Homilía 63, § 1
Mateo XIX. 16.
«Y he aquí, uno se acercó y le dijo: Maestro bueno, ¿haciendo qué cosa, heredaré la vida eterna?»
Algunos acusan a este joven, como a un disimulador y de mala intención, que vino con una tentación a Jesús; pero yo, aunque no diría que no era amante del dinero, y que no estaba sujeto a su riqueza, puesto que Cristo de hecho lo convenció de ser de tal carácter, de ningún modo lo llamaría disimulador, tanto porque no es seguro aventurarse en cosas inciertas, y especialmente en la culpa, como porque Marcos ha quitado esta sospecha; pues dice que «habiendo venido corriendo hacia Él, y arrodillándose ante Él, le rogaba,» y que «Jesús lo miró, y lo amó.» []
Pero grande es la tiranía de la riqueza, y de aquí es manifiesta; quiero decir, que aunque seamos virtuosos en lo demás, esta arruina todo lo de más. Con razón también Pablo afirmó que es la raíz de todos los males en general. «Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males,» dice.
¿Por qué, pues, le responde Cristo así, diciendo: «No hay ninguno bueno»? Porque vino a Él como a un mero hombre, y uno del común, y un maestro judío; por esta causa, pues, como hombre conversa con él. Y en verdad en muchos casos responde a los pensamientos secretos de los que vienen a Él; como cuando dice: «Adoramos lo que sabemos;» [] y, «Si doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero.» [] Cuando, pues, dice: «No hay ninguno bueno;» no lo dice excluyéndose a sí de ser bueno, lejos de eso; pues no dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Yo no soy bueno;» sino, «no hay ninguno bueno,» es decir, ninguno entre los hombres.
Y cuando dice esto mismo, no lo dice como privando a los hombres de la bondad, sino en contraposición a la bondad de Dios. Por lo cual también añadió: «Sino uno solo, es decir, Dios;» y no dijo: «sino mi Padre,» para que aprendieras que no se había revelado al joven. Así también más atrás llamó malos a los hombres, diciendo: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos.» [] Porque en verdad allí también los llamó malos, no condenando a toda la raza como mala (pues por «vosotros» no quiere decir «vosotros los hombres»), sino comparando la bondad que hay en los hombres con la bondad de Dios, así la nombró; por lo cual también añadió: «¿Cuánto más vuestro Padre dará cosas buenas a los que le piden?» ¿Y qué había para instarlo, o qué provecho que respondiera de esta manera? Lo conduce poco a poco, y le enseña a estar lejos de toda adulación, apartándolo de las cosas de cada uno, y fijándolo en Dios, y persuadiéndolo a buscar las cosas venideras, y a conocer lo que es realmente bueno, y la raíz y fuente de todas las cosas, y a referir los honores a Él.
Pues también cuando dice: «No llaméis a nadie maestro sobre la tierra,» lo dice en contraposición a Sí mismo, y para que aprendan cuál es la soberanía suprema sobre todas las cosas que existen. Porque no fue poca la prontitud que el joven había mostrado hasta este momento al haber caído en tal deseo; y cuando de los demás unos tentaban, otros venían a Él para la curación de enfermedades, ya propias ya ajenas, él por la vida eterna venía a Él y conversaba con Él. Porque fértil era la tierra y rica, pero la multitud de las espinas ahogó la semilla. Advierte, al menos, cuán preparado está hasta aquí para la obediencia de los mandamientos. Porque «¿Haciendo qué,» dice, «heredaré la vida eterna?» Tan dispuesto estaba para la realización de las cosas que se le dijeran. Pero si hubiera venido a Él tentándolo, el evangelista nos lo habría declarado también, como hace con los demás, como en el caso del doctor de la ley. Y aunque él mismo hubiera callado, Cristo no habría permitido que quedara oculto, sino que lo habría convencido claramente, o al menos lo habría indicado, para que no pareciera haberlo engañado, y estar oculto, y así hubiera sufrido daño.
Si hubiera venido a Él tentándolo, no se habría ido entristecido por lo que oyó. Esto, al menos, no fue jamás el sentimiento de ninguno de los fariseos, sino que se enfurecían cuando se les tapaba la boca. Pero no así este hombre; sino que se va abatido, lo cual no es poca señal de que no con mala voluntad había venido a Él, sino con una demasiado débil, y que en verdad deseaba la vida, pero estaba sujeto por otro y gravísimo sentimiento.
Por tanto, cuando Cristo dijo: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos,» él dice: «¿Cuáles?» No tentando, lejos de eso, sino suponiendo que había algunos otros además de los de la ley que pudieran procurarle vida, lo cual era propio de uno muy deseoso. Entonces, como Jesús mencionó los de la ley, dice: «Todas estas cosas las he guardado desde mi juventud.» Y ni aun en esto se detuvo, sino que de nuevo pregunta: «¿Qué me falta aún?» lo cual, a su vez, era señal de su ardentísimo deseo.
¿Qué dice, pues, Cristo? Como iba a imponer algo grande, expone las recompensas, y dice: «Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el Cielo: y ven, y sígueme.»
Homilía 63, § 2
2. ¿Ves cuántos premios, cuántas coronas, dispone para esta carrera? Si hubiera estado tentando, no le habría dicho estas cosas. Pero ahora lo dice, y para atraerlo, le muestra que la recompensa es grande, y lo deja todo a su propia voluntad, echando por todos los medios a la sombra lo que parecía gravoso en su consejo. Por lo cual, aun antes de mencionar los combates y el trabajo, le muestra el premio, diciendo: «Si quieres ser perfecto,» y luego dice: «Vende lo que tienes, y dalo a los pobres,» y en seguida de nuevo las recompensas: «Tendrás tesoro en el Cielo; y ven, y sígueme.» Porque en verdad seguirlo es una gran recompensa. «Y tendrás tesoro en el Cielo.»
