Homilía 22, § 1
Mateo 5:28-29.
«Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan. Y sin embargo os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos.»
Habiendo hablado de nuestro alimento necesario, y habiendo dado a entender que ni siquiera por éste debemos afanarnos, pasa en lo que sigue a lo que es más fácil. Porque el vestido no es tan necesario como el alimento.
¿Por qué, pues, no hizo uso aquí también del mismo ejemplo, el de las aves, ni nos mencionó el pavo real, y el cisne, y la oveja? Porque ciertamente había muchos ejemplos semejantes que tomar de allí. Porque quería señalar cuán lejos puede llevarse el argumento en ambos sentidos: tanto por la vileza de las cosas que participan de tal elegancia, como por la munificencia otorgada a los lirios, en cuanto a su adorno. Por esta causa, cuando los ha engalanado, ya no los llama siquiera lirios, sino «hierba del campo.» [] Y ni siquiera con este nombre se contenta, sino que añade otra circunstancia de vileza, diciendo, «que hoy es.» Y no dijo, «y mañana no es,» sino lo que es mucho más vil aún, «es echada en el horno.» Y no dijo, «vestir,» sino «así vestir.»
¿Ves en todas partes cómo abunda en amplificaciones e intensidades? Y esto lo hace para tocarlos de lleno; y por esto ha añadido también, «¿no os vestirá mucho más a vosotros?» Pues esto también tiene mucho énfasis: la fuerza de la palabra, «vosotros,» no es otra que indicar encubiertamente el gran valor que se concede a nuestra raza, y el cuidado que se muestra por ella; como si hubiera dicho, «a vosotros, a quienes dio alma, para quienes formó un cuerpo, por cuya causa hizo todas las cosas que se ven, por cuya causa envió profetas, y dio la ley, y obró aquellas innumerables buenas obras; por cuya causa entregó a su Hijo unigénito.»
Y no hasta que ha hecho clara su prueba, procede también a reprenderlos, diciendo, «Oh vosotros de poca fe.» Porque esta es la cualidad de un consejero: no sólo amonesta, sino que también reprende, para despertar más a los hombres al poder persuasivo de sus palabras.
Con esto nos enseña no sólo a no afanarnos, sino a ni siquiera deslumbrarnos ante lo costoso del atavío de los hombres. ¿Por qué? Tal hermosura es de hierba, tal belleza de la hierba verde: o más bien, la hierba es aún más preciosa que semejante atavío. ¿Por qué, pues, enorgullecerte de cosas en las que el premio queda en la mera planta, con gran ventaja a su favor?
Y mira cómo desde el principio significa que el mandamiento es fácil; por los contrarios de nuevo, y por las cosas de las cuales temían, apartándolos de estos cuidados. Así, cuando había dicho, «Considerad los lirios del campo,» añadió, «no trabajan:» de modo que con deseo de librarnos de trabajos, dio estos mandamientos. De hecho, el trabajo no está en no afanarse, sino en afanarse por estas cosas. Y como al decir, «no siembran,» no era la siembra lo que abolía, sino el pensamiento ansioso; así al decir, «no trabajan ni hilan,» puso fin no al trabajo, sino al cuidado.
Pero si Salomón fue superado por su hermosura, y eso no una ni dos veces, sino durante todo su reinado:— pues ni puede uno decir que en un tiempo él estaba vestido con tal atavío, y después ya no; más bien ni siquiera en un solo día se atavió tan hermosamente: porque esto declaró Cristo al decir, «en todo su reinado:» y si no fue que fue superado por esta flor, sino que competía con aquella, sino que cedió ante todas por igual (por lo cual también dijo, «como uno de éstos:» pues tal como entre la verdad y la falsificación, tan grande es el intervalo entre aquellas vestiduras y estas flores):— si entonces reconoció su inferioridad, quien era más glorioso que todos los reyes que jamás existieron: ¿cuándo podrás tú superar, o más bien acercarte siquiera débilmente a tal perfección de forma?
Después de esto nos instruye, a no aspirar en absoluto a tal ornamento. Mira al menos su fin; después de su triunfo «es echada en el horno:» y si de cosas viles, y sin valor, y de no gran utilidad, Dios ha mostrado tan gran cuidado, ¿cómo os abandonará a vosotros, los más importantes de todas las criaturas vivientes?
