Homilía 5, § 1
Mateo 1:22-23.
«Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor mediante el Profeta, que dice: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel.»
Oigo a muchos decir: «Mientras estamos aquí y gozamos del privilegio de oír, sentimos temor; pero cuando salimos, volvemos a ser otros hombres, y la llama del celo se apaga.» ¿Qué puede hacerse, pues, para que esto no suceda? Observemos de dónde nace. ¿De dónde, pues, nace un cambio tan grande en nosotros? Del empleo inconveniente de nuestro tiempo y de la compañía de hombres malos. Porque no debiéramos, apenas nos retiramos de la Comunión, precipitarnos en negocios impropios de la Comunión, sino, tan pronto como lleguemos a casa, tomar la Biblia en nuestras manos y llamar a la esposa y a los hijos a que se unan a nosotros para recoger lo que hemos oído, y después, no antes, ocuparnos en los negocios de la vida.
Porque si después del baño no elegirías apresurarte al mercado, no sea que con los negocios del mercado destruyas el refrigerio de allí recibido, mucho más debiéramos actuar según este principio después de la Comunión. Pero de hecho hacemos lo contrario, y de este mismo modo lo echamos todo a perder. Pues mientras el efecto provechoso de lo que se nos ha dicho no está aún bien fijado, la gran fuerza de las cosas que nos apremian desde fuera lo barre todo por completo.
Para que esto, pues, no suceda, al salir de la Comunión debes considerar que nada es más necesario que recoger lo que se te ha dicho. Sí, porque sería la mayor insensatez que nosotros, que entregamos cinco y hasta seis días a los negocios de esta vida, no dediquemos a las cosas espirituales siquiera un día, o más bien ni una pequeña parte de un día. ¿No veis a vuestros propios hijos, que cualesquiera lecciones se les dan, ésas estudian durante todo el día? Hagamos, pues, nosotros lo mismo; porque de otro modo ningún provecho sacaremos de venir aquí, sacando agua cada día en una vasija agujereada y no poniendo en retener lo oído ni siquiera el empeño que claramente mostramos con el oro y la plata. Pues quien ha recibido unas pocas monedas las mete en una bolsa y le pone sello; pero nosotros, habiéndosenos dado oráculos más preciosos que el oro y las piedras costosas, y recibiendo los tesoros del Espíritu, no los guardamos en los almacenes de nuestra alma, sino que aturdida y descuidadamente dejamos que escapen de nuestra mente. ¿Quién, pues, se compadecerá de nosotros después de todo esto, que maquinamos contra nuestro propio interés y nos arrojamos a tan profunda pobreza? Por tanto, para que esto no sea así, establezcamos como ley inalterable para nosotros, para nuestras esposas y para nuestros hijos, entregar este único día de la semana entero a la escucha y al recuerdo de lo oído. Porque así, con mayor disposición para aprender, nos acercaremos a lo que sigue; y para nosotros será menor el trabajo, y para vosotros mayor el provecho, cuando, teniendo en la memoria lo dicho hace poco, escuchéis conforme a lo que viene después. Pues no poco contribuye también esto a la comprensión de lo dicho, saber con exactitud la conexión de los pensamientos que nos afanamos por tejer para vosotros. Porque, como no es posible exponer todo en un día, debéis, con recuerdo continuo, hacer de las cosas propuestas en muchos días una especie de cadena y envolverla en vuestra alma, para que aparezca entero el cuerpo de las Escrituras.
Por tanto, tampoco hoy pasemos a los asuntos propuestos, sin traer antes a la memoria lo que se nos dijo últimamente.
Homilía 5, § 2
2. Mas ¿cuáles son las cosas que hoy se nos proponen? «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor mediante el profeta, que dice.» Con tono digno del prodigio, con toda su fuerza ha levantado la voz, diciendo: «Todo esto sucedió.» Porque al ver el mar y el abismo del amor de Dios al hombre, y cumplido de hecho lo que jamás se había esperado, y rotas las leyes de la naturaleza, y hechas las reconciliaciones, a Aquel que está sobre todas las cosas descendido hasta el que es inferior a todas, y «rota la pared intermedia de separación» [], y quitados los impedimentos, y hechas además muchas más cosas que éstas, en una palabra nos ha puesto delante el milagro, diciendo: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor.» Porque «no penséis», dice, «que estas cosas se determinan ahora; fueron prefiguradas desde antiguo.» Lo mismo que también Pablo se afana por probar en todas partes.
Y el ángel pasa a remitir a José a Isaías; para que, aun si al despertar olvidara sus propias palabras, como recién dichas, al serle recordadas las del profeta, con las que había sido alimentado continuamente, retuviera igualmente la sustancia de lo dicho. Y a la mujer no le mencionó nada de esto, por ser una doncella y poco instruida en ello; pero al marido, por ser varón justo y estudioso de los profetas, le razona a partir de ellos. Y antes dice: «María, tu esposa;» mas ahora, cuando ha presentado ante él al profeta, le confía entonces el nombre de la virginidad; porque José no habría permanecido tan inconmovible al oírle hablar de una virgen, si no lo hubiera oído antes también de Isaías. Pues ciertamente no era cosa nueva lo que había de oír de los profetas, sino lo que le era familiar y había sido por largo tiempo objeto de sus meditaciones. Por esta causa el ángel, para hacer fácil de recibir lo que decía, trae a Isaías. Y ni aquí se detiene, sino que enlaza el discurso con Dios. Pues no llama a la palabra de Isaías, sino del Dios de todas las cosas. Por esta causa no dijo: «para que se cumpliese lo dicho por Isaías», sino «lo dicho por el Señor». Porque la boca era ciertamente de Isaías, pero el oráculo era traído de lo alto.
Homilía 5, § 3
3. ¿Qué dice, pues, este oráculo? «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel.»
¿Cómo, pues, se dirá, no fue llamado su nombre Emmanuel, sino Jesucristo? Porque no dijo: «llamarás», sino «llamarán», es decir, la multitud y el curso de los acontecimientos. Porque aquí pone el acontecimiento como nombre; y esto es costumbre en la Escritura, sustituir los nombres por los sucesos que acontecen.
Por tanto, decir: «llamarán» su nombre «Emmanuel» no significa otra cosa sino que verán a Dios entre los hombres. Porque ciertamente Él ha estado siempre entre los hombres, mas nunca tan manifiestamente.
Pero si los judíos se obstinan, les preguntaremos cuándo fue llamado el niño: «Apresúrate al despojo, date prisa al botín.» No podrían decirlo. ¿Cómo es, pues, que el profeta dijo: «Ponle por nombre Maher-shalal-hash-baz?» Porque, cuando nació, hubo toma y reparto de despojos; por eso el suceso que tuvo lugar en su tiempo se pone como nombre. Y la ciudad también, se dice, será llamada «ciudad de justicia, ciudad fiel de Sión» []. Y, sin embargo, en ninguna parte hallamos que la ciudad fuera llamada «justicia», sino que continuó llamándose Jerusalén. Pero, por cuanto esto se cumplió de hecho, cuando la ciudad experimentó un cambio para mejor, por eso dice que se llama así. Porque cuando sucede algún acontecimiento que señala a quien lo lleva a cabo, o a quien es beneficiado por él, más claramente que su nombre, la Escritura habla de la verdad del suceso como siendo nombre para él.
