Homilía 20, § 1
Mateo VI. 16.
«Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas, de semblante triste. Porque ellos desfiguran sus rostros, para parecer a los hombres que ayunan.»
Aquí convendría suspirar en voz alta, y lamentarse amargamente: porque no sólo imitamos a los hipócritas, sino que incluso los hemos sobrepasado. Pues yo conozco, sí, conozco a muchos, no meramente ayunando y haciendo ostentación de ello, sino descuidando el ayunar, y sin embargo usando las máscaras de los que ayunan, y cubriéndose con una excusa peor que su pecado.
Pues«hago esto,»dicen,«para no ofender a los muchos.»¿Qué dices? Hay una ley de Dios que manda estas cosas, ¿y hablas de ofensa? ¿Y piensas que guardándola ofendes, y transgrediéndola libras a los hombres de ofensa? ¿Y qué puede ser peor que esta necedad?
¿No dejarás de hacerte peor que los mismos hipócritas, y de hacer doble tu hipocresía? Y cuando consideras el gran exceso de este mal, ¿no te avergonzarás de la fuerza de la expresión ahora ante nosotros? En que Él no dijo,«representan un papel,»meramente, sino queriendo también tocarlos más profundamente, dice,«Porque desfiguran sus rostros;»es decir, los corrompen, los estropean.
Mas si esto es desfigurar el rostro, el aparecer pálido por vanagloria, ¿qué diremos de las mujeres que corrompen sus rostros con colores y pinturas para ruina de la clase impura de jóvenes? Porque mientras aquéllos se dañan sólo a sí mismos, estas mujeres dañan tanto a sí mismas como a los que las contemplan. Por lo cual deberíamos huir tanto de la una peste como de la otra, guardando distancia suficiente y aun de sobra. Porque así Él no sólo mandó no hacer ostentación, sino incluso buscar estar ocultos. Lo cual había hecho también antes.
Y mientras que en la materia de la limosna, no lo dijo simplemente, sino habiendo dicho,«Mirad de no hacerlo delante de los hombres,»añadió,«para ser vistos de ellos;»sin embargo, en cuanto al ayuno y la oración, no hizo tal limitación. ¿Por qué pudo ser esto? Porque la limosna no puede ocultarse del todo, pero la oración y el ayuno, sí es posible.
Así como, por tanto, cuando dijo,«No sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha,»no era de manos de lo que hablaba, sino del deber de estar estrictamente ocultos de todos; y como cuando nos mandó entrar en nuestro aposento, no allí solamente de modo absoluto, ni allí primeramente, nos mandó orar, sino que encubiertamente insinuaba lo mismo de nuevo; así también aquí, al mandarnos«ungirnos,»no decretó que positivamente debiéramos ungirnos; porque entonces todos seríamos hallados transgresores de esta ley; y sobre todos, ciertamente, los que se han tomado el mayor trabajo en guardarla, las sociedades de los monjes, que han establecido su morada en los montes. No era esto, pues, lo que Él ordenaba, sino que, por cuanto los antiguos tenían la costumbre de ungirse continuamente, cuando se entregaban al placer y al regocijo (y esto puede verse claramente en David [] y en Daniel); [] Él dijo que nos ungiéramos, no que positivamente debiéramos hacer esto, sino que por todos los medios procuráramos, con gran rigor, ocultar esta nuestra adquisición. Y para convencerte de que así es, Él mismo, cuando con la acción exhibía lo que ordenaba con palabras, habiendo ayunado cuarenta días, y ayunado en secreto, no se ungió ni se lavó: sin embargo, aunque no hizo estas cosas, con toda certeza cumplió todo sin vanagloria. Es esto, pues, lo que nos ordena también a nosotros, trayendo ante nosotros a los hipócritas, y con una doble advertencia disuadiendo a los oyentes.
Y algo más señaló con este nombre, éste de hipócritas, quiero decir. Es decir, no sólo por lo ridículo de la cosa, ni por traer consigo una pena extrema, sino también mostrando que tal engaño es sólo por un tiempo, nos aparta de aquel mal deseo. Porque el actor parece glorioso sólo mientras la audiencia está sentada; o más bien, ni aun entonces a la vista de todos. Porque la mayor parte de los espectadores saben quién es, y qué papel está representando. Mas cuando la audiencia se ha disuelto, es más claramente descubierto por todos. Ahora bien, esto, ya ves, los vanagloriosos han de sufrirlo por toda necesidad. Porque incluso aquí son manifiestos para la mayoría, como no siendo aquello que aparentan ser, sino como llevando sólo una máscara; pero mucho más serán descubiertos en el más allá, cuando todas las cosas aparezcan«desnudas y descubiertas.»
Y con otro motivo, de nuevo, los aparta de los hipócritas, mostrando que su mandato es ligero. Porque no hace más estricto el ayuno, ni nos manda practicar más de él, sino no perder la corona del mismo. De modo que lo que parece duro de soportar, es común a nosotros y a los hipócritas, porque ellos también ayunan; mas lo que es más ligero, a saber, no perder la recompensa después de nuestros trabajos,«esto es lo que mando,»dice Él; no añadiendo nada a nuestros afanes, sino recogiéndonos el salario con toda seguridad, y no permitiendo que nos vayamos sin recompensa, como ellos hacen. Más aún, ni siquiera imitan a los que luchan en los juegos olímpicos, quienes aunque tan grande multitud está sentada allí, y tantos príncipes, desean agradar a uno solo, precisamente a aquel que adjudica la victoria entre ellos; y esto, aunque sea muy inferior a ellos. Pero tú, aunque tienes un doble motivo para mostrar la victoria a Él, primero, que Él es la persona que la adjudica, y también, que Él es sin comparación superior a todos los que están sentados en el teatro—tú la estás mostrando a otros, que lejos de aprovechar, en secreto te causan el mayor daño.
