Homilía 80, § 1
Mateo 26:6-7.
"Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a Él una mujer que tenía una caja de alabastro de ungüento muy precioso, y lo derramó sobre su cabeza, estando Él sentado a la mesa."
Esta mujer parece, en verdad, ser una y la misma según todos los evangelistas, pero no lo es; pues aunque en los tres me parece ser una y la misma, no así en Juan, sino otra persona, una muy de admirar, la hermana de Lázaro.
Mas no sin propósito mencionó el evangelista la lepra de Simón, sino para mostrar de dónde cobró confianza la mujer y vino a Él. Pues por cuanto la lepra parecía enfermedad inmunda en extremo, y aborrecible, y con todo ella veía que Jesús había sanado a aquel hombre (pues de otro modo no habría escogido hospedarse con un leproso), y había entrado en su casa; cobró confianza de que Él limpiaría también fácilmente la inmundicia de su alma. Y no en vano nombra también la ciudad, Betania, sino para que aprendas que por su propia voluntad viene Él a su Pasión. Porque el que antes huía por medio de ellos, entonces, en el tiempo en que más se encendió su envidia, se acerca, estando a unos quince estadios; tan del todo era su anterior apartamiento parte de una Dispensación.
La mujer, pues, habiéndolo visto, y habiendo tomado confianza de allí, vino a Él. Porque si aquella que tenía flujo de sangre, aunque nada semejante era consciente de sí, con todo, por aquella natural y aparente inmundicia, se le acercó temblando y con temor; mucho más era de esperar que esta mujer fuese tarda, y se estremeciese por su mala conciencia. Por tanto, es también después de muchas mujeres —la samaritana, la cananea, la del flujo de sangre, y otras además— que ella viene a Él, consciente de mucha impureza; y entonces no públicamente, sino en una casa. Y en tanto que todas las otras venían a Él para la sola curación del cuerpo, ella vino a Él solo por vía de honor, y para la enmienda del alma. Pues ni siquiera estaba afligida en el cuerpo, de modo que por esto muy especialmente podría uno maravillarse de ella.
Y no como a mero hombre vino ella a Él; pues entonces no habría enjugado sus pies con sus cabellos, sino como a uno mayor de lo que puede ser hombre. Por tanto, lo que es el miembro más honroso de todo el cuerpo, esto puso ella a los pies de Cristo, aun su propia cabeza.
"Mas cuando sus discípulos lo vieron, se indignaron" —tales son las palabras— "diciendo: ¿A qué este desperdicio? Porque este ungüento podía haberse vendido por mucho, y darse a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una buena obra ha hecho conmigo. Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis. Porque al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, para mi sepultura lo hizo. De cierto os digo: Dondequiera que este Evangelio se predique, en todo el mundo, también esto, lo que esta mujer ha hecho, se contará para memoria de ella."
¿Y de dónde tuvieron ellos este pensamiento? Solían oír a su Maestro decir: "Misericordia quiero, y no sacrificio",» y reprender a los judíos, porque omitían lo más grave: el juicio, y la misericordia, y la fe; y mucho discurrir en el monte acerca de la limosna; y de estas cosas inferían entre sí, y razonaban, que si Él no acepta holocaustos, ni el antiguo culto, mucho menos aceptará la unción de óleo.
Mas aunque ellos así pensaban, Él, conociendo la intención de ella, la tolera. Porque, en verdad, grande era su reverencia, e indecible su celo; por lo cual, de esta sobreabundante condescendencia, permitió que el óleo fuese derramado aun sobre su cabeza.
Porque si Él no rehusó hacerse hombre, y ser llevado en el vientre, y alimentado al pecho, ¿por qué te maravillas de que no rechace del todo esto? Pues así como el Padre sufrió olor de carne y humo, así también Él sufrió a la ramera, aceptando, como ya he dicho, su intención. Porque también Jacob ungió una columna a Dios, y óleo se ofrecía en los sacrificios, y los sacerdotes eran ungidos con ungüento.
Mas los discípulos, no conociendo el propósito de ella, hallaron falta a destiempo, y con las cosas que le echaban en cara, muestran la munificencia de la mujer. Pues al decir que podía haberse vendido por trescientos denarios, mostraron cuánto había gastado esta mujer en el ungüento, y cuán grande generosidad había manifestado. Por lo cual Él también los reprendió, diciendo: "¿Por qué molestáis a esta mujer?" Y añade una razón, como era su voluntad recordarles de nuevo su Pasión: "Porque para mi sepultura",» dijo, "lo hizo".» Y otra razón: "Porque a los pobres siempre los tenéis con vosotros, mas a mí no siempre me tenéis";» y: "Dondequiera que se predique el Evangelio, se contará también lo que esta mujer ha hecho".»
¿Ves cómo de nuevo declara de antemano la ida hacia los gentiles, consolándolos también de este modo por su muerte, si después de la cruz su poder había de resplandecer de tal manera, que el Evangelio se difundiría por toda parte de la tierra?
¿Quién, pues, es tan miserable que se oponga a tanta verdad? Porque, he aquí, lo que Él dijo se ha cumplido, y a cualquier parte de la tierra que vayas, la verás celebrada.
Y, sin embargo, ni era distinguida la persona que lo hizo, ni tenía lo hecho muchos testigos, ni fue en un teatro, sino en una casa, y esta de un leproso, donde tuvo lugar, estando presentes solo los discípulos.
Homilía 80, § 2
2. ¿Quién, pues, la proclamó, e hizo que se difundiera? Fue el poder de Aquel que está hablando estas palabras. Y mientras que de incontables reyes y generales, aun de aquellos cuyos memoriales permanecen, las nobles hazañas han caído en silencio; y habiendo derribado ciudades, y rodeádolas de muros, y alzado trofeos, y esclavizado a muchas naciones, no son conocidos ni siquiera de oídas, ni por el nombre, aunque hayan erigido estatuas y establecido leyes; con todo, que una mujer que era ramera derramase óleo en la casa de un leproso, en presencia de diez hombres, esto lo celebran todos los hombres en todo el mundo; y tan largo tiempo ha pasado, y con todo no se ha desvanecido la memoria de lo hecho, sino que por igual persas e indios, escitas y tracios, y sármatas, y la raza de los moros, y los que habitan las Islas Británicas, difunden lo que se hizo secretamente en una casa por una mujer que había sido ramera.