Homilía 5, § 4
4. Pero si, tapadas sus bocas en este punto, buscaran otro, a saber, lo que se dice acerca de la virginidad de María, y nos objetaran otros traductores, diciendo que no usaron el término «virgen», sino «mujer joven», en primer lugar diremos esto: que los Setenta con toda justicia merecen confianza sobre todos los demás. Porque aquéllos hicieron su traducción después de la venida de Cristo, siendo aún judíos, y con razón pueden ser sospechados de haber hablado más bien por enemistad y de oscurecer a propósito las profecías; pero los Setenta, que emprendieron esta obra cien años o más antes de la venida de Cristo, quedan libres de toda sospecha semejante, y por la fecha, por su número y por su acuerdo, tendrían más derecho a ser creídos.
Mas aun si presentaran el testimonio de aquellos otros, aun así las señales de la victoria estarían con nosotros. Porque la Escritura suele usar la palabra «juventud» por «virginidad»; y esto no sólo respecto de las mujeres, sino también de los hombres. Pues está dicho: «jóvenes y doncellas, ancianos con los más jóvenes.» Y otra vez, hablando de la doncella atacada, dice: «si la joven clama», refiriéndose a la virgen.
Y lo que precede también confirma esta interpretación. Porque no dice meramente: «He aquí, la Virgen concebirá», sino que, habiendo dicho primero: «He aquí, el Señor mismo os dará una señal», entonces añade: «He aquí, la Virgen concebirá.» [] Porque si la que había de dar a luz no era virgen, sino que esto sucedía por vía de matrimonio, ¿qué clase de señal sería el suceso? Pues lo que es señal debe por fuerza estar fuera del curso de los sucesos comunes; debe ser extraño y extraordinario; de otro modo, ¿cómo podría ser señal?
Homilía 5, § 5
5. «Entonces José, despertado del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado.» ¿Ves la obediencia y el ánimo sumiso? ¿Ves un alma verdaderamente despierta y en todo incorruptible? Porque ni cuando sospechaba algo penoso o malo podía soportar tener consigo a la Virgen; ni tampoco, después de libre de esta sospecha, pudo soportar desecharla, sino que más bien la retiene consigo y sirve a toda la Dispensación.
«Y recibió a María, su esposa.» ¿Ves cuán continuamente usa el evangelista esta palabra, no queriendo que aquel misterio fuese revelado todavía, y aniquilando aquella mala sospecha?
Y cuando la hubo recibido, «no la conoció hasta que dio a luz a su Hijo primogénito.» Aquí ha usado la palabra «hasta», no para que sospeches que después la conoció, sino para informarte de que antes del parto la Virgen estaba enteramente intacta de varón. Mas ¿por qué entonces, se dirá, ha usado la palabra «hasta»? Porque es costumbre en la Escritura hacer esto a menudo, y usar esta expresión sin referencia a tiempos limitados. Pues así, respecto del arca también, se dice: «El cuervo no volvió hasta que la tierra se secó.» [] Y sin embargo, no volvió ni aun después de aquel tiempo. Y hablando también de Dios, la Escritura dice: «De siglo en siglo Tú eres», no fijando límites en este caso. Y otra vez, cuando predica de antemano el Evangelio y dice: «En sus días florecerá la justicia y abundancia de paz, hasta que la luna sea quitada», no pone límite a esta hermosa parte de la creación. Así también aquí usa la palabra «hasta», para asegurar lo que fue antes del parto; pero en cuanto a lo que sigue, te deja sacar la consecuencia. Así, lo que era necesario que aprendieras de Él, esto Él mismo lo ha dicho: que la Virgen estuvo intacta de varón hasta el parto; pero lo que a la vez se veía como consecuencia de la afirmación anterior y era reconocido, esto a su turno te lo deja percibir: a saber, que ni siquiera después de esto, habiendo ella llegado a ser madre y habiendo sido tenida por digna de una nueva clase de alumbramiento y de un parto tan extraño, aquel varón justo habría podido jamás soportar conocerla. Porque si la hubiera conocido y la hubiera mantenido en lugar de esposa, ¿cómo es que nuestro Señor [] la encomienda, como desamparada y sin tener a nadie, a su discípulo, y le manda que la reciba en su propia casa?
¿Cómo entonces, se dirá, Santiago y los demás son llamados hermanos suyos? Del mismo modo que el propio José era tenido por esposo de María. Porque muchos velos fueron dispuestos, para que el nacimiento, siendo tal como era, fuese por un tiempo encubierto. Por lo cual también Juan los llamó así, diciendo: «Porque ni aun sus hermanos creían en Él.»
Homilía 5, § 6
6. Sin embargo, aquellos que al principio no creyeron llegaron a ser después admirables e ilustres. Al menos, cuando Pablo y los de su compañía subieron a Jerusalén por causa de los decretos, entraron inmediatamente a Santiago. Pues era tan admirado que incluso fue el primero en ser confiado con el oficio de obispo. Y dicen que se entregó a tan gran austeridad, que aun sus miembros se le volvieron todos como muertos, y que de su continua oración y de su perpetuo contacto con el suelo, su frente se volvió tan callosa que no estaba en mejor estado que las rodillas de un camello, simplemente por golpearla así contra la tierra. Este varón da instrucciones al propio Pablo, cuando después de esto subió de nuevo a Jerusalén, diciéndole: «Ves, hermano, cuántos millares hay de los que han creído.» Tan grande era su entendimiento y su celo, o mejor dicho, tan grande el poder de Cristo. Porque los que se burlan de Él cuando vivía, después de su muerte están tan llenos de temor, que incluso mueren por Él con grandísima prontitud. Estas cosas muestran sobre todo el poder de su resurrección. Porque ésta, como ves, fue la razón de que las cosas más gloriosas fuesen reservadas para después, a saber, para que esta prueba llegara a ser indisputable. Pues viendo que aun los que son admirados entre nosotros en vida, cuando se van, suelen ser olvidados por nosotros, ¿cómo fue que los que hicieron poco caso de este Hombre vivo, después le tuvieron por Dios, si no era sino uno de tantos? ¿Cómo fue que consintieron incluso ser muertos por Él, si no recibieron su resurrección con prueba clara?
