Homilía 15, § 1
Mateo 5,1-2.
«Y viendo Jesús las multitudes, subió al monte; y cuando se sentó, sus discípulos se le acercaron. Y abrió su boca, y les enseñaba, diciendo: Bienaventurados,» etc.
Ved cuán libre de ambición y de jactancia era: no andaba arrastrando consigo a la gente, sino que, cuando hubo necesidad de curar, Él mismo recorría todas partes, visitando ciudades y aldeas; ahora, en cambio, cuando la muchedumbre se ha hecho muy grande, se sienta en un solo lugar; y no en medio de una ciudad o de una plaza, sino en un monte y en un desierto; enseñándonos a no hacer nada por ostentación y a separarnos de los tumultos de la vida ordinaria, y esto muy especialmente cuando hemos de estudiar la sabiduría y hablar de las cosas que conviene cumplir.
Pero cuando subió al monte, y «se sentó, sus discípulos se le acercaron.» ¿Veis su crecimiento en la virtud? ¿Y cómo en un instante se hicieron mejores hombres? Pues la multitud sólo contemplaba los milagros, pero éstos desde aquella hora desearon también oír algo grande y elevado. Y, en verdad, esto fue lo que le movió a enseñar, y le hizo comenzar este discurso.
Porque no sanaba solamente los cuerpos de los hombres, sino que enmendaba también sus almas; y a su vez, del cuidado de éstas pasaba a la atención de los otros. Así variaba a la vez el socorro que daba, y juntamente mezclaba, con la instrucción que ofrecían sus palabras, la manifestación de su gloria por sus obras; y además tapaba las bocas desvergonzadas de los herejes, significando con esto su cuidado de ambas partes de nuestro ser, que Él mismo es el Hacedor de toda la creación. Por eso también prodigaba abundante providencia a cada naturaleza, enmendando ya la una, ya la otra.
Y de este modo estaba ocupado entonces. Pues se dice: «Abrió su boca, y les enseñaba.» ¿Y por qué se añade la cláusula: «Abrió su boca»? Para haceros saber que aun en su mismo silencio daba instrucción, y no sólo cuando hablaba; sino que unas veces «abriendo su boca», otras veces hacía oír su voz mediante las obras que realizaba.
Pero cuando oigáis que les enseñaba, no penséis que hablaba sólo con sus discípulos, sino más bien con todos a través de ellos.
Pues como la multitud era tal como suele ser la multitud, y constaba además de gentes que se arrastran por el suelo, retira al coro de sus discípulos y les dirige su discurso; proveyendo con su conversación a ellos que también los demás, que estaban aún muy lejos del nivel de sus palabras, no hallaran ya gravosa su lección de abnegación. Lo cual ciertamente indicó Lucas, cuando dijo que dirigía sus palabras a ellos; y Mateo también, declarando claramente lo mismo, escribió: «sus discípulos se le acercaron, y Él les enseñaba.» Porque así los demás ciertamente estarían más atentos a Él que si se hubiera dirigido a todos.
Homilía 15, § 2
2. ¿De dónde, pues, comienza? ¿Y qué clase de fundamentos de su nuevo régimen nos pone?
Escuchemos con suma atención lo que se dice. Pues aunque fue dicho para ellos, fue escrito también por causa de todos los hombres venideros. Y por esto mismo, aunque tenía presentes en su mente a sus discípulos en su predicación pública, con todo no limita a ellos sus palabras, sino que aplica todas sus palabras de bendición sin restricción. Así no dijo: «Bienaventurados vosotros, si os hacéis pobres,» sino: «Bienaventurados los pobres.» Y puedo añadir que, aun si hubiera hablado de ellos, el consejo sería común a todos. Porque así, cuando dice: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo,» [] no discurre sólo con ellos, sino también, por medio de ellos, con todo el mundo. Y al proclamar bienaventurados a los que son perseguidos, y acosados, y padecen todas las cosas intolerables; no sólo para ellos, sino también para todos los que llegan a la misma excelencia, teje su corona.
Mas para que esto sea aún más claro, y para haceros saber que tenéis gran interés en sus palabras, y que ciertamente lo tiene todo el género humano, si alguno quiere prestar atención; oíd cómo comienza estas admirables palabras.
«Bienaventurados los pobres en espíritu; porque de ellos es el reino de los cielos.» []
¿Qué se quiere decir con «los pobres en espíritu»? Los humildes y contritos de corazón. Pues por «espíritu» ha designado aquí el alma y la facultad de elegir. Esto es: puesto que muchos son humildes no por voluntad, sino compelidos por la presión de las circunstancias, dejando a éstos de lado (porque en esto no habría mérito), bendice primero a los que por elección se humillan y se abajan a sí mismos.
¿Pero por qué no dijo «los humildes», sino más bien «los pobres»? Porque esto es más que aquello. Pues aquí quiere decir los que están sobrecogidos y tiemblan ante los mandamientos de Dios. A los cuales también por su profeta Isaías Dios, aceptándolos con fervor, dijo: «¿A quién miraré, sino al manso y humilde, y que tiembla ante mis palabras?» Porque ciertamente hay muchas clases de humildad: uno es humilde en su propia medida, otro con toda la demasía de la bajeza. Es esta última bajeza de ánimo la que aquel bienaventurado profeta encomia, pintándonos el temple que no sólo está sometido, sino enteramente quebrantado, cuando dice: «El sacrificio para Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado no despreciará Dios.» Y los Tres Jóvenes también ofrecen esto a Dios como gran sacrificio, diciendo: «Con todo, en alma contrita y en espíritu de humildad, seamos aceptados.» Esto es lo que Cristo bendice también ahora.
Homilía 15, § 3
3. Porque en tanto que los mayores males, y aquellos que hacen estragos en todo el mundo, tuvieron su entrada por la soberbia — pues tanto el diablo, no siendo tal antes, se hizo así diablo; como en efecto declaró claramente Pablo, diciendo: «No sea que, inflado de soberbia, caiga en la condenación del diablo» [] —, y el primer hombre también, hinchado por el diablo con estas esperanzas, fue puesto por escarmiento y se hizo mortal (pues esperando hacerse dios, perdió aun lo que tenía; y Dios también, echándoselo en cara y burlándose de su necedad, dijo: «He aquí, Adán ha venido a ser como uno de nosotros» []; y cada uno de los que vinieron después se arruinó por esto en la impiedad, imaginando una cierta igualdad con Dios): — siendo, digo, ésta la fortaleza de nuestros males, y la raíz y fuente de toda maldad, Él, preparando un remedio adecuado a la enfermedad, puso esta ley primero como fundamento fuerte y seguro. Porque fijado éste como base, el edificador asienta sobre él con seguridad todo lo demás. Pero si se quita, aunque un hombre llegue a los cielos en su manera de vivir, todo es fácilmente socavado, y termina en un fin lamentable. Aunque el ayuno, la oración, la limosna, la templanza, cualquier otra cosa buena, se reúnan en ti; sin humildad todo se derrumba y perece.
Esto mismo fue lo que sucedió en el caso del fariseo. Pues aun después de haber llegado a la misma cumbre, «descendió» [] con la pérdida de todo, porque no tenía la madre de las virtudes: pues como la soberbia es la fuente de toda maldad, así la humildad es el principio de toda templanza. Por eso también comienza con esto, arrancando la jactancia de raíz del alma de sus oyentes.
