Homilía 28, § 1
Mateo 8:23-24.
«Y cuando Él entró en una barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí, se levantó en el mar una gran tempestad, de modo que la barca era cubierta por las olas; pero Él dormía.»
Ahora Lucas [], para librarse de que se le exija el orden del tiempo, dice así, «Y aconteció que en cierto día entró Él en una barca con sus discípulos;» y Marcos de manera semejante. Pero este evangelista no, sino que también en este lugar conserva el orden. Pues no todos escribieron todas las cosas de esta manera. Y estas cosas las he mencionado antes, no sea que alguno, por la omisión, suponga que hay discordancia.
A las multitudes, pues, las despidió; pero a los discípulos los tomó consigo, porque también los otros mencionan esto. Y los tomó consigo no en vano ni al azar, sino para hacerlos espectadores del milagro que iba a acontecer. Pues como excelentísimo entrenador, los ungía con miras a ambos fines: tanto para que no se amedrentaran en los peligros, como para que fueran modestos en los honores. Para que no se envanecieran, porque habiendo despedido a los demás, los retuvo a ellos, permite que sean zarandeados por la tempestad; corrigiendo a la vez esto, y adiestrándolos para soportar noblemente las pruebas.
Porque grandes eran en verdad también los milagros anteriores; mas éste contenía además en sí una suerte de disciplina, y no pequeña, y era una señal semejante a la de antaño. Por esta causa toma consigo solamente a los discípulos. Pues como, cuando había manifestación de milagros, permite que el pueblo también esté presente; así cuando se levantaban contra Él pruebas y terrores, entonces no toma consigo sino a los campeones del mundo entero, a quienes había de adiestrar.
Y mientras Mateo solamente mencionó que «dormía,» Lucas dice que era «sobre un cabezal;» significando a la vez su falta de orgullo, y enseñándonos con esto un alto grado de austeridad.
La tempestad, por tanto, habiéndose levantado del todo, y enfureciéndose el mar, «le despiertan, diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos.» [] Pero Él los reprendió antes de reprender al mar. Porque, como dije, para disciplina eran permitidas estas cosas, y eran un tipo de las tentaciones que les habían de sobrevenir. Sí, porque después de estas cosas, con frecuencia permitió que cayeran en tempestades más graves de la fortuna, y fue longánimo con ellos. Por lo cual también Pablo dijo, «No quiero, hermanos, que ignoréis que fuimos abrumados sobremanera más allá de nuestras fuerzas, hasta tal punto que aun desesperamos de la vida;» [] y después de esto, «El cual nos libró de tan grandes muertes.» Significando, por tanto, con esto que debían estar confiados, aunque las olas se levanten altas, y que Él dispone todas las cosas para bien, primero que nada los reprende. Pues en verdad su misma alarma fue un suceso provechoso, para que el milagro pareciera mayor, y el recuerdo del acontecimiento quedara permanente. Cuando algo extraño está por suceder, se preparan de antemano muchas cosas para causar recuerdo, no sea que, pasado el milagro, los hombres caigan en el olvido.
Así también Moisés primero tiene miedo de la serpiente, y no solamente miedo, sino incluso con mucha angustia; y luego ve acontecer aquella cosa extraña. [] Así también éstos, habiendo primero creído perecer, fueron salvos, para que, confesado el peligro, aprendieran la grandeza del milagro.
Por lo tanto, también Él duerme: porque si hubiera estado despierto cuando sucedió, o no habrían temido, o no le habrían suplicado, o ni siquiera habrían pensado que Él pudiera hacer tal cosa. Por tanto, duerme, para dar ocasión a su timidez y hacer más distinta su percepción de lo que estaba sucediendo. Porque un hombre no mira con los mismos ojos lo que acontece en las personas de otros que en la suya propia. Puesto que habían visto a todos beneficiados, mientras ellos mismos no habían gozado de ningún beneficio, y estaban descuidados (pues ni eran cojos, ni tenían otra tal enfermedad); y convenía que gozaran de sus beneficios por su propia percepción: permite la tormenta, para que por su liberación alcanzaran una percepción más clara del beneficio.
Por tanto, tampoco hace esto en presencia de las multitudes, para que no fueran condenados por poca fe; sino que los tiene aparte, y los corrige, y antes de la tempestad de las aguas pone fin a las tempestades de su alma, reprendiéndolos y diciendo:
«¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» instruyéndoles también que el temor de los hombres no es obrado por la aproximación de las tentaciones, sino por la debilidad de su mente.
Pero si alguno dijere que no fue temor, o poca fe, el acercarse y despertarle; yo diría esto: que aquello mismo era una señal especial de que les faltaba la recta opinión acerca de Él. Es decir, que su poder para reprender cuando era despertado lo conocían; mas que pudiera hacerlo incluso dormido, aún no lo sabían.
