Homilía 82, § 1
Mateo XXVI. 26-28.
«Y mientras comían, Jesús tomó pan, y dio gracias, y lo partió, y dio lo a los discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.»
«Y tomó una copa, y dio gracias, y se la dio, diciendo: Bebed de ella todos; esto es mi sangre del Nuevo Testamento, que es derramada por muchos, para la remisión de los pecados.»
¡Ah! ¡Cuán grande es la ceguera del traidor! Aun participando de los misterios, permaneció el mismo; y admitido a la mesa santísima, no cambió. Y esto lo muestra Lucas al decir que después de esto entró Satanás en él, no como despreciando el cuerpo del Señor, sino desde entonces burlándose de la desvergüenza del traidor. Porque ciertamente su pecado se hizo mayor por ambas causas: tanto porque vino a los misterios con tal disposición, como porque habiéndose acercado a ellos, no se hizo mejor, ni por miedo, ni por el beneficio, ni por el honor. Pero Cristo no se lo prohibió, aunque sabía todas las cosas, para que aprendieras que Él no omite ninguna de las cosas que conciernen a la corrección. Por lo cual, tanto antes como después de esto, lo amonestó continuamente y lo reprimió, tanto con obras como con palabras; tanto con miedo como con bondad; tanto con amenazas como con honores. Pero ninguna de estas cosas lo apartó de aquella peste tan grave.
Por lo cual, desde entonces lo deja, y por los misterios recuerda de nuevo a los discípulos que Él va a ser muerto, y en medio de la comida su discurso es sobre la cruz, por la continua repetición de la predicción, haciendo fácil de recibir su pasión. Porque si, cuando tantas cosas se habían hecho y predicho, se turbaron; si no hubieran oído ninguna de estas cosas, ¿qué no habrían sentido?
«Y mientras comían, tomó pan y lo partió.» ¿Por qué pudo ser que instituyera este sacramento entonces, en el tiempo de la pascua? Para que aprendieras de todo, tanto que Él es el legislador del Antiguo Testamento, como que las cosas allí son prefiguradas a causa de estas cosas. Por tanto, digo, donde está el tipo, allí pone Él la verdad.
Pero la tarde es señal segura de la plenitud de los tiempos, y de que las cosas habían llegado ya al mismo fin.
Y da gracias, para enseñarnos cómo debemos celebrar este sacramento, y para mostrar que no viene de mala gana a la pasión, y para enseñarnos, lo que sea que suframos, a soportarlo con agradecimiento, sugiriendo desde allí también buenas esperanzas. Porque si el tipo era una liberación de tal esclavitud, cuánto más la verdad liberará al mundo, y Él será entregado para beneficio de nuestra raza. Por lo cual, añadiría, tampoco instituyó el sacramento antes de esto, sino cuando en adelante los ritos de la ley iban a cesar. Y así, la misma principal de las fiestas la lleva a su fin, trasladándolos a otra mesa más terrible, y dice: «Tomad, comed, esto es mi cuerpo, que es partido por muchos.»
¿Y cómo no se confundieron al oír esto? Porque antes les había dicho muchas y grandes cosas acerca de esto. Por lo cual no añade más, porque lo habían oído suficientemente, sino que habla de la causa de su pasión, a saber, el quitar los pecados. Y lo llama sangre de un Nuevo Testamento, esto es, de la empresa, la promesa, la nueva ley. Porque esto lo emprendió también desde antiguo, y esto comprende el Testamento que está en la nueva ley. Y así como el Antiguo Testamento tenía ovejas y bueyes, así este tiene la sangre del Señor. De ahí que muestre también que está por morir pronto, por lo cual hizo mención de un Testamento, y les recuerda también el Testamento anterior, porque aquel también fue consagrado con sangre. Y de nuevo dice la causa de su muerte: «que es derramada por muchos para la remisión de los pecados;» y dice: «Haced esto en memoria de mí.» ¿Veis cómo los aparta y los aleja de las costumbres judías? Porque así como hicisteis aquello, dice, en memoria de los milagros de Egipto, así haced esto igualmente en memoria de mí. Aquella fue derramada para la preservación de los primogénitos, esta para la remisión de los pecados de todo el mundo. Porque, «Esta,» dice Él, «es mi sangre, que es derramada para la remisión de los pecados.»
Pero esto lo dijo indicando con ello que su pasión y su cruz son un misterio, consolando también con esto de nuevo a sus discípulos. Y así como Moisés dice: «Esto será para vosotros un memorial perpetuo,» [] así Él también: «en memoria de mí,» hasta que yo venga. Por tanto, también dice: «Con deseo he deseado comer esta pascua,» [] es decir, para entregaros los nuevos ritos, y daros una pascua por la cual he de haceros espirituales.
Y Él mismo bebió de ella. Pues no fuera que, al oír esto, dijeran: ¿Qué, pues? ¿Bebemos sangre y comemos carne? Y se turbaran (porque cuando comenzó a hablar de estas cosas, aun en las mismas palabras muchos se escandalizaron), por tanto, para que no se turbaran entonces de igual modo, Él primero hizo esto Él mismo, llevándolos a la participación serena de los misterios. Por tanto, Él mismo bebió su propia sangre. ¿Qué, pues, debemos observar también aquel otro rito antiguo? Podría decir alguno. De ningún modo. Porque por esto dijo: «Haced esto,» para apartarlos del otro. Porque si esto obra la remisión de los pecados, como ciertamente la obra, el otro es ya superfluo.
Así como entonces en el caso de los judíos, así aquí también Él ha unido el memorial del beneficio con el misterio, cerrando con esto de nuevo la boca a los herejes. Porque cuando dicen: ¿De dónde es manifiesto que Cristo fue sacrificado? Junto con los otros argumentos les cerramos la boca también desde los misterios. Porque si Jesús no murió, ¿de qué son símbolos los ritos?