Pues como su discurso era acerca del dinero, de todo le aconsejó despojarse, mostrando que no pierde lo que tiene, sino que añade a sus posesiones; le dio más de lo que le exigía entregar; y no sólo más, sino también tanto mayor cuanto el Cielo es mayor que la tierra, y aun más.
Pero lo llamó tesoro, mostrando la abundancia de la recompensa, su permanencia, su seguridad, en cuanto era posible darlo a entender al oyente por semejanzas humanas. No basta, pues, despreciar la riqueza, sino que también debemos sustentar a los pobres, y sobre todas las cosas seguir a Cristo; es decir, hacer todas las cosas que por Él son ordenadas, estar prontos para la matanza y la muerte diaria. «Porque si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.» [] De modo que arrojar el dinero propio es cosa mucho menor que este último mandamiento, derramar aun la propia sangre; sin embargo, no poco contribuye a esto el estar libres de la riqueza.
«Pero cuando el joven oyó esto, se fue entristecido.» [] Después de esto el evangelista, como para mostrar que no había sentido algo que fuera inverosímil que sintiera, dice: «Porque tenía muchas posesiones.» Porque los que tienen poco no están igualmente sujetos, como los que están inundados de gran afluencia, pues entonces el amor a ello se hace más tiránico. Lo cual no ceso de decir siempre: que el aumento de las adquisiciones enciende más la llama, y hace más pobres a los que las obtienen, por cuanto los pone en mayor deseo, y les hace tener más sentimiento de su carencia.
Mira, por ejemplo, aun aquí qué fuerza mostró esta pasión. A aquel que había venido a Él con gozo y prontitud, cuando Cristo le mandó arrojar sus riquezas, lo abrumó y agobió de tal modo, que no le permitió siquiera responder acerca de estas cosas, sino que silenciado y abatido y sombrío se fue.
¿Qué dice, pues, Cristo? «¡Cuán difícilmente entrará el rico en el reino de los Cielos!» no culpando a las riquezas sino a los que están sujetos por ellas. Pero si el rico «difícilmente,» mucho más el avaro. Porque si no dar lo propio es impedimento para entrar en el reino, aun tomar de los bienes ajenos, piensa cuánto fuego amontona.
¿Por qué, sin embargo, dijo a sus discípulos que «difícilmente entrará un rico», siendo ellos hombres pobres, y sin posesiones? Instruyéndolos a no avergonzarse de su pobreza, y, como disculpándose ante ellos por permitirles no tener nada.
Pero habiendo dicho que era difícil; al avanzar, muestra que es aun imposible, y no meramente imposible, sino aun en el más alto grado imposible; y esto lo mostró por la comparación del camello y la aguja.
«Es más fácil», dice Él, «que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los Cielos.» [] De donde se muestra que no hay recompensa ordinaria para los ricos que son capaces de practicar el dominio de sí. Por lo cual también afirmó que era obra de Dios, para mostrar que se necesita gran gracia para quien ha de lograr esto. Al menos, cuando los discípulos se turbaron, dijo: «Con los hombres esto es imposible; pero con Dios todas las cosas son posibles.» []
¿Y por qué se turban los discípulos, siendo pobres, sí, sumamente pobres? ¿Por qué, pues, se confunden? Porque les dolía la salvación de los demás, y tenían gran afecto por todos, y ya habían tomado sobre sí las entrañas tiernas de maestros. Estaban al menos en tal temblor y temor por el mundo entero a causa de esta declaración, que necesitaban mucho consuelo.
Por tanto, habiéndolos primero «mirado, les dijo: Las cosas que son imposibles con los hombres, son posibles con Dios.» Porque con una mirada mansa y apacible, habiendo sosegado su mente estremecida, y habiendo puesto fin a su angustia (pues esto significó el evangelista al decir: «Los miró»), entonces también con sus palabras los alivia, poniendo ante ellos el poder de Dios, y haciéndolos así sentir confianza.
Pero si quieres aprender también la manera de ello, y cómo lo que es imposible puede volverse posible, oye. No para este fin dijo Él: «Las cosas que son imposibles con los hombres, son posibles con Dios,» para que lo abandones y te abstengas, como de cosas imposibles; sino para que, habiendo considerado la grandeza de la buena obra, te apresures a ella prontamente, y habiendo rogado a Dios que te asista en estos nobles combates, alcances la vida.
Homilía 63, § 3
3. ¿Cómo, pues, se hará esto posible? Si arrojas lo que tienes, si te vacías de tu riqueza, si te refrenas del mal deseo. Pues en prueba de que no lo refiere a Dios solamente, sino que para este fin lo dijo, para que conozcas la vastedad de la buena obra, oye lo que sigue. Porque cuando Pedro hubo dicho: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido,» y hubo preguntado: «¿Qué tendremos, pues?» habiendo fijado la recompensa para ellos, añadió: «Y todo aquel que ha dejado casas, o tierras, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, recibirá el ciento por uno, y heredará la vida eterna.» Así lo que es imposible se vuelve posible. Pero ¿cómo podrá hacerse esto mismo, se dirá, el dejar estas cosas? ¿Cómo es posible que aquel que una vez se ha hundido en tal lujuria de riqueza, se recobre a sí mismo? Si comienza a vaciarse de sus posesiones, y a cortar lo superfluo. Porque así avanzará más, y correrá su carrera más fácilmente después.
No busques, pues, todo de una vez, sino suavemente, y poco a poco, sube esta escalera que te conduce al Cielo. Porque así como los que están en fiebres teniendo bilis acre abundando dentro de ellos, cuando echan sobre ella carnes y bebidas, lejos de apagar su sed, aun encienden la llama; así también los avaros, cuando echan su riqueza sobre esta malvada lujuria más acre que aquella bilis, más bien la inflaman. Porque nada la detiene tanto como abstenerse por un tiempo del deseo de ganancia, así como la bilis acre se detiene por la abstinencia y las evacuaciones.
