Homilía 23, § 1
Mateo VII. 1.
«No juzguéis, para que no seáis juzgados.»
¿Qué, pues? ¿No debemos reprender a los que pecan? Porque Pablo también dice esto mismo: o más bien, también allí es Cristo, hablando por Pablo, y diciendo, [] «¿Por qué juzgas a tu hermano? Y tú, ¿por qué menosprecias a tu hermano?» y, «¿Quién eres tú que juzgas al siervo ajeno?» [] Y otra vez, «Por tanto, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor.» []
¿Cómo, pues, dice en otra parte, «Reprende, redarguye, exhorta,» [] y, «A los que pecan, repréndelos delante de todos?» Y Cristo también a Pedro, «Ve y repréndele estando tú y él solos,» y si no escucha, añade contigo a otro; y si ni aun así cede, dilo a la iglesia? ¿Y cómo nos ha puesto encima a tantos para reprender; y no sólo para reprender, sino también para castigar? Pues al que no escucha a ninguno de éstos, ha mandado tenerlo «como gentil y publicano.» [] ¿Y cómo les dio también las llaves? Porque si no han de juzgar, no tendrán autoridad en materia alguna, y en vano han recibido el poder de atar y desatar.
Y además, si esto prevaleciera, todo se perdería por igual, sea en las iglesias, o en las ciudades, o en las casas. Porque si el amo no juzga al siervo, y la señora a la criada, y el padre al hijo, y los amigos unos a otros, habrá aumento de toda maldad. ¿Y por qué digo amigos? A menos que juzguemos a nuestros enemigos, jamás podremos poner fin a nuestra enemistad, sino que todas las cosas se trastornarán.
¿Qué, pues, puede significar esta sentencia? Atendamos con cuidado, no sea que las medicinas de la salvación, y las leyes de la paz, sean tenidas por alguno por leyes de ruina y confusión. Ante todo, pues, ya por lo que sigue, ha señalado a los que tienen entendimiento la excelencia de esta ley, diciendo, «¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu propio ojo?» []
Pero si para muchos de los menos atentos parece aún bastante oscura, procuraré explicarla desde el principio. En este lugar, pues, al menos a mi parecer, no nos manda simplemente no juzgar ninguno de los pecados de los hombres, ni prohíbe simplemente hacer tal cosa, sino que se dirige a los que están llenos de innumerables males, y pisotean a otros hombres por naderías. Y creo que aquí se alude también a ciertos judíos, porque mientras acusaban amargamente a sus prójimos por faltas pequeñas, y que nada eran, ellos mismos cometían insensiblemente pecados mortales. Con esto, hacia el fin, también los increpaba, cuando decía, «Atáis cargas pesadas y gravosas de llevar, pero no queréis moverlas con vuestro dedo,» [] y, «pagáis el diezmo de la menta y del anís, y habéis omitido lo más grave de la ley: el juicio, la misericordia y la fe.» []
Pues bien, creo que éstos están comprendidos en su invectiva; que los está previniendo de antemano acerca de aquellas cosas, en que más tarde habrían de acusar a sus discípulos. Porque aunque sus discípulos no eran reos de tal pecado, sin embargo se les imputaban ofensas; como, por ejemplo, no guardar el sábado, comer con manos sin lavar, sentarse a la mesa con publicanos; de lo cual dice también en otro lugar, «Coláis el mosquito, y tragáis el camello.» Pero con todo, es también una ley general la que está estableciendo sobre estos asuntos.
Y a los corintios [] tampoco les mandó Pablo de modo absoluto no juzgar, sino no juzgar a sus propios superiores, y por motivos que no son reconocidos; no abstenerse absolutamente de corregir a los que pecan. Ni tampoco reprendía entonces a todos sin distinción, sino que los discípulos que así hacían con sus maestros eran el objeto de su reproche; y los que, siendo culpables de innumerables pecados, difaman a los inocentes.
Esto es, pues, lo que Cristo también insinuó en este lugar; y no lo insinuó meramente, sino que lo protegió con un gran terror, y con el castigo del que ninguna oración puede librar.
Homilía 23, § 2
2. «Porque con el juicio con que juzgáis,» dice, «seréis juzgados.» []
Es decir, «no es al otro,» dice Cristo, «a quien condenas, sino a ti mismo, y haces terrible para ti el tribunal, y estricta la cuenta.» Así como en el perdón de nuestros pecados los comienzos provienen de nosotros, así también en este juicio, somos nosotros mismos quienes ponemos las medidas de nuestra condenación. Veis, no debemos increpar ni pisotear a los que pecan, sino amonestar; no denostar, sino aconsejar; no atacar con soberbia, sino corregir con ternura. Porque no a él, sino a ti mismo, entregas a la venganza extrema, al no perdonarlo, cuando sea necesario dar sentencia sobre sus ofensas.
¿Veis cómo estos dos mandamientos son a la vez fáciles, y llenos de grandes bendiciones para los obedientes, así como de males, por otra parte, para los negligentes? Pues tanto el que perdona a su prójimo se ha librado primero, de los dos, de los motivos de queja, y esto sin trabajo alguno; como el que con ternura e indulgencia examina las ofensas de los demás, grande es la concesión de perdón que por su juicio ha depositado de antemano para sí.
«¡Pues qué!» dices: «si uno comete fornicación, ¿no podré decir que la fornicación es cosa mala, ni corregir al que se entrega a la lascivia?» No, corrígelo, pero no como enemigo, ni como adversario que exige una pena, sino como médico que proporciona medicinas. Porque tampoco dijo Cristo, «no detengas al que peca,» sino «no juzgues;» es decir, no seas amargo al pronunciar sentencia.
Y además, no se dice esto de cosas grandes (como ya he observado), ni de cosas prohibidas, sino de aquellas que ni siquiera se cuentan como ofensas. Por lo cual dijo también.
«¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano?» []
Sí, porque muchos hacen esto ahora; si ven a un monje llevar un vestido innecesario, le echan en cara la ley de nuestro Señor, [] mientras ellos mismos extorsionan sin fin, y defraudan a los hombres cada día. Si lo ven tomar alimento con algo más de abundancia, se vuelven acusadores amargos, mientras ellos mismos beben a diario hasta la embriaguez y se hartan: sin saber, que además de sus propios pecados, con esto acumulan para sí una llama mayor, y se privan de toda excusa. Pues en este punto, que tus propias obras han de ser examinadas estrictamente, tú mismo has hecho primero la ley, al sentenciar así las de tu prójimo. No lo tengas, pues, por cosa gravosa, si también tú mismo has de sufrir el mismo género de juicio.
«¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo.» []
Aquí su voluntad es significar la gran ira, que tiene contra los que hacen tales cosas. Pues así, dondequiera que quiere indicar que el pecado es grande, y el castigo y la ira que le aguardan son graves, comienza con un reproche. Como entonces al que exigía los cien denarios, le dijo con profundo disgusto, «Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné;» [] así también aquí, «Hipócrita.» Porque no nace de cuidado protector tal juicio, sino de mala voluntad hacia el hombre; y mientras uno presenta una máscara de benevolencia, está haciendo obra de la mayor maldad, haciendo que reproches sin fundamento, y acusaciones, se peguen a sus prójimos, y usurpando el rango de maestro, cuando no es digno ni siquiera de ser discípulo. Por esto lo llamó «hipócrita.» Porque tú, que en las obras ajenas eres tan amargo, que ves aun las cosas pequeñas; ¿cómo te has vuelto tan descuidado en las tuyas, que aun las grandes son pasadas por alto por ti?
«Saca primero la viga de tu propio ojo.»
¿Veis que no prohíbe juzgar, sino que manda sacar primero la viga de tu ojo, y luego enderezar las obras del resto del mundo? Porque ciertamente cada uno conoce sus propias cosas mejor que las de los demás; y ve lo mayor más bien que lo menor; y se ama a sí mismo más que a su prójimo. Por lo cual, si lo haces por cuidado de guarda, te mando cuidarte primero a ti mismo, en cuyo caso el pecado es a la vez más cierto y mayor. Pero si te descuidas a ti mismo, es bien evidente que tampoco juzgas a tu hermano por cuidado de él, sino por odio, y queriendo exponerlo. Pues ¿qué si él debe ser juzgado? Debería serlo por uno que no cometa tal pecado, no por ti.
Así, porque había introducido grandes y sublimes doctrinas de abnegación, para que nadie dijera, es fácil practicarlas de palabra; queriendo significar su entera confianza, y que no era culpable de ninguna de las cosas mencionadas, sino que las había cumplido todas debidamente, dijo esta parábola. Y esto, porque Él también habría de juzgar después, diciendo, «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!» [] Sin embargo, no era culpable de lo que se ha mencionado; porque ni sacaba mota, ni tenía viga en sus ojos, sino que, estando limpio de todas estas cosas, corregía así las faltas de todos. «Porque no es en absoluto conveniente,» dice, «juzgar a otros, cuando uno es culpable de las mismas cosas.» ¿Y por qué maravillarse de que estableciera esta ley, cuando aun el mismo ladrón la supo en la cruz, diciendo al otro ladrón, «¿Ni siquiera temes a Dios, estando tú en la misma condenación;» expresando los mismos sentimientos que Cristo?
Pero tú, lejos de sacar tu propia viga, ni siquiera la ves, pero la mota ajena no sólo la ves, sino que juzgas, y procuras sacarla; como si uno, presa de grave hidropesía, o ciertamente de otra enfermedad incurable, descuidara ésta, y censurara a otro que descuida una ligera hinchazón. Y si es un mal no ver los propios pecados, es un mal doble y triple estar incluso sentado en juicio sobre otros, mientras los hombres mismos, como si hubieran perdido el sentimiento, llevan vigas en sus propios ojos: pues ninguna viga es tan pesada como el pecado.
Su mandato, por tanto, en estas palabras es el siguiente: que el que es culpable de innumerables malas obras, no debe ser censor amargo de las ofensas de los demás, y especialmente cuando éstas son nimias. No está derribando la reprensión ni la corrección, sino prohibiendo que los hombres descuiden sus propias faltas, y se regocijen por las de otros hombres.
Porque ciertamente esto era causa de que los hombres fueran a gran vicio, introduciendo una maldad doble. Pues el que tenía por costumbre menospreciar sus propias faltas, por grandes que fueran, y escudriñar amargamente las de otros, siendo ligeras y de ningún momento, se dañaba a sí mismo de dos maneras: primero, teniendo en poco sus propias faltas; después, incurriendo en enemistades y rencillas con todos los hombres, y ejercitándose cada día en extrema fiereza, y falta de sentimiento para con los demás.
Homilía 23, § 3
3. Habiendo, pues, apartado todas estas cosas, con esta su excelente legislación, añadió aún otro encargo, diciendo,
«No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.»
«Pero ciertamente más adelante,» se dirá, mandó, «Lo que oísteis al oído, predicadlo desde los terrados.» [] Pero esto no es en modo alguno contrario a lo anterior. Porque tampoco en aquel lugar mandó simplemente decirlo a todos los hombres, sino que a aquellos a quienes debía hablarse, a ésos mandó hablar con libertad. Y por «perros» aquí describió figuradamente a los que viven en impiedad incurable, y no ofrecen esperanza alguna de cambio para mejor; y por «cerdos,» a los que permanecen continuamente en vida impúdica, a todos los cuales ha declarado indignos de oír tales cosas. Pablo también, puede observarse, declaró esto cuando dijo, «Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu, porque le son locura.» Y en muchos otros lugares dice también que la corrupción de la vida es causa de que los hombres no reciban las doctrinas más perfectas. Por lo cual manda no abrirles las puertas; pues ciertamente se vuelven más insolentes después de aprender. Pues así como para los bien dispuestos e inteligentes, las cosas parecen venerables cuando se revelan, para los insensatos, lo son más bien cuando se desconocen. Puesto que, por su naturaleza, no son capaces de aprenderlas, «quede oculta la cosa,» dice, «para que al menos por ignorancia las veneren. Pues el cerdo no sabe en absoluto lo que es una perla. Por tanto, puesto que no lo sabe, que tampoco la vea, no sea que pisotee lo que no conoce.»