¿Y por qué maravillarse de que así fuera ahora, cuando aun después de muchos otros milagros sus impresiones eran todavía bastante imperfectas? Por lo cual también a menudo son reprendidos; como cuando dice, «¿También vosotros sois aún sin entendimiento?» No te maravilles, pues, si cuando los discípulos estaban en disposiciones tan imperfectas, las multitudes no tenían una imaginación exaltada de Él. Porque
«Se maravillaban, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun el mar y los vientos le obedecen?» []
Mas Cristo no riñó con ellos por llamarle hombre, sino que esperó a enseñarles por sus señales que su suposición estaba errada. Mas ¿por qué le creían hombre? Primero por su apariencia, luego por su sueño y por usar una barca. Así que por esto se vieron perplejos, diciendo, «¿Qué hombre es éste?» puesto que mientras el sueño y la apariencia exterior mostraban hombre, el mar y la calma le declaraban Dios.
Pues porque Moisés había hecho una vez algo semejante, también en esto Él significa su propia superioridad, y que aquél obra milagros como siervo, éste como Señor. Así, Él no extendió vara alguna, como Moisés, ni extendió sus manos al cielo, ni necesitó oración alguna, sino que, como convenía a un amo que manda a su sierva, o un creador a su criatura, así la aquietó y la contuvo con sola la palabra y el mandato; y todo el oleaje cesó al instante, y no quedó ni rastro de la perturbación. Pues esto declaró el evangelista diciendo, «Y hubo una gran calma.» [] Y aquello que se había dicho del Padre como cosa grande, esto lo mostró de nuevo por sus obras. ¿Y qué se había dicho de Él? «Habló,» dice, «y cesó el viento de la tempestad.» Así también aquí, habló, y «hubo una gran calma.» Y por esto sobre todo se maravillaron las multitudes de Él; las cuales no se habrían maravillado, si lo hubiera hecho de la manera en que lo hizo Moisés.
Homilía 28, § 2
2. Ahora, cuando Él se aparta del mar, sigue otro milagro aún más terrible. Pues hombres poseídos por demonios, como malvados fugitivos ante la vista de su amo, decían:
«¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá a atormentarnos antes de tiempo?» []
Porque, como las multitudes le llamaban hombre, los demonios venían proclamando su deidad, y los que no oyeron al mar que se hinchaba y se calmaba, oyeron de los demonios el mismo clamor que, por su calma, aquél profería en alta voz.
Entonces, no sea que la cosa pareciera venir de adulación, según su propia experiencia gritan y dicen, «¿Has venido acá a atormentarnos antes de tiempo?» Con esta mira, pues, se confiesa de antemano su enemistad, para que su súplica no incurra en sospecha. Porque en verdad recibían azotes de manera invisible, y el mar no estaba en tempestad tal como ellos; irritados, e inflamados, y sufriendo cosas intolerables con su mera presencia. Por consiguiente, no atreviéndose hombre alguno a traerlos a Él, Cristo por sí mismo va a ellos.
Y Mateo en verdad refiere que dijeron, «¿Has venido acá antes de tiempo a atormentarnos?» mas los otros evangelistas han añadido que también rogaron y conjuraron que no los arrojara al abismo. Pues suponían que su castigo estaba ya cercano, y temían, como a punto ya de caer en la venganza.
Y aunque Lucas y los que le siguen dicen que era uno solo, pero este evangelista dos, esto no presenta discrepancia alguna. Concedo que, si hubieran dicho que había uno solo, y ningún otro, parecerían contradecir a Mateo; mas si aquél habló del uno, éste de los dos, el relato no procede de desacuerdo, sino de un modo distinto de narrar. Es decir, yo por mi parte pienso que Lucas escogió para su narración al más fiero de ellos; por lo cual también de manera más trágica relata su miserable caso; como, por ejemplo, que rompiendo sus ataduras y cadenas solía andar errante por el desierto. Y Marcos dice que también se hería a sí mismo con piedras.
Y sus palabras también son tales que bien traicionan su naturaleza implacable y desvergonzada. Pues, dice él, «¿Has venido acá a atormentarnos antes de tiempo?» Ya ves que no podían negar que habían pecado, mas exigen no sufrir su castigo antes de tiempo. Pues, como Él los había sorprendido en el acto de perpetrar aquellos horrores tan incurables e inicuos, y deformando y castigando a su criatura en todo sentido; y supusieron que Él, por el exceso de sus crímenes, no aguardaría el tiempo de su castigo: por lo tanto rogaban y suplicaban; y aquellos que no soportaban ni siquiera cadenas de hierro vienen atados; y los que corren por los montes han salido a la llanura; y los que estorban a todos los demás el paso, a la vista de Él que les cierra el camino, se detienen.
Homilía 28, § 3
3. ¿Mas cuál puede ser la razón de que amen también habitar en los sepulcros? Querrían sugerir a la multitud una opinión perniciosa, como que las almas de los muertos se convierten en demonios, lo cual Dios no permita que jamás admitamos en nuestra concepción. «Mas ¿qué dirás entonces,» podría preguntar alguno, «cuando muchos de los hechiceros toman niños y los matan, para tener luego el alma que les asista?» Y bien, ¿de dónde es esto evidente? Pues del hecho de que los matan, ciertamente, muchos nos hablan; pero de que las almas de los muertos estén con ellos, ¿de dónde lo sabes, te ruego? «Los mismos poseídos,» se responde, «gritan: Yo soy el alma de tal persona.» Mas esto también es una suerte de farsa y engaño diabólico. Porque no es el espíritu del muerto el que grita, sino el espíritu malo que finge estas cosas para engañar a los oyentes. Pues si fuera posible que un alma entrara en la substancia de un espíritu malo, mucho más en su propio cuerpo.
