Homilía 49, § 1
Mateo XIV. 13.
«Pero cuando Jesús oyó esto, se apartó de allí en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando las multitudes lo supieron, le siguieron a pie desde todas las ciudades.»
Míralo en toda ocasión «apartándose,» Pues no sólo por su apariencia, sino también por sus acciones, quería Él confirmar esto, porque conocía la astucia del diablo, y que éste no dejaría nada por hacer para destruir esta doctrina.
Él, pues, se retira con este fin; pero las multitudes ni aun así se apartan de Él, sino que le siguen, clavadas en Él, y ni siquiera el trágico fin de Juan los amedrentó. Tan grande cosa es el deseo ferviente, tan grande el amor; de tal modo vence y disipa todos los peligros.
Por tanto, al punto recibieron también su recompensa. Porque «Jesús,» se dice, «salió, y vio una gran multitud, y se compadeció de ellos, y sanó a sus enfermos.» []
Pues, por grande que fuera su asiduidad, con todo, sus obras excedieron lo que cualquier diligencia pudiera merecer. Por lo cual manifiesta también su motivo para sanarlos así: su misericordia, misericordia intensa; y sana a todos.
Y aquí no exige fe. Pues tanto viniendo a Él, como dejando sus ciudades, buscándolo con diligencia y permaneciendo con Él aun cuando el hambre apretaba, muestran su propia fe.
Pero está a punto de alimentarlos también. Y no lo hace por sí mismo, sino que espera a ser rogado; en toda ocasión, como he dicho, mantiene esta regla: no lanzarse de inmediato a sus milagros, adelantándose, sino ante alguna petición.
¿Y por qué ninguno de la multitud se acercó a hablar en favor de ellos? Le reverenciaban en extremo, y ni siquiera sentían su hambre, por el anhelo de permanecer con Él. Ni tampoco sus discípulos, cuando vinieron a Él, dicen: «Dales de comer;» pues aún estaban más bien en estado imperfecto; ¿sino qué?
Y «cuando llegó la tarde,» se dice, «vinieron a Él sus discípulos, diciendo: Éste es un lugar desierto, y ya ha pasado la hora; despide a la multitud, para que vayan y se compren alimentos.» []
Pues si aun después del milagro olvidaron lo que se había hecho, y después de las cestas supusieron que hablaba de panes, cuando dio el nombre de «levadura» a la doctrina de los fariseos; [] mucho menos, cuando aún no habían tenido experiencia de semejante milagro, habrían esperado cosa tal. Y sin embargo, Él había hecho un comienzo sanando efectivamente a muchos enfermos; mas, con todo, ni aun de esto esperaron el milagro de los panes; tan imperfectos eran todavía.
Pero observa, te ruego, la destreza del Maestro: con qué claridad los va llamando hacia la fe. Pues no dijo de una vez: «Yo les doy de comer;» lo cual, en verdad, no habría sido fácilmente recibido; ¿sino qué?
«Pero Jesús,» así está escrito, les dijo: «No necesitan irse; dadles vosotros de comer.» []
No dijo: «Yo les doy,» sino: «Dadles vosotros;» porque aún lo consideraban como a un hombre. Pero ni aun así despiertan, sino que todavía razonan como con un hombre, diciendo:
«No tenemos aquí sino cinco panes y dos peces.» []
Por lo cual Marcos también dice: «No habían entendido lo de los panes, porque su corazón estaba endurecido.»
Siguiendo, pues, arrastrándose por el suelo, entonces al fin introduce Él su parte, y dice: «Traédmelos acá.» Porque aunque el lugar sea desierto, aquí está el que alimenta al mundo; y aunque la hora ya haya pasado, el que no está sujeto al tiempo está conversando contigo.
Pero Juan dice también que eran «panes de cebada,» [] no mencionándolo sin objeto, sino enseñándonos a pisotear el orgullo del vivir costoso. Tal era también la dieta de los profetas.
Homilía 49, § 2
2. «Tomó, pues, los cinco panes y los dos peces, y mandó a la multitud,» se dice, «recostarse sobre la hierba; y alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió, y dio los panes a sus discípulos, y los discípulos a la multitud. Y comieron todos y se saciaron; y recogieron de los pedazos que sobraron doce cestas llenas. Y los que habían comido eran como cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.»
¿Por qué alzó los ojos al cielo y bendijo? Era para que se creyera de Él, tanto que es del Padre como que es igual a Él. Pero las pruebas de estas cosas parecían oponerse entre sí. Pues mientras su igualdad era indicada por hacer todo con autoridad, de su origen del Padre no podían ser persuadidos de otro modo sino viéndolo hacer todo con gran humildad, y con referencia a Él, e invocándolo en sus obras. Por lo cual vemos que ni hizo sólo estas acciones ni sólo aquellas, para que ambas quedaran confirmadas; y ahora obra milagros con autoridad, ahora con oración.
Luego, además, para que lo que hacía no pareciera una contradicción, en las cosas menores alza los ojos al cielo, pero en las mayores hace todo con autoridad; para enseñarte también en las menores que no actúa como recibiendo poder de otra parte, sino como honrando al que lo engendró. Por ejemplo: cuando perdonó pecados, y abrió el paraíso, e introdujo al ladrón, y abrogó del todo la ley antigua, y resucitó a innumerables muertos, y refrenó el mar, y reprendió los pensamientos no expresados de los hombres, y creó un ojo—obras que son sólo de Dios y de ningún otro—no lo vemos orando en ningún caso; pero cuando proveyó que los panes se multiplicaran, cosa mucho menor que todas ésas, entonces alza los ojos al cielo; a la vez estableciendo estas verdades de que he hablado, e instruyéndonos para que no toquemos alimento hasta haber dado gracias al que nos da este pan.
¿Y por qué no lo hace de cosas que no existen? Para tapar la boca de Marción y de los maniqueos, que alienan de Él su creación, y enseñando con sus mismas obras que aun todas las cosas que se ven son obras y criaturas suyas, y significando que es Él mismo quien da los frutos, quien dijo al principio: «Produzca la tierra hierba verde,» y «Produzcan las aguas seres vivientes que se mueven.»
