Homilía 24, § 1
Mateo VII. 21.
«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los Cielos.»
¿Por qué, pues, no dijo: «sino el que hace mi voluntad?» Porque por el momento era gran ganancia para ellos recibir aun esto primero; sí, era muy grande, considerando su debilidad. Y además insinuaba lo uno por lo otro. Y con esto puede mencionarse, que de hecho no hay otra voluntad del Hijo más que la del Padre.
Y aquí me parece que está censurando principalmente a los judíos, que ponían todo el peso en las doctrinas, y ningún cuidado tenían de la práctica. Por lo cual también Pablo los culpa, diciendo: «He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios, y conoces su voluntad:» «¿Quiénes, pues, son estos hombres?» preguntas tú. Muchos de los que creyeron recibieron dones, como aquel que expulsaba demonios, y no andaba con Él; como Judas; pues aun él, malvado como era, tenía un don. Y en el Antiguo Testamento también esto puede hallarse, en que la gracia muchas veces ha obrado por medio de personas indignas, para hacer bien a otros. Es decir, puesto que no todos los hombres eran aptos para todas las cosas, sino que algunos eran de vida pura, no teniendo tan grande fe, y otros justamente lo contrario; con estos dichos, mientras urge a los unos a mostrar mucha fe, a los otros también los estaba llamando por este su inefable don a hacerse mejores hombres. Por lo cual también con gran abundancia otorgaba aquella gracia. Porque «hicimos,» se dice, «muchos milagros.» Pero «entonces les declararé: Nunca os conocí.» Porque «ahora ciertamente suponen que son mis amigos; mas entonces conocerán, que no como a amigos les di.»
¿Y por qué maravillarse si ha otorgado dones a hombres que han creído en Él, aunque sin vida conforme a su fe, cuando sobre los que han caído de ambas cosas, Él se halla indudablemente obrando? Porque así Balaam era ajeno tanto de la fe como de una vida verdaderamente buena; sin embargo la gracia obró en él para servicio de otros hombres. Y Faraón también era de la misma índole: mas con todo aun a él le significó las cosas venideras. Y Nabucodonosor estaba muy lleno de iniquidad; sin embargo a él de nuevo le reveló lo que había de seguir después de muchas generaciones. [Daniel iii] Y de nuevo al hijo de este último, aunque superaba a su padre en iniquidad, le significó las cosas venideras, ordenando una maravillosa y gran Dispensación. [Daniel v] Por consiguiente, porque entonces también estaban teniendo lugar los comienzos del evangelio, y era preciso que la manifestación de su poder fuera abundante, muchos aun de los indignos solían recibir dones. Con todo, de aquellos milagros ninguna ganancia les venía; antes bien son los más castigados. Por lo cual a ellos les dirigió aun aquel terrible dicho: «Nunca os conocí:» habiendo muchos por quienes su aborrecimiento comienza ya aun aquí; de quienes se aparta, aun antes del juicio.
Temamos, por tanto, amados; y tengamos gran cuidado de nuestra vida, ni nos tengamos por peores, en que no obramos milagros ahora. Porque aquello jamás nos será ventaja alguna, como tampoco desventaja alguna el no obrarlos, si atendemos a toda virtud. Porque por los milagros nosotros mismos somos deudores, mas por nuestra vida y nuestras obras tenemos a Dios por deudor.
Homilía 24, § 3
3. Habiendo, pues, como veis, terminado todo, habiendo disertado con exactitud sobre toda virtud, y señalado a los que la fingen, de varias clases, tanto a los que para ostentación ayunan y hacen oraciones, como a los que vienen en piel de oveja; y también a los que la corrompen, a quienes llamó cerdos y perros: procede a significar cuán grande es el provecho de la virtud aun aquí, y cuán grande el daño de la maldad, diciendo:
«Cualquiera, pues, que oye estas palabras mías, y las pone por obra, será semejante a un varón prudente.»
Como si dijera: Lo que sufrirán los que no las hacen (aunque obren milagros), lo habéis oído; mas debéis saber también qué gozarán los que obedecen todos estos dichos; no en el mundo venidero solamente, sino aun aquí. «Porque cualquiera,» dice Él, «que oye estas palabras mías, y las pone por obra, será semejante a un varón prudente.»
¿Veis cómo varía su discurso; a un tiempo diciendo: «No todo el que me dice: Señor, Señor,» y revelándose a sí mismo; a otro tiempo, «El que hace la voluntad de mi Padre;» y de nuevo, presentándose a sí mismo como juez, «Porque muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y yo diré: Nunca os conocí.» Y aquí de nuevo indica que Él mismo tiene el poder sobre todo, siendo ésta la razón por la que dijo, «Cualquiera que oye estas palabras mías.»
