Homilía 61, § 1
Mateo XVIII, 21.
«Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí, y yo le perdonaré? ¿Hasta siete veces? Jesús le dice: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
Pedro suponía que decía algo grande, por lo cual, apuntando a la grandeza, añadió: «¿Hasta siete veces?» Porque esto, dice, que Tú has mandado hacer, ¿cuántas veces lo haré? Porque si él peca para siempre, pero para siempre, cuando es reprendido, se arrepiente, ¿cuántas veces mandas que soportemos a este hombre? Porque respecto de aquel otro que no se arrepiente, ni reconoce sus propias faltas, Tú has puesto un límite, diciendo: «Ténlo por gentil y publicano;» pero para este ya no es así, sino que has mandado recibirlo.
¿Cuántas veces, pues, debo soportarlo, cuando se le dicen sus faltas y se arrepiente? ¿Basta con siete veces?
¿Qué dice entonces Cristo, el Dios bueno, que ama al hombre? «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete,» no fijando aquí un número, sino lo que es infinito y perpetuo y para siempre. Porque así como diez mil veces significa muchas veces, así también aquí. Porque al decir: «La estéril ha dado a luz siete,» [] la Escritura quiere decir muchas. De modo que no ha limitado el perdón con un número, sino que ha declarado que ha de ser perpetuo y para siempre.
Esto al menos lo indicó por la parábola que sigue. Pues para que no pareciera a nadie que mandaba cosas grandes y difíciles de soportar, al decir: «Setenta veces siete,» añadió esta parábola, a la vez guiándolos a lo que había dicho y derribando al que se envanecía de esto, y mostrando que el acto no era gravoso, sino más bien muy fácil. Por tanto, déjame añadir, presentó su propio amor al hombre, para que por la comparación, como dice, aprendieras que aunque perdones setenta veces siete, aunque continuamente perdones a tu prójimo absolutamente todos sus pecados, como una gota de agua respecto de un mar sin fin, así, o más bien mucho más, tu amor al hombre queda corto en comparación con la bondad infinita de Dios, de la cual tienes necesidad, porque has de ser juzgado y dar cuenta.
Por lo cual también prosiguió diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un cierto rey, que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y cuando comenzó a ajustarlas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas no teniendo con qué pagar, mandó que fuera vendido, y su mujer, y sus hijos, y todo cuanto tenía.»
Luego, después de que este hombre hubo gozado del beneficio de la misericordia, salió, y «tomó del cuello a su consiervo, que le debía cien denarios;» [] y habiendo con estas acciones movido a su señor, hizo que lo arrojara de nuevo a la cárcel, hasta que pagara toda la deuda.
¿Ves cuán grande es la diferencia entre los pecados contra el hombre y contra Dios? Tan grande como entre diez mil talentos y cien denarios, o más bien mucho más. Y esto proviene tanto de la diferencia de las personas como de la constante sucesión de nuestros pecados. Porque cuando un hombre nos mira, nos apartamos y nos encogemos de pecar; pero cuando Dios nos ve cada día, no nos abstenemos, sino que hacemos y decimos todas las cosas sin temor.
Pero no solo por esto, sino también por el beneficio y por la honra de que hemos participado, nuestros pecados se hacen más graves.
Y si deseas saber cómo nuestros pecados contra Él son diez mil talentos, o más bien mucho más, intentaré mostrarlo brevemente. Pero temo que a los inclinados a la maldad, y que aman continuamente pecar, les proporcione todavía mayor seguridad, o que empuje a la desesperación a los más mansos, y repitan aquella palabra de los discípulos: «¿quién podrá salvarse?»
No obstante, con todo eso hablaré, para hacer más seguros y más mansos a los que atienden. Porque los que están incurablemente enfermos y sin sentimiento, aun sin estas palabras mías, no se apartan de su propio descuido y maldad; y si aun de aquí derivan mayor ocasión de desprecio, la culpa no está en lo que se dice, sino en su insensibilidad; puesto que lo que se dice ciertamente basta para refrenar a los que atienden y para punzar sus corazones; y los más mansos, cuando ven por una parte la grandeza de sus pecados, y aprenden por otra el poder del arrepentimiento, se aferrarán a él tanto más; por lo cual es necesario hablar.
Hablaré, pues, y expondré nuestros pecados, tanto en lo que ofendemos contra Dios como en lo que ofendemos contra los hombres, y expondré no los propios de cada persona, sino los que son comunes; mas los suyos propios añádalos cada uno a estos después, desde su conciencia.
Y haré esto, habiendo expuesto primero las buenas obras de Dios para con nosotros. ¿Cuáles son, pues, sus buenas obras? Nos creó cuando no éramos, e hizo todas las cosas visibles por causa nuestra: el cielo, el mar, el aire, todo lo que en ellos hay, los seres vivientes, las plantas, las semillas; porque es necesario hablar brevemente del océano sin límites de las obras. En nosotros solos, de todos los que están sobre la tierra, sopló un alma viviente como la que tenemos, plantó un jardín, dio una ayuda idónea, nos puso sobre todas las bestias, nos coronó de gloria y honra.
Después de eso, cuando el hombre fue ingrato con su bienhechor, le concedió un don mayor.
Homilía 61, § 2
2. Porque no mires solo a esto, que lo echó del paraíso, sino marca también la ganancia que de allí surgió. Porque después de haberlo echado del paraíso, y de haber obrado aquellas innumerables buenas obras, y de haber cumplido sus diversas dispensaciones, envió a su propio Hijo por causa de los que habían sido beneficiados por Él y lo odiaban, y nos abrió el cielo, y desplegó el paraíso mismo, y nos hizo hijos, a los enemigos, a los ingratos.
Por lo cual sería incluso oportuno decir ahora: «¡Oh profundidad de las riquezas, tanto de la sabiduría como del conocimiento de Dios!» []
Y nos dio también un bautismo para la remisión de los pecados, y una liberación de la venganza, y una herencia de un reino, y prometió innumerables bienes si hacemos lo recto, y extendió su mano, y derramó su Espíritu en nuestros corazones.
¿Entonces qué? Después de tan grandes y tantas bendiciones, ¿cuál debiera ser nuestra disposición? ¿Acaso, aun si cada día muriéramos por Aquel que así nos ama, haríamos la debida recompensa, o más bien pagaríamos la porción más pequeña de la deuda? De ningún modo, porque además aun esto se torna de nuevo en ventaja nuestra.