Pues ésta no es en absoluto una obra menor que la otra. Pues aunque aquéllas fueron hechas de cosas que no existen, con todo, eran de agua; y no fue cosa mayor producir frutos de la tierra, y seres vivientes del agua, que de cinco panes hacer tantos; y de peces, además, lo cual era señal de que Él era señor tanto de la tierra como del mar.
Así, puesto que los enfermos eran constantemente el objeto de sus milagros, realiza también un beneficio general, para que los muchos no fueran sólo espectadores de lo que acontecía a otros, sino también partícipes del don.
Y aquello que en el desierto parecía maravilloso a los judíos (decían, al menos: «¿Podrá también dar pan, o preparar mesa en el desierto?»), esto lo muestra Él en sus obras. Con esta mira también los conduce al desierto, para que el milagro estuviera muy lejos de toda sospecha, y para que nadie pensara que alguna aldea cercana contribuyó con algo a la comida. Por esta razón menciona también la hora, no sólo el lugar.
Y aprendemos también otra cosa: la templanza de los discípulos, que practicaban en las cosas necesarias, y cuán poco estimaban el alimento. Pues siendo doce, sólo tenían cinco panes y dos peces; tan secundarias eran para ellos las cosas del cuerpo; tanto se aferraban sólo a las espirituales.
Y ni siquiera aquello poco lo retuvieron, sino que lo entregaron aun cuando se les pidió. Con lo cual debemos aprender que, aunque tengamos poco, también esto hemos de darlo a los necesitados. Así, cuando se les mandó traer los cinco panes, no dicen: «¿y de dónde sacaremos comida? ¿De dónde para saciar nuestra propia hambre?» sino que obedecen al instante.
Y además de lo que he mencionado, con este fin, según al menos pienso, lo hace de los materiales que tenían, a saber, para conducirlos a la fe; pues aún estaban más bien en estado débil.
Por lo cual también «alza los ojos al cielo.» Pues de los otros milagros tenían muchos ejemplos, pero de éste ninguno.
Homilía 49, § 3
3. «Tomó los panes,» por tanto, «y los partió, y los dio por medio de sus discípulos,» honrándolos así; y no sólo para honrarlos, sino también para que, cuando el milagro hubiera sido hecho, no lo descreyeran, ni lo olvidaran una vez pasado, dando testimonio sus propias manos.
Por lo cual también permite que las multitudes sientan primero hambre, y espera a que éstos vengan a Él primero y le pidan, y por ellos hace sentarse al pueblo, y por ellos reparte; queriendo por sus propias confesiones y acciones predisponerlos a cada uno.
Por eso también recibe de ellos los panes, para que los testimonios de lo que se hacía fueran muchos, y para que tuvieran memoriales del milagro. Pues si aun después de estos sucesos olvidaron, [] ¿qué no habría sido de ellos si Él hubiera omitido aquellas disposiciones?
Y les manda sentarse sobre la hierba pisoteada, instruyendo a las multitudes en la abnegación. Pues su voluntad no era alimentar sólo sus cuerpos, sino también instruir sus almas. Tanto por el lugar, pues, como por no darles nada más que panes y peces, y por poner lo mismo delante de todos, y hacerlo común, y no dar a nadie más que a otro, les enseñaba humildad, templanza, caridad, y a ser de un mismo sentir unos con otros, y a tener todas las cosas en común.
Y «partió y dio a los discípulos, y los discípulos a la multitud.» Los cinco panes partió y dio, y los cinco se multiplicaron en las manos de los discípulos. Y ni siquiera aquí detiene el milagro, sino que hizo que incluso sobraran; sobraran, no como panes enteros, sino como fragmentos; para significar que de aquellos panes estos eran restos, y para que los ausentes supieran lo que se había hecho.
Con este propósito, en verdad, permitió que las multitudes tuvieran hambre: para que nadie supusiera que lo ocurrido era ilusión.
Por esto también hizo que sobraran exactamente doce cestas, para que también Judas llevara una. Pues ciertamente habría podido saciar su hambre, pero los discípulos no habrían conocido su poder, ya que también en el caso de Elías ocurrió esto. []
En todo caso, tan admirados quedaron los judíos de Él por esto, que quisieron incluso hacerlo rey, [] aunque respecto de los otros milagros no hicieron tal en ningún caso.
¿Qué razonamiento podrá ahora exponer cómo se multiplicaron los panes; cómo fluyeron juntos en el desierto; cómo bastaron para tantos (pues había «cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños;» lo cual era una grandísima alabanza del pueblo, que tanto mujeres como hombres le asistían); cómo tuvieron ser los restos (pues esto tampoco es menor que lo anterior), y llegaron a ser tan abundantes que las cestas fueron iguales en número a los discípulos, y ni más ni menos?
Habiendo, pues, tomado los fragmentos, no los dio a las multitudes, sino a los discípulos, y eso, porque las multitudes estaban en estado más imperfecto que los discípulos.
Y, habiendo obrado el milagro, «al instante obligó a sus discípulos a subir a la barca e ir delante de Él a la otra orilla, mientras despedía a las multitudes.»
Pues aunque hubiera parecido, estando a la vista, presentar una ilusión y no haber obrado una verdad, ciertamente no así en su ausencia. Por esta causa, pues, sometiendo sus acciones a una prueba exacta, mandó a los que tenían los memoriales y la prueba de los milagros que se apartaran de Él.
Y además de esto, cuando está haciendo grandes obras, dispone en otro lugar a las multitudes y a los discípulos, instruyéndonos en no seguir en nada la gloria que viene del pueblo, ni reunir multitud en torno a nosotros.
Ahora, al decir «los obligó,» indica la muy estrecha asistencia de los discípulos.
Y su pretexto para despedirlos era ciertamente la multitud, pero Él mismo tenía intención de subir al monte; y hacía esto, instruyéndonos a no estar siempre en trato con multitudes, ni siempre huir de la muchedumbre, sino a cada una de las dos cosas según convenga, y dando a cada una debidamente su turno.