Y además, no es razonable que el alma injuriada coopere con el malhechor, o que un hombre pueda cambiar una potencia incorpórea a otra substancia. Porque si en los cuerpos esto es imposible, y uno no puede hacer que el cuerpo de un hombre se convierta en el de un asno; mucho más imposible sería esto en el alma invisible; ni podría uno transformarla en la substancia de un espíritu malo. De modo que éstas son palabras de viejas necias y espantajos para asustar a los niños.
Ni es posible tampoco que un alma, arrancada del cuerpo, vague ya más por aquí. Porque «las almas de los justos están en la mano de Dios;» [] y si de los justos, entonces también las almas de aquellos niños; pues tampoco son malvados: y las almas de los pecadores son también llevadas inmediatamente de aquí. Y es evidente por Lázaro y el rico; y en otra parte también Cristo dice, «Hoy piden de ti tu alma.» [] Y no puede ser que un alma, cuando ha salido del cuerpo, vague por aquí; ni es difícil ver la razón. Pues si nosotros, andando sobre la tierra que nos es familiar y bien conocida, envueltos en un cuerpo, cuando viajamos por un camino extraño, no sabemos por dónde ir a menos que tengamos alguien que nos guíe; ¿cómo habría de saber el alma, separada del cuerpo, y habiendo salido de toda su región acostumbrada, por dónde caminar sin alguien que le muestre el camino?
Y por muchas otras cosas también se podría percibir que no es posible que un alma sin cuerpo permanezca aquí. Pues también Esteban dice, «Recibe mi espíritu;» [] y Pablo, «Partir y estar con Cristo es muchísimo mejor;» [] y del patriarca también dice la Escritura, que «fue reunido a sus padres, alimentado en buena vejez.» Y en cuanto a la prueba de que tampoco las almas de los pecadores pueden continuar aquí; oye al rico que hace mucha súplica por esto, y no lo alcanza; puesto que, si hubiera sido posible en absoluto, habría venido y habría contado lo que allí había acontecido. [] De donde es evidente que después de su partida de aquí nuestras almas son llevadas a algún lugar, sin tener ya poder por sí mismas para volver atrás, sino aguardando aquel día terrible.
Homilía 28, § 4
4. Ahora, si alguno dijere, «¿Y por qué Cristo cumplió la petición de los demonios, permitiéndoles ir a la piara de cerdos?» esta sería nuestra respuesta: que lo hizo, no como cediendo a ellos, sino proveyendo con ello a muchos fines. Uno, para enseñar a los que son librados de aquellos malvados tiranos cuán grande es la malicia de sus insidiosos enemigos; otro, para que todos aprendan que ni siquiera contra los cerdos se atreven, a menos que Él lo permita; un tercero, que habrían tratado a aquellos hombres más gravemente que a los cerdos, a menos que, aun en su calamidad, hubieran gozado de mucho del cuidado providencial de Dios. Porque que nos odian más que a los brutos es ciertamente evidente a todo hombre. Así, pues, los que no perdonaron a los cerdos, sino que en un instante los arrojaron a todos por el precipicio, mucho más lo habrían hecho a los hombres a quienes poseían, llevándolos hacia el desierto y arrastrándolos, a menos que, aun en su misma tiranía, el cuidado guardador de Dios hubiera abundado, para refrenar y contener el exceso de su violencia. De donde es manifiesto que no hay nadie que no goce del beneficio de la providencia de Dios. Y si no todos por igual, ni de una misma manera, esto mismo es una grandísima muestra de providencia; en que, según el provecho de cada uno, se despliega también la obra de la providencia.
Y además de lo que se ha mencionado, hay también otra cosa que aprendemos de esto: que su providencia no es sólo sobre todos en común, sino también sobre cada uno en particular; lo cual también declaró con respecto a sus discípulos, diciendo, «Pues aun los mismos cabellos de vuestra cabeza están contados.» [] Y por estos endemoniados también, uno puede claramente percibir esto; quienes habrían «sido ahogados» mucho antes, si no hubieran gozado del beneficio de mucho tierno cuidado de lo alto.
Por estas razones, pues, les permitió ir a la piara de cerdos, y también para que los que habitaban en aquellos lugares conocieran su poder. Porque donde su nombre era grande, no se manifestaba Él grandemente; mas donde nadie le conocía, sino que estaban aún en una condición insensible, hizo resplandecer sus milagros, a fin de atraerlos al conocimiento de su deidad. Pues es evidente por el suceso que los habitantes de aquella ciudad eran una suerte de gente insensata; porque cuando debían haber adorado y maravillado de su poder, le despidieron, y «le rogaron que se fuera de sus contornos.»