Homilía 82, § 2
2. ¿Veis cuánta diligencia se ha puesto para que se tenga siempre presente que Él murió por nosotros? Porque puesto que habían de surgir los marcionitas, y valentinianos, y maniqueos, negando esta dispensación, Él nos recuerda continuamente la pasión aun por los misterios, (para que nadie sea engañado); salvando a la vez, y al mismo tiempo enseñando por medio de aquella mesa sagrada. Porque este es el principal de los bienes; por lo cual también Pablo insiste en esto de todas maneras.
Entonces, cuando lo hubo entregado, dice: «No beberé del fruto de esta vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.» Porque como había hablado con ellos acerca de la pasión y la cruz, introduce de nuevo lo que ha de decir de su resurrección, habiendo hecho mención de un reino ante ellos, mesa, y levantarse en embriaguez, cuando sería propio dar gracias y terminar con un himno.
Oíd esto, cuantos no esperáis de nuevo la última oración de los misterios, porque esto es un símbolo de aquello. Dio gracias antes de darlo a sus discípulos, para que también nosotros demos gracias. Dio gracias, y cantó un himno después de darlo, para que también nosotros hagamos esto mismo.
¿Pero por qué razón sale al monte? Haciéndose manifiesto, para que pueda ser prendido, a fin de no parecer que se esconde. Porque se apresuró a ir al lugar que también era conocido de Judas.
Entonces «les dice: Todos vosotros os escandalizaréis de mí.» [] Después de esto menciona también una profecía, «Porque está escrito: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas.» persuadiéndolos a la vez a atender siempre a las cosas escritas, y al mismo tiempo haciendo claro que Él fue crucificado según el propósito de Dios; y mostrando por todo que no era ajeno a la antigua alianza, ni al Dios predicado en ella, sino que lo que se hace es una dispensación, y que los profetas proclamaron de antemano todas las cosas desde el principio que están comprendidas en el asunto, para que estuvieran bien confiados también en las cosas mejores.
Y nos enseña a conocer qué eran los discípulos antes de la crucifixión, qué después de la crucifixión. Porque ciertamente aquellos que, cuando Él fue crucificado, no pudieron siquiera mantenerse firmes, estos después de su muerte fueron poderosos, y más fuertes que el diamante.
Y esto mismo es una demostración de su muerte, me refiero al miedo y la cobardía de sus discípulos. Porque si cuando tantas cosas se han hecho y dicho, todavía algunos son desvergonzados y dicen que Él no fue crucificado; si ninguna de estas cosas hubiera acontecido, ¿a qué grado de maldad no habrían llegado? Por esta razón, no solo por sus propios sufrimientos, sino por lo que tuvo lugar con respecto a los discípulos, confirma la palabra acerca de su muerte, y también por los misterios, confundiendo de todas maneras a los que están enfermos con la peste de Marción. Por esta razón permite que incluso el principal apóstol lo niegue. Pero si Él no fue atado ni crucificado, ¿de dónde surgió el miedo a Pedro, y a los demás apóstoles?
Sin embargo, no permite que esperen hasta los dolores, sino ¿qué dice? «Pero después que yo haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.» Porque no aparece de inmediato desde el cielo, ni se irá a un país lejano, sino en la misma nación, en la que también había sido crucificado, casi en el mismo lugar, para asegurarles de nuevo con esto que el que fue crucificado era el mismo que resucitó, y de esta manera consolarlos más abundantemente cuando estén en dolor. Por tanto, también dijo «en Galilea,» para que, libres de los temores de los judíos, creyeran su palabra. Por cuya causa, en verdad, se apareció allí.
«Pero Pedro respondió y dijo: Aunque todos se escandalicen por causa tuya, yo jamás me escandalizaré.»
Homilía 82, § 3
3. ¿Qué dices, oh Pedro? El profeta dijo: «Las ovejas serán dispersadas;» Cristo ha confirmado el dicho, ¿y tú dices: No? ¿No basta lo que pasó antes, cuando dijiste: «Lejos esté de ti,» [] y tu boca fue cerrada? Por esto, pues, permite que caiga, enseñándole con ello a creer a Cristo en todo, y a considerar su declaración más digna de confianza que la propia conciencia. Y los demás también cosecharon no pequeño beneficio de su negación, habiendo llegado a conocer la debilidad del hombre y la verdad de Dios. Porque cuando Él predice algo, ya no debemos ser sutiles, ni elevarnos por encima del común. Porque, «tu gloriar,» se dice, «lo tendrás en ti mismo, y no en otro.» Porque donde debería haber orado y dicho: Ayúdanos, para que no seamos cortados, está confiado en sí mismo, y dice: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo jamás;» aunque todos sufran esto, yo no lo sufriré, lo cual lo llevó poco a poco a la confianza en sí mismo. Cristo, pues, por el deseo de abatir esto, permitió su negación. Porque como no se sometió ni a Él ni al profeta (y sin embargo para este fin trajo además al profeta, para que no contradijeran), pero no obstante, puesto que no se sometió a sus palabras, es instruido por los hechos.
Porque en prueba de que con este intento lo permitió, para enmendar esto en él, oye lo que dice: «He orado por ti, para que tu fe no falte.» Porque esto lo dijo reprendiéndolo agudamente, y mostrando que su caída era más grave que la de los demás, y necesitaba más ayuda. Porque las cosas de culpa eran dos: tanto que contradijo, como que se puso a sí mismo delante del otro; o más bien una tercera también, a saber, que se atribuyó todo a sí mismo.
