Antioquía, hacia 390–398 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Oxford (Marriott, Stupart), tal como la imprime el NPNF·47 min·Posición: 0% de esta parte·Parte 11 de 30 · Homilía 32·Publicado el ·Actualizado el ·Ref. ESC-CRI-JN
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«Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.»
1. La Escritura llama a la gracia del Espíritu unas veces «Fuego,» otras «Agua,» mostrando que estos nombres no describen su esencia, sino su operación; porque el Espíritu, siendo invisible y simple, no puede componerse de sustancias diversas. Ahora bien, lo uno lo declara Juan, diciendo así: «Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego» []; lo otro, Cristo: «De su interior correrán ríos de agua viva.» [] «Mas esto,» dice Juan, «lo decía del Espíritu, que habían de recibir.» Así también, conversando con la mujer, llama agua al Espíritu; porque, «El que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» Así también llama al Espíritu con el nombre de «fuego,» aludiendo a la propiedad excitadora y calentadora de la gracia y a su poder de destruir las transgresiones; pero con el de «agua,» para declarar la limpieza que obra y el gran refrigerio que concede a las almas que la reciben. Y con razón; porque hace al alma bien dispuesta como un jardín espeso de toda suerte de árboles, fructífero y siempre floreciente, no permitiéndole sentir abatimiento ni las asechanzas de Satanás, y apaga todos los dardos encendidos del maligno.
Y observad, os ruego, la sabiduría de Cristo, cuán suavemente va conduciendo a la mujer; porque no dijo al principio: «Si conocieras quién es el que te dice: Dame de beber,» sino que, habiéndole dado ocasión de llamarle «judío,» y habiéndola puesto bajo la acusación de haberlo hecho, rechazando la acusación dice: «Si conocieras quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a él»; y habiéndola compelido con sus grandes promesas a hacer mención del Patriarca, deja así que la mujer mire a través, y entonces, cuando ella objeta: «¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob?,» Él no dice: «Sí, yo soy mayor,» (porque habría parecido jactarse, puesto que aún no aparecía la prueba,) sino que con lo que dice logra esto. Porque no dijo simplemente: «Yo te daré agua,» sino que, habiendo primero dejado de lado la dada por Jacob, exalta la dada por Él mismo, deseando mostrar por la naturaleza de las cosas dadas cuán grande es el intervalo y la diferencia entre las personas de los que las dan, y su propia superioridad sobre el Patriarca. «Si,» dice, «admiras a Jacob porque te dio esta agua, ¿qué dirás si yo te doy un Agua mucho mejor que ésta? Tú misma has sido la primera en confesar que yo soy mayor que Jacob, al argumentar contra mí y preguntar: '¿Eres tú mayor que Jacob, que prometes darme mejor agua?' Si recibes aquella Agua, ciertamente confesarás que yo soy mayor.» ¿Veis el recto juicio de la mujer, que da su decisión a partir de los hechos, tanto respecto del Patriarca como respecto de Cristo? Los judíos no obraron así; pues aun cuando le veían echar fuera demonios, no sólo no le llamaban mayor que el Patriarca, sino que incluso decían que tenía un demonio. No así la mujer: ella saca su opinión de donde Cristo quiere que la saque, de la demostración ofrecida por sus obras. Porque con éstas se justifica a sí mismo, diciendo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; mas si las hago, aunque a mí no me creáis, creed a las obras.» [c. x. 37, 38] Y así la mujer es conducida a la fe.
Por lo cual también Él, habiendo oído: «¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob?,» deja a Jacob, y habla acerca del agua, diciendo: «Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed»; y hace su comparación, no depreciando una cosa, sino mostrando la excelencia de la otra; porque no dice que «esta agua sea nada,» ni «que sea inferior y despreciable,» sino que dice aquello de lo que aun la naturaleza da testimonio: «Cualquiera que bebiere de esta agua volverá a tener sed; mas el que bebiere del Agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» La mujer antes había oído hablar de «Agua viva» [], pero no había conocido su significado. Puesto que se llama «viva» aquella agua que es perenne y brota incesantemente de manantiales ininterrumpidos, ella pensó que de esa agua se hablaba. Por lo cual Él lo indica más claramente hablando así, y estableciendo por comparación la superioridad (del agua que Él daría). ¿Qué dice, pues? «El que bebiere del Agua que yo le daré, no tendrá sed jamás.» Esto y lo que se dijo después mostraban especialmente la superioridad, pues el agua material no posee ninguna de estas cualidades. ¿Y qué es lo que sigue? «Será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.» Porque así como el que tiene una fuente dentro de sí jamás podría ser acometido por la sed, tampoco puede tenerla el que tiene esta Agua.
La mujer creyó al instante, mostrándose mucho más sabia que Nicodemo, y no sólo más sabia, sino más varonil. Porque él, cuando oyó diez mil cosas semejantes, ni invitó a otros a oírlas, ni habló abiertamente por sí mismo; pero ella realizó acciones propias de un Apóstol, predicando el Evangelio a todos, llamándolos a Jesús y atrayendo hacia Él a una ciudad entera. Nicodemo, cuando oyó, dijo: «¿Cómo puede hacerse esto?» Y cuando Cristo le puso delante una clara ilustración, la del «viento,» ni aun así recibió la Palabra. Pero la mujer no fue así; al principio dudó, pero después, recibiendo la Palabra no mediante una demostración regular, sino en forma de aserción, se apresuró al punto a abrazarla. Pues cuando Cristo dijo: «Será en él una fuente de agua que salte para vida eterna,» inmediatamente la mujer dice:
Juan 4:15
Homilía 32, § 1 · Juan 4:15
«Dame esta agua, para que no tenga sed, ni venga acá a sacarla.»
