Homilía 69, § 1
Mateo XXII. 1-14.
«Y respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas. El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo bodas para su hijo; y envió a sus siervos a llamar a los que estaban convidados a las bodas; y no quisieron venir. Otra vez envió otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y mis animales cebados han sido muertos, y todas las cosas están dispuestas; venid a las bodas. Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, otro a sus negocios; y los demás, tomando a sus siervos, los afrentaron y los mataron.»
¿Veis, tanto en la parábola anterior como en esta, la diferencia entre el Hijo y los siervos? ¿Veis a la vez la gran afinidad entre ambas parábolas, y también la gran diferencia? Pues esta también indica la longanimidad de Dios, y su gran cuidado providencial, y la ingratitud de los judíos.
Pero esta parábola tiene algo más que la otra. Pues proclama de antemano tanto el desecho de los judíos como el llamamiento de los gentiles; e indica juntamente con esto también la severidad de la vida requerida, y cuán grande es el castigo dispuesto para los descuidados.
Y bien está colocada esta después de la otra. Pues puesto que había dicho, «Será dado a una nación que produzca sus frutos,» declara luego a qué clase de nación; y no solo esto, sino que de nuevo expone su cuidado providencial hacia los judíos como inefable. Pues allí aparece antes de su crucifixión invitándolos; pero aquí, incluso después de ser muerto, todavía los urge, esforzándose por ganarlos. Y cuando merecían haber sufrido el castigo más grave, entonces los apremia a la boda, y los honra con el más alto honor. Y ved cómo allí no llama a los gentiles primero, sino a los judíos, y aquí otra vez. Pero como allí, cuando no quisieron recibirlo, y aun lo mataron cuando vino, entonces entregó la viña; así también aquí, cuando no quisieron estar presentes en la boda, entonces llamó a otros.
¿Qué podría, pues, ser más ingrato que ellos, cuando, siendo invitados a unas bodas, salen huyendo? Porque ¿quién no elegiría venir a unas bodas, y bodas de un Rey, y de un Rey que hace bodas para su Hijo?
¿Y por qué se llama boda? —dirá alguno—. Para que aprendáis el tierno cuidado de Dios, su anhelo hacia nosotros, la alegría del estado de las cosas, que allí no hay nada triste ni afligido, sino que todas las cosas están llenas de gozo espiritual. Por eso también Juan lo llama esposo, por eso Pablo dice de nuevo, «Pues os he desposado con un solo esposo;» [2 Corinthians 11:2] y, «Este es un gran misterio, pero yo lo digo respecto de Cristo y de la Iglesia.» [Ephesians 5:32]
¿Por qué, pues, no se dice que la esposa es desposada con Él, sino con el Hijo? Porque la que es desposada con el Hijo, es desposada con el Padre. Pues es indiferente en la Escritura que se diga lo uno o lo otro, a causa de la identidad de la sustancia.
Con esto proclamó también la resurrección. Pues puesto que en lo anterior había hablado de la muerte, muestra que incluso después de la muerte, entonces es la boda, entonces el esposo.
Pero ni aun así se vuelven mejores ni más mansos, y ¿qué puede ser peor que esto? Pues esta es de nuevo una tercera acusación. La primera, que mataron a los profetas; luego, al Hijo; después, que aun cuando lo habían matado, y eran invitados a la boda del muerto, por el mismo que fue muerto, no vienen, sino que fingen excusas: yuntas de bueyes, campos y mujeres. Y sin embargo las excusas parecen razonables; pero de aquí aprendemos que, aunque las cosas que nos impiden sean necesarias, hemos de estimar las espirituales por encima de todas.
Y no de repente, sino mucho tiempo antes. Pues, «Decid,» dice, «a los convidados;» y otra vez, «Llamad a los que estaban convidados;» circunstancia que hace más grave la acusación contra ellos. ¿Y cuándo fueron convidados? Por todos los profetas; por Juan de nuevo; pues a Cristo quería pasarlos a todos, diciendo, «Él debe crecer, yo menguar;» [John 3:30] por el Hijo mismo otra vez, «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar;» y otra vez, «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» [John 7:37]
Pero no solo con palabras, sino también con obras los convidó, después de su ascensión, por medio de Pedro y de los que estaban con él. «Pues el que obró eficazmente en Pedro,» se dice, «para el apostolado de la circuncisión, fue poderoso también en mí para con los gentiles.»
Porque puesto que al ver al Hijo, se airaron y lo mataron, los invita de nuevo por medio de sus siervos. ¿Y a qué los invita? ¿A trabajos, fatigas y sudor? No, sino al placer. Pues, «Mis toros,» dice, «y mis animales cebados han sido muertos.» Ved cuán completo su banquete, cuán grande su munificencia.
Y ni siquiera esto los avergonzó, sino que cuanto más longánimo se mostró, tanto más se endurecieron. Pues no por apremio de negocios, sino por «hacer poco caso de ello», no vinieron.
«¿Cómo, pues, algunos presentan bodas, otros yuntas de bueyes? Estas cosas ciertamente son de falta de ocio.»
De ninguna manera, pues cuando las cosas espirituales nos llaman, no hay apremio de negocios que tenga fuerza de necesidad.
Y a mí me parece además que se sirven de estas excusas, presentando estas cosas como capa de su negligencia. Y no solo es esto lo grave, que no vinieron, sino también lo que es un acto mucho más violento y furioso: haber golpeado incluso a los que vinieron, y haberlos afrentado, y haberlos matado; esto es peor que lo anterior. Pues aquellos otros venían exigiendo productos y frutos, y fueron muertos; pero estos, convidando a la boda del que había sido muerto por ellos, son asesinados a su vez.
¿Qué hay igual a esta locura? Esto también Pablo lo echaba en cara, cuando decía, «Quienes mataron al Señor y a sus propios profetas, y nos han perseguido a nosotros.»
Además, para que no digan, «Es adversario de Dios, y por eso no venimos,» oíd lo que dicen los que los invitan: que es el Padre quien hace la boda, y que es Él quien los convida.
¿Qué hizo, pues, después de estas cosas? Puesto que no quisieron venir, y aun mataron a los que les fueron enviados, quemó sus ciudades, y envió sus ejércitos y los mató.