¿Por qué, pues, las hizo tan hermosas? Para mostrar su propia sabiduría y la excelencia de su poder; para que de todo aprendamos su gloria. Porque no «sólo los cielos declaran la gloria de Dios,» sino también la tierra; y esto lo declaró David cuando dijo, «Alabad al Señor, árboles fructíferos, y todos los cedros.» Porque unos por sus frutos, otros por su grandeza, otros por su hermosura, envían alabanza a Aquel que los hizo: siendo esto también señal de gran excelencia de sabiduría, cuando aun sobre cosas muy viles (¿y qué puede ser más vil que lo que hoy es, y mañana ya no es?) derrama tan gran hermosura. Si entonces a la hierba le ha dado lo que no necesita (pues ¿en qué ayuda su hermosura a alimentar el fuego?) ¿cómo no os dará a vosotros lo que necesitáis? Si lo que es lo más vil de todas las cosas, lo ha adornado con esplendidez, y eso no por necesidad, sino por munificencia, ¿cuánto más os honrará a vosotros, los más honorables de todas las cosas, en asuntos que son de necesidad?
Comentario editorial · El lema de esta homilía
El epub de partida, en inglés y en castellano, encabeza la homilía con «Mateo 5:28-29». Lo que Crisóstomo comenta es otro pasaje: «Considerad los lirios del campo» (), como dice el lema de CCEL («Matt. VI. 28, 29») y como muestra el propio texto, que pasa del alimento al vestido y a Salomón. No se ha corregido: es un dato de la edición de partida, y el texto de la homilía es el del epub.
Para ampliar: La homilía 22 en CCEL (NPNF 1, vol. 10, Homilía 22).
Homilía 22, § 2
2. Ahora bien, cuando, como veis, Él había demostrado la grandeza del cuidado providencial de Dios, y ellos iban a ser reprendidos también en lo que sigue, aun en esto fue moderado, achacándoles no carencia, sino pobreza de fe. Así, «si Dios,» dice Él, «así viste la hierba del campo, mucho más a vosotros, oh vosotros de poca fe.» []
Y sin embargo, ciertamente todas estas cosas Él mismo las obra. Porque «todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no fue hecho ni siquiera una cosa.» [] Pero aún en ninguna parte hace mención de sí mismo: siendo suficiente por el momento, para indicar su pleno poder, el que dijera en cada uno de los mandamientos, «Habéis oído que fue dicho a los antiguos, pero yo os digo.»
No os maravilléis, pues, cuando en casos posteriores también se oculta a sí mismo, o habla algo humilde de sí mismo: ya que por el momento tenía un solo objeto, que su palabra resultase tal como ellos la recibirían de buen grado, y demostrase de todas las maneras que Él no era una especie de adversario de Dios, sino de una misma mente, y de acuerdo con el Padre.
Lo cual, en consecuencia, hace aquí también; pues a través de tantas palabras como ha gastado no cesa de presentárnoslo a Él, admirando su sabiduría, su providencia, su tierno cuidado que se extiende por todas las cosas, grandes y pequeñas. Así, tanto cuando hablaba de Jerusalén, la llamó «la ciudad del Gran Rey;» [] como cuando mencionó el Cielo, habló de él de nuevo como «el trono de Dios;» [] y cuando discurría sobre su economía en el mundo, a Él de nuevo lo atribuye todo, diciendo, «Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos.» [] Y en la oración también nos enseñó a decir, suyo «es el reino y el poder y la gloria.» Y aquí, al discurrir sobre su providencia, y significar cómo aun en las cosas pequeñas es el más excelente de los artistas, dice que «Él viste la hierba del campo.» Y en ninguna parte lo llama su propio Padre, sino de ellos; para que por el mismo honor pudiera reprenderlos, y para que cuando lo llamase su Padre, ya no se disgustaran.
Ahora bien, si por las meras necesidades no hay que afanarse, ¿qué perdón podemos merecer nosotros, que nos afanamos por cosas costosas? O más bien, ¿qué perdón pueden merecer ellos, que incluso pasan sin dormir, para tomar las cosas de otros?
Homilía 22, § 3
3. «Por tanto, no os afanéis, diciendo: ¿qué comeremos? ¿O qué beberemos? ¿O con qué nos vestiremos? Porque tras todas estas cosas buscan las naciones del mundo.»
