señor, mas los demás no se acercarán.
IV, 97
Cuán impia, en efecto, es la afirmación de este hombre, que nos acusa de impiedad, la de que no sólo los animales irracionales son más sabios que el género humano, ¡sino que son más amados de Dios (que ellos)! ¿Y quién no se apartaría (con horror) de prestar atención alguna a un hombre que declarase que una serpiente, un zorro, un lobo, un águila y un halcón eran más amados de Dios que el género humano? Porque se sigue de su sostener tal posición que, si estos animales son más amados de Dios que los seres humanos, es manifiesto que son más queridos de Dios que Sócrates, y Platón, y Pitágoras, y Ferécides, y aquellos teólogos cuyas alabanzas había cantado poco antes. Y cabría dirigirle esta plegaria: Si estos animales son más queridos de Dios que los hombres, ¡que tú seas amado de Dios juntamente con ellos, y seas hecho semejante a aquellos que consideras más queridos de Él que los seres humanos! Y nadie suponga que tal plegaria se ofrece a manera de imprecación; porque ¿quién no rogaría por parecerse en todo a aquellos que cree más queridos de Dios que otros, a fin de que él, como ellos, goce del amor divino? Y como Celso desea mostrar que las asambleas de los animales irracionales son más sagradas que las nuestras, atribuye la afirmación en ese sentido no a personas cualesquiera, sino a personas de inteligencia. Pero sólo los virtuosos son verdaderamente sabios, pues ningún malvado lo es. Habla, pues, en el siguiente estilo: Los hombres inteligentes dicen que estos animales celebran asambleas más sagradas que las nuestras, y que saben lo que en ellas se dice, y prueban efectivamente que no carecen de tal conocimiento, cuando anuncian de antemano que las aves han declarado su intención de partir a un lugar determinado, o de hacer esto o aquello, y luego muestran que han partido al lugar en cuestión, y han hecho aquello que fue predicho. Ahora bien, en verdad, ninguna persona de inteligencia refirió jamás tales cosas; ni dijo ningún sabio jamás que las asambleas de los animales irracionales fueran más sagradas que las de los hombres. Pero si, con el propósito de examinar (la solidez de) sus afirmaciones, atendemos a sus consecuencias, es evidente que, en su opinión, las asambleas de los animales irracionales son más sagradas que las del venerable Ferécides, y Pitágoras, y Sócrates, y Platón, y de los filósofos en general; afirmación que no sólo es incongruente en sí misma, sino llena de absurdo. Para que creamos, sin embargo, que ciertos individuos sí aprenden del sonido indistinto de las aves que están por partir, y hacer esto o aquello, y anuncian estas cosas de antemano, diríamos que esta información es impartida a los hombres por los demonios por medio de señales, con el fin de que los hombres sean engañados por los demonios, y de que su entendimiento sea arrastrado desde Dios y el cielo hasta la tierra, y a lugares aún más bajos.
IV, 98
I do not know, moreover, how Celsus could hear of the elephants’ (fidelity to) oaths, and of their great devotedness to our God, and of the knowledge which they possess of Him. For I know many wonderful things which are related of the nature of this animal, and of its gentle disposition. But I am not aware that any one has spoken of its observance of oaths; unless indeed to its gentle disposition, and its observance of compacts, so to speak, when once concluded between it and man, he give the name of keeping its oath, which statement also in itself is false. For although rarely, yet sometimes it has been recorded that, after their apparent tameness, they have broken out against men in the most savage manner, and have committed murder, and have been on that account condemned to death, because no longer of any use. And seeing that after this, in order to establish (as he thinks he does) that the stork is more pious than any human being, he adduces the accounts which are narrated regarding that creature’s display of filial affection in bringing food to its parents for their support, we have to say in reply, that this is done by the storks, not from a regard to what is proper, nor from reflection, but from a natural instinct; the nature which formed them being desirous to show an instance among the irrational animals which might put men to shame, in the matter of exhibiting their gratitude to their parents. And if Celsus had known how great the difference is between acting in this way from reason, and from an irrational natural impulse, he would not have said that storks are more pious than human beings. But further, Celsus, as still contending for the piety of the irrational creation, quotes the instance of the Arabian bird the phœnix, which after many years repairs to Egypt, and bears there its parent, when dead and buried in a ball of myrrh, and deposits its body in the Temple of the Sun. Now this story is indeed recorded, and, if it be true, it is possible that it may occur in consequence of some provision of nature; divine providence freely displaying to human beings, by the differences which exist among living things, the variety of constitution which prevails in the world, and which extends even to birds, and in harmony with which He has brought into existence one creature, the only one of its kind, in order that by it men may be led to admire, not the creature, but Him who created it.
