Homilía 37, § 1
Mateo 10:7-9.
«Y mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir a las multitudes acerca de Juan: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas? He aquí, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.»
Porque ciertamente el asunto de los discípulos de Juan había quedado bien ordenado, y se habían ido asegurados por los milagros que acababan de realizarse; pero era necesario después remedio para el pueblo. Porque aunque ellos nada semejante podían sospechar de su propio maestro, el vulgo podía, a partir de la pregunta de los discípulos de Juan, formarse muchas extrañas sospechas, no conociendo la intención con que él envió a sus discípulos. Y era natural que razonaran consigo mismos y dijeran: «El que dio tan abundante testimonio, ¿ha cambiado ahora su convicción, y duda si éste u otro es el que había de venir? ¿Puede ser que, en disensión con Jesús, diga esto? ¿Que la prisión lo haya hecho más tímido? ¿Que sus palabras anteriores hayan sido dichas vanamente y al azar?» Siendo, pues, natural que sospecharan muchas cosas semejantes, mirad cómo corrige su debilidad y aparta estas sospechas. Porque «mientras ellos se iban, comenzó a decir a las multitudes». ¿Por qué «mientras ellos se iban»? Para que no pareciera que adulaba al hombre.
Y al corregir al pueblo, no hace pública su sospecha, sino que añade solamente la solución de los pensamientos que los perturbaban interiormente: dando a entender que Él conocía los secretos de todos los hombres. Pues no dice, como a los judíos: «¿Por qué pensáis mal?» [] Porque si lo tenían en su mente, no razonaban así por maldad, sino por ignorancia de lo que se había dicho. Por lo cual tampoco les habla en tono de reprensión, sino que solamente endereza su entendimiento, defiende a Juan y da a entender que no ha caído de su anterior opinión, ni ha cambiado, no siendo en absoluto hombre fácil de arrastrar y voluble, sino firme y seguro, y muy lejos de ser tal que haya de traicionar lo que se le encomendó.
Y para establecer esto, no emplea primero su propia sentencia, sino el testimonio anterior de ellos, señalando cómo dieron testimonio de su firmeza, no sólo con palabras, sino también con obras.
Por lo cual dice: «¿Qué salisteis a ver al desierto?» como si hubiera dicho: ¿Por qué dejasteis vuestras ciudades y vuestras casas, y os juntasteis todos en el desierto? ¿Para ver a una persona lastimosa y flexible? No, esto fuera de toda razón; no es esto lo que indica aquel empeño y la concurrencia de todos los hombres al desierto. Tanta gente y tantas ciudades no se habrían derramado con tan gran celo hacia el desierto y el río Jordán en aquel tiempo, si no hubierais esperado ver a alguno grande y admirable, más firme que cualquier roca. Ciertamente no era «una caña» lo que «salisteis a ver sacudida por el viento»; pues los flexibles, y los que se dejan arrastrar fácilmente, que ahora dicen una cosa, ahora otra, y no se mantienen firmes en nada, son muy semejantes a aquello.
Y ved cómo omite toda maldad, y menciona esto que entonces especialmente los atormentaba; y aparta la sospecha de ligereza.
«Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas? He aquí, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes.» []
Ahora bien, su sentido es éste: él no era de por sí un hombre mudable; y esto vosotros mismos lo mostrasteis con vuestro empeño. Mucho menos podría alguien decir esto: que era ciertamente firme, pero que, habiéndose hecho esclavo del lujo, después se volvió lánguido. Porque entre los hombres, unos son tales como son de por sí, y otros llegan a serlo; por ejemplo, uno es iracundo por naturaleza, y otro, por haber caído en una larga enfermedad, contrae esta flaqueza. Asimismo, algunos hombres son flexibles y volubles por naturaleza, mientras que otros llegan a serlo por hacerse esclavos del lujo y por vivir afeminadamente. «Pero Juan», dice Él, «ni era tal carácter por naturaleza, porque no era una caña lo que salisteis a ver; ni por entregarse al lujo perdió la ventaja que poseía.» Porque que no se hizo esclavo del lujo, lo muestra su vestido, y el desierto, y la prisión. Pues si hubiera querido vestir ropas delicadas, no habría vivido en el desierto ni en la prisión, sino en las cortes del rey: estando en su poder, con sólo callar, gozar de honor sin límite. Porque si Herodes lo reverenciaba tanto, aun cuando lo había reprendido y estaba encadenado, mucho más lo habría cortejado si hubiera guardado silencio. Ya veis que él había dado prueba de su firmeza y fortaleza; ¿y cómo habría de incurrir justamente en sospechas de esa clase?
Homilía 37, § 2
2. Cuando, pues, tanto por el lugar como por sus vestidos y por la concurrencia de ellos hacia Él, hubo delineado su carácter, procede a traer al profeta. Porque habiendo dicho: «¿Por qué salisteis? ¿A ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta;» continúa: «Porque éste es de quien está escrito: He aquí, envío mi mensajero delante de tu rostro, el cual preparará tu camino delante de ti.» [] Habiendo antes expuesto el testimonio de los judíos, aplica luego el de los profetas; o más bien, coloca en primer lugar la sentencia de los judíos, que debía ser demostración muy fuerte, al ser el testimonio dado por sus enemigos; en segundo lugar, la vida del hombre; en tercero, su propio juicio; en cuarto, el profeta; tapando con todo ello sus bocas.
Entonces, no sea que dijeran: «Pero ¿y si en aquel tiempo era ciertamente tal, pero ahora ha cambiado?» añadió también lo que sigue: sus vestidos, su prisión, y junto con ello la profecía.
Luego, habiendo dicho que es mayor que un profeta, da a entender también en qué es mayor. ¿Y en qué es mayor? En estar cerca de Aquel que había venido. Porque «Envío», dice Él, «mi mensajero delante de tu rostro»; esto es, cerca de Ti. Porque como entre los reyes, los que cabalgan cerca del carro son más ilustres que los demás, así también Juan aparece en su carrera cerca de la venida misma. Mirad cómo señaló la excelencia de Juan también con esto; y no se detiene ni siquiera aquí, sino que añade después asimismo su propio voto, diciendo: «De cierto os digo: entre los nacidos de mujer no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista.» []
Ahora bien, lo que dijo es como esto: «mujer no ha dado a luz a uno mayor que este hombre.» Y su misma sentencia es ciertamente suficiente; pero si queréis aprender también por los hechos, considerad su mesa, su manera de vivir, la altura de su alma. Porque vivió como si estuviera en el cielo: y habiéndose elevado por encima de las necesidades de la naturaleza, anduvo como por un camino nuevo, empleando todo su tiempo en himnos y oraciones, y no tratando con ninguno de los hombres, sino con Dios solo continuamente. Pues ni siquiera veía a alguno de sus consiervos, ni era visto por ninguno de ellos; no se alimentó con leche, no gozó de la comodidad de lecho, ni de techo, ni de plaza, ni de ninguna otra de las cosas de los hombres; y sin embargo era a la vez manso y ferviente. Oíd, por ejemplo, con cuánta consideración razona con sus propios discípulos, con cuánto valor con el pueblo de los judíos, con cuánta franqueza con el rey. Por esto dijo también: «No se ha levantado entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista.»
