Homilía 4, § 1
Mateo I. 17.
«De modo que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce generaciones; y desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce generaciones; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.»
Ha dividido todas las generaciones en tres porciones, para indicar que ni siquiera cuando cambió su forma de gobierno se hicieron mejores, sino que tanto bajo una aristocracia, como bajo un rey, y bajo una oligarquía, anduvieron en los mismos malos caminos; y ya los gobernaran líderes populares, o sacerdotes, o reyes, de nada les aprovechó para el camino de la virtud.
Mas ¿por qué ha omitido en la parte media a tres reyes, y en la última, habiendo puesto doce generaciones, afirma que son catorce? La primera cuestión os la dejo para que la examinéis; porque tampoco es necesario que yo os lo explique todo, no sea que os volváis indolentes; pero la segunda la explicaremos. A mí, pues, me parece que en este lugar pone en lugar de una generación tanto el tiempo de la cautividad como a Cristo mismo, conectándolo con nosotros por todos los medios. Y muy bien nos recuerda aquella cautividad, dando a entender que ni siquiera cuando bajaron allí se hicieron más sobrios; para que de todo se muestre que su venida era necesaria.
«¿Por qué, pues,» dirá alguno, «Marcos no hace esto, ni traza la genealogía de Cristo, sino que lo dice todo brevemente?» Me parece que Mateo fue el primero de todos en entrar en el asunto (por lo cual pone la genealogía con exactitud y se detiene en lo que lo requiere); mientras que Marcos vino después de él, y por eso tomó un camino breve, como quien pone la mano en lo que ya había sido dicho y manifestado.
¿Cómo, pues, Lucas no sólo traza la genealogía, sino que lo hace a través de un número mayor? Como era natural, habiendo Mateo abierto el camino, procura enseñarnos algo en añadidura a lo dicho antes. Y cada uno, de igual modo, imitó a su maestro: el uno a Pablo, que fluye más copioso que cualquier río; el otro a Pedro, que cultiva la brevedad.
Homilía 4, § 2
2. ¿Y cuál puede ser la razón de que Mateo no dijera al comienzo, del mismo modo que el profeta, «la visión que vi,» y «la palabra que me vino»? Porque escribía a hombres bien dispuestos y sumamente atentos a él. Pues tanto los milagros que se hacían clamaban en alta voz, como eran sumamente fieles los que recibían la palabra. Pero en el caso de los profetas, ni había tantos milagros que los proclamaran; y además la tribu de los falsos profetas, no pequeña, irrumpía con estrépito contra ellos: a la cual el pueblo de los judíos prestaba aún más atención. Por eso era necesario este tipo de comienzo en su caso.
Y si alguna vez se hicieron milagros, se hicieron por causa de los extranjeros, para aumentar el número de los prosélitos; y para manifestación del poder de Dios, por si acaso sus enemigos, habiéndolos llevado cautivos, pensaban que prevalecían porque sus dioses eran poderosos: como en Egipto, de donde subió una no pequeña «multitud mixta»; y, después de eso, en Babilonia, lo que sucedió tocante al horno y a los sueños. Y también se obraron milagros cuando estuvieron solos en el desierto; como también en nuestro caso: pues entre nosotros también, cuando acabábamos de salir del error, se manifestaron muchas obras maravillosas; pero después cesaron, cuando la verdadera religión había echado raíces en todos los países.
Y lo que tuvo lugar más tarde fue poco y a intervalos; por ejemplo, cuando el sol se detuvo en su curso y retrocedió en dirección contraria. Y esto puede verse que ocurrió también en nuestro caso. Pues así, incluso en nuestra generación, en la persona de aquel que superó a todos en impiedad, me refiero a Juliano, sucedieron muchas cosas extrañas. Así, cuando los judíos intentaban levantar de nuevo el templo de Jerusalén, estalló fuego desde los cimientos, y los impidió por completo a todos; y cuando tanto su tesorero como su tío y homónimo hicieron de los vasos sagrados objeto de su abierta insolencia, el uno fue «comido de gusanos, y entregó el espíritu,» el otro «reventó por la mitad.» Además, el fallo de las fuentes, cuando se ofrecían sacrificios allí, y la entrada del hambre en las ciudades juntamente con el propio emperador, fue una señal muy grande. Porque Dios suele hacer tales cosas; cuando los males se multiplican, y Él ve a su propio pueblo afligido, y a sus adversarios grandemente ebrios de su dominio sobre ellos, entonces muestra su propio poder; lo cual hizo también en Persia con respecto a los judíos.
Homilía 4, § 3
3. Por lo cual, que no obraba sin objeto ni por casualidad al distribuir en tres porciones a los antepasados de Cristo, es evidente por lo dicho. Y observa también de dónde comienza y dónde termina. De Abraham a David; de David a la cautividad de Babilonia; de esta a Cristo mismo. Pues tanto al comienzo puso a los dos en sucesión inmediata, a David y a Abraham, como también al sumar los menciona a ambos del mismo modo. Y esto, porque, como ya he dicho, a ellos fue a quienes se hicieron las promesas.
Mas ¿cómo puede ser que, habiendo mencionado la cautividad de Babilonia, no mencionara también la bajada a Egipto? Porque habían dejado ya de temer a los egipcios, mientras que a los babilonios todavía los temían. Y lo uno era antiguo, pero lo otro era reciente y había tenido lugar hacía poco. Y a la una fueron llevados sin pecados, pero a la otra, las transgresiones fueron la causa de su traslado.