Para curar estas cosas, pues, permitió que sucediera la caída, y por esta causa también deja a los otros, y se dirige con empeño a él. Porque, «Simón,» dice Él, «Simón, he aquí Satanás ha deseado tenerte para zarandearte como a trigo;» esto es, para turbarte, confundirte, tentarte; pero «he orado por ti, para que tu fe no falte.»
Y ¿por qué, si Satanás deseaba a todos, no dijo acerca de todos: He orado por ti? ¿No es bien claro que es esto, lo que he mencionado antes, que es como reprendiéndolo, y mostrando que su caída era más grave que la de los demás, por lo que dirige sus palabras a él?
¿Y por qué no dijo: Pero yo no lo permití, en lugar de: «He orado?» Habla desde este momento cosas humildes, en su camino a la pasión, para mostrar su humanidad. Porque el que ha edificado su iglesia sobre la confesión de Pedro, y la ha fortificado de tal manera que diez mil peligros y muertes no han de prevalecer contra ella; el que le ha dado las llaves del cielo, y lo ha puesto en posesión de tanta autoridad, y de ninguna manera necesitaba oración para estos fines (porque tampoco dijo: He orado, sino con su propia autoridad: «Edificaré mi iglesia, y te daré las llaves del cielo» ), ¿cómo había de necesitar orar, para poder reanimar el alma sacudida de un solo hombre? ¿Por qué, pues, habló de esta manera? Por la causa que mencioné, y por la debilidad de ellos, porque aún no tenían la visión conveniente de Él.
¿Cómo, pues, fue que él negó? No dijo: para que no niegues, sino: para que tu fe no falte, para que no perezcas del todo. Porque esto vino de su cuidado.
Porque ciertamente el miedo había expulsado todo lo demás, porque era sin medida, y llegó a ser sin medida, pues Dios lo había privado en grado extremo de su ayuda, y lo privó en extremo de ella, porque había en él en grado extremo la pasión de la obstinación y la contradicción. Para poder, pues, arrancarla de raíz, permitió que el terror lo alcanzara.
Porque en prueba de que esta pasión era grave en él, no se contentó con sus palabras anteriores, contradiciendo tanto al profeta como a Cristo, sino que aun después de estas cosas, cuando Cristo le hubo dicho: «En verdad te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces,» él responde: «Aunque deba morir contigo, no te negaré de ninguna manera.» Y Lucas significa además que cuanto más lo amonestaba Cristo, tanto más se oponía Pedro excesivamente a Él.
¿Qué significan estas cosas, oh Pedro? Cuando Él decía: «Uno de vosotros me traicionará,» temías ser tú el traidor, y constreñiste al discípulo a preguntar, aunque no eras consciente de nada semejante; pero ahora, cuando Él está clamando claramente y diciendo: «Todos se escandalizarán,» ¿lo contradices, y no solo una vez, sino dos y muchas? Porque esto es lo que dice Lucas.
¿De dónde, pues, le vino esto? De mucho amor, de mucho placer. Quiero decir que, después que fue librado de aquel miedo angustioso acerca de la traición, y supo quién era el traidor, entonces habló con confianza, y se elevó sobre los demás, diciendo: «Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré.» Y en cierto grado también su conducta surgió de celos, porque en la cena razonaban «cuál de ellos era el mayor,» [] hasta tal punto los turbaba esta pasión. Por tanto, Él lo refrenó, no obligándolo a la negación, ¡Dios no lo permita!, sino dejándolo desprovisto de su ayuda, y condenando la naturaleza humana.
Mirad, al menos, después de estas cosas cómo fue sometido. Porque después de la resurrección, cuando dijo: «¿Y qué hará este hombre?» [] y fue silenciado, ya no se atrevió a contradecir como aquí, sino que guardó silencio. De nuevo, hacia la asunción, cuando oyó: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones,» [] de nuevo guarda silencio, y no contradice. Después de estas cosas, en la casa y en la sábana, cuando oyó una voz que le decía: «Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú común,» [] aun cuando no sabía por el momento qué podía ser el dicho, está quieto y no forcejea.
Homilía 82, § 4
4. Todas estas cosas las obró aquella caída; y mientras que antes todo se lo atribuía a sí mismo, diciendo: «Aunque todos se escandalicen, yo jamás me escandalizaré»; y: «Aunque deba morir, no te negaré» (cuando debió decir: Si recibo de ti el auxilio); sin embargo, después de estas cosas, todo lo contrario: «¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro propio poder o santidad le hubiésemos hecho andar?»
De aquí aprendemos una gran doctrina: que no basta la voluntad del hombre, si no recibe el auxilio de lo alto; y que tampoco ganaremos nada con el auxilio de lo alto, si no hay voluntad. Y ambas cosas nos muestran Judas y Pedro; porque el uno, aunque recibió mucho socorro, nada aprovechó, porque no quiso ni puso de su parte; pero este otro, aunque estaba pronto en su ánimo, cayó porque no recibió ayuda. Pues en verdad de estas dos cosas está tejida la tela de la virtud.
Por lo cual os ruego que ni (cuando lo habéis echado todo sobre Dios) os durmáis vosotros mismos, ni, trabajando con empeño, penséis que todo lo habéis de llevar a cabo con vuestros propios afanes. Porque no es voluntad de Dios que estemos tumbados boca arriba, y por eso no lo hace todo Él mismo; ni tampoco que seamos jactanciosos, y por eso no nos lo dio todo; sino que, quitando lo dañino de ambos extremos, dejó lo que nos es útil. Por eso permitió que aun el príncipe de los apóstoles cayera, para hacerlo más humilde de ánimo y adiestrarlo desde entonces en un amor más grande. «Pues a quien más se le perdona», se dice, «más ama». []
Creamos, pues, a Dios en todo, y no le contradigamos en nada, aunque lo dicho parezca contrario a nuestros pensamientos y sentidos; antes bien, sea su palabra de mayor autoridad que los razonamientos y la vista. Así hagamos también en los misterios: no mirando las cosas que se nos ponen delante, sino teniendo en la memoria sus palabras.