Pero esto mismo, ¿por qué medios se hará? Podrá decirse. Si consideras que, mientras seas rico, jamás cesarás de tener sed, y de consumirte con el deseo de más; pero estando libre de tus posesiones, podrás también detener esta enfermedad. No te rodees, pues, de más, no sea que persigas cosas inalcanzables, y seas incurable, y seas más miserable que todos, estando así frenético.
Pues respóndeme, ¿a quién afirmaremos que está atormentado y adolorido? ¿Al que anhela carnes y bebidas costosas, y no puede disfrutarlas como quiere, o al que no tiene tal deseo? Es bien claro que hay que decir: al que desea, pero no puede obtener lo que desea. Porque esto es tan doloroso, desear y no disfrutar, tener sed y no beber, que Cristo, queriendo describirnos el infierno, lo describió de esta manera, e introdujo al rico así atormentado. Porque anhelar una gota de agua, y no disfrutarla, este era su castigo. Así, pues, el que desprecia la riqueza aquieta el deseo, pero el que desea ser rico lo ha inflamado más, y no se detiene aún; sino que aunque haya obtenido diez mil talentos, desea otros tantos más; aunque obtenga estos, de nuevo apunta al doble de ellos, y avanzando desea aun los montes, y la tierra, y el mar, y que todo se convierta en oro para él, enloquecido con una especie de nueva y temible locura, y tal que jamás puede así extinguirse.
Y para que aprendas que no por adición sino por sustracción se detiene este mal; si alguna vez tuvieras un deseo absurdo de volar y de ser llevado por el aire, ¿cómo extinguirías este deseo irracional? ¿Fabricando alas, y preparando otros instrumentos, o convenciendo a la mente de que desea cosas imposibles, y que no debe intentarse ninguna de ellas? Es bien claro que convenciendo a la mente. Pero aquello, podrás decir, es imposible. Pero esto a su vez es más imposible, hallar un límite para este deseo. Porque en verdad es más fácil para los hombres volar, que hacer cesar esta lujuria por una adición de más. Pues cuando los objetos del deseo son posibles, uno puede ser sosegado por el disfrute de ellos, pero cuando son imposibles, debe trabajar por una cosa, apartarnos del deseo, pues de otra manera al menos no es posible recobrar el alma.
Por tanto, para que no tengamos dolores superfluos, abandonemos el amor al dinero que siempre está doliendo, y jamás sufre guardar silencio, y trasladémonos a otro amor, que nos hace felices, y tiene gran facilidad, y anhelemos los tesoros de arriba. Porque ni es tan grande el trabajo aquí, y la ganancia es inefable, y no es posible que deje de alcanzarlos quien es en cualquier modo vigilante y sobrio, y desprecia las cosas presentes; así como, por otra parte, para aquel que es esclavo de estas últimas, y está del todo entregado a ellas, es enteramente necesario que deje de alcanzar aquellas mejores riquezas.
Homilía 63, § 4
4. Considerando, pues, todas estas cosas, aparta el malvado deseo de riqueza. Porque ni siquiera podrías decir esto: que da las cosas presentes, aunque nos prive de las venideras, aun cuando si así fuera, esto sería castigo extremo, y venganza. Pero ahora ni aun esto puede ser. Porque además del infierno, y antes de aquel infierno, aun aquí te arroja a un castigo más gravoso. Porque muchas casas ha derribado esta lujuria, y feroces guerras ha suscitado, y compelido a los hombres a terminar sus vidas con muerte violenta; y antes de estos peligros arruina la nobleza del alma, y suele a menudo hacer al que la tiene cobarde, y afeminado, y temerario, y falso, y calumniador, y rapaz, y engañador, y todas las peores cosas.
Pero viendo acaso el resplandor de la plata, y la multitud de los siervos, y la hermosura de los edificios, el cortejo que se le hace en la plaza, ¿quedas hechizado por ello? ¿Qué remedio, pues, puede haber para esta herida maligna? Si consideras cómo estas cosas afectan tu alma, cuán oscura, y desolada, y sucia la hacen, y cuán fea; si cuentas con cuántos males fueron adquiridas estas cosas, con cuántos trabajos se guardan, con cuántos peligros: o más bien no se guardan hasta el fin, sino que cuando hayas escapado de los intentos de todos, la muerte viniendo sobre ti suele a menudo trasladar estas cosas a la mano de tus enemigos, y se va y te lleva consigo destituido, no arrastrando tras de ti ninguna de estas cosas, salvo las heridas y las llagas solamente, que el alma recibió de estas, antes de su partida. Cuando, pues, veas a alguno resplandeciente por fuera con vestiduras y gran acompañamiento, abre su conciencia, y verás muchas telarañas dentro, y mucho polvo. Considera a Pablo, Pedro. Considera a Juan, Elías, o más bien al mismo Hijo de Dios, que no tiene donde reclinar su cabeza. Sé imitador de Él, y de sus siervos, e imagínate las inefables riquezas de estos.
Pero si habiendo obtenido un poco de vista por estas cosas, volvieras a oscurecerte, como en un naufragio cuando ha sobrevenido una tormenta, oye la declaración de Cristo, que afirma que es imposible «que un rico entre en el reino de los Cielos.» Y contra esta declaración pon los montes, y la tierra, y el mar; y todas las cosas, si quieres, supón que sean oro; porque no verás nada igual a la pérdida que de allí te sobreviene. Y tú en verdad haces mención de fanegas de tierra, tantas y tantas, y de casas diez o veinte o aun más, y de baños otros tantos, y de siervos mil, o el doble, y de carros guarnecidos de plata y revestidos de oro; pero yo digo esto: que si cada uno de vosotros que sois ricos dejara esta pobreza (porque estas cosas son pobreza comparadas con lo que voy a decir), y poseyera un mundo entero, y cada uno de ellos tuviera tantos hombres cuantos ahora hay en toda la tierra y el mar, y cada uno un mundo, mar y tierra, y edificios por todas partes, y ciudades, y naciones, y de todos lados en lugar de agua, en lugar de fuentes, brotara oro para él, no diría que los que son así de ricos valen tres ardites, cuando son echados fuera del reino.