¿Ves cómo de nuevo los ha avergonzado aún más, y ha mostrado de paso que no había mandado nada gravoso ni pesado? Así, cuando dijo, «Si amáis a los que os aman,» no es nada grande lo que practicáis, porque los mismos gentiles hacen lo mismo; con la mención de los gentiles los estaba incitando a algo mayor: así también ahora los presenta para reprendernos, y para significar que es una deuda necesaria lo que nos exige. Porque si hemos de mostrar algo más que los escribas o fariseos, ¿qué podemos merecer nosotros, que lejos de sobrepasar a éstos, permanecemos en el estado mezquino de los gentiles, y emulamos su pequeñez de alma?
Sin embargo, no se detiene en la reprensión, sino que habiéndolos con esto reprendido y despertado, y avergonzado con toda fuerza de expresión, con otro argumento también los consuela, diciendo, «Porque vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas.» No dijo, «Dios sabe,» sino, «vuestro Padre sabe;» para llevarlos a una mayor esperanza. Porque si Él es un Padre, y tal Padre, ciertamente no podrá pasar por alto a sus hijos en extremidad de males; viendo que ni siquiera los hombres, siendo padres, soportan hacerlo.
Y añade junto con esto otro argumento más. ¿De qué clase es, pues? Que «tenéis necesidad» de ellas. Lo que dice es como esto. ¡Qué! ¿Son estas cosas superfluas, como para que Él las desatienda? Pero ni siquiera en las superfluidades se mostró falto de atención, en el caso de la hierba: pero ahora estas cosas son incluso necesarias. De modo que lo que tú consideras una causa para estar ansioso, esto digo que es suficiente para apartarte de tal ansiedad. Quiero decir, si dices, «Por tanto, debo necesariamente afanarme, porque son necesarias;» al contrario, digo, «No, por esta misma razón no te afanes, porque son necesarias.» Puesto que si fueran superfluidades, ni siquiera entonces deberíamos desesperar, sino sentir confianza en su provisión; pero ahora que son necesarias, ya no debemos dudar. Porque ¿qué clase de padre es el que puede soportar faltar en proveer a sus hijos incluso lo necesario? De modo que por esta causa de nuevo Dios las otorgará ciertamente.
Pues ciertamente Él es el artífice de nuestra naturaleza, y conoce perfectamente sus necesidades. De modo que tampoco puedes decir, «Él es ciertamente nuestro Padre, y las cosas que buscamos son necesarias, pero no sabe que tenemos necesidad de ellas.» Porque Aquel que conoce nuestra naturaleza misma, y fue su hacedor, y la formó tal como es; evidentemente conoce su necesidad también mejor que tú, que estás puesto en carencia de ellas: habiendo sido por su decreto que nuestra naturaleza está en tal necesidad. Por tanto, no se opondrá a sí mismo a lo que ha querido, primero sujetándola por necesidad a tan gran carencia, y por otro lado de nuevo privándola de lo que quiere, y de lo absolutamente necesario.
No seamos, por tanto, ansiosos, pues nada ganaremos con ello, sino atormentándonos. Porque mientras Él da tanto cuando nos afanamos como cuando no, y más de los dos, cuando no; ¿qué ganas tú con tu ansiedad, sino exigirte a ti mismo una pena superflua? Ya que uno que está a punto de ir a un banquete abundante, no se permitirá ciertamente afanarse por la comida; ni el que camina hacia una fuente está ansioso por la bebida. Por tanto, viendo que tenemos una provisión más copiosa que cualquier fuente, o que innumerables banquetes preparados, la providencia de Dios; no seamos mendigos, ni de ánimo pequeño.
Homilía 22, § 4
4. Porque junto con lo que se ha dicho, pone también otra razón más para sentir confianza sobre tales cosas, diciendo,
«Buscad el reino de los cielos, y todas estas cosas os serán añadidas.»
