Homilía 87, § 1
Mateo XXVII. 27-29.
«Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron junto a él a toda la cohorte; y lo despojaron, y le pusieron un manto de púrpura; y habiendo tejido una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza, y una caña en su mano derecha; y doblaron la rodilla ante él, y se burlaron de él, diciendo: Salve, rey de los judíos.»
Como si, a una señal, el diablo entrara entonces triunfante en todos. Porque, sea que los judíos, consumidos de envidia y celos, estuvieran enfurecidos contra Él, en cuanto a los soldados, ¿de dónde venía, y por qué causa? ¿No es claro que era el diablo quien entraba entonces con furia en el corazón de todos? Porque, en verdad, hacían de sus insultos contra Él un placer, siendo gente salvaje y despiadada. Quiero decir que, cuando debían haberse llenado de temor, cuando debían haber llorado (lo que incluso el pueblo hizo), no hicieron esto, sino que, al contrario, fueron injuriosos e insolentes; quizá también buscando agradar a los judíos, o acaso haciendo todo conforme a su propia naturaleza malvada.
Y los insultos eran distintos y variados. Porque aquella divina Cabeza, unas veces la abofeteaban, otras la ultrajaban con la corona de espinas, otras la golpeaban con la caña, ¡hombres impíos y malditos!
¿Qué excusa tendremos después de esto para sentirnos movidos por las injurias, después de que Cristo padeció estas cosas? Porque lo que se hizo fue el colmo de la insolencia. Pues no un miembro, sino todo el cuerpo entero fue hecho objeto de ultraje: la cabeza por la corona, y la caña, y los golpes; el rostro, siendo escupido; las mejillas, abofeteadas con las palmas; todo el cuerpo por los azotes, por ser envuelto en el manto y por la adoración fingida; la mano por la caña que le dieron para sostener en lugar de cetro; la boca, a su vez, por el ofrecimiento del vinagre. ¿Qué podía haber más penoso que estas cosas? ¿Qué más injurioso?
Porque las cosas que se hicieron sobrepasan todo lenguaje. Pues, como si temieran parecer quedarse cortos en algo del crimen, habiendo matado a los profetas con sus propias manos, pero a este hombre con la sentencia de un juez, así lo hacen en todo; y lo hacen obra de sus propias manos, y lo condenan y sentencian, tanto entre ellos como delante de Pilato, diciendo: «Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos» [], y lo insultan, y lo ultrajan ellos mismos, atándolo, llevándoselo, y se hacen autores de los actos afrentosos hechos por los soldados, y lo clavan en la cruz, y lo injurian, y escupen sobre él, y se burlan de él. Porque Pilato no contribuyó en nada en este asunto, sino que ellos mismos lo hicieron todo, haciéndose acusadores, y jueces, y verdugos, y todo.
Y estas cosas se leen entre nosotros, cuando todos se reúnen. Porque, para que los paganos no digan que mostráis a pueblos y naciones las cosas gloriosas e ilustres, como las señales y los milagros, pero ocultáis estas que son motivo de oprobio; la gracia del Espíritu ha hecho que, en la fiesta plena, cuando hay multitud de hombres y mujeres, y todos, por así decir, en la gran víspera de la Pascua, entonces se lean todas estas cosas; cuando todo el mundo está presente, entonces se proclaman todos estos hechos con voz clara. Y al leerse estas cosas, y darse a conocer a todos, Cristo es creído Dios y, además de todo lo demás, es adorado, aun por esto, porque se dignó rebajarse tanto por nosotros como para padecer realmente estas cosas, y para enseñarnos toda virtud.
Estas cosas, pues, leámoslas continuamente; porque ciertamente grande es la ganancia, grande la ventaja que de allí se obtiene. Pues cuando lo ves, tanto por gestos como por obras, burlado y adorado con tanta irrisión, y golpeado y sufriendo los mayores ultrajes, aunque seas de piedra, te volverás más blando que cualquier cera, y arrojarás de tu alma toda altivez.
Oye, pues, también lo que sigue. Porque después de «haberlo escarnecido, lo llevaron a crucificarlo», se dice, y cuando lo despojaron, tomaron sus vestiduras, y se sentaron y lo vigilaban, cuándo moriría. Y reparten entre ellos sus vestiduras, lo cual suele hacerse en el caso de criminales muy viles y abyectos, y de los que no tienen a nadie, y están en total desolación.
Repartieron las vestiduras, por las cuales se hacían tan grandes milagros. Pero ninguno obraron ahora, refrenando Cristo su indecible poder. Y esta no fue pequeña añadidura de insulto. Porque como a un hombre vil y abyecto, como dije, y al más despreciable de todos, así se atreven a hacerlo todo. A los ladrones, al menos, no les hicieron nada semejante, pero a Cristo se atreven a todo. Y lo crucificaron en medio de ellos, para que participara de su reputación.
Y le dieron a beber hiel, y esto para insultarlo, pero Él no quiso. Mas otro dice que, habiéndola probado, dijo: «Consumado es.» [] ¿Y qué significa «Consumado es?» Se cumplió la profecía concerniente a Él. «Porque me dieron», se dice, «hiel por mi comida, y para mi sed me dieron a beber vinagre.» Pero ni aquel evangelista indica que Él bebiera, pues el solo gustar difiere del no beber, sino que tiene una y la misma significación.