Grande es la misericordia del Señor. Tolera a una ramera, a una ramera besando sus pies, y humedeciéndolos con óleo, y enjugándolos con sus cabellos, y la recibe, y reprende a los que la culpan. Pues tampoco era justo que por tan grande celo la mujer fuese empujada a la desesperación.
Pero observa también esto: cuán lejos estaban ya alzados por encima del mundo, y adelantados en la limosna. ¿Y por qué no dijo meramente: "Buena obra ha hecho",» sino antes de esto: "¿Por qué molestáis a la mujer?" Para que aprendieran a no exigir desde el principio principios demasiado altos a los más débiles. Por tanto, tampoco examina el acto meramente en sí mismo, sino teniendo en cuenta la persona de la mujer. Y, en verdad, si hubiera estado haciendo una ley, no habría traído a la mujer; mas para que aprendas que por causa de ella se decían estas cosas, para que no dañaran su fe en ciernes, sino más bien la nutrieran, por eso las dice, enseñándonos a que cualquier cosa buena que sea hecha por un hombre, aunque no sea del todo perfecta, la recibamos y la alentemos y la hagamos avanzar, y no busquemos toda la perfección al principio. Pues que al menos Él mismo habría preferido esto, es manifiesto por el hecho de que Él, que no tenía dónde recostar la cabeza, requería que se llevara una bolsa. Mas entonces el tiempo no exigía esto, que Él corrigiera la acción, sino que la aceptara solamente. Pues así como, si alguno le preguntara, sin haberlo hecho la mujer, Él no habría aprobado esto; así, después que ella lo hizo, mira a una sola cosa: que ella no sea empujada a la confusión por la reprensión de los discípulos, sino que se vaya de su cuidado, habiendo venido a ser más alegre y mejor. Porque, en verdad, después de derramado el óleo, la reprensión de ellos no era oportuna.
Haz tú, pues, lo mismo: si vieras a alguno proveer vasos sagrados y ofrecerlos, y gustoso laborar en cualquier otro ornamento de la iglesia, en sus muros o en su suelo; no mandes vender lo hecho, ni derribarlo, no sea que eches a perder su celo. Mas si, antes de haberlos provisto, te lo dijera, manda que se dé a los pobres; por cuanto también Él hizo esto para no echar a perder el ánimo de la mujer, y cuantas cosas dice, las habla para consuelo de ella.
Entonces, porque había dicho: "Para mi sepultura lo ha hecho";» para que no pareciera confundir a la mujer, mencionando una cosa tal como esta —su sepultura y muerte, quiero decir—; mira cómo con lo que sigue la reanima, diciendo: "Lo que ha hecho se dirá en todo el mundo".»
Y esto era a la vez consuelo para sus discípulos, y aliento y alabanza para ella. Pues todos los hombres, dice, la celebrarán de aquí en adelante; y también ahora ella ha anunciado de antemano mi Pasión, trayéndome lo necesario para un funeral; por tanto, nadie la reprenda. Porque tan lejos estoy de condenarla por haber obrado mal, o de culparla por no haber actuado rectamente, que no sufriré que lo hecho quede oculto, sino que el mundo sabrá lo que se hizo en una casa y en secreto. Porque, en verdad, la acción procedía de ánimo reverente, y fe ferviente, y alma contrita.
¿Y por qué no prometió a la mujer cosa alguna espiritual, sino la perpetua memoria? Con esto le hace cobrar confianza también acerca de las otras cosas. Pues si ha obrado una buena obra, es bien evidente que recibirá su debida recompensa.
"Entonces fue uno de los doce, el que se llamaba Judas Iscariote, a los príncipes de los sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me dais, y yo os lo entregaré?" Entonces. ¿Cuándo? Cuando estas cosas se hablaron, cuando Él había dicho: "Para mi sepultura es", y ni aun con eso fue movido a compunción; ni cuando oyó que el Evangelio se predicaría en todas partes temió (y con todo era lenguaje de indecible poder), sino que cuando unas mujeres mostraron tan gran honra, y mujeres que habían sido rameras, entonces obró las obras del diablo.
¿Y cuál podrá ser la razón de que mencionen su sobrenombre? Porque había también otro Judas. Y no se encogen de decir que era de los doce; tan del todo no ocultan ninguna de aquellas cosas que parecen ser de reproche. Y, sin embargo, bien podrían haber dicho meramente esto: que era uno de los discípulos, pues había otros además. Mas ahora añaden: de los doce, como si hubieran dicho: de la primera compañía de los escogidos como mejores, de aquellos con Pedro y Juan. Porque de una sola cosa se cuidaban, de la verdad sola, no de ocultar lo que se hizo.
Por esta causa pasan por alto muchas de las señales, mas de las cosas que parecen ser de reproche nada ocultan; y ya sea palabra, ya sea acción, ya sea lo que quieras de este género, lo proclaman con confianza.
Homilía 80, § 3
3. Y no solo estos, sino aun el mismo Juan, que profiere las doctrinas más altas. Pues él más que todos nos cuenta las afrentas y las cosas ignominiosas que le fueron hechas.
Y mira cuán grande es la maldad de Judas: en que viene a ellos por su propia voluntad, en que hace esto por dinero, y por una suma tal de dinero.
Mas Lucas dice que él conferenció con los capitanes. Porque después que los judíos se volvieron sediciosos, los romanos pusieron sobre ellos a los que proveyeran a su buen orden. Pues su gobierno había ya sufrido un cambio según la profecía.
A estos, pues, fue y dijo: "¿Qué me dais, y yo os lo entregaré?" Y pactaron con él treinta piezas de plata. Y desde aquel tiempo buscaba oportunidad para entregarle.» Porque, en verdad, temía a la multitud, y deseaba apoderarse de Él a solas.