Homilía 49, § 4
4. Aprendamos, pues, también nosotros a servir a Jesús; pero no por su generosidad en las cosas sensibles, para que no seamos reprendidos como los judíos. Pues «me buscáis,» dice Él, «no porque visteis los milagros, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis.» [] Por tanto, tampoco obra este milagro continuamente, sino sólo una segunda vez; para que se les enseñara a no ser esclavos de su vientre, sino a aferrarse sin cesar a las cosas del Espíritu.
A éstas, pues, aferrémonos también nosotros, y busquemos el pan celestial, y una vez recibido, desechemos todo cuidado mundano. Pues si aquellos hombres dejaron casas, y ciudades, y parientes, y todo, y moraron en el desierto, y cuando el hambre apretaba no se retiraron; mucho más debemos nosotros, al acercarnos a semejante mesa, mostrar una templanza más abundante, y poner nuestro amor en las cosas del Espíritu, y buscar las cosas sensibles como secundarias respecto de éstas.
Puesto que también ellos fueron reprendidos, no porque lo buscaran por el pan, sino porque sólo por esto lo buscaban, y principalmente por esto. Pues si alguno desprecia los grandes dones, pero se aferra a los pequeños, y a aquellos que el dador querría que despreciara, pierde también estos últimos; como, por otra parte, si amamos aquéllos, Él añade éstos también. Pues éstos no son más que un apéndice de los otros; tan viles y baladíes son, comparados con aquéllos, aunque sean grandes. No gastemos, pues, nuestra diligencia en ellos, sino tengamos por igualmente indiferentes tanto su adquisición como su pérdida, así como Job ni se aferró a ellos cuando estaban presentes, ni los buscó estando ausentes. Pues por esta razón se llaman [χρματα], no para que los enterremos en la tierra, sino para que los usemos rectamente.
Y así como cada artesano tiene su habilidad peculiar, de igual modo el rico, como no sabe trabajar el bronce, ni construir naves, ni tejer, ni edificar casas, ni cosa semejante, aprenda entonces a usar rectamente su riqueza y a compadecerse de los pobres; así conocerá un arte mejor que todas aquellas.
Porque en verdad éste está por encima de todas aquellas artes. Su taller está edificado en el Cielo. No tiene herramientas de hierro ni de bronce, sino de bondad y de recta voluntad. De este arte Cristo es el Maestro, y su Padre. «Sed, pues, misericordiosos,» dice Él, «como vuestro Padre que está en los Cielos.» []
Y lo que es en verdad maravilloso: siendo tan superior a las demás, no necesita trabajo ni tiempo para su perfección; basta con quererlo, y todo queda cumplido.
Mas veamos también el fin de ello, cuál es. ¿Cuál es, pues, su fin? El cielo, los bienes de los cielos, aquella gloria inefable, las cámaras nupciales espirituales, las lámparas resplandecientes, la morada con el Esposo; y las demás cosas, que ni palabra ni siquiera entendimiento alguno puede exponer.
De modo que también en esto es grande su diferencia de todas las demás. Pues la mayor parte de las artes nos aprovechan para la vida presente, pero ésta también para la venidera.
Homilía 49, § 5
5. Pero si aventaja en tanto a las artes que nos son necesarias para la vida presente, como la medicina, por ejemplo, y la construcción de casas, y todas las demás semejantes, mucho más supera a las restantes, las cuales, si alguien las examinara con esmero, ni siquiera las tendría por artes. Por lo cual yo, al menos, no llamaría artes en absoluto a esas otras, por ser innecesarias. Porque ¿en qué nos aprovechan la cocina refinada y la preparación de salsas? En nada: antes bien, son grandemente inútiles y dañosas, perjudicando al cuerpo y al alma, al traer sobre nosotros la madre de todas las enfermedades y padecimientos, la lujuria, junto con gran derroche.
Pero no sólo éstas, sino que ni siquiera la pintura o el bordado permitiría yo que se llamaran arte, pues no hacen sino arrojar a los hombres a gastos inútiles. Porque las artes deben ocuparse de las cosas necesarias e importantes para nuestra vida, para proveerlas y elaborarlas. Pues para esto nos dio Dios en absoluto la destreza, para que inventáramos métodos con que abastecer nuestra vida. Pero ¿de qué sirve, os ruego, que haya figuras en las paredes o en los vestidos? Por esta misma razón, también los zapateros y los tejedores deberían sufrir grandes recortes en su arte. Porque la mayor parte de las cosas que hay en él las han llevado a la ostentación vulgar, habiendo corrompido su uso necesario y mezclado con un arte honesto un oficio malvado; lo cual ha sucedido también con el arte de edificar. Pero aun respecto a éste, mientras edifique casas y no teatros, y trabaje en cosas necesarias y no superfluas, le doy el nombre de arte; del mismo modo, el oficio de tejer, mientras haga vestidos y cobertores, pero no imite a las arañas, y no abrume a los hombres con mucho absurdo y afeminamiento indecible, mientras tanto lo llamo arte.
Y el oficio de los zapateros, mientras haga sandalias, no le privaré del nombre de arte; pero cuando pervierte a los hombres hacia los gestos de las mujeres, y hace que por sus sandalias se vuelvan lascivos y delicados, lo pondremos entre las cosas dañosas y superfluas, y ni siquiera lo llamaremos arte.
Y bien sé que a muchos les parezco demasiado minucioso al ocuparme de estas cosas; no me abstendré, sin embargo, por ello. Porque la causa de todos nuestros males es ésta: que tales faltas se tienen por insignificantes y, por tanto, se desprecian.
¿Y qué pecado, dirá alguno, puede ser de menos importancia que éste, el de tener una sandalia adornada y reluciente, que se ajusta al pie; si es que acaso es lícito llamarlo pecado?
¿Queréis, pues, que suelte mi lengua contra ello, y muestre su indecencia, cuán grande es? ¿Y no os enojaréis? O más bien, aunque os enojéis, poco me importa. No, porque vosotros mismos sois culpables de esta necedad, que ni siquiera pensáis que sea pecado, y con ello nos obligáis a emprender la reprensión de este derroche. Venid, pues, examinémoslo, y veamos qué clase de mal es. Porque cuando los hilos de seda, que ni siquiera es decoroso entretejer en vuestros vestidos, son cosidos por vosotros en vuestros zapatos, ¿qué reproche, qué burla merecen estas cosas?