Así, cuando hubo liberado al alma de la ansiedad, entonces hizo mención también del Cielo. Pues ciertamente vino a abolir las cosas antiguas, y a llamarnos a una patria mayor. Por tanto, hace todo para librarnos de las cosas innecesarias, y de nuestro afecto por la tierra. Por esta causa mencionó también a los paganos, diciendo que «los gentiles buscan estas cosas;» ellos cuyo trabajo entero es por la vida presente, que no tienen consideración por las cosas venideras, ni pensamiento alguno del Cielo. Pero para vosotros, estas cosas presentes no son las principales, sino otras distintas. Porque no nacimos para este fin, para comer y beber y vestirnos, sino para agradar a Dios, y alcanzar los bienes venideros. Por tanto, así como las cosas de aquí son secundarias en nuestro trabajo, así también en nuestras oraciones sean secundarias. Por eso también dijo, «Buscad el reino de los cielos, y todas estas cosas os serán añadidas.»
Y no dijo, «os serán dadas,» sino «os serán añadidas,» para que aprendáis que las cosas presentes no son gran parte de sus dones, comparadas con la grandeza de las cosas venideras. En consecuencia, no nos manda tanto pedirlas, sino que mientras pedimos otras cosas, tengamos confianza, como si éstas también fueran añadidas a aquéllas. Buscad, pues, las cosas venideras, y recibiréis también las presentes; no busquéis las cosas que se ven, y ciertamente las alcanzaréis. Sí, porque es indigno de vosotros acercaros a vuestro Señor por tales cosas. Y tú, que deberías gastar todo tu celo y tu cuidado por aquellas bendiciones inefables, te deshonras grandemente al consumirlo en el deseo de cosas transitorias.
«¿Cómo entonces?» dice uno, «¿no nos mandó pedir pan?» No, añadió, «diario,» y a esto de nuevo, «hoy,» lo cual de hecho hace aquí también. Porque no dijo, «No os afanéis,» sino, «No os afanéis por el mañana,» al mismo tiempo dándonos libertad, y fijando nuestra alma en aquellas cosas que nos son más necesarias.
Porque para este fin también nos mandó pedir incluso aquellas, no como si Dios necesitara ser recordado por nosotros, sino para que aprendiésemos que por su ayuda logramos todo lo que logramos, y para que fuésemos hechos más suyos por nuestra oración continua por estas cosas.
¿Ves cómo con esto de nuevo los persuadiría de que recibirán ciertamente las cosas presentes? Porque Aquel que otorga lo mayor, mucho más dará lo menor. «Pues no para este fin,» dice Él, «os dije que no os afanarais ni pidierais, para que sufráis angustia, y andéis desnudos, sino para que estéis en abundancia de estas cosas también:» y esto, veis, era lo más adecuado para atraerlos a Él. De modo que como en la limosna, cuando los disuadía de hacer ostentación ante los hombres, los ganaba principalmente prometiendo proveérsela más liberalmente;— «porque vuestro Padre,» dice Él, «que ve en secreto, os recompensará en público;» [] — así también aquí, al apartarlos de buscar estas cosas, este es su tema persuasivo, que promete otorgárselas, no buscándolas, en mayor abundancia. Así, para este fin, dice Él, os mando no buscar, no para que no recibáis, sino para que recibáis abundantemente; para que recibáis de la manera que os conviene, con el provecho que debéis tener; para que no, por afanaros y distraeros en ansiedad por éstas, os hagáis indignos tanto de éstas como de las cosas espirituales; para que no sufráis angustia innecesaria, y de nuevo os apartéis de aquello que está puesto delante de vosotros.
Homilía 22, § 5
5. «No os afanéis, pues, por el día de mañana; porque el día de mañana traerá su propio afán: bástele a cada día su propio mal.» esto es, la aflicción y su quebranto. [] ¿No os basta comer vuestro pan con el sudor de vuestro rostro? ¿Por qué añadir la aflicción que viene de la ansiedad, cuando estáis a punto de ser librados en adelante incluso de los trabajos anteriores?
Por «mal» aquí no entiende la maldad, lejos de ello, sino aflicción, angustia y calamidades; así como en otro lugar dice: «¿Hay mal en la ciudad que el Señor no haya hecho?» no refiriéndose a cosas semejantes, sino a los azotes que vienen de lo alto. Y otra vez: «Yo,» dice Él, «hago la paz y creo males:» [] Porque tampoco en este lugar habla de la maldad, sino de hambres y pestes, cosas que la mayoría de los hombres consideran males; pues el común suele llamarlas males. Así, por ejemplo, los sacerdotes y profetas de aquellos cinco señoríos, cuando uncieron las vacas al arca y las dejaron ir sin sus becerros, [] dieron el nombre de «mal» a aquellas plagas enviadas del cielo, y al espanto y angustia que por ellas nacieron dentro de ellos.