¡Oh locura! ¡Cómo lo cegó del todo la avaricia! Pues el que a menudo lo había visto cuando pasaba por en medio y no era apresado, y cuando dio tantas demostraciones de su divinidad y poder, buscaba echarle mano; y esto mientras Él usaba como un encanto para él tantas palabras, terribles y a la vez apacibles, para poner fin a este mal pensamiento. Porque ni aun en la cena se abstuvo de este cuidado de él, sino que hasta el último día le discurrió de estas cosas. Mas él no aprovechó nada. Y no por eso dejó el Señor de hacer su parte.
Sabiendo esto, pues, no desistamos tampoco nosotros de hacer todas las cosas para con los que pecan y son negligentes: advirtiendo, enseñando, exhortando, amonestando, aconsejando, aunque nada aprovechemos. Porque Cristo, en verdad, sabía de antemano que el traidor era incorregible, y con todo no cesó de proveer lo que por sí mismo podía hacerse, tanto amonestando como amenazando y lamentándose sobre él, y en ningún lugar claramente, ni abiertamente, sino de modo encubierto. Y en el mismo momento de la traición, le permitió aun besarlo, mas esto de nada le aprovechó. Tan grande mal es la avaricia; esta lo hizo traidor y ladrón sacrílego.
Escuchad, todos los avarientos, los que tenéis la enfermedad de Judas; escuchad, y guardaos de la calamidad. Porque si el que estaba con Cristo, y obraba señales, y gozaba del beneficio de tanta instrucción, por no haberse liberado de la enfermedad se hundió en tal abismo; ¿cuánto más vosotros, que ni siquiera escucháis la Escritura, que estáis constantemente clavados a las cosas presentes, vendréis a ser fácil presa de esta calamidad, si no tenéis la ventaja de un cuidado constante? Cada día estaba aquel hombre con Aquel que no tenía dónde recostar la cabeza, y cada día era instruido con hechos y con palabras a no tener oro, ni plata, ni dos túnicas; y con todo, no aprendió el dominio de sí; ¿y cómo esperas tú escapar de la enfermedad, si no gozas del beneficio de una atención solícita, y no usas de mucha diligencia? Porque terrible, terrible es el monstruo; mas con todo, si quieres, fácilmente lo vencerás. Porque el deseo no es natural; y esto es manifiesto por los que están libres de él. Pues las cosas naturales son comunes a todos; mas este deseo tiene su origen solo de la negligencia; de aquí nace, de aquí toma su aumento; y cuando se ha apoderado de los que lo miran con codicia, los hace vivir contra la naturaleza. Porque cuando no miran a sus conciudadanos, a sus amigos, a sus hermanos, en una palabra, a todos los hombres, y con estos aun a sí mismos, esto es vivir contra la naturaleza. De donde es evidente que el vicio y enfermedad de la avaricia, en la cual Judas, enredado, vino a ser traidor, es contra la naturaleza. ¿Y cómo vino a ser tal, podrás decir, habiendo sido llamado por Cristo? Porque el llamamiento de Dios no es forzoso, ni fuerza la voluntad de los que no están dispuestos a escoger la virtud, sino que amonesta, en verdad, y aconseja, y hace y dispone todas las cosas de modo que persuada a los hombres a hacerse buenos; mas si algunos no lo sufren, no obliga. Y si quieres aprender de qué causa vino a ser tal como fue, hallarás que fue arruinado por la avaricia.
¿Y cómo fue tomado por esta calamidad?, podrá decir alguno. Porque se volvió negligente. Pues de aquí nacen tales cambios, como, por otra parte, los cambios hacia lo mejor nacen de la diligencia. ¿Cuántos, por ejemplo, que eran violentos, son ahora más mansos que corderos? ¿Cuántos lascivos se han vuelto después continentes? ¿Cuántos, antes avarientos, han arrojado ahora aun sus propias posesiones? Y lo contrario, a su vez, ha sido resultado de la negligencia. Pues también Giezi vivía con un varón santo, y él también se depravó por la misma enfermedad. Porque esta calamidad es la más grave de todas. De aquí vienen los ladrones de sepulcros, de aquí los homicidas, de aquí las guerras y las contiendas, y cualquier mal que menciones, de aquí viene. Y en todo respecto es inútil un tal hombre, ya sea preciso capitanear un ejército o guiar a un pueblo; o más bien no solo en las cosas públicas, sino también en las privadas. Si ha de casarse con una mujer, no tomará a la virtuosa, sino a la más vil de todas; si ha de comprar una casa, no la que conviene a un hombre libre, sino la que pueda acarrear mucha renta; si ha de comprar esclavos, o cualquier otra cosa, tomará lo peor.
¿Y por qué hablo de capitanear un ejército, y guiar a un pueblo, y administrar casas; pues si fuese rey, es el más miserable de todos los hombres, y una peste para el mundo, y el más pobre de todos los hombres. Porque se sentirá como uno del vulgo, no teniendo las posesiones de todos por suyas, sino teniéndose a sí mismo por uno de todos; y cuando despoja los bienes de todos, piensa que tiene menos que cualquiera. Pues midiendo las cosas presentes por su deseo de aquellas de que aún no está en posesión, tendrá las primeras por nada comparadas con las últimas. Por lo cual también dice uno: "No hay cosa más malvada que el hombre avaro".» []
Homilía 80, § 4
4. Porque tal hombre se pone a sí mismo en venta, y anda por ahí, enemigo común del mundo, doliéndose de que la tierra no produzca oro en lugar del trigo, y las fuentes en lugar de arroyos, y los montes en lugar de piedra; irritado por la fertilidad de las estaciones, turbado por los beneficios comunes; huyendo de todo medio por donde no pueda obtener dinero; sufriendo todas las cosas de donde pueda arañar siquiera dos cuartos; odiando a todos los hombres, a los pobres y a los ricos: a los pobres, no sea que vengan a mendigarle; a los ricos, porque no tiene sus posesiones. A todos los hombres los considera poseedores de lo que es suyo, y como si hubiera sido injuriado por todos, así está disgustado con todos. No conoce la abundancia, no tiene experiencia de la saciedad, es más miserable que cualquiera; así como, por el contrario, el que está libre de estas cosas, y practica el dominio de sí, es el más envidiable. Pues el hombre virtuoso, aunque sea siervo, aunque prisionero, es el más feliz de todos los hombres. Porque nadie le hará mal, ni aun si todos los hombres se juntaran del mundo, moviendo armas y campamentos, y guerreando contra él. Mas el que es depravado y vil, y tal como lo hemos descrito, aunque sea rey, aunque lleve mil diademas, padecerá las más extremas cosas, aun de una mano común. Tan débil es el vicio, tan fuerte la virtud.
