Homilía 2, § 1
Mateo I. 1.
«Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.»
¿Recordáis, en verdad, el encargo que hace poco os hicimos, rogándoos que escucharais todo lo que se dice con todo silencio y con quietud mística? Porque hoy hemos de poner el pie dentro del santo vestíbulo; por lo cual os he traído también a la memoria aquel encargo.
Pues si los judíos, cuando habían de acercarse a «un monte que ardía, y al fuego, y a la oscuridad, y a las tinieblas, y a la tempestad» —o, mejor, cuando ni siquiera habían de acercarse, sino ver y oír estas cosas de lejos—, se les mandó abstenerse de sus mujeres tres días antes y lavar sus vestiduras, y estaban en temblor y temor, tanto ellos como Moisés con ellos, mucho más nosotros, que hemos de escuchar tales palabras, y no estamos de pie lejos de un monte humeante, sino que hemos de entrar en el Cielo mismo, debemos mostrar una mayor abnegación; no lavando nuestras vestiduras, sino limpiando la túnica de nuestra alma y despojándonos de toda mezcla con las cosas del mundo. Porque no es oscuridad lo que veréis, ni humo, ni tempestad, sino al Rey mismo sentado en el trono de aquella gloria inefable, y a los ángeles y arcángeles de pie junto a Él, y a las tribus de los santos, con sus miríadas interminables.
Porque tal es la ciudad de Dios, que tiene «la Iglesia de los primogénitos, los espíritus de los justos, la asamblea general de los ángeles, la sangre de la aspersión», por la cual todos quedan unidos en uno, y el Cielo ha recibido las cosas de la tierra, y la tierra las cosas del Cielo, y ha venido aquella paz que desde antiguo anhelaban los ángeles y los santos.
Aquí está el trofeo de la cruz, glorioso y visible, los despojos ganados por Cristo, las primicias de nuestra naturaleza, el botín de nuestro Rey; todo esto, digo, lo conoceremos con perfección por los Evangelios. Si seguís con la conveniente quietud, podremos llevaros por todas partes y mostraros dónde está puesta la muerte crucificada, y dónde está colgado el pecado, y dónde están las muchas y maravillosas ofrendas de esta guerra, de esta batalla.
Veréis asimismo al tirano aquí atado, y a la multitud de los cautivos que le siguen, y la fortaleza desde la cual aquel demonio impío asolaba todas las cosas en el tiempo pasado. Veréis los escondites y las guaridas del ladrón, deshechos ahora y abiertos, porque también allí estuvo presente nuestro Rey.
Pero no te canses, amado; porque si alguien os describiera una guerra visible, y trofeos, y victorias, no sentiríais saciedad alguna; es más, no preferiríais ni la bebida ni la carne a esta historia. Y si aquella clase de narración es bienvenida, mucho más lo es ésta. Pues considera qué cosa es oír cómo, por una parte, Dios desde el Cielo, levantándose «de los tronos reales, saltó []» a la tierra, y aun hasta el infierno mismo, y se puso en orden de batalla; y cómo, por otra parte, el diablo se puso en orden de batalla contra Él; o, mejor, no contra Dios manifiesto, sino contra Dios escondido en la naturaleza del hombre.
Y, lo que es maravilloso, veréis a la muerte destruida por la muerte, y a la maldición extinguida por la maldición, y al dominio del diablo derribado por aquellas mismas cosas con que había prevalecido. Despertémonos, pues, por completo, y no durmamos; porque he aquí que veo las puertas que se nos abren; mas entremos con todo buen orden y con temblor, poniendo el pie directamente dentro del vestíbulo mismo.
Homilía 2, § 2
2. Pero ¿qué es este vestíbulo? «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.»
«¿Qué dices? ¿No prometiste hablar del Hijo Unigénito de Dios, y haces mención de David, un hombre nacido después de mil generaciones, y dices que es padre y antepasado?» Detente, no busques aprenderlo todo de una vez, sino suave y poco a poco. Pues en el vestíbulo estás de pie, junto al pórtico mismo; ¿por qué, entonces, te apresuras hacia el santuario interior? Aún no has observado bien todo lo de afuera. Porque ni por un tiempo te declaro yo aquella otra generación; o, mejor, ni siquiera ésta que viene después, porque es inefable e indecible. Y antes que yo, el profeta Isaías os lo ha dicho; pues cuando, al anunciar su pasión y su gran cuidado por el mundo, y admirando quién era Él, y qué se hizo, y a dónde descendió, clamó a gran voz, diciendo así: «¿Quién contará su generación?»
No es, pues, de aquélla de la que ahora hemos de hablar, sino de ésta de abajo, de ésta que tuvo lugar en la tierra, que fue entre diez mil testigos. Y aun de ésta hablaremos del modo que nos sea posible, habiendo recibido la gracia del Espíritu. Porque ni siquiera ésta puede nadie exponerla del todo con claridad, por cuanto también ella es sobremanera tremenda. No pienses, pues, que oyes cosas pequeñas al oír hablar de este nacimiento, sino levanta tu mente y tiembla al punto, al saber que Dios ha venido a la tierra. Porque tan maravilloso fue esto, y tan fuera de toda esperanza, que por estas cosas los ángeles mismos formaron un coro, y en favor del mundo ofrecieron su alabanza por ellas, y los profetas desde el principio se asombraron de que «fuese visto sobre la tierra y conversara con los hombres [].» Sí, pues está muy por encima de todo pensamiento oír que Dios el Inefable, el Inenarrable, el Incomprensible, y el que es igual al Padre, pasó por el seno de una virgen, y se dignó nacer de una mujer, y tener a Abraham y a David por antepasados. Mas ¿por qué digo Abraham y David? Pues lo que es aún más asombroso, están aquellas mujeres de las que hace poco os hablamos.
Homilía 2, § 3
3. Al oír estas cosas, levántate y no pienses nada bajo; antes bien, por esto mismo has de maravillarte sobre todo: que, siendo Hijo del Dios sin origen, y su Hijo verdadero, consintió en ser llamado también Hijo de David, para hacerte a ti hijo de Dios. Consintió que un siervo fuera padre para Él, para hacer del Señor Padre para ti, siervo.