Homilía 5, § 7
7. Y estas cosas os las decimos, para que no sólo oigáis, sino que imitéis también su varonil severidad, su franqueza de palabra, su justicia en todas las cosas; para que nadie desespere de sí mismo, aunque hasta ahora haya sido negligente, y para que ponga sus esperanzas, después de la misericordia de Dios, no en otra cosa sino en su propia virtud. Porque si éstos no fueron en nada mejores por tal parentesco, aunque eran de la misma casa y linaje de Cristo, hasta que dieron prueba de virtud, ¿qué favor podemos recibir nosotros, cuando alegamos parientes y hermanos justos, a menos que seamos en extremo piadosos y hayamos vivido en virtud? Como también dijo el profeta, dando a entender lo mismo: «Un hermano no redime, ¿redimirá un hombre?» No, ni aunque fuera Moisés, Samuel, Jeremías. Oye, por ejemplo, lo que Dios dice a este último: «No ruegues por este pueblo, porque no te oiré.» [] ¿Y por qué te maravillas de que no te oiga? «Aunque Moisés mismo y Samuel se pusieran delante de mí» [], no recibiría su súplica por estos hombres. Sí, y si es Ezequiel quien ruega, se le dirá: «Aunque Noé se presentara, y Job y Daniel, no librarían ni hijos ni hijas.» Aunque el patriarca Abraham suplique por los que están incurablemente enfermos y no cambian, Dios lo dejará y seguirá su camino [], para no recibir su clamor por ellos. Aunque otra vez sea Samuel quien hace esto, Él le dice: «No hagas duelo por Saúl.» [] Aunque por su propia hermana ruegue uno, cuando no es conveniente, tendrá otra vez la misma suerte de respuesta que Moisés: «Si su padre tan sólo le hubiera escupido en el rostro.» []
No estemos, pues, mirando boquiabiertos hacia los demás. Porque es cierto que las oraciones de los santos tienen el máximo poder; pero con la condición de nuestro arrepentimiento y enmienda. Pues aun Moisés, que había rescatado a su propio hermano y a seiscientos mil hombres de la ira que entonces venía sobre ellos de parte de Dios, no tuvo poder para librar a su hermana; y sin embargo el pecado no era igual; porque mientras ella había hecho ultraje sólo a Moisés, en el otro caso era manifiesta impiedad lo que se atrevieron a hacer. Pero esta dificultad os la dejo a vosotros; mientras que aquello que es aún más difícil, intentaré explicarlo.
¿Pues por qué hablar de su hermana? Puesto que aquel que se presentó como abogado de tan grande pueblo no tuvo poder para prevalecer por sí mismo, sino que después de sus innumerables trabajos, y sufrimientos, y su asiduidad durante cuarenta años, se le prohibió poner pie en aquella tierra, acerca de la cual había habido tantas declaraciones y promesas. ¿Cuál era, pues, la causa? Conceder este favor no sería provechoso, sino que, por el contrario, traería consigo mucho daño, y ciertamente resultaría piedra de tropiezo para muchos de los judíos. Porque si cuando apenas fueron librados de Egipto, abandonaron a Dios, y buscaron a Moisés, y todo se lo atribuyeron a él; si lo hubieran visto también guiarlos a la tierra prometida, ¿a qué extremo de impiedad no habrían sido arrastrados? Y por esta razón también, añado, ni su tumba fue dada a conocer.
Y Samuel, a su vez, no pudo salvar a Saúl de la ira de lo alto, y sin embargo muchas veces preservó a los israelitas. Y Jeremías no prevaleció por los judíos, pero a algún otro acaso cubrió del mal con su profecía. Y Daniel salvó a los bárbaros de la matanza, [] pero no libró a los judíos de su cautiverio.
Y también en los Evangelios veremos ambos sucesos acontecer, no en el caso de personas distintas, sino de la misma; y el mismo hombre a veces prevaleciendo por sí mismo y a veces entregado. Porque el que debía los diez mil talentos, aunque se había librado del peligro por la súplica, otra vez no prevaleció, [] y otro, por el contrario, que antes se había arrojado a la perdición, después tuvo poder para ayudarse a sí mismo en el más alto grado. [] ¿Pero quién es éste? El que devoró los bienes de su Padre.
De modo que, por una parte, si somos descuidados, no podremos alcanzar la salvación, ni aun con la ayuda de otros; si, por otra parte, somos vigilantes, podremos lograrla por nosotros mismos, y por nosotros mismos más bien que por otros. Sí; porque Dios está más dispuesto a darnos su gracia a nosotros, que a otros por nosotros; para que, esforzándonos nosotros mismos en apartar su ira, podamos gozar de confianza hacia Él, y hacernos mejores hombres. Así tuvo piedad de la mujer cananea, así salvó a la ramera, así al ladrón, cuando no había mediador ni abogado alguno.
Homilía 5, § 8
8. Y esto lo digo, no para que omitamos suplicar a los santos, sino para impedir que seamos descuidados, y confiemos nuestros asuntos sólo a otros, mientras nosotros nos echamos atrás y dormimos. Porque cuando dijo: «haceos amigos», no se detuvo sólo en esto, sino que añadió: «del Mamón injusto»; para que así la buena obra sea vuestra propia; porque no es sino la limosna lo que Él ha significado aquí. Y, lo que es maravilloso, ni siquiera hace un ajuste estricto de cuentas con nosotros, si nos retiramos de la injusticia. Porque lo que Él dice es como esto: «¿Has ganado mal? Gasta bien. ¿Has amontonado con injusticia? Esparce en justicia.» Y sin embargo, ¿qué género de virtud es ésta, dar de tales ganancias? Dios, empero, estando lleno de amor al hombre, condesciende aun a esto, y si así hacemos, nos promete muchos bienes. Pero nosotros estamos tan faltos de todo sentimiento, que no damos ni aun de nuestra ganancia injusta, sino que mientras saqueamos sin fin, si contribuimos con la parte más pequeña, pensamos que lo hemos cumplido todo. ¿No habéis oído a Pablo decir: «El que siembra escasamente, también segará escasamente»? ¿Por qué lo tenéis por desembolso? ¿Es un gasto? No, es ganancia y buena mercancía. Donde hay mercancía, hay también aumento; donde hay siembra, hay también siega. Pero tú, si tuvieras que labrar un suelo rico y profundo, capaz de recibir mucha semilla, gastarías lo que tienes, y pedirías prestado de otros, teniendo la parsimonia en tales casos por pérdida; pero, cuando es el Cielo el que has de cultivar, el cual no está expuesto a variación alguna de clima, y ciertamente te pagará tu desembolso con abundante aumento, eres lento y remiso, y no consideras que es posible por ahorrar perder, y por no ahorrar ganar.
Homilía 5, § 9
9. Dispersad, pues, para que no perdáis; no guardéis, para que guardéis; desembolsad, para que ahorréis; gastad, para que ganéis. Si tus tesoros han de ser atesorados, no los atesores tú, porque ciertamente los arrojarás; confíalos a Dios, pues de allí ningún hombre los despoja. No trafiques tú, porque no sabes en absoluto cómo ganar; sino presta a Aquel que da un interés mayor que el principal. Presta donde no hay envidia, ni acusación, ni mal designio, ni temor. Presta a Aquel que nada necesita, y sin embargo tiene necesidad por tu causa; que alimenta a todos los hombres, y sin embargo tiene hambre, para que tú no sufras hambruna; que es pobre, para que tú seas rico. Presta allí, donde tu retorno no puede ser muerte, sino vida en lugar de muerte. Porque esta usura es la precursora de un reino, aquélla, del infierno; la una proviene de la avaricia, la otra de la abnegación; la una de la crueldad, la otra de la humanidad. ¿Qué excusa tendremos, pues, cuando teniendo el poder de recibir más, y eso con seguridad, y en la sazón debida, y con gran libertad, sin reproches, ni temores, ni peligros, dejamos escapar estas ganancias, y seguimos tras aquella otra suerte, baja y vil como es, insegura y perecedera, y que en gran manera agrava el horno para nosotros? Porque nada, nada es más bajo que la usura de este mundo, nada más cruel. Pues las calamidades de otras personas son el tráfico de tal hombre; se hace ganancia de la angustia de otro, y exige salario por la bondad, como si temiera parecer misericordioso, y bajo la capa de bondad cava la fosa más hondo, por el acto de ayuda irritando la pobreza de un hombre, y en el acto de extender la mano empujándolo abajo, y cuando lo recibe como en puerto, envolviéndolo en naufragio, como en una roca, o bajío, o arrecife.