Esto es, pues, lo que quiere decir aquí también, cuando dice, «bástele a cada día su propio mal.» Porque nada aflige tanto al alma como el cuidado y la ansiedad. Así también Pablo, exhortando a la virginidad, aconsejaba, diciendo, «Quisiera que estuvierais sin afán.»
Pero cuando dice, «el día de mañana se afanará por sí mismo,» no lo dice como si el día tuviera cuidado de esas cosas, sino que, habiendo de hablar a un pueblo todavía algo imperfecto, queriendo hacer más expresivo lo que dice, personifica el tiempo, hablándoles según la costumbre del común.
Y aquí ciertamente aconseja, pero al proseguir lo convierte incluso en ley, diciendo, «no proveáis oro ni plata, ni alforja para el camino.» [] Así, habiéndolo manifestado todo con sus obras, introduce después la promulgación verbal del precepto de manera más determinada, habiéndose hecho también entonces más fácil de aceptar, confirmado como había sido de antemano por sus propias obras. ¿Dónde, pues, lo confirmó con sus obras? Oídle decir, «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.» [] Y no se contenta con esto, sino que también en sus discípulos exhibe plena prueba de estas cosas, formándolos del mismo modo, sin permitir que les falte nada.
Pero observad también su tierno cuidado, cómo supera el afecto de todo padre. Así, «Esto os mando,» dice, «no por otra cosa, sino para libraros de ansiedades superfluas. Porque aunque hoy os hayáis afanado por el mañana, mañana tendréis que afanaros de nuevo. ¿Por qué, pues, lo que está de más? ¿Por qué forzar al día a recibir más que la aflicción que le está asignada, y junto con sus propias angustias añadirle también la carga del día siguiente; y esto, cuando no hay posibilidad de aligerar al otro con el añadido que así se hace, sino que meramente os mostráis codiciosos de angustias superfluas?» Por eso, para reprenderlos más, casi da vida al tiempo mismo, y lo presenta como uno injuriado, clamando contra ellos por su desprecio sin causa. ¿Qué? Has recibido el día para cuidar de lo suyo. ¿Por qué, pues, añadirle también las cosas del otro día? ¿No tiene ya bastante carga con su propia ansiedad? ¿Por qué ahora, os ruego, lo hacéis aún más pesado? Ahora bien, cuando el Legislador dice estas cosas, y Aquel que ha de juzgarnos, considerad las esperanzas que nos sugiere, cuán buenas son; dando testimonio Él mismo de que esta vida es miserable y penosa, de modo que la ansiedad de un solo día basta para dañarnos y afligirnos.
Homilía 22, § 6
6. Sin embargo, después de tantas y tan graves palabras, nos afanamos por estas cosas, pero por las del cielo ya no; más bien hemos invertido su orden, luchando de ambos lados contra sus dichos. Pues notad; «No busquéis en absoluto las cosas presentes,» dice Él, «en absoluto;» pero nosotros las buscamos siempre: «buscad las cosas del cielo,» dice; pero a esas no las buscamos ni por una hora breve, sino que según la magnitud de la ansiedad que mostramos por las cosas del mundo, es la negligencia que tenemos en las cosas espirituales; o más bien aún mucho mayor. Pero esto no prospera para siempre; ni puede ser para siempre. ¿Qué si por diez días lo despreciamos? ¿Si por veinte? ¿Si por cien? ¿No habremos de partir por absoluta necesidad y caer en las manos del Juez?
«Pero la tardanza da consuelo.» ¿Y qué clase de consuelo, estar cada día esperando castigo y venganza? No; si queréis sacar algún consuelo de esta tardanza, sacadlo recogiendo para vosotros el fruto de la enmienda después del arrepentimiento. Pues si la sola demora de la venganza os parece una especie de refrigerio, mucho más ganancia es no caer en la venganza. Aprovechemos, pues, plenamente esta tardanza, para tener plena liberación de los peligros que nos acosan. Porque ninguna de las cosas mandadas es pesada ni gravosa, sino todas tan ligeras y fáciles, que si sólo aportamos un propósito sincero del corazón, podremos cumplirlas todas, aunque seamos reos de innumerables ofensas. Pues así Manasés había cometido innumerables contaminaciones, habiendo extendido sus manos contra los santos, metido abominaciones en el templo, llenado la ciudad de muertes y hecho muchas otras cosas sin excusa; sin embargo, después de tan larga y tan grande maldad, lavó de sí todas estas cosas. ¿Cómo y de qué manera? Por el arrepentimiento y la consideración.