Pero, sin embargo, ni siquiera aquí se detiene su contumelia, sino que después de despojarlo y crucificarlo, y ofrecerle vinagre, pasaron aún más adelante, y contemplándolo clavado en la cruz, lo injurian, tanto ellos mismos como los que pasaban; y esto era más penoso que todo: que bajo la acusación de ser un impostor y engañador padeció estas cosas, y como jactancioso, y que en vano pretendía lo que decía. Por eso lo crucificaron públicamente, para hacer de ello un espectáculo a la vista de todos; y por eso también lo hicieron por manos de los soldados, para que, perpetrándose estas cosas incluso por un tribunal público, el ultraje fuera mayor.
Homilía 87, § 2
2. Y sin embargo, ¿quién no se habría conmovido por la multitud que lo seguía y lo lloraba? No, no estas fieras. Por lo cual también Él a la multitud se digna responder, pero a estos hombres no. Pues después de haber hecho lo que querían, intentan también dañar su honra, temiendo su resurrección. Por eso dicen estas cosas públicamente, y crucificaron ladrones con Él, y queriendo probar que era un engañador, dicen: «Tú que destruyes el templo, y en tres días lo reedificas, desciende de la cruz.» [] Pues cuando al decir a Pilato que quitara la acusación (este era el escrito: «El rey de los judíos»), no prevalecieron, sino que él perseveró diciendo: «Lo que he escrito, he escrito» [], entonces intentan, con su burla de Él, mostrar que no es rey.
Por lo cual decían aquellas cosas, y también estas: Si «es el rey de Israel, que descienda ahora de la cruz. A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse» [], pretendiendo con esto desacreditar incluso sus milagros anteriores. Y otra vez: «Si es Hijo de Dios, y Él lo quiere, que lo salve.»
¡Oh execrables; execrabilísimos! ¿Qué, no eran profetas los profetas, ni justos los justos, porque Dios no los rescató de sus peligros? Ciertamente lo eran, aunque padecieran estas cosas. ¿Qué, pues, podría igualarse a vuestra necedad? Porque si la venida de los peligros sobre ellos no dañó su honra ante vosotros, cuánto más, en el caso de este hombre, era malo que os escandalizarais, cuando tanto por lo que hacía como por lo que decía, Él corregía de antemano esta vuestra sospecha.
Y sin embargo, aun cuando estas cosas se decían y hacían, nada prevalecieron, ni siquiera en el momento mismo. Al menos aquel que estaba depravado en tan grande maldad, y que había pasado toda su vida en asesinatos y robos de casas, cuando estas cosas se decían, entonces lo confesó, e hizo mención de un reino, y el pueblo lo lloraba. Y aunque las cosas que se hacían parecían atestiguar lo contrario a los ojos de quienes no conocían las misteriosas dispensaciones, que era débil y sin poder, sin embargo la verdad prevaleció aun por las cosas contrarias.
Oyendo, pues, estas cosas, armémonos contra toda furia, contra toda ira. Si percibes que tu corazón se hincha, sella tu pecho poniendo sobre él la cruz. Recuerda alguna de las cosas que entonces sucedieron, y arrojarás como polvo toda ira con el recuerdo de las cosas que se hicieron. Considera las palabras, las acciones; considera que Él es Señor, y tú siervo. Él padece por ti, tú por ti mismo; Él en favor de quienes habían sido beneficiados por Él y lo habían crucificado, tú en favor de ti mismo; Él en favor de quienes lo habían ultrajado, tú muchas veces a manos de quienes han sido injuriados. Él a la vista de toda la ciudad, o más bien de todo el pueblo de los judíos, tanto extranjeros como los del país, delante de los cuales pronunció aquellas palabras misericordiosas, pero tú en presencia de pocos; y lo que era más injurioso para Él, que incluso sus discípulos lo abandonaron. Pues los que antes le prestaban atención lo habían desamparado, pero sus enemigos y adversarios, teniéndolo en medio de ellos en la cruz, lo insultaban, injuriaban, escarnecían, se burlaban, lo mofaban, judíos y soldados desde abajo, desde arriba los ladrones a ambos lados: porque en verdad los ladrones lo insultaban y lo ultrajaban ambos. ¿Cómo, pues, dice Lucas que uno «lo reprendió?» [] Ambas cosas se hicieron, pues al principio ambos lo ultrajaron, pero después uno ya no lo hizo más. Porque para que no pensaras que la cosa se había hecho por acuerdo, o que el ladrón no era ladrón, con su insolencia te muestra que en la cruz era un ladrón y un enemigo, y al instante fue cambiado.
Considerando, pues, todas estas cosas, contrólate. Porque ¿qué padeces tú como lo que padeció tu Señor? ¿Fuiste insultado públicamente? Pero no como estas cosas. ¿Eres escarnecido? Mas no todo tu cuerpo, no siendo así azotado, y despojado. Y aun si fueras abofeteado, no como esto.
