Homilía 16, § 1
Mateo V. 17.
«No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas.»
Pues ¿quién sospechaba esto? ¿O quién lo acusaba, para que hubiera de defenderse de semejante cargo? Porque ciertamente de lo que había precedido no se engendraba tal sospecha. Pues mandar a los hombres ser mansos, y suaves, y misericordiosos, y puros de corazón, y luchar por la justicia, no indicaba semejante designio, sino más bien todo lo contrario.
¿Por qué, pues, habrá dicho esto? No al azar, ni vanamente: sino porque iba a promulgar mandamientos mayores que los antiguos, diciendo: «Fue dicho a los antiguos: No matarás; pero yo os digo: Ni siquiera os airéis;» y a trazar un camino para una suerte de conversación divina y celestial; a fin de que la extrañeza de ello no turbara las almas de los oyentes, ni las dispusiera del todo a amotinarse contra lo que decía, usó este medio de corregirlos de antemano.
Porque aunque no cumplían la ley, sin embargo estaban poseídos de mucha escrupulosa consideración hacia ella; y mientras cada día la anulaban con sus obras, querían que su letra permaneciera inmóvil, y que nadie añadiera nada más a ella. O más bien, soportaban que sus gobernantes le añadieran, no ciertamente para mejor, sino para peor. Pues así solían anular el honor debido a nuestros padres con añadiduras suyas, y de muchísimas otras cosas que les estaban mandadas se libraban con estas añadiduras inoportunas.
Por tanto, puesto que Cristo, en primer lugar, no era de la tribu sacerdotal, y además, las cosas que iba a introducir eran una suerte de añadidura, no que disminuyera, sino que realzara la virtud; sabiendo Él de antemano que ambas circunstancias les turbarían, antes de escribir en su mente aquellas leyes admirables, arroja fuera lo que seguramente se albergaba allí. ¿Y qué era lo que se albergaba allí, y ponía obstáculo?
Homilía 16, § 2
2. Pensaban que Él, hablando así, lo hacía con miras a la abrogación de las antiguas instituciones. Esta sospecha, pues, la sana Él; y no sólo aquí lo hace, sino también en otra parte. Así, como le tenían por no menos que un adversario de Dios, por esta razón, a saber, por no guardar el sábado; Él, para sanar tal sospecha suya, allí también expone sus defensas, de las cuales algunas ciertamente le eran propias; como cuando dice: «Mi Padre trabaja, y yo trabajo;» [] pero algunas tenían en sí mucha condescendencia, como cuando aduce la oveja perdida en día de sábado, [] y señala que la ley se quebranta para su conservación, y hace mención de nuevo de la circuncisión, como teniendo este mismo efecto. []
Por lo cual vemos también que a menudo dice palabras algo inferiores a Él, para quitar la apariencia de ser adversario de Dios.
Por esta causa, Aquel que había resucitado a miles de muertos con sólo una palabra, cuando llamaba a Lázaro, añadió también una oración; y luego, para que esto no le hiciera parecer menor que Aquel que lo engendró, Él, para corregir esta sospecha, añadió: «Dije estas cosas por causa de la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.» Y ni hace todas las cosas como quien obra por su propio poder, para corregir del todo su debilidad; ni hace todas las cosas con oración, para no dejar materia de mala sospecha a los que vinieren después, como si estuviera sin fuerza ni poder: sino que mezcla lo segundo con lo primero, y aquello a su vez con esto. Y no hace esto indistintamente, sino con su propia y adecuada sabiduría. Pues mientras hace las obras mayores con autoridad, en las menores levanta los ojos al cielo. Así, al absolver pecados, y revelar sus secretos, y abrir el Paraíso, y expulsar demonios, y limpiar leprosos, y refrenar la muerte, y resucitar muertos por miles, todo lo hizo por modo de mandato: pero cuando, cosa mucho menor que éstas, hacía brotar muchos panes de pocos, entonces levantó los ojos al cielo: significando que no por debilidad hace esto. Porque Aquel que podía hacer lo mayor con autoridad, ¿cómo en lo menor había de necesitar oración? Pero, como iba diciendo, hace esto para acallar su desvergüenza. La misma cuenta, pues, te mando hacer de sus palabras también, cuando le oigas decir cosas humildes. Pues en verdad muchas son las causas tanto de las palabras como de las acciones de ese tenor: como, por ejemplo, que no se le supusiera ajeno a Dios; su instruir y servir a todos los hombres; su enseñar la humildad; su estar revestido de carne; la incapacidad de los judíos de oírlo todo de una vez; su enseñarnos a no pronunciar palabra altanera de nosotros mismos. Por esta causa muchas veces, habiendo dicho en su propia persona mucho de humilde acerca de sí, las cosas grandes las deja para que las digan otros. Así Él mismo, ciertamente, razonando con los judíos, dijo: «Antes que Abraham fuese, Yo Soy:» [] pero su discípulo no así, sino: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» []
Asimismo, que Él mismo hizo el cielo, y la tierra, y el mar, y todas las cosas visibles e invisibles, en su propia persona no lo dijo expresamente en ninguna parte; pero su discípulo, hablando con claridad y sin suprimir nada, lo afirma una, dos, sí muchas veces: escribiendo que «todas las cosas fueron hechas por Él;» y, «sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho;» y, Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él.
¿Y por qué maravillarse, si otros han dicho cosas mayores de Él que las que Él dijo de sí mismo; pues (lo que es más) en muchos casos, lo que mostraba con sus obras, no lo declaraba abiertamente con sus palabras? Así, que fue Él mismo quien hizo al género humano, lo mostró claramente aun por aquel ciego; pero cuando hablaba de nuestra formación en el principio, no dijo: «Yo hice», sino «El que los hizo, macho y hembra los hizo.» [] Asimismo, que Él creó el mundo y todo lo que hay en él, lo demostró por los peces, por el vino, por los panes, por la calma en el mar, por el rayo de sol que desvió en la Cruz; y por muchísimas cosas además: pero con palabras en ninguna parte lo dijo claramente, aunque sus discípulos lo declaran continuamente, tanto Juan, como Pablo y Pedro.
Porque si aquéllos que noche y día le oyen discurrir, y le ven obrar maravillas; a quienes explicó muchas cosas en privado, y dio tan gran poder como para resucitar a los muertos; a quienes hizo tan perfectos que lo dejaron todo por Él: si aun ellos, después de tan gran virtud y abnegación, no tuvieron fuerza para soportarlo todo, antes del suministro del Espíritu; ¿cómo el pueblo de los judíos, estando desprovisto de entendimiento, y muy por debajo de tal excelencia, y sólo por casualidad presente cuando Él hacía o decía algo, cómo habrían podido ser persuadidos de que no era ajeno al Dios de todos, si Él no hubiera practicado tan gran condescendencia en todo?
Por esta razón vemos que, aun cuando abrogaba el sábado, no introducía de propósito deliberado su legislación, sino que junta muchas y variadas razones de defensa. Ahora bien, si cuando iba a hacer cesar un solo mandamiento, usaba tanta reserva en su lenguaje, para no sobresaltar a los oyentes; mucho más, al añadir a la ley, entera como estaba, otro entero código de leyes, requería mucha destreza y atención, para no alarmar a los que entonces le oían.