¿Por qué, pues, te lamentas, estando en estado de pobreza? ¿Por qué te afliges guardando una fiesta? Pues en verdad es ocasión de fiesta. ¿Por qué lloras? Porque la pobreza es una solemnidad, si eres sabio. ¿Por qué te lamentas, niñito? Pues a tal llamaríamos un niño. ¿Te golpeó esa persona? ¿Y qué es esto? ¿Te hizo más capaz de sufrir? ¿Y te quitó tu dinero? Ha removido la mayor parte de tu carga. ¿Y te cortó tu honra? De nuevo me dices de otra especie de libertad. Oye aun a los de fuera enseñando sabiduría tocante a estas cosas, y diciendo: "Ningún mal has padecido, si no le prestas atención".» ¿Y te ha quitado aquella tu gran casa, que tiene cercados alrededor? Mas he aquí toda la tierra está delante de ti, los edificios públicos, ya los quieras para deleite, ya para uso. ¿Y qué hay más agradable o más hermoso que el firmamento del cielo?
¿Hasta cuándo eres pobre y menesteroso? No es posible que sea rico el que no es rico en su alma; así como no es posible que sea pobre el que no tiene la pobreza en su mente. Porque si el alma es cosa más noble que el cuerpo, las partes menos nobles no tienen poder de afectarla conforme a sí mismas; sino que la parte noble atrae hacia sí, y cambia, a las que no son tan nobles. Pues así el corazón, cuando ha recibido alguna herida, afecta en conformidad a todo el cuerpo; si su temple está desordenado, todo lo echa a perder; si está bien templado, todo lo aprovecha. Y si alguna de las partes restantes se corrompiera, mientras este permanece sano, fácilmente sacude lo malo de ellas también.
Y para hacer más claro lo que digo, ¿de qué sirven, os ruego, las ramas verdes, cuando la raíz se marchita? ¿Y qué daño hay en que las hojas se marchiten por arriba, mientras esta está sana? Así también aquí no hay provecho del dinero, cuando el alma es pobre; ni daño de la pobreza, cuando el alma es rica. ¿Y cómo puede un alma, dirá alguno, ser rica, careciendo de dinero? Entonces más que nunca podría serlo; pues entonces también suele ser rica.
Pues si, como a menudo hemos mostrado, es prueba segura de ser rico el despreciar las riquezas y no carecer de nada; y de ser pobre, a su vez, el carecer; y cualquiera más fácilmente despreciaría el dinero en la pobreza que en la riqueza, es bien evidente que más bien la pobreza hace a uno rico. Porque, en verdad, que el rico pone su corazón en el dinero más que el pobre, es ciertamente manifiesto a todos; así como el borracho tiene sed, más que el que ha bebido suficientemente. Pues tampoco es su deseo de tal índole que se apague con lo mucho; sino que, por el contrario, su naturaleza es inflamarse con esto. Porque el fuego, asimismo, cuando ha recibido más alimento, entonces más que nunca se enfurece; y la tiranía de la riqueza, cuando has echado en ella más oro, entonces muy especialmente se acrecienta.
Si, pues, el desear más es señal de pobreza; y el que está en posesión de riquezas es así; él está especialmente en pobreza. ¿Ves que el alma entonces es más pobre, cuando es rica; y entonces es rica, cuando está en pobreza?
Y si quieres, ejercitemos nuestro razonamiento también en personas: y haya dos, el uno teniendo diez mil talentos, el otro diez, y a ambos quitemos estas cosas. ¿Quién, pues, se dolerá más? El que ha perdido los diez mil. Pero no se dolería más, si no lo amase más; mas si lo ama más, desea más; pero si desea más, está más en pobreza. Pues aquello deseamos más, de lo cual más carecemos, porque el deseo procede de la carencia. Porque donde hay saciedad, no puede haber deseo. Pues entonces tenemos más sed, cuando tenemos más necesidad de beber.
Y todas estas cosas las he dicho para mostrar que, si somos vigilantes, nadie nos dañará; y que el daño no nace de la pobreza, sino de nosotros mismos. Por lo cual os ruego con toda diligencia que apartéis de vosotros la peste de la avaricia, para que seamos ricos aquí, y gocemos de los bienes eternos, a los cuales Dios conceda que todos alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 81, § 1
Mateo 26:17-18.
«El primer día de la fiesta de los ázimos, los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua? Y Él dijo: Id a la ciudad a cierto hombre y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos.»
Por el primer día de la fiesta de los ázimos quiere decir el día anterior a esa fiesta; porque acostumbran siempre contar el día desde la tarde, y hace mención de aquel en que por la tarde había de sacrificarse la pascua; [] porque en el quinto día de la semana vinieron a Él. Y este llama al día anterior a la fiesta de los ázimos, [] hablando del tiempo en que vinieron a Él, y otro dice de esta manera, «Entonces vino el día de los ázimos, cuando había de sacrificarse la pascua;» con la palabra «vino,» queriendo decir esto: estaba cerca, estaba a las puertas, haciendo mención claramente de aquella tarde. Pues comenzaban con la tarde, por lo cual cada uno añade también, cuando se sacrificaba la pascua.
Y dicen: «¿Dónde quieres que te preparemos para comer la Pascua?» Así, incluso por esto es manifiesto que no tenía casa ni lugar donde hospedarse; y supongo que tampoco ellos la tenían. Pues sin duda le habrían rogado que viniera allí. Pero tampoco ellos tenían ninguna, habiendo ya renunciado a todas las cosas.
Mas ¿por qué celebró la Pascua? Para indicar por todas las cosas, hasta el último día, que no se opone a la ley.