¿Pero con qué intención destruyeron los demonios los cerdos? En todas partes se han afanado por sumir a los hombres en el espanto, y en todas partes se gozan en la destrucción. Esto, por ejemplo, hizo el diablo con Job, aunque también entonces Dios lo permitió; mas no en aquel caso condescendiendo con el diablo, sino queriendo mostrar más glorioso a su propio siervo, quitando al espíritu maligno todo pretexto para su desvergüenza y volviendo sobre su propia cabeza lo que había hecho contra el justo. Porque también ahora sucedió lo contrario de lo que ellos querían. Pues el poder de Cristo fue gloriosamente proclamado, y la maldad de los demonios, de la cual libraba a los poseídos por ellos, quedó más claramente manifiesta; y se vio que no tienen poder ni siquiera para tocar a los cerdos sin permiso del Dios de todas las cosas.
Y si alguien quisiera tomar estas cosas en sentido oculto, nada lo impide. Pues la historia es ciertamente ésta; pero hemos de saber con certeza que los hombres de condición porcina están especialmente expuestos a las operaciones de los demonios. Y mientras son hombres los que padecen tales cosas, a menudo pueden aún prevalecer; pero si se han vuelto del todo cerdos, no sólo son poseídos, sino también arrojados al precipicio. Y además, para que nadie suponga que lo ocurrido fue mera apariencia, en vez de creer claramente que los demonios habían salido, con la muerte de los cerdos queda esto manifiesto.
Y advierte también su mansedumbre junto con su poder. Porque cuando los habitantes de aquella región, después de haber recibido tan grandes beneficios, lo echaban, no se resistió, sino que se retiró, y dejó a quienes se habían mostrado indignos de su enseñanza, habiéndoles dado por maestros a los que habían sido librados de los demonios y a los porqueros, para que por ellos se enteraran de todo lo acontecido; mientras Él mismo, al retirarse, deja vivo en ellos el temor. Pues la grandeza misma de la pérdida difundía la fama de lo que se había hecho, y el suceso penetraba en su mente. Y desde muchas partes llegaban rumores que proclamaban lo extraño del milagro: de los curados y de los ahogados, de los dueños de los cerdos y de los hombres que los apacentaban.
Homilía 28, § 5
5. Estas cosas puede verlas cualquiera que suceden todavía ahora: incluso muchos en los sepulcros poseídos de espíritus malignos, a quienes nada refrena de su locura; ni hierro, ni cadena, ni multitud de hombres, ni consejo, ni amonestación, ni terror, ni amenaza, ni ninguna otra cosa semejante.
Pues así, cuando un hombre es disoluto, ávido de todos los abrazos, en nada se diferencia del endemoniado, sino que anda desnudo como él, vestido ciertamente con ropas, pero despojado de la verdadera cobertura y privado de su propia gloria; hiriéndose no con piedras, sino con pecados más dañinos que muchas piedras. ¿Quién, pues, podrá atar a tal hombre? ¿Quién podrá detener su indecencia y su frenesí, su manera de no volver jamás en sí, sino de rondar para siempre los sepulcros? Porque tales son las guaridas de las rameras, llenas de mucho mal olor, de mucha podredumbre.
¿Y qué diremos del avaro? ¿No es acaso como éste? Pues ¿quién podrá jamás atarlo? ¿No hay acaso temores, amenazas diarias, amonestaciones y consejos? Pero él rompe todas estas ataduras; y si alguien viene a liberarlo, le conjura a que no lo libre, teniendo por el mayor tormento no estar atormentado: ¿qué puede haber más miserable que esto? Porque aquel espíritu maligno, aunque despreciaba a los hombres, cedió ante la orden de Cristo y al punto saltó fuera del cuerpo del hombre; pero éste no cede ni siquiera a su mandamiento. Mira al menos cómo cada día lo oye decir: «No podéis servir a Dios y a las riquezas,» [] y amenazar con el infierno y los tormentos incurables, y no obedece; no porque sea más fuerte que Cristo, sino porque Cristo no nos corrige contra nuestra voluntad. Por eso tales hombres viven como en lugares desiertos, aunque estén en medio de las ciudades. Pues ¿quién, teniendo razón, elegiría estar con tales hombres? Yo por mi parte preferiría habitar con diez mil endemoniados antes que con uno solo enfermo de este modo.
Y que no me equivoco al decir esto, se manifiesta por los sentimientos de unos y otros. Porque estos últimos tienen por enemigo al que ningún mal les ha hecho, y desean incluso tomarlo por esclavo cuando es libre, y cercarlo con diez mil males; pero los endemoniados no hacen tal cosa, sino que revuelven su enfermedad dentro de sí mismos. Y mientras aquéllos trastornan muchas casas, hacen que el nombre de Dios sea blasfemado y son peste para la ciudad y para toda la tierra; los que son atormentados por espíritus malignos merecen más bien nuestra compasión y nuestras lágrimas. Y los unos, en su mayor parte, obran sin sensibilidad; pero los otros deliran aun razonando, celebran sus orgías en medio de las ciudades y enloquecen con una especie nueva de locura. Pues ¿qué hacen de tan malo todos los endemoniados como lo que Judas se atrevió a hacer, cuando mostró aquella extremada maldad? Y todos los que lo imitan, como fieras salvajes escapadas de su jaula, perturban sus ciudades sin que nadie los refrene. Porque también éstos tienen ataduras por todas partes; tales como el temor a los jueces, las amenazas de las leyes, la condenación de la multitud y otras cosas más que éstas; y, sin embargo, rompiendo incluso éstas, lo trastornan todo. Y si alguien quitara enteramente de ellos estas cosas, entonces sabría con certeza que el demonio que hay en ellos es mucho más fiero y más frenético que el que acaba de salir.
