Homilía 74, § 1
«¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis sus monumentos, y decís: Si hubiéramos estado en los días de nuestros padres, no habríamos sido partícipes con ellos en la sangre de los profetas.»
No porque edifiquen, ni porque censuren a los otros, dice "ay", sino porque, aun haciendo ambas cosas y aparentando con sus palabras condenar a sus padres, obran peor. Porque, en prueba de que la condena era fingida, dice Lucas: consentís, porque edificáis; pues, «¡Ay de vosotros!», dice, «que edificáis los sepulcros de los profetas, y vuestros padres los mataron. En verdad dais testimonio, y consentís en las obras de vuestros padres; porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros.» [] Porque aquí reprende el propósito con que edificaban: que no era para honrar a los muertos, sino para hacer ostentación de los asesinatos; y porque, temiendo que, al perecer los sepulcros con el tiempo, la prueba y memoria de tamaña audacia se desvaneciera, erigen esos espléndidos edificios como una especie de trofeo, enorgulleciéndose de las audacias de aquellos hombres y haciendo exhibición de ellas.
Porque las cosas que ahora osáis hacer muestran que también hacéis estas cosas con ese mismo espíritu. Pues, aunque decís lo contrario, dice, como si los condenarais, por ejemplo: «Nosotros no habríamos sido partícipes con ellos si hubiéramos vivido en sus días», es evidente la disposición con que decís estas cosas. Por lo cual, aun desplegándolo oscuramente, lo ha expresado. Porque cuando había dicho: «Si hubiéramos estado en los días de nuestros padres, no habríamos sido partícipes con ellos en la sangre de los profetas», añadió: «Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas». ¿Y qué culpa hay en ser hijo de un homicida, si uno no participa del ánimo de su padre? Ninguna. De donde es evidente que por esto mismo se lo echa en cara, insinuando su afinidad en la maldad.
Y esto es manifiesto también por lo que sigue; añade al menos: «¡Serpientes, generación de víboras!» [] Porque así como aquellas bestias se asemejan a sus progenitores en lo destructivo de su veneno, así también vosotros os asemejáis a vuestros padres en la sanguinariedad.
Luego, porque estaba escudriñando el temple de su ánimo, que para la mayoría resulta oscuro, a partir de las cosas que ellos estaban a punto de perpetrar, que serían manifiestas a todos, confirma sus palabras. Porque, como había dicho: «Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas», dando a entender que habla de su afinidad en la maldad y que era fingido el decir: «Nosotros no habríamos sido partícipes con ellos», añadió: «¡Colmad, pues, la medida de vuestros padres!» [] No mandando, sino declarando de antemano lo que había de ser, es decir, su propio asesinato.
Por tanto, habiendo presentado la refutación contra ellos y habiendo mostrado que eran fingimientos lo que decían en su propia defensa, como por ejemplo: «No habríamos sido partícipes con ellos» (porque los que no se abstienen del Señor, ¿cómo se habrían abstenido de los siervos?), hace después su lenguaje más condenatorio, llamándolos «serpientes y generación de víboras», y diciendo: «¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?», ¿perpetrando al mismo tiempo tales cosas, negándolas y disimulando vuestro propósito?
Luego, reprendiéndolos con más fuerza también por otra causa, dice: «He aquí, yo os envío profetas, sabios y escribas; y a unos los mataréis y crucificaréis, y a otros los azotaréis en vuestras sinagogas». Para que no dijeran: «Aunque crucificamos al Señor, de los siervos nos habríamos abstenido, si hubiéramos estado entonces»; «He aquí», dice, «también os envío siervos, profetas asimismo, y ni aun a éstos perdonaréis». Y dice estas cosas mostrando que no era nada extraño que Él fuera asesinado por aquellos hijos, siendo homicidas y engañosos, y teniendo mucha astucia, y sobrepasando a sus padres en sus ultrajes.
Y además de lo dicho, muestra que son también sobremanera vanagloriosos. Pues cuando dicen: «Si hubiéramos estado en los días de nuestros padres, no habríamos sido partícipes con ellos», hablaban por vanagloria, y practicaban la virtud sólo de palabra, pero en sus obras hacían lo contrario.
¡Serpientes, generación de víboras!, es decir, hijos malvados de hombres malvados, y más malvados que quienes los engendraron. Pues muestra que cometen crímenes mayores, tanto por cometerlos después de aquellos, como por hacer cosas mucho más graves que ellos; y esto, aun afirmando positivamente que jamás habrían caído en lo mismo. Pues añaden lo que es a la vez el término y la corona de sus malas obras. Porque los otros mataron a los que venían a la viña; pero éstos, tanto al hijo como a los que los invitaban a las bodas.
Pero dice estas cosas para separarlos del parentesco con Abraham y para mostrar que ninguna ventaja tenían de allí, a menos que siguieran sus obras; por lo cual añade también: «¿Cómo podréis escapar de la condenación del infierno?», cuando seguís a los que cometieron tales actos.
Y aquí les trae a la memoria la acusación de Juan, porque también él los llamó con este nombre y les recordó el juicio venidero. Luego, porque no se alarman en nada por el juicio y el infierno, por razón de no creer en ellos y porque la cosa es futura, los atemoriza con las cosas presentes, y dice: «Por tanto, he aquí, yo os envío profetas y escribas; y a unos los mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todas estas cosas vendrán sobre esta generación.» []
Homilía 74, § 2
2. Ved por cuántas cosas los ha amonestado. Dijo: Condenáis a vuestros padres, en cuanto decís: «No habríamos sido partícipes con ellos»; y esto no es poca cosa para avergonzarlos. Dijo: Mientras los condenáis a ellos, vosotros mismos hacéis cosas peores; y esto basta para cubrirlos de deshonra. Dijo: Estas cosas no quedarán sin castigo; y con ello les infunde un temor que excede las palabras. Al menos les ha recordado el infierno. Luego, porque aquello era venidero, les trajo a casa los terrores como ya presentes: «Porque todas estas cosas vendrán», dice, «sobre esta generación».
Añadió también una severidad indecible a la venganza, diciendo que sufrirán cosas más graves que todos; y, sin embargo, con ninguna de estas cosas se hicieron mejores. Pero si alguno dice: ¿Y por qué sufren más gravemente que todos? Diríamos: Porque ellos primero cometieron cosas más graves que todos, y con ninguna de las cosas que se les han hecho han sido reducidos a sano juicio.
