Homilía 39, § 1
Mateo XII, 1.
«En aquel tiempo pasaba Jesús por los sembrados en día de sábado; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar las espigas y a comer.»
Mas Lucas dice, «en un doble sábado.» ¿Y qué es un doble sábado? Cuando la cesación del trabajo es doble: tanto la del sábado ordinario como la de otra fiesta que concurre con él. Pues llaman sábado a toda cesación del trabajo.
¿Y por qué, pues, quien todo lo sabía de antemano no los apartó de allí, sino porque era su voluntad que el sábado se quebrantase? Era su voluntad, ciertamente, mas no sin más; por eso nunca lo quebranta sin causa, sino dando excusas razonables: para a la vez poner fin a la ley y no escandalizarlos. Pero hay ocasiones en que aun la deroga directamente, y no con circunstancias: como cuando unge con lodo los ojos del ciego; [] como cuando dice, «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.» Y lo hace, con aquello para glorificar a su propio Padre, con esto para suavizar la flaqueza de los judíos. En lo cual precisamente se afana aquí, presentando como excusa la necesidad de la naturaleza; aunque en el caso de pecados reconocidos, eso no podría jamás, por cierto, servir de excusa. Pues ni el homicida puede alegar su ira, ni el adúltero aducir su lujuria, ni ninguna otra excusa; mas aquí, con mencionar su hambre, los libró de toda culpa.
Mas fíjate, te ruego, y admira a los discípulos, cuán enteramente se dominan a sí mismos, y en nada estiman las cosas del cuerpo, teniendo la mesa de la carne por cosa secundaria; y aunque han de luchar con hambre continua, ni aun así se apartan. Pues si el hambre no los hubiera apremiado con fuerza, no habrían hecho ni siquiera esto.
¿Qué hacen, pues, los fariseos? «Cuando lo vieron,» dice, «le dijeron: He aquí, tus discípulos hacen lo que no es lícito hacer en día de sábado.» []
Aquí, en verdad, sin gran vehemencia (aunque eso habría sido lo consecuente en ellos)—mas no se encienden con violencia, sino que simplemente lo censuran. Pero cuando extendió la mano seca y la sanó, entonces se enfurecieron tanto que aun se confabularon para matarlo y destruirlo. Porque donde no se hace nada grande y noble, están tranquilos; mas donde ven a alguno sanado, se enfurecen y se consumen, y nadie hay tan insoportable como ellos: tales enemigos son de la salvación de los hombres.
¿Cómo, pues, defiende Jesús a sus discípulos? «¿No habéis leído,» dice, «lo que hizo David en el templo, cuando tuvo hambre, él y todos los que con él estaban? ¿Cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición, que no le era lícito comer, ni a los que con él estaban, sino solo a los sacerdotes?» []
Así, mientras que al abogar por sus discípulos aduce a David; para sí mismo, es el Padre. []
Y observa su modo de reprender: «¿No habéis leído lo que hizo David?» Porque grande era, en verdad, la gloria de aquel profeta; tanto que también Pedro, pleiteando después con los judíos, habló de esta manera: «Permitidme hablaros libremente del patriarca David: que está muerto y sepultado.» []
¿Mas por qué no lo llama por el nombre de su dignidad, ni en esta ocasión ni después? Quizá porque de él derivaba su linaje.
Ahora bien, si hubieran sido personas cándidas, habría dirigido su discurso al padecimiento de hambre de los discípulos; mas, abominables como eran e inhumanos, más bien les refiere una historia.
Mas Marcos dice, «En los días de Abiatar, el sumo sacerdote:» no afirmando algo contrario a la historia, sino dando a entender que tenía dos nombres; y añade que «se lo dio,» indicando que aun en esto David tenía mucho que decir en su favor, puesto que aun el mismo sacerdote se lo permitió; y no solo se lo permitió, sino que aun le sirvió. Pues no me digas que David era profeta, porque ni aun así era lícito, sino que el privilegio era de los sacerdotes: por lo cual también añadió, «sino solo para los sacerdotes.» Pues aunque fuera diez mil veces profeta, no era sin embargo sacerdote; y aunque él mismo era profeta, no lo eran los que con él estaban; pues a ellos también sabemos que les dio.
«¿Qué, pues,» podría decirse, «eran todos uno con David?» ¿Por qué me hablas de dignidad, donde parece haber transgresión de la ley, aunque sea por constreñimiento de la naturaleza? Sí, y de este modo también Él los ha absuelto más enteramente de las acusaciones, en que el que es mayor se halla haber hecho lo mismo.
«¿Y qué tiene esto que ver con la cuestión,» podrá decir alguno; «pues no fue ciertamente el sábado lo que transgredió?» Me hablas de aquello que es mayor, y que especialmente muestra la sabiduría de Cristo: que, dejando el sábado, aduce otro ejemplo mayor que el sábado. Pues de ningún modo es lo mismo quebrantar un día, que tocar aquella mesa santa, que a nadie era lícito tocar. Porque el sábado en verdad ha sido violado, y eso con frecuencia; más aún, continuamente es violado, tanto por la circuncisión como por muchas otras obras; y también en Jericó [] puede verse que sucedió lo mismo; pero esto último sucedió solo entonces. De modo que Él más que obtiene la victoria. ¿Cómo, pues, nadie censuró a David, aunque había aún otro motivo de acusación más grave que este: el de la muerte de los sacerdotes, que de esto tuvo su origen? Mas no lo menciona, por aplicarse solo al presente asunto.
Homilía 39, § 2
2. Después, además, lo refuta también de otro modo. Pues así como al principio adujo a David, con la dignidad de la persona reprimiendo su soberbia; así, cuando les hubo tapado la boca y abatido su jactancia, añade también la refutación más apropiada. ¿Y cuál es esta? «¿No sabéis que en el templo los sacerdotes profanan el sábado y quedan sin culpa?» [] Porque en aquel otro ejemplo, dice, la urgencia produjo la relajación; pero aquí hay relajación aun sin urgencia. No los refutó, sin embargo, de una vez así, sino primero a modo de permisión, después insistiendo en su argumento. Porque convenía sacar la inferencia más fuerte al último, aunque también el argumento anterior tenía, por cierto, su propio peso.
Pues no me digas que no es librarse uno de culpa aducir a otro que comete el mismo pecado. Porque cuando el que lo hace no incurre en culpa, el acto en que se ha aventurado se convierte en regla que otros pueden alegar.
Y con todo no se contentó con esto, sino que añade algo más decisivo, diciendo que el hecho no es pecado en absoluto; y esto era, más que nada, señal de una victoria gloriosa: señalar la ley derogándose a sí misma, y haciéndolo de dos maneras: primero por el lugar, después por el sábado; o más bien aun de tres maneras, en que la obra que se hace es doble, y junto con ella va también otra cosa: que la hagan los sacerdotes; y lo que es aún más, que ni siquiera se presente como acusación. «Porque ellos,» dice, «quedan sin culpa.»
¿Ves cuántos puntos ha señalado? El lugar; pues dice, «en el templo;» las personas, pues son «los sacerdotes;» el tiempo, pues dice, «el sábado;» el acto mismo, pues «lo profanan;» (no habiendo dicho, «lo quebrantan,» sino lo que es más grave, «lo profanan;» ) que no solo escapan al castigo, sino que aun están libres de culpa, «porque ellos,» dice, «quedan sin culpa.»