¿Y por qué posible razón los envía a una persona desconocida? Para mostrar también con esto que podía haber evitado el sufrimiento. Porque Aquel que prevaleció sobre la mente de este hombre, de modo que los recibió, y eso por palabras; ¿qué no habría hecho con los que le crucificaban, si hubiera querido no padecer? Y lo que hizo con el asno, esto lo hizo también aquí. Pues allí también dice: «Si alguno os dijere algo, diréis que el Señor los necesita;» [] y asimismo aquí: «El Maestro dice: En tu casa celebraré la Pascua.» Pero no me maravillo solo de esto, de que lo recibiera, siendo desconocido, sino de que esperando traer sobre sí tal enemistad e implacable hostilidad, despreciara la enemistad de la multitud.
Después de esto, porque no lo conocían, les dio una señal, como el profeta respecto de Saúl, diciendo: «Hallarás a uno que sube llevando un odre;» [] y aquí: «llevando un cántaro.» Y mira de nuevo la manifestación de su poder. Pues no dijo solamente: «Celebraré la Pascua,» sino que añade también otra cosa: «Mi tiempo está cerca.» Y esto lo hizo, a la vez recordando continuamente a sus discípulos la pasión, para que ejercitados por la frecuencia de la predicción estuvieran preparados para lo que iba a suceder; y al mismo tiempo para mostrar a ellos mismos, y al que lo recibía, y a todos los judíos, lo que a menudo he mencionado, que no involuntariamente viene a su pasión. Y añade: «con mis discípulos,» para que la preparación fuera suficiente, y para que aquel hombre no supusiera que se ocultaba.
«Y llegada la tarde, se sentó a la mesa con los doce discípulos.» ¡Oh desvergüenza de Judas! Pues también él estaba presente allí, y vino a participar tanto de los misterios como de la comida, y es convicto en la misma mesa, cuando aun habiendo sido una bestia salvaje, se habría vuelto manso.
Por esta causa el evangelista significa también que, mientras comen, Cristo habla de su entrega, para que tanto por el tiempo como por la mesa mostrara la maldad del traidor.
Pues cuando los discípulos hubieron hecho como Jesús les había ordenado, «llegada la tarde, se sentó a la mesa con los doce. Y mientras comían, dijo:» se nos dice, «En verdad os digo que uno de vosotros me entregará.» Y antes de la cena, incluso le había lavado los pies. Y mira cómo perdona al traidor. Pues no dijo: tal me entregará; sino: «uno de vosotros,» para darle de nuevo poder de arrepentimiento mediante la ocultación. Y escoge alarmar a todos, por salvar a este. De vosotros, los doce, dice, que estáis en todo lugar presentes conmigo, cuyos pies lavé, a quienes prometí tantas cosas.
Una intolerable tristeza se apoderó entonces de aquella santa compañía. Y Juan ciertamente dice que «estaban perplejos, y se miraban unos a otros,» y cada uno preguntaba con temor acerca de sí mismo, aunque no se sentían culpables de tal cosa. Pero este evangelista dice que «estando muy tristes, comenzaron cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor? [] Y Él respondió y dijo: Aquel a quien yo diere un bocado mojado, ése es.»
Mira en qué momento lo descubrió. Fue cuando quiso librar a los demás de esta angustia, pues estaban muertos de miedo, por lo cual también insistían con sus preguntas. Pero no solo deseando librarlos de su aflicción hizo esto, sino también queriendo enmendar al traidor. Pues después de haberlo oído a menudo en general y continuar incorregible, estando ya sin sentimiento, queriendo hacerle sentir más, le quita la máscara.
Pues estando tristes comenzaron a decir: «¿Soy yo, Señor? Él respondió y dijo: El que moja conmigo en el plato, ése me entregará. El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él, mas ¡ay del hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.»
Ahora bien, algunos dicen que fue tan audaz como para no honrar a su Maestro, sino para mojar con Él: pero a mí me parece que Cristo hizo esto también para avergonzarlo más y traerlo a mejor disposición. Pues este acto tiene algo más.
Homilía 81, § 2
2. Pero estas cosas no debemos pasarlas por alto al azar, sino que deben ser inculcadas en nuestras mentes, y la ira no hallaría lugar en ningún momento.
Porque ¿quién, teniendo en mente aquella cena, y al traidor sentado a la mesa con el Salvador de todos, y a Aquel que iba a ser entregado razonando tan mansamente, no arrojaría todo veneno de ira y enojo? Mira al menos cuán mansamente se conduce hacia él: «El Hijo del Hombre se va, como está escrito de Él.»
Y estas cosas las dijo de nuevo, tanto para restaurar a los discípulos, para que no pensaran que aquello era señal de debilidad, como para enmendar al traidor.
«Mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.» Mira de nuevo en sus reprensiones su indecible mansedumbre. Pues ni siquiera aquí con invectiva, sino más bien a modo de compasión, aplica lo que dice, pero de manera disimulada otra vez; y sin embargo, no solo su anterior insensatez, sino su posterior desvergüenza merecía la máxima indignación. Pues después de esta convicción dice: «¿Soy yo, Señor?» ¡Oh insensibilidad! Pregunta, sintiéndose culpable de tales cosas. Pues también el evangelista, maravillándose de su audacia, dice esto. ¿Qué dice entonces el mansísimo y dulce Jesús? «Tú lo dices.» Y sin embargo, pudo haber dicho: ¡Oh impío, oh todo impío! ¡Maldito y profano; tanto tiempo maquinando maldad, que has ido por tu camino, y has hecho pactos satánicos, y has acordado recibir dinero, y ya has sido convicto por mí, aún te atreves a preguntar? Pero nada de esto dijo, sino ¿cómo? «¿Tú lo dices?» fijando para nosotros límites y reglas de longanimidad.
Pero alguno dirá: Si estaba escrito que Él había de padecer estas cosas, ¿por qué se culpa a Judas, si hizo lo que estaba escrito? Pero no con esta intención, sino por maldad. Porque si no preguntas acerca del motivo, librarás incluso al diablo de las acusaciones contra él. Pero estas cosas no son, no son así. Pues tanto el uno como el otro merecen innumerables castigos, aunque el mundo haya sido salvo. Porque ni la traición de Judas obró nuestra salvación, sino la sabiduría de Cristo y el buen artificio de su hermosa habilidad, usando las maldades de otros para nuestra ventaja.