Así pues, mientras todo su discurso había tocado lo futuro; de un reino, y una inefable recompensa y consolación, y cosas semejantes; su voluntad es, también de las cosas de aquí darles sus frutos, y significar cuán grande es la fuerza de la virtud aun en la vida presente. ¿Cuál es, pues, esta su fuerza? Vivir en seguridad, no ser fácilmente subyugado por terror alguno, permanecer superior a todos los que nos ultrajan. ¿A esto qué podrá igualarse? Porque esto, ni aun el que ciñe la diadema puede procurárselo a sí mismo, sino aquel que sigue tras la virtud. Porque él solo la posee en plena abundancia: en el flujo y reflujo de las cosas presentes goza de una gran calma. Lo verdaderamente maravilloso siendo esto, que no en la bonanza, sino cuando la tempestad es vehemente, y grande el tumulto, y continuas las tentaciones, no puede ser sacudido ni un poco.
«Porque descendió la lluvia,» dice Él, «vinieron los ríos, soplaron los vientos, y dieron contra aquella casa; y no cayó: porque estaba fundada sobre la roca.» []
Por «lluvia» aquí, y «ríos,» y «vientos,» está expresando metafóricamente las calamidades y aflicciones que sobrevienen a los hombres; tales como falsas acusaciones, intrigas, duelos, muertes, pérdida de amigos, vejaciones de extraños, todos los males en nuestra vida que uno podría mencionar. «Mas a ninguno de éstos,» dice Él, «cede tal alma; y la causa es, que está fundada sobre la roca.» Llama roca a la firmeza de su doctrina; porque en verdad sus mandamientos son más fuertes que cualquier roca, colocando a uno por encima de todas las olas de los asuntos humanos. Porque el que guarda estas cosas con rigor, no tendrá la ventaja de los hombres solamente cuando lo vejan, sino aun de los mismos demonios que maquinan contra él. Y que no es vana jactancia el hablar así, Job es nuestro testigo, que recibió todos los asaltos del diablo, y permaneció inmóvil; y los apóstoles también son nuestros testigos, pues cuando las olas de todo el mundo batían contra ellos, cuando tanto naciones como príncipes, tanto su propio pueblo como extraños, tanto los malos espíritus, como el diablo, y toda máquina se ponía en movimiento, ellos se mantuvieron más firmes que una roca, y lo dispersaron todo.
Y ahora, ¿qué puede ser más feliz que este género de vida? Porque esto, ni la riqueza, ni la fuerza del cuerpo, ni la gloria, ni el poder, ni nada otro podrá asegurarlo, sino sólo la posesión de la virtud. Porque no hay, no hay otra vida que podamos hallar libre de todos los males, sino ésta sola. Y vosotros sois testigos, que conocéis las intrigas en las cortes de los reyes, los tumultos y las tribulaciones en las casas de los ricos. Mas no había entre los apóstoles nada semejante.
¿Pues qué? ¿Ninguna cosa tal les aconteció? ¿Ningún mal padecieron a manos de hombre alguno? Antes bien, la maravilla es ésta sobre todas las cosas, que ciertamente fueron objeto de muchas intrigas, y muchas borrascas estallaron sobre ellos, mas su alma no fue trastornada por ellas, ni arrojada a la desesperación, sino que con cuerpos desnudos lucharon, prevalecieron, y triunfaron.
Tú, pues, igualmente, si estás dispuesto a ejecutar exactamente estas cosas, te reirás de todos los males con escarnio. Sí, porque si tan sólo estás fortalecido con tal filosofía como hay en estas amonestaciones, nada podrá dañarte. Puesto que, ¿en qué ha de dañarte el que está decidido a tender lazos? ¿Te quitará tu dinero? Pues bien, antes de su amenaza se te mandó despreciarlo, y abstenerte de él tan sobremanera, como para ni siquiera pedir tal cosa a tu Señor. ¿Mas te echa a la cárcel? Pues antes de tu cárcel se te ordenó vivir de tal modo, que estuvieras crucificado aun a todo el mundo. ¿Mas habla mal de ti? Antes bien, de este dolor también te ha librado Cristo, prometiéndote sin fatiga una gran recompensa por la resistencia al mal, y haciéndote tan limpio de la ira y vejación que de aquí brota, como para aun mandarte orar por ellos. ¿Mas te destierra y te envuelve en innumerables males? Pues bien, está haciendo tu corona más gloriosa. ¿Mas te destruye y te mata? Aun con esto te aprovecha grandemente, procurándote las recompensas de los mártires, y conduciéndote más prontamente al puerto sin turbación, y proporcionándote materia para una más abundante recompensa, y disponiendo para ti el hacer ganancia de la pena universal. Lo cual, en verdad, es lo más maravilloso de todo, que los que urden lazos, lejos de dañar en algo, más bien hacen a los objetos de su desprecio más aprobados. ¿A esto qué puede ser comparable? Quiero decir, a la elección de tal modo de vida como éste, y no otro, lo es.