Porque si ahora, apuntando a riquezas que perecen, cuando las pierden, son atormentados, si llegaran a obtener una percepción de aquellas inefables bendiciones, ¿qué bastará entonces para su consuelo? No hay nada. No me hables, pues, de la abundancia de sus posesiones, sino considera cuán grande pérdida los amantes de esta abundancia padecen a consecuencia de ello, perdiendo el Cielo por estas cosas, y estando en el mismo estado, como si uno, después de ser echado fuera del más alto honor en los palacios de los reyes, teniendo un montón de estiércol, se gloriara en eso. Porque el amontonar dinero no difiere en nada de eso, o más bien aquello es aun mejor. Porque aquello sirve tanto para la labranza, como para calentar un baño, y para otros tales usos, pero el oro enterrado para ninguna de estas cosas. Y ojalá fuera meramente inútil; pero tal como es, enciende además muchos hornos para aquel que lo tiene, a menos que lo use rectamente; innumerables males al menos brotan de allí.
Por tanto, los de afuera solían llamar al amor al dinero ciudadela de los males; pero el bienaventurado Pablo habló mucho mejor y más vivamente, pronunciándolo «raíz de todos los males.»
Considerando, pues, todas estas cosas, emulemos las cosas dignas de emulación; no los edificios suntuosos, no las heredades costosas, sino a los hombres que tienen mucha confianza hacia Dios, a los que tienen riquezas en el Cielo, a los dueños de aquellos tesoros, a los que son realmente ricos, a los que son pobres por causa de Cristo, para que alcancemos los bienes de la eternidad por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, con quien sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria, poder, honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 64, § 1
Mateo XIX. 27.
«Entonces respondió Pedro y le dijo: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?»
¿Cómo que todo? ¡Oh bendito Pedro! ¿La vara? ¿La red? ¿La barca? ¿El oficio? ¿Estas cosas me dices, como si fueran todo? Sí, dice, pero no por ostentación digo estas cosas, sino para que con esta pregunta introduzca a la multitud de los pobres. Porque habiendo dicho el Señor, «Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo;» [] no sea que alguno de los pobres dijera: ¿Pues qué? Si no tengo bienes, ¿no puedo ser perfecto? Pedro pregunta, para que tú, el pobre, aprendas que en nada eres inferior por esto; Pedro pregunta, para que no aprendas de Pedro y dudes (porque en verdad él era aún imperfecto y vacío del Espíritu), sino que, habiendo recibido la declaración del Maestro de Pedro, tengas confianza.
Porque así como hacemos nosotros (a menudo hacemos nuestras las cosas ajenas cuando hablamos de los asuntos de otros), así hizo el apóstol, cuando le hizo esta pregunta en nombre de todo el mundo. Pues que al menos conocía con certeza su propia porción, es manifiesto por lo dicho antes; porque el que ya había recibido las llaves de los cielos, mucho más podía tener confianza respecto de las cosas venideras.
Pero advierte también cuán exactamente responde su réplica conforme a la exigencia de Cristo. Porque Él había requerido del rico estas dos cosas: dar a los pobres lo que tenía y seguirlo. Por lo cual él expresa también estas dos cosas: dejarlo y seguirlo. «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo,» dice, «y te hemos seguido.» Porque el dejarlo se hizo por causa del seguimiento, y el seguimiento se hizo más fácil por el dejarlo, y les dio confianza y gozo respecto del dejarlo.
¿Qué dice, pues, Él? «En verdad os digo que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.» [] ¿Pues qué, dirá alguno, se sentará allí Judas? De ningún modo. ¿Cómo, pues, dice, «Os sentaréis sobre doce tronos?» ¿Cómo se cumplirán los términos de la promesa?
Oye cómo, y en virtud de qué principio. Hay una ley ordenada por Dios, recitada por Jeremías, el profeta, a los judíos, y en estas palabras: «En el instante en que yo hable sentencia acerca de una nación y de un reino, para arrancar y destruir; si aquella nación se convirtiere de sus malas obras, yo también me arrepentiré de los males que pensé hacerles. Y en el instante en que yo hable acerca de una nación y de un reino, para edificar y plantar; y si hicieren lo malo ante mis ojos, no obedeciendo mi voz, yo también me arrepentiré del bien que dije que les haría.» []
Porque la misma costumbre observo también respecto de los bienes, dice Él. Pues aunque hablé de edificar, si se mostraren indignos de la promesa, ya no lo haré. Cosa semejante se hizo respecto del hombre en su creación, «El temor de ti,» se dice, «y el miedo de ti será sobre las fieras,» [] y no sucedió; porque se mostró indigno de la soberanía, como también Judas.
Pues para que ni ante las amenazas de castigo desesperen algunos y se endurezcan más, ni por las promesas de bienes se vuelvan sin causa más negligentes, Él remedia ambos males con lo que antes he mencionado, diciendo así: Aunque yo amenace, no desesperes; porque puedes arrepentirte y revocar la amenaza, como los ninivitas. Aunque yo prometa algún bien, no te hagas negligente por la promesa. Porque si aparecieres indigno, el haber yo prometido no te aprovechará, sino más bien te traerá castigo. Porque yo prometo a quien es digno.