¿Veis cómo poco a poco va siendo conducida a las más altas doctrinas? Primero pensó que era algún judío que transgredía la Ley; luego, cuando Él rechazó aquella acusación (porque era necesario que la persona que había de enseñarle tales cosas no fuese sospechosa), habiendo oído hablar de «agua viva,» supuso que se hablaba del agua material; después, habiendo aprendido que las palabras eran espirituales, creyó que el agua podía quitar la necesidad causada por la sed, pero aún no sabía qué podía ser esto; todavía dudaba, juzgando ciertamente que estaba por encima de las cosas materiales, pero sin estar exactamente informada. Mas aquí, habiendo alcanzado una visión más clara, aunque aún no percibiendo el todo (pues dice: «Dame esta agua, para que no tenga sed, ni venga acá a sacarla,»), por el momento lo prefiere a Jacob. «Porque» (dice ella) «no necesito este pozo si recibo de ti aquella agua.» ¿Veis cómo lo pone por delante del Patriarca? Éste es el acto de un alma de recto juicio. Ella había mostrado cuán grande opinión tenía de Jacob; vio a Uno mejor que él, y no fue retenida por su prejuicio. Así, esta mujer no era ni de carácter fácil (no recibía descuidadamente lo que se decía; ¿cómo habría podido, cuando preguntaba con tan gran exactitud?), ni desobediente, ni disputadora; y esto lo mostró con su petición. Sin embargo, a los judíos dijo Él una vez: «El que comiere de mi carne no tendrá hambre jamás, y el que cree en mí no tendrá sed jamás» []; pero ellos no sólo no creyeron, sino que se escandalizaron de Él. La mujer no tuvo tal sentimiento; permanece y pide. A los judíos les dijo: «El que cree en mí no tendrá sed jamás»; no así a la mujer, sino de un modo más grosero: «El que bebiere de esta Agua no tendrá sed jamás.» Porque la promesa se refería a cosas espirituales e invisibles. Por lo cual, habiendo elevado su mente con sus promesas, Él se detiene todavía en expresiones que se refieren a los sentidos, porque ella no podía aún comprender la expresión exacta de las cosas espirituales. Puesto que si hubiera dicho: «Si crees en mí, no tendrás sed,» ella no habría entendido su dicho, no sabiendo quién podía ser el que le hablaba, ni de qué clase de sed hablaba. ¿Por qué, pues, no hizo esto en el caso de los judíos? Porque ellos habían visto muchas señales, mientras que ella no había visto señal alguna, sino que oía estas palabras por primera vez. Por lo cual Él después revela su poder mediante la profecía, y no introduce directamente su reproche; mas ¿qué dice?
Juan 4:16-19
Homilía 32, § 1–2 · Juan 4:16-19
«Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Dícele Jesús: Bien has dicho, No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. Dícele la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta.»
2. ¡Oh cuán grande es la sabiduría de la mujer! ¡Con cuánta mansedumbre recibe la reprensión! «¿Cómo no había de recibirla?,» dirá alguno. Decidme, ¿por qué habría de recibirla? ¿No reprendió Él a menudo también a los judíos, y con reprensiones mayores que éstas? (Pues no es lo mismo sacar a luz los pensamientos ocultos del corazón que manifestar una cosa hecha en secreto; los primeros son conocidos sólo de Dios, y nadie más los conoce sino aquel que los tiene en su corazón; los segundos los conocen todos los que participaron en ellos;) mas, aun así, cuando fueron reprendidos no lo soportaron con paciencia. Cuando dijo: «¿Por qué procuráis matarme?» [], no sólo no se admiraron como la mujer, sino que incluso se burlaron de Él y lo injuriaron; y sin embargo tenían una demostración por otros milagros, ella sólo había oído este discurso. Aun así, ellos no sólo no se admiraron, sino que incluso lo injuriaron, diciendo: «Demonio tienes, ¿quién procura matarte?» Mientras que ella no sólo no injuria, sino que admira, se asombra de Él y supone que es un Profeta. Y en verdad esta reprensión tocó más a la mujer que la otra a ellos; porque su falta era suya sola, la de ellos era general; y no nos punza tanto lo general como lo particular. Además ellos pensaban que ganarían un gran objeto si podían matar a Cristo, mientras que lo que la mujer había hecho era tenido por todos por malvado; sin embargo ella no se indignó, sino que se asombró y se maravilló. Y Cristo hizo esto mismo en el caso de Natanael. No introdujo primero la profecía, ni dijo: «Te vi debajo de la higuera,» sino que cuando Natanael dijo: «¿De dónde me conoces?,» entonces la introdujo. Porque deseaba tomar los comienzos de sus señales y profecías de las mismas personas que se le acercaban, para que éstas quedaran más unidas por lo hecho, y Él escapara a la sospecha de vanagloria. Ahora bien, esto lo hace también aquí; pues acusarla primero de aquello: «No tienes marido,» habría parecido gravoso y superfluo; pero tomar de ella misma la razón (para hablar), y luego corregir todos estos puntos, era muy consecuente y ablandaba la disposición del oyente.
«¿Y qué clase de conexión,» dirá alguno, «hay en el dicho: 'Ve, llama a tu marido'?» El discurso trataba de un don y una gracia que sobrepasa la naturaleza mortal: la mujer estaba urgida en buscar recibirlo. Cristo dice: «Llama a tu marido,» mostrando que también él debe participar de estas cosas; pero ella, deseosa de recibir (el don), y ocultando la vergüenza de las circunstancias, y suponiendo que conversaba con un hombre, dijo: «No tengo marido.» Habiendo oído esto Cristo, introduce ahora oportunamente su reproche, mencionando con exactitud ambos puntos; porque enumeró todos sus maridos anteriores, y la reprendió por aquel a quien ahora quería ocultar. ¿Qué hizo entonces la mujer? No se irritó, ni lo dejó y huyó, ni juzgó la cosa un insulto, sino que más bien lo admiró y perseveró todavía más. «Me parece,» dice ella, «que tú eres Profeta.» Observad su prudencia; no corrió al instante hacia Él, sino que todavía lo considera y se maravilla de Él. Porque «Me parece,» significa: «Me pareces ser Profeta.» Luego, cuando sospechó esto, no le pregunta nada acerca de esta vida, nada sobre la salud corporal, o las posesiones, o las riquezas, sino al instante acerca de doctrinas. Pues ¿qué dice?
Juan 4:20
Homilía 32, § 2–3 · Juan 4:20
«Nuestros padres adoraron en este monte,» (queriendo decir Abraham y su familia, pues allí dicen que él condujo a su hijo,) «y ¿cómo decís vosotros que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar?»
¿Veis cuánto más elevada se ha vuelto en su mente? La que estaba ansiosa por no verse afligida por la sed, ahora pregunta acerca de las doctrinas. ¿Qué hace, pues, Cristo? No resuelve la cuestión (porque no era su cuidado responder simplemente a las palabras de los hombres, pues era innecesario), sino que conduce a la mujer a mayor altura, y no conversa con ella sobre estos asuntos hasta que ella ha confesado que Él era Profeta, para que después oyera su Palabra con fe abundante; pues, convencida de ello, ya no podía dudar de lo que se le dijera.