No tengáis, pues, esto, dice, por semejante al ejemplo anterior. Porque aquello se hizo una sola vez, y no por un sacerdote, y fue por necesidad; por lo cual eran dignos de excusa; pero esto último se hace cada sábado, y por sacerdotes, y en el templo, y conforme a la ley. Y por tanto, no por favor, sino de modo legal, quedan absueltos de las acusaciones. Pues de ninguna manera hablé así por censurarlos, dice, ni tampoco por librarlos de culpa a modo de indulgencia, sino según el principio de justicia.
Y parece, en verdad, defender a aquellos; mas es a sus discípulos a quienes limpia de las faltas alegadas. Pues cuando dice, «aquellos quedan sin culpa,» quiere decir, «mucho más estos.»
«Pero no son sacerdotes.» Antes bien, son mayores que los sacerdotes. Pues el Señor mismo del templo está aquí: la verdad, no el tipo. Por lo cual dijo también:
«Mas yo os digo que en este lugar hay uno mayor que el templo.»
Con todo, por grandes que fueran las palabras que oyeron, no respondieron; porque la salvación de los hombres no era su objeto.
Entonces, porque a los oyentes les parecería duro, rápidamente echa un velo sobre ello, dando a su discurso, como antes, un giro suave, mas aun así expresándose con reprensión. «Mas si supieseis qué significa esto: Misericordia quiero y no sacrificio, no habríais condenado a los inocentes.» []
¿Ves cómo de nuevo inclina su discurso a la suavidad, mas de nuevo muestra que ellos están fuera del alcance de la suavidad? «Pues no habríais condenado,» dice, «a los inocentes.» Antes, en verdad, infirió lo mismo de lo que se dice de los sacerdotes, con las palabras, «quedan sin culpa;» mas aquí lo afirma por su propia autoridad; o más bien, también esto es de la ley, pues citaba un dicho profético. []
Homilía 39, § 3
3. Después de esto menciona asimismo otra razón; «Porque el Hijo del Hombre,» dice, «es Señor del sábado;» [] diciéndolo de sí mismo. Mas Marcos refiere que también dijo esto de nuestra común naturaleza; pues dijo, «El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado.» []
¿Por qué, pues, fue castigado el que recogía leña? [] Porque si las leyes hubieran de ser despreciadas aun al principio, por cierto apenas serían observadas después.
Pues en verdad el sábado confirió al principio muchos y grandes beneficios; por ejemplo, los hizo mansos para con los de su casa, y humanos; les enseñó la providencia de Dios y la creación, como dice Ezequiel; [] los fue adiestrando por grados a abstenerse de la maldad, y los dispuso a estimar las cosas del Espíritu.
Porque como no habrían podido soportarlo, si al dar la ley del sábado hubiera dicho, «Haced vuestras buenas obras en el sábado, mas no hagáis las obras que son malas,» por eso los refrenó de todas por igual, pues, «Nada en absoluto debéis hacer,» dice: y ni aun así fueron mantenidos en orden. Pero Él mismo, en el acto mismo de dar la ley del sábado, aun allí significó oscuramente que quiere que se abstengan solo de las obras malas, con el dicho, «No haréis obra alguna, excepto lo que se haga para vuestra vida.» Y también en el templo todo proseguía, y con mayor diligencia y doble trabajo. [] Así, aun por la misma sombra, les estaba abriendo secretamente la verdad.
¿Derogó, pues, Cristo, se dirá, una cosa tan altamente provechosa? Lejos de eso; antes bien, la realzó grandemente. Porque ya era tiempo de que fueran adiestrados en todas las cosas por las reglas superiores, y era innecesario que tuviera atadas las manos quien estaba libre de la maldad, alado para toda buena obra; o que por aquí aprendieran los hombres que Dios hizo todas las cosas; o que así se hicieran mansos quienes son llamados a imitar el propio amor de Dios al hombre (pues dice, «Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial» ); [] o que hicieran de un día una fiesta, quienes tienen mandato de guardar fiesta toda su vida; ( «Porque celebremos la fiesta,» se dice, «no con levadura vieja, ni con levadura de malicia y maldad, sino con panes ázimos de sinceridad y verdad» ); [] así como tampoco necesitan estar junto a un arca y un altar de oro, quienes tienen al mismo Señor de todo por morador, y en todas las cosas mantienen comunión con Él; por la oración, y por la oblación, y por las Escrituras, y por la limosna, y por tenerlo dentro de sí. He aquí, pues, por qué no se requiere sábado alguno para aquel que está siempre guardando la fiesta, cuya conversación está en el Cielo.
Homilía 39, § 4
4. Guardemos, pues, la fiesta continuamente, y no hagamos cosa mala; porque esto es una fiesta: y hágase intenso lo espiritual nuestro, mientras cede lo terreno: y reposemos un reposo espiritual, refrenando nuestras manos de la avaricia; retirando nuestro cuerpo de nuestros trabajos superfluos e inútiles, de aquellos que el pueblo de los hebreos soportaba antiguamente en Egipto. Pues no hay diferencia entre nosotros, que amontonamos oro, y aquellos que estaban atados en el barro, trabajando en aquellos ladrillos, y recogiendo rastrojo, y siendo azotados. Sí, porque también ahora el diablo nos manda hacer ladrillos, como Faraón entonces. Porque ¿qué otra cosa es el oro sino barro? ¿Y qué otra cosa es la plata sino rastrojo? Como rastrojo, al menos, enciende la llama del deseo; como barro, así el oro mancha al que lo posee.
Por lo cual nos envió, no a Moisés desde el desierto, sino a su Hijo desde el Cielo. Si, pues, después que Él ha venido, permaneces en Egipto, sufrirás con los egipcios; mas si, dejando aquella tierra, subes con el Israel espiritual, verás todos los milagros.
Mas ni aun esto basta para la salvación. Pues no solo hemos de ser librados de Egipto, sino que también hemos de entrar en la promesa. Puesto que también los judíos, como dice Pablo, pasaron por el Mar Rojo, y comieron maná, y bebieron bebida espiritual, mas sin embargo todos perecieron.
Para que, pues, no nos suceda también a nosotros lo mismo, no seamos perezosos, ni retrocedamos; sino que, cuando oigas a espías malvados, aun ahora, levantando mal informe contra el camino estrecho y angosto, y profiriendo la misma clase de habladurías que aquellos espías de antaño, no sea la multitud, sino Josué, nuestro modelo, y Caleb hijo de Jefone; y no desistas, hasta que hayas alcanzado la promesa y entrado en los Cielos.
Ni tengas por difícil el camino. «Porque si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos.» [] «Pero este camino,» se dirá, «es estrecho y angosto.» Bien, pero el anterior, por el cual has venido, no solo es estrecho y angosto, sino aun intransitable, y lleno de bestias salvajes y feroces. Y así como no había paso a través del Mar Rojo, a menos que se obrara aquel milagro, así tampoco podríamos nosotros, permaneciendo en nuestra vida anterior, subir al Cielo, sino solo interviniendo el bautismo. Ahora bien, si lo imposible se ha hecho posible, mucho más lo difícil será fácil.
«Pero aquello,» se dirá, «fue solo de gracia.» Pues por esta razón especialmente tienes justo motivo para cobrar ánimo. Porque si, donde era solo gracia, Él obró contigo, ¿no será mucho más tu ayuda, donde tú también muestras obras laboriosas? Si te salvó sin hacer tú nada, ¿no te ayudará mucho más, trabajando?
Antes, en verdad, decía que de las imposibilidades debías cobrar ánimo también acerca de las dificultades; mas ahora añado esto: que si somos vigilantes, estas no serán siquiera difíciles. Pues fíjate: la muerte está hollada, el diablo ha caído, la ley del pecado está extinguida, la gracia del Espíritu es dada, la vida se contrae a un espacio pequeño, las cargas pesadas se abrevian.