¿Cómo, pues, estamos dispuestos nosotros, cuya disposición debiera ser así? Cada día insultamos su ley. Mas no os enojéis, si suelto mi lengua contra los que pecan, pues no solo a vosotros acusaré, sino también a mí mismo.
¿Por dónde, pues, queréis que comience? ¿Por los esclavos, o por los libres? ¿Por los que sirven en el ejército, o por los particulares? ¿Por los gobernantes, o por los súbditos? ¿Por las mujeres, o por los hombres? ¿Por los ancianos, o por los jóvenes? ¿Con qué edad? ¿Con qué raza? ¿Con qué rango? ¿Con qué ocupación?
¿Queréis, pues, que haga el comienzo con los que sirven como soldados? ¿Qué pecado, pues, no cometen estos cada día, insultando, ultrajando, enfurecidos, haciendo ganancia de las calamidades ajenas, siendo como lobos, nunca libres de ofensas, a no ser que alguien dijera que también el mar estaba sin olas? ¿Qué pasión no los perturba? ¿Qué enfermedad no pone asedio a su alma?
Porque hacia sus iguales muestran una disposición envidiosa, y envidian, y buscan la vanagloria; y hacia los que les están sujetos, su disposición es avara; pero para los que tienen pleitos, y acuden a ellos como a un puerto, su conducta es la de enemigos y perjuros. ¡Cuántos robos hay entre ellos! ¡Cuántos fraudes! ¡Cuántas acusaciones falsas, y bajezas! ¡Cuántas adulaciones serviles!
Venid, pues, apliquemos en cada caso la ley de Cristo. «El que diga a su hermano: Necio, será reo del fuego del infierno. [] El que ha mirado a una mujer para codiciarla, ya ha cometido adulterio con ella. [] Si uno no se humilla como el niñito, no entrará en el Reino de los Cielos.»
Pero estos incluso estudian la altivez, haciéndose, hacia los que les están sujetos, y son entregados en sus manos, y tiemblan ante ellos, y les tienen miedo, más feroces que una fiera salvaje; por causa de Cristo no haciendo nada, sino todas las cosas para el vientre, para el dinero, para la vanagloria.
¿Puede uno acaso enumerar con palabras las transgresiones de sus acciones? ¿Qué se dirá de sus decisiones, de sus risas, de sus discursos inoportunos, de su lenguaje inmundo? Pero de la avaricia ni siquiera se puede hablar. Porque así como los monjes en los montes no saben ni qué es la avaricia, así tampoco estos; pero en modo opuesto a ellos. Porque aquellos, por estar muy alejados de la enfermedad, no conocen la pasión; mas estos, por estar sumamente embriagados de ella, no tienen siquiera percepción de cuán grande es el mal. Porque este vicio ha rechazado de tal modo a la virtud y tiraniza, que no se le tiene siquiera por cargo grave entre aquellos locos.
¿Pero quieres que dejemos a estos, y vayamos a otros de índole más apacible? Venid, pues, examinemos la raza de los obreros y artesanos. Porque estos sobre todo parecen vivir de labores honestas, y del sudor de su propia frente. Pero también estos, cuando no se cuidan a sí mismos, juntan para sí muchos males de aquí. Porque la deshonestidad que surge del comprar y vender la introducen en la obra del trabajo honesto, y añaden juramentos, y perjurios, y falsedades a su avaricia a menudo, y se ocupan solo de las cosas mundanas, y permanecen clavados a la tierra; y mientras hacen todas las cosas para obtener dinero, no ponen mucho cuidado en repartir a los necesitados, deseando siempre aumentar sus bienes. ¿Qué se dirá de los ultrajes que se profieren acerca de tales asuntos, los insultos, los préstamos, las ganancias usurarias, los tratos llenos de mucho tráfico mezquino, las compras y ventas desvergonzadas?
Homilía 61, § 3
3. ¿Pero quieres que dejemos también a estos, y vayamos a otros que parecen ser más justos? ¿Quiénes son, pues? Los que poseen tierras, y cosechan la riqueza que brota de la tierra. ¿Y qué puede haber más injusto que estos? Porque si alguien examinara cómo tratan a sus desdichados y agotados labradores, los verá más crueles que los salvajes. Porque a los que están desfalleciendo de hambre, y trabajando durante toda su vida, les imponen pagos constantes e intolerables, y les cargan gravosas cargas, y como a asnos o mulas, o más bien como a piedras, tratan sus cuerpos, no permitiéndoles ni siquiera respirar un poco, y cuando la tierra produce, y cuando no produce, igualmente los desgastan, y no les conceden indulgencia alguna. ¿Y qué puede haber más lamentable que esto, cuando después de haber trabajado durante todo el invierno, y de estar consumidos por la escarcha y la lluvia, y las vigilias, se van con las manos vacías, y además endeudados, y temiendo y espantándose más que de esta hambruna y naufragio, de los tormentos de los capataces, y de sus arrastramientos, y de sus demandas, y de sus encarcelamientos, y de los servicios de los que ninguna súplica puede librarlos?
¿Por qué hablar de la mercancía que hacen de ellos, de las sórdidas ganancias que obtienen de ellos, de sus labores y su sudor llenando lagares y tinajas de vino, pero no permitiéndoles llevar a casa ni siquiera una medida pequeña, sino escurriendo todos los frutos en los toneles de su maldad, y arrojándoles por esto un poco de dinero?
Y nuevos géneros de usuras también inventan, y no lícitas ni siquiera según las leyes de los paganos, y redactan contratos de préstamo llenos de mucha maldición. Porque no la centésima parte de la suma, sino la mitad de la suma exigen y reclaman; y esto cuando aquel a quien se le exige tiene esposa, está criando hijos, es un ser humano, y está llenando su era y su lagar con sus propios trabajos.
Pero ninguna de estas cosas consideran. Por lo cual ahora sería oportuno presentar al profeta y decir: «Espantaos, oh cielos, y horrendamente temed, oh tierra,» [] ¡a qué gran brutalidad ha sido locamente arrastrada la raza del hombre!
Mas estas cosas las digo, no culpando a los oficios, ni a la labranza, ni al servicio militar, sino a nosotros mismos. Puesto que también Cornelio era centurión, y Pablo trabajador del cuero, y después de su predicación practicó su oficio, y David era rey, y Job gozó de la posesión de tierras y de grandes rentas, y no hubo con esto impedimento para ninguno de estos en el camino de la virtud.