¿Ves ya desde el principio de qué naturaleza son los Evangelios? Si dudas de las cosas que te tocan a ti, por las que son de Él cree también en aquéllas. Porque es mucho más difícil, a juicio de la razón humana, que Dios se haga hombre, que el que un hombre sea declarado hijo de Dios. Cuando, pues, se te diga que el Hijo de Dios es Hijo de David y de Abraham, no dudes ya más de que tú también, hijo de Adán, serás hijo de Dios. Porque no a la ligera, ni en vano, se humilló Él tan grandemente; sólo quería exaltarnos a nosotros. Así nació Él según la carne, para que tú nacieras según el Espíritu; nació de una mujer, para que tú dejaras de ser hijo de una mujer.
Por lo cual el nacimiento fue doble: hecho semejante al nuestro, y a la vez superior al nuestro. Porque nacer de una mujer era, ciertamente, nuestra suerte; pero «nacer no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón», sino del Espíritu Santo [], era anunciar de antemano el nacimiento que nos sobrepasa, el nacimiento venidero, que Él había de darnos gratuitamente por el Espíritu. Y todo lo demás fue también de este modo. Así, su bautismo fue del mismo orden: participó de lo antiguo y participó también de lo nuevo. Ser bautizado por el profeta era lo propio de lo antiguo, pero el descender del Espíritu prefiguraba lo nuevo. Y como si alguien se pusiera en el espacio entre dos personas que estaban apartadas, y extendiendo ambas manos se asiera de uno y otro lado, y los atara juntos; así ha hecho Él, uniendo la antigua alianza con la nueva, la naturaleza de Dios con la del hombre, las cosas que son suyas con las nuestras.
¿Ves el centelleante resplandor de la ciudad, con cuán grande fulgor te ha deslumbrado ya desde el comienzo? ¡Cómo te ha mostrado al punto al Rey en tu propia forma; como en un campamento! Porque tampoco allí se presenta siempre el rey llevando la dignidad que le es propia, sino que, dejando la púrpura y la diadema, a menudo se disfraza con el atuendo de un soldado común. Pero allí, para que, siendo conocido, no atraiga al enemigo sobre sí; aquí, por el contrario, para que, si fuera conocido, no hiciera huir al enemigo del conflicto con Él, y para no confundir a todo su pueblo: pues su propósito era salvar, no atemorizar.
Homilía 2, § 4
4. Por esto lo ha llamado también al punto con este título, nombrándolo Jesús. Pues este nombre, Jesús, no es griego, sino que en la lengua hebrea se dice así: Jesús; que, interpretado a la lengua griega, significa «Salvador». Y se le llama Salvador, por salvar a su pueblo.
¿Ves cómo le ha dado alas al oyente, diciéndole a un tiempo cosas conocidas, y a la vez indicándonos con ellas cosas que sobrepasan toda esperanza? Quiero decir que estos dos nombres eran bien conocidos de los judíos. Pues, como las cosas que estaban por acontecer superaban toda expectación, los tipos aun de los nombres precedieron, para que desde el comienzo mismo quedara quitado todo el poder perturbador de la novedad. Así se llama Jesús el que después de Moisés introdujo al pueblo en la tierra prometida. ¿Has visto el tipo? He aquí la verdad. Aquél condujo a la tierra prometida; éste, al cielo y a los bienes de los cielos; aquél, después que Moisés murió; éste, después que la ley cesó; aquél, como guía; éste, como Rey.
Sin embargo, para que, habiendo oído la palabra Jesús, no quedes perplejo por la identidad del nombre, ha añadido: «Jesucristo, Hijo de David.» Mas aquel otro no era de David, sino de otra tribu.
Homilía 2, § 5
5. Pero ¿por qué lo llama «libro de la generación de Jesucristo», cuando este libro no contiene solamente el nacimiento, sino toda la Dispensación? Porque éste es el compendio de toda la Dispensación, y está hecho origen y raíz de todos nuestros bienes. Como Moisés, pues, lo llama libro del cielo y de la tierra [], aunque no ha hablado sólo del cielo y de la tierra, sino también de todo lo que hay en medio; así también éste ha nombrado su libro por aquello que es compendio de todas las grandes cosas que se hicieron. Porque lo que está lleno de asombro, y está más allá de toda esperanza y de toda expectación, es que Dios se hiciera hombre. Y, una vez acontecido esto, todo lo demás sigue por razonable consecuencia.
Homilía 2, § 6
6. Pero ¿por qué no dijo, «Hijo de Abraham,» y luego «Hijo de David?» No es, como algunos suponen, que se proponga subir desde el punto más bajo, pues en tal caso habría hecho lo mismo que Lucas; ahora hace lo contrario. ¿Por qué, entonces, ha hecho mención de David? El hombre estaba en boca de todos, tanto por su fama como por el tiempo, pues no hacía tanto que había muerto, como Abraham. Y, aunque Dios hizo promesas a ambos, el uno, por ser antiguo, se pasaba en silencio, mientras que el otro, como fresco y reciente, era repetido por todos. Ellos mismos, por ejemplo, dicen: «¿Acaso Cristo viene de la semilla de David, y de Belén, la aldea donde estaba David?» [] Y nadie lo llamaba Hijo de Abraham, sino todos Hijo de David; y esto porque este último estaba más en la memoria de todos, tanto por el tiempo, como ya he dicho, como por su realeza. Por este mismo principio, todos los reyes a quienes tuvieron en honor después de su tiempo fueron nombrados por él, tanto por el pueblo mismo como por Dios. Porque también Ezequiel y otros profetas hablan de David como que viene y resucita; no refiriéndose al que murió, sino a los que imitaban su virtud. Y a Ezequías le dice: «Yo defenderé esta ciudad, por mí mismo y por amor de mi siervo David.» [] Y a Salomón también le dijo que por amor de David no desgarró el reino durante la vida de aquél. Porque grande era la gloria de aquel hombre, tanto con Dios como con los hombres.
Por esto comienza al punto por el que era más conocido, y luego sube hasta su padre; considerando superfluo, en lo que toca a los judíos, llevar la genealogía más arriba. Porque éstas eran, principalmente, las personas tenidas en admiración: el uno, como profeta y rey; el otro, como patriarca y profeta.
Homilía 2, § 7
7. «Pero ¿de dónde se manifiesta que Él es de David?» podrá decir alguno. Pues si no nació de un hombre, sino de una mujer solamente, y la Virgen no tiene trazada su genealogía, ¿cómo sabremos que Él era del linaje de David? De modo que son dos las cosas que se preguntan: por qué no se relata la genealogía de la madre, y por qué puede José ser mencionado por ellos, no teniendo parte en el nacimiento; pues lo segundo parece superfluo, y lo primero, un defecto.