Avergoncémonos ahora después de esto, y ruboricémonos. Una mujer que había tenido cinco maridos, y que era de Samaria, estaba tan ansiosa respecto de las doctrinas, que ni la hora del día, ni haber venido con otro propósito, ni cosa alguna, la apartó de inquirir sobre tales asuntos; pero nosotros no sólo no inquirimos acerca de las doctrinas, sino que todas nuestras disposiciones hacia ellas son descuidadas e indiferentes. Por eso todo se descuida. Porque ¿quién de vosotros, estando en su casa, toma en la mano algún libro cristiano y repasa su contenido, y escudriña las Escrituras? Nadie puede decir que lo haga; antes bien, en la mayoría hallaremos damas y dados, pero libros en ninguna parte, salvo entre unos pocos. Y aun estos pocos tienen las mismas disposiciones que los muchos; pues atan sus libros y los conservan siempre guardados en estuches, y todo su cuidado es por la fineza de los pergaminos y la hermosura de las letras, no por leerlos. Porque no los han comprado para obtener de ellos ventaja y provecho, sino que se afanan en tales cosas para mostrar su riqueza y soberbia. Tal es el exceso de vanagloria. No oigo a nadie gloriarse de que conoce el contenido, sino de que tiene un libro escrito en letras de oro. ¿Y qué ganancia, decidme, es ésta? Las Escrituras no nos fueron dadas sólo para esto, para que las tengamos en libros, sino para que las grabemos en nuestros corazones. Porque este modo de posesión, el guardar los mandamientos meramente en la letra, es propio de la ambición judaica; pero a nosotros la Ley no fue dada así en modo alguno, sino en las tablas de carne de nuestros corazones. Y esto no lo digo para impediros que os procuréis Biblias; al contrario, os exhorto y os ruego encarecidamente que lo hagáis, sino que deseo que de aquellos libros trasladéis las letras y el sentido a vuestro entendimiento, para que así sea purificado al recibir el significado de la Escritura. Porque si el diablo no se atreverá a acercarse a una casa donde yace un Evangelio, mucho menos tocará jamás o entrará en un alma que lleva consigo tales sentimientos como los que contiene, ningún espíritu malo ni naturaleza pecadora alguna. Santificad, pues, vuestra alma, santificad vuestro cuerpo, teniendo siempre estas cosas en vuestro corazón y en vuestra lengua. Porque si la palabra torpe contamina y convida a los demonios, es claro que la lectura espiritual santifica y hace descender la gracia del Espíritu. Las Escrituras son divinos encantamientos; apliquémonos, pues, a nosotros mismos y a las pasiones de nuestras almas los remedios que de ellas se derivan. Porque si entendemos lo que se lee, lo oiremos con mucha prontitud. Siempre estoy diciendo esto, y no cesaré de decirlo. ¿No es extraño que los que se sientan junto al mercado puedan decir los nombres, las familias y las ciudades de los aurigas y de los danzantes, y las clases de fuerza que posee cada uno, y puedan dar cuenta exacta de las buenas o malas cualidades de los mismos caballos, mientras que los que vienen acá no saben nada de lo que aquí se hace, e ignoran incluso el número de los sagrados Libros? Si perseguís aquellas cosas mundanas por placer, yo os mostraré que aquí hay mayor placer. ¿Qué es más dulce, decidme, qué más maravilloso, ver a un hombre luchar con un hombre, o a un hombre batallar con un demonio, a un cuerpo trabarse con un poder incorpóreo, y salir vencedor al que es de vuestra raza? Estas luchas contemplemos; éstas, las cuales también es decoroso y provechoso imitar, y a las cuales, imitándolas, podamos ser coronados; pero no aquellas en las que la emulación acarrea vergüenza a quien las imita. Si contempláis una clase de contienda, la contempláis con demonios; la otra, con Ángeles y Arcángeles, y con el Señor de los Arcángeles. Decidme ahora: si se os permitiera sentaros con gobernadores y reyes, y ver y gozar del espectáculo, ¿no lo consideraríais un honor muy grande? Y aquí, cuando sois espectador en compañía del Rey de los Ángeles, cuando veis al diablo asido por la mitad de la espalda, esforzándose mucho por tener ventaja, pero impotente, ¿no corréis y perseguís semejante espectáculo? «¿Y cómo puede ser esto?» dirá alguno. Si guardas la Biblia en tus manos; porque en ella verás las lizas, las largas carreras, sus presas y la destreza del justo. Porque contemplando estas cosas aprenderás también a luchar tú del mismo modo, y saldrás libre de los demonios; los espectáculos de los gentiles son asambleas de demonios, no teatros de hombres. Por lo cual os exhorto a absteneros de estas asambleas satánicas; porque si no es lícito entrar en casa de un ídolo, mucho menos en la fiesta de Satanás. No cesaré de decir estas cosas y de cansaros, hasta que vea algún cambio; porque el deciros estas cosas, como dice Pablo, «a mí, a la verdad, no me es gravoso, mas para vosotros es seguro.» [] No os ofendáis, pues, por mi exhortación. Si alguien debe ofenderse, soy yo, que a menudo hablo y no soy oído, no vosotros, que siempre estáis oyendo y siempre desobedeciendo. Dios quiera que no estéis siempre expuestos a este cargo, sino que, libres de esta vergüenza, seáis tenidos por dignos de gozar del espectáculo espiritual y de la gloria que ha de venir, por la gracia y la misericordia amorosa de nuestro Señor Jesucristo, con quien al Padre y al Espíritu Santo sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 33
Juan 4:21-22
Homilía 33, § 1 · Juan 4:21-22
«Jesús le dice: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos, porque la salvación viene de los judíos.»
1. En todas partes, amados, tenemos necesidad de la fe, la fe madre de los bienes, la medicina de la salvación; y sin ella es imposible poseer doctrina grande alguna. Sin ella, los hombres son semejantes a los que intentan cruzar el mar abierto sin nave, los cuales por un breve trecho se sostienen nadando, usando manos y pies, pero cuando han avanzado más, pronto son hundidos por las olas: de la misma manera los que usan sus propios razonamientos, antes de haber aprendido cosa alguna, naufragan; como también dice Pablo, «Los cuales naufragaron en cuanto a la fe.» [] Para que esto no nos suceda, asgámonos firmemente a la sagrada áncora con la que Cristo atrae ahora a la mujer samaritana. Pues cuando ella dijo, «¿Cómo decís vosotros que Jerusalén es el lugar donde se debe adorar?» Cristo respondió, «Créeme, mujer, que la hora viene cuando ni en Jerusalén ni en este monte adoraréis al Padre.» Una doctrina grandísima le reveló, y una que no mencionó ni a Nicodemo ni a Natanael. Ella estaba ansiosa por probar que sus propios privilegios eran más honorables que los de los judíos; y esto lo argüía sutilmente desde los Padres, pero Cristo no respondió a esta cuestión. Porque era por el momento perturbador hablar del asunto, y mostrar por qué los Padres adoraban en el monte, y por qué los judíos en Jerusalén. Por lo cual sobre este punto calló, y habiendo quitado a ambos lugares la prioridad en dignidad, despierta su alma mostrando que ni judíos ni samaritanos poseían cosa grande alguna en comparación con lo que había de darse; y entonces introduce la diferencia. Aun así declaró que los judíos eran más honorables, no prefiriendo lugar a lugar, sino dándoles la precedencia a causa de su intención. Como si hubiera dicho, «Sobre el 'lugar' de adoración ya no tenéis necesidad de disputar, pero en la 'manera' los judíos os aventajan a vosotros los samaritanos, porque 'vosotros,' dice, 'adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos.'»