Y estas cosas las dice, declarando de antemano lo que sucedió bajo Vespasiano y Tito, y que provocaron también al Padre, no creyendo en Él; era el Padre, al menos, quien vengaba.
Y por esta razón añado, no enseguida después que Cristo fue muerto tuvo lugar la captura, sino después de cuarenta años, para que mostrara su longanimidad, cuando habían matado a Esteban, cuando habían dado muerte a Santiago, cuando habían afrentado a los apóstoles.
¿Veis la verdad del acontecimiento, y su rapidez? Pues mientras Juan vivía todavía, y muchos otros de los que estaban con Cristo, estas cosas sucedieron, y los que habían oído estas palabras fueron testigos de los hechos.
Ved, pues, un cuidado inefable. Había plantado una viña; había hecho todas las cosas, y terminado; cuando sus siervos fueron muertos, envió otros siervos; cuando aquellos fueron muertos, envió al Hijo; y cuando Él fue muerto, los invita a la boda. No quisieron venir. Después de esto envía otros siervos, y también a estos los mataron.
Entonces, después de esto, los mata, como incurablemente enfermos. Pues que estaban incurablemente enfermos, fue probado no solo por sus actos, sino por el hecho de que, aun cuando rameras y publicanos habían creído, ellos hacían estas cosas. De modo que, no solo por sus propios crímenes, sino también por lo que otros pudieron hacer rectamente, estos hombres son condenados.
Pero si alguno dijera que no fue entonces cuando fueron llamados los gentiles, quiero decir, cuando los apóstoles habían sido golpeados y habían sufrido diez mil cosas, sino enseguida después de la resurrección (pues entonces les dijo, «Id y haced discípulos a todas las naciones.» [Matthew 28:19]) Diríamos que, tanto antes de la crucifixión como después de la crucifixión, se dirigieron primero a ellos. Pues antes de la crucifixión, les dice, «Id a las ovejas perdidas de la casa de Israel;» [Matthew 10:6] y después de la crucifixión, lejos de prohibirlo, incluso les mandó dirigirse a los judíos. Pues aunque dijo, «Haced discípulos a todas las naciones,» sin embargo, al estar a punto de ascender al Cielo, declaró que a aquellos debían dirigirse primero; porque, «recibiréis poder,» dice, «después que el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, y hasta lo último de la tierra;» [] y Pablo de nuevo, «El que obró eficazmente en Pedro para el apostolado de la circuncisión, fue poderoso en mí también para con los gentiles.» Por tanto, los apóstoles fueron primero a los judíos, y cuando habían permanecido largo tiempo en Jerusalén, y luego habían sido expulsados por ellos, de esta manera fueron dispersados entre los gentiles.
Homilía 69, § 2
2. Y ved incluso aquí su generosidad; «A cuantos halléis,» dice, «convidad a la boda.» Porque antes de esto, como dije, se dirigieron tanto a judíos como a griegos, permaneciendo la mayor parte del tiempo en Judea; pero puesto que continuaban tendiéndoles asechanzas, oíd a Pablo interpretando esta parábola, y diciendo así, «Era necesario que la palabra de Dios os fuera predicada primero a vosotros; mas puesto que os juzgáis indignos, he aquí, nos volvemos a los gentiles.»
Por eso Cristo también dice, «La boda está dispuesta, pero los que estaban convidados no eran dignos.»
Él sabía esto incluso antes, pero para no dejarles pretexto de una contradicción desvergonzada, aunque lo sabía, a ellos primero vino y envió, tapándoles la boca, y enseñándonos a cumplir toda nuestra parte, aunque nadie sacara provecho.
Puesto que, pues, no eran dignos, id, dice, a los caminos, y a cuantos halléis, convidad; tanto a la gente común como a los desechados. Porque como había dicho de todas maneras, «Las rameras y los publicanos heredarán el cielo;» y, «Los primeros serán últimos, y los últimos primeros;» muestra que justamente suceden estas cosas; lo cual más que nada hería a los judíos, y los aguijoneaba mucho más gravemente que su ruina, ver a los de los gentiles introducidos en sus privilegios, y en otros mucho mayores que los suyos.
Entonces, para que ni aun estos confíen solo en su fe, les habla también acerca del juicio que ha de pronunciarse sobre las malas acciones; a los que aún no han creído, de venir a Él por la fe, y a los que han creído, del cuidado respecto a su vida. Pues el vestido es la vida y la práctica.
Y sin embargo el llamamiento era de gracia; ¿por qué, pues, pide cuenta estricta? Porque aunque el ser llamado y ser limpiado era de gracia, el que, una vez llamados y vestidos con vestiduras limpias, continúen guardándolas así, esto es de la diligencia de los llamados.
El ser llamado no era por mérito, sino por gracia. Era, pues, justo corresponder a la gracia, y no mostrar maldad tan grande después del honor. «Pero yo no he gozado,» dirá alguno, «de tanta ventaja como los judíos.» No, sino que has gozado de beneficios mucho mayores. Pues lo que a ellos se les preparaba durante todo su tiempo, tú lo has recibido de una vez, no siendo digno. Por eso Pablo también dice, «Y para que los gentiles glorifiquen a Dios por su misericordia.» [Romans 15:9] Pues lo que a ellos se les debía, tú lo has recibido.
Por eso también es grande el castigo dispuesto para los que han sido negligentes. Pues como ellos hicieron afrenta no viniendo, así también tú por sentarte de ese modo con una vida corrompida. Pues venir con vestiduras sucias es esto, a saber, partir de aquí teniendo la vida impura; por eso también estaba sin palabras.
¿Veis cómo, aunque el hecho era tan manifiesto, no castiga de inmediato, hasta que él mismo, el que ha pecado, ha pronunciado la sentencia? Pues por no tener nada que responder se condenó a sí mismo, y así es llevado a los tormentos inefables.
Pues no penséis ahora, al oír de tinieblas, que es castigado solo con esto, con ser enviado a un lugar donde solo no hay luz, sino donde «hay» también «llanto y crujir de dientes.» [Matthew 22:13] Y esto lo dice, indicando los dolores intolerables.
Oíd vosotros, cuantos, habiendo participado de los misterios, y habiendo estado presentes en la boda, vestís vuestras almas con obras sucias. Oíd de dónde fuisteis llamados.