Y para convencerte de esto por los resultados mismos, mira cuántos han sobrepasado los mandatos de Cristo; ¿y tú temes aquello que es precisamente su medida? ¿Qué excusa tendrás, pues, cuando otros saltan más allá de los límites, y tú mismo eres demasiado perezoso para lo que está prescrito?
Así, a ti te amonestamos a dar limosna de lo que tienes, mas otro se ha despojado aun de todas sus posesiones: a ti te pedimos vivir castamente con tu esposa, mas otro ni siquiera ha entrado en matrimonio: y a ti te rogamos no ser envidioso, mas a otro lo hallamos entregando aun su propia vida por la caridad: a ti, además, te rogamos ser indulgente en los juicios, y no severo con los que pecan, mas otro, aun golpeado, ha vuelto también la otra mejilla.
¿Qué diremos, pues, os ruego? ¿Qué excusa daremos, no haciendo siquiera estas cosas, cuando otros van tan más allá de nosotros? Y no habrían ido más allá de nosotros, si la cosa no hubiera sido muy fácil. Pues ¿quién se consume, el que envidia los bienes ajenos, o el que se goza con ellos y se alegra? ¿Quién mira todo con sospecha y temblor continuo: el hombre casto, o el adúltero? ¿Quién es alentado por buenas esperanzas: el que despoja con violencia, o el que muestra misericordia, y de lo suyo reparte a los necesitados?
Tengamos, pues, presentes estas cosas, y no estemos aletargados en nuestra carrera por la virtud; sino que, habiéndonos despojado con toda prontitud para estas gloriosas luchas, trabajemos un poco de tiempo, para ganar las coronas perpetuas e imperecederas; a las cuales ojalá todos alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 40, § 1
Mateo 12:9-10.
«Y cuando se fue de allí, entró en la sinagoga de ellos; y he aquí un hombre que tenía la mano seca.»
De nuevo sana en día de sábado, vindicando lo que habían hecho sus discípulos. Y los otros evangelistas dicen, en efecto, que Él «puso» al hombre «en medio,» y les preguntó, «si era lícito hacer bien en los días de sábado.»
Mira las entrañas tiernas del Señor. «Lo puso en medio,» para que con la vista los sometiera; para que, vencidos por el espectáculo, arrojaran de sí su maldad, y por una especie de vergüenza ante el hombre, cesaran en sus modos salvajes. Pero ellos, crueles e inhumanos, prefieren dañar la fama de Cristo antes que ver a esta persona sanada: traicionando de ambas maneras su maldad; por su guerra contra Cristo, y por hacerlo con tal contienda, que hasta tratan con desprecio sus misericordias para con los demás hombres.
Y mientras los otros evangelistas dicen que Él hizo la pregunta, este dice que le fue preguntada a Él. «Y le preguntaron,» así está, «diciendo: ¿Es lícito sanar en los días de sábado? Para acusarlo.» [] Y es probable que ambas cosas ocurrieran. Porque siendo miserables impíos, y bien seguros de que Él sin duda procedería a la curación, se apresuraron a tomarle la delantera con su pregunta, pensando de este modo impedírselo. Y por eso preguntaron: «¿Es lícito sanar en los días de sábado?» no para informarse, sino para «acusarlo.» Aunque ciertamente la obra bastaba, si de veras deseaban acusarlo; pero querían hallar también un asidero en sus palabras, preparándose de antemano abundancia de argumentos.
Pero Él, en su amor al hombre, hace también esto: les responde, enseñando su propia mansedumbre y devolviéndoles todo girado contra ellos; y pone al descubierto su inhumanidad. Y «pone» al hombre «en medio;» no por temor a ellos, sino procurando aprovecharlos y moverlos a compasión.
Pero cuando ni siquiera así prevaleció sobre ellos, entonces se entristeció, dice, y se airó contra ellos por la dureza de su corazón, y dice:
«¿Qué hombre hay entre vosotros que teniendo una oveja, si esta cae en un hoyo en día de sábado, no le echa mano y la saca? Pues, ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por tanto, es lícito hacer bien en los días de sábado.» []
Así, para que no tengan motivo de obstinación, ni de acusarlo de nuevo de transgresión, los convence con este ejemplo. Y advierte tú, te ruego, cuán variada y adecuadamente, en cada caso, introduce sus defensas por el quebrantamiento del sábado. Así, primero, en el caso del ciego, [] ni siquiera se defiende ante ellos, cuando hizo el lodo: y aun entonces también lo culpaban; pero el modo de la creación bastaba para señalar al Señor y Dueño de la ley. Luego, en el caso del paralítico, cuando cargó su lecho, y ellos le reprochaban, [] se defiende, ya como Dios, ya como hombre; como hombre, cuando dice: «Si un hombre en día de sábado recibe la circuncisión, para que la ley no sea quebrantada;» (y no dijo «para que un hombre sea aprovechado» ); «¿os airáis contra mí, porque en día de sábado he sanado por completo a un hombre?» [] Como Dios de nuevo, cuando dice: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.» []
Pero cuando fue culpado por sus discípulos, dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando tuvo hambre, él y los que con él estaban, cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la proposición?» [] Trae también a colación a los sacerdotes.
Y aquí de nuevo: «¿Es lícito hacer bien en los días de sábado, o hacer mal? ¿Quién de vosotros tendrá una oveja?» Porque conocía su amor a las riquezas, que todos estaban entregados a él, más que al amor a la humanidad. Y en efecto, el otro evangelista dice que también miró en derredor sobre ellos al hacer estas preguntas, para ganarlos con su misma mirada; pero ni aun así se hicieron mejores.
Y sin embargo, aquí solo habla; mientras que en otras partes, en muchos casos, sana también con la imposición de las manos. Pero ninguna de estas cosas los hizo mansos; más bien, mientras el hombre era sanado, ellos por su salud se volvían peores.
Porque su deseo, ciertamente, era curarlos a ellos antes que a él, e intentó innumerables modos de curación, tanto con lo que hacía en su presencia como con lo que decía: pero como su mal, después de todo, era incurable, procedió a la obra. «Entonces dice al hombre: Extiende tu mano. Y la extendió, y fue restaurada sana, como la otra.» []
Homilía 40, § 2
2. ¿Qué hicieron entonces? Salieron, dice, y tomaron consejo juntos para matarlo. Porque «los fariseos,» dice la Escritura, «salieron y celebraron consejo contra Él, de cómo lo destruirían.» No habían recibido injuria alguna, y sin embargo se disponían a matarlo. Tan grande mal es la envidia. Porque no solo contra los extraños, sino aun contra los nuestros, siempre está guerreando. Y Marcos dice que tomaron este consejo con los herodianos. []
¿Qué hace, pues, el manso y apacible? Se retiró, al darse cuenta de ello. «Mas cuando Jesús conoció sus designios, se retiró,» dice, «de ellos.» [] ¿Dónde están ahora los que dicen que los milagros debían hacerse? No, con estas cosas Él daba a entender que el alma no cándida ni aun así se persuade; y dejó en claro que sus discípulos también eran culpados por ellos sin causa. Esto, sin embargo, debemos observar: que se enfurecen especialmente por los beneficios hechos a sus prójimos; y cuando ven a alguien librado, ya de enfermedad, ya de maldad, entonces es el momento de hallar faltas y volverse fieras. Así lo calumniaron, tanto cuando estaba por salvar a la ramera, como cuando comía con publicanos, y ahora de nuevo, cuando vieron la mano restaurada.