Por tanto, aun entonces en su discurso con sus discípulos no les prometió simplemente, pues ni dijo «vosotros» solamente, sino que añadió «que me habéis seguido,» para así excluir a Judas y atraer hacia sí a los que habían de venir después. Porque ni a ellos solamente fue dicho, ni a Judas ya más, cuando se hubo hecho indigno.
Ahora bien, a los discípulos les prometió las cosas venideras, diciendo, «Os sentaréis sobre doce tronos,» porque ya eran de cuño más elevado, y no buscaban ninguna de las cosas del mundo presente; pero a los demás les promete también lo de aquí.
Porque «todo aquel,» dice, «que haya dejado hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, o casa, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno en este mundo, y heredará la vida eterna.»
Pues para que ninguno, después de oír la palabra «vosotros,» supusiera que esto era propio de los discípulos (me refiero ahora al gozar de los mayores y primeros honores en las cosas venideras), Él extendió la palabra y difundió la promesa por toda la tierra, y a partir de las cosas presentes establece también las venideras. Y a los discípulos también al principio, cuando estaban en estado más imperfecto, les razonaba a partir de las cosas presentes. Porque cuando los sacó del mar y los tomó de su oficio, y les mandó dejar las naves, no hizo mención del cielo ni de los tronos, sino de las cosas de aquí, diciendo, «Os haré pescadores de hombres;» pero cuando los hubo llevado a miras más altas, entonces después de aquello discurre también acerca de las cosas venideras.
Homilía 64, § 2
2. Pero ¿qué es «Juzgar a las doce tribus de Israel?» Esto es «condenarlas.» Porque no han de sentarse ciertamente como jueces, sino como dijo que la reina del Sur condenaría a aquella generación, y los ninivitas la condenarán; así ahora también estos. Por tanto, no dijo: las naciones y el mundo, sino las tribus de Israel. Porque puesto que tanto los judíos como los apóstoles se habían criado bajo las mismas leyes, costumbres y orden político; cuando los judíos decían que por esta causa no podían creer en Cristo, porque la ley prohibía recibir sus mandamientos, presentando a estos hombres, que habían recibido la misma ley y sin embargo habían creído, Él condena a todos aquellos; como ya antes había dicho: «Por tanto, ellos serán vuestros jueces.» []
Y ¿qué cosa grande les promete, podría decirse, si lo que tienen los ninivitas y la reina del Sur, eso mismo han de tener también estos? En primer lugar, les había prometido muchas otras cosas antes de esto, y después de esto se las promete, y esto solo no es su recompensa.
Y además, aun en esto insinuó de paso algo más que estas cosas. Porque de aquellos simplemente dijo: Los hombres de Nínive se levantarán y condenarán a esta generación, [] y, «La reina del Sur la condenará;» pero acerca de estos, no meramente así, sino ¿cómo? «Cuando el Hijo del Hombre se siente sobre el trono de su gloria, entonces también vosotros os sentaréis sobre doce tronos,» dice, declarando que ellos también reinarán con Él y participarán de aquella gloria. «Pues si padecemos,» se dice, «también reinaremos con Él.» [] Porque no significan los tronos un asiento (en juicio), porque Él solo es quien se sentará y juzgará, sino que honor y gloria inefables insinuó con los tronos.
A estos, pues, les habló de estas cosas, pero a todos los demás de la vida eterna y del ciento por uno aquí. Y si a los demás, mucho más a estos también, tanto de estas cosas como de las de esta vida.
Y esto ciertamente sucedió; porque cuando dejaron una caña de pescar y una red, poseyeron con autoridad los bienes de todos, los precios de las casas y de las tierras, y los cuerpos mismos de los creyentes. Porque a menudo escogían incluso ser muertos por causa de ellos, como Pablo testifica de muchos, cuando dice, «Si hubiera sido posible, os habríais sacado los ojos y me los habríais dado.» [] Mas cuando dice, «Todo el que haya dejado mujer,» no dice esto para que los matrimonios se rompan en vano, sino como dice acerca de la vida, «El que pierde su vida por causa de mí, la hallará,» [] no para que nos destruyamos a nosotros mismos, ni para que, aun estando aquí, la separemos del cuerpo, sino para que prefiramos la piedad a todas las cosas; esto mismo dice también respecto de mujer y hermanos.
Pero Él me parece que aquí insinúa también las persecuciones. Porque habiendo muchos casos de padres que empujan a sus hijos a la impiedad, y de mujeres a sus maridos; cuando mandan estas cosas, dice, que no sean ni mujeres ni padres, así como Pablo igualmente dijo, «Pero si el incrédulo se aparta, apártese.» []
Cuando hubo, pues, levantado el ánimo de todos y los hubo persuadido a tener confianza tanto respecto de sí mismos como de todo el mundo, añadió que «Muchos que eran primeros serán últimos, y últimos primeros.» Y esto, aunque se diga también sin distinción acerca de muchos otros igualmente, se dice también acerca de estos hombres y acerca de los fariseos, que no creyeron, como antes también había dicho: «Muchos vendrán del oriente y del occidente y se sentarán con Abraham, e Isaac, y Jacob; mas los hijos del reino serán echados fuera.» []
Entonces añade también una parábola, como ejercitando a los que se habían quedado cortos para un gran adelantamiento.
«Porque el reino de los cielos,» dijo, «es semejante a un hombre, padre de familia, que salió de madrugada a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con ellos en un denario al día, los envió a su viña.»
«Y a la hora tercera vio a otros que estaban en la plaza ociosos, y a ellos también les dijo: Id también vosotros a la viña, y lo que sea justo os daré. Y cerca de las horas sexta y nona hizo lo mismo. Y cerca de la hora undécima, vio a otros que estaban ociosos, y les dice: ¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos? Pero ellos le dicen: Nadie nos ha contratado. Él les dice: Id también vosotros a mi viña, y lo que sea justo, recibiréis.»