Del camino. ¿Siendo qué? Cojos y mancos en el alma, lo cual es cosa mucho más grave que la mutilación del cuerpo. Reverenciad el amor de Aquel que os llamó, y que nadie continúe teniendo vestiduras sucias, sino que cada uno de vosotros se ocupe del vestido de su alma.
Oíd, mujeres; oíd, hombres; no necesitamos estas vestiduras recamadas de oro, que adornan nuestras partes exteriores, sino aquellas otras que adornan las interiores. Mientras tenemos las primeras, es difícil ponernos las segundas. No es posible al mismo tiempo engalanar el alma y el cuerpo. No es posible al mismo tiempo servir a Mamón y obedecer a Cristo como conviene.
Despojémonos, pues, de esta grave tiranía. Porque si alguien adornara tu casa colgándola con cortinas de oro, y te hiciera sentarte allí en harapos, desnudo, no lo soportarías con mansedumbre. Pero he aquí que ahora haces esto contigo mismo, engalanando la casa de tu alma, es decir, el cuerpo, con cortinas sin número, pero dejando al alma misma sentada en harapos. ¿No sabes que el rey debe estar adornado más que la ciudad? Así, pues, mientras que para la ciudad se preparan colgaduras de lino, para el rey hay un manto de púrpura y una diadema. De la misma manera, envuelve tú el cuerpo con un vestido mucho más humilde, pero viste la mente de púrpura, ponle una corona y colócala sobre un carro alto y visible. Porque ahora haces lo contrario: engalanas la ciudad de muchas maneras, pero consientes que el rey, la mente, sea arrastrado atado tras las pasiones brutales.
¿No recuerdas que estás invitado a unas bodas, a las bodas de Dios? ¿No consideras cómo el alma que está invitada debe entrar en aquellas cámaras, vestida y adornada con franjas de oro?
Homilía 69, § 3
3. ¿Quieres que te muestre a los que están vestidos así, a los que tienen la vestidura de bodas?
Trae a la memoria a aquellos santos, de quienes te hablé hace poco, los que visten vestiduras de pelo, los que moran en los desiertos. Éstos, sobre todos, son los que llevan las vestiduras de aquella boda; y esto se ve en que, cuantas vestiduras de púrpura les dieras, no querrían recibirlas; sino que, así como un rey, si alguien tomara los harapos del mendigo y le exhortara a ponérselos, aborrecería tal vestido, así también ellos aborrecerían su vestidura de púrpura. Y no por otra causa tienen este sentir, sino porque conocen la hermosura de su propia vestidura. Por tanto, aun aquella vestidura de púrpura la desprecian como a una telaraña. Porque su cilicio les ha enseñado estas cosas; pues en verdad son mucho más excelsos y más gloriosos que el mismo rey que reina.
Y si pudieras abrir las puertas de la mente y mirar su alma y todos sus ornamentos interiores, ciertamente caerías por tierra, no soportando la gloria de su hermosura, el esplendor de aquellos vestidos y el resplandor relampagueante de su conciencia.
Porque podríamos hablar también de los varones de antaño, grandes y dignos de admiración; mas porque los ejemplos visibles arrastran más a los de alma más grosera, por eso os envío a las tiendas de aquellas personas santas. Pues nada triste hay en ellas; sino que, como si hubieran plantado sus tiendas en el cielo, así acampan lejos de las cosas fatigantes de esta vida presente, en campaña contra los demonios; y como en coros, así guerrean contra él. Por eso digo: han fijado sus tiendas y han huido de ciudades, mercados y casas. Porque el que guerrea no puede sentarse en una casa, sino que debe hacer su morada de modo provisional, como dispuesto a mudarse en seguida, y así habitar. Tales son todos aquellos, al contrario que nosotros. Pues nosotros no vivimos como en un campamento, sino como en una ciudad en paz.
Pues ¿quién en un campamento echa jamás cimientos y se edifica una casa que pronto habrá de dejar? No hay ninguno; y si alguno lo intentara, es castigado de muerte como traidor. ¿Quién en un campamento compra yugadas de tierra y se hace tratante? No hay ninguno, y con mucha razón. «Porque habéis venido aquí,» dirían, «a pelear, no a traficar; ¿por qué, pues, os afanáis por el lugar que dentro de poco dejaréis? Cuando nos hayamos ido a nuestra patria, haced esas cosas.»
Lo mismo os digo ahora también a vosotros. Cuando nos hayamos trasladado a la ciudad de arriba, haced esas cosas; o más bien, no tendréis necesidad de trabajos allí; después el rey hará todo por vosotros. Pero aquí basta cavar una trinchera alrededor y fijar una empalizada, mas de edificar casas no hay necesidad.
Oíd cuál era la vida de los escitas, que vivían en sus carros; tales, dicen, son las costumbres de las tribus de pastores. Así deben vivir los cristianos: ir por el mundo, guerreando contra el demonio, rescatando a los cautivos que él tiene sujetos, y estar libres de todas las cosas mundanas.
¿Por qué preparas una casa, oh hombre, para atarte más? ¿Por qué entierras un tesoro e invitas contra ti al enemigo? ¿Por qué te rodeas de muros y te preparas una prisión?
Mas si estas cosas os parecen duras, vayamos a las tiendas de aquellos varones, para que por sus obras aprendamos la facilidad de ello. Pues ellos, habiendo levantado chozas, si deben partir de ellas, parten como soldados, dejando su campamento en paz. Porque así también están acampados, o más bien mucho más hermosamente.
Pues ciertamente es más agradable contemplar un desierto que contiene cabañas de monjes en estrecha sucesión, que soldados tendiendo la tienda en un campamento, y fijando lanzas, y suspendiendo de la punta de las lanzas vestiduras de azafrán, y una multitud de hombres con cabezas de bronce, y los botones de los escudos resplandeciendo mucho, y hombres armados todos de acero, y pabellones reales improvisados, y terreno nivelado a lo lejos, y hombres cenando y tocando flauta. Pues ni este espectáculo es tan deleitable como aquel del que ahora hablo.