Porque nada resulta, sino mayor daño para los que así están dispuestos cuando oyen; pues a la vez las cosas santas son profanadas por ellos, no sabiendo lo que son; y ellos quedan más ensoberbecidos y armados contra nosotros. Porque esto es lo que se quiere decir con, «no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.»
No, «ciertamente,» dice uno, «deberían ser tan fuertes que permanecieran igualmente inexpugnables después de que los hombres las aprendieran, y no dar a otras personas ocasiones contra nosotros.» Pero no son las cosas las que ceden, sino que estos hombres son cerdos; así como cuando la perla es pisoteada, no es pisoteada porque sea realmente despreciable, sino porque cayó entre cerdos.
Y muy bien dijo, «se vuelvan y os despedacen:» porque fingen mansedumbre, para ser enseñados: luego, después de haber aprendido, cambiando enteramente de un carácter a otro, se burlan, escarnecen y se mofan de nosotros, como de personas engañadas. Por eso Pablo también dijo a Timoteo, [] «Guárdate tú también de él; porque en gran manera ha resistido a nuestras palabras;» y otra vez en otro lugar, «Apártate de los tales,» y, «Al hombre hereje, después de una y otra amonestación, deséchalo.»
No es, ya veis, que aquellas verdades les proporcionen armas, sino que se vuelven necios de este modo por su propia voluntad, llenándose de más obstinación. Por esto no es pequeña ganancia para ellos permanecer en la ignorancia, pues así no son tan completos escarnecedores. Pero si aprenden, el daño es doble. Porque ni ellos mismos sacarán provecho alguno, sino que más bien quedarán más dañados, y a vosotros os causarán dificultades sin fin.
Escuchen los que se asocian desvergonzadamente con todos, y hacen despreciables las cosas terribles. Pues también nosotros celebramos los misterios con las puertas cerradas, y dejamos fuera a los no iniciados, no por debilidad alguna de la que hayamos convicto a nuestros ritos, sino porque la multitud está aún imperfectamente preparada para ellos. Por esta misma razón Él mismo habló mucho a los judíos en parábolas, «porque viendo no veían.» Por esto, Pablo asimismo mandó «saber cómo debemos responder a cada uno.» []
Homilía 23, § 4
4. «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.» []
Porque habiendo mandado cosas grandes y maravillosas, y habiendo ordenado a los hombres ser superiores a todas sus pasiones, y habiéndolos conducido hasta el Cielo mismo, y habiéndoles mandado esforzarse por la semejanza, no de ángeles y arcángeles, sino (en cuanto es posible) del mismo Señor de todo; y habiendo ordenado a sus discípulos no sólo cumplir ellos mismos debidamente todo esto, sino también corregir a otros, y distinguir entre los malos y los que no lo son, los perros y los que no son perros (aunque hay mucho oculto en los hombres):— para que no dijeran, «estas cosas son gravosas e intolerables,» (pues ciertamente en lo que sigue Pedro profirió algunas cosas semejantes, diciendo, «¿Quién podrá salvarse?» y otra vez, Si así es la condición del hombre, no conviene casarse): para que, pues, no dijeran ahora igualmente así; como en primer lugar ya por lo que había precedido había probado que todo era fácil, poniendo muchas razones una sobre otra, capaces de persuadir a los hombres: así después de todo añade también la cumbre de toda facilidad, ideando como no ordinario alivio a nuestros trabajos, la ayuda derivada de las oraciones perseverantes. Así, no somos nosotros mismos, dice, los que hemos de luchar solos, sino también invocar la ayuda de arriba: y ciertamente vendrá y estará presente con nosotros, y nos ayudará en nuestras luchas, y hará todo fácil. Por tanto, Él nos mandó pedir, y se comprometió a dar.
Sin embargo, no nos mandó simplemente pedir, sino con mucha asiduidad y empeño. Porque esto es lo que significa «buscar». Pues el que busca, apartando de su mente todas las cosas, queda absorto en aquello solo que busca, y no se forma idea de ninguno de los presentes. Y esto que digo lo saben cuantos han perdido oro o siervos, y los buscan con diligencia.
Con «buscar», pues, declaró esto; con «llamar», que nos acerquemos con empeño y ánimo encendido.
No desmayes, pues, oh hombre, ni muestres menos celo por la virtud del que ellos muestran por el deseo de riquezas. Porque cosas de aquella clase muchas veces las has buscado y no hallado; y sin embargo, aunque sabes que no estás seguro de hallarlas, pones en movimiento todo modo de búsqueda; pero aquí, teniendo promesa de que ciertamente recibirás, no muestras ni la más pequeña parte de aquel empeño. Y si no recibes en seguida, ni aun así desesperes. Porque para esto dijo «llamad», para significar que aun si no abre en seguida la puerta, debemos perseverar allí.
Homilía 23, § 5
5. Y si dudas de mi afirmación, cree al menos su ejemplo.
«Porque ¿qué hombre hay de vosotros,» dice Él, «a quien si su hijo le pide pan, le dará una piedra?»
Porque, como entre los hombres, si sigues haciendo así, eres tenido por importuno y molesto; así con Dios, cuando no lo haces así, más enteramente le provocas. Y si continúas pidiendo, aunque no recibas en seguida, ciertamente recibirás. Porque para esto estaba cerrada la puerta, para inducirte a llamar; para esto no asiente en seguida, para que pidas. Continúa, pues, haciendo estas cosas, y ciertamente recibirás. Para que no digas: «¿Qué, pues, si pido y no recibo?» Él ha cerrado tu acceso con aquella semejanza, urdiendo de nuevo argumentos, y con aquellas cosas humanas nos exhorta a tener confianza en estos asuntos; dando a entender con ellas que no sólo debemos pedir, sino pedir lo que debemos.