Así pues, como había llamado al camino estrecho y angosto; para aliviar nuestros trabajos también en este lado, significa que es grande la seguridad de él, y grande el deleite; así como del curso contrario, grande es la insalubridad, y el detrimento. Porque como la virtud aun desde las cosas de aquí fue significada por Él como teniendo sus recompensas, así también el vicio sus penas. Pues lo que siempre estoy diciendo, lo diré también ahora: que en ambos sentidos Él está por todas partes obrando la salvación de sus oyentes, por un lado mediante el celo por la virtud, por otro mediante el odio al vicio. Así, porque habría algunos que admiraran lo que Él decía, sin dar prueba de ello por sus obras, Él de antemano despierta sus temores, diciendo: Aunque las cosas dichas sean buenas, el oír no es suficiente para la seguridad, sino que hay necesidad también de obediencia en las acciones, y todo yace principalmente en esto. Y aquí termina su discurso, dejando el temor en su punto más alto en ellos.
Porque así como con respecto a la virtud, no sólo desde las cosas venideras los urgió (hablando de un reino, y del Cielo, y una inefable recompensa, y consuelo, y los innumerables bienes): sino también desde las cosas presentes, indicando la cualidad firme e inmóvil de la Roca; así también con respecto a la maldad, no desde las cosas esperadas solamente excita sus temores (como desde el árbol que es cortado, y el fuego inextinguible, y el no entrar en el reino, y desde su dicho, «Nunca os conocí» ): sino también desde las cosas presentes, la ruina, quiero decir, en lo que se dice de la casa.
Homilía 24, § 4
4. Por lo cual también hizo su argumento más expresivo, probando su fuerza en una parábola; porque no era lo mismo decir, «El varón virtuoso será inexpugnable, mas el malvado fácilmente subyugado,» que suponer una roca, y una casa, y ríos, y lluvia, y viento, y cosas semejantes.
«Y todo aquel,» dice Él, «que oye estas palabras mías, y no las pone por obra, será semejante a un varón necio, que edificó su casa sobre la arena.»
Y bien lo llamó «necio»: porque ¿qué puede ser más insensato que uno que edifica una casa sobre la arena, y mientras sufre la fatiga, se priva a sí mismo del fruto y del refrigerio, y en su lugar experimenta castigo? Porque que también ellos, los que siguen tras la maldad, se fatigan, es ciertamente manifiesto a todos: puesto que así el extorsionador, como el adúltero, como el calumniador, se afanan y se cansan mucho para llevar a efecto su maldad; mas lejos de segar provecho alguno de estas sus fatigas, más bien experimentan gran pérdida. Porque también Pablo lo insinuó cuando dijo: «El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción.» [] A este hombre se asemejan también los que edifican sobre la arena; como los que están entregados a la fornicación, al desenfreno, a la embriaguez, a la ira, a todas las demás cosas.
Tal era Acab, mas no tal Elías (puesto que cuando pongamos la virtud y el vicio lado a lado, conoceremos más exactamente la diferencia): porque el uno había edificado sobre la roca, el otro sobre la arena; por lo cual, aunque era rey, temía y temblaba ante el profeta, ante aquel que sólo tenía su piel de oveja. Tales eran los judíos mas no los apóstoles; y así, aunque eran pocos y estaban en cadenas, exhibían la firmeza de la roca; mas aquéllos, muchos como eran, y en armadura, la debilidad de la arena. Porque así decían: «¿Qué haremos con estos hombres?» [] ¿Ves a los perplejos, no a los que están en manos de otros, y atados, sino a los que activamente tienen preso y atan? ¿Y qué puede ser más extraño que esto? ¿Tienes agarrado al otro, y estás sin embargo en total perplejidad? Sí, y muy naturalmente. Porque en la medida en que todo lo habían edificado sobre la arena, por eso mismo eran más débiles que todos. Por esta causa también decían de nuevo: «¿Qué hacéis, tratando de traer la sangre de este hombre sobre nosotros?» [] ¿Qué dice? ¿Azotas, y temes? ¿Tratas injuriosamente, y estás consternado? ¿Juzgas, y sin embargo tiemblas? Tan débil es la maldad.