Porque su palabra no puede engañar, pero nuestros sentidos son fácilmente seducidos. Aquélla jamás ha fallado; éstos, en las más cosas yerran. Puesto que la palabra dice: «Esto es mi cuerpo», persuadámonos y creamos, y mirémoslo con los ojos del entendimiento.
Porque Cristo no ha dado nada sensible, sino que, aunque en cosas sensibles, todo ha de ser percibido por el entendimiento. Así también en el bautismo: el don se confiere por una cosa sensible, es decir, por el agua; pero lo que se hace se percibe con el entendimiento: me refiero al nacimiento y a la renovación. Porque si hubieras sido incorpóreo, te habría entregado desnudos los dones incorpóreos; mas porque el alma está encerrada en un cuerpo, te entrega en cosas sensibles las cosas que el entendimiento percibe.
¡Cuántos dicen ahora: Quisiera ver su figura, la marca, sus vestidos, sus sandalias! He aquí que lo ves, lo tocas, lo comes. Y tú, en verdad, deseas ver sus vestidos, pero Él se te da a ti, no para verlo solamente, sino también para tocarlo y comerlo y recibirlo dentro de ti.
Que nadie, pues, se acerque a ello con indiferencia, nadie con pusilanimidad, sino todos con corazones encendidos, todos fervientes, todos despiertos. Porque si los judíos, de pie, con las sandalias puestas y los bastones en las manos, comieron con prisa, mucho más debes tú velar. Pues ellos ciertamente iban a salir hacia Palestina, y por eso llevaban el atavío de peregrinos; pero tú estás a punto de trasladarte al cielo.
Homilía 82, § 5
5. Por lo cual es necesario velar en todo, pues en verdad no pequeño castigo está señalado para los que comulgan indignamente.
Considera cuán indignado estás contra el traidor, contra los que lo crucificaron. Mira, pues, no sea que tú también te hagas culpable del cuerpo y de la sangre de Cristo. Ellos degollaron el cuerpo santísimo; tú lo recibes en un alma inmunda después de tan grandes beneficios. Porque no le bastó hacerse hombre, ser golpeado y degollado, sino que también se mezcla con nosotros, y no sólo por la fe, sino de hecho nos hace su cuerpo. ¿Qué pureza, pues, no debe sobrepujar el que goza de este sacrificio? ¿Qué mano no debe ser más pura que un rayo de sol, la que ha de partir esta carne; qué boca, la llena de fuego espiritual; qué lengua, la enrojecida por aquella sangre terrible? Considera con qué honor has sido honrado, de qué mesa participas. Aquello que, cuando los ángeles lo contemplan, tiemblan y no se atreven siquiera a mirarlo sin temor por el resplandor que de allí sale, con esto somos alimentados, con esto somos mezclados, y somos hechos un solo cuerpo y una sola carne con Cristo. «¿Quién podrá contar las obras poderosas del Señor, y hacer oír todas sus alabanzas?» ¿Qué pastor apacienta a sus ovejas con sus propios miembros? ¿Y por qué digo pastor? Hay madres que muchas veces, tras los dolores del parto, envían a sus hijos a otras mujeres para que los amamanten; pero Él no soporta hacer esto, sino que Él mismo nos alimenta con su propia sangre y por todos los medios nos entrelaza consigo.
Fíjate, nació de nuestra sustancia. Pero, dirás, esto no es nada para todos los hombres; aunque sí concierne a todos. Porque si vino a nuestra naturaleza, es bien claro que fue a todos; pero si a todos, entonces a cada uno. ¿Y cómo, dirás, no cosecharon todos el provecho de ello? Esto no fue por obra suya, pues su elección fue hacerlo en favor de todos, sino por culpa de los que no quisieron. Con cada uno de los fieles se mezcla en los misterios, y a los que engendró, Él mismo los alimenta, y no los entrega a otro; con esto persuadiéndote de nuevo de que había tomado tu carne. No seamos, pues, negligentes, habiendo sido tenidos por dignos de tanto amor y de tanta honra. ¿No veis a los niños con cuánta avidez se agarran al pecho? ¿Con qué ardiente deseo fijan sus labios en el pezón? Con semejante deseo acerquémonos también nosotros a esta mesa y al pezón del cáliz espiritual. O, mejor, con mucha más avidez extraigamos, como niños al pecho, la gracia del Espíritu; sea nuestro único dolor no participar de este alimento. Las obras puestas delante de nosotros no son de poder humano. El que entonces hizo estas cosas en aquella cena, éste mismo las hace también ahora. Nosotros ocupamos el lugar de siervos. El que los santifica y los transforma es el mismo. No esté, pues, presente ningún Judas, ningún avaro. Si alguno no es discípulo, retírese; la mesa no recibe a tales. Porque «Celebro la Pascua», dice, «con mis discípulos». []
Esta mesa es la misma que aquélla, y nada tiene de menos. Porque no es que Cristo obró aquélla y un hombre ésta, sino que Él hace también ésta. Éste es aquel aposento alto, donde estaban entonces; y de allí salieron hacia el monte de los Olivos.
Salgamos también nosotros hacia las manos de los pobres, porque este lugar es el monte de los Olivos. Pues la multitud de los pobres son olivos plantados en la casa de Dios, que destilan el aceite que allí nos aprovecha, el que tenían las cinco vírgenes, y las otras que no lo recibieron perecieron por ello. Recibido éste, entremos para que con lámparas resplandecientes salgamos al encuentro del esposo; recibido éste, salgamos de aquí.