«Porque ¿quién de vosotros, siendo padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?» De modo que si no recibes, tu pedir una piedra es la causa de que no recibas. Porque aunque seas hijo, esto no basta para que recibas; antes bien, esto mismo impide que recibas, el que, siendo hijo, pidas lo que no es provechoso.
Pide tú, pues, también, nada mundano, sino todas las cosas espirituales, y ciertamente recibirás. Porque así Salomón, porque pidió lo que debía, mira cuán pronto recibió. Dos cosas, pues, como ves, debe haber en el que ora: pedir con empeño y pedir lo que debe: «pues también vosotros,» dice Él, «aunque sois padres, esperáis a que vuestros hijos pidan; y si os piden algo inconveniente, les negáis el don; así como, si es conveniente, consentís y se lo otorgáis.» Haz tú también, considerando estas cosas, no retirarte hasta recibir; hasta que hayas hallado, no te apartes; no aflojes tu diligencia hasta que la puerta se abra. Porque si te acercas con este ánimo y dices: «Si no recibo, no me voy;» ciertamente recibirás, con tal que pidas cosas que sean a la vez adecuadas para Aquel de quien pides que las dé, y convenientes para ti, el suplicante. ¿Y cuáles son estas? Buscar las cosas espirituales, todas ellas; perdonar a los que han pecado contra ti, y así acercarte pidiendo perdón; «levantar manos santas sin ira ni duda.» Si así pedimos, recibiremos. Pero, tal como estamos, nuestra petición es una burla, y obra de ebrios más que de sobrios.
«¿Qué, pues,» dirá alguno, «si pido aun cosas espirituales y no recibo?» Seguramente no llamaste con empeño; o te hiciste indigno de recibir; o desististe pronto.
«¿Y por qué,» se podrá preguntar, «no dijo Él qué cosas debemos pedir»? En verdad, las mencionó todas en lo que precede, y ha significado para qué cosas debemos acercarnos. No digas, pues: «Me acerqué y no recibí.» Porque en ningún caso es por culpa de Dios que no recibamos, Él que nos ama tanto que sobrepasa aun a los padres, los sobrepasa tanto como la bondad sobrepasa a esta naturaleza mala.
«Porque si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial?»
Ahora bien, esto lo dijo no para infamar la naturaleza del hombre, ni para condenar como mala a nuestra raza; sino que, en contraste con su propia bondad, llama malo al cariño paternal, tan grande es la sobreabundancia de su amor al hombre.
¿Ves un argumento indecible, con poder para despertar a buenas esperanzas aun al que ha llegado a estar totalmente desesperado?
Pues aquí ciertamente significa su bondad por medio de nuestros padres; pero en lo que precede, por los principales de sus dones: por el «alma», por el cuerpo. Y en ninguna parte pone el principal de todos los bienes, ni aduce su propia venida —porque el que así se apresuró a entregar a su Hijo a la muerte, «¿cómo no nos dará con Él gratuitamente todas las cosas?»— porque aún no había sucedido. Pero Pablo, en verdad, lo expone, diciendo así: «El que no perdonó a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará también con Él gratuitamente todas las cosas?» [] Pero su discurso con ellos es todavía a partir de las cosas de los hombres.
Homilía 23, § 6
6. Después de esto, para indicar que no debemos confiar en la oración descuidando nuestras propias obras, ni, cuando nos esforzamos, confiar sólo en nuestros propios empeños; sino que debemos buscar la ayuda de lo alto y aportar al mismo tiempo nuestra parte; presenta lo uno en conexión con lo otro. Pues así, después de mucha exhortación, enseñó también cómo orar; y cuando hubo enseñado cómo orar, pasó de nuevo a su exhortación acerca de lo que hemos de hacer; y de allí otra vez a la necesidad de orar continuamente, diciendo: «Pedid», y «buscad», y «llamad». Y de allí otra vez a la necesidad de ser también diligentes nosotros mismos.
«Porque todas las cosas,» dice Él, «que queráis que los hombres os hagan, hacedlas también vosotros a ellos.»
Resumiendo todo en pocas palabras, y significando que la virtud es compendiosa, y fácil, y prontamente conocida de todos los hombres.
Y no dijo meramente: «Todas las cosas que queráis», sino: «Por tanto, todas las cosas que queráis». Porque esta palabra, «por tanto», no la añadió sin propósito, sino con un significado oculto: «si deseáis», dice Él, «ser oídos, junto con lo que he dicho, haced también estas cosas.» ¿Cuáles son, pues, estas? «Todo lo que queráis que los hombres os hagan.» ¿Ves cómo con esto ha significado también que, junto con la oración, necesitamos una conducta exacta? Y no dijo: «todo lo que queráis que Dios os haga, eso hacedlo a vuestro prójimo;» no sea que digas: «Pero ¿cómo es posible? Él es Dios y yo soy hombre;» sino: «todo lo que queráis que os haga vuestro consiervo, eso hazlo tú también y muéstralo hacia tu prójimo.» ¿Qué hay menos gravoso que esto? ¿Qué más justo?
Luego, la alabanza también, antes que las recompensas, es sobremanera grande.
«Porque esta es la ley y los profetas.» De donde es evidente que la virtud es conforme a nuestra naturaleza; que todos, por nosotros mismos, conocemos nuestros deberes; y que no nos es posible jamás refugiarnos en la ignorancia.
Homilía 23, § 7
7. «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por él: y estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan.»