Mas los Apóstoles no así, sino ¿cómo? «No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.» [] ¿Ves un espíritu noble? ¿Ves una roca que se ríe de las olas con escarnio? ¿Ves una casa inconmovible? Y lo que es aun más maravilloso; tan lejos de volverse cobardes ellos ante las intrigas formadas contra ellos, cobraron aun más ánimo, y arrojaron a los otros a mayor inquietud. Porque así, el que golpea el diamante, él mismo es el golpeado; y el que da coces contra los aguijones, él mismo es el aguijoneado, aquel sobre quien caen las graves heridas: y el que forma intrigas contra el virtuoso, él mismo es el que está en peligro. Porque la maldad se vuelve tanto más débil, cuanto más se ordena en batalla contra la virtud. Y como el que envuelve fuego en un vestido, no apaga la llama, sino que consume el vestido; así el que está ultrajando a varones virtuosos, y oprimiéndolos, y atándolos, los hace más gloriosos, mas se destruye a sí mismo. Porque cuantos más males padeces, viviendo rectamente, más fuerte te haces; puesto que cuanto más honramos el dominio de sí, menos necesitamos; y cuanto menos necesitamos, más fuertes nos volvemos, y más por encima de todos. Tal era Juan; por lo cual ningún hombre lo afligía, sino que él causaba dolor a Herodes; así el que nada tenía prevalecía contra el que gobernaba; y el que ceñía diadema, y púrpura, y pompa sin fin, tiembla, y tiene temor de aquel que está despojado de todo, y ni aun decapitado pudo sin temor ver su cabeza. Porque que aun después de su muerte tenía el terror de él en plena fuerza, oye lo que dice: «Este es Juan, a quien yo degollé.» Ahora la expresión, «yo degollé,» es de uno que no se gloría, sino que calma su propio terror, y persuade a su alma turbada a recordar, que él mismo lo degolló. Tan grande es la fuerza de la virtud, que aun después de la muerte es más poderosa que los vivos. Por esta misma causa de nuevo, cuando vivía, los que poseían mucha riqueza venían a él, y decían: «¿Qué haremos?» ¿Tanto es lo tuyo, y pretendes aprender el camino de tu prosperidad del que nada tiene? ¿El rico del pobre? ¿Los soldados del que ni siquiera tiene casa?
Tal era Elías también: por lo cual también con la misma libertad hablaba al pueblo. Porque como el primero dijo: «Raza de víboras;» [] así este último, «¿Hasta cuándo habéis de cojear sobre vuestras dos caderas?» Y el uno dijo: «¿Habéis matado, y habéis heredado?» el otro, «No te es lícito tener la mujer de tu hermano Felipe.» []
¿Ves la roca? ¿Ves la arena; con cuánta facilidad se hunde, cómo cede ante las calamidades? Cómo es derribada, aunque tenga el apoyo de la realeza, del número, de la nobleza? Porque a los que la persiguen, los hace más insensatos que a todos.
Y no cae simplemente, sino con gran calamidad: porque «grande en verdad,» dice Él, «fue la caída de ella.» No siendo el riesgo de cosas pequeñas, sino del alma, de la pérdida del Cielo, y de aquellos bienes inmortales. O más bien aun antes de aquella pérdida, no hay vida tan miserable como la que debe vivir el que sigue tras esto; morando con continuos desalientos, sobresaltos, cuidados, ansiedades; lo cual insinuaba también cierto sabio cuando decía: «El malvado huye, sin que nadie lo persiga.» [] Porque tales hombres tiemblan ante sus sombras, sospechan de sus amigos, de sus enemigos, de sus siervos, de los que los conocen, de los que no los conocen; y antes de su castigo, padecen aquí castigo extremo. Y para declarar todo esto, Cristo dijo: «Y grande fue la caída de ella;» cerrando estos buenos mandamientos con aquel final adecuado, y persuadiendo aun por las cosas presentes a los más incrédulos a huir del vicio.
Porque aunque el argumento de lo venidero sea más vasto, éste tiene más poder para refrenar a los más groseros, y retirarlos de la maldad. Por lo cual también terminó con él, para que su provecho hiciera morada en ellos.
Conscientes, por tanto, de todas estas cosas, tanto de las presentes, como de las futuras, huyamos del vicio, emulemos la virtud, para que no trabajemos infructuosamente y a la ventura, sino que gocemos de la seguridad aquí, y participemos de la gloria allí: a la cual Dios conceda que todos lleguemos, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 25, § 1
Mateo VII. 28.
«Y aconteció que, cuando Jesús hubo terminado estos discursos, la gente se asombraba de su doctrina.»
Sin embargo, era más bien natural que se entristecieran por lo desagradable de sus palabras y se estremecieran ante la sublimidad de sus mandatos; pero tan grande era el poder del Maestro, que muchos de ellos quedaron incluso cautivados por ello, arrojados a una grandísima admiración, y persuadidos por la dulzura de sus palabras, de no apartarse de Él en absoluto, ni siquiera cuando dejó de hablar. Porque ni siquiera los oyentes se marcharon cuando Él bajó del monte, sino que aun entonces toda la multitud lo seguía; tan grande amor por sus palabras les había inspirado.
Pero se asombraban sobre todo de su autoridad. Porque no hablaba refiriéndose a otro, como el profeta y Moisés; sino que en todo indicaba que Él mismo era quien tenía el poder de decidir. Porque así, al exponer sus leyes, no dejaba de añadir: «Pero yo os digo.» Y al recordarles aquel día, se declaraba a sí mismo el juez, tanto por los castigos como por los honores.