¿No oíste a Lamec diciendo: «De Lamec se tomará venganza setenta veces siete»? [] es decir: «Soy digno de más castigo que Caín». ¿Por qué habría de ser esto? Pues él no mató a su hermano; sino porque ni siquiera con su ejemplo fue traído a mejor ánimo. Y esto es lo que Dios dice en otra parte: «Que castiga los pecados de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen». No como si uno hubiera de sufrir castigo por crímenes cometidos por otros, sino porque los que después de muchos pecados han sido castigados, y sin embargo no se han hecho mejores, sino que han cometido las mismas ofensas, son justamente dignos de sufrir también sus castigos.
Pero ved cuán oportunamente mencionó también a Abel, indicando que este asesinato es asimismo fruto de envidia. ¿Qué tenéis, pues, que decir? ¿No sabéis lo que sufrió Caín? ¿Guardó Dios silencio ante sus obras? ¿No exigió la pena más severa? ¿No oísteis lo que sufrieron vuestros padres cuando mataron a los profetas? ¿No fueron entregados a castigos e infinitas penas de venganza? ¿Cómo, pues, no os hicisteis mejores? ¿Y por qué hablo de los castigos de vuestros padres y de lo que sufrieron? Tú, que condenas a tus propios padres, ¿cómo es que haces cosas peores? Porque además vosotros mismos habéis declarado: «A aquellos malvados los destruirá miserablemente». [] ¿Qué favor tendréis, pues, después de esto, cometiendo tales cosas después de tal sentencia?
Pero ¿quién es este Zacarías? Unos dicen que el padre de Juan; otros, que el profeta; otros, que un sacerdote con dos nombres diferentes, a quien la Escritura llama también hijo de Joiada.
Mas advierte esto: que el ultraje fue doble. Porque no sólo mataron a hombres santos, sino también en lugar santo. Y al decir estas cosas, no sólo los alarmó, sino que también consoló a sus discípulos, mostrando que también los justos que fueron antes que ellos padecieron estas cosas. Pero a éstos los alarmó, prediciendo que, así como aquéllos pagaron su pena, así también éstos sufrirían los peores extremos. Por eso los llama «profetas, sabios y escribas», quitándoles aun con esto toda excusa. «Porque no podéis decir», dice, «Enviaste de entre los gentiles, y por eso nos escandalizamos»; sino que fueron arrastrados a esto por ser homicidas y sedientos de sangre. Por lo cual también dijo de antemano: «Por esta causa os envío profetas y escribas». Esto les echaban también en cara los profetas, diciendo: «Mezclan sangre con sangre», y que son hombres de sangre. Por esto también mandó que la sangre se le ofreciera, mostrando que si en un animal es así de preciosa, mucho más en un hombre. Lo cual dice asimismo a Noé: «Yo pediré cuenta de toda sangre derramada». [] Y diez mil cosas semejantes podría uno hallar que Él ordena acerca de no cometer homicidio; por lo cual les mandó ni siquiera comer lo estrangulado.
¡Oh amor de Dios hacia el hombre! Que, aunque sabía de antemano que de nada aprovecharían, aun así hace su parte. Pues enviaré, dice, sabiendo que serían muertos. De modo que aun con esto quedaban convictos de decir vanamente: «No habríamos sido partícipes con nuestros padres». Porque éstos también mataron profetas aun en sus sinagogas, y no respetaron ni el lugar ni la dignidad de las personas. Pues no mataron a personas comunes, sino a profetas y sabios, contra quienes nada tenían que reprochar. Y con éstos se refiere a los apóstoles y a los que vinieron después de ellos, pues, en efecto, muchos profetizaron. Luego, queriendo agravar sus temores, dice: «De cierto, de cierto os digo que todas estas cosas vendrán sobre esta generación»; es decir, traeré todo sobre vuestras cabezas y haré dura la venganza. Porque el que sabía que muchos habían pecado y no escarmentó, sino que él mismo ha cometido de nuevo los mismos pecados, y no sólo los mismos, sino también mucho más graves, con justicia merecería sufrir un castigo mucho más grave que ellos. Pues así como, si hubiera querido, habría ganado mucho si se hubiera hecho mejor con sus ejemplos, de la misma manera, puesto que continuó sin enmienda, es reo de una venganza más pesada, por haber tenido el beneficio de más advertencia en los que habían pecado antes y habían sido castigados, sin haber sacado provecho alguno.
Homilía 74, § 3
3. Luego dirige su discurso a la ciudad, queriendo también de este modo corregir a sus oyentes, y dice: «¡Jerusalén, Jerusalén!» [] ¿Qué significa la repetición? Es la manera de quien se compadece de ella, la llora y la ama entrañablemente. Porque, como a una mujer amada, amada ella en verdad siempre, pero que había despreciado al que la amaba, y por eso a punto de ser castigada, le ruega, estando ya a punto de infligir el castigo. Lo cual hace también en los profetas, usando estas palabras: «Dije: Vuélvete a mí, y ella no se volvió». []
Luego, habiéndola llamado, cuenta también sus obras manchadas de sangre: «Tú, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise juntar a tus hijos, y no quisiste!» En esto también aboga por su propio proceder; ni siquiera con estas cosas me has apartado, ni me has retraído de mi gran afecto hacia ti, sino que era mi deseo, aun así, no una ni dos veces, sino a menudo, atraerte a mí. «Porque ¿cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos, y no quisiste?» Y dice esto para mostrar que ellos se dispersaban siempre a sí mismos con sus pecados. Y su afecto lo indica con la semejanza; pues, en efecto, la criatura es cálida en el amor hacia su cría. Y en todas partes en los profetas está esta misma imagen de las alas, y en el cántico de Moisés y en los Salmos, indicando su gran protección y cuidado.
«Pero no quisisteis», dice. «He aquí vuestra casa os es dejada desierta» [], despojada del socorro que viene de mí. Ciertamente era el mismo que antes los protegía, los mantenía unidos y los preservaba; ciertamente era Él quien de continuo los castigaba. Y les señala un castigo que siempre habían temido sobremanera; pues declaraba el total trastorno de su constitución política. «Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor». [] Y éste es el lenguaje de uno que ama entrañablemente, atrayéndolos con vehemencia hacia Él por las cosas venideras, no sólo amonestándolos con las pasadas; pues aquí habla del día futuro de su segunda venida.