Homilía 87, § 3
3. Y añade a esto, te ruego, por quién, y por qué, y cuándo, y quién era; y (lo más penoso) que, haciéndose estas cosas, nadie lo reprobó, nadie censuró lo hecho, sino que, al contrario, todos más bien aprobaban, y se unían a escarnecerlo y mofarse de Él; y como a un jactancioso, impostor y engañador, y que no podía probar con sus obras las cosas que decía, así lo injuriaban. Pero Él guardaba silencio ante todos, preparándonos los más poderosos incentivos para la longanimidad.
Pero nosotros, aunque oímos tales cosas, no tenemos paciencia ni siquiera con los siervos, sino que arremetemos y coceamos peor que asnos salvajes respecto de las injurias contra nosotros, siendo salvajes e inhumanos; mas de las hechas contra Dios no hacemos gran cuenta. Y respecto de los amigos también tenemos la misma disposición: si alguno nos molesta, no lo soportamos; si nos insulta, somos más salvajes que fieras, nosotros que leemos estas cosas todos los días. Un discípulo lo traicionó, los demás lo abandonaron y huyeron, los que habían sido beneficiados por Él le escupieron, los siervos del sumo sacerdote lo abofetearon, los soldados lo golpearon; los que pasaban se mofaron de Él y lo injuriaron, los ladrones lo acusaron; y a ningún hombre dirigió palabra, sino que con el silencio venció a todos; instruyéndote con sus acciones que cuanto más mansamente soportes, tanto más prevalecerás sobre los que te hacen mal, y serás objeto de admiración ante todos. Porque ¿quién no admirará al que soporta con paciencia los insultos que recibe de quienes lo ultrajan? Pues así como, si alguno sufre justamente, con todo, soportando el mal con mansedumbre, es considerado por la mayor parte sufrir injustamente; así también, si uno sufre injustamente, pero es violento, incurrirá en la sospecha de sufrir justamente, y será objeto de burla, como arrastrado cautivo por su ira, y perdiendo su propia nobleza. Porque a tal hombre no debemos llamarlo libre, aunque sea señor de diez mil siervos.
Pero ¿alguna persona te provocó en extremo? ¿Y qué con eso? Porque entonces debe mostrarse el dominio de sí, ya que cuando no hay quien moleste, vemos aun a las fieras mansas; pues tampoco son siempre salvajes, sino cuando alguien las irrita. Y nosotros, por tanto, si solo somos quietos cuando no hay quien nos provoque, ¿qué ventaja tenemos sobre ellas? Porque ellas, además, muchas veces se indignan justamente, y tienen mucha excusa, pues al ser irritadas y aguijoneadas se enfurecen, y sobre todo carecen de razón, y tienen la fiereza en su naturaleza.
Pero ¿de dónde, te ruego, puedes hallar excusa para ser salvaje y feroz? ¿Qué desgracia has sufrido? ¿Has sido robado? Por esta misma razón deberías soportarlo, para ganar más abundantemente. Pero ¿fuiste privado de tu reputación? ¿Y qué es esto? Tu condición no empeora en nada por ello, si practicas el dominio de sí. Pero si no sufres agravio alguno, ¿por qué te airas contra quien no te ha hecho daño, sino que incluso te ha beneficiado? Porque los que honran, vuelven más vanos a los que no velan; pero los que insultan y desprecian hacen más firmes a los que se cuidan a sí mismos. Pues los descuidados son más dañados por ser honrados que por ser insultados. Y los unos, si somos sobrios, se nos convierten en autores de templanza, pero los otros excitan nuestro orgullo, nos llenan de jactancia, vanagloria, necedad, hacen nuestra alma más débil.
Y de esto dan testimonio los padres, que no adulan tanto a sus propios hijos como los reprenden, temiendo que de la alabanza reciban algún daño; y los maestros usan con ellos el mismo remedio. De modo que, si hemos de evitar a alguien, debería ser a los que nos adulan más bien que a los que nos insultan; porque este cebo trae mayor daño que el insulto a los que no se cuidan, y es más difícil dominar este sentimiento que aquel. Y la recompensa también es mucho más abundante de allí, y mayor la admiración. Porque ciertamente es más digno de admiración ver a un hombre insultado, y no conmoverse, que golpeado y azotado, y no caer.
¿Y cómo es posible no conmoverse? podrá decir alguno. ¿Te ha insultado alguien? Pon la señal sobre tu pecho, recuerda todas las cosas que entonces se hicieron; y todo se apaga. No consideres solo los insultos, sino también si algún bien te ha hecho alguna vez el que te ha insultado, y al punto te volverás manso; o más bien considera ante todo el temor de Dios, y pronto serás suave y apacible.
Homilía 87, § 4
4. Junto con estas cosas, aun de tus propios siervos toma lección sobre estos asuntos; y cuando te veas insultando, pero tu siervo callando, considera que es posible practicar el dominio de sí, y condénate a ti mismo por ser violento; y en el mismo momento de ofrecer insultos, aprende a no insultar; y así, ni siquiera cuando seas insultado, te irritarás. Considera que el insolente está fuera de sí y loco, y no te indignarás cuando seas insultado, ya que los endemoniados nos golpean, y nosotros, lejos de irritarnos, más bien los compadecemos. Haz tú también esto; compadece al que te insulta, porque está dominado por un monstruo terrible, la furia, por un demonio penoso, la ira. Libéralo, pues está trabajado por un demonio penoso, y va rápidamente a la ruina. Porque tan grande es esta enfermedad que ni siquiera necesita tiempo para la destrucción del que es presa de ella. Por lo cual también uno dijo: «El ímpetu de su furor será su caída;» [] mostrando con esto sobre todo su tiranía, que en poco tiempo obra grandes males, y no necesita permanecer mucho con nosotros, de modo que si, además de su fuerza, durara mucho, ciertamente sería difícil luchar contra ella.