Uno podría preguntar: «¿Y qué tiene que ver esto con sus discípulos, que eran humildes por todos conceptos? Pues en verdad no tenían de qué enorgullecerse, siendo pescadores, pobres, innobles e iletrados.» Aunque estas cosas no concernieran a sus discípulos, ciertamente concernían a los que estaban entonces presentes, y a los que después habían de recibir a los discípulos, para que no los despreciaran por esto. Pero sería más verdad decir que también concernían a sus discípulos. Pues si no entonces, con todo, más adelante habían de necesitar ciertamente esta ayuda, después de sus señales y prodigios, y de su honra por parte del mundo, y de su confianza hacia Dios. Porque ni la riqueza, ni el poder, ni la misma realeza, tenían tanto poder para exaltar a los hombres como las cosas que ellos poseían en toda plenitud. Y además, era natural que, aun antes de las señales, pudieran ensoberbecerse, en aquel mismo momento en que veían a la multitud y toda aquella concurrencia rodeando a su Maestro; podían sentir alguna debilidad humana. Por lo cual Él reprime al punto su soberbia.
Y no introduce lo que dice a modo de consejo o de mandamientos, sino a modo de bendición, haciendo así su palabra menos gravosa, y abriendo a todos el camino de su disciplina. Pues no dijo: «esta o aquella persona,» sino «los que así hacen, todos ellos son bienaventurados.» De modo que, aunque seas esclavo, mendigo, pobre, extranjero, indocto, nada te impide ser bienaventurado, si imitas esta virtud.
Homilía 15, § 4
4. Ahora bien, habiendo comenzado, como veis, donde más necesidad había, pasa a otro mandamiento, uno que parece opuesto al juicio del mundo entero. Pues mientras todos piensan que los que se gozan son envidables, y que los que están en abatimiento, pobreza y duelo son desdichados, Él llama bienaventurados a éstos antes que a aquéllos; diciendo así,
«Bienaventurados los que lloran.» []
Y ciertamente todos los hombres los llaman miserables. Por eso realizó de antemano los milagros, para que en disposiciones como éstas mereciera crédito.
Y también aquí no designó a todos los que lloran sin más, sino a todos los que lloran por los pecados; pues ciertamente aquel otro género de llanto, el que se refiere a cosas de esta vida, está prohibido, y con seriedad. Esto lo declaró claramente también Pablo, cuando dijo: «La tristeza del mundo produce muerte, pero la tristeza según Dios produce arrepentimiento para salvación, del que no hay que arrepentirse.»
A éstos, pues, también Él mismo los llama bienaventurados, cuyo dolor es de aquella clase; aunque no designó simplemente a los que se duelen, sino a los que se duelen intensamente. Por eso no dijo «los que se duelen,» sino «los que lloran.» Porque este mandamiento también está dispuesto para enseñarnos un completo dominio de sí. Pues si los que lloran por los hijos, o por la mujer, o por cualquier otro pariente perdido, no sienten afición al lucro o al placer durante aquel período de su dolor; si no ambicionan gloria, no se irritan por las injurias, ni son llevados cautivos por la envidia, ni asediados por ninguna otra pasión, poseyéndolos por entero su solo dolor; mucho más los que lloran por sus propios pecados, como conviene que lloren, mostrarán una abnegación mayor que ésta.
Luego, ¿cuál es la recompensa para éstos? «Porque ellos serán consolados,» dice.
¿Dónde serán consolados? Decidme. Aquí y allí. Pues como lo mandado era en extremo gravoso y amargo, prometió dar aquello que más lo aliviaba. Por lo cual, si queréis ser consolados, llorad; y no penséis que este dicho es oscuro. Porque cuando Dios consuela, aunque caigan sobre vosotros dolores por millares como copos de nieve, estaréis por encima de todos ellos. Pues en verdad, como las recompensas que Dios da son siempre mucho mayores que nuestros trabajos, así ha obrado en este caso, declarando bienaventurados a los que lloran, no según el valor de lo que hacen, sino según su propio amor al hombre. Porque los que lloran, lloran por malas acciones, y a tales les basta gozar del perdón y obtener con qué responder por sí mismos. Mas como Él está lleno de amor al hombre, no limita su recompensa ni a la remoción de nuestros castigos, ni a la liberación de nuestros pecados, sino que los hace incluso bienaventurados, y les imparte abundante consolación.
Pero nos manda llorar, no sólo por nuestras propias malas acciones, sino también por las ajenas. Y de este temple eran las almas de los santos: tal era la de Moisés, la de Pablo, la de David; sí, todos éstos lloraron muchas veces por males no propios.
Homilía 15, § 5
5. «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.» Decidme, ¿qué clase de tierra? Algunos dicen una tierra figurada, pero no es ésta, pues en ninguna parte de la Escritura hallamos mención de una tierra meramente figurada. Pero ¿qué puede significar el dicho? Ofrece un premio sensible; como hace también Pablo, en que después de haber dicho: «Honra a tu padre y a tu madre,» [] añadió: «Para que vivas largo tiempo sobre la tierra.» Y Él mismo, al ladrón, de nuevo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso.» []
Así no nos incita sólo por medio de los bienes futuros, sino también de los presentes, por causa de la parte más grosera de sus oyentes, y de los que antes de los futuros buscan aquellos otros.
Así, por ejemplo, más adelante también dijo: «Ponte de acuerdo con tu adversario.» [] Luego asigna la recompensa de tal templanza, y dice: «No sea que en algún momento el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil.» [] ¿Veis con qué nos alarmó? Con las cosas de los sentidos, con lo que sucede ante nuestros ojos. Y otra vez: «Cualquiera que diga a su hermano: Raca, estará en peligro de comparecer ante el concilio.» []
Y Pablo también propone por extenso recompensas sensibles, y usa cosas presentes en sus exhortaciones; como cuando discurre acerca de la virginidad. Pues no habiendo dicho allí nada acerca de los cielos, por el momento urge por las cosas presentes, diciendo: «Por la angustia presente,» y: «Pero yo os trato con indulgencia,» y: «Quisiera que estuvierais sin afán.»
Así, pues, Cristo también mezcló con las cosas espirituales las sensibles. Pues mientras se piensa que el manso pierde todo lo suyo, Él promete lo contrario, diciendo: «No, sino que éste es el que posee sus bienes con seguridad, a saber, el que no es temerario ni jactancioso; mientras que aquella clase de hombre perderá a menudo su patrimonio, y su propia vida.»
Y además, puesto que en el Antiguo Testamento el profeta solía decir continuamente: «Los mansos heredarán la tierra;» entreteje así en su discurso las palabras a las que estaban acostumbrados, para no hablar en todas partes un lenguaje extraño.
Y no dice esto limitando las recompensas a las cosas presentes, sino uniendo con éstas también el otro género de dones. Pues ni al hablar de cosa espiritual excluye las que hay en la vida presente; ni, a su vez, al prometer las que hay en nuestra vida, limita su promesa a ese género. Porque dice: «Buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas.» [] Y otra vez: «Cualquiera que haya dejado casas o hermanos, recibirá cien veces más en este mundo, y en el futuro heredará la vida eterna.»