Y si despreciáis nuestros juicios, oíd la voz de Pablo, que con gran vehemencia prohíbe estas cosas, y entonces percibiréis su absurdidad. ¿Qué dice, pues? «No con cabellos trenzados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos.» [] ¿De qué favor, pues, podéis ser dignos, cuando, a pesar de que Pablo prohíbe a la mujer casada tener vestidos costosos, extendéis este afeminamiento hasta vuestros zapatos, y no tenéis fin de artificios por causa de este ridículo y reproche? Sí: porque primero se construye una nave, luego se reúnen remeros, y un hombre para la proa, y un timonel, y se despliega una vela, y se atraviesa un océano, y, dejando mujer e hijos y patria, el mercader entrega su misma vida a las olas, y llega a tierra de bárbaros, y sufre innumerables peligros por estos hilos, para que después de todo ello los toméis, y los cosáis en vuestros zapatos, y adornéis el cuero. ¿Y qué puede hacerse peor que esta necedad?
Pero las costumbres antiguas no son como éstas, sino tales como convienen a hombres. Por lo cual, yo por mi parte espero que, con el tiempo, los jóvenes entre nosotros lleven incluso zapatos de mujer, y no se avergüencen. Y lo que es más grave, los padres de estos hombres, al ver estas cosas, no se disgustan mucho, sino que incluso lo tienen por cosa indiferente.
¿Queréis que añada lo que es aún más grave; que estas cosas se hacen aun cuando hay muchos pobres? ¿Queréis que ponga ante vosotros a Cristo, hambriento, desnudo, errante por todas partes, en cadenas? ¿Y cuántos rayos no mereceréis, que lo pasáis por alto a Él necesitado del alimento necesario, y adornáis estos pedazos de cuero con tanta diligencia? Y Él, en verdad, cuando daba ley a sus discípulos, ni siquiera les permitía tener zapatos, pero nosotros no podemos soportar caminar, no digo descalzos, sino ni siquiera con los pies calzados como deberían estar.
Homilía 49, § 7
7. ¿Qué puede, pues, ser peor que esta indecencia, esta absurdidad? Porque esto marca un alma, en primer lugar afeminada, luego insensible y cruel, después curiosa y ociosamente atareada. Porque ¿cuándo podrá atender a algún asunto necesario el que está ocupado con estas cosas superfluas? ¿Cuándo soportará un joven así cuidar de su alma, o siquiera considerar que tiene alma? Sí, seguramente será un frívolo el que no puede sino admirar tales cosas; cruel, el que por ellas descuida a los pobres; vacío de virtud, el que gasta toda su diligencia en ellas.
Porque el que se preocupa de la hermosura de los hilos, y del brillo de los colores, y de los zarcillos hechos de tal obra tejida, ¿cuándo podrá mirar al cielo? ¿Cuándo admirará la hermosura de allí, el que se excita por una clase de hermosura que pertenece a pedazos de cuero, y que se inclina hacia la tierra? Y mientras Dios ha extendido el cielo y encendido el sol, atrayendo vuestras miradas hacia arriba, tú te obligas a mirar hacia abajo, y hacia la tierra, como los cerdos, y obedeces al diablo. Porque ciertamente este demonio malvado ha ideado esta indecencia para apartarte de aquella hermosura. Con esta intención te ha arrastrado hacia aquí; y Dios, mostrando el cielo, es vencido por el diablo que muestra ciertas pieles, o más bien ni siquiera pieles (pues también éstas son obras de Dios), sino afeminamiento y un mal género de destreza.
Y el joven anda inclinado hacia la tierra, él a quien se exige buscar la sabiduría acerca de las cosas del cielo; enorgulleciéndose más de estas bagatelas que si hubiera realizado alguna obra grande y buena, y andando de puntillas por el foro, y con ello engendrando para sí penas y angustias superfluas, no sea que las manche con el barro cuando es invierno; no sea que las cubra con el polvo, cuando ha llegado el verano.
¿Qué dices, oh hombre? ¿Has arrojado tu alma entera al fango con este derroche, y la pasas por alto arrastrándose por el suelo, y estás tan ansioso por un par de zapatos? Advierte su uso, y respeta el juicio que pronuncias sobre ellos. Porque para pisar barro y fango, y todas las manchas del pavimento, para esto fueron hechos tus zapatos. O si no puedes soportar esto, tómalos y cuélgatelos del cuello, o póntelos en la cabeza.
Y vosotros, ciertamente, os reís al oír esto. Pero yo me inclino a llorar por la locura de estos hombres, y su cuidadoso afán por estas cosas. Porque en verdad preferirían manchar su cuerpo con barro antes que esos pedazos de cuero.
Frívolos se vuelven, pues, por este camino, y amantes del dinero por otro camino. Porque el que se ha acostumbrado a estar frenético y ansioso por tales asuntos, requiere también para sus vestidos y para todas las demás cosas mucho gasto y una renta cuantiosa.
Y si tiene un padre pródigo, su esclavitud se hace peor, su absurdo capricho más intenso; pero si uno parsimonioso, es empujado a otras indecencias, para reunir un poco de dinero para tales gastos.
De aquí que muchos jóvenes hayan incluso vendido su virilidad, y se hayan hecho parásitos de los ricos, y hayan emprendido otros oficios serviles, comprando con ello la satisfacción de tales deseos.
De modo, pues, que este hombre es ciertamente a la vez amante del dinero, y frívolo, y acerca de las cosas importantes el más indolente de todos los hombres, y que se verá forzado a cometer muchos pecados, es por esto evidente. Y que es cruel y vanaglorioso, tampoco esto lo negará nadie: cruel, porque cuando ve a un pobre, por el amor a la elegancia hace como si ni siquiera lo viera, sino que mientras está adornando estas cosas con oro, lo pasa por alto pereciendo de hambre; vanaglorioso, puesto que aun en asuntos tan pequeños se ejercita en perseguir la admiración de los que miran. Porque supongo que ningún general se enorgullece tanto de sus legiones y trofeos, como nuestros jóvenes disolutos del adorno de sus zapatos, de sus vestidos que arrastran, del arreglo de sus cabellos; y sin embargo, todas estas cosas son obras de otras personas, en sus oficios. Pero si los hombres no cesan de vanagloriarse en las obras de otros, ¿cuándo cesarán de hacerlo en las propias?