Y sin embargo, después de esto dijo: «Mi yugo es fácil y mi carga ligera.» [] Y también en lo que acaba de decir ha insinuado lo mismo; ¿cómo, pues, dice aquí que es estrecho y angosto? En primer lugar, si atiendes, aun aquí lo señala como muy ligero, y fácil, y accesible. «¿Y cómo,» se podrá decir, «es fácil el camino angosto y estrecho?» Porque es un camino y una puerta; así como también el otro, aunque sea ancho, aunque espacioso, es también un camino y una puerta. Y en ninguno de estos hay nada permanente, sino que todas las cosas pasan, tanto los dolores como los bienes de la vida.
Y no sólo en esto la parte de la virtud es fácil, sino que también por el fin se hace aún más fácil. Porque no el pasar de nuestros trabajos y fatigas, sino también su desembocar en un fin bueno (pues terminan en vida) basta para consolar a los que están en el combate. De modo que tanto la condición temporal de nuestros trabajos, como la perpetuidad de nuestras coronas, y el hecho de que los trabajos vienen primero y las coronas después, deben ser un grandísimo alivio en nuestras fatigas. Por lo cual Pablo también llamó «ligera» a su aflicción; no por la naturaleza de los acontecimientos, sino por el ánimo de los combatientes y la esperanza del futuro. «Porque nuestra leve aflicción,» dice, «produce un eterno peso de gloria, mientras no miramos las cosas que se ven, sino las que no se ven.» [] Porque si para los marineros las olas y los mares, para los soldados sus matanzas y heridas, para los labradores los inviernos y las heladas, para los púgiles los golpes agudos, son cosas ligeras y tolerables, todas ellas, por la esperanza de aquellas recompensas temporales y perecederas; mucho más cuando se pone delante el cielo, y las inefables bendiciones, y las eternas recompensas, nadie sentirá ninguno de los trabajos presentes. O si alguno, aun así, lo tiene por trabajoso, tal sospecha no proviene sino de su propia negligencia.
Mira, al menos, cómo por otro lado también lo hace fácil, mandando no tener trato con los perros, ni entregarse a los cerdos, y «guardarse de los falsos profetas»; así, por todos los motivos, haciendo que los hombres se sientan como en un verdadero combate. Y el hecho mismo de llamarlo estrecho contribuyó grandemente a hacerlo fácil; pues los movió a estar vigilantes. Como Pablo, pues, cuando dice: «No luchamos contra carne y sangre», no lo dice para abatir, sino para excitar los ánimos de los soldados; así también Él, para sacudir el sueño de los caminantes, llamó áspero al camino. Y no sólo de este modo obró sobre los hombres para que estuvieran vigilantes, sino también añadiendo que contiene asimismo a muchos para suplantarlos; y, lo que es aún más grave, ni siquiera atacan abiertamente, sino ocultándose; porque tal es la raza de los falsos profetas. «Pero no miréis a esto,» dice Él, «que es áspero y estrecho, sino a dónde termina; ni que el opuesto es ancho y espacioso, sino a dónde va a parar.»
Y todas estas cosas las dice para despertar a fondo nuestra presteza; como también en otra parte dijo: «Los violentos lo arrebatan por la fuerza.» Porque todo el que está en combate, cuando ve al juez del certamen maravillándose de la penosidad de sus esfuerzos, se siente más animado.
No nos turbe, pues, cuando de ahí brotan muchas cosas que se vuelven en nuestra aflicción. Porque el camino es estrecho y la puerta angosta, pero no la ciudad. Por tanto, ni hay que buscar descanso aquí, ni esperar allí ya nada doloroso.
Ahora bien, al decir: «Pocos son los que lo hallan», aquí de nuevo declaró tanto la negligencia de la generalidad como instruyó a sus oyentes a no mirar las felicidades de los muchos, sino los trabajos de los pocos. Porque la mayor parte, dice Él, lejos de andar por este camino, ni siquiera lo eligen: cosa de la más extrema criminalidad. Pero no debemos mirar a los muchos, ni turbarnos por ello, sino emular a los pocos; y, equipándonos por todos los medios, andar así por él.
Porque además de que es estrecho, hay también muchos para derribarnos en el camino que conduce allí. Por lo cual añadió:
Homilía 23, § 8
8. «Guardaos de los falsos profetas, porque vendrán a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces.» He aquí, junto con los perros y los cerdos, otra especie de emboscada y conspiración, mucho más grave que aquella. Porque aquellos son conocidos y abiertos; pero estos están encubiertos. Por lo cual también, mientras de aquellos mandó apartarse, estos encargó vigilar con exacto cuidado, como si no fuera posible verlos al primer acercamiento. Por lo cual también dijo: «guardad»; haciéndonos más exactos para discernirlos.
Luego, no sea que, al haber oído que era angosto y estrecho, y que debían andar por un camino opuesto al de muchos, y guardarse de los cerdos y de los perros, y junto con estos de otra especie más perversa, esta de los lobos; no sea, digo, que se hundieran ante esta multitud de aflicciones, teniendo que ir por un camino contrario al de la mayoría, y además tener de nuevo tanta ansiedad por estas cosas: les recordó lo que sucedió en los días de sus padres, usando el término «falsos profetas»; porque entonces también sucedieron no menos tales cosas. No os turbéis ahora, os ruego (así habla Él), porque nada nuevo ni extraño ha de sobreveniros. Puesto que, para toda verdad, el diablo siempre está sustituyendo secretamente su engaño apropiado.
Y con la figura de «falsos profetas», aquí, creo que no apunta a los herejes, sino a los que llevan una vida corrompida, pero usan máscara de virtud; a quienes la generalidad suele llamar con el nombre de impostores. Por lo cual dijo además:
«Por sus frutos los conoceréis.» []
Porque entre los herejes muchas veces se puede hallar bondad real; pero entre aquellos que yo mencionaba, de ningún modo.