¿Qué, pues? ¿No le vieron desde entonces? Pero no es aquella hora la que Él quiere decir con "desde ahora", sino el tiempo hasta su crucifixión.
Puesto que lo acusaban de continuo de esto, de que era una especie de Dios rival y enemigo de Dios, por esto los mueve a amarlo, a saber, mostrándose en plena concordia con su Padre; e indica que Él mismo es el que estaba en los profetas. Por lo cual usa también las mismas palabras que usaron los profetas.
Y con estas cosas dio a entender tanto su resurrección como su segunda venida, y lo hizo patente aun a los absolutamente incrédulos, de que entonces ciertamente lo adorarían. ¿Y cómo lo hizo patente? Hablando de muchas cosas que primero habían de suceder: que enviaría profetas, que ellos los matarían; que esto sucedería en las sinagogas; que sufrirían los peores extremos; que su casa quedaría desierta; que pasarían por cosas más graves que nadie, y tales como nunca antes se habían padecido. Porque todas estas cosas bastan para dar aun a los más insensatos y contenciosos una prueba clara de lo que habría de acontecer en su venida.
Porque yo les preguntaré: ¿Envió a los profetas y sabios? ¿Los mataron en su sinagoga? ¿Quedó su casa desierta? ¿Vino toda la venganza sobre aquella generación? Es del todo evidente que así fue, y nadie lo contradice. Así como, pues, todas estas cosas acontecieron, así también aquéllas acontecerán, y muy ciertamente se someterán entonces.
Pero de ahí no sacarán ventaja alguna para su defensa, como tampoco la sacarán entonces los que se arrepientan de su modo de vida.
Por tanto, hagamos el bien mientras es tiempo. Porque así como ellos en adelante no sacaron provecho alguno de su conocimiento, tampoco nosotros lo sacaremos de nuestro arrepentimiento por nuestras maldades. Pues ni al piloto, cuando la nave se hunde en el mar por su negligencia, le quedará ya nada; ni al médico, cuando el enfermo ha partido; sino que cada uno de ellos debe antes del fin idear y ejecutar todas las cosas, para no verse envuelto en peligro ni vergüenza; pero después de esto, todo es inútil.
Enviemos, pues, también nosotros, mientras estamos enfermos, por médicos, gastemos dinero y pongamos diligencia incesante, para que, levantándonos de nuestra aflicción, partamos de aquí con salud.
Y cuánto cuidado ponemos en nuestros siervos cuando sus cuerpos están enfermos, tanto mostremos hacia nosotros mismos cuando nuestra alma está enferma. Y, en verdad, estamos más cerca de nosotros mismos que de nuestros siervos, y nuestras almas son más necesarias que aquellos cuerpos; pero, no obstante, bien sería si pusiéramos al menos una diligencia igual. Porque si no hacemos esto ahora, una vez idos, en adelante no obtendremos nada más como excusa.
Homilía 74, § 4
4. ¿Quién hay tan miserable, podría decir alguno, que no muestre siquiera tanto cuidado como éste? ¿Por qué? Esto es lo maravilloso: que nos tenemos en tan poca estima a nosotros mismos, que nos despreciamos más que a nuestros siervos. Porque cuando nuestros siervos enferman de fiebre, mandamos llamar médicos, hacemos separación en la casa y les obligamos a obedecer las leyes de aquel arte; y si las descuidan, nos enojamos con ellos, y ponemos personas que los vigilen, las cuales, aun cuando ellos lo deseen, no les permitirán saciar su deseo; y si los que cuidan de estas personas dijeran que se han de procurar medicinas a gran costo, cedemos; y cuanto ordenen, obedecemos, y les pagamos salario por estas prescripciones.
Pero cuando estamos enfermos (o más bien, no hay tiempo en que no lo estemos), no llamamos siquiera al médico, no gastamos dinero, sino que, como si se tratara de algún ladrón, enemigo o adversario, así descuidamos nuestra alma. Y digo estas cosas no reprobando nuestra atención hacia los siervos, sino considerando conveniente tomar al menos tanto cuidado de nuestras almas. ¿Y cómo lo haremos? Podría decir alguno. Muéstrala a Pablo cuando está enferma; llama a Mateo; deja que Juan se siente junto a ella. Escucha de ellos lo que debemos hacer los que estamos así enfermos; ciertamente lo dirán y no lo ocultarán. Porque no están muertos, sino que viven y hablan. ¿Pero el alma no les presta atención, abrumada por la fiebre? Tú mismo oblígala y despierta su razón. Llama a los profetas. No hay necesidad de pagar dinero a estos médicos, porque ni ellos piden salario para sí, ni por las medicinas que preparan te obligan a gastar, excepto en limosnas; pero en todo lo demás incluso aumentan tus posesiones; como, por ejemplo, cuando te piden que seas sobrio, te libran de gastos inoportunos y equivocados; cuando te dicen que te abstengas de la embriaguez, te hacen más rico. ¿Ves la habilidad de los médicos, que además de la salud, te suministran también riquezas? Siéntate, pues, junto a ellos y aprende de ellos la naturaleza de tu enfermedad. Por ejemplo, ¿amas la riqueza y la ganancia codiciosa, como el que tiene fiebre ama el agua? Escucha al menos sus amonestaciones. Porque así como el médico te dice: Si quieres satisfacer tu deseo, perecerás y sufrirás esto o aquello; así también Pablo: «Los que quieren enriquecerse caen en tentación y en lazo del diablo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición.» []
¿Pero eres impaciente? Óyele decir: «Aún un poco, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. [] El Señor está cerca; por nada estéis afanosos;» [] y de nuevo, «La apariencia de este mundo pasa.» []
Porque no sólo manda, sino que también consuela, como debe hacer un médico. Y así como ellos inventan otras cosas en lugar de las frías, así este hombre desvía el deseo por otro camino. ¿Quieres ser rico?, dice; que sea «en buenas obras.» ¿Deseas atesorar? No lo prohíbo en absoluto; sólo que sea en el Cielo.