Porque si nos fuéramos al desierto y miráramos las tiendas de los soldados de Cristo, no veremos lona tendida, ni puntas de lanzas, ni vestiduras de oro formando un pabellón real; sino como si alguno sobre una tierra mucho mayor que esta tierra, incluso infinita, hubiera extendido muchos cielos, extraña y terrible sería la vista que mostraría; así se puede ver aquí.
Pues en nada son sus moradas inferiores a los cielos; porque los ángeles moran con ellos, y el Señor de los ángeles. Pues si vinieron a Abraham, hombre que tenía mujer y criaba hijos, porque lo vieron hospitalario; cuando encuentran virtud mucho más abundante, y un hombre desprendido del cuerpo, y en la carne despreciando la carne, mucho más se detienen allí, y celebran el festín coral que les conviene. Pues hay además entre ellos una mesa pura de toda avaricia y llena de abnegación.
No hay entre ellos torrentes de sangre, ni despedazamiento de carne, ni pesadez de cabeza, ni cocina delicada; ni hay olores desagradables de carne, ni humo molesto, ni carreras, ni tumultos, ni perturbaciones, ni clamores fatigantes; sino pan y agua: ésta de una fuente pura, aquél de trabajo honesto. Y si alguna vez quieren festejar más suntuosamente, su suntuosidad consiste en frutos, y mayor es el placer allí que en mesas reales. No hay allí miedo ni temblor; ningún gobernante acusa, ninguna mujer provoca, ningún hijo arroja a la tristeza, ninguna alegría desordenada disipa, ninguna multitud de aduladores hincha; sino que la mesa es mesa de ángeles, libre de toda tal turbación.
Y por lecho tienen sólo hierba debajo, como Cristo cuando hizo una cena en el desierto. Y muchos de ellos hacen esto, sin estar siquiera bajo techo, sino que por techo tienen el cielo, y la luna en lugar de la luz de una vela, sin necesitar aceite ni quien la atienda; sobre ellos solos brilla dignamente desde lo alto.
Comentario editorial · Los monjes de las montañas
Las homilías 69 y 70 hacen de la vida de los monjes un ejemplo para todos; así las resume el prefacio de Oxford, que sitúa a esos monjes en las montañas próximas a Antioquía. Aquí Crisóstomo compara un desierto con cabañas de monjes y un campamento de soldados, y en la homilía 70 (§ 2) contrasta la calma de las tiendas de los monjes con el tumulto de un banquete. Lo dice quien, según Wikipedia (es), se hizo ermitaño hacia 375 y volvió a Antioquía por su salud quebrantada; la misma fuente recuerda que fue siempre partidario de un monacato activo y utilitario y que se pronunció contra los peligros de una contemplación ociosa.
Para ampliar: Juan Crisóstomo (Wikipedia (es)).
Homilía 69, § 4
4. Esta mesa, contemplándola los ángeles desde el cielo, se deleitan y complacen. Pues si por un pecador que se arrepiente se regocijan, ¿qué no harán por tantos justos que los imitan? No hay amo y esclavo; todos son esclavos, todos hombres libres. Y no penséis que el dicho es un proverbio oscuro, pues en verdad son esclavos unos de otros y amos unos de otros.
No tienen ocasión de estar tristes cuando les sobreviene la tarde, como muchos hombres sienten, revolviendo los pensamientos ansiosos que brotan de los males del día. No tienen ocasión después de la cena de preocuparse por ladrones, ni de cerrar las puertas y poner barrotes contra ellos, ni de temer los otros males de que muchos temen, apagando sus velas con sumo cuidado, no sea que alguna chispa prenda fuego a la casa.
Y su conversación, a su vez, está llena de la misma calma. Pues no hablan de las cosas de que nosotros hablamos, que no nos importan: tal es nombrado gobernador, tal ha dejado de serlo; tal ha muerto, y otro ha sucedido en la herencia, y todas las cosas semejantes; sino siempre de las cosas venideras hablan y buscan sabiduría; y como morando en otro mundo, como si hubieran emigrado al cielo mismo, viviendo allí, así toda su conversación es acerca de las cosas de allí, acerca del seno de Abraham, de las coronas de los santos, del coro con Cristo; y de las cosas presentes no tienen memoria ni pensamiento, sino como nosotros no nos dignaríamos hablar de lo que hacen las hormigas en sus agujeros y grietas, así tampoco ellos de lo que hacemos nosotros; sino del Rey que está arriba, de la guerra en que están empeñados, de las artimañas del demonio, de las buenas obras que los santos han logrado.
¿En qué, pues, somos diferentes de las hormigas, cuando se nos compara con ellos? Pues así como ellas cuidan de las cosas del cuerpo, así también nosotros; ¡y ojalá fuera sólo de éstas! Mas ahora es incluso de cosas mucho peores. Pues no sólo de las cosas necesarias cuidamos como ellas, sino también de las superfluas. Pues aquellos insectos persiguen un negocio libre de toda culpa, pero nosotros seguimos toda avaricia, y ni siquiera imitamos los caminos de las hormigas, sino los caminos de los lobos, los caminos de los leopardos, o más bien somos peores que éstos. Pues a ellos la naturaleza les ha asignado que se alimenten así, pero a nosotros Dios nos ha honrado con la palabra y con el sentido de la equidad, y nos hemos hecho peores que las fieras.
Y mientras nosotros somos peores que las bestias, aquellos varones son iguales a los ángeles, siendo extranjeros y peregrinos en cuanto a las cosas de aquí; y todas las cosas en ellos son diferentes de nosotros: vestido, y comida, y casa, y calzado, y palabra. Y si alguno oyera conversar a ellos y a nosotros, entonces sabría muy bien cómo ellos son ciudadanos del cielo, pero nosotros no somos dignos ni siquiera de la tierra.
De modo que, por tanto, cuando alguno revestido de dignidad ha venido a ellos, entonces se halla del todo vana la soberbia inflada. Pues el labrador de allí, y el que no tiene experiencia de asuntos mundanos, se sienta cerca del que es comandante de tropas y se enorgullece de su autoridad, sobre la hierba, sobre un cojín humilde. Pues no hay allí quien lo ensalce, nadie que lo hinche; sino que tiene lugar el mismo resultado, como si alguno fuera a un orfebre y a un jardín de rosas; pues recibe algún resplandor del oro y de las rosas; así ellos también, ganando un poco del esplendor de éstos, son librados de su anterior arrogancia. Y así como si alguno subiera a un lugar alto, aunque sea sumamente bajo, aparece alto; así éstos también, viniendo a sus mentes exaltadas, parecen como ellos, mientras permanecen allí; pero cuando descienden, son rebajados de nuevo, al bajar de aquella altura.