¿De cuál de las dos, entonces, es necesario hablar primero? De cómo la Virgen es de David. Pues ¿cómo sabremos que ella es de David? Escucha a Dios, que dice a Gabriel que vaya a «una virgen desposada con un varón (cuyo nombre era José), de la casa y del linaje de David.» ¿Qué querrías más claro que esto, cuando has oído que la Virgen era de la casa y del linaje de David?
De aquí es evidente que José también era del mismo. Sí, porque había una ley que mandaba que no fuera lícito tomar mujer de otra estirpe, sino de la misma tribu. Y el patriarca Jacob también profetizó que Él se levantaría de la tribu de Judá, diciendo de esta manera: «no faltará príncipe de Judá, ni jefe de su lomo, hasta que venga aquel a quien está reservado, y Él es la expectación de las naciones.»
«Bien; esta profecía, en efecto, deja claro que Él era de la tribu de Judá; pero no también que fuera de la familia de David. ¿Acaso había en la tribu de Judá una sola familia, la de David, o no había también muchas otras? ¿Y no podría acontecer que uno fuera de la tribu de Judá, sin ser de la familia de David?»
No; para que no dijeras esto, el evangelista ha quitado esta sospecha tuya, diciendo que Él era «de la casa y del linaje de David.»
Y si quieres aprender esto también por otra razón, tampoco nos faltará otra prueba. Pues no sólo no era lícito tomar mujer de otra tribu, sino ni siquiera de otro linaje, es decir, de otra parentela. De suerte que, si conectamos con la Virgen las palabras «de la casa y del linaje de David», queda firme lo dicho; y si con José, por aquel hecho queda probado también esto. Pues si José era de la casa y del linaje de David, no habría tomado mujer de otro linaje que de aquel del cual él mismo había nacido.
«¿Y qué», podrá decir alguno, «si transgredió la ley?» Pues precisamente por esto ha testificado de antemano que José era justo, para que no dijeras eso; sino que, habiéndose te dicho su virtud, estuvieras seguro también de que no habría transgredido la ley. Porque el que era tan bondadoso, y tan libre de pasión, que no quiso, ni aun impulsado por la sospecha, intentar infligir castigo a la Virgen, ¿cómo habría transgredido la ley por deseo? El que mostró sabiduría y templanza por encima de la ley (porque el despedirla, y en secreto, era obrar con templanza por encima de la ley), ¿cómo habría hecho algo contrario a la ley; y esto cuando no había causa que lo forzara?
Homilía 2, § 8
8. Ahora bien, que la Virgen era del linaje de David se hace evidente por estas cosas; pero por qué no da la genealogía de ella, sino la de José, requiere explicación. ¿Cuál fue, pues, la causa? No era ley entre los judíos que se trazara la genealogía de las mujeres. Para guardar, pues, la costumbre, y no parecer que hacía alteraciones desde el principio, y sin embargo damos a conocer a la Virgen, por esto ha pasado en silencio los antepasados de ella, y ha trazado la genealogía de José. Porque si lo hubiera hecho respecto de la Virgen, habría parecido introducir novedades; y si hubiera pasado en silencio a José, no habríamos conocido los antepasados de la Virgen. Para que, pues, aprendiéramos tocante a María quién era y de qué origen, y para que las leyes permanecieran intactas, ha trazado la genealogía de su esposo desposado y ha mostrado que es de la casa de David. Porque una vez probado esto claramente, se demuestra con ello lo otro, a saber, que la Virgen también desciende de allí, por cuanto este varón justo, como ya he dicho, no habría soportado tomar esposa de otra raza.
Hay también otra razón, que uno podría mencionar, de naturaleza más mística, por la cual los antepasados de la Virgen fueron pasados en silencio; pero no sería oportuno declararla ahora, porque ya se ha dicho mucho.
Homilía 2, § 9
Por tanto, detengamos aquí nuestro discurso acerca de estas cuestiones, y entretanto retengamos con exactitud lo que se nos ha revelado; como, por ejemplo, por qué mencionó primero a David; por qué llamó al libro «libro de la generación»; por qué razón dijo «de Jesucristo»; cómo el nacimiento es común y no común; de dónde resultó que María se mostrara descendiente de David; y por qué se traza la genealogía de José, mientras que los antepasados de ella se pasan en silencio.
Porque si retenéis estas cosas, nos alentaréis más con respecto a lo que ha de venir; pero si las rechazáis y las arrojáis de vuestra mente, seremos más remisos en cuanto a lo demás. Así como ningún labrador cuidaría de prestar atención a una tierra que ha destruido la semilla anterior.
Por lo cual os ruego que meditéis estas cosas. Porque de ocuparse en tales asuntos brota en el alma un gran bien que conduce a la salvación. Porque por estas meditaciones podremos agradar a Dios mismo; y nuestras bocas estarán puras de injurias, de palabras torpes y de maldiciones, mientras se ejercitan en dichos espirituales; y seremos temibles a los demonios, armando nuestra lengua con tales palabras; y atraeremos más hacia nosotros la gracia de Dios, y ella hará más penetrante nuestro ojo. Pues en verdad, tanto los ojos como la boca y el oído los puso Él en nosotros con este fin: que todos nuestros miembros le sirvan, que hablemos sus palabras y hagamos sus obras, que le cantemos himnos continuos, que ofrezcamos sacrificios de acción de gracias, y con ello purifiquemos a fondo nuestras conciencias.
Porque así como un cuerpo gozará de más salud cuando disfruta de los beneficios de un aire puro, así también un alma estará más dotada de sabiduría práctica cuando se nutre de tales ejercicios. ¿No veis que aun los ojos del cuerpo, cuando permanecen en el humo, siempre están llorando, pero cuando están en aire claro, y en una pradera, y en fuentes y jardines, se vuelven más perspicaces y más sanos? Así también es el ojo del alma, pues si se apacienta en la pradera de los oráculos espirituales, será claro y penetrante y rápido de vista; pero si se aparta al humo de las cosas de esta vida, llorará sin fin y se lamentará ahora y en lo venidero. Porque en verdad las cosas de esta vida son como humo. Por esto también dijo uno: «Mis días se han desvanecido como el humo». Él se refería ciertamente a su brevedad de duración y a su naturaleza insustancial, mas yo diría que debemos tomar lo dicho no sólo en este sentido, sino también en cuanto a su carácter turbio.