Homilía 37, § 3
3. Pero para que la excesiva grandeza de sus alabanzas no produjera un sentimiento desmedido, honrando los judíos a Juan por encima de Cristo; mirad cómo corrige también esto. Porque así como lo que edificaba a sus propios discípulos dañaba a las multitudes, que lo suponían persona de trato fácil; así también los remedios empleados para las multitudes podían haber resultado más perjudiciales, derivando ellos de las palabras de Cristo una opinión más reverente de Juan que de Él mismo.
Por lo cual también esto lo corrige de manera insospechada, diciendo: «El que es menor, en el reino de los cielos es mayor que él.» Menor en edad, y según la opinión de la multitud, puesto que incluso le llamaban «hombre glotón y bebedor de vino» []; y «¿No es éste el hijo del carpintero?» [] y en toda ocasión solían hacer poco caso de Él.
¿Qué, pues? —podría decirse—, ¿es por comparación que Él es mayor que Juan? Lejos de eso. Porque ni cuando Juan dice: «Él es más poderoso que yo» [], lo dice como comparándolos; ni Pablo, cuando al recordar a Moisés escribe: «Porque éste fue tenido por digno de más gloria que Moisés» [], lo escribe por vía de comparación; y Él mismo también, al decir: «He aquí, hay aquí uno mayor que Salomón» [], no habla como haciendo comparación.
O si aun concediéramos que esto fue dicho por Él por vía de comparación, esto se hizo por condescendencia, a causa de la debilidad de los oyentes. Porque los hombres tenían ciertamente la mirada muy fija en Juan; y entonces él era hecho más ilustre tanto por su encarcelamiento como por su franqueza al hablar al rey; y era gran cosa por el momento que aun tanto fuera recibido entre la multitud. Y así también, el Antiguo Testamento usa de la misma manera para corregir las almas de los que yerran, juntando por vía de comparación cosas que no pueden compararse; como cuando dice: «Entre los dioses no hay ninguno como tú, oh Señor»; y de nuevo: «No hay dios como nuestro Dios.»
Ahora bien, algunos afirman que Cristo dijo esto de los apóstoles; otros, a su vez, de los ángeles. Así, cuando algunos se han apartado de la verdad, suelen errar por muchos caminos. Pues ¿qué conexión tiene hablar o de ángeles o de apóstoles? Y además, si hablara de los apóstoles, ¿qué le impedía presentarlos por su nombre? En cambio, cuando habla de sí mismo, naturalmente oculta su persona, a causa de la sospecha que aún prevalecía, y para no parecer decir algo grande de sí mismo; sí, y a menudo lo encontramos haciéndolo.
Pero ¿qué es «en el reino de los cielos»? Entre los seres espirituales, y todos los que están en el cielo.
Y además su dicho: «No se ha levantado entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan», convenía a uno que contrastaba a Juan consigo mismo, y así tácitamente se exceptuaba a sí mismo. Porque aunque Él también nació de mujer, no fue como Juan, pues no fue un mero hombre, ni nació de la misma manera que un hombre, sino por un extraño y maravilloso modo de nacimiento.
Homilía 37, § 4
4. «Y desde los días de Juan el Bautista», dice Él, «hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.»
¿Y qué conexión puede tener esto con lo dicho antes? Mucha, ciertamente, y en plena conformidad con ello. Sí, también con este tema procede a urgir y apremiarlos a la fe en sí mismo; y al mismo tiempo, asimismo, habla en acuerdo con lo que antes había sido dicho por Juan. Porque si todas las cosas se han cumplido hasta Juan, yo soy «el que había de venir».
«Porque todos los profetas», dice Él, «y la ley profetizaron hasta Juan.» []
Porque los profetas no habrían cesado, si yo no hubiera venido. No esperéis, pues, nada más, ni aguardéis a ningún otro. Porque el que yo soy Él es manifiesto tanto por el cese de los profetas como por aquellos que cada día «arrebatan» la fe que está en mí. Porque tan manifiesta y cierta es, que muchos incluso la arrebatan. Pues bien, ¿quién la ha arrebatado así? Decidme. Todos los que se acercan a ella con fervor de espíritu.
Luego afirma también otra señal infalible, diciendo: «Si queréis recibirlo, él es Elías, el que había de venir.» Porque «Yo os enviaré», está dicho, «a Elías el tisbita, el cual hará volver el corazón de los padres hacia los hijos.» Este hombre, pues, es Elías, si atendéis exactamente, dice Él. Porque «Yo envío», dice Él, «mi mensajero delante de tu rostro.»
Y bien ha dicho: «Si queréis recibirlo», para mostrar la ausencia de coacción. Porque yo no obligo, dice Él. Y esto lo dijo, como requiriendo un ánimo sincero, y mostrando que Juan es Elías, y Elías Juan. Porque ambos recibieron un solo ministerio, y ambos llegaron a ser precursores. Por lo cual no dijo simplemente: «Este es Elías», sino: «Si estáis dispuestos a recibirlo, éste es», esto es, si con ánimo sincero atendéis a lo que está sucediendo. Y no se detuvo ni siquiera en esto, sino que a las palabras «Este es Elías, el que había de venir», añadió, para mostrar que se necesita entendimiento: El que tiene oídos para oír, oiga. []
Ahora bien, usaba tantas sentencias oscuras para incitarlos a la indagación. Y si ni aun así se despertaban, mucho menos si todo hubiera sido llano y claro. Porque esto ciertamente nadie podría decirlo: que no se atrevían a preguntarle, y que era difícil de abordar. Pues los que le hacían preguntas y lo tentaban en asuntos comunes, y cuyas bocas fueron tapadas mil veces, no se apartaban de Él; ¿cómo no habrían de preguntarle y rogarle acerca de las cosas indispensables, si de veras hubieran deseado aprender? Porque si acerca de las cosas de la ley preguntaban: «¿Cuál es el primer mandamiento?» y todas las preguntas semejantes, aunque por cierto no había necesidad de que Él les dijera aquello; ¿cómo no habrían de preguntar el sentido de lo que Él mismo decía, por lo cual además estaba obligado a dar cuenta en sus respuestas? Y especialmente cuando era Él mismo quien los animaba y los atraía a hacerlo. Porque al decir: «Los violentos lo arrebatan», los incita al fervor de espíritu; y al decir: «El que tiene oídos para oír, oiga», hace exactamente lo mismo.
