Homilía 42, § 1
Mateo XII. 33.
«O haced bueno el árbol y bueno su fruto, o haced malo el árbol y malo su fruto; porque por el fruto es conocido el árbol.»
De nuevo, por otro camino los confunde, y no se contenta con las refutaciones anteriores. Pero esto lo hace, no para librarse de las acusaciones (pues lo anterior era bastante), sino porque quiere corregirlos.
Su sentido, pues, es este: ninguno de vosotros ha censurado a las personas sanadas, como si no hubieran sido sanadas; ni ha dicho que sea malo librar a uno de un demonio. Pues aunque hubieran sido tan desvergonzados, esto no habrían podido decirlo.
Por consiguiente, ya que no acusaban las obras, sino que difamaban a su Autor, Él da a entender que esta acusación es contraria tanto a las reglas comunes del razonamiento como a la congruencia de las circunstancias. Cosa de redoblada desvergüenza: no solo interpretar con malicia, sino urdir acusaciones contrarias a las nociones comunes de los hombres.
Y mira cuán ajeno está de toda contienda. Pues no dijo: «Haced bueno el árbol, pues también el fruto es bueno;» sino que, tapándoles por completo la boca y mostrando su propia consideración y la insolencia de ellos, dice: Aun si queréis hallar falta en mis obras, en nada os lo impido; solo no presentéis acusaciones incoherentes y contradictorias. Porque así habíais de quedar del todo al descubierto, empeñados contra lo demasiado manifiesto. Por tanto, en vano es vuestra malicia, dice, y vuestras afirmaciones que se contradicen. Porque en verdad la calidad del árbol se muestra por el fruto, no el fruto por el árbol; pero vosotros hacéis lo contrario. Pues ¿qué importa que el árbol sea el origen del fruto? Es el fruto el que hace conocer al árbol. Y lo coherente sería que, si nos censuráis, hallarais también falta en nuestras obras; o que, si alabáis estas, nos librarais a nosotros, que las hacemos, de tales cargos. Pero ahora hacéis lo contrario: no teniendo falta que hallar en las obras, que son el fruto, pronunciáis sobre el árbol el juicio opuesto, llamándome endemoniado; lo cual es pura locura.
Sí, y lo que había dicho antes [], esto lo confirma también ahora: que un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni a la inversa puede suceder lo contrario. De modo que sus acusaciones iban contra toda coherencia y naturaleza.
Luego, como no arguye por sí mismo, sino por el Espíritu, ha derramado su reprensión como un torrente, diciendo: «¡Generación de víboras! ¿cómo podéis vosotros, siendo malos, hablar cosas buenas?» []
Ahora bien, esto es a la vez acusarlos y dar demostración de sus propias palabras a partir del caso de ellos. Pues he aquí, dice, vosotros, siendo árboles malos, no podéis dar buen fruto. No me maravillo, pues, de que habléis así: porque fuisteis mal criados, siendo de antepasados malvados, y habéis adquirido una mente perversa.
Y mira con cuánto cuidado, y sin asidero alguno para objeción, ha expresado sus acusaciones: en que no dijo: ¿Cómo podéis hablar cosas buenas, siendo generación de víboras? (pues esto último nada es respecto de lo primero), sino: «¿Cómo podéis vosotros, siendo malos, hablar cosas buenas?»
Pero los llamó «raza de víboras», porque se gloriaban de sus antepasados. Para dar a entender, pues, que de ello no tenían ventaja, los arroja fuera de su parentesco con Abraham y les asigna antepasados de disposición semejante, habiéndolos despojado de aquel motivo de ilustre linaje.
«Porque de la abundancia del corazón habla la boca.» Aquí de nuevo indica su divinidad, que conocía sus secretos; y que no solo por las palabras, sino también por los malos pensamientos, sufrirán castigo; y que Él lo conoce todo, como Dios. Y dice que es posible aun a los hombres conocer estas cosas; porque es consecuencia natural que, cuando la maldad rebosa por dentro, sus palabras se derramen por los labios. Por tanto, cuando oigas a un hombre decir palabras malas, no supongas que hay en él solo tanta maldad cuanta muestran las palabras, sino conjetura que la fuente es mucho más abundante; porque lo que se habla exteriormente es la sobreabundancia de lo que hay dentro.
Mira con cuánta vehemencia los reprende. Porque si lo que habían dicho es tan malo, y procede del mismo sentir del diablo, considera la raíz y el manantial de sus palabras, hasta dónde tiene que llegar. Y esto es naturalmente así; pues mientras la lengua, por vergüenza, muchas veces no derrama de una vez toda su maldad, el corazón, que no tiene testigo humano, da a luz sin temor cuantos males quiere; porque de Dios no tiene mucha consideración. Por tanto, ya que las palabras de los hombres vienen a examen y se ponen delante de todos, mientras el corazón queda oculto; por eso los males de aquellas disminuyen, mientras los de este aumentan. Pero cuando lo de dentro se multiplica, todo lo que había estado por un tiempo escondido sale con violenta irrupción. Y como los que vomitan se esfuerzan al principio por contener los humores que pugnan por salir, pero, vencidos, arrojan mucha abominación; así hacen los que maquinan males y hablan mal de sus prójimos.