Homilía 15, § 6
6. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.» []
¿Qué clase de justicia? Quiere decir o toda la virtud, o aquella virtud particular opuesta a la avaricia. Pues como va a dar mandamiento acerca de la misericordia, para mostrar cómo debemos mostrar misericordia, por ejemplo, no de la rapiña o de la avaricia, bendice a los que abrazan la justicia.
Y ved con cuánta fuerza lo expresa. Pues no dijo: «Bienaventurados los que se mantienen firmes en la justicia,» sino: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia:» para que no de cualquier modo, sino con todo deseo, la persigamos. Pues como esto es la propiedad más peculiar de la avaricia, y no estamos tan enamorados de la comida y de la bebida como de ganar y rodearnos de más y más, nos mandó transferir este deseo a un objeto nuevo: la libertad de la avaricia.
Luego asigna el premio, otra vez a partir de cosas sensibles, diciendo: «porque ellos serán saciados.» Así, porque se piensa que los ricos comúnmente se hacen tales por avaricia, «No,» dice Él, «es justamente lo contrario: porque es la justicia la que hace esto. Por lo cual, mientras obréis con justicia, no temáis la pobreza ni tembléis ante el hambre. Porque los que practican la rapiña, ésos son los que lo pierden todo; así como el que ama la justicia posee con seguridad los bienes de todos los hombres.»
Pero si los que no codician los bienes ajenos gozan de tan gran abundancia, mucho más los que renuncian a los suyos propios.
«Bienaventurados los misericordiosos.» []
Aquí me parece que no habla sólo de los que muestran misericordia dando dinero, sino también de los que son misericordiosos en sus obras. Porque el modo de mostrar misericordia es múltiple, y este mandamiento es amplio. ¿Cuál es, pues, su recompensa? «Porque ellos alcanzarán misericordia.»
Y parece ciertamente una suerte de recompensa igual, pero es cosa mucho mayor que el acto de bondad. Porque mientras ellos mismos muestran misericordia como hombres, obtienen misericordia del Dios de todos; y no es lo mismo la misericordia del hombre que la de Dios; sino que, tan amplio como es el intervalo entre la maldad y la bondad, tan lejos está la una de la otra.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» []
He aquí que de nuevo la recompensa es espiritual. Ahora bien, aquí llama «limpios» ya sea a los que han alcanzado toda virtud y no tienen conciencia de ningún mal, ya sea a los que viven en templanza. Porque nada necesitamos tanto para ver a Dios como esta última virtud. Por lo cual Pablo dijo también: «Seguid la paz con todos los hombres, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.» [] Aquí está hablando de la visión tal como es posible que el hombre tenga.
Porque hay muchos que muestran misericordia, que no cometen rapiña ni son avaros, pero que son culpables de fornicación e impureza; para significar que lo primero solo no basta, ha añadido esto, en el mismo sentido en que Pablo, escribiendo a los corintios, dio testimonio de los macedonios, de que eran ricos no sólo en limosna, sino también en toda otra virtud. Porque habiendo hablado del noble espíritu que habían mostrado en cuanto a sus bienes, dice: «Se dieron también a sí mismos al Señor, y a nosotros.» []
Homilía 15, § 7
7. «Bienaventurados los pacificadores.» []
Aquí no sólo quita por completo nuestra propia contienda y el odio entre nosotros, sino que además exige algo más: a saber, que reconciliemos a otros que están en contienda.
Y de nuevo, la recompensa que añade es espiritual. ¿De qué clase es, entonces?
«Porque ellos serán llamados hijos de Dios.»
Ciertamente, porque ésta llegó a ser la obra del Unigénito: unir lo dividido y reconciliar lo enajenado.
Luego, para que no imaginéis que la paz es en todos los casos una bendición, ha añadido:
«Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia.» []
Es decir, por causa de la virtud, por el socorro dado a otros y por la piedad; pues tiene por costumbre llamar con el nombre de «justicia» a toda la sabiduría práctica del alma.
«Bienaventurados sois cuando os injurien y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí. Gozaos y alegraos en gran manera.» []
Como si dijera: «Aunque os llamen hechiceros, engañadores, pestilentes o cualquier otra cosa, bienaventurados sois:» así habla. ¿Qué podría haber más nuevo que estos mandatos? Las mismas cosas que todos los demás evitan, éstas declara deseables; me refiero a ser pobres, al llanto, a la persecución, a la mala fama. Y, sin embargo, afirmó esto y convenció no a dos, ni a diez, ni a veinte, ni a cien, ni a mil hombres, sino al mundo entero. Y al oír cosas tan graves y amargas, tan contrarias a los usos acostumbrados de los hombres, las multitudes «se asombraban.» Tan grande era el poder del que hablaba.
Sin embargo, para que no penséis que el mero hecho de ser mal hablado hace bienaventurados a los hombres, ha puesto dos limitaciones: cuando es por causa suya y cuando las cosas que se dicen son falsas; porque sin éstas, el que es mal hablado, lejos de ser bienaventurado, es miserable.
Mirad luego de nuevo el premio: «Porque vuestra recompensa es grande en los cielos.» Pero vosotros, aunque no oigáis que se os dé un reino en cada una de las bendiciones, no os desaniméis. Porque aunque da nombres diversos a las recompensas, las lleva todas a su reino. Así, tanto cuando dice: «los que lloran serán consolados;» como, «los que muestran misericordia alcanzarán misericordia;» y, «los limpios de corazón verán a Dios;» y, los pacificadores «serán llamados hijos de Dios;» nada más que el Reino bosqueja con todas estas palabras. Porque los que gozan de estas cosas, ciertamente alcanzarán aquél. No penséis, pues, que esta recompensa es sólo para los pobres de espíritu, sino también para los que tienen hambre de justicia, para los mansos y para todos los demás sin excepción.
Ya que por esto ha puesto su bendición sobre todos ellos, para que no busquéis nada sensible: porque no puede ser bienaventurado el hombre que es coronado con tales cosas que llegan a su fin con esta vida presente, y pasan más aprisa que una sombra.
Homilía 15, § 8
8. Pero cuando hubo dicho: «vuestra recompensa es grande,» añadió también otro consuelo, diciendo: «Porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.»
Así, puesto que aquello primero, la promesa del Reino, estaba aún por venir, y todos en expectación, les ofrece consuelo desde este mundo; desde su comunión con aquellos que antes que ellos habían sido maltratados.
Porque «no penséis,» dice Él, «que padecéis estas cosas por algo incoherente en vuestras palabras y disposiciones; o que, como maestros de malas doctrinas, habéis de ser perseguidos por ellos; las asechanzas y los peligros no provienen de maldad alguna en vuestras palabras, sino de la malicia de los que os oyen. Por lo cual no son culpa vuestra, que padecéis la injusticia, sino de aquellos que la cometen. Y a la verdad de estas cosas da testimonio todo el tiempo precedente. Porque contra los profetas ni siquiera presentaron cargo alguno de transgredir la ley ni de sentimientos de impiedad; a unos apedrearon, a otros ahuyentaron, a otros rodearon de innumerables aflicciones. Por lo cual no os turbe esto, porque con la misma disposición de ánimo hacen todo lo que se hace ahora.» ¿Veis cómo levantó sus ánimos, poniéndolos cerca de la compañía de Moisés y Elías?