Teniendo presentes todas estas cosas, y considerando los diez mil talentos, apresurémonos al menos desde ya a remitir a nuestro prójimo sus pocas y nimias deudas. Porque también nosotros tenemos que dar cuenta de los mandamientos que se nos han confiado, y no podemos pagar todo, no, hagamos lo que hagamos. Por tanto, Dios nos ha dado un medio de pago pronto y fácil, y que es capaz de cancelar todas estas cosas, quiero decir, el no ser vengativos.
Para que, pues, aprendamos bien esto, oigamos la parábola entera, recorriéndola ordenadamente. «Porque le fue presentado,» dice, «uno que debía diez mil talentos, y no teniendo con qué pagar, mandó que fuera vendido, y su mujer, y sus hijos.» ¿Por qué, te ruego? No por crueldad, ni por inhumanidad (porque la pérdida recaía de nuevo sobre él mismo, pues ella también era esclava), sino por indecible ternura.
Porque es su propósito alarmarlo con esta amenaza, para llevarlo a la súplica, no para que fuera vendido. Porque si lo hubiera hecho con esta intención, no habría consentido a su petición, ni habría concedido el favor.
¿Por qué, pues, no hizo esto, ni perdonó la deuda antes de la cuenta? Deseando enseñarle, de cuántas obligaciones lo está librando, para que de este modo al menos se hiciera más manso hacia su consiervo. Porque aun si, habiendo aprendido el peso de su deuda y la grandeza del perdón, continuó tomando del cuello a su consiervo; si no lo hubiera disciplinado de antemano con tales medicinas, ¿a qué extremo de crueldad no habría llegado?
¿Qué dice, pues, el otro? «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. Y el señor de aquel siervo, movido a compasión, lo soltó y le perdonó la deuda.» []
¿Ves de nuevo la sobreabundante benevolencia? El siervo pidió solo demora y aplazamiento del tiempo, pero Él dio más de lo que pidió: remisión y perdón de toda la deuda. Porque había sido su voluntad darlo incluso desde el principio, pero no deseaba que el don fuera solo suyo, sino que viniera también de la súplica de este hombre, para que no se fuera sin corona. Porque que todo era de Él, aunque este otro cayera ante Él y rogara, lo mostró el motivo del perdón, pues «movido a compasión» le perdonó. Pero aun así quiso que aquel otro también pareciera contribuir algo, para que no quedara sumamente cubierto de vergüenza, y para que, siendo instruido en sus propias calamidades, fuera indulgente con su consiervo.
Homilía 61, § 4
4. Hasta este punto, pues, este hombre era bueno y aceptable; porque confesó, y prometió pagar la deuda, y se postró ante él, y suplicó, y condenó sus propios pecados, y conoció la grandeza de la deuda. Pero lo que sigue es indigno de sus obras anteriores. Porque saliendo al instante, no después de mucho tiempo sino al instante, teniendo aún fresco el beneficio, convirtió en maldad el don, es decir, la libertad que su señor le había otorgado.
Porque, «halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios, y asiéndole del cuello, le dijo: Págame lo que me debes.» []
¿Veis la benevolencia del señor? ¿Veis la crueldad del siervo? Escuchad, los que hacéis estas cosas por dinero. Porque si por los pecados no debemos hacerlo, mucho menos por el dinero.
¿Qué dice entonces el otro? «Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.» Pero él ni siquiera reconoció las palabras por las cuales había sido salvado (pues él mismo, al decir esto, fue librado de los diez mil talentos), y no reconoció siquiera el puerto por el cual escapó del naufragio; el gesto de súplica no le recordó la bondad de su señor, sino que apartó de sí todas estas cosas, por la avaricia y la crueldad y la venganza, y fue más feroz que cualquier fiera, asiendo a su consiervo por el cuello.
¿Qué haces, oh hombre? ¿No percibes que la exigencia la haces contra ti mismo, y que estás hundiendo la espada en ti mismo, y revocando la sentencia y el don? Pero nada de esto consideró, ni se acordó de su propio estado, ni cedió; aunque la súplica no era por objetos iguales.
Porque el uno suplicaba por diez mil talentos, el otro por cien denarios; el uno era su consiervo, el otro su señor; el uno recibió perdón entero, el otro pidió una prórroga, y ni siquiera esto le concedió, pues «lo echó en la cárcel.»
«Pero cuando sus consiervos lo vieron, lo acusaron ante su señor.» Ni siquiera a los hombres agrada esto, mucho menos a Dios. Los que no debían, pues, participaron del dolor.
¿Qué dice entonces su señor? «Oh siervo malvado, yo te perdoné toda aquella deuda, porque me lo suplicaste; ¿no debías tú también tener compasión, así como yo tuve piedad de ti?»
Ved de nuevo la mansedumbre del señor. Le suplica, y se excusa, estando a punto de revocar su don; o más bien, no fue él quien lo revocó, sino el que lo había recibido. Por lo cual dice: «Yo te perdoné toda aquella deuda, porque me lo suplicaste; ¿no debías tú también tener compasión de tu consiervo?» Porque aunque la cosa te parezca dura, debías mirar a la ganancia, la que ha sido y la que ha de ser. Aunque el mandamiento sea amargo, debes considerar la recompensa; no que él te haya agraviado, sino que tú has provocado a Dios, a quien con sola la oración has reconciliado. Pero si aun así te es cosa amarga hacerte amigo del que te ha agraviado, caer en el infierno es mucho más amargo; y si hubieras puesto esto contra aquello, entonces habrías conocido que perdonar es cosa mucho más ligera.
Y mientras que, cuando debía diez mil talentos, no lo llamó malvado, ni lo reprochó, sino que tuvo misericordia de él; cuando se volvió duro con su consiervo, entonces dice: «Oh siervo malvado.»
Escuchemos, los avaros, pues también a nosotros se dirige la palabra. Escuchemos también los despiadados y los crueles, pues no para otros somos crueles, sino para nosotros mismos. Cuando, pues, estés dispuesto a vengarte, considera que contra ti mismo te vengas, no contra otro; que estás atando tus propios pecados, no los de tu prójimo. Porque en cuanto a ti, todo lo que hagas a este hombre, lo haces como hombre y en la vida presente; pero Dios no así, sino que con más fuerza tomará venganza de ti, y con la venganza venidera.
«Porque lo entregó hasta que pagara lo que debía,» es decir, para siempre; pues jamás pagará. Porque ya que no te has hecho mejor por la bondad que se te mostró, queda que por la venganza seas corregido.