«El hombre bueno, de su buen tesoro,» dice Él, «saca cosas buenas; y el hombre malo, de su mal tesoro, saca cosas malas.»
Porque no penséis de ningún modo, dice, que esto es así solo en cuanto a la maldad, pues en la bondad ocurre lo mismo: también en ella la virtud interior es mayor que las palabras exteriores. Con lo cual daba a entender que ellos debían ser tenidos por más malos de lo que sus palabras indicaban, y Él mismo por más perfectamente bueno de lo que sus dichos declaraban. Y lo llama «tesoro», indicando su abundancia.
Luego otra vez los cerca de gran temor. Pues no penséis en absoluto, dice, que la cosa se detiene aquí, es decir, en la condenación de la multitud; no, porque todos los que obran mal en tales cosas sufrirán castigo extremo. Y no dijo «vosotros», en parte para instruir a todo nuestro linaje, en parte para hacer su dicho menos gravoso.
«Pero yo os digo» — esta es su palabra — «que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, darán cuenta en el día del juicio.» []
Y es ociosa la que no es conforme a la verdad, la que es falsa, la que contiene injusta acusación; y algunos dicen que también la que es vana, por ejemplo, la que provoca risa desmedida, o la que es sucia, inmodesta y grosera.
«Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» []
¿Veis cuán lejos está el tribunal de toda odiosidad? ¡Qué favorable es la cuenta que se exige! Pues no por lo que otro ha dicho de ti, sino por lo que tú mismo has hablado, dará el Juez su sentencia; lo cual es entre todas las cosas lo más justo: pues ciertamente en ti está hablar, o no hablar.
Homilía 42, § 2
2. Por tanto, no los calumniados, sino los calumniadores, son los que deben estar ansiosos y temblar. Pues los primeros no están obligados a responder de los males que de ellos se dicen; pero los segundos sí responderán por el mal que han hablado; y sobre estos pende todo el peligro. De modo que los censurados deben estar sin ansiedad, pues no han de dar cuenta del mal que otros han dicho; pero los censuradores tienen motivo de ansiedad y temblor, pues ellos mismos serán arrastrados ante el tribunal por esa causa. Porque esto es en verdad un lazo diabólico, y un pecado que no tiene en sí placer alguno, sino solo daño. Sí, y tal hombre va atesorando un mal tesoro en su alma. Y si el que tiene un humor maligno dentro de sí es el primero que recoge los frutos de la enfermedad, mucho más el que atesora en sí lo más amargo que cualquier hiel, me refiero a la maldad, sufrirá los males extremos, reuniendo para sí una grave enfermedad. Y es evidente por las cosas que vomita. Pues si tanto dolor causan a otros, mucho más al alma que las da a luz.
Así, el que trama males se destruye primero a sí mismo; como el que pisa el fuego se abrasa a sí mismo, y el que golpea el diamante se daña a sí mismo, y el que da coces contra el aguijón se saca sangre a sí mismo. Pues algo de esta índole es el que sabe sufrir la injusticia y soportarla varonilmente: él es diamante, y aguijón, y fuego; pero el que se ha acostumbrado a hacer mal es más débil que cualquier barro.
No es, pues, malo sufrir injuria, sino hacerla, y no saber soportar el ser injuriado. Por ejemplo, ¡cuántas injurias soportó David! ¡Cuántas injurias cometió Saúl! ¿Cuál entonces fue el más fuerte y dichoso? ¿Cuál el más miserable y desdichado? ¿No fue el que cometió la injusticia? Y nota esto. Saúl había prometido que, si David mataba al filisteo, lo tomaría por yerno y le daría su hija con gran favor. Mató al filisteo; el otro rompió sus compromisos y, lejos de entregársela, andaba tramando matarlo. ¿Cuál entonces resultó el más glorioso? ¿No estaba el uno ahogándose de desesperación y con el demonio maligno, mientras el otro resplandecía más que el sol con sus trofeos y su lealtad a Dios? De nuevo, ante el coro de las mujeres, ¿no estaba el uno sofocado de envidia, mientras el otro, soportándolo todo en silencio, se ganaba a todos los hombres y los ataba a sí? Y cuando lo tuvo en sus manos y lo perdonó, ¿cuál de nuevo era feliz? ¿Y cuál desdichado? ¿Cuál era el más débil? ¿Cuál el más poderoso? ¿No era este hombre, que ni aun con justicia se vengaba? Y muy naturalmente. Porque el uno tenía soldados armados, pero el otro tenía a la justicia, más poderosa que diez mil ejércitos, como aliada y auxiliadora. Y por esto, aunque contra él se conspiraba injustamente, no soportó matarlo ni aun justamente. Pues sabía, por lo que antes había sucedido, que no hacer el mal, sino sufrirlo, es lo que hace a los hombres más poderosos. Así sucede también con los cuerpos, y así con los árboles.
¿Y qué hizo Jacob? ¿No fue injuriado por Labán y sufrió mal? ¿Cuál entonces era el más fuerte? ¿El que tenía al otro en sus manos y no se atrevía a tocarlo, sino que estaba temeroso y temblando []; o aquel a quien vemos sin armas ni soldados, resultando más terrible para él que innumerables reyes?