«¿Y qué, entonces,» dirá alguno, «si Judas no le hubiera entregado, no le habría entregado otro?» ¿Y qué tiene esto que ver con la cuestión? «Porque si Cristo debía ser crucificado, debía ser por medio de alguno, y si por alguno, ciertamente por una persona como ésta. Pero si todos hubieran sido buenos, la Dispensación en nuestro favor habría sido impedida.» No es así. Pues el Omnisapiente sabe cómo realizará nuestros beneficios, aun si esto hubiera sucedido. Porque su sabiduría es rica en artificios e incomprensible. Por eso, para que nadie supusiera que Judas había llegado a ser ministro de la Dispensación, Él declara la desdicha del hombre. Pero alguno dirá de nuevo: «Y si hubiera sido bueno que nunca hubiera nacido, ¿por qué permitió que tanto éste como todos los malvados vinieran al mundo?» Cuando deberías culpar a los malvados, porque teniendo poder de no llegar a ser tales como son, han llegado a ser malvados, dejas esto y te ocupas y eres curioso acerca de las cosas de Dios; aunque sabes que no es por necesidad que alguno es malvado.
«Pero solo los buenos deberían nacer,» diría, «y no habría necesidad de infierno, ni de castigo, ni de venganza, ni rastro de vicio, sino que los malvados o no deberían nacer en absoluto, o naciendo deberían partir inmediatamente.»
Primero, pues, sería bueno repetiros el dicho del apóstol: «Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que repliques contra Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así?»
Pero si aún pides razones, diríamos esto: que los buenos son más admirados por estar entre los malos; porque su longanimidad y gran dominio de sí se muestra entonces más. Pero tú quitas la ocasión de sus luchas y conflictos, diciendo estas cosas. «¿Entonces, para que éstos parezcan buenos, otros son castigados?» dice. Dios no lo quiera, sino por su propia maldad. Pues no porque fueron traídos al mundo se hicieron malvados, sino por su propia maldad; por lo cual también son castigados. Porque ¿cómo no habían de ser dignos de castigo, viendo que tienen tantos maestros de virtud y nada ganan de ellos? Pues así como los nobles y buenos son dignos de doble honor, porque se hicieron buenos y no recibieron daño de los malvados; así también los indignos merecen doble castigo, tanto porque se hicieron malvados cuando podían haberse hecho buenos (lo muestran los que han llegado a ser tales), como porque nada ganaron de los buenos.
Pero veamos qué dice este desdichado, convicto por su Maestro. ¿Qué dice entonces? «¿Soy yo, Rabí?» [] ¿Y por qué no preguntó esto desde el principio? Pensó escapar al conocimiento por haberse dicho: «uno de vosotros;» pero cuando Él lo hubo manifestado, se atrevió de nuevo a preguntar, confiando en la clemencia de su Maestro, que no lo condenaría.
Homilía 81, § 3
3. ¡Oh ceguera! ¿A dónde lo ha llevado? Tal es la avaricia: hace a los hombres necios e insensatos, sí, temerarios, y perros en lugar de hombres, o más bien aún más feroces que los perros, y demonios después de ser perros. Este hombre al menos recibió al diablo incluso cuando tramaba contra él, pero a Jesús, incluso cuando le hacía bien, entregó, habiéndose ya hecho diablo en la voluntad. Pues tal hace a los hombres el insaciable deseo de ganancia: fuera de sí, heridos de frenesí, entregados del todo a la ganancia, como fue el caso incluso de Judas.
Pero ¿cómo dicen Mateo y los otros evangelistas que, cuando hizo el pacto tocante a la traición, entonces el diablo se apoderó de él; pero Juan, que «después del bocado Satanás entró en él?» [] Y el mismo Juan sabía esto, porque más atrás dice: «habiendo ya el diablo puesto en el corazón de Judas que le entregara.» ¿Cómo entonces dice: «Después del bocado Satanás entró en él?» Porque no entra de repente, ni de una vez, sino que hace mucha prueba primero, lo cual se hizo también aquí. Pues después de haberlo probado al principio y asaltado tranquilamente, después de que lo vio preparado para recibirlo, desde entonces sopló enteramente en él, y se apoderó completamente de él.
Pero ¿cómo, si comían la Pascua, la comieron contra la ley? Porque no debían haberla comido sentados a la mesa. [] ¿Qué se puede decir entonces? Que después de comerla, se sentaron luego al banquete.
Pero otro evangelista dice que aquella tarde no solo comió la Pascua, sino que también dijo: «Con deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros,» [] es decir, en aquel año. ¿Por qué razón? Porque entonces la salvación del mundo iba a ser realizada, y los misterios iban a ser entregados, y las causas de tristeza iban a ser abolidas por su muerte; tan bienvenida era la cruz para Él. Pero nada ablandó al salvaje monstruo, ni lo movió, ni lo avergonzó. Lo declaró desdichado, diciendo: «Ay de aquel hombre.» Lo alarmó de nuevo, diciendo: «Bueno le fuera no haber nacido.» Lo avergonzó, diciendo: «Aquel a quien yo diere un bocado mojado.» Y nada de esto lo detuvo, sino que fue presa de la avaricia, como de alguna locura, o más bien de una enfermedad más grave. Pues en verdad esta es la locura más grave.
Porque ¿qué haría el loco como esto? No echó espuma por la boca, sino que derramó el asesinato de su Señor. No retorció sus manos, sino que las extendió para el precio de la sangre preciosa. Por lo cual su locura era mayor, porque estaba loco estando sano.
Pero no profiere tú lo dices sonidos sin significado. Y ¿qué hay más sin significado que este lenguaje? «¿Qué me daréis, y yo os lo entregaré?» [] «Yo lo entregaré,» habló el diablo por aquella boca. Pero ¿no golpeó el suelo con los pies forcejeando? No, ¿cuánto mejor sería forcejear así, que permanecer así de pie? Pero dices, ¿no se cortó con piedras? ¡Pues cuánto mejor, que hacer cosas como estas!