Y sin embargo, era probable que también esto los perturbara. Pues si, cuando lo veían manifestar su autoridad con obras, los escribas querían apedrearlo y perseguirlo, ¿cómo no era probable que se escandalizaran cuando sólo había palabras para probarlo? Y especialmente porque al principio, cuando estas cosas se decían, y antes de que Él hubiera dado prueba de su propio poder, ¿cómo no iban a ofenderse? Pero no sintieron nada de esto; porque cuando el corazón y la mente son sinceros, se dejan persuadir fácilmente por las palabras de la verdad. Y por eso precisamente una clase, aun cuando los milagros proclamaban su poder, se escandalizaba; mientras que la otra, con sólo oír palabras, se persuadía y lo seguía. Esto, añadiría yo, lo insinúa también el evangelista cuando dice: «grandes multitudes lo seguían,» [] no de los principales, ni de los escribas, sino cuantos estaban libres de vicio y tenían el juicio incorrupto. Y en todo el evangelio veis que tales se adhieren a Él. Porque mientras hablaba, escuchaban en silencio, sin entrometerse, ni interrumpir la trabazón de sus palabras, ni tentarlo, ni desear hallar pretexto como los fariseos; y después de su exhortación lo seguían otra vez, maravillados.
Pero fíjate, te ruego, en la consideración del Señor, cómo varía el modo de aprovechar a sus oyentes, pasando de los milagros a las palabras, y de nuevo de la instrucción por sus palabras a los milagros. Así, antes de subir al monte, sanó a muchos, preparando el camino para sus palabras; y después de terminar aquel largo discurso al pueblo, vuelve otra vez a los milagros, confirmando con obras lo dicho. Y así, porque enseñaba como «quien tiene autoridad», para que su modo de enseñar no se tuviera por jactancia y arrogancia, hace lo mismo también en sus obras, como quien tiene autoridad para sanar; para que ya no se quedaran perplejos al verlo enseñar así, cuando también obraba sus milagros del mismo modo.
Homilía 25, § 2
2. «Porque cuando bajó del monte, se le acercó un leproso, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.» Grande era el entendimiento y la fe del que así se acercaba. Porque no interrumpió la enseñanza, ni rompió la multitud, sino que aguardó el momento oportuno, y se le acerca «cuando ha bajado». Y no al azar, sino con mucho fervor, y a sus rodillas, le ruega, como dice otro evangelista, y con fe genuina y recta opinión acerca de Él. Porque no dijo: «Si se lo pides a Dios», ni «Si oras», sino: «Si quieres, puedes limpiarme.» Ni dijo: «Señor, límpiame», sino que lo deja todo a Él, y hace depender de Él su curación, y testifica que toda la autoridad es suya.
«¿Pues qué,» dice uno, «si la opinión del leproso fue equivocada?» Lo propio sería deshacerla, y reprenderla, y corregirla. ¿Lo hizo así entonces? De ningún modo; sino todo lo contrario, establece y confirma lo dicho. Por eso, ved, no dijo: «Queda limpio», sino: «Quiero, sé limpio;» para que la doctrina ya no fuera cosa de conjetura del otro, sino de su propia aprobación.
Pero los apóstoles no así; más bien, ¿de qué modo? Estando todo el pueblo asombrado, dijeron: «¿Por qué nos miráis, como si por nuestro propio poder o autoridad lo hubiéramos hecho andar?» Pero el Señor, aunque a menudo decía muchas cosas con modestia, y por debajo de su propia gloria, ¿qué dice aquí, para establecer la doctrina de los que estaban asombrados de Él por su autoridad? «Quiero, sé limpio.» Aunque en las muchas y grandes señales que obró, en ninguna parte aparece haber pronunciado esta palabra. Aquí, sin embargo, para confirmar la suposición tanto de todo el pueblo como del leproso acerca de su autoridad, añadió a propósito: «Quiero.»
Y no fue que lo dijo, pero no lo hizo; sino que la obra siguió inmediatamente. Porque si no hubiera hablado bien, y la palabra hubiera sido blasfemia, la obra habría debido interrumpirse. Pero ahora la naturaleza misma cedió a su mandato, y con rapidez, como convenía, aún más rápidamente de lo que el evangelista ha dicho. Porque la palabra «inmediatamente» queda muy por debajo de la prontitud que hubo en la obra.
Pero no se limitó a decir: «Quiero, sé limpio», sino que también «extendió la mano y lo tocó;» cosa especialmente digna de indagación. Pues, ¿por qué, cuando lo limpiaba con la voluntad y la palabra, añadió también el toque de la mano? Me parece que no por otro fin, sino para significar también con esto que no está sujeto a la ley, sino que está por encima de ella; y que para el limpio, en adelante, nada es inmundo. [] Por esta causa, vemos que Eliseo ni siquiera vio a Naamán; sino que, al percibir que se ofendía porque no salía y lo tocaba, observando la severidad de la ley, permanece en casa y lo envía al Jordán a lavarse. Pero el Señor, para significar que no sana como siervo, sino como amo absoluto, también toca. Porque su mano no se hizo inmunda por la lepra, sino que el cuerpo leproso quedó limpio por su santa mano.