Pero, para daros otra demostración de lo que he dicho, mayor que esta, consideremos de nuevo en el caso del mismo David el razonamiento por el lado contrario. Pues este hombre que, siendo injuriado, era tan fuerte, después, al cometer una injuria, se volvió por lo contrario la parte más débil. Al menos, cuando agravió a Urías, su posición cambió de nuevo: la debilidad pasó al que hizo la injuria, y la fuerza al injuriado; pues este, muerto, asoló la casa del otro. Y el uno, siendo rey y estando vivo, nada podía; pero el otro, siendo solo un soldado y asesinado, puso patas arriba todo lo que pertenecía a su adversario.
¿Queréis que de otra manera también os haga más claro lo que digo? Miremos el caso de los que se vengan aun con justicia. Pues en cuanto a los que obran mal, que son los más viles de todos los hombres, haciendo guerra contra su propia alma, esto ciertamente es claro para todos.
Pero ¿quién se vengó justamente, y sin embargo encendió innumerables males, y se traspasó a sí mismo con muchas calamidades y dolores? El capitán del ejército de David. Pues él provocó una guerra gravosa y sufrió males sin número; ninguno de los cuales habría sucedido si hubiera sabido dominarse a sí mismo.
Huyamos, pues, de este pecado, y ni de palabra ni de obra hagamos mal a nuestros prójimos. Pues no dijo: Si calumnias y convocas un tribunal de justicia, sino simplemente: Si hablas mal, aunque sea dentro de ti, aun así sufrirás el castigo extremo. Aunque sea verdad lo que has dicho, aunque hayas hablado movido por convicción, aun así vendrá sobre ti la venganza. Porque no según lo que el otro ha hecho, sino según lo que tú has hablado, pronunciará Dios la sentencia: «porque por tus palabras serás condenado», dice. ¿No se te dice que también el fariseo habló la verdad y afirmó lo que era manifiesto a todos, sin descubrir lo que estaba oculto? Sin embargo, pagó la pena extrema.
Pero si no debemos acusar a los hombres de cosas que están reconocidas, mucho menos de las que son discutibles; no, porque el ofensor tiene un juez. No te apoderes ahora, te advierto, del privilegio del Unigénito. Para Él está reservado el trono del juicio.
Homilía 42, § 3
3. ¿Querrías, sin embargo, ser juez? Tienes un tribunal de juicio que tiene gran provecho y no acarrea culpa. Haz que la consideración, como juez, se siente sobre tu conciencia; trae ante ella todas tus transgresiones, escudriña los pecados de tu alma y exige con rigor su cuenta, y di: «¿por qué osaste hacer esto y aquello?» Y si ella rehúye estas cosas y anda escudriñando los asuntos de otros, dile: «No te estoy juzgando por esas cosas; no por esas has venido aquí a responder. Pues ¿qué importa si fulano es un malvado? Tú, ¿por qué cometiste esta y aquella ofensa? Responde por ti misma, no para acusar; mira tus propios asuntos, no los de otros.» Y tú, sin cesar, estímulala a este juicio lleno de ansiedad. Luego, si no tiene nada que decir y retrocede, desgástala con el azote, como a una sierva inquieta y deshonesta. Y haz que este tribunal se siente cada día, y representa el río de fuego, el gusano venenoso, el resto de los tormentos.
Y no le permitas estar más con el diablo, ni soportes sus dichos desvergonzados: «él viene a mí, él trama contra mí, él me tienta»; sino dile: «Si tú no lo quisieras, todo eso sería en vano.» Y si dice de nuevo: «Estoy enredada con un cuerpo, estoy revestida de carne, habito en el mundo, vivo en la tierra»; dile: «Todo eso son excusas y pretextos. Pues también fulano, estando cubierto de carne, y tal otro habitando en el mundo y viviendo en la tierra, es aprobado; y tú misma, cuando obras bien, lo haces revestida de carne.» Y si le duele oír esto, no retires tu mano; pues no morirá si la hieres, sino que la salvarás de la muerte. Y si dice de nuevo: «Fulano me provocó»; dile: «Pero está en tu poder no ser provocada; a menudo al menos has refrenado tu ira.» Y si dice: «La hermosura de tal mujer me movió»; dile: «Sin embargo, pudiste haberte dominado.» Trae a la memoria a los que vencieron; trae a la primera mujer, que dijo: «La serpiente me engañó» [], y no por eso fue absuelta de la culpa.
Y cuando examines estas cosas, que no haya nadie presente, que nadie te perturbe; sino que, como los jueces se sientan bajo cortinas para juzgar, así tú también, en lugar de cortinas, busca un tiempo y un lugar de quietud. Y cuando después de tu cena te hayas levantado y estés a punto de acostarte, entonces celebra este tu juicio; este es el tiempo conveniente para ti, y el lugar, tu cama y tu aposento. Esto mandó también el profeta, diciendo: «Por las cosas que decís en vuestros corazones, sed movidos a compunción sobre vuestros lechos.» Y por las ofensas pequeñas exige grande satisfacción, para que jamás te acerques a las grandes. Si haces esto cada día, con confianza estarás en aquel terrible tribunal.