«¿Pero qué exiges?» dice uno; «¿que yo dé a otro para su uso ese dinero que he juntado, y que me es útil, y que no exija recompensa?» Lejos de eso: no digo esto: sí, ardientemente deseo que tengas una recompensa; no, empero, mezquina ni pequeña, sino mucho mayor; porque a cambio del oro, quisiera que recibieras el Cielo por usura. ¿Por qué, pues, te encierras en la pobreza, arrastrándote por la tierra, y exigiendo poco por mucho? No, esto es propio de uno que no sabe ser rico. Porque cuando Dios a cambio de un poco de dinero te promete los bienes que están en el Cielo, y tú dices: «No me des el Cielo, sino en lugar del Cielo el oro que perece», esto es de uno que desea continuar en pobreza. Así como ciertamente aquel que desea riqueza y abundancia escogerá las cosas permanentes antes que las perecederas; las inagotables, antes que las que se consumen; lo mucho antes que lo poco, lo incorruptible antes que lo corruptible. Porque así también la otra suerte seguirá. Porque así como el que busca la tierra antes que el Cielo, ciertamente perderá también la tierra, así el que prefiere el Cielo a la tierra, gozará de ambos con gran excelencia. Y para que esto suceda con nosotros, despreciemos todas las cosas de aquí, y escojamos los bienes venideros. Porque así alcanzaremos lo uno y lo otro, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo; a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 6, § 1
Mateo 2:1-2.
«Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, he aquí vinieron unos magos del oriente a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el que ha nacido Rey de los judíos? Porque hemos visto su estrella en el oriente, y hemos venido a adorarle.»
Tenemos necesidad de mucha vigilia, y de muchas oraciones, para llegar a la interpretación del pasaje que ahora está ante nosotros, y para que aprendamos quiénes eran estos magos, y de dónde vinieron, y cómo; y por persuasión de quién, y cuál era la estrella. O más bien, si queréis, presentemos primero lo que dicen los enemigos de la verdad. Porque el diablo ha soplado sobre ellos con ráfaga tan violenta, como para aun desde este pasaje intentar armarlos contra las palabras de la verdad.
¿Qué alegan, pues? «He aquí,» dicen, «que aun cuando Cristo nació apareció una estrella; lo cual es señal de que se puede confiar en la astrología.» ¿Cómo, pues, si Él tuvo su nacimiento según aquella ley, abolió la astrología, y quitó el destino, y cerró las bocas de los demonios, y arrojó el error, y derribó toda tal hechicería?
¿Y qué aprenden, además, los magos de la estrella en sí? ¿Que Él era Rey de los judíos? Y sin embargo, no era rey de este reino; como también dijo a Pilato: «Mi reino no es de este mundo.» En todo caso, no hizo ostentación alguna de este género, porque no tenía guardias armados con lanza o escudo, ni caballos, ni carros de mulas, ni ninguna otra cosa semejante en torno suyo; sino que siguió esta vida de bajeza y pobreza, llevando consigo a doce hombres de humilde condición.
Y aun si sabían que era rey, ¿con qué intención vienen? Porque ciertamente no es oficio de la astrología conocer por las estrellas quiénes nacen, sino desde la hora en que los hombres nacen predecir lo que les acontecerá: así se dice. Pero éstos ni estuvieron presentes con la madre en sus dolores, ni conocieron el tiempo en que Él nació, ni, comenzando desde aquel momento, desde el movimiento de las estrellas calcularon lo que había de suceder: sino que, por el contrario, habiendo visto mucho tiempo antes aparecer una estrella en su propio país, vienen a ver al que había nacido.
Circunstancia que en sí misma presentaría una dificultad aún mayor que la anterior. Porque ¿qué razón los indujo, o la esperanza de qué beneficios, a adorar a uno que era rey tan lejos? Pues si Él había de reinar sobre ellos mismos, ciertamente ni aun así la circunstancia sería capaz de una explicación razonable. Claro, si Él hubiera nacido en cortes reales, y con su padre, él mismo rey, presente junto a Él, cualquiera diría naturalmente que ellos, por deseo de hacer corte al padre, habían adorado al niño que nacía, y de esta manera estaban acumulando de antemano mucho terreno de favor. Pero ahora, cuando ni siquiera esperaban que Él fuera su propio rey, sino de una nación extraña, lejana de su país, sin siquiera verlo aún crecido hasta la edad viril; ¿por qué emprenden tan largo viaje, y ofrecen dones, y esto cuando peligros ciertamente habían de cercar todo su proceder? Porque tanto Herodes, cuando lo oyó, se turbó en gran manera, como todo el pueblo quedó confundido al ser informado de estas cosas por ellos.
«Pero estos hombres no previeron esto.» No, esto no es razonable. Porque por muy necios que hayan sido, de esto no podían ser ignorantes: que cuando llegaran a una ciudad bajo un rey, y proclamaran tales cosas, y presentaran a otro rey además del que entonces reinaba, forzosamente habrían de atraer sobre sí mismos mil muertes.
Homilía 6, § 2
2. ¿Y por qué adorar en absoluto a uno que estaba en pañales? Porque si hubiera sido un hombre crecido, uno podría decir que en expectación del socorro que habrían de recibir de Él, se arrojaron a un peligro que preveían; cosa, empero, en sumo grado irrazonable: que el persa, el bárbaro, y uno que nada tenía en común con la nación de los judíos, estuviera dispuesto a partir de su hogar, a abandonar patria, y parentela, y amigos, y que se sometieran a otro reino.
Pero si esto es necio, lo que sigue es mucho más necio. ¿De qué naturaleza es, pues? Que después de haber emprendido tan largo viaje, y adorado, y sumergido todo en confusión, se fueron inmediatamente. ¿Y qué señal de realeza vieron, cuando vieron un establo, y un pesebre, y un niño en pañales, y una madre pobre? ¿Y a quién, además, ofrecieron sus dones, y con qué intención? ¿Era, pues, cosa usual y acostumbrada, rendir así homenaje a los reyes que nacían en todo lugar? ¿Y andaban siempre recorriendo el mundo entero, adorando a los que sabían que llegarían a ser reyes desde baja y humilde condición, antes de que subieran al trono real? No, esto nadie puede decirlo.