Por esta misma causa, tampoco le hallamos enseñando por todas partes con claridad acerca de su propia divinidad. Porque si su añadir a la ley había de turbarlos tan grandemente, mucho más su declararse Dios.
Homilía 16, § 3
3. Por lo cual muchas cosas son dichas por Él, muy por debajo de su propia dignidad, y aquí, cuando está por proceder a su añadidura a la ley, ha usado abundancia de corrección de antemano. Pues no fue una sola vez que dijo: «No abrogo la ley», sino que la repitió de nuevo, y añadió otra cosa y mayor; en que, a las palabras «No penséis que he venido a destruir», añadió: «No he venido a destruir, sino a cumplir.»
Ahora bien, esto no sólo obstruye la obstinación de los judíos, sino que tapa también la boca de aquellos herejes que dicen que el antiguo pacto es del diablo. Porque si Cristo vino a destruir la tiranía de éste, ¿cómo es que este pacto no sólo no es destruido, sino incluso cumplido por Él? Pues dijo no sólo: «No lo destruyo;» aunque esto habría bastado; sino «Incluso lo cumplo:» palabras de uno tan lejos de oponerse, que hasta lo está estableciendo.
Y ¿cómo, podría preguntar alguno, no la destruyó? ¿De qué manera más bien cumplió ya la ley, ya los profetas? A los profetas los cumplió, en cuanto confirmó con sus acciones todo lo que acerca de Él se había dicho; por lo cual también el evangelista solía decir en cada caso: «Para que se cumpliese lo dicho por el profeta.» Tanto cuando nació, [] como cuando los niños le cantaron aquel himno admirable, y cuando se sentó sobre el asno, [] y en muchísimos otros casos obró este mismo cumplimiento: todas las cuales cosas habrían quedado sin cumplirse, si Él no hubiera venido.
Pero la ley la cumplió, no de un solo modo, sino también de un segundo y un tercero. De un modo, no transgrediendo ninguno de los preceptos de la ley. Pues que la cumplió toda, oye lo que dice a Juan: «Porque así conviene que cumplamos toda justicia.» [] Y a los judíos también dijo: «¿Quién de vosotros me convence de pecado?» [] Y a sus discípulos, además: «Viene el príncipe de este mundo, y nada halla en mí.» [] Y también el profeta desde el principio había dicho que «no hizo pecado.» []
Éste fue, pues, uno de los sentidos en que la cumplió. Otro, que hizo lo mismo también por medio de nosotros; pues ésta es la maravilla, que no sólo Él mismo la cumplió, sino que nos concedió esto igualmente a nosotros. Lo cual Pablo, declarándolo, dijo: «Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree.» [] Y dijo también que «condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne.» [] Y otra vez: «¿Luego por la fe invalidamos la ley? ¡Dios no lo permita! Antes bien, confirmamos la ley.» [] Porque como la ley se afanaba en esto, en hacer justo al hombre, pero no tenía poder, Él vino e introdujo el camino de la justicia por la fe, y así estableció lo que la ley deseaba: y lo que la ley no podía por la letra, esto lo realizó Él por la fe. Por esto dice: «No he venido a destruir la ley.»
Homilía 16, § 4
4. Pero si alguno quiere indagar con exactitud, hallará también otro, un tercer sentido, en que esto se ha hecho. ¿De qué clase es, pues? En el sentido de aquel futuro código de leyes que Él estaba por entregarles.
Porque sus dichos no eran una derogación de los anteriores, sino un desenvolvimiento y una plenitud de ellos. Así, «no matar» no queda anulado por el dicho: No te aíres, sino más bien es llenado y puesto en mayor seguridad: y así todos los demás.
Por lo cual, como ves, así como antes había sembrado sin despertar sospechas las semillas de esta enseñanza, así en el momento en que, por su comparación de los mandamientos antiguos y nuevos, habría de ser más claramente sospechado de ponerlos en oposición, usó de antemano su correctivo. Porque de manera encubierta había ya esparcido ciertamente aquellas semillas, por lo que había dicho. Así, «Bienaventurados los pobres» es lo mismo que el que no hayamos de airarnos; y «Bienaventurados los limpios de corazón», como no «mirar a una mujer para codiciarla»; y el «no atesorar tesoros en la tierra» armoniza con «Bienaventurados los misericordiosos»; y «llorar» también, «ser perseguidos» y «ultrajados», coinciden con «entrar por la puerta estrecha»; y «tener hambre y sed de justicia» no es otra cosa que lo que dice después: «Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos.» Y habiendo declarado «bienaventurado al pacificador», de nuevo casi dijo lo mismo, cuando mandó «dejar la ofrenda» y apresurarse a la reconciliación con aquel que estaba afligido, y acerca de «ponerse de acuerdo con el adversario.»
Pero allí estableció las recompensas de los que obran bien; aquí más bien los castigos de los que descuidan la práctica. Por lo cual, como en aquel lugar dijo: «Los mansos heredarán la tierra», así aquí: «El que llame necio a su hermano será reo del fuego del infierno»; y allí: «Los limpios de corazón verán a Dios»; aquí, es completo adúltero el que mira deshonestamente. Y habiendo llamado allí «a los pacificadores hijos de Dios», aquí nos alarma desde otro lado, diciendo: «No sea que en algún momento el adversario te entregue al juez.» Así también, mientras que en la parte anterior bendice a los que lloran y a los que son perseguidos; en la siguiente, estableciendo el mismo punto, amenaza con destrucción a los que no van por ese camino; porque «Los que andan 'por el camino ancho', dice Él, 'allí hacen su fin.'» Y «No podéis servir a Dios y a las riquezas» me parece lo mismo que «Bienaventurados los misericordiosos», y «aquellos que tienen hambre de justicia.»
Pero, como dije, puesto que Él va a decir estas cosas más claramente, y no sólo más claramente, sino también a añadir de nuevo más de lo que ya se había dicho (pues ya no busca simplemente a un hombre misericordioso, sino que nos manda dar aun la túnica; no simplemente a una persona mansa, sino volver también la otra mejilla al que nos abofetee): por eso primero quita la aparente contradicción.
Por esta razón, pues, como ya he dicho, dijo esto no una sola vez, sino una y otra vez; en que a las palabras «No penséis que he venido a destruir», añadió: «No he venido a destruir, sino a cumplir.»
«Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se cumpla.»
Ahora bien, lo que dice es como esto: no puede ser que quede sin cumplirse, sino que lo más pequeño que hay en ella necesariamente ha de cumplirse. Lo cual Él mismo realizó, en cuanto la completó con toda exactitud.
Y aquí nos significa oscuramente que también la apariencia del mundo entero está siendo cambiada. Y no lo dijo sin propósito, sino para despertar al oyente, e indicar que con justa causa introducía otra disciplina; si al menos las obras mismas de la creación han de ser todas transformadas, y el género humano ha de ser llamado a otra patria, y a un modo más alto de practicar el vivir.
Homilía 16, § 5
5. «Por tanto, cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los Cielos.» []
Así, habiéndose librado de la mala sospecha, y habiendo tapado la boca a los que con gusto contradirían, entonces por fin procede a alarmar, y pronuncia una grave denuncia en apoyo de las disposiciones que iba a promulgar.