Pero ya que esto no es posible, supongámoslo por ahora a modo de argumento; y quitemos de él todas sus cadenas, y entonces conoceremos claramente su manifiesta locura. Pero no temáis al monstruo cuando lo descubramos; porque es representación de palabra, no cosa en verdad. Sea, pues, un hombre que lanza fuego por los ojos, negro, con serpientes que le cuelgan de ambos hombros en lugar de manos; y tenga también una boca con espadas afiladas puestas en ella en lugar de dientes, y por lengua una fuente que mana veneno y alguna droga mortífera; y un vientre más devorador que cualquier horno, que traga cuanto se le echa, y una especie de pies alados más veloces que cualquier llama; y sea su rostro compuesto de perro y de lobo; y no profiera nada humano, sino algo discordante, desagradable y terrible; y tenga también en las manos un tizón encendido. Tal vez lo que hemos dicho os parece terrible, pero ni siquiera lo hemos modelado dignamente; porque junto con estas cosas debemos añadir otras más. Quiero decir, que también ha de matar a los que se encuentran con él, devorarlos, clavar sus dientes en su carne.
Sin embargo, el avaro es mucho más feroz aún que éste: acomete a todos como el infierno, todo lo traga, anda alrededor como enemigo común del género humano. Es más, querría que no existiera hombre alguno, para poseerlo todo. Y no se detiene ni siquiera en esto, sino que, cuando en su anhelo haya destruido a todos los hombres, desea también estropear la sustancia de la tierra y verla toda convertida en oro; y no sólo la tierra, sino también los montes, los bosques, las fuentes y, en una palabra, todas las cosas que aparecen.
Y para convenceros de que ni siquiera aún hemos expuesto toda su locura, supongamos que no haya hombre que lo acuse ni lo atemorice, sino quitemos por un momento, en hipótesis, el terror de las leyes, y lo veréis arrebatar una espada, poner manos violentas sobre todos y no perdonar a nadie: ni amigo, ni pariente, ni hermano, ni siquiera a su mismo padre. Antes bien, en este caso ni siquiera es necesario suponerlo; preguntémosle si no está continuamente forjándose tales imaginaciones, y si no recorre en pensamiento a todos los hombres para destruirlos: amigos y parientes, e incluso a sus mismos padres. Más aún: no hay necesidad ni de preguntar, porque, en verdad, todos saben que los que están bajo el poder de esta enfermedad se hastían incluso de la vejez de su padre; y lo que es dulce y universalmente deseable, el tener hijos, lo tienen por gravoso e ingrato: muchos, al menos con esta mira, han pagado incluso dinero por no tener hijos, y han mutilado su naturaleza, no sólo matando a los hijos después del nacimiento, sino no permitiéndoles siquiera llegar a nacer.
Homilía 28, § 6
6. No os maravilléis, pues, si hemos bosquejado así al avaro (porque en verdad es mucho peor de lo que hemos dicho); sino consideremos cómo lo libraremos del demonio. ¿Cómo, pues, lo libraremos? Si se le hace ver claramente que su amor al dinero le estorba muchísimo precisamente en esto, en el ganar dinero; porque los que quieren ganar en cosas pequeñas sufren grandes pérdidas; de donde, por cierto, se ha proferido un proverbio a este mismo propósito. Muchos, por ejemplo, en muchas ocasiones, queriendo prestar a grande usura, y no habiendo, por la expectativa de la ganancia, averiguado acerca de quienes reciben su dinero, juntamente con el interés han perdido también todo su capital. Otros, a su vez, cayendo en peligros y no queriendo ceder un poco, juntamente con la hacienda han perdido también la vida.
Además, cuando ha estado en poder de los hombres comprar cargos lucrativos, o alguna otra cosa semejante, por una pequeña mezquindad lo han perdido todo. Porque, como no saben sembrar, sino que siempre han practicado el segar, naturalmente pierden de continuo su cosecha. Pues nadie puede estar siempre segando, como tampoco puede estar siempre ganando. Por tanto, ya que no están dispuestos a gastar, tampoco saben ganar. Y si han de tomar mujer, de nuevo les sucede lo mismo; pues o se engañan tomando a una pobre por rica, o, cuando han traído a casa una rica, pero llena de faltas sin número, también aquí han incurrido en más pérdida que ganancia. Porque no es la superfluidad, sino la virtud, la que produce riqueza. Pues ¿qué provecho hay en la riqueza de ella, cuando es gastadora y disoluta, y lo dispersa todo más violentamente que cualquier viento? ¿Y si es impúdica y trae innumerables amantes? ¿Y si es bebedora? ¿No hará prontamente a su marido el más pobre de los hombres? Pero no sólo se casan, sino que compran con gran riesgo, por su gran avaricia, esforzándose por hallar no esclavos buenos, sino baratos.