Un rey nada es entre ellos, un gobernador nada es; sino como nosotros, cuando los niños juegan a estas cosas, nos reímos; así también ellos desprecian del todo la soberbia inflamada de los que se pavonean fuera. Y esto es evidente por lo siguiente: que si alguno les diera un reino para poseerlo con seguridad, jamás lo tomarían; mas lo tomarían, a menos que sus pensamientos estuvieran puestos en algo mayor que él, a menos que consideraran la cosa como pasajera.
¿Qué, pues? ¿No iremos a tan grande bienaventuranza? ¿No iremos a estos ángeles; no recibiremos vestiduras limpias, y participaremos en las ceremonias de este banquete de bodas; sino que seguiremos mendigando, en ningún aspecto en mejor condición que los pobres de las calles, o más bien en estado mucho peor y más miserable? Pues mucho peores que éstos son los que son ricos en caminos malos, y es mejor mendigar que despojar, porque el uno tiene excusa, pero el otro trae castigo; y el mendigo en nada ofende a Dios, pero este otro ofende a los hombres y a Dios; y sufre los trabajos de la rapiña, pero del goce de ella otros hombres a menudo sacan provecho.
Conociendo, pues, estas cosas, dejemos a un lado toda avaricia, y codiciemos las cosas de arriba, con gran empeño «tomando por la fuerza el reino.» [] Porque no puede ser, no puede ser que ninguno que sea negligente entre en él.
Mas quiera Dios que todos nosotros, habiéndonos hecho fervientes y vigilantes, lo alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 70, § 1
Mateo XXII. 15.
«Entonces se fueron los fariseos y acordaron cómo sorprenderle en alguna palabra.»
Entonces. ¿Cuándo? Cuando más que nunca debían haber sido movidos a compunción, cuando debían haberse asombrado de su amor al hombre, cuando debían haber temido las cosas venideras, cuando por lo pasado debían haber creído también acerca de lo futuro. Pues ciertamente las cosas que se habían dicho clamaban en cumplimiento real. Quiero decir, que publicanos y rameras creyeron, y profetas y justos fueron muertos, y por estas cosas no debían contradecir acerca de su propia destrucción, sino creer y ser sobrios.
Mas ni aun así cesan sus malas acciones, sino que trabajan y avanzan más. Y como no podían echarle mano (pues temían a la multitud), tomaron otro camino con intención de ponerle en peligro, y hacerle reo de delitos contra el estado.
Pues «le enviaron sus discípulos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios en verdad, y no te cuidas de nadie; porque no miras la persona de los hombres. Dinos, pues, ¿qué te parece? ¿Es lícito dar tributo a César, o no?» []
Porque ya eran tributarios, habiendo pasado su estado bajo el dominio de los romanos. Como, pues, vieron que Teudas y Judas [] con sus compañías fueron muertos por esta causa, por haber preparado una revuelta, querían traer a Él también con estas palabras a tal sospecha. Por eso enviaron a sus propios discípulos y a los soldados de Herodes, cavando, según pensaban, un precipicio a cada lado, y tendiendo la trampa en todas direcciones, para que, cualquier cosa que Él dijera, pudieran apoderarse de ella; y si respondiera a favor de los herodianos, ellos mismos pudieran culparle; pero si a favor de ellos, los otros le acusaran. Y sin embargo, Él había pagado el didracma, pero ellos no lo sabían.
Y en cualquier caso esperaban apoderarse de Él; pero deseaban más bien que dijera algo contra los herodianos. Por lo cual envían también a sus discípulos para incitarlo con su presencia, a fin de entregarlo al gobernador como usurpador. Pues esto insinúa también Lucas y lo muestra, al decir que preguntaron también en presencia de la multitud, para que el testimonio fuera más fuerte.
Pero el resultado fue del todo contrario; pues en un cuerpo mayor de espectadores dieron la demostración de su necedad.
Y mira su adulación y su astucia oculta. «Sabemos,» dicen, «que eres veraz.» ¿Cómo decíais, pues, «Él es un engañador,» y «engaña al pueblo,» y «tiene demonio,» y «no es de Dios?» ¿cómo hace poco tramabais matarle?
Pero están dispuestos a todo, cualquier cosa que su astucia contra Él les sugiera. Pues ya que, cuando poco antes habían dicho con obstinación, «¿Con qué autoridad haces estas cosas?» [] no obtuvieron respuesta a la pregunta, buscan hincharlo con su adulación, y persuadirlo a decir algo contra las leyes establecidas y contrario al gobierno imperante.
Por lo cual también le dan testimonio de la verdad, confesando lo que realmente era así, sin embargo, no con recta intención ni de buena gana; y añaden, diciendo: «No te cuidas de nadie.» Mira con cuánta claridad desean incitarlo a estas palabras, que le harían ofender a Herodes e incurrir en la sospecha de usurpador, como levantándose contra las leyes, para poder castigarlo como promotor de sedición y usurpador. Pues al decir, «No te cuidas de nadie,» y, «No miras la persona de hombre,» aludían a Herodes y a César.
«Dinos, pues, ¿qué te parece?» Ahora le honráis y le estimáis como Maestro, habiéndole despreciado e insultado muchas veces, cuando discurría de las cosas que conciernen a vuestra salvación. De donde también se han hecho confederados.
Y mira su astucia. No dicen: Dinos qué es bueno, qué es conveniente, qué es lícito; sino, «¿Qué te parece?» Tanto miraban a este único objeto: traicionarlo y ponerlo en enemistad con los gobernantes. Y Marcos, declarando esto y descubriendo más claramente su obstinación y su disposición homicida, afirma que dijeron: «¿Daremos tributo a César, o no daremos?» [] De modo que respiraban ira y trabajaban con una trama contra Él, pero fingían respeto.