Pero observa tú, te ruego, cómo ni desiste de su tierno cuidado sobre los enfermos, y sin embargo apacigua su envidia. «Y grandes multitudes le seguían, y los sanaba a todos; y les encargó a los sanados que no lo dieran a conocer a nadie.» Porque, mientras las multitudes en todas partes lo admiran y lo siguen, ellos no desisten de su maldad.
Luego, para que no te confundas por lo que está sucediendo, y por su extraño frenesí, introduce también al profeta, que predijo todo esto. Porque tan grande era la exactitud de los profetas, que no omiten ni aun estas cosas, sino que predicen sus mismas jornadas, y cambios de lugar, y la intención con que obraba en ello; para que aprendas cómo hablaban todos por el Espíritu. Pues si los secretos de los hombres no pueden conocerse por arte alguno, mucho más imposible era aprender el propósito de Cristo, a menos que el Espíritu lo revelara. []
¿Qué dice, pues, el profeta? No, está añadido: «Para que se cumpliera lo dicho por el profeta Isaías, que dice: He aquí mi siervo, a quien he escogido; mi amado, en quien se complace mi alma. Pondré mi Espíritu sobre Él, y anunciará juicio a las gentes. No contenderá ni clamará, ni nadie oirá su voz en las calles. La caña cascada no quebrará, y la mecha que humea no apagará, hasta que haga triunfar el juicio. Y en su nombre esperarán las gentes.»
El profeta celebra su mansedumbre, y su indecible poder, y abre a las gentes «una puerta grande y eficaz;» predice también los males que han de sobrevenir a los judíos, y significa su unanimidad con el Padre. Porque «he aquí,» dice, «mi siervo, a quien he escogido, mi amado, en quien se complace mi alma.» Ahora bien, si lo escogió, no es como adversario como Cristo abroga la ley, ni como enemigo del legislador, sino como teniendo la misma mente que Él, y los mismos objetos.
Luego, proclamando su mansedumbre, dice: «No contenderá ni clamará.» Porque su deseo, ciertamente, era sanar en presencia de ellos; pero como lo rechazaban, ni siquiera contra esto contendió.
E intimando tanto su poder como la debilidad de ellos, dice: «La caña cascada no quebrará.» Porque en verdad era fácil quebrarlos a todos como una caña, y no una caña simplemente, sino una ya cascada.
«Y la mecha que humea no apagará.» Aquí expone tanto la ira de ellos que está encendida, como su poder, que es capaz de sofocar su ira, y de apagarla con toda facilidad; con lo cual se significa su gran mansedumbre.
¿Qué, pues? ¿Serán siempre estas cosas? ¿Y los soportará perpetuamente, tramando ellos tales complots frenéticos contra Él? ¡Lejos de ello! Sino que, cuando haya cumplido su parte, entonces ejecutará también los otros propósitos. Porque esto declaró diciendo: «Hasta que haga triunfar el juicio: y en su nombre esperarán las gentes.» Como también dice Pablo: «Teniendo pronto para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea cumplida.»
¿Pero qué es: «cuando haga triunfar el juicio?» Cuando haya cumplido todo lo que le corresponde, entonces, se nos dice, descargará también sobre ellos su venganza, y una venganza perfecta. Entonces sufrirán sus terrores, cuando su trofeo sea gloriosamente levantado, y las ordenanzas que de Él proceden hayan prevalecido, y no les haya dejado pretexto alguno de contradicción, por desvergonzados que sean. Porque suele llamar justicia, «juicio.»
Pero no a esto se limitará su dispensación, al castigo de los incrédulos solamente, sino que ganará también para sí al mundo entero. Por lo cual añadió: «Y en su nombre esperarán las gentes.»
Luego, para informarte de que esto también es conforme al propósito del Padre, desde el principio el profeta nos había asegurado de esto igualmente, junto con lo que había precedido; diciendo: «Mi amado, en quien se complace mi alma.» Porque del amado es del todo evidente que hizo estas cosas también conforme a la mente del amado.
Homilía 40, § 3
3. «Entonces le trajeron a uno endemoniado, ciego y mudo, y lo sanó, de modo que el ciego y mudo hablaba y veía.»
¡Oh maldad del espíritu maligno! Había cerrado ambas entradas por las que aquella persona habría creído, tanto la vista como el oído; sin embargo, ambas las abrió Cristo.
«Y todo el pueblo estaba asombrado, diciendo: ¿No es este el Hijo de David? Mas los fariseos decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebub, príncipe de los demonios.»
¿Y sin embargo, qué gran cosa se había dicho? No obstante, ni siquiera esto soportaron: hasta tal punto, como ya he señalado, les pican siempre las buenas obras hechas a sus prójimos, y nada les aflige tanto como la salvación de los hombres. Y sin embargo Él realmente se había retirado, y había dado lugar a que su pasión se apaciguara; pero el mal se reavivó de nuevo, porque de nuevo se confirió un beneficio; y el espíritu maligno no estaba tan indignado como ellos. Porque él, ciertamente, salió del cuerpo, y cedió el lugar y huyó, sin emitir sonido alguno; pero estos se esforzaban ahora por matarlo, ahora por difamarlo. Es decir, no logrando su primer intento, querían dañar su buen nombre.
Tal cosa es la envidia, que no puede existir mal peor. Porque el adúltero ciertamente goza de algún placer, tal como es, y en breve tiempo consuma su propio pecado; pero el envidioso se castiga a sí mismo, y se venga de sí mismo más que de la persona a quien envidia, y nunca cesa de su pecado, sino que está continuamente ocupado en cometerlo. Pues como la cerda en el cieno, y los espíritus malignos en nuestro daño, así también él se deleita en los males de su prójimo; y si algo doloroso ocurre, entonces se refresca, y toma aliento; teniendo las calamidades de los demás por sus propios gozos, y las bendiciones de los demás por sus propios males; y no considera qué placer pueda resultarle a él, sino qué dolor a su prójimo. A estos hombres, pues, ¿no sería justo apedrearlos y matarlos a golpes, como a perros rabiosos, como a demonios destructores, como a las mismas furias?
Porque como los escarabajos se alimentan de estiércol, así estos hombres se alimentan de las calamidades ajenas, siendo una especie de enemigos comunes de nuestra naturaleza. Y mientras el resto de la humanidad se compadece aun de una bestia cuando es muerta, ¿tú, al ver a un hombre recibir beneficios, te vuelves como una fiera, tiemblas y palideces? ¿Pues, qué puede haber peor que esta locura? Por eso, ya ves, los fornicarios y publicanos pudieron entrar en el reino, pero los envidiosos, estando dentro, salieron: Porque «los hijos del reino,» dice, «serán echados fuera.» Y los primeros, una vez libres de su maldad presente, alcanzaron cosas que jamás esperaron, mientras que estos últimos perdieron aun las cosas buenas que tenían; y con mucha razón. Porque esto convierte al hombre en un demonio, esto lo vuelve un demonio salvaje. Así surgió el primer homicidio; así fue olvidada la naturaleza; así fue manchada la tierra; así después abrió su boca, para recibir aun vivos, y destruir por completo, a Datán, y a Coré, y a Abiram, y a toda aquella multitud.
Homilía 40, § 4
4. Pero declamar contra la envidia, se dirá, es fácil; pero debemos considerar también cómo han de ser librados los hombres de la enfermedad. ¿Cómo, pues, nos libraremos de esta maldad? Si tenemos presente que, así como el que ha cometido fornicación no puede entrar lícitamente en la iglesia, tampoco el que envidia; no, y mucho menos este último que el primero. Porque tal como están las cosas, se la tiene por cosa indiferente; por lo cual también se la estima poco; pero si su real maldad se hace evidente, fácilmente nos abstendríamos de ella.