Homilía 37, § 5
5. «¿A qué, pues, compararé esta generación?» dice Él, «Es semejante a los niños sentados en la plaza, que dicen: Os tocamos la flauta y no bailasteis; os entonamos lamentaciones y no llorasteis.» Esto de nuevo parece desconectado de lo anterior, pero es su consecuencia más natural. Sí, Él sigue insistiendo en el mismo punto: mostrar que Juan actúa en armonía con Él mismo, aunque los resultados fueran opuestos; como ciertamente también respecto a su pregunta. Y da a entender que no hubo nada que debiera haberse hecho por su salvación y se haya omitido; lo cual el profeta dice de la viña: «¿Qué debí hacer a esta viña, y no hice? Porque ¿a qué», dice Él, «compararé esta generación? Es semejante a los niños sentados en la plaza, que dicen: Os tocamos la flauta y no bailasteis; os entonamos lamentaciones y no llorasteis. Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores.»
Ahora bien, lo que dice es como esto: Hemos venido cada uno por un camino opuesto, yo y Juan; y hemos hecho como si unos cazadores, con una fiera difícil de atrapar y que por dos caminos pudiera caer en las redes; como si cada uno de los dos le cortara su camino y la empujara, poniéndose enfrente del otro; de modo que era necesario que cayera en una de las dos trampas. Mirad, por ejemplo, a todo el género humano, cómo se asombra de la maravilla del ayuno de los hombres y de esta vida dura y de abnegación. Por esta razón se había dispuesto que Juan fuera criado así desde su más tierna juventud, para que con ello (entre otras cosas) sus dichos obtuvieran crédito.
Pero ¿por qué, se preguntará, no eligió Él mismo aquel camino? En primer lugar, Él también procedió por él, cuando ayunó los cuarenta días, y anduvo enseñando, y no tenía dónde reclinar la cabeza. Sin embargo, también de otro modo logró este mismo objeto, y proveyó a la ventaja que de allí resultaba. Porque ser atestiguado por aquel que vino por este camino era lo mismo, o aun cosa mucho mayor que haber venido Él mismo por este camino.
Y además, Juan ciertamente no mostró más que su vida y su conducta; porque «Juan», se dice, «no hizo señal alguna» [] pero Él mismo tenía el testimonio también de señales y de milagros. Dejando, pues, a Juan ser ilustre por su ayuno, Él mismo vino por el camino contrario, llegando a las mesas de los publicanos, y comiendo y bebiendo.
Preguntemos, pues, a los judíos: «¿Es el ayuno cosa buena y digna de admiración? Debíais, pues, haber obedecido a Juan, y haberlo recibido, y creído sus dichos. Porque así esos dichos os habrían conducido hacia Jesús. ¿Es el ayuno, por el contrario, cosa penosa y gravosa? Entonces debíais haber obedecido a Jesús, y haber creído en Él, que vino por el camino contrario. Así, de cualquier modo, os habríais hallado en el reino.» Pero, como fiera indómita, hablaban mal de ambos. La culpa, pues, no es de aquellos a quienes no se creyó, sino que han de ser culpados los que no creyeron. Porque ningún hombre elegiría jamás hablar mal de cosas contrarias, como tampoco, por otra parte, las alabaría. Quiero decir: el que aprueba el carácter alegre y libre, no aprobará al triste y grave; el que alaba al hombre de semblante triste no alabará al hombre alegre. Porque es imposible dar el voto a ambos lados a la vez. Por eso también Él dice: «Os tocamos la flauta, y no bailasteis;» es decir, «os presenté la vida más libre, y no obedecisteis;» y: «Os entonamos lamentaciones, y no llorasteis;» es decir, «Juan siguió la vida áspera y grave, y no hicisteis caso.» Y no dice: «él esto, yo aquello,» sino que, siendo uno el propósito de ambos, aunque sus modos de vida fueran contrarios, por esto habla de sus obras como comunes. Sí, porque aun su venida por caminos contrarios nació de una concordancia exactísima, tal que miraba continuamente a un mismo y único fin. ¿Qué excusa, pues, podéis tener después de todo esto?
Por lo cual añadió: «Y la sabiduría es justificada por sus hijos;» es decir, aunque no os dejéis persuadir, con todo, después de esto no podéis hallar falta en mí. Como dice el profeta respecto del Padre: «Para que seas justificado en tus dichos.» Porque Dios, aunque nada más consiguiera con su cuidado de nosotros, cumple toda su parte, de modo que a los que quieran ser desvergonzados no les quede ni sombra de excusa para una duda torcida.
Y si las semejanzas son humildes y de mal sonido, no os maravilléis, porque discurría mirando a la debilidad de sus oyentes. Puesto que también Ezequiel menciona muchas semejanzas como ellas, e indignas de la majestad de Dios. Mas esto mismo conviene sobre todo a su tierna solicitud.
Y advertid cómo en otro aspecto también son llevados de acá para allá a opiniones contradictorias. Pues habiendo dicho de Juan: «Demonio tiene» [], no se detuvieron en esto, sino que dijeron exactamente lo mismo acerca de Él, que seguía el curso contrario; así andaban perpetuamente arrastrados a opiniones encontradas.
Pero Lucas añade aquí además otro cargo, y más grave, contra ellos, diciendo: «Porque los publicanos justificaron a Dios, habiendo recibido el bautismo de Juan.»
Homilía 37, § 6
6. Luego pasa a reprochar a las ciudades, ahora que la sabiduría ha sido justificada; ahora que ha mostrado que todo se ha cumplido plenamente. Es decir, habiendo dejado de persuadirlas, ahora sólo se lamenta por ellas; lo cual es más que aterrador. Pues había exhibido tanto su enseñanza por sus palabras, como su poder de obrar maravillas por sus señales. Mas por cuanto permanecían en su propia incredulidad, ahora tan sólo las reprocha.
Porque «entonces», se dice, «comenzó Jesús a reconvenir a las ciudades en las cuales se habían hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» []
Luego, para mostraros que no son tales por naturaleza, menciona también el nombre de la ciudad de la cual salieron cinco apóstoles. Pues tanto Felipe, como aquellos dos pares de los principales apóstoles, eran de allí. []
«Porque si», dice Él, «en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se hicieron en vosotras, tiempo ha que se habrían arrepentido en cilicio y en ceniza. Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable para Tiro y para Sidón, que para vosotras. Y tú, Capernaúm, que eres levantada hasta el cielo, hasta el infierno serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, habría permanecido hasta el día de hoy. Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable para la tierra de Sodoma, que para ti.»