Y también con respecto a los nombres mismos, si alguien intentara traducir sus etimologías, aun de ahí sacaría gran materia de especulación divina, y de gran importancia con respecto al Nuevo Testamento: como, por ejemplo, del nombre de Abraham, del de Jacob, del de Salomón, del de Zorobabel. Porque no fue sin propósito que se les dieron estos nombres. Pero para que no parezcamos tediosos alargándonos mucho, pasemos por alto estas cosas y vayamos a lo que urge.
Homilía 4, § 4
4. Habiendo, pues, mencionado a todos sus antepasados, y terminando con José, no se detuvo ahí, sino que añadió: «José, esposo de María;» dando a entender que por causa de ella trazó también su genealogía. Luego, para que, al oír «esposo de María,» no supongas que Cristo nació según la ley común de la naturaleza, observa cómo lo corrige con lo que sigue. «Has oído,» dice, «hablar de un esposo, has oído hablar de una madre, has oído que se le puso un nombre al niño; oye, pues, también el modo del nacimiento.» «El nacimiento de Jesucristo fue así.» [] «¿De qué clase de nacimiento me hablas, te ruego, si ya has mencionado a sus antepasados?» «Quiero contarte también el modo de su nacimiento.» ¿Ves cómo despierta al oyente? Pues como si fuera a hablar de algo insólito, promete contar también el modo de ello.
Y observa un orden admirable en las cosas que ha mencionado. Porque no pasó directamente al nacimiento, sino que primero nos recuerda cuántas generaciones distaba de Abraham, cuántas de David y de la cautividad de Babilonia; y así pone al oyente atento a considerar los tiempos, para mostrar que este es el Cristo anunciado por los profetas. Pues cuando hayas contado las generaciones y sepas por el tiempo que este es Él, recibirás prontamente también el milagro que tuvo lugar en su nacimiento. Así, estando a punto de contar algo grande, su nacimiento de una virgen, primero va velando la afirmación, hasta que ha contado las generaciones, hablando de «un esposo de María;» o más bien incluso pone en breve espacio la narración del nacimiento mismo, y luego procede a contar también los años, recordando al oyente que este es Aquel de quien el patriarca Jacob había dicho que vendría al fin, cuando los gobernantes judíos hubieran llegado a su fin; de quien el profeta Daniel proclamó de antemano que vendría después de aquellas muchas semanas. Y si alguien, contando los años dichos a Daniel por el ángel en un número de semanas, quisiera descender por el tiempo desde la edificación de la ciudad hasta su nacimiento, al hacer el cálculo percibirá que lo uno concuerda con lo otro.
Homilía 4, § 5
5. ¿Cómo nació, pues, te pregunto? «Estando desposada su madre María:» [] No dice «virgen,» sino simplemente «madre;» para que su relato sea fácil de recibir. Y habiendo preparado de antemano al oyente para esperar una información corriente, y asiéndolo con esto, por fin lo asombra añadiendo el hecho maravilloso, diciendo: «Antes de que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.» No dice: «antes de ser llevada a casa del esposo;» porque en efecto ella estaba dentro. Siendo costumbre de los antiguos, en su mayor parte, guardar a sus esposas desposadas en su casa: [] en aquellas regiones, al menos, donde puede verse la misma práctica aún ahora. Así también los yernos de Lot estaban en su casa con él. María entonces, igualmente, estaba ella misma en la casa con José.
¿Y por qué no concibió antes de su desposorio? Fue, como dije al principio, para que lo sucedido pudiera estar oculto por un tiempo, y para que la Virgen escapara de toda mala sospecha. Pues cuando aquel que tenía más derecho que todos a sentir celos, lejos de exhibirla o degradarla, se ve que incluso la recibe y la cuida después de su concepción; queda bien claro que, a menos que se hubiera persuadido plenamente de que lo sucedido era obra del Espíritu Santo, no la habría conservado consigo ni la habría asistido en todo lo demás. Y con toda propiedad ha dicho que «ella fue 'hallada' encinta,» el tipo de expresión que suele emplearse con respecto a cosas extrañas, y tales que suceden contra toda expectativa y sin ser esperadas.
No pases, pues, más adelante, ni exijas nada más que lo dicho; ni digas: «Pero ¿cómo fue que el Espíritu obró esto de una virgen?» Porque si, cuando actúa la naturaleza, es imposible explicar el modo de la formación, ¿cómo, cuando el Espíritu obra milagros, podremos expresar estos? Y para que no canses al evangelista ni lo turbes preguntándole continuamente estas cosas, ha dicho quién fue el que obró el milagro, y así se ha retirado. «Porque yo nada sé,» dice, «sino que lo sucedido fue obra del Espíritu Santo.»
Homilía 4, § 6
6. Vergüenza para los que se ocupan de la generación de lo alto. Porque si este nacimiento, que tiene testigos sin número, y que había sido proclamado tanto tiempo antes, y fue manifestado y palpado con manos, no puede ser explicado por ningún hombre; ¿de qué exceso de locura no están lejos los que se ocupan y se vuelven curiosos tocante a aquella generación inefable? Pues ni Gabriel ni Mateo pudieron decir nada más, sino sólo que fue del Espíritu; pero cómo, del Espíritu, o de qué manera, ninguno de los dos lo ha explicado; porque tampoco era posible.