Y así como el médico dice que lo frío daña los dientes, los nervios, los huesos; así también él, más brevemente, en verdad, por cuidar de la brevedad, pero mucho más clara y poderosamente, dice: «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero.» []
¿De qué, pues, debe uno hacer uso? Él dice también esto: del contentamiento en lugar de la avaricia. «Porque el contentamiento,» dice, «con la piedad es gran ganancia.» [] Pero si estás descontento, y deseas más, y aún no eres capaz de desechar todas las cosas superfluas, él dice también al que está así enfermo cómo debe manejar estas cosas también. «Que los que se gozan en las riquezas, sean como si no se gozasen; y los que tienen, como si no poseyesen; y los que usan de este mundo, como si no usasen de él.» []
¿Ves qué clase de cosas ordena? ¿Llamarás también a otro médico además? A mí al menos me parece bien. Porque estos médicos no son como los del cuerpo, que a menudo, compitiendo entre sí, abruman al enfermo. Pero no así éstos, pues atienden a la salud de los enfermos, no a su propia vanagloria. No temas, pues, su número; un solo Maestro habla en todos, es decir, Cristo.
Homilía 74, § 5
5. Mira, por ejemplo, a otro que entra de nuevo y dice cosas severas acerca de esta enfermedad, o más bien es el Maestro por medio de él: «No podéis servir a Dios y a las riquezas.» [] Sí, dice, ¿y cómo serán estas cosas? ¿Cómo cesaremos del deseo? De aquí podemos aprender esto también. ¿Y cómo lo sabremos? Óyele decir esto también: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan.» []
¿Ves cómo, por el lugar, por las cosas que allí se corrompen, aparta a los hombres de este deseo de aquí y los clava en el Cielo, donde todas las cosas son inexpugnables? Porque si transfieres tu riqueza allí donde ni el orín ni la polilla corrompen, ni ladrones minan y hurtan, expulsarás esta enfermedad y establecerás tu alma en la mayor abundancia.
Y junto con lo dicho, presenta también un ejemplo para enseñarte la moderación. Y así como el médico, para alarmar al enfermo, dice que tal persona murió por beber agua fría; así también Él introduce al hombre rico, [] que trabaja ciertamente y anhela vida y salud, pero no puede alcanzarlas por haber puesto su corazón en la avaricia, y se va vacío. Y además de éste, otro evangelista te muestra a otro, aquel que estaba en tormentos, [] y no era dueño ni de una gota de agua. Luego, mostrando que sus mandamientos son fáciles, dice: «Mirad las aves del cielo.» [] Pero siendo compasivo, no permite que ni siquiera el rico desespere. «Porque lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios,» [] dice. Porque aunque seas rico, el médico puede curarte. Pues no quitó la riqueza, sino el ser esclavo de las riquezas y amante de la ganancia codiciosa.
¿Cómo, pues, es posible que el rico se salve? Poseyendo sus bienes en común con los necesitados, siendo como fue Job, y exterminando de su alma el deseo de más, y no excediendo en nada la necesidad real.
Te muestra junto con éstos también a este mismo publicano, que estaba gravemente oprimido por la fiebre de la avaricia, y fue rápidamente liberado de ella. Porque ¿qué hay más sórdido que un publicano? Sin embargo, el hombre se volvió indiferente a la riqueza por obedecer las leyes del médico. Porque en verdad tiene por discípulos a personas como éstas, que estaban enfermas de las mismas enfermedades que nosotros y han recuperado la salud rápidamente. Y nos muestra a cada uno para que no desesperemos. Mira al menos a este publicano. Marca de nuevo a otro, un jefe de publicanos, que prometió dar el cuádruplo de todo lo que había defraudado, y la mitad de todo lo que poseía, para recibir a Jesús.
¿Pero ardes en deseo excesivo de riquezas? Ten las posesiones de todos los hombres en lugar de las tuyas. Porque ciertamente te doy, dice, más de lo que buscas, abriéndote las casas de los ricos en todo el mundo. «Porque cualquiera que haya dejado padre o madre, o tierras, o casa, recibirá cien veces más.» [] Así no sólo disfrutarás de posesiones más abundantes, sino que incluso eliminarás por completo esta sed penosa, y soportarás todas las cosas fácilmente, tan lejos de desear más, que a menudo ni siquiera buscarás lo necesario. Así Pablo sufre hambre, y es tenido en mayor honor que cuando comía. Porque así como un luchador, cuando compite y gana coronas, no elegiría dejarlo y estar en reposo; y un mercader que se ha embarcado en viajes por mar no desearía después estar ocioso.
Y nosotros, por tanto, si gustáramos como debemos de los frutos espirituales, en adelante ni siquiera tendríamos en cuenta las cosas presentes, poseídos por el deseo de las cosas venideras como por una nobilísima embriaguez.
Gustemos, pues, de ellos, para que seamos librados de la turbación de las cosas presentes y alcancemos los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
Homilía 75, § 1
Mateo 24:1-2.
«Y Jesús salió del templo y se fue. Y se acercaron sus discípulos para mostrarle los edificios del templo. Y Él respondió y les dijo: ¿No veis todas estas cosas? De cierto os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada.»
Pues como había dicho: "Vuestra casa os es dejada desierta", y antes les había advertido de muchas cosas dolorosas; por eso los discípulos, al oír estas cosas, como maravillados, se acercaron a Él mostrándole la hermosura del templo, y preguntándose si tanta hermosura sería destruida, y materiales tan costosos, y variedad de obra inefable; Él ya no les habla de mera desolación, sino que predice una destrucción total. "¿No veis todas estas cosas?", dice, "¿y os maravilláis, y os asombráis? No quedará piedra sobre piedra." ¿Cómo, pues, quedó? Podría decir alguno. ¿Pero qué es esto? Porque ni así ha caído por tierra la predicción. Pues dijo estas cosas o indicando su total desolación, o en aquel lugar donde Él estaba. Porque hay partes de él destruidas hasta los cimientos.
Y junto con esto diríamos también otra cosa: que por lo ya sucedido, aun los más contenciosos deberían creer respecto de los restos, que han de ser completamente destruidos.