Pues en cuanto a que dijo esto no en favor de las leyes antiguas, sino de las que iba a promulgar, escucha lo que sigue: «Porque os digo», dice Él, «que si vuestra justicia no excede a la justicia de los escribas y fariseos, de ningún modo entraréis en el reino de los Cielos.»
Porque si estuviera amenazando con respecto a las leyes antiguas, ¿cómo dijo: «si no excede»? Pues quienes hicieran justamente lo mismo que aquellos antiguos, no podrían excederlos en materia de justicia.
Pero, ¿de qué clase era el exceso requerido? No airarse, ni siquiera mirar a una mujer impúdicamente.
¿Por qué causa, pues, llama a estos mandamientos «pequeñísimos», siendo tan grandes y elevados? Porque Él mismo iba a introducir la promulgación de ellos; pues así como se humilló a Sí mismo, y habla de Sí frecuentemente con mesura, así también de sus propias disposiciones, enseñándonos con esto de nuevo a ser modestos en todo. Y además, puesto que parecía haber alguna sospecha de novedad, ordenó por un tiempo su discurso con reserva.
Pero cuando oís «el más pequeño en el reino de los cielos», no penséis en otra cosa sino en el infierno y los tormentos. Porque Él solía significar con «el reino» no meramente su goce, sino también el tiempo de la resurrección y aquella terrible venida. Y ¿cómo podría ser razonable que, mientras el que llamó necio a su hermano, y transgredió un solo mandamiento, caiga en el infierno, el quebrantador de todos ellos, e instigador de otros a lo mismo, esté dentro del reino? Por tanto, no es esto lo que quiere decir, sino que tal hombre será en aquel tiempo el más pequeño, esto es, arrojado, último. Y el que es último, ciertamente caerá entonces en el infierno. Porque, siendo Dios, conoció de antemano la relajación de los muchos; conoció de antemano que algunos pensarían que estas palabras eran meramente hiperbólicas, y disputarían acerca de las leyes, y dirían: ¿Qué, si uno llama necio a otro, es castigado? ¿Si uno sólo mira a una mujer, se hace adúltero? Por esta misma causa Él, destruyendo de antemano tal insolencia, ha puesto la más fuerte denuncia contra ambas clases, tanto contra los que transgreden como contra los que inducen a otros a hacerlo.
Conociendo, pues, como conocemos su amenaza, ni nosotros mismos transgredamos, ni desalentemos a los que están dispuestos a guardar estas cosas.
«Mas el que haga y enseñe», dice Él, «será llamado grande».
Pues no sólo a nosotros mismos debemos ser útiles, sino también a los demás; ya que tampoco es tan grande la recompensa para el que se guía rectamente a sí mismo como para aquel que consigo añade también a otro. Porque así como enseñar sin obrar condena al maestro (pues «tú que enseñas a otro», se dice, «¿no te enseñas a ti mismo?» []), así el obrar pero no guiar a otros, disminuye nuestra recompensa. Conviene, por tanto, ser principal en una y otra obra, y, habiendo primero enderezado a sí mismo, pasar así también al cuidado de los demás. Pues por esto Él mismo ha puesto el obrar antes que el enseñar; para dar a entender que así, sobre todo, puede uno enseñar, y de ningún otro modo. Porque a uno se le dirá: «Médico, cúrate a ti mismo.» []. Puesto que el que no puede enseñarse a sí mismo, y sin embargo intenta corregir a los demás, tendrá muchos que se burlen de él. O mejor dicho, tal hombre no tendrá poder alguno para enseñar, porque sus acciones levantan la voz contra él. Pero si fuere completo en ambos respectos, «será llamado grande en el reino de los cielos.»
Homilía 16, § 6
6. «Porque os digo que, si vuestra justicia no sobrepasa a la justicia de los escribas y fariseos, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos.» []
Aquí por justicia entiende Él toda la virtud; así también, discurriendo acerca de Job, dijo: «Era un hombre intachable, justo.» Según el mismo significado de la palabra, Pablo también llamó «justo» a aquel hombre para quien, como dijo, no hay siquiera ley establecida. «Porque», dice, «la ley no se da para el justo.» [] Y en muchos otros lugares podría uno hallar este nombre en lugar de la virtud en general.
Pero observad, os ruego, el aumento de la gracia; en que Él quiere que sus discípulos recién venidos sean mejores que los maestros del antiguo pacto. Pues por «escribas y fariseos» aquí no quiso decir meramente los inicuos, sino los que hacían el bien. Porque, si no lo hicieran bien, no habría dicho que tienen una justicia; ni habría comparado lo irreal con lo real.
Y observad también aquí cómo encomia la antigua ley, haciendo comparación entre ella y la otra; lo cual implica que es de la misma tribu y parentela. Porque más y menos pertenecen al mismo género. No halla, como veis, falta en la antigua ley, sino que quiere hacerla más estricta. Pues, si hubiera sido mala, no habría exigido más de ella; no la habría hecho más perfecta, sino que la habría desechado.
Y ¿cómo podría uno decir que, si tal es, no nos introduce en el Reino? No introduce ahora a los que viven después de la venida de Cristo, favorecidos como están con más fuerza y obligados a esforzarse por cosas mayores: pues en cuanto a sus propios hijos de crianza, a éstos los introduce a todos y cada uno. Sí, porque «muchos vendrán», dice Él, «del oriente y del occidente, y se recostarán en el seno de Abraham, de Isaac y de Jacob.» [] Y Lázaro, recibiendo también el gran premio, se muestra habitando en el seno de Abraham. Y todos, cuantos han resplandecido con excelencia en la antigua dispensación, por ella resplandecieron, todos y cada uno. Y el mismo Cristo, si hubiera sido en algo mala o ajena a Él, no la habría cumplido toda cuando vino. Pues si sólo para atraer a los judíos hacía esto, y no para probarla afín a la nueva ley y concurrente con ella, ¿por qué no cumplió también las leyes y costumbres de los gentiles, para atraer también a los gentiles?
De modo que por todas las consideraciones es claro que no por maldad alguna en sí misma deja de introducirnos, sino porque es ahora la sazón de preceptos más altos.
Y si es más imperfecta que la nueva, tampoco esto implica que sea mala: pues, según este principio, la misma ley nueva se hallará exactamente en el mismo caso. Porque en verdad nuestro conocimiento de ésta, comparado con el que ha de venir, es una cosa en parte e imperfecta, y es abolido cuando viene aquel otro. «Porque cuando», dice Él, «venga lo perfecto, entonces lo que es en parte será abolido»; [] lo mismo que aconteció a la antigua ley por medio de la nueva. Mas no por esto hemos de culpar a la ley nueva, aunque también ella ceda su lugar cuando alcancemos el Reino: pues «entonces», dice Él, «lo que es en parte será abolido»; pero con todo esto la llamamos grande.