Ni pienses que lo has aprendido todo por oír «del Espíritu;» no, pues ignoramos muchas cosas aun cuando hemos aprendido esto; como, por ejemplo, cómo el Infinito está en un seno, cómo Aquel que todo lo contiene es llevado, aún no nacido, por una mujer; cómo la Virgen da a luz y continúa virgen. ¿Cómo, te pregunto, formó el Espíritu aquel Templo? ¿Cómo no tomó toda la carne del seno, sino una parte de ella, y la acrecentó y la formó? Pues que Él salió de la carne de la Virgen, lo ha declarado al hablar de «lo que fue concebido en ella;» [] y Pablo, al decir: «nacido de mujer;» con lo cual tapa la boca de los que dicen que Cristo vino a nosotros como por un conducto. Porque, si así fuera, ¿qué necesidad habría del seno? Si así fuera, nada tiene Él en común con nosotros, sino que aquella carne es de otra clase, y no de la masa que nos pertenece. ¿Cómo, pues, era de la raíz de Jesé? ¿Cómo era una vara? ¿Cómo Hijo del hombre? ¿Cómo era María su madre? ¿Cómo era de la simiente de David? ¿Cómo «tomó forma de siervo?» [] ¿cómo «se hizo carne el Verbo?» [] y cómo dice Pablo a los Romanos: «De los cuales, en cuanto a la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas?» [] Por tanto, que Él era de nosotros, y de nuestra sustancia, y del seno de la Virgen, es manifiesto por estas cosas y por otras además; pero el cómo no es manifiesto. No indagues, pues, tú tampoco; sino recibe lo que está revelado, y no seas curioso de lo que se mantiene en secreto.
Homilía 4, § 7
7. «Y José, su esposo, siendo,» dice, «justo, y no queriendo exponerla a pública infamia, determinó repudiarla secretamente.» []
Habiendo dicho que fue del Espíritu Santo, y sin cohabitación, establece de nuevo su afirmación de otra manera. No sea que alguno diga: «¿De dónde aparece esto? ¿Quién ha oído, quién ha visto que tal cosa haya sucedido jamás?» — o no sea que sospeches que el discípulo inventa estas cosas para favorecer a su Maestro;— introduce a José contribuyendo, por lo que él mismo pasó, a la prueba de las cosas mencionadas; y con su narración casi dice: «Si dudas de mí, y si sospechas de mi testimonio, cree a su esposo.» Porque «José,» dice, «su esposo, siendo un hombre justo.» Por «un hombre justo» en este lugar entiende al que es virtuoso en todas las cosas. Pues tanto la exención de avaricia es justicia, como la virtud universal es también justicia; y principalmente en este último sentido usa la Escritura el nombre de justicia; como cuando dice: «un varón justo y veraz;» [] y de nuevo, «ambos eran justos.» [] Siendo, pues, «justo,» es decir, bueno y considerado, «determinó repudiarla secretamente.» Con esta intención cuenta lo que sucedió antes de que José estuviera plenamente informado, para que no desconfíes de lo que se hizo después de que él supo. Sin embargo, tal hombre no sólo estaba expuesto a ser objeto de pública infamia, sino que además el mandato de la ley exigía que ella fuera castigada. Mas José remitió no sólo aquel castigo mayor, sino también el menor, a saber, la deshonra. Pues lejos de castigar, ni siquiera estaba dispuesto a hacer de ella un escarmiento. ¿Ves a un hombre dueño de sí y libre de la más tiránica de las pasiones? Porque sabes cuán grande cosa es el celo: y por eso dijo Aquel a quien estas cosas son claramente conocidas, «Porque lleno de celo está el furor del esposo;» [] «no perdonará en el día de la venganza:» y «los celos son crueles como el sepulcro.» [] Y nosotros también sabemos de muchos que han preferido entregar sus vidas antes que caer bajo la sospecha de celos. Pero en este caso no era tan poca cosa como una sospecha, pues el peso del vientre la convencía por completo. Mas con todo, él estaba tan libre de pasión que no quiso afligir a la Virgen ni aun en las cosas más pequeñas. Así, mientras que tenerla en su casa parecía una transgresión de la ley, pero exponerla y llevarla a juicio lo obligaría a entregarla a la muerte; no hace ninguna de estas cosas, sino que se conduce ahora por una regla más alta que la ley. Pues habiendo venido la gracia, era necesario en adelante que hubiera muchas muestras de aquella ciudadanía excelsa. Porque así como el sol, aunque aún no muestre sus rayos, ilumina desde lejos con su luz más de la mitad del mundo; así también Cristo, estando a punto de salir de aquel seno, antes de salir ya resplandecía sobre todo el mundo. Por lo cual, aun antes de su parto, los profetas danzaban de gozo, y las mujeres predecían lo que había de venir, y Juan, cuando aún no había salido del vientre, saltó desde el seno mismo. De aquí que también este hombre mostrara gran templanza, en que ni acusó ni reconvino, sino que sólo se dispuso a repudiarla.
Homilía 4, § 8
8. Estando, pues, las cosas en este estado, y todos en extremo perplejos, viene el ángel a resolver todas sus dificultades. Pero vale la pena preguntar por qué el ángel no habló antes, antes de que el esposo tuviera tales pensamientos; sino que, «cuando él pensaba en ello», no hasta entonces vino; pues está dicho: «Mientras él pensaba en estas cosas, el ángel» viene. Y sin embargo, a ella le anuncia la buena nueva aun antes de concebir. Y esto a su vez encierra otra dificultad; pues aunque el ángel no hubiera hablado, ¿por qué callaba la Virgen, que había sido informada por el ángel; y por qué, viendo turbado a su desposado, no puso fin a su perplejidad?