De este modo llegó Pablo a ser limpio; por eso también dijo: «Porque si nos juzgáramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.» [] Así limpió Job a sus hijos. [] Pues el que ofrecía sacrificios por los pecados secretos, mucho más exigiría cuenta de los que eran manifiestos.
Homilía 42, § 4
4. Pero nosotros no lo hacemos así, sino todo lo contrario. Pues apenas nos echamos a descansar, más bien repasamos todos nuestros asuntos mundanos; y unos introducen pensamientos impuros, otros usuras, y contratos, y cuidados temporales.
Y si tenemos una hija, una virgen, la vigilamos estrictamente; pero a aquella que nos es más preciosa que una hija, a nuestra alma, le permitimos prostituirse y mancharse, introduciendo en ella innumerables pensamientos malvados. Y ya sea el amor a la avaricia, o el de la lujuria, o el de las personas hermosas, o el de la ira, o cualquier otra cosa que quiera entrar, le abrimos las puertas, la atraemos e invitamos, y le ayudamos a manchar nuestra alma a su placer. ¿Y qué puede haber más bárbaro que esto: descuidar nuestra alma, más preciosa que todo, maltratada por tantos adúlteros, y que por tanto tiempo anda en su compañía, hasta que se sacian? Lo cual nunca sucederá. Así es, por tanto, que cuando el sueño nos sobreviene, solo entonces se apartan de ella; o más bien ni aun entonces, pues nuestros sueños e imaginaciones le presentan las mismas imágenes. De donde también, cuando ha llegado el día, el alma, llena de tales imágenes, a menudo cae en la realización efectiva de aquellas fantasías.
Y tú, que en la niña de tu ojo no consientes que entre ni siquiera un grano de polvo, ¿dejas pasar inadvertida tu alma, que reúne en sí un montón de tan grandes males? ¿Cuándo, pues, podremos limpiar esta suciedad que diariamente vamos amontonando dentro de nosotros? ¿Cuándo cortar las espinas? ¿Cuándo sembrar la semilla? ¿No sabes que de aquí en adelante está cercano el tiempo de la mies? Pero aún no hemos arado nuestros campos. Si entonces viene el labrador y halla falta, ¿qué diremos? ¿Y qué respuesta daremos? ¿Que nadie nos dio la semilla? No, esta se siembra cada día. ¿Que nadie, pues, ha cortado las espinas? No, cada día afilamos la hoz. Pero ¿te distraen los compromisos necesarios de la vida? ¿Y por qué no te has crucificado al mundo? Porque si el que devuelve solo lo que se le dio es malvado, porque no lo dobló, del que ha malgastado aun esto, ¿qué se dirá? Si aquel fue atado y arrojado donde hay crujir de dientes, ¿qué tendremos que sufrir nosotros, que, cuando innumerables motivos nos arrastran hacia la virtud, nos encogemos y no queremos?
Pues ¿qué hay que no tenga en sí bastante para persuadirte? ¿No veis la vileza del mundo, la incertidumbre de la vida, el afán, el sudor, por las cosas presentes? ¿Qué? ¿Acaso la virtud ha de costar trabajo, y el vicio puede tenerse sin trabajo? Si, pues, tanto en la una como en el otro hay trabajo, ¿por qué no escogiste esta, que tiene tan grande provecho?
O más bien, hay algunas partes de la virtud que están aun libres de trabajo. Pues ¿qué trabajo es no calumniar, no mentir, no jurar, deponer nuestra ira contra el prójimo? No; al contrario, hacer estas cosas es trabajoso y produce mucha ansiedad.
¿Qué alegato, pues, tendremos, qué excusa, no obrando rectamente ni aun en estas cosas? Pues por esto es claro que, por la negligencia y la pereza, los deberes más trabajosos también se nos escapan por completo.
Todas estas cosas consideremos; huyamos del vicio, escojamos la virtud, para alcanzar tanto los bienes presentes como los venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 43, § 1
Mateo 12:38-39.
«Entonces ciertos escribas y fariseos le respondieron, diciendo: Maestro, queremos ver de ti una señal. Pero Él respondió y dijo, Una generación mala y adúltera busca una señal, y no le será dada señal, sino la señal del profeta Jonás.»
¿Pudo haber, pues, algo más necio que estos hombres (no digo ya más impío), que después de tantos milagros, como si ninguno se hubiera obrado, dicen: «¿Queremos ver de ti una señal?» ¿Con qué intención, pues, hablaban así? Para apoderarse de Él otra vez. Porque, después que con sus palabras les había tapado la boca, una y dos veces y a menudo, y había refrenado su lengua desvergonzada, acuden de nuevo a sus obras. Por lo cual también el evangelista, maravillándose de nuevo, dijo:
«Entonces algunos de los escribas le respondieron pidiendo una señal.»
«Entonces», ¿cuándo? Cuando debían postrarse ante Él, admirarlo, asombrarse y ceder, «entonces» no desisten de su maldad.