Así también Pablo, escribiendo a los tesalonicenses, dice: «Porque vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios que están en Judea; pues también vosotros habéis padecido las mismas cosas de vuestros propios compatriotas, así como ellos de los judíos: los cuales mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y nos han expulsado; y no agradan a Dios, y son contrarios a todos los hombres.» [] Este mismo punto lo ha establecido aquí también Cristo.
Y mientras que en las otras bienaventuranzas dijo: «Bienaventurados los pobres,» y «los misericordiosos;» aquí no lo ha puesto de modo general, sino que dirige su palabra a ellos mismos, diciendo: «Bienaventurados sois cuando os injurien y os persigan, y digan toda palabra mala:» significando que éste es un privilegio especial suyo; y que, por encima de todos los demás, los maestros tienen esto como propio.
Al mismo tiempo, aquí también significa de manera encubierta su propia dignidad y su igualdad en honor con Aquel que lo engendró. Porque «como ellos por causa del Padre,» dice Él, «así también vosotros padeceréis estas cosas por mí.» Pero cuando dice: «los profetas que fueron antes de vosotros,» da a entender que ellos también se habían vuelto ya profetas para entonces.
Luego, declarando que esto sobre todo les aprovecha y los hace gloriosos, no dijo: «os calumniarán y perseguirán, pero yo lo impediré.» Porque no en escapar de la mala fama, sino en su noble resistencia de ella, y en refutarlos con sus obras, quiere que se apoye su seguridad: siendo esto cosa mucho mayor que la otra; así como ser golpeado y no ser herido es mucho mayor que escapar del golpe.
Homilía 15, § 9
9. Ahora bien, en este lugar dice: «Vuestra recompensa es grande en los cielos.» Pero Lucas refiere que él habló esto con vehemencia y con más pleno consuelo; porque no sólo, como sabéis, declara bienaventurados a los que son mal hablados por causa de Dios, sino que declara también miserables a los que son bien hablados por todos los hombres. Porque, «Ay de vosotros,» dice Él, «cuando todos los hombres hablen bien de vosotros.» Y sin embargo, los apóstoles eran bien hablados, pero no por todos los hombres. Por lo cual no dijo: «Ay de vosotros, cuando los hombres hablen bien de vosotros,» sino, «cuando todos los hombres» lo hagan: porque ni siquiera es posible que los que viven en la práctica de la virtud sean bien hablados por todos los hombres.
Y de nuevo dice: «Cuando arrojen vuestro nombre como malo, gozaos y saltad de alegría.» [] Porque no sólo de los peligros que padecieron, sino también de la calumnia, establece que la recompensa sea grande. Por lo cual no dijo: «Cuando os persigan y os maten,» sino, «Cuando os injurien y digan toda clase de mal.» Porque con toda certeza, las malas habladurías de los hombres tienen una mordedura más aguda que sus mismas obras. Porque mientras en nuestros peligros hay muchas cosas que aligeran el trabajo, como ser animados por todos, tener a muchos que aplaudan, coronen y proclamen nuestra alabanza; aquí, en nuestro oprobio, incluso este consuelo se destruye. Porque parecemos no haber logrado nada grande; y esto aflige al combatiente más que todos sus peligros: al menos muchos han llegado incluso a ahorcarse, no soportando la mala fama. ¿Y por qué os maravilláis de los demás? Puesto que aquel traidor, aquel desvergonzado y maldito, aquel que había dejado de ruborizarse por cualquier cosa, fue impulsado principalmente por esto a apresurarse al lazo. Y Job, a su vez, todo diamante como era, y más firme que una roca; cuando fue despojado de todas sus posesiones, y padecía aquellos males incurables, y de repente se había quedado sin hijos, y cuando veía su cuerpo derramando gusanos como una fuente, y a su mujer atacándolo, todo lo rechazaba con facilidad; pero cuando vio a sus amigos reprochándolo y pisoteándolo, y teniendo mala opinión de él, y diciendo que padecía aquellas cosas por algunos pecados y pagaba la pena de la maldad: entonces hubo turbación, entonces conmoción, aun en aquel hombre grande y de noble corazón.
Y también David, dejando pasar todo lo que había padecido, pidió a Dios una retribución sólo por la calumnia. Porque, «Dejadle que maldiga,» dice él, «porque el Señor se lo ha mandado: para que el Señor vea mi humillación y me pague por esta maldición suya en este día.» []
Y también Pablo proclama el triunfo no sólo de los que incurren en peligro o son privados de sus bienes, sino también de éstos, diciendo: «Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, después de haber sido iluminados, soportasteis un gran combate de aflicciones; en parte mientras erais hechos espectáculo por los oprobios y las aflicciones.» Por esto, pues, Cristo ha establecido que la recompensa sea también grande.
Después de esto, para que nadie diga: «Aquí no das reparación ni tapas la boca a los hombres; ¿y asignas una recompensa allá?» ha puesto ante nosotros a los profetas, para mostrar que tampoco en su caso dio Dios reparación. Y si, cuando las recompensas estaban cercanas, los animaba con cosas por venir; mucho más ahora, cuando esta esperanza se ha vuelto más clara y la abnegación ha aumentado.
Y observad también, después de cuántos mandamientos ha puesto esto, pues ciertamente no lo hizo sin razón, sino para mostrar que no es posible que uno desprovisto y desarmado de todas esas otras virtudes salga a estos combates. Por tanto, veis que en cada caso, abriendo paso el precepto anterior al siguiente, ha tejido para nosotros una especie de cadena de oro. Así, primero, el que es «humilde,» ciertamente también «llorará» por sus propios pecados: el que así «llora,» será a la vez «manso,» y «justo,» y «misericordioso;» el que es «misericordioso,» y «justo,» y «contrito» será, por supuesto, también «limpio de corazón:» y tal hombre será también «pacificador:» y el que ha alcanzado todas estas cosas, estará además preparado contra los peligros, y no se turbará cuando se hable mal de él, y esté soportando innumerables pruebas graves.
Homilía 15, § 10
10. Ahora bien, después de darles la debida exhortación, los reanima de nuevo con alabanzas. Así: siendo altos los mandatos, y con mucho superiores a los del Antiguo Testamento; para que no se turben ni confundan, y digan: «¿Cómo podremos lograr estas cosas?» oíd lo que dice: «Vosotros sois la sal de la tierra.» [] Dando a entender que por absoluta necesidad ordena todo esto. Porque «no por vuestra propia vida aparte,» dice Él, «sino por todo el mundo, habréis de dar cuenta. Pues no a dos ciudades, ni a diez o veinte, ni a una sola nación os envío, como envié a los profetas; sino a la tierra, y al mar, y al mundo entero; y eso en mal estado.» Porque al decir «Vosotros sois la sal de la tierra,» significó que toda la naturaleza humana había «perdido su sabor,» y estaba corrompida por nuestros pecados. Por cuya causa, veis, requiere de ellos tales virtudes, como las más necesarias y útiles para la superintendencia del vulgo. Porque, primero, el manso, y rendido, y misericordioso, y justo, no encierra sus buenas obras sólo para sí mismo, sino que también provee que estas buenas fuentes se derramen para beneficio de los demás. Y, a su vez, el que es limpio de corazón, y pacificador, y es perseguido por causa de la verdad, ordena de nuevo su manera de vivir para el bien común. «No penséis, pues,» dice Él, «que sois arrastrados a conflictos ordinarios, o que de cosas pequeñas habéis de dar cuenta.» «Vosotros sois la sal de la tierra.»