Y no en vano añade a Sodoma con las otras, sino para agravar el cargo contra ellas. Sí, porque es una prueba muy grande de maldad, cuando no sólo entre los que ahora son, sino aun entre todos los que jamás fueron malvados, no se halla ninguno tan malo como ellas.
Así también en otra parte hace una comparación, condenándolos por los ninivitas y por la reina del sur; allá, sin embargo, fue por los que obraron rectamente; aquí, aun por los que pecaron; cosa mucho más grave. Con esta ley de condenación también Ezequiel estaba familiarizado; por lo cual dijo a Jerusalén: «Has justificado a tus hermanas en todos tus pecados.» Así en todas partes suele detenerse en el Antiguo Testamento, como en lugar favorecido. Y ni aun en esto detiene su discurso, sino que hace sus temores todavía más intensos, diciendo que sufrirán cosas más graves que los sodomitas y los tirios, para así, por todos los medios, atraerlos, tanto lamentándose como alarmándolos.
Homilía 37, § 7
7. A estas mismas cosas escuchemos también nosotros: puesto que no sólo para los incrédulos, sino también para nosotros, ha señalado un castigo más grave que el de los sodomitas, si no recibimos a los extranjeros que vienen a nosotros; quiero decir, cuando mandó sacudir aun el polvo; y muy justamente. Porque en cuanto a los sodomitas, aunque cometieron una gran transgresión, fue antes de la ley y de la gracia; pero nosotros, después de tanto cuidado mostrado hacia nosotros, ¿de qué indulgencia seríamos dignos, mostrando tanta inhospitalidad, y cerrando nuestras puertas a los que están en necesidad, y nuestros oídos antes que las puertas? O más bien, ¿no sólo contra los pobres, sino contra los mismos apóstoles? Porque por eso lo hacemos a los pobres, porque lo hacemos a los mismos apóstoles. Pues mientras se lee a Pablo, y no atendéis; mientras Juan predica, y no oís: ¿cuándo recibiréis a un pobre, quien no recibe a un apóstol?
Para que, pues, tanto nuestras casas estén continuamente abiertas a los unos, como nuestros oídos a los otros, limpiemos la inmundicia de los oídos de nuestra alma. Porque así como la inmundicia y el lodo cierran los oídos de nuestra carne, así también los cantos de la ramera, las noticias mundanas, las deudas y los negocios de usura y de préstamos cierran el oído de la mente, peor que cualquier inmundicia; o más bien, no sólo lo cierran, sino también lo hacen inmundo. Y echan estiércol en vuestros oídos los que os hablan de estas cosas. Y aquello que amenazó el bárbaro, diciendo: «Comerás tu propio estiércol», y lo que sigue; [] esto os hacen padecer también estos hombres, no en palabra, sino en obras; o más bien, algo mucho peor. Porque en verdad esos cantos son más repugnantes aun que todo esto; y lo que es aún peor, lejos de sentir molestia al oírlos, antes os reís, cuando deberíais abominarlos y huir.
Mas si no son abominables, baja al escenario, imita aquello que alabas, o más bien, tan sólo pasea con el que excita esa risa. No, no podrías soportarlo. ¿Por qué, pues, le otorgas tan grande honor? Sí, mientras las leyes promulgadas por los gentiles querrían que fuesen deshonrados, tú los recibes con toda tu ciudad, como a embajadores y generales, y convocas a todos los hombres a recibir estiércol en sus oídos. Y tu siervo, si dice algo inmundo en tus oídos, recibirá muchos azotes; y sea un hijo, una esposa, quienquiera que sea, que haga lo que he dicho, llamas afrenta al hecho; pero si hombres viles, dignos del azote, te invitan a oír las palabras inmundas, no sólo no te indignas, sino que aun te regocijas y aplaudes. ¿Y qué podría igualarse a esta locura?
¿Pero acaso tú mismo no pronuncias nunca estas palabras viles? ¿Y qué provecho hay? O más bien, ¿de dónde se manifiesta este mismo hecho? Porque si no pronunciaras estas cosas, tampoco te reirías en absoluto al oírlas, ni correrías con tanto celo hacia la voz que te avergüenza.
Dime, pues: ¿te agrada oír blasfemar a los hombres? ¿No tiemblas más bien y te tapas los oídos? Ciertamente pienso que sí. ¿Por qué? Porque tú mismo no blasfemas. Haz exactamente así con respecto a las palabras inmundas también; y si quieres mostrarnos claramente que no sientes placer en el hablar inmundo, no toleres ni siquiera oírlas. Porque ¿cuándo podrás hacerte bueno, criado como estás con tales sonidos en tus oídos? ¿Cuándo te atreverás a soportar los trabajos que exige la castidad, ahora que vas cayendo poco a poco por esta risa, estos cantos y estas palabras inmundas? Sí, es gran cosa que un alma que se mantiene pura de todo esto pueda llegar a ser grave y casta; ¡cuánto más para una que se nutre en tales audiciones! ¿No sabes que de los dos somos más inclinados al mal? Mientras, pues, hacemos de ello un arte y un negocio, ¿cuándo escaparemos de aquel horno?
Homilía 37, § 8
8. ¿No has oído lo que dice Pablo: «Gozaos en el Señor?» [] No dijo: «en el diablo.» ¿Cuándo, pues, podrás oír a Pablo? ¿Cuándo cobrarás conciencia de tus malas acciones? Ebrio como estás, siempre e incesantemente, con el espectáculo del que hablaba. Porque tu venida aquí no es nada admirable ni grande; o más bien es admirable. Porque aquí vienes de cualquier modo, y tan sólo como para satisfacer un escrúpulo; pero allí con diligencia y prontitud, y gran disposición. Y es evidente por lo que traes a casa al volver de allí.
Porque incluso todo el lodo que allí se derrama para ti, por los discursos, por los cantos, por la risa, lo recoges y cada cual lo lleva a su casa, o más bien no sólo a su casa, sino que cada uno lo mete aun en su propia mente.