IV, 99
Además de todo cuanto ya ha dicho, Celso añade lo siguiente: Por consiguiente, no todas las cosas fueron hechas para el hombre, más que para los leones, o las águilas, o los delfines, sino para que este mundo, siendo obra de Dios, fuera perfecto y completo en todos los aspectos. Por esta razón todas las cosas han sido ajustadas, no con referencia unas a otras, sino con respecto a su relación con el todo. Y Dios cuida del todo, y su providencia nunca lo abandonará; y no se hace peor; ni Dios después de un tiempo lo vuelve a sí; ni se aira a causa de los hombres más que a causa de los monos o las moscas; ni amenaza a estos seres, cada uno de los cuales ha recibido su lote establecido en su lugar propio. Respondamos, pues, brevemente a estas afirmaciones. Creo, en verdad, haber demostrado en las páginas precedentes que todas las cosas fueron creadas para el hombre y para todo ser racional, y que fue principalmente por causa de la criatura racional por lo que tuvo lugar la creación. Puede, ciertamente, decir Celso que esto no se hizo más para el hombre que para los leones, o las demás criaturas que menciona; pero nosotros sostenemos que el Creador no formó estas cosas para los leones, o las águilas, o los delfines, sino todas por causa de la criatura racional, y a fin de que este mundo, siendo obra de Dios, fuera perfecto y completo en todas las cosas. Pues a este sentimiento debemos prestar nuestro asentimiento como bien dicho. Y Dios cuida, no, como supone Celso, meramente del todo, sino, más allá del todo, en grado especial de todo ser racional. Ni la providencia abandonará jamás el todo; pues aunque este se hiciera más malvado a causa del pecado del ser racional, que es una porción del todo, Él dispone la manera de purificarlo, y después de un tiempo de volver el todo a sí mismo. Además, no se aira con los monos o las moscas; pero sobre los seres humanos, como quienes han transgredido las leyes de la naturaleza, envía juicios y castigos, y los amenaza por boca de los profetas, y por el Salvador que vino a visitar a todo el género humano, a fin de que los que oyen las amenazas se conviertan por ellas, mientras que los que desatienen estas llamadas a la conversión sufran merecidamente aquellos castigos que conviene a Dios, conforme a esa voluntad suya que obra para ventaja del todo, infligir a quienes necesitan tan dolorosa disciplina y corrección. Pero como nuestro cuarto libro ha alcanzado ya dimensiones suficientes, aquí terminaremos nuestro discurso. Y que Dios conceda, por medio de su Hijo, que es Dios el Verbo, y Sabiduría, y Verdad, y Justicia, y todo lo demás que las Sagradas Escrituras, al hablar de Dios, le llaman, que hagamos un buen comienzo del quinto libro, para beneficio de nuestros lectores, y que lo llevemos a feliz término, con la ayuda de su palabra que mora en nuestra alma.