Sin embargo, no prohíbo ni siquiera esto, dice Él. Sólo que, si deseas hacer ostentación ante los hombres, también, espera, y yo te concederé esto en mayor abundancia, y con gran provecho. Porque tal como está, esto te aparta enteramente de la gloria que está conmigo, así como el despreciar estas cosas te une estrechamente; mas entonces gozarás de todo con entera seguridad; teniendo, aun antes de aquel último día, no poco fruto que cosechar también en este mundo, a saber, que has pisoteado toda gloria humana, y estás libre de la penosa servidumbre de los hombres, y te has hecho un verdadero obrero de la virtud. Mientras que ahora, al menos mientras estás así dispuesto, si estuvieras en un desierto, serías abandonado por toda tu virtud, no teniendo a nadie que te contemple. Esto es actuar como quien insulta a la virtud misma, si has de perseguirla no por sí misma, sino con miras al cordelero, y al calderero, y a la gente común de la clase más baja, para que los malos y los que están lejos de la virtud te admiren. Y estás llamando a los enemigos de la virtud a la exhibición y a la vista de ella, como si uno eligiera vivir con continencia, no por la excelencia de la continencia, sino para hacer ostentación ante prostitutas. Tú también, al parecer, no elegirías la virtud, sino por causa de los enemigos de la virtud; cuando deberías en verdad admirarla sobre este mismo fundamento, que ella tiene incluso a sus enemigos para alabarla—sin embargo admirarla (como es debido), no por otros, sino por sí misma. Puesto que también nosotros, cuando somos amados no por nosotros mismos, sino por causa de otros, consideramos la cosa como un insulto. Justamente así te mando considerar en el caso de la virtud también, y ni perseguirla por causa de otros, ni por causa de los hombres obedecer a Dios; sino a los hombres por causa de Dios. Puesto que si haces lo contrario, aunque parezcas seguir a la virtud, has provocado igualmente que el que no la sigue. Porque así como él desobedeció no haciendo, así tú haciendo ilícitamente.
Homilía 20, § 2
2.«No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra.»
Así, después de haber expulsado la enfermedad de la vanagloria, y no antes, introduce oportunamente su discurso de la pobreza voluntaria. Porque nada entrena tanto a los hombres a amar las riquezas, como el amor a la gloria. Por esto, por ejemplo, los hombres inventan aquellos rebaños de esclavos, y aquel enjambre de eunucos, y sus caballos con jaeces de oro, y sus mesas de plata, y todo lo demás, aún más ridículo; no para satisfacer necesidad alguna, ni para gozar de placer alguno, sino para hacer ostentación ante la multitud.
Arriba había dicho solamente que debemos mostrar misericordia; mas aquí señala también cuán grande misericordia debemos mostrar, cuando dice,«No atesoréis tesoros.»Porque no siendo posible al principio introducir de una vez todo su discurso sobre el desprecio de las riquezas, a causa de la tiranía de la pasión, lo divide en pequeñas porciones, y habiendo liberado la mente del oyente, lo instila en ella, de modo que llegue a ser aceptable. Por lo cual, ya ves, dijo primero,«Bienaventurados los misericordiosos;»y después de esto,«Ponte de acuerdo con tu adversario;»y después de aquello, de nuevo,«Si alguno quiere ponerte pleito y quitarte la túnica, dale también la capa;»mas aquí, lo que es mucho mayor que todos éstos. Porque allí su sentido era,«si ves un pleito inminente, haz esto; puesto que carecer y estar libre de contienda, es mejor que poseer y contender;»mas aquí, suponiendo que no hay ni adversario ni nadie en pleito contigo, y sin mención alguna de ninguna otra parte semejante, enseña el desprecio de las riquezas en sí mismo por sí mismo, dando a entender que no tanto por causa de aquéllos que reciben misericordia, como por causa del dador, hace estas leyes: de modo que aunque no haya nadie que nos injurie, o nos arrastre a un tribunal de justicia, aun así despreciemos nuestras posesiones, otorgándolas a los necesitados.
Y tampoco aquí ha puesto el todo, sino que aun en este lugar se habla suavemente; aunque Él había mostrado en el desierto, en grado sobrepasante, sus conflictos al respecto. [] Mas no expresa esto, ni lo saca a relucir; porque aún no era tiempo de revelarlo; sino que por un tiempo busca razones, manteniendo el lugar de un consejero más bien que de un legislador, en sus dichos sobre esta materia.
Porque después de haber dicho,«No atesoréis tesoros sobre la tierra,»añadió,«donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan.»
Por el presente significa el daño del tesoro de aquí, y el provecho del de allá, tanto por el lugar, como por las cosas que lo estropean. Y ni en este punto se detiene, sino que añade también otro argumento.
Y primero, de las cosas que más temen, de éstas los urge. Porque«¿de qué tienes miedo?»dice Él:«¿de que tus bienes se gasten, si das limosna? Pues entonces, da limosna, y así no se gastarán; y, lo que es más, lejos de gastarse, recibirán en realidad un mayor aumento; sí, porque las cosas del cielo se les añaden.»
Sin embargo, por un tiempo no lo dice, sino que lo pone después. Mas por el presente, lo que más poder tenía para persuadirlos, eso saca a relucir, a saber, que el tesoro así permanecería para ellos sin gastarse.
Y por ambas manos los atrae. Porque no dijo solamente,«Si das limosna, se conserva:»sino que amenazó también lo contrario, que si no das, perece.
Y mira su inefable prudencia. Porque ni siquiera dijo,«No haces sino dejarlos a otros;»puesto que esto también es agradable a los hombres: los alarma, sin embargo, con un nuevo fundamento, significando que ni siquiera esto alcanzan: pues aunque los hombres no defrauden, hay quienes seguramente defraudan,«la polilla»y«el orín.»Porque aunque este daño parezca muy fácil de contener, es sin embargo irresistible e incontrolable, y maquina lo que quieras, no podrás frenar este perjuicio.