Porque, como sabemos, Él no vino a sanar sólo los cuerpos, sino también a conducir el alma al dominio de sí. Así, como desde entonces ya no prohibió comer con manos sin lavar, introduciendo aquella excelente ley que se refiere a la indiferencia de los alimentos; de la misma manera también en este caso, para instruirnos para el futuro, que el alma debe ser nuestro cuidado —que dejando las purificaciones exteriores, debemos limpiarla, y temer sólo su lepra, que es el pecado (porque ser leproso no es impedimento para la virtud):— Él mismo toca primero al leproso, y nadie lo censura. Porque el tribunal no estaba corrompido, ni los espectadores estaban bajo el poder de la envidia. Por tanto, lejos de censurar, se asombraron del milagro y cedieron a él: y tanto por lo que dijo como por lo que hizo, adoraron su poder irresistible.
Homilía 25, § 3
3. Habiendo, pues, sanado su cuerpo, le manda:
«No lo digas a nadie, sino muéstrate al sacerdote, y ofrece la ofrenda que mandó Moisés, para testimonio a ellos.» []
Ahora bien, algunos dicen que con esta intención le mandó que no lo dijera a nadie, para que no maquinaran engaño alguno en cuanto al discernimiento de su curación; sospecha muy necia por su parte. Porque no lo limpió de modo que dejara cuestionable la limpieza, sino que le manda «no lo digas a nadie», enseñándonos a evitar la jactancia y la vanagloria. Y sin embargo bien sabía que el otro no obedecería, sino que proclamaría a su bienhechor: no obstante, Él hace lo que le corresponde.
«¿Cómo es, pues, que en otra parte les manda que lo cuenten?» —podría preguntar alguno. No como chocando consigo mismo ni contradiciéndose, sino como enseñando a los hombres a ser agradecidos. Porque tampoco en aquel lugar dio mandato de proclamarse a sí mismo, sino de «dar gloria a Dios;» por este leproso adiestrándonos a estar limpios de orgullo y vanagloria, por el otro a ser agradecidos y reconocidos; e instruyéndonos en toda ocasión a ofrecer al Señor la alabanza de todas las cosas que nos acontecen. Esto es, porque los hombres en su mayoría se acuerdan de Dios en la enfermedad, pero se vuelven negligentes después de la curación; les manda continuamente, tanto en la enfermedad como en la salud, que atiendan al Señor, con estas palabras: «dad gloria a Dios.»
Pero ¿por qué le mandó también mostrarse al sacerdote y ofrecer una ofrenda? Para cumplir de nuevo la ley aquí. [] Porque ni en todos los casos la abolió, ni en todos los casos la guardó, sino que a veces hacía lo uno, a veces lo otro; con lo uno abriendo camino a la alta norma de vida que había de venir, con lo otro refrenando por un tiempo el habla insolente de los judíos, y condescendiendo a su flaqueza. ¿Y por qué maravillarse, si justo al principio Él mismo hacía esto, cuando aun los mismos apóstoles, después de que se les mandó partir a los gentiles, después de que se abrieron las puertas para su enseñanza por todo el mundo, y la ley quedó encerrada, y los mandamientos renovados, y todas las cosas antiguas cesaron, se encuentran a veces observando la ley, a veces descuidándola?
Pero ¿qué, se dirá, contribuye esta palabra, «Muéstrate al sacerdote», a la guarda de la ley? No poco. Porque era ley antigua que el leproso, una vez limpio, no se confiara a sí mismo el juicio de su limpieza, sino que se mostrara al sacerdote, y presentara la demostración de ello a sus ojos, y por aquella sentencia fuera contado entre los limpios. Porque si el sacerdote no decía: «El leproso está limpio», quedaba aún con los inmundos fuera del campamento. Por eso dice: «Muéstrate al sacerdote, y ofrece la ofrenda que mandó Moisés.» No dijo: «que yo mando», sino que por un tiempo lo remite a la ley, tapando la boca a ellos por todos los medios. Así, para que no dijeran que había arrebatado el honor de los sacerdotes, aunque Él mismo realizó la obra, el aprobarla lo confió a ellos, y los hizo sentar como jueces de sus propios milagros. «Yo estoy tan lejos,» dice, «de contender, sea con Moisés, sea con los sacerdotes, que guío a los objetos de mi favor a someterse a ellos.»
Pero ¿qué es «para testimonio a ellos»? Para reproche, para demostración, para acusación, si son ingratos. Porque puesto que decían: como a engañador e impostor lo perseguimos, como a adversario de Dios y transgresor de la ley; «Tú me darás testimonio,» dice, «en aquel tiempo, de que no soy transgresor de la ley. Pues, habiéndote sanado, te remito a la ley y a la aprobación de los sacerdotes;» lo cual era propio de quien honra la ley, y admira a Moisés, y no se opone a las antiguas doctrinas.