Y mira también sus palabras, llenas de adulación y disimulo. Pues pensaban atraerlo hacia sí de ese modo. Y ya lo insultan, ya lo adulan; ya lo llaman endemoniado, ya de nuevo «Maestro», ambas cosas con mala intención, por más contrarias que sean las palabras que dicen.
Por eso también los reprende severamente. Y cuando lo interrogaban con rudeza e insolencia, razonaba con ellos mansamente; cuando lo adulaban, les hablaba con reproche y gran severidad; dando a entender que es superior a una y otra pasión, y que ni en un caso se deja mover a ira, ni en el otro se ablanda con la adulación. Y mira su reproche: no son meras palabras duras, sino que contienen una demostración de su maldad. Pues ¿qué dice?
«Una generación mala y adúltera busca una señal.» Ahora bien, lo que dice viene a ser esto: ¿Qué hay de extraño en que os portéis así conmigo, que hasta ahora os he sido desconocido, cuando con el Padre, de quien tanta experiencia habéis tenido, habéis hecho exactamente lo mismo? Abandonándolo, habéis corrido tras los demonios, atrayendo hacia vosotros amantes malvados. Con esto también Ezequiel los reconvenía continuamente.
Ahora bien, con estas palabras daba a entender que Él estaba de acuerdo con su Padre, y que ellos no hacían nada nuevo; también descubría sus secretos: cómo con hipocresía y como enemigos hacían su petición. Por eso los llamó «generación mala», porque siempre han sido ingratos con sus bienhechores; porque con los beneficios se vuelven peores, lo cual es propio de extrema maldad.
Y la llamó «adúltera», declarando así tanto su incredulidad de antes como la de ahora; con lo cual da a entender de nuevo que Él es igual al Padre, si al menos el no creer en Él la hace «adúltera».
Homilía 43, § 2
2. Luego, después de su reproche, ¿qué dice? «No le será dada señal, sino la señal del profeta Jonás.» Ahora está tocando la primera nota de la doctrina de su resurrección, y la confirma con el tipo.
¿Qué, pues? —podrá alguien decir—: ¿no se le dio ninguna señal? Ninguna se le dio, porque la pedían. Pues no hacía sus señales para convencerlos a ellos (porque sabía que estaban endurecidos), sino para enmendar a otros. O bien puede decirse esto, o que no habían de recibir una señal como aquella. Porque una señal les sobrevino, cuando por su propio castigo aprendieron su poder. Aquí, pues, habla como amenazando, y con este mismo sentido oscuramente comunicado: como si dijera: innumerables beneficios he mostrado; ninguno de ellos os ha atraído a mí, ni quisisteis adorar mi poder. Conoceréis, pues, mi poder por señales contrarias, cuando veáis vuestra ciudad derribada por tierra, las murallas desmanteladas, el templo hecho ruina; cuando seáis arrojados de vuestra antigua ciudadanía y libertad, y andéis otra vez por todas partes, sin casa y desterrados. (Porque todas estas cosas sucedieron después de la cruz.) Estas cosas, pues, serán para vosotros grandes señales. Y en verdad es señal sobremanera grande que sus males permanezcan sin cambio; que aunque diez mil lo han intentado, nadie ha podido revocar la sentencia que una vez salió contra ellos.
Todo esto, sin embargo, no lo dice; sino que lo deja al tiempo futuro para hacérselo claro; pero por el presente les está proponiendo la doctrina de su resurrección, que ellos habían de conocer por las cosas que después padecerían.
«Porque así como Jonás», dice, «estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.» [] Así, no dijo abiertamente que resucitaría, porque se habrían burlado de Él, pero lo dio a entender de tal modo que pudieran creer que Él lo había conocido de antemano. Pues en cuanto a estar ellos enterados de ello, dicen a Pilato: «Aquel engañador dijo» —estas son sus palabras— «mientras aún vivía: Después de tres días resucitaré»; y sin embargo sabemos que sus discípulos ignoraban esto; incluso ellos habían sido antes más faltos de entendimiento que estos: por lo cual también estos quedaron condenados por sí mismos.
Pero mira con cuánta exactitud lo expresa, aunque en una palabra oscura. Pues no dijo: «En la tierra», sino: «En el corazón de la tierra»; para designar su mismo sepulcro, y para que nadie sospechara una mera apariencia. Y por esta misma razón permitió que pasaran tres días, para que se creyera el hecho de su muerte. Porque no sólo con la cruz la hace cierta, y con la vista de todos los hombres, sino también con el tiempo de aquellos días. Pues a la resurrección, ciertamente, todo el tiempo sucesivo había de dar testimonio; pero la cruz, a no ser que en aquel momento tuviera muchas señales que le dieran testimonio, habría sido descreída; y con esta incredulidad habría ido también entera incredulidad de la resurrección. Por eso la llama también señal. Pero si Él no hubiera sido crucificado, la señal no habría sido dada. Por esta causa también presenta el tipo, para que la verdad sea creída. Pues dime: ¿era Jonás en el vientre de la ballena una mera apariencia? No, no puedes decirlo. Por tanto, tampoco Cristo en el corazón de la tierra fue tal. Porque ciertamente el tipo no está en verdad, y la verdad en mera apariencia. Por esta causa mostramos por todas partes su muerte, tanto en los misterios, como en el bautismo, y en todo lo demás. Por eso también Pablo clama con voz clara: «Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.»