Llora, pues, y gime; lamenta, y ruega a Dios. Aprende a sentirlo y a arrepentirte de ello, como de un pecado grave. Y si eres de este ánimo, pronto te librarás de la enfermedad.
¿Y quién no sabe, se dirá, que la envidia es cosa mala? Nadie, ciertamente, lo ignora: pero no tienen la misma estimación de esta pasión que del adulterio y la fornicación. ¿Cuándo, al menos, se condenó alguien amargamente a sí mismo por haber envidiado? ¿Cuándo rogó a Dios acerca de esta peste, que tuviera misericordia de él? Ningún hombre jamás: aunque ayune y dé un poco de dinero a un pobre, aunque sea envidioso hasta el grado milésimo, se cuenta a sí mismo por no haber hecho nada horrendo, sujeto como está por la más maldita pasión de todas. ¿De dónde, por ejemplo, se volvió Caín tal como fue? ¿De dónde Esaú? ¿De dónde los hijos de Labán? ¿De dónde los hijos de Jacob? ¿De dónde Coré, Datán y Abiram, con su compañía? ¿De dónde Miriam? ¿De dónde Aarón? ¿De dónde el mismo diablo?
Considera junto con esto también lo siguiente: que no dañas a aquel a quien envidias, sino que en ti mismo estás hundiendo la espada. Porque ¿en qué dañó Caín a Abel? ¿No lo envió, aun contra su voluntad, más pronto al reino? Pero a sí mismo se traspasó con innumerables males. ¿En qué dañó Esaú a Jacob? ¿No creció Jacob en riqueza, y gozó de innumerables bendiciones; mientras que él mismo se volvió un desterrado de la casa de su padre, y anduvo errante en tierra extraña, después de aquella trama suya? ¿Y en qué hicieron los hijos de Jacob, a su vez, peor a José, y esto aunque llegaron hasta la sangre? ¿No tuvieron ellos que soportar hambre, y afrontar peligro hasta lo sumo, mientras que él se volvió rey de todo Egipto? Porque cuanto más envidias, tanto más te conviertes en procurador de mayor bendición para el objeto de tu envidia. Porque hay un Dios que ve estas cosas; y cuando ve al injuriado, que no injuria, a este lo exalta más, y lo hace glorioso, pero a ti te castiga.
Porque si a los que se regocijan sobre sus enemigos no los deja sin castigo («No te alegres», dice, «cuando caiga tu enemigo, no sea que el Señor lo vea y le desagrade»); mucho más a los que envidian a quienes ningún mal han hecho.
Extirpemos, pues, a esta fiera de muchas cabezas. Porque en verdad muchas son las especies de la envidia. Así, si el que ama a quien es su amigo no tiene más que el publicano, ¿dónde se pondrá el que odia a quien ningún mal le hace? ¿Y cómo escapará del infierno, haciéndose peor que los paganos? Por lo cual también yo me aflijo en gran manera, porque nosotros, a quienes se manda imitar a los ángeles, o más bien al Señor de los ángeles, emulamos al diablo. Porque en verdad hay mucha envidia, aun en la iglesia; y más entre nosotros que entre los que están sujetos a autoridad. Por lo cual debemos aun hablar con nosotros mismos.
Homilía 40, § 5
5. Dime, pues, ¿por qué envidias a tu prójimo? ¿Porque le ves cosechar honra y palabras de buena fama? ¿Pues no tienes presente cuántos males acarrean las honras a los que no se guardan? Los levantan a la soberbia, a la vanagloria, a la arrogancia, al menosprecio; los hacen más negligentes. Y además de estos males, también se marchitan presto. Porque lo más grave es esto: que los males que de ellas provienen permanecen inmortales, pero el placer, en el momento en que aparece, ha volado ya. ¿Pues por estas cosas envidias? Dime.
«Pero tiene gran influencia con el gobernante, y conduce y arrastra todas las cosas adonde quiere, e infiere dolor a los que le ofenden, y beneficia a sus aduladores, y tiene mucho poder.» Éstas son palabras de hombres mundanos, y de hombres clavados a la tierra. Porque al hombre espiritual nada podrá dañarle.
Porque ¿qué daño grave le hará? ¿Lo echará de su cargo? ¿Y qué importa eso? Porque si se hace con justicia, aun sale ganando; pues nada provoca tanto a Dios como el tener uno indignamente el oficio de sacerdote. Pero si injustamente, la culpa recae sobre el otro, no sobre él; porque el que sufre algo injustamente, y lo soporta con nobleza, con esto alcanza mayor confianza ante Dios.
No busquemos, pues, esto: cómo estar en puestos de poder, de honra y de autoridad, sino cómo vivir en virtud y en dominio de sí. Porque en verdad los puestos de autoridad persuaden a los hombres a hacer muchas cosas que no son aprobadas por Dios; y se necesita gran vigor de alma para usar rectamente la autoridad. Porque así como el que está privado de ella practica el dominio de sí, sea de grado o contra su voluntad, así el que la goza está en condición semejante a la de aquel que, viviendo con una doncella graciosa y hermosa, recibiera reglas de no mirarla jamás deshonestamente. Pues la autoridad es cosa de este género. Por lo cual a muchos, aun contra su voluntad, los ha inducido a mostrar insolencia; despierta la ira, quita el freno de la lengua, y arranca la puerta de los labios; avivando el alma como con un viento, y hundiendo la barca en lo más profundo de los males. ¿Pues al que está en tan gran peligro le admiras, y dices que ha de ser envidiado? No, ¿qué gran locura es ésta? Considera, al menos (además de lo que hemos dicho), cuántos enemigos y acusadores, y cuántos aduladores le asedian. ¿Son éstas, te ruego, razones para llamar dichoso a un hombre? No, ¿quién puede decirlo?
«Pero el pueblo», dices, «le tiene en gran estima.» ¿Y qué es esto? Pues el pueblo ciertamente no es Dios, ante quien ha de rendir cuentas: de modo que al nombrar al pueblo, no hablas de otra cosa sino de otras rompientes, y escollos, y bajíos, y arrecifes sumergidos. Porque estar en gracia con el pueblo, cuanto más hace ilustre a un hombre, tantos mayores peligros, cuidados y desalientos le acarrea. Porque tal hombre no tiene poder alguno para respirar ni detenerse, teniendo un amo tan severo. ¿Y por qué digo «detenerse y respirar»? Aunque tal hombre tenga nunca tantas buenas obras, apenas entra en el reino. Pues nada suele derribar tanto a los hombres como la honra que viene de la multitud, haciéndolos cobardes, viles, aduladores, hipócritas.
¿Por qué, por ejemplo, dijeron los fariseos que Cristo estaba poseído? ¿No fue porque estaban ávidos de la honra de la multitud?
¿Y de dónde la multitud juzgó rectamente de Él? ¿No fue porque esta enfermedad no tenía presa en ellos? Porque nada, nada hay que tanto haga a los hombres sin ley y necios como el andar tras la honra de la multitud. Nada los hace tan gloriosos e inconmovibles como el despreciarla.
Por lo cual también se necesita gran vigor de alma para el que ha de resistir contra tal impulso, y tan violenta ráfaga. Porque así como cuando le van bien las cosas, se prefiere a sí mismo a todos, así cuando le sucede lo contrario, quisiera sepultarse vivo: y esto es para él a la vez infierno y reino, cuando ha llegado a ser dominado por esta pasión.