«Así que cuando llegó la tarde, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los últimos hasta los primeros. Y cuando vinieron los que habían sido contratados cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. Y los primeros pensaron que recibirían más, y recibieron asimismo cada uno un denario. Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, diciendo: Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. Pero él, respondiendo a uno de ellos, dijo: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar a este último también, lo mismo que a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O es malo tu ojo, porque yo soy bueno? Así los últimos serán primeros, y los primeros últimos; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»
Homilía 64, § 3
3. ¿Cuál es para nosotros la intención de esta parábola? Porque el comienzo no armoniza con lo que se dice al final, sino que insinúa enteramente lo contrario. Pues en la primera parte muestra a todos gozando de lo mismo, y no a unos echados fuera y a otros introducidos; sin embargo, Él mismo antes de la parábola y después de la parábola dijo lo contrario. «Que los primeros serán últimos, y los últimos primeros,» es decir, antes que los muy primeros, aquellos que no continúan siendo primeros, sino que se han vuelto últimos. Porque como prueba de que este es su sentido, añadió, «Muchos son llamados, mas pocos escogidos,» para así doblemente punzar a los unos, y consolar y urgir a los otros.
Pero la parábola no dice esto, sino que serán iguales a los que están aprobados y han trabajado mucho. «Porque los has hecho iguales a nosotros,» se dice, «que hemos soportado la carga y el calor del día.»
¿Cuál es, pues, el significado de la parábola? Porque es necesario aclarar primero esto, y luego aclararemos aquel otro punto. Por viña entiende los mandatos de Dios y sus mandamientos; por el tiempo del trabajo, la vida presente; por obreros, a los que de diferentes maneras son llamados al cumplimiento de los mandatos; por de madrugada, y cerca de las horas tercera, nona y undécima, a los que a diferentes edades se han acercado a Dios y se han aprobado.
Pero la cuestión es esta: si los primeros, habiéndose aprobado gloriosamente, y habiendo agradado a Dios, y habiendo durante todo el día resplandecido por sus trabajos, están poseídos por el más vil sentimiento del vicio, los celos y la envidia. Porque cuando los vieron gozar de las mismas recompensas, dicen, «Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.» Y en estas palabras, cuando no han de recibir daño ni sufrir disminución en cuanto a su propio jornal, se indignaron y se disgustaron mucho por el bien de otros, lo cual era prueba de envidia y celos. Y lo que es más, el padre de familia, al justificarse respecto de ellos, y al hacer su defensa ante el que había dicho estas cosas, lo convence de maldad y de la más vil envidia, diciendo, «¿No conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete; quiero dar al último lo mismo que a ti. ¿O es malo tu ojo, porque yo soy bueno?»
¿Qué es, pues, lo que ha de establecerse con estas cosas? Porque también en otras parábolas puede verse esto mismo. Porque el hijo que fue aprobado es presentado como habiendo sentido esto mismo, cuando vio a su hermano pródigo gozar de mucho honor, aun más que él mismo. Porque así como estos gozaron más por recibir primero, así él fue honrado en mayor grado por la abundancia de lo que se le dio; y de estas cosas da testimonio el que fue aprobado.
¿Qué diremos, pues? No hay nadie que así se justifique, ni que culpe a otros en el reino de los cielos; ¡lejos de nosotros tal pensamiento! Porque aquel lugar está puro de envidia y celos. Pues si estando aquí los santos dan su misma vida por los pecadores, mucho más cuando los vean allí gozando de estas cosas, se regocijarán y las considerarán como bendiciones propias. ¿Por qué, pues, compuso así su discurso? El dicho es una parábola, por lo cual tampoco es lícito indagar curiosamente en todas las cosas de las parábolas palabra por palabra, sino que, una vez aprendido el objeto para el cual fue compuesta, hemos de cosechar este y no ocuparnos en nada más.
¿Por qué, pues, fue compuesta así esta parábola? ¿Qué objeto tiene que producir? Hacer más diligentes a los que se convierten y se hacen mejores en extrema vejez, y no permitirles suponer que tienen una porción menor. Por esta causa introduce también a otros disgustados por sus bendiciones, no para representar a aquellos hombres como afligidos o molestos, ¡lejos de nosotros tal pensamiento!, sino para enseñarnos que estos han gozado de tal honor, que habría podido incluso engendrar envidia en otros. Lo cual también hacemos a menudo, diciendo, «Fulano me reprendió porque os juzgué dignos de mucho honor,» no habiendo sido reprendido, ni queriendo calumniar a aquel otro, sino para mostrar con esto la grandeza del don que este gozó.
Pero ¿por qué pudo ser que no contratara a todos de una vez? En cuanto a Él, contrató a todos; pero si todos no obedecieron de una vez, la diferencia la hizo la disposición de los que fueron llamados. Por esta causa, unos son llamados temprano por la mañana, otros a la hora tercera, otros a la sexta, otros a la novena, otros a la undécima, cuando obedecieron.
Esto también lo declaró Pablo cuando dijo, «Cuando plugo a Aquel que me separó desde el vientre de mi madre.» [] ¿Cuándo plugo a Él? Cuando él estaba pronto a obedecer. Porque Él lo quiso desde el principio, pero como él no habría cedido, entonces plugo a Él, cuando Pablo también estuvo pronto a obedecer. Así también llamó al ladrón, aunque pudo haberle llamado antes, pero no habría obedecido. Porque si Pablo al principio no hubiera obedecido, mucho menos el ladrón.
Y si dicen, «Nadie nos ha contratado,» en primer lugar, como dije, no debemos ser curiosos sobre todos los puntos de las parábolas; pero aquí ni siquiera se representa al buen hombre de la casa diciendo esto, sino ellos; pero él no los convence de culpa, para no llevarlos a la perplejidad, sino para ganarlos. Porque que llamó a todos, en cuanto estuvo en Él, desde el principio, lo muestra la parábola, diciendo que «salió temprano por la mañana a contratar.»