Y sin embargo, «las gracias y los dones son sin arrepentimiento,» pero la maldad ha tenido tal poder como para anular aun esta ley. ¿Qué cosa, pues, puede ser más grave que ser vengativo, cuando parece derribar tan grande don de Dios?
Y no solamente lo «entregó,» sino que «se airó.» Porque cuando mandó que lo vendieran, sus palabras no eran de ira (por tanto no lo hizo), sino una grandísima ocasión de benevolencia; pero ahora la sentencia es de mucha indignación, y venganza, y castigo.
¿Qué significa, pues, la parábola? «Así también hará mi Padre con vosotros,» dice, «si no perdonáis de corazón cada uno a su hermano sus ofensas.»
No dice «vuestro Padre,» sino «mi Padre.» Porque no conviene que Dios sea llamado Padre de quien es tan malvado y maligno.
Homilía 61, § 5
5. Dos cosas, pues, exige aquí: condenarnos a nosotros mismos por nuestros pecados, y perdonar a los demás; y la primera por causa de la segunda, para que esta se haga más fácil (pues el que considera sus propios pecados es más indulgente con su consiervo); y no solamente perdonar con los labios, sino desde el corazón.
No hundamos, pues, la espada en nosotros mismos siendo vengativos. Porque ¿qué dolor te ha infligido el que te agravió, en comparación con el que tú mismo te labrarás guardando tu ira en la memoria, y atrayendo sobre ti la sentencia de Dios que te condene? Porque si en verdad eres vigilante, y te mantienes en dominio propio, el mal caerá sobre su cabeza, y será él quien sufra daño; pero si continúas indignado y descontento, entonces tú mismo sufrirás el daño, no de él, sino de ti mismo.
No digas, pues, que él te insultó, y te calumnió, y te hizo males sin número; porque cuanto más cuentas, tanto más lo declaras benefactor. Pues te ha dado ocasión de lavar tus pecados; de modo que cuanto mayores injurias te haya hecho, tanto más se ha convertido para ti en causa de una mayor remisión de pecados.
Porque si queremos, nadie podrá injuriarnos, sino que aun nuestros enemigos nos aprovecharán en el mayor grado. ¿Y por qué hablo de hombres? Porque ¿qué cosa puede ser más malvada que el diablo? Sin embargo, aun de aquí tenemos gran ocasión de probarnos a nosotros mismos; y Job lo muestra. Pero si el diablo se ha convertido en causa de coronas, ¿por qué temes a un hombre como enemigo?
Mira, pues, cuánto ganas soportando con mansedumbre las malas acciones de tus enemigos. Primero y mayor, la liberación de los pecados; segundo, la fortaleza y la paciencia; tercero, la mansedumbre y la benevolencia; pues el que no sabe airarse contra los que lo agravian, mucho más estará dispuesto a servir a los que lo aman. Cuarto, estar libre de ira continuamente, a lo cual nada puede igualarse. Porque del que está libre de ira, es del todo claro que está librado también del abatimiento que de ahí surge, y no gastará su vida en vanos trabajos y dolores. Pues el que no sabe odiar, tampoco sabe afligirse, sino que gozará de placer y de diez mil bendiciones. De modo que nos castigamos a nosotros mismos odiando a los demás, así como, por el contrario, nos beneficiamos amándolos.
Además de todas estas cosas, serás objeto de veneración aun para tus mismos enemigos, aunque sean demonios; o más bien, ni siquiera tendrás enemigo mientras seas de tal disposición.
Pero lo que es mayor que todo, y primero, ganas el favor de Dios. Si has pecado, obtendrás perdón; si has hecho lo recto, obtendrás mayor confianza. Cumplamos, pues, con no odiar a nadie, para que Dios también nos ame, para que, aunque estemos endeudados por diez mil talentos, tenga compasión y piedad de nosotros.
¿Pero has sido injuriado por él? Compadécete entonces de él, no lo odies; llora y laméntate, no te apartes de él. Porque no eres tú el que ha ofendido a Dios, sino él; pero tú te has probado a ti mismo, si lo soportas. Considera que Cristo, cuando estaba a punto de ser crucificado, se gozaba por sí mismo, pero lloraba por los que lo crucificaban. Esta debe ser también nuestra disposición; y cuanto más somos injuriados, tanto más debemos lamentarnos por los que nos injurian. Porque para nosotros son muchos los beneficios que de ahí surgen, pero para ellos lo contrario.
¿Pero te insultó, y te golpeó delante de todos? Entonces se ha deshonrado y desacreditado a sí mismo delante de todos, y ha abierto las bocas de mil acusadores, y para ti ha tejido más coronas, y te ha reunido muchos para publicar tu paciencia.
¿Pero te calumnió ante otros? ¿Y qué es esto? Dios es el que ha de pedir cuentas, no los que han oído esto. Porque para sí mismo ha añadido ocasión de castigo, de modo que no sólo por sus propios pecados dará cuenta, sino también de lo que dijo de ti. Y sobre ti ha traído mala fama ante los hombres, pero él mismo ha incurrido en mala fama ante Dios.
Y si estas cosas no te bastan, considera que aun tu Señor fue difamado tanto por Satanás como por los hombres, y eso ante los más amados por Él; y su Unigénito lo mismo otra vez. Por lo cual dijo: «Si al dueño de la casa llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?» []
Y aquel demonio malvado no sólo lo calumnió, sino que también fue creído, y lo calumnió no en cosas ordinarias, sino con los mayores reproches y acusaciones. Porque afirmó que estaba poseído, y que era un engañador, y un adversario de Dios.
¿Pero has hecho también el bien, y recibido el mal? Más bien, en cuanto a esto, sobre todo lamenta y aflígete por el que ha hecho la injusticia, pero por ti mismo más bien regocíjate, porque te has hecho semejante a Dios, «que hace salir el sol sobre malos y buenos.» []
Pero si seguir a Dios te supera, aunque para el que vela ni siquiera esto es difícil; sin embargo, si esto te parece demasiado grande para ti, ven, traigámoste a tus consiervos, a José, que sufrió cosas innumerables, e hizo bien a sus hermanos; a Moisés, que después de las innumerables tramas de ellos contra él, oró por ellos; al bienaventurado Pablo, que ni siquiera puede contar lo que sufrió de ellos, y está dispuesto a ser anatema por ellos; a Esteban, que es apedreado, y suplica que este pecado les sea perdonado. Y habiendo considerado todas estas cosas, desecha toda ira, para que Dios nos perdone también todas nuestras ofensas por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, con quien al Padre y al Espíritu Santo sea la gloria, el poder, el honor, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 62, § 1
Mateo XIX, 1.