Porque nada daña y oscurece tanto el ojo del alma como el cúmulo de ansiedades mundanas y el enjambre de deseos. Porque éstos son la leña que alimenta ese humo. Y así como el fuego, cuando se apodera de cualquier leña húmeda y empapada, enciende mucho humo; así también este deseo, tan vehemente y ardiente, cuando se apodera de un alma que está (por así decirlo) húmeda y disoluta, produce a su modo abundancia de humo. Por esta causa se necesita el rocío del Espíritu y aquel aire, para que extinga el fuego, disipe el humo y dé alas a nuestros pensamientos. Porque no puede, no puede ser que uno abrumado con tan grandes males se eleve hasta el cielo; ya es bueno si, sin impedimento, podemos abrirnos camino hasta allí; o más bien, no es posible ni aun así, si no obtenemos el ala del Espíritu.
Ahora bien, si se necesita tanto de una mente sin impedimentos como de la gracia espiritual para elevarnos a aquella altura, ¿qué será si no hay nada de esto, sino que atraemos hacia nosotros lo contrario, esto es, un peso satánico? ¿Cómo podremos remontarnos, si nos arrastra hacia abajo tan gran carga? Pues en verdad, si alguien intentara pesar nuestras palabras, por así decirlo, en balanzas justas; en diez mil talentos de conversación mundana difícilmente hallará cien denarios de palabras espirituales, o más bien, diría yo, ni siquiera diez cuartos. ¿No es, pues, una deshonra y una burla extrema que, teniendo un siervo, lo utilicemos en su mayor parte para las cosas necesarias, pero poseyendo una lengua, no tratemos a este miembro ni siquiera tan bien como a un esclavo, sino que, al contrario, lo usemos para cosas inútiles y meros rellenos? ¡Y ojalá fuera sólo para rellenos! Pero ahora es para lo contrario y perjudicial y en ningún aspecto provechoso para nosotros. Porque si las cosas que hablamos nos fueran provechosas, ciertamente serían también agradables a Dios. Pero tal como están las cosas, todo lo que el diablo sugiere, lo hablamos, ya riendo, ya diciendo agudezas; ya maldiciendo e injuriando, ya jurando, mintiendo y haciendo juramentos falsos; ya murmurando, ya haciendo vanas charlas y hablando tonterías más que viejas; diciendo todas las cosas que en nada nos conciernen.
Pues, decidme, ¿quién de vosotros, de los que estáis aquí, si se le pidiera, podría repetir un salmo o cualquier otra porción de las divinas Escrituras? No hay uno.
Y no es esto sólo lo grave, sino que, mientras os habéis vuelto tan remisos en lo espiritual, en lo que toca a Satanás sois más vehementes que el fuego. Así, si alguno quisiera pediros canciones de demonios y melodías impuras y afeminadas, hallará muchos que las saben perfectamente y las repiten con mucho placer.
Homilía 2, § 10
10. Pero ¿cuál es la respuesta a estos cargos? «No soy», dirás, «uno de los monjes, sino que tengo mujer e hijos y el cuidado de una casa.» Pues bien, esto es lo que lo ha arruinado todo: tu suponer que la lectura de las divinas Escrituras corresponde sólo a aquéllos, cuando tú la necesitas mucho más que ellos. Porque los que viven en el mundo, y cada día reciben heridas, ésos tienen más necesidad de medicinas. De modo que es mucho peor que no leer el considerar la cosa incluso «superflua»; porque éstas son palabras de invención diabólica. ¿No oyes a Pablo decir: «que todas estas cosas están escritas para nuestra amonestación»? []
Y tú, si hubieras de tomar un Evangelio, no elegirías hacerlo con las manos sin lavar; pero las cosas que están guardadas dentro de él, ¿no las consideras sumamente necesarias? Por esto es por lo que todas las cosas están trastornadas.
Porque si quisieras aprender cuán grande es el provecho de las Escrituras, examínate a ti mismo: qué llegas a ser oyendo salmos, y qué escuchando un cántico de Satanás; y cómo estás dispuesto cuando permaneces en la iglesia, y cómo cuando estás sentado en el teatro; y verás que grande es la diferencia entre esta alma y aquélla, aunque ambas sean una. Por esto dijo Pablo: «Las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.» [] Por esta causa necesitamos continuamente de aquellos cánticos que sirven como encantamientos del Espíritu. Sí, porque en esto es en lo que aventajamos a las criaturas irracionales, puesto que en todo lo demás somos incluso sumamente inferiores a ellas.
Esto es alimento del alma, su ornamento, su seguridad; así como el no oír es hambre y desfallecimiento; porque «Yo les daré», dice Él, «no hambre de pan, ni sed de agua, sino hambre de oír la palabra del Señor.» []
¿Qué, pues, puede haber más miserable? Cuando el mal mismo con que Dios amenaza como castigo, ése lo atraes tú sobre tu cabeza por tu propia voluntad, introduciendo en tu alma una especie de hambre grave y haciéndola lo más débil del mundo. Porque es propio de su naturaleza tanto ser consumida como ser salvada por palabras. Sí, esto la lleva a la ira; y la misma clase de cosa, a su vez, la hace mansa: una expresión sucia suele encenderla en concupiscencia, y es adiestrada en la templanza por un discurso lleno de gravedad.
Pero si una sola palabra tiene tan gran poder, dime, ¿cómo es que desprecias las Escrituras? Y si una amonestación puede hacer tan grandes cosas, mucho más cuando las amonestaciones van con el Espíritu. Sí, porque una palabra de las divinas Escrituras, hecha sonar en el oído, ablanda el alma endurecida más que el fuego, y la hace apta para todas las cosas buenas.
Homilía 2, § 11
11. De este modo también Pablo, cuando halló a los corintios hinchados e inflamados, los compuso y los hizo más considerados. Porque se envanecían de aquellas mismas cosas de las cuales deberían haberse avergonzado y haber escondido el rostro. Pero después que recibieron la carta, oye el cambio en ellos, del cual el Maestro mismo ha dado testimonio a favor suyo, diciendo de esta manera: porque «esto mismo, el que os entristecisteis según Dios, cuánta solicitud obró en vosotros, sí, cuánta defensa, sí, cuánta indignación, sí, cuánto celo, sí, cuánta venganza.» De este modo ponemos en orden a siervos e hijos, esposas y amigos, y hacemos amigos a nuestros enemigos.