¿Y con qué fin lo adoraron en absoluto? Si por las cosas presentes, ¿qué esperaban recibir de un infante, y de una madre de humilde condición? Si por las cosas futuras, ¿de dónde sabían que el niño a quien habían adorado en pañales recordaría lo que entonces se hizo? Pero si su madre había de recordárselo, ni aun así eran dignos de honor, sino de castigo, por traerlo a peligro que debían haber previsto. De allí, en todo caso, fue que Herodes se turbó, y buscó, y espió, y emprendió matarlo. Y ciertamente en todo lugar, el que da a conocer al futuro rey, suponiéndolo en su edad más temprana en condición privada, no hace otra cosa que entregarlo a la matanza, y encender contra él guerra interminable.
¿Veis cuán múltiples aparecen los absurdos, si examinamos estas transacciones según el curso de las cosas humanas y la costumbre ordinaria? Porque no sólo estos tópicos, sino más que éstos podrían mencionarse, conteniendo más materia de cuestiones de lo que hemos hablado. Pero para que, encadenando preguntas tras preguntas, no os confundamos, venid, entremos ya en la solución de las cuestiones indagadas, haciendo principio de nuestra solución con la estrella misma.
Homilía 6, § 3
3. Porque si podéis aprender qué era la estrella, y de qué clase, y si era una de las estrellas comunes, o nueva y distinta de las demás, y si era estrella por naturaleza o estrella en apariencia solamente, fácilmente conoceremos también las otras cosas. ¿De dónde, pues, serán manifiestos estos puntos? De las cosas mismas que están escritas. Así, que esta estrella no era de la suerte común, o más bien no era estrella en absoluto, al menos según me parece a mí, sino algún poder invisible transformado en esta apariencia, es en primer lugar evidente por su mismo curso. Porque no hay, no hay estrella alguna que se mueva por este camino, sino que ya sea el sol que mencionáis, o la luna, o todas las demás estrellas, las vemos ir de oriente a occidente; pero ésta era llevada de norte a sur; porque así está situada Palestina respecto de Persia.
En segundo lugar, se puede ver esto también por el tiempo. Porque no aparece de noche, sino en pleno día, mientras el sol brilla; y esto no está en el poder de una estrella, ni aun de la luna; porque la luna, que tanto supera a todas, cuando los rayos del sol aparecen, al punto se oculta, y desaparece. Pero ésta por el exceso de su propio esplendor vencía aun a los rayos del sol, apareciendo más brillante que ellos, y en tanta luz resplandeciendo más ilustremente.
En tercer lugar, por su aparecer, y su ocultarse de nuevo. Porque en su camino hasta Palestina aparecía guiándolos, pero después que pusieron pie dentro de Jerusalén, se ocultó: luego otra vez, cuando hubieron dejado a Herodes, habiéndole dicho por qué causa venían, y estaban a punto de partir, se muestra; todo lo cual no es como el movimiento de una estrella, sino de algún poder altamente dotado de razón. Porque ni siquiera tenía curso alguno propio, sino que cuando ellos debían moverse, se movía; cuando detenerse, se detenía, disponiéndolo todo según la necesidad lo requería: de la misma manera que la columna de nube, ahora deteniendo y ahora levantando el campamento de los judíos, cuando era menester.
En cuarto lugar, se puede percibir esto claramente por su modo de señalarlo. Porque no, permaneciendo en lo alto, señaló el lugar; no siéndoles posible a ellos averiguarlo así, sino que descendió y cumplió este oficio. Porque sabéis que un lugar de tan pequeñas dimensiones, siendo sólo tanto cuanto un establo ocuparía, o más bien tanto cuanto el cuerpo de un infante pequeño ocuparía, no podría posiblemente ser señalado por una estrella. Porque a causa de su inmensa altura, no podía suficientemente distinguir un lugar tan confinado, y descubrirlo a los que deseaban verlo. Y esto cualquiera lo puede ver por la luna, la cual, siendo tan superior a las estrellas, parece a todos los que habitan en el mundo, y están esparcidos sobre tan grande extensión de tierra — parece, digo, cercana a todos y cada uno. ¿Cómo, pues, decidme, señaló la estrella un lugar tan confinado, justo el espacio de un pesebre y un establo, a menos que dejara aquella altura y descendiera, y se detuviera sobre la misma cabeza del niño? Y a esto insinuaba el evangelista cuando dijo: «He aquí, la estrella iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo sobre donde estaba el Niño.»
Homilía 6, § 4
4. ¿Veis por cuánto cúmulo de pruebas se muestra que esta estrella no es una de las muchas, ni se mostró según el orden de la creación exterior? ¿Y con qué intención apareció? Para reprobar a los judíos por su insensibilidad, y para cortarles toda ocasión de excusa para su ignorancia voluntaria. Porque, puesto que Aquel que venía había de poner fin al antiguo régimen, y llamar al mundo a la adoración de Sí mismo, y ser adorado en toda tierra y mar, inmediatamente, desde el principio, abre la puerta a los gentiles, queriendo por medio de extranjeros amonestar a su propio pueblo. Así, porque los profetas eran continuamente oídos hablando de su advenimiento, y no les prestaban gran atención, hizo aun a bárbaros venir de país lejano, a buscar al rey que estaba entre ellos. Y aprenden de lengua persa en primer lugar, lo que no quisieron someterse a aprender de los profetas; para que, si por una parte estaban dispuestos a ser cándidos, tuvieran el más fuerte motivo para la obediencia; si, por otra parte, eran contenciosos, quedaran de allí en adelante privados de toda excusa. Porque ¿qué podrían decir, los que no recibieron a Cristo después de tantos profetas, cuando vieron que los magos, a la vista de una sola estrella, habían recibido a este mismo, y habían adorado al que se manifestaba? Mucho a la misma manera, pues, como obró en el caso de los ninivitas, cuando envió a Jonás, y como en el caso de la samaritana y de la cananea; así hizo igualmente en el caso de los magos. Por esta causa también dijo: «Los hombres de Nínive se levantarán, y condenarán:» y, «la Reina del Sur se levantará, y condenará a esta generación:» [] porque éstos creyeron las cosas menores, pero los judíos ni aun las mayores.
«¿Y por qué,» podría uno decir, «los atrajo por tal visión?» Pues, ¿cómo habría de hacerlo? ¿Enviar profetas? Pero los magos no se habrían sometido a profetas. ¿Pronunciar una voz desde lo alto? No, no habrían atendido. ¿Enviar un ángel? Pero aun a éste habrían dejado pasar de largo. Y así, por esta causa, desechando todos aquellos medios, Dios los llama por las cosas que les son familiares, en sobreabundante condescendencia; y muestra una estrella grande y extraordinaria, para asombrarlos, tanto por la grandeza y belleza de su apariencia, como por la manera de su curso.