¿Qué, pues? ¿Restauraron lo corrompido? De ningún modo; porque ni siquiera es posible hacer bien alguno a lo que ya está echado a perder, rociándolo con sal. Por tanto, esto no lo hicieron. Más bien, lo que ya había sido antes restaurado, y encomendado a su cuidado, y librado de aquel mal olor, eso lo salaron entonces, manteniéndolo y conservándolo en aquella frescura que habían recibido del Señor. Porque que los hombres fueran librados de la podredumbre de sus pecados fue la obra buena de Cristo; pero que no volvieran a ella nunca más fue el objeto de la diligencia y el trabajo de éstos.
¿Veis cómo por grados indica su superioridad sobre los mismos profetas? En que dice que son maestros, no de Palestina, sino de todo el mundo; y no simplemente maestros, sino también temibles. Porque esto es lo maravilloso: que no halagando, ni acariciando, sino estrechándolos agudamente, como la sal, aun así llegaron a ser queridos para todos los hombres.
«Ahora no os maravilléis,» dice Él, si dejando a todos los demás, os hablo y os arrastro a tan grandes peligros. Porque considerad sobre cuántas ciudades, tribus y naciones os he de enviar a presidir. Por lo cual quiero que no sólo seáis prudentes vosotros mismos, sino que también hagáis a otros lo mismo. Y tales personas tienen gran necesidad de ser inteligentes, en quienes está en juego la salvación de los demás: deben abundar tanto en virtud como para impartir del provecho a otros también. Porque si no llegáis a ser tales, no bastaréis ni siquiera para vosotros mismos.
«No os impacientéis, pues, como si mis palabras fueran demasiado gravosas. Porque, mientras es posible que otros que han perdido su sabor vuelvan a recobrarlo por vuestro medio, vosotros, si llegarais a tal estado, con vosotros mismos destruiréis también a los demás. De modo que, cuanto mayores son las cosas que se han puesto en vuestras manos, tanto mayor diligencia necesitáis.» Por tanto, dice Él,
«Mas si la sal hubiere perdido su sabor, ¿con qué será salada? Ya no sirve para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.» []
Porque los demás hombres, aunque caigan cuantas veces sea, pueden tal vez obtener indulgencia; pero el maestro, si esto le sucede, queda privado de toda excusa, y sufrirá la venganza más extrema. Así, para que al oír las palabras, «cuando os injurien, y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros», no se acobarden demasiado para salir: les dice, «si no estáis dispuestos a combatir con todo esto, en vano habéis sido elegidos». Porque no es la mala fama lo que debéis temer, sino el que resultéis partícipes del disimulo. Pues entonces, «perderéis vuestro sabor y seréis hollados»; pero si continuáis reprendiéndolos con firmeza, y luego sois difamados, alegraos; porque éste es precisamente el oficio de la sal: escocer a los corrompidos y hacerles sentir dolor. Y así su censura se sigue naturalmente, sin dañaros en nada, sino más bien dando testimonio de vuestra firmeza. Pero si por temor de ello abandonáis la diligencia que os conviene, tendréis que sufrir mucho más gravemente, siendo a la vez difamados y despreciados por todos. Pues éste es el significado de «hollado bajo los pies».
Homilía 15, § 11
11. Después de esto prosigue con otra imagen, más elevada.
«Vosotros sois la luz del mundo.» []
«Del mundo» otra vez; no de una nación, ni de veinte estados, sino de toda la tierra habitada. Y una luz para la mente, muy superior a este rayo de sol; así como eran también una sal espiritual. Y antes son sal, y ahora luz; para enseñaros cuán grande es la ganancia de estos preceptos estrictos, y el provecho de aquella disciplina grave: cómo ata, y no permite volverse disolutos; y produce vista clara, conduciendo a los hombres a la virtud.
«Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder; ni se enciende una vela y se pone debajo del almud.»
De nuevo, con estas palabras los adiestra en el rigor de vida, enseñándoles a ser diligentes en sus empeños, como puestos ante los ojos de todos los hombres, y a combatir en medio del anfiteatro del mundo. Porque, «no miréis a esto», dice, «que ahora estamos sentados aquí, que estamos en una pequeña porción de un rincón. Porque seréis tan visibles a todos como una ciudad asentada en la cumbre de un monte, como una vela en una casa sobre el candelero, dando luz.»
¿Dónde están ahora los que perseveran en no creer el poder de Cristo? Oigan estas cosas y adoren su poder, asombrados del poder de la profecía. Porque considerad cuán grandes cosas prometió a quienes ni siquiera eran conocidos en su propia tierra: que la tierra y el mar los conocieran, y que por su fama llegaran hasta los confines del mundo habitado; o mejor, no por su fama, sino por la operación del bien que realizaban. Porque no era la fama la que, llevándolos por todas partes, los hacía visibles, sino además la demostración real de sus obras. Pues, como si tuvieran alas, con más vehemencia que el rayo del sol recorrieron toda la tierra, sembrando la luz de la piedad.
Pero aquí me parece que los está adiestrando también en la libertad de palabra. Porque decir: «Una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse» es hablar como quien declara su propio poder. Pues así como aquella ciudad de ningún modo puede ocultarse, así era imposible que lo que ellos predicaban cayera en silencio y oscuridad. Así, puesto que había hablado de persecuciones y calumnias, de asechanzas y guerras, no fuera que pensaran que éstas tendrían poder para cerrarles la boca; para animarlos, dice que, lejos de quedar oculto, había de resplandecer sobre todo el mundo; y que por esto mismo serían ilustres y renombrados.
Con esto, pues, declara su propio poder. En lo que sigue, exige aquella libertad de palabra que por su parte se debía; diciendo así,
«Ni se enciende una vela y se pone debajo del almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
«Porque yo», dice Él, es verdad, he encendido la luz, pero que continúe ardiendo, provenga eso de vuestra diligencia: no sólo por vosotros mismos, sino también por aquellos que han de aprovechar estos rayos y ser guiados a la verdad. Pues las calumnias ciertamente no podrán oscurecer vuestro resplandor, si seguís viviendo una vida estricta, y como corresponde a quienes han de convertir al mundo entero. Mostrad, por tanto, una vida digna de su gracia; para que, así como se predica en todas partes, esta luz acompañe en todas partes lo mismo.
Luego les presenta otro género de ganancia, además de la salvación de los hombres, suficiente para hacerlos esforzarse seriamente y llevarlos a toda diligencia. A saber: «No sólo», dice, «enmendaréis al mundo, si vivís rectamente, sino que también daréis ocasión a que Dios sea glorificado; del mismo modo que, si hacéis lo contrario, destruiréis a los hombres y haréis que el nombre de Dios sea blasfemado.»