¿Cómo, pues, los samaritanos «no sabían» lo que adoraban? Porque pensaban que Dios era local y parcial; así al menos le servían, y así enviaron a los persas, y declararon que «el Dios de este lugar está airado contra nosotros» demonios, uniendo cosas que no debían unirse. Los judíos, por el contrario, estaban libres de esta suposición, al menos la mayor parte de ellos, y sabían que Él era Dios del mundo. Por eso dice, «Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos.» No te maravilles de que se cuente a sí mismo entre los judíos, pues habla conforme a la opinión que la mujer tenía de Él, como si fuera un Profeta judío, y por eso pone, «nosotros adoramos.» Pues que Él es de los objetos de adoración, es claro para todos, porque adorar pertenece a la criatura, pero ser adorado al Señor de la criatura. Pero por un tiempo habla como judío; y la expresión «nosotros» en este lugar significa «nosotros los judíos.» Habiendo, pues, exaltado lo judío, se hace a sí mismo creíble, y persuade a la mujer a prestar mayor atención a sus palabras, haciendo su discurso libre de sospecha, y mostrando que no exalta lo que les pertenece por razón de parentesco con los de su propia tribu. Pues es claro que uno que había hecho estas declaraciones acerca del lugar del que los judíos más se gloriaban, y pensaban que eran superiores a todos, y que había quitado sus altas pretensiones, no hablaría después para ganar favor de nadie, sino con verdad y poder profético. Cuando, pues, la había apartado por un momento de tales razonamientos, diciendo, «Mujer, créeme,» y lo que sigue, entonces añade, «porque la salvación viene de los judíos.» Lo que dice es de este tipo: o bien, que las bendiciones para el mundo vinieron de ellos, (pues el conocer a Dios y condenar los ídolos tuvo su comienzo entre ellos, y entre vosotros el mismo acto de adoración, aunque no lo hacéis bien, recibió su origen de ellos,) o bien, habla de su propia Venida. O más bien, uno no se equivocaría al llamar ambas cosas «salvación» la cual dijo que era «de los judíos»; lo que Pablo implicó cuando dijo, «De los cuales es Cristo según la carne, el cual es Dios sobre todas las cosas.» [] ¿Veis cómo recomienda el antiguo Pacto, y muestra que es la raíz de los bienes, y que en todo no está en oposición a la Ley, ya que hace que el fundamento de todos los bienes provenga de los judíos?
Juan 4:23
Homilía 33, § 1–2 · Juan 4:23
«Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre.»
«Nosotros, oh mujer,» dice, «os aventajamos en la manera de nuestra adoración, pero aun esto tendrá de ahora en adelante un fin. No sólo los lugares, sino aun la manera de servir a Dios será cambiada. Y este cambio está a vuestras mismas puertas. 'Porque la hora viene, y ahora es.'»
2. Pues como lo que los Profetas dijeron lo dijeron mucho antes del suceso, para mostrar que aquí no es así, «Él dice, Y ahora es.» No pienses, dice, que ésta es una profecía de tal clase que se cumplirá después de mucho tiempo; el cumplimiento está ya cerca y a tus mismas puertas, «cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.» Al decir «verdaderos,» excluye a judíos así como a samaritanos; porque aunque los judíos sean mejores que los samaritanos, están muy por debajo de los que han de venir, tan inferiores como lo es el tipo a la realidad. Pero habla de la Iglesia, que ella es la «verdadera» adoración, y tal como conviene a Dios.
«Porque el Padre tales busca que le adoren.»
Si, pues, Él en tiempos pasados buscaba a tales como éstos, permitió a aquellos otros su manera de adorar, no de buena gana, sino por condescendencia, y por esta razón, para traerlos también a ellos. ¿Quiénes son, pues, «los verdaderos adoradores»? Los que no limitan su servicio por lugar, y que sirven a Dios en espíritu; como Pablo dice, «A quien sirvo en mi espíritu en el Evangelio de su Hijo»: y de nuevo, «Os ruego que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, aceptable a Dios, vuestro culto racional.» [Romanos 1:9 y 12:1]
Juan 4:24
Homilía 33, § 2 · Juan 4:24
«Dios es Espíritu»
Pero cuando dice esto, no declara otra cosa sino su Naturaleza incorpórea. Ahora bien, el servicio de aquello que es incorpóreo debe necesariamente ser del mismo carácter, y debe ser ofrecido por aquello en nosotros que es incorpóreo, a saber, el alma, y la pureza de la mente. Por lo cual dice, «los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.» Porque como tanto samaritanos como judíos descuidaban el alma, pero tomaban gran cuidado del cuerpo, limpiándolo de varias maneras, no es, dice, por pureza del cuerpo, sino por aquello que en nosotros es incorpóreo, es decir, la mente, por lo que el Incorpóreo es servido. No sacrifiques, pues, ovejas ni becerros, sino dedícate tú mismo al Señor; hazte a ti mismo holocausto, esto es ofrecer un sacrificio vivo. Debes adorar «en verdad»; pues las cosas antiguas eran tipos, como la circuncisión, y los holocaustos, y las víctimas, y el incienso, y ahora ya no existen, sino que todo es «verdad.» Pues el hombre debe ahora circuncidar no su carne, sino sus malos pensamientos, y crucificarse a sí mismo, y quitar y matar sus deseos irracionales. La mujer quedó aturdida por su discurso, y desfalleció ante la sublimidad de lo que decía, y, en su turbación, oíd lo que dice:
Juan 4:25-26
Homilía 33, § 2 · Juan 4:25-26
«Sé que viene el Mesías, que es llamado Cristo: cuando Él venga, nos dirá todas las cosas. Jesús le dice: Yo soy, el que habla contigo.»
Y ¿de dónde les vino a los samaritanos el esperar la venida de Cristo, viendo que recibían sólo a Moisés? De los escritos de Moisés mismos. Pues aun en el principio reveló al Hijo. «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza» [], fue dicho al Hijo. Fue Él quien habló con Abraham en la tienda. [] Y Jacob profetizando acerca de Él dijo, «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Aquel a quien está reservado; y Él es la expectación de las naciones.» [] Y Moisés mismo dice, «El Señor vuestro Dios os levantará un Profeta de entre vuestros hermanos, como yo; a Él oiréis.» [] Y las circunstancias que acompañaban a la serpiente, y la vara de Moisés, e Isaac, y la oveja, y muchas otras cosas los que quisieran podrían seleccionar como proclamando su venida.