V, 1
No es, mi venerable Ambrosio, no es porque busquemos muchas palabras — cosa prohibida, y en cuya concesión es imposible evitar el pecado — que comenzamos ahora el quinto libro de nuestra respuesta al tratado de Celso, sino con el empeño, en cuanto esté dentro de nuestro poder, de no dejar sin examen ninguna de sus afirmaciones, y en especial aquellas en las que podría parecer a algunos que nos asaltó con habilidad, a nosotros y a los judíos. Si fuera posible, en efecto, que mis palabras entraran junto conmigo en la conciencia de cada uno, sin excepción, de los que leen esta obra, y extraer cada dardo que hiere a quien no está completamente protegido con toda la armadura de Dios, y aplicar una medicina racional que cure la herida infligida por Celso, la cual impide a quienes escuchan sus palabras permanecer firmes en la fe, lo haría. Pero así como es obra sólo de Dios, conforme a su propio Espíritu, y junto con la de Cristo, morar invisiblemente en aquellas personas que juzga dignas de ser visitadas, así, por otra parte, es nuestro objeto intentar, por medio de argumentos y tratados, confirmar a los hombres en su fe, y ganarnos el nombre de obreros que no tienen de qué avergonzarse, que traman bien la palabra de la verdad. Y hay una cosa sobre todas las demás que, a nuestro parecer, debemos hacer, si queremos desempeñar fielmente la tarea que nos encomendasteis, y es derribar cuanto podamos las confidentes afirmaciones de Celso. Citemos, pues, las afirmaciones suyas que siguen a las que ya hemos refutado (el lector decida si lo hicimos con éxito o no), y respondamos a ellas. Y quiera Dios que no nos acerquemos a nuestro tema con el entendimiento y la razón vacíos y desprovistos de inspiración divina, para que la fe de aquellos a quienes deseamos ayudar no dependa de sabiduría humana, sino que, recibiendo de su Padre, el único que puede otorgarla, la mente de Cristo, y fortalecidos por participar de la Palabra de Dios, derribemos toda cosa alta que se eleva contra el conocimiento de Dios, y la imaginación de Celso, que se eleva contra nosotros, y contra Jesús, y también contra Moisés y los profetas, a fin de que Aquel que dio la Palabra a los que la publicaron con gran poder nos la suministre también a nosotros, y nos conceda gran poder, de modo que la fe en la Palabra y el poder de Dios sea implantada en las mentes de todos los que quieran leer nuestra obra.
V, 2
Tenemos ahora, pues, que refutar aquella afirmación suya que dice así: Oh judíos y cristianos, ningún Dios o hijo de Dios ha bajado ni bajará (a la tierra). Pero si queréis decir que ciertos ángeles lo hicieron, ¿cómo los llamáis? ¿Son dioses, u otra raza de seres? Otra raza de seres (sin duda), y con toda probabilidad demonios. Y como Celso incurre aquí en repeticiones (pues en las páginas anteriores ha avanzado con frecuencia afirmaciones semejantes), es innecesario discutir el asunto más extensamente, viendo que lo que ya hemos dicho sobre este punto puede bastar. Mencionaremos, sin embargo, algunas consideraciones de entre un número mayor, tales como juzgamos en armonía con nuestros argumentos anteriores, pero que no tienen del todo la misma orientación que éstos, y por las cuales mostraremos que, al afirmar en general que ningún Dios, o hijo de Dios, descendió jamás (entre los hombres), derriba no sólo las opiniones que la mayoría de los hombres sostienen acerca de la manifestación de la Deidad, sino también lo que él mismo admitió anteriormente. Porque si la afirmación general, de que ningún Dios o hijo de Dios ha bajado ni bajará, es verdaderamente sostenida por Celso, es manifiesto que aquí hemos derribado la creencia en la existencia de dioses sobre la tierra que hubieran descendido del cielo ya sea para predecir el futuro a los hombres o para sanarlos por medio de respuestas divinas; y ni el Apolo Pitio, ni Esculapio, ni ningún otro de los que se supone que lo hicieron, sería un dios descendido del cielo. Podría, en efecto, ser un dios que hubiera obtenido como su suerte (la obligación) de morar en la tierra para siempre, y ser así, por así decirlo, un fugitivo de la morada de los dioses, o podría ser uno que no tuviera poder para participar de la sociedad de los dioses en el cielo; o bien Apolo, y Esculapio, y aquellos otros que se cree que realizan actos en la tierra, no serían dioses, sino sólo ciertos demonios, muy inferiores a aquellos sabios entre los hombres, que a causa de su virtud ascienden a la bóveda del cielo.