Quisiera mostrar qué es el hombre que insulta, qué el que practica el dominio de sí, y poner desnuda ante vosotros el alma del uno y del otro. Porque verías al uno como un mar agitado por la tempestad, pero al otro como un puerto libre de turbación. Porque no es perturbado por estos malos soplos, sino que los aquieta fácilmente. Pues ciertamente los que insultan, todo lo hacen para hacer que duela. Cuando, pues, fracasa esa esperanza, aun ellos desde entonces quedan en paz, y se van enmendados. Porque es imposible que un hombre que se aíra no se condene del todo a sí mismo; así como, por otra parte, es imposible que el que no se aíra se condene a sí mismo. Pues aunque sea necesario vengarse, es posible hacerlo sin ira (y sería más fácil y más sabio que con ira) y sin sentimiento doloroso. Porque si queremos, los bienes serán de nosotros mismos, y con la gracia de Dios bastaremos para nuestra propia seguridad y honra.
Porque ¿por qué buscas la gloria que viene de otro? Hónrate a ti mismo, y nadie podrá insultarte; pero si te deshonras, aunque todos te honren, no serás honrado. Porque así como, a menos que nos pongamos en mal estado, nadie más nos pone en tal estado; así también, a menos que nos insultemos a nosotros mismos, nadie más puede avergonzarnos.
Porque sea un hombre grande y digno de admiración, y digan todos que es adúltero, ladrón, violador de sepulcros, homicida, salteador; y no se irrite ni se indigne, ni se sienta culpable de ninguno de estos crímenes: ¿qué deshonra sufrirá de ahí? Ninguna. ¿Qué, pues, podrá decirse, si muchos tienen tal opinión de él? Ni aun así es deshonrado, sino que ellos traen vergüenza sobre sí mismos, al tener por tal al que no es tal. Porque dime, si alguno piensa que el sol es oscuro, ¿acaso difama a aquel cuerpo celeste, o a sí mismo? Ciertamente a sí mismo, ganándose el carácter de ciego o de loco. Así también los que tienen por buenos a los malos, y los que cometen el error contrario, se deshonran a sí mismos.
Por lo cual debemos poner la mayor diligencia en mantener limpia nuestra conciencia, y no dar asidero contra nosotros, ni materia para mala sospecha; pero si otros quieren enloquecer, aun siendo esta nuestra disposición, no preocuparnos mucho, ni afligirnos. Porque el que ha adquirido el carácter de malo, siendo bueno, en nada es dañado en cuanto a ser lo que es; pero el que ha sospechado de otro vana y sin causa, recibe el mayor daño; así como, por el contrario, el malo, si se supone que es lo contrario, nada ganará con ello, sino que tendrá un juicio más pesado, y será llevado a mayor descuido. Porque el que es tal y es sospechado de ello, tal vez se humille y reconozca sus pecados; pero cuando escapa a la detección, cae en un estado de insensibilidad. Pues si, mientras todos los acusan, apenas se mueven a compunción los ofensores, cuando lejos de acusarlos, algunos incluso los alaban, ¿en qué momento podrán abrir los ojos los que viven en el vicio? ¿Oyes que Pablo también reprende por esto, que los corintios (lejos de permitir al que había cometido fornicación que reconociera su propio pecado), aplaudiéndolo y honrándolo, lo empujaban con ello, por el contrario, al vicio? Por lo cual, ruego, dejemos las sospechas de la multitud, sus insultos y sus honores, y seamos diligentes en una sola cosa: que no seamos conscientes de ningún mal, ni insultemos a nosotros mismos. Porque así, aquí y en el mundo venidero, gozaremos de mucha gloria, a la cual Dios conceda que todos alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 88, § 1
Mateo XXVII. 45-48.
«Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lemá sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Algunos de los que estaban allí, al oírlo, decían: A Elías llama este. Y al instante, uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio a beber.»
Esta es la señal que antes había prometido darles cuando se la pedían, diciendo: «Una generación mala y adúltera pide señal, y no se le dará señal sino la señal del profeta Jonás;» [] es decir, su cruz, su muerte, su sepultura y su resurrección. Y de nuevo, declarando de otro modo el poder de la cruz, dijo: «Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy.» [] Y lo que dice viene a significar: «Cuando me hayáis crucificado y penséis que me habéis vencido, entonces, sobre todo, conoceréis mi poder.»
Porque después de la crucifixión, la ciudad fue destruida, y el estado judío llegó a su fin; cayeron de su régimen político y de su libertad; el Evangelio floreció; la palabra se difundió hasta los confines del mundo; el mar y la tierra, la tierra habitada y el desierto proclaman perpetuamente su poder. Estas cosas, pues, quiere decir, y las que sucedieron en el momento mismo de la crucifixión. Porque en verdad era mucho más admirable que estas cosas se hicieran cuando Él estaba clavado en la cruz, que cuando andaba sobre la tierra. Y la maravilla no consistía solo en esto, sino en que también desde el cielo se hizo aquello que ellos habían pedido, y fue sobre todo el mundo, cosa que nunca antes había sucedido, sino solo en Egipto, cuando había de cumplirse la pascua. Porque ciertamente aquellos sucesos eran tipo de estos.