«¿Y qué, acaso la polilla destruye el oro?»Aunque no la polilla, los ladrones sí.«¿Y qué, acaso todos han sido despojados?»Aunque no todos, sí la mayor parte.
Homilía 20, § 3
3. Por esta causa, pues, añade otro argumento, que ya he mencionado, diciendo,
«Donde está el tesoro del hombre, allí está también su corazón.»
Porque aunque ninguna de estas cosas sucediera, dice Él, sufrirás no pequeño daño, al estar clavado a las cosas de abajo, y al hacerte esclavo en lugar de hombre libre, y echarte fuera de las cosas celestiales, y no tener poder para pensar en nada que sea elevado, sino todo en dinero, usuras y préstamos, y ganancias, y tráficos innobles. ¿Qué podría haber más miserable que esto? Porque en verdad tal uno estará peor que cualquier esclavo, atrayendo sobre sí una tiranía gravísima, y entregando lo más principal de todo, incluso la nobleza y la libertad del hombre. Porque cuanto quiera que alguien te diserte, no podrás oír ninguna de aquellas cosas que te conciernen, mientras tu mente esté clavada al dinero; sino atado como un perro a una tumba, por la tiranía de las riquezas, más penosamente que por cualquier cadena, ladrando a todos los que se te acercan, tienes este único empleo continuamente, guardar para otros lo que has atesorado. ¿Qué podría haber más miserable que esto?
Sin embargo, por cuanto esto era demasiado elevado para la mente de sus oyentes, y ni el daño estaba fácilmente a la vista de la generalidad, ni la ganancia era evidente, sino que había necesidad de un espíritu de mayor dominio de sí para percibir cualquiera de éstos; primero, lo ha puesto después de aquellos otros tópicos, que son obvios, diciendo,«Donde está el tesoro del hombre, allí está también su corazón;»y después lo aclara de nuevo, retirando su discurso de lo intelectual a lo sensible, y diciendo,
«La lámpara del cuerpo es el ojo.»
Lo que dice es como esto: No entierres oro en la tierra, ni hagas ninguna otra cosa semejante, porque no haces sino juntarlo para la polilla, y el orín, y los ladrones. E incluso si escaparas enteramente de estos males, la esclavización de tu corazón, el clavarlo a todo lo de abajo, no la escaparás:«Porque dondequiera que esté tu tesoro, allí está también tu corazón.»Así como, pues, atesorando en el cielo, cosecharás no sólo este fruto, el alcanzar las recompensas por estas cosas, sino que desde este mundo ya recibes tu recompensa, al llegar a puerto allí, al poner tus afectos en las cosas de allí, y cuidar de lo de allí (porque donde has atesorado tus tesoros, es clarísimo que transfieres también tu mente); así si haces esto sobre la tierra, experimentarás lo contrario.
Mas si el dicho te resulta oscuro, oye lo que viene a continuación en orden.«La lámpara del cuerpo es el ojo; si, pues, tu ojo fuere bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Pues si la luz que en ti hay es tinieblas, ¡cuán grande es la oscuridad!»
Conduce su discurso a las cosas que están más al alcance de nuestros sentidos. Quiero decir, por cuanto había hablado de la mente como esclavizada y llevada en cautiverio, y no eran muchos los que podían discernir esto fácilmente, transfiere la lección a las cosas exteriores, y que yacen ante los ojos de los hombres, para que por éstas las otras también alcancen su entendimiento. Así,«Si no sabes,»dice Él,«qué cosa es ser dañado en la mente, apréndelo de las cosas del cuerpo; porque justamente lo que el ojo es al cuerpo, lo mismo es la mente al alma.»Como, por tanto, no elegirías llevar oro, y estar vestido de ropas de seda, teniendo a la vez tus ojos sacados, sino que consideras su sana salud más deseable que toda tal superfluidad (porque, si perdieras esta salud o la malgastaras, toda tu vida además no te servirá de nada): así como cuando los ojos están cegados, la mayor parte de la energía de los demás miembros se ha ido, apagada su luz; así también cuando la mente está depravada, tu vida se llenará de innumerables males: — como, por tanto, en el cuerpo éste es nuestro fin, a saber, mantener el ojo sano, así también la mente en el alma. Mas si mutilamos ésta, que debe dar luz a lo demás, ¿por qué medios hemos de ver claramente nunca más? Porque así como el que destruye la fuente, seca también el río, así el que ha apagado el entendimiento ha confundido todos sus hechos en esta vida. Por lo cual dice,«Si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuán grande es la oscuridad?»
Porque cuando el piloto se ahoga, y la lámpara se apaga, y el general es hecho prisionero, ¿qué esperanza quedará, después de eso, para los que están bajo su mando?
Así, pues, omitiendo por ahora hablar de las asechanzas a que da ocasión la riqueza, de las contiendas, de los pleitos (esto, en efecto, lo había significado arriba, cuando dijo: «El adversario te entregará al juez, y el juez al alguacil» ); y estableciendo lo que es más grave que todo esto, como cosa que de seguro ha de ocurrir, de este modo nos aparta del mal deseo. Porque habitar la cárcel no es ni con mucho tan grave como que la mente sea esclavizada por esta enfermedad; y lo primero no es seguro que suceda, pero lo otro va unido como consecuencia inmediata al deseo de riquezas. Y por esto lo pone después de lo primero, como cosa más grave y que de seguro ha de ocurrir.
Porque Dios, dice, nos dio el entendimiento para que ahuyentemos toda ignorancia, y tengamos recto juicio de las cosas, y para que, usándolo como una especie de arma y de luz contra todo lo que es penoso o dañino, permanezcamos en seguridad. Pero nosotros traicionamos el don por causa de cosas superfluas e inútiles.