Que no esté presente ningún hombre inhumano, ninguno cruel y sin misericordia, ninguno en absoluto que sea impuro.
Homilía 82, § 6
6. Esto os digo a vosotros que recibís, y a vosotros que ministráis. Porque es necesario dirigirme también a vosotros, para que con mucho cuidado distribuyáis los dones. No pequeño castigo hay para vosotros, si sabiendo de alguna maldad en algún hombre, le permitís participar de esta mesa. «Su sangre se demandará de vuestras manos.» [] Aunque sea un general, aunque sea un gobernador, aunque sea el mismo que está revestido con la diadema, si viene indignamente, prohíbeselo; la autoridad que tú tienes es mayor que la suya. Tú, si hubieras sido encargado de guardar limpia una fuente de agua para un rebaño, y vieras una oveja con mucho lodo en el hocico, no permitirías que se agachara a ella y ensuciara la corriente; pero ahora, encargado de una fuente no de agua, sino de sangre y de espíritu, si ves a alguno con pecado, que es más grave que la tierra y el lodo, acercarse a ella, ¿no te indignas? ¿No lo apartas? ¿Y qué excusa puedes tener?
Para esto os ha honrado Dios con esta honra, para que discernáis estas cosas. Éste es vuestro oficio, ésta vuestra seguridad, ésta toda vuestra corona; no que andéis vestidos con una vestidura blanca y resplandeciente.
¿Y cómo sabré yo, dirás, de éste y de aquél? No hablo de los desconocidos, sino de los notorios.
¿Diré algo más terrible? No es tan grave que los energúmenos estén dentro, como lo es para los tales, a quienes Pablo afirma que pisotean a Cristo y «consideran impura la sangre del pacto y ultrajan la gracia del Espíritu». Porque el que ha caído en pecado y se acerca, es peor que un endemoniado. Pues aquéllos, porque están poseídos, no son castigados; pero éstos, cuando se acercan indignamente, son entregados a un castigo inmortal. No apartemos, por tanto, solamente a éstos, sino a todos sin excepción, a quienes veamos venir indignamente.
Que nadie comulgue que no sea de los discípulos. Que ningún Judas reciba, no sea que sufra la suerte de Judas. Esta multitud también es cuerpo de Cristo. Mira, pues, tú que ministras en los misterios, no sea que provoques al Señor no purgando este cuerpo. No des una espada en lugar de alimento.
Antes bien, aunque venga por ignorancia a comulgar, prohíbeselo, no temas. Teme a Dios, no a los hombres. Si temes al hombre, aun por él serás escarnecido; pero si a Dios, serás respetado aun por los hombres.
Pero si no te atreves a hacerlo tú mismo, tráemelo; no permitiré que nadie se atreva a hacer estas cosas. Daría mi vida antes que impartir la sangre del Señor a los indignos; y derramaría mi propia sangre antes que impartir tan terrible sangre contra lo que es justo.
Pero si alguno no ha conocido al malo, después de mucha averiguación, no hay culpa. Pues estas cosas se han dicho acerca de los pecadores notorios. Porque si enmendamos a éstos, Dios nos descubrirá también prontamente a los desconocidos; pero si dejamos a éstos, ¿por qué habría Él de manifestar los ocultos?
Pero digo estas cosas, no para que solamente los rechacemos ni los cortemos, sino para que los enmendemos y los hagamos volver, para cuidar de ellos. Pues así tendremos a Dios propicio, y hallaremos a muchos que reciban dignamente; y por nuestra propia diligencia, y por el cuidado de los demás, recibiremos gran galardón; al cual Dios conceda que todos alcancemos por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 83, § 1
Mateo XXVI. 36-38.
«Entonces llega Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y dice a los discípulos: Sentaos aquí, mientras yo voy y oro más allá. Y tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y angustiarse en gran manera; y les dice: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.»
Como se aferraban a Él inseparablemente, por eso dice: «Quedaos aquí, mientras yo me aparto y oro.» Porque acostumbraba orar apartado de ellos. Y esto lo hacía enseñándonos a disponer en nuestras oraciones silencio y gran recogimiento.
Y toma consigo a los tres, y les dice: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte.» ¿Por qué no los lleva a todos consigo? Para que no se desanimaran; pero a éstos lleva, que habían sido espectadores de su gloria. Sin embargo, aun a éstos los despide: «Y adelantándose un poco, ora, diciendo: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres. Y viene a ellos y los halla durmiendo, y dice a Pedro: ¿Qué? ¿No habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.»
No sin razón reprende sobre todo a Pedro, aunque también los otros habían dormido; sino para hacerle sentir también con esto, por la causa que antes mencioné. Luego, porque también los otros dijeron lo mismo (pues cuando Pedro dijo —éstas son las palabras—: «Aunque deba morir contigo, no te negaré; asimismo también», se añade: «dijeron todos los discípulos»); [] se dirige a todos, convenciéndolos de su debilidad. Porque los que deseaban morir con Él, no pudieron entonces ni siquiera velar entristeciéndose con Él, sino que el sueño los venció.