Considerad, pues, todas estas cosas (porque las palabras acerca del infierno y del reino aún no sois capaces de oírlas), y teniendo en la memoria las pérdidas que a menudo habéis sufrido por vuestro amor al dinero, en préstamos, en compras, en matrimonios, en cargos de poder y en todo lo demás, apartaos del desatinado amor al dinero.
Porque así podréis vivir la vida presente con seguridad, y después de un pequeño adelanto oír también las palabras que tratan de la templanza, y ver claramente y contemplar al mismo Sol de Justicia, y alcanzar los bienes prometidos por Él; a los cuales conceda Dios que todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 29, § 1
Mateo 9:1-2.
«Y entrando Él en una barca, pasó a la otra parte y vino a su ciudad. Y he aquí, le trajeron un paralítico tendido en una cama; y viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, ten ánimo; tus pecados te son perdonados.»
Por su ciudad entiende aquí Cafarnaúm. Porque la que le dio nacimiento fue Belén; la que lo crió, Nazaret; la que lo tuvo habitando continuamente en ella, Cafarnaúm.
Este paralítico, sin embargo, era distinto del que se presenta en Juan. [] Porque aquél yacía junto al estanque, pero éste en Cafarnaúm; y aquél tenía su enfermedad desde hacía treinta y ocho años, pero de éste no se menciona tal cosa; y el otro estaba desprovisto de protectores, pero éste tenía algunos que cuidaban de él, los cuales lo levantaron y lo llevaron. Y a éste le dice: «Hijo, tus pecados te son perdonados,» pero a aquél le dice: «¿Quieres ser sano?» [] Y al otro lo sanó en día de sábado, pero a éste no en sábado, porque de lo contrario también esto le habrían imputado los judíos; y en el caso de éste guardaron silencio, pero en el del otro insistían en perseguirlo.
Y esto lo he dicho no sin propósito, para que nadie piense que hay discrepancia por sospechar que se trata de uno y el mismo paralítico.
Mas advierte, te ruego, la humildad y mansedumbre de nuestro Señor. Porque ya antes de esto había apartado de sí a las multitudes, y además, cuando lo despidieron en Gadara, no se resistió, sino que se retiró, aunque no a gran distancia.
Y de nuevo entró en la barca y pasó a la otra parte, cuando bien podía haber pasado a pie. Porque era su voluntad no estar obrando siempre milagros, para no dañar la doctrina de su humanidad.
Ahora bien, Mateo dice que «le trajeron»; pero los otros, que rompieron el techo y lo bajaron. Y pusieron al enfermo delante de Cristo, sin decir nada, confiándolo todo a Él. Porque aunque al principio Él mismo andaba de un lado a otro y no exigía tanta fe de los que venían a Él, en este caso se acercaron a Él y se les exigió fe por su parte. Pues, «viendo», se dice, «la fe de ellos»; es decir, la fe de los que habían bajado al hombre. Porque no en todas las ocasiones exige fe sólo de parte de los enfermos: como, por ejemplo, cuando están locos o, de algún otro modo, fuera de sí a causa de su enfermedad. O más bien, en este caso también el enfermo tuvo parte en la fe; pues no se habría dejado bajar si no hubiera creído.
Así, pues, ya que habían mostrado tan grande fe, Él también muestra su propio poder, absolviendo con toda autoridad sus pecados y dando a entender de todos modos que es igual en honra al que lo engendró. Y advierte: lo dio a entender desde el principio, por su enseñanza, cuando les enseñaba como quien tiene autoridad; por el leproso, cuando dijo: «Quiero, sé limpio» []; por el centurión, cuando, al decir éste: «Solamente di la palabra, y mi criado sanará, Él se maravilló de él» [] y lo celebró por encima de todos los hombres; por el mar, cuando lo reprimió con una sola palabra; por los demonios, cuando lo reconocieron como su juez y Él los expulsó con gran autoridad.
Aquí de nuevo, de otro modo y mayor, obliga a sus mismos enemigos a confesar su igualdad de honra, y por boca de ellos lo hace manifiesto. Porque Él, para dar a entender su indiferencia hacia la honra (pues había una gran multitud de espectadores que obstruía la entrada, por lo cual también lo bajaron desde arriba), no se apresuró en seguida a sanar el cuerpo visible, sino que toma ocasión de ellos; y sanó primero lo invisible, el alma, perdonando sus pecados; lo cual, ciertamente, salvó al otro, pero no reportó gran gloria a Él mismo. Ellos mismos, más bien, turbados por su malicia y queriendo acometerlo, hicieron que, aun contra su voluntad, lo sucedido resultara manifiesto. Él, en efecto, en la abundancia de su consejo, se sirvió de la envidia de ellos para la manifestación del milagro.