Y observa cuándo sucedió. Al mediodía, para que todos los que habitan la tierra lo sepan, cuando era de día en todo el mundo; lo cual bastaba para convertirlos, no solo por la grandeza del milagro, sino también por ocurrir en el tiempo oportuno. Porque después de todos sus insultos y de su burla inicua, se hace esto, cuando ya habían desahogado su ira, cuando habían cesado de mofarse, cuando estaban saciados de sus escarnios y habían dicho todo cuanto querían; entonces muestra las tinieblas, para que al menos así (habiendo desahogado su ira) se aprovechen del milagro. Porque esto era más admirable que bajar de la cruz: que estando en la cruz obrase estas cosas. Porque tanto si pensaban que Él mismo lo había hecho, debían creer y temer; como si no era Él, sino el Padre, aun así debían ser movidos a compunción, porque aquellas tinieblas eran señal de su ira ante el crimen de ellos. Pues que no fue un eclipse, sino ira e indignación, no solo se manifiesta por esto, sino también por el tiempo, porque duró tres horas, mientras que un eclipse se produce en un instante, y lo saben quienes lo han visto; y ciertamente ha sucedido también en nuestra generación.
¿Y cómo, dirá alguno, no se maravillaron todos y le tuvieron por Dios? Porque el linaje humano estaba entonces sumido en gran descuido y vicio. Y este milagro fue uno solo, y apenas sucedido, pasó al instante; y nadie se preocupó de indagar su causa, y grande era el prejuicio y el hábito de impiedad. Y no sabían cuál era la causa de lo que sucedía, y pensaban quizá que esto ocurría así, a modo de eclipse o de algún efecto natural. ¿Y por qué te extrañas de los de afuera, que nada sabían ni preguntaban por su gran indiferencia, cuando incluso los que estaban en la misma Judea, después de tantos milagros, seguían tratándolo con desprecio, aunque Él les mostraba claramente que Él mismo obraba aquello?
Y por esto, aun después de esto habla, para que aprendiesen que aún estaba vivo, y que Él mismo hacía esto, y para que por esto también se volviesen más mansos; y dice: «Elí, Elí, ¿lemá sabactani?» [] para que hasta su último aliento viesen que honra a su Padre y no es adversario de Dios. Por lo cual también pronunció un clamor del profeta, dando testimonio hasta su última hora del Antiguo Testamento, y no simplemente un clamor del profeta, sino también en hebreo, para que les fuese claro e inteligible; y con todas las cosas muestra cuán unido está en su sentir con Aquel que lo engendró.
Pero observa aquí también su desenfreno, su intemperancia y su necedad. Pensaban (dice) que era a Elías a quien llamaba, y al instante le dieron a beber vinagre. [] Mas otro vino a Él y «le traspasó el costado con una lanza.» ¿Qué cosa más inicua, qué más brutal que estos hombres, que llevaron su locura a tal extremo, ultrajando al fin incluso un cuerpo muerto?
Pero advierte tú, te lo ruego, cómo se sirvió de sus maldades para nuestra salvación. Porque después del golpe, de allí brotaron las fuentes de nuestra salvación.
«Y Jesús, habiendo clamado a gran voz, entregó el espíritu.» Esto es lo que dijo: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar»; y: «Yo la pongo de mí mismo.» [] Por eso clamó con voz, para que se mostrara que la obra se hace con poder. Marcos, al menos, dice que «Pilato se maravilló de que ya estuviese muerto»; [] y que el centurión creyó sobre todo por esto, porque murió con poder. []
Este clamor rasgó el velo, abrió los sepulcros y dejó desolada la casa. Y esto lo hizo no para injuriar al templo (pues ¿cómo lo haría Aquel que dice: «No hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado»), [] sino declarándolos indignos incluso de que Él morara allí; como también cuando lo entregó a los babilonios. Mas no se hicieron estas cosas solo por esto, sino que lo sucedido era profecía de la desolación venidera, y del paso al estado mayor y más alto; y una señal de su poder.
Y juntamente con estas cosas se mostró Él también en lo que siguió después, en la resurrección de los muertos. Porque en el caso de Eliseo, uno que tocó un cadáver resucitó; mas aquí por una voz los resucitó, permaneciendo su cuerpo arriba, en la cruz. Y además, aquellas cosas eran tipo de estas. Pues para que estas se creyeran, por eso se hizo todo aquello. Y no solo son resucitados, sino también las rocas se parten y la tierra se estremece, para que aprendieran que Él era capaz de herirlos de ceguera y de despedazarlos. Porque el que partió las rocas y oscureció el mundo, mucho más podía haber hecho estas cosas con ellos, si hubiera querido. Mas no quiso, sino que, habiendo descargado su ira sobre los elementos, a ellos quiso salvarlos por clemencia. Pero ellos no depusieron su locura. Tal es la envidia, tal es el celo, que no se detiene fácilmente. Entonces, pues, se obstinaron en oponerse a las apariencias mismas; y después incluso contra las cosas mismas, cuando, habiendo sido sellado y custodiado por soldados, resucitó, y oyeron estas cosas de los mismos guardias; dieron dinero, tanto para corromper a otros como para robar la historia de la resurrección.