¿Pues es todo esto, te ruego, materia de envidia, y no más bien de lamentos y lágrimas? Cualquiera ciertamente lo puede ver. Pero tú haces lo mismo, envidiando a uno en tal crédito, como si una persona, viendo a otro atado y azotado y desgarrado por innumerables fieras, le envidiara sus heridas y azotes. Pues en verdad, cuantos hombres comprende la multitud, tantas ataduras también, tantos tiranos tiene: y, lo que es aún más grave, cada uno de éstos tiene una mente diferente: y todos juzgan lo que les viene a la cabeza acerca del que es esclavo suyo, sin examinar nada; sino que lo que decide éste o aquél, esto también confirman.
¿Qué manera de olas, pues, qué tempestad tan grave como ésta? Sí, tal hombre a la vez se hincha en un momento con el placer, y de nuevo queda bajo el agua fácilmente, estando siempre en fluctuación, jamás en tranquilidad. Así, antes del tiempo de la asamblea y de los certámenes de oratoria, está poseído de ansiedad y temor; pero después de la asamblea, o está muerto de desaliento, o se regocija por el contrario sin medida; cosa peor que el dolor. Pues que aquel placer no es un mal menor que el dolor, es claro por el efecto que produce en el alma; cuán liviana la deja, e inconstante, y aleteante.
Y esto puede verse aun en los de los tiempos antiguos. ¿Cuándo, por ejemplo, era David digno de admiración; cuando se regocijaba, o cuando estaba en angustia? ¿Cuándo, el pueblo de los judíos? ¿Gimiendo e invocando a Dios, o saltando de gozo en el desierto, y adorando al becerro? Por lo cual también Salomón, que mejor que todos los hombres conoció lo que es el placer, dice, «Mejor es ir a la casa del luto, que a la casa del banquete.» [] Por lo cual también Cristo bendice a los unos, diciendo, «Bienaventurados los que lloran,» [] pero a los otros los lamenta, diciendo, «¡Ay de vosotros los que reís, porque lloraréis!» [] Y con mucha razón. Porque en el deleite el alma está más relajada y afeminada, pero en el llanto se aprieta, y se hace sobria, y queda librada de todo el enjambre de las pasiones, y se vuelve más alta y más fuerte.
Sabiendo, pues, todas estas cosas, evitemos la gloria que viene de la multitud, y el placer que de ella brota, para que ganemos la gloria verdadera y eterna; a la cual podamos todos llegar, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 41, § 1
Mateo 12:25-26.
«Y Jesús, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo será asolado; y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no permanecerá: y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?»
Aun antes de esto le habían acusado de esto, de que «por Belcebú echaba fuera los demonios.» Pero entonces no les reprendió, permitiéndoles conocer su poder por sus más numerosos milagros, y aprender su majestad por su enseñanza: ahora, puesto que seguían diciendo lo mismo, procede también a reprenderles, mostrando su deidad primero con esto, en que hizo públicos sus secretos; y segundo, con el hecho mismo de echar fuera los demonios con facilidad.
Y en verdad la acusación era también muy desvergonzada. Porque, como he dicho, la envidia no busca qué decir, sino sólo decir algo. Mas con todo eso, ni aun así los despreció Cristo, sino que se defiende con la longanimidad que le es propia, enseñándonos a ser mansos con nuestros enemigos; y aunque digan tales cosas, de las cuales ni tenemos conciencia, ni tienen la menor probabilidad, a no turbarse, ni perturbarse, sino a darles cuenta con toda paciencia. Esto, pues, hizo muy especialmente en aquella ocasión, ofreciendo la prueba más fuerte de que eran falsas las cosas dichas por ellos. Porque no era propio de un endemoniado mostrar tanta mansedumbre; no era propio de un endemoniado conocer los secretos de los hombres.
Porque, en verdad, tanto por la excesiva desvergüenza de tal sospecha, como por el temor de la multitud, no se atrevían a hacer estas acusaciones en público, sino que las revolvían en su mente. Pero Él, para mostrarles que conocía también todo aquello, no expone la acusación, ni saca a luz su maldad; sino que añade la refutación, dejando a la conciencia de los que lo habían dicho el condenarlos. Porque a una sola cosa se inclinaba: a hacer bien a los que pecaban, no a exponerlos.
Y ciertamente, si hubiera querido extender su discurso, y hacerles ridículos, y además exigir de ellos el castigo más extremo, nada se lo impedía. Mas puso aparte todas estas cosas, y miró a un solo objeto: no a hacerlos más contenciosos, sino más cándidos, y así disponerlos mejor a la enmienda.
¿Cómo, pues, pleitea con ellos? No por alegación de las Escrituras (porque ni siquiera habrían de atender, sino que con certeza habrían de torcer su sentido), sino por los sucesos de la vida ordinaria. Porque «todo reino», dice, «dividido contra sí mismo no permanecerá; y una ciudad y una casa, si está dividida, pronto se disuelve.»
Porque las guerras de fuera no son tan ruinosas como las civiles. Sí, y esto se cumple también en los cuerpos; se cumple aun en todas las cosas; pero por esta vez toma su ilustración de las que son más conocidas de todos.
¿Y qué hay en la tierra más poderoso que un reino? Nada, pero sin embargo perece si está en disensión. Y si en tal caso uno echa la culpa a la gran carga de los negocios, como derrumbándose por su propio peso; ¿qué dirías de una ciudad? ¿Y qué de una casa? Así, sea cosa pequeña, sea grande, si está en disensión consigo misma, perece. Si yo, pues, teniendo un demonio, echo por él fuera los demonios, hay disensión y lucha entre los demonios, y se ponen en pie uno contra otro. Pero si se ponen uno contra otro, su fuerza se gasta y se destruye. «Porque si Satanás echa fuera a Satanás» (y no dijo «los demonios», dando a entender su gran unanimidad entre sí), «entonces está dividido contra sí mismo;» así habla. Pero si está dividido, se ha hecho más débil, y está arruinado; y si está arruinado, ¿cómo puede echar fuera a otro?
¿Ves cuán grande es el absurdo de la acusación, cuán grande la necedad, la inconsistencia? Pues no es propio de las mismas personas decir primero que Él está en pie, y echa fuera demonios, y luego decir que está en pie por aquello mismo que verosímilmente habría de ser la causa de su ruina.
Homilía 41, § 2
2. Siendo, pues, ésta la primera refutación, la siguiente después de ella es la que atañe a los discípulos. Porque no siempre de un solo modo, sino también de un segundo y un tercero, resuelve sus objeciones, estando empeñado en tapar abundantemente la boca a su desvergüenza. Lo cual hizo también respecto del sábado, trayendo a colación a David, a los sacerdotes, el testimonio que dice «Misericordia quiero, y no sacrificio», la causa del sábado, por la cual fue ordenado; «porque el sábado», dice, «fue hecho para el hombre.» Esto, pues, hace también en el caso presente: donde después de la primera pasa a una segunda refutación, más clara que la anterior.
«Porque si yo,» dice, «por Belcebú echo fuera los demonios, ¿por quién los echan fuera vuestros hijos?» []
Mira aquí también su mansedumbre. Porque no dijo «mis discípulos», ni «los apóstoles», sino «vuestros hijos»; a fin de que si en verdad estaban dispuestos a volver a la misma nobleza que ellos, pudieran sacar de aquí un poderoso manantial para ello; pero si no eran cándidos, y seguían en el mismo camino, no pudieran desde entonces alegar excusa alguna, por muy desvergonzados que fuesen.