¿Por qué, pues, no habló el ángel antes de que José se turbara? Porque es menester explicar primero la dificultad anterior. ¿Por qué razón no habló? Para que José no fuera incrédulo y le sucediera lo mismo que a Zacarías. Porque cuando la cosa era visible, la fe era desde entonces fácil; pero cuando aún no tenía principio, no era igualmente fácil recibir su palabra. Por esta razón el ángel no habló de primera, y por la misma causa la Virgen también guardó silencio. Porque no pensaba ganar crédito ante su desposado declarándole una cosa inaudita, sino más bien provocarlo más, como si encubriera un pecado que se había cometido. Pues si ella misma, que había de recibir tan gran favor, está afectada en cierto modo a la manera del hombre, y dice: «¿Cómo será esto, pues no conozco varón?» [], mucho más habría dudado él; y especialmente oyéndolo de la mujer que estaba bajo sospecha. Por lo cual la Virgen nada le dice, sino que el ángel, pidiéndolo el tiempo, se presenta a él.
Homilía 4, § 9
9. ¿Por qué, pues, se preguntará, no hizo lo mismo también en el caso de la Virgen, y le anunció la buena nueva después de la concepción? Para que ella no estuviera en agitación y grande angustia. Porque era probable que ella, no conociendo la certeza, hubiera podido incluso tramar algo malo contra sí misma, y llegado a estrangularse o a apuñalarse, no soportando la deshonra. Pues admirable era en verdad aquella Virgen, y Lucas señala su excelencia, diciendo que cuando oyó la salutación, no se derramó de inmediato, ni aceptó la palabra, sino que «se turbó», buscando «qué salutación fuese esta» []. Ahora bien, ella, que era de tan perfecta delicadeza, se habría incluso distraído con espanto ante el pensamiento de su vergüenza, no esperando, por lo que pudiera decir, convencer a nadie que lo oyera, sino que lo sucedido era adulterio. Por tanto, para prevenir estas cosas, el ángel vino antes de la concepción. Además de que convenía que estuviera libre de turbación aquel seno en el que entraba el Hacedor de todas las cosas; y libre de toda perturbación el alma que fue tenida por digna de ser ministra de tales misterios. Por estas razones habla a la Virgen antes de la concepción, pero a José al tiempo del parto.
Y esto, muchos de los más simples, no entendiéndolo, han dicho que hay discordancia; porque Lucas dice que fue a María a quien él anunció la buena nueva, pero Mateo, que fue a José; no sabiendo que ambas cosas tuvieron lugar. Y esta clase de cosa es necesario tenerla presente en toda la historia; pues de este modo resolveremos muchas aparentes discordancias.
Homilía 4, § 10
10. Viene, pues, el ángel cuando José está turbado. Porque además de las causas mencionadas, también con miras a la manifestación de su dominio de sí, difiere su venida. Pero cuando la cosa estaba a punto de acontecer, entonces al fin se presenta. «Mientras él pensaba en estas cosas, un ángel se aparece a José en sueños.» []
¿Ves la mansedumbre del esposo? Lejos de castigar, ni siquiera lo declaró a nadie, no, ni aun a aquella de quien sospechaba, sino que lo meditaba para sí, como buscando ocultar la causa aun a la Virgen misma. Pues ni se dice que tuviera intención de «expulsarla», sino de «despedirla»: tan manso y apacible era el hombre. «Pero mientras él piensa en estas cosas, el ángel se aparece en sueños.»
¿Y por qué no abiertamente, como a los pastores, y a Zacarías, y a la Virgen? El hombre estaba sumamente lleno de fe, y no necesitaba esta visión. Mientras que la Virgen, como se le había declarado una buena nueva sobremanera grande, mayor que a Zacarías, y esto antes del acontecimiento, necesitaba también una visión maravillosa; y los pastores, como de índole más bien torpe y rústica. Pero este hombre, después de la concepción, y grande el intervalo entre los dos hombres; por lo cual tampoco hubo necesidad de reprensión.
Pero al decir «no temas», da a entender que él había tenido miedo, no fuera a ofender a Dios reteniendo a una adúltera; pues, de no ser por esto, ni siquiera habría pensado en expulsarla. De todos modos, señala que el ángel venía de Dios, trayendo a colación y poniendo ante él todo, tanto lo que pensaba hacer como lo que sentía en su mente.
Ahora bien, habiendo mencionado su nombre, no se detuvo en esto, sino que añadió también: «tu mujer»; y no la habría llamado así si ella hubiera sido corrompida. Y aquí llama «mujer» a la desposada; como en efecto la Escritura suele llamar yernos a los esposos prometidos aun antes del matrimonio.
Pero ¿qué significa «tomarla contigo»? Retenerla en su casa, pues en intención ya había sido despedida por él. «A ella, despedida, retenla tú», dice, «como encomendada a ti por Dios, no por sus padres. Y Él no la encomienda para el matrimonio, sino para morar contigo; y por mi voz la encomienda.» Como luego Cristo mismo la encomendó a su discípulo, así ahora a José.
Homilía 4, § 12
12. Luego, habiendo indicado oscuramente el asunto entre manos, no mencionó la mala sospecha; sino que, de manera más reverente y decorosa, al decir la causa del parto la quitó también; dando a entender que aquello mismo que lo había hecho temer, y por lo cual la habría expulsado—eso mismo, digo, era justa causa para que la tomara y la retuviera en su casa. Así, más que enteramente disipando su angustia. «Pues ella no sólo está libre», dice, «de comercio ilícito, sino que su concepción está aun por encima de toda naturaleza. No sólo aparta, pues, tu temor, sino aun regocíjate mucho más, porque lo que en ella es concebido es del Espíritu Santo.»