Por tanto, no te maravilles si también en este tiempo fueron perversos, estando así del todo dispuestos a oponerse desvergonzadamente a todas las cosas; pero observa este otro punto: cuán grandes señales había obrado, unas desde el cielo, otras en la tierra, otras en el mismo templo, marcando a la vez su indignación y mostrando al mismo tiempo que lo inaccesible ahora ha de ser entrado, y que el cielo se abrirá; y la obra trasladada al verdadero Santo de los Santos. Ellos, en verdad, decían: «Si es el Rey de Israel, que baje ahora de la cruz» []; pero Él muestra que es Rey de todo el mundo. Y mientras aquellos decían: «Tú que destruyes el templo y en tres días lo reedificas» [], Él muestra que será hecho desolado para siempre. De nuevo decían: «A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse» []; pero Él, permaneciendo en la cruz, probó esto con la mayor abundancia en los cuerpos de sus siervos. Porque si era gran cosa que Lázaro resucitara al cuarto día, ¡cuánto más que todos aquellos que hacía mucho habían dormido, aparecieran vivos al instante, lo cual era señal de la resurrección futura! Pues «muchos cuerpos de santos que dormían, resucitaron», dice, «y entraron en la ciudad santa, y aparecieron a muchos.» Porque para que lo sucedido no se tuviera por imaginación, aparecen, incluso a muchos, en la ciudad. Y también el centurión glorificó entonces a Dios, diciendo: «Verdaderamente este era un hombre justo. Y las multitudes que se habían reunido para aquel espectáculo, volvían golpeándose el pecho.» [] Tan grande era el poder del crucificado, que después de tantas burlas, escarnios y mofas, tanto el centurión como el pueblo fueron movidos a compunción. Y algunos dicen que hay también un martirio de este centurión, que después de estas cosas creció hasta la edad adulta en la fe.
«Y había allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús, sirviéndole, María Magdalena, y María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.»
Estas cosas ven las mujeres que se hacen, estas que estaban más inclinadas a compadecerse de Él, que sobre todo lo lloraban. Y observa cuán grande era su asiduidad. Lo habían seguido sirviéndole, y estuvieron presentes incluso hasta el tiempo de los peligros. Por lo cual también lo vieron todo: cómo clamó, cómo entregó el espíritu, cómo las rocas se partieron, y todo lo demás.
Y estas son las primeras en ver a Jesús; y el sexo más condenado, este goza primero de la vista de los bienes, este muestra sobre todo su valor. Y cuando los discípulos habían huido, estas estaban presentes. Pero ¿quiénes eran estas? Su madre, pues es llamada madre de Santiago, y las demás. Mas otro evangelista [] dice que muchos también se lamentaban de lo sucedido y se golpeaban el pecho, lo cual sobre todo muestra la crueldad de los judíos, porque se gloriaban en las cosas por las cuales otros se lamentaban, y ni se movían a piedad ni se refrenaban por temor. Porque ciertamente lo sucedido era de gran ira, y no eran meras señales, sino todas señales de ira: las tinieblas, las rocas partidas, el velo rasgado por el medio, el temblor de la tierra; y grande era el exceso de la indignación.
«Pero José fue y pidió el cuerpo.» Este era José, que ocultaba su discipulado hasta hacía poco; mas ahora se había vuelto muy audaz después de la muerte de Cristo. Porque no era persona oscura ni de los inadvertidos, sino uno del consejo y sumamente distinguido; de cuya circunstancia especialmente puede verse su valor. Pues se expuso a la muerte, atrayéndose la enemistad de todos, por su afecto a Jesús, habiendo osado pedir el cuerpo y no habiendo desistido hasta obtenerlo. Pero no solo con tomarlo, ni con sepultarlo de manera costosa, sino también con ponerlo en su propio sepulcro nuevo, muestra su amor y su valor. Y esto no fue ordenado sin propósito, sino para que no hubiera sospecha alguna de que uno hubiera resucitado en lugar de otro.
«Y estaba allí María Magdalena, y la otra María, sentadas frente al sepulcro.» ¿Con qué propósito aguardan estas junto a él? Todavía nada sabían grande, como era propio, y elevado acerca de Él, por lo cual también habían traído ungüentos y esperaban junto al sepulcro, para que, si la locura de los judíos se aplacaba, pudieran ir y abrazar el cuerpo. ¿Veis el valor de las mujeres? ¿Veis su afecto? ¿Veis su noble ánimo en el dinero? ¿Su noble ánimo incluso hasta la muerte?