Porque no hay, no, no hay pecado alguno que no ceda y se rinda al poder del arrepentimiento, o más bien a la gracia de Cristo. Pues si sólo quisiéramos cambiar, lo tenemos a Él para asistirnos. Y si deseáis haceros buenos, no hay quien nos lo impida; o más bien hay uno que nos lo impide, el diablo, pero no tiene poder, mientras vosotros escogéis lo mejor y así atraéis a Dios en vuestra ayuda. Pero si vosotros mismos no queréis, sino que os desviáis, ¿cómo os protegerá Él? Porque no por necesidad ni por fuerza, sino de vuestra propia voluntad, quiere Él que seáis salvos. Pues si vosotros, teniendo un siervo lleno de odio y aversión hacia vosotros, que continuamente se va y huye de vosotros, no querríais retenerlo, y esto aunque necesitarais de sus servicios; mucho menos Dios, que hace todas las cosas no para su propio provecho, sino para vuestra salvación, querrá reteneros por fuerza; como por otra parte, si mostráis sólo una recta intención, Él no querrá jamás abandonaros, no, haga lo que haga el diablo. De modo que nosotros mismos somos culpables de nuestra propia perdición. Porque no nos acercamos, ni suplicamos, ni rogamos como debemos; pero aun si nos acercamos, no es como quienes tienen necesidad de recibir, ni con la fe debida, ni como quien exige, sino que todo lo hacemos de manera boquiabierta y negligente.
Homilía 22, § 7
7. Y sin embargo Dios quiere que le pidamos cosas, y por esto se considera grandemente obligado hacia vosotros. Porque Él solo, entre todos los deudores, cuando se le pide, lo tiene por favor, y da lo que no le hemos prestado. Y si ve que quien pide lo hace con empeño, paga aun lo que no ha recibido de nosotros; pero si lo hace perezosamente, Él también va haciendo dilaciones; no por falta de voluntad para dar, sino porque le agrada que le hagamos peticiones. Por esto os contó también el ejemplo de aquel amigo, que vino de noche, y pidió un pan; [] y el del juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. [] Y no se detuvo en semejanzas, sino que lo significó también en sus mismas obras, cuando despidió a aquella mujer fenicia, habiéndola llenado con su gran don. Porque por medio de ella significó, que da a los que piden con empeño, aun las cosas que no les pertenecen. «Porque no es justo,» dice, «tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perros.» Con todo, se lo dio, porque ella le pidió con empeño. Pero por medio de los judíos mostró, que a los negligentes no les da ni siquiera lo suyo propio. Ellos, en consecuencia, nada recibieron, sino que perdieron lo que era suyo. Y mientras éstos, por no pedir, no recibieron ni aun lo propio, ella, por asediarlo con empeño, tuvo poder para obtener aun lo que pertenecía a otros, y el perro recibió lo que era de los hijos. Tan grande bien es la importunidad. Porque aunque seas perro, siendo importuno, serás preferido al hijo negligente: pues lo que el afecto no logra, todo eso lo logró la importunidad. No digas, pues, «Dios me es enemigo, y no me escuchará.» Él te responde en seguida, si lo importunas continuamente, si no por ser su amigo, al menos por tu importunidad. Y ni la enemistad, ni el tiempo inoportuno, ni cosa alguna se convierte en impedimento. No digas, «Soy indigno, y no rezo;» porque tal era también la mujer sirofenicia. No digas, «He pecado mucho, y no puedo suplicar a Aquel a quien he irritado;» porque Dios no mira al mérito, sino a la disposición. Pues si el juez que no temía a Dios ni se avergonzaba de los hombres fue vencido por la viuda, mucho más Aquel que es bueno será ganado por la súplica continua.