A imitación de esto, Pablo también razona con los griegos desde un altar pagano, y presenta testimonios de los poetas. Y no sin la circuncisión arenga a los judíos. Los sacrificios los hace principio de su instrucción a los que viven bajo la ley. Porque, puesto que a cada uno lo familiar es querido, tanto Dios, como los hombres que por Él son enviados, manejan las cosas sobre este principio con miras a la salvación del mundo. No lo tengáis, pues, por indigno de Él el haberlos llamado por una estrella; puesto que por la misma regla hallaréis falta en todos los ritos judíos también, los sacrificios, y las purificaciones, y las lunas nuevas, y el arca, y también el templo mismo. Porque aun éstos derivaron su origen de la grosería gentil. Y con todo, Dios, para la salvación de los que estaban en error, soportó ser servido por estas cosas, mediante las cuales los de afuera acostumbraban servir a los demonios; sólo que Él las alteró ligeramente; para apartarlos por grados de sus costumbres, y conducirlos hacia la más alta sabiduría. Justamente así hizo también en el caso de los magos, no desdeñando llamarlos por la vista de una estrella, para poder elevarlos más alto en adelante. Por tanto, después que los ha traído, guiándolos de la mano, y los ha puesto junto al pesebre; ya no por una estrella, sino por un ángel les habla ahora. Así se hicieron poco a poco mejores hombres.
Esto hizo también con respecto a los de Ascalón, y de Gaza. Porque también aquellas cinco ciudades (cuando a la venida del arca habían sido heridas con plaga mortal, y no hallaron liberación de los males que las aquejaban) — los hombres de ellas llamaron a sus profetas, y reunieron una asamblea, y buscaron descubrir un escape de este azote divino. Entonces, cuando sus profetas dijeron que debían uncir al arca novillas no domadas, que tuvieran sus primeros becerros, y dejarlas ir por su camino, sin hombre que las guiara, para que así fuera evidente si la plaga era de Dios o si era un accidente lo que traía la enfermedad — («porque si,» se dice, «rompen el yugo en pedazos por falta de costumbre, o se vuelven adonde sus becerros braman, 'es una casualidad lo que ha sucedido;' [] pero si van derechas, y no se apartan del camino, y ni el bramido de sus crías, ni su ignorancia del camino, tienen efecto alguno sobre ellas, es bien claro que es la mano de Dios la que ha visitado aquellas ciudades:») — cuando, digo, a estas palabras de sus profetas los habitantes de aquellas ciudades obedecieron e hicieron como se les mandaba, Dios también siguió el consejo de los profetas, mostrando condescendencia también en aquel caso, y no tuvo por indigno de Sí llevar a efecto la predicción de los profetas, y hacerlos parecer dignos de confianza en lo que habían dicho entonces. Porque así el bien logrado fue mayor, en que sus mismos enemigos dieron testimonio del poder de Dios; sí, sus propios maestros dieron su voz acerca de Él. Y se pueden ver muchas otras cosas semejantes traídas por Dios. Porque lo que sucedió con respecto a la pitonisa, [1 Samuel xxviii] es también de este género de dispensación; circunstancia que también vosotros ahora podréis explicar por lo que se ha dicho.
Con respecto a la estrella, hemos dicho estas cosas, y aún más quizás pueda decirse por vosotros; porque, está dicho: «Da ocasión al sabio, y será aún más sabio:» [] pero debemos ahora llegar al principio de lo que se ha leído.
Homilía 6, § 5
5. ¿Y cuál es el principio? «Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, he aquí, vinieron unos magos del oriente a Jerusalén.» Mientras los magos seguían bajo los auspicios de una estrella, éstos no creían, con profetas aun resonando en sus oídos. ¿Pero por qué nos menciona tanto el tiempo como el lugar, diciendo: «en Belén,» y «en los días del rey Herodes?» ¿Y por qué razón añade también su rango? Su rango, porque había también otro Herodes, el que mató a Juan: pero aquél era tetrarca, éste rey. Y el lugar asimismo, y el tiempo, los pone, para traer a nuestra memoria antiguas profecías; de las cuales una fue pronunciada por Miqueas, diciendo: «Y tú, Belén, en la tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre los príncipes de Judá;» [] y la otra por el patriarca Jacob, marcándonos distintamente el tiempo, y presentando la gran señal de su venida. Porque: «No faltará,» dice, «gobernante de Judá, ni caudillo de sus lomos, hasta que venga Aquel para quien está reservado, y Él es la expectación de los gentiles.» []
Y también esto merece indagación: de dónde les vino el abrigar tal pensamiento, y quién fue el que los movió a ello. Porque no me parece ser obra sólo de la estrella, sino también de Dios, que movió su alma; lo cual mismo hizo también en el caso de Ciro, disponiéndolo a dejar ir a los judíos. No lo hizo, empero, de modo que destruyera su libre albedrío, ya que aun cuando llamó a Pablo desde arriba con una voz, manifestó a la vez su propia gracia y la obediencia de Pablo.
¿Y por qué, se preguntará, no reveló esto a todos los sabios de Oriente? Porque no todos habrían creído, sino que éstos estaban mejor dispuestos que los demás; puesto que también hubo incontables naciones que perecieron, y sin embargo el profeta fue enviado sólo a los ninivitas; y había dos ladrones en la cruz, pero uno solo fue salvado. Mira al menos la virtud de estos hombres, no sólo por su venida, sino también por su libertad de palabra. Pues para que no parezcan ser una especie de impostores, dicen quién les mostró el camino y la largura de su viaje; y habiendo venido, tuvieron libertad de palabra: «porque hemos venido,» esto es lo que declaran, «a adorarle:» y no temieron ni la ira del pueblo, ni la tiranía del rey. De donde a mí al menos me parece que también en su patria eran maestros de sus conciudadanos. Porque los que aquí no se encogieron de decir esto, mucho más hablarían con denuedo en su propio país, habiendo recibido tanto el oráculo del ángel como el testimonio del profeta.
Homilía 6, § 6
6. Pero «cuando Herodes,» dice la Escritura, «hubo oído, se turbó, y toda Jerusalén con él.» Herodes naturalmente, por ser rey, y temiendo tanto por sí como por sus hijos; pero ¿por qué Jerusalén? Ciertamente los profetas le habían anunciado un Salvador, un Bienhechor y un Libertador de lo alto. ¿Por qué, pues, se turbó Jerusalén? Por el mismo sentimiento que antes les había hecho apartarse de Dios cuando derramaba sus beneficios sobre ellos, y acordarse de las ollas de carne de Egipto, aun estando en el disfrute de gran libertad.
Mas fijaos, os lo ruego, en la exactitud de los profetas. Porque esto mismo había predicho el profeta desde el principio, diciendo: «Se alegrarían si hubieran sido quemados con fuego; porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado.»
Pero con todo, aunque turbados, no buscan ver lo que ha sucedido, ni siguen a los magos, ni hacen indagación alguna; hasta tal punto eran a la vez contenciosos y negligentes más que todos los hombres. Porque cuando tenían razón más bien para enorgullecerse de que el rey hubiera nacido entre ellos, y hubiera atraído hacia Él la tierra de los persas, y estaban a punto de tener a todos sujetos a ellos, como si sus asuntos hubieran avanzado hacia la mejora, y desde el comienzo mismo su imperio se hubiera vuelto tan glorioso; con todo, ni aun por esto se hacen mejores. Y eso que acababan de ser librados de su cautiverio allí; y era natural que pensaran (aun si no conocían ninguna de aquellas cosas altas y misteriosas, sino que formaban su juicio sólo por lo presente), «Si así tiemblan ante nuestro rey en su nacimiento, mucho más cuando crezca le temerán y obedecerán, y nuestra condición será más gloriosa que la de los bárbaros.»