De este modo también los grandes varones, los que eran queridos de Dios, se hicieron mejores. David, por ejemplo, después de su pecado, cuando hubo recibido el beneficio de ciertas palabras, entonces fue cuando vino a aquel arrepentimiento excelentísimo; y los apóstoles también por este medio llegaron a ser lo que llegaron a ser, y arrastraron tras sí al mundo entero.
«¿Y cuál es el provecho», dirá alguno, «cuando uno oye, pero no hace lo que se dice?» No poco será el provecho incluso con sólo oír. Porque seguirá adelante para condenarse a sí mismo y gemir interiormente, y con el tiempo vendrá también a hacer las cosas que se dicen. Pero el que ni siquiera sabe que ha pecado, ¿cuándo cesará de su negligencia? ¿Cuándo se condenará a sí mismo?
No despreciemos, pues, el oír las divinas Escrituras. Porque esto es invención de Satanás: no permitirnos ver el tesoro, para que no ganemos las riquezas. Por eso dice que el oír las leyes divinas no es nada, para no vernos adquirir, a partir del oír, también la práctica.
Conociendo, pues, este su arte maligno, fortifiquémonos contra él por todos lados, para que, cercados con esta armadura, permanezcamos nosotros invictos y lo hieramos en la cabeza; y así, coronándonos con las gloriosas coronas de la victoria, alcancemos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 3, § 1
Mateo 1, 1.
«Libro de la generación de Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham.»
He aquí un tercer discurso, y aún no hemos terminado con la materia preliminar. No fue, pues, en vano que dije: es propio de la naturaleza de estos pensamientos tener una gran profundidad.
Venid, pues, hablemos hoy de lo que resta. ¿Qué es, entonces, lo que ahora se requiere? Por qué se traza la genealogía de José, que no tuvo parte en el nacimiento. Y una causa ya la hemos mencionado; pero es necesario mencionar asimismo la otra, la que es más mística y secreta que la primera. ¿Cuál es, pues? Él no quería que fuese manifiesto a los judíos, en el tiempo del nacimiento, que Cristo había nacido de una virgen.
No, no os turbéis por lo extraño de la afirmación. Porque no es afirmación mía, sino de nuestros padres, varones admirables e ilustres. Porque si Él disimuló muchas cosas desde el principio, llamándose a sí mismo Hijo del Hombre, y no nos ha revelado en todas partes con claridad ni siquiera su igualdad con el Padre, ¿por qué te extrañas de que por un tiempo haya disimulado también esto, disponiéndolo así para un gran y maravilloso propósito? Pues la habrían condenado por adulterio. Porque si en lo tocante a las otras cosas, para las que tenían asimismo frecuentes precedentes en la antigua Dispensación, se mostraron del todo desvergonzados en su obstinación (así, porque había expulsado demonios, le llamaron endemoniado; y porque sanó en día de sábado, le supusieron enemigo de Dios; y sin embargo muchas veces antes se había quebrantado el sábado), ¿qué no habrían dicho si se les hubiera contado esto? Especialmente teniendo ellos todo el tiempo anterior de su parte, puesto que nunca se había producido cosa semejante. Porque si después de tantos milagros le llamaban todavía hijo de José, ¿cómo antes de los milagros habrían creído que había nacido de una virgen?
Por esta razón, pues, tanto José tiene su genealogía trazada, como la Virgen está desposada con él. Porque si aun él, que era varón justo y admirable, requirió muchas cosas para recibir lo que había acontecido — un ángel, la visión en sueños y el testimonio de los profetas —, ¿cómo habrían podido los judíos, siendo duros y depravados, y de ánimo tan poco amigo hacia Él, admitir esta idea en sus mentes? Porque lo extraño y novedoso de ello ciertamente los habría turbado mucho, y el hecho de que nunca habían oído siquiera que tal cosa hubiera acontecido en los tiempos de sus antepasados. Porque así como el que una vez fue persuadido de que Él es Hijo de Dios, después de eso no tendría causa para dudar acerca de esto; así también el que lo tenía por impostor y enemigo de Dios, ¿cómo no habría de sentirse aún más ofendido por esto, y ser llevado a la noción contraria? Por esta causa tampoco los apóstoles dicen esto directamente al principio; sino que, mientras discurren mucho y a menudo acerca de su resurrección (por cuanto de ésta había ejemplos en los tiempos anteriores, aunque no como ésta), no dicen siempre que Él nació de una virgen; es más, ni siquiera su misma madre se atrevió a declararlo. Mira, por ejemplo, lo que dice la Virgen incluso a Él mismo: «He aquí, tu padre y yo te hemos buscado.» [] Porque si esta sospecha se hubiera albergado, ya no habría sido tenido por Hijo de David; y no sosteniéndose esta opinión, se habrían seguido otros muchos males. Por esto tampoco los ángeles dicen estas cosas a todos, sino a María solamente, y a José; pero cuando muestran a los pastores la buena nueva de lo acontecido, ya no añaden esto.
Homilía 3, § 2
2. Pero ¿por qué, habiendo mencionado a Abraham, y habiendo dicho que «engendró a Isaac, e Isaac a Jacob», y no habiendo hecho mención de su hermano; cuando llega a Jacob, se acuerda tanto de «Judá como de sus hermanos»? Ahora bien, hay algunos que dicen que fue por la perversidad de Esaú y de los demás que vinieron antes. Pero yo no diría esto; porque si fuera así, ¿cómo es que poco después menciona a tales mujeres? Siendo, pues, por medio de contrarios, en este lugar, como se manifiesta su gloria; no por tener grandes antepasados, sino bajos y de poca estima. Porque para el Excelso es gran gloria poder humillarse a sí mismo sobremanera. ¿Por qué, pues, no los mencionó? Porque sarracenos, ismaelitas, árabes y cuantos descienden de aquellos antepasados nada tienen en común con la raza de los israelitas. Por esta causa, pues, los pasa en silencio, y se apresura hacia sus antepasados, los del pueblo judío. Por eso dice: «Y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos.» Pues en este punto comienza a tener su marca peculiar la raza de los judíos.