Así pues, siendo los premios de aquélla mayores, y el poder dado por el Espíritu más abundante, con razón exige que nuestras gracias sean también mayores. Porque ya no es «una tierra que mana leche y miel», ni una vejez cómoda, ni muchos hijos, ni grano y vino, ni rebaños y ganados; sino el cielo, y las cosas buenas de los cielos, y la adopción y la hermandad con el Unigénito, y participar de la herencia, y ser glorificado y reinar con Él, y aquellos innumerables premios. Y en cuanto a haber recibido ayuda más abundante, oíd a Pablo, cuando dice: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu; porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» []
Homilía 16, § 7
7. Y ahora, después de amenazar a los transgresores, y de poner grandes premios para los que obran rectamente, y de significar que justamente exige de nosotros algo más allá de las medidas anteriores, desde este punto comienza a legislar, no simplemente, sino por vía de comparación con las antiguas ordenanzas, queriendo dar a entender estas dos cosas: primero, que no como contendiendo con las anteriores, sino antes bien en gran armonía con ellas, hace estas promulgaciones; y segundo, que era conveniente y muy oportuno para Él añadirles estos segundos preceptos.
Y para que esto se haga aún más claro, escuchemos las palabras del Legislador. ¿Qué dice, pues, Él mismo?
«Habéis oído que fue dicho a los antiguos: No matarás.» []
Y sin embargo, fue Él mismo quien dio también aquellas leyes, pero hasta aquí las enuncia impersonalmente. Porque si, por una parte, hubiera dicho: «Habéis oído que yo dije a los antiguos», la sentencia habría sido difícil de recibir y habría sido un obstáculo para todos los oyentes. Si, por otra parte, después de haber dicho: «Habéis oído que fue dicho a los antiguos por mi Padre», hubiera añadido: «Pero yo digo», habría parecido atribuirse todavía más a Sí mismo.
Por lo cual Él lo ha enunciado sencillamente, haciendo con ello un solo punto; la prueba de que había venido en sazón oportuna a decir estas cosas. Porque con las palabras «fue dicho a los antiguos», señaló la largura del tiempo, desde que recibieron este mandamiento. Y esto lo hizo para avergonzar al oyente, que se resiste al avance hacia la clase más alta de sus mandamientos; como si un maestro dijera a un niño indolente: «¿No sabes cuánto tiempo has gastado en aprender las sílabas?» Esto, pues, lo insinúa también de modo encubierto con la expresión «a los antiguos», y así, para lo futuro, los convoca al orden más alto de sus instrucciones; como si hubiera dicho: «Ya hace bastante tiempo que aprendéis estas lecciones, y de aquí en adelante debéis apresuraros a las que son más altas que éstas.»
Y está bien que no perturbe el orden de los mandamientos, sino que comience primero por el que viene antes, con el que también comenzó la ley. Sí, pues esto también conviene a quien muestra la armonía entre ellos.
«Pero yo os digo que todo aquel que se enoje contra su hermano sin causa, quedará expuesto al juicio.»
¿Veis autoridad en perfección? ¿Veis un porte propio de un legislador? Porque, ¿cuál de los profetas habló jamás de esta manera? ¿Cuál de los justos? ¿Cuál de los patriarcas? Ninguno; sino: «Así dice el Señor.» Pero el Hijo no así. Porque ellos publicaban los mandamientos de su Señor; Él, los de su Padre. Y cuando digo «de su Padre», quiero decir los suyos propios. «Porque lo mío», dice Él, «es tuyo, y lo tuyo es mío.» [] Y ellos tenían ante quién legislar a sus consiervos; Él, a sus propios siervos.
Preguntemos ahora a los que rechazan la ley: «¿Es 'No te enojes' contrario a 'No matarás'? ¿O no es el un mandamiento la consumación y el desarrollo del otro?» Claramente el uno es el cumplimiento del otro, y es mayor por esto mismo. Porque el que no se deja mover a ira, mucho más se abstendrá del homicidio; y el que refrena la cólera, mucho más mantendrá sus manos quietas. Pues la ira es la raíz del homicidio. Y veis que quien corta la raíz con mucha más razón quitará las ramas; o más bien, no permitirá que éstas broten siquiera. No, por tanto, para abolir la ley hizo estas promulgaciones, sino para su más completa observancia. Pues ¿con qué designio ordenó la ley estas cosas? ¿No fue para que nadie matara a su prójimo? Síguese que el que se opusiera a la ley tendría que ordenar el homicidio. Porque matar sería lo contrario de no matar. Pero si Él no permite que uno siquiera se enoje, el espíritu de la ley queda establecido por Él más completamente. Porque el que procura evitar el homicidio no se abstendrá de él igualmente que aquel que ha desechado incluso la ira; estando este último más lejos del crimen.
Homilía 16, § 8
8. Mas para refutarlos también de otra manera, aduzcamos todas sus alegaciones. ¿Qué afirman, pues? Afirman que el Dios que hizo el mundo, que «hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos», es en cierto sentido un ser malo. Pero los más moderados (¡por cierto!) entre ellos, aunque rehúsan esto, sin embargo, mientras afirman que Él es justo, le privan de ser bueno. Y a otro, que no existe ni hizo ninguna de las cosas que son, lo asignan por Padre a Cristo. Y dicen que aquel que no es bueno permanece en lo suyo y conserva lo que es suyo; pero que Él, que es bueno, busca lo ajeno y desea de repente hacerse Salvador de aquellos de quienes no era Creador. ¿Veis a los hijos del diablo, cómo hablan de la fuente de su padre, enajenando la obra de la creación respecto de Dios: mientras Juan clama: «A lo suyo vino», y: «¿El mundo fue hecho por Él?»
En segundo lugar, critican la ley del antiguo pacto, que manda sacar «ojo por ojo» y «diente por diente»; y al punto insultan y dicen: «¿Pues cómo puede ser bueno quien así habla?»
¿Qué respondemos, pues, a esto? Que es el grado más alto de amor al hombre. Porque Él hizo esta ley, no para que nos arranquemos mutuamente los ojos, sino para que el temor de padecer por otros nos refrene de hacerles cosa semejante. Así como, por tanto, amenazó a los ninivitas con la ruina, no para destruirlos (pues si esa hubiera sido su voluntad, habría debido callar), sino para hacerlos mejores por el temor y aplacar así su ira: así también ha establecido un castigo para los que atacan sin motivo los ojos de otros, a fin de que, si el buen principio no los dispone a abstenerse de tal crueldad, el temor los refrene de dañar la vista de sus prójimos.
Y si esto es crueldad, crueldad es también que se refrene al homicida y se contenga al adúltero. Pero éstas son palabras de hombres insensatos y de quienes están locos hasta el extremo de la locura. Pues yo, lejos de decir que esto proviene de crueldad, diría que lo contrario de esto sería ilícito, según el juicio de los hombres. Y en cuanto a que decís: Porque mandó sacar «ojo por ojo», por eso es cruel; yo digo que, si no hubiera dado este mandamiento, entonces habría parecido, a juicio de la mayoría de los hombres, ser lo que vosotros decís que es.
Porque supongamos que esta ley hubiera sido del todo abolida, y que nadie temiera el castigo que de ella se sigue, sino que se hubiera dado licencia a todos los malvados para seguir su propia inclinación con toda seguridad: a los adúlteros, a los homicidas, a los perjuros y a los parricidas; ¿no se habrían trastornado todas las cosas? ¿No se habrían llenado las ciudades, las plazas y las casas, el mar y la tierra, y el mundo entero, de incontables contaminaciones y homicidios? Cualquiera lo ve. Pues si, habiendo leyes, y temor, y amenazas, apenas se refrenan nuestras malas inclinaciones, quitada incluso esta seguridad, ¿qué hay que impida a los hombres elegir el vicio? ¿Y qué grado de mal no vendría entonces a solazarse sobre toda la vida humana?