De donde es claro que los que están enfermos a la manera de Marción son hijos del diablo, borrando estas verdades, para evitar cuya anulación Cristo hizo tantas cosas, mientras que para tenerlas anuladas el diablo se tomó tan múltiples afanes: me refiero a su cruz y a su pasión.
Homilía 43, § 3
3. Por eso dijo también en otra parte: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré» []; y: Vendrán días en que el Esposo les será quitado []; y aquí: «No le será dada señal, sino la señal del profeta Jonás»; declarando tanto que Él había de morir como «el buey conoce a su dueño, y el asno se acuerda del pesebre de su señor» []. Así también aquí, después de haber puesto de manifiesto su perversidad por una comparación, habla luego de su castigo.
¿Qué puede, pues, significar el dicho? Así como los endemoniados, dice, cuando son librados de aquella enfermedad, si se vuelven negligentes, atraen sobre sí su extravío más grave que nunca: así también os sucede a vosotros. Porque antes también estabais poseídos por un demonio, cuando adorabais ídolos y matabais a vuestros hijos para los demonios, mostrando gran locura; sin embargo, no os abandoné, sino que expulsé aquel demonio por medio de los profetas; y de nuevo he venido en mi propia persona, queriendo limpiaros más del todo. Puesto que, pues, no queréis atender, sino que os habéis destrozado en mayor maldad (porque matar a los profetas era un crimen no tan grande ni tan grave como matarlo a Él), por eso vuestros sufrimientos serán más graves que los primeros, quiero decir los de Babilonia, los de Egipto y los del primer Antíoco. Porque lo que les sobrevino en tiempo de Vespasiano y Tito fue con mucho más grave que aquellos. Por lo cual también dijo: «Habrá gran tribulación, cual nunca la hubo, ni la habrá» []. Pero no sólo esto declara la comparación, sino que habían de quedar del todo destituidos de toda virtud, y más expuestos al poder de los demonios que en aquel tiempo. Porque entonces, aunque pecaban, había también entre ellos quienes obraban rectamente, y la providencia de Dios estaba presente con ellos, y la gracia del Espíritu, cuidando, corrigiendo, cumpliendo toda su parte; pero ahora de esta tutela también serán del todo privados; así se lo dice; de modo que ahora hay a la vez mayor escasez de virtud, aflicción más intensa y una operación más tiránica de los demonios.
Sabéis, por consiguiente, que también en nuestra generación, cuando aquel que superó a todos en impiedad, quiero decir Juliano, se dejó arrebatar por su furor, cómo ellos se alinearon con los paganos, cómo cortejaron a su partido. De modo que, aunque parezcan estar ahora corregidos en algún pequeño grado, el temor de los emperadores los hace callar; pues, si no fuera por eso, su osadía habría sido mucho peor que la de antes. Porque en todas sus demás malas obras superan a sus predecesores; hechicerías, artes mágicas, impurezas, las exhiben con gran exceso. Y entre lo demás, además, por fuerte que sea el freno que los sujeta, a menudo han promovido sediciones y se han levantado contra los reyes, lo cual ha resultado en que sean traspasados con los peores males.
¿Dónde están ahora los que piden señales? Oigan que se necesita una mente considerada, y que si ésta falta, las señales de nada aprovechan. Mirad, por ejemplo, cómo los ninivitas sin señales creyeron, mientras éstos, después de tantos milagros, empeoraron, se hicieron morada de innumerables demonios y atrajeron sobre sí diez mil calamidades; y muy naturalmente. Porque cuando un hombre, una vez librado de sus males, no se corrige, padecerá mucho peor que antes. Sí, por eso dijo: «no halla descanso», para indicar que positiva y necesariamente tal hombre será sorprendido por la emboscada de los demonios. Pues ciertamente por estas dos cosas debía haber entrado en razón: por sus padecimientos pasados y por su liberación; o más bien se añade también una tercera: la amenaza de padecer aún peores males. Pero con nada de esto se hicieron mejores.
Homilía 43, § 5
5. Todo esto podría decirse oportunamente no sólo de ellos, sino también de nosotros, cuando después de haber sido iluminados [] y librados de nuestros males anteriores, volvemos a apegarnos a la misma maldad; pues más grave será de ahí en adelante el castigo de nuestros pecados subsiguientes. Por eso también al enfermo de parálisis Cristo le dijo: «Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te suceda algo peor» []; y esto a un hombre que llevaba treinta y ocho años en su enfermedad. Y ¿qué, podría alguien preguntar, había de padecer peor que esto? Algo mucho peor y más intolerable. Porque lejos esté de nosotros el que padezcamos todo lo que somos capaces de padecer. Pues a Dios no le faltan castigos. Porque conforme a la grandeza de su misericordia, así también es su ira.
Con esto reconviene también a Jerusalén por medio de Ezequiel. «Te vi», dice, «contaminada en sangre; y te lavé, y te ungí; y tuviste renombre por tu hermosura; y derramaste tus fornicaciones», dice, «sobre los que habitan cerca de ti»; por lo cual sus amenazas contra ti son tanto más graves cuando pecas.