Cosa extraña era esta de la que hablaba, que sobrepasa la razón del hombre, y está por encima de todas las leyes de la naturaleza. ¿Cómo ha de creer, entonces, aquel a quien tales nuevas son del todo nuevas? «Por las cosas pasadas», dice, «por las revelaciones». Pues con esta intención puso al descubierto todo lo que había en su mente, lo que sentía, lo que temía, lo que estaba resuelto a hacer—para que por ello se asegurara de este punto.
O más bien, no por las cosas pasadas solamente, sino asimismo por las venideras, lo gana. «Y dará a luz», dice, «un Hijo, y llamarás su nombre Jesús.» [] Porque no pienses tú, por ser Él del Espíritu Santo, que eres ajeno al ministerio de esta Dispensación. Pues aunque en el nacimiento no tienes parte, sino que la Virgen permaneció intacta, con todo, lo que corresponde a un padre, sin mengua del honor de la virginidad, eso te doy: poner Nombre a lo que ha nacido; porque «tú lo llamarás». Pues aunque la prole no sea tuya, mostrarás con todo cuidado de padre hacia Él. Por lo cual desde luego, aun desde la imposición del nombre, te uno con el que ha nacido.
Luego, para que por otra parte nadie sospechara de esto que él era el padre, oye lo que sigue, con cuánto cuidado exacto lo dice. «Dará a luz», dice, «un Hijo»; no dice: «te dará a luz a ti», sino simplemente «dará a luz», poniéndolo de modo indefinido: porque no lo dio a luz para él, sino para todo el mundo.
Homilía 4, § 13
13. Por esta causa también vino el ángel trayendo su Nombre desde el Cielo, dando a entender de nuevo con esto que es un nacimiento prodigioso: siendo Dios mismo quien envía el nombre desde arriba por medio del ángel a José. Pues tampoco esto carecía de objeto, sino que era tesoro de diez mil bendiciones. Por lo cual el ángel también lo interpreta, y sugiere buenas esperanzas, conduciéndolo de nuevo así a la fe. Porque a estas cosas solemos inclinarnos más, y por eso somos también más amigos de creerlas.
Así, pues, habiendo establecido su fe por todo, por las cosas pasadas, por las futuras, por las presentes, por el honor que se le daba a él mismo, introduce también al profeta a su debido tiempo, para que dé su voto en apoyo de todo esto. Pero antes de introducirlo, proclama de antemano los bienes que habían de sobrevenir al mundo por Él. ¿Y cuáles son estos? Los pecados removidos y abolidos. «Porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.»
Aquí de nuevo se significa que la cosa está más allá de toda expectativa. Pues no de guerras visibles, ni de bárbaros, sino de lo que era mucho mayor que estas cosas, de los pecados, declara él la buena nueva de la liberación; obra que nunca antes había sido posible a nadie.
Mas ¿por qué, se preguntará, dijo «su pueblo», y no añadió también a los gentiles? Para no sobresaltar todavía al oyente. Pues al que escucha con entendimiento le significó oscuramente también a los gentiles. Porque «su pueblo» no son sólo los judíos, sino también todos los que se acercan y reciben el conocimiento que viene de Él.
Y observa cómo de paso nos ha descubierto también su dignidad, al llamar a la nación judía «su pueblo». Porque esta es palabra de quien no quiere decir otra cosa sino que el que ha nacido es hijo de Dios, y que el Rey de los de arriba es el asunto de su discurso. Como que tampoco el perdonar pecados pertenece a ningún otro poder, sino sólo a aquella única esencia.
Homilía 4, § 14
14. Pues habiendo participado de tan grande don, hagamos todo para no deshonrar tal beneficio. Porque si aun antes de este honor, lo que se hacía era digno de castigo, mucho más ahora, después de este inefable beneficio. Y esto no lo digo ahora sin causa, sino porque veo a muchos, después de su bautismo, viviendo más descuidadamente que los no iniciados, y sin tener nada peculiar que los distinga en su manera de vivir. Es, ya ves, por esta causa, que ni en el mercado ni en la Iglesia es posible conocer pronto quién es creyente y quién incrédulo; a no ser que uno esté presente en el tiempo de los misterios, y vea a la una clase expulsada y a los otros permaneciendo dentro. Cuando deberían distinguirse no por el lugar, sino por su manera de vivir. Porque así como las dignidades exteriores de los hombres se descubren naturalmente por las señales exteriores con que están investidos, así las nuestras deberían discernirse por el alma. Es decir, el creyente debería ser manifiesto no sólo por el don, sino también por la vida nueva. El creyente debería ser la luz y la sal del mundo. Pero cuando tú no das luz ni aun a ti mismo, ni vendas tu propia gangrena, ¿qué queda, por lo que hayamos de conocerte? ¿Porque has entrado en las aguas santas? No, esto se te convierte en tesoro de castigo. Pues la grandeza del honor es, para quienes no eligen vivir dignamente del honor, aumento de la venganza. Sí, el creyente debería resplandecer no sólo por lo que ha recibido de Dios, sino también por lo que él mismo ha aportado; y debería ser discernible por todo: por su andar, por su mirada, por su vestido, por su voz. Y esto lo he dicho, no para que la ostentación, sino para que el provecho de los que miran, sea la regla con que nos formemos.
Homilía 4, § 15
15. Pero ahora, sean cuales fueren las cosas por las que intente reconocerte, te hallo en todos los puntos distinguido por los contrarios de las mismas. Pues ya sea por tu lugar que quiera discernirte, te veo pasar el día en carreras de caballos, y teatros, y escenas de iniquidad, en las malvadas asambleas de las plazas, y en compañías de hombres depravados; ya por el aspecto de tu semblante, te veo reír continuamente con exceso, y disoluto como una ramera que hace muecas y está abandonada; ya por tus vestidos, te veo no en mejor atavío que la gente del escenario; ya por tus acompañantes, andas arrastrando parásitos y aduladores; ya por tus palabras, oigo que no dices nada saludable, nada necesario, nada de momento para nuestra vida; ya por tu mesa, aún más pesada aparecerá desde entonces la acusación contra ti.