¿Qué dice, pues, Él? «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» ¿Veis cómo les habla con más severidad de la acostumbrada? Pues ya que su maldad era ahora completa y manifiesta, corta más hondo, primero confundiéndolos y silenciándolos, al publicar sus pensamientos secretos y hacer manifiesto a todos con qué intención vienen a Él.
Y estas cosas las hizo, repeliendo su maldad, para que no sufrieran daño al intentar las mismas cosas de nuevo. Y sin embargo, sus palabras estaban llenas de mucho respeto, pues le llamaban Maestro, y daban testimonio de su verdad, y de que no era aceptador de personas; pero siendo Dios, no fue engañado por ninguna de estas cosas. Por lo cual también ellos debían haber conjeturado que la reprensión no era resultado de conjetura, sino señal de que Él conocía sus pensamientos secretos.
Homilía 70, § 2
2. Mas no se detuvo en la reprensión, aunque era bastante haberlos convicto de su propósito y haberlos avergonzado por su maldad; pero no se detiene en esto, sino que de otra manera les cierra la boca; pues, «Mostradme,» dice, «la moneda del tributo.» Y cuando se la mostraron, como Él hace siempre, por su lengua saca la decisión, y hace que ellos decidan que es lícito; lo cual era una victoria clara y manifiesta. De modo que, cuando pregunta, no pregunta por ignorancia, sino porque es su voluntad hacer que ellos queden atados por sus propias respuestas. Pues cuando, al ser preguntados, «¿De quién es la imagen?» dijeron, «De César;» Él dice, «Dad a César lo que es de César.» Pues esto no es dar, sino devolver, y esto lo muestra tanto por la imagen como por la inscripción.
Luego, para que no dijeran: Nos estás sometiendo a los hombres, añadió, «Y a Dios lo que es de Dios.» Pues es posible cumplir con los hombres sus derechos y dar a Dios lo que a Dios se le debe de nosotros. Por lo cual también Pablo dice: «Dad a todos lo que se les debe: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que temor, temor.» []
Mas tú, cuando oigas, «Dad a César lo que es de César,» sabe que Él habla sólo de aquellas cosas que no son perjuicio para la piedad; porque si es alguna cosa tal como ésta, tal cosa ya no es tributo de César, sino del diablo.
Cuando oyeron estas cosas, su boca quedó cerrada, y «se maravillaron» de su sabiduría. ¿No debían, pues, haber creído, no debían haberse asombrado? Pues ciertamente les dio prueba de su divinidad, al revelar los secretos de sus corazones, y con mansedumbre los silenció.
¿Qué, pues? ¿Creyeron? De ningún modo, sino que «le dejaron y se fueron;» y después de ellos, «vinieron a Él los saduceos.»
¡Oh necedad! Cuando los otros habían sido silenciados, éstos hicieron el ataque, cuando debían haber sido más retraídos. Mas tal es la naturaleza de la temeridad: desvergonzada, e importuna, e intentando cosas imposibles. Por eso el evangelista también, asombrado de su necedad, significó esto mismo, diciendo, «En aquel día vinieron a Él.» En aquel día. ¿En qué día? En el que había convicto su astucia y los había avergonzado. Pero ¿quiénes son éstos? Una secta de los judíos diferente de los fariseos, y mucho peor que ellos, que decían «que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu.» [] Pues éstos eran de condición más grosera y ansiosos de las cosas del cuerpo. Pues había muchas sectas incluso entre los judíos. Por lo cual Pablo también dice: «Soy fariseo, de la secta más estricta entre nosotros.»
Y no dicen nada directamente acerca de la resurrección; pero fingen una historia e inventan un caso, que, según creo, jamás siquiera tuvo existencia; pensando llevarlo a perplejidad, y deseando derribar ambas cosas: tanto la existencia de una resurrección, como la de tal resurrección.
Y de nuevo, éstos también le atacan con apariencia de moderación, diciendo: «Maestro, Moisés dijo: Si alguno muere sin tener hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano. Ahora bien, hubo entre nosotros siete hermanos: y el primero, habiéndose casado, murió; y, no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano. De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo. Y después de todos murió también la mujer. Por tanto, en la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer?»
Mírale respondiendo a éstos como un maestro. Pues aunque por astucia vinieron a Él, su pregunta era más bien de ignorancia. Por eso tampoco les dice: «Hipócritas.»
Además, para que Él no los reprochara, diciendo: «¿Por qué siete tuvieron una mujer?» añaden la autoridad de Moisés; aunque, como he dicho antes, era una ficción, al menos a mi juicio. Pues el tercero no la habría tomado, viendo a los dos esposos muertos; o si el tercero, no el cuarto ni el quinto; y si aun éstos, mucho más el sexto o el séptimo no habrían venido a la mujer, sino que se habrían apartado de ella. Pues tal es la naturaleza de los judíos. Pues si ahora muchos tienen este sentimiento, mucho más entonces lo tenían; cuando al menos, incluso sin esto, a menudo evitaban casarse de esta manera, y eso que la ley los obligaba. Así, al menos, Rut, aquella mujer moabita, fue empujada al que estaba más lejos de su parentela; y Tamar también fue obligada a obtener, a escondidas, descendencia del pariente de su marido.
¿Y por qué no fingieron dos o tres, sino siete? Para más abundantemente traer burla, según pensaban, sobre la resurrección. Por lo cual además dicen: «todos la tuvieron,» como arrastrándolo a alguna dificultad.
¿Qué dice, pues, Cristo? Él responde a ambas cosas, como tomando posición no contra las palabras, sino contra el propósito, y en toda ocasión revelando los secretos de sus corazones; y a veces exponiéndolos, a veces dejando la refutación de los que le preguntan a su conciencia. Mira, al menos aquí, cómo prueba ambos puntos: tanto que habrá resurrección, como que no será tal resurrección como ellos sospechan.
Pues ¿qué dice? «Estáis errados, no conociendo las Escrituras ni el poder de Dios.» [] Pues ya que, como si las conocieran, presentaban a Moisés y la ley, Él muestra que esta pregunta es de hombres muy ignorantes de las Escrituras. Pues de aquí también surgía su tentarlo: de ser ignorantes de las Escrituras y de no conocer el poder de Dios como debían.