Pero de esto no infiramos solamente vuestro castigo, sino también la infinita longanimidad de Dios. ¡Cuántas veces, al menos, hemos puesto las manos en las mismas malas obras, y sin embargo Él es sufrido! Pero no seamos confiados, sino temamos; pues también Faraón, si la primera plaga lo hubiera instruido, no habría experimentado las siguientes; no habría sido después ahogado, él con todo su ejército.
Y esto lo digo porque conozco a muchos que, como Faraón, están diciendo incluso ahora: «No conozco a Dios» [], y hacen que los que están en su poder se adhieran al barro y a los ladrillos. ¡Cuántos, aunque Dios les manda aminorar sus «amenazas» [], no soportan siquiera aliviar el trabajo!
«Pero nosotros no tenemos ahora un Mar Rojo que atravesar después.» Pero tenemos un mar de fuego, un mar no como aquel, ni en especie ni en tamaño, sino mucho mayor y más fiero, con sus olas de fuego, de un fuego extraño y horrible. Un gran abismo hay allí, de llama intolerabilísima. Pues por todas partes se ve fuego rondando velozmente, como una fiera salvaje. Y si aquí este fuego sensible y material saltó como una fiera del horno y se lanzó sobre los que estaban sentados fuera [], ¿qué no hará aquel otro fuego con los que hayan caído en él?
Acerca de aquel día, oíd a los profetas, que dicen: «El día del Señor es incurable, lleno de ira y de furor» []. Porque allí no habrá nadie que asista, nadie que rescate, en ninguna parte el rostro de Cristo, tan manso y sereno. Sino que, así como los que trabajan en las minas son entregados a ciertos hombres crueles y no ven a ninguno de sus amigos, sino sólo a los que están puestos sobre ellos, así será también entonces; o más bien no así, sino mucho más grave. Porque aquí es posible ir al rey y suplicarle, y librar al condenado; pero allí ya no; porque Él no lo permite, sino que permanecen en el tormento abrasador y en angustia tan grande, que no es posible contarla con palabras. Pues si, cuando alguien está en llamas aquí, ningún discurso puede describir sus agudos dolores, mucho menos los de aquellos que padecen en aquel lugar; puesto que aquí todo termina en un breve instante, pero en aquel lugar hay ciertamente fuego, y lo que se quema no se consume.
¿Qué haremos, pues, allí? Porque a mí mismo también me digo estas cosas.
Homilía 43, § 6
6. «Pero si tú», dice uno, «que eres nuestro maestro, hablas así de ti mismo, ya no me importa; pues ¿qué tiene de extraño que yo sea castigado?» No, os ruego, que nadie busque este consuelo; porque esto no es ningún alivio. Pues decidme: ¿no era el diablo una potencia incorpórea? ¿No era superior a los hombres? Sin embargo cayó. ¿Hay alguien que vaya a obtener consuelo de ser castigado junto con él? De ninguna manera. ¿Y qué de todos los que estaban en Egipto? ¿No veían castigados también a los que estaban en altos puestos, y a toda casa en duelo? ¿Acaso se sentían por ello aliviados y consolados? No, ciertamente; y es manifiesto por lo que hicieron después: como hombres atormentados por una especie de fuego, se levantaron juntos contra el rey y lo obligaron a echar fuera al pueblo de los hebreos.
Sí, y muy necio es este dicho: suponer que da consuelo ser castigado con todos los hombres, decir: «Como todos, así yo también.» Pues ¿por qué he de hablar del infierno? Pensad, os ruego, en los que padecen gota: cuando son atormentados por un dolor agudo, aunque les mostréis a diez mil que padecen peor, ni siquiera lo consideran. Porque la intensidad de su angustia no deja a su razón tiempo para pensar en los demás y hallar así consuelo. No nos alimentemos, pues, con estas frías esperanzas. Porque recibir consuelo de los males del prójimo acontece en los sufrimientos ordinarios; pero cuando el tormento es excesivo, y todas nuestras entrañas están llenas de tempestad, y el alma ha llegado a no poder conocerse a sí misma, ¿de dónde sacará consuelo? De modo que todos estos dichos son una absurdidad y fábulas de niños necios. Porque eso de que habláis acontece en el desaliento, y en un desaliento moderado, cuando se nos dice: «a tal persona le ha sucedido lo mismo»; pero a veces ni siquiera en el desaliento: ahora bien, si en ese caso no tiene fuerza, mucho menos en la angustia y carga inefable que indica «el crujir de dientes».