Tanto más, cuanto que la crueldad no consiste sólo en permitir que los malos hagan lo que quieran, sino también en otra cosa no menos importante: pasar por alto y dejar desamparado al que no ha hecho mal alguno, sino que sin causa ni razón padece injuria. Porque decidme: si alguno reuniera de todas partes a hombres malvados, los armara con espadas y les mandara recorrer toda la ciudad y degollar a cuantos se hallaran a su paso, ¿podría haber algo más semejante a una fiera que él? Y ¿qué si otro atara y encerrara con la mayor estrechez a aquellos a quienes aquel hombre había armado, y arrancara de aquellas manos inicuas a los que estaban a punto de ser degollados; podría haber mayor humanidad que ésta?
Ahora, pues, os mando trasladar estos ejemplos igualmente a la ley; porque Aquel que manda sacar «ojo por ojo», ha puesto el temor como una especie de fuerte cadena sobre las almas de los malos, y así se asemeja a aquel que retiene a esos asesinos en prisión; mientras que el que no les señala castigo alguno, con tal seguridad no hace sino armarlos, y representa el papel de aquel otro que ponía las espadas en sus manos y los soltaba por toda la ciudad.
¿No ves cómo los mandamientos, lejos de proceder de crueldad, proceden más bien de una misericordia sobreabundante? Y si por causa de éstos llamáis al Legislador gravoso y difícil de soportar, decidme qué clase de mandamiento es más laborioso y gravoso: «No matarás», o «Ni siquiera te enojes»? ¿Cuál es más extremado, el que exige castigo por el homicidio, o por la mera ira? ¿El que somete al adúltero a la venganza después del hecho, o el que impone castigo incluso por el deseo mismo, y castigo eterno? ¿No veis cómo su razonamiento viene a parar en lo contrario? ¿Cómo el Dios del antiguo pacto, a quien llaman cruel, resultará dulce y manso; y el del nuevo, a quien reconocieron como bueno, será duro y gravoso, según su locura? Mientras que nosotros decimos que hay uno y el mismo Legislador de ambos pactos, que dispensó todas las cosas convenientemente, y adaptó a la diferencia de los tiempos la diferencia entre los dos sistemas de ley. Por tanto, ni los primeros mandamientos son crueles, ni los segundos duros y gravosos, sino todos de uno y el mismo cuidado providencial.
Pues que Él mismo dio también el antiguo pacto, oíd la afirmación del profeta, o más bien (así debemos hablar), de Aquel que es el uno y el otro: «Haré con vosotros un pacto, no según el pacto que hice con vuestros padres.» []
Pero si no recibe esto el que está enfermo con las doctrinas maniqueas, oiga a Pablo decir exactamente lo mismo en otro lugar: «Porque Abraham tuvo dos hijos, uno de la esclava y otro de la libre; y éstos son dos pactos.» [] Así como en aquel caso las esposas son diferentes, el esposo el mismo; así también aquí los pactos son dos, el Legislador uno.
Y para probaros que era de una y la misma mansedumbre; en el uno dice: «Ojo por ojo», pero en éste otro,
«Si alguno te hiere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra.» []
Porque así como en aquel caso Él frena al que hace el mal con el temor de este sufrimiento, así también en éste. «¿Cómo así», se dirá, «cuando manda volverle también la otra mejilla?» Pues bien, ¿qué importa eso? Porque no para quitarle el miedo mandó esto, sino encargándote que le permitas saciarse por completo. Ni dijo que el otro quede sin castigo, sino: «no te castigues tú;» aumentando a la vez el temor del que golpea, si persiste, y consolando al que es golpeado.
Homilía 16, § 9
9. Pero estas cosas las hemos dicho, como quien dice de pasada, acerca de todos los mandamientos. Ahora debemos pasar a lo que está delante de nosotros, y mantener el hilo de lo que se había afirmado. «El que se enoja contra su hermano sin causa será reo del juicio:» así habla. Así, no ha quitado del todo la cosa: primero, porque no es posible, siendo hombre, verse libre de las pasiones: podemos ciertamente dominarlas, pero estar del todo sin ellas es imposible.
Luego, porque esta pasión es incluso útil, si sabemos usarla en el momento adecuado. Mira, por ejemplo, qué gran bien obró aquella ira de Pablo, que sintió contra los corintios, en aquella ocasión bien conocida; y cómo, así como los libró de una plaga gravosa, por el mismo medio recuperó también al pueblo de los gálatas, que se había desviado; y a otros además de éstos. ¿Cuál es, pues, el tiempo propio de la ira? Cuando no nos vengamos a nosotros mismos, sino que refrenamos a otros en sus desmanes ilegales, o los forzamos a atender en su negligencia.
¿Y cuál es el tiempo inadecuado? Cuando lo hacemos para vengarnos a nosotros mismos: lo cual Pablo también prohibiendo, dijo: «No os venguéis vosotros mismos, amados míos, antes dad lugar a la ira.» [] Cuando contendemos por las riquezas: sí, pues esto también lo quitó, donde dice: «¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien ser defraudados?» [] Porque así como esta última clase es superflua, así la primera es necesaria y provechosa. Pero la mayoría de los hombres hace lo contrario; volviéndose como fieras cuando ellos mismos son injuriados, pero remisos y cobardes cuando ven que se desprecia a otro: ambas cosas son justamente opuestas a las leyes del Evangelio.
El enojarse, pues, no es transgresión, sino el hacerlo a destiempo. Por esta causa el profeta también dijo: «Airaos, y no pequéis.»
Homilía 16, § 10
10. «Y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, será reo del concilio.»
Por el concilio en este lugar quiere decir el tribunal de los hebreos: y lo ha mencionado ahora, a propósito, para que no parezca en todas partes hacerse el extraño e innovador.
Pero esta palabra, «Raca», no es expresión de gran insolencia, sino más bien de cierto desprecio y menosprecio por parte del que habla. Porque así como nosotros, dando órdenes a nuestros siervos, o a cualquier persona muy inferior, decimos: «Vete de aquí; tú, aquí, dile a fulano:» así los que usan la lengua de los sirios dicen: «Raca», poniendo esa palabra en lugar de «tú». Pero Dios, el amante del hombre, arranca de raíz hasta las menores faltas, mandándonos comportarnos unos con otros de manera decorosa y con el debido respeto; y esto con miras a destruir así también las mayores.
«Pero cualquiera que dijere: Necio, será reo del infierno de fuego.»
A muchos este mandamiento les ha parecido gravoso e irritante, si por una mera palabra hemos de pagar realmente tan gran castigo. Y algunos incluso dicen que fue dicho más bien hiperbólicamente. Pero temo no sea que, habiéndonos engañado con palabras aquí, suframos allí en obras aquel castigo extremo.