Homilía 6, § 7
7. Pero nada de esto los despierta del todo; tan grande era su embotamiento, y con éste también su envidia: ambas cosas que hemos de arrancar de nuestra mente con exacto cuidado; y ha de ser más ardiente que el fuego quien haya de estar en tal formación. Por lo cual también Cristo dijo: «He venido a enviar fuego sobre la tierra, y ¡ojalá estuviera ya encendido!» De la misma suerte, las lágrimas piadosas son germen de gozo perpetuo e inmarcesible. De este modo la misma ramera llegó a ser más honorable que las vírgenes cuando fue presa de este fuego. Esto es, calentada a fondo por el arrepentimiento, fue desde entonces arrebatada fuera de sí por su anhelante deseo hacia Cristo; soltando su cabello, empapando con sus lágrimas sus santos pies, y enjugándolos con sus propios cabellos, y agotando el ungüento. Y todas éstas fueron manifestaciones exteriores; pero las que se obraban en su mente eran mucho más ardientes que éstas; las cuales sólo Dios mismo contemplaba. Y por eso, todo el que lo oye se regocija con ella y se deleita en sus buenas obras, y la absuelve de toda culpa. Pero si nosotros, que somos malos, pronunciamos este juicio, considera qué sentencia obtuvo ella de aquel Dios amigo del hombre; y cuánto, aun antes de los dones de Dios, su arrepentimiento le hizo cosechar en el camino de la bendición.
Porque así como después de un violento aguacero se abre un cielo claro y despejado, del mismo modo, cuando las lágrimas se derraman, surge una calma, y la serenidad, y las tinieblas que sobrevienen sobre nuestros pecados desaparecen por completo. Y así como por el agua y el espíritu, así también por las lágrimas y la confesión somos limpiados la segunda vez; salvo que obremos así para ostentación y vanidad: porque a una mujer cuyas lágrimas fueran de esa clase, justamente la llamaría yo más condenable que si se hubiera engalanado con afeites y colorete. Porque yo busco aquellas lágrimas que se derraman no para ostentación, sino en compunción; las que corren secretamente y en los retiros, y a la vista de ningún hombre, suave y silenciosamente; las que brotan de cierta profundidad del alma, las derramadas en angustia y en dolor, las que son sólo para Dios; como fueron las de Ana, pues «sus labios se movían,» está escrito, «pero su voz no se oía;» sin embargo, sus lágrimas solas proferían un clamor más claro que cualquier trompeta. Y por esto, Dios también abrió su vientre, e hizo de la dura roca un campo fructífero.
Si tú también lloras así, te has hecho seguidor de tu Señor. Sí, porque Él también lloró, tanto sobre Lázaro como sobre la ciudad; y tocante a Judas, se turbó grandemente. Y esto, en verdad, se le puede ver hacer a menudo, pero en ninguna parte reír, ni siquiera sonreír sino un poco; al menos ninguno de los evangelistas lo ha mencionado. Por tanto, también respecto de Pablo, que lloraba, que lo hizo tres años noche y día, lo ha dicho él de sí mismo y otros lo dicen de él; pero que riera, ni él mismo lo ha dicho en parte alguna, ni tampoco uno solo de los santos, ni acerca de él ni de ningún otro semejante a él; sino que esto se dice sólo de Sara, [], cuando es reprendida, y del hijo de Noé, cuando de hombre libre se hizo esclavo. []
Homilía 6, § 9
9. Y digo esto no para suprimir toda risa, sino para quitar la disipación del ánimo. Porque ¿por qué, os ruego, sois lujosos y disolutos, mientras estáis aún sujetos a tan graves acusaciones, y habéis de comparecer ante un tribunal temible, y dar cuenta estricta de todo lo que aquí se ha hecho? Sí: porque hemos de dar cuenta tanto de lo que hemos pecado voluntariamente, como de lo que hemos hecho contra nuestra voluntad:— pues «el que me negare,» dice Él, «delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre:» [] — y ciertamente tal negación es contra nuestra voluntad; pero no por eso escapa al castigo, sino que también de ella hemos de dar cuenta:— tanto de lo que sabemos, como de lo que no sabemos; «Porque de nada me acuso a mí mismo,» dice uno, «mas no por eso soy justificado:» [] — tanto por lo que hemos hecho en ignorancia, como en conocimiento; «Porque les doy testimonio,» está dicho, «de que tienen celo de Dios, mas no conforme a conocimiento;» [] — pero con todo, esto no les basta para excusa. Y al escribir a los corintios dice también, «Porque temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así vuestros pensamientos sean corrompidos de la simplicidad que es en Cristo.»
Siendo, pues, tan grandes las cosas de las cuales has de dar cuenta, ¿te sientas a reír y a decir agudezas, y te entregas a la molicie? «¡Cómo!,» dirá alguno, «si no lo hiciera, sino que llorara, ¿cuál sería el provecho?» Muy grande en verdad; tan grande que no es posible siquiera exponerlo con palabras. Porque mientras ante los tribunales temporales, por abundante que sea tu llanto, no puedes escapar al castigo después de la sentencia; aquí, por el contrario, si sólo suspiras, has anulado la sentencia y has obtenido el perdón. Por eso Cristo nos habla mucho del llanto, y bendice a los que lloran, y declara desdichados a los que ríen. Porque éste no es el teatro de la risa, ni nos hemos reunido con este fin, de entregarnos a una alegría inmoderada, sino para gemir, y por este gemido heredar un reino. Pero tú, cuando estás ante un rey, no soportas siquiera sonreír; teniendo, pues, al Señor de los ángeles morando en ti, ¿no estás de pie con temblor y todo el dominio de sí debido, sino que ríes, muchas veces cuando Él está disgustado? ¿Y no consideras que de este modo le provocas más que con tus pecados? Porque Dios no suele apartarse tanto de los que pecan, como de los que no se sobrecogen después de pecar.
Mas a pesar de todo esto, algunos son de disposición tan insensata, que aun después de estas palabras dicen: «No, ¡lejos esté de mí el llorar jamás!; antes bien, que Dios me conceda reír y divertirme todos mis días.» ¿Y qué puede haber más pueril que esta mentalidad? Porque no es Dios quien concede el divertirse, sino el diablo. Oye al menos cuál fue la suerte de los que se divertían. «El pueblo,» está dicho, «se sentó a comer y a beber, y se levantó a divertirse.» Así fueron los de Sodoma, así fueron los del tiempo del diluvio. Porque tocante a los de Sodoma, igualmente está dicho que «en soberbia, en abundancia y en hartura de pan, se entregaron al desenfreno.» [] Y los que estaban en los días de Noé, viendo el arca que se preparaba durante tantos años, vivían en alegría insensata, sin prever nada de lo que venía. Por esta causa también vino el diluvio y los barrió a todos, y obró en aquel instante el común naufragio del mundo.