Y de las cosas no dignas de aborrecimiento te apartas; mientras que otras que han de ser aborrecidas, lejos de odiarlas, aun las cortejas. Muchos, por ejemplo, al volver de los sepulcros, suelen lavarse; pero al regresar de los teatros jamás han gemido ni derramado fuentes de lágrimas; y sin embargo, ciertamente el muerto no es cosa inmunda, mientras que el pecado induce una mancha tal, que ni con diez mil fuentes podría uno purgarla, sino sólo con lágrimas y con confesiones. Mas nadie tiene sentido de esta mancha. Así, porque no tememos lo que debemos, por eso nos encogemos ante lo que no debemos.
¿Y qué es de nuevo el aplauso? ¿Qué el tumulto, y los gritos satánicos, y los gestos diabólicos? Porque primero un joven, llevando largo el cabello por detrás, y mudando su naturaleza en la de una mujer, se esfuerza tanto en el aspecto como en el gesto, en los vestidos y generalmente en todos los modos, por pasar a la semejanza de una tierna doncella. Luego otro ya anciano, al contrario de éste, con el cabello rapado, y con los lomos ceñidos, cortada su vergüenza antes que el cabello, está pronto a ser azotado con la vara, preparado para decir y hacer cualquier cosa. Las mujeres, a su vez, con las cabezas descubiertas, están de pie sin rubor, hablando con todo el pueblo; tan completa es su práctica en la desvergüenza; y así derraman toda desfachatez e impureza en las almas de sus oyentes. Y su único empeño es arrancar de raíz toda castidad, deshonrar nuestra naturaleza, saciar el deseo del demonio malvado. Sí, y hay dichos inmundos y gestos más inmundos todavía; y el adorno del cabello tiende a eso, y el andar, y el vestido, y la voz, y la flexión de los miembros; y hay revolver de ojos, y flautas, y caramillos, y dramas, y tramas; y todas las cosas, en fin, llenas de la más extrema impureza. ¿Cuándo, pues, volverás a estar sobrio, te lo ruego, ahora que el diablo derrama para ti tanto vino fuerte de fornicación, mezclando tantas copas de impureza? Porque en verdad allí hay adulterios y matrimonios robados, y hay mujeres que se prostituyen, hombres que se prostituyen, jóvenes que se corrompen a sí mismos: todo allí es iniquidad hasta el colmo, toda hechicería, toda vergüenza. Por lo cual los que están sentados no deberían reírse de estas cosas, sino llorar y gemir amargamente.
«¿Qué, pues? ¿Hemos de cerrar el teatro?» se dirá, «¿Y han de ser todas las cosas trastornadas por tu palabra?» No, sino que tal como están, todas las cosas están trastornadas. Porque ¿de dónde son, dime, los que conspiran contra nuestros matrimonios? ¿No es de este teatro? ¿De dónde son los que horadan hasta las cámaras? ¿No es de ese escenario? ¿No viene de esto el que los maridos sean insoportables a sus mujeres? ¿De esto, que las mujeres sean despreciables para sus maridos? ¿De esto, que la mayor parte sean adúlteros? De modo que el que subvierte todas las cosas es el que va al teatro; es él quien introduce una tiranía gravosa. «No,» dirás, «esto está establecido por el buen orden de las leyes.» Pues arrebatar las mujeres de los hombres, e insultar a los jovencitos, y derribar casas, es propio de los que se han apoderado de las ciudadelas. «¿Y qué adúltero,» dirás, «ha sido hecho tal por estos espectáculos?» No, ¿quién no ha sido hecho adúltero? Y si uno pudiera ahora mencionarlos por nombre, podría señalar cuántos maridos han apartado esas rameras de sus mujeres, cuántos han llevado cautivos, arrancando a algunos aun del lecho conyugal mismo, no sufriendo otros que vivan en absoluto en matrimonio.
«¿Qué, pues? Te lo ruego, ¿hemos de derribar todas las leyes?» No, pero es derribar la iniquidad, si acabamos con estos espectáculos. Porque de aquí son los que causan estragos en nuestras ciudades; de aquí, por ejemplo, las sediciones y los tumultos. Porque los que son mantenidos por los danzantes, y que venden su propia voz al vientre, cuyo oficio es gritar y practicar todo lo monstruoso, éstos son especialmente los hombres que agitan a la plebe, que hacen los tumultos en nuestras ciudades. Porque la juventud, cuando se ha dado la mano con la ociosidad, y se cría en tan grandes males, se vuelve más feroz que cualquier fiera. Los nigromantes también, te lo ruego, ¿de dónde son? ¿No es de aquí, que para excitar al pueblo que está ocioso sin objeto, y hacer que los danzantes gocen de mucho y ruidoso aplauso, y fortalecer a las rameras contra las castas, proceden tan adelante en la hechicería, que ni siquiera se retraen de perturbar los huesos de los muertos? ¿No viene de aquí, cuando los hombres son forzados a gastar sin límite en aquel coro malvado del diablo? ¿Y la lascivia, de dónde es ésa, y sus innumerables daños? Ya ves: eres tú quien está subvirtiendo nuestra vida, atrayendo a los hombres a estas cosas, mientras yo la restauro acabando con ellas.
«Derribemos, pues, el teatro,» dicen. Ojalá fuera posible derribarlo; o más bien, si queréis, en lo que a nosotros toca, ya está derribado y socavado. Sin embargo, no impongo tal cosa. Tal como están esos lugares, os mando hacerlos ineficaces; lo cual sería mayor alabanza que derribarlos.
Homilía 37, § 9
9. Imitad al menos a los bárbaros, si a nadie más; pues ellos ciertamente están del todo limpios de buscar tales espectáculos. ¿Qué excusa, pues, podemos tener después de todo esto nosotros, los ciudadanos del cielo, partícipes de los coros de los querubines y en comunión con los ángeles, si en esto nos hacemos peores incluso que los bárbaros, y ello cuando tenemos a nuestro alcance innumerables otros placeres mejores que estos?
Pues si deseas que tu alma halle deleite, ve a los jardines, a un río que corre, a los lagos; observa los huertos, escucha a las cigarras mientras cantan; está de continuo junto a los sepulcros de los mártires, donde hay salud para el cuerpo y provecho para el alma, y ningún daño, ningún remordimiento después del placer, como aquí lo hay.
Tienes mujer, tienes hijos; ¿qué hay igual a este placer? Tienes casa, tienes amigos; estas son las verdaderas delicias: además de su pureza, grande es el provecho que otorgan. Porque ¿qué hay, te ruego, más dulce que los hijos? ¿Qué más dulce que una mujer, para el que quiera ser casto de mente?
A este propósito, se nos dice, pronunciaron los bárbaros en cierta ocasión una sentencia llena de sabia severidad. Quiero decir que, habiendo oído de estos espectáculos malvados y de su deleite inoportuno, «¿por qué los romanos,» dicen, «han inventado estos placeres, como si no tuvieran mujeres e hijos?» dando a entender que nada es más dulce que los hijos y la mujer, si quieres vivir honestamente.