Porque, dime, ¿por qué el mandamiento parece sobrecargado? ¿No sabes que la mayoría de los castigos y de los pecados tienen su principio en las palabras? Sí, pues por las palabras son las blasfemias, y las negaciones son por palabras, y los denuestos, y los reproches, y los perjurios, y el dar falso testimonio. No mires, pues, que sea una mera palabra, sino si no tiene mucho peligro, esto es lo que debes inquirir. ¿Ignoras que en tiempo de enemistad, cuando la ira está inflamada y el alma encendida, hasta lo más pequeño parece grande, y lo que no es muy reprochable se cuenta por intolerable? Y a menudo estas pequeñeces han dado origen incluso al homicidio, y han derribado ciudades enteras. Porque así como donde hay amistad, las cosas gravosas son ligeras, así donde subyace la enemistad, las naderías parecen intolerables. Y por más sencillamente que se diga una palabra, se sospecha que ha sido dicha con mala intención. Y como en el fuego: si sólo hay una pequeña chispa, aunque haya miles de tablones cerca, no prende fácilmente en ellos; pero si la llama se ha hecho fuerte y alta, se apodera fácilmente no sólo de tablones, sino de piedras, y de todos los materiales que caen a su paso; y por las mismas cosas con que suele apagarse, por las mismas se enciende más (pues algunos dicen que en tal momento no sólo la madera y la estopa y los demás combustibles, sino incluso el agua lanzada contra él sólo aviva más su fuerza); así también sucede con la ira: cualquier cosa que uno diga se convierte en el momento en alimento de este mal incendio. Previniendo de antemano Cristo todos estos males, había condenado primero al que se enoja sin causa al juicio (siendo ésta la razón misma por la que dijo: «El que se enoja será reo del juicio»); luego al que dice «Raca» al concilio. Pero por ahora éstas no son cosas grandes; porque los castigos están aquí. Por tanto, para el que llama «necio» ha añadido el fuego del infierno, mencionando ahora por primera vez el nombre del infierno. Porque habiendo discurrido antes mucho sobre el reino, no mencionó esto hasta entonces; dando a entender que lo primero proviene de su propio amor e indulgencia hacia el hombre, esto último de nuestra negligencia.
Homilía 16, § 11
11. Y mira cómo procede poco a poco en sus castigos, casi excusándose contigo, y dando a entender que su deseo es ciertamente no amenazar nada de este género, sino que nosotros lo arrastramos a tales denuncias. Observa: «Te mandé», dice, «no enojarte en vano, porque estás en peligro del juicio. Has despreciado el mandamiento anterior: mira lo que ha producido la ira; te ha llevado de inmediato al insulto, porque has llamado a tu hermano 'Raca'. De nuevo, pongo otro castigo, 'el concilio'. Si aun esto pasas por alto y procedes a lo más gravoso, ya no te visito con estos castigos finitos, sino con la pena inmortal del infierno, para que después de esto no irrumpas incluso en homicidio.» Porque no hay nada, nada en el mundo más intolerable que la insolencia; es lo que tiene grandísimo poder para herir el alma de un hombre. Pero cuando la palabra que se dice es en sí misma más hiriente que la insolencia, la llama se hace dos veces más grande. No pienses, pues, que es cosa ligera llamar a otro «necio». Porque cuando de aquello que nos separa de los brutos, y por lo cual especialmente somos seres humanos, a saber, la mente y el entendimiento—cuando de esto has despojado a tu hermano, le has privado de toda su nobleza.
No miremos, pues, meramente las palabras, sino realizando las cosas mismas y su sentimiento, consideremos cuán grande herida hace esta palabra, y a cuánto mal conduce. Por esta causa Pablo también echó del reino no sólo a «los adúlteros» y a «los afeminados», sino también a «los difamadores» []. Y con gran razón: porque el hombre insolente echa a perder toda la hermosura de la caridad, y arroja sobre su prójimo males innumerables, y produce enemistades duraderas, y desgarra los miembros de Cristo, y cada día ahuyenta aquella paz que Dios tanto desea: dando mucho terreno ventajoso al diablo por sus modos injuriosos, y haciéndolo más fuerte. Por tanto, Cristo mismo, cortando los nervios del poder del diablo, introdujo esta ley.
Porque en verdad Él tiene en gran estima el amor: siendo éste por encima de todas las cosas la madre de todo bien, y la insignia de sus discípulos, y el vínculo que mantiene unida toda nuestra condición. Con razón, pues, quita con gran empeño las raíces y las fuentes de aquel odio que enteramente lo echa a perder.
No penséis, pues, que estas palabras son en modo alguno hiperbólicas, sino considerad el bien que hacen, y admirad la mansedumbre de estas leyes. Porque no hay nada por lo que Dios se afane tanto como esto: que estemos unidos y entrelazados unos con otros. Por tanto, tanto en su propia persona como por sus discípulos, tanto los del Antiguo como los del Nuevo Testamento, hace tanta estima de este mandamiento; y es severo vengador y castigador de quienes desprecian el deber. Porque en verdad nada da tan eficazmente entrada y raíz a toda maldad como la supresión del amor. Por eso dijo también: «Cuando abunde la iniquidad, el amor de muchos se enfriará.» Así Caín se hizo asesino de su hermano; así Esaú; así los hermanos de José; así nuestros innumerables crímenes han venido irrumpiendo, al romperse este vínculo. Veis por qué Él mismo arranca también de raíz, por todos lados, con gran exactitud, cuanto daña a esto.
Homilía 16, § 12
12. Y no se detiene sólo en aquellos preceptos que han sido mencionados, sino que añade también otros más que ésos: con lo cual da a entender cuánta estima hace de ello. Es decir, habiendo amenazado con «el concilio», con «el juicio» y con «el infierno», añadió otros dichos de nuevo en armonía con los anteriores, diciendo así:
«Si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti; deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» []
¡Oh bondad! ¡Oh excesivo amor al hombre! No tiene en cuenta la honra debida a Sí mismo, por causa de nuestro amor al prójimo; dando a entender que de ninguna manera por enemistad, ni por deseo alguno de castigar, había pronunciado aquellas amenazas anteriores, sino por muy tierno afecto. Porque ¿qué puede haber más suave que estas palabras? «Deja que mi servicio», dice, «sea interrumpido, para que tu amor continúe; puesto que esto también es un sacrificio, el que te reconcilies con tu hermano.» Sí, por esta causa no dijo: «después de la ofrenda», ni «antes de la ofrenda»; sino que, mientras la propia ofrenda yace allí, y cuando el sacrificio está ya comenzando, te envía a reconciliarte con tu hermano; y ni después de quitar lo que está delante de nosotros, ni antes de presentar la ofrenda, sino mientras yace en medio, te manda que te apresures allí.