«Y aconteció que, cuando Jesús hubo acabado estas palabras, se alejó de Galilea, y vino a las costas de Judea, al otro lado del Jordán.»
Habiendo dejado Judea continuamente por causa de la envidia de aquellos hombres, ahora la frecuenta de aquí en adelante, porque la pasión estaba cerca; sin embargo, no sube a Jerusalén por un tiempo, sino «a las costas de Judea.»
«Y,» cuando hubo llegado, «grandes multitudes lo siguieron, y los sanó.» []
Porque ni en la enseñanza de palabra continúa siempre, ni en la maravillosa obra de las señales, sino que hace ahora una cosa, ahora la otra, obrando de diversas maneras la salvación de los que lo esperaban y lo seguían, para que por los milagros apareciera, en lo que decía, como Maestro digno de crédito, y por la enseñanza de su palabra se aumentara el provecho de los milagros; y esto era para llevarlos de la mano al conocimiento de Dios.
Pero observa, te ruego, también esto: cómo los discípulos pasan por alto multitudes enteras con una sola palabra, no declarando por nombre a cada uno de los sanados. Pues no dijeron que tal o cual, sino que muchos, enseñándonos a no ser ostentosos. Pero Cristo sanaba, beneficiando tanto a ellos, como por ellos a muchos otros. Porque la curación de la enfermedad de estos hombres era para otros fundamento del conocimiento de Dios.
Pero no así para los fariseos, sino que aun por esta misma cosa se vuelven más feroces, y vienen a Él tentándolo. Porque como no podían echar mano de las obras que se hacían, le proponen preguntas. Pues «vinieron a Él, y tentándolo le dijeron: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa?» []
¡Oh necedad! Pensaban silenciarlo con sus preguntas, aunque ya habían recibido cierta prueba de este poder en Él. Cuando por lo menos discutieron mucho acerca del sábado, cuando dijeron: «Blasfema,» cuando dijeron: «Tiene demonio,» cuando criticaron a sus discípulos mientras caminaban por los sembrados, cuando discutieron acerca de las manos sin lavar, habiendo en toda ocasión cosido bien sus bocas y cerrado su lengua desvergonzada, Él los despedía así. Sin embargo, ni aun así se apartan de Él. Porque tal es la maldad, tal es la envidia, desvergonzada y audaz; aunque sea silenciada diez mil veces, diez mil veces vuelve a asaltar.
Pero observa, te ruego, también su astucia por la forma de su pregunta. Pues ni siquiera le dijeron: Tú mandaste no repudiar a la mujer, porque en verdad ya había discurrido acerca de esta ley; sin embargo, no hicieron mención de aquellas palabras; sino que tomaron ocasión de ahí, y pensando hacer mayor su trampa, y estando decididos a llevar a Jesús a la necesidad de contradecir la ley, no dicen: ¿Por qué ordenaste esto o aquello? Sino como si nada se hubiera dicho, preguntan: «¿Es lícito?» esperando que Él hubiera olvidado haberlo dicho; y estando listos, si por una parte decía: «Es lícito repudiar,» a presentar contra Él las cosas que Él mismo había dicho, y a decir: ¿Cómo entonces afirmaste lo contrario? Pero si decía las mismas cosas ahora de nuevo que antes, a presentar contra Él las palabras de Moisés.
¿Qué dijo entonces? No dijo: ¿Me tentáis, hipócritas? aunque después dice esto, pero aquí no habla así. ¿Por qué puede ser esto? Para que junto con su poder mostrara también su mansedumbre. Porque no guarda siempre silencio, para que no supongan que están ocultos; ni siempre reprende, para instruirnos a soportar todas las cosas con mansedumbre.
¿Cómo, pues, les responde? «¿No habéis leído que el que los hizo al principio, macho y hembra los hizo, y dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán una sola carne? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.» []
Ved la sabiduría de un maestro. Quiero decir, que habiendo sido preguntado: ¿Es lícito? no dijo de inmediato: No es lícito, para que no se turbaran y se desordenaran, sino que antes de la decisión por su argumento lo manifestó, mostrando que esto también es mandamiento de su Padre, y que no en oposición a Moisés ordenaba estas cosas, sino en pleno acuerdo con él.
Pero observa cómo argumenta fuertemente no sólo desde la creación, sino también desde su mandato. Pues no dijo que hizo un solo hombre y una sola mujer solamente, sino que también dio este mandato de que el hombre se uniera a la mujer. Pero si hubiera sido su voluntad que él repudiara a esta, y trajera otra, cuando hizo un solo hombre, habría formado muchas mujeres.
Pero ahora, tanto por la manera de la creación como por la manera de la legislación, mostró que un hombre debe morar con una mujer continuamente, y jamás separarse de ella.
Y observa cómo dice: «El que los hizo al principio, macho y hembra los hizo,» es decir, de una raíz brotaron, y en un cuerpo vinieron a juntarse, «porque los dos serán una sola carne.»
Después de esto, para hacer cosa temible el encontrar falta en esta legislación, y para confirmar la ley, no dijo: «No separéis, pues, ni dividáis,» sino: «Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.»
Pero si presentas a Moisés, yo te hablo del Señor de Moisés, y junto con esto, me apoyo también en el tiempo. Porque Dios al principio los hizo macho y hembra; y esta ley es más antigua (aunque parezca haber sido introducida ahora por mí), y con mucho empeño establecida. Pues no solamente trajo la mujer al hombre, sino que también mandó dejar padre y madre. Y no sólo hizo ley para él de venir a la mujer, sino también de «unirse a ella,» por la forma del lenguaje indicando que no podían ser separados. Y ni siquiera con esto se satisfizo, sino que buscó también otra unión mayor, «porque los dos,» dice, «serán una sola carne.»
Entonces, después de haber recitado la ley antigua, que fue introducida tanto por obras como por palabras, y mostrado que es digna de respeto por causa del dador, con autoridad después Él mismo también interpreta y da la ley, diciendo: «Así que ya no son dos, sino una sola carne.» Como entonces cortar la carne es cosa horrible, así también divorciar a la mujer es ilícito. Y no se detuvo en esto, sino que trajo también a Dios diciendo: «Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre,» mostrando que el acto era a la vez contra la naturaleza, y contra la ley; contra la naturaleza, porque una sola carne es dividida; contra la ley, porque cuando Dios ha juntado y mandado que no se divida, conspiras para hacer esto.