Y ¿cómo, se dirá, será Dios glorificado por medio de nosotros, si al menos los hombres han de hablar mal de nosotros? No, no todos los hombres; y aun los mismos que por envidia hacen esto, en su conciencia os admirarán y aprobarán; así como los que exteriormente adulan a los que viven en maldad, en su mente los acusan.
¿Qué, pues? ¿Nos mandas vivir para la ostentación y la vanagloria? ¡Lejos de eso! No digo esto; porque no dije: «Poned diligencia en sacar a luz vuestras propias buenas obras»; ni tampoco dije: «Mostradlas»; sino «Alumbre vuestra luz». Es decir, «Sea grande vuestra virtud, abundante el fuego e indecible la luz». Porque cuando la virtud es tan grande, no puede quedar oculta, aunque quien la persiga la cubra con diez mil velos. Presentadles una vida irreprochable, y no tengan verdadera ocasión de hablar mal; y entonces, aunque haya miles de detractores, nadie podrá arrojar sombra alguna sobre vosotros. Y bien dijo: «vuestra luz», porque nada hace al hombre tan ilustre, por mucho que quiera ocultarse, como la manifestación de la virtud. Porque, como si estuviera vestido del mismo rayo del sol, así resplandece, pero más brillante que él; no derramando sus rayos sobre la tierra, sino superando también el cielo mismo.
De aquí también los consuela más abundantemente. Porque, «¿Y qué si la calumnia os aflige?», dice; sin embargo, tendréis muchos que honren a Dios por causa vuestra. Y de ambos modos se va acumulando vuestra recompensa, tanto porque Dios es glorificado por medio de vosotros, como porque sois difamados por causa de Dios. Así, para que no busquemos a propósito ser reprochados, al oír que hay recompensa por ello: primero, no ha expresado ese sentimiento simplemente, sino con dos limitaciones, a saber, cuando lo que se dice es falso, y cuando es por causa de Dios: — y luego indica cómo no sólo eso, sino también la buena fama, tiene su gran provecho, pues la gloria de ella pasa a Dios. Y les presenta aquellas esperanzas llenas de gracia. «Pues», dice, la calumnia de los malvados no tiene tanto poder como para poner a todos los demás en tinieblas, respecto a ver vuestra luz. Porque sólo cuando hayáis «perdido vuestro sabor» os hollarán bajo los pies; pero no cuando sois acusados falsamente, obrando rectamente. Antes bien, entonces habrá muchos que admiren, no sólo a vosotros, sino por causa vuestra también a vuestro Padre. Y no dijo «Dios», sino «vuestro Padre»; sembrando ya de antemano las semillas de aquella nobleza que estaba por serles otorgada. Además, indicando su igualdad en honor, como dijo arriba: «No os entristezcáis cuando hablen mal de vosotros, porque os basta que por mi causa se diga eso de vosotros», así aquí menciona al Padre: manifestando en todo su igualdad.
Homilía 15, § 12
12. Puesto que, pues, conocemos la ganancia que nace de esta diligencia, y el peligro de la indolencia (porque si nuestro Señor es blasfemado por causa nuestra, eso sería mucho peor que nuestra perdición), no demos «ninguna ocasión de tropiezo, ni a los judíos, ni a los gentiles, ni a la Iglesia de Dios». [] Y aunque la vida que presentamos ante ellos sea más brillante que el sol, sin embargo, si alguno quiere hablar mal de nosotros, no nos entristezcamos por ser difamados, sino sólo si somos difamados con justicia.
Porque, por una parte, si vivimos en maldad, aunque no haya nadie que hable mal de nosotros, seremos los más desdichados de todos los hombres; por otra parte, si nos entregamos a la virtud, aunque el mundo entero hable mal de nosotros, en ese mismo momento seremos más envidiables que ninguno. Y atraeremos a seguirnos a todos los que quieran salvarse, porque no es la calumnia de los malvados, sino nuestra buena vida, la que atraerá su atención. Porque en verdad no hay trompeta tan clara como la prueba que dan nuestras acciones; ni la luz misma es tan transparente como una vida pura, aunque nuestros calumniadores sean innumerables.
Digo, si todas las cualidades arriba mencionadas son nuestras; si somos mansos, humildes y misericordiosos; si somos puros y pacificadores; si al oír reproches no devolvemos injuria, sino que más bien nos gozamos; entonces atraeremos a todos los que nos observan no menos que los milagros. Y todos estarán bien dispuestos hacia nosotros, aunque uno sea una fiera, un demonio, o lo que queráis.
O si acaso hubiera algunos que hablen mal de vosotros, no os turbéis en absoluto por ello, ni hagáis caso de que os injurien en público; sino escudriñad su conciencia, y veréis que os aplauden y admiran, y que amontonan diez mil alabanzas.
Ved, por ejemplo, cómo Nabucodonosor alaba a los jóvenes en el horno; y sin duda era un adversario y un enemigo. Pero al verlos mantenerse firmes noblemente, proclama su triunfo y los corona: y eso por ninguna otra razón, sino porque le desobedecieron y escucharon la ley de Dios. Porque el diablo, cuando ve que nada consigue, desde entonces se retira, temiendo ser causa de que ganemos más coronas. Y cuando él se ha ido, aun el hombre abominable y depravado reconocerá la virtud, retirada aquella niebla. O si los hombres todavía discurren perversamente, tendréis de Dios mayor alabanza y admiración.
No os entristezcáis ahora, os ruego, ni desmayéis; puesto que los mismos apóstoles eran para unos «olor de muerte;» [] y para otros «olor de vida.» Y si no hay nada de que echar mano en vosotros, estáis libres de todos sus cargos; o, mejor, os habéis vuelto más bienaventurados. Resplandeced, pues, en vuestra vida, y no hagáis caso de los que hablan mal de vosotros. Porque no puede, no puede ser, que quien cuida de la virtud no tenga muchos enemigos. Sin embargo, esto no es nada para el hombre virtuoso. Porque por tales medios su resplandor aumentará mucho más abundantemente.
Tengamos, pues, presentes estas cosas y miremos a un solo objeto: cómo ordenar nuestra propia vida con rigor. Porque así guiaremos también a la vida de allá a los que ahora están sentados en tinieblas. Porque tal es la virtud de aquella luz, que no sólo resplandece aquí, sino que también conduce allí a sus seguidores. Porque cuando los hombres vean que despreciamos todas las cosas presentes y nos preparamos para lo que ha de venir, nuestras acciones los persuadirán antes que cualquier discurso. Porque ¿quién hay tan insensato que, al ver a uno que hace uno o dos días vivía en el lujo y la riqueza, y ahora se despoja de todo, y se pone alas, y está dispuesto a afrontar hambre y pobreza, y toda penalidad, y peligros, y sangre, y matanza, y todo lo que se tiene por terrible, no saque de este espectáculo una clara demostración de las cosas que han de venir?
Pero si nos enredamos en las cosas presentes, y nos hundimos en ellas cada vez más, ¿cómo será posible que ellos se persuadan de que nos apresuramos hacia otra morada?