«Y estando Él sentado en el monte de los Olivos, se le acercaron los discípulos aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?» []
Por eso se acercaron a Él aparte, porque de tales asuntos querían preguntar. Pues estaban en angustia por saber el día de su venida, a causa de su ardiente deseo de contemplar aquella gloria, que es causa de innumerables bendiciones. Y dos cosas le preguntan: ¿cuándo serán estas cosas? Es decir, la destrucción del templo; y ¿cuál es la señal de tu venida? Pero Lucas dice [] que la pregunta era una sola, acerca de Jerusalén, como si supusieran que entonces es su venida. Y Marcos dice que no todos preguntaron acerca del fin de Jerusalén, sino Pedro y Juan, por tener mayor libertad de palabra.
¿Qué dice, pues, Él? «Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis; porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.» []
Pues como sentían que se les hablaba de venganza que caería sobre otros al oír de lo que había de venir sobre Jerusalén, y como si ellos hubieran de estar fuera de las turbaciones, y soñaban sólo con cosas buenas, y esperaban que éstas les sobrevinieran muy pronto; por eso de nuevo les predice cosas dolorosas, haciéndolos diligentes, y mandándoles velar por dos motivos: para no ser seducidos por el engaño de los que los engañarían, y para no ser vencidos por la violencia de los males que los alcanzarían.
Porque la guerra, dice, será doble: la de los engañadores y la de los enemigos, pero la primera mucho más grave, por venir sobre ellos en la confusión y las turbaciones, y cuando los hombres estaban aterrorizados y turbados. Pues ciertamente grande era entonces la tormenta, cuando el poder romano comenzaba a florecer, y las ciudades eran tomadas, y campamentos y armas se ponían en movimiento, y muchos creían con facilidad.
Pero de guerras en Jerusalén está hablando; porque no es ciertamente de las de afuera, y en todo el mundo; pues ¿qué les importaban éstas? Y además, no diría nada nuevo si hablara de las calamidades del mundo en general, que ocurren siempre. Porque antes de esto, hubo guerras, y tumultos, y peleas; pero habla de las guerras judías que vendrían sobre ellos a no mucha distancia, porque de ahí en adelante las armas romanas eran motivo de ansiedad. Pues como estas cosas también eran suficientes para confundirlos, Él las predice todas.
Luego, para mostrar que Él mismo también atacará a los judíos junto con ellas, y guerreará contra ellos, no habla sólo de batallas, sino también de plagas enviadas por Dios, hambres, pestilencias y terremotos, mostrando que las guerras también Él mismo permitió que vinieran sobre ellos, y que estas cosas no suceden sin propósito según el curso acostumbrado de las cosas entre los hombres, sino que proceden de la ira de lo alto.
Por eso dice que vendrán no por sí mismas ni de una vez, sino con señales. Pues para que los judíos no digan que los que entonces creyeron fueron los autores de estos males, por eso les ha dicho también la causa de su venida sobre ellos. «Porque de cierto os digo,» dijo antes, «todas estas cosas vendrán sobre esta generación,» habiendo hecho mención de la mancha de sangre sobre ellos.
Luego, para que al oír de las lluvias de males no supongan que el evangelio ha sido quebrantado, añadió: «Mirad, no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca,» es decir, lo que predije, y la cercanía de las tentaciones no anulará nada de lo que he dicho; sino que habrá tumultos y confusión, pero nada sacudirá mis predicciones.
Luego, como había dicho a los judíos: «No me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor;» y los discípulos supusieron que junto con la destrucción sería también el fin; para corregir este pensamiento secreto de ellos, dijo: «Pero aún no es el fin.» Pues que sospechaban como dije, lo aprendéis por su pregunta. Porque, ¿qué preguntaron? ¿Cuándo serán estas cosas? es decir, ¿cuándo será destruida Jerusalén? ¿Y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?
Pero Él no respondió nada directamente a esta pregunta, sino que primero habla de aquellas otras cosas que son urgentes y que era necesario que aprendieran primero. Porque ni de Jerusalén inmediatamente, ni de su propia segunda venida, habló, sino tocando los males que habían de salirles al encuentro a las puertas. Por lo cual también los hace diligentes en sus esfuerzos, diciendo: «Mirad que nadie os engañe; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo.»
Después, cuando los ha despertado para escuchar acerca de estas cosas (porque, «mirad,» dice, «que nadie os engañe» ); y habiéndolos hecho enérgicos, y preparado para velar, y habiendo hablado primero de los falsos Cristos, entonces habla de los males de Jerusalén, asegurándoles siempre por las cosas ya pasadas, aunque eran necios y contenciosos, las que aún habían de venir.
Homilía 75, § 2
2. Pero por «guerras y rumores de guerras,» quiere decir, lo que antes dije, las tribulaciones que vienen sobre ellos. Después de esto, porque, como ya he dicho, supusieron que después de aquella guerra vendría el fin, mira cómo les advierte, diciendo: «Pero aún no es el fin. Porque se levantará nación,» dice, «contra nación, y reino contra reino.» [] De los preludios de los males de los judíos habla. «Todas estas cosas son principio de dolores,» es decir, de los que les sobrevienen. «Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán.»
En buena sazón introdujo sus males, teniendo consuelo de las miserias comunes; y no sólo de esta manera, sino también añadiendo que es «por causa de mi nombre. Porque seréis aborrecidos,» dice, «de todos por causa de mi nombre. Entonces muchos se escandalizarán, y se entregarán unos a otros, y muchos falsos Cristos y falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos. Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.»
Este es el mal mayor, cuando la guerra es también intestina, porque había muchos falsos hermanos. ¿Ves que la guerra es triple? De los engañadores, de los enemigos, de los falsos hermanos. Mira también a Pablo lamentándose de las mismas cosas, y diciendo: «De fuera, conflictos; de dentro, temores;» [] y, «peligros entre falsos hermanos,» [] y de nuevo, «Porque éstos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo.» []
Después de esto, lo que es más grave que todo, no tendrán siquiera el consuelo del amor. Luego, indicando que estas cosas en nada dañarán a los nobles y firmes, dice: No temáis, ni os turbéis. Porque si mostráis la paciencia que os conviene, los peligros no prevalecerán contra vosotros. Y es prueba clara de esto, que la palabra ciertamente será predicada en todo el mundo, tanto estaréis por encima de las cosas que os alarman. Pues, para que no digan: ¿cómo, pues, viviremos? Dijo más: Viviréis y predicaréis en todas partes. Por eso añadió además: «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin,» de la caída de Jerusalén.