«Pues ¿qué maravilla es, entonces,» dice, «si me tentáis a mí, que todavía os soy desconocido, cuando al menos no conocéis ni siquiera el poder de Dios, del que tanta experiencia habéis tenido, y ni por el sentido común ni por las Escrituras lo habéis conocido;» si incluso el sentido común nos hace saber esto, que para Dios todas las cosas son posibles. Y en primer lugar responde a la pregunta hecha. Pues como ésta era la causa de que no creyeran una resurrección, que piensan que el orden de las cosas es así, Él cura la causa, y luego también el síntoma (pues de allí surgía también la enfermedad), y muestra el modo de la resurrección. «Pues en la resurrección,» dice, «ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son como ángeles de Dios en el cielo.» Pero Lucas dice: «Como hijos de Dios.» []
Si, pues, no se casan, la pregunta es vana. Pero no porque no se casen son ángeles, sino porque son como ángeles, por eso no se casan. Con esto removió también muchas otras dificultades, todas las cuales Pablo indicó con una palabra, diciendo: «Porque la apariencia de este mundo pasa.» []
Y con estas palabras declaró cuán grande cosa es la resurrección; y además que hay resurrección, lo prueba. Y ciertamente esto también fue demostrado al mismo tiempo por lo que había dicho; sin embargo, sobre ello añade de nuevo a su palabra por lo que dice ahora. Pues no se detuvo sólo en su pregunta, sino en su pensamiento. Así, cuando no tratan con gran astucia, sino que preguntan por ignorancia, enseña incluso más allá, pero cuando es sólo por maldad, ni siquiera responde a su pregunta.
Y de nuevo por Moisés les cierra la boca, pues ellos también habían presentado a Moisés; y dice: «Mas acerca de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído: Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.» No de los que no son, quiere decir, y de los que están del todo borrados y no han de resucitar más. Pues no dijo: Yo era, sino: Yo soy; de los que son y de los que viven. Pues así como Adán, aunque vivió el día en que comió del árbol, murió en la sentencia: así también éstos, aunque habían muerto, vivían en la promesa de la resurrección.
¿Cómo, pues, dice en otra parte: «Para que sea Señor tanto de los muertos como de los vivos?» [] Pero esto no es contrario a aquello. Pues aquí habla de los muertos, que también ellos mismos han de vivir. Y además, «Yo soy el Dios de Abraham,» es cosa distinta de «Para que sea Señor tanto de los muertos como de los vivos.» Conocía otra muerte también, acerca de la cual dice: «Deja que los muertos entierren a sus muertos.» []
«Y cuando las multitudes oyeron esto, se asombraron de su doctrina.» [] Mas ni aun aquí los saduceos; sino que éstos se van derrotados, mientras la multitud imparcial recoge el fruto.
Puesto que, pues, la resurrección es así, venid, hagamos todas las cosas para obtener los primeros honores allí. Mas, si queréis, mostrémosles a algunos incluso antes de la resurrección aquí persiguiendo y cosechando estas bendiciones, habiendo recurrido de nuevo a los desiertos. Pues de nuevo entraré en el mismo discurso, ya que os veo escuchar con más placer.
Contemplemos, pues, hoy también los campamentos espirituales; contemplemos su placer sin mezcla de temor. Pues no acampan con lanzas como los soldados, pues en este punto terminé últimamente mi discurso, ni con escudos y corazas; sino desnudos de todo esto los veréis, logrando tales cosas, como ni siquiera con armas logran.
Y si podéis observar, venid y extended hacia mí vuestra mano, y vayamos a esta guerra, ambos, y veamos su formación de batalla. Pues éstos también pelean cada día, y matan a sus adversarios, y vencen todos los apetitos que conspiran contra nosotros; y los veréis arrojados por tierra, sin poder siquiera forcejear, demostrando con la obra misma aquella palabra del apóstol: «Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias.» []
¿Ves una multitud de muertos tendidos allí, pasados por la espada del Espíritu? Por tanto en aquel lugar no hay embriaguez ni gula. Y su mesa lo prueba, y el trofeo que sobre ella se pone. Pues la embriaguez y la gula yacen muertas, puestas en fuga por la bebida de agua, aunque ésta sea multiforme y un monstruo de muchas cabezas. Porque como en las fabulosas Escila e Hidra, así en la embriaguez se pueden ver muchas cabezas: de un lado levantándose la fornicación, de otro la ira; de una mano la pereza, de otra las concupiscencias desordenadas; mas todas estas cosas son quitadas. Y sin embargo todos los otros ejércitos, aunque vencen en diez mil guerras, por éstas son llevados cautivos; y ni armas, ni lanzas, ni ninguna otra cosa que haya, pueden resistir a estas falanges; sino que a los mismos gigantes, a los héroes, a los que hacen innumerables hazañas, los hallarás sin ligaduras atados por el sueño y la embriaguez, sin matanza ni heridas yaciendo como heridos, o más bien en condición más grave. Pues aquellos al menos luchan; pero éstos ni aun esto, sino que al punto se rinden.
¿Ves que este ejército es mayor y más admirable? Pues a los enemigos que vencían a los otros los destruye con su sola voluntad. Porque de tal modo debilitan a la madre de todos sus males, que ya ni siquiera puede turbarlos; y derribado el caudillo, y quitada la cabeza, el resto del cuerpo también queda inmóvil.
Y esta victoria se ve lograr a cada uno de los que moran allí. Pues no es como en estas guerras nuestras, donde, si algún enemigo ha recibido un golpe de uno, ya no es más molesto para otro, habiendo sido derribado una vez; sino que es necesario que todos hieran a este monstruo; y el que no lo ha herido y derribado, ciertamente es turbado por él.
¿Ves una victoria gloriosa? Pues tal trofeo como los ejércitos de todas las partes del mundo reunidos no tienen poder de erigir, éste lo erige cada uno de aquellos hombres; y todas las cosas que del ejército de la embriaguez yacen mezcladas y heridas: palabras delirantes de frenesí, pensamientos insensatos, altivez desagradable. Y imitan a su propio Señor, de quien la Escritura admirada dice: «Beberá del torrente en el camino; por tanto levantará la cabeza.»