¿Y qué excusa tendremos después de esto, si el temor de Dios no obra tanto en nosotros como la gloria humana obró en los filósofos griegos? Porque algunos de ellos realmente dejaron a un lado las riquezas y despreciaron la muerte, para hacerse un espectáculo ante los hombres; por lo cual también sus esperanzas se volvieron vanas. ¿Qué alegato, pues, nos librará, cuando, con tan grandes cosas puestas delante de nosotros, y con tan alta regla de abnegación abierta ante nosotros, no somos capaces ni siquiera de hacer lo que ellos hicieron, sino que nos arruinamos a nosotros mismos y además a otros? Porque ni siquiera es tan grande el daño cuando un pagano comete una transgresión, como cuando un cristiano hace lo mismo. Por supuesto que no; porque el carácter de aquéllos ya está perdido, pero el nuestro, por la gracia de Dios, es venerable y glorioso aun entre los impíos. Por tanto, cuando más quieren injuriarnos y agravar su mala palabra, añaden algún insulto como: «¡Cristiano!», insulto que no proferirían si no tuvieran en secreto una gran opinión de nuestra doctrina.
¿No habéis oído cuántos y cuán grandes preceptos impuso Cristo? Ahora bien, ¿cuándo podréis cumplir uno solo de esos mandamientos, mientras lo dejáis todo y vais recogiendo intereses, amontonando usuras, emprendiendo negocios, comprando rebaños de esclavos, procurándoos vasos de plata, adquiriendo casas, campos y bienes sin fin? Y ojalá esto fuera todo. Pero cuando a estas ocupaciones inoportunas añadís incluso la injusticia, removiendo los linderos, arrebatando casas por la violencia, agravando la pobreza, aumentando el hambre, ¿cuándo podréis poner vuestro pie en estos umbrales?
Homilía 15, § 13
13. Pero a veces mostráis misericordia a los pobres. Lo sé tan bien como vosotros. Pero aun en esto hay de nuevo un gran mal. Porque lo hacéis o por soberbia o por vanagloria, de modo que no sacáis provecho ni siquiera de vuestras buenas obras. ¿Qué puede haber más miserable que esto: naufragar en el mismo puerto? Para evitarlo, cuando hayáis hecho alguna buena obra, no busquéis mi agradecimiento, para que tengáis a Dios por deudor. Porque: «Prestad», dice, «a aquellos de quienes no esperáis recibir».
Tenéis a vuestro Deudor; ¿por qué lo dejáis y me lo reclamáis a mí, pobre y miserable mortal? ¿Qué? ¿Se disgusta ese Deudor cuando se le reclama la deuda? ¿Qué? ¿Es pobre? ¿No quiere pagar? ¿No veis sus inefables tesoros? ¿No veis su indescriptible munificencia? Echad mano, pues, de Él, y presentad vuestra demanda; porque Él se complace cuando uno le reclama así la deuda. Porque, si ve que a otro se le pide que pague lo que Él mismo debe, se sentirá como si fuera insultado, y no os pagará más; es más, con justicia se queja, diciendo: «¿Por qué, de qué ingratitud me habéis convencido? ¿Qué pobreza sabéis que hay en mí, para que paséis de largo junto a mí y acudáis a otros? ¿Habéis prestado a Uno, y reclamáis la deuda a otro?»
Porque, aunque el hombre lo recibió, fue Dios quien os mandó darlo; y su voluntad es ser Él mismo, y en el sentido original, deudor y fiador, proporcionándoos diez mil ocasiones de reclamarle la deuda por todas partes. No dejéis escapar, pues, tan grande facilidad y abundancia, y busquéis recibir de mí, que nada tengo. ¿A qué fin me mostráis la misericordia que habéis tenido con los pobres? ¡Qué! ¿Acaso fui yo quien os dijo: Dad? ¿Acaso de mí oísteis esto, para que me lo reclaméis a mí? Él mismo ha dicho: «El que se apiada del pobre presta a Dios». [] Habéis prestado a Dios: ponedlo en su cuenta.
«Pero Él no paga ahora todo.» Pues bien, esto también lo hace Él para tu bien. Porque tal deudor es Él: no como muchos, que se afanan simplemente por pagar lo prestado; antes administra y hace todas las cosas con miras a invertir también en seguridad aquello que se le ha entregado. Por eso, como ves, a unos les paga aquí; a otros les asigna lo suyo en el otro lugar.
Homilía 15, § 14
14. Sabiendo, pues, estas cosas, hagamos abundante nuestra misericordia, demos prueba de mucho amor al hombre, tanto con el uso de nuestro dinero como con nuestras obras. Y si vemos a alguno maltratado y golpeado en la plaza, si podemos dar dinero, hagámoslo; o si con palabras podemos separarlos, no seamos remisos. Porque aun la palabra tiene su recompensa, y más aún los suspiros. Y esto dijo el bienaventurado Job: «Yo lloraba por todo desvalido, y suspiraba al ver a un hombre en angustia.» [] Pero si hay recompensa por las lágrimas y los suspiros, cuando se añaden también palabras, y un afán solícito, y muchas cosas más, considera cuán grande llega a ser la recompensa. Sí, porque también nosotros éramos enemigos de Dios, y el Unigénito nos reconcilió, poniéndose en medio, y recibiendo azotes por nosotros, y soportando la muerte por nosotros.
Hagamos, pues, asimismo diligencia por librar de innumerables males a los que incurren en ellos; y no como hacemos ahora, cuando vemos a unos golpearse y desgarrarse mutuamente: solemos quedarnos al lado, hallando placer en la deshonra de otros, y formando alrededor un anfiteatro diabólico: ¿qué cosa más cruel que ésta? Ves a hombres ultrajados, despedazándose unos a otros, rasgándose las vestiduras, abofeteándose el rostro, ¿y tú aguantas quedarte quieto?
¡Cómo! ¿Acaso es un oso el que pelea? ¿Una fiera? ¿Una serpiente? Es un hombre, uno que en todo tiene comunión contigo: un hermano, un miembro. [] No mires, sino sepáralos. No te complazcas, sino enmienda el mal. No incites a otros al espectáculo vergonzoso, sino más bien aparta y separa a los que se han juntado. Propio es de desvergonzados y de esclavos de nacimiento el complacerse en tales calamidades; de aquellos que son pura escoria, de asnos sin razón.
Ves a un hombre comportándose indecorosamente, ¿y no consideras propia tuya esa indecencia? ¿No intervienes, y dispersas la tropa del diablo, y pones fin a las miserias de los hombres?
«¿Que reciba yo mismo los golpes?» dice alguno; «¿es eso también lo que mandas?» No tendrás que padecer ni siquiera esto; pero si lo padecieres, la cosa sería para ti una especie de martirio; porque habrías sufrido por causa de Dios. Y si eres tardo en recibir golpes, considera que tu Señor no fue tardo en soportar la cruz por ti.
Porque ellos, por su parte, están ebrios en tinieblas; siendo la ira su tirano y su jefe; y necesitan a alguno que esté sano para ayudarlos, tanto al que hace el mal como al que es injuriado; aquél para que sea librado de padecer mal, éste para que cese de hacerlo. Acércate, pues, y extiende la mano, tú que estás sobrio, al que está ebrio. Porque hay también una embriaguez de ira, y ésa más grave que la embriaguez del vino.