Homilía 3, § 3
3. «Y Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara.» [] «¿Qué haces, oh hombre, trayéndonos a la memoria una historia que contiene un trato ilícito?» Pero ¿por qué se dice esto? Porque, si estuviéramos contando el linaje de un mero hombre, naturalmente sería lícito guardar silencio acerca de estas cosas; pero si es de Dios Encarnado, lejos de callarlas, deberíamos hacer gloria de ellas, mostrando su tierno cuidado y su poder. Sí, para esto vino: no para escapar de nuestras deshonras, sino para llevárselas. Por tanto, así como Él es más admirable, en que no sólo murió, sino que fue incluso crucificado (aunque la cosa sea oprobiosa, cuanto más oprobiosa, tanto más lo muestra lleno de amor al hombre), así también podemos hablar tocante a su nacimiento: no es sólo porque tomó carne sobre sí y se hizo hombre que justamente nos admiramos de Él, sino porque se dignó tener también tales parientes, sin avergonzarse en ningún respecto de nuestros males. Y esto lo proclamaba desde los mismos comienzos de su nacimiento: que no se avergüenza de ninguna de las cosas que nos pertenecen; mientras nos enseña también con ello a no ocultar jamás el rostro por la maldad de nuestros antepasados, sino a buscar una sola cosa, a saber, la virtud. Porque tal hombre, aunque tenga por antepasado a un extranjero, aunque tenga una madre que sea prostituta, o lo que quieras, ningún daño puede recibir por ello. Pues si el mismo fornicario, una vez cambiado, en nada es deshonrado por su vida anterior, mucho menos la maldad de su ascendencia tendrá poder para avergonzar al que ha nacido de una ramera o de una adúltera, si es virtuoso.
Pero hizo estas cosas no sólo para instruirnos, sino también para abatir la altivez de los judíos. Porque ya que ellos, descuidando la virtud en sus propias almas, ostentaban el nombre de Abraham, creyendo tener como defensa la virtud de sus antepasados; Él muestra desde el comienzo mismo que no es en estas cosas en lo que los hombres deben gloriarse, sino en sus propias buenas obras.
Además de esto, establece también otro punto, para mostrar que todos están bajo el pecado, incluso sus mismos antepasados. Al menos su patriarca y homónimo se muestra haber cometido un pecado no pequeño, pues Tamar se levanta contra él para acusar su fornicación. Y David también tuvo a Salomón de la mujer a la que había corrompido. Pero si por los grandes no se cumplió la ley, mucho menos por los pequeños. Y si no se cumplió, todos han pecado, y la venida de Cristo se ha hecho necesaria.
Por esta causa hizo mención también de los doce patriarcas, abatiendo con ello nuevamente su orgullo por el noble nacimiento de sus padres. Porque muchos de éstos también nacieron de mujeres que eran esclavas; pero con todo, la diferencia de los padres no hizo diferencia en los hijos. Pues todos eran igualmente tanto patriarcas como cabezas de tribus. Porque ésta es la primacía de la Iglesia, ésta la prerrogativa de la nobleza que hay entre nosotros, tomando su tipo desde el principio. De modo que ya seas esclavo o libre, de allí no tienes nada ni más ni menos; sino que la cuestión toda versa sobre una sola cosa, a saber, la mente y la disposición del alma.
Homilía 3, § 4
4. Pero además de lo dicho, hay también otra causa por la que ha mencionado incluso esta historia; porque, ciertamente, el nombre de Zara no fue puesto al azar junto al de Fares. (Pues en verdad era irrelevante y superfluo, cuando había mencionado a Fares, de quien había de trazar la genealogía de Cristo, mencionar también a Zara.) ¿Por qué, pues, lo mencionó? Cuando Tamar estaba a punto de darlos a luz, habiéndole sobrevenido los dolores, Zara sacó primero la mano. [] Entonces la partera, al ver esto, para que se conociera al primero, ató su mano con escarlata; pero el niño, una vez atado, retiró la mano, y cuando la hubo retirado, Fares salió primero, y luego Zara. La partera, al ver esto, dijo: «¿Por qué se ha roto la cerca por ti?»
¿Veis la oscura expresión de los misterios? Porque no fue sin propósito que estas cosas se escribieron para nosotros: ya que tampoco era digno de nuestro estudio aprender qué pudo ser lo que dijo la partera; ni digno de narración saber que el que salió segundo sacó primero la mano. ¿Cuál es, pues, la lección misteriosa? Primero, por el nombre del niño aprendemos lo que se pregunta, pues Fares es «división» y «brecha». Y además, por la cosa misma que aconteció; porque no fue en el orden de la naturaleza que, habiendo sacado la mano, la retirara de nuevo al ser atada; estas cosas ni pertenecieron a un movimiento dirigido por la razón, ni tuvieron lugar según consecuencia natural. Porque después que la mano se hubo abierto camino hacia fuera, que otro niño saliera antes quizá no era antinatural; pero que la retirara y diera paso a otro, ya no era a la manera de los niños al nacer, sino que la gracia de Dios estaba presente con los niños, ordenando estas cosas y bosquejándonos en ellas una suerte de imagen de las cosas que habían de venir.
¿Qué, pues? Algunos de los que han examinado estas cosas con exactitud dicen que estos niños son tipo de los dos pueblos. Y así, para que aprendas que el régimen del pueblo posterior resplandeció antes del origen del anterior, el niño que tiene la mano extendida no se muestra entero, sino que la retira incluso; y después que su hermano se deslizó entero, entonces él también aparece entero. Y esto aconteció también respecto de los dos pueblos. Quiero decir, que después que el régimen de la Iglesia se hubo manifestado en los tiempos de Abraham, y luego se hubo retirado en medio de su curso, vino el pueblo judío, y el régimen legal, y entonces el pueblo nuevo apareció entero con sus propias leyes. Por lo cual también la partera dice: «¿Por qué se ha roto la cerca por ti?» porque la ley, viniendo, había irrumpido en la libertad del régimen. Pues en verdad la Escritura suele llamar a la ley cerca; como dice el profeta: «Has derribado su cerca, de modo que todos los que pasan por el camino arrancan sus uvas»; y «He puesto una cerca alrededor de ella»; y Pablo: «Habiendo derribado la pared intermedia de la cerca.» Pero otros dicen que la frase «¿Por qué se ha roto la cerca por ti?» fue dicha tocante al pueblo nuevo: porque éste, al venir, abrogó la ley.