Entonces, al murmurar ellos y decir: «Este blasfema; ¿quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» veamos qué dice Él. ¿Acaso quitó la sospecha? Y sin embargo, si no fuera igual, habría debido decir: «¿Por qué fijáis en mí una idea que no conviene? Lejos estoy de este poder.» Pero ahora no ha dicho nada de esto, sino todo lo contrario: lo ha afirmado y ratificado, tanto por su propia voz como por la realización del milagro. Así, como parecía que el decir ciertas cosas de sí mismo disgustaba a sus oyentes, afirma lo que tenía que decir acerca de sí por medio de los otros; y lo que es verdaderamente maravilloso, no sólo por sus amigos, sino también por sus enemigos; porque ésta es la excelencia de su sabiduría. Por sus amigos, por una parte, cuando dijo: «Quiero, sé limpio» [], y cuando dijo: «Ni aun en Israel he hallado tanta fe» []; pero por sus enemigos, ahora. Porque como ellos habían dicho: «Nadie puede perdonar pecados, sino sólo Dios», añadió:
«Pero para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados (entonces dice al paralítico): Levántate, toma tu cama y vete a tu casa.»
Y no sólo aquí, sino también en otra ocasión, cuando decían: «Por buena obra no te apedreamos, sino por blasfemia, y porque tú, siendo hombre, te haces Dios» [], tampoco en aquel caso suprimió esta opinión, sino que de nuevo la confirmó, diciendo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras.» []
Homilía 29, § 2
2. En este caso, ciertamente, Él manifiesta también otra señal, y no pequeña, de su propia deidad y de su igualdad de honra con el Padre. Porque mientras ellos decían: «El desatar los pecados pertenece sólo a Dios», Él no sólo desata los pecados, sino que antes de esto hace otra especie de demostración en una cosa que pertenecía sólo a Dios: la publicación de los secretos del corazón. Pues ni siquiera habían pronunciado lo que pensaban.
Pues «he aquí, ciertos escribas», dice, «dijeron dentro de sí: Este blasfema. Y conociendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» []
Pero que conocer los secretos de los hombres pertenece sólo a Dios, oye lo que dice el profeta: «Tú solo conoces del todo los corazones» []; y de nuevo: «Dios prueba los corazones y los riñones»; y también Jeremías dice: «El corazón es profundo sobre todas las cosas, y es hombre; ¿quién lo conocerá?» y: «El hombre mirará el rostro, pero Dios el corazón.» [] Y por muchas cosas se puede ver que conocer lo que hay en la mente pertenece sólo a Dios.
Dando a entender, por tanto, que Él es Dios, igual al que lo engendró; lo que ellos razonaban dentro de sí (pues por temor a la multitud no se atrevían a proferir su pensamiento), esta opinión suya la descubre y la hace manifiesta, mostrando también en ello su gran mansedumbre.
«Pues ¿por qué,» dice, «pensáis mal en vuestros corazones?» []
Y sin embargo, si había motivo de desagrado, era el enfermo quien debía haberse desagradado, como quien era enteramente engañado, y habría debido decir: «Una cosa vine a que me sanaras, ¿y enmiendas tú otra? Pues ¿de dónde es manifiesto que mis pecados me son perdonados?»
Pero ahora él, por su parte, no profiere palabra semejante, sino que se entrega al poder del que sana; pero éstos, curiosos y envidiosos, conspiran contra las buenas obras de los demás. Por lo cual los reprende, ciertamente, pero con toda mansedumbre. «Pues si no creéis», dice, «lo que precedió, y tenéis mi palabra por jactancia; he aquí que le añado también otra cosa: el descubrimiento de vuestros secretos; y después de esto, otra más.» ¿Cuál es, pues, ésta? El dar vigor al cuerpo del paralítico.
Y mientras que, cuando habló al paralítico, habló sin manifestar claramente su propia autoridad —pues no dijo: «Yo te perdono tus pecados», sino: «tus pecados te son perdonados»—, al constreñirlo ellos, manifiesta más claramente su autoridad, diciendo: «Pero para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados.»
¿Veis cuán lejos estaba de no querer ser tenido por igual al Padre? Pues no dijo en absoluto: «El Hijo del Hombre tiene necesidad de otro»; ni: «Él le ha dado autoridad», sino: «Él tiene autoridad.» Y no lo dice por amor a la honra, sino «para convenceros», así habla, «de que no blasfemo al hacerme igual a Dios.»
Así, en todas partes su voluntad es ofrecer pruebas claras e indiscutibles; como cuando dice: «Vete, muéstrate al sacerdote» []; y cuando señala a la suegra de Pedro que servía, y permite que los cerdos se arrojen de cabeza. Y de la misma manera también aquí: primero, como cierta señal del perdón de sus pecados, concede el vigor a su cuerpo; y de éste, a su vez, el llevar su camilla; para impedir que el hecho se tuviera por mera fantasía. Y no hace esto antes de haberles hecho una pregunta. «Porque ¿qué es más fácil», dice, «decir: Tus pecados te son perdonados; o decir: Toma tu camilla y vete a tu casa?» [] Ahora bien, lo que dice es como esto: «¿Qué os parece más fácil: vigorizar un cuerpo desorganizado, o deshacer los pecados de un alma? Es muy manifiesto: vigorizar un cuerpo. Porque cuanto el alma es mejor que el cuerpo, tanto es mayor obra el quitar los pecados que esto; mas porque lo uno no se ve y lo otro está a la vista, añado aquello que, aunque es cosa inferior, es más accesible a los sentidos; para que también lo mayor y lo invisible reciba por ello su prueba;» así, con sus obras, anticipa ya ahora la revelación de lo que había sido dicho por Juan: que «Él quita los pecados del mundo.»