Homilía 62, § 2
2. ¿Qué debían, pues, haber hecho después de esto? ¿No debían haber guardado silencio, y haber alabado la palabra? ¿No debían haberse maravillado de su sabiduría? ¿No debían haberse asombrado de su concordancia con el Padre? Pero nada de esto hacen, sino que como si contendieran por la ley, dicen: «¿Cómo, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla?» Y sin embargo no debían ahora haber presentado esto, sino más bien Él a ellos; pero no se aprovecha de ellos, ni les dice: «Yo no estoy ahora atado por esto,» sino que resuelve también esto.
Y en verdad, si Él hubiera sido ajeno al antiguo pacto, no habría luchado por Moisés, ni habría argumentado positivamente desde las cosas hechas una vez para siempre al principio; no habría procurado mostrar que sus propios preceptos concordaban con los antiguos.
Y en verdad Moisés había dado muchos otros mandamientos además, tanto los acerca de las carnes, como los acerca del sábado; ¿por qué, pues, en ninguna parte lo presentan, como aquí? Por deseo de enemistar contra Él a la multitud de los maridos. Porque esto se consideraba cosa indiferente entre los judíos, y todos solían hacer esto. En consecuencia, por esta razón, cuando tantas cosas se habían dicho en el monte, recordaron este mandamiento solamente ahora.
Sin embargo, la indecible sabiduría hace defensa aun de estas cosas, y dice: «Moisés por la dureza de vuestros corazones» hizo así la ley. Y ni siquiera a él deja permanecer bajo acusación, por cuanto Él mismo le había dado la ley; sino que lo libra del cargo, y vuelve todo sobre sus cabezas, como en todas partes hace.
Porque de nuevo, cuando culpaban a sus discípulos por arrancar las espigas, muestra que ellos mismos son los culpables; y cuando les imputaban transgresión por no lavarse las manos, muestra que ellos mismos son los transgresores, y tocante al sábado también: a la vez en todas partes, y aquí de igual manera.
Entonces, porque la palabra era dura de soportar, y traía sobre ellos mucha culpa, rápidamente dirige de vuelta su discurso a aquella ley antigua, diciendo como había dicho antes también: «Pero al principio no fue así,» es decir, Dios por sus actos al principio ordenó lo contrario. Porque para que no digan: ¿De dónde es manifiesto que «por vuestra dureza dijo Moisés esto?» con esto de nuevo les tapa la boca. Porque si esta fuera la ley primaria, y para nuestro bien, aquella otra no habría sido dada al principio; Dios al crear no habría creado así, no habría dicho tales cosas.
«Pero yo os digo: Cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, comete adulterio.» Porque ya que les había tapado la boca, entonces da la ley con su propia autoridad, como tocante a las carnes, como tocante al sábado.
Porque con respecto a las carnes igualmente, cuando los hubo vencido, entonces, y no hasta entonces, declaró a la multitud, que: «No lo que entra contamina al hombre;» [] y con respecto al sábado, cuando les hubo tapado la boca, dice: «Por lo cual es lícito hacer el bien en el día de sábado;» [] y aquí esta misma cosa.
Pero lo que ocurrió allí, esto ocurrió aquí también. Porque como allí, cuando los judíos habían sido silenciados, los discípulos se turbaron, y vinieron a Él con Pedro y dijeron: «Decláranos esta parábola;» [] así ahora también se turbaron y dijeron: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.»
Porque ahora entendieron la palabra más que antes. Por tanto, entonces guardaron silencio, pero ahora, cuando ha habido contradicción, y respuesta, y pregunta, y aprendizaje por la réplica, y la ley apareció más clara, le preguntan. Y a contradecir abiertamente no se atreven, pero presentan lo que parecía ser un resultado penoso y amargo de ello, diciendo: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» Porque en verdad parecía cosa muy dura tener una mujer llena de toda mala cualidad, y soportar a una fiera perpetuamente encerrada con uno en la casa. Y para que aprendas que esto los turbaba grandemente, Marcos dijo: [] para mostrarlo, que le hablaron en privado.
Homilía 62, § 3
3. Pero ¿qué es, «Si así es la condición del hombre con su mujer?» Es decir, si para este fin se juntó con ella, que deban ser uno, o, por otra parte, si el hombre se ganará culpa por estas cosas, y siempre transgrede repudiando, era más fácil luchar contra el deseo natural y contra uno mismo, que contra una mujer malvada.
¿Qué dice entonces Cristo? No dijo: «sí, es más fácil, y hacedlo así,» para que no supongan que la cosa es una ley; sino que añadió: «No todos lo reciben, sino aquellos a quienes les es dado,» [] elevando la cosa, y mostrando que es grande, y de esta manera atrayéndolos, y urgiéndolos.
Pero observa aquí una contradicción. Porque Él ciertamente dice que esto es cosa grande; pero ellos, que es más fácil. Porque convenía que ambas cosas se hicieran, y que fuera a la vez reconocida como cosa grande por Él, para hacerlos más dispuestos, y por las cosas dichas por ellos mismos se mostrara que era más fácil, para que sobre este fundamento también eligieran más bien la virginidad y la continencia. Porque como hablar de la virginidad parecía ser penoso, por la fuerza de esta ley los empujó a este deseo. Entonces, para mostrar la posibilidad de ello, dice: «Hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del Reino de los Cielos,» [] por estas palabras llevándolos secretamente a elegir la cosa, y estableciendo la posibilidad de esta virtud, y como diciendo: Considera si estuvieras en tal caso por naturaleza, o hubieras soportado esta misma cosa a manos de los que infligen tales injurias desenfrenadas, ¿qué habrías hecho, privado ciertamente del disfrute, pero sin tener recompensa? Da gracias a Dios, pues, ahora, porque con recompensas y coronas soportas esto, que aquellos hombres soportan sin coronas; o más bien ni siquiera esto, sino lo que es mucho más ligero, estando sostenido tanto por la esperanza, como por la conciencia de la buena obra, y no teniendo el deseo bramando como olas dentro de ti.
Porque la mutilación de un miembro no es capaz de apaciguar tales olas, y hacer calma, como el freno de la razón; o más bien, sólo la razón puede hacer esto.