Pues en prueba de que quería decir esto, y que antes de la toma de Jerusalén el evangelio fue predicado, oye lo que dice Pablo: «Por toda la tierra ha salido la voz de ellos;» [] y de nuevo, «El evangelio que ha sido predicado a toda criatura debajo del cielo.» [] ¿Y lo ves corriendo desde Jerusalén hasta España? Y si uno tomó tan grande porción, considera lo que también obraron los demás. Pues escribiendo también a otros, Pablo dice de nuevo acerca del evangelio, que «lleva fruto y crece en toda criatura debajo del cielo.»
¿Pero qué significa: «Para testimonio a todas las naciones?» Porque aunque fue predicado en todas partes, no fue creído en todas partes. Fue para testimonio, dice, a los que no creían, es decir, para convicción, para acusación, para testimonio; porque los que creyeron darán testimonio contra los que no creyeron, y los condenarán. Y por esta causa, después que el evangelio es predicado en toda parte del mundo, Jerusalén es destruida, para que no tengan ni siquiera sombra de excusa para su perversidad. Pues los que vieron su poder brillar por todo lugar, y en un instante tomar cautivo al mundo, ¿qué excusa podrían tener entonces para continuar en la misma perversidad? Pues en prueba de que era predicado en todas partes en aquel tiempo, oye lo que dice Pablo: «del evangelio que ha sido predicado a toda criatura debajo del cielo.» []
Lo cual es también una señal muy grande del poder de Cristo, que en veinte o a lo sumo treinta años la palabra había llegado a los confines del mundo. «Después de esto, por tanto,» dice, «vendrá el fin de Jerusalén.» Pues que Él da a entender esto fue manifestado por lo que sigue.
Pues introdujo también una profecía, para confirmar su desolación, diciendo: «Por tanto, cuando veáis la abominación de la desolación, dicha por el profeta Daniel, puesta en el lugar santo, el que lee, entienda.» Los refirió a Daniel. Y por «abominación» quiere decir la estatua del que entonces tomó la ciudad, la cual el que asoló la ciudad y el templo colocó dentro del templo, por lo cual Cristo la llama «de la desolación.» Además, para que aprendieran que estas cosas serán mientras algunos de ellos estén vivos, por eso dijo: «Cuando veáis la abominación de la desolación.»
Homilía 75, § 3
3. De donde uno puede maravillarse muchísimo del poder de Cristo y del valor de ellos, porque predicaron en tales tiempos, en los cuales especialmente el estado judío era combatido, en los cuales especialmente los hombres los consideraban como promotores de sedición, cuando César mandó que todos ellos fueran expulsados. [] Y el resultado fue el mismo que si alguien (cuando el mar estaba agitado por todas partes, y la oscuridad llenaba todo el aire, y se sucedían los naufragios, y todos sus compañeros de navegación estaban en lucha arriba, y monstruos se levantaban de abajo, y con las olas devoraban a los marineros, y caían rayos, y había piratas, y los de la embarcación conspiraban unos contra otros), mandara a hombres inexpertos en la navegación, y que ni siquiera habían visto el mar, sentarse al timón, y guiar y combatir la nave, y cuando una flota inmensa venía contra ellos con gran aparato, usando una sola barca, con su tripulación en este estado perturbado, hundir y someter a la flota. Pues ciertamente por los paganos eran odiados como judíos, y por los judíos eran apedreados, como guerreando contra sus leyes; y en ninguna parte podían estar firmes.
Así eran todas las cosas, precipicios, y escollos, y rocas, las cosas en las ciudades, las cosas en los campos, las cosas en las casas, y cada persona estaba en guerra con ellos; generales y gobernantes, y personas privadas, y todas las naciones, y todos los pueblos, y un tumulto que no puede expresarse con palabras. Porque la raza judía era sumamente detestable para el gobierno de los romanos, por haberles causado innumerables problemas; y ni siquiera de esto sufrió daño la predicación de la palabra; sino que la ciudad fue asaltada y prendida fuego, e involucró a sus habitantes en incontables males; pero los apóstoles que vinieron de allí, introduciendo leyes nuevas, prevalecieron incluso sobre los romanos.
¡Oh hechos extraños y maravillosos! Innumerables miríadas de judíos sometieron entonces los romanos, y no prevalecieron sobre doce hombres que luchaban contra ellos desnudos y desarmados. ¿Qué lenguaje puede expresar este milagro? Porque los que enseñan necesitan tener estas dos cosas: ser dignos de crédito, y ser amados por aquellos a quienes instruyen; y junto con éstas, y además de ellas, que sus dichos sean fáciles de recibir, y que el tiempo esté libre de problemas y tumultos.
Pero entonces todo lo contrario de éstas. Porque mientras no parecían dignos de crédito, estaban apartando de los que sí parecían dignos de él, a los que habían sido engañados por ellos. Lejos de ser amados, eran incluso odiados, y apartaban a los hombres de lo que amaban, tanto costumbres, como hábitos hereditarios, y leyes.
De nuevo, sus mandamientos tenían gran dificultad; pero las cosas de las que apartaban a los hombres, mucho placer. Y muchos eran los peligros, muchas las muertes, tanto ellos mismos como los que les obedecían sufrían, y junto con todo esto, el tiempo también les ocasionaba mucha dificultad, rebosante de guerras, tumultos, disturbios, de modo que, incluso si no hubiera habido ninguna de las cosas que hemos mencionado, habría trastornado completamente todas las cosas.
Tenemos buena ocasión para decir: «¿Quién contará las obras poderosas del Señor, y hará oír todas sus alabanzas?» Porque si su propio pueblo en medio de señales no escuchó a Moisés, por causa del barro solamente, y los ladrillos; ¿quién persuadió a éstos, que cada día eran golpeados y muertos, y sufrían males incurables, a dejar una vida tranquila, y preferir a ésta que rebosaba de sangre y muerte, y eso cuando los que la predicaban les eran extraños, y muy hostiles en todo sentido? Pues no digo a naciones y ciudades y pueblos, sino a una casa pequeña traiga uno al que es odiado por todos los que están en la casa, y por él intente apartarlos de los que aman, del padre, de la esposa, del hijo, ¿no será ciertamente visto despedazado, antes de haber abierto la boca? Y si además se añade un tumulto y contienda de esposo y esposa en la casa, ¿no lo apedrearán hasta la muerte antes de que pise el umbral? Y si también es uno al que fácilmente desprecian, y que ordena cosas irritantes, y manda a los que viven en lujo practicar el dominio propio, y junto con esto el conflicto sea contra los que son mucho más numerosos y lo superan, ¿no es del todo manifiesto que será completamente destruido? Sin embargo, esto, que es imposible de hacer en una casa, esto ha logrado Cristo en todo el mundo, a través de precipicios y hornos, y barrancos, y rocas, y tierra y mar en guerra contra Él, trayendo a los sanadores del mundo.