Homilía 49, § 8
8. ¿Mencionaré aún otras cosas más graves que éstas? ¿O incluso éstas os bastan? Pues bien; debo terminar aquí mi discurso; puesto que aun esto he dicho a causa de los contenciosos, que sostienen que la cosa no es tan mala.
Y aunque sé que muchos de los jóvenes ni siquiera atenderán a lo que he dicho, estando de una vez por todas embriagados con este capricho, no por ello debo guardar silencio. Porque los padres que tienen entendimiento, y están aún sanos, podrán forzarlos, incluso contra su voluntad, a una decencia conveniente.
No digáis, pues, «esto no tiene importancia, aquello no tiene importancia»; porque esto, esto lo ha arruinado todo. Porque incluso con esto debéis adiestrarlos, y con las cosas que parecen insignificantes hacerlos graves, grandes de alma, superiores a los vestidos exteriores; así los hallaremos aprobados también en las cosas grandes. ¿Qué hay más común que el aprender las letras? Sin embargo, por ello los hombres se hacen retóricos, y sofistas, y filósofos; y si no conocen sus letras, jamás tendrán aquel conocimiento.
Y esto no lo hemos dicho sólo a los jóvenes, sino también a las mujeres, y a las doncellas. Porque éstas también están sujetas a acusaciones semejantes, y mucho más, en cuanto que la decencia es cosa apropiada a una virgen.
Por tanto, lo que se ha dicho a los otros, considerad que ha sido dicho también a vosotras, para que no repitamos de nuevo las mismas cosas.
Porque ya es tiempo de cerrar nuestro discurso con oración. Orad, pues, todos con nosotros, para que los jóvenes de la iglesia, ante todas las cosas, puedan vivir ordenadamente y alcanzar una vejez que les convenga. Pues para los que no viven así, ciertamente sería mejor no llegar en absoluto a la vejez. Pero para los que han envejecido incluso en la juventud, ruego que alcancen también hasta la misma hondura de las canas, y se hagan padres de hijos probados, y sean gozo para los que les dieron el ser, y sobre todo ciertamente para el Dios que los hizo, y que exterminen todo capricho enfermizo, no sólo el de los zapatos, ni el de los vestidos, sino también todo otro género.
Porque como tierra sin cultivar, así es también la juventud descuidada, que produce muchas espinas de muchas partes. Enviemos, pues, sobre ellos el fuego del Espíritu, y quememos estos malos deseos, y roturemos nuestros campos, y preparémoslos para recibir la semilla, y presentemos a los jóvenes de entre nosotros con mentes más sobrias que los viejos de otras partes. Porque esto es, en efecto, lo maravilloso: cuando la templanza resplandece en la juventud; pues el que es templado en la vejez no puede tener gran recompensa, teniendo en plenitud la seguridad que le viene de la edad. Pero lo admirable es disfrutar de calma en medio de las olas, y en un horno no ser quemado, y en la juventud no correr desenfrenadamente.
Con estas cosas, pues, en nuestro ánimo, emulemos a aquel bienaventurado José, que resplandeció a través de todas estas pruebas, para que alcancemos las mismas coronas que él; a las cuales ojalá alcancemos todos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria con el Padre, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 50, § 1
Mateo 14:23-24.
«Y cuando hubo despedido a las multitudes, subió al monte aparte a orar; y cuando llegó la tarde, estaba allí solo. Pero la barca estaba ya en medio del mar, sacudida por las olas: porque el viento era contrario.»
¿Con qué fin sube al monte? Para enseñarnos que la soledad y el retiro son buenos, cuando hemos de orar a Dios. Con esta intención, como veis, se retira continuamente al desierto, y allí a menudo pasa toda la noche en oración, enseñándonos con insistencia a buscar en nuestras oraciones la quietud que el tiempo y el lugar puedan conceder. Porque el desierto es la madre de la quietud; es una calma y un puerto, que nos libra de todos los tumultos.
Él, pues, subió allí con este objeto, pero los discípulos son sacudidos de nuevo por las olas, y soportan una tormenta igual incluso a la anterior. Pero antes lo tenían a Él en la barca cuando les sobrevino esto; ahora estaban solos, por sí mismos. Así, con suavidad y gradualmente, los excita y los impulsa hacia lo mejor, incluso a soportarlo todo noblemente. Por consiguiente vemos que, cuando estuvieron por primera vez cerca de aquel peligro, Él estaba presente, aunque dormido, para darles prontamente alivio; pero ahora, llevándolos a un mayor grado de paciencia, ni siquiera esto hace, sino que se aparta, y en medio del mar permite que se levante la tormenta, de modo que ni siquiera tengan esperanza de salvación de parte alguna; y los deja sacudidos por la tempestad toda la noche, para despertar por completo, según supongo, su endurecido corazón.
Pues tal es la naturaleza del miedo, que el tiempo colabora con el mal tiempo en producir. Y junto con la compunción, Él los arrojó también a un anhelo mayor de sí mismo, y a un recuerdo continuo de Él.
Por consiguiente, tampoco se les presentó de inmediato. Pues, «en la cuarta vigilia,» así está dicho, «de la noche, fue hacia ellos, andando sobre el mar;» [] instruyéndolos a no buscar apresuradamente la liberación de sus peligros apremiantes, sino a soportar todas las cosas varonilmente. En todo caso, cuando esperaban ser librados, entonces su miedo se acrecentó de nuevo. Pues,
«Cuando los discípulos,» está dicho, «le vieron andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: Es un fantasma; y gritaron de miedo.»