Por eso, pues, trajo a aquellos otros, precisamente para animar a estos; porque si no era esto lo que Él establecía, ¿qué significa lo que dice acerca de los demás eunucos? Pero cuando dice que se hicieron eunucos, no se refiere a la amputación de los miembros, lejos de ello, sino al desechar los pensamientos malvados. Porque el hombre que se ha mutilado, de hecho, está sujeto incluso a maldición, como dice Pablo, «Ojalá se mutilasen los que os perturban.» Y con mucha razón. Porque tal persona se atreve a las obras de los homicidas, y da ocasión a los que calumnian la creación de Dios, y abre la boca a los maniqueos, y es culpable de los mismos actos ilícitos que los que se mutilan a sí mismos entre los griegos. Porque cortarse nuestros miembros ha sido desde el principio obra de agencia demoníaca y artificio satánico, para que traigan mala fama sobre la obra de Dios, para que estropeen a esta criatura viviente, para que, imputándolo todo no a la elección sino a la naturaleza de nuestros miembros, la mayor parte de ellos pequen con seguridad, como si no fueran responsables; y dañen doblemente a esta criatura viviente, tanto mutilando los miembros como impidiendo la presteza del libre albedrío en favor de las buenas obras.
Estas son las ordenanzas del diablo, que introducen, además de las cosas que hemos mencionado, también otra doctrina perversa, y preparan de antemano el camino para los argumentos sobre el destino y la necesidad aun desde aquí, y en todas partes estropean la libertad que Dios nos ha dado, y nos persuaden de que las malas obras son de la naturaleza, y de ahí implantan secretamente muchas otras doctrinas perversas, aunque no abiertamente. Porque tales son los venenos del diablo.
Por tanto, os ruego que huyáis de tal iniquidad. Porque junto con las cosas que he mencionado, la fuerza de la concupiscencia no se vuelve por esto más suave, sino aún más fiera. Porque de otro origen tiene sus fuentes la semilla que hay en nosotros, y de otra causa se hinchan sus olas. Y algunos dicen que del cerebro, otros que de los lomos, tiene su origen este impulso violento; pero yo diría que de ninguna otra cosa sino de una voluntad desenfrenada y una mente descuidada: si esta es templada, no hay mal resultado de los movimientos de la naturaleza.
Habiendo hablado, pues, de los eunucos que son eunucos para nada y sin fruto, a menos que también con la mente practiquen la templanza, y de aquellos que son vírgenes por causa del Cielo, pasa de nuevo a decir: «El que puede recibirlo, recíbalo», haciéndolos al punto más diligentes al mostrar que la buena obra es sobremanera grande, y no permitiendo que la cosa quede encerrada en la compulsión de una ley, por causa de su inefable mansedumbre. Y esto lo dijo cuando mostró que era de todo punto posible, a fin de que la emulación de la libre elección fuera mayor.
Y si es de libre elección, podrá decirse, ¿cómo dice al principio: «No todos lo reciben, sino aquellos a quienes les es dado»? Para que aprendas que el combate es grande, no para que sospeches repartos compulsivos. Porque es dado a aquellos, a los que quieren.
Pero Él habló así para mostrar que mucha influencia de lo alto necesita quien entra en estas lides, de la cual ciertamente participará el que esté dispuesto. Porque le es costumbre usar esta forma de hablar cuando la buena obra realizada es grande, como cuando dice: «A vosotros os es dado conocer los misterios».
Y que esto es verdad, se manifiesta aun por el presente caso. Porque si fuera del don de lo alto solamente, y los que viven como vírgenes nada aportan de sí mismos, en vano les prometió el reino de los Cielos, y los distinguió de los otros eunucos.
Pero advierte, te lo ruego, cómo de las malas acciones de unos hombres, otros hombres sacan ganancia. Quiero decir, que los judíos se fueron sin haber aprendido nada, pues ni siquiera preguntaron con intención de aprender, pero los discípulos sacaron provecho aun de esto.
Homilía 62, § 4
4. «Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiera las manos sobre ellos y orara; y los discípulos los reprendieron. Pero Él les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, porque de tales es el reino de los Cielos. Y puso las manos sobre ellos, y se fue de allí.» []
¿Y por qué rechazaban los discípulos a los niños? Por dignidad. ¿Qué hace entonces Él? Enseñándoles a ser humildes, y a pisotear el orgullo mundano, los recibe, y los toma en sus brazos, y a los tales promete el reino; lo cual también antes había dicho. []
Tengamos también nosotros, pues, si queremos ser herederos de los Cielos, esta virtud con mucha diligencia. Porque este es el límite de la verdadera sabiduría; ser simples con entendimiento; esta es vida angélica; sí, porque el alma de un niño pequeño es pura de todas las pasiones. A los que le han molestado no les guarda rencor, sino que va a ellos como a amigos, como si nada hubiera pasado; y por mucho que su madre le golpee, a ella busca, y a ella prefiere sobre todos. Aunque le muestres a la reina con diadema, no la prefiere a su madre vestida de harapos, sino que elegiría verla a ella en estos, antes que a la reina en esplendor. Porque acostumbra distinguir lo que le pertenece y lo que le es extraño, no por pobreza y riqueza, sino por amistad. Y nada más que lo necesario busca, sino sólo saciarse del pecho, y luego deja de mamar. El niño pequeño no se aflige por lo que nosotros nos afligimos, como por pérdida de dinero y cosas semejantes, y tampoco se regocija por lo que nosotros nos regocijamos, a saber, por estas cosas temporales; no se afana por la hermosura de las personas.
Por eso dijo: «de tales es el reino de los Cielos», para que por elección practiquemos estas cosas, que los niños tienen por naturaleza. Pues como los fariseos no hacían lo que hacían por otra cosa tanto como por astucia y soberbia, por todos lados encarga a los discípulos ser de corazón sencillo, aludiendo oscuramente a aquellos, e instruyendo a estos. Porque nada tanto levanta a la altivez como el poder y la precedencia. Por cuanto, entonces, los discípulos habían de gozar de grandes honores por todo el mundo, Él ocupa de antemano su mente, no permitiéndoles sentir cosa alguna a la manera de los hombres, ni exigir honores de la multitud, ni hacer que los hombres les abran camino.
Porque aunque estas parezcan cosas pequeñas, son causa de grandes males. Los fariseos, al menos, instruidos así, fueron llevados a la cima misma del mal, buscando los saludos, los primeros asientos, los lugares intermedios; pues de estas cosas fueron arrojados al escollo de su loco deseo de gloria, y de allí a la impiedad. Así, pues, aquellos se fueron habiendo atraído sobre sí una maldición por su tentación, pero los niños una bendición, por estar libres de todas estas cosas.
Seamos también nosotros, pues, como los niños, y «en la malicia seamos niños pequeños.» [] Porque no puede ser, no puede ser que uno de otra manera vea el Cielo, sino que el astuto y malvado necesariamente ha de ser arrojado al infierno.