Pues ¿de qué sirven soldados ataviados de oro, cuando el general es arrastrado cautivo? ¿Qué aprovecha una nave hermosamente equipada, cuando el piloto está hundido bajo las olas? ¿Qué ventaja hay en un cuerpo bien proporcionado, cuando la vista de los ojos está apagada? Así como, si alguien sumiera en enfermedad al médico (el cual debe estar sano para poner fin a nuestras dolencias), y luego le mandara tenderse en un lecho de plata y en una cámara de oro, esto de nada aprovecharía a los enfermos; así también, si corrompes la mente (que tiene poder para reprimir nuestras pasiones), aunque la pongas junto a un tesoro, lejos de hacerle bien alguno, le has infligido la mayor pérdida, y has dañado toda tu alma.
Homilía 20, § 4
¿Ves cómo precisamente por aquellas cosas por las cuales los hombres en todas partes se entregan más a la maldad, por esas mismas los aparta de ella y los conduce de nuevo a la virtud? «¿Con qué intención deseas riquezas?» dice; «¿no es para gozar de placer y de lujo? Pues he aquí que, con ello, precisamente esto es lo que menos alcanzarás; antes sucederá lo contrario.» Porque si, cuando nuestros ojos están apagados, no percibimos cosa alguna agradable a causa de semejante calamidad, mucho más nos sucederá esto en la perversión y mutilación de la mente.
De nuevo: ¿con qué intención la entierras en la tierra? ¿Para que esté guardada en seguridad? Pues también aquí sucede lo contrario, dice Él.
Y así como, al tratar con el que por vanagloria ayuna, da limosna y ora, por aquellas mismas cosas que más desea lo había atraído a no ser vanaglorioso: «porque ¿con qué intención,» dice, «oras y das limosna de ese modo? ¿Por amor de la gloria que de los hombres puede recibirse? Entonces no ores así,» dice, «y así la alcanzarás en el día que ha de venir:» así también ha cautivado al avaro por aquellas mismas cosas por las que más se afanaba. De este modo: «¿qué quieres?» dice, «¿tener tus riquezas guardadas y gozar de placer? Ambas cosas te las concederé en gran abundancia, si pones tu oro en aquel lugar donde yo te mando.»
Es cierto que más adelante mostró con mayor claridad el efecto maligno de esto sobre la mente, quiero decir, cuando hizo mención de las espinas; [] pero por ahora, aun aquí ha insinuado con fuerza lo mismo, al representar como cegado al que de este modo está fuera de sí.
Y así como los que están en tinieblas no ven nada con claridad, sino que, si miran una soga, suponen que es una serpiente; si miran montes y barrancos, se mueren de miedo; así también éstos: lo que no es alarmante para los que tienen vista, eso lo miran con sospecha. Así, entre otras cosas, tiemblan ante la pobreza; o, mejor dicho, no sólo ante la pobreza, sino aun ante cualquier pérdida insignificante. Es más, si pierden algo pequeño, los que carecen del alimento necesario no se afligen ni se lamentan tanto como ellos. Por lo menos, muchos de los ricos han llegado hasta el lazo, no soportando semejante infortunio; y también el ser insultados y ultrajados les parece tan intolerable, que aun por esto muchos se han arrancado de esta vida presente. Porque la riqueza los había hecho blandos para todo, salvo para servirla a ella. Así, cuando les manda que la sirvan, se atreven a asesinatos, azotes, ultrajes y toda vergüenza. Esto proviene de la suma miseria: ser entre todos los hombres los más afeminados allí donde se debe practicar el dominio de sí, pero allí donde se requería mayor cautela, volverse más desvergonzados y obstinados. Pues de hecho les sucede lo mismo que tendría que soportar quien hubiera gastado todos sus bienes en objetos inconvenientes. Porque ése, cuando llega el tiempo del gasto necesario, no teniendo con qué proveerlo, sufre males incurables, por cuanto todo lo que tenía ha sido malgastado de antemano.
Y así como los que están en el teatro, diestros en aquellas artes perversas, pasan en ellas por muchas cosas extrañas y peligrosas, pero en otras cosas necesarias y útiles nadie es tan ridículo como ellos, así también sucede con estos hombres. Pues los que caminan sobre una cuerda tirante, haciendo alarde de tanto valor, si alguna gran emergencia exigiera audacia o coraje, no son capaces, ni siquiera soportan pensar en cosa semejante. De igual modo, los ricos, que se atreven a todo por dinero, por causa del dominio de sí no soportan someterse a nada, sea pequeño o grande. Y así como los primeros practican un oficio arriesgado y estéril, así también éstos pasan por muchos peligros y caídas, pero no llegan a fin provechoso alguno. Es más, padecen una doble tiniebla: por una parte, tienen los ojos apagados por la perversión de su mente; por otra, están envueltos en una gran niebla por el engaño de sus afanes. Por lo cual ni siquiera pueden ver con facilidad a través de ella. Porque el que está en tinieblas queda libre de la tiniebla con solo aparecer el sol; pero el que tiene los ojos mutilados, ni aun cuando el sol brilla. Y éste es precisamente el caso de estos hombres: ni aun ahora que el Sol de Justicia ha resplandecido y exhorta, oyen, porque su riqueza les ha cerrado los ojos. Y así tienen que soportar una doble tiniebla: en parte por sí mismos, y en parte por no hacer caso a su maestro.
Homilía 20, § 5
Prestémosle, pues, atención exactamente, para que, aunque tarde, al fin recobremos la vista. ¿Y cómo puede uno recobrar la vista? Si aprendes cómo fuiste cegado. ¿Y cómo fuiste cegado? Por tu mal deseo. Porque el amor al dinero, como un humor maligno que se ha acumulado sobre un globo del ojo limpio, ha hecho espesa la nube.