Homilía 64, § 4
4. De todo, entonces, nos es manifiesto que la parábola se dice con referencia a los que desde la más temprana juventud, y a los que en la vejez y más tardíamente, se aferran a la virtud; a los primeros, para que no se enorgullezcan ni reprochen a los llamados a la hora undécima; a los segundos, para que aprendan que es posible recuperarlo todo incluso en poco tiempo.
Porque habiendo hablado del fervor, y del desprendimiento de las riquezas, y del desprecio de todas las posesiones propias, pero esto necesitaba mucho vigor de ánimo y ardor juvenil; para encender en ellos un fuego de amor, y dar vigor a su voluntad, muestra que es posible incluso para los que vienen después recibir el salario de todo el día.
Pero no lo dice así, no sea que de nuevo los enorgullezca, sino que muestra que todo es de su amor al hombre, y por esto no fallarán, sino que ellos mismos disfrutarán de las bendiciones inefables.
Y esto es principalmente lo que Él quiere establecer con esta parábola. Y si añade que «así los últimos serán primeros y los primeros últimos; porque muchos son llamados, pero pocos escogidos,» no te maravilles. Porque no lo dice como infiriéndolo de la parábola, sino que su significado es este: que así como esto aconteció, así acontecerá aquello. Porque aquí los primeros no se volvieron últimos, sino que todos recibieron lo mismo contra toda esperanza y expectación. Pero como este resultado tuvo lugar contra toda esperanza y contra toda expectación, y los que vinieron antes fueron igualados por los que siguieron, así también acontecerá aquello que es más que esto, y más extraño, quiero decir, que los últimos lleguen a estar incluso antes que los primeros, y que los primeros estén después de estos. De modo que una cosa es aquella, y otra esta.
Pero me parece a mí que dice estas cosas, insinuando oscuramente a los judíos, y entre los creyentes a los que al principio resplandecieron, pero después descuidaron la virtud, y recayeron; y a aquellos otros que se han levantado del vicio, y han sobrepasado a muchos. Porque vemos que tales cambios tienen lugar tanto en la fe como en la práctica.
Por lo cual os ruego que usemos mucha diligencia tanto para permanecer en la recta fe, como para mostrar una vida excelente. Porque a menos que añadamos también una vida conforme a nuestra fe, sufriremos el castigo más extremo.
Y esto lo mostró el bienaventurado Pablo desde tiempos antiguos, cuando dijo que «todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual:» y añadió, que no fueron salvados; «porque fueron derribados en el desierto.» Y Cristo lo declaró incluso en los evangelistas, cuando presentó a algunos que habían expulsado demonios y profetizado, y son llevados al castigo. Y todas sus parábolas también, como la de las vírgenes, la de la red, la de las espinas, la del árbol que no da fruto, exigen virtud en nuestras obras. Porque sobre doctrinas discurre pocas veces, pues el tema no necesita trabajo, pero sobre la vida a menudo o más bien en todas partes, porque la guerra por esto es continua, y por lo tanto también lo es el trabajo.
¿Y por qué hablo de todo el código? Porque incluso una parte de él descuidada trae sobre uno grandes males; como, por ejemplo, la limosna descuidada arroja al infierno a los que se han quedado cortos en ella; y sin embargo esto no es toda la virtud, sino una parte de ella. Pero sin embargo tanto las vírgenes fueron castigadas por no tener esto, como el rico fue atormentado por esta causa, y los que no han alimentado al hambriento son condenados por esto con el diablo. De nuevo, no injuriar es una parte muy pequeña de ella, sin embargo esto también expulsa a los que no lo han alcanzado. «Porque el que dice a su hermano: Necio, será reo del fuego del infierno.» [] De nuevo, incluso la continencia misma es una parte, pero sin embargo, sin esta nadie verá al Señor. Porque, «Seguid la paz,» se dice, «y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.» [] Y la humildad también de igual manera es una parte de la virtud; pero sin embargo, aunque uno cumpla otras buenas obras, pero no haya alcanzado esta, es impuro ante Dios. Y esto es manifiesto por el fariseo, quien aunque abundaba en innumerables buenas obras, por esto perdió todas.
Pero tengo también algo más que estas cosas que decir de nuevo. Quiero decir, que no solo una de ellas descuidada nos cierra el Cielo, sino que aunque se haga, pero no en debida perfección y abundancia, produce de nuevo el mismo efecto. «Porque si vuestra justicia no excediere la justicia de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los Cielos.» [] Así que aunque des limosna, pero no más que ellos, no entrarás.
¿Y cuánto daban ellos en limosnas? Uno puede preguntar. Porque esto mismo, estoy dispuesto a decir ahora, que los que no dan sean movidos a dar, y los que dan no se enorgullezcan, sino que aumenten sus dones. ¿Qué daban entonces? Un diezmo de todas sus posesiones, y de nuevo otro diezmo, y después de este un tercero, de modo que casi daban la tercera parte, pues tres diezmos juntos suman esto. Y junto con estos, primicias, y primogénitos, y otras cosas además, como, por ejemplo, las ofrendas por los pecados, las de purificación, las de las fiestas, las del jubileo, las de la cancelación de deudas, y las manumisiones de siervos, y los préstamos sin usura. Pero si el que daba la tercera parte de sus bienes, o más bien la mitad (pues esas cosas puestas junto con estas son la mitad), si entonces el que da la mitad, no logra gran cosa, el que no da ni siquiera el diezmo, ¿de qué será digno? Con razón dijo, «Pocos son los que se salvan.»