Y ora con vehemencia, para que la cosa no pareciera fingimiento. Y los sudores corren sobre él por la misma causa, para que los herejes no dijeran esto: que finge la agonía. Por eso hay un sudor como gotas de sangre, y apareció un ángel que lo fortalecía, y mil señales seguras de temor, para que nadie afirme que las palabras eran fingidas. Por esta causa fue también esta oración. Diciendo, pues: «Si es posible, pase de mí», mostró su humanidad; pero diciendo: «Mas no como yo quiero, sino como tú quieres», mostró su virtud y su templanza, enseñándonos aun cuando la naturaleza nos tira hacia atrás, a seguir a Dios. Porque ya que a los insensatos no les bastaba mostrar su rostro solamente, usa también palabras. A su vez, las palabras solas no bastaban, sino que también hacían falta hechos; y éstos los junta con las palabras, para que aun los muy contenciosos crean que Él se hizo hombre y murió. Pues si, aun dándose estas cosas, algunos todavía no lo creen, mucho más si no se hubieran dado. Mira con cuántas cosas muestra la realidad de la encarnación: con lo que habla, con lo que padece. Después viene y dice a Pedro, como está dicho: «¿Qué? ¿No has podido velar conmigo una hora?» [] Todos dormían, y reprende a Pedro, aludiendo a él en lo que habló. Y las palabras «conmigo» no están empleadas sin razón; es como si hubiera dicho: No has podido velar conmigo una hora, ¿y darás tu vida por mí? Y lo que sigue insinúa esto mismo. Pues «Velad», dice, «y orad para no entrar en tentación». Mira cómo de nuevo les enseña a no confiar en sí mismos, sino a estar contritos de ánimo, a ser humildes y a referirlo todo a Dios.
Y unas veces se dirige a Pedro, otras a todos en común. Y a él le dice: «Simón, Simón, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti»; y a todos en común: «Orad para que no entréis en tentación»; arrancando por entero de raíz su propia voluntad y haciéndolos solícitos. Luego, para que no pareciera que su lenguaje era del todo condenatorio, dice: «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». Porque aunque desees despreciar la muerte, no podrás, hasta que Dios extienda su mano, pues la mente carnal tira hacia abajo.
Y de nuevo oró de la misma manera, diciendo: «Padre, si esto no puede pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad», mostrando aquí que Él armoniza plenamente con la voluntad de Dios, y que siempre debemos seguir ésta y buscarla.
«Y vino y los halló dormidos.» Pues además de que era muy entrada la noche, sus ojos estaban cargados por el abatimiento. Y por tercera vez fue y dijo lo mismo, afirmando con ello el hecho de que se había hecho hombre. Porque la segunda y la tercera vez en las Escrituras son señal sobre todo de verdad; como también José dijo a Faraón: «¿Se te ha aparecido el sueño por segunda vez? Porque esto es verdad, y para que estés seguro de que ciertamente sucederá.» [] Por tanto, Él también una, dos y tres veces dijo lo mismo, para probar la encarnación.
¿Y por qué vino la segunda vez? Para reprenderlos, porque estaban tan sumidos en el abatimiento, que ni siquiera tenían sentido de su presencia. Sin embargo, no los reprendió, sino que se apartó un poco de ellos, mostrando su indecible debilidad: que ni aun después de ser reprendidos pudieron resistir. Pero no los despierta y reprende de nuevo, no sea que hiera a los ya heridos, sino que se fue y oró; y cuando volvió otra vez, dice: «Dormid ya y descansad.» Y sin embargo, entonces había necesidad de velar; pero para mostrar que no soportarán ni siquiera la vista de los peligros, sino que huirán y lo abandonarán por su temor, y que Él no necesita de su socorro, y que es preciso que en todo caso sea entregado, dice: «Dormid ya y descansad; he aquí, la hora está cerca, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.» []
Muestra de nuevo que lo que se hace pertenece a una dispensación divina.
Homilía 83, § 2
Pero no hace esto solamente, sino que, al decir: «en manos de pecadores», alienta sus ánimos, mostrando que era efecto de la maldad de ellos, no de que Él estuviera sujeto a acusación alguna.
«Levantaos, vamos; he aquí, está cerca el que me entrega.» [] Porque por todos los medios les enseñaba que el asunto no era de necesidad ni de debilidad, sino de alguna secreta dispensación. Pues, como vemos, sabía de antemano que Judas vendría, y lejos de huir, salió a su encuentro. En todo caso, «Mientras aún hablaba, he aquí llegó Judas, uno de los doce, y con él una gran multitud con espadas y palos, de parte de los príncipes de los sacerdotes y de los ancianos del pueblo.» [] ¡Bien propios son, ciertamente, los instrumentos de los sacerdotes! «Con espadas y palos» vienen contra Él. Y Judas, se dice, con ellos, uno de los doce. De nuevo lo llama «de los doce», y no se avergüenza. Y el que lo entregaba les había dado una señal, diciendo: «Al que yo bese, ése es, prendedlo.» ¡Oh! ¡Qué depravación había recibido el alma del traidor! Pues ¿con qué clase de ojos miró entonces a su Maestro? ¿Con qué boca lo besó? ¡Oh! ¡maldito propósito! ¿Qué maquinó? ¿Qué osó? ¿Qué clase de señal de entrega dio? Al que yo bese, dice. Estaba envalentonado por la mansedumbre de su Maestro, que más que todo era suficiente para avergonzarlo y privarlo de toda excusa por estar entregando a uno tan manso.
¿Y por qué dice esto? Porque a menudo, cuando lo prendían, había pasado por en medio sin que ellos lo supieran. Sin embargo, también entonces esto habría sucedido, si no hubiera sido su propia voluntad el ser prendido. Al menos con miras a enseñarles esto, les cegó entonces los ojos, y Él mismo preguntó: «¿A quién buscáis?» [] Y no lo conocieron, aunque iban con linternas y antorchas, y teniendo a Judas con ellos. Después, como habían dicho: «Jesús», Él dice: «Yo soy» a quien buscáis; y aquí de nuevo: «Amigo, ¿a qué has venido?»