«¿Y qué,» dirá alguno, «si te señalo a algunos que no reciben daño alguno de su pasatiempo en aquel lugar?» En primer lugar, aun esto es daño: gastar el tiempo sin objeto ni fruto, y hacerse ocasión de tropiezo para otros. Pues aunque tú no seas dañado, haces a otro más ansioso de ello. ¿Y cómo podrás no ser tú mismo dañado, dando ocasión a lo que allí sucede? Sí, el adivino, y el muchacho prostituido, y la mujer ramera, y todos aquellos coros del diablo, arrojan sobre tu cabeza la culpa de sus obras. Porque así como, si no hubiera espectadores, no habría quienes siguieran estos oficios, así, habiéndolos, ellos también tienen su parte del fuego debido a tales hechos. De modo que, aun si en castidad quedaras del todo ileso (cosa imposible), por la ruina de los demás rendirás cuenta gravísima: tanto por la de los espectadores como por la de quienes los reúnen.
Y en castidad también aprovecharías más, si te abstuvieras de ir allí. Pues si aun ahora eres casto, te harías más casto evitando semejantes espectáculos. No nos complazcamos, pues, en argumentos inútiles, ni inventemos disculpas infructuosas; no habiendo más que una disculpa: huir del horno babilónico, mantenerse lejos de la ramera egipcia, aunque haya que escapar desnudo de sus manos. []
Porque así gozaremos de gran deleite, sin que la conciencia nos acuse, y viviremos esta vida presente con castidad, y alcanzaremos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo; a quien conviene la gloria y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 38, § 1
Mateo 11:25-26.
«En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra; porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó.»
¿Ves de cuántas maneras los conduce a la fe? Primero, [] por sus alabanzas de Juan. Pues señalándolo como grande y maravilloso, probaba igualmente que todas sus palabras eran dignas de crédito, con las cuales solía atraerlos al conocimiento de Él. Segundo, [] al decir: «El reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan;» porque este es el lenguaje de quien urge y apremia. Tercero, [] al significar que el número de los profetas se había cumplido; pues esto también manifestaba que Él era la persona de antemano anunciada por ellos. Cuarto, [] al señalar que cuantas cosas habían de ser hechas por él, todas se habían cumplido; en cuyo tiempo hizo también mención de la parábola de los niños. Quinto, por su reprensión de los que no habían creído, y por alarmarlos y amenazarlos grandemente. [] Sexto, por dar gracias por los que creyeron. Pues la expresión «Te alabo» aquí es «Te doy gracias.» «Te doy gracias,» dice, «porque has escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos.»
¿Pues qué? ¿Acaso se goza en la perdición y en que los otros no hayan recibido este conocimiento? De ningún modo; sino que es un modo excelentísimo suyo de salvar a los hombres: no forzar a los que rechazan por completo, y no quieren recibir sus palabras; para que, puesto que no se enmendaron con su llamada, sino que retrocedieron y la despreciaron, el arrojarlos los haga caer en anhelo de estas cosas. Y así también los atentos se harían más diligentes.
Y si el revelarse a estos era motivo propio de gozo, el ocultarse de aquellos ya no era de gozo, sino de lágrimas. Así al menos lo hace cuando llora por la ciudad. No, pues, por esto se goza, sino porque lo que los sabios no conocieron, lo conocieron estos. Como cuando Pablo dice: «Doy gracias a Dios de que fuisteis siervos del pecado, pero habéis obedecido de corazón a la forma de doctrina a la que fuisteis entregados.» Ved que tampoco Pablo se goza de que fueran «siervos del pecado,» sino de que, siendo tales, hubieran sido tan altamente favorecidos.
Ahora bien, por «sabios» entiende aquí a los escribas y a los fariseos. Y dice esto para hacer más diligentes a los discípulos, y para mostrar qué había sido concedido a los pescadores, cuando todos aquellos otros lo habían perdido. Y al llamarlos «sabios,» no se refiere a la sabiduría verdadera y loable, sino a la que parecían tener por su agudeza natural. Por eso no dijo: «lo has revelado a los necios,» sino «a los niños;» es decir, a los no sofisticados, a los simples de mente; y da a entender que, lejos de haberse perdido ellos esos privilegios contra su merecido, era precisamente lo que cabía esperar. Y nos instruye en todo a ser libres de orgullo y a seguir la sencillez. Por esto también Pablo lo expresó con mayor vehemencia, escribiendo así: «Si alguien entre vosotros se cree sabio en este mundo, hágase necio, para llegar a ser sabio.» [] Porque así se manifiesta la gracia de Dios.
Pero ¿por qué da gracias al Padre, si ciertamente era Él mismo quien obraba esto? Como ora e intercede ante Dios, mostrando su gran amor hacia nosotros, del mismo modo hace también esto; pues también esto es de mucho amor. Y significa que no solo de Él se habían apartado, sino también del Padre. Así, lo que dijo hablando a sus discípulos: «No deis lo santo a los perros,» [] esto mismo se anticipó Él a cumplirlo.
Además, con ello da a entender tanto su propia voluntad principal como la del Padre; la suya, digo, al dar gracias y gozarse por lo sucedido; la del Padre, al dar a entender que tampoco lo había hecho a ruegos, sino por sí mismo, por su propia voluntad: «Porque así,» dice, «te agradó;» es decir, «así te plugo.»
¿Y por qué les fue ocultado? Oye a Pablo, que dice: «Buscando establecer su propia justicia, no se han sujetado a la justicia de Dios.» []
Considera ahora cómo era probable que los discípulos se sintieran al oír esto: que lo que los sabios no conocían, estos lo conocían, y lo conocían siendo aún niños, y lo conocían por revelación de Dios. Pero Lucas dice que «en aquella misma hora,» cuando los setenta vinieron a contarle lo de los demonios, entonces Él «se regocijó» y dijo estas cosas [], lo cual, además de aumentar su diligencia, los dispondría también a ser modestos. Es decir, como era natural que se enorgullecieran de expulsar demonios, por esto, entre otras razones, los refrena: que había sido revelación cuanto se había hecho, y no diligencia de parte de ellos. Por eso también los escribas y los sabios, creyendo ser inteligentes por sí mismos, cayeron por su propia vanidad. Pues bien, si por esta causa se les ocultó, «también vosotros,» dice Él, «temed, y continuad siendo niños.» Porque esto os hizo alcanzar el beneficio de la revelación, como por el contrario aquello los privó de ella. Pues de ningún modo, cuando dice: «Has ocultado,» quiere dar a entender que todo es obra de Dios; sino que, como cuando Pablo dice: «Los entregó a una mente réproba,» [] y «ha cegado sus mentes,» no se pretende presentarlo a Él como autor, sino a los que dieron ocasión; así también aquí usa la expresión: «Has ocultado.»