¿Por qué, entonces, dime, he de reconocer en ti al creyente, mientras todas las cosas que he mencionado dan la sentencia contraria? ¿Y por qué digo el creyente? Pues no puedo discernir claramente si eres hombre. Porque cuando eres como un asno, coceando, y como un toro, retozando, y como un caballo, relinchando tras las mujeres; cuando haces de glotón como el oso, y mimas tu carne como el mulo, y guardas rencor como el camello; ¿también?
Además, si te mandara hacer manso a otro hombre, ni siquiera así debería yo parecer como quien impone cosas imposibles; sin embargo, podrías objetar que no tienes el dominio de la disposición de otro, y que no depende del todo de ti. Pero ahora se trata de tu propia fiera, y de una cosa que depende absolutamente de ti. ¿Qué excusa tienes, pues? ¿O qué disculpa justa podrás presentar, convirtiendo tú un león en hombre, y sin importarte que tú mismo, de hombre, te estés volviendo león; otorgando a la bestia lo que está por encima de la naturaleza, mientras que para ti mismo ni siquiera conservas lo que es natural? Sí, mientras las fieras, por tus afanes diligentes, son elevadas a nuestra noble condición, tú eres por ti mismo arrojado del trono del reino, y lanzado a su locura. Así, imagina, si quieres, que tu ira es una especie de fiera, y cuanta diligencia han mostrado otros respecto de los leones, tanta muestra tú respecto de ti mismo, y haz que esa manera de tomar las cosas se vuelva mansa y suave. Porque ella también tiene dientes y garras terribles, y si no la amansas, asolará todas las cosas. Pues ni el león ni la serpiente tienen tanto poder para desgarrar las entrañas como la ira, que con sus garras de hierro continuamente lo hace. Puesto que daña, vemos, no sólo el cuerpo, sino que también la salud misma del alma es corrompida por ella, devorando, desgarrando, haciendo pedazos toda su fuerza, y haciéndola inútil para todo. Porque si un hombre que nutre gusanos en sus entrañas no podrá ni siquiera respirar, consumiéndose todas sus partes interiores; ¿cómo nosotros, teniendo tan grande serpiente comiéndose todo lo que hay dentro de nosotros (la ira quiero decir), cómo, digo, podremos producir algo noble?
Homilía 4, § 17
17. ¿Cómo, pues, seremos librados de esta peste? Si podemos beber una poción capaz de matar los gusanos que hay dentro de nosotros y las serpientes. «¿Y de qué naturaleza», se preguntará, «puede ser esta poción, que tiene tal poder?» La preciosa Sangre de Cristo, si se recibe con plena seguridad (porque esta tendrá poder para extinguir toda enfermedad); y juntamente con esto, las divinas Escrituras oídas con cuidado, y la limosna añadida a nuestra escucha; pues por medio de todas estas cosas podremos mortificar las pasiones que dañan nuestra alma. Y sólo entonces viviremos; porque ahora ciertamente no estamos en mejor estado que los muertos: puesto que no puede ser que, viviendo aquellas pasiones, vivamos también nosotros, sino que necesariamente hemos de perecer. Y si no las matamos primero aquí, ellas seguramente nos matarán en la otra vida; o mejor, antes de aquella muerte nos exigirán, aun aquí, la pena suma. Sí, porque cada pasión semejante es cruel y tiránica e insaciable, y no cesa de devorarnos cada día. Porque «sus dientes son dientes de león» [], o más bien aún mucho más feroces. Pues el león, en cuanto se sacia, suele dejar el cadáver que ha caído en su camino; pero estas pasiones ni se sacian, ni dejan al hombre a quien han apresado, hasta ponerlo junto al diablo. Pues tan grande es su poder, que aquel mismo servicio que Pablo mostró a Cristo [], despreciando el infierno y el reino por causa de Él, ese mismo exigen ellas de aquellos a quienes han apresado. Pues ya sea con el amor de las mujeres, o de las riquezas, o de la gloria, que alguno esté enredado, se ríe desde entonces del infierno, y desprecia el reino, por hacer la voluntad de estas. No dudemos, pues, de Pablo cuando dice que amó tanto a Cristo. Porque cuando se halla a algunos sirviendo así a sus pasiones, ¿cómo no ha de parecer luego increíble aquello otro? Sí, y esta es la razón por la cual nuestro anhelo de Cristo es más débil, porque toda nuestra fuerza se consume en este amor, y robamos, y defraudamos, y somos esclavos de la vanagloria; ¿qué cosa puede ser más vil que esta?
Porque aunque llegaras a hacerte sumamente ilustre, no serías nada mejor que los viles; antes bien, por esa misma causa serás aún más vil. Pues cuando los que están dispuestos a darte gloria y hacerte célebre, por eso mismo te ridiculizan, porque deseas la gloria que de ellos viene, ¿cómo no habrán de volverse contra ti tales cosas? Porque ciertamente esto es de lo que atrae censura. De modo que, así como en el caso de quien desea cometer adulterio o fornicación, si alguno lo alaba o lo adula, con ese mismo acto se vuelve acusador antes que encomiador de la persona entregada a tales deseos, así también respecto del que ansía gloria: cuando todos lo alabamos, acusación más bien que alabanza otorgamos a los que desean ser glorificados.