Homilía 3, § 5
5. ¿Veis que no fue por pocas ni pequeñas causas por lo que trajo a nuestra memoria toda la historia acerca de Judá? Para este fin ha mencionado también a Rut y a Rajab, la una extranjera, la otra ramera, para que aprendas que Él vino a quitar todos nuestros males. Porque ha venido como Médico, no como Juez. Por tanto, de la misma manera que aquellos de antaño tomaron rameras por esposas, así también Dios desposó consigo a la naturaleza que se había prostituido: y esto también los profetas desde el principio declaran que tuvo lugar respecto de la Sinagoga. Pero aquella esposa fue ingrata para con quien había sido esposo para ella, mientras que la Iglesia, una vez librada de los males recibidos de nuestros padres, continuó abrazando al Esposo.
Mira, por ejemplo, lo que aconteció a Rut, cuán semejante es a las cosas que nos pertenecen. Porque ella era de raza extraña y reducida a la mayor pobreza; sin embargo, Booz, al verla, ni despreció su pobreza ni aborreció su bajo nacimiento, como Cristo, habiendo recibido a la Iglesia, que era asimismo extranjera y en mucha pobreza, la tomó para hacerla partícipe de los grandes bienes. Pero así como Rut, si no hubiera antes dejado a su padre, y renunciado a casa y raza, patria y parentela, no habría alcanzado esta alianza; así la Iglesia también, habiendo abandonado las costumbres que los hombres habían recibido de sus padres, entonces, y no antes, se hizo amable al Esposo. De esto, pues, el profeta le habla, y dice: «Olvida tu pueblo y la casa de tu padre, y así el rey deseará tu hermosura.» Esto hizo también Rut, y por esto se hizo madre de reyes, así como la Iglesia lo hizo igualmente. Porque de ella nació David mismo. De modo que para avergonzarlos con todas estas cosas, y persuadirlos a no ser altivos, ha compuesto la genealogía y ha presentado a estas mujeres. Sí, porque esta última, a través de los que intervinieron, fue madre del gran rey, y de éstos David no se avergüenza. Porque no puede, no, no puede ser que un hombre sea bueno o malo, oscuro o glorioso, ya sea por la virtud o por el vicio de sus antepasados; pero si se ha de decir algo aun paradójico, tanto más resplandece el que, no siendo de antepasados dignos, se ha hecho excelente.
Homilía 3, § 6
6. Nadie, pues, se enaltezca por estas cosas, sino considere los antepasados del Señor, y deponga toda su altivez, y sean sus buenas obras su orgullo; o mejor, ni siquiera éstas. Pues así fue como el fariseo vino a ser inferior al publicano. Así, si quieres mostrar que la buena obra es grande, no tengas pensamiento altivo, y la habrás probado tanto más grande. Considera que no has hecho nada, y entonces lo has hecho todo. Porque si, siendo pecadores, cuando nos consideramos lo que somos, nos hacemos justos, como en verdad hizo el publicano; cuánto más, siendo justos, nos consideramos pecadores. Puesto que si de pecadores los hombres son hechos justos por un ánimo humilde (aunque esto no sería ánimo humilde, sino ánimo recto); si, pues, el ser rectos de ánimo aprovecha tanto en el caso de los pecadores, considera lo que no hará la humildad de ánimo respecto de los justos.
No eches a perder, pues, tus trabajos, ni arrojes de ti los frutos de tus sudores, ni corras en vano, haciendo frustrar todo tu trabajo después de las muchas carreras que has corrido. No, pues tu Señor conoce tus buenas obras mejor que tú. Aunque des sólo un vaso de agua fría, ni esto lo pasa por alto; aunque contribuyas con un solo cuarto, aunque lances un suspiro solamente, todo lo recibe con gran favor, y se acuerda de ello, y asigna por ello grandes recompensas.
Pero ¿por qué escrutas tus propias obras y las sacas continuamente ante nosotros? ¿No sabes que, si te alabas a ti mismo, Dios ya no te alabará? Así como si te lamentas a ti mismo, Él no cesará de proclamarte ante todos. Porque no es en absoluto su voluntad que tus trabajos sean menospreciados. ¿Por qué digo menospreciados? No; Él hace y dispone todas las cosas para que, aun por lo poco, te corone; y anda buscando excusas por las que puedas ser librado del infierno. Por esta causa, aunque trabajes sólo en la hora undécima del día, te da el salario entero; y aunque no ofrezcas motivo de salvación, dice: «Lo hago por amor de mí mismo, para que mi nombre no sea profanado»; [] aunque suspires sólo, aunque sólo llores, todas estas cosas Él las atrapa rápidamente como ocasión de salvarte.
No nos ensalcemos, pues, a nosotros mismos, sino confesémonos inútiles, para llegar a ser útiles. Porque si te llamas aprobado, te has vuelto inútil, aunque fueras aprobado; pero si te tienes por inútil, te has hecho útil, aunque fueras réprobo.
Homilía 3, § 7
7. Por lo cual es necesario olvidar nuestras buenas obras. «¿Y cómo es posible,» dirá alguno, «no conocer aquello que tan bien sabemos?» ¿Cómo dices? Ofendiendo a tu Señor sin cesar, vives con delicadeza, y te ríes, y ni siquiera sabes que has pecado, sino que todo lo has entregado al olvido; ¿y de tus buenas obras no puedes apartar la memoria? Y sin embargo el temor es cosa más fuerte. Pero nosotros hacemos todo lo contrario; por un lado, mientras cada día ofendemos, ni siquiera lo traemos a la mente; por otro, si damos un poco de dinero a un pobre, esto lo estamos revolviendo sin cesar. Esta conducta proviene de una locura extrema, y es una pérdida muy grande para quien así lleva su cuenta. Porque el depósito seguro de las buenas obras es olvidar nuestras buenas obras. Y así como con respecto a los vestidos y al oro, cuando los exponemos en la plaza, atraemos a muchas personas malintencionadas; pero si los guardamos en casa y los escondemos, todos los depositaremos en seguridad: así también con respecto a nuestras buenas obras; si las tenemos continuamente en la memoria, provocamos al Señor, armamos al enemigo, lo invitamos a robárnoslas; pero si nadie las conoce, sino sólo Aquel que es el único que debe conocerlas, yacerán en seguridad.