«¿Y por qué, pregunto yo,» dice alguno, «no condujo Cristo a la mujer por estos medios? ¿Por qué puso la serpiente ante Nicodemo, y mencionó la profecía a Natanael, pero a ella no le dijo nada semejante? ¿Por qué razón, y por qué?» Porque ellos eran hombres, y versados en estas cosas; ella, una mujer pobre e ignorante, no ejercitada en las Escrituras. Por lo cual no le habla desde ellas, sino que la atrae por el «agua» y por la profecía, y la lleva a hacer mención de Cristo y entonces se revela a sí mismo; lo cual si hubiera dicho a la mujer al principio, cuando ella no lo había preguntado, habría parecido que bromeaba y hablaba en vano, mientras que así, llevándola poco a poco a mencionarlo, en un tiempo oportuno se reveló. A los judíos, que continuamente decían, «¿Hasta cuándo nos tienes en suspenso? Dinos si Tú eres el Cristo» [], a ellos no les dio respuesta clara, pero a esta mujer le dijo claramente, que Él es. Porque la mujer era más imparcial que los judíos; ellos no preguntaban para aprender, sino siempre para burlarse de Él, pues si hubieran deseado aprender, la enseñanza que estaba en sus palabras, y en las Escrituras, y en sus milagros habría sido suficiente. La mujer, por el contrario, dijo lo que dijo desde un juicio imparcial y una mente sencilla, como es claro por lo que hizo después; pues oyó y creyó, y atrajo a otros también, y en toda circunstancia podemos observar la diligencia y la fe de la mujer.
Juan 4:27
Homilía 33, § 2–3 · Juan 4:27
«Y sobre esto vinieron sus discípulos,» (oportunísimamente vinieron cuando la enseñanza había terminado,) «y se maravillaron de que hablara con la mujer; sin embargo, nadie dijo: ¿Qué buscas? O: ¿Por qué hablas con ella?»
3. ¿De qué se maravillaban? De su falta de orgullo y de su excesiva humildad, que siendo Él lo que era, soportara con tal humildad de corazón hablar con una mujer pobre, y samaritana. Aun en su asombro no le preguntaron la razón, tan bien instruidos estaban para guardar el puesto de discípulos, tanto le temían y reverenciaban. Pues aunque todavía no tenían la opinión correcta acerca de Él, le prestaban atención como a alguien maravilloso, y le pagaban gran respeto. Sin embargo, frecuentemente se les ve actuar con confianza; como cuando Juan se recostó sobre su pecho, cuando vinieron a Él y dijeron, «¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos?» [], cuando los hijos de Zebedeo le rogaron que pusiera a uno de ellos a su derecha, y al otro a su izquierda. ¿Por qué, pues, no le preguntaron aquí? Porque todas aquellas instancias se referían a ellos mismos, y tenían necesidad de preguntar sobre ellas, mientras que lo que aquí sucedía no era de tan gran importancia para ellos. Y de hecho Juan hizo aquello mucho tiempo después hacia el mismo fin, cuando gozaba de mayor confianza, y estaba lleno de audacia en el amor de Cristo; pues él era, dice, «a quien Jesús amaba.» ¿Qué podría igualar tal bienaventuranza?
Pero, amados, no nos detengamos en esto, en llamar bienaventurado al Apóstol, sino hagamos todas las cosas para que también nosotros seamos de los bienaventurados; imitemos al Evangelista, y veamos qué fue lo que causó tan grande amor. ¿Qué fue, pues? Dejó a su padre, su nave, y su red, y siguió a Jesús. Pero esto lo hizo en común con su hermano, y Pedro, y Andrés, y el resto de los Apóstoles. ¿Qué fue, pues, lo especial que causó este gran amor? ¿Lo descubriremos? Nada dice de este tipo acerca de sí mismo, sino sólo que era amado; en cuanto a los actos de justicia por los cuales era amado, modestamente ha callado. Que Jesús lo amaba con un amor especial era claro para todos; sin embargo, Juan no aparece conversando o preguntando a Jesús en privado, como Pedro lo hacía a menudo, y Felipe, y Judas, y Tomás, excepto sólo cuando deseaba mostrar bondad y complacencia a su consiervo Apóstol; pues cuando el principal de los Apóstoles por señas lo constriñó, entonces preguntó. Pues estos dos tenían gran amor el uno por el otro. Así, por ejemplo, se les ve subir juntos al Templo y hablar en común al pueblo. Sin embargo, Pedro en muchos lugares se mueve, y habla más ardientemente que Juan. Y al final oye a Cristo decir, «Pedro, ¿me amas más que éstos?» [] Ahora bien, es claro que el que amaba «más que éstos» era también amado. Pero esto en su caso se mostró amando a Jesús, en el caso del otro siendo amado por Jesús.