Sí, y Él hace esto constantemente; cuando está a punto de quitar nuestros terrores, trae sobre nosotros otras cosas peores y más alarmantes: lo cual vemos que sucedió también entonces. Porque junto con la tormenta, también la visión los turbó, no menos que la tormenta. Por tanto, ni quitó la oscuridad, ni se manifestó de inmediato, adiestrándolos, como dije, con la continuación de estos miedos, e instruyéndolos a estar prontos para soportar. Esto hizo también en el caso de Job; pues cuando estaba a punto de quitar el terror y la tentación, entonces permitió que el final se hiciera más grave; no me refiero a la muerte de sus hijos, ni a las palabras de su mujer, sino a causa de los reproches, tanto de sus siervos como de sus amigos. Y cuando estaba a punto de rescatar a Jacob de su aflicción en tierra extraña, permitió que su tribulación se despertara y se agravara: en que su suegro primero lo alcanzó y amenazó con la muerte, y luego su hermano, viniendo inmediatamente después, suspendió sobre él el peligro más extremo.
Pues como no se puede ser tentado a la vez por mucho tiempo y severamente; cuando los justos están a punto de llegar al término de sus combates, Él, queriendo que ganen más, intensifica sus luchas. Lo cual hizo también en el caso de Abraham, disponiendo que su último combate fuera el de su hijo. Porque así, incluso las cosas intolerables serán tolerables, cuando se nos traen de modo que su remoción está cerca, a las mismas puertas.
Así hizo Cristo también en aquella ocasión, y no se descubrió antes de que gritaran. Porque cuanto más intenso era su temor, tanto más acogieron su venida. Después, cuando hubieron gritado, está dicho,
«En seguida Jesús les habló, diciendo: Tened buen ánimo; yo soy; no temáis.» []
Esta palabra les quitó el miedo y les hizo cobrar confianza. Pues como no le conocían de vista, a causa de su maravilloso modo de moverse, y a causa de la hora, se manifiesta por su voz.
Homilía 50, § 2
2. ¿Qué dice, pues, Pedro, en todas partes ardiente, y siempre lanzándose adelante antes que los demás?
«Señor, si eres tú,» dice, «manda que yo vaya a ti sobre el agua.» []
No dijo, «Ruega y suplica», sino, «manda». ¿Veis cuán grande es su ardor, cuán grande su fe? Y sin embargo, ciertamente por esto anda a menudo en peligro, por buscar cosas más allá de su medida. Porque también aquí pidió una cosa extraordinariamente grande, sólo por amor, no por ostentación. Pues ni siquiera dijo, «Mándame andar sobre el agua», sino ¿qué? «Mándame ir a ti». Porque nadie amó tanto a Jesús.
Esto hizo también después de la resurrección; no soportó venir con los otros, sino que saltó adelante. [] Y no sólo amor, sino también fe muestra. Porque no sólo creyó que Él era capaz de andar Él mismo sobre el mar, sino que podía llevar también a otros sobre él; y anhela estar pronto cerca de Él.
«Y Él dijo: Ven. Y cuando Pedro hubo descendido de la barca, anduvo sobre el agua y fue hacia Jesús. Pero al ver el viento fuerte, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, gritó, diciendo: Señor, sálvame. Y al instante Jesús extendió la mano y lo agarró, y le dice: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» []
Esto es más maravilloso que lo anterior. Por eso se hace después de aquello. Pues cuando hubo mostrado que domina el mar, lleva entonces la señal a algo todavía más maravilloso. Entonces reprendió sólo a los vientos; pero ahora Él mismo anda, y permite a otro hacerlo; cosa que si hubiera exigido que se hiciera al principio, Pedro no lo habría recibido tan bien, porque aún no había adquirido tan gran fe.
¿Por qué, pues, Cristo se lo permitió? Porque si hubiera dicho, «no puedes», Pedro, siendo ardiente, le habría contradicho de nuevo. Por eso, con los hechos le convence, para que en lo sucesivo sea más sobrio.
Pero ni aun así resiste. Por tanto, habiendo descendido, se marea; porque tenía miedo. Y esto lo causó el oleaje, pero su miedo fue obra del viento.
Pero Juan dice que «de buena gana le recibieron en la barca; e inmediatamente la barca llegó a la tierra a donde iban», refiriendo esta misma circunstancia. De modo que, cuando estaban a punto de llegar a la tierra, Él entró en la barca.
Pedro, pues, habiendo descendido de la barca, fue hacia Él, no gozándose tanto de andar sobre el agua, como de ir hacia Él. Y cuando había vencido lo mayor, estuvo a punto de sufrir daño de lo menor, de la violencia del viento, quiero decir, no del mar. Porque tal cosa es la naturaleza humana: no pocas veces, realizando cosas grandes, se expone a sí misma en las menos; como Elías sintió respecto de Jezabel, como Moisés respecto del egipcio, como David respecto de Betsabé. Así también este hombre entonces; mientras su miedo estaba aún en su colmo, tuvo valor para andar sobre el agua, pero contra el embate del viento no pudo ya mantenerse; y esto, estando cerca de Cristo. De modo que absolutamente nada aprovecha estar cerca de Cristo, si no se está cerca de Él por la fe.
Y esto también mostró la diferencia entre el Maestro y el discípulo, y calmó los ánimos de los otros. Porque si en el caso de los dos hermanos habían tenido indignación, mucho más aquí; pues aún no se les había concedido el Espíritu.
Pero después no fueron así. En toda ocasión, por ejemplo, ceden los primeros honores a Pedro, y le ponen por delante en sus discursos al pueblo, aunque era de vena más ruda que cualquiera de ellos.
¿Y por qué no mandó a los vientos que cesaran, sino que Él mismo extendió la mano y lo agarró? Porque en él se requería fe. Pues cuando falta nuestra parte, la parte de Dios también se detiene.
Significando, pues, que no el embate del viento, sino su falta de fe había producido su caída, dice, «¿Por qué dudaste, hombre de poca fe?» De modo que si su fe no hubiera sido débil, habría resistido fácilmente también al viento. Y por esta razón, como veis, aun cuando lo había agarrado, permite que sople el viento, mostrando que ningún daño viene de ello, cuando la fe es firme.