Pues como había dicho: «Te doy gracias, porque has ocultado estas cosas y las has revelado a los niños;» para impedir que supongas que, como careciendo Él mismo de este poder e incapaz de efectuarlo, da gracias, dice:
«Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre.» [] Y a los que se gozan de que los demonios les obedecen: «No, ¿de qué os maravilláis,» dice Él [], «de que los demonios se os sujeten? Todas las cosas son mías; todas las cosas me han sido entregadas.»
Pero cuando oigas «me han sido entregadas,» no sospeches nada humano. Pues usa esta expresión para impedir que imagines dos dioses sin origen. Porque, que Él era a la vez engendrado y Señor de todo, lo declara de muchas maneras, y también en otros lugares.
Homilía 38, § 2
2. Luego dice lo que es aún mayor que esto, levantando vuestra mente: «Y nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni al Padre conoce nadie, sino el Hijo.» Lo cual, en verdad, a los ignorantes les parece desconectado de lo anterior, pero tiene plena consonancia con ello. Como así: habiendo dicho: «Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre,» añade: «¿Y qué hay de admirable,» así habla, «en que yo sea Señor de todo? Yo, que tengo también otro privilegio mayor: conocer al Padre y ser de la misma sustancia.» Sí, pues también esto lo significa veladamente al ser Él el único que así lo conoció. Porque esto es lo que quiere decir cuando dice: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo.»
Y mira en qué momento dice esto. Cuando por sus obras habían recibido la prueba cierta de su poder, no solo viéndole obrar milagros, sino habiendo sido dotados también en su nombre de tan grandes potestades. Entonces, como había dicho: «Las has revelado a los niños,» significa que esto también le pertenece a Él; pues «nadie conoce al Padre,» dice, «sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo» []; no «a quien se le ordene,» no «a quien se le mande.» Pero si Él lo revela, entonces también a sí mismo. Esto, sin embargo, lo dejó pasar como cosa reconocida; pero lo otro lo ha asentado. Y en todas partes afirma esto; como cuando dice: «Nadie viene al Padre sino por mí.» []
Y con ello establece también otro punto: que Él está en armonía y en un mismo sentir con Él. «Pues qué,» dice, «tan lejos estoy de luchar y guerrear con Él, que nadie puede siquiera venir a Él sino por mí.» Porque como esto los ofendía sobremanera, el que Él pareciera un Dios rival, por todos los medios lo elimina; y se ocupa de esto no con menos empeño, sino aún más, que de sus milagros.
Pero cuando dice: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo,» no quiere decir esto: que todos los hombres lo ignoraran, sino que con el conocimiento con que Él lo conoce, ningún hombre está familiarizado; lo cual puede decirse también del Hijo. Pues no hablaba de un Dios desconocido y no revelado a hombre alguno, como dice Marción; sino que es la perfección del conocimiento lo que aquí da a entender, puesto que tampoco nosotros conocemos al Hijo como debe ser conocido; y esto mismo, por no añadir más, lo declaraba Pablo cuando decía: «En parte conocemos y en parte profetizamos.» []
Homilía 38, § 3
3. Luego, habiéndolos conducido con sus palabras a un deseo ferviente, y habiendo dado a entender su poder inefable, después los invita, diciendo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» [] No a esta o aquella persona, sino a todos los que están en ansiedad, en dolores, en pecados. Venid, no para pediros cuentas, sino para quitar vuestros pecados; venid, no porque necesite vuestro honor, sino porque quiero vuestra salvación. «Pues yo,» dice, «os haré descansar.» No dijo: «Os salvaré,» solamente, sino lo que era mucho más: «Os pondré en toda seguridad.»
«Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave, y mi carga ligera.» [] Así, «no temáis,» dice Él, al oír hablar de un yugo, pues es suave; no temáis, porque dije «carga,» pues es ligera.
¿Y cómo dijo antes: «La puerta es estrecha y angosto el camino?» [] Mientras sois descuidados, mientras estáis tendidos; en cambio, si cumplís debidamente sus palabras, la carga será ligera; por lo cual también ahora la ha llamado así.
Pero ¿cómo se cumplen debidamente? Si te has vuelto humilde, manso y apacible. Pues esta virtud es la madre de toda la austeridad de vida. Por lo cual, cuando comenzó aquellas leyes divinas, con esto comenzó. [] Y aquí de nuevo hace exactamente lo mismo, y es sumamente grande la recompensa que asigna. «Porque no solo a otro te haces útil; sino que a ti mismo, sobre todo, te recreas,» dice. «Pues hallarás descanso para tu alma.»
Incluso antes de los bienes futuros, te da aquí tu recompensa y te otorga ya el premio, haciendo aceptable la palabra, tanto por esto como por presentarse a sí mismo como ejemplo. Pues «¿De qué temes?» dice, «¿de que vayas a perder por tu humilde condición? Mírame a mí y a todo lo mío; aprende de mí, y entonces sabrás con claridad cuán grande es tu bendición.» ¿Ves cómo de todas las maneras los conduce a la humildad? Por sus propias obras: «Aprended de mí, que soy manso.» Por lo que ellos mismos han de ganar; pues «Hallaréis,» dice, «descanso para vuestras almas.» Por lo que les otorga; pues «Yo también os recrearé,» dice. Por hacerlo ligero: «Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.» De igual modo hace Pablo, diciendo: «Pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria.» []
¿Y cómo, dirá alguno, es ligera la carga, cuando dice: «Si uno no odia a padre y madre;» y: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí;» y: «El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo;» cuando manda incluso entregar la misma vida? [] Que te enseñe Pablo, diciendo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? []» Y que: «Los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de revelarse en nosotros.» [] Que te enseñen los que vuelven del concilio de los judíos después de muchos azotes, y «se gozan de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por el nombre de Cristo.» [] Y si todavía temes y tiemblas al oír hablar del yugo y de la carga, el temor no proviene de la naturaleza de la cosa, sino de tu dejadez; pues si estás dispuesto y con empeño, todo te será fácil y ligero. Porque por esta causa también Cristo, para significar que también nosotros mismos debemos trabajar, no mencionó solo las cosas graciosas y luego calló, ni solo las penosas, sino que puso ambas. Así, habló de «un yugo,» y lo llamó «fácil;» nombró una carga, y añadió que era «ligera;» para que ni huyas de ellas como penosas, ni las desprecies como demasiado fáciles.