¿Qué fue, pues, lo que causó este amor especial? A mi parecer, fue que el hombre mostró gran dulzura y mansedumbre, por lo cual no aparece hablando abiertamente en muchos lugares. Y cuán grande cosa sea esto, es claro también por el caso de Moisés. Fue esto lo que lo hizo tal y tan grande como fue. Nada hay igual a la humildad de mente. Por lo cual Jesús con esto comenzó las Bienaventuranzas, y cuando iba a poner como el fundamento y la base de un edificio poderoso, puso primero la humildad de mente. Sin ella un hombre no puede de manera alguna salvarse; aunque ayune, aunque ore, aunque dé limosna, si es con espíritu orgulloso, estas cosas son abominables, si no hay humildad; pero si la hay, todas estas cosas son amables y agradables, y se hacen con seguridad. Seamos, pues, modestos, amados, seamos modestos; el éxito es fácil si somos sobrios de mente. Pues, después de todo, ¿qué es, oh hombre, lo que te excita al orgullo? ¿No ves la pobreza de tu naturaleza? ¿La inestabilidad de tu voluntad? Considera tu fin, considera la multitud de tus pecados. Pero quizás porque haces muchas obras de justicia eres orgulloso. Por ese mismo orgullo las desharás todas. Por lo cual no conviene tanto al que ha pecado como al que practica la justicia aplicarse a ser humilde. ¿Por qué? Porque el pecador se ve constreñido por la conciencia, mientras que el otro, si no es muy sobrio, pronto arrebatado como por una ráfaga de viento es elevado a lo alto y hecho desaparecer como el fariseo. ¿Das a los pobres? Lo que das no es tuyo, sino de tu Señor, común a ti y a tus consiervos. Por lo cual debes especialmente humillarte, previendo en las calamidades de los que son tus semejantes las propias, y reconociendo en sus casos tu propia naturaleza. Nosotros mismos quizás descendemos de tales antepasados; y si la riqueza ha venido a ti, es probable que te deje de nuevo. Y después de todo, ¿qué es la riqueza? Una sombra vana, humo que se disuelve, una flor de la hierba, o más bien algo más bajo que una flor. ¿Por qué, pues, te enorgulleces sobre la hierba? ¿No cae la riqueza en manos de ladrones, y de afeminados, y de rameras, y de violadores de tumbas? ¿Te envanece esto, que tengas a tales como éstos compartiendo tu posesión? ¿O deseas honra? Para alcanzar honra nada es más útil que la limosna. Pues las honras que provienen de la riqueza y el poder son forzadas, y van acompañadas de odio, pero estas otras provienen del libre albedrío y del sentimiento real de quienes honran; y por tanto quienes las pagan no pueden nunca darlas. Ahora bien, si los hombres muestran tal reverencia por los misericordiosos, e invocan todas las bendiciones sobre ellos, considera qué retorno, qué recompensa recibirán del Dios misericordioso. Busquemos, pues, esta riqueza que dura para siempre, y nunca nos abandona, para que, haciéndonos grandes aquí y gloriosos allí, obtengamos los bienes eternos, por la gracia y la misericordia amorosa de nuestro Señor Jesucristo, con quien al Padre y al Espíritu Santo sea gloria, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 34
Juan 4:28-29
Homilía 34, § 1 · Juan 4:28-29
«La mujer dejó entonces su cántaro, y se fue a la ciudad, y dice a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho; ¿no es éste el Cristo?»
1. Necesitamos mucho fervor y celo despierto, pues sin éstos es imposible alcanzar los bienes que se nos han prometido. Y para mostrar esto, Cristo dice en un lugar: «Si alguno no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» []; en otro: «He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero si ya está encendido?» []; con ambas cosas queriendo representarnos un discípulo lleno de calor y de fuego, y preparado para todo peligro. Tal era esta mujer. Tan encendida quedó por sus palabras, que dejó su cántaro y el propósito para el cual había venido, corrió a la ciudad, y atrajo a todo el pueblo a Jesús. «Venid», dice, «ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho.»
Mirad su celo y su sabiduría. Había venido a sacar agua, y, al dar con la verdadera Fuente, despreció desde entonces la material, enseñándonos aun con este menudísimo ejemplo que, cuando oímos cosas espirituales, pasemos por alto las cosas de esta vida y no hagamos cuenta alguna de ellas. Porque lo que hicieron los Apóstoles, eso, según su capacidad, hizo también esta mujer. Ellos, cuando fueron llamados, dejaron sus redes; ella, de su propia voluntad, sin mandato de nadie, deja su cántaro y, alada por el gozo, cumple el oficio de los Evangelistas. Y no llama a uno o a dos, como Andrés y Felipe, sino que, habiendo despertado a toda una ciudad y a todo un pueblo, los trajo así a Él.
Mirad también cuán prudentemente habla; no dijo: «Venid y ved al Cristo», sino que con la misma condescendencia con que Cristo la había prendido, atrae ella a los hombres hacia Él. «Venid», dice, «ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho.» No se avergonzó de decir que Él «me ha dicho todo cuanto he hecho.» Sin embargo, habría podido hablar de otro modo: «Venid, ved a uno que profetiza»; pero cuando el alma está inflamada por el fuego santo, no mira entonces nada terreno, ni la gloria ni la vergüenza, sino que pertenece a una sola cosa: la llama que la ocupa.
«¿No es éste el Cristo?» Mirad de nuevo aquí la gran sabiduría de la mujer: ni declaró el hecho llanamente, ni calló; pues no quería traerlos por su propia afirmación, sino hacerlos partícipes de esta opinión oyéndolo a Él; lo cual hacía sus palabras más fácilmente aceptables para ellos. Y sin embargo, Él no le había contado toda su vida; sólo por lo dicho se persuadió ella (de que Él estaba informado) de lo demás. Ni dijo: «Venid, creed», sino: «Venid, ved»; expresión más suave que la otra, y que más los atraía. ¿Veis la sabiduría de la mujer? Sabía, sabía ciertamente que, con sólo gustar aquella Fuente, quedarían afectados del mismo modo que ella. No obstante, cualquiera de los más groseros habría ocultado la reprensión que Jesús le había dado; pero ella expone su propia vida, y la saca a la luz delante de todos, a fin de atraer y cautivar a todos.
Juan 4:31
Homilía 34, § 1 · Juan 4:31
«Entre tanto sus discípulos le rogaban, diciendo: Maestro, come...»
«Rogaron» aquí significa «suplicaron» en su lengua nativa; pues viéndolo fatigado por el camino y por el calor opresivo, le suplicaron; porque su ruego acerca del alimento no procedía de apresuramiento, sino del amoroso afecto hacia su Maestro. ¿Qué dice entonces Cristo?
Juan 4:32-33
Homilía 34, § 1 · Juan 4:32-33
«Yo tengo un alimento que comer que vosotros no conocéis. Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien algo de comer?»
¿Por qué, pues, os sorprende que la mujer, al oír hablar de «agua», imaginara todavía que se trataba de agua material, cuando aun los discípulos están en el mismo caso y todavía no suponen nada espiritual, sino que quedan perplejos? Aunque aún muestran su acostumbrada modestia y reverencia hacia su Maestro, hablando unos con otros, pero sin atreverse a hacerle pregunta alguna. Y esto lo hacen también en otros lugares: desean preguntarle, pero no preguntan. ¿Qué dice entonces Cristo?
Juan 4:34
Homilía 34, § 1 · Juan 4:34
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió, y acabar su obra.»
Aquí llama «alimento» a la salvación de los hombres, mostrando cuán ardiente deseo tiene de proveer para nosotros; pues así como nosotros anhelamos el alimento, así Él anhela que seamos salvos. Y oíd cómo en todas partes no lo revela todo de inmediato, sino que primero arroja al oyente en perplejidad, para que, habiendo comenzado a buscar el sentido de lo dicho, y quedando luego perplejo y en dificultad, cuando aparezca lo que buscaba lo reciba con más prontitud y sea hecho más atento a escuchar. Pues ¿por qué no dijo desde luego: «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre»? (aunque ni siquiera esto habría sido claro, pero sí más claro que lo otro). ¿Y qué dice? «Yo tengo un alimento que comer que vosotros no conocéis»; porque desea, como dije, primero hacerlos más atentos por medio de su incertidumbre, y por dichos oscuros como éstos acostumbrarlos a escuchar sus palabras. Pero, ¿qué es «la voluntad del Padre»? De esto habla después, y lo explica.