¿Con qué motivo, pues, manda hacer esto, y por qué? Estos dos fines, según me parece, está aquí bosquejando y proveyendo. Primero, como he dicho, su voluntad es señalar que valora altamente la caridad, y la considera el mayor sacrificio: y que sin ella no recibe ni siquiera aquel otro; luego, está imponiendo tal necesidad de reconciliación que no admite excusa. Porque quien ha sido encargado de no ofrecer antes de reconciliarse, se apresurará, si no por amor a su prójimo, al menos para que aquella ofrenda no quede sin consagrar, a correr hacia el que ha sido agraviado, y deshacer la enemistad. Por esta causa lo ha expresado todo de manera muy significativa, para alarmarlo y despertarlo por completo. Así, cuando dijo: «Deja tu ofrenda», no se detuvo ahí, sino que añadió: «delante del altar» (haciéndole estremecer de nuevo por el lugar mismo); «y vete.» Y no dijo meramente: «Vete», sino que añadió: «primero, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» Por todas estas cosas haciendo manifiesto que aquella mesa no recibe a los que están enemistados entre sí.
Oigan esto los iniciados, cuantos se acercan en enemistad; y oigan también los no iniciados: sí, pues el dicho tiene también alguna relación con ellos. Porque ellos también ofrecen un don y un sacrificio: la oración, quiero decir, y la limosna. Porque en cuanto a que también esto es un sacrificio, oíd lo que dice el profeta: «Un sacrificio de alabanza me glorificará;» y de nuevo: «Sacrifica a Dios un sacrificio de alabanza;» y: «La elevación de mis manos es un sacrificio vespertino.» De modo que si no es más que una oración la que ofreces en tal disposición de ánimo, sería mejor dejar tu oración, y reconciliarte con tu hermano, y entonces ofrecer tu oración.
Porque para este fin fueron hechas todas las cosas: para este fin incluso Dios se hizo hombre, y dispuso todas aquellas obras, para ponernos en unión.
Y mientras que en este lugar envía al que ha hecho el mal hacia el que lo sufrió, en su oración lleva al que sufrió hacia el que hizo el mal, y los reconcilia. Porque así como allí dice: «Perdonad a los hombres sus deudas;» así aquí: «Si tiene algo contra ti, ve a él.»
O más bien, también aquí me parece a mí que está enviando a la persona injuriada: y por alguna razón semejante no dijo: «Reconcíliate con tu hermano», sino: «Sé reconciliado.» Y aunque el dicho parece pertenecer al agresor, todo él pertenece realmente al que ha sido agraviado. Así, «Si te reconcilias con él», dice Cristo, «por tu amor hacia él me tendrás también a mí propicio, y podrás ofrecer tu sacrificio con gran confianza. Pero si todavía estás irritado, considera que aun yo mando de buena gana que lo mío sea tenido en poco, para que os hagáis amigos; y deja que estos pensamientos sean calmantes para tu ira.»
Y no dijo: Cuando hayas sufrido alguna de las injurias mayores, entonces reconcíliate; sino: «Aunque sea una bagatela lo que él tenga contra ti.» Y no añadió: «Sea con justicia o sin ella»; sino solamente: «Si tiene algo contra ti.» Porque aunque sea con justicia, ni aun en ese caso debes prolongar la enemistad; pues también Cristo se airó con justicia contra nosotros, y sin embargo se entregó por nosotros a la muerte, «no imputándonos aquellos delitos.» []
Por esta causa también Pablo, exhortándonos de otro modo a la reconciliación, dijo: «No se ponga el sol sobre vuestra ira.» [] Porque así como Cristo con el argumento del sacrificio, así Pablo con el del día nos impulsa al mismo propósito. Pues en verdad teme la noche, no sea que sorprenda al que está herido estando solo y haga mayor la herida. Porque mientras de día hay muchos que distraen y apartan, en la noche, estando solo y meditando consigo mismo, las olas se encrespan y la tempestad se hace mayor. Por eso Pablo, ya ves, queriendo prevenir esto, desearía entregarlo a la noche ya reconciliado, para que el diablo no tenga después ocasión, desde su soledad, de reavivar el horno de su ira y hacerla más ardiente. Así también Cristo no permite siquiera una pequeña dilación, no sea que, una vez realizado el sacrificio, tal hombre se vuelva más negligente, dilatando de día en día; pues sabe que el caso requiere tratamiento muy pronto. Y como un médico hábil no sólo presenta los preventivos de nuestras enfermedades, sino también sus remedios, así hace Él. Porque prohibir que llamemos «necio» es preventivo de la enemistad; pero mandar la reconciliación es medio para quitar las enfermedades que sobrevienen a la enemistad.
Y observa con cuánta vehemencia se presentan ambos mandatos. Porque así como en el caso anterior amenazó con el infierno, aquí no acepta la ofrenda antes de la reconciliación, indicando gran disgusto, y por todos estos medios destruye a la vez la raíz y el fruto.
Y ante todo dice: «No os airéis»; y después: «No injuriéis». Porque en verdad ambas cosas se acrecientan, la una por la otra: de la enemistad nace la injuria, y de la injuria la enemistad. Por esto, pues, sana ora la raíz, ora el fruto; impidiendo por de pronto que el mal brote jamás; pero si acaso ha brotado y ha dado su fruto más pernicioso, entonces lo quema con más razón.
Homilía 16, § 13
13. Por tanto, ya ves, habiendo mencionado primero el juicio, luego el concilio, luego el infierno, y habiendo hablado de su propio sacrificio, añade de nuevo otros temas, diciendo así:
«Ponte de acuerdo pronto con tu adversario, mientras estás en el camino con él.» []
Es decir, para que no digas: «¿Qué, pues, si soy injuriado?» «¿Qué, si soy despojado y arrastrado también ante el tribunal?» aun esta ocasión y excusa te ha quitado; porque manda que ni siquiera en tal caso estemos en enemistad. Luego, siendo grande este precepto, saca su consejo de las cosas presentes, que suelen refrenar a los más groseros más que las futuras. «¿Pues qué dices?» dice Él. «¿Que tu adversario es más fuerte y te hace agravio? Claro está que te lo hará mayor si no te avienes, sino que te ves forzado a ir a juicio. Porque en el primer caso, cediendo algún dinero, mantendrás libre tu persona; pero cuando hayas caído bajo la sentencia del juez, quedarás atado y pagarás la pena extrema. Mas si evitas allí la contienda, cosecharás dos bienes: primero, no tener que sufrir nada doloroso; y segundo, que el bien hecho será ya obra tuya, y no efecto de coacción de su parte. Pero si no quieres dejarte guiar por estas palabras, no agravias tanto a él como a ti mismo.»
Y mira aquí también cómo le apremia; pues habiendo dicho: «Ponte de acuerdo con tu adversario», añadió: «pronto»; y no se contentó con esto, sino que aun de esta prontitud exigió un aumento, diciendo: «Mientras estás en el camino con él»; apremiándole y apresurándole con gran vehemencia. Porque nada tanto trastorna nuestra vida como la dilación y la procrastinación en el cumplimiento de nuestras buenas obras. Antes bien, esto a menudo nos ha hecho perderlo todo. Por tanto, como Pablo por su parte dice: «Antes de que se ponga el sol, haced desaparecer la enemistad»; y como Él mismo había dicho arriba: «Antes de que se cumpla la ofrenda, reconciliaos»; así dice también en este lugar: «Pronto, mientras estás en el camino con él», antes de que hayas llegado a las puertas del tribunal; antes de que te presentes ante el estrado y quedes desde entonces bajo el poder del que juzga. Pues antes de entrar, todo lo tienes bajo tu propio dominio; pero si pones el pie en aquel umbral, no podrás, ni con esfuerzos tan grandes, arreglar tus asuntos a tu voluntad, habiendo venido a quedar bajo la coacción de otro.