Mas lo que dice es como esto: «¿Por quién echan fuera los demonios los apóstoles?» Porque de hecho ya lo estaban haciendo, pues habían recibido autoridad de Él, y éstos no presentaban acusación contra ellos; su querella no era con los hechos, sino sólo con la persona. Como, pues, era su voluntad mostrar que sus dichos nacían sólo de su envidia contra Él, trae a colación a los apóstoles; así: Si yo los echo fuera de tal modo, mucho más aquéllos, que recibieron de mí su autoridad. Sin embargo, nada semejante les habéis dicho a ellos. ¿Cómo, pues, presentáis estas acusaciones contra mí, el autor de sus hechos, mientras absolvéis a aquéllos de las acusaciones? Esto, sin embargo, no os librará de vuestro castigo; antes os condenará más. Por lo cual también añadió: «Ellos serán vuestros jueces.» Porque cuando personas de entre vosotros, y ejercitadas en estas cosas, me creen y me obedecen, es clarísimo que también condenarán a los que están contra mí, de obra y de palabra.
«Pero si yo echo fuera los demonios por el Espíritu de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado a vosotros.»
¿Qué significa «el Reino»? «Mi venida.» Mira cómo de nuevo los concilia y los calma, y los atrae al conocimiento de Sí mismo, y significa que están guerreando contra su propio bien, y contendiendo contra su propia salvación. «Porque debiendo regocijaros», dice, «y saltar de gozo, porque ha venido Uno que otorga aquellos grandes e inefables bienes, himnados de antiguo por los profetas, y porque el tiempo de vuestra prosperidad está cerca; hacéis lo contrario; tan lejos de recibir los bienes, que aun habláis mal de ellos, y forjáis acusaciones que no tienen ser real.»
Ahora bien, Mateo dice «Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera»; pero Lucas, «Si yo por el dedo de Dios echo fuera los demonios» []: dando a entender que echar fuera demonios es obra del mayor poder, y no de una gracia ordinaria. Y quiere decir que de estas cosas debían inferir y decir: Si esto es así, entonces el Hijo de Dios ha venido. Esto, sin embargo, no lo dice, sino de manera reservada, y para no serles molesto, lo da a entender oscuramente diciendo: «Entonces el reino de Dios ha llegado a vosotros.»
¿Ves la sabiduría sobreabundante? Por las cosas mismas que censuraban, Él mostraba su presencia resplandeciendo.
Luego, para conciliarlos, no dijo simplemente «El Reino ha llegado», sino «a vosotros», como si hubiera dicho: A vosotros han llegado los bienes; ¿por qué, pues, os disgustáis con vuestras propias bendiciones? ¿Por qué guerreáis contra vuestra propia salvación? Éste es aquel tiempo que los profetas predijeron de antiguo: ésta, la señal de aquella venida que fue celebrada por ellos, a saber, estas cosas obradas por poder divino. Pues el hecho, en verdad, de que se obran, vosotros lo sabéis; pero que se obran por poder divino, los mismos hechos lo claman. Sí, y es imposible que Satanás sea ahora más fuerte; antes bien, ha de ser por absoluta necesidad débil. Mas no puede ser que el que es débil, como si fuera fuerte, eche fuera al demonio fuerte.
Ahora bien, al hablar así significaba el poder de la caridad, y la debilidad de la separación y de la contienda. Por lo cual Él mismo también encargaba continuamente a sus discípulos, en toda ocasión, acerca de la caridad, y les enseñaba que el diablo, para subvertirla, nada deja sin hacer.
Homilía 41, § 3
3. Habiendo, pues, pronunciado su segunda refutación, añade también una tercera, diciendo así:
«¿Cómo puede uno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no ata al hombre fuerte, y entonces saquea sus bienes?»
Porque que Satanás no puede de ningún modo echar fuera a Satanás, es evidente por lo dicho; pero que ni de ninguna otra manera es posible echarlo fuera, sino que uno primero lo venza, esto también lo reconocen todos.
¿Qué se establece, pues, con esto? La declaración anterior, con evidencia más abundante. «Pues yo estoy tan lejos», dice, «de usar al diablo como aliado, que le hago guerra, y lo ato; y prueba infalible de ello es el saqueo de sus bienes.» Mira cómo se prueba lo contrario de lo que ellos intentaban establecer. Porque mientras ellos querían mostrar que no por su propio poder echa fuera los demonios, Él muestra que no sólo los demonios, sino aun su mismísimo jefe principal está retenido por Él, atado con toda autoridad; y que sobre él, ante ellos, prevaleció por su propio poder. Y esto es evidente por las cosas que se hacen. Porque si él es el príncipe, y ellos los súbditos, ¿cómo, si él no fuera vencido y obligado a doblegarse, habrían podido ser saqueados?
Y aquí su dicho me parece ser asimismo una profecía. Porque no sólo, supongo, son los espíritus malos los bienes del diablo, sino también los hombres que hacen sus obras. Por tanto, para declarar que no sólo echa fuera demonios, sino que también expulsará todo error del mundo, y abatirá sus hechicerías, y hará inútiles todas sus artes, dijo estas cosas.
Y no dijo: Él los quitará, sino «Él los saqueará», para expresar lo que se hace con autoridad. Pero lo llama «fuerte», no porque lo sea por naturaleza, no lo permita Dios, sino declarando su antigua tiranía, que provenía de nuestra negligencia.
Homilía 41, § 4
4. «El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama.» []
He aquí también una cuarta refutación. Porque ¿cuál es mi deseo?, dice. Llevar a los hombres a Dios, enseñar la virtud, proclamar el reino. ¿Cuál, el del diablo y de los malos espíritus? Lo contrario de esto. ¿Cómo, pues, había de cooperar conmigo el que conmigo no recoge, ni está en modo alguno conmigo? ¿Y por qué digo cooperar? No; al contrario, su deseo es más bien desparramar mis bienes. El que está tan lejos de cooperar, que aun desparrama, ¿cómo habría mostrado tal unanimidad conmigo, como para echar fuera conmigo los demonios?
Ahora bien, es natural conjeturar que esto lo dijo no sólo del diablo, sino también de Sí mismo, como estando de su parte contra el diablo, y desparramando sus bienes. ¿Y cómo, se puede decir, el que no está conmigo está contra mí? Por este hecho mismo de no recoger. Pero si esto es verdad, mucho más lo es el que está contra él. Porque si el que no coopera es enemigo, mucho más el que hace guerra.
Mas todas estas cosas las dice para indicar su enemistad contra el diablo, cuán grande e indecible es. Porque dime, si has de ir a la guerra contra alguno, el que no está dispuesto a pelear a tu lado, ¿no está contra ti por este hecho mismo? Y si en otra parte dice «El que no está contra vosotros, por vosotros está», no es contrario a esto. Porque aquí significó a uno que está realmente contra ellos, pero allí señala a uno que en parte está de su lado: «Porque echan fuera demonios», se dice, «en tu nombre.»
Pero a mí me parece que aquí está insinuando también a los judíos, poniéndolos del lado del diablo. Porque ellos también estaban contra Él, y desparramaban lo que Él recogía. En cuanto a que los insinuaba también a ellos, lo declaró al hablar así:
«Por tanto os digo, que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres.»
Homilía 41, § 5
5. Así, habiéndose defendido, y refutado su objeción, y probado la vanidad de sus tratos desvergonzados, procede a alarmarlos. Porque esto también no es pequeña parte del consejo y de la corrección, no sólo rogar y persuadir, sino también amenazar; lo cual hace en muchos pasajes, al hacer leyes y dar consejo.
Y aunque el dicho parece tener mucha oscuridad, si atendemos, su solución resultará fácil.
Primero, pues, sería bueno oír las palabras mismas: «Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia del Espíritu Santo no les será perdonada. Y cualquiera que hable palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; mas el que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo, ni en el venidero.»