Juan 4:35
Homilía 34, § 1–2 · Juan 4:35
«¿No decís vosotros que aún faltan cuatro meses, y después viene la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos, y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.»
2. He aquí que de nuevo, con palabras familiares, los conduce a la consideración de cosas mayores; pues cuando hablaba de «alimento», no significaba otra cosa sino la salvación de los hombres que habían de venir a Él; y a su vez, el «campo» y la «siega» significan lo mismo: la multitud de almas preparadas para recibir la predicación; y los «ojos» de que habla son los de la mente y los del cuerpo (pues ellos contemplaban ya la muchedumbre de samaritanos que avanzaba); y llama a la prontitud de su voluntad «campos ya blancos». Porque así como las espigas, cuando ya se han puesto blancas y están listas para la siega, así éstos, dice, están preparados y dispuestos para la salvación.
¿Y por qué, en lugar de llamarlos «campos» y «siega», no dijo llanamente que «los hombres venían a creer y estaban prontos a recibir el Verbo, habiendo sido instruidos por los Profetas; y que ahora producían fruto»? ¿Qué significan estas figuras de que se vale? Porque no sólo aquí, sino en todo el Evangelio hace esto; y los Profetas emplean también el mismo método, diciendo muchas cosas de manera metafórica. ¿Cuál puede ser, pues, la causa de ello? Porque la gracia del Espíritu no lo ordenó así sin razón, pero ¿por qué y para qué? Por dos motivos: uno, para que el discurso sea más vivo y ponga lo dicho más claramente ante nuestros ojos. Pues la mente, cuando ha aprehendido una imagen familiar de las cosas tratadas, se despierta más y, contemplándolas como en un cuadro, se ocupa de ellas en mayor grado. Ésta es una razón; la otra es que la afirmación sea endulzada, y que la memoria de lo dicho sea más duradera. Porque la simple aserción no subyuga ni atrae a un oyente ordinario tanto como la narración mediante objetos y la representación de la experiencia. Lo cual puede verse aquí efectuado con suma sabiduría por la parábola.
Juan 4:36
Homilía 34, § 2 · Juan 4:36
«Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna.»
Porque el fruto de una siega terrena no aprovecha para la vida eterna, sino para ésta que es por un tiempo; pero el fruto espiritual aprovecha para aquella que no tiene edad ni muerte. ¿Veis que las expresiones son sensibles, pero los pensamientos espirituales, y que con las mismísimas palabras separa Él las cosas terrenas de las celestiales? Pues cuando, al hablar del agua, hizo de esto propiedad peculiar del Agua celestial, a saber, que «el que beba de ella no tendrá sed jamás», así lo hace también aquí cuando dice «que este fruto se recoge para vida eterna.»
«Para que a la vez se regocijen el que siembra y el que siega.»
¿Quién es «el que siembra»? ¿Quién «el que siega»? Los Profetas son los que sembraron, pero no segaron; los que segaron son los Apóstoles. «Pero no por esto se ven privados del placer y de la recompensa de sus trabajos, sino que se regocijan y se alegran con nosotros, aunque no sieguen con nosotros. Pues la siega no es trabajo como la siembra. Yo, por tanto, os he reservado para aquello en que el trabajo es menor y el placer mayor, y no para la siembra, porque en ella hay mucha fatiga y trabajo. En la siega el fruto es grande, la fatiga no tanto; más aún, hay gran facilidad.» Con estos argumentos quiere aquí probar que «el deseo de los Profetas es que todos los hombres vengan a Mí.» Esto era también lo que la Ley se ocupaba en efectuar; y para esto sembraron, para producir este fruto. Muestra además que Él también los envió, y que había una conexión muy íntima entre el Nuevo Pacto y el Antiguo, y todo esto lo efectúa de una vez por medio de esta parábola. Menciona asimismo una expresión proverbial generalmente difundida.
Juan 4:37
Homilía 34, § 2 · Juan 4:37
«En esto es verdadero aquel dicho: Uno siembra y otro siega.»
Estas palabras usaba la multitud siempre que unos habían puesto el trabajo y otros habían recogido los frutos; y Él dice «que el proverbio es en este caso especialmente verdadero, porque los Profetas trabajaron, y vosotros segáis los frutos de sus trabajos.» No dijo «las recompensas» (porque tampoco su gran trabajo quedó sin recompensa), sino «los frutos». Esto hizo también Daniel, pues también él menciona un proverbio: «La maldad procede del malvado»; y David en su lamentación menciona un proverbio semejante. Por eso dijo de antemano «que a la vez se regocijen el que siembra y el que siega.» Porque, habiendo de declarar que «uno ha sembrado y otro siega», para que nadie pensara que los Profetas eran privados de su recompensa, afirma algo extraño y paradójico, tal como jamás sucede en las cosas sensibles, sino que es propio solamente de las espirituales. Pues en las cosas de los sentidos, si acontece que uno siembre y otro siegue, no «se regocijan juntos», sino que los que sembraron se entristecen, como quienes trabajaron para otros, y sólo los que siegan se regocijan. Pero aquí no es así, sino que los que no siegan lo que sembraron se regocijan igualmente con los que siegan; de donde es claro que ellos también comparten la recompensa.
Juan 4:38
Homilía 34, § 2 · Juan 4:38
«Yo os envié a segar lo que no trabajasteis; otros trabajaron, y vosotros habéis entrado en sus trabajos.»
Con esto los anima aún más; pues cuando parecía cosa muy dura recorrer todo el mundo y predicar el Evangelio, les muestra que es incluso muy fácil. La obra verdaderamente difícil era la otra, que exigía gran trabajo: sembrar la semilla e introducir al alma no iniciada en el conocimiento de Dios. Pero ¿por qué dice estas palabras? Para que, cuando los envíe a predicar, no se confundan, como si fueran enviados a una tarea difícil. «Porque la de los Profetas», dice, «era la más difícil, y el hecho da testimonio de mi palabra: que vosotros habéis llegado a lo que es fácil; porque, como en el tiempo de la siega los frutos se recogen con facilidad, y en un momento la era se llena de gavillas que no aguardan las revoluciones de las estaciones, ni el invierno, ni la primavera, ni la lluvia, así es ahora. Los hechos lo proclaman en voz alta.» Mientras Él estaba en medio de estas palabras, los samaritanos salieron, y el fruto fue recogido de una vez. Por esto dijo: «Alzad vuestros ojos, y mirad los campos, que están blancos.» Así habló, y el hecho fue claro, y las palabras se vieron verdaderas por el suceso. Pues dice San Juan:
Juan 4:39
Homilía 34, § 2–3 · Juan 4:39
«Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer, que daba testimonio: Me ha dicho todo cuanto he hecho.»