Homilía 4, § 18
18. ¿Por qué, pues, traerte aquello de lo que suele sobrevenirte lo contrario? Sí; si quieres ser glorificado, desprecia la gloria; así serás más ilustre que nadie. ¿Por qué sentir como sintió Nabucodonosor? Porque también él levantó una imagen, pensando procurarse de la madera y de una figura insensible un aumento de fama; y el ser vivo pretendía aparecer más glorioso con la ayuda de lo que no tiene vida. ¿Ves el exceso de su locura; cómo, pensando honrarse, más bien se insultó a sí mismo? Pues cuando se ve que confía en lo inanimado antes que en sí mismo y en el alma que vive en él, y cuando por esta causa exalta el tronco hasta tan alta preeminencia, ¿cómo no ha de ser ridículo, esforzándose como se esfuerza por adornarse, no con su manera de vivir, sino con tablas de madera? Como si un hombre tuviera por bueno darse humos por el pavimento de su casa y su hermosa escalera, más que por ser hombre. A éste imitan ahora también muchos entre nosotros. Porque como él por su imagen, así algunos pretenden ser admirados por sus vestidos, otros por su casa; o por sus mulas y carros, y por las columnas de su casa. Pues por cuanto han perdido su ser de hombres, andan recogiendo para sí de otras partes una gloria llena de excesivo ridículo.
Pero en cuanto a los nobles y grandes siervos de Dios, no por estos medios, sino por los que mejor les convenían, por ésos resplandecieron. Porque, cautivos como eran, y esclavos, y jóvenes, y extranjeros, y despojados de todos sus propios recursos, se mostraron entonces mucho más temibles que aquel que estaba investido de todas esas cosas. Y mientras Nabucodonosor no halló ni una imagen tan grande, ni sátrapas, ni capitanes del ejército, ni legiones sin fin, ni abundancia de oro, ni otra pompa, suficiente para satisfacer su deseo y mostrarlo grande; a éstos, por el contrario, despojados de todo esto, les bastó sólo su alto dominio de sí, y mostraron al que llevaba la diadema y la púrpura tan inferior en gloria a los que nada de eso tenían, como el sol es más glorioso que una perla. Porque fueron sacados en medio de todo el mundo, siendo a la vez jóvenes, y cautivos, y esclavos; y al punto, al aparecer, el rey lanzó fuego por sus ojos, y capitanes, y prefectos, y gobernadores, y todo el anfiteatro del diablo, estaban alrededor; y una voz de flautas por todas partes, y de trompetas, y de toda música, elevada hasta el Cielo, resonaba en sus oídos, y el horno ardía hasta una altura sin límites, y la llama llegaba a las mismas nubes, y todo estaba lleno de terror y espanto. Pero ninguna de estas cosas los amedrentó, sino que se rieron de todo ello, como de niños que se burlaran de ellos, y mostraron su valor y mansedumbre, y profiriendo una voz más clara que aquellas trompetas, dijeron: «Séate notorio, oh rey.» [] Porque no querían afrentar al rey, ni siquiera con una palabra, sino declarar solamente su religión. Por lo cual, tampoco extendieron su discurso a gran longitud, sino que expusieron todo brevemente: «Porque hay,» dicen, «un Dios en el Cielo, que puede librarnos,» [] «¿por qué me muestras la multitud? ¿Por qué el horno? ¿Por qué las espadas afiladas? ¿Por qué los terribles guardias? Nuestro Señor es más alto y más poderoso que todo esto.»
Entonces, considerando que era posible que Dios quisiera incluso permitir que fuesen quemados, para que, si esto llegara a suceder, no pareciera que decían falsedades, añaden también esto y dicen: «Y si esto no sucediere, séate notorio, oh rey, que no servimos a tus dioses.» [] Porque si hubieran dicho: «Los pecados son la causa de que Él no nos libre, si dejara de librarnos,» no les habrían creído. Por lo cual, en este lugar callan sobre ese asunto, aunque hablan de él en el horno, alegando una y otra vez sus pecados. Pero ante el rey no dicen nada semejante; sólo que, aunque hubieran de ser quemados, no renunciarían a su religión.
Porque no fue por premios ni por recompensas que hicieron lo que hicieron, sino por amor solamente; y eso que estaban en cautiverio, y en esclavitud, y no habían gozado de bien alguno. Sí, habían perdido su patria, su libertad y todas sus posesiones. No me hables, pues, de sus honores en la corte del rey; porque, santos y justos como eran, habrían elegido diez mil veces antes ser mendigos en su patria y participar de las bendiciones del templo. «Porque prefiero,» se dice, «ser desechado en la casa de mi Dios, que habitar en las tiendas de los pecadores.» Y «un día en tus atrios es mejor que millares.» Habrían elegido, pues, diez mil veces antes ser desechados en su patria, que reyes en Babilonia. Y esto es manifiesto por lo que declaran aun en el horno, afligiéndose por su permanencia en aquella tierra. Porque aunque ellos mismos gozaban de grandes honores, viendo las calamidades de los demás se angustiaban sobremanera; y esto es lo más propio de los santos: que ninguna gloria, ni honor, ni otra cosa les sea más preciosa que el bien del prójimo. Mira, por ejemplo, cómo aun estando en el horno, hacían súplica por todo el pueblo. Pero nosotros ni aun estando libres nos acordamos de nuestros hermanos. Y otra vez, cuando inquirían acerca de los sueños [], miraban «no a su propio bien, sino al bien común»; y que despreciaban la muerte lo mostraron después por muchas cosas. Pero en todas partes se presentan ellos mismos, como queriendo prevalecer ante Dios por su importunidad. Luego, como no considerándose tampoco suficientes, huyen a los Padres; pero de sí mismos dijeron que no ofrecen nada más que «un espíritu contrito.»