«¿Qué, pues,» se dirá, «si también en estas cosas fingen?» «No; serán fácilmente descubiertos; porque tal es la naturaleza de este camino, por el cual mandé a los hombres andar, penoso y molesto; pero el hipócrita no escogería esforzarse, sino sólo aparentar; por lo cual también es fácilmente convicto.» Así, puesto que había dicho: «pocos son los que lo hallan», los elimina de nuevo de entre aquellos que no lo hallan, pero fingen hacerlo, mandándonos no mirar a los que sólo llevan máscaras, sino a los que en realidad lo siguen.
«¿Pero por qué,» dirá alguno, «no los hizo manifiestos, sino que nos puso a buscarlos?» Para que vigilemos, y estemos siempre preparados para el combate, guardándonos tanto de nuestros enemigos disfrazados como de los abiertos: lo cual también Pablo insinuaba cuando decía que «con sus buenas palabras engañan los corazones de los sencillos.» No nos turbemos, pues, cuando veamos aun ahora a muchos tales. No, porque también esto lo predijo Cristo desde el principio.
Y mira su mansedumbre: cómo no dijo: «Castigadlos», sino: «No seáis dañados por ellos», «No caigáis entre ellos sin guardia.» Luego, para que no digas: «es imposible distinguir a esa clase de hombres», de nuevo presenta un argumento de un ejemplo humano, diciendo así:
«¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así también todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da malos frutos. Un buen árbol no puede dar malos frutos, ni un árbol malo puede dar buenos frutos.» []
Ahora bien, lo que dice es como esto: no tienen nada manso ni dulce; son ovejas sólo en cuanto a la piel; por lo cual también es fácil discernirlos. Y para que no tengas la menor duda, lo compara a ciertas necesidades naturales, en cosas que no admiten sino un solo resultado. En este sentido Pablo también dijo: «La mente carnal es muerte; porque no está sujeta a la ley de Dios, ni en verdad puede estarlo.»
Y si repite dos veces lo mismo, no es tautología. Sino que, no sea que alguno diga: «Aunque el árbol malo da malos frutos, también da buenos, y hace difícil la distinción, siendo doble la cosecha:» «No es así,» dice Él, «porque da sólo malos frutos, y nunca puede dar buenos; como también en el caso contrario.»
«Pues ¿qué? ¿Acaso no hay tal cosa como que un hombre bueno se vuelva malo? Y lo contrario, a su vez, también ocurre, y la vida abunda en muchos ejemplos semejantes.»
Pero Cristo no dice esto: que para el malvado no haya modo de cambiar, ni que el bueno no pueda caer, sino que, mientras viva en la maldad, no podrá llevar buen fruto. Porque ciertamente puede cambiar a la virtud, siendo malo; mas mientras persevera en la maldad, no llevará buen fruto.
¿Pues qué? ¿No dio David, siendo bueno, fruto malo? No perseverando bueno, sino transformado; puesto que, sin duda, si hubiera permanecido siempre lo que era, no habría producido tal fruto. Pues no, en verdad, mientras permanecía en el hábito de la virtud, cometió lo que cometió.
Ahora bien, con estas palabras Él tapaba también la boca de los que hablan mal a la ventura, y ponía freno a los labios de todos los calumniadores. Quiero decir: como muchos sospechan de los buenos a causa de los malos, Él con este dicho los ha privado de toda excusa. «Porque no puedes decir: "Estoy engañado y seducido"; puesto que te he dado exactamente este modo de distinguirlos por sus obras, habiendo añadido el precepto de acudir a sus acciones, y de no confundir a todos a la ventura.»
Homilía 23, § 9
9. Después, como no había mandado castigarlos, sino solamente guardarse de ellos, Él, para a la vez consolar a los que ellos vejan, y alarmarlos y mudarlos, levantó como baluarte contra ellos el castigo que habían de recibir de sus manos, diciendo:
«Todo árbol que no da buen fruto es cortado, y echado al fuego.» []
Luego, para hacer el dicho menos gravoso, añadió:
«Por lo cual, por sus frutos los conoceréis.»
Para que no pareciera que introducía la amenaza como su tema principal, sino que estaba despertando su mente a modo de amonestación y consejo.
Aquí me parece que está aludiendo también a los judíos, que exhibían tales frutos. Por lo cual también les recordó los dichos de Juan, delineando su castigo en los mismos términos. Porque él también dijo lo mismo, haciéndoles mención de un «hacha,» y de un «árbol cortado,» y del «fuego inextinguible.»
Y aunque parezca, en verdad, ser un solo juicio, el ser quemado, sin embargo, si uno examina con cuidado, son dos castigos. Porque el que es quemado, por supuesto es también echado fuera del reino de Dios; y este último castigo es más gravoso que el otro. Ahora bien, sé ciertamente que muchos tiemblan sólo ante el infierno, pero afirmo que la pérdida de aquella gloria es un castigo mucho mayor que el infierno. Y si no es posible mostrarlo tal en palabras, esto nada tiene de maravilloso. Porque tampoco conocemos la bienaventuranza de aquellos bienes, como para que, por otra parte, percibamos con claridad la miseria que sobreviene al ser privados de ellos; puesto que Pablo, como conoce estas cosas con claridad, sabe que caer de la gloria de Cristo es más gravoso que todo. Y esto lo sabremos en aquel tiempo, cuando caigamos en la prueba real de ello.
Pero que jamás sea nuestro caso, oh Tú, Hijo unigénito de Dios, ni jamás tengamos experiencia alguna de este castigo irremediable. Porque cuán grande mal es caer de aquellos bienes, no puede, en verdad, decirse con exactitud; sin embargo, en la medida en que pueda, me afanaré y me esforzaré por un ejemplo en hacéroslo claro, aunque sea en alguna pequeña medida.