Imitemos los hombres a las mujeres; no abandonemos a Jesús en las tentaciones. Porque ellas por Él, aun muerto, gastaron tanto y expusieron sus vidas; pero nosotros (pues repito lo mismo) ni lo alimentamos cuando tiene hambre, ni lo vestimos cuando está desnudo, sino que, viéndolo mendigar, pasamos de largo. Y sin embargo, si lo vieras a Él mismo, cada uno se despojaría de todos sus bienes. Mas aun ahora es lo mismo. Porque Él mismo ha dicho: Yo soy. ¿Por qué, pues, no te despojas de todo? Porque ciertamente aun ahora le oyes decir: A mí lo hacéis; y no hay diferencia entre dar a este hombre o a Él; no tienes menos que aquellas mujeres que entonces lo alimentaron, sino mucho más. Pero no te turbes. Porque no es tanto haberlo alimentado apareciendo en su propia persona, lo cual bastaría para mover un corazón de piedra, como (por su mera palabra) servir al pobre, al lisiado, al encorvado. Pues en el primer caso, el aspecto y la dignidad del que aparece comparte contigo lo que se hace; pero aquí la recompensa es entera por tu benevolencia; y hay prueba de mayor reverencia hacia Él, cuando, por su mera palabra, sirviendo a tu consiervo, lo refrigeras en todo. Refrigéralo, y cree a Aquel que lo recibe y dice: A mí me das. Porque si no le hubieras dado a Él, no te habría tenido por digno del reino. Si no te hubieras apartado de Él, no te habría enviado al infierno, si hubieras pasado por alto a un desconocido; mas porque es Él mismo el despreciado, por eso grande es la culpa.
Así también Pablo lo persiguió, persiguiendo a los suyos; por lo cual Él dijo: «¿Por qué me persigues?» [] Así, pues, sintamos que damos al mismo Cristo cuando damos. Porque ciertamente sus palabras son más seguras que nuestra vista. Cuando, pues, veas a un pobre, recuerda sus palabras, con las cuales declaró que es Él mismo el alimentado. Porque aunque lo que aparece no sea Cristo, sin embargo en la forma de este hombre Cristo mismo recibe y mendiga.
¿Pero te avergüenzas de oír que Cristo mendiga? Antes avergüénzate tú, que no le das cuando te mendiga. Porque esto es vergüenza, esto es venganza y castigo. Pues que Él mendigue es de su bondad, por lo cual deberíamos incluso gloriarnos en ello; pero que tú no des es de tu inhumanidad. Y si no crees ahora que, al pasar de largo ante un pobre que es creyente, pasas de largo ante Él, lo creerás entonces, cuando Él te ponga en medio y diga: «En cuanto no lo hicisteis a estos, no me lo hicisteis a mí.» Mas no quiera Dios que lo aprendamos así; y conceda más bien que creamos ahora, y demos fruto, y oigamos aquella voz benditísima que nos introduce en el reino.
Pero quizá dirá alguno: «Cada día nos estás hablando de limosna y de humanidad.» Ni aun así dejaré de hablar de esto. Porque aunque lo hubierais alcanzado, en primer lugar, ni aun así debería yo desistir, por temor de haceros más negligentes; mas si lo hubierais alcanzado, podría haberme relajado un poco; pero si no habéis llegado ni siquiera a la mitad, no me digáis estas cosas a mí, sino a vosotros mismos. Porque en verdad hacéis lo mismo al culparme, como si un niño pequeño, oyendo a menudo hablar de la letra alfa, y no aprendiéndola, culpara a su maestro porque continua e incesantemente se la recuerda.
Pues ¿quién por estos discursos se ha vuelto más pronto a dar limosna? ¿Quién ha arrojado su dinero? ¿Quién ha dado la mitad de sus bienes? ¿Quién la tercera parte? Nadie. ¿Cómo, pues, no ha de ser absurdo que, no aprendiendo vosotros, nos exijáis desistir de enseñar? Deberíais hacer lo contrario. Aunque nosotros quisiéramos desistir, deberíais detenernos y decir: todavía no hemos aprendido estas cosas, ¿y cómo habéis desistido de recordárnoslas? Si a alguno le aconteciera padecer de un ojo, y yo fuese médico, y después de haberlo cubierto y ungido, y de haber aplicado otro tratamiento, no lo hubiese beneficiado mucho, y por eso hubiera desistido, ¿no vendría él a las puertas de mi consultorio y clamaría contra mí, acusándome de gran negligencia, porque me había retirado por mí mismo mientras la enfermedad permanecía? Y si, al ser culpado, yo respondiera a estas cosas que lo había cubierto y ungido, ¿lo soportaría él? De ninguna manera, sino que al instante diría: «¿Y qué provecho hay, si todavía sufro dolor?» Razona así también con respecto a tu alma. Mas ¿qué si, después de haber fomentado a menudo una mano sin vida y encogida, no hubiese logrado ablandarla? ¿No habría oído lo mismo? Y aun ahora, una mano encogida y seca la bañamos, y por esto, hasta que podamos extenderla perfectamente, no desistiremos. ¡Ojalá también vosotros no hablarais de otra cosa, en casa y en el mercado, a la mesa y de noche, y aun como en sueños! Porque si siempre estuviéramos atentos a estas cosas de día, aun en nuestros sueños nos ocuparíamos de ellas.