Homilía 4, § 19
19. Imitemos, pues, también nosotros a estos varones. Porque ahora también está erigida una imagen de oro, la tiranía de Mamón. Mas no atendamos a los tímpanos, ni a las flautas, ni a las cítaras, ni al resto de la pompa de las riquezas; sí, aunque hayamos de caer en un horno de pobreza, elijámoslo antes que adorar a aquel ídolo, y habrá «en medio un viento húmedo que silba.» No nos estremezcamos, pues, al oír «horno de pobreza». Porque así también entonces los que cayeron en el horno se mostraron más gloriosos, pero los que adoraron perecieron. Sólo que entonces todo sucedió a la vez, pero en este caso una parte se cumplirá aquí, otra allí, y otra aquí y en el día venidero. Porque los que eligieron la pobreza para no adorar a Mamón serán más gloriosos aquí y entonces, pero los que fueron ricos injustamente aquí, entonces pagarán la pena extrema.
De este horno salió también Lázaro, no menos glorioso que aquellos jóvenes; pero el rico, que estaba en el lugar de los que adoraban la imagen, fue condenado al infierno. Porque ciertamente lo que acabamos de mencionar era tipo de esto. Por lo cual, así como en este caso los que cayeron en el horno no padecieron daño, pero los que estaban sentados fuera fueron arrebatados con gran ferocidad, así también sucederá entonces. Los santos, caminando por el río de fuego, no sufrirán dolor; al contrario, aparecerán gozosos; pero los que adoraron la imagen verán el fuego posarse sobre ellos más fiero que cualquier fiera y arrastrarlos. De modo que si alguno no cree en el infierno, al ver este horno, crea por las cosas presentes las venideras, y no tema el horno de la pobreza, sino el horno del pecado. Porque éste es llama y tormento, pero aquél, rocío y refrigerio; y junto a éste está el diablo, junto a aquél, ángeles apartando la llama.
Homilía 4, § 20
20. Oigan estas cosas los ricos, que encienden el horno de la pobreza. Pues aunque no dañarán a los otros, acudiendo en su ayuda «el rocío», a sí mismos se harán presa fácil de la llama que encendieron con sus propias manos.
Entonces, un ángel bajó con aquellos jóvenes; ahora, bajemos nosotros con los que están en el horno de la pobreza, y con obras de limosna hagamos «un aire de rocío», y apartemos del todo la llama, para que seamos también partícipes de sus coronas; para que las llamas del infierno sean igualmente dispersadas por la voz de Cristo que dice: «Tuve hambre, y me disteis de comer.» [] Porque aquella voz estará entonces con nosotros en lugar de un «viento húmedo que silba» en medio de la llama. Bajemos, pues, con limosna, al horno de la pobreza; contemplemos a los que en el dominio de sí caminan por él y pisan las brasas; contemplemos el prodigio, extraño y sobre todo pensamiento: un hombre cantando alabanza en un horno, un hombre dando gracias en el fuego, encadenado a extrema pobreza y, sin embargo, ofreciendo mucha alabanza a Cristo. Porque los que sobrellevan la pobreza con agradecimiento, de verdad llegan a ser iguales a aquellos jóvenes. Pues ninguna llama es tan terrible como la pobreza, ni tan apta para encendernos. Pero aquellos jóvenes no se incendiaron; antes bien, al dar gracias al Señor, sus ataduras también se soltaron al instante. Así también ahora, si al caer en la pobreza eres agradecido, las ataduras se sueltan y la llama se apaga; o, aunque no se apague (lo que es mucho más maravilloso), se vuelve fuente en lugar de llama; como también entonces sucedió, y en medio del horno gozaron de un rocío puro. Pues el fuego ciertamente no lo apagó, pero impidió enteramente el ardor de los arrojados en él. Esto puede verse también en los que viven según las reglas de la sabiduría, pues aun en la pobreza se sienten más seguros que los ricos.
Por tanto, no nos sentemos fuera del horno, sin compadecernos de los pobres; no sea que nos suceda lo mismo que entonces sucedió a los verdugos. Porque si bajas hasta ellos y te pones en pie con los jóvenes, el fuego ya no te hará daño; pero si te sientas arriba y los descuidas en la llama de su pobreza, la llama te consumirá. Baja, pues, al fuego, para que no seas consumido por el fuego; no te sientes fuera del fuego, no sea que la llama te alcance. Porque si te halla entre los pobres, se apartará de ti; pero si estás apartado de ellos, correrá sobre ti de prisa y te atrapará. Así que no te mantengas lejos de los que son arrojados, sino que, cuando el diablo dé orden de echar a los que no han adorado el oro al horno de la pobreza, no seas tú de los que echan a otros, sino de los que son echados; para que seas del número de los salvados, y no de los quemados. Porque ciertamente es un rocío eficacísimo no estar sujeto al deseo de riquezas y ser compañero de los pobres. Son más ricos que todos los que han pisoteado el deseo de las riquezas. Por cuanto también aquellos jóvenes, por despreciar entonces al rey, se hicieron más gloriosos que el rey. Y tú, por tanto, si desprecias las cosas del mundo, serás más honorable que todo el mundo; como aquellos santos varones, «de los cuales el mundo no era digno.» []
Para hacerte, pues, digno de las cosas del Cielo, te exhorto a burlarte de las cosas presentes. Porque de esta manera serás más glorioso aquí y gozarás de los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo; a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.