Y si queréis aprender estas cosas con más distinción, quiero decir, las hambres, las pestilencias, los terremotos y las demás calamidades, leed la historia de estas cosas compuesta por Josefo, y lo sabréis todo con exactitud. Por eso Él mismo también dijo: «No os turbéis, porque todo ha de ser;» y: «El que persevere hasta el fin, ése será salvo;» y: «El Evangelio ciertamente será predicado en todo el mundo.» Porque cuando estaban debilitados y desfallecientes por el temor de lo dicho, Él los anima diciendo: Aunque se hagan diez mil cosas, el Evangelio debe ser predicado en todas las partes del mundo, y entonces vendrá el fin.
Homilía 75, § 4
4. ¿Veis en qué estado estaban entonces las cosas, y cuán múltiple era la guerra? Y esto es el comienzo, cuando cada una de las cosas que habían de efectuarse requería sobre todo quietud. ¿En qué estado estaban, pues? Porque nada nos impide volver a tomar las mismas cosas. La primera guerra fue la de los engañadores; «Porque vendrán», dice, «falsos Cristos y falsos profetas»; la segunda, la de los romanos, «Porque oiréis», dice, «de guerras»; la tercera, la que trae las «hambres»; la cuarta, «las pestilencias» y «los terremotos»; la quinta, «os entregarán a las aflicciones»; la sexta, «seréis aborrecidos de todos los hombres»; la séptima, «Se traicionarán unos a otros, y se aborrecerán unos a otros» (una guerra intestina da a conocer aquí); luego, «falsos Cristos», y falsos hermanos; luego, «el amor de los más se enfriará», lo cual es causa de todos los males.
¿Veis innumerables especies de guerra, nuevas y extrañas? Y sin embargo, en medio de estas cosas, y mucho más (pues con las guerras intestinas se mezclaba también la de los parientes), el Evangelio prevaleció sobre toda la tierra. «Porque el Evangelio», dice, «será predicado en todo el mundo.»
¿Dónde están, pues, los que oponen la fuerza del nacimiento y el ciclo de los tiempos a las doctrinas de la Iglesia? Porque ¿quién ha registrado jamás que apareciera otro Cristo; que tal cosa sucediera? Aunque afirman falsamente otras cosas, que pasaron diez mil años, ni siquiera esto pueden fingir. ¿De qué clase de ciclo, pues, hablaríais? Porque nunca hubo otra Sodoma, ni otra Gomorra, ni otro diluvio. ¿Hasta cuándo jugáis, hablando de ciclo y de nacimiento?
¿Cómo, pues, se dice, se cumplen muchas de las cosas que ellos dicen? Porque te has privado del auxilio que Dios concede, y te has entregado, y te has puesto fuera de su providencia; por eso el espíritu maligno revuelve y tuerce tus asuntos como quiere.
Pero no así entre los santos, o más bien ni siquiera entre nosotros, pecadores, que lo despreciamos del todo. Pues aunque nuestra conducta sea insufrible, sin embargo, porque por la gracia de Dios nos adherimos con mucha exactitud a las doctrinas de la verdad, estamos por encima de la malicia de los espíritus malignos.
Y en suma, ¿qué es un nacimiento? Nada más que injusticia, y confusión, y que todas las cosas son llevadas al azar; o más bien no sólo al azar, sino más que esto, con necedad.
«Y si no hay ningún nacimiento, ¿de dónde es rico tal hombre? ¿De dónde es pobre tal hombre?»
No lo sé: pues de este modo razonaré por un tiempo con vosotros, instruyéndoos a no ser curiosos de todas las cosas; ni, a consecuencia de esto, a proceder al azar y a la ligera. Pues no por ignorar esto debes fingir las cosas que no son. Mejor es ignorar bien que aprender mal. Porque el que no conoce la causa, pronto llegará a la verdadera; pero el que, porque no conoce la verdadera causa, finge una que no es verdadera, no podrá fácilmente recibir la verdadera; sino que necesita más trabajos y fatiga para quitar la primera. Pues, a la verdad, en una tabla, si ha sido alisada, cualquiera puede escribir fácilmente lo que quiera; pero cuando ya está escrita, ya no del mismo modo, porque primero debemos borrar lo mal escrito. Y entre los médicos, además, el que no aplica nada es mucho mejor que el que aplica cosas dañinas; y el que edifica sin solidez es peor que el que ni siquiera edifica; como la tierra que nada produce es mucho mejor que la que produce espinas.
No seamos, pues, impacientes por aprender todas las cosas, sino soportemos incluso el ser ignorantes de algunas, para que cuando hallemos un maestro no le proporcionemos doble trabajo. O más bien, muchos muchas veces han quedado incluso incurablemente enfermos, por enredarse descuidadamente en malas opiniones. Porque no es el mismo trabajo arrancar primero lo que ha arraigado mal y luego sembrar, que plantar en terreno limpio. Pues en aquel caso, primero hay que derribar, y luego poner otras cosas; pero en éste, el oído está pronto.
¿De dónde, pues, es rico tal hombre? Lo diré ahora: muchos adquieren riqueza por don de Dios; y muchos por su permisión. Porque ésta es la explicación breve y sencilla.
¿Qué, pues? Se dice, ¿hace ricos a los fornicarios, y a los adúlteros, y al que se ha corrompido con varones, y al que ha hecho mal uso de sus bienes? No los hace, sino que permite que sean ricos; y grande es la diferencia, y del todo infinita, entre hacer y permitir. Pero ¿por qué lo sufre en absoluto? Porque aún no es tiempo de juicio, para que cada uno reciba según sus méritos.