¿Queréis que presentemos al endemoniado y al avaro, y hagamos una comparación entre los dos? Pero que nadie considere lo que se hace un reproche a sí mismo. Porque no reprochamos a la naturaleza, sino que lamentamos el acto. El endemoniado nunca estaba vestido con ropas, cortándose con piedras, y corriendo, se precipita por senderos ásperos, arrastrado de cabeza por el demonio. ¿No parecen estas cosas espantosas? ¿Qué, pues, si muestro que los avaros hacen cosas más graves que estas a su propia alma, y a tal grado más graves, que estas se consideran juego de niños comparadas con aquellas? ¿De veras evitaréis la peste? Venid, pues, veamos si están en algún aspecto en un estado más tolerable que ellos. En ninguno, sino incluso en condición más grave; pues en verdad son más objetos de vergüenza que diez mil desnudos. Porque mucho mejor sería estar desnudo en cuanto a vestido, que estando vestido con los frutos de la avaricia, andar como los que celebran las orgías de Baco. Pues como aquellos llevan máscaras y ropas de locos, así también estos. Y así como la desnudez del endemoniado es causada por la locura, así la locura produce este vestido, y el vestido es más miserable que la desnudez.
Y esto es lo que intentaré probar aquí. Porque ¿a quién diríamos que estaba más loco, aun entre los mismos locos: a uno que se hiriese a sí mismo, o a uno que junto consigo mismo dañase a los que encontraba? Es bien claro que es este último. Los locos, pues, se despojan de sus vestidos, pero estos despojan a todos los que encuentran. «Pero estos rasgan sus vestidos en pedazos.» Y ¡con cuánta facilidad consentiría cada uno de los que son perjudicados en que se le rasgara el vestido, antes que ser despojado de todos sus bienes!
«Pero aquellos no dirigen golpes al rostro.» En primer lugar, los avaros hacen incluso esto; y si no todos, sí todos infligen por hambre y penuria dolores más graves al vientre.
«Pero aquellos no muerden con los dientes.» ¡Ojalá fuera con dientes, y no con los dardos de la avaricia, más fieros que dientes! «Porque sus dientes son armas y dardos.» Porque ¿quién sentirá más dolor: el que fue mordido una vez y sanado al instante, o el que es devorado para siempre por los dientes de la penuria? Porque la penuria, cuando es involuntaria, es más penosa que el horno o la fiera.
«Pero aquellos no se precipitan a los desiertos como los poseídos por demonios.» ¡Ojalá invadieran los desiertos y no las ciudades, y así todos en las ciudades gozaran de seguridad! Porque ahora, también en esto, son más intolerables que todos los insensatos, porque hacen en las ciudades lo que los otros hacen en los desiertos, convirtiendo las ciudades en desiertos, y como en un desierto donde no hay quien lo impida, así saquean los bienes de todos los hombres.
«Pero aquellos no apedrean a los que encuentran.» ¿Y qué es esto? De las piedras sería fácil guardarse; pero de las heridas que con papel y tinta infligen a los pobres miserables (redactando escritos llenos de golpes sin número), ¿quién de los que tropiezan con ellos podrá jamás guardarse fácilmente?
Homilía 81, § 4
4. Veamos también lo que se hacen a sí mismos. Caminan desnudos por la ciudad, porque no tienen vestidura de virtud. Pero si esto no les parece una deshonra, esto también es de su excesiva locura, porque no sienten la indecencia, sino que, avergonzándose de tener el cuerpo desnudo, llevan el alma desnuda y se glorían de ello. Y si queréis, os diré también la causa de su insensibilidad. ¿Cuál es, pues, la causa? Están desnudos entre muchos que están así desnudos, por lo cual tampoco se avergüenzan, como tampoco nosotros en los baños. De modo que si hubiera muchos vestidos de virtud, entonces su vergüenza sería más manifiesta. Pero ahora, sobre todo, esto es digno de muchas lágrimas: que, por ser muchos los malos, las cosas malas ni siquiera se estiman como deshonra. Porque además de lo demás, el diablo ha traído también esto: no permitirles alcanzar siquiera un sentimiento de sus malas obras, sino que, por la multitud de los que practican la maldad, echar una sombra sobre su deshonra; pues si aconteciera que uno de estos estuviera en medio de una multitud de personas que practican la templanza, vería más su desnudez.
Que están más desnudos que los poseídos es evidente por estas cosas; y que van por los desiertos, tampoco esto podría nadie negarlo. Porque el camino ancho y espacioso es más desierto que cualquier desierto. Pues aunque tiene muchos que lo transitan, no hay entre ellos ninguno de entre los hombres, sino serpientes, escorpiones, lobos, víboras y áspides. Tales son los que practican la maldad. Y este camino no solo es desierto, sino mucho más escabroso que el de los locos. Y esto es evidente por lo siguiente. Porque las piedras, los barrancos y los riscos no hieren tanto a los que los suben, como la rapiña y la avaricia a las almas que las practican.
Y que viven junto a los sepulcros, como los poseídos, o más bien que ellos mismos son sepulcros, es claro por esto. ¿Qué es un sepulcro? Una piedra que tiene un cadáver dentro. ¿En qué, pues, difieren los cuerpos de estos hombres de aquellas piedras? O más bien, son más miserables aún que ellas. Porque no es una piedra que contiene un cadáver, sino un cuerpo más insensible que las piedras, que lleva consigo un alma muerta. Por lo cual no se equivocaría quien los llamara sepulcros. Pues así también nuestro Señor llamó a los judíos, y por esta razón sobre todo; llegó a decir: «Sus entrañas están llenas de rapiña y avaricia.»