V, 3
Obsérvese ahora cómo, en su afán de subvertir nuestras opiniones, aquel que jamás se reconoció a lo largo de todo su tratado como epicúreo, es convicto de ser un desertor hacia esa secta. Y ahora es el momento para ti, (lector), que lees las obras de Celso y das tu asentimiento a lo que ha sido expuesto, o bien de derribar la creencia en un Dios que visita al género humano y ejerce la providencia sobre cada hombre en particular, o bien de conceder esto y demostrar la falsedad de las afirmaciones de Celso. Si, pues, aniquilas por completo la providencia, falsearás aquellas afirmaciones suyas en las que concede la existencia de Dios y de una providencia, a fin de mantener la verdad de tu propia posición; pero si, por otra parte, admites todavía la existencia de la providencia, porque no das tu asentimiento al dictum de Celso, de que ni un Dios ni el hijo de un Dios ha bajado ni ha de bajar al género humano, ¿por qué no procurar más bien averiguar cuidadosamente, a partir de las declaraciones hechas acerca de Jesús y de las profecías pronunciadas sobre Él, quién es aquel que hemos de considerar que ha bajado al género humano como Dios y como Hijo de Dios? — ¿si ese Jesús que dijo y realizó tanto, o aquellos que bajo pretexto de oráculos y adivinaciones no reforman las costumbres de sus adoradores, sino que además se han apartado del culto puro y santo y del honor debidos al Creador de todas las cosas, y arrancan las almas de los que les prestan oído del único Dios visible y verdadero, bajo pretexto de rendir honor a una multitud de deidades?
V, 4
Pero como él dice, en el lugar siguiente, como si los judíos o los cristianos hubieran respondido, respecto de los que bajan a visitar al género humano, que eran ángeles: Pero si decís que son ángeles, ¿cómo los llamáis?, continúa: ¿Son dioses, o alguna otra raza de seres? y luego nos introduce de nuevo como si respondiéramos: Alguna otra raza de seres, y probablemente demonios, — pasemos a examinar estas observaciones. Porque en verdad reconocemos que los ángeles son espíritus ministradores, y decimos que son enviados para ministrar por aquellos que han de ser herederos de la salvación; y que suben, llevando las súplicas de los hombres, a los más puros de los lugares celestes del universo, o incluso a regiones supracelestes más puras todavía; y que de allí descienden, llevando a cada uno, según sus merecimientos, aquello que Dios les ha encomiado conferir a quienes han de ser receptores de sus beneficios. Habiendo aprendido así a llamar a estos seres ángeles por sus ministerios, encontramos que, por ser divinos, a veces son llamados dioses en las Sagradas Escrituras, pero no de tal modo que se nos mande honrar y adorar en lugar de Dios a quienes nos ministran y nos traen sus bendiciones. Porque toda oración, y súplica, e intercesión, y acción de gracias, ha de elevarse al Dios Supremo por medio del Sumo Sacerdote, que está sobre todos los ángeles, el Verbo viviente y Dios. Y al propio Verbo también oraremos y haremos intercesiones, y le ofreceremos acciones de gracias y súplicas, si tenemos la capacidad de distinguir entre el uso debido y el abuso de la oración.