Y aunque de hecho no habían de mejorar, por esto sobre todo se puede percibir su respeto a la ley: que aunque sabía de antemano que no sacarían provecho alguno, cumplió todo lo suyo. Pues esto mismo sabía de antemano, y lo predijo: no diciendo «para su corrección», ni «para su instrucción», sino «para testimonio a ellos»; es decir, para acusación, para reproche y para testimonio de que todo se ha hecho por mi parte; y aunque sabía de antemano que continuarían incorregibles, ni aun así omití lo que debía hacerse; sólo que ellos siguieron manteniendo hasta el fin su propia maldad.
Esto, podemos observar, lo dice también en otra parte: «Este evangelio será predicado en todo el mundo para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin;» [] a las naciones, a los que no obedecen, a los que no creen. Así, para que nadie diga: «¿Y por qué predicar a todos, si no todos han de creer?» —es para que se halle que yo he hecho todo lo de mi parte, y para que nadie en adelante pueda acusarme, como si no hubiera oído. Porque la predicación misma dará testimonio contra ellos, y no podrán decir en adelante: «No oímos;» porque la palabra de la piedad «ha salido hasta los confines del mundo.»
Homilía 25, § 4
4. Por tanto, teniendo presentes estas cosas, cumplamos también todos nuestros deberes con el prójimo, y a Dios demos gracias continuamente. Porque es demasiado monstruoso que, gozando cada día de hecho de su bondad, ni siquiera de palabra reconozcamos el favor; y esto, aunque el reconocimiento nos ceda a nosotros toda su ganancia. Pues Él no necesita, tenlo por cierto, nada de lo nuestro; pero nosotros tenemos necesidad de todo de Él. Así, la acción de gracias misma nada le añade, sino que nos hace estar más cerca de Él. Porque si las bondades de los hombres, al traerlas a la memoria, nos encienden más con su propio hechizo de amor; mucho más, al traer continuamente a la memoria los nobles actos de nuestro Señor para con nosotros, seremos más diligentes en cuanto a sus mandamientos.
Por esta causa también Pablo decía: «Sed agradecidos.» [] Porque el mejor preservativo de todo beneficio es el recuerdo del beneficio, y una continua acción de gracias.
Por esta causa, aun los terribles misterios, tan llenos de aquella gran salvación, que se celebran en cada comunión, se llaman sacrificio de acción de gracias, porque son la conmemoración de muchos beneficios, y significan la suma misma del cuidado de Dios por nosotros, y por todos los medios nos mueven a ser agradecidos. Porque si su nacimiento de una virgen fue un gran milagro, y el evangelista dijo asombrado: «ahora bien, todo esto se hizo;» su muerte violenta además, ¿qué lugar hallaremos para ella? Dime. Quiero decir, si el nacer se llama «todo esto;» el ser crucificado, el derramar su sangre, y el darse a sí mismo a nosotros como festín y banquete espiritual—¿cómo podrá llamarse eso? Demos, pues, gracias a Él continuamente, y que esto preceda tanto a nuestras palabras como a nuestras obras.
Pero seamos agradecidos no sólo por nuestras propias bendiciones, sino también por las de los demás; porque así podremos a la vez destruir nuestra envidia y afianzar nuestra caridad, y hacerla más genuina. Pues ni siquiera te será posible seguir envidiando a aquellos por quienes das gracias al Señor.
Por lo cual, como sabéis, el sacerdote también nos manda dar gracias por el mundo, por las cosas pasadas, por las presentes, por lo que se nos ha hecho antes, por lo que nos sobrevendrá después, cuando se ofrece aquel sacrificio.
Pues esto es lo que nos libra de la tierra, y nos traslada al cielo, y nos hace ángeles en lugar de hombres. Porque ellos también forman un coro, y dan gracias a Dios por sus bienes otorgados a nosotros, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad hacia los hombres.» «¿Y qué es esto para nosotros, que no estamos en la tierra, ni somos hombres?» «No, es mucho para nosotros, porque se nos ha enseñado a amar así a nuestros consiervos, como para tener por nuestras las bendiciones de ellos.»
Por lo cual también Pablo, en todas partes en sus epístolas, da gracias por los actos de gracia de Dios para con el mundo.
Demos, pues, también nosotros continuamente gracias, por nuestras propias bendiciones y por las de los demás, igualmente por las pequeñas y por las grandes. Porque aunque el don sea pequeño, se hace grande por ser don de Dios; o mejor, nada hay pequeño que venga de Él, no sólo porque es otorgado por Él, sino también por su propia naturaleza.