Y como cuando un polluelo ha salido del nido antes de tiempo, y está a punto de caer, su madre lo lleva sobre sus alas y lo trae de vuelta al nido; así hizo Cristo.
«Y cuando hubieron subido a la barca, entonces cesó el viento.» []
Mientras que antes de esto habían dicho, «¿Quién es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?» [] ahora no es así. Pues «los que estaban en la barca», está dicho, «vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.» [] ¿Veis cómo gradualmente los iba llevando a todos más y más alto? Porque tanto por su andar sobre el mar, como por mandar a otro que lo hiciera, y por preservarlo en peligro; su fe fue desde entonces grande. Porque entonces, ciertamente, reprendió al mar, pero ahora no lo reprende, significando de otro modo su poder más abundantemente. Por lo cual también dijeron, «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»
¿Qué, pues? ¿Los reprendió por hablar así? No, muy al contrario, más bien confirmó lo que decían, sanando con mayor autoridad a los que se le acercaban, y no como antes.
«Y cuando hubieron pasado al otro lado,» así está dicho, «llegaron a la tierra de Genesaret. Y cuando los hombres de aquel lugar tuvieron conocimiento de Él, enviaron por toda aquella comarca, y le trajeron a todos los enfermos; y le rogaban que les dejara tocar el borde de su manto; y cuantos lo tocaron quedaron perfectamente sanos.»
Porque ni siquiera se le acercaban como antes, arrastrándolo a sus casas, y buscando el toque de su mano, y las instrucciones de palabra; sino en un tono mucho más alto, y con más abnegación, y con una fe más abundante procuraban ganarse la curación; pues la que tenía flujo de sangre les enseñó a todos a ser severos en buscar la sabiduría.
Y el evangelista, dando a entender también que a largos intervalos visitaba las diversas comarcas, dice, «Los hombres de aquel lugar tuvieron conocimiento de Él, y enviaron por la comarca de alrededor, y le trajeron a los enfermos.» Pero el intervalo, lejos de abolir su fe, la hizo aún mayor, y la conservó en vigor.
Homilía 50, § 3
3. Toquemos también nosotros, pues, el borde de su manto, o más bien, si queremos, lo tenemos entero. Porque ciertamente su cuerpo se nos presenta ahora, no sólo su manto, sino incluso su cuerpo; no sólo para tocarlo, sino también para comer, y saciarnos. Acerquémonos, pues, ahora con fe, todos los que tengan alguna enfermedad. Porque si los que tocaron el borde de su manto sacaron de Él tanta virtud, ¿cuánto más los que lo poseen entero? Ahora bien, acercarse con fe no es sólo recibir la ofrenda, sino también tocarla con corazón puro; estar con tal disposición, como acercándose al mismo Cristo. Pues ¿qué, si no oís voz alguna? Sin embargo, lo veis expuesto; o más bien, oyes también su voz, mientras Él habla por los evangelistas.
Creed, pues, que aun ahora es aquella cena, en la que Él mismo se sentó. Porque ésta en ningún respecto difiere de aquélla. Pues ni el hombre hace ésta y Él mismo aquélla; sino que ambas, ésta y aquélla, son obra suya propia. Por tanto, cuando veáis al sacerdote entregárosla, no tengáis por cierto que es el sacerdote quien lo hace, sino que es la mano de Cristo la que se extiende.
De la misma manera que cuando bautiza, no es él quien te bautiza, sino que es Dios quien posee tu cabeza con poder invisible, y ni ángel ni arcángel ni ningún otro se atreve a acercarse y tocarte; así también ahora. Porque cuando Dios engendra, el don es sólo suyo. ¿No veis a los que adoptan aquí hijos, cómo no encomiendan el acto a esclavos, sino que ellos mismos están presentes ante el tribunal? Así tampoco Dios ha encomendado su don a los ángeles, sino que Él mismo está presente, mandando y diciendo, «No llaméis padre a nadie en la tierra»; [] no para que deshonréis a los que os dieron el ser, sino para que prefiráis a todos ellos a Aquel que os hizo, y os inscribió entre sus propios hijos. Porque el que ha dado lo mayor, es decir, se ha puesto a sí mismo delante de vosotros, mucho más no desdeñará repartiros de su cuerpo. Oigamos, pues, tanto sacerdotes como súbditos, lo que se nos ha concedido; oigamos y temblemos. De su propia carne santa nos ha concedido saciarnos; se nos ha propuesto a sí mismo sacrificado.
¿Qué excusa tendremos, pues, cuando, alimentándonos con tal comida, cometemos tales pecados? ¿Cuándo, comiendo un cordero, nos volvemos lobos? ¿Cuándo, cebándonos con una oveja, hacemos rapiña con violencia como los leones?
Porque este misterio Él dispone que esté siempre limpio, no sólo de violencia, sino incluso de simple enemistad. Sí, porque este misterio es misterio de paz; no nos permite aferrarnos a la riqueza. Pues si Él no se escatimó a sí mismo por nosotros, ¿qué merecemos nosotros, que escatimamos la riqueza y malgastamos el alma, por la cual Él no se escatimó a sí mismo?
Ahora bien, a los judíos Dios les imponía cada año, en sus fiestas, un memorial de sus singulares favores para con ellos; pero para vosotros, cada día, por así decir, mediante estos misterios.
No te avergüences, pues, de la cruz: porque éstas son nuestras cosas venerables, éstos nuestros misterios; con este don nos adornamos, con éste somos embellecidos.
Y si digo: Él extendió el cielo, desplegó la tierra y el mar, envió profetas y ángeles, no digo nada en comparación. Porque la suma de sus beneficios es esto: que «no escatimó a su propio Hijo,» [] para salvar a sus siervos enajenados.
Homilía 50, § 4
4. Que ningún Judas, pues, se acerque a esta mesa, ni ningún Simón; no, porque ambos perecieron por avaricia. Huyamos, pues, de este abismo; y no tengamos por suficiente para nuestra salvación el que, después de haber despojado a viudas y huérfanos, ofrezcamos para esta mesa una copa de oro y piedras preciosas. No: si deseas honrar el sacrificio, ofrece tu alma, por la cual también fue inmolado; haz que ésta se vuelva de oro; pero si ella queda peor que el plomo o la arcilla del alfarero, mientras el vaso es de oro, ¿de qué sirve?