Habiéndolo, pues, levantado, lo envía a su casa; mostrando aquí de nuevo su falta de jactancia y que el suceso no era mera imaginación; pues hace a las mismas personas testigos de su enfermedad y también de su salud. Porque yo ciertamente habría deseado, dice, por medio de tu calamidad sanar también a los que parecen estar sanos, pero están enfermos de mente; mas ya que no quieren, vete tú a casa, para sanar a los que están allí.
¿Veis cómo indica que Él es Creador tanto de las almas como de los cuerpos? Sana, pues, la parálisis en cada una de las dos sustancias, y hace evidente lo invisible por lo que se ve. Pero ellos, no obstante, todavía se arrastran sobre la tierra.
«Porque cuando las multitudes lo vieron, se maravillaron y glorificaron a Dios,» (se dice) «que había dado tal poder a los hombres:» porque la carne les era ocasión de tropiezo. Pero Él no los reprendió, sino que procede por sus obras a despertarlos y a elevar sus pensamientos. Pues por el momento no era poca cosa que Él fuera tenido por mayor que todos los hombres, como venido de Dios. Porque si hubieran establecido bien estas cosas en su mente, avanzando ordenadamente habrían conocido que Él era incluso el Hijo de Dios. Pero no retuvieron claramente estas cosas, por lo cual tampoco pudieron acercarse a Él. Pues dijeron de nuevo: «Este hombre no es de Dios» []; «¿cómo es de Dios este hombre?» Y continuamente machacaban estas cosas, presentándolas como coberturas de sus propias pasiones.
Homilía 29, § 3
3. Lo cual muchos hacen ahora también; y pensando vengar a Dios, satisfacen sus propias pasiones, cuando deberían proceder con todos con moderación. Porque aun el Dios de todas las cosas, teniendo poder para lanzar su rayo contra los que lo blasfeman, hace salir el sol, envía las lluvias y les concede todas las demás cosas en abundancia; a quien debemos imitar, y así rogar, aconsejar, amonestar, con mansedumbre, no airados, no haciéndonos fieras.
Porque ningún daño sobreviene a Dios por su blasfemia como para que tú te aíres, sino que el que blasfemó ha recibido él mismo también la herida. Por lo cual gime, llora, porque la calamidad ciertamente merece lágrimas. Y al herido, además, nada puede sanarlo tanto como la mansedumbre: la mansedumbre, digo, que es más poderosa que cualquier fuerza.
Mirad, por ejemplo, cómo Él mismo, el injuriado, conversa con nosotros, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo; en aquél diciendo: «Pueblo mío, ¿qué te he hecho?» []; en éste: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» [] Y también Pablo ordena: «Con mansedumbre instruye a los que se oponen.» [] Y Cristo, a su vez, cuando sus discípulos vinieron a Él pidiendo que bajara fuego del cielo, los reprendió fuertemente, diciendo: «No sabéis de qué espíritu sois.»
Y aquí de nuevo no dijo: «Oh malditos, y hechiceros como sois; oh envidiosos, y enemigos de la salvación de los hombres», sino: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?»
Es preciso, ya veis, usar la mansedumbre para erradicar la enfermedad. Pues el que se ha vuelto mejor por temor de los hombres, pronto volverá a la maldad. Por esta causa mandó también que se dejara la cizaña, dando un día señalado de arrepentimiento. Sí, y muchos de ellos, en efecto, se arrepintieron y se hicieron buenos, los que antes eran malos; como, por ejemplo, Pablo, el publicano, el ladrón; pues éstos, siendo realmente cizaña, se convirtieron en trigo bueno. Porque, aunque en las semillas esto no puede ser, en la voluntad humana es a la vez manejable y fácil; pues nuestra voluntad no está atada por límites de la naturaleza, sino que tiene como privilegio la libertad de elección.
Por consiguiente, cuando veas a un enemigo de la verdad, sírvele, cuida de él, llévalo de nuevo a la virtud, mostrando una vida excelente, aplicando «palabra que no pueda ser condenada» [], otorgando atención y cuidado tierno, intentando todo medio de enmienda, a imitación de los mejores médicos. Porque ellos no curan de una sola manera, sino que, cuando ven que la herida no cede al primer remedio, añaden otro, y después de éste otro más; y ya usan el cuchillo, ya vendan. Y tú, en consecuencia, hecho médico de almas, pon en práctica todo modo de curación conforme a las leyes de Cristo; para que recibas la recompensa tanto de salvarte a ti como de aprovechar a otros, haciendo todo para gloria de Dios, y siendo así glorificado también tú. «Porque a los que me glorifican», dice, «yo los glorificaré; y los que me desprecian, serán tenidos en poco.»
Hagamos, digo, todas las cosas para su gloria; para que alcancemos aquella porción bienaventurada, a la cual conceda Dios que todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.