Pero aun esta nube puede ser fácilmente dispersada y rota, si queremos recibir el rayo de la doctrina de Cristo; si queremos oírle exhortarnos y decir: «No os hagáis tesoros en la tierra.»
«Pero,» dirá alguno, «¿de qué me aprovecha oírlo, mientras estoy poseído por el deseo?» Ahora bien, en primer lugar, en el oír continuamente habrá poder para destruir aun el deseo. Luego, si continúa poseyéndote, considera que esto no es realmente ni siquiera un deseo. Porque ¿qué clase de deseo es éste: estar en penosa servidumbre, y sujeto a una tiranía, y atado por todas partes, y habitar en tinieblas, y estar lleno de turbación, y soportar trabajos sin provecho, y guardar tu riqueza para otros, y a menudo para tus propios enemigos? ¿Con qué clase de deseo concuerdan estas cosas? O, más bien, ¿de qué huida y aversión no son dignas? ¿Qué clase de deseo es acumular tesoro en medio de ladrones? Antes bien, si en algo deseas riqueza, trasládala adonde pueda permanecer segura y sin ser molestada. Pues lo que ahora haces es propio de quien desea, no riquezas, ciertamente, sino servidumbre, afrenta, pérdida y continua vejación. Y tú, aun si alguno entre los hombres de la tierra te mostrara un lugar libre de molestias, aunque te llevara al mismísimo desierto, prometiéndote seguridad en la guarda de tu riqueza, no eres lento ni tardo; confías en él y pones allí tus bienes; pero cuando es Dios en lugar de hombres quien te hace esta promesa, y cuando te pone delante no el desierto, sino el Cielo, aceptas lo contrario. Y sin embargo, por mucha que sea la seguridad de esos bienes aquí abajo, nunca puedes quedar libre del cuidado de ellos. Quiero decir, aunque no los pierdas, jamás serás librado de la ansiedad de perderlos. Pero allí no padecerás nada de esto; y advierte, lo que es más aún: no solamente entierras tu oro, sino que lo plantas. Porque lo mismo es tesoro y semilla; o, más bien, es más que cualquiera de estas dos cosas. Porque la semilla no permanece para siempre, pero esto perdura perpetuamente. Además, el tesoro no germina, pero esto te produce frutos que nunca mueren.
Homilía 20, § 6
Pero si me hablas del tiempo y de la tardanza de la recompensa, yo también puedo señalar y decir cuánto recibes ya aquí; y además de todo esto, aun de las cosas de esta vida, intentaré convencerte de que pones esta excusa en vano. Quiero decir que aun en la vida presente preparas muchas cosas que tú mismo no has de disfrutar; y si alguien te lo reprocha, alegas a tus hijos y a los hijos de tus hijos, y así piensas que has hallado paliación suficiente para tus trabajos superfluos. Pues cuando en extrema vejez edificas casas espléndidas, antes de cuya terminación (en muchos casos) habrás partido; cuando plantas árboles que darán su fruto después de muchos años; cuando compras posesiones y herencias, cuya propiedad adquirirás después de largo tiempo, y te afanas con empeño en otras muchas cosas semejantes, cuyo disfrute no segarás; ¿es en verdad por ti mismo, o por los que han de venir después, que te ocupas así? ¿Cómo, pues, no es la suma necedad no vacilar aquí en modo alguno ante la tardanza del tiempo, y esto aunque por esa tardanza hayas de perder todo el premio de tus trabajos; y, en cambio, quedar allí del todo entorpecido por causa de semejante espera, y esto aunque te traiga la mayor ganancia y no traspase tus bienes a otros, sino que te procure los dones a ti mismo?
Pero, además de esto, la tardanza misma no es larga; no, pues esas cosas están a las puertas, y no sabemos si aun en nuestra propia generación todo lo que nos concierne puede tener su cumplimiento, y si aquel día temible puede llegar, poniendo delante de nosotros el tribunal terrible e incorruptible. Sí, porque la mayor parte de las señales están cumplidas, y el Evangelio, además, ha sido predicado en todas las partes del mundo, y las predicciones de guerras, de terremotos y de hambres han acontecido, y el intervalo no es grande.
¿Pero es que tú no ves ninguna señal? Pues eso mismo es una señal muy grande. Porque tampoco los del tiempo de Noé vieron presagio alguno de aquella destrucción universal, sino que, en medio de sus juegos, comidas, bodas, haciendo todas las cosas a que estaban acostumbrados, aun así fueron sorprendidos por aquel temible juicio. Y los de Sodoma, de manera semejante, viviendo en delicias y sin sospechar nada de lo que les sobrevino, fueron consumidos por aquellos rayos que entonces descendieron sobre ellos.
Considerando, pues, todas estas cosas, entreguémonos a la preparación para nuestra partida de aquí.
Porque aunque el día común de la consumación nunca nos sorprenda, el fin de cada uno está a las puertas, sea viejo o joven; y no es posible que los hombres, después de haber partido de aquí, compren más aceite, ni alcancen perdón con oraciones, aunque el que interceda sea Abraham, [] o Noé, o Job, o Daniel. []
Mientras, pues, tenemos oportunidad, atesoremos de antemano para nosotros mucha confianza, recojamos aceite en abundancia, traslademos todo al Cielo, para que en el tiempo oportuno, y cuando más lo necesitemos, gocemos de todo: por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 21, § 1
Mateo VI, 24.
«Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará al uno y menospreciará al otro.»
¿Ves cómo poco a poco nos aparta de las cosas presentes, y con mayor extensión introduce lo que ha de decir acerca de la pobreza voluntaria, y derriba el dominio de la avaricia?
Porque no se contentó con sus dichos anteriores, aunque eran muchos y grandes, sino que añade otros aún más y más alarmantes.