No sea, pues, éste nuestro propósito: ofrecer solamente vasos de oro, sino hacerlo también de ganancias honestas. Porque éstos son de la clase más preciosa que el oro, éstos que están libres de injusticia. Porque la iglesia no es una fundición de oro ni un taller de plata, sino una asamblea de ángeles. Por lo cual, almas son las que requerimos, pues de hecho Dios acepta estos vasos por causa de las almas.
Aquella mesa de entonces no era de plata, ni de oro aquella copa de la cual Cristo dio a sus discípulos su propia sangre; sino que todo allí era precioso y temible, porque estaban llenos del Espíritu. []
¿Quieres honrar el cuerpo de Cristo? No lo descuides cuando está desnudo; no, mientras aquí lo honras con vestiduras de seda, lo descuides cuando perece afuera de frío y desnudez. Porque el que dijo: «Esto es mi cuerpo,» y con su palabra confirmó el hecho, ese mismo dijo: «Me visteis hambriento, y no me disteis de comer;» y, «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí no me lo hicisteis.» [] Pues éste, en verdad, no necesita vestiduras, sino un alma pura; pero aquél requiere mucha atención.
Aprendamos, pues, a ser estrictos en la vida y a honrar a Cristo como Él mismo desea. Porque al que es honrado le es más agradable aquel honor que es su propia voluntad recibir, no el que nosotros consideramos mejor. Pues también Pedro pensó honrarlo impidiéndole lavarle los pies, pero aquello no fue honor, sino lo contrario.
Del mismo modo, hónralo tú con este honor que Él ordenó, gastando tu riqueza en los pobres. Porque Dios no tiene necesidad alguna de vasos de oro, sino de almas de oro.
Y digo estas cosas no para prohibir que se hagan tales ofrendas, sino para pediros que, junto con ellas y antes que ellas, deis limosna. Porque Él acepta ciertamente las primeras, pero mucho más las segundas. Pues en las unas sólo se aprovecha el que ofrece; en las otras, también el que recibe. Aquí la acción parece ocasión incluso de ostentación; allí todo es misericordia y amor al hombre.
Porque ¿de qué sirve que su mesa esté llena de copas de oro, mientras Él perece de hambre? Primero sácielo a Él, que está hambriento, y luego adorna también abundantemente su mesa. ¿Le haces una copa de oro, mientras no le das ni un vaso de agua fría? ¿Y de qué sirve? ¿Adornas su mesa con manteles recamados de oro, mientras a Él no le procuras ni siquiera el abrigo necesario? ¿Y qué bien resulta de ello? Porque dime: si vieras a uno falto del alimento necesario y omitieras saciar su hambre, mientras primero cubres de plata su mesa, ¿te daría gracias y no se indignaría más bien? ¿Y qué, si viendo a uno envuelto en harapos y entumecido de frío, descuidaras darle un vestido y edificaras columnas de oro, diciendo: «que lo hacías en su honor,» ¿no diría que te burlabas, y lo tendría por insulto, y de los más extremos?
Sea, pues, éste tu pensamiento también respecto de Cristo, cuando anda errante y peregrino, necesitado de un techo que lo cubra; y tú, descuidando recibirlo, adornas un pavimento, y paredes, y capiteles de columnas, y cuelgas cadenas de plata para lámparas, pero a Él, encadenado en la cárcel, ni siquiera lo miras.
Homilía 50, § 5
5. Y digo estas cosas, no prohibiendo la munificencia en estas cosas, sino amonestándoos a hacer también aquellas otras obras junto con éstas, o mejor aún, antes que éstas. Porque por no haber hecho estas cosas nadie fue jamás reprendido; pero por aquéllas, se amenaza el infierno, y el fuego inextinguible, y el castigo con los espíritus malignos. No descuides, pues, mientras adornas su casa, a tu hermano en la aflicción, porque él es más propiamente templo que aquélla.
Y mientras estos tesoros tuyos estarán sujetos a enajenación por reyes incrédulos, tiranos y ladrones; cuanto hagas por tu hermano hambriento, peregrino y desnudo, ni siquiera el diablo podrá arrebatarlo, sino que quedará guardado en un tesoro inviolable.
¿Por qué dice entonces Él mismo: «A los pobres siempre los tenéis con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis?» Precisamente por esto, con mayor razón debemos dar limosna: porque no lo tenemos siempre hambriento, sino sólo en la vida presente. Pero si deseas aprender también todo el sentido de esta palabra, entiende que esto se dijo no con miras a sus discípulos, aunque así parezca, sino a la debilidad de la mujer. Es decir, como su disposición era todavía bastante imperfecta, y ellos dudaban de ella; para reanimarla dijo Él estas cosas. Pues como prueba de que lo dijo para consuelo de ella, añadió: «¿Por qué molestáis a esta mujer?» [] Y respecto de que en verdad lo tenemos siempre con nosotros, dice: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» [] De todo lo cual es evidente que esto se dijo con ningún otro objeto, sino para que la reprensión de los discípulos no marchitara la fe de la mujer, que justamente entonces estaba brotando.
No aduzcamos, pues, ahora estas cosas, que fueron dichas por alguna economía, sino leamos todas las leyes, las del Nuevo y las del Antiguo Testamento, que están establecidas acerca de la limosna, y seamos muy solícitos en este asunto. Porque ésta limpia del pecado. Porque «dad limosna, y todo os será limpio.» [] Ésta es cosa mayor que el sacrificio. «Porque misericordia quiero, y no sacrificio.» Ésta abre los cielos. Porque «tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial delante de Dios.» [] Ésta es más indispensable que la virginidad: porque así fueron aquellas vírgenes echadas fuera de la cámara nupcial; así fueron las otras introducidas.
Consideremos todas estas cosas, y sembremos con generosidad, para que cosechemos con más amplia abundancia y alcancemos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por siempre. Amén.