Pero si aun después de todo esto, la virtud te parece cosa molesta, considera que el vicio es más molesto. Y esto mismo daba a entender, al no decir primero: «Llevad mi yugo sobre vosotros,» sino antes: «Venid, los que estáis trabajados y cargados;» dando a entender que el pecado también tiene trabajo, y una carga pesada y difícil de llevar. Pues no dijo solo: «Los que trabajáis,» sino también: «los que estáis cargados.» De esto hablaba también el profeta, cuando en aquella descripción de su naturaleza: «Como carga pesada se han agravado sobre mí.» Y también Zacarías, describiéndola, dice que es «un talento de plomo.» []
Y esto además lo prueba la experiencia misma. Pues nada tanto pesa sobre el alma y la abate, como la conciencia del pecado; nada tanto le da alas y la levanta a lo alto, como la consecución de la justicia y la virtud.
Y fíjate: ¿qué hay más penoso, te pregunto, que no tener posesiones? ¿Poner la mejilla y, al ser golpeado, no devolver el golpe? ¿Morir de muerte violenta? Y, sin embargo, si practicamos el dominio de sí, todas estas cosas son ligeras, fáciles y placenteras.
Pero no te turbes; antes tomemos cada una de estas cosas y examinémosla con exactitud; y, si quieres, primero aquella que muchos consideran más penosa. ¿Cuál de las dos, dime, es grave y onerosa: estar al cuidado de un solo vientre, o andar angustiado por diez mil? ¿Vestirse con un solo manto y no buscar nada más; o, teniendo muchas cosas en casa, lamentarse cada día y cada noche con miedo, con temblor, por su conservación, afligido y a punto de ahogarse por su pérdida; temiendo que una se apolille, que un siervo las hurte y se marche con ellas?
Homilía 38, § 4
4. Pero diga lo que diga, mi palabra no ofrecerá una prueba como la experiencia real. Por lo cual, quisiera que estuviera aquí presente con nosotros alguno de los que han alcanzado aquella cumbre del dominio de sí, y entonces sabríais con certeza su deleite; y que ninguno de los enamorados de la pobreza voluntaria aceptaría la riqueza, aunque diez mil se la ofrecieran.
Pero ¿acaso estos, dirás, consentirían jamás en hacerse pobres y arrojar las ansiedades que tienen? ¿Y qué con eso? Esto no es sino una prueba de su locura y de su grave enfermedad, no de que la cosa sea muy placentera. Y esto nos lo atestiguarían ellos mismos, que a diario se lamentan de sus ansiedades y consideran que su vida no merece vivirse. Pero no así aquellos otros; antes ríen, saltan de gozo, y los que llevan la diadema no se glorían tanto como ellos en su pobreza.
Además, poner la mejilla es, para el que atiende, cosa menos penosa que golpear a otro; porque de esto tiene principio la contienda, en aquello tiene término; y mientras con lo primero has encendido también la hoguera del otro, con lo segundo has apagado incluso tus propias llamas. Y que no ser quemado es cosa más agradable que ser quemado, es ciertamente claro para todo hombre. Y si esto vale respecto de los cuerpos, mucho más en un alma.
¿Y qué es más leve: contender, o ser coronado? ¿Luchar, o recibir el premio? ¿Soportar las olas, o entrar en el puerto? Por lo tanto, también morir es mejor que vivir. Pues lo uno nos aparta de olas y peligros, mientras lo otro los añade y hace al hombre presa de innumerables asechanzas y angustias, que han hecho la vida indigna de vivirse, según vosotros mismos.
Y si no crees nuestras palabras, escucha a los que vieron los rostros de los mártires en el tiempo de sus combates: cómo, azotados y desollados, estaban sumamente gozosos y alegres; y expuestos sobre hierros candentes, se regocijaban y estaban alegres de corazón, más que los que yacen en un lecho de rosas. Por lo cual Pablo también dijo, cuando estaba a punto de partir de aquí y cerrar su vida con muerte violenta: «Me gozo y me regocijo con todos vosotros; por la misma causa, gozaos también vosotros y regocijaos conmigo.» ¿Ves con cuánta fuerza de lenguaje invita al mundo entero a participar de su alegría? Tan grande bien sabía él que era su partida de aquí, tan deseable, amable y digna de oración, aquella cosa temible: la muerte.
Homilía 38, § 5
5. Pero que el yugo de la virtud es suave y ligero, se manifiesta también de muchas otras maneras; mas, para concluir, si os place, miremos también las cargas del pecado. Traigamos, pues, a los avaros, a los revendedores y traficantes de segunda mano en tratos desvergonzados. ¿Qué carga podría haber más pesada que tales negocios? ¡Cuántos dolores, cuántas ansiedades, cuántos desengaños, cuántos peligros, cuántas asechanzas y guerras brotan a diario de estas ganancias! ¡Cuántas turbaciones y disturbios! Porque así como jamás se puede ver el mar sin olas, tampoco un alma tal sin ansiedad, abatimiento, temor y disturbio; sí, la segunda alcanza a la primera, y de nuevo otras sobrevienen, y cuando estas aún no han cesado, otras llegan a su colmo.
¿O quieres ver las almas de los difamadores y de los iracundos? ¿Pues qué hay peor que este tormento? ¿Qué peor que las heridas que llevan dentro? ¿Qué peor que el horno que arde continuamente y la llama que jamás se apaga?
¿O las de los sensuales y de los que se aferran a esta vida presente? ¿Pues qué hay más penoso que esta esclavitud? Viven la vida de Caín, morando en continuo temblor y temor ante cada muerte que ocurre; los parientes del muerto no se lamentan tanto como estos por su propio fin.
¿Qué hay, a su vez, más lleno de turbación y más frenético que los hinchados de soberbia? «Pues aprended,» dice, «de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.» Porque la longanimidad es la madre de todos los bienes.
No temas, pues, ni retrocedas ante el yugo que te alivia de todas estas cosas; antes ponte bajo él con toda prontitud, y entonces conocerás bien su placer. Pues no te magulla en absoluto el cuello, sino que se te pone solo por causa del buen orden, para persuadirte a andar decorosamente, y para conducirte al camino real, y para librarte de los precipicios de uno y otro lado, y para hacerte andar con soltura por el camino estrecho.
Así, pues, siendo tan grandes sus beneficios, tan grande su seguridad, tan grande su alegría, arrastremos con toda nuestra alma y con toda diligencia este yugo; para que aquí «hallemos descanso para nuestras almas,» y alcancemos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien conviene la gloria y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.