Porque ¿qué puede haber más alarmante que lo que ahora dice, si en verdad por nuestras riquezas hemos de caer del servicio de Cristo? ¿O qué más deseable, si en verdad, despreciando la riqueza, tendremos perfecto nuestro afecto hacia Él y nuestra caridad? Pues lo que continuamente repito, eso mismo digo ahora también: que por ambas clases de cosas apremia al oyente a obedecer sus dichos, tanto por lo provechoso como por lo dañino; muy a la manera de un médico excelente, que señala tanto la enfermedad que sigue a la negligencia como la buena salud que resulta de la obediencia.
Mira, por ejemplo, qué clase de ganancia da a entender que es ésta, y cómo establece su ventaja por la liberación de las cosas contrarias. Así, «la riqueza,» dice, «te daña no sólo en esto, en que arma ladrones contra ti, ni en que oscurece tu mente en sumo grado, sino también en que te arroja del servicio de Dios, haciéndote cautivo de riquezas sin vida, y dañándote de ambas maneras: por una parte, haciéndote esclavo de lo que debieras mandar; por otra, arrojándote del servicio de Dios, a quien, sobre todas las cosas, te es indispensable servir.» Porque así como en el otro lugar significó que el mal era doble, tanto al atesorar aquí, «donde la polilla corrompe,» como al no atesorar allí, donde la guarda es inexpugnable; así también en este lugar muestra que la pérdida es doble: en que aparta de Dios y nos hace súbditos de Mamón.
Pero no lo establece directamente, sino que lo funda primero en consideraciones generales, diciendo así: «Ninguno puede servir a dos señores:» queriendo decir aquí dos que mandan cosas opuestas; porque, a no ser así, ni siquiera serían dos. Pues así, «la multitud de los que habían creído era de un solo corazón y de una sola alma,» [] y sin embargo estaban divididos en muchos cuerpos; pero su unanimidad hacía uno a los muchos.
Luego, para añadir fuerza a esto, dice: «tan lejos de servir, que aun aborrecerá y detestará:» «Porque o aborrecerá al uno,» dice, «y amará al otro, o se apegará al uno y menospreciará al otro.» Y parece, en efecto, como si la misma cosa se dijera dos veces; pero no escogió esta forma sin propósito, sino para mostrar que el cambio a mejor es fácil. Quiero decir, para que no digas: «De una vez por todas he sido hecho esclavo; estoy sometido a la tiranía de la riqueza,» Él da a entender que es posible trasladarse uno a sí mismo, y que así como del primero al segundo, también del segundo se puede pasar al primero.
Homilía 21, § 2
Habiendo hablado, como ves, de modo general, para persuadir al oyente a ser juez incorrupto de sus palabras, y a sentenciar según la naturaleza misma de las cosas; cuando ya se ha asegurado su asentimiento, entonces, y no antes, se descubre a Sí mismo. Así, al punto añade: «No podéis servir a Dios y a Mamón.» Estremezcámonos de pensar a qué hemos hecho llegar a Cristo: a poner junto al nombre de Dios el del oro. Pero si esto es escandaloso, el que se realice en nuestras obras —el que prefiramos la tiranía del oro al temor de Dios— es mucho más escandaloso.
«¿Pues qué? ¿Acaso no fue esto posible entre los antiguos?» De ningún modo. «¿Cómo, pues,» dirá alguno, «Abraham, y cómo Job, alcanzaron buen testimonio?» No me hables de los que son ricos, sino de los que sirven a las riquezas. Pues Job también era rico, pero no sirvió a Mamón, sino que lo poseía y lo gobernaba, y era señor, no esclavo. Por eso poseía todas aquellas cosas como si hubiera sido administrador de bienes ajenos; no sólo no arrebataba a otros, sino que aun daba de lo suyo a los que estaban necesitados. Y lo que es más: cuando los tenía, no eran para él gozo; así lo declaró también, diciendo: «Si acaso me alegré de que mi riqueza se hiciera grande:» [] por lo cual tampoco se entristeció cuando se fue. Pero los ricos de ahora no son como era él, sino que están en condición peor que cualquier esclavo, pagando como tributo a un tirano penoso. Porque su mente es como una especie de ciudadela ocupada por el amor al dinero, que desde allí les envía cada día sus mandatos llenos de toda iniquidad, y no hay quien los desobedezca. No seas, por tanto, tan sutil en demasía. No; porque Dios de una vez por todas ha declarado y pronunciado que es cosa imposible que el uno y el otro servicio concuerden. No digas, pues: «es posible.» Pues cuando el uno te manda despojar con violencia, y el otro despojarte de tus posesiones; el uno ser casto, el otro cometer fornicación; el uno ser borracho y lujurioso, el otro tener sujeto el vientre; el uno, además, despreciar las cosas presentes, el otro estar clavado a lo presente; el uno admirar mármoles, muros y techos, el otro despreciarlos y honrar el dominio de sí: ¿cómo es posible que éstos concuerden?
Ahora bien, aquí llama a Mamón «señor,» no por su propia naturaleza, sino por la miseria de los que se inclinan debajo de él. Así también llama «al vientre dios,» [] no por la dignidad de tal ama, sino por la miseria de los que están esclavizados: cosa peor que cualquier castigo, y bastante, aun antes del castigo, como venganza sobre el que está envuelto en ella. Porque ¿qué condenados pueden ser tan desdichados como aquellos que, teniendo a Dios por Señor, desertan de aquel suave gobierno a esta penosa tiranía, y esto cuando su acto trae consigo tanto daño aun aquí? Pues en verdad su pérdida es indecible al obrar así: hay pleitos, vejaciones, contiendas, trabajos y una ceguera del alma; y, lo que es más grave que todo, uno se cae de los sumos bienes; porque tal bendición es ser siervo de Dios.
Homilía 21, § 3
Habiendo ahora, como ves, enseñado por todos los modos la ventaja de despreciar las riquezas, tanto para la conservación misma de las riquezas, como para el placer del alma, y para adquirir el dominio de sí, y para asegurar la piedad; procede a establecer la practicabilidad de este mandamiento. Porque esto pertenece especialmente a la mejor legislación: no sólo mandar lo que conviene, sino también hacerlo posible. Por eso prosigue diciendo:
«No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer.»
Es decir, para que no dijeran: «¿Pues qué? Si lo arrojamos todo, ¿cómo podremos vivir?» Contra esta objeción, en lo que sigue, se planta muy oportunamente. Porque si al principio hubiera dicho: «No os afanéis,» la palabra habría parecido gravosa; pero ahora que ha mostrado el mal que nace de la avaricia, su amonestación, viniendo después, se hace fácil de recibir. Por lo cual tampoco dijo ahora simplemente: «No os afanéis,» sino que añadió la razón, y así lo mandó. Después de haber dicho: «No podéis servir a Dios y a Mamón,» añadió: «Por tanto os digo: no os afanéis. Por tanto;» ¿por qué? Por la pérdida indecible. Porque el daño que recibes no está sólo en las riquezas; antes bien, la herida está en las partes más vitales y en aquello que es la ruina de tu salvación; pues te arroja fuera de Dios, que te hizo, y cuida de ti, y te ama.
«Por tanto os digo: no os afanéis.» Así, después de haber mostrado que el daño es indecible, entonces, y no antes, hace más estricto el mandamiento; en cuanto no sólo manda arrojar lo que tenemos, sino que prohíbe afanarse aun por el alimento necesario, diciendo: «No os afanéis por vuestra alma, qué habéis de comer.» No porque el alma necesite alimento, pues es incorpórea; sino que habló según la costumbre común. Pues aunque no necesita alimento, no puede soportar permanecer en el cuerpo si éste no es alimentado. Y al decir esto, no lo pone simplemente así, sino que también aquí aduce argumentos, unos de las cosas que ya tenemos, y otros de otros ejemplos.
De las cosas que ya tenemos, diciendo así:
«¿No es el alma más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?»
Pues el que ha dado lo mayor, ¿cómo no dará lo menor? El que ha formado la carne que se alimenta, ¿cómo no concederá el alimento? Por lo cual tampoco dijo simplemente: «No os afanéis por lo que habéis de comer,» o «con qué os habéis de vestir;» sino: «por el cuerpo,» y: «por el alma:» por cuanto de ellas había de hacer sus demostraciones, llevando su discurso por vía de comparación. Ahora bien, el alma la ha dado una vez por todas, y permanece tal como es; pero el cuerpo crece cada día. Por tanto, señalando ambas cosas, la inmortalidad de la una y la fragilidad del otro, añade y dice:
«¿Quién de vosotros puede añadir un codo a su estatura?» []
Así, no diciendo ya nada del alma, puesto que no recibe aumento, discurrió solamente del cuerpo; manifestando con esto también este punto: que no es el alimento quien lo hace crecer, sino la providencia de Dios. Lo cual Pablo, mostrándolo también de otras maneras, dijo: «Así que ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.» []
De lo que ya tenemos, pues, nos urge de este modo; y de ejemplos de otras cosas, diciendo: «Mirad las aves del cielo.» [] Así, para que nadie diga: «hacemos bien en afanarnos,» los disuade tanto por lo mayor como por lo menor; por lo mayor, es decir, el alma y el cuerpo; por lo menor, es decir, las aves. Porque si de las cosas que son muy inferiores tiene Él tanto cuidado, ¿cómo no os dará a vosotros?, dice. Y a ellos les habló de este modo, porque aún era una multitud ordinaria; pero al diablo no le habló así, sino ¿cómo? «No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» [] Pero aquí hace mención de las aves, y esto de un modo que los avergüence grandemente; lo cual es de muy gran valor para el fin de la amonestación.
Homilía 21, § 4
Sin embargo, algunos de los impíos han llegado a tal punto de locura, que aun atacan su comparación. Porque, dicen, no era propio de quien fortalece el principio moral usar ventajas naturales como incitaciones a ese fin. Pues a aquellos animales, añaden, esto les pertenece por naturaleza. ¿Qué diremos, entonces, a esto? Que aunque sea suyo por naturaleza, con todo, posiblemente también nosotros podemos alcanzarlo por elección. Porque Él no dijo: «mirad cómo vuelan las aves,» lo cual sería cosa imposible al hombre; sino que son alimentadas sin afanarse, cosa fácil de ser lograda también por nosotros, si queremos. Y esto lo han probado los que lo han cumplido en sus acciones.
Por lo cual sería muy digno de admirar sobremanera la consideración de nuestro Legislador, en que, pudiendo traer su comparación de entre los hombres, y pudiendo haber hablado de Moisés y de Elías y de Juan, y de otros semejantes a ellos, que no se afanaron; para tocarlos más en lo vivo, hizo mención de los seres irracionales. Porque si hubiera hablado de aquellos varones justos, éstos habrían podido decir: «Aún no hemos llegado a ser como ellos.» Pero ahora, pasándolos en silencio y presentando a las aves del cielo, les ha cortado toda excusa, imitando también en este lugar a la antigua ley. Sí, porque la antigua alianza igualmente envía a la abeja, a la hormiga, a la tórtola y a la golondrina. [] Y no es pequeño signo de honor que el mismo género de cosas que aquellos animales poseen por naturaleza, nosotros podamos cumplirlo por un acto de nuestra elección. Si, pues, Él tiene tan gran cuidado de los que existen por causa nuestra, mucho más de nosotros; si de los siervos, mucho más del señor. Por eso dijo: «Mirad las aves,» y no dijo: «porque no trafican ni hacen mercadería,» pues éstas estaban entre las cosas prohibidas con empeño. Pero ¿qué? «no siembran, ni siegan.» «¿Pues qué?» dirá alguno, «¿no hemos de sembrar?» No dijo: «no hemos de sembrar,» sino: «no hemos de afanarnos;» ni que no se deba trabajar, sino que no se debe ser apocado, ni atormentarse con cuidados. Pues nos mandó también ser alimentados, pero no en «el afanarnos.»
De esta lección pone también David el fundamento desde antiguo, diciendo enigmáticamente de este modo: «Abres tu mano, y colmas de bien a todo viviente;» y de nuevo: «Al que da a las bestias su alimento, y a los polluelos de los cuervos que claman a Él.»
«¿Quiénes, pues,» se podrá decir, «no se han afanado?» ¿No has oído cuántos de los justos aduje? ¿No ves entre ellos a Jacob, que partió de la casa de su padre desprovisto de todas las cosas? ¿No le oyes orar y decir: «Si el Señor me diere pan para comer y vestido para ponerme?» [] lo cual no era propio de quien se afana, sino de quien busca todo de Dios. Esto lo alcanzaron también los apóstoles, que lo arrojaron todo y no se afanaron; y también los «cinco mil» y los «tres mil.»
Homilía 21, § 5
Pero si no puedes soportar, al oír palabras tan altas, soltarte de estas ataduras penosas, considera la inutilidad de la cosa, y así pon fin a tu cuidado. Porque
«¿Quién de vosotros, por afanarse,» (dice) «puede añadir un codo a su estatura?» []
¿Ves cómo por lo que es evidente ha manifestado también lo que es oscuro? Así, «Como a tu cuerpo,» dice, «no podrás por afanarte añadir, aunque sea poquísimo; así tampoco allegar alimento; por más que de otro modo lo pienses.» De aquí es claro que no nuestra diligencia, sino la providencia de Dios, aun donde parecemos activos, lo efectúa todo. De modo que, si Él nos abandonara, ni cuidado, ni ansiedad, ni trabajo, ni ninguna otra cosa semejante, llegará jamás a ser algo, sino que todo pasará enteramente.
No supongamos, por tanto, que sus mandamientos son imposibles: porque hay muchos que los cumplen debidamente, tal como son. Y si no los conoces, no es nada maravilloso, puesto que Elías también supuso que estaba solo, y se le dijo: «Me he reservado siete mil hombres.» De donde es manifiesto que aun ahora hay muchos que muestran esta vida; como los «tres mil» entonces, y los «cinco mil.» Y si no lo creemos, no es porque no haya quienes obren bien, sino porque nosotros estamos lejos de obrar así. De modo que, así como el borracho no creería fácilmente que exista hombre alguno que ni siquiera pruebe agua (y sin embargo esto lo han logrado muchos solitarios en nuestro tiempo); ni el que se junta con innumerables mujeres, que sea fácil vivir en virginidad; ni el que arrebata los bienes ajenos, que uno haya de dar prontamente aun lo suyo propio: así tampoco los que diariamente se consumen con innumerables ansiedades recibirán fácilmente esta cosa.
Ahora, en cuanto al hecho de que hay muchos que han alcanzado esto, podríamos mostrarlo aun por aquellos que han practicado esta abnegación incluso en nuestra generación.
Pero para vosotros, por ahora, basta aprender a no codiciar, y que la limosna es cosa buena; y saber que debéis dar de lo que tenéis. Porque si cumplís debidamente estas cosas, amados, rápidamente pasaréis también a aquellas otras.
Homilía 21, § 6
Por el presente, pues, dejemos a un lado nuestra excesiva suntuosidad, y soportemos la moderación, y aprendamos a adquirir con trabajo honesto todo lo que hayamos de tener: puesto que aun el bienaventurado Juan, cuando hablaba con los que estaban empleados en el tributo y con los soldados, les mandó «contentarse con su salario.» [] Aunque estaba ansioso por conducirlos a otro dominio de sí más alto, sin embargo, como aún no estaban preparados para esto, habla de las cosas menores. Porque si hubiera mencionado las que son más altas que éstas, no se habrían aplicado a ellas, y habrían caído de las otras.
Por esta misma razón también nosotros os ejercitamos en los deberes inferiores. Sí, porque aún, lo sabemos, la carga de la pobreza voluntaria es demasiado grande para vosotros, y el cielo no dista más de la tierra que semejante abnegación de vosotros. Echemos, pues, mano, aunque sea de los mandamientos más bajos, porque aun esto no es pequeño aliento. Y sin embargo, algunos entre los paganos han alcanzado aun esto, aunque no con espíritu recto, y se han despojado de todas sus posesiones. Con todo, nos contentamos en vuestro caso si dais limosna abundantemente; pues pronto llegaremos también a aquellos otros deberes, si avanzamos de este modo. Pero si no hacemos ni siquiera esto, ¿de qué favor seremos dignos, nosotros a quienes se manda superar a los que estaban bajo la antigua ley, y sin embargo nos mostramos inferiores a los filósofos entre los paganos? ¿Qué diremos nosotros, que cuando deberíamos ser ángeles e hijos de Dios, ni siquiera mantenemos plenamente nuestro ser de hombres? Porque despojar y codiciar no proviene de la mansedumbre de los hombres, sino de la fiereza de las fieras salvajes; más aún, peores que las fieras son los que asaltan los bienes de su prójimo. Porque a aquéllas esto les viene por naturaleza, pero nosotros, que hemos sido honrados con la razón y sin embargo caemos en aquella vileza contra naturaleza, ¿qué indulgencia recibiremos?
Considerando, pues, las medidas de aquella disciplina que se nos propone, avancemos al menos hasta la estación media, para que, por una parte, seamos librados del castigo venidero, y, avanzando con orden, por otra, lleguemos a la cumbre misma de todos los bienes; a la cual ojalá todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.