Y por pasar por alto todo lo demás, que excede a la arena en multitud; ¿qué hay igual a la Dispensación que se ha realizado por nosotros? En que lo que le era más precioso que todo, aun su Hijo unigénito, lo dio por nosotros, sus enemigos; y no sólo lo dio, sino que después de darlo, lo puso ante nosotros como alimento; haciendo Él mismo todas las cosas para nuestro bien, tanto al darlo, como al hacernos agradecidos por todo esto. Porque como el hombre en su mayor parte es desagradecido, Él mismo en todas partes toma a su cargo y lleva a cabo lo que es para nuestro bien. Y lo que hizo con respecto a los judíos, por medio de lugares, tiempos y fiestas, recordándoles sus beneficios, eso hizo también en este caso, por la manera del sacrificio trayéndonos a perpetuo recuerdo de su bondad en estas cosas.
Nadie ha trabajado tanto para que fuéramos aprobados, y grandes, y en todo rectos de mente, como el Dios que nos hizo. Por lo cual, a menudo nos favorece aun contra nuestra voluntad, y sin nuestro conocimiento más veces que con él. Y si te maravillas de lo que he dicho, señalo esto como ocurrido no a una persona cualquiera, sino al bienaventurado Pablo. Porque aun aquel bienaventurado, cuando estaba en mucho peligro y aflicción, rogaba a menudo a Dios que las tentaciones se apartaran de él; sin embargo, Dios no atendía a su ruego, sino a su provecho, y para significarlo dijo: «Mi gracia te basta, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.» [] De modo que, antes de declararle la razón, lo beneficia contra su voluntad y sin que él lo sepa.
Homilía 25, § 5
5. Ahora bien, ¿qué gran cosa pide, al exigir que seamos agradecidos a cambio de tan tierna solicitud? Obedezcamos, pues, y mantengamos esto en todas partes. Porque tampoco a los judíos los arruinó tanto cosa alguna como el ser desagradecidos; aquellos muchos azotes, uno tras otro, no les vinieron por otra cosa; o mejor, aun antes de aquellos azotes, esto había arruinado y corrompido su alma. «Porque la esperanza del desagradecido,» dice uno, «es como la escarcha del invierno;» [] embota y mortifica el alma, como aquélla hace con nuestros cuerpos.
Y esto brota del orgullo, y de tenerse a sí mismo por digno de algo. Pero el contrito reconocerá motivos de acción de gracias a Dios, no sólo por los bienes, sino también por lo que parece adverso; y por mucho que sufra, no tendrá por inmerecido ninguno de sus sufrimientos. Seamos, pues, nosotros también, cuanto más adelantemos en la virtud, tanto más contritos nos hagamos; porque en verdad esto, más que cualquier otra cosa, es virtud. Porque, así como cuanto más aguda es nuestra vista, tanto más a fondo aprendemos cuán lejos estamos del cielo; así, cuanto más adelantamos en la virtud, tanto más se nos instruye en la diferencia entre Dios y nosotros. Y no es pequeña parte de la verdadera sabiduría el poder percibir nuestro propio merecido. Porque el que mejor se conoce a sí mismo es el que se tiene por nada. Así vemos que tanto David como Abraham, cuando habían llegado a la cumbre más alta de la virtud, entonces cumplían esto mejor; y se llamaban, el uno, «tierra y ceniza», [] el otro, «gusano;» y todos los santos también, como éstos, reconocen su propia miseria. De modo que el que se enaltece jactándose, ése es justamente el que más se ignora a sí mismo. Por lo cual también en el hablar común solemos decir del soberbio: «no se conoce a sí mismo», «es ignorante de sí mismo.» Y el que no se conoce a sí mismo, ¿a quién conocerá? Porque así como el que se conoce a sí mismo conocerá todas las cosas, así el que no sabe esto, tampoco conocerá lo demás.
Tal era aquel que dice: «Exaltaré mi trono por encima de los cielos.» y no se tenía a sí mismo por digno ni siquiera del título de los apóstoles, después de tantas y tan grandes obras de bondad.
Émulos, pues, de éste seamos y sigámosle. Y le seguiremos, si nos libramos de la tierra y de las cosas de la tierra. Porque nada hace al hombre tan ignorante de sí mismo como el estar clavado a las cosas del mundo; y nada, a su vez, hace tanto que los hombres estén clavados a las cosas del mundo, como la ignorancia de uno mismo; pues estas cosas dependen una de otra. Quiero decir, que así como el que ama la gloria exterior, y estima en mucho las cosas presentes, si se afana para siempre, no se le permite entenderse a sí mismo; así el que pasa por alto estas cosas se conocerá fácilmente; y habiendo llegado al conocimiento de sí mismo, avanzará en orden a todas las demás partes de la virtud.
Para, pues, que aprendamos este buen conocimiento, desembarazados de todas las cosas perecederas que encienden en nosotros tan gran llama, y hechos conscientes de su vileza, mostremos toda humildad de espíritu y dominio de sí: para que alcancemos las bendiciones, presentes y futuras: por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien conviene la gloria, el poder y el honor, al Padre, juntamente con el Espíritu Santo y bueno, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.