Homilía 62, § 5
5. Y antes del infierno, sufriremos aquí los mayores males. «Porque si eres malo,» está dicho, «tú solo soportarás el mal; pero si eres bueno, es para ti y para tu prójimo.» Advierte, al menos, cómo esto ocurrió también en los ejemplos antiguos. Porque nada más malvado que Saúl, ni nada más simple y de corazón sincero que David. ¿Cuál de los dos era, pues, el más fuerte? ¿No tuvo David a Saúl dos veces en sus manos, y pudiendo matarlo, se contuvo? ¿No lo tuvo encerrado como en una red y prisión, y lo perdonó? Y esto cuando otros lo instaban, y cuando él mismo podía acusarle de innumerables cargos; y sin embargo le permitió irse sano y salvo. Y aunque el otro lo perseguía con todo su ejército, él andaba, con unos pocos fugitivos desesperados, errante y cambiando de lugar en lugar; sin embargo el fugitivo tenía ventaja sobre el rey, por cuanto el uno venía al combate con sencillez, el otro con maldad.
¿Pues qué podría ser más malvado que aquel hombre que, cuando guiaba sus ejércitos, y llevaba a buen término todas sus guerras, y sufría los trabajos de la victoria y los trofeos, pero traía las coronas a él, intentó matarle?
Homilía 62, § 6
6. Tal es la naturaleza de la envidia: siempre trama contra sus propios honores, y consume a quien la tiene, y lo rodea de innumerables calamidades. Y aquel miserable, por ejemplo, hasta que David partió, no prorrumpió en aquel lastimero clamor, lamentándose y diciendo: «Estoy en gran angustia, y los filisteos me hacen guerra, y el Señor se ha apartado de mí.» [] Hasta que fue separado de David, no cayó en guerra, sino que estaba tanto en seguridad como en gloria; pues en verdad al rey pasaba la gloria del capitán. Porque ni el hombre estaba inclinado a la usurpación, ni intentó deponer al otro de su trono, sino que por él realizaba todas las cosas, y estaba entrañablemente unido a él; y esto es evidente aun por lo que siguió después. Pues cuando aún estaba puesto bajo él, cualquiera de los que no escudriñan atentamente podría tal vez suponer que estas cosas se hacían por la costumbre usual de un súbdito; pero después de haberse retirado del reino de Saúl, ¿qué había entonces que lo refrenara, y aun que lo moviera a matar? ¿No había sido el otro malo con él una vez, dos veces, y a menudo? ¿No era después de haber recibido beneficios de él? ¿No era no teniendo nada de qué acusarle? ¿No eran el reino y la seguridad de Saúl peligro e inseguridad para sí mismo? ¿No debía necesariamente andar errante y ser fugitivo, y temblar por miedo de los peores males, mientras el otro vivía y reinaba? Sin embargo, ninguna de estas cosas lo constriñó a teñir su espada con sangre, sino que cuando lo vio dormido, y atado, y solo, y en medio de sus propios hombres, y tocó su cabeza, y cuando muchos lo incitaban, y decían que la ocasión tan favorable era un juicio de Dios, al punto reprendió a los que lo instaban, y se abstuvo del asesinato, y lo despidió sano y salvo; y como si hubiera sido más bien guardaespaldas suyo, y escudero, no enemigo, así reprendió a la tropa por su traición contra el rey. []
¿Qué podría igualarse a este alma? ¿Y qué a aquella mansedumbre? Porque esto es posible verlo aun por las cosas que se han mencionado, pero mucho más por las que se hacen ahora. Pues cuando hayamos considerado nuestra vileza, entonces conoceremos más perfectamente la virtud de aquellos santos. Por lo cual os ruego que os apresuréis hacia la emulación de ellos.
Pues en verdad, si amas la gloria, y por esta causa tramas contra tu prójimo, entonces la disfrutarás más abundantemente cuando, habiéndola despreciado, te abstengas de la trama. Porque así como hacerse rico es contrario a la avaricia, así el amar la gloria es contrario a la obtención de la gloria. Y si quieres, examinemos cada una de estas cosas. Pues ya que no tenemos temor del infierno, ni mucha consideración por el reino, ven y aun desde las cosas presentes te guiaremos.
Pues ¿quiénes son los ridículos? Dime. ¿No son los que hacen algo por causa de la gloria de la multitud? ¿Y quiénes son objeto de alabanza? ¿No son los que desprecian la alabanza de la multitud? Por tanto, si el amor a la vanagloria es materia de reproche, y no puede ocultarse que el vanidoso la ama, ciertamente será objeto de reproche, y el amor a la gloria se le ha convertido en causa de deshonra. Y no sólo en este respecto se deshonra a sí mismo, sino también en que se ve obligado a hacer muchas cosas vergonzosas, y llenas de la mayor deshonra. Y como con respecto a sus ganancias los hombres suelen sufrir daño más que nada por la enfermedad de la avaricia (se vuelven al menos sujetos de muchos engaños, y de pequeñas ganancias hacen grandes pérdidas, por lo cual este dicho ha prevalecido hasta ser proverbio); y en cuanto al hombre voluptuoso, igualmente su pasión se vuelve impedimento para el disfrute de su placer. A estos, al menos, que se entregan en exceso a ello, y son esclavos de las mujeres, las mujeres los llevan como siervos, y jamás se dignarán tratarlos como hombres, golpeándolos, pisoteándolos, guiándolos, y llevándolos por todas partes, dándose aires, y en todo limitándose a darles órdenes.
Así también, nada es más bajo y deshonrado que aquel que es arrogante y enloquecido por la gloria, y se tiene por elevado. Porque el linaje humano es amigo de la contienda, y contra ninguna otra cosa se dispone tanto como contra un fanfarrón, un hombre desdeñoso y un esclavo de la gloria.
Y él mismo, también, para mantener la apariencia de su orgullo, muestra la conducta de un esclavo ante el vulgo, adulado, cortejándolos, sirviendo una servidumbre más gravosa que la de uno comprado por dinero.
Conociendo, pues, todas estas cosas, dejemos estas pasiones, para que no paguemos pena aquí, y allí seamos castigados sin fin. Hagámonos amantes de la virtud. Porque así, tanto antes de alcanzar el reino, cosecharemos aquí los mayores beneficios, como cuando partamos de allí participaremos de las bendiciones eternas; a las cuales Dios conceda que todos alcancemos por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.