Y sé que os estoy irritando y causando dolor con estas palabras; pero ¿qué puedo hacer? Pues bien quisiera no hablar así, sino tener conciencia de virtud tanto en mí mismo como en todos vosotros; pero puesto que estamos en pecados, la mayor parte de nosotros, ¿quién me concederá capacidad para doleros de veras y penetrar el entendimiento de los que me oyen? Entonces podría yo acaso descansar. Pero ahora temo que alguno desprecie mis palabras, y su castigo se haga mayor por su modo indiferente de oír. Pues cuando un amo pronuncia una amenaza, si uno de los consiervos la oye y hace poco caso de su amenaza, no pasaría junto a él sin castigo, irritado como está, sino que más bien sería motivo para aumentar su corrección. Por lo cual os ruego: traspasemos nuestro propio corazón cuando oímos sus palabras acerca del infierno. Pues nada hay más deleitoso que este discurso, en la medida en que nada hay más amargo que la realidad. Pero ¿cómo puede ser deleitoso que se nos hable del infierno? —podrá alguien preguntar—. Porque tan lejos está de deleitar el caer en el infierno, resultado que nuestras palabras, que parecen tan irritantes, alejan. Y antes de esto proporcionan otro placer: en que fortalecen nuestras almas, nos hacen más reverentes, elevan la mente, dan alas a los pensamientos y expulsan los deseos que tan dañinamente nos asedian; y la cosa se convierte en remedio.
Homilía 43, § 7
7. Por tanto, prosiguiendo, junto con el castigo hablemos también de la vergüenza. Porque así como los judíos serán entonces condenados por los ninivitas, así también nosotros por muchos que ahora nos parecen inferiores.
Imaginemos, pues, cuán grande será la burla, cuán grande la condenación; imaginémoslo, y pongamos al fin algún fundamento, alguna puerta de arrepentimiento.
A mí mismo me digo estas cosas, a mí mismo me doy primero este consejo, y que nadie se enoje, como si fuera condenado. Entremos por el camino estrecho. ¿Hasta cuándo la luxuria? ¿Hasta cuándo la pereza? ¿No hemos tenido bastante de indolencia, de diversión, de dilación? ¿No será otra vez lo mismo: banquetes, hartazgos, gastos, riquezas, adquisiciones y edificios? ¿Y cuál es el fin? La muerte. ¿Cuál es el fin? Ceniza, polvo, ataúdes y gusanos.
Mostremos, pues, un nuevo género de vida. Hagamos de la tierra cielo; mostremos con ello a los griegos de cuán grandes bienes están privados. Pues cuando contemplen en nosotros una buena conducta, verán el rostro mismo del reino de los Cielos. Sí, cuando nos vean mansos, limpios de ira, de mal deseo, de envidia, de avaricia, cumpliendo rectamente todos nuestros demás deberes, dirán: «Si los cristianos se han vuelto ángeles aquí, ¿qué serán después de partir de este mundo? Si donde son extranjeros resplandecen tan brillantemente, ¡cuán grandes llegarán a ser cuando hayan ganado su patria!» Así también ellos serán reformados, y la palabra de la piedad «tendrá libre curso» [], no menos que en los tiempos de los apóstoles. Pues si ellos, siendo doce, convirtieron ciudades y comarcas enteras; si todos nosotros llegáramos a ser maestros con nuestra conducta cuidadosa, imaginad cuán alta será exaltada nuestra causa. Porque ni siquiera un muerto resucitado atrae tan poderosamente al griego como una persona que practica el dominio de sí. Ante aquello, ciertamente, se asombrará; pero con esto se aprovechará. Aquello se hace y pasa; pero esto permanece, y es continua cultura para su alma.
Atendamos, pues, a nosotros mismos, para ganarlos también a ellos. No digo nada gravoso. No digo: no os caséis. No digo: abandonad las ciudades y retiraos de los negocios públicos; sino, estando ocupados en ellos, mostrad virtud. Sí, y a los que andan atareados en medio de las ciudades, quisiera yo tenerlos por más aprobados que a los que han ocupado los montes. ¿Por qué? Porque grande es el provecho que de ahí se sigue. «Porque nadie enciende una lámpara y la pone debajo del almud.» Por eso quisiera que todas las lámparas se pusieran sobre el candelero, para que la luz creciera.
Encendamos, pues, su fuego; hagamos que los que están sentados en tinieblas sean librados de su error. Y no me digáis: «Tengo esposa e hijos, soy padre de familia y no puedo practicar debidamente todo esto.» Porque aunque no tuvieras nada de esto, si eres negligente, todo está perdido; y aunque estés rodeado de todo esto, si eres solícito, alcanzarás la virtud. Porque una sola cosa se necesita: la preparación de un ánimo generoso; y ni la edad, ni la pobreza, ni la riqueza, ni el revés de fortuna, ni ninguna otra cosa podrá impedírtelo. Pues de hecho, viejos y jóvenes, hombres casados y criando hijos, y trabajando en oficios, y sirviendo como soldados, han cumplido debidamente todo lo mandado. Porque así Daniel era joven, José esclavo, Áquila trabajaba en un oficio, la mujer que vendía púrpura estaba al frente de un taller, otro era guardián de una cárcel, otro centurión, como Cornelio; otro de mala salud, como Timoteo; otro fugitivo, como Onésimo; y nada resultó impedimento para ninguno de ellos, sino que todos fueron aprobados, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, esclavos y libres, soldados y pueblo.
No pongamos, pues, vanos pretextos, sino procuremos un ánimo enteramente bueno, y seamos lo que seamos, ciertamente alcanzaremos la virtud y llegaremos a los bienes venideros; por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria, poder, honor, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.