De modo que aunque no seas amigo, aunque no pidas lo que se te debe, aunque hayas devorado los bienes de tu Padre, y hayas estado mucho tiempo fuera de su vista, aunque sin honor, aunque seas el último de todos, aunque te acerques a Él enfadado, aunque muy disgustado; sólo está dispuesto a rezar, y a volver, y recibirás todo, y rápidamente extinguirás la ira y la condenación.
Pero, «he aquí, te lo ruego,» dice alguno, «y no hay resultado.» Pues no oras como aquellos; me refiero a la mujer sirofenicia, al amigo que llegó a medianoche, a la viuda que importunaba continuamente al juez y al hijo que malgastó los bienes de su padre. Porque si oraras así, pronto obtendrías. Pues aunque se le haya hecho desprecio, aun así es Padre; y aunque haya sido provocado a ira, aun así ama a sus hijos; y una sola cosa busca: no tomar venganza de nuestras afrentas, sino verte arrepentido y suplicándole. Ojalá nos inflamáramos en igual medida, como se conmueven sus entrañas por amor a nosotros. Mas este fuego sólo busca un comienzo, y si le ofreces una pequeña chispa, enciendes una llama plena de beneficencia. Porque no es porque Él haya sido insultado que se aflige gravemente, sino porque eres tú quien lo está insultando, y así te enfureces. Pues si nosotros, siendo malos, cuando nuestros hijos nos molestan, nos afligimos por su causa; mucho más Dios, que ni siquiera puede sufrir insulto, se aflige gravemente por causa tuya, que lo has cometido. Si nosotros, que amamos por naturaleza, cuánto más Él, que es misericordioso más allá de la naturaleza. «Pues aunque,» dice Él, «una mujer olvidara los frutos de su vientre, no te olvidaré.» []
Homilía 22, § 8
8. Acerquémonos, pues, a Él, y digamos, «Verdad, Señor; porque aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» [] Acerquémonos «a tiempo, fuera de tiempo:» o más bien, jamás podemos acercarnos fuera de tiempo, porque lo inoportuno es no acercarse continuamente. Pues para Aquel que desea dar, siempre es oportuno pedir; sí, como el respirar nunca es inoportuno, así tampoco el rezar es inoportuno, sino más bien el no rezar. Pues como necesitamos este aliento, así también necesitamos la ayuda que viene de Él; y si queremos, fácilmente lo atraeremos hacia nosotros. Y el profeta, para manifestar esto, y señalar la constante prontitud de su beneficencia, dijo, «Lo hallaremos preparado como la mañana.» Porque cuantas veces nos acerquemos, lo veremos aguardando nuestros movimientos. Y si dejamos de sacar de su bondad siempre manante, la culpa es toda nuestra. Esto, por ejemplo, era su queja contra ciertos judíos, cuando dijo, «Mi misericordia es como nube de la mañana, y como el rocío temprano se disipa.» Y su sentido es como sigue; «Yo ciertamente he puesto toda mi parte, pero vosotros, como un sol ardiente que sobreviene dispersa la nube y el rocío, y los hace desvanecer, así vosotros, con vuestra gran maldad, habéis contenido la indecible Beneficencia.»
Lo cual también es a su vez una muestra de su providencia: que aun cuando nos ve indignos de recibir el bien, retiene sus beneficios, para no hacernos negligentes. Pero si cambiamos un poco, aunque sólo sea para saber que hemos pecado, Él brota más allá de las fuentes, se derrama más allá del océano; y cuanto más recibes, tanto más se regocija; y de este modo es incitado de nuevo a darnos más. Pues ciertamente tiene por riqueza suya el que seamos salvos, y dar abundantemente a los que piden. Y esto, al parecer, declaraba Pablo cuando decía, que Él es «rico para con todos y sobre todos los que lo invocan.» Porque cuando no rezamos, entonces se enoja; cuando no rezamos, entonces se aparta de nosotros. Por esto «se hizo pobre, para hacernos ricos;» por esto padeció todos aquellos sufrimientos, para incitarnos a pedir.
No desesperemos, pues, sino que, teniendo tantos motivos y buenas esperanzas, aunque pequemos cada día, acerquémonos a Él, rogando, suplicando, pidiendo el perdón de nuestros pecados. Porque así seremos más tardos en pecar en lo venidero; así ahuyentaremos al diablo, y llamaremos a la misericordia de Dios, y alcanzaremos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.