V, 5
Para invocar ángeles sin haber obtenido un conocimiento de su naturaleza mayor del que poseen los hombres, sería contrario a la razón. Pero, conforme a nuestra hipótesis, supóngase que se obtiene este conocimiento de ellos, que es algo maravilloso y misterioso. Entonces este conocimiento, al darnos a conocer su naturaleza y los oficios a que cada uno de ellos está destinado, no nos permitirá orar con confianza a otro que al Dios Supremo, que es suficiente para todas las cosas, y ello por medio de nuestro Salvador, el Hijo de Dios, que es el Verbo, y la Sabiduría, y la Verdad, y todo lo demás con que los escritos de los profetas de Dios y los apóstoles de Jesús le titulan. Y basta para conseguir que los santos ángeles de Dios se nos muestren propicios, y que hagan todas las cosas por nosotros, que nuestra disposición de ánimo hacia Dios imite, en cuanto lo permita la naturaleza humana, el ejemplo de estos santos ángeles, que a su vez siguen el ejemplo de su Dios; y que las concepciones que tenemos de su Hijo, el Verbo, en cuanto nos es alcanzable, no se opongan a las concepciones más claras de Él que poseen los santos ángeles, sino que se acerquen cada día a ellas en claridad y distinción. Pero como Celso no ha leído nuestras santas Escrituras, se da a sí mismo una respuesta como si viniera de nosotros, diciendo que afirmamos que los ángeles que bajan del cielo para conferir beneficios al género humano son de una raza distinta de los dioses, y añade que con toda probabilidad nosotros los llamaríamos demonios: sin advertir que el nombre de demonios no es un término de significado indiferente como el de hombres, entre los cuales unos son buenos y otros malos, ni tampoco un término de excelencia como el de dioses, que no se aplica a los demonios malvados, ni a las estatuas, ni a los animales, sino (por los que conocen las cosas divinas) a lo que es verdaderamente divino y bienaventurado; mientras que el término demonios se aplica siempre a aquellas potestades malvadas, liberadas de la carga de un cuerpo más grosero, que extravían a los hombres, los llenan de distracciones y los arrastran desde Dios y los pensamientos supracelestes hacia las cosas de aquí abajo.
V, 6
En seguida prosigue haciendo la siguiente afirmación acerca de los judíos: — El primer punto relativo a los judíos que puede excitar la admiración es que adoren el cielo y los ángeles que en él moran, y que sin embargo pasen por alto y descuiden sus partes más venerables y poderosas, como el sol, la luna y los demás cuerpos celestes, tanto estrellas fijas como planetas, como si fuera posible que 'el todo' fuese Dios, y que sus partes no fuesen divinas; o (como si fuera razonable) tratar con el mayor respeto a aquellos que, se dice, aparecen a los que yacen en tinieblas en algún lugar, cegados por alguna torcida hechicería, o que sueñan sueños por influjo de espectros sombríos, mientras que a los que profetizan tan clara y notoriamente a todos los hombres, por medio de los cuales se producen la lluvia, el calor, las nubes, el trueno (al cual ofrecen culto), los relámpagos, los frutos y toda clase de fecundidad — por medio de los cuales Dios se les manifiesta — los más prominentes heraldos entre los seres que están arriba — los que son verdaderamente ángeles celestes — ¡han de tenerlos en nada! Al hacer estas afirmaciones, Celso parece haber caído en confusión, y haberlas escrito partiendo de falsas ideas de cosas que no entendía; pues es patente a todos los que investigan las prácticas de los judíos y las comparan con las de los cristianos, que los judíos, que siguen la ley, la cual, hablando en la persona de Dios, dice: No tendrás dioses ajenos delante de mí: no te harás imagen, ni semejanza de nada que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra; no te inclinarás a ellas, ni las servirás, no adoran otra cosa que al Dios Supremo, que hizo los cielos y todas las demás cosas. Ahora bien, es evidente que los que viven conforme a la ley, y adoran al Hacedor del cielo, no adorarán al mismo tiempo el cielo junto con Dios. Además, nadie que obedece la ley de Moisés se inclinará ante los ángeles que están en el cielo; y, de igual manera, así como no se inclinan ante el sol, la luna y las estrellas, el ejército del cielo, se abstienen de postrarse ante el cielo y sus ángeles, obedeciendo la ley que declara: No sea que alces tus ojos al cielo, y cuando veas el sol, y la luna, y las estrellas, todo el ejército del cielo, seas impulsado a adorarles y a servirles, cosas que el Señor tu Dios ha repartido a todos los pueblos.