Comprendieron que la mujer no habría, por favor, admirado a Aquel que había reprendido sus pecados, ni habría, para complacer a otro, exhibido el curso de su propia vida.
3. Imitemos, pues, también nosotros a esta mujer; y en el caso de nuestros propios pecados no nos avergoncemos de los hombres, sino temamos, como conviene, a Dios, que ahora contempla lo que se hace y que después castigará a los que ahora no se arrepienten. Al presente hacemos lo contrario de esto: no tememos a Aquel que ha de juzgarnos, sino que nos sobrecogemos ante quienes en nada pueden dañarnos, y temblamos por la vergüenza que proviene de ellos. Por tanto, en aquello mismo que tememos, en eso incurrimos en castigo. Porque el que ahora sólo mira la reprensión de los hombres, pero cuando Dios lo ve no se avergüenza de hacer cosa indecorosa alguna, y no quiere arrepentirse ni convertirse, en aquel día será puesto como ejemplo, no sólo ante uno o dos, sino a la vista del mundo entero. Pues que una vasta asamblea está sentada allí para contemplar tanto las obras justas como las que no lo son, enséñalo la parábola de las ovejas y los cabritos, y asimismo el bienaventurado Pablo cuando dice: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo» []; y otra vez: «Quien sacará a luz lo escondido de las tinieblas.» [] ¿Has hecho o imaginado algo malo, y lo ocultas del hombre? De Dios, sin embargo, no lo ocultas. Pero de esto nada te cuidas; los ojos de los hombres, ésos son tu temor. Piensa entonces que aquel día no podrás escapar ni siquiera de la vista de los hombres; porque todas las cosas, como en un cuadro, serán puestas entonces ante nuestros propios ojos, de modo que cada uno será condenado por sí mismo. Esto es claro incluso por el caso del rico, pues al pobre a quien había desatendido, me refiero a Lázaro, lo vio de pie delante de sus ojos, y suplica que aquel dedo que tantas veces había despreciado le sea entonces consuelo. Os exhorto, por tanto, a que, aunque nadie vea lo que hacemos, cada uno de nosotros entre en su propia conciencia, ponga a la razón por juez, saque a luz sus transgresiones, y, si no desea que sean expuestas a la vista pública en aquel día temible, cure ahora sus heridas y les aplique las medicinas del arrepentimiento. Porque está en poder, sí, está en poder de uno lleno de diez mil heridas partir de aquí sano. Pues «si perdonáis», dice, «vuestros pecados os son perdonados.» [Mateo 6:14, no citado literalmente] Pues así como los pecados sepultados en el Bautismo no aparecen más, así también éstos desaparecerán, si queremos arrepentirnos. Y arrepentimiento es no volver a hacer lo mismo; porque el que pone de nuevo su mano en ello es semejante al perro que vuelve a su propio vómito, y a aquel del proverbio que carda lana en el fuego y saca agua en un tonel lleno de agujeros. Conviene, pues, apartarse tanto en obra como en pensamiento de lo que hemos osado hacer, y, una vez apartados, aplicar a las heridas los remedios contrarios a nuestros pecados. Por ejemplo: ¿has sido codicioso y avaro? Abstente de la rapacidad, y aplica la limosna a la herida. ¿Has sido fornicador? Abstente de la fornicación, y aplica la castidad a la herida. ¿Has malhablado de tu hermano, y le has agraviado? Deja la censura, y aplica la benignidad. Obrémonos así respecto de cada punto en que hayamos ofendido, y no pasemos descuidadamente por alto nuestros pecados, porque nos espera en lo futuro, nos espera una época de rendir cuentas. Por lo cual también dijo Pablo: «El Señor está cerca: por nada estéis afanosos.» [] Pero nosotros quizá debemos añadir lo contrario de esto: «El Señor está cerca: estad afanosos.» Porque a ellos bien les venía oír «Por nada estéis afanosos», pues vivían entre aflicciones, trabajos y pruebas; pero quienes viven de rapiña o en el lujo, y quienes han de dar una cuenta gravosa, con razón oirían no aquello, sino esto otro: «El Señor está cerca, estad afanosos.» Ya no queda mucho tiempo hasta el fin, sino que el mundo se apresura hacia su término: esto lo declaran las guerras, esto las aflicciones, esto los terremotos, esto el amor que se ha enfriado. Porque así como el cuerpo, en su último aliento y cerca de la muerte, atrae sobre sí diez mil sufrimientos, y como, cuando una casa está a punto de derrumbarse, suelen caer de antes muchas piezas del techo y de los muros, así el fin del mundo está cerca, a las mismas puertas; y por eso diez mil males andan esparcidos por todas partes. Si entonces estaba cerca el Señor, mucho más está cerca ahora. Si hace trescientos años, cuando se usaban aquellas palabras, Pablo llamaba a aquel tiempo «la plenitud del tiempo», mucho más habría llamado así al presente. Pero quizá por esto mismo algunos no creen; sin embargo, por esto mismo deberían creer más. Pues ¿de dónde sabes, oh hombre, que el fin no está «cerca» y que las palabras no han de cumplirse en breve? Porque así como hablamos del fin del año, no como del último día, sino también del último mes, aunque tenga treinta días; así, si de tantos años llamo «fin» incluso a cuatrocientos años, no me equivocaré; y así, en aquel tiempo Pablo hablaba del fin por anticipación. Pongámonos, pues, en orden; deleitémonos en el temor de Dios; porque si vivimos aquí sin temor de Él, su venida nos sorprenderá de repente, cuando no estemos ni cuidadosos ni esperándolo. Como declaró Cristo cuando dijo: «Porque como en los días de Noé, y como en los días de Lot, así será en el fin de este mundo.» [Mateo 24:37, no citado literalmente] Esto declaró también Pablo cuando dijo: «Porque cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina, como los dolores de parto a la mujer encinta.» [] ¿Qué significa «como los dolores de parto a la mujer encinta»? Muchas veces las mujeres encintas, cuando se divierten, o en las comidas, o en el baño o en la plaza, sin prever nada de lo que venía, han sido acometidas en un instante por sus dolores. Pues ya que nuestro caso es semejante al suyo, estemos siempre preparados, porque no siempre oiremos estas cosas, ni siempre tendremos poder de hacerlas. «En el sepulcro», dice David, «¿quién te alabará?» [] Arrepintámonos, pues, aquí, para que así hallemos a Dios misericordioso con nosotros en el día venidero, y podamos gozar de abundante perdón; el cual obtengamos todos, por la gracia y la misericordia amorosa de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el dominio ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
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