Homilía 64, § 5
5. No despreciemos, pues, el cuidado de nuestra vida. Porque si una parte de ella despreciada trae tan gran destrucción, cuando por todas partes estamos sujetos a la sentencia de condenación, ¿cómo escaparemos al castigo? ¿Y qué clase de pena no sufriremos? ¿Y qué clase de esperanza de salvación tenemos, uno puede preguntar, si cada una de las cosas que hemos enumerado nos amenaza con el infierno? Yo también digo esto; sin embargo, si atendemos podemos ser salvados, preparando las medicinas de la limosna, y atendiendo a nuestras heridas.
Porque el aceite no fortalece tanto un cuerpo, como la benevolencia fortalece a la vez un alma, y la hace invencible contra todos e inexpugnable para el diablo. Porque dondequiera que él nos agarre, su presa resbala, no permitiendo este aceite que su garra se fije en nuestra espalda.
Con este aceite, pues, ungámonos continuamente. Porque es causa de salud, y provisión de luz, y fuente de alegría. «Pero tal persona,» dirás, «tiene tantos y tantos talentos de oro, y no da nada.» ¿Y qué es eso para ti? Porque así aparecerás más digno de admiración, cuando en la pobreza seas más munífico que él. Por esto Pablo se maravilló de los macedonios, no porque dieron, sino porque aun siendo pobres dieron.
No mires, pues, a estos, sino al Maestro común de todos, que «no tenía dónde reclinar la cabeza.» [] ¿Y por qué, dices, no lo hace fulano y mengano? No juzgues a otro, sino líbrate de la acusación contra ti. Puesto que el castigo es mayor cuando tú al mismo tiempo culpas a otros, y tú mismo no lo haces, cuando juzgas a otros hombres, tú también estás de nuevo sujeto al mismo juicio. Porque si incluso a los que obran bien no les permite juzgar a otros, mucho menos lo permitirá a los ofensores. No juzguemos, pues, a otros, ni miremos a otros que están en su comodidad, sino a Jesús, y de allí saquemos nuestros ejemplos.
¡Cómo! ¿He sido yo tu benefactor? ¡Cómo! ¿Te redimí yo, para que mires a mí? Es otro quien te ha otorgado estas cosas. ¿Por qué dejas a tu Maestro, y miras a tu consiervo? ¿No le oíste decir, «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón?» [] Y de nuevo, «El que quiera ser primero entre vosotros, sea siervo de todos:» y de nuevo, «Así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir.» [] Y después de estas cosas de nuevo, no sea que ofendiéndote por los que son negligentes entre tus consiervos, continúes en desprecio; para apartarte de eso, dice, «Yo os he dado ejemplo, para que como yo he hecho, vosotros también hagáis.» [] ¿Pero no tienes maestro de virtud entre las personas que están contigo, ni alguien que te guíe a estas cosas? Más abundante entonces será la alabanza, mayor la encomienda, cuando no siendo suplido con maestros te hayas vuelto alguien digno de admiración.
Porque esto es posible, más aún, muy fácil, si estamos dispuestos: y esto lo muestran los que primero cumplieron debidamente estas cosas, como por ejemplo, Noé, Abraham, Melquisedec, Job, y todos los hombres semejantes a ellos. A ellos es menester mirar cada día, y no a estos, a quienes nunca cesas de emular, y de andar repitiendo sus nombres en tus asambleas. Porque nada más os oigo decir en todas partes, sino palabras como estas; «Fulano ha comprado tantas yugadas de tierra; fulano es rico, está edificando.» ¿Por qué miras fijamente, oh hombre, lo que está afuera? ¿Por qué miras a otros? Si quieres mirar a otros, mira a los que cumplen su deber, a los que se aprueban a sí mismos, a los que cuidadosamente cumplen la ley, no a los que se han vuelto ofensores, y están en deshonra. Porque si miras a estos, de allí recogerás muchos males, cayendo en negligencia, en orgullo, en condenación de otros; pero si cuentas entre los que obran bien, te conducirás a ti mismo a la humildad, a la diligencia, a la compunción, a las bendiciones que son innumerables.
Oye lo que sufrió el fariseo, porque dejó pasar a los que obran bien, y miró al que había ofendido; oye y teme.
Mira cómo David llegó a ser alguien digno de admiración, porque miró a sus antepasados que eran notables en virtud. «Porque forastero soy,» dice, «y peregrino, como todos mis padres fueron.» Porque este hombre, y todos los que son como él, dejaron pasar a los que habían pecado, y pensaron en los que se habían aprobado a sí mismos.
Haz tú también esto. Porque no estás puesto para juzgar las negligencias de las que otros han sido culpables, ni para inquirir en los pecados que otros cometen; se te requiere hacer juicio sobre ti mismo, no sobre otros. «Porque si nos juzgáramos a nosotros mismos,» se dice, «no seríamos juzgados, mas cuando somos juzgados, somos castigados por el Señor.» [] Pero tú has invertido el orden, no exigiéndote a ti mismo cuenta de ofensas grandes o pequeñas, sino siendo estricto y curioso sobre las ofensas de otros.
No hagamos más esto, sino que dejando este camino desordenado, levantemos un tribunal en nosotros mismos para los pecados cometidos por nosotros, convirtiéndonos en acusadores, y jueces, y verdugos de nuestras ofensas.
Pero si es tu voluntad ocuparte también de las cosas de otros hombres, ocúpate de sus buenas obras, no de sus pecados, para que tanto por el recuerdo de nuestras negligencias como por nuestra emulación de las buenas obras que ellos han hecho, y poniendo ante nosotros el tribunal del que ningún ruego puede librar, heridos cada día por nuestra conciencia como por una especie de aguijón, podamos conducirnos a la humildad, y a una mayor diligencia, y alcanzar los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo; con quien sea al Padre, junto con el Espíritu Santo, gloria, poder, honor, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.