No estemos, pues, para siempre paseándolas, no sea que alguno nos las arrebate. Como le sucedió al fariseo, por llevarlas sobre sus labios; de donde también el diablo las arrebató. Y sin embargo, fue con acción de gracias como hizo mención de ellas, y lo refirió todo a Dios. Pero ni aun esto le bastó. Porque no es acción de gracias injuriar a los demás, envanecerse ante muchos, exaltarse a sí mismo contra los que le han ofendido. Más bien, si das gracias a Dios, conténtate con Él solo, y no lo publiques ante los hombres, ni condenes a tu prójimo; porque esto no es acción de gracias. ¿Quieres aprender palabras de acción de gracias? Escucha a los Tres Jóvenes, que dicen: «Hemos pecado, hemos transgredido. Tú eres justo, oh Señor, en todo lo que has hecho con nosotros, porque todo lo has traído sobre nosotros con verdadero juicio.» Porque confesar los propios pecados, esto es dar gracias a Dios con confesión: cosa que implica ser uno culpable de innumerables ofensas, y sin embargo no haberse exigido la pena debida. Este es, sobre todo, el que da gracias.
Homilía 3, § 8
8. Guardémonos, pues, de decir algo acerca de nosotros mismos, porque esto nos hace odiosos ante los hombres y abominables ante Dios. Por esta razón, cuanto mayores son las buenas obras que hacemos, tanto menos hablemos de nosotros mismos; pues este es el camino para cosechar la mayor gloria tanto entre los hombres como ante Dios. O más bien, no sólo gloria de Dios, sino además una recompensa, sí, una gran retribución. No exijas, pues, una recompensa para recibir una recompensa. Confiésate salvado por gracia, para que Él se declare deudor tuyo; y no sólo por tus buenas obras, sino también por tal rectitud de mente. Porque cuando hacemos buenas obras, le tenemos como deudor sólo por nuestras buenas obras; pero cuando ni siquiera pensamos que hemos hecho alguna buena obra, entonces también por esta disposición misma; y más por esto que por las otras cosas: de modo que esto equivale a nuestras buenas obras. Porque si esto faltara, tampoco ellas parecerán grandes. Pues de la misma manera, nosotros también, cuando tenemos siervos, [] los aprobamos entonces muchísimo más cuando, después de haber cumplido todo su servicio con buena voluntad, no piensan que han hecho algo grande. Por lo cual, si quieres hacer grandes tus buenas obras, no las tengas por grandes, y entonces serán grandes.
Así fue también como dijo el centurión, «No soy digno de que entres bajo mi techo;» por esto se hizo digno, y fue «admirado» [] por encima de todos los judíos. De la misma manera dice también Pablo: «No soy digno de ser llamado apóstol;» [] por esto llegó a ser incluso el primero de todos. Así también Juan: «No soy digno de desatar la correa de su calzado;» por esto fue el «amigo del Esposo,» y la mano que él afirmó indigna de tocar sus sandalias, esa misma la llevó Cristo hasta su propia cabeza. Así también dijo Pedro: «Apártate de mí, que soy hombre pecador;» [] por esto vino a ser fundamento de la Iglesia.
Porque nada es tan agradable a Dios como contarse uno a sí mismo entre los últimos. Este es un primer principio de toda sabiduría práctica. Porque el que está humillado y quebrantado de corazón, no será vanaglorioso, no será iracundo, no envidiará a su prójimo, no abrigará ninguna otra pasión. Porque ni siquiera cuando una mano está magullada, aunque nos esforcemos diez mil veces, podremos levantarla en alto. Si, pues, quebrantáramos de igual modo nuestro corazón, aunque fuera agitado por diez mil pasiones que lo hinchan, no podría ser levantado, no, ni siquiera un poco. Porque si un hombre, llorando por las cosas de esta vida, expulsa todas las enfermedades de su alma, mucho más el que llora por los pecados gozará de la bendición del dominio de sí.
Homilía 3, § 9
9. «Pero ¿quién,» dirá alguno, «podrá quebrantar así su propio corazón?» Escucha a David, que se hizo ilustre principalmente por esto, y mira la contrición de su alma. Cómo, después de diez mil buenas obras, y cuando estaba a punto de ser privado de la patria, del hogar y de la vida misma, en la mismísima hora de su calamidad, viendo a un vil y despreciable soldado raso pisotear el giro de su fortuna e injuriarlo; lejos de injuriarlo a su vez, prohibió por completo a uno de sus capitanes, que deseaba matarlo, diciendo: «Dejadlo, porque el Señor se lo ha mandado.» [] Y de nuevo, cuando los sacerdotes quisieron llevar consigo el arca de Dios, no lo permitió; ¿y qué dice? «Dejadme ponerla en el templo, y si Dios me libra de los peligros que tengo delante, veré su hermosura; pero si Él me dijere: No me complazco en ti, heme aquí, haga conmigo lo que bien le parezca.» Y lo que hizo con respecto a Saúl, una y otra vez, incluso muchas veces, ¿qué excelencia de dominio de sí no muestra? Sí, pues incluso superó la ley antigua y se acercó a los mandamientos apostólicos. Por esta causa llevó con contentamiento todo lo que vino de las manos del Señor; no luchando contra lo que le sucedía, sino aspirando a un solo objeto, a saber, obedecer en todo y seguir las leyes establecidas por Él. Y cuando, después de tantas nobles acciones de su parte, vio al tirano, al parricida, al asesino de su propio hermano, a aquel injurioso, a aquel frenético, poseyendo en lugar suyo su propio reino, ni aun así se ofendió. Antes bien, «si esto agrada a Dios,» dice, «que yo sea perseguido, y ande errante, y huya, y que él esté en honor, lo acepto, y lo recibo, y doy gracias a Dios por sus muchas aflicciones.» No como muchos de los desvergonzados e impudentes, que cuando no han hecho, no, ni la menor parte de sus buenas obras, con todo, si ven a alguno en prosperidad, y ellos mismos padecen un pequeño desaliento, arruinan sus propias almas con diez mil blasfemias. Pero David no fue tal; más bien mostró toda modestia. Por lo cual también Dios dijo: «He hallado a David, hijo de Jesé, varón conforme a mi corazón.»
Adquiramos nosotros también un espíritu como este, y cualquier cosa que padezcamos la llevaremos fácilmente, y antes del Reino cosecharemos aquí la ganancia que proviene de la humildad de mente. Así, «aprended,» dice Él, «de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.» [] Por lo tanto, para que gocemos del descanso tanto aquí como en el más allá, implantemos con gran diligencia en nuestras almas la madre de todas las cosas que son buenas, quiero decir, la humildad. Pues así podremos tanto atravesar el mar de esta vida sin olas, como terminar nuestra travesía en aquel puerto sereno; por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien conviene la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.