Homilía 51, § 1
Mateo XV, 1.
«Entonces vinieron a Jesús escribas y fariseos, que eran de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos,» etc.
Entonces, ¿cuándo? Cuando hubo obrado sus incontables milagros; cuando hubo sanado a los enfermos con el toque del borde de su manto. Porque aun con esta intención marca el evangelista el tiempo, para significar su maldad indecible, por nada reprimida.
Pero ¿qué significa, «Los escribas y fariseos, que eran de Jerusalén?» En cada una de las tribus estaban dispersos y divididos en doce partes; pero los que ocupaban la ciudad principal eran peores que los demás, pues gozaban de más honra y habían contraído mucha altivez.
Pero observad, os ruego, cómo aun por la pregunta misma quedan convictos; al no decir: «¿Por qué quebrantan la ley de Moisés,» sino: «la tradición de los ancianos.» De donde es evidente que los sacerdotes inventaban muchas novedades, aunque Moisés, con mucho terror y con mucha amenaza, había mandado no añadir ni quitar. «Porque no añadiréis,» dice él, «a la palabra que yo os mando hoy, y no quitaréis de ella.» []
Pero no por eso dejaban de innovar; como en este caso, que no se debe comer sin lavarse las manos, que hay que lavar las copas y los vasos de bronce, que hay que lavarse también a sí mismos. Así, cuando los hombres, con el correr del tiempo, iban a ser liberados de sus observancias, en aquel mismo tiempo los ataban con ellas en más y más casos, temiendo que alguien les quitara su poder, y queriendo infundir más temor, como si ellos también fueran legisladores. La cosa, de hecho, llegó a tal enorme desmesura, que mientras sus propios mandamientos se guardaban, los de Dios eran quebrantados; y tanto prevalecieron, que el asunto llegó a ser en verdad motivo de acusación. Lo cual era una doble acusación contra ellos: en tanto que inventaban novedades y eran tan estrictos exactores por su propia cuenta, mientras que de Dios no hacían caso.
Y omitiendo hablar de las demás cosas, de las ollas y de los vasos de bronce (porque era demasiado ridículo), lo que parecía más razonable que el resto, eso traen a colación, queriendo, al menos según me parece, provocarle con ello a ira. Por lo cual también mencionaron a los ancianos, para que Él, al tenirlos en nada, diera ocasión contra sí mismo.
Pero convendría preguntar primero por qué los discípulos comían con las manos sin lavar. ¿Por qué comían así, entonces? No como quien hace de ello un punto de observancia, sino como quienes en adelante pasan por alto lo superfluo y atienden a lo necesario; no teniendo ley de lavarse o no lavarse, sino haciendo lo uno o lo otro según se presentara. Porque los que despreciaban incluso su propia comida necesaria, ¿cómo habían de considerar estas cosas dignas de mucha consideración? Esto, pues, habiendo sucedido a menudo sin intención —por ejemplo, cuando comieron en el desierto, cuando arrancaron las espigas—, es ahora presentado como acusación por estas personas, que siempre quebrantan lo grande y hacen mucho caso de lo superfluo.
Homilía 51, § 2
2. ¿Qué dice entonces Cristo? No se opuso a ello, ni hizo defensa alguna, sino que inmediatamente los reprende de nuevo, derribando su confianza y significando que el que comete grandes pecados no debe ser estricto con otros en las cosas pequeñas. «¿Qué? Cuando debierais ser reprendidos,» dice Él, «¿también vosotros reprendéis?»
Pero observa tú, te ruego, cómo, cuando es su voluntad dejar de lado algo de lo mandado por la ley, lo hace en forma de disculpa; y así lo hizo en aquel caso. Porque de ningún modo procede a transgredirla de inmediato, ni dice: «No es nada;» pues seguramente los habría hecho más audaces; sino que primero corta de raíz su osadía, trayendo a colación la acusación mucho más grave y dirigiéndola sobre su cabeza. Y ni dice: «Bien hacen en transgredirla,» para no darles asidero contra Él; ni habla mal de su proceder, para no confirmar la ley; ni, por otra parte, censura a los ancianos como hombres sin ley e impíos; porque sin duda lo habrían rehuido como a un injuriador y maldiciente; sino que todas estas cosas las abandona y procede por otro camino. Y parece en verdad estar reprendiendo a las personas mismas que habían venido a Él, pero está censurando a los que dictaron estas leyes; y en ningún lugar hace mención de los ancianos, sino que con su cargo contra los escribas derriba también a ellos, significando que su pecado es doble: primero, en desobedecer a Dios; luego, en hacerlo por causa de los hombres; como si hubiera dicho: «Por esto, esto os ha arruinado: vuestro obedecer a los ancianos en todas las cosas.»
Sin embargo, no lo dice así, sino que esto es justamente lo que da a entender, respondiéndoles de la siguiente manera:
¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios mandó, diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldijere a su padre o a su madre, muera de muerte. Pero vosotros decís: Cualquiera que dijere a su padre o a su madre: Es ofrenda aquello con que pudieras ser aprovechado de mí, y no honrare a su padre o a su madre — Y habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.
Y no dijo: «la tradición de los ancianos,» sino: «la vuestra.» Y: «vosotros decís;» de nuevo no dijo: «los ancianos dicen:» para hacer su discurso menos irritante. Es decir, porque ellos querían probar que los discípulos eran transgresores de la ley, Él significa que ellos mismos lo son, pero que aquéllos están libres de culpa. Porque ciertamente no es ley lo que es mandado por hombres (por lo cual también la llama «tradición»), y especialmente por hombres que son transgresores de la ley.
Y como esto no tenía ni sombra de contrariedad con la ley —mandar a los hombres lavarse las manos—, trae a colación otra tradición que se opone a la ley. Y lo que dice es como sigue: «Enseñaban a los jóvenes, bajo apariencia de piedad, a despreciar a sus padres.» ¿Cómo y de qué manera? «Si uno de sus padres decía a su hijo: 'Dame esta oveja que tienes, o este becerro, o cualquier cosa semejante', solían decir: 'Esto es una ofrenda a Dios, con la cual serías aprovechado por mí, y no puedes tenerla.' Y de aquí surgían dos males: por una parte, no traían las cosas a Dios; por otra, defraudaban a sus padres bajo el nombre de la ofrenda, injuriando a la vez a sus padres por causa de Dios, y a Dios por causa de sus padres.» Pero Él no dice esto de inmediato, sino que primero recita la ley, con la cual significa su ardiente deseo de que los padres sean honrados. Porque, «honra,» dice Él, «a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años sobre la tierra.» Y otra vez, «El que maldijere a padre o madre, muera de muerte.» []
Pero Él, omitiendo lo primero, el galardón señalado para los que honran a sus padres, refiere lo más terrible, a saber, el castigo amenazado a los que los deshonran; deseando a la vez aterrarlos y ganarse a los que tienen entendimiento; y da a entender que ellos son por esto dignos de muerte. Porque si el que los deshonra de palabra es castigado, mucho más vosotros, que lo hacéis de obra, y que no sólo deshonráis, sino que también lo enseñáis a otros. «Vosotros, pues, que no deberíais siquiera vivir, ¿cómo censuráis a los discípulos?»
«¿Y qué hay de extraño en que me ofrezcáis tales injurias a mí, que soy todavía desconocido, cuando aun al Padre se os halla haciendo otro tanto?» Porque en todas partes Él afirma e implica que de Él tuvieron principio con esta su arrogancia.
Pero algunos interpretan también de otra manera: «Es una ofrenda aquello con que pudieras ser aprovechado de mí;» esto es: no te debo honra, sino que es un don gratuito mío para ti, si es que te honro. Pero Cristo no habría mencionado una injuria de esa clase.
Y Marcos lo aclara más, diciendo: «Es Corbán, aquello con que pudieras ser aprovechado de mí;» [] que significa no un don y regalo, sino propiamente una ofrenda.
Habiendo, pues, significado que quienes pisoteaban la ley no podían con justicia tener derecho a censurar a hombres por transgredir un mandato de ciertos ancianos, les señala esto mismo también desde el profeta. Así, habiendo asido de ellos una vez con severidad, pasa adelante, como hace en toda ocasión, trayendo las Escrituras y mostrando así estar de acuerdo con Dios.
¿Y qué dice el profeta? «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Pero en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.»
¿Veis una profecía en exacta consonancia con sus dichos, y que desde el primer momento proclamaba de antemano su maldad? Pues lo que Cristo les imputaba ahora, de esto también Isaías habló desde el principio: que desprecian las palabras de Dios, «pues en vano me honran,» dice Él; pero de las suyas propias hacen mucho caso, «enseñando,» dice Él, «como doctrinas mandamientos de hombres.» Por tanto, con razón no las guardan los discípulos.
Homilía 51, § 3
3. Habiéndoles, como veis, dado el golpe mortal; y habiendo agravado la acusación primero a partir de los hechos, luego de su propio testimonio, después del profeta, con ellos ciertamente no discurre en absoluto, pues ya han venido a estar incorregiblemente dispuestos, sino que dirige su discurso a las multitudes, para introducir su doctrina, grande y sublime, y llena de mucha severidad; y tomando ocasión del tema anterior, procede a insertar lo más grande, descartando también la observancia de los alimentos.
Mas mirad cuándo. Cuando hubo limpiado al leproso, cuando hubo derogado el sábado, cuando se hubo mostrado Rey de tierra y mar, cuando hubo dado leyes, cuando hubo perdonado pecados, cuando hubo resucitado muertos, cuando les hubo dado muchas pruebas de su divinidad, entonces discurre sobre los alimentos.
Pues en verdad toda la religión de los judíos se comprende en esto; si quitas esto, aun has quitado todo. Porque con esto significa que también la circuncisión debe ser abolida. Pero de sí mismo no introduce esto de manera prominente (puesto que aquélla era más antigua que los otros mandamientos y tenía mayor estimación), sino que lo establece por medio de sus discípulos. Porque tan grande cosa era que, aun los discípulos, después de tanto tiempo, al proponerse abolirla, primero la practican, y así la derriban. []
Mas mirad cómo introduce su ley: cómo «llamó a la multitud y les dijo: Oíd y entended.» []
Así, de ningún modo lo revela simplemente, sino que, con respeto y cortesía, primero hace aceptable su dicho (pues esto declara el evangelista al decir: «Los llamó a sí»): y, en segundo lugar, también por el tiempo; en que después de la refutación de ellos, y de su victoria sobre ellos, y de la acusación del profeta, entonces comienza su legislación, cuando ellos también recibirían más fácilmente sus dichos.
Y no sólo los llama a sí, sino que también los hace más atentos. Porque «entended,» dice Él, esto es, «considerad, despertaos; porque de tal índole es la ley que ahora va a promulgarse. Porque si ellos dejaron de lado la ley, aun a destiempo, por su propia tradición, y vosotros escuchasteis, mucho más debéis vosotros escucharme a mí, que en la sazón oportuna os conduzco a una regla más alta de dominio de sí.»
Y no dijo: «La observancia de los alimentos no es nada, ni que Moisés hubiera dado mandatos equivocados, ni que por condescendencia lo hizo;» sino que, a modo de amonestación y consejo, y tomando su testimonio de la naturaleza de las cosas, dice: «No las cosas que entran en la boca contaminan al hombre, sino las que salen de la boca;» [] acudiendo a la naturaleza misma tanto en su promulgación como en su demostración. Pero ellos, oyendo todo esto, no respondieron nada, ni dijeron: «¿Qué dices Tú? Cuando Dios ha dado mandatos sin número acerca de la observancia de los alimentos, ¿tú pones tales leyes?» Mas como Él había tapado del todo sus bocas, no sólo refutándolos, sino también publicando su astucia, y exponiendo lo que ellos hacían en secreto, y revelando los secretos de su mente; sus bocas quedaron tapadas, y así se fueron.
Mas observad, os ruego, cómo no se atreve todavía a ponerse abiertamente y con denuedo contra los alimentos. Por eso no dijo: «los alimentos,» sino: «las cosas que entran no contaminan al hombre;» lo cual era natural que sospecharan también respecto de las manos sin lavar. Porque Él hablaba ciertamente de los alimentos, pero se entendería también de estas cosas.
Pues tan fuerte era el sentimiento de escrúpulo acerca de los alimentos, que aun después de la resurrección Pedro dijo: «No, Señor, porque nunca he comido cosa común o inmunda.» [] Porque aunque fue por causa de otros que dijo esto, y para dejarse a sí mismo una justificación contra sus censores, señalando que él en efecto protestó, y ni aun así fue excusado, sin embargo implica la profundidad de la impresión que tenían sobre ese punto.
Por lo cual veis que Él mismo al principio no habló abiertamente de los alimentos, sino: «Las cosas que entran en la boca;» y otra vez, cuando después pareció hablar más claramente, lo veló con su conclusión, diciendo: «Pero comer sin lavarse las manos no contamina al hombre:» [] para que pareciera haber tenido ocasión de allí, y estar discurriendo todavía de lo mismo. Por eso no dijo: «Comer alimentos no contamina al hombre,» sino que es como si hablara de aquel otro tema; para que no tengan nada que objetar.
Homilía 51, § 4
4. Cuando, pues, hubieron oído estas cosas, «los fariseos,» se dice, «se escandalizaron,» [] no las multitudes. Porque «sus discípulos,» así se dice, «vinieron y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se escandalizaron cuando oyeron este dicho?» Sin embargo, ciertamente nada se les había dicho a ellos.
¿Qué dice, pues, Cristo? No quitó el escándalo respecto de ellos, sino que los reprendió, diciendo: «Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.» [] Porque Él suele a la vez despreciar los escándalos y no despreciarlos. En otro lugar, por ejemplo, dice: «Mas para no escandalizarlos, echa el anzuelo al mar:» [] pero aquí dice: «Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo.»
Pero estas cosas las dijeron sus discípulos, no sólo afligiéndose por aquellos hombres, sino estando ellos mismos también algo perplejos. Mas como no se atrevían a decirlo por su propia boca, querían aprenderlo contándole lo de otros. Y en cuanto a que así era, oíd cómo después de esto el ardiente y siempre pronto Pedro vino a Él y le dice: «Decláranos esta parábola,» [] descubriendo la turbación de su alma, y no atreviéndose a decir abiertamente: «Estoy escandalizado,» sino pidiendo que por su interpretación quedara libre de su perplejidad; por lo cual también fue reprendido.
¿Qué dice, pues, Cristo? «Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.»
Esto, los que están enfermos de la peste maniquea afirman que se dice de la ley; pero sus bocas son tapadas por lo que se había dicho antes. Porque si hablaba de la ley, ¿cómo más adelante la defiende y pelea por ella, diciendo: «¿Por qué quebrantáis los mandamientos de Dios por vuestra tradición?» ¿Y cómo trae a colación al profeta? Pero de ellos mismos y de sus tradiciones habla así. Porque si Dios dijo: «Honra a tu padre y a tu madre,» ¿cómo no es plantío de Dios lo que fue dicho por Dios?
Y lo que sigue indica también que lo dijo de ellos mismos y de sus tradiciones. Así añadió: «Son ciegos guías de ciegos.» Pues si lo hubiera dicho de la ley, habría dicho: «Es un ciego guía de ciegos.» Pero no habló así, sino: «Son ciegos guías de ciegos», librando a la ley de toda culpa y volviéndolo todo contra ellos.
Luego, para separar también de ellos al pueblo, como a punto de caer en un hoyo por su causa, dice: «Si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo.»
Gran mal es ya el solo ser ciego; pero estarlo y no tener quien lo guíe, y aun ocupar el lugar de guía, es doble y triple motivo de censura. Porque si es peligroso para el ciego no tener guía, mucho más lo es el que quiera él mismo ser guía de otro.
¿Qué dice, pues, Pedro? No dice: «¿Qué es eso que has dicho?», sino que, como si estuviera lleno de oscuridad, hace su pregunta. Y no dice: «¿Por qué has hablado contra la ley?», porque temía que se pensara que se había escandalizado; pero afirma que es oscuro. Sin embargo, que no era oscuro, sino que él se había escandalizado, es manifiesto, pues nada tenía de oscuridad.
Por lo cual también lo reprende diciendo: «¿También vosotros estáis todavía sin entendimiento?» [] Porque la multitud quizá ni siquiera entendió la palabra; pero ellos mismos eran los escandalizados. Por lo cual, mientras al principio, como preguntando de parte de los fariseos, deseaban que se les explicara, cuando lo oyeron denunciar una gran amenaza y decir: «Toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada», y: «Son ciegos guías de ciegos», enmudecieron. Pero él, siempre ardiente, ni aun así soporta callar, sino que dice: «Decláranos esta parábola.» []
¿Qué dice, pues, Cristo? Con aguda reprensión responde: «¿También vosotros estáis todavía sin entendimiento? ¿Todavía no entendéis?»
Pero esto lo dijo y los reprendió para expulsar su prejuicio; no se detuvo, sin embargo, en esto, sino que añade también otras cosas, diciendo: «Todo lo que entra por la boca va al vientre, y es echado en la letrina; pero lo que sale de la boca, del corazón sale, y eso contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, las blasfemias, los falsos testimonios: éstas son las cosas que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.» []
¿Veis cuán agudamente trata con ellos, y en forma de reprensión?
Luego confirma su dicho por nuestra común naturaleza, y con miras a su curación. Pues cuando dice: «Va al vientre y es echado en la letrina», responde todavía según las bajas ideas de los judíos. Porque dice: «No permanece, sino que sale»; ¿y qué si permaneciera? No haría impuro a nadie. Pero todavía no eran capaces de oír esto.
Y puede notarse que por esto el legislador concede justo el tiempo que permanece dentro de uno; pero cuando ha salido, ya no. Por ejemplo, a la tarde te manda lavarte, y así quedar limpio; midiendo el tiempo de la digestión y de la excreción. [] Pero las cosas del corazón, dice, permanecen dentro, y cuando salen contaminan, y no sólo mientras permanecen. Y primero pone los malos pensamientos, cosa que era propia de los judíos; y no hace todavía su refutación por la naturaleza de las cosas, sino por el modo de producción, del vientre y del corazón respectivamente, y por el hecho de que lo uno permanece, lo otro no; lo uno entra de fuera y sale otra vez afuera, mientras lo otro se engendra dentro, y habiendo salido contamina, y tanto más cuando ha salido. Porque no eran capaces todavía, como dije, de ser enseñados en estas cosas con todo rigor.
Pero Marcos dice que «purificando los alimentos» dijo esto. No lo expresó, sin embargo, ni dijo del todo: «pero el comer tales y cuales alimentos no contamina al hombre», pues ni siquiera podían soportar que se lo dijera así, distintamente. Y por eso su conclusión fue: «Pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre.» []
Homilía 51, § 5
5. Aprendamos, pues, cuáles son las cosas que contaminan al hombre; aprendámoslas y huyamos de ellas. Porque aun en la iglesia vemos tal costumbre prevalecer entre la mayoría, y hombres que ponen diligencia en venir con vestidos limpios y con las manos lavadas; pero en cómo presentar a Dios un alma limpia, no hacen cuenta.
Y esto lo digo no prohibiéndoles lavarse las manos o la boca; sino queriendo que los hombres se laven como conviene, no con agua solamente, sino, en lugar de agua, con todas las virtudes. Porque la inmundicia de la boca es el mal hablar, la blasfemia, el ultraje, las palabras airadas, el lenguaje torpe, la risa, las burlas. Si, pues, eres consciente de no pronunciar ninguna de ellas ni de estar manchado con esta inmundicia, acércate con confianza; pero si has recibido estas manchas innumerables veces, ¿por qué trabajas en vano, lavando en verdad tu lengua con agua, pero llevando sobre ella tan mortal y dañosa inmundicia? Porque dime: si tuvieras estiércol en las manos, o barro, ¿te atreverías acaso a orar? De ningún modo. Y sin embargo, aquello no sería daño; pero esto es ruina. ¿Cómo, pues, eres reverente en las cosas diferentes, y en las prohibidas remiso?
¿Qué, pues? ¿No debemos orar?, dice alguno. Debemos, en verdad, pero no estando contaminados y llevando sobre nosotros barro de esa especie.
«¿Y qué, si he sido sorprendido?», dice alguno. Límpiate. «¿Cómo, y de qué modo?» Llora, gime, da limosna, pide perdón al ofendido, reconcíliatelo por esto, limpia tu lengua, no sea que provoques a Dios más gravemente. Pues si uno tuviera las manos llenas de estiércol, y asiera de tus pies suplicándote, lejos de oírlo, tú más bien lo apartarías con el pie; ¿cómo, pues, te atreviste de tal modo a acercarte a Dios? Porque en verdad la lengua es la mano de los que oran, y por ella asimos las rodillas de Dios. No la contamines, pues, no sea que también a ti diga: «Aunque multipliquéis las oraciones, no escucharé.» [] Sí, y: «En el poder de la lengua están la muerte y la vida»; [] y: «Por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.» []
Te mando, pues, que guardes tu lengua más que la niña de tu ojo. La lengua es un corcel real. Si le pones freno y le enseñas a caminar con orden, el Rey descansará y se sentará sobre él; pero si dejas que corra desbocado y salte sin freno, se convierte en bestia para que el diablo y los malos espíritus la cabalguen. Y mientras, recién salido de la compañía de tu propia esposa, no te atreves a orar, aunque esto no es culpa alguna, ¿levantas tus manos, recién salido del ultraje y del insulto, que no atraen menos que el infierno, antes de haberte bien limpiado? ¿Y cómo no te estremeces? Dime. ¿No has oído a Pablo decir: «Honroso es el matrimonio, y el lecho sin mancilla?» [] Pero si levantándote del lecho sin mancilla no te atreves a acercarte en oración, ¿cómo, viniendo del lecho del diablo, invocas aquel nombre terrible y espantoso? Porque en verdad es lecho del diablo revolcarse en insultos y ultrajes. Y como un malvado adúltero, la ira retoza con nosotros con gran deleite, arrojando en nosotros semilla mortal, y haciéndonos parir enemistad diabólica, y haciendo todo de modo contrario al matrimonio. Porque mientras el matrimonio hace que los dos sean una sola carne, la ira separa en muchas partes a los que estaban unidos, y hiende y corta en pedazos al alma misma.
Para que, pues, con confianza te acerques a Dios, no recibas a la ira cuando viene sobre ti y desea estar contigo, sino ahuyéntala como a un perro rabioso.
Porque así lo mandó también Pablo, pues su frase es: «levantando manos santas, sin ira ni contienda.» [] No deshonres, pues, tu lengua, porque ¿cómo rogará por ti cuando ha perdido su propia confianza? Antes adórnala con mansedumbre, con humildad, hazla digna del Dios a quien se suplica, llénala de bendición, de mucha limosna. Porque es posible aun con palabras hacer limosna. «Porque mejor es la palabra que el don», [Sirácides 18:16] y: «responde al pobre pacíficamente con mansedumbre.» [Sirácides 4:8] Y todo el resto de tu tiempo adórnala también con el repaso de las leyes de Dios: «Sea toda tu conversación en la ley del Altísimo.» [Sirácides 9:15]
Habiéndonos así adornado, vengamos a nuestro Rey, y caigamos a sus rodillas, no con el cuerpo solamente, sino también con la mente. Consideremos a quién nos acercamos, y en favor de quién, y qué pretendemos conseguir. Nos acercamos a Dios, a quien los serafines contemplan y apartan el rostro, no soportando su resplandor; a cuya vista tiembla la tierra. Nos acercamos a Dios, «que habita en la luz, a la cual ningún hombre puede acercarse.» [] Y nos acercamos a Él para ser librados del infierno, para la remisión de los pecados, para escapar de aquellos castigos intolerables, para alcanzar los cielos y los bienes que allí hay. Caigamos, digo, ante Él en cuerpo y en mente, para que Él nos levante cuando estemos caídos; conversemos con toda mansedumbre y suavidad.
¿Y quién es tan desdichado y miserable, podrá decir alguno, como para no volverse manso en la oración? El que ora con imprecación, y se llena de ira, y clama contra sus enemigos.
Homilía 51, § 6
6. No, si quieres acusar, acúsate a ti mismo. Si quieres aguzar y afilar tu lengua, sea contra tus propios pecados. Y no digas qué mal te ha hecho otro, sino qué mal te has hecho tú a ti mismo; porque éste es en verdad el mal: puesto que ningún otro podrá realmente dañarte, a no ser que tú te dañes a ti mismo. Por lo cual, si deseas estar contra los que te hacen mal, acércate primero contra ti mismo; nadie te lo impide; pues yendo a juicio contra otro, no sacas sino mayor daño.
¿Y qué daño tienes en realidad que mencionar? ¿Que tal persona te insultó y te despojó por la fuerza, y te rodeó de peligros? No, esto no es recibir daño, sino, si somos sobrios, el mayor de los beneficios; el dañado es el que hizo tales cosas, no el que las padeció. Y esto, más que ninguna otra cosa, es la causa de todos nuestros males: que ni siquiera sabemos quién es el dañado y quién el dañador. Pues si supiéramos bien esto, no nos dañaríamos a nosotros mismos, no oraríamos contra otro, habiendo aprendido que es imposible sufrir mal de otro. Porque no el ser despojado, sino el despojar, es un mal. Por lo cual, si has despojado, acúsate a ti mismo; pero si has sido despojado, ruega más bien por el que te despojó, porque te ha hecho el mayor de los bienes. Pues aunque la intención del autor no fuera tal, tú has recibido el mayor beneficio, si lo has soportado noblemente. Porque a él, los hombres y las leyes de Dios lo declaran desdichado; pero a ti, el dañado, te coronan y proclaman tu alabanza.
Porque así, si uno enfermo de fiebre arrebatara con violencia a otro una vasija con agua, y saciara su pernicioso deseo, no diríamos que el despojado ha sido dañado, sino el despojador; porque ha agravado su fiebre y hecho más penosa su enfermedad. Ahora bien, de este modo te mando razonar también acerca del que ama las riquezas y el dinero. Pues también él, teniendo una fiebre mucho peor que la de aquél, con esta rapiña ha avivado la llama en sí mismo.
Y de nuevo, si un frenético arrebatara la espada a alguno y se destruyera a sí mismo, ¿quién es aquí el dañado? ¿El despojado o el despojador? Es bien claro: el que hizo el robo.
Pues bien, también en el caso de arrebatar los bienes, demos el mismo voto. Porque lo que es la espada para el frenético, casi lo mismo es la riqueza para el avaro; no, es cosa aún peor. Porque el frenético, cuando ha tomado la espada y se la ha clavado, queda a un tiempo librado de su frenesí y no recibe segundo golpe; pero el amante del dinero recibe cada día diez mil heridas más graves que las suyas, sin librarse de su frenesí, sino agravándolo aún más; y cuantas más heridas recibe, tanto más da ocasión a otros golpes más penosos.
Reflexionando, pues, en estas cosas, huyamos de esta espada; huyamos del frenesí; aunque tarde, hagámonos sobrios. Porque también esta virtud debe llamarse templanza, no menos que aquella que así suele llamarse entre todos los hombres. Porque allí se lucha contra el dominio de una sola concupiscencia; aquí tenemos que dominar muchas concupiscencias, y de toda especie.
Sí, nada, nada hay más necio que el esclavo de la riqueza. Piensa que vence cuando es vencido. Piensa que es señor cuando es esclavo, y poniéndose cadenas a sí mismo, se regocija; haciendo más fiera a la bestia salvaje, se complace; y volviéndose cautivo, se enorgullece y salta de gozo; y viendo a un perro rabioso que se lanza contra su alma, cuando debería atarlo y debilitarlo por el hambre, le suministra abundancia de alimento, para que salte sobre él con más fiereza y sea más formidable.
Reflexionando, pues, en todas estas cosas, soltemos las ataduras, matemos al monstruo, expulsemos la enfermedad, echemos fuera este frenesí; para que gocemos de una salud serena y pura, y habiendo navegado con mucho deleite al puerto tranquilo, alcancemos las bendiciones eternas; a las cuales ojalá alcancemos todos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 52, § 1
Mateo 15:21-22.
«Y saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y Sidón. Y he aquí, una mujer cananea que había salido de aquellos confines clamaba a Él, diciendo: Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es gravemente atormentada por un demonio.»
Pero Marcos dice que «no pudo quedar oculto», [] aunque había entrado en la casa. ¿Y por qué fue del todo a aquellas regiones? Cuando los hubo librado de la observancia de los alimentos, entonces va también a abrir una puerta a los gentiles, procediendo en debida sucesión; así como Pedro, habiendo sido primero dirigido a anular esta ley, es enviado a Cornelio.
Pero si alguno dijera: ¿Cómo, pues, mientras dice a sus discípulos: «No vayáis por camino de gentiles», la admite Él mismo? Primero, ésta sería nuestra respuesta: que lo que imponía a sus discípulos no lo estaba Él mismo obligado a guardar; segundo, que no partió para predicar; lo cual en verdad también Marcos, dando a entender, dijo que aun se ocultó, mas no quedó escondido.
Porque así como el no apresurarse a ir a ellos primero era parte del curso regular de su proceder, así el expulsarlos cuando venían a Él era indigno de su amor al hombre. Porque si a los que huyen se los debe perseguir, mucho más no se ha de evitar a los que vienen.
Mira, en todo caso, cuán digna es esta mujer de todo beneficio. Porque no se atrevió ni siquiera a venir a Jerusalén, temiendo y juzgándose indigna. Pues si no fuera por esto, habría venido allí, como es evidente tanto por su actual empeño como por el haber salido de sus propios confines.
Y algunos, tomándolo como alegoría, dicen que, cuando Cristo salió de Judea, entonces la iglesia se atrevió a acercársele, saliendo ella también de sus propios confines. Porque está dicho: «Olvida tu pueblo y la casa de tu padre.» Porque Cristo salió de sus fronteras, y la mujer de sus fronteras, y así se hizo posible que se encontraran el uno con la otra; por eso dice: «He aquí una mujer cananea saliendo de sus propios confines.»
El evangelista habla contra la mujer, para mostrar su hazaña maravillosa y celebrar tanto más su alabanza. Porque cuando oyes de una mujer cananea, debes traer a la memoria aquellas naciones malvadas, que trastornaron desde sus fundamentos las mismas leyes de la naturaleza. Y acordándote de éstas, considera también el poder de la venida de Cristo. Porque los que habían sido expulsados, para que no pervirtieran a ningún judío, éstos se mostraron tan mejor dispuestos que los judíos, que hasta salieron de sus confines y se acercaron a Cristo; mientras éstos lo expulsaban, aun viniendo Él a ellos.
Homilía 52, § 2
2. Habiendo, pues, venido a Él, no dice otra cosa sino «Ten misericordia de mí», y con su grito atrae a muchos espectadores. Porque en verdad era un espectáculo lastimoso ver a una mujer clamando en tan grande aflicción, y que esa mujer fuera madre, y rogara por una hija, y por una hija en tan mal caso: no atreviéndose siquiera a traer a la vista del Maestro a la endemoniada, sino dejándola yacer en casa, y haciendo ella misma la súplica.
Y cuenta sólo su aflicción, y no añade nada más; ni arrastra al médico a su casa, como aquel noble, diciendo: «Ven y pon tu mano sobre ella», y: «Desciende antes que mi hijo muera.»
Sino que, habiendo descrito tanto su calamidad como la intensidad de la enfermedad, apela a la misericordia del Señor, y clama en voz alta; y no dice: «Ten misericordia de mi hija», sino: «Ten misericordia de mí.» Porque ella no siente su enfermedad, pero yo soy la que sufre sus innumerables males; mi enfermedad es con conciencia, mi frenesí con percepción de sí mismo.
Homilía 52, § 2 (repetido)
2. «Pero Él no le respondió palabra.» []
¿Qué es esto, nuevo y extraño? A los judíos en su perversidad los conduce, y blasfemando los ruega, y tentándolo no los despide; pero a ella, que corre a Él, y le ruega, y le suplica, a ella que no había sido educada ni en la ley ni en los profetas, y mostraba tan gran reverencia; a ella no le concede siquiera una respuesta.
¿A quién no habría esto escandalizado, viendo los hechos tan contrarios a lo que se decía? Porque habiendo oído que andaba por las aldeas sanando, a ella, cuando ha venido a Él, la rechaza por completo. ¿Y quién no se habría conmovido por su aflicción y por la súplica que hacía por su hija en tan mal caso? Porque no como una digna, ni como exigiendo lo debido, no así se acercó a Él; sino que rogaba para hallar misericordia, y sólo daba cuenta lamentable de su propia aflicción; y sin embargo no es tenida por digna siquiera de una respuesta.
Quizá muchos de los oyentes se escandalizaron, pero ella no se escandalizó. ¿Y por qué digo de los oyentes? Pues supongo que aun los mismos discípulos debieron conmoverse en algún grado por la aflicción de la mujer, y perturbarse y desanimarse mucho.
No obstante, ni aun en esa turbación se atrevieron a decir: «Concédele este favor», sino: «Se acercaron sus discípulos y le rogaron, diciendo: Despídela, pues viene gritando detrás de nosotros.» Pues también nosotros, cuando queremos persuadir a alguno, muchas veces decimos lo contrario.
Pero Cristo dice: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» []
¿Qué hizo, pues, la mujer, después de oír esto? ¿Calló, y desistió? ¿O aflojó su empeño? De ningún modo, sino que fue más insistente. Pero no es así con nosotros; más bien, cuando no alcanzamos, desistimos; y esto debería hacernos más urgentes.
Y sin embargo, ¿quién no habría sido llevado a la perplejidad por la palabra que entonces se dijo? Su silencio era bastante para llevarla a la desesperación, pero su respuesta lo hizo mucho más. Porque junto con ella, ver también a los que rogaban con ella en entera perplejidad, y oír que la cosa es aun imposible de hacerse, era bastante para arrojarla a indecible perplejidad.
Mas con todo, la mujer no se quedó perpleja, sino que al ver que sus abogados nada conseguían, se hizo desvergonzada con una santa desvergüenza.
Porque, mientras antes de esto no se había atrevido siquiera a ponerse a la vista (pues «grita», está dicho, «detrás de nosotros»), cuando cabía esperar que más bien se alejara en entera desesperación, en ese mismo momento se acerca y se postra, diciendo: «Señor, socórreme.» []
¿Qué es esto, oh mujer? ¿Tienes tú, pues, mayor confianza que los apóstoles? ¿Fuerza más abundante? «Confianza y fuerza», dice ella, «de ningún modo; no, estoy incluso llena de vergüenza. Mas con todo, mi misma desvergüenza la presento por súplica; Él respetará mi confianza.» ¿Y qué es esto? ¿No le oíste decir: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel?» «Lo oí», dice ella, «pero Él mismo es el Señor.» Por lo cual tampoco dijo: «Ruega y suplica», sino: «Socórreme.»
Homilía 52, § 3
3. ¿Qué dice, pues, Cristo? Ni aun con todo esto se satisfizo, sino que hace de nuevo su perplejidad más intensa aún, diciendo:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros.» []
Y cuando le concedió una palabra, entonces la golpeó más agudamente que con su silencio. Y ya no refiere la causa a otro, ni dice: «No soy enviado», sino que cuanto más urgente vuelve ella su súplica, tanto más urge Él su negativa. Y ya no los llama «ovejas», sino «hijos», y a ella «perro».
¿Qué dice, pues, la mujer? De sus propias palabras forma su defensa. «Sí, aunque sea un perro», dijo, «no soy extraña.»
Con justicia dijo Cristo: «Para juicio he venido.» [] La mujer practica una alta templanza, y muestra toda resistencia y fe, y esto, recibiendo insulto; pero ellos, cortejados y honrados, lo pagan con lo contrario.
Porque «ese alimento es necesario para los hijos», dice ella, «también yo lo sé; pero ni aun así se me prohíbe, siendo perro. Pues si fuera ilícito recibir, tampoco sería lícito participar de las migajas; pero si, aunque en escasa medida, deben ser partícipes, tampoco yo estoy excluida, aunque sea perro; no, más bien por esto mismo soy con toda certeza partícipe, si soy perro.»
Con esta intención la rechazaba Cristo, porque sabía que diría esto; por esto le negaba el don, para mostrar su alta templanza.
Porque si no hubiera querido dar, tampoco habría dado después, ni le habría tapado otra vez la boca. Sino que, como hace en el caso del centurión, diciendo: «Iré y lo sanaré», [] para que aprendiéramos el temor piadoso de aquel hombre, y pudiéramos oírle decir: «No soy digno de que entres bajo mi techo»; [] y como hace en el caso de la que padecía flujo de sangre, diciendo: «Conozco que ha salido virtud de mí», [] para hacer manifiesta su fe; y como en el caso de la mujer samaritana, para mostrar cómo ni aun ante la reprensión desiste: [] así también aquí, no quería que tan grande virtud de la mujer quedara oculta. No en insulto, pues, fueron dichas sus palabras, sino llamándola y descubriendo el tesoro en ella depositado.
Mas considera, te ruego, junto con su fe, también su humildad. Porque Él había llamado «hijos» a los judíos, pero ella no se satisfizo con esto, sino que los llamó «señores»; tan lejos estaba de afligirse por las alabanzas de otros.
«Sí, también los perros», dice ella, «comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores.» []
¿Veis la sabiduría de la mujer, cómo no se atrevió siquiera a decir palabra contra ello, ni se dolió por las alabanzas de otros hombres, ni se indignó por el reproche? ¿Veis su constancia? Él dijo: «No está bien», y ella dijo: «Verdad, Señor»; Él los llamó «hijos», pero ella «señores»; Él usó el nombre de perro, pero ella añadió también el acto del perro. ¿Veis la humildad de esta mujer?
Oye el lenguaje soberbio de los judíos. «Simiente de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie»; [] y: «De Dios hemos nacido.» [] Pero no así esta mujer, antes se llama a sí misma perro, y a ellos señores; por eso ella llegó a ser hija. ¿Qué dice, pues, Cristo? «Oh mujer, grande es tu fe.» []
Sí, por eso la hizo esperar, para proclamar en voz alta esta sentencia, para coronar a la mujer.
«Hágase contigo como quieres.» Ahora bien, lo que Él dice es como esto: «Tu fe ciertamente es capaz de obrar cosas aún mayores que éstas; no obstante, hágase contigo como quieres.»
Esto era semejante a aquella voz que dijo: «Sea el cielo, y fue hecho.» []
«Y su hija fue sanada desde aquella misma hora.»
¿Ves cómo también esta mujer contribuyó no poco a la curación de su hija? Pues con este propósito tampoco Cristo dijo: «Sea sanada tu hijita,» sino: «Grande es tu fe; hágase contigo como quieres;» para enseñarte que las palabras no fueron dichas al azar, ni eran palabras aduladoras, sino que grande era el poder de su fe.
La prueba cierta, sin embargo, y su demostración, la dejó al resultado de los acontecimientos. Su hija, por consiguiente, fue sanada al instante.
Pero advierte, te ruego, cómo cuando los apóstoles habían fracasado y no habían tenido éxito, esta mujer lo tuvo. Tan gran cosa es la asiduidad en la oración. Sí, Él prefiere más bien ser solicitado por nosotros, culpables como somos, por los que nos pertenecen, que por otros en favor nuestro. Y sin embargo ellos tenían más libertad para hablar; pero ella mostró mucha perseverancia.
Y por el resultado se excusó también ante sus discípulos por la dilación, y mostró que con razón no había accedido a su petición.
Homilía 52, § 4
4. «Y partió Jesús de allí, y llegó junto al mar de Galilea; y subió al monte, y se sentó allí. Y grandes multitudes vinieron a Él, llevando consigo a los que eran cojos, ciegos, mancos, mudos; y los arrojaron a sus pies; y los sanó, de modo que las multitudes se maravillaron, al ver a los mudos hablar, a los mancos ser sanos, a los cojos andar y a los ciegos ver, y glorificaron al Dios de Israel.»
Ya recorre Él mismo, ya se sienta esperando a los enfermos, y hace subir a los cojos al monte. Y ya no tocan siquiera su manto, sino que avanzan un paso más alto: son arrojados a sus pies. Y mostraron su fe doblemente: primero, subiendo al monte aunque cojos; luego, no queriendo nada más sino sólo ser arrojados a sus pies.
Y grande era la maravilla y extraña: ver andar a los que eran llevados, y a los ciegos sin necesitar de nadie que los guiara de la mano. Sí, tanto la multitud de los sanados como la facilidad de la curación los asombraba.
¿Ves cómo a la mujer, en verdad, la sanó con tanta dilación, y a éstos al instante? No porque éstos sean mejores que ella, sino porque ella es más fiel que ellos. Porque, mientras en su caso difiere y demora, para manifestar su constancia, sobre éstos derrama el don al instante, tapando la boca de los judíos incrédulos y cortándoles toda excusa. Pues cuanto mayores son los favores que uno ha recibido, tanto más expuesto queda al castigo, si es insensible y el honor mismo no lo hace mejor. Por eso ves también que los ricos que resultan malos son castigados más que los pobres, por no ablandarse ni siquiera con su prosperidad. Pues no me digas que dieron limosna. Porque si no dieron en proporción a sus bienes, ni aun así escaparán; juzgándose nuestra limosna no por la medida de nuestros dones, sino por la largueza de nuestro ánimo. Pero si éstos sufren castigo, mucho más los que se afanan por cosas innecesarias, que edifican casas de dos y tres pisos, pero desprecian a los hambrientos; que atienden a la avaricia, pero descuidan la limosna.
Homilía 52, § 5
5. Pero ya que el discurso ha recaído en la limosna, vamos pues, retomemos hoy de nuevo aquel argumento que estaba desarrollando hace tres días acerca de la benevolencia y dejé inconcluso. Recordáis, cuando últimamente hablaba de la vanidad de vuestros zapatos y de aquella vana inquietud y del lujo de los jóvenes, que fue desde la limosna desde donde nuestro discurso pasó a aquellas acusaciones contra vosotros. ¿Cuáles eran entonces los puntos que se trajeron en aquel momento? Que la limosna es una especie de arte, que tiene su taller en el Cielo y, por maestro, no al hombre, sino a Dios. Luego, indagando qué es un arte y qué no es un arte, dimos con trabajos vanos y artificios perversos, entre los cuales hicimos mención también de ese arte relativo a los zapatos de los hombres.
¿Lo habéis recordado ya? Vamos, retomemos hoy también lo que entonces dijimos, y mostremos cómo la limosna es un arte, y mejor que todas las artes. Pues si lo propio del arte es producir algo útil, y nada es más útil que la limosna, muy evidentemente ésta es a la vez un arte y mejor que todas las artes. Porque no nos hace zapatos, ni teje vestiduras, ni edifica casas de barro; sino que procura la vida eterna, y nos arrebata de las manos de la muerte, y en una y otra vida nos muestra gloriosos, y edifica las moradas que están en el Cielo, y aquellos tabernáculos eternos.
Ésta no permite que nuestras lámparas se apaguen, ni que aparezcamos en las bodas con vestiduras inmundas; antes las lava y las vuelve más puras que la nieve. «Pues aunque vuestros pecados sean como la escarlata, los haré blancos como la nieve.» no los despidáis en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino.
Homilía 53, § 1
MATEO XV. 32. "Mas Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino."
Tanto arriba, cuando iba a obrar este milagro, sanó primero a los que estaban lisiados en el cuerpo, como aquí hace lo mismo; de la curación de los ciegos y de los cojos pasa de nuevo a esto.
Pero ¿por qué sucedió que entonces sus discípulos dijeron, «Despide a la multitud,» y ahora no dijeron tal, y esto, aunque habían pasado tres días? O bien ellos mismos habían mejorado para entonces, o vieron que la gente no tenía gran sensación de hambre; porque glorificaban a Dios por las cosas que se habían hecho.
Pero mira cómo también en este caso no procede de inmediato al milagro, sino que los llama para ello. Porque las multitudes, ciertamente, que habían venido para ser sanadas no se atrevían a pedir los panes; pero Él, el benévolo y providente, da incluso a los que no piden, y dice a sus discípulos, «Tengo compasión, y no quiero despedirlos en ayunas.»
Pues para que no dijeran que habían venido trayendo provisiones para el camino, dice: «Hace ya tres días que permanecen conmigo;» de modo que, aunque hubieran venido trayendo algo, ya todo se ha gastado. Por esto Él mismo no hizo esto el primer ni el segundo día, sino cuando todo había sido consumido por ellos, para que, habiendo estado primero en necesidad, aceptaran más ansiosamente su obra.
Por eso dice: «No sea que desfallezcan en el camino;» dando a entender a la vez que la distancia era grande y que no les quedaba nada.
«Entonces, si no quieres despedirlos en ayunas, ¿por qué no obras el milagro?» Para que con esta pregunta y con su respuesta hiciera más atentos a los discípulos, y para que mostraran su fe, viniendo a Él y diciendo: «Haz panes.»
Pero ni aun así entendieron el motivo de su pregunta; por lo cual después les dice, como relata Marcos, «¿Tenéis aún endurecido vuestro corazón? Teniendo ojos, ¿no veis? Y teniendo oídos, ¿no oís?» []
Porque, si no fuera así, ¿para qué habla a los discípulos, y da a entender que la multitud es digna de recibir un beneficio, y añade también la compasión que Él mismo siente?
Pero Mateo dice que después de esto también los reprendió, diciendo: «¡Hombres de poca fe! ¿Todavía no entendéis ni recordáis los cinco panes de los cinco mil, y cuántas cestas recogisteis? Ni los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis?» [] Tan completamente armonizan los evangelistas unos con otros.
¿Qué dicen, pues, los discípulos? Todavía se arrastran por el suelo, aunque Él había hecho tantísimas cosas para que aquel milagro se guardara en la memoria; como con su pregunta, con la respuesta, con hacerlos ministros en ello y con repartir las cestas; pero su estado de ánimo era aún más bien imperfecto.
Por lo cual también le dicen: «¿De dónde sacaremos nosotros tantos panes en el desierto?»
Tanto antes como ahora, hacen mención del desierto; ellos mismos hablan así por un modo débil de argumentar, mas aun con esto ponen el milagro fuera de toda sospecha. Es decir, para que nadie afirmara (como ya he dicho) que lo obtuvieron de alguna aldea vecina, se reconoce el lugar, para que el milagro sea creído. Con esta intención, tanto el milagro anterior como éste los obra en un desierto, a gran distancia de las aldeas.
Los discípulos, sin considerar nada de todo esto, dijeron: «¿De dónde sacaremos nosotros tantos panes en un desierto?» Pues pensaban ciertamente que Él lo había dicho como proponiéndose enseguida mandarles alimentar al pueblo; muy neciamente; puesto que con esta intención había dicho, y poco antes: «Dadles vosotros de comer,» [] para llevarlos a una urgente necesidad de rogarle.
Pero ahora no dice esto: «Dadles vosotros de comer,» sino ¿qué? «Tengo compasión de ellos, y no quiero despedirlos en ayunas;» acercando más a los discípulos, provocándolos más y concediéndoles vista más clara, para pedirle estas cosas. Porque en verdad eran palabras de uno que daba a entender que tiene poder para no despedirlos en ayunas; de uno que manifestaba su autoridad. Pues la expresión: «No quiero,» implica tal propósito en Él.
Homilía 53, § 2
2. Mas puesto que todavía hablaban sólo de la multitud, del lugar y del desierto (pues «¿de dónde,» se dice, «sacaremos en un desierto tantos panes, como para saciar a tan gran multitud»?); y ni aun así entendieron lo que decía, Él procede a aportar su propia parte, y les dice:
«¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron: Siete, y unos pocos pececillos.» []
Y ya no dicen: «Pero ¿qué es esto entre tantos?» [] como habían dicho antes. De modo que, aunque no alcanzaron todo su significado, sin embargo se fueron haciendo más elevados por grados. Porque así también Él, despertando con esto su mente, hace la pregunta casi como la había hecho antes, para que por la forma misma de la indagación les recordara las obras ya hechas.
Pero como has visto aquí su imperfección, observa la severidad de su espíritu, y admira su amor a la verdad, cómo, escribiendo ellos mismos, no ocultan sus propios defectos, por grandes que fuesen. Porque no era pequeña culpa haber olvidado enseguida este milagro, que tan recientemente había tenido lugar; por lo cual son también reprendidos.
Y junto con esto considera también su rigor en otro asunto: cómo eran vencedores de su apetito; cuán disciplinados a hacer poco caso de su alimento. Porque estando en el desierto y permaneciendo allí tres días, tenían siete panes.
Todo lo demás lo hace como en la ocasión anterior; así hace que se sienten en el suelo, y hace que los panes se multipliquen en las manos de los discípulos.
Pues, «mandó,» se dice, «a la multitud que se sentase en el suelo. Y tomó los siete panes y los peces, dio gracias, los partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.»
Pero cuando llegamos al final, hay una diferencia.
Pues, «comieron todos,» así está dicho, «y se saciaron, y recogieron de los pedazos que sobraron, siete espuertas llenas. Y los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar mujeres y niños.» []
Pero ¿por qué la vez anterior, cuando había cinco mil, sobraron doce cestas llenas, mientras que aquí, cuando había cuatro mil, fueron siete espuertas llenas? Pues, digo, ¿con qué propósito y por qué causa fueron menores los restos, no siendo tantos los comensales?
O bien puede uno decir esto: que las espuertas de esta última ocasión eran mayores que las cestas usadas antes; o, si no fuera así, para que la igualdad del milagro no los arrojara de nuevo al olvido, Él despierta su recuerdo con la diferencia, para que por la variación se acordaran tanto de uno como de otro. Por consiguiente, en aquel caso hace las cestas llenas de fragmentos iguales en número a sus discípulos; en éste, las otras espuertas iguales a los panes; indicando aun con esto su inefable poder, y la facilidad con que ejercía su autoridad, en que le era posible obrar tales milagros, tanto de este modo como del otro. Porque tampoco era de pequeño poder mantener el número exacto, tanto entonces como ahora; entonces cuando había cinco mil, ahora cuando había cuatro mil; y no permitir que los restos fueran más que las cestas o espuertas usadas en una y otra ocasión, aunque el número de los comensales era diferente.
Y el fin fue de nuevo semejante al anterior. Pues como entonces dejó a la multitud y se retiró en una barca, así también ahora; y Juan también dice esto. [] Porque como ninguna señal obró tan poderosamente en ellos para seguirle, como el milagro de los panes; y estaban decididos no sólo a seguirle, sino también a hacerle rey; [] evitando toda sospecha de usurpar la realeza, se apresura a alejarse después de esta obra maravillosa: y ni siquiera se va a pie, para que no le siguieran, sino entrando en una barca.
«Y despidió a las multitudes,» así dice, «y subió a la barca, y vino a los términos de Magdala.»
Homilía 53, § 3
3. «Y los fariseos y saduceos vinieron y le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Mas Él les dice: Cuando es de tarde, decís: Buen tiempo, porque el cielo está rojo; y a la mañana: Hoy habrá tempestad, porque el cielo está rojo y sombrío. Sabéis discernir el aspecto del cielo, ¿y no podéis discernir las señales de los tiempos? Una generación mala y adúltera pide una señal, y no se le dará señal alguna, sino la señal del profeta Jonás. Y los dejó, y se fue.»
Pero Marcos dice que, cuando hubieron venido a Él y estaban discutiendo con Él, «gimió profundamente en su espíritu, y dice: ¿Por qué pide esta generación una señal?» []
Y sin embargo, ciertamente su pregunta merecía ira y gran disgusto; mas no obstante, el benévolo y providente no se irrita, sino que los compadece y llora por ellos como por incurablemente enfermos, y por tentarle después de tan plena demostración de su poder.
Porque no buscaban para creer, sino para prenderle. Puesto que si hubieran venido a Él como dispuestos a creer, Él se lo habría dado. Porque el que dijo a la mujer: «No es bueno,» [] y después dio, mucho más habría mostrado su generosidad a éstos.
Pero como no buscaban creer, por eso también los llama hipócritas, porque en otro lugar decían una cosa y pensaban otra. Sí, si hubieran creído, ni siquiera habrían preguntado. Y por otra cosa también es evidente que no creían; que cuando fueron reprendidos y puestos al descubierto, no permanecieron con Él, ni dijeron: «Somos ignorantes y buscamos aprender.»
Pero ¿qué señal del cielo pedían? O bien que detuviera el sol, o frenara la luna, o hiciera caer rayos, u obrara un cambio en el aire, o alguna otra cosa semejante.
¿Qué dice, pues, Él a todo esto? «Sabéis discernir el aspecto del cielo, ¿y no podéis discernir las señales de los tiempos?» Mira su mansedumbre y moderación. Pues ni siquiera como antes se limitó a rehusar, diciendo: «No les será dada ninguna,» sino que expone también la causa por la cual no la da, aunque ellos no pedían para informarse.
¿Cuál era, pues, la causa? «Así como en el cielo,» dice Él, «una cosa es señal de tempestad, otra de buen tiempo, y nadie, al ver la señal de mal tiempo, buscaría calma, ni en calma y buen tiempo, tempestad; así debéis razonar también respecto de mí. Porque este tiempo presente de mi venida es diferente del que ha de venir. Ahora hay necesidad de estas señales que están en la tierra, pero las del cielo están reservadas para aquel tiempo. Ahora he venido como médico, entonces estaré aquí como juez; ahora a buscar lo que se ha descarriado, entonces a pedir cuentas. Por tanto, de manera oculta he venido, pero entonces con mucha publicidad, plegando el cielo, ocultando el sol, no permitiendo que la luna dé su luz. Entonces 'las mismas potencias de los cielos serán sacudidas', [] y la manifestación de mi venida imitará al relámpago que aparece al instante a todos. [] Pero no es ahora el tiempo de estas señales; porque he venido a morir, y a sufrir todas las extremidades.»
¿No oísteis al profeta, que dice: «No contenderá ni clamará, ni se oirá su voz en las calles?» [] y otro de nuevo: «Descenderá como lluvia sobre un vellón de lana?»
Y si los hombres hablan de las señales en tiempo de Faraón, había entonces un enemigo del cual se necesitaba liberación, y todo ocurrió en su debido curso. Pero para Aquel que venía entre amigos no había necesidad de aquellas señales.
«Y además, ¿cómo daré las grandes señales, cuando no se creen las pequeñas?» Pequeñas, quiero decir, en cuanto a ostentación, puesto que en poder estas últimas eran mucho mayores que las primeras. Porque ¿qué podía igualarse a perdonar pecados, resucitar muertos, expulsar demonios, crear un cuerpo y ordenar rectamente todas las demás cosas?
Pero mira su corazón endurecido, cómo al decírseles que «no les sería dada señal alguna sino la señal del profeta Jonás,» no preguntan. Y sin embargo, conociendo al profeta, y todo lo que le aconteció, y habiéndoseles dicho esto una segunda vez, debían haber indagado y aprendido qué podía significar aquella palabra; pero, como he dicho, no hay deseo de información en estas sus obras. Por esta causa «también los dejó, y se fue.»
Homilía 53, § 4
4. «Y cuando sus discípulos,» así está dicho, «hubieron llegado a la otra orilla, se olvidaron de tomar pan. Entonces Jesús les dijo: Mirad y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.» []
¿Y por qué no dijo claramente: Guardaos de su doctrina? Su voluntad es recordarles lo que se había hecho, pues sabía que lo habían olvidado. Mas para acusarlos de inmediato no parecía haber motivo razonable, pero tomar la ocasión de ellos mismos, y así reprenderlos, haría admisible el cargo. «¿Y por qué no los reprendió entonces, cuando dijeron: '¿De dónde sacaremos tantos panes en el desierto?' pues parecía buen momento entonces para decir lo que dice aquí.» Para que no pareciera precipitarse apresuradamente sobre el milagro. Y además, no quería culparlos delante de la multitud, ni buscar honor en su presencia. Y ahora también la acusación tenía mayor razón, porque después de la repetición del milagro estaban así dispuestos.
Por lo cual también obra otro milagro, y entonces, y no hasta entonces, los reprende; quiero decir, saca a relucir lo que razonaban en sus corazones. Pero ¿cuáles eran sus razonamientos? «Porque,» así está dicho, «no hemos tomado pan.» Pues todavía estaban llenos de temor acerca de las purificaciones de los judíos, y de las observancias de los alimentos.
Por lo cual por todos los motivos los ataca incluso con severidad, diciendo: «¿Por qué razonáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, por no haber traído pan? ¿Aún no percibís ni entendéis? ¿Tenéis endurecido vuestro corazón? Teniendo ojos, ¿no veis? Teniendo oídos, ¿no oís? [] ¿No recordáis los cinco panes de los cinco mil, y cuántas cestas recogisteis? Ni los siete panes de los cuatro mil, y cuántas espuertas recogisteis?» []
¿Ves el intenso desagrado? Porque en ninguna otra parte parece haberlos reprendido tanto. ¿Por qué, pues, lo hace así? Para arrojar de nuevo de ellos el prejuicio acerca de las comidas. Quiero decir que con esta intención, mientras que entonces sólo había dicho: «¿No percibís ni entendéis?» en este lugar, y con fuerte reprensión, dice: «¡Hombres de poca fe!»
Porque no en todas partes es buena la lenidad. Y así como solía concederles libertad de palabra, así también reprende, proveyendo con esta variedad a su salvación. Y observa a la vez su reprensión, cuán fuerte, y su mansedumbre. Pues casi excusándose ante ellos por sus severas reprensiones, dice: «¿No consideráis todavía los cinco panes, y cuántas cestas recogisteis; y los siete panes, y cuántas espuertas recogisteis?» Y con este fin pone también los números, tanto de las personas alimentadas como de los fragmentos, a la vez trayéndoles a la memoria lo pasado y haciéndolos más atentos a lo futuro.
Y para enseñarte cuán grande fue el poder de su reprensión, y cómo despertó su mente adormecida, oye lo que dice el evangelista. Pues habiendo Jesús dicho no más, sino habiéndolos reprendido, y añadido sólo esto: «¿Cómo es que no entendéis que no os hablé de pan, de que debierais guardaros, sino de la levadura de los fariseos y saduceos;» añadió, diciendo: «Entonces entendieron que no les había mandado guardarse de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos,» [] aunque no había pronunciado aquella interpretación.
Mira cuánto bien obró su reprensión. Pues los apartó de las observancias judías, y cuando estaban remisos, los hizo más atentos, y los libró de la falta de fe;