Porque después de haber mostrado su propia fuerza, al punto se entregó. Pero Juan dice que, aun hasta el momento mismo, continuó reprendiéndolo, diciendo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» [] ¿Ni siquiera te avergüenzas de la forma de la entrega?, dice. Sin embargo, como ni esto lo detuvo, se sometió a ser besado, y se entregó voluntariamente; y le echaron mano y lo prendieron aquella noche en que comieron la Pascua, hasta tal punto hervían de ira y estaban enloquecidos. Pero no habrían tenido fuerza alguna, si Él mismo no lo hubiera permitido. Mas esto no libra a Judas de un castigo intolerable, sino que aún más lo condena, porque habiendo recibido tales pruebas de su poder, de su benignidad, de su mansedumbre y de su dulzura, se hizo más feroz que cualquier fiera.
Sabiendo, pues, estas cosas, huyamos de la avaricia. Porque ella fue la que entonces lo arrastró a la locura; ella ejercita a los que son presa de ella en la más extrema crueldad e inhumanidad. Pues cuando los hace desesperar de su propia salvación, mucho más los lleva a descuidar la del resto de los hombres. Y tan tiránica es esta pasión, que a veces prevalece sobre la más ardiente concupiscencia. Por lo cual en verdad me avergüenzo sobremanera de que, por ahorrar su dinero, hayan podido refrenar su impureza, pero por el temor de Cristo no hayan querido vivir casta y con gravedad.
Por lo cual digo: huyamos de ella; pues no cesaré jamás de decir esto. Porque ¿por qué, oh hombre, amontonas oro? ¿Por qué haces más amarga tu esclavitud? ¿Por qué más penosa tu vigilia? ¿Por qué más dolorosa tu ansiedad? Ten por tuyos los metales sepultados en las minas, los que están en las cortes de los reyes. Pues en verdad, si tuvieras todo aquel montón, sólo lo guardarías y no lo usarías. Porque si ahora no usas las cosas que posees, sino te abstienes de ellas como si fueran ajenas, mucho más te sucedería esto si tuvieras más. Porque es propio de los avaros que, cuanto más amontonan en torno suyo, tanto más escatiman. «Pero yo sé», dices, «que estas cosas son mías». La posesión, pues, está sólo en suposición, no en disfrute. Pero debería ser objeto de temor para los hombres, dices. No, antes bien por esto vendrías a ser presa más fácil para ricos y pobres, para ladrones, falsos acusadores, siervos y, en general, para todos los que tienen ánimo de tramar algo contra ti. Porque si deseas ser objeto de temor, corta las ocasiones por las cuales pueden apoderarse de ti y afligirte todos los que en ello han puesto su corazón. ¿No oyes la parábola que dice que al hombre pobre y desnudo ni cien hombres reunidos pueden despojarlo? Porque tiene su pobreza como su mayor protección, a la cual ni siquiera el rey podrá jamás vencer ni quitar.
Homilía 83, § 3
3. Al avaro, en verdad, todos se unen a atormentarlo. ¿Y por qué digo los hombres, cuando la polilla y los gusanos guerrean contra tal hombre? ¿Y por qué hablo de la polilla? Basta el solo transcurso del tiempo, aun cuando nadie lo moleste, para causar el mayor daño a tal hombre.
¿Cuál es, pues, el placer de la riqueza? Porque yo veo sus incomodidades; dime tú el placer de ella. ¿Y cuáles son sus incomodidades? Dirás: ansiedades, asechanzas, enemistades, odios, temor; estar siempre sediento y en dolor.
Porque si alguien abrazara a una doncella a la que ama, pero no pudiera satisfacer su deseo, sufre el más extremo tormento. Así también el rico. Pues tiene abundancia y está con ella, pero no puede satisfacer todo su deseo; y le sucede lo mismo que menciona algún sabio: «El deseo del eunuco de desflorar a una virgen»; y: «Como un eunuco que abraza a una virgen y gime»; así son todos los ricos.
¿Y para qué hablar de las otras cosas? ¡Qué desagradable es tal hombre para todos! Para sus siervos, sus trabajadores, sus vecinos, para los que manejan los asuntos públicos, para los agraviados, para los que no lo son, para su mujer sobre todo, y para sus hijos más que para nadie. Porque no los educa como a hombres, sino más miserablemente que a criados y esclavos comprados.
E innumerables ocasiones de ira, de vejación, de injuria y de burla contra sí mismo procura, siendo puesto como común objeto de risa para todos. Así que las incomodidades son éstas, y quizá más que éstas; en un discurso nunca se podrían recorrer todas, pero la experiencia podrá ponerlas delante de nosotros.
Pero dime el placer de esto. «Parezco rico», dice, «y soy tenido por rico». ¿Y qué clase de placer hay en ser tenido por tal? Es un nombre muy grande para envidia. Digo un nombre, porque la riqueza es sólo un nombre vacío de realidad.
«Mas el que es rico», dice, «se regala y se deleita con esta idea». Se deleita en aquello por lo que debería afligirse. «¿Afligirse? ¿Por qué?», pregunta. Porque esto lo hace inútil para todo propósito, y cobarde y poco viril tanto respecto del destierro como de la muerte; pues estima doblemente esto, anhelando más el dinero que la luz. A tal hombre ni el cielo le deleita, porque no produce oro; ni el sol, por cuanto no despide rayos de oro.
Pero hay algunos, dice, que sí gozan de lo que poseen, viviendo en la lujuria, en la glotonería, en la embriaguez, gastando suntuosamente. Me hablas de personas peores que las primeras. Pues éstos últimos, sobre todo, son hombres que no tienen goce alguno. Porque los primeros al menos se abstienen de otros males, atados a un solo amor; pero los otros son peores que aquéllos, pues además de lo que hemos dicho, introducen sobre sí una turba de amos crueles, y sirven cada día al vientre, a la concupiscencia, a la embriaguez, a otros géneros de intemperancia, como a otros tantos tiranos crueles, manteniendo rameras, preparando banquetes costosos, comprando parásitos y aduladores, entregándose a apetitos contra naturaleza, envolviendo su cuerpo y su alma en mil enfermedades que de allí brotan.