¿Qué dices? ¿Siempre estoy hablando de la limosna? Yo quisiera que no hubiera gran necesidad de dirigiros este consejo, sino de hablar de la batalla contra los judíos, los paganos y los herejes; pero cuando aún no estáis sanos, ¿cómo puede alguien armaros para el combate? ¿Cómo os conduciría a la formación, teniendo heridas y llagas? Pues si en verdad os viera completamente sanos, os conduciría a aquella formación de batalla, y veríais por la gracia de Cristo diez mil tendidos muertos, y sus cabezas amontonadas unas sobre otras. En otros libros, al menos, muchos discursos hemos pronunciado acerca de estas cosas, mas ni aun así podemos triunfar plenamente en la victoria, por la negligencia de la multitud. Porque cuando los vencemos diez mil veces en las doctrinas, nos reprochan con las vidas de la multitud de los que se unen a nuestras congregaciones, sus heridas, sus enfermedades del alma.
¿Cómo, pues, os mostraremos con confianza en la formación de batalla, cuando más bien nos perjudicáis, siendo al instante heridos por nuestros enemigos y hechos objeto de burla? Porque la mano de uno está enferma y encogida, de modo que no puede dar. ¿Cómo, pues, podría tal hombre sostener un escudo, y empujarlo delante de sí, y evitar ser herido por las burlas de la crueldad? En otros cojean los pies, todos cuantos van a los teatros y a los lugares de las mujeres rameras. ¿Cómo podrán estos, pues, mantenerse firmes en la batalla, y no ser heridos con la acusación de lujuria? Otro padece y está mutilado en sus ojos, no mirando rectamente, sino lleno de lascivia, asaltando la castidad de las mujeres y derribando matrimonios. ¿Cómo, pues, podría este mirar de frente al enemigo, blandir una lanza y arrojar su dardo, siendo aguijoneado por todos lados con burlas? Vemos también a muchos padecer del vientre no menos que los hidrópicos, cuando están sometidos por la gula y la embriaguez. ¿Cómo, pues, podré yo conducir a la guerra a estos ebrios? En otros la boca está podrida; tales son los apasionados, los injuriadores y los blasfemos. ¿Cómo, pues, podrá este jamás gritar en la batalla y lograr algo grande y noble, estando también él ebrio de otra embriaguez, y dando mucha risa al enemigo?
Por tanto, cada día recorro este campamento, vendando vuestras heridas, curando vuestras llagas. Mas si alguna vez os despertáis y os hacéis capaces incluso de herir a otros, os enseñaré este arte de la guerra y os instruiré cómo manejar estas armas; o, más bien, vuestras obras mismas serán armas para vosotros, y todos los hombres se someterán al instante, si os hicierais misericordiosos, si indulgentes, si mansos y pacientes, si mostrarais toda otra virtud. Y si alguno contradice, entonces añadiremos también la prueba de lo que podemos mostrar por nuestra parte, presentándoos a vosotros, puesto que ahora más bien somos estorbados (al menos en lo que a vosotros toca) en esta carrera.
Y observa. Decimos que Cristo ha hecho grandes cosas, habiendo hecho ángeles de los hombres; luego, cuando se nos llama a dar cuenta y se nos exige presentar una prueba de este rebaño, se nos tapa la boca. Porque temo que, en lugar de ángeles, presente cerdos como de una pocilga, y caballos enfurecidos de lujuria.
Sé que os duele, pero estas cosas no se dicen contra todos vosotros, sino contra los culpables; o, más bien, ni siquiera contra ellos, si despiertan, sino por ellos. Porque ciertamente ahora todo está perdido y arruinado, y la iglesia no ha venido a ser nada mejor que un establo de bueyes y un redil de asnos y camellos; y voy en derredor buscando una oveja, y no logro verla. Tanto cocean todos, como caballos y asnos monteses, y llenan este lugar con mucho estiércol, pues así es su conversación. Y si en verdad pudiera uno ver lo que se habla en cada reunión, por hombres y por mujeres, veríais sus palabras más inmundas que aquel estiércol.
Por lo cual os ruego que cambiéis esta mala costumbre, para que la iglesia huela a ungüento. Mas ahora, mientras guardamos en ella perfumes para los sentidos, no ponemos gran diligencia en purgar y expulsar la inmundicia de la mente. ¿Qué provecho hay, entonces? Porque no deshonramos la iglesia tanto trayendo estiércol a ella, como deshonrándola al hablar tales cosas unos con otros: de ganancias, de mercancías, de pequeños tráficos, de cosas que nada nos importan, cuando debería haber aquí coros de ángeles, y deberíamos hacer de la iglesia un cielo, y no saber otra cosa sino oraciones fervientes y silencio con escucha.
Hagamos, pues, esto al menos, desde el tiempo presente, para que purifiquemos nuestras vidas y alcancemos los bienes prometidos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Comentario editorial · Una polémica que se aplaza
Al final de la homilía Crisóstomo dice que preferiría hablar de «la batalla contra los judíos, los paganos y los herejes», pero que no puede llevar al combate a quien sigue herido: la mano que no da limosna, los pies que van a los teatros, los ojos de la lascivia. Los adversarios, añade, reprochan a los cristianos la vida de la multitud aunque estos los venzan en doctrina; antes de armarlos hay que curarlos. El prefacio de Oxford lo resume así: exige una reforma como condición para entrar en la controversia con los infieles, y en la homilía siguiente discute la prueba de la resurrección con argumentos que aún servirían contra un objetor.
Para ampliar: Prefacio de Oxford, en CCEL (NPNF 1, vol. 10).