¿Queréis que muestre después cómo también se hieren la cabeza con piedras? ¿De dónde, pues, primero, os ruego, aprenderéis esto? ¿De las cosas de aquí, o de las venideras? Pero de las venideras no se cuidan mucho; hablemos, pues, de las de aquí. Porque ¿no son las preocupaciones más graves que muchas piedras, que no hieren las cabezas, sino que consumen el alma? Pues temen que salgan justamente de su casa las cosas que les han venido injustamente; tiemblan de miedo de los peores males, se enojan, se irritan contra los de su propia casa, contra los extraños; y ahora el desaliento, ahora el miedo, ahora la ira les sobrevienen por turno, y están como si cruzaran precipicio tras precipicio, y miran con ansia día tras día lo que aún no han adquirido. Por lo cual tampoco sienten placer en lo que tienen, tanto por no tener confianza en su seguridad, como porque con toda su mente están atentos a lo que aún no han arrebatado. Y así como uno que tiene sed continua, aunque bebiera diez mil fuentes, no siente placer, porque no se sacia; así también estos, lejos de sentir placer, son atormentados, cuanto más amontonan en torno suyo, por no sentir límite alguno a tal deseo.
Y las cosas de aquí son así; pero hablemos también del día venidero. Pues aunque no prestan atención, es necesario que hablemos. En el día venidero, pues, se verá por todas partes a hombres como estos sufriendo castigo. Porque cuando Él dice: «Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;» [] está castigando a estos; y cuando dice: «Apartaos al fuego eterno preparado para el diablo,» está enviando allí a los que hacen mal uso de las riquezas. Y el siervo malvado, que no da a sus consiervos los bienes de su Señor, está en el número de estos hombres, y el que enterró su talento, y las cinco vírgenes.
Y dondequiera que vayáis, veréis a los avaros castigados. Y ahora oirán: «Hay un abismo entre nosotros y vosotros;» ahora: «Apartaos de mí al fuego que está preparado.» [] Y ahora, cortados en pedazos, se irán, donde hay crujir de dientes, y desde todo lugar se los verá arrojados, sin hallar lugar en ninguna parte, sino reunidos solo en el infierno.
Homilía 81, § 5
5. ¿De qué sirve, pues, la fe recta para nuestra salvación, cuando oímos estas cosas? Allí, crujir de dientes, y tinieblas exteriores, y el fuego preparado para el diablo, y ser cortados en pedazos, y ser arrojados; aquí, enemistades, malas palabras, calumnias, peligros, cuidados, tramas, ser odiados de todos, ser aborrecidos de todos, aun de las mismas personas que parecen adularnos. Porque así como los hombres buenos son admirados no solo por los buenos, sino también por los malvados; así los hombres malos, no solo los buenos, sino también los perversos, los odian. Y en prueba de que esto es verdad, de buena gana preguntaría a los avaros si no sienten dolor unos hacia otros, y si no consideran a tales más sus enemigos que a los que les han hecho los mayores agravios; si no se acusan también a sí mismos, si no consideran la cosa una afrenta, si alguien les echa en cara este reproche. Porque en verdad este es un reproche extremo, y una prueba segura de mucha maldad; porque si no soportas despreciar la riqueza, ¿de qué podrás jamás vencer? ¿De la lujuria, o del loco deseo de gloria, o de la ira, o del enojo? ¿Y cómo se persuadiría alguien de ello? Porque en cuanto a la lujuria, la ira y el enojo, muchos los atribuyen incluso al temperamento de la carne, y a esto refieren los estudiantes de medicina sus excesos; y al que es de temperamento más caliente y lánguido, afirman ser más lujurioso; y al que se inclina a una especie más seca de mal temperamento, lo llaman vehemente, irritable y colérico. Pero con respecto a la avaricia, nadie oyó jamás que dijeran cosa semejante. Tan por completo es la peste efecto de la mera negligencia y de un alma insensible.
Por tanto, os ruego que pongamos diligencia en enmendar todas estas cosas, y en dar dirección contraria a las pasiones que nos sobrevienen en cada edad. Pero si en cada parte de nuestra vida navegamos pasando de largo los trabajos de la virtud, sufriendo naufragios por todas partes, cuando lleguemos al puerto desprovistos de carga espiritual, sufriremos castigo extremo. Porque nuestra vida presente es un océano extendido. Y así como en el mar de aquí hay diferentes bahías expuestas a diferentes tempestades, y el Egeo es difícil por los vientos, el estrecho Tirreno por la angostura, la Caribdis, que está junto a África, por los bajíos, la Propóntide, que está fuera del mar Euxino, por su violencia y sus corrientes, las regiones más allá de Cádiz por la desolación, la falta de caminos y los lugares inexplorados que hay allí, y otras partes por otras causas; así también es en nuestra vida.
Y el primer mar que se presenta a la vista es el de nuestros días infantiles, que tiene mucha tempestad, por su necedad, su facilidad, porque no es firme. Por lo cual también le ponemos guías y maestros, añadiendo con nuestra diligencia lo que falta a la naturaleza, como allí con la habilidad del piloto.
A esta edad sucede el mar de la juventud, donde los vientos son violentos como en el Egeo, creciendo en nosotros la lujuria. Y esta edad especialmente está desprovista de corrección; no solo porque es asediada más fieramente, sino también porque sus faltas no son reprendidas, pues tanto el maestro como el guía se retiran después. Cuando, pues, los vientos soplan más fieramente, y el piloto es más débil, y no hay quien ayude, considerad la grandeza de la tempestad.
Después de esto hay otra vez otro período de la vida, el de los hombres, en el cual los cuidados de la casa nos oprimen, cuando hay una esposa, y matrimonio, y engendrar hijos, y gobernar una casa, y espesas lluvias de cuidados que caen. Entonces especialmente florecen tanto la avaricia como la envidia.
Cuando, pues, pasamos cada parte de nuestra vida con naufragios, ¿cómo bastaremos para la vida presente? ¿Cómo escaparemos del castigo futuro? Porque cuando primero, en la edad más temprana, no aprendemos nada saludable, y luego en la juventud no practicamos la sobriedad, y cuando llegamos a la edad viril no vencemos la avaricia, llegando a la vejez como a una bodega llena de agua de sentina, y habiendo debilitado la barca del alma con todos estos choques, separadas las tablas, llegaremos a aquel puerto, llevando mucha suciedad en lugar de mercancía espiritual, y al diablo daremos risa, pero a nosotros mismos lamentación, y traeremos sobre nosotros los castigos intolerables.
Para que estas cosas no sean, esforcémonos por todos lados, y resistiendo todas nuestras pasiones, arrojemos el deseo de riquezas, para que alcancemos también los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.