Pues no gastan sus bienes en lo que necesitan, sino en arruinar el cuerpo y en arruinar también con ello el alma; y hacen lo mismo que si uno, al adornar su persona, pensara que está gastando su dinero en sus propias necesidades.
De modo que sólo aquel goza del placer y es señor de sus bienes que usa su riqueza para un fin conveniente; pero éstos son esclavos y cautivos, pues agravan tanto las pasiones del cuerpo como las enfermedades del alma. ¿Qué clase de goce es éste, donde hay asedio y guerra, y una tormenta peor que todo el furor del mar? Porque si la riqueza halla a los hombres necios, los hace más necios; si lascivos, más lascivos.
¿Y de qué sirve el entendimiento, dirás, al pobre? Como era de esperar, estás en la ignorancia; pues ni el ciego sabe cuál es el provecho de la luz. Oye a Salomón, que dice: «Cuanto aventaja la luz a las tinieblas, tanto aventaja la sabiduría a la necedad.» []
Pero ¿cómo instruiremos al que está en tinieblas? Porque el amor al dinero es tinieblas, que no permite que nada aparezca como es, sino de otro modo. Pues así como uno que está en tinieblas, aunque vea un vaso de oro, una piedra preciosa, vestiduras de púrpura, las supone nada, porque no ve su hermosura; así también el que está en avaricia, no conoce como debe la hermosura de aquellas cosas que son dignas de nuestro cuidado. Disipa, pues, te ruego, la niebla que se levanta de esta pasión, y entonces verás la naturaleza de las cosas.
Pero en ninguna parte aparecen estas cosas tan claramente como en la pobreza; en ninguna parte quedan tan desmentidas las cosas que parecen ser y no son, como en la abnegación.
Homilía 83, § 4
4. Pero ¡oh! hombres necios, que hasta maldicen al pobre y dicen que las casas y la vida quedan deshonradas por la pobreza, confundiéndolo todo. Porque ¿qué es deshonra para una casa? Os ruego. No tiene lecho de marfil, ni vasos de plata, sino todo de barro y madera. Antes bien, ésta es la mayor gloria y distinción para una casa. Porque el ser indiferente en las cosas mundanas hace a menudo que todo el ocio de un hombre se gaste en el cuidado de su alma.
Cuando, pues, veas gran cuidado de las cosas exteriores, avergüénzate de la gran indecencia. Porque las casas de los ricos son las que más carecen de decoro. Pues cuando ves mesas cubiertas de tapices y lechos incrustados de plata, como en el teatro, como en la ostentación de la escena, ¿qué puede igualarse a esta indecencia? Porque ¿qué casa se parece más a la escena y a las cosas de la escena, la del rico o la del pobre? ¿No es del todo evidente que es la del rico? Ésta, por tanto, está llena de indecencia. ¿Qué casa se parece más a la de Pablo, o a la de Abraham? Es muy evidente que la del pobre. Ésta, por tanto, es la más adornada y digna de aprobación. Y para que aprendas que éste es, sobre todo, el adorno de una casa, entra en la casa de Zaqueo y aprende, cuando Cristo estaba a punto de entrar en ella, cómo la adornó Zaqueo. Porque no corrió a sus vecinos pidiendo cortinas, asientos y sillas de marfil, ni sacó de sus armarios colgaduras laconias; sino que la adornó con un adorno conveniente a Cristo. ¿Cuál fue éste? «La mitad de mis bienes daré», dice, «a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devolveré cuadruplicado.» De esta manera adornemos también nosotros nuestras casas, para que Cristo entre también a nosotros. Éstas son las hermosas cortinas, éstas están labradas en el cielo, allí están tejidas. Donde éstas están, allí está también el Rey del cielo. Pero si la adornas de otra manera, estás invitando al diablo y a su compañía.
Entró también en casa del publicano Mateo. ¿Qué hizo, pues, también éste? Primero se adornó a sí mismo con su prontitud, dejándolo todo y siguiendo a Cristo.
Así también Cornelio adornó su casa con oraciones y limosnas; por lo cual, hasta el día de hoy resplandece por encima del mismo palacio. Porque el estado vil de una casa no está en los vasos en desorden, ni en un lecho desaliñado, ni en las paredes cubiertas de humo, sino en la maldad de los que moran en ella. Y Cristo lo muestra, pues en una casa tal, si el morador es virtuoso, no se avergüenza de entrar; pero en aquella otra, aunque tenga techo de oro, jamás entrará. De modo que mientras ésta es más espléndida que el palacio, por recibir al Señor de todo, aquélla con su techo de oro y sus columnas es como cloacas y albañales inmundos, pues contiene los vasos del diablo.
Pero estas cosas no las hemos dicho de los que son ricos para un fin útil, sino de los codiciosos y avaros. Porque entre éstos no hay diligencia ni cuidado de las cosas necesarias, sino de regalar el vientre, de la embriaguez y de otras indecencias semejantes; mientras que entre aquéllos lo hay del dominio de sí. Por eso en ninguna parte entró Cristo en una casa espléndida, sino en la del publicano y del jefe de publicanos, y del pescador, dejando los palacios de los reyes y a los que se visten con vestiduras delicadas.
Si tú, pues, deseas también invitarlo, adorna tu casa con limosnas, con oraciones, con súplicas, con vigilias. Éstas son las decoraciones de Cristo Rey; las otras, de Mamón, enemigo de Cristo. Nadie, pues, se avergüence de una casa humilde, si tiene este ajuar; ningún rico se enorgullezca de tener una casa costosa, sino más bien oculte su rostro y busque esta otra, dejando aquélla, para que aquí reciba a Cristo y allí goce de los tabernáculos eternos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.