¿No ves a los marineros, cómo, cuando ven a alguno que naufraga, despliegan las velas y se hacen a la mar con toda prisa, para rescatar de las olas a los de su mismo oficio? Pues si los partícipes de un arte muestran tanto cuidado unos por otros, ¿cuánto más deben hacer todas estas cosas los que participan de la misma naturaleza? Porque en verdad también aquí hay un naufragio, más grave que aquél; pues o bien un hombre, bajo provocación, blasfema, y así lo echa todo a perder; o perjura bajo el dominio de su ira, y por ese camino cae en el infierno; o da un golpe y comete homicidio, y así padece de nuevo el mismo naufragio. Ve, pues, y pon fin al mal; saca a los que se ahogan, aunque desciendas a lo más hondo del oleaje; y habiendo deshecho el teatro del diablo, toma aparte a cada uno, y exhórtale a apagar la llama y a sosegar las olas.
Pero si la pira ardiente crece, y el horno se hace más terrible, no te aterrorices; porque tienes a muchos que te ayudan, y extiende la mano, con tal que tú des sólo un comienzo; y sobre todo tienes ciertamente contigo al Dios de la paz. Y si tú apartas primero las llamas, muchos otros también seguirán, y de lo que ellos hagan bien, tú mismo recibirás la recompensa.
Oye qué precepto dio Cristo a los judíos, que andaban arrastrándose por la tierra: «Si ves», dice Él, «la bestia de carga de tu enemigo caída, no pases de largo, sino levántala.» Y has de ver que separar y reconciliar a hombres que pelean es cosa mucho más ligera que levantar la bestia caída. Y si debemos ayudar a levantar el asno de nuestros enemigos, mucho más las almas de nuestros amigos: y sobre todo cuando la caída es más grave; pues no caen éstos en el lodo, sino en el fuego del infierno, por no soportar la carga de su ira. Y tú, cuando ves a tu hermano tendido bajo la carga, y al diablo de pie junto a él, y atizando la pira, pasas corriendo, cruel y despiadadamente; cosa que ni siquiera tratándose de brutos es seguro hacer.
Pues mientras el samaritano, viendo a un herido, desconocido y en nada perteneciente a él, se detuvo, lo puso sobre una bestia, lo llevó a la posada, contrató a un médico, dio dinero y prometió más: tú, viendo a uno caído no entre ladrones, sino entre una turba de demonios, y acosado por la ira; y esto no en un desierto, sino en medio del foro; no teniendo que gastar dinero, ni alquilar una bestia, ni llevarlo a gran distancia, sino sólo decir algunas palabras: ¿eres tardo en hacerlo? ¿Y te retraes, y pasas de largo cruel y despiadadamente? ¿Y cómo piensas, invocando a Dios, hallarlo jamás propicio?
Homilía 15, § 15
15. Pero déjame hablar también a vosotros, que públicamente os deshonráis: a aquel que obra con ultraje y hace mal. ¿Estás dando golpes? Dime; ¿y dando coces, y mordiendo? ¿Te has vuelto jabalí, y asno montés? ¿Y no te avergüenzas? ¿No te ruborizas de haberte convertido así en fiera, y de traicionar tu propia nobleza? Pues aunque seas pobre, eres libre; aunque seas trabajador, eres cristiano.
Antes bien, por esto mismo, porque eres pobre, deberías estar quieto. Porque las contiendas pertenecen a los ricos, no a los pobres; a los ricos, que tienen muchas causas que los fuerzan a la guerra. Pero tú, no teniendo el placer de la riqueza, andas recogiendo para ti los males de la riqueza: enemistades, riñas y contiendas; y agarras a tu hermano por la garganta, y andas por estrangularlo, y lo derribas públicamente a la vista de todos: ¿y no piensas que tú mismo eres más bien el deshonrado, imitando las pasiones violentas de los brutos; antes bien, haciéndote peor que ellos? Porque ellos tienen todas las cosas en común; se juntan unos con otros, y andan en manada: pero nosotros no tenemos nada en común, sino todo en confusión: contiendas, riñas, ultrajes, enemistades e insultos. Y ni reverenciamos el cielo, al que todos somos llamados en común; ni la tierra, que Él ha dejado libre a todos en común; ni nuestra misma naturaleza; sino que la ira y el amor al dinero lo arrasan todo.
¿No has visto al que debía los diez mil talentos, y después, cuando le fue perdonada aquella deuda, agarró por la garganta a su consiervo por cien denarios, qué grandes males sufrió, y cómo fue entregado a un castigo sin fin? ¿No has temblado ante el ejemplo? ¿No tienes miedo, no sea que tú incurras en lo mismo? Porque también nosotros debemos a nuestro Señor muchas y grandes deudas; sin embargo, Él tiene paciencia, y sufre largo tiempo, y ni nos apremia, como hacemos nosotros con nuestros consiervos, ni nos ahoga y agarra por la garganta; aunque ciertamente, si hubiera querido exigirnos siquiera la menor parte de ellas, hace tiempo que habríamos perecido.
Homilía 15, § 16
16. Pues bien, amados, teniendo presentes estas cosas, seamos humildes, y démonos por agradecidos a los que nos deben. Porque se nos convierten, si nos dominamos, en ocasión de alcanzar abundantísimo perdón; y dando poco, recibiremos mucho. ¿Por qué, pues, exigir con violencia, siendo lo justo, aunque el otro estuviera dispuesto a pagar, que tú de buen grado lo excusaras, para recibir de Dios el todo? Pero ahora haces todas las cosas, y eres violento, y contencioso, para que no se te perdone ninguna de tus deudas; y mientras piensas en ultrajar a tu prójimo, estás clavando la espada en ti mismo, aumentando así tu castigo en el infierno: mientras que si muestras aquí un poco de dominio de ti, haces fáciles tus propias cuentas. Porque en verdad Dios por esto quiere que tomemos la delantera en ese género de largueza, para tener ocasión de pagarnos con creces.
Por tanto, cuantos os son deudores, sea por dinero, sea por ofensas, queden todos libres, y pedid a Dios la recompensa de vuestra magnanimidad. Porque mientras ellos sigan siendo deudores vuestros, no podéis tener a Dios por deudor vuestro. Pero si los dejáis libres, podréis retener a vuestro Dios, y pedirle la recompensa de tan gran dominio de sí en medida generosa. Pues supongamos que un hombre se hubiera acercado y, viéndoos arrestar a vuestro deudor, os hubiera pedido que lo dejarais libre, y que traspasarais a él mismo vuestra cuenta con el otro: no querría ser injusto después de tal remisión, viendo que había hecho pasar a sí mismo toda la demanda: ¿cómo, pues, dejará Dios de pagarnos con multiplicación, sí, diez mil veces más, cuando por amor de su mandamiento, si alguien es deudor nuestro, no presentamos queja alguna contra él, ni grande ni pequeña, sino que lo dejamos exento de toda obligación? No pensemos, pues, en el placer pasajero que brota en nosotros al exigir a nuestros deudores, sino más bien en la pérdida, ¡cuán grande!, que con ello sufriremos después, perjudicándonos gravemente en las cosas eternas. Elevándonos, pues, por encima de todo, perdonemos a los que han de darnos cuenta, tanto sus deudas como sus ofensas; para que nuestras propias cuentas resulten indulgentes, y lo que no podríamos alcanzar con toda otra virtud, esto lo obtengamos no guardando rencor a nuestros prójimos; y así gocemos de los bienes eternos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.