¿Qué es, pues, lo que afirma? Muchas cosas habéis hablado contra mí: que soy un engañador, un adversario de Dios. Estas cosas os las perdono en vuestro arrepentimiento, y no os exijo pena; pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada, no, ni aun a los que se arrepienten. ¿Y cómo puede ser esto justo? Porque aun ésta fue perdonada en el arrepentimiento. Muchos, al menos, de los que dijeron estas palabras creyeron después, y todo les fue perdonado. ¿Qué es, pues, lo que dice? Que este pecado es sobre todas las cosas imperdonable. ¿Por qué así? Porque a Él mismo en verdad no le conocían, quién pudiera ser; pero del Espíritu recibieron amplia experiencia. Pues los profetas también por el Espíritu dijeron cuanto dijeron; y en verdad todos en el Antiguo Testamento tenían una altísima noción de Él.
Lo que dice, pues, es esto: Sea así: os ofendéis de mí, por causa de la carne de que estoy rodeado: ¿podéis decir del Espíritu también: No lo conocemos? Y por tanto vuestra blasfemia es imperdonable, y tanto aquí como en el más allá sufriréis castigo. Porque muchos, en verdad, han sido castigados aquí solamente (como el que cometió fornicación, como los que participaron indignamente de los misterios, entre los corintios); pero vosotros, aquí y en el más allá.
Ahora bien, en cuanto a vuestras blasfemias contra mí, antes de la cruz, las perdono: y también el crimen atrevido de la cruz misma; ni seréis condenados por vuestra incredulidad sola. (Porque ni siquiera los que creyeron antes de la cruz tenían fe perfecta. Y en muchas ocasiones Él incluso les encargó que no lo diesen a conocer a nadie antes de la Pasión; y en la cruz dijo que este pecado les era perdonado.) Mas en cuanto a vuestras palabras tocantes al Espíritu, no tendrán excusa. Pues en prueba de que habla de lo que se decía de Él antes de la crucifixión, añadió: «Cualquiera que hable palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; mas el que hable contra el Espíritu Santo», no hay ya perdón. ¿Por qué? Porque esto os es conocido; y las verdades son notorias contra las cuales os endurecéis. Porque aunque digáis que no me conocéis; sin embargo, de esto ciertamente no sois ignorantes: que echar fuera demonios, y hacer curaciones, es obra del Espíritu Santo. No es, pues, a mí sólo a quien estáis insultando, sino también al Espíritu Santo. Por lo cual vuestro castigo no puede ser apartado ni por oraciones, ni aquí ni allí.
Porque así de los hombres, unos son castigados aquí y allí, otros aquí solamente, otros allí solamente, otros ni aquí ni allí. Aquí y allí, como estos mismos hombres (pues aquí pagaron la pena, cuando sufrieron aquellos males incurables en la toma de su ciudad, y allí sufrirán uno muy grave), como los habitantes de Sodoma; como muchos otros. Allí solamente, como el rico que sufrió las llamas, y no tuvo a su disposición siquiera una gota de agua. Aquí, como el que cometió fornicación entre los corintios. Ni aquí ni allí, como los apóstoles, como los profetas, como el bienaventurado Job; pues sus sufrimientos no eran ciertamente a modo de castigo, sino como contiendas y luchas.
Trabajemos, por tanto, por ser de la misma parte que éstos: o si no con éstos, al menos con los que lavan aquí sus pecados. Porque temible es en verdad aquel otro juicio, e inexorable la venganza, e incurable el castigo.
Homilía 41, § 6
6. Pero si no deseas ser castigado aun aquí, juzga de ti mismo, exige de ti tu propia pena. Escucha a Pablo, cuando dice: «Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados.» Si haces esto, avanzando en orden llegarás aun a la corona.
¿Pero cómo hemos de exigir de nosotros nuestra propia pena?, puede uno preguntar. Laméntate, gime amargamente, humíllate, aflígete, trae a la memoria tus pecados en sus particulares. Esto no es pequeño tormento para el alma del hombre. Si alguno ha estado en estado de contrición, sabe que el alma es castigada por esto más que por ninguna otra cosa. Si alguno ha estado viviendo en memoria de los pecados, conoce la angustia que de allí nace. Por tanto Dios señala la justicia como recompensa de tal arrepentimiento, diciendo: «Sé tú el primero en contar tus pecados, para que seas justificado.» Porque no es, no es en verdad, pequeño paso hacia la enmienda, el amontonar todos nuestros pecados, y estar continuamente revolviéndolos y contándolos con sus particulares. Porque el que hace esto estará tan quebrantado de corazón, que no se tendrá por digno siquiera de vivir; y el que piensa así, será más tierno que cualquiera cera. Porque no me hables de actos de fornicación sólo, ni de adulterios, ni de estas cosas que son manifiestas y reconocidas entre todos los hombres: junta también tus artes secretas, y tus falsas acusaciones, y tus malas palabras, y tus vanaglorias, y tu envidia, y todas las cosas semejantes. Porque tampoco éstas traerán un castigo pequeño. Pues el maldiciente también caerá en el infierno; y el borracho no tiene parte en el reino; y el que no ama a su prójimo de tal modo ofende a Dios, que no halla ayuda aun en su propio martirio; y el que descuida a los suyos ha negado la fe, y el que pasa por alto al pobre es enviado al fuego.
No tengas, pues, estas cosas por pequeñas; júntalas todas, y escríbelas como en un libro. Porque si tú las escribes, Dios las borra; así como, al contrario, si omites escribirlas, Dios a la vez las inscribe, y exige su pena. Mucho mejor sería, pues, que fueran escritas por nosotros, y borradas arriba, que, al contrario, habiéndolas olvidado nosotros, que Dios las traiga ante nuestros ojos en aquel día.
Por tanto, para que esto no sea así, contémoslas todas con rigor, y nos hallaremos responsables de mucho. Porque ¿quién está limpio de avaricia? No, no me hables de la cantidad, sino que puesto que aun en cantidad pequeña pagaremos la misma pena, considera esto y arrepiéntete. ¿Quién está libre de toda insolencia? Mas ésta arroja al infierno. ¿Quién no ha hablado mal en secreto de su prójimo? Mas esto priva a uno del Reino. ¿Quién no ha sido obstinado en su propio parecer? Mas éste es más inmundo que todos. ¿Quién no ha mirado con ojos deshonestos? Mas éste es un completo adúltero. ¿Quién no se ha «enojado con su hermano sin causa»? Mas el tal está «en peligro del concilio.» ¿Quién no ha jurado? Mas esto es del maligno. ¿Quién no ha perjurado? Mas éste es algo más que del maligno. ¿Quién no ha servido a Mamón? Mas éste se ha apartado del servicio genuino de Cristo.
También tengo otras cosas mayores que éstas que mencionar: pero aun éstas son suficientes, y capaces, si un hombre no está hecho de piedra, ni del todo falto de sentimiento, de traerlo a compunción. Porque si cada una de ellas arroja al infierno, ¿qué no obrarán cuando todas están reunidas?
¿Cómo, pues, puede uno salvarse?, puede preguntarse. Por la aplicación de los remedios que contrarrestan: la limosna, las oraciones, la compunción, el arrepentimiento, la humildad, un corazón contrito, el desprecio de las posesiones. Porque Dios nos ha señalado innumerables caminos de salvación, si queremos atender. Atendamos, pues, y limpiemos de toda manera nuestras heridas, mostrando misericordia, perdonando nuestra ira contra los que nos han desagradado, dando gracias por todas las cosas a Dios, ayunando según nuestro poder, orando con sinceridad, «haciéndonos amigos del Mamón de iniquidad.» Porque así podremos alcanzar perdón por nuestras ofensas, y ganar los bienes prometidos; de los cuales podamos todos ser tenidos por dignos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.