V, 7
Habiendo, además, supuesto que los judíos consideran el cielo como Dios, añade que esto es absurdo; censurando a los que se inclinan ante el cielo, pero no también ante el sol, la luna y las estrellas, diciendo que los judíos hacen esto, como si fuera posible que el todo fuese Dios, y que sus partes no fuesen divinas. Y parece llamar cielo al todo, y al sol, la luna y las estrellas sus partes. Ahora bien, ciertamente ni los judíos ni los cristianos llaman Dios al cielo. Concedamos, sin embargo, que, como él alega, el cielo es llamado Dios por los judíos, y supongamos que el sol, la luna y las estrellas son partes del cielo —lo cual de ningún modo es verdad, pues tampoco los animales y las plantas que hay sobre la tierra son porción alguna de él— ¿cómo es verdad, aun según las opiniones de los griegos, que si Dios es un todo, sus partes también son divinas? Ciertamente dicen que el Cosmos tomado como todo es Dios, llamándolo los estoicos Dios primero, los seguidores de Platón segundo, y algunos de ellos tercero. Según estos filósofos, pues, siendo el todo del Cosmos Dios, sus partes también son divinas; de modo que no solo los seres humanos son divinos, sino toda la creación irracional, por ser porciones del Cosmos; y además de estos, también las plantas son divinas. Y si los ríos, las montañas y los mares son porciones del Cosmos, entonces, puesto que el todo del Cosmos es Dios, ¿son también dioses los ríos y los mares? Pero ni esto afirmarán los griegos. Sin embargo, a los que presiden sobre los ríos y los mares (ya sean demonios o dioses, como ellos los llaman), los llamarían dioses. Ahora bien, de aquí se sigue que la afirmación general de Celso, aun según los griegos, que sostienen la doctrina de la providencia, es falsa: que si algún todo es un dios, sus partes necesariamente son divinas. Pero se sigue de la doctrina de Celso que, si el Cosmos es Dios, todo lo que hay en él es divino, por ser partes del Cosmos. Ahora bien, según esta opinión, los animales, como las moscas, los mosquitos, los gusanos y toda especie de serpiente, así como las aves y los peces, serán divinos —afirmación que ni siquiera harían los que sostienen que el Cosmos es Dios. Pero los judíos, que viven conforme a la ley de Moisés, aunque quizá no sepan recibir el sentido secreto de la ley, que se transmite en lenguaje oscuro, no sostendrán que ni el cielo ni los ángeles son Dios.
V, 8
Como alegamos, sin embargo, que ha caído en confusión a causa de falsas nociones que ha absorbido, venid y señalémoslas lo mejor que podamos, y mostremos que, aunque Celso considera que es costumbre judía inclinarse ante el cielo y los ángeles que hay en él, tal práctica no es en absoluto judía, sino una violación del judaísmo, como también lo es rendir culto al sol, la luna y las estrellas, así como a las imágenes. Encontraréis al menos en el libro de Jeremías las palabras de Dios que censuran por boca del profeta al pueblo judío por rendir culto a tales objetos, y por sacrificar a la reina del cielo, y a todo el ejército del cielo. Los escritos de los cristianos, además, muestran, al censurar los pecados cometidos entre los judíos, que cuando Dios abandonó a aquel pueblo a causa de ciertos pecados, también ellos cometían estos pecados (de idolatría). Pues se relata en los Hechos de los Apóstoles respecto de los judíos, que Dios se volvió, y los entregó a que sirviesen al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios por espacio de cuarenta años en el desierto, casa de Israel? Antes llevasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella de vuestro dios Remfán, figuras que os hicisteis para adorarlas. Y en los escritos de Pablo, que fue cuidadosamente instruido en las costumbres judías, y convertido después al cristianismo por una aparición milagrosa de Jesús, pueden leerse las siguientes palabras en la Epístola a los Colosenses: Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, intruyendo en cosas que no ha visto, vanamente hinchado en su sentido carnal; y no reteniendo la Cabeza, en virtud de la cual todo el cuerpo, nutrido y unido por medio de las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento de Dios. Pero Celso, que ni ha leído estos versículos ni ha aprendido su contenido de otra fuente, ha representado, no sé cómo, a los judíos como si no transgredieran su ley al inclinarse ante los cielos y los ángeles que en ellos hay.