Pues ¿qué más despreciable que aquel rico, que no da a Lázaro siquiera de sus migajas? Sin embargo, fue más miserable que todos, pues llegó a no poseer ni siquiera una gota de agua, y por esta causa sobre todo, que siendo rico fue cruel. Porque si hay dos hombres malvados, que no han tenido la misma porción aquí, sino uno en riqueza, el otro en pobreza, no serán castigados allí de igual modo, sino el más rico más gravemente.
Homilía 75, § 5
5. ¿No veis al menos a este mismo hombre, sufriendo más terriblemente porque había «recibido sus bienes»? Haz tú, pues, también, cuando veas en prosperidad a uno que se ha enriquecido por injusticia, gime, llora; pues en verdad esta riqueza es para él un aumento de castigo. Porque así como los que mucho pecan y no quieren arrepentirse atesoran para sí un tesoro de ira, así también los que, además de no ser castigados, gozan incluso de prosperidad, sufrirán el castigo mayor.
Y la prueba de esto, si queréis, os la mostraré, no sólo de las cosas venideras, sino también de la vida presente. Pues el bienaventurado David, cuando pecó aquel pecado de Betsabé, y fue convencido por el profeta, por esta causa sobre todo fue reprendido más severamente: que aun habiendo gozado de tal seguridad, estaba así. Oíd al menos a Dios reprochándole esto especialmente. «¿No te ungí por rey, y te libré de la mano de Saúl, y te di todo lo que pertenecía a tu señor, y toda la casa de Israel y de Judá, y si esto hubiera sido poco para ti, yo habría añadido esto y esto; y por qué has hecho lo malo ante mis ojos?» [] Porque no para todos los pecados hay los mismos castigos, sino muchos y diversos, según los tiempos, según las personas, según su rango, según su entendimiento, según otras cosas además. Y para que lo que digo sea más claro, propóngase un solo pecado, la fornicación; y observad cuántos castigos diferentes hallo, no de mí mismo, sino de las divinas Escrituras. ¿Cometió alguno fornicación antes de la ley? Es castigado de modo diferente; y esto lo muestra Pablo: «Porque todos los que sin ley pecaron, sin ley también perecerán.» [] ¿Cometió alguno fornicación después de la ley? Sufrirá cosas más graves. «Porque todos los que en la ley pecaron, por la ley serán juzgados.» ¿Cometió alguno fornicación siendo sacerdote? Recibe de su dignidad un aumento muy grande de su castigo. Así por esta causa, mientras las otras mujeres eran muertas por fornicación, las hijas de los sacerdotes eran quemadas; mostrando el legislador más ampliamente cuán grande castigo aguarda al sacerdote si comete este pecado. Pues si a la hija inflige un castigo mayor por ser hija de sacerdote, mucho más al hombre mismo que lleva el oficio sacerdotal. ¿Se cometió fornicación con violencia? Ella queda incluso libre de castigo. ¿Prostituyóse una siendo rica, y otra siendo pobre? Aquí de nuevo hay diferencia. Y esto es evidente por lo que antes hemos dicho acerca de David. ¿Fue alguno culpable de fornicación después de la venida de Cristo? Si parte sin la iniciación, sufrirá un castigo más duro que todos aquéllos. ¿Fue alguno culpable de fornicación después del lavacro? En este caso ya no queda ni siquiera consuelo para el pecado. Y esto mismo declaró Pablo cuando dijo: El que menospreció la ley de Moisés, muere sin misericordia, bajo dos o tres testigos: ¿de cuánto más grave castigo, pensáis, será considerado digno el que holló al Hijo de Dios, y tuvo por inmunda la sangre del pacto, y afrentó al Espíritu de gracia? ¿Ha sido alguno culpable de fornicación llevando ahora el oficio sacerdotal? Esto, sobre todo, es la corona de las malas obras.
¿Veis cuántas formas diferentes de un solo pecado? Una la de antes de la ley, otra la de después de la ley, otra la del que lleva el oficio sacerdotal; la de la mujer rica, y la de la mujer pobre, la de la catecúmena, y la de la mujer creyente, la de la hija del sacerdote.
Y del conocimiento, de nuevo, grande es la diferencia; «Porque el que conoció la voluntad de su Señor, y no la hizo, será azotado con muchos azotes.» [] Y pecar después de los ejemplos trae mayor venganza. Por eso dice: «Pero vosotros, aun habiéndolo visto, no os arrepentisteis después,» [] aunque habíais tenido la ventaja de mucho cuidado. Por eso reprende a Jerusalén también con este dicho: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, y no quisiste!» []
Y el pecar estando en la luxuria, esto lo muestra la historia de Lázaro. Y también por el lugar el pecado se hace más grave, lo cual Él mismo indicó cuando dijo: «Entre el templo y el altar.» []
Y por la igualdad de las ofensas mismas, «No es de maravillar que uno sea sorprendido hurtando;» y de nuevo, «Matasteis a vuestros hijos y a vuestras hijas; esto sobrepasa todas vuestras fornicaciones y vuestras abominaciones.»
Y de nuevo por las personas: «Si un hombre peca contra otro, rogarán por él; pero si peca contra Dios, ¿quién intercederá por él?»
Y cuando alguno sobrepasa en negligencia a los que son muy inferiores; con lo cual en Ezequiel los acusa, diciendo: «Ni siquiera según los juicios de las naciones habéis obrado.» []
Y cuando uno ni siquiera se corrige por los ejemplos de otros, «Vio a su hermana», se dice, «y la justificó.»
Y cuando uno ha tenido la ventaja de un cuidado más abundante; «Porque si», dice, «estos milagros se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace mucho que se habrían arrepentido; pero será más tolerable para Tiro y Sidón que para aquella ciudad.» []
¿Veis la perfecta exactitud, y que no todos por los mismos pecados pagan la misma pena? Porque además, cuando hemos tenido el beneficio de la longanimidad y no aprovechamos nada, sufriremos cosas peores. Y esto lo muestra Pablo, donde dice: «Mas por tu dureza y tu corazón no arrepentido, atesoras para ti ira.» []
Sabiendo, pues, estas cosas, no nos escandalicemos, ni nos confundamos por ninguna de las cosas que suceden, ni traigamos sobre nosotros la tormenta del pensamiento, sino dando lugar a la providencia de Dios, atendamos a la virtud y huyamos del vicio, para que alcancemos también los bienes venideros, por la gracia y el amor al hombre de nuestro Señor Jesucristo, por quien y con quien sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.