Mas, ¿qué es «avenirse»? Quiere decir, o «consentir más bien en padecer el agravio», o «defender la causa como si estuvieras en el lugar del otro»; para que no corrompas la justicia por amor propio, sino que, deliberando sobre la causa ajena como propia, procedas así a dar tu voto en este asunto. Y si esto es grande, no te maravilles; pues con esta mira expuso todas aquellas bienaventuranzas, para que, habiendo de antemano alisado y preparado el alma del oyente, la hiciese más apta para recibir todos sus mandamientos.
Ahora bien, algunos dicen que oscuramente significa al mismo diablo bajo el nombre de adversario; y nos manda no tener nada suyo, (pues esto, dicen, es «avenirse» con él): no siendo posible avenencia alguna después de nuestra partida de aquí, ni aguardándonos nada sino aquel castigo del que ninguna oración puede librar. Pero a mí me parece que habla de los jueces de este mundo, y del camino al tribunal, y de esta prisión.
Pues después de haber avergonzado a los hombres con cosas más altas y futuras, los atemoriza también con las de esta vida. Lo cual hace también Pablo, usando lo futuro y lo presente para mover a su oyente: como cuando, apartando de la maldad, señala al inclinado al mal al gobernante armado, diciendo así: «Pero si haces lo malo, teme; pues no en vano lleva la espada; porque es ministro de Dios.» [] Y de nuevo, mandándonos estar sujetos a él, presenta no sólo el temor de Dios, sino también la amenaza de la otra parte y su vigilante cuidado. «Porque es necesario estar sujetos, no sólo por la ira, sino también por la conciencia.» [] Porque los más irracionales, como ya he dicho, suelen ser más pronto corregidos por estas cosas, por las que aparecen y están a mano. Por lo cual Cristo hizo mención no sólo del infierno, sino también de un tribunal, y de ser arrastrado allí, y de la prisión, y de todo el sufrimiento que allí hay; por todos estos medios destruyendo las raíces del homicidio. Porque quien ni injuria, ni pleitea, ni prolonga enemistad, ¿cómo jamás cometerá homicidio? De modo que también de aquí es evidente que en el provecho del prójimo está nuestro propio provecho. Porque el que se aviene con su adversario, se beneficiará mucho más; quedando libre, por su propio acto, de tribunales, prisiones y de la miseria que allí hay.
Homilía 16, § 14
14. Seamos, pues, obedientes a sus palabras; no nos opongamos ni seamos contenciosos; porque, ante todo, aun antes de sus premios, estos mandatos tienen en sí mismos su deleite y provecho. Y si a la mayoría parecen gravosos y grande la molestia que causan, ten en tu mente que lo haces por causa de Cristo, y la pena será agradable. Porque si mantenemos en todo tiempo este modo de contar, nada experimentaremos de gravoso, sino grande será el placer que cosecharemos por todas partes; pues nuestro trabajo ya no parecerá trabajo, sino que cuanto más se acreciente, tanto más dulce y agradable se hará.
Cuando, pues, la costumbre de las cosas malas y el deseo de riquezas sigan embrujándote, hazles guerra con aquel modo de pensar que nos dice: «Grande es la recompensa que recibiremos por despreciar el placer que sólo es por un tiempo»; y di a tu alma: «¿Estás muy abatida porque te privo del placer? No, ten buen ánimo, porque te estoy introduciendo en el cielo. No lo haces por causa del hombre, sino de Dios. Ten, pues, paciencia un poco, y verás cuán grande es la ganancia. Soporta por la vida presente, y recibirás una confianza indecible.» Porque si así razonáramos con nuestra propia alma, y no solo consideráramos lo gravoso de la virtud, sino que tuviéramos también en cuenta la corona que de ella viene, pronto la apartaríamos de toda maldad.
Porque si el diablo, ofreciendo placer por una temporada, pero dolor para siempre, es aún fuerte y prevalece; siendo nuestro caso justamente lo contrario en estas cosas—el trabajo temporal, el placer y provecho inmortal—, ¿qué excusa tendremos si no seguimos la virtud tras tan grande aliento? Pues el objeto de nuestros trabajos basta para contrapesar todo, y nuestra clara persuasión de que por causa de Dios soportamos todo esto. Porque si uno que tiene al rey por deudor piensa que tiene seguridad suficiente para toda su vida, considera cuán grande será quien ha hecho al Dios bondadoso y eterno deudor suyo por buenas obras pequeñas y grandes. No me alegues, pues, trabajos y sudores; porque no sólo por la esperanza de lo venidero, sino también de otra manera, Dios ha hecho fácil la virtud, asistiéndonos en todo y poniendo su mano en nuestra obra. Y si tan sólo quieres aportar un poco de celo, todo lo demás sigue. Porque para este fin quiere que tú también trabajes un poco, a fin de que la victoria sea también tuya. Y así como un rey querría que su propio hijo esté presente en la formación; querría que dispare con el arco y se muestre, para que el trofeo se le atribuya, mientras él lo logra todo por sí mismo; así también hace Dios en nuestra guerra contra el diablo: sólo exige de ti una cosa, que muestres un odio sincero contra aquel enemigo. Y si le aportas esto, Él por sí mismo lleva a término toda la guerra. Aunque ardas en ira, en deseo de riquezas, en cualquier pasión tiránica que sea; si Él te ve tan sólo despojándote y preparado contra ella, viene pronto a ti, todo lo hace fácil y te pone por encima de la llama, como hizo con aquellos niños de antaño en el horno babilónico: pues ellos también no llevaron consigo sino su buena voluntad.
Para que también nosotros apaguemos aquí todo el horno del placer desordenado, y escapemos así del infierno que está allí, sean éstos cada día nuestros consejos, nuestros cuidados y nuestra práctica, atrayendo hacia nosotros el favor de Dios, tanto por nuestro pleno propósito respecto de las buenas obras como por nuestras frecuentes oraciones. Porque así, aun las cosas que ahora parecen insoportables serán facilísimas, ligeras y amables. Pues mientras estamos en nuestras pasiones, pensamos que la virtud es escabrosa, adusta y ardua, y el vicio deseable y agradabilísimo; pero si nos apartamos de éstas un poco, entonces el vicio aparecerá abominable y feo, y la virtud fácil, suave y muy deseable. Y esto puedes aprenderlo claramente de quienes han obrado bien. Oye, por ejemplo, cómo de aquellas pasiones se avergüenza Pablo, aun después de su liberación de ellas, diciendo: «Porque ¿qué fruto teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?» [] Pero la virtud, aun después del trabajo, afirma que es ligera, llamando a la laboriosidad de nuestra aflicción momentánea y «ligera», y gozándose en sus padecimientos, gloriándose en sus tribulaciones y enorgulleciéndose de las marcas con que había sido marcado por causa de Cristo.
Para que también nosotros nos afiancemos en este hábito, dispongámonos cada día según lo dicho, y «olvidando lo que queda atrás y extendiéndonos a lo que está delante, prosigamos a la meta del supremo llamamiento»; [] a la cual conceda Dios que todos alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.