¿Queréis ver también otra multitud de muertos? Veamos las concupiscencias que nacen de la vida lujosa, las que son alimentadas por los que preparan salsas, por los cocineros, los proveedores de banquetes, los reposteros. Pues ciertamente me avergüenzo de hablar de todas; sin embargo, diré de las aves del Fasis, de las sopas que se mezclan de varias cosas: los platos húmedos, los secos, las leyes que sobre esto se hacen. Pues así como si ordenaran una ciudad y dispusieran ejércitos, así también éstos hacen leyes, y ordenan tal cosa primero, y tal cosa después, y algunos traen primero aves asadas sobre las brasas, rellenas por dentro de pescado; y otros hacen de otra materia los comienzos de estos festines ilícitos; y hay mucha rivalidad acerca de estas cosas, de la calidad, y del orden, y de la cantidad; y se enorgullecen de las cosas por las cuales deberían sepultarse de vergüenza; unos diciendo que han gastado la mitad del día, otros todo él, otros que han añadido también la noche. ¡Mira, oh hombre miserable, la medida de tu vientre, y avergüénzate de tu desmedido empeño!
Pero nada hay semejante entre aquellos ángeles; sino que también todos estos deseos están muertos. Pues sus comidas no son para la saciedad ni para la vida lujosa, sino para la necesidad. No hay cazadores de aves allí, ni pescadores, sino pan y agua. Y esta confusión, y el desorden, y los tumultos, todo es quitado de allí, tanto de la casa como del cuerpo, y grande es el puerto; pero entre éstos grande es la tempestad.
Abre ahora con el pensamiento el vientre de los que se alimentan de tales cosas, y verás el vasto desecho, y el conducto inmundo, y el sepulcro blanqueado.
Pero lo que viene después de esto, aun me avergüenzo de decirlo: los eructos desagradables, los vómitos, las evacuaciones hacia abajo y hacia arriba.
Pero ve y mira también estos deseos muertos allí, y aquellas concupiscencias más violentas que de ellos brotan; quiero decir, las de la impureza. Pues también éstas las verás todas derribadas, con sus caballos, con sus bestias de carga. Porque la bestia de carga, y el arma, y el caballo de una acción torpe, es una palabra torpe. Pero verás a semejante caballo y jinete juntos, y sus armas arrojadas por tierra; mas aquí sucede del todo lo contrario, y las almas yacen muertas. Y no sólo en su comida es gloriosa la victoria de estos santos varones, sino también en las otras cosas: en el dinero, en la gloria, en la envidia, en todas las enfermedades del alma.
¿Por ventura no os parece este ejército más poderoso que aquél, y la comida mejor? ¿Quién lo negará? Nadie, ni aun aquellos mismos, por muy loco que esté. Porque éste nos guía al Cielo; aquél arrastra al infierno. Éste lo dispone el diablo, aquél Cristo; para éste la lujuria da leyes, y la intemperancia; para aquél la abnegación y la sobriedad. Aquí está Cristo, allí el diablo. Pues donde hay embriaguez, allí está el diablo; donde hay palabras torpes, donde hay hartazgo, allí los demonios hacen sus coros. Tal mesa tenía aquel rico; por eso ni siquiera de una gota de agua fue dueño.
Pero éstos no tienen tal mesa, sino que ya practican el modo de vida de los ángeles. No se casan, ni son dados en matrimonio, ni duermen con exceso, ni viven con lujo, sino que, salvo unas pocas cosas, son como incorpóreos.
Pues ¿quién hay que tan fácilmente venza a sus enemigos como el que levanta un trofeo mientras está a la mesa? Por eso dice también el profeta: «Preparaste una mesa delante de mí, en presencia de los que me atribulan.» Y no se erraría repitiendo este oráculo acerca de esta mesa. Pues nada turba tanto a un alma como la concupiscencia desordenada, y la lujuria, y la embriaguez, y los males que de éstas brotan; y esto lo saben muy bien los que tienen experiencia de ello.
Y si quisieras saber también de dónde se procura esta mesa, y de dónde aquélla, entonces verías bien la diferencia entre cada una. ¿De dónde, pues, se procura ésta? De innumerables lágrimas, de viudas defraudadas, de huérfanos despojados; pero la otra, de trabajo honesto. Y esta mesa es semejante a una mujer hermosa y bien formada, que nada exterior necesita, sino que tiene su belleza de la naturaleza; pero aquélla, a alguna ramera fea y desgarbada, que lleva mucho afeite, mas no puede disimular su deformidad, pues cuanto más cerca está, tanto más convencida queda. Porque también ésta, cuando más cerca está del que se sienta a ella, entonces muestra más su fealdad. Pues no miréis, os digo, a los comensales sólo cuando vienen, sino también cuando se van, y entonces veréis su fealdad. Pues aquélla, como libre, no permite que los que a ella se acercan digan nada vergonzoso; pero ésta nada decente, como ramera y deshonrada. Ésta busca el provecho del que está a la mesa, aquélla el daño. Y una no permite ofender a Dios, la otra no permite sino que forzosamente le ofendamos.
Vayamos, pues, a aquellos hombres. De allí aprenderemos con cuántas ataduras estamos cercados. De allí aprenderemos a ponernos delante una mesa llena de innumerables bendiciones, dulcísima, sin costo, libre de cuidados, exenta de envidia y de celos y de toda enfermedad, y llena de buena esperanza, y que tiene muchos trofeos. No hay allí turbación de alma, no tristeza, no ira; todo es calma, todo es paz.
Pues no me habléis del silencio de los que sirven en las casas de los ricos, sino del clamor de los que cenan; no me refiero al que hacen unos con otros (pues éste también es digno de risa), sino al de dentro, al del alma, que les acarrea una gran cautividad: los tumultos de los pensamientos, la cellisca, las tinieblas, la tempestad, por la cual todas las cosas se mezclan y confunden, y son semejantes a una batalla nocturna. Pero en las tiendas de los monjes no hay tales cosas; sino que grande es la calma, grande la quietud. Y a aquella mesa le sucede un sueño semejante a la muerte; pero a ésta, la sobriedad y la vigilia; aquélla, el castigo; ésta, el reino de los cielos y los premios inmortales.
Sigamos, pues, esto, para que gocemos también de sus frutos; a lo cual conceda Dios que todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.