No pidas, pues, a Dios estas cosas que recibes del diablo. Porque es propio de Dios dar un corazón contrito y humillado, sobrio, dueño de sí, y sobrecogido, lleno de arrepentimiento y compunción. Éstos son sus dones, por cuanto es también de estas cosas de las que más necesidad tenemos. Sí, porque un combate penoso está a la mano, y contra los poderes invisibles es nuestra lucha; contra «las maldades espirituales» [] es nuestra pelea, «contra principados, contra potestades» nuestra guerra: y bien nos va, si cuando estamos diligentes y sobrios y completamente despiertos, podemos sostener aquella feroz falange. Mas si reímos y jugamos, y siempre tomamos las cosas con ligereza, aun antes del combate, seremos derribados por nuestra propia negligencia.
Homilía 6, § 10
10. No nos conviene, pues, reír continuamente, ni ser disolutos y lujosos, sino que esto pertenece a los del teatro, a las rameras, a los hombres adiestrados para este fin, a los parásitos y a los aduladores; no a los que son llamados al cielo, no a los que están inscritos en la ciudad de arriba, no a los que llevan armas espirituales, sino a los que están alistados en el bando del diablo. Porque es él, sí, es él, quien incluso ha hecho de esto un arte, para debilitar a los soldados de Cristo y ablandar los nervios de su celo. Por esta causa también construyó teatros en las ciudades, y habiendo adiestrado a aquellos bufones, por su influencia perniciosa hace caer sobre toda la ciudad aquella especie de pestilencia, persuadiendo a los hombres a seguir aquellas cosas que Pablo nos mandó huir, «palabras necias y chocarrerías.» [] Y lo que es aún más grave que estas cosas es el motivo de la risa. Porque cuando los que representan aquellas cosas absurdas profieren alguna palabra de blasfemia o de indecencia, entonces muchos de los más irreflexivos ríen y se complacen, aplaudiendo en ellos aquello por lo que deberían apedrearlos; y atraen sobre sus propias cabezas, con esta diversión, el horno de fuego. Porque los que alaban a los que profieren tales palabras, son éstos los que sobre todo inducen a los hombres a hablar así: por lo cual han de ser más justamente responsables de la pena asignada a estas cosas. Porque si no hubiera nadie que fuera espectador en tales casos, tampoco habría quien actuara; mas cuando te ven abandonar tus talleres, y tus oficios, y la ganancia de ellos, y en suma todo, por permanecer allí, de ahí cobran mayor desvergüenza y ponen mayor diligencia en estas cosas.
Y digo esto, no para eximirlos a ellos de la reprensión, sino para que aprendas que sois vosotros principalmente quienes suministráis el principio y la raíz de tal iniquidad; vosotros que consumís todo el día en estas cosas, y exhibís profanamente las cosas sagradas del matrimonio, y hacéis burla abierta del gran misterio. Porque ni siquiera el que representa estas cosas es tan ofensor como tú lo eres ante él; tú que le mandas hacer un espectáculo de estas cosas, o más bien que no sólo le mandas, sino que eres aun celoso de ello, deleitándote, riendo y alabando lo que se hace, y en todos los sentidos dando fuerza a tales talleres del diablo.
Dime, pues, ¿con qué ojos mirarás después de esto a tu esposa en casa, habiéndola visto insultada allí? ¿O cómo no te sonrojas al traer a la memoria a la compañera de tu hogar, cuando ves a la naturaleza misma expuesta a una vergüenza abierta? No, no me digas que lo que se hace es representación; porque esta representación ha hecho muchos adúlteros y ha subvertido muchas familias. Y es por esto sobre todo por lo que me duelo, que lo que se hace ni siquiera parece malo, sino que hay aplauso y clamor, y mucha risa, ante la comisión de un adulterio tan inmundo. ¿Qué dices? ¿Que lo que se hace es representación? Pues por esta misma razón deben ser dignos de diez mil muertes, porque aquello que todas las leyes mandan a los hombres huir, se han esmerado en imitarlo. Porque si la cosa misma es mala, también es mala su imitación. Y no digo aún cuántos adúlteros hacen los que representan estas escenas de adulterio, cómo vuelven a los espectadores de tales cosas audaces y desvergonzados; porque nada hay más lleno de fornicación y audacia que un ojo que soporta mirar tales cosas.
Y tú, en una plaza, no elegirías ver a una mujer despojada de sus vestidos, o más bien ni siquiera en una casa, sino que llamas a tal cosa un ultraje. ¿Y subes al teatro, a insultar la naturaleza común de hombres y mujeres, y a deshonrar tus propios ojos? Pues no digas esto, que la que es despojada es una ramera; sino que la naturaleza es la misma, y son cuerpos semejantes, tanto el de la ramera como el de la mujer libre. Porque si esto no es nada malo, ¿cuál es la causa de que si vieras esto hecho en una plaza, te apresurarías a alejarte tú mismo, y expulsarías de allí a la que se comportaba indecorosamente? ¿O es que cuando estamos aparte, tal cosa es un ultraje, pero cuando estamos reunidos y todos sentados juntos, ya no es igualmente vergonzosa? No, esto es absurdo y una deshonra, y palabras de la mayor locura; y sería mejor embadurnarse los ojos por completo con lodo y fango que ser espectador de semejante transgresión. Pues ciertamente el fango no daña tanto a un ojo como una vista impúdica y el espectáculo de una mujer despojada de sus vestidos. Oye, por ejemplo, qué fue lo que causó la desnudez al principio, y lee la ocasión de tal deshonra. ¿Qué causó, pues, la desnudez? Nuestra desobediencia, y el consejo del diablo. Así, desde el principio, desde el comienzo mismo, ésta fue su maquinación. Sin embargo, al menos se avergonzaron cuando estaban desnudos, pero tú te enorgulleces de ello; «teniendo,» según aquella palabra del apóstol, «vuestra gloria en vuestra vergüenza.» []
¿Cómo, pues, te mirará tu esposa de allí en adelante, cuando vuelvas de tal maldad? ¿Cómo te recibirá? ¿Cómo te hablará, después de haber deshonrado tan públicamente la naturaleza común de la mujer, y de haberte hecho, por tal espectáculo, cautivo y esclavo de las rameras?
Ahora bien, si te afliges al oír estas cosas, mucho te lo agradezco, pues «¿quién es el que me alegra, sino aquel a quien yo entristezco?» [] No dejes, pues, jamás de afligirte y de angustiarte por ellas, porque la tristeza que de tales cosas procede será para ti comienzo de una mudanza para mejor. Por esto también yo he hecho mi lenguaje más fuerte, para que, cortando más hondo, te libre del veneno de los que te embriagan; para traerte de nuevo a una pura salud del alma; la cual Dios nos conceda a todos gozar por todos los medios, y alcanzar las recompensas reservadas para estas buenas obras; por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.