Imaginemos, pues, a un niño maravilloso, que además de su virtud tenga el dominio de todo el mundo, y en todo respecto tan virtuoso, que sea capaz de llevar a todos los hombres al anhelo del afecto de un padre. ¿Qué pérdida pensáis que el padre de este niño no sufriría de buena gana, con tal de no ser echado de su compañía? ¿Y qué mal, pequeño o grande, no acogería, a condición de verlo y gozarlo? Ahora razonemos justamente así con respecto a aquella gloria también. Porque ningún niño, por virtuoso que sea, es tan deseable y amable para un padre, como el tener nuestra porción en aquellos bienes, y «partir y estar con Cristo.» []
Sin duda el infierno, y aquel castigo, es cosa no de soportarse. Sin embargo, aunque uno suponga diez mil infiernos, no dirá nada semejante a lo que será el faltar a aquella bienaventurada gloria, el ser aborrecido de Cristo, el oír «no os conozco,» [] el ser acusados de no haberlo alimentado cuando lo vimos hambriento. [] Sí, mejor ciertamente soportar mil rayos, que ver aquel rostro de mansedumbre apartándose de nosotros, y aquel ojo de paz que no soporta mirarnos. Porque si Él, mientras yo era enemigo, y lo aborrecía, y me apartaba de Él, de tal modo me persiguió, que ni a sí mismo se perdonó, sino que se entregó a la muerte: cuando después de todo esto yo no le concedo siquiera un pan en su hambre, ¿con qué clase de ojos volveré jamás a contemplarlo?
Pero observa aun aquí su mansedumbre; en que no habla en absoluto de sus beneficios, ni dice: «Has despreciado a Aquel que te ha hecho tanto bien:» ni dice: «A Mí, que te traje del no ser al ser, que soplé en ti un alma, y te puse sobre todas las cosas de la tierra, que por ti hice la tierra, y el cielo, y el mar, y el aire, y todo lo que es, que fui deshonrado por ti, aun tenido en menos honra que el diablo, y ni aun así me retiré, sino que tuve innumerables pensamientos por ti después de todo ello; que escogí hacerme esclavo, que fui azotado con varas y escupido, que fui muerto, que morí la muerte más vergonzosa, que también en lo alto intercedo por ti, que gratuitamente te doy mi Espíritu, que te concedo un reino, que te hago tales promesas, cuya voluntad es ser para ti Cabeza, y Esposo, y Vestidura, y Casa, y Raíz, y Alimento, y Bebida, y Pastor, y Rey, y que te ha tomado por hermano, y heredero, y coheredero consigo mismo; que te ha sacado de las tinieblas al dominio de la luz.» Estas cosas, digo, y más que éstas podría mencionar, pero no menciona ninguna de ellas; sino ¿qué? Sólo el pecado mismo.
Aun aquí muestra su amor, e indica el anhelo que tiene hacia ti: no diciendo: «Apartaos al fuego preparado para vosotros,» sino «preparado para el diablo.» Y antes de decirles qué injurias habían cometido, ni aun así soporta mencionarlas todas, sino unas pocas. Y antes de éstos llama a la otra clase, a los que han obrado bien, para significar también con esto que los culpa con justicia.
¿Qué cantidad de castigo, pues, es tan gravosa como estas palabras? Porque si alguno, viendo a un hombre que fue su bienhechor hambriento, no lo desatendiera; o si lo desatendiera, al ser reprendido por ello, escogería más bien hundirse en la tierra que oírlo en presencia de dos o tres amigos; ¿cuáles serán nuestros sentimientos, al oír estas palabras en presencia de todo el mundo; tales que Él ni aun entonces diría, si no estuviera dando cuenta con empeño de sus propias obras? Porque no para afrentar sacó Él estas cosas a relucir, sino en defensa propia, y por mostrar que no sin fundamento ni a la ventura decía, «apartaos de mí;» esto es evidente por sus inefables beneficios. Porque si hubiera tenido intención de afrentar, los habría sacado todos a relucir, mas ahora menciona sólo qué trato había Él recibido.
Homilía 23, § 10
10. Temamos, por tanto, amados, el oír estas palabras. La vida no es un juguete: o más bien nuestra vida presente es un juguete, mas las cosas venideras no son tales; o acaso nuestra vida no es sólo un juguete, sino aun peor que esto. Porque no termina en risa, sino antes bien trae daño sobreabundante a los que no están dispuestos a ordenar sus propios caminos con rigor. Porque ¿qué diferencia hay, te ruego, entre los niños que juegan a edificar casas, y nosotros cuando edificamos nuestras hermosas casas? ¿Qué, a su vez, entre ellos preparando sus comidas, y nosotros en nuestra comida delicada? Ninguna, salvo que nosotros lo hacemos a riesgo de ser castigados. Y si aún no percibimos del todo la pobreza de lo que está ocurriendo, no es maravilla, pues todavía no nos hemos hecho hombres; mas cuando lo hayamos llegado a ser, conoceremos que todas estas cosas son pueriles.
Porque así también aquellas otras cosas, al crecer a la edad varonil, las escarnecemos con risa; mas cuando somos niños las tenemos por dignas de afán; y mientras vamos recogiendo tiestos y barro, no nos tenemos en menos que los que erigen sus grandes circuitos de murallas. Sin embargo, luego perecen y caen por tierra, y ni aun en pie pueden sernos de provecho alguno, como ciertamente tampoco aquellas hermosas casas. Porque al ciudadano del Cielo no pueden recibirlo, ni él puede soportar habitar en ellas, quien tiene su patria arriba; sino que, como nosotros derribamos éstas con nuestros pies, así él aquéllas por su alto espíritu. Y como nosotros nos reímos de los niños, que lloran por aquel derrumbe, así éstos también, cuando nosotros lo lamentamos todo, no sólo se ríen, sino que lloran también: porque sus entrañas son compasivas, y grande es el daño que de allí brota.
Hagámonos, pues, hombres. ¿Hasta cuándo hemos de arrastrarnos por la tierra, ensoberbeciéndonos en piedras y maderos? ¿Hasta cuándo hemos de jugar? Y ¡ojalá sólo jugáramos! Mas ahora aun entregamos nuestra propia salvación; y como los niños, cuando descuidan sus lecciones, y se ejercitan en estas cosas a sus anchas, sufren azotes muy severos; así también nosotros, gastando toda nuestra diligencia en esto, y exigiéndosenos después las lecciones espirituales en nuestras obras, no pudiendo producirlas, habremos de pagar la pena extrema. Y no hay quien nos libre; aunque sea padre, hermano, lo que quieras. Mas mientras todas aquellas cosas pasarán, el tormento que de ellas se sigue permanece inmortal e incesante; cosa que en verdad acontece también con los niños: su padre destruyendo enteramente sus juguetes pueriles por su ociosidad, y haciéndolos llorar sin cesar.
Homilía 23, § 11
11. Y para convencerte de que estas cosas son tales, traigamos ante nosotros la riqueza, lo que más que todo parece ser digno de nuestros afanes, y pongamos contra ella una virtud del alma (la que quieras), y entonces verás con toda claridad la vileza de aquélla. Supongamos, digo, que hay dos hombres (y no hablo ahora de injusticia, sino todavía de riqueza honesta); y de estos dos, que el uno reúna dinero, y navegue por el mar, y labre la tierra, y halle muchos otros modos de mercadería (aunque no sé muy bien si, haciéndolo así, puede lograr ganancias honestas); sin embargo, sea así, y concédase que sus ganancias se logran con honestidad; que compra campos, y esclavos, y todas tales cosas, y supóngase que no hay injusticia alguna en ello. Pero que el otro, poseyendo otro tanto, venda campos, venda casas, y vasos de oro y plata, y dé a los pobres; que provea a los necesitados, sane a los enfermos, libre a los que están en estrechez, a unos suelte de las cadenas, a otros rescate de las minas, a éstos traiga de vuelta del lazo, a aquéllos, que son cautivos, libre de su castigo. ¿De parte de cuál, pues, estarías tú? Y todavía no hemos hablado de lo futuro, sino todavía de lo de aquí. ¿De parte de cuál, pues, estaríais vosotros? ¿Del que amontona oro, o del que está deshaciendo calamidades? ¿Con el que compra campos, o con el que se hace a sí mismo puerto de refugio para el género humano? ¿El que va vestido de mucho oro, o el que está coronado de innumerables bendiciones? ¿No es el uno como algún ángel bajado del Cielo para la enmienda del resto de los hombres; mas el otro no tanto como un hombre, sino como un niñito que lo amontona todo vanamente y a la ventura?
Pero si el ganar dinero honestamente es así de absurdo, y de extrema locura; cuando ni siquiera la honestidad hay, ¿cómo puede un hombre tal elegir sino ser más desdichado que todos? Digo, si el absurdo es tan grande; cuando el infierno se le añade, y la pérdida del reino, ¡cuán grandes lamentaciones se le deben, tanto vivo como muerto!
Homilía 23, § 12
12. ¿O queréis que tomemos en mano también alguna otra parte de la virtud? Introduzcamos, pues, de nuevo a otro hombre, que está en el poder, mandando sobre todos, revestido de gran dignidad, teniendo un heraldo magnífico, y ceñidor, y lictores, y una gran compañía de servidores. ¿No parece esto grande, y digno de ser llamado feliz? Pues bien, contra este hombre pongamos de nuevo a otro, al que es paciente en las injurias, y manso, y humilde, y sufrido; y que este último sea ultrajado, sea golpeado, y lo sobrelleve con quietud, y bendiga a los que hacen tales cosas.
Ahora bien, ¿cuál es el digno de admiración, te ruego? ¿El que está henchido, e inflamado, o el que está subyugado a sí mismo? ¿No es el uno, a su vez, como las potencias de arriba, que tan libres están de pasión, mas el otro como una vejiga inflada, o un hombre que tiene hidropesía, y gran inflamación? ¿El uno como un médico espiritual, el otro, un niño ridículo que está hinchando sus mejillas?
Porque ¿por qué te ensoberbeces, oh hombre? ¿Porque eres llevado en alto en un carro? ¿Porque un yugo de mulas te arrastra? ¿Y qué es esto? Pues esto uno puede ver que acontece a meros leños y piedras. ¿Es que estás vestido con hermosos ropajes? Mas mira al que está revestido con la virtud por vestidura, y te verás a ti mismo como heno que se marchita, mas a él como un árbol que lleva fruto maravilloso, y brinda mucho deleite a los que lo contemplan. Porque tú llevas contigo alimento de gusanos y de polilla, quienes, si te acometen, prontamente te despojarán de este adorno (porque en verdad los vestidos y el oro y la plata, son los unos, hilado de gusanos; los otros, tierra y polvo, y de nuevo se vuelven tierra y nada más): mas el que está revestido de virtud tiene tales ropas, que no sólo los gusanos no pueden dañar, sino ni aun la muerte misma. Y muy naturalmente; porque estas virtudes del alma no tienen su origen de la tierra, sino que son fruto del Espíritu; por lo cual tampoco están sujetas a las bocas de los gusanos. Antes bien, estas vestiduras se tejen en el Cielo, donde ni hay polilla, ni gusano, ni otra cosa semejante.
¿Cuál, pues, es mejor, dime? ¿Ser rico, o ser pobre? ¿Estar en el poder, o en el deshonor? ¿En la luxuria, o en el hambre? Es bastante claro; estar en honra, y en gozo, y en riqueza. Por tanto, si quieres las cosas y no los nombres, deja la tierra y lo que aquí hay, y hállate un lugar para anclar en el Cielo: pues lo de aquí es sombra, mas todas las cosas de allí son inamovibles, firmes, y fuera de todo asalto.
Elijámoslas, pues, con toda diligente solicitud, para que seamos librados del tumulto de las cosas de aquí, y habiendo navegado a aquel puerto calmo, seamos hallados con nuestra carga abundante, y con aquella inefable riqueza de la limosna; a la cual Dios conceda que todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.