Homilía 35, § 1
Mt. X, 34.
«No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada.»
De nuevo, expone las cosas más dolorosas, y ello con gran agravamiento; y la objeción con que seguramente le saldrían al encuentro, la previene Él mismo declarándola. Quiero decir, no sea que oyendo esto dijeran: «¿Para esto has venido, a destruirnos a nosotros y a los que nos obedecen, y a llenar la tierra de guerra?», Él dice primero por sí mismo: «No he venido a traer paz a la tierra».
¿Cómo, pues, les mandó pronunciar paz al entrar en cada casa? Y de nuevo, ¿cómo dijeron los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz»? [] ¿Y cómo es que todos los profetas también lo publicaron como buena nueva? Porque esto más que nada es paz: cuando lo enfermo es cortado, cuando lo sedicioso es removido. Porque así es posible que el cielo se una a la tierra. Puesto que también el médico de este modo conserva el resto del cuerpo, cuando amputa la parte incurable; y el general, cuando ha llevado a separación a los que estaban de acuerdo en la maldad. Así sucedió también en el caso de aquella torre famosa; pues su mala paz [] fue terminada por su buena discordia, y con ello se hizo la paz. Así también Pablo dividió a los que conspiraban contra él. [] Y en el caso de Nabot aquella concordia fue a la vez más penosa que cualquier guerra. [] Porque la concordia no es en todo caso algo bueno, ya que aun los ladrones se ponen de acuerdo entre sí.
La guerra, pues, no es efecto de su propósito, sino del temple de ellos. Pues su voluntad era ciertamente que todos concordaran en la palabra de la piedad; pero porque cayeron en la disensión, surge la guerra. Sin embargo, Él no habló así; sino ¿qué dice? «No he venido a traer paz», consolándolos. Como si dijera: No penséis que sois culpables de estas cosas; soy yo quien las ordena así, porque los hombres están así dispuestos. No os turbéis, pues, como si los acontecimientos sucedieran contra lo esperado. Para esto he venido, para enviar guerra entre los hombres; porque ésta es mi voluntad. No os turbéis, pues, cuando la tierra esté en guerra, como si estuviera sometida a algún designio hostil. Porque cuando la parte peor es arrancada, entonces, después de eso, el cielo se une a la mejor.
Y estas cosas las dice para fortalecerlos contra la mala sospecha de la multitud.
Y no dijo «guerra», sino lo que era más penoso que ella, «espada». Y si hay algo doloroso en estas expresiones, y de un énfasis alarmante, no te maravilles. Porque, siendo su voluntad adiestrar sus oídos con la severidad de sus palabras, para que en las circunstancias difíciles no se desviaran, modeló su discurso en consecuencia; no sea que alguno dijera que los persuadió con lisonjas y encubriendo las penalidades; por eso, incluso a aquellas cosas que merecían ser expresadas de otro modo, les dio por sus palabras el giro más amargo y doloroso. Porque es mejor ver la mansedumbre de las personas en las cosas que en las palabras.
Homilía 35, § 2
2. Por lo cual ni aun con esto se contentó, sino que despliega también la naturaleza misma de la guerra, dando a entender que es mucho más penosa incluso que una guerra civil; y dice: «He venido a poner al hombre en discordia contra su padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.»
Pues no sólo los amigos, dice Él, ni los conciudadanos, sino aun los parientes se levantarán unos contra otros, y la naturaleza será dividida contra sí misma. «Porque he venido», dice Él, «a poner al hombre en discordia contra su padre, y a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra.» Es decir, no meramente entre los de la misma casa está la guerra, sino entre los que son queridísimos y extremadamente cercanos entre sí. Y esto más que nada significa su poder: que oyendo estas cosas, ellos lo aceptaron y se pusieron a persuadir a todos los demás.
Pero no fue Él quien hizo esto; por supuesto que no; sino la maldad de los otros; sin embargo, Él dice que es obra suya. Porque tal es la costumbre de la Escritura. Sí, y en otra parte también dice: «Dios les ha dado ojos para que no vean» []; y aquí habla de este modo, para que, habiéndose ejercitado, como dije antes, en estas palabras, no se turben al sufrir reproches e insultos.
Pero si algunos piensan que estas cosas son intolerables, que se les recuerde una historia antigua. Porque en los tiempos antiguos también sucedió esto, lo cual muestra especialmente que el antiguo pacto es afín al nuevo, y que Aquel que aquí habla es el mismo que dio aquellos mandatos. Quiero decir que también en el caso de los judíos, cuando cada uno había matado a su prójimo, entonces depuso su ira contra ellos; tanto cuando hicieron el becerro, como cuando se unieron a Baal Peor. ¿Dónde están, pues, los que dicen: «Que aquel Dios es malo, y éste bueno»? Porque he aquí que Él ha llenado el mundo de sangre, derramada por parientes. Sin embargo, aun esto afirmamos que es obra de un gran amor al hombre.
Por tanto, ya ves, dando a entender que fue Él quien aprobó también aquellos otros actos, hace mención asimismo de una profecía, la cual, si no fue dicha para este fin, conlleva sin embargo el mismo significado. ¿Y cuál es ésta?
«Los enemigos del hombre serán los de su propia casa.» []
Porque en verdad también entre los judíos sucedió algo semejante. Es decir, había profetas y falsos profetas, y el pueblo estaba dividido, y las familias en disensión; y unos creían a uno, y otros a otro. Por lo cual el profeta amonesta, diciendo: «No confiéis en los amigos, no tengáis esperanza en los guías; sí, aun de la que yace en tu seno guárdate, en cuanto a comunicarle algo»; y: «Los enemigos del hombre son los hombres de su propia casa.» []
Y esto lo dijo preparando al que había de recibir la palabra para estar por encima de todo. Porque morir no es malo, sino morir una mala muerte. Por esta causa dijo además: «He venido a arrojar fuego sobre la tierra.» [] Y esto lo dijo para declarar la vehemencia y el ardor del amor que exigía. Porque, como Él nos amó muchísimo, así quiere ser amado de nosotros. Y estas palabras fortalecerían también a los presentes, y los elevarían más alto. «Porque si aquéllos», dice Él, «han de despreciar a parientes, e hijos, y padres, imaginad qué clase de hombres debéis ser vosotros, sus maestros. Pues ni las penalidades se detendrán en vosotros, sino que pasarán también a los demás. Porque como he venido trayendo grandes bendiciones, exijo también gran obediencia y propósito de corazón.»
Homilía 35, § 3
3. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí.» []
¿Veis la dignidad de un maestro? ¿Veis cómo Él se da a conocer como verdadero Hijo del que lo engendró, mandándonos soltar todas las cosas de abajo y anteponer el amor a Él?
«¿Y por qué hablo», dice Él, «de amigos y parientes? Aun si es tu propia vida la que prefieres a mi amor, tu lugar está lejos de mis discípulos.» ¿Pues qué? ¿No son estas cosas contrarias al Antiguo Testamento? Lejos de ello; antes bien, están muy en armonía con él. Porque allí también manda no sólo odiar a los adoradores de ídolos, sino incluso apedrearlos; y en el Deuteronomio, de nuevo, admirando a éstos, dice: «El que dijo a su padre y a su madre: No os he visto; ni reconoció a sus hermanos, y a sus propios hijos desconoció: guardó tus oráculos.» [] Y si Pablo da muchas instrucciones tocante a los padres, mandándonos obedecerlos en todas las cosas, no te maravilles; porque sólo en aquellas cosas quiere que obedezcamos, en cuantas no estorban la piedad. Pues en verdad es un deber sagrado rendirles todos los demás honores; pero cuando exigen más de lo debido, no se debe obedecer. Por esta razón Lucas dice: «Si alguno viene a mí y no odia a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun su propia vida, no puede ser mi discípulo» []; no mandando simplemente odiarlos, puesto que esto sería incluso bastante contrario a la ley; sino «cuando uno desea ser amado más que yo, ódiale en este respecto. Porque esto arruina tanto al amado mismo como al amante.» Y estas cosas las dijo, tanto para hacer a los hijos más decididos, como para hacer más suaves a los padres que habrían de impedirlos. Pues cuando vieran que Él tenía tal fuerza y poder como para separar de ellos a sus hijos, ellos, como quienes intentan cosas imposibles, desistirían. Por lo cual también deja a los padres y dirige su discurso a los hijos, instruyendo a aquéllos para que no hagan el intento, como intentando cosas impracticables.
Luego, para que no se indignaran o lo tuvieran por duro, mira hacia dónde hace tender su argumento: en que habiendo dicho: «El que no odia a padre y madre», añade: «y su propia vida.» Pues ¿por qué me hablas de padres, dice Él, y de hermanos, y de hermanas, y de mujer? Nada hay más cercano al hombre que su vida; sin embargo, si no odias también esto, debes soportar en todo lo contrario de la suerte del que me ama.
Y ni siquiera simplemente odiarla era su mandato, sino hasta exponerla a la guerra, a las batallas, a las matanzas y a la sangre. «Porque el que no toma su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.» Así, no dijo meramente que debemos hacer frente a la muerte, sino también a una muerte violenta; y no sólo violenta, sino también ignominiosa.
Y nada dice todavía de su propia pasión, para que, una vez instruidos por un tiempo en estas cosas, pudieran recibir más fácilmente su palabra acerca de ella. ¿No hay, por tanto, motivo de asombro: cómo al oír ellos estas cosas, su alma no alzó el vuelo fuera del cuerpo, estando las penalidades por todas partes al alcance, y los bienes en expectativa? ¿Cómo, pues, no huyó? Grande era tanto el poder del que hablaba como el amor de los que oían. Por lo cual, aunque oían cosas mucho más intolerables y amargas que aquellos grandes hombres, Moisés y Jeremías, continuaron obedeciendo, y sin decir nada contra ello.
«El que halla su vida», dice Él, «la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.» [] ¿Veis cuán grande es el daño para los que la aman indebidamente? ¿Cuán grande la ganancia para los que la odian? Quiero decir, porque los mandatos eran desagradables, cuando les mandaba oponerse a padres, e hijos, y naturaleza, y parentela, y al mundo, y a su propia alma, expone también la ganancia, que es muy grande. Así, «Estas cosas», dice Él, «lejos de dañar, aprovecharán grandemente; y sus contrarias dañarán», urgiéndolos, como siempre hace, con las mismas cosas que desean. Porque ¿por qué estás dispuesto a despreciar tu vida? ¿Porque la amas? Entonces por esa misma razón despréciala, y así la aprovecharás en sumo grado, y harás el papel de quien la ama.
Y observa una muestra de inefable consideración. Porque no sólo respecto de nuestros padres emplea este razonamiento, ni de nuestros hijos, sino con respecto a nuestra vida, que es más cercana que todo; para que el otro punto se haga desde entonces incuestionable, y aprendan que de este modo aprovecharán asimismo a los de su parentela, en cuanto sea posible; puesto que así sucede incluso en el caso de nuestra vida, que nos es más esencial que todo.
Homilía 35, § 4
4. Ahora bien, estas cosas bastaban para recomendar a los hombres el recibirlos a ellos, sus sanadores designados. Sí, ¿quién no elegiría recibir con toda prontitud a los que eran tan nobles, a tales verdaderos héroes, y como leones que recorren la tierra, despreciando todo lo que les pertenecía, para que otros pudieran salvarse? Y sin embargo, ofrece también otra recompensa, indicando que aquí se preocupa más por los que hospedan que por los huéspedes.
Y el primer honor que confiere es al decir:
«El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.» []
Con esto, ¿qué puede compararse? ¡Que uno reciba al Padre y al Hijo! Pero con ello presenta también otra recompensa.
«El», dice Él, «que recibe a un profeta en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo en nombre de justo, recibirá recompensa de justo.» []
Y así como antes amenaza con castigo a los que no los reciben, aquí define también un cierto refrigerio para los buenos. Y para enseñarte su mayor cuidado por ellos, no dijo simplemente: «El que recibe a un profeta», o «El que recibe a un justo», sino que añadió: «en nombre de profeta», y: «en nombre de justo»; es decir, si no por ningún ascenso mundano ni por ninguna otra cosa temporal lo recibe, sino porque es profeta o justo, recibirá recompensa de profeta y recompensa de justo; tal como conviene que tenga el que ha recibido a un profeta o a un justo; o tal como aquel otro ha de recibir él mismo. Lo cual dijo también Pablo: «Que vuestra abundancia supla la escasez de ellos, para que también la abundancia de ellos supla vuestra escasez.» []
Luego, para que nadie alegue pobreza, dice:
«O cualquiera que dé de beber a uno de estos pequeños tan sólo un vaso de agua fría en nombre de discípulo, de cierto os digo que de ningún modo perderá su recompensa.» []
«Aunque vuestro don sea un vaso de agua fría, en el cual nada se ha gastado, aun de esto se os guardará una recompensa. Porque yo hago todas las cosas por causa de vosotros, los que recibís.»
¿Veis qué poderosas persuasiones empleó, y cómo les abrió las casas de todo el mundo? Sí, dio a entender que los hombres son deudores de ellos: primero, al decir: «El obrero es digno de su alimento»; segundo, al enviarlos sin nada; tercero, al entregarlos a guerras y combates en favor de los que los reciben; cuarto, al confiarles también milagros; quinto, en que por sus labios introducía la paz, la causa de todas las bendiciones, en las casas de los que los reciben; sexto, al amenazar con cosas más penosas que Sodoma a los que no los reciben; séptimo, al dar a entender que cuantos los acogen están recibiendo a Él mismo y al Padre; octavo, al prometer recompensa de profeta y de justo; noveno, al comprometerse a que las recompensas serán grandes, incluso por un vaso de agua fría. Ahora bien, cada una de estas cosas, aun por sí sola, bastaba para atraerlos. Porque ¿quién, dime, cuando un caudillo de ejércitos herido en innumerables partes y teñido en sangre apareciera a la vista, volviendo tras muchos trofeos de la guerra y del conflicto, no lo recibiría, abriendo de par en par todas las puertas de su casa?
Homilía 35, § 5
5. Pero ¿quién ahora es como éste?, se podrá decir. Por eso añadió: «En nombre de discípulo, y de profeta, y de justo»; para instruirte en que no por la dignidad del que visita, sino por el propósito del que da acogida, está señalada su recompensa. Porque aunque aquí habla de profetas, y justos, y discípulos, en otra parte manda a los hombres recibir a los más desechados, y castiga a los que dejan de hacerlo. Porque: «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, a mí no me lo hicisteis» []; y lo contrario lo afirma de nuevo respecto de las mismas personas.
Pues aunque no esté haciendo una obra tan grande, es hombre, habita el mismo mundo que tú, contempla el mismo sol, tiene la misma alma, el mismo Señor, es partícipe contigo de los mismos misterios, llamado al mismo cielo que tú; y tiene un fuerte derecho: su pobreza y su necesidad del alimento necesario. Mas ahora, los que te despiertan con flautas y caramillos en tiempo de invierno, y te turban sin provecho ni fruto, se van de ti recibiendo muchos regalos. Y los que andan llevando golondrinas, y se embadurnan de hollín, y ultrajan a todos, reciben galardón por este su ensalmo. Pero si viene a ti un pobre que necesita pan, no hay fin de insultos, y reproches, y acusaciones de ociosidad, y reconvenciones, y ultrajes, y burlas; y no consideras contigo mismo que tú también estás ocioso, y sin embargo Dios te da sus dones. Porque no me digas esto, que tú haces algo; muéstrame más bien, si es algo realmente necesario lo que haces y en lo que te afanas. Pero si me hablas de ganar dinero, y de tráfico, y del cuidado y acrecentamiento de tus bienes, yo también te diré: No éstas, sino la limosna, y las oraciones, y la protección del agraviado, y todas las cosas semejantes, son verdaderamente obras; con respecto a las cuales vivimos en completa ociosidad. Y sin embargo Dios jamás nos dijo: «Porque estás ocioso, no enciendo para ti el sol; porque no haces nada de verdadera importancia, apago la luna, paralizo el seno de la tierra, reprimo los lagos, las fuentes, los ríos, borro la atmósfera: retengo las lluvias anuales.» sino que nos da todas las cosas abundantemente. Y a algunos que no sólo están ociosos, sino que obran el mal, les concede gratuitamente el beneficio de estas cosas.
Por tanto, cuando veas a un pobre, y digas: «Me corta el aliento que éste, joven como es y sano, no teniendo nada, prefiera ser alimentado en la ociosidad; seguramente es algún esclavo fugitivo, y ha desertado de su propio amo:» te mando que te digas a ti mismo esas mismas palabras; o más bien, permite que él te las diga libremente a ti, y dirá con más justicia: «Me corta el aliento que tú, estando sano, estés ocioso, y no practiques nada de lo que Dios ha mandado, sino que, habiendo huido de los mandamientos de tu Señor, andes morando en la maldad, como en tierra extraña, en la embriaguez, en la glotonería, en el hurto, en la rapiña, en trastornar las casas ajenas.» Y tú en verdad le imputas la ociosidad, pero yo las malas obras; en tus maquinaciones, en tus juramentos, en tus mentiras, en tus despojos, en hacer incontables cosas semejantes.
Y esto lo digo, no como haciendo una ley en favor de la ociosidad, lejos de mí; sino más bien deseando muy encarecidamente que todos estén ocupados; pues la pereza es maestra de toda maldad: pero os ruego que no seáis despiadados ni crueles. Puesto que también Pablo, después de haber hecho infinitas quejas, y dicho: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma,» no se detuvo en esto, sino que añadió: «Pero vosotros, no os canséis de hacer el bien.» «Mas, ¿no son cosas contradictorias? Porque si les has mandado que no coman, ¿cómo nos exhortas a dar?» Lo hago, dice Él, porque también he mandado evitarlos, y «no tener trato con ellos;» y de nuevo dije: «No los tengáis por enemigos, sino amonestadlos;» [] no haciendo leyes contradictorias, sino tales que están en completa armonía entre sí. Porque, si eres pronto a la misericordia, tanto él, el pobre, pronto se verá libre de su ociosidad, como tú de tu crueldad.
«Pero tiene muchas mentiras e invenciones,» replicas. Pues bien, por esto mismo es digno de lástima, por haber caído en tal aflicción, que se haya endurecido aun en tales obras. Pero nosotros, lejos de compadecerlo, añadimos aun aquellas palabras crueles: «¿No has recibido ya una y otra vez?» así hablamos. ¿Y qué? Porque una vez fue alimentado, ¿ya no tiene necesidad de ser alimentado de nuevo? ¿Por qué no haces estas leyes también para tu propio vientre, y le dices asimismo: Ayer te llenaste, y anteayer, no lo busques ahora? Mas mientras tú lo llenas sin medida, hasta reventar, a él lo apartas cuando pide sólo lo moderado; cuando deberías, por eso mismo, compadecerlo, porque se ve constreñido a venir a ti cada día. Sí, y si ninguna otra cosa te inclinara a él, deberías compadecerlo por esto; pues por la fuerza de su pobreza es empujado a estas cosas, y las hace. Y no lo compadeces, porque, al serle hablado así, no siente vergüenza; la razón es que su necesidad es demasiado fuerte para él.
Antes bien, en lugar de compadecer, haces incluso espectáculo de él; y mientras Dios ha mandado dar en secreto, te pones a exponer públicamente al que te ha abordado, y a reconvenirlo por lo que debería moverte a compasión. Pues, si no estás dispuesto a dar, ¿a qué fin añadir el reproche, y magullar a aquella alma fatigada y miserable? Vino como a un puerto, buscando socorro de tus manos; ¿por qué levantas olas, y haces más grave la tormenta? ¿Por qué lo condenas de mezquindad? ¿Qué? Si hubiera pensado oír tales cosas, ¿habría venido a ti? O si realmente vino previendo esto, buena razón hay, por tanto, para compadecerlo, y para temblar ante tu propia crueldad, pues ni aun así, cuando ves una necesidad inexorable puesta sobre él, te vuelves más apacible, ni juzgas que tenga excusa suficiente para su importunidad en el temor del hambre, sino que lo acusas de desvergüenza: y sin embargo tú mismo has practicado a menudo mayor desvergüenza, sí, en asuntos graves. Porque mientras aquí la misma desvergüenza trae consigo motivo de perdón, nosotros, haciendo a menudo cosas punibles, las sostenemos con descaro: y cuando deberíamos tener todo aquello en la memoria, y ser humildes, pisoteamos aun a esos miserables, y cuando piden medicinas, añadimos a sus heridas. Digo, si no quieres dar, ¿por qué hieres? Si no quieres ser generoso, ¿por qué eres insolente?
«Pero no se deja despachar de ninguna otra manera.» Pues bien, como mandó aquel sabio, [] así haz. «Respóndele palabras pacíficas con mansedumbre.» Porque no por su propia voluntad, ciertamente, es tan importuno. Pues no hay, no puede haber, hombre alguno que desee ser avergonzado por la vergüenza misma. Por mucho que alguno contienda, no puedo jamás dejarme convencer de que un hombre que vivía en la abundancia elegiría mendigar.
Homilía 35, § 6
6. Que nadie, pues, nos engañe con argumentos. Pues aunque Pablo dice: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma,» [] a ellos se lo dice; pero a nosotros no nos dice esto, sino, por el contrario, «No os canséis de hacer el bien.» [] Así también hacemos nosotros en casa; cuando dos están riñendo entre sí, tomamos a cada uno aparte, y les damos consejos opuestos. Esto hizo también Dios, y Moisés. Pues mientras a Dios decía: «Si has de perdonarles su pecado, perdónalo; si no, bórrame también a mí;» a ellos, por el contrario, les mandó matarse unos a otros, y todo lo que les pertenecía. Y sin embargo estas cosas son contrarias; no obstante, ambas miraban a un solo fin.
De nuevo, Dios dijo a Moisés a oídas de los judíos: «Déjame, para que consuma al pueblo,» [] (pues aunque no estaban presentes cuando Dios decía esto, habían de oírlo después): pero en privado le da instrucciones de tenor opuesto. Y esto, Moisés, forzado, lo reveló después, diciendo así: «¿Qué? ¿Acaso concebí yo a este pueblo, para que me digas: Llévalos, como llevaría la nodriza al niño de pecho en su seno?»
Estas cosas se hacen también en las casas, y a menudo un padre, mientras reprende al preceptor en privado por haber tratado a su hijo con reproche, diciendo: «No seas áspero, ni duro,» al joven le habla de manera contraria: «Aunque seas reprendido injustamente, sopórtalo;» de aquellos opuestos va formando algún resultado saludable. Así también Pablo dijo a los que están sanos y mendigan: «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma,» para urgirles a ocuparse; pero a los que pueden mostrar misericordia: «Vosotros, por vuestra parte, no os canséis de hacer el bien:» para conducirlos a dar limosna.
Así también, cuando amonestaba a los gentiles, en su Epístola a los Romanos, a no ensoberbecerse contra los judíos, presentó también el olivo silvestre, y parece decir una cosa a éstos y otra a aquéllos. []
No caigamos, pues, en la crueldad, sino escuchemos a Pablo, que dice: «No os canséis de hacer el bien;» escuchemos al Señor, que dice: «Dad a todo el que te pida,» [] y: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre.» [] Y aunque Él ha hablado de muchas cosas, en ninguna parte ha usado esta expresión, sino sólo con respecto a nuestras obras de misericordia. Pues nada nos iguala tanto a Dios como el hacer bien.
«Pero nada hay más desvergonzado,» dice uno, «que un pobre.» ¿Por qué, te ruego? ¿Porque corre tras ti, y grita detrás de ti? ¿Quieres, pues, que te muestre cómo somos nosotros más importunos que ellos, y muy desvergonzados? Acuérdate, digo, ahora en el tiempo del ayuno, cuántas veces, estando tu mesa puesta al atardecer, y habiendo llamado a tu siervo que te sirve, al moverse éste con cierta lentitud, lo has trastornado todo, dando patadas, injuriando, vituperando, meramente por una pequeña tardanza; aunque estás plenamente seguro de que, si no al instante, poco después gozarás de tus alimentos. Y por ello no te llamas a ti mismo desvergonzado, convertido como estás en una fiera por nada; pero al pobre, alarmado y temblando por sus intereses mayores (pues todo su temor no es por la tardanza, sino por el hambre), ¿a ése le llamas audaz, y desvergonzado, e impudente, y con todos los nombres más oprobiosos? Mas, ¿cómo no es esto sino extrema desvergüenza?
Pero estas cosas no las consideramos: por eso tenemos a tales hombres por importunos; pues si de algún modo examináramos nuestras propias obras, y las comparáramos con las suyas, no los habríamos tenido por intolerables.
No seas, pues, juez severo. Pues, aun si estuvieras limpio de todos los pecados, ni aun entonces te permitiría la ley de Dios ser riguroso en escudriñar los pecados ajenos. Y si el fariseo pereció por esto, ¿qué defensa hemos de hallar nosotros? Si Él no consiente que aun los que han obrado bien sean amargos al escudriñar las obras ajenas, mucho menos a los que han ofendido.
Homilía 35, § 7
7. No seamos, pues, salvajes, ni crueles, ni sin sentimiento natural, ni implacables, ni peores que las fieras. Pues conozco a muchos que han llegado a tal brutalidad, que por una pequeña molestia desprecian a los hambrientos, y dicen estas palabras: «No tengo ahora conmigo ningún criado; estamos lejos de casa; no hay cambista que yo conozca.» ¡Oh crueldad! ¿Prometiste lo mayor, y no cumples lo menor? ¿Por ahorrarte andar un poco, perece él de hambre? ¡Oh insolencia! ¡Oh soberbia! Pues, aunque hubiera que andar diez estadios, ¿deberías tú ser reacio? ¿Ni siquiera te viene a la mente que así se hace mayor tu recompensa? Porque cuando das, recibes galardón sólo por el don; mas cuando tú mismo vas además, por esto de nuevo se te asigna una paga.
Sí, al mismo patriarca lo admiramos por esto: que en su propia persona corrió a la vacada, y tomó el becerro, [] y eso que tenía trescientos dieciocho siervos nacidos en su casa. Mas ahora algunos están llenos de tanta soberbia, que hacen estas cosas por medio de criados, y no se avergüenzan. «Pero ¿me exiges que haga yo mismo estas cosas?» podría decir uno. «¿Y cómo no he de parecer vanaglorioso?» No, sino que, tal como están las cosas, eres llevado por otra especie de vanagloria a hacer esto, avergonzándote de que te vean hablando con un pobre.
Mas yo en nada soy riguroso acerca de esto; sólo da, ya sea por ti mismo o por medio de otro, como estés dispuesto a hacerlo; y no acuses, no hieras, no injuries. Porque medicinas, no heridas, necesita quien viene a ti; misericordia, no una espada. Dime, pues: si uno que hubiera sido herido con una piedra, y hubiera recibido una herida en la cabeza, dejara a todos los demás y corriera a tus rodillas, empapado en su sangre, ¿le herirías en verdad con otra piedra, y le añadirías otra herida? Yo, por mi parte, creo que no; antes bien, aun así, procurarías curarla. ¿Por qué, pues, haces tú lo contrario con respecto al pobre? ¿No sabes cuánto poder tiene una palabra, tanto para levantar como para derribar? «Porque una palabra,» se dice, «es mejor que un don.» []
¿No consideras que estás clavando la espada en ti mismo, y recibiendo una herida más grave, cuando él, injuriado, se retira en silencio, con gemidos y muchas lágrimas? Pues en verdad es enviado a ti por Dios. Considera, pues, al insultarlo, sobre quién estás haciendo recaer el insulto; cuando Dios ciertamente te lo envía, y te manda dar, pero tú, lejos de dar, hasta lo insultas al venir.
Y si no te das cuenta de cuán grandemente malo es esto, míralo como entre los hombres, y entonces conocerás plenamente la grandeza del pecado. Es así: si un siervo tuyo hubiera recibido de ti la orden de ir a otro siervo, que tenía dinero tuyo, para recibirlo, y volviera no sólo con las manos vacías, sino también con maltrato; ¿qué no harías tú al que hubiera causado el insulto? ¿Qué castigo no exigirías, como si, después de esto, tú mismo hubieras sido maltratado?
Esta cuenta haz también con respecto a Dios; pues en verdad es Él quien nos envía a los pobres, y de lo Suyo damos, si en verdad damos. Pero si, además de no dar, los despedimos también insultados, considera cuántos rayos, cuántos truenos merece lo que estamos haciendo.
Considerando, pues, debidamente todas estas cosas, refrenemos nuestra lengua, y desechemos la inhumanidad, y extendamos la mano para dar limosna, y no sólo con dinero, sino también con palabras, socorramos a los necesitados; para que escapemos del castigo por las injurias, y heredemos el reino que es para la bendición y la limosna, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien conviene la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 36, § 1
Mateo XI. 1.
«Y aconteció que, cuando Jesús hubo acabado de dar mandamientos a sus doce discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las ciudades de ellos.»
Es decir, después de haberlos enviado, procedió a retirarse, para darles espacio y ocasión de hacer lo que les había encomendado. Pues mientras Él estaba presente y sanaba, nadie estaría dispuesto a acercarse a ellos.
«Y cuando Juan oyó en la prisión las obras de Jesús, envió a dos de sus discípulos, y le preguntó, diciendo: ¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperamos a otro?» []
Mas Lucas dice que también contaron a Juan los milagros, y entonces él los envió. [] Sin embargo, esto no contiene materia de dificultad, sino sólo de consideración; pues esto, entre otras cosas, indica los celos que le tenían a Él.
Pero lo que sigue está enteramente entre los puntos controvertidos. ¿De qué naturaleza es, pues, esto? Su decir: «¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperamos a otro?» Es decir, el que lo conocía antes de sus milagros, el que lo había aprendido del Espíritu, el que lo oyó del Padre, el que lo había proclamado delante de todos los hombres; ¿envía ahora a preguntarle, si es Él mismo o no? Y si aún no sabías que ciertamente es Él, ¿cómo te juzgas a ti mismo digno de crédito, afirmando como afirmas cosas de las cuales eres ignorante? Porque el que ha de dar testimonio a otros, primero debe ser digno de crédito él mismo. ¿No dijiste: «No soy digno de desatar la correa de su zapato?» [] ¿No dijiste: «Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, Él mismo me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y reposar sobre Él, Ése es el que bautiza con el Espíritu Santo?» [] ¿No viste al Espíritu en forma de paloma? ¿No oíste la voz? ¿No se lo impediste del todo, diciendo: «Yo necesito ser bautizado por ti?» [] ¿No dijiste aun a tus discípulos: «Él debe crecer, yo menguar?» [] ¿No enseñaste a todo el pueblo que «Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego?» [] y que Él «es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo?» ¿No proclamaste todas estas cosas antes de sus señales y milagros? ¿Cómo, pues, ahora, cuando Él se ha manifestado a todos, y su fama se ha extendido por todas partes, y los muertos han sido resucitados, y los demonios arrojados, y se ha hecho despliegue de tan grandes milagros, envías después de todo esto a preguntarle?
¿Cuál es, pues, la verdad? ¿Fueron todas aquellas palabras una especie de fraude: una comedia y fábulas? No, ¿quién que tenga algún entendimiento diría tal cosa? No digo Juan, que saltó en el seno, que antes de su propio nacimiento lo proclamó, ciudadano del desierto, exhibidor de la conversación de los ángeles; sino que aun si hubiera sido uno del vulgo, y de los enteramente desechados, no habría vacilado, después de tantos testimonios, tanto de parte suya como de parte de otros.
De donde es evidente que ni envió estando él mismo en duda, ni preguntó por ignorancia. Pues nadie ciertamente podría decir esto: que, aunque lo sabía plenamente, a causa de la prisión se había vuelto más timorato; porque ni esperaba ser librado de allí, ni, aun si lo hubiera esperado, habría traicionado su deber para con Dios, armado como estaba contra varias clases de muerte. Pues si no hubiera estado preparado para esto, no habría mostrado tan gran valor ante todo un pueblo, ejercitado en derramar sangre de profetas; ni habría reprendido a aquel tirano salvaje con tanta osadía en medio de la ciudad y del foro, increpándolo severamente, como si fuera un niño pequeño, a oídos de todos. Y aun si se hubiera vuelto más tímido, ¿cómo no se avergonzó delante de sus propios discípulos, en cuya presencia tan a menudo había dado testimonio de Él, sino que les hizo la pregunta por medio de ellos, cuando debería haberla hecho por otros? Y sin embargo sabía muy bien que ellos también tenían celos de Cristo, y deseaban hallar algún asidero contra Él. ¿Y cómo no habría de quedar confuso ante el pueblo judío, en cuya presencia había proclamado cosas tan altas? ¿O qué ventaja le resultaba de ello para la liberación de sus cadenas? Porque no por causa de Cristo había sido echado en prisión, ni por haber proclamado su poder, sino por su propia reprensión tocante al matrimonio ilícito. ¿Y qué niño tan necio, qué persona tan frenética habría, que de ese modo se hubiera atribuido a sí mismo el carácter de ellos?
Homilía 36, § 2
2. ¿Qué es, pues, lo que está llevando a cabo? Porque que no corresponde a Juan dudar de esto, ni a ninguna persona común, ni aun a una extremadamente necia y frenética, tanto es evidente por lo que hemos dicho. Y ahora sólo nos falta añadir la solución.
¿Con qué intención, pues, envió a preguntar? Los discípulos de Juan se iban apartando de Jesús, y esto ciertamente cualquiera puede verlo, y tenían siempre un sentimiento de celos hacia Él. Y es manifiesto por lo que dijeron a su maestro: «Aquel que estaba contigo,» se dice, «al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, he aquí, el mismo bautiza, y todos vienen a Él.» [] Y otra vez: «Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación.» Y de nuevo vinieron a Él, y dijeron: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo, pero tus discípulos no ayunan?» [] Porque aún no sabían quién era Cristo, sino que, imaginando que Jesús era un mero hombre, pero Juan más que de condición humana, se afligían al ver al primero tenido en estima, y al segundo, como él había dicho, cesando ya. Y esto les impedía venir a Él, cerrándoles por completo el acceso sus celos. Ahora bien, mientras Juan estuvo con ellos, los exhortaba continuamente y los instruía, y ni aun así los persuadía; pero, estando ya a punto de morir, usa de mayor diligencia: temiendo, como temía, dejar un fundamento para doctrina mala, y que ellos continuaran separados de Cristo. Pues, así como fue diligente desde el principio para traer a Cristo todo lo que le pertenecía a él mismo, así, al no lograr persuadirlos, ahora hacia su fin ejerce tanto más celo.
Ahora bien, si les hubiera dicho: «Id a Él, Él es mejor que yo,» no los habría persuadido, dispuestos como estaban a no separarse fácilmente de él, sino que más bien se habría pensado que lo decía por modestia, y se habrían aferrado más a él; o si hubiera callado, tampoco se habría ganado nada. ¿Qué hace, pues? Espera a oír de ellos que Cristo obra milagros, y ni aun así los amonesta, ni envía a todos, sino a dos (a quienes quizá sabía más dóciles que los demás); para que la pregunta se hiciera sin sospecha, a fin de que por sus obras aprendieran la diferencia entre Jesús y él mismo. Y dice: Id, y decid: «¿Eres tú Aquel que había de venir, o esperamos a otro?» []
Pero Cristo, conociendo el propósito de Juan, no dijo: Yo soy Él; pues esto habría ofendido de nuevo a los oyentes, aunque era lo que naturalmente seguía para Él decir, sino que los deja aprenderlo de sus obras. Pues dice que, cuando éstos hubieron venido a Él, entonces «sanó a muchos.» [] Y sin embargo, ¿qué congruencia había en que, preguntado «¿Eres tú?», nada dijera a eso, sino que al punto sanara a los enfermos; a no ser que hubiera tenido en su mente establecer esto que he mencionado? Porque ellos, por supuesto, tendrían el testimonio de sus obras por más seguro, y más libre de sospecha que el de sus palabras.
Conociendo, pues, como Dios, la intención con que Juan los había enviado, al punto sanó a ciegos, cojos, y a muchos otros; no para enseñarle a él (pues ¿cómo habría de enseñar al que ya estaba convencido?), sino a éstos que dudaban: y habiéndolos sanado, dice:
«Id, y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos reciben la vista, y los cojos andan, los leprosos son limpiados, y los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres es predicado el Evangelio.» [] Y añadió: «Y bienaventurado es el que no se escandalice de mí;» dando a entender que Él conoce aun sus pensamientos no dichos. Porque si hubiera dicho: «Yo soy,» esto mismo los habría ofendido, como ya he dicho; y habrían pensado, aun si no lo hubieran dicho, lo mismo que los judíos le dijeron: «Tú das testimonio de ti mismo.» Por lo cual no dice esto por sí mismo, sino que los deja aprenderlo todo de los milagros, librando de sospecha lo que enseñaba, y haciéndolo más manifiesto. Por lo cual también añadió encubiertamente su reprensión de ellos. Es decir, porque estaban «escandalizados de Él», Él, presentando su caso y dejándolo a su sola conciencia, y no llamando a ningún testigo de esta su acusación, sino sólo a ellos mismos que lo sabían todo, así también los atrajo más a sí, diciendo: Bienaventurado es el que no se escandalice de mí. Pues en verdad su sentido secreto era acerca de ellos cuando dijo esto.
Homilía 36, § 3
Mas para haceros más evidente la verdad por la comparación de las diversas afirmaciones, presentando no sólo nuestras propias palabras, sino también lo que otros han declarado, nos es necesario añadir alguna cuenta de ellas.
¿Qué afirman, pues, algunos? Que lo que hemos dicho no fue la causa, sino que Juan estaba en ignorancia, aunque no en ignorancia de todo; que sabía que Él era el Cristo, pero no sabía si también había de morir por los hombres; por eso dijo: «¿Eres tú Aquel que había de venir?» es decir, el que ha de descender al infierno. Pero esto no es sostenible; pues tampoco de esto era ignorante Juan. Al menos esto lo proclamó aun antes que todos los demás, y dio testimonio de ello el primero: «He aquí,» dice, «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.» [] Ahora bien, lo llamó cordero, como proclamando la cruz, y de nuevo al decir: «Que quita el pecado del mundo,» declaró esto mismo. Porque no de otra manera sino por la cruz efectuó esto; como también dijo Pablo: «Y la cédula que nos era contraria, la quitó de en medio, clavándola en su cruz.» Y su dicho también: «Él os bautizará con el Espíritu,» [] es propio de uno que predecía los acontecimientos después de la resurrección.
Pues bien: que Él había de resucitar, lo sabía, dicen, y que había de dar el Espíritu Santo; pero que también había de ser crucificado, no lo sabía. ¿Cómo, pues, había de resucitar el que no había padecido, ni sido crucificado? ¿Y cómo era este hombre mayor que un profeta, si no sabía ni lo que los profetas sabían? Porque que era mayor que un profeta, aun Cristo mismo lo testificó, [] mas que los profetas conocieron la pasión es ciertamente manifiesto a todos. Pues así dice Isaías: «Fue llevado como cordero al matadero, y como oveja muda delante del que la trasquila.» [] Y antes de este testimonio también dice: «Habrá una raíz de Jesé, y el que se levantará para gobernar a las gentes, en Él esperarán las gentes.» [] Luego, hablando de su pasión, y de la gloria consiguiente, añadió: «Y su reposo será honra.» Y este profeta predijo no sólo que sería crucificado, sino también con quiénes. «Porque,» dice, «fue contado entre los transgresores.» [] Y no sólo esto, sino que ni siquiera abogaría por sí mismo; «Porque este hombre,» dice, «no abre su boca:» y que sería injustamente condenado; «Porque en su humillación,» dice, «su juicio fue quitado.» Y antes de esto, David también dice esto, y describe la sala del juicio. «¿Por qué,» dice, «se amotinan las gentes, y los pueblos imaginan cosa vana? Se levantan los reyes de la tierra, y los príncipes se reúnen contra el Señor, y contra su Ungido.» Y en otra parte menciona también la imagen de la cruz, diciendo de esta manera: «Traspasaron mis manos y mis pies,» y las cosas que los soldados se atrevieron a hacer, las añade con toda exactitud: «Porque repartieron,» dice, «mis vestidos entre sí, y sobre mi túnica echaron suertes.» Y en otra parte dice también que le ofrecieron vinagre; «Porque me dieron,» dice Él, «hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre.»
Así, pues, los profetas, tantos años antes, hablan de la sala del juicio, y de la condenación, y de los que fueron crucificados con Él, y de la división de los vestidos, y de la suerte echada sobre ellos, y de muchas otras cosas además (pues ciertamente es innecesario alegarlas todas ahora, no sea que alarguemos nuestro discurso): ¿y este hombre, mayor que todos ellos, era ignorante de todas estas cosas? ¿Y cómo habría de ser esto razonable?
¿Y por qué no dijo: «¿Eres tú Aquel que había de venir al infierno,» sino simplemente: «Aquel que había de venir?» Aunque esto sería mucho más absurdo que lo otro, quiero decir su afirmación de que «por eso dijo estas cosas, para predicar allí también después de su partida.» A los cuales convendría decir: «Hermanos, no seáis niños en el entendimiento, sino sed niños en la malicia.» [] Pues la vida presente es ciertamente el tiempo de recta conversación, pero después de la muerte hay juicio y castigo. «Porque en el infierno,» se dice, «¿quién te confesará?»
¿Cómo, pues, fueron «reventadas las puertas de bronce, y rotos en pedazos los cerrojos de hierro»? Por su cuerpo; pues entonces por primera vez se mostró un cuerpo inmortal, y que destruía la tiranía de la muerte. Y además, esto indica la destrucción del poder de la muerte, no la liberación de los pecados de los que habían muerto antes de su venida. Y si esto no fuera así, sino que Él hubiera librado del infierno a todos los que lo precedieron, ¿cómo dice: «Será más tolerable para la tierra de Sodoma y de Gomorra?» [] Pues esta sentencia supone que aquellos también han de ser castigados; más suavemente, en verdad, pero todavía que han de ser castigados. Y sin embargo ellos también sufrieron aquí el castigo más extremo; no obstante, ni aun esto los librará. Y si así es con ellos, mucho más con los que nada han sufrido.
«¿Qué, pues?» podría decir alguno, «¿Fueron agraviados los que vivieron antes de su venida?» De ninguna manera, pues los hombres podían entonces salvarse, aunque no hubieran confesado a Cristo. Porque esto no se les exigía, sino no adorar ídolos, y conocer al Dios verdadero. «Porque el Señor tu Dios,» se dice, «es un solo Señor.» [] Por eso los Macabeos fueron admirados, porque por la observancia de la ley sufrieron lo que sufrieron; y los tres niños, y muchos otros entre los judíos, habiendo mostrado una vida muy virtuosa, y habiendo mantenido el estandarte de este su conocimiento, no tuvieron nada más que se les exigiera. Pues entonces era suficiente para la salvación, como ya he dicho, conocer a Dios solamente; mas ahora ya no es así, sino que hay necesidad también del conocimiento de Cristo. Por eso dijo: «Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa para su pecado.»
De igual manera con respecto a la norma de la práctica. Entonces el homicidio era la perdición del que lo cometía, mas ahora aun el airarse. Y entonces cometer adulterio, y acostarse con la mujer de otro, acarreaba castigo, mas ahora aun mirar con ojos impúdicos. Pues así como el conocimiento, también la norma de vida se ha hecho ahora más estricta. De modo que no hubo necesidad de un precursor allí.
Y además, si los incrédulos han de salvarse después de la muerte por creer, ningún hombre perecerá jamás. Pues todos entonces se arrepentirán y adorarán. Y en prueba de que esto es verdad, oye a Pablo decir: «Toda lengua confesará, y toda rodilla se doblará, de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra.» [] Y: «El último enemigo que será destruido es la muerte.» [] Pero no hay ventaja en esa sumisión, pues no proviene de una elección rectamente dispuesta, sino de la necesidad de las cosas, como puede decirse, que desde entonces tiene lugar.
No introduzcamos, pues, más semejantes doctrinas de viejas, y fábulas judaicas. Oye al menos lo que dice Pablo acerca de estas cosas. «Porque todos los que pecaron sin ley, sin ley también perecerán;» [] donde su discurso es sobre los que vivieron en el tiempo antes de la ley; y: «Todos los que pecaron en la ley, por la ley serán juzgados,» [] hablando de todos después de Moisés. Y: «La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres,» [] y: «indignación e ira, tribulación y angustia sobre toda alma de hombre que obra el mal, del judío primero, y también del griego.» [] Y sin embargo incontables fueron los males que los gentiles han sufrido en este mundo, y esto es declarado tanto por las historias de los paganos como por las Escrituras que están en nuestras manos. Pues ¿quién podría contar las calamidades trágicas de los babilonios, o las de los egipcios? Mas como prueba de que los que, no habiendo conocido a Cristo antes de su venida en la carne, se abstuvieron de la idolatría y adoraron sólo a Dios, y mostraron una vida excelente, disfrutarán de todas las bendiciones; oye lo que se dice: «Mas gloria, y honra, y paz a todo el que obra el bien, al judío primeramente, y también al griego.» ¿Ves que por sus buenas obras hay muchos galardones, y de nuevo castigos, y penas para los que han obrado lo contrario?
Homilía 36, § 4
4. ¿Dónde, pues, dime, están los enteramente incrédulos en el infierno? Pues, si los de antes de la venida de Cristo, que ni siquiera habían oído el nombre del infierno, ni de la resurrección, y fueron castigados aquí, sufrirán castigo también allí; ¿cuánto más nosotros, que hemos sido criados en tantas lecciones de estricta virtud?
¿Y cómo es razonable, pregunta uno, que los que jamás han oído del infierno, caigan en el infierno? Pues dirán: «Si nos hubieras amenazado con el infierno, habríamos temido más, y nos habríamos moderado.» Sin duda; (¿no es así?) a juzgar por nuestro modo de vivir ahora, que oímos diariamente las palabras sobre el infierno, y no prestamos atención alguna.
Y además, hay también esto que decir: que el que no es refrenado por los juicios a la vista, mucho menos será refrenado por aquéllos otros. Pues los de índole menos razonable, y los de disposición más grosera, suelen ser moderados más bien por las cosas que están presentes, y que han de suceder al instante, que por las que han de acaecer mucho tiempo después. «Mas sobre nosotros,» podría decir alguno, «pende un temor mayor, y en esto fueron perjudicados.» De ninguna manera. Pues, primero, no se nos han puesto las mismas medidas que a ellos, sino mucho mayores para nosotros. Ahora bien, los que han emprendido mayores trabajos, deben gozar de mayor ayuda. Y no es poca ayuda que nuestro temor haya sido aumentado. Y si tenemos ventaja sobre ellos en conocer las cosas venideras, ellos tienen ventaja sobre nosotros en que los severos castigos se les imponen al presente.
Pero hay algo más, que la multitud dice también con respecto a esto. Pues «¿dónde,» dicen, «está la justicia de Dios, cuando uno por pecar aquí es castigado aquí y allí?» ¿Queréis, pues, que os traiga a la memoria vuestras propias palabras, para que ya no nos deis molestia, sino que saquéis la solución de dentro de vosotros mismos? He oído a muchos de los nuestros, si acaso se les hablaba de un homicida ajusticiado en un tribunal, cómo se indignaban, y hablaban de esta manera: «Este malvado y maldito miserable, habiendo perpetrado treinta homicidios, o aun muchos más, ha sufrido él mismo una sola muerte; ¿y dónde está la justicia de ello?» De modo que vosotros mismos confesáis que una sola muerte no es suficiente para el castigo; ¿cómo, pues, dais ahora una sentencia contraria? Porque no otros, sino vosotros mismos, sois el objeto de vuestro juicio: tan grande impedimento es el amor propio para percibir lo que es justo. Por esto, cuando juzgamos a otros, lo escudriñamos todo con rigor, mas cuando nos sentamos en juicio sobre nosotros mismos, estamos ciegos. Pues si escudriñáramos estas cosas también en nuestro propio caso, como lo hacemos respecto de los otros, daríamos sentencia incorrupta. Porque también nosotros tenemos pecados, que no merecen dos o tres, sino diez mil muertes. Y para pasar por alto todo lo demás, acordémonos de nosotros mismos, cuantos participamos indignamente de los misterios; tales hombres son reos del cuerpo y de la sangre de Cristo. Por lo cual, cuando hablas del homicida, toma cuenta también de ti mismo. Pues él en verdad ha matado a un hombre, mas tú estás bajo la culpa de matar al Señor; y él, no habiendo participado de los misterios, pero nosotros, mientras gozamos del beneficio de la sagrada mesa.
¿Y qué son los que muerden y devoran a sus hermanos, y derraman tal abundancia de veneno? ¿Qué es el que roba a los pobres su alimento? Pues si el que no reparte de lo suyo es tal como he dicho, mucho más el que toma lo ajeno. ¡A cuántos ladrones superan en maldad los avaros! ¡A cuántos homicidas y salteadores de tumbas, los rapaces! ¡Y cuántos, después de despojar a los hombres, desean aun su sangre!
«No,» dice él, «Dios me libre.» Ahora dices: Dios me libre. Cuando tengas un enemigo, entonces di: Dios me libre, y trae a la memoria lo dicho, y muestra una vida llena de gran rigor; no sea que la porción de Sodoma nos espere también a nosotros, no sea que suframos la suerte de Gomorra, no sea que padezcamos los males de los tirios y de los sidonios; o más bien, no sea que ofendamos a Cristo, lo cual sería cosa más grave y más de temer que todas.
Pues aunque a muchos el infierno parezca ser cosa temible, yo por mi parte no cesaré de decir continuamente que esto es más grave y temible que cualquier infierno; y a ti te ruego que seas del mismo parecer. Pues así seremos ambos librados del infierno, y gozaremos de la gloria que es otorgada